Prólogo: Tenía quince años cuando descubrí por primera vez el mundo del rol. Lo que empezó como una simple excusa para reunirme con mis amigos se convirtió rápidamente en algo mucho más profundo: una fuente inagotable de diversión, un escenario para dar rienda suelta a la imaginación y una vía inesperada hacia una forma peculiar de libertad. En medio del entusiasmo compartido y a la luz cálida de nuestra juventud, pasábamos horas entre dados, lápices y hojas de papel. Éramos héroes y villanos, exploradores y sombras, enfrentándonos al mal… y, a veces, siendo el mal. Las batallas no se libraban con armas reales, sino con palabras, convicción y un puñado de dados. Cuerpo a cuerpo, mano a mano, dado tras dado, luchábamos contra monstruos, misterios y nuestras propias limitaciones. Viajábamos por mundos invisibles, profundamente arraigados en nuestro subconsciente. Éramos aventureros de la mente, creadores de realidades, compañeros de travesías. Han pasado ya 27 años desde aquel primer hechicero elfo —mi primer personaje— y desde aquella primera campaña. Desde entonces he construido mundos y creado historias, no solo como juego, sino como una forma de capturar momentos: instantes únicos, irrepetibles, que aún hoy resuenan en mi memoria —y quizás más allá. Con toda esta experiencia acumulada, nació la idea de crear un mundo completamente propio. Un universo vasto, lleno de conflicto, cultura y misterio. Un lugar donde diversas razas conviven sobre una tierra hostil y cruel, pero donde el honor, la gloria y el poder están al alcance de 1 quienes se atrevan a tomarlos. Un mundo donde la magia es real y los dioses tienen cuerpo —donde lo sobrenatural no es un mito, sino una presencia viva, palpable, presente. Un mundo donde el destino no está escrito, sino moldeado por las almas valientes que se atreven a sumergirse en lo más profundo de su imaginación. ¿Y qué mejor manera de mostrar este mundo que a través de una historia? Aquí narraré una de las muchas aventuras que tuvieron lugar en el reino de Aradín, situado en las misteriosas y traicioneras regiones conocidas como las Tierras Antípodas, un remoto rincón de un mundo llamado Terrac. Terrac, un planeta surgido de energías primigenias e incorpóreas llamadas Ersan, los primeros que fueron, la fuente de todo. De ellos nacieron los elementos: la tierra y los mares, el fuego y la luz, el viento y el vacío. Todo lo que existe, fluye, crece y vive, tiene su origen en su esencia. De los Ersan nacieron los Erdan, los dioses corpóreos, los primeros en tomar forma, los creadores y guardianes de las razas. Seres inmortales con voluntad y poder, cuyo destino está profundamente entrelazado con la historia misma de Terrac. Son padres de pueblos, constructores de civilizaciones… y, a veces, sus destructores. En este mundo, alimentado por la magia, la mitología y el conflicto, los relatos comienzan a entretejerse. Historias de lucha, sacrificio, hermandad, traición y triunfo. Y será ahí, bajo la sombra de los dioses y la luz de antiguas magias, donde tú —lector, jugador, aventurero— eres bienvenido. 2 3 PARTE I 1 Una sencilla tarea Mi nombre es Mirmaerín, y soy, bueno… lo que en las tierras del reino de Aradín se conoce como Dalma. Es un derivado de “Dalama”, del idioma élfico. Significa libre o libertad y es considerado un don de Aunas, Ersan del viento. Viene a referirse a todo aquel que vaga por las esquinas de las tierras Antípodas: guerreros, ladrones, hechiceros o monjes; y que prestan sus servicios por dinero, jugándose la vida cada día. Es por eso que viven como si no existiera el mañana: la promiscuidad y el fornicio se escenifica en la mayoría de las tabernas frecuentadas por Dalmas. La verdad, no creo estar hecho para esta vida, pero no tuve elección. Era un niño de apenas cinco años cuando mis padres murieron. Normalmente habría acabado en la calle, expuesto a las garras de esclavistas o de alguna secta, como esos Siervos de Amán, adoradores de la muerte y de la destrucción, que proliferan a base de promesas y sumisión… Pero tuve la fortuna de ser acogido por mi abuelo materno, un hombre criado por elfos, muy culto y muy estricto, que me obligaba a leer cada noche las historias de los Erdan, me enseñó el lenguaje de los elfos y la importancia de la oración… Al fallecer mi abuelo hace unos años, perdí el rumbo, gasté todo lo que tenía, casi todo lo heredado de él y me vi sin nada, sin dinero, toqué fondo. Hace una semana, Déler, un viejo amigo de mi abuelo que se dedica a reclutar escoltas para transportar a miembros de la corte, me ofreció una sencilla tarea: escoltar, junto a 4 un grupo de Dalmas, a Delfos, un magistrado de la corte del rey Árathan VI, desde Gáldoras, la capital del reino, hasta Estrian, una importante ciudad costera, donde tras el fallecimiento del senescal Galdrin, su hijo Gálser será nombrado sucesor en diez días. Recibiendo como pago por dicha tarea, tal y como dicta en el contrato, un montante de dos monedas de oro por trayecto. Todo un chollo… Cogí las dos viejas lanzas, el yelmo, la hombrera y el escudo de mi abuelo, al puro estilo de la guardia élfica de la Torre de Cristal, y preparé mi mochila con todo lo necesario: algo de ropa, yesca seca, pedernal, un cazo, cuerdas con ganchos, un candil de aceite y un pequeño morral con unas vendas, aguja e hilo de sutura, y un ungüento curativo para las hemorragias que usaba mi abuelo. Han trascurrido cuatro cómodas jornadas por el Gran Camino, llamado así por ser el más transitado del reino y que está bien vigilado por los Yelmos de León, como se hace llamar a los guardias del rey. Son una élite de guerreros bien entrenados y bien equipados que, además del inconfundible yelmo metálico con forma de cabeza de león, lucen cotas de mallas con placas de acero y cuero de excelente manufactura; y visten colores y estandartes blancos y amarillos. Hasta ahora, hemos descansado cada noche en posadas de buena calidad, que abundan en todo el recorrido del Gran Camino y todo se ha desarrollado sin ningún incidente. Ya nos encontramos apenas a tres o cuatro horas de la ciudad de Estrian, cuando Síler da el alto. Es el líder del grupo de escoltas, un hombre de pelo castaño, bien afeitado y de gran estatura. Yo mido un metro noventa y 5 seis y es más alto que yo. Si bien, el premio al tamaño se lo lleva mi compañero Shiroge, de raza eledín, un joven Dalma muy poco hablador. Es inusualmente fuerte, de constitución enorme y más de dos metros y veinte centímetros de altura. Muchos hombres fuertes tendrían dificultades para blandir a dos manos su enorme mandoble, que él maneja con soltura a una sola mano, mientras en la otra porta un enorme escudo de tipo torreón. — Pararemos en esta posada— dice Síler señalando la lujosa hospedería a la izquierda del camino, justo antes del cruce que señala hacia el lago Énder. El nombre en el cartel de la posada “El Sauce Feliz” está escrito tanto en bóldor, el idioma común, como en Élfico; si bien tiene una falta en la traducción, pues en élfico “laagtur” significa riendo o carcajada. “Blaagtur” sería el adjetivo para feliz y hace referencia al enorme sauce que se deja ver justo detrás del edificio, cerca del camino que va hacia el lago. Además de Síler, Shiroge y yo mismo, la comitiva está compuesta por: Erios, secretario y mayordomo de Delfos, un hombre de pelo moreno, estatura media y bastante delgado. Apenas hemos intercambiado unas palabras, parece un hombre estresado, pero es educado y formal. Gaulas, el guardaespaldas personal de Delfos, un hombre serio, un guerrero experimentado y corpulento que no se separa de él ni un momento. También de pelo castaño y con la barba bien perfilada con la que pretende disimular, sin éxito, la enorme cicatriz de su cara y que va desde cerca de la oreja izquierda hasta la mandíbula. Ellos dos, junto con Delfos, viajan en el interior de la lujosa carreta de cuatro tiros. También está Pirnel, apodado El Rubio, joven humano, mano derecha del Síler. Dice de sí mismo ser un gran arquero. Luce una melena rubia bien acicalada, todo lo 6 contrario que Aulas, el bahaluk. Estos pequeños pero robustos seres, siempre van con sus rojizas melenas y barbas desaliñadas. Aulas supera con creces los ciento cuarenta centímetros de altura que promedian los de su raza y tiene un gracioso acento cuando habla bóldor. Es rudo y de pocos modales, porta grandes hachas y un escudo. Es evidente que su tamaño no es acorde a su enorme fuerza. Además, está Haleth, la medio elfa. No es muy común que las mujeres se hagan Dalmas, lo normal es que las féminas desamparadas vendan su cuerpo para otras tareas más lujuriosas y de aparente menor peligro. Es una experta en artes marciales y usa su enorme espada con soltura. A veces la miro practicar, tiene una belleza especial, de pelo gris mayoritario entre los de su raza y ojos verdes. Mide más de dos metros y la verdad es que me impone tanto, que casi no he hablado con ella. Por último, Elion Váltor, el “primo” de Haleth y mi compañero más cercano durante el trayecto. Un simpático medio elfo arquero, de cabello rubio ceniza y ojos azules, que tiene mucho éxito con las chicas de todas las razas. Él y Haleth fueron abandonados en el templo de Eneon, poco saben de sus orígenes. Como medio elfos, son considerados bastardos y rechazados por eledines y elfos. Los de su raza, son el único caso conocido de mezcla entre las razas y todos son infértiles, hecho que Elion agradece dada su promiscuidad. Síler entra en la posada a anunciar la llegada y coger las habitaciones, mientras el Rubio abre la puerta de la carreta. Primero baja Gaulas, luego Erios, y por último, con sus vestimentas de tela fina, sus anillos de oro, sus botas de piel y su porte de altivez, Delfos el magistrado, siempre 7 con su cabello canoso bien peinado y la barba estrictamente recortada. De la posada sale un hombre con aspecto de tabernero muy cuidado, con el mandil impoluto y sonrisa forzada, que saluda a la comitiva. — ¡Bienvenido excelencia! Mi nombre es Guilim, soy el dueño de esta posada, tengo listas para vos y sus acompañantes las mejores habitaciones— saluda el posadero con ávida mirada mientras se frota las manos e inclina la cabeza. — Está bien, señor Guilim, el magistrado está cansado e irá a la habitación directamente— responde Erios. — Acompáñenme— añade el tabernero mientras gira con entrenada elegancia. Elion y yo nos adelantamos, solemos echar un vistazo en primer lugar para asegurarnos que todo está en orden. Shiroge y Haleth entran detrás de los jefes, mientras Aulas y Pirnel guardan los caballos y la carreta en las caballerizas y comprueban que está todo bien en las cuadras. El Rubio hará guardia en la carreta esta noche. Hay un pequeño porche con tres mesas en la esquina de la posada, junto al cruce, por donde se accede a la puerta principal. En una de las mesas se sientan tres damas de buena familia. Desde hace un par de días, solemos coincidir con bastante gente que se dirige a Estrian para el nombramiento, especialmente chicas de esta región que están impacientes por ver en persona a Gálser, el apuesto y soltero nuevo senescal y antiguo capitán de los Guardias del Tridente. El comedor es amplio y limpio, decorado con pilares de madera de sauce, con las paredes pintadas de cal. Del lado del camino hay tres grandes ventanas de vidrio, que 8 exhiben en su centro un colorido mosaico con la forma del árbol. El mobiliario está compuesto por diez mesas rústicas con cómodos sillones. Hay una chimenea de piedra al fondo, justo al lado de la barra, tras la cual, además de dos atareadas taberneras, hay tres inmensos barriles de madera donde se lee el distintivo “Afghein”, la marca de cervezas más reputada de Aradín. Tras reconocer la situación me percato de la presencia de un grupo de Guardias del Tridente, una patrulla de Estrian, que visten cotas de malla, portan el estandarte de un Tridente color blanco sobre fondo azul marino y pantalón del mismo color, y que ocupan una de las mesas cercanas a la puerta. Un grupo de cinco bahaluks se sientan en otra. Son ruidosos y de habla incomprensible. Uno de ellos viste con elegantes ropas de seda de buena calidad y los demás parecen escoltas o guerreros, teniendo en cuenta sus atuendos, con armaduras de cuero duro y bien armados con hachas. En una de las mesas del fondo, cerca de la chimenea, hay un guerrero fortachón con un su acompañante de buena presencia, probablemente un mercader y su escolta. Veo a un hombre con aspecto de granjero y a una mujer en la barra. Y sentados en una mesa junto a la ventana del fondo, un hombre moreno con la barba perfilada ataviado con ropas y joyas caras, acompañado por un hombre y una mujer de ojos rasgados, seguramente venidos de alguna tribu del confín oriental. Justo enfrente de la entrada, del otro lado del comedor, hay una puerta de madera hacia la que se dirige Guilim. Tras ella hay un hall con unas escaleras y otra puerta que da a un pasillo con seis habitaciones a la derecha y que 9 comunica con la parte trasera de la posada. Fuera del ruido de la sala, se oye el crujir de nuestras pisadas en el raído suelo de madera. — La habitación del fondo es la principal, reservada para su excelencia. Sus acompañantes pueden distribuirse en las otras. Todas tienen dos camas y una ventana con cierre de seguridad— señala el posadero mientras entrega las llaves a Erios. Una vez distribuidas las habitaciones, Delfos entra en la suya, la del fondo, y Erios habla con nosotros. — Habéis hecho un buen trabajo, estamos ya muy cerca y este lugar es seguro. Tomad— Alarga el brazo y me entrega una moneda de oro—. Delfos está muy satisfecho y me ha pedido que os dé un adelanto para que esta noche bebáis y os divirtáis. Gaulas y Síler harán las guardias— continúa mientras entrega una moneda a cada uno de los Dalmas. En este momento entra Aulas con aspecto enojado. — ¿Acasso no os habrréis olfidado de mí?— Su voz asemeja a un gruñido. — Jajaja. ¡Claro, Aulas! ¡Ahora iba a ir a dártelo!— responde Erios mientras le entrega su moneda. — Eso sí, recordad que al alba tenéis que estar todos listos para partir. ¡Qué disfrutéis!— añade a la vez que abre la puerta de la penúltima habitación. Gaulas se queda en el pasillo haciendo guardia mientras nosotros salimos al comedor. Por la ventana se observa que ha parado una carreta de transporte, de la que bajan cuatro jóvenes mujeres bien vestidas. El cochero se dirige al establo, mientras ellas caminan hacia la posada. Elegimos una mesa junto a la ventana, no muy lejos de la barra, al fondo, y pedimos unas cervezas. Las recién 10 llegadas se sientan en la mesa de al lado. Una sonrisilla pícara brota de la boca de Elion. — ¡Creo que va a ser una gran noche!— dice exaltado antes de beber un buen trago de su cerveza de malta. Es excelente el estofado de jabalí a la cerveza que nos han servido, casi no he levantado los ojos del plato desde que me lo sirvieron, hasta que unté el último trozo de pan para rebañarlo. Ni siquiera me he dado cuenta que en el transcurso de la cena la posada se ha llenado, no solo todas las mesas, también la barra y el porche. Hay bastante jolgorio y los bahaluks, como es costumbre en ellos, sacan instrumentos: un timbal, un ukelele, una flauta y un pandero, y comienzan a tocar una música con mucho ritmo. Las jóvenes hacen un espacio y comienzan a bailar. — Parece que se anima el cotarro…— digo a Elion. Más bien le hablo a su silla, pues sin darme cuenta y de un salto, ya está en el medio del grupo de chicas luciendo su bonita sonrisa. Haleth le acompaña y Aulas se une al grupo de bahaluks y sus alegres cantos. Shiroge, más comedido, solo sonríe y da palmadas mientras bebe una cerveza tras otra. — ¿Quieres fumar? Es tabaco de la llanura del Espino Rojo— Le ofrezco al enorme eledín mi pipa con el magnífico tabaco. — Está bien, Mirmi, pero a cambio tienes que probar esto— Saca un pequeño frasco metálico y sirve un trago en cada vaso. — ¡Por los cinco Ersan! ¡Es como beber fuego!— Noto el trago atravesar mi sistema digestivo, pero a medida que baja el calor, un sabor dulce y amargo llena mi paladar. Noto como el alcohol me está haciendo efecto enseguida. 11 — ¿Qué demonios es esto?— le pregunto con lágrimas en los ojos. — Se llama elixir de Tísmik— contesta Shiroge—. Es una bebida de Eled Vulard, el reino de los eledines, nuestro amado norte. Está bueno ¿verdad? — Sí, pero un poco fuerte para mí— respondo mientras noto como el alcohol va subiendo. — ¡No seas flojo y tómate otro!— Shiroge contesta con una abierta sonrisa mientras sirve otro trago en mi vaso… — ¡Tac, tac, tac!— Alguien golpea con fuerza la puerta de la habitación. Siento mi cabeza embotada por una fuerte jaqueca, la boca como si llevara días sin beber y el estómago, como si me hubiera bebido un vaso de avispas… — ¡Rápido, despertad!— La alterada voz de Siler retumba del otro lado de la puerta. Abro los ojos y con dificultad alzo la cabeza. Mi compañero Elion y dos de las chicas están desnudos en la cama de al lado y también despiertan. — ¿Qué pasa? ¿A qué viene tanto jaleo?, ¿todavía es de noche?— balbucea el guapo medio elfo con voz ronca y el rostro torcido. — No sé Elion, será mejor que salgamos— respondo mientras me visto y cojo mis armas. Al salir están todos reunidos en el pasillo, todos menos Delfos. Se hace evidente la cara de preocupación, especialmente del mayordomo. — ¡Delfos ha desaparecido, no está en su habitación!— nos informa Erios con voz resentida. — Puedo asegurar que no ha salido por la puerta y no he escuchado ningún ruido. Esto es de lo más extraño, tiene que ser obra de un hechicero— justifica Gaulas con aspecto derrotado. 12 — No adelantemos acontecimientos— responde Síler—. Hay que investigar qué ha ocurrido, tenemos que dar con él. Gaulas y yo interrogaremos a todo el mundo, Aulas y Pirnel que miren en la entrada y el camino, los demás registradlo todo, la habitación y los alrededores. Rápidamente nos dividimos, el medio elfo y yo salimos de la posada a ver la parte de atrás y llegamos hasta la ventana de la habitación de Delfos. Dentro del cuarto, Haleth y Shiroge registran cada rincón. — Mira aquí, parece que han forzado la cerradura— dice Elion a la vez que señala una hendidura justo en la unión de la ventana. — Parece muy poca cosa para abrir una ventana de seguridad— añado—. ¿Cómo pueden haberla forzado haciendo tan solo esta pequeña muesca?— me pregunto en voz alta. Miro hacia el suelo para comprobar si hay algún rastro, mientras las primeras luces del alba aclaran el horizonte. Lo cierto es que entre las pisadas identifico unas más frescas, cuatro personas cuyas huellas se dirigen al camino del lago. Al mirar a la esquina de la posada, me percato de que un chaval asoma la cabeza por encima de la cuadra. — ¡Chico!— rápidamente le llamo la atención—. ¿Quién eres y qué haces ahí? El muchacho da un salto y se deja caer por la pared. Es un joven de unos quince años, sin duda el mozo de cuadra que se ha alertado al escuchar jaleo tan temprano. — Mi nombre es Éder, señor. Soy el hijo menor de Guilim el posadero— contesta el adolescente con voz temerosa y entrecortada. — ¿Cuánto tiempo llevas ahí, muchacho?— pregunta Elion con voz firme. 13 — Suelo dar una vuelta por la cuadra un par de horas antes del amanecer, es para comprobar que los animales están bien. Algunos clientes salen antes del amanecer— responde apresurado. — ¿Has visto algo extraño esta noche?— insiste el arquero. — Justo cuando entraba en la cuadra escuché ruido de caballos fuera. Al asomarme al muro pude ver cuatro jinetes cabalgando al galope en dirección al lago— explica el chico mientras señala con el dedo la dirección en el camino, justo a la derecha del sauce. — ¿Pudiste distinguir algo de los jinetes?— continúo con el interrogatorio. — No, señor. Estaba oscuro e iban totalmente vestidos de negro, apenas pude distinguir las siluetas bajo la luz de las lunas— responde Éder con pesar mientras baja la cabeza. — No te preocupes, chico, gracias por tu ayuda— le digo—. Vuelve a tus tareas y estate por la zona por si necesitamos preguntarte algo más. — ¡Por supuesto, señor!— El chico, mostrando gran agilidad, da un salto y se encarama de nuevo al muro. — Busquemos huellas— propone Elion mientras se pone a la tarea. Durante unos minutos seguimos el rastro de pisadas desde la ventana, pegadas a la pared, hasta la esquina, y que rodean el árbol. — Hay huellas de cuatro caballos saliendo al galope dirección al lago. Vayamos dentro y avisemos al resto— dice mi compañero Dalma, mientras se apresura hacia la posada. Pocos instantes después, ya reunidos todos en el interior del Sauce Feliz, exponemos nuestras conclusiones. Los demás han preguntado a todos los huéspedes y al 14 personal. Nadie más sabe nada, no hay rastro de forcejeo en la habitación y las caballerizas están en orden. — ¡Hay que apresurarse!— apremia Erios con nerviosismo y preocupación—. Yo me dirigiré a Estrian con Gaulas para avisar al nuevo senescal de lo ocurrido. Siler y Pirnel se quedarán haciendo guardia en la posada para esperar noticias y cuidar de la carreta. Y vosotros cinco— dirigiéndose a los demás Dalmas— coged caballos y salid al encuentro de esos jinetes. ¡Rápido! Con presteza nos dirigimos a la cuadra. Éder nos prepara con celeridad las montas y nos apresuramos para salir a todo trapo. — ¿Qué distancia hay hasta el lago?— pregunto al joven mozo de cuadra desde la esquina. — Al galope no deberíais tardar más de dos horas hasta la aldea de Énder, señor. Está junto al lago— responde el muchacho. Seguidamente azuzamos los caballos y salimos a toda prisa. Las mañanas son frescas en estos primeros días de primavera, lo que ayudará a las bestias a no fatigarse en el trayecto. Pasadas algo menos de dos horas, cabalgando por el buen camino que transcurre por un abierto bosque lleno de vegetación, alcanzamos una loma. Ya avanzada la mañana, la luz del sol y el cielo despejado, permite divisar el lago Énder casi en su totalidad. La niebla matutina aún no ha levantado del todo sobre sus aguas y una gran boina de vaporosa nube se extiende casi por la totalidad del inmenso lago, hasta donde alcanza la vista. Una pequeña aldea de pescadores se ubica en la orilla, al final de la rampa que baja justo delante de nosotros. A la 15 izquierda, sobre una colina hay un pequeño faro. Apresuramos la marcha. En la parte más poblada de la aldea hay una decena de edificios de piedra con los techos de madera, donde el camino se ensancha dando lugar a una plaza que tiene el suelo de arcilla prensada, con un abrevadero desocupado justo en el medio y que termina en un pequeño puerto con cuatro embarcaciones. Se ve un pescador atareado con sus labores al final de la pasarela de madera. Una pequeña taberna se ubica en la esquina a nuestra derecha, junto a un almacén contiguo que abarca el resto de la plaza y que tiene el portón abierto, dejando ver que está lleno de aparejos y barcas en reparación. En el letrero de la taberna se lee en bóldor “El Buen Pescador”. En la puerta hay un hombre mayor, calvo en la coronilla, de pelo cano, barba desaliñada y barriga prominente, con la nariz chata y bermeja como un tomate maduro, que sostiene su jarra con la mano derecha y canta murmurando algo inapreciable, mientras a duras penas se sostiene de pie. Junto a la posada hay un camino que discurre dirección oeste junto a la orilla y justo enfrente comienza un pequeño sendero del otro lado de la plaza, que serpentea entre las casas colina arriba, hasta el faro. Desmontamos junto al abrevadero. — No hay rasstrro de caballoss porr aquí— aprecia Aulas justo al desmontar. — Parece que no, Aulas. Será mejor que preguntemos a los lugareños si han visto algo— propone Haleth con acierto. — ¡Pero nos dividiremos!— digo en un ataque repentino e inesperado de liderazgo—. ¡Tenemos que apresurarnos! — ¡Bien dicho, Mirmi!— responde Haleth con su bonita sonrisa. Es la primera vez que se refiere a mí con el 16 cariñoso apodo que me puso un par de días atrás el grandullón de Shiroge. Reconozco que no me había gustado en ese momento, pero no tuve valor para enfrentarlo. Lo cierto es que saliendo de los labios de Haleth suena mucho mejor. Los demás asienten. Aulas y Shiroge se dirigen al pescador del fondo de la pasarela, un joven rubio de unos treinta años. Los demás nos dirigimos a la taberna. Al pasar junto al hombre borracho, que apesta a alcohol y sudor, nos saluda alzando la mano y con un ruido parecido a un gruñido que parece decir “buenas”, a lo que contesto alzando también mi mano y, sin quitar la vista del frente, entramos en la minúscula taberna. El establecimiento está vacío, están las cuatro mesas limpias y ordenadas. Una bonita tabernera joven y atractiva, de pelo moreno caoba, ojos verdes y piel morena de tono canela, que viste una blusa amarilla y pantalón de cuero, nos recibe con una abierta sonrisa. — ¡Bienvenidos, señores! Pasen. ¿Qué puedo servirles?— saluda la camarera con voz aterciopelada. — ¡Buenos días, hermosa damisela!— El medio elfo se adelanta a hablar—. Mi nombre es Elion Váltor, estamos siguiendo a cuatro peligrosos jinetes. Tienen que haber pasado por aquí hará unas dos horas. — Yo acabo de abrir la taberna, no he visto a nadie— responde la chica con cara de contradicción. — ¿Y sabe quién podría haber estado despierto a esas horas o de alguien que pueda haber visto algo?— pregunto con estricta educación. — El pesado de Dan. Estaba dormido en la puerta cuando he llegado. Ya estaba borracho, no sé si sabrá algo. Yo también iría a hablar con el farero. Suele estar despierto 17 toda la noche para controlar el faro— nos indica la simpática tabernera dándonos alguna esperanza. — ¿Cómo se llama el farero?— pregunta Haleth. — Carias. Es un hombre ya mayor, ¡más de lo que aparenta!— responde de nuevo la joven de manera servicial. — ¿Y el tuyo?— pregunta Elion sin poder evitar que se le escape una leve sonrisilla seductora. — Ánnub, para serviros— responde la chica con elegancia. — ¡Marchemos!— digo con voz firme mientras entrego una moneda de bronce a la tabernera, antes de dirigirnos a la puerta—. Por las molestias. — He oído que buscáis a cuatro jinetes, ¡hip!— Al salir de la posada Dan nos aborda—. ¡Yo los he visto! — ¿Y qué has visto?— pregunta Haleth con firmeza. — Eehh, al salir de casa, al alba, vi a unos jinetes vestidos de oscuro, ¡hip!, dirigirse a la playa al oeste, cerca del camino de Noblin, ¡hip! Tres hombres arrastraron una barcaza hasta el lago y subieron a bordo, mi señora, ¡hip! —responde el viejo con cierta dificultad. — ¿Solo tres?— insisto, para asegurarme. — Es lo que vi, sí, señor. ¿Acaso no merezco una recompensa por la información? ¡Hip!— agrega mientras alza la cabeza y extiende la mano palma arriba. Le doy un par de monedas de cobre, suficiente para un trago. Todavía no tengo todas conmigo de que la información sea fidedigna, tendremos que investigarlo. En este momento regresan Aulas y Shiroge. — El pescador es un tipo amable y educado, dice que no ha visto nada, hace dos horas no había salido de casa. Eso sí, parece que han visto movimiento de gente en los últimos días cerca de unas ruinas, del otro lado del lago, 18 pero no sabe si tiene alguna relación— comenta Shiroge según llega. — Hablaremos con el farero, que parece suele estar despierto toda la noche— respondo—. El borracho de la puerta nos ha dicho que ha visto algo en la playa hacia el oeste. Id Aulas y tú a comprobarlo, nos reuniremos aquí. Sin más preámbulos, nos dividimos de igual manera. Haleth, Elion y yo subimos a la pequeña colina donde se ubica el faro. La aldea es bastante humilde y muy tranquila. Tras pocos minutos llegamos al faro sin incidencia. Hay unas bonitas vistas desde el alto donde se sitúa el faro, la niebla casi ha desaparecido del todo, solo una ligera tela de algodón flota sobre la superficie en el centro del lago. Del otro lado de las aguas se ve un inmenso horizonte, donde la claridad del día permite distinguir la fina silueta de los montes del otro lado del lago. — ¡Tac, tac!— Llamamos a la puerta, un sonido de pisadas hacen crujir suavemente el suelo de madera y se aproximan. — ¿Quién es?— una voz ronca pregunta desde el otro lado. — Buenos días, señor Carias. Venimos de parte de Ánnub, ¿podemos hacerle unas preguntas?— contesta Haleth con su suave voz tranquilizadora. Suena un chasquido y el gran portón de madera antigua comienza a abrirse, del otro lado aparece la figura de un anciano, de pelo cano pero abundante y bastantes arrugas, pero que mantiene la espalda firme y una buena constitución. — ¿Qué puedo hacer por ustedes?— pregunta el farero mientras nos observa con fijación. — Somos escoltas de un importante magistrado de su majestad el rey Árathan. Venimos buscando a un grupo de 19 peligrosos jinetes que pasaron por aquí al alba. Queremos saber si usted ha visto algo o si tiene alguna información útil para darnos— informo al anciano con tono oficializado. — Lo cierto que esta madrugada ha habido mucha bruma, pero sí que me pareció ver el destello de una barcaza justo tras el amanecer. Se dirigía al sur, dirección al viejo castillo en ruinas— relata el farero. ¿Sabe algo más de ese castillo?— pregunta Elion con buen olfato. — Es una antigua fortaleza, en el pasado las llamaban las Ruinas Prohibidas. Toda la zona más allá de la desembocadura del río Galdor fue vetada por orden del rey Árathan I, el unificador. Siendo yo un niño, decían los ancianos que estaban malditas. Cuando aún era muy joven hice una expedición sin el consentimiento de mi padre. Lo cierto es que el sitio estaba casi en escombros. Había una vivienda principal en un lamentable estado, pero todavía en pie, en el interior del complejo amurallado, si se puede decir, pues la muralla estaba derruida casi en su totalidad. Dibujé un mapa, creo que lo tengo por aquí…— concluye Carias mientras gira hacia un mueble en el salón tras la puerta. Seguidamente abre el cajón de abajo y tras ojear entre viejos papeles extrae uno y vuelve hacia la entrada. — Aquí está. Sí, lo recuerdo. Es un mapa aproximado, pero detalla bastante bien los elementos de la fortificación— aclara el anciano mientras nos muestra el dibujo realizado con tinta sobre un pergamino de piel de oveja curtida. 20 — ¿Cree que podríamos acercarnos en barco sin ser vistos?— pregunta Haleth. — La edificación se encuentra justo en un espigón, en un acantilado de más de veinte metros de altura. Aunque la torre no esté entera, posiblemente las tres primeras plantas sean accesibles y desde allí se puede controlar más de diez kilómetros a la redonda con nitidez. Además, la suerte no está de vuestro lado, la niebla empieza a disiparse y el viento ha cambiado de dirección, la noche será más cálida y despejada. Solo veo dos opciones para acercarse sin ser vistos. Hay un viejo sendero en desuso, algo difícil de ver. Se accede a él tras unas ocho horas de marcha por el camino del oeste, que va al pueblo costero de Nublin, pero la zona es muy peligrosa. La ausencia de hombres ha traído manadas de lobos y criaturas de Amán. Alguna vez he visto a lo lejos la sutil figura de uno de esos gigantes y horribles bolgs. Además, en el camino de Nublin son 21 frecuentes los ataques de bandidos, hasta el punto que la mayoría de la gente que se dirige allí toman la alternativa de ir a Estrian para hacer la ruta en barco. La otra opción es acercarse en barca bordeando el lago hasta la Roca del Tigre, un enorme cancho a siete u ocho kilómetros del espigón, pero necesitareis un barquero que conozca la zona. Así ahorraríais un día de marcha y pasar por la peligrosa ruta por el camino de Nublin— concluye. — ¿Sabe algo de esos bandidos?— pregunta Elion. — Hará cinco años desde que ocurrieron los primeros ataques en las inmediaciones de las montañas Némodas. Por lo que sé, son una especie de clan, visten con ropas blancas y negras, según relatan los que han logrado sobrevivir a los ataques. Antes el camino hacia Nublin era bastante transitado, pero por culpa de estos miserables la gente prefiere hacer viaje en barco desde Estrian y, aunque sea mucho más caro, no correr riesgos— continúa el anciano—. Yo mismo he solicitado en varias ocasiones ayuda al senescal, pero no hemos obtenido respuesta. Supongo que en Estrian hay interés de que esta ruta caiga en desuso— asevera Carias con gesto de resignación. — Quizá esos bandidos son los que perseguimos. De ser así, al senescal no le quedará más remedio que enviar a sus tropas a rescatar al magistrado— expongo al anciano, aunque con razonables dudas. — Muchas gracias por la información, señor Carias. Nos ha servido de gran ayuda. Le ofrezco una moneda de bronce por el mapa y otra por la información tan valiosa que nos ha dado ¿Qué le parece?— ofrece Haleth al farero como gesto de cortesía. — Muy agradecido, señora. Les deseo suerte y tengan mucho cuidado si se acercan a las ruinas— añade el anciano mientras se despide. 22 Al llegar a la plaza, Aulas y Shiroge nos esperan junto a la posada. Han sacado una mesa y se han sentado bajo el agradable sol de las últimas horas de la mañana. Están tomando cerveza y comiendo embutidos y quesos, además de un pan recién horneado, cuyo olor hace revolverse mis hambrientas tripas a unos metros de la mesa. — Tendrremos qué comerr algo, ¿no crreéis?— justifica Aulas con los carrillos llenos, mientras parte de su desayuno cae por su desaliñada barba. Nos sentamos todos juntos y nos ponemos al día. Al parecer, Dan el borracho decía la verdad. Nuestros compañeros han encontrado rastros de una barca arrastrada hasta el lago y pisadas de caballo saliendo en dirección oeste. Ahora hace falta un plan y tiene que ser rápido, la vida de Delfos está en juego. Aprovechamos el desayuno para discutir las opciones. — Por lo que sabemos hay dos posibles responsables: los bandidos de las montañas Némodas o los desconocidos que han ocupado el torreón— expongo mis conclusiones iniciales. — ¿Y no podrían ser los mismos?— me pregunta Shiroge. — Por lo que ha dicho el farero, los bandidos son un clan, usan distintivos ya que buscan ser reconocidos en sus actos. Sin embargo, los hombres que arrastraron la barca vestían de negro— continúo con mis conclusiones—. Sinceramente, me da en la nariz que los bandidos no tienen nada que ver con la desaparición de Delfos, no salen beneficiados, sino más bien lo contrario. Los Yelmos del León o los Guardias del Tridente serían enviados en su busca y sería el fin para ellos. Yo opino que Delfos ha sido llevado a las ruinas— concluyo. No con demasiada convicción, mis compañeros dan el visto bueno a mi hipótesis y decidimos ir a la fortaleza. 23 — Por lo que parece, la mejor alternativa es la de ir en barca. El hombre del embarcadero, Carsen ha dicho que se llama, quizá esté dispuesto a acercarnos a cambio de algún dinero— señala Shiroge al terminar su comida, justo cuando empezamos a comer los medio elfos y yo. — Ya que has terminado, podrías acercarte a hablar con él, ha sido amable contigo y quizás eso nos ayude a que acepte— le propone Haleth, mientras se sirve el desayuno en el plato. — ¡Está bien!— contesta el grandullón mientras se levanta. — Pregúntale cuánto se tarda hasta la Roca del Tigre. Lo ideal es llegar de noche y acercarnos sigilosamente, la oscuridad puede ser una gran aliada— comenta Elion. Todos estamos de acuerdo. — Hoy las lunas están llenas, pero siempre es mejor que ir de día— No sé si es necesario, pero prefiero aclararlo. Shiroge se dirige a la pasarela y nosotros apuramos el desayuno. Podemos ver la cara de Carsen al acercarse el enorme eledín. Casi se le ve temblar ante tan inmensa y musculosa mole que representa más del doble de su tamaño. Le vemos asentir, señalar al lago y asentir de nuevo. Tras la breve conversación el grandullón regresa. — Está dispuesto a llevarnos. Me ha pedido una moneda de plata si me parecía bien. Le he dicho que sí, aunque estoy casi seguro que hubiera aceptado por menos. Dice que hay ocho horas de navegación, con el viento que ahora viene del interior, y que no quiere volver solo demasiado tarde. Si es posible, de salir ahora llegaremos justo antes del anochecer— comenta Shiroge. Todos sonreímos y asentimos. — Vayamos pues. Descansaremos en la barca y avanzaremos por la noche hacia las ruinas— propongo tras mi último trago de deliciosa leche de cabra. 24 Abonamos el desayuno y los gastos a la preciosa Ánnub, que se hará cargo de los caballos después de prepararnos unas provisiones de pan, embutidos y agua. Nos dirigimos a la pasarela. El barquero nos está esperando, parece que tiene todo listo, ha hecho hueco en la amplia barca de pesca para que el trayecto sea lo más confortable posible. — Buenos días, señor Carsen— saludo al llegar—. ¿Todo listo para partir? — Por supuesto, señores. Embarquen con cuidado y pónganse cómodos, saldremos de inmediato— contesta el pescador mientras ultima los preparativos para soltar amarras. La jornada transcurre plácidamente en las calmadas aguas del lago, sin separarnos demasiado de la orilla oeste. Carlsen tiene gran manejo de la embarcación y va sorteando rocas e islotes cercanos a la orilla con soltura. Todos aprovechamos para descansar algo. A mí me va a costar un poco pegar ojo, Haleth se ha sentado a mi lado en la proa y apoya su cabeza en mi hombro. Unas horas más tarde, las lunas salen brillantes en el horizonte por popa, mientras el sol se oculta en el oeste. — La luna menor, Duka, está casi pegada a la izquierda de la mayor, Dalek. De hecho, la orbita con una duración exacta de un año. Al salir Duka por la izquierda, comienza la primavera, cuando la eclipsa por delante es verano, cuando se despega por la derecha es otoño y durante el invierno se oculta detrás de ella— explico susurrando a Haleth sin saber muy bien por qué, parece dormida. Lo cierto es que mi corazón palpita fuerte con el olor de su melena gris reposando sobre mi pecho. Aunque no haya dormido, por lo menos he descansado un poco el cuerpo. 25 Poco después, justo en la puesta de sol, el patrón de la embarcación da el aviso. — ¡Ya casi estamos!— dice mientras señala la enorme piedra a unos cien metros de nosotros. Ahora entiendo el nombre, tiene la forma bastante aproximada de la cabeza de un tigre. Desembarcamos en la orilla de arena pocos metros antes de la roca, pagamos a Carlsen y nos despedimos. — Será mejor que avancemos, iremos acechando entre las sombras para no ser detectados— advierte Elion. El medio elfo tiene un paso rápido pero tranquilo, casi no hace ruido al caminar y con celeridad encuentra cobijo en las sombras. Shiroge y Aulas no son tan sutiles, uno por el tamaño y el otro por su forma tosca de caminar. Avanzamos con una cierta separación entre nosotros refugiándonos entre la vegetación, que aunque no es muy espesa, la altura de los arbustos y matorrales, junto con los pequeños árboles que motean el terreno, nos da algo de cobertura para ser más difícilmente divisados. Tras una hora de camino Aulas se detiene. — Crreo que he oído algo— susurra mientras echa mano a su hacha. Casi sin tiempo de reacción, un enorme lobo salta sobre nuestro pequeño compañero. Es una enorme bestia de unos cincuenta kilogramos de peso que derriba al bahaluk en un instante, incrustando sus dientes en la yugular del Dalma. Aullidos y gruñidos se oyen desde todas direcciones. Shiroge reacciona y de un golpe de mandoble destroza la cadera del animal, que chilla con fuerza y cae herido de muerte. La sangre sale a borbotones del cuello de Aulas que intenta apretarse con sus manos con fuerza para detener 26 la hemorragia. Un denso chorro de viscosa sangre se cuela entre los dedos del guerrero, que termina perdiendo la consciencia. Sin tiempo para auxiliar a nuestro compañero, nos vemos rodeados. Otros siete lobos, de igual tamaño y temible presencia, aparecen gruñendo por todos los flancos. Los medio elfos y yo nos reagrupamos, el eledín está aislado del resto y es atacado por una bestia de frente. Un tremendo golpe de mandoble parte al animal en dos, un enorme chorro de sangre y vísceras de lobo cae sobre él. Por desgracia no ha tenido tiempo de ver que otro se acerca por detrás y apresa con sus enormes dientes el talón de Shiroge, que grita con desesperación y no puede evitar ser derribado. Al caer no es capaz de asir su arma y ésta cae al suelo. Otro lobo frente a él se prepara para el ataque definitivo. No sé de dónde, pero saco el valor para ir en su ayuda. El otro lobo sigue apresando y tirando de su pie, y el eledín está totalmente indefenso. Con una maniobra acrobática, consigo colocar mi escudo entre el feroz depredador frente a él y su presa. Siento el fuerte impacto del animal en mi brazo y casi me disloca el hombro. Haleth y Elion cargan en nuestra dirección. La joven medio elfa, con un fuerte golpe de su espada decapita al lobo que aún tira del pie de Shiroge y consigue liberarlo. Elion dispara su arco con una velocidad que no había visto en mi vida, dos lobos chillan cuando reciben sendos certeros disparos de mi amigo y compañero. Haleth y yo hacemos una barrera de cobertura. Los animales, ya mermados y sin el factor sorpresa, terminan por huir. — ¡Aulas!— grita Haleth mientras corre en su ayuda, pero es demasiado tarde. Nuestro bravo compañero ya ha 27 recorrido el camino de Amán, yace pálido, sin pulso. Haleth intenta reanimarlo, pero es esfuerzo es inútil, solo nos queda despedirnos y rezar a los Ersan por la inmortalidad de su nombre. La herida del talón de Shiroge es bastante fea. Saco mis útiles de primeros auxilios y consigo frenar la hemorragia. Está algo débil, pero no ha perdido la consciencia. Tardo unos minutos en suturar, aplicar el ungüento y vendarle el pie. No ha habido ningún daño en los cartílagos y aunque sea con algo de dolor, podrá seguir caminando. — ¡Maldita sea!— grito con desesperación mientras observo el cuerpo sin vida de nuestro pequeño compañero—. Será mejor enterrarlo y que descansemos unas horas mientras Shiroge se recupera. Tras el descanso necesario, y con pesar de dejar atrás a nuestro compañero caído, seguimos avanzando hacia las ruinas. Dos horas más tarde, llegamos al límite de la zona boscosa que da paso a una zona abierta y recubierta de roca. Aún es de noche, pero se aproxima el alba. — ¡Mirad!— dice Haleth mientras señala con su dedo el enorme espigón y el acantilado. La tenue silueta de un torreón semiderruido se advierte con el brillo de las lunas. — Hay una playa que llega hasta la base del acantilado, a unos doscientos metros del torreón. Si llegamos hasta allí, quizás encontremos la manera de entrar sin ser vistos. No sabemos qué nos vamos a encontrar en la ruinosa fortaleza— nos comenta Elion mientras señala con el dedo la playa de arena fina. — Buena idea, primo— asiente Haleth—. Apresurémonos. Acechando entre la maleza y las rocas junto al lago, nos vamos aproximando con presteza pero con precaución. — ¡Cuidado, esconderos!— susurra con vehemencia Shiroge al llegar a la playa—. ¡Se aproxima un jinete! 28 Tras refugiarnos tras unas enormes rocas, vemos apresurarse hacia las ruinas la silueta un jinete con ropas oscuras a lomos de un precioso caballo de color azabache. El lomo del equino reluce con el brillo de las lunas, al igual que el azul del zafiro en el anillo de la mano izquierda del encapuchado jinete. Una vez pasado más allá de nuestra posición, aprovechamos la distracción para apresurarnos hasta el borde del acantilado. No nos habíamos percatado, pero hay una pequeña cueva en el extremo del acantilado que avanza dirección al fuerte. Se ve que las lluvias han desprendido unas rocas junto a la entrada. Está bastante oscura y es estrecha, pero cabemos sin problema. — Deberíamos investigar la cueva, puede que haya otra salida o que encontremos alguna forma de huir si algo sale mal— propone Elion en baja voz. — Me parece adecuado— respondo, al igual que Shiroge y Haleth. Sin más preámbulos nos adentramos en la sinuosa oscuridad. Una vez dentro, Shiroge enciende una antorcha y avanzamos con sigilo. El estrecho túnel tiene poco más de un metro de ancho, si bien es lo bastante alto para que el grandullón pueda caminar de pie. Tras recorrer más de cien metros con una acentuada subida, el túnel se allana y se ensancha. Veo una grieta en el techo, se ve que se han derrumbado las paredes y escombros de piedra se amontonan. — Quietos, he oído algo— susurra Elion mientras señala a la grieta. Suena una puerta y el crujir de unos pasos con espuelas de monta. Dos voces masculinas se saludan con frialdad. 29 — ¿Por qué me habéis convocado aquí, en estas ruinas miserables?— pregunta la primera voz. — Habría sido peligroso reunirnos más cerca de la ciudad, era la opción más segura— responde su interlocutor. — ¿Y bien?— pregunta de nuevo el primero. — Aquí tiene— Suenan unos pasos y hay un breve silencio—. Como dijo el jefe no es ningún farol— añade la segunda voz. — No me lo puedo creer, ¡lo habéis encontrado!— Hay una breve pausa y continúa la primera voz—. No te preocupes, yo cumpliré con mi parte. — No nos demoremos más, es hora de irse— claudica el segundo hombre. Justo después los pasos abandonan el lugar y se cierra la puerta. — ¿Qué demonios ha sido eso?— pregunto a mis compañeros. Se miran unos a los otros sin saber bien qué responder. Tras unos segundos Shiroge rompe el silencio. — Subamos a comprobarlo— Y comenzamos a regresar hacia la playa. Los primeros rayos de sol entran de perfil por la boca de la cueva. Salimos con cuidado y comenzamos a trepar por el acantilado. Al llegar arriba, justo en la base del torreón, Elión, el más ágil de todos, señala hacia el oeste, por donde vino el jinete. — Parece que abandonan el lugar— informa desde lo alto del terraplén. Un minuto después llego al borde del precipicio y consigo divisar a lo lejos un grupo de jinetes, casi una docena, abandonando el lugar al galope en dirección noroeste. — Comprobemos que no queda nadie e inspeccionemos el lugar— propongo a mis compañeros, mientras saco mi lanza. 30 El sitio está desierto, hay pisadas frescas de caballo en el patio interior, junto a una casa con parte de los tejados hundidos y gran parte de las paredes derruidas. La puerta principal, si bien raída y descuadrada, está utilizable. Dentro hay un pasillo con dos puertas, una a cada lado. La de la derecha está bloqueada por los escombros del otro lado, la de la izquierda se abre sin problemas y da a un salón donde hay una mesa y cuatro sillas, deterioradas pero utilizables, y una chimenea hecha escombros. — Este parece el lugar de la reunión que hemos oído— advierte Elion mientras se agacha cerca de la chimenea. — Comprobaré el torreón— se ofrece Shiroge mientras sale de la sala. — Espera, te acompaño— Sale tras de él Haleth. — ¿No te parece un poco extraño Elion?— pregunto a mi compañero. — ¿A qué te refieres?— contesta con otra pregunta. — Se supone que Delfos ha sido raptado. Sin embargo, no hay evidencia alguna de ningún rapto, todos los jinetes que escaparon iban libres. Me pregunto si no nos hemos equivocado— resumo mis inquietudes sobre la misión. — ¿Quieres decir que crees que Delfos no ha sido traído aquí?, ¿que quizás sus raptores fueron los bandidos?— pregunta Elion. — Todavía no lo sé, demasiado movimiento para un lugar deshabitado— reflexiono en voz alta—. Salgamos a ver si han encontrado algo en la torre— propongo al medio elfo, que sale tras de mí. Ya fuera del edificio, vemos a nuestros compañeros salir de la torre. Haleth trae una prenda de ropa en las manos, parece una camisa. 31 — Mira Mirmi, hemos encontrado esto— informa Haleth mientras señala con el dedo en la parte más alta de la manga. — Esto sí que no me lo esperaba…— reflexiono sorprendido en voz alta, mientras observo atónito el símbolo bordado en la ropa, un cuarto de luna menguante sobre una estrella de cuatro puntas—…Siervos de Amán. — Será mejor que regresemos a la posada, tenemos que informar que hemos perdido el rastro de Delfos. Olvidaros de cobrar…— propone Haleth con resignación. Decidimos tomar el camino que siguieron los sectarios. Debe de tratarse del camino en desuso que mencionó 32 Carias, el viejo farero. Tardaremos más de un día en llegar a la aldea de Énder, donde dejamos los caballos. Caminamos en silencio, con la moral por los suelos. No sólo no hemos conseguido rescatar a Delfos, además le ha costado la vida al bueno de Aulas. Hacemos una rápida parada para comer y para cambiar las vendas y revisar la herida de Shiroge. Parece que el ungüento funciona a las mil maravillas, apenas ha pasado medio día y la herida comienza a cicatrizar, no hay rastro de infección. Continuamos la marcha, el camino se separa un par de kilómetros del lago y repta por un badén. Al final del badén, detrás de unos matorrales, nos cruzamos con un camino más ancho. Comienza a caer la noche. — Ese parece el camino de Nublin, aún nos quedan ocho horas de marcha en dirección noreste— indico a mis compañeros mi apreciación. — Será mejor que acampemos por los alrededores, Shiroge necesita descanso y ya hemos visto lo peligroso que es andar por aquí de noche— añade Haleth, quizás con la imagen en la retina de nuestro pequeño compañero Dalma caído. Buscamos por la zona un buen sitio para escondernos. Elion se percata de un pequeño badén rodeado de matorrales a unos veinte metros del camino— ¡Éste parece el lugar perfecto!— exclama satisfecho mientras revisa el lugar. Decidimos descansar seis horas. Haleth y Elion se encargarán de las guardias, tienen la virtud, heredada de los elfos, de que con tres horas de descanso y meditación, se recomponen como si hubieran dormido ocho horas. Shiroge y yo acomodamos las mochilas en el centro del gran hoyo y nos echamos a dormir. 33 — Pssss, despierta Mirmi— escucho el susurro de Elion y una ligera presión en el hombro, así que abro los ojos. Elion está a mi lado con el dedo índice en la boca, indicándome estar en silencio. Shiroge se levanta a mi lado y coge sus armas, yo hago lo mismo. Haleth está en la parte de arriba del badén, entre los arbustos que dan hacia el camino. Nos acercamos reptando con el cuerpo contra el suelo hasta su posición. Desde lo alto del terraplén, podemos ver que hay seis humanos en el camino, visten con ropas blancas y negras, están investigando nuestro rastro. — ¿Qué hacemos?— pregunta Shiroge mientras agarra la empuñadura de su mandoble. — Tarde o temprano darán con nosotros. Aprovechemos el factor sorpresa— propone Elion a la vez que agarra el arco—. Vamos a darles un poco de su medicina. ¡Embosquémosles! — No parece mala idea, si nuestro primer ataque resulta efectivo, igualaríamos la ventaja numérica con la que cuentan. Están a la distancia adecuada— opino con voz susurrante. — ¡A la de tres!— dice Elion—. Uno, dos y ¡tres! Elion se levanta con su arco cargado mientras yo cojo algo de carrerilla para arrojar una de mis lanzas. El proyectil de Elion es disparado contra un bandido situado de flanco, la flecha penetra por el costado y atraviesa los dos pulmones del adversario que cae al suelo. Mi lanza va dirigida contra la espalda de otro, atravesando músculos y tejidos, destruyendo una serie de órganos vitales y cae de bruces. Shiroge y Haleth cargan en este momento. Agarro mi segunda lanza y salgo detrás de ellos en segunda línea, mientras Elion vuelve a disparar. Una 34 segunda flecha impacta contra el muslo del otro bandido que trataba de cubrirse con su escudo y que le hace retroceder. Shiroge llega el primero y se lanza contra el bandido de mayor tamaño, que consigue parar su ataque a duras penas, usando su escudo y su espada. El bandido que está a su lado lanza una ofensiva con su hacha contra el grandullón Shiroge, que repele el ataque con su escudo. Haleth usa la espada para detener el ataque de su rival, seguidamente da una patada que impacta en el brazo que sujeta el escudo y éste se le cae. Desde segunda línea, lanzo un potente ataque contra el bandido que ha atacado al eledín, provocando una fea herida en su costado y una hemorragia. El enemigo se dobla de ese lado y queda aturdido mientras la sangre gotea desde su torso a lo largo de su cuerpo. Veo pasar una nueva flecha de Elion que impacta en el escudo del adversario. Un segundo golpe de mandoble de Shiroge hace que el enemigo se tambalee, quedando a merced de un nuevo ataque. El adversario de Haleth maniobra bien y consigue dar un tajo en el brazo de la medio elfa. La herida es leve, pero le causa una pequeña hemorragia, a lo que nuestra compañera responde con una increíble combinación de artes marciales. Primero golpea con la palma de la mano en la nariz del adversario, seguidamente una patada en la cabeza que lo derriba y cae inconsciente. Mi segundo ataque también resulta definitivo, consigo impactar contra el muslo y seccionar alguna arteria, el bandido grita con fuerza de dolor. Al extraer la punta de la lanza, un fuerte chorro de sangre se proyecta desde la herida, mi rival cae de rodillas, para acabar de frente contra el suelo para morir desangrado. 35 Una última flecha de Elion impacta, esta vez sí, en el cuello del enemigo seccionando músculos y venas y éste se deja caer. Por último, Shiroge da un golpe de plano contra la cabeza del adversario que lo noquea al instante. — ¿Estás bien, Haleth?— me intereso enseguida por el estado de mi compañera herida. — Es un rasguño— Ella le quita importancia. Aun así, me ofrezco a curárselo. Es cierto que no es profunda, no necesita sutura, bastará con limpiar la herida, aplicar el ungüento y vendarla. Registramos los cuerpos de los bandidos. Salvo las doce monedas de plata que encontramos en sus morrales y que nos repartimos en partes iguales, no tienen nada de valor. Por sus atuendos, unas llamativas ropas en blanco y negro, lo cual encaja a la perfección con la descripción del farero, está claro que se trata de bandidos de las montañas Némodas. Seguidamente sacamos los cuerpos del camino. — Ya que estamos despiertos y el sol empieza a salir, será mejor que avancemos— propongo a mis compañeros una vez repuestos de la batalla. Los Ersan han sido propicios en esta jornada, hemos hecho una pequeña parada sin incidencias y llegamos por la tarde a la aldea junto al lago Énder. Al alcanzar a la plaza, vemos que nuestros caballos están atados en el abrevadero. Alguien, probablemente Ánnub, ha dado algo de heno a las bestias y están en buen estado, pero… hay un caballo más atado junto a los nuestros. Miro hacia la taberna y justo por la puerta aparece Pirnel. — ¡Rubio! ¿Qué haces aquí?— pregunta Haleth al joven. — Siler me ha mandado en vuestra búsqueda, acabo de llegar, ¡Delfos ha sido rescatado sano y salvo!— nos informa el compañero justo antes de caer en la cuenta que 36 falta uno de nosotros—. ¿Dónde está Aulas, que ha sido de mi pequeño amigo? — Aulas ha caído, Pirnel, fuimos emboscados por una jauría de lobos— responde Elion con voz seria. — No, maldita sea…— Los ojos de Pirnel se empapan al momento y no puede resistir que se caigan algunas lágrimas. En los días en el Gran Camino habían hecho buenas migas, pero esto es el reino de Aradín, en estas tierras la vida es un privilegio que puede ser arrancado en cualquier momento. Sin perder más tiempo, tomamos los caballos y marchamos de regreso a la posada El Sauce Feliz. Por el camino, Pirnel nos da detalles de la aparición de Delfos. — Hace unas horas, apareció en la posada. Ha sido rescatado por el nuevo teniente de la Guardia del Tridente, un tipo grande, llamado Balduur. Por lo que ha contado, Delfos había sido secuestrado por unos bandidos. El teniente, acompañado por solo dos hombres, consiguió darles caza en el camino de Nublin. Por suerte Delfos ha salido ileso. Cuando vine a buscaros, se preparaban para partir a Estrian— explica el joven arquero durante la marcha. Hay muchas cosas que no me cuadran de esa historia, no hemos encontrado prueba alguna en el camino de una batalla. Además, no me explico cómo ha podido ese tal Balduur dar con él tan rápido. Pero no digo nada, no tengo pruebas ni evidencias de nada, solo un montón de suposiciones en un puzle que de momento no he conseguido encajar. Por un lado me alegro de que Delfos esté bien, eso significa que al final cobraremos nuestros honorarios. Al atardecer llegamos a la posada. Delfos y los demás ya no están. Al vernos entrar, Guilim se nos acerca. 37 — Bienvenidos por fin, señores. Me alegro de verles sanos y salvos. El asistente del magistrado, Erios, me ha pedido que les diera un recado: quiere que se reúnan con él en la posada El Tridente en el puerto de Estrian— nos dice el posadero. — Muy amable señor Guilim, partiremos después de cenar— le contesto al hostelero. Nos sentamos a cenar. Parece que mis compañeros están algo más animados, a fin de cuentas, vamos a poder completar la misión, pero yo tengo aún algunas averiguaciones que hacer. No quiero llamar demasiado la atención y sé exactamente de alguien observador e inocente a quien hacerle un par de preguntas. Aprovechando un momento de distracción y sin decir nada, me apresuro hacia la cuadra. — Buenas noches, amigo Éder— saludo al muchacho que se encuentra reposando sobre una montaña de heno. — ¡Buenas tardes, señor!— contesta el chico alterado—. Solo estaba descansando un rato. — No te preocupes, chaval. No diré nada a nadie, vengo porque el otro día con las prisas, no tuve tiempo de recompensarte por tu gran ayuda— le comento al joven. Observo que empieza a mostrar interés—. Toma— Le lanzo una moneda de cobre, que el joven agarra con habilidad. — Tengo otro par de preguntas que, lo mismo tú puedes contestar— sugiero con tono de complicidad. — Claro, señor. ¿Qué desea saber?— me pregunta casi con impaciencia. — Un hombre llamado Balduur, ha traído de vuelta al magistrado desaparecido. ¿Le has visto?— El chico mueve la cabeza de arriba para abajo de forma afirmativa. — ¿Qué sabes de él? — 38 — Es el nuevo teniente de la Guardia del Tridente, un hombre muy grande, puede que no tanto como su compañero, pero de gran tamaño también. Tiene una preciosa yegua, color negro azabache, con el pelo muy bien cuidado y brillante— contesta con seguridad. — ¿Qué ropa viste? Dime algo sobre su atuendo— insisto con las preguntas. — Pues, traía ropas oscuras, pantalón y camisa. Tiene unas preciosas botas con espuelas, también negras, creo que eso es todo… ¡Bueno, no! Luce en su mano izquierda un anillo con un enorme zafiro reluciente— añade. — Gracias, chico. Aquí tienes, tú y yo no hemos hablado— Le guiño el ojo mientras le entrego una moneda de bronce. El chico me mira con una enorme sonrisa. — Gracias, señor— me responde mientras me giro y abandono la cuadra, ya sé todo lo que necesitaba saber. 39 2 Estrian No he querido compartir con mis compañeros mis conclusiones ni mis inquietudes durante la apresurada cena. No me siento muy cómodo con la presencia de Pirnel, no porque piense que sea un mal muchacho, sino por su amistad con Síler, que lleva años trabajando con Delfos. Todo me hace pensar que hay un gran complot en torno a la visita del magistrado, pero desconozco aún demasiados detalles. Lo que tengo bastante claro es que Balduur y Delfos están involucrados en algún asunto con los Siervos de Amán y que el secuestro de Delfos no ha sido otra cosa que una distracción para encontrarse. Pero no sé quién más está involucrado y desconozco el objetivo de su conspiración. A caballo a buen ritmo, nos lleva menos de dos horas el trayecto hasta Estrian. Si bien, la almenara, encendida sobre la enorme torre de mármol blanco de más de cincuenta metros de altura, que corona la ciudad costera y sirve de faro, es visible desde hace más de una hora, desde que entramos en el paso entre dos barrancos, recubiertos de helechos y matorrales, por el que transcurre la última etapa del Gran Camino. De hecho, toda la parte de la ciudad que está dentro de las murallas, está construida con bloques de mármol, una inmensa fortaleza blanca de enormes muros de diez metros. Todo el extrarradio está formado por suburbios y barrios aledaños. Por donde transcurre el Gran Camino está bien iluminado y vemos mucha seguridad, patrullas de la Guardia del Tridente vigilan cada esquina. 40 Al llegar al enorme portón de cinco metros que da acceso a la zona amurallada, hay un dispositivo controlando la ajetreada entrada a la fortificación. Revisan las carretas de mercaderes y curiosos que han venido desde todas partes de la región para el nombramiento, que tendrá lugar pasado mañana. Un grupo de guardias nos dan el alto. — ¿Quiénes sois y por qué queréis entrar en la ciudad?— pregunta un uniformado a Elion, que lidera la compañía. — Venimos desde Gáldoras, somos escoltas de Delfos, magistrado del rey. Tenemos el encargo de encontrarnos con Erios, secretario de Delfos en la posada El Tridente y hacia allí nos dirigimos— responde adelantándose Pirnel y le enseña unos papeles. Los guardias revisan la documentación y los caballos unos instantes. — Podéis pasar— concede el hombre, a la vez que hace un gesto con la mano para que avancemos. Pequeñas callejuelas salen a cada lado de la avenida principal por la que nos adentramos y que mira de frente a la torre, situada en la punta noroeste de la zona amurallada. La ciudad es bastante llana, de casas de mármol blanco de dos y tres alturas. La zona a nuestra derecha está bien iluminada y a pesar de que hace ya unas horas que se posó el sol, hay bastantes transeúntes de todas las razas y las tabernas están llenas. Hay muchos guardias por esa zona. Sin embargo, la parte de la izquierda está más oscura y menos cuidada. En medio de la avenida se abre una inmensa plaza, en cuyo centro se extiende un gran mercado con cinco calles, en el que habrá más de un centenar de puestos, que permanecen cerrados a estas horas. Del otro lado de la 41 plaza, por donde continuamos la marcha, está la zona noble de la ciudad. Las calles aledañas son amplias y las casas lujosas y ornamentadas, de hecho, justo en medio del tramo, a la derecha, una calle muy decorosa y muy bien iluminada llega hasta las puertas de un impresionante palacio blanco de cuatro plantas y gran belleza, con guardias custodiando la entrada. Por fin llegamos a la plazoleta situada a los pies de la torre. A la izquierda, en la esquina se aprecia con claridad un letrero iluminado por antorchas donde se lee en bóldor: “El Tridente”. — Parece que hemos llegado— advierte Elion mientras descabalga cerca de los amarres, al lado de la puerta. Tras atar los caballos, entramos en la posada. El comedor es bastante amplio, revestido de madera envejecida desde el suelo hasta el techo. Hay tres enormes mesas rectangulares con bancos a la izquierda de la sala, ocupadas por grupos de Guardias del Tridente. En el centro hay otras ocho mesas redondas, todas ocupadas, menos una justo al lado de la entrada. Hay una docena de elfos entre los clientes, además de tres eledines y un grupo mixto de tres bahaluks y dos medios elfos. El resto son humanos, incluyendo al posadero y las tres taberneras que están muy ajetreadas. Ocupamos la mesa libre. — No veo a Erios por ningún lado— aprecia Shiroge con acierto. — Es bastante tarde, puede que se haya ido a descansar, mañana por la mañana seguro que aparece— responde El Rubio, mientras levanta la mano intentando llamar la atención del servicio. 42 Cansado de tener el brazo en alto y ante la indiferencia del personal, Pirnel se levanta. — Iré a la barra a pedir la bebida, ¿cervezas para todos, no?— pregunta el joven, a lo que todos asentimos. — Hay algo que quiero hablar con vosotros— comento en baja voz aprovechando la ausencia del compañero—. He descubierto que el jinete negro de las ruinas es Balduur y la voz que oímos desde la cueva, junto a él, debe de ser la de Delfos. Yo nunca le oí decir nada en los cuatro días por el Gran Camino, siempre era Erios el que se dirigía a nosotros, por eso no lo reconocimos. — Son acusaciones muy fuertes Mirmi, ¿en qué te basas para asegurarlo?— pregunta Haleth con gesto de desaprobación. — Por la descripción que Éder, el mozo del Sauce Feliz, hizo del teniente. Me habló del caballo azabache de piel brillante, idéntica a la del jinete, además, al parecer Balduur usa espuelas y luce en su mano izquierda un anillo con un zafiro azul, al igual que el encapuchado— defiendo mis conclusiones. — Pero nada de eso prueba nada, puede ser otro caballo y otro anillo. Además es muy común que los jinetes usen espuelas, se puede tratar de una desgraciada casualidad— opina Elion—. De todas maneras eso no es asunto nuestro, la primera parte de nuestra misión ha sido completada, en unos días volveremos a Gáldoras, cobraremos nuestros honorarios y se habrá acabado. Todo eso, aunque fuera cierto, es problema de otros. — Sí, estoy de acuerdo con mi primo— añade Haleth. — ¿Sabes, amigo?— se dirige a mí Shiroge mientras me mira con confianza a los ojos—. Estoy de acuerdo contigo, esto huele muy mal, y estoy de acuerdo con los medio elfos que por un lado no tenemos pruebas y por otro no es 43 nuestro asunto, pero si quieres seguir adelante e investigar, cuenta conmigo, estaré a tu lado— Noto que el grandullón se abre a mí más que nunca, quizá sea por el incidente con los lobos. — Gracias amigo, pero quizás los primos tienen razón, lo mejor será dejarlo correr de momento— concedo con resignación. Regresa Pirnel con las cervezas tras unos minutos, se ha encargado también de coger una habitación. Estamos todos agotados y tras la cena no tardamos en irnos a dormir. Ya en la habitación, echo un vistazo a la herida de Shiroge, está curando fantásticamente, mañana retiraré los puntos. ¡Qué bien sienta descansar en una cama con un mullido colchón! Me siento renovado. Abro los ojos y miro a mi alrededor. Eledín y El Rubio siguen dormidos, sin embargo, Haleth y Elion ya no están. Me levanto, me visto, cojo mi mochila y mis armas y tratando de no hacer ruido, me dispongo a salir de la habitación. — Espera Mirmi— escucho la voz ronca del grandullón—. ¿Vas a desayunar? ¡Estoy muerto de hambre!— dice mientras se sienta en el lado de la cama. — Venga, vístete. Voy cogiendo una mesa— le contesto con una sonrisa. La posada está casi vacía, apenas los bahaluks y los medio elfos están sentados desayunando en una de las tres grandes mesas del otro lado. — Buenos días, señor. Espero que haya dormido bien— oigo el suave tono femenino de la tabernera que me mira con atención desde la barra a mi derecha. — Buenos días— respondo con tono cantarín—. Mi compañero y yo queremos desayunar. 44 — ¿Su nombre es Mirmaerín, verdad?— pregunta la sirvienta mientras la observo con atónita mirada. — Sí. Así es, señora. ¿Cómo lo sabe?— le digo a la mujer con gesto de extrañeza. — Responde a la descripción que me dieron una pareja de medios elfos hace una hora, dejaron un mensaje para vos— añade mientras saca de su mandil una nota escrita en un trozo de papel doblado. Leo el documento: “Estimados compañeros, no hemos querido despertaros, parecía que necesitabais descansar. Nos han hablado de un sitio llamado Plaza del Sur, donde dicen están los mejores armeros de la ciudad. Nos vamos a acercar a echar un vistazo, volveremos en seguida. Vuestra compañera y amiga Haleth”. Tiene una bonita caligrafía; una vez me dijo mi abuelo, durante una de sus lecciones del idioma de los elfos, que la caligrafía y el manejo de la espada están estrechamente relacionados. Sin duda nuestra compañera destaca en ambas habilidades. — Está bien, ¿podría hervir estas agujas de suturar diez minutos?— pido a la tabernera mientras saco el pequeño frasco donde las llevo, a la vez que Shiroge y Pirnel entran en la sala. — Por supuesto— responde la mujer y toma el recipiente de mi mano. Nos sentamos los tres a la mesa y les enseño el papel en el tiempo que nos sirven el desayuno y me devuelven mis agujas. Poco después entra un hombre en la posada. Se trata de Erios, que viene especialmente bien vestido con ropas de seda y un sombrero aterciopelado, todo de color gris claro, con una camisa blanca de botones y las botas también grises. 45 — ¡Buenos días, compañeros! ¡Qué alegría veros sanos y salvos!— nos saluda de manera efusiva el secretario. — ¡Buenos días!— respondemos los tres. — ¿Dónde están vuestros compañeros?— pregunta el mayordomo de Delfos. — Han ido a la Plaza del Sur— responde de manera precipitada El Rubio. — Me alegro de que estéis todos bien— agradece con una sonrisa de satisfacción. — Todos no, Aulas cayó. Fuimos emboscados por una jauría de lobos durante la búsqueda del magistrado— le informo con tristeza y pesadez. — No me digas… — El gesto se le torna serio—. Es una pena, me caía bien; por desgracia, es algo que está siempre al acecho en la vida de un Dalma— añade con cierta resignación. En este momento Haleth y Elion entran en la posada, puedo distinguir que el arco que trae mi compañero no es el mismo, además su carcaj vuelve a rebosar de flechas. La empuñadura de la espada de Haleth también es distinta. — Buenos días, por lo que veo ya estamos todos. Síler y Gaulas están escoltando a Delfos en el palacio del senescal. Sentémonos— ofrece Erios mientras agarra una de las sillas en nuestra mesa. Los recién llegados le imitan. — Lo primero, me gustaría daros las gracias por arriesgar vuestras vidas buscando al magistrado, estoy seguro que si Balduur no hubiera aparecido, vosotros habríais dado con él— empieza diciendo sin aparente ánimo de acritud—. Lo segundo, quiero abonaros la parte restante del primer pago por el trabajo de escolta— añade mientras saca un morral de piel, del que extrae seis monedas de oro, entregando una a cada uno—. Esta última moneda, la 46 de Aulas, servirá para pagar los gastos de vuestra estancia en Estrian— continua a la vez que apunta el pago en un pequeño libro de cuentas que nos da a firmar—. Para finalizar, os emplazo en esta misma taberna, dentro de cuatro días al alba, para emprender el camino de regreso— concluye. Todos firmamos, asentimos y se hace un breve silencio. — Bueno, si no tenéis nada que decir, yo me voy, tengo que reunirme con el secretario del senescal para los detalles del nombramiento— añade Erios mientras se levanta—.¡Disfrutad de estos días libres!— Se despide desde la puerta justo antes de abandonar la posada. — Parece que tenemos un tiempo para conocer la ciudad— advierto a mis compañeros—. ¡Tengo ganas de visitar el templo de Túlmar! He oído maravillas acerca de su arquitectura— Me levanto de la silla. — Yo te acompaño— se ofrece Shiroge—. Pero luego podíamos ir también a esa Plaza del Sur, mi escudo está dañado, necesitaré arreglarlo o comprar uno nuevo. — Por supuesto— respondo con una sonrisa. Qué mejor manera de moverme con tranquilidad por la ciudad que con un guardaespaldas como Shiroge a mi lado. — Pero antes, vayamos a nuestro cuarto, voy a revisarte la herida, creo que ya podemos quitar los puntos— contesto a la vez que señalo hacia la puerta que da al pasillo de las habitaciones. — Yo iré a buscar a Síler, seguro que necesita ayuda con su cometido, la ciudad está a rebosar y las aglomeraciones son peligrosas— nos informa Pirnel, que también se levanta para dirigirse a la puerta. — Elion, ¿te parece que vayamos a dar una vuelta por el mercado? Es bastante grande y seguro que encontramos cosas exóticas— pregunta Haleth a su “primo”. 47 — ¡Adelante!— responde el medio elfo con euforia. Nos emplazamos a la hora de comer y abandonamos la sala. Después de quitar la sutura del grandullón y comprobar que la herida está casi al cien por cien recuperada, nos dirigimos hacia el puerto, cuya punta norte se sitúa a pocos metros de distancia de la posada, junto a la descomunal torre. Al llegar vemos un inmenso ajetreo, marinos que se mueven de un lado para otro, viajeros desembarcando de las naves, comerciantes organizando y controlando la mercancía, amén de una gran cantidad de Guardias del Tridente, pendientes de la seguridad del puerto. Del otro lado de la inmensa plataforma de mármol, de más de doscientos metros de longitud y repleta de navíos de todo tipo, avistamos en la punta sur un enorme templo con gigantescas columnas de mármol justo en lo alto de un espigón, del que nace el rompeolas que encierra el complejo portuario. — Allí está el templo— indico a Shiroge mientras señalo con el dedo. Hay un gran revuelo en la parte central del muelle, un grupo de Guardias del Tridente, forman una línea rodeada por una multitud de curiosos. — ¿Qué ocurre, Shiroge?— llamo la atención del eledín—. ¿Ves algo? — Parece que están rescatando algo o a alguien del agua— responde mi acompañante con mejor perspectiva—. Echemos un vistazo. Es admirable con la facilidad que un tipo como Shiroge se abre paso entre la multitud, su simple presencia hace que todos se aparten con resignación, en pocos segundos llegamos a la línea de guardias. 48 — Disculpe, señor. ¿Podemos saber qué ocurre?— pregunto con educación a uno de los uniformados. — Han aparecido tres jóvenes ahogados, probablemente estaban borrachos y cayeron al mar— responde el guardia con frialdad. Me fijo por encima de su hombro. Justo en este momento sacan el cuerpo de uno de los muchachos, distingo a ver sus ropas rasgadas y empapadas. Me llama la atención que tiene señales de ataduras en las muñecas, además de un tatuaje de una flor, parece una rosa, situada en su cuello sobre su hombro derecho. — Sigamos Shiroge, no es un espectáculo bonito de ver— propongo a mi compañero a la vez que me abro paso entre los curiosos. El templo de Túlmar, Erdan de la navegación y la orientación, es impresionante, nada tiene que envidiar en tamaño al gran templo de Eneon, en Gáldoras. Pero este está particularmente bien ornamentado: Un mosaico con una gran estrella dorada de cuatro puntas, que indica cada uno de los puntos cardinales, decora el suelo del peristilo, justo detrás de las ocho tremendas columnas a las que se acceden por una escalinata. A continuación, un arco de medio punto de unos cuatro metros de altura y revestido con un relieve con olas y barcos, de gran belleza, da acceso al panteón. Ya en el interior, destaca una enorme estatua de cinco metros de altura, de impresionante realismo y magnífico acabado, con la imagen del Erdan, que sostiene un bastón alzado con su mano derecha, mientras señala hacia el norte con el dedo índice de la otra, rodeado por una gran ofrenda floral. Cada una de las paredes a los lados, disponen de un inmenso rosetón ovalado de vidrio muy 49 colorido, uno alineado hacia el norte, con tonos azulados y el otro hacia el sur, con tonos amarillentos. — Voy a recitar unas oraciones y a hacer ofrenda— advierto a mi compañero, mientras me arrodillo en uno de los grandes bancos dispuestos a cada lado del templo. Tras veinte minutos de rezo y de hacer ofrenda de una moneda de plata en el cepillo, a los pies de la estatua, abandonamos el templo en dirección a la Plaza del Sur. — Túlmar es el dios más venerado en Estrian, al igual que en la mayoría de las ciudades costeras— comento a mi compañero mientras avanzamos por la abarrotada avenida frente al templo y que cruza en diagonal dirección suroeste hacia la Plaza del Sur—. No sé si lo sabes, Túlmar surgió de Balgar, Ersan del mar y es siervo de Aunas, Ersan del viento. — No lo sabía Mirmi— responde mi acompañante—. ¡Está claro que eres un erudito!— agrega mientras me da una “palmadita” en la espalda que casi me hace caer de bruces. A veces mi compañero es incapaz de controlar su enorme fuerza. Llegamos a la plaza, está llena de forjas y herrerías, además de armerías, donde se exhiben toda clase de armas terminadas. En una esquina hay una taberna en cuyo letrero en bóldor se lee “El Martillo de Krax”. Me he fijado en el símbolo sobre la puerta, es el mismo que el distintivo que la mayoría de los establecimientos tienen en el dintel: un martillo sobre una llama. Entramos en una armería que exhibe buen material en sus vitrinas. — Buenos días, señores— Nada más entrar recibimos el saludo del dependiente, un hombre entrado en años, de pelo cano y calva brillante, con un bigote llamativo en forma de punta—. ¿Puedo ayudarles en algo? 50 — Necesito un escudo, a ser posible mejor que este— responde Shiroge a la vez que muestra su escudo abollado. — Por supuesto, señor. Tenemos toda clase de escudos de tipo torreón, rectangulares, redondos, ovalados...— contesta el comerciante, mientras abre un armario a la derecha. Dentro del mueble, una docena de escudos de ese tipo están perfectamente colocados y relucientes. De entre ellos, uno me llama la atención. — Éste parece de buena calidad— digo mientras señalo uno enorme con forma rectangular—. Se ve que es acero de buena calidad. — Acero de las montañas Morguel, al norte de la llanura del Espino Rojo, fabricado por Dimir, un experimentado miembro de Los Hacedores— contesta el hombre. — ¿Los Hacedores?— pregunto con curiosidad. — Son el clan de herreros y armeros de Estrian, solo usan los mejores aceros y trabajan en magnificas forjas— responde el vendedor—. Se reconoce por su símbolo que aparece tallado en cada uno de sus trabajos— añade a la vez que señala en la esquina superior, donde está grabado el mismo distintivo que había visto en la entrada de los establecimientos. — ¿Y cuánto vale?— pregunta mi compañero. — Dos monedas de oro— responde el mercader, mientras coloca sus manos sobre su estómago entrelazando sus dedos. — ¿Dos de oro? Vaya, es el doble de lo que pagué por el mío— comenta Shiroge con gesto torcido—. ¿Y si le entrego éste?— añade intentando regatear. 51 — No puedo darle más de cinco monedas de plata por él, necesita reparación y el acero es de poca calidad— contesta el experimentado vendedor. — Yo también querría un escudo, pero más de mi tamaño, jeje— manifiesto a pesar de que mi escudo solo tiene una leve abolladura del impacto del lobo—. Quizás puede hacernos un precio especial al tratarse de dos ventas. — Bueno…— El comerciante vacila—. Supongo que podemos hacer algo en el precio si usted adquiere otro artículo. El hombre abre el armario justo al lado. Una veintena de escudos completos están igualmente bien colocados y relucientes, la calidad de los escudos parece la misma, salvo el del final a la derecha, tiene los bordes plateados y brillantes, y se ve que está hecho de un material aún mejor. — ¿Y éste?— pregunto mientas señalo el escudo. — Parece que entiendes de escudos, mi joven amigo. Ese es un escudo muy especial, ha sido fabricado por el famoso herrero eledín Gurutdar— cuenta el tendero—. Está hecho de una aleación muy ligera y poco común, es un artículo único, su precio es de tres monedas de oro y dos de plata— concluye. No dispongo de tanto dinero, apenas tengo dos monedas de oro y otras tres de plata contando la calderilla. Incluso entregando el mío, no me llega. — Si necesitas algo de dinero, Mirmi, yo puedo prestártelo, ya me lo devolverás más adelante— me susurra Shiroge al oído—. No creas que he olvidado la deuda que tengo contigo— añade con un gesto de aprobación. Sostengo el escudo en mis manos para verlo bien, la verdad que es una maravilla, es ligero, casi como si fuera de madera, pero resistente y duro como el mejor de los aceros. 52 — Está bien, ésta es mi oferta: le entregaremos nuestros dos escudos y cuatro monedas de oro a cambio de los dos suyos. ¿Qué le parece?— Hago una oferta a la baja. El comerciante se queda pensativo, echas sus cuentas y acepta a regañadientes el trato. Salimos del establecimiento bastante satisfechos, armados con nuestros nuevos y bonitos escudos. — Parece que se acerca la hora de comer— señala mi amigo mientras se frota el vientre. — Vayamos a la posada, además, no creo que pueda comprar nada más con las pocas monedas que me quedan— contesto con cierto pesar. — No te preocupes, verás como encontramos alguna manera de conseguir dinero, a fin de cuentas tenemos cuatro días libres por delante— intenta animarme mi compañero. Regresamos a la posada por la céntrica avenida que cruza la ciudad de norte a sur, en medio de la cual hay una plazoleta redonda con comercios de toda clase y en cuyo centro, hay otra estatua de Túlmar señalando hacia el mar al oeste, a una escala más pequeña que en el templo, pero bastante bien tallada en mármol, que corona una preciosa fuente. Me gustaría entrar en la tienda de alquimia, cuyo nombre aparece en el cartel escrito en idioma élfico “Pristum Thalár”, que significa El rezo de Thal, pero dada mi situación económica, no puedo permitirme ninguno de los carísimos objetos mágicos que allí se exponen y que se ven relucientes a través del escaparate. No nos queda más remedio que seguir nuestro camino. La taberna se ha vuelto a llenar, han montado unas mesas en la puerta aprovechando el cálido sol de primavera, tenemos suerte de encontrar una libre. 53 Tras un par de cervezas, vemos a Haleth y Elion aparecer rodeando la esquina de la calle que va al mercado. — ¡Buenas tardes, compañeros!— saluda Haleth con efusiva sonrisa. — Buenas tardes, chicos. ¿Qué tal las compras?— respondo mientras acercan unas sillas para sentarse con nosotros. — Muy bien, el mercado es impresionante, hay comerciantes de todos los reinos— detalla el medio elfo emocionado—. Me he comprado un par de éstas. Me muestra un pequeño recipiente redondo de cristal que contiene un líquido oscuro y una mecha en la parte superior. — Se lo he adquirido a un grupo de comerciantes bahaluks— continua relatando—. Se trata de una bomba inflamable. Al parecer, esta pequeña esfera de cristal es capaz de generar una llamarada de tres metros de diámetro. — ¡Vaya!— respondo sorprendido—. Pero si apenas contendrá unos pocos centilitros de líquido, debe ser altamente inflamable. — Así es— contesta el medio elfo—. El comerciante bahaluk hizo una prueba delante de nosotros, con una sola gota del contenido. La introdujo en una barrica metálica y acercó una antorcha… ¡Salió una llamarada de casi un metro de altura!— relata emocionado. — ¿Y tú, Haleth? ¿Has comprado algo?— pregunto a la imponente, a la par que hermosa compañera. — No…— contesta con cara de resignación—. Me gasté casi todo lo que tenía esta mañana en esta espada— Muestra una bonita espada de gran tamaño, pero de hoja muy fina y brillante de un solo filo, con una empuñadura de 54 dos manos. Distingo el sello de los Hacedores base de la hoja. — ¡Parece que estamos todos sin blanca!— advierto con una sonrisa para quitarle hierro al asunto—. Por lo menos tenemos los gastos pagados en la posada ¡bebamos y comamos! Estamos casi terminando de comer, cuando se acerca a nosotros una patrulla del Tridente y se colocan de pie junto a nuestra mesa. — Estamos buscando a Shiroge, Mirmaerín, Elion Váltor y Haleth— se dirije a nosotros uno de los guardias—. Tenemos órdenes de llevaros ante Torsen, capitán de la Guardia del Tridente y hermano del nuevo senescal Gálser. — Somos nosotros— contesto de buenas, a sabiendas que les habrán dado nuestra descripción detallada. — Terminad el almuerzo y venid a la torre con nosotros— ordena serio pero con correctas formas el militar. Terminamos de comer y acompañamos a los guardias. La inmensa torre se encuentra justo enfrente de la posada, un gran portón metálico da acceso al edificio en su base. Hay un grupo de cuatro guardias apostados a cada lado, que viéndonos en compañía de los suyos nos dejan pasar con indiferencia. Dentro hay un enorme pasillo que da, al fondo, a una gran escalera de caracol. Todas las paredes y los suelos son también de mármol pulido y brillante. Varias puertas se apostan a cada lado del pasillo, al llegar a la última, el guardia se detiene y llama. — Adelante— una voz firme y grave se oye desde el otro lado. Entramos en la sala, se trata de un gran despacho con un escritorio lleno de pergaminos y documentos de todo tipo. 55 Tras él, se sienta un hombre de tez fina y flamante uniforme que delata su alto rango. — Dejadnos— ordena el oficial a los guardias, que obedecen con presteza. — Bienvenidos, mi nombre es Torsen, soy el capitán de la guardia de Estrian— se presenta el apuesto hermano del senescal mientras se levanta para ofrecernos la mano. Ante mi atónito juicio, me percato de que en su mano izquierda lleva un anillo con un enorme zafiro azul. Uno a uno se la estrechamos a la vez que nos presentamos. Está claro que no son las manos de un guerrero, sino de un hombre de alta cuna, de piel suave y absoluta pulcritud. — Os he hecho llamar por recomendación de Delfos, el magistrado, necesito ayuda de Dalmas para una misión muy especial. Tengo a todos mis hombres ocupados vigilando la ciudad, que estos días está especialmente ajetreada debido al nombramiento de mi hermano— explica sus intenciones yendo al grano. — ¿Y en qué consiste esa misión especial?— pregunto, mirando fijamente al capitán. — Un importante ciudadano de Estrian, del que no puedo dar el nombre, ha sido asaltado por unos bandidos hace un par de días. Le han extraído un objeto de gran valor para él, una gema de color rosa que pertenece a su familia, una de las más importantes de la ciudad— relata con suma cautela de no dar ningún detalle comprometedor—. Ofrece una recompensa de veinte monedas de oro por recuperarla. — ¿Tenéis alguna idea de dónde pueden estar esos ladrones y quiénes son?— pregunta Elion muy interesado al escuchar la gran recompensa. 56 — Sí, se trata de un grupo muy sanguinario, mataron a todos los que le acompañaban, por suerte el denunciante pudo esconderse. Unos informantes, de veracidad contrastada, vieron a los sospechosos alejarse de la ciudad dirección norte, hacia a la aldea de Riga, según las averiguaciones se esconden en un torreón oculto en el bosque de Dáverton— continúa relatando mientras extiende un mapa. — Al parecer, hay un paso entre la densa vegetación unos kilómetros más allá de la posada El Encuentro, a menos de medio día de camino de aquí. El sendero se encuentra oculto en las cercanías de un inmenso olmo solitario, frente al bosque y que es visible desde el camino— concluye. — Tengo entendido que el bosque de Dáverton es peligroso, además de un laberinto de difícil acceso y orientación— señalo a mis compañeros. — Así es— asiente Torsen—. De ahí que ofrezcan tan suculenta recompensa. Por un momento nos miramos los unos a los otros. Claro que vamos a aceptar la misión, estamos casi en bancarrota y disponemos del tiempo necesario para llevarla a cabo. Aunque al ver el anillo del capitán desconfío de él, quizás ganarnos su confianza sea la manera que nos llevará a la solución del misterio de la desaparición de Delfos. — Aceptaremos veinticuatro, seis para cada uno— negocio las condiciones. — De acuerdo, me parece correcto— contesta el oficial. Seguidamente nos hace entrega del mapa—. Venid directamente cuando tengáis la gema en vuestro poder, suerte— concluye y se despide. Abandonamos el despacho y nos dirigimos a la salida en silencio. 57 — Deberíamos salir ahora— propongo a mis compañeros ya fuera de la torre—. Podríamos descansar en la posada El Encuentro y continuar desde allí al Amanecer para adentrarnos en el bosque de día. — Me parece bien, tengo ganas de un poco de acción— contesta Elion con sonrisa abierta. — ¿Acaso no te has fijado en el anillo?— me pregunta Haleth mostrando extrañeza. — Mejor hablemos fuera de la ciudad, no confío en estas paredes— respondo con gesto serio. Pedimos en la posada El Tridente que nos preparen unas provisiones, y tras unos minutos de espera partimos hacia el norte, por el camino que va hacia la aldea de Riga. Ya en la distancia, llega el momento de hablar del tema. — Tengo que admitirlo, no confío en Torsen, más después de ver el anillo de zafiro en su mano, pero creo que no es malo ganarnos su confianza además de una buena recompensa. Una vez de vuelta indagaremos más, no me extrañaría que nos haya buscado a nosotros, no por recomendación de Delfos, sino por tenernos lejos— empiezo a exponer a mis compañeros—. Creo que no es mala idea que piense que somos ajenos a todo y que todo va según sus planes, hubiera sido sospechoso que unos Dalmas rechazaran una recompensa tan sustanciosa, es por eso que no he puesto muchas pegas a la hora de aceptar— añado. — Puede que tengas razón o puede que todo sea fruto de tu imaginación, Mirmi. En cualquier caso, todo comienza por cumplir esta misión, luego ya veremos qué pasa— opina Elion con gesto despreocupado. Un par de horas después divisamos a lo lejos una pequeña posada, todavía es de día, pero decidimos parar según el plan. 58 Al llegar a la puerta del pequeño establecimiento, llamado como dijo el capitán Torsen y como se lee en el letrero encima de la puerta escrito en bóldor: “El Encuentro”, me percato de que no hay demasiado movimiento. El portón de la caballeriza está abierto, al pasar por delante, he visto que en su interior apenas dos caballos reposan tranquilamente, acostados sobre un lecho de paja. — Parece que está la cosa muy calmada por aquí— advierto a mis compañeros—. Entremos. Mis conclusiones eran acertadas, el comedor es pequeño y humilde. Las cinco mesas de madera están limpias y vacías, solo hay un hombre sentado de espaldas en la barra, que mira fijamente a la joven y bonita camarera, que limpia una jarra con cara de aburrimiento, y que al vernos entrar saca su mejor sonrisa. — Buenas tardes, viajeros. Por favor, pasad, siéntense donde más les guste— nos saluda la muchacha con amabilidad. Elegimos la mesa junto a la ventana que da al camino y nos sentamos a la vez que la joven se acerca hasta nosotros. — ¿Qué puedo servirles?— pregunta al grupo mientras nos mira uno a uno. — Sírvanos cuatro cervezas, por favor— pide con educación Elion mostrando su sonrisa a la camarera—. También queremos una habitación para pasar la noche. — ¡Por supuesto! Ahora mismo se las sirvo— contesta. Luego se gira hacia la barra. Una vez servidos, discutimos las opciones. — Es todavía bastante pronto, podíamos aprovechar para buscar el gran olmo e inspeccionar la zona, aunque no entremos en el bosque— propone Haleth delatando cierta impaciencia. 59 — No es mala idea, así mañana iremos a tiro hecho— asiente Shiroge. — Está bien, terminemos la cerveza y dejemos las provisiones en la habitación para ir más ligeros— resuelvo. — ¿Desde cuándo eres tú el jefe?— me pregunta la medio elfa con gesto serio. — Eeeh, yo…— No termino de contestar. — ¡Es broma, Mirmi!— exclama riéndose—. ¡Vaya cara has puesto! Jajaja. Los otros dos compañeros se ríen también y yo les acompaño. Es evidente que esta semana que llevamos juntos y las experiencias vividas nos han unido bastante a todos. Por primera vez siento que esto de ser un Dalma no está tan mal, especialmente cuando a pesar de las dificultades, el riesgo, el cansancio y de la mala experiencia de ver caer a un compañero, estás acompañado por tan excelentes camaradas. Después de dejar las provisiones y las cosas dispensables, salimos y avanzamos dirección a la aldea de Riga. Apenas un par de kilómetros más adelante, tal y como detalla el preciso mapa, divisamos un inmenso olmo de más de treinta metros de altura, que sin duda es el que marca la zona donde se encuentra el paso a las profundidades entre la arboleda. A primera vista el bosque es denso y compacto, la vista no permite ver más allá de un par de metros en la espesura. — Dividámonos— propone Haleth—. Elion y yo indagaremos la linde en dirección sur y vosotros dos id en dirección norte. Nos vemos aquí junto al olmo en una hora. — De acuerdo— asentimos Shiroge y yo a la vez e iniciamos la marcha. Llevamos más de media hora indagando, buscando rastros y percibiendo el lugar con bastante meticulosidad, 60 apartando matorrales y arbustos, pero nuestra búsqueda no resulta fructífera. — Será mejor que volvamos— Se da por vencido Shiroge—. Estamos ya lejos del olmo y no hemos encontrado nada. Seguro que nuestros compañeros han dado ya con el acceso. Al regresar al olmo los “primos” aún no han regresado. — ¿Crees que deberíamos ir a buscarles?— pregunto a Shiroge con cierta preocupación. — Esperemos un poco, estarán al caer— responde con calma, luego se sienta recostándose contra el tronco del enorme árbol y saca de su mochila algo envuelto en papel. Resulta que el grandullón ha traído algo de embutido y pan. — ¿Quieres?— ofrece mientras me acerca las manos, con el sabroso salami. — No, gracias Shiroge, cenaré en la posada— contesto mientras me siento a su lado. Ya estoy de los nervios, unos quince minutos después. No dejo de mirar hacia el sur de la linde, todavía sin rastro de los medio elfos. Durante la espera, una diligencia transcurre por el camino dirección a Estrian, pasan de largo. Por fin veo a lo lejos la silueta de nuestros compañeros. Al acercarse percibo que traen cara de desaprobación. — ¿Lo habéis encontrado?— pregunto según llegan. — No— responde Elion—. El bosque es denso, casi inexpugnable, hemos intentado avanzar a golpe de espada hacia lo que parecía un claro, pero nos ha llevado más de diez minutos. Al llegar nada, ni sendero, ni forma alguna de avanzar. 61 — Pues en algún lugar tiene que estar— resalto mientras rasco el lateral de mi coronilla—. Consultaré de nuevo el mapa. — Mirad, según el mapa, el camino no inicia en el bosque, sino aquí, más allá del olmo. Incluso, atraviesa el árbol— 62 Muestro a mis compañeros con el dedo sobre la línea discontinua marcada en rojo sobre el dibujo. — Es cierto— asiente Haleth—. Pero puede tratarse de un error del que lo dibujó. Puede que mi compañera tenga razón. Sin embargo, el mapa es bastante preciso en todo lo demás, incluso la distancia del camino hasta el olmo parece proporcional a la distancia de la posada, y la línea del camino, en el ligeramente ondulado terreno, también coincide con precisión. Nos paramos a pensar unos minutos, cuando se me ocurre una absurda idea. — Calculemos la distancia donde empieza la línea y busquemos allí, solo por asegurarnos— propongo mientras tomo un trozo de hilo para medir—. Mirad, está justo a un tercio de la distancia al camino dirección oeste— añado mientras comienzo a andar en esa dirección. Cuando llegamos a la zona aproximada empezamos a buscar a ver si vemos algo, sin éxito. — Parece que estabas equivocado…— reacciona la medio elfa con cierta desilusión. — Hagámoslo bien, contaré los pasos hasta el camino y luego recorreremos un tercio de esa distancia desde la base del árbol— anuncio empeñado en encontrar la solución al dilema. — Uno, dos, tres…— Regreso a la base del tronco del olmo y continúo contando sin perder la dirección, pasando por encima de arbustos y rocas, tratando de no perder el paso, ni la cuenta—… y trescientos treinta y tres—. Termino mientras poso el pie derecho en el camino. En seguida, vuelvo al árbol y comienzo a contar de nuevo. Tras ciento once pasos me encuentro justo encima de un cancho de granito, de un tamaño de un metro de diámetro 63 y que parece incrustado en el suelo. Lo observo con más detalle. — Mirad— advierto a los Dalmas—. Se trata de una losa, pero pesa muchísimo— añado mientras intento tirar de una pequeña rendija. — Apártate— me ordena Shiroge mientras acerca sus enormes y fuertes manos a la roca. Un tirón de mi amigo es suficiente para levantar la pesada losa, que esconde bajo ella una cueva que penetra en la tierra. — ¡Lo hemos encontrado!— exclama Elion con alegría. — Sí, pero se está haciendo de noche, será mejor dejar la roca como estaba para que no se note que hemos estado aquí, mañana al alba nos adentraremos en las entrañas del túnel— propone Haleth, y con razón. La tarde se nos ha ido, los últimos rayos de sol caen ya por el oeste. Regresamos a la posada, ha llegado un grupo en una carreta, parece ser la diligencia de viajeros de antes, que va desde Riga a Estrian probablemente para asistir al nombramiento, que tendrá lugar mañana. Tras la notable cena, pollo asado con una salsa agria bastante sabrosa y patatas al horno, no tardamos en irnos a descansar. Hemos decidido levantarnos antes del alba y partir, no sabemos que nos encontraremos en esa gruta, ni en el sinuoso bosque tras ella, así que será mejor disponer de las máximas horas de sol para la expedición. En la madrugada el silencio es sepulcral, apenas el zumbido lejano de las cigarras y el soplido de la suave y fresca brisa del mar, acompañan nuestras pisadas. Tras media hora llegamos de nuevo a la entrada secreta a la vez que el sol comienza a despuntar en el este. — Parece que todo está en orden, como lo dejamos— se percata Elion tras revisar la zona. 64 De nuevo, el grandullón extrae la roca de su sitio y nos adentramos en la penumbra, yo el primero y el eledín en la retaguardia, que coloca la piedra en su lugar una vez estamos dentro. Yo enciendo mi candil para poder avanzar sin peligro en la más absoluta oscuridad. La cueva es estrecha y algo bajita, lo que nos obliga, especialmente a Shiroge, a avanzar agachados. Las paredes han sido excavadas en la tierra, han colocado traviesas de metal, de cuyo óxido se puede deducir que la construcción es muy antigua. La humedad se cuela entre las raíces del olmo unos cien metros más adelante, formando un pequeño charco en el suelo y provocando un goteo constante, cuyo sonido resuena a lo largo del paso. Poco después, vislumbro algo de claridad. — Parece que llegamos al otro lado— informo a mis compañeros en el lugar donde la gruta comienza a ascender. Al llegar a la apertura hay suficiente luz y apago el candil. Me percato de que la salida está parcialmente bloqueada por unos arbustos. Intento percibir el otro lado a través de los huecos, parece que no hay nadie, así que, con cuidado, aparto la vegetación y abro un espacio, por donde salimos. Ya en el exterior, nos encontramos en un pequeño claro en medio de la densidad del bosque. Hay un sendero justo delante de la salida de la cueva. Se oye el canto de los pájaros y el seseo de serpientes, además de toda clase de ruidos provenientes de la profundidad del bosque. — Continuemos— comento a los Dalmas en baja voz mientras avanzo por el estrecho paso. Todos me siguen en fila y con la misma formación que traíamos por el túnel, Elion viene justo detrás de mí, con su arco preparado. Yo agarro mi lanza y la posiciono de frente a la marcha. 65 Después de treinta minutos avanzando por el retorcido sendero, éste se divide en dos. — Hay dos caminos— informo al resto. — ¿Qué pone en el mapa?— pregunta mi compañero medio elfo. — No pone nada, solo una línea recta— contesto—. Sin embargo, lo que llevamos de marcha no ha sido en línea recta, cosa que me parece extraña teniendo en cuenta la exactitud del mapa en todo lo demás. — Tomemos el camino de la derecha y a ver qué pasa, siempre podremos volver atrás— propone Haleth con convicción. Hago caso a mi compañera y avanzo por la derecha. Pasada otra media hora encontramos una nueva bifurcación de similares características. — ¡No tiene sentido!— exclamo mientras me detengo en el nuevo ramal. — ¿Otra vez por la derecha?— propone de nuevo la medio elfa, esta vez con más dudas. — Pensemos un poco— Intento calmarme y razonar—. Si seguimos avanzando aleatoriamente acabaremos perdidos o algo peor. ¡Miraré de nuevo el mapa! Me fijo que hay exactamente seis líneas discontinuas, en línea recta hasta la torre. — ¿Y si cada línea representa un tramo del sendero?— me pregunto en voz alta—. La forma de ir en línea recta debe de ser intercalando las direcciones, la primera la hemos tomado a la derecha, propongo ir a la izquierda— expreso a mis compañeros. — ¡Si estamos aquí es por ti, si crees que ese es el camino te seguiremos!— exclama Shiroge depositando su confianza en mí. Los “primos” asienten, así que me adentro esta vez por la izquierda. 66 Otras bifurcaciones van apareciendo posteriormente, siempre aproximadamente tras media hora de marcha, y en cada una de ellas seguimos el plan. Cuando por fin, después de haber dejado atrás cinco desvíos, la vegetación se vuelve menos densa y atisbamos una pequeña colina. En su cumbre se abre un claro, en cuyo centro se ve el torreón de piedra con el techo en forma de cono. Está en perfectas condiciones, tiene tres alturas con todas sus paredes intactas, parece que hay cuatro ventanas orientadas hacia los cuatro puntos cardinales en cada una de las plantas, salvo en la base, donde una puerta, en impecable estado, se orienta hacia nosotros, hacia el oeste. A cada uno de sus lados, ondean sobre mástiles estandartes con una estrella de cinco puntas de color rosa, sobre un fondo blanco. — Hemos llegado— susurro a mis compañeros—. Será mejor que nos ocultemos y pensemos un plan para asaltar la torre. Paso por alto de momento una sensación que me incomoda. Los bandidos suelen ocupar ruinas y grutas o disponen de bastiones encubiertos en las poblaciones. — Me acercaré sigilosamente a ver la zona— se ofrece Elion—. Ocultaos y esperadme. Nos escondemos en el bosque y esperamos al medio elfo para preparar el plan de ataque. — Está claro que no esperan visita, especialmente viendo lo complejo que resulta llegar aquí. Debemos utilizar el factor sorpresa, que tan buen resultado nos dio con los bandidos cuando volvíamos a la aldea del lago Énder— señala Elion al volver, mientras dibuja un mapa en el suelo con una vara de madera—. Parece que hay unos veinte metros desde el límite del claro hasta la puerta— continúa 67 el compañero mientras señala con la punta del palo la zona por donde llega el sendero—. No he visto ningún vigía, si nos apresuramos podríamos llegar a la puerta sin ser detectados, una vez allí, Shiroge con su enorme fuerza, puede derribarla, y vosotros tres entrar a saco, yo os cubriré con mi arco desde fuera. Una vez dentro dispersaos y dejad hueco para mis flechas. Por supuesto, siempre es arriesgado entrar de frente, pero parece una buena opción, dadas las circunstancias. Todos asentimos y comenzamos a acercarnos acechando entre la vegetación hasta el límite del bosque. El cielo se está nublando y parece que está a punto de romper a llover. Tras posicionarnos, cargamos velozmente hacia la puerta del torreón, Shiroge por delante de Haleth y de mí, con Elion preparado con su arco cargado y apuntando hacia la entrada. La embestida del eledín es brutal, un atronador golpe con su escudo desencaja completamente la puerta, que sale despedida hacia el interior de la torre. Dos hombres bien uniformados en su interior sacan sus espadas a la vez que entramos. Shiroge carga contra uno de ellos, que intenta parar el golpe de mandoble agarrando su espada con las dos manos, pero este impacta contra el brazo y lo desarma. Seguidamente, un golpe con el escudo lo hace caer de espaldas. Haleth ha cargado contra el otro, realizando una maniobra acrobática, esquiva el ataque y se coloca a su espalda, con un golpe con la mano en la nuca, lo deja inconsciente en el acto. — Demasiado fácil, se ve que son jóvenes con poca experiencia— advierto a mis compañeros mientras percibo la sala. 68 Toda la base de la torre es diáfana, hay unas escaleras que suben pegadas a la pared, a la derecha junto a la puerta. Se ve que la sala se usa de comedor, hay una pequeña chimenea con útiles de cocina en el lado opuesto a las escaleras y en el medio una mesa grande como para una decena de comensales y sus sillas. Escucho ruidos que provienen de las escaleras y Elion aparece por la puerta. Una flecha impacta contra el muslo de mi compañero recién llegado, que grita y maldice mientras retrocede. Nos colocamos en posición esperando acontecimientos, nadie baja. Haleth corre a auxiliar a su “primo”, al pasar por la puerta recibe un flechazo que le roza el hombro. Más proyectiles caen por el exterior de los muros y los medio elfos, con dificultad, consiguen entrar de nuevo en la torre. Un grupo de cuatro hombres bajan por las escaleras con escudos y espadas, Shiroge y yo les enfrentamos. Rápidamente quedan tres, mi compañero lanza un ataque contra uno de ellos y le golpea de plano con su mandoble en la cabeza, el adversario cae al suelo con el cráneo destrozado. Los otros vacilan y retroceden con cara de espanto, aprovecho para lanzar un ataque… Paf. “Hay una infinita oscuridad y siento sensación de paz. Una luz a lo lejos se aproxima, su brillo porta calidez y bienestar, emana de una especie de cristal blanco que al llegar hasta mí se descompone en cinco colores: azul, rosa, rojo, amarillo y negro, que me envuelven. — He aquí el Uno que se convierte en Todo— una voz susurrante y profunda me habla—. Esto es sólo el principio de la historia que aún está por llegar—. El brillo rosa me rodea y recuerdo quien soy”. 69 Aún con los ojos cerrados escucho la abundante lluvia y el zumbido de un rayo. Siento un enorme dolor de cabeza y me encuentro bastante mareado. Huele a sangre y a tierra mojada. — ¡Mirmi!— la agradable voz de mi compañera hace eco en mis oídos y abro los ojos. — ¿Qué ha pasado?— Me cuesta hablar y pregunto con voz débil al ver la cara de Haleth. — Recibiste un golpe muy fuerte y perdiste el conocimiento— responde por detrás Shiroge mientras limpia la sangre de su arma—. Me temí lo peor. Los cuerpos sin vida de los cuatro atacantes yacen en el suelo del torreón. Al incorporarme con cierta dificultad, veo a Elion terminando de improvisar un vendaje en su pierna. Por lo que parece solo he estado pocos minutos inconsciente. Sin duda el yelmo, que yace doblado en el suelo, me ha salvado la vida. — ¿Quiénes sois y qué queréis?— una voz se oye desde la estancia superior. — Venimos a por la gema que habéis robado por orden de Torsen, el capitán de la Guardia del Tridente— contesta Elion con firmeza—. ¡Entregaos! Nadie más tiene que morir. — Nosotros no hemos robado nada, sois vosotros los ladrones— responde la voz—. Somos los guardianes de la Luz de Rosa, juramos protegerla con la vida. — Bajad desarmado y hablaremos. Os doy mi palabra de que no os haremos nada— Empiezo a entender que hemos sido engañados. El hombre baja por las escaleras con calma y los brazos levantados. Nosotros bajamos nuestras armas como gesto de confianza. Viene también uniformado, al igual que los otros, con ropas blancas y grises con líneas de color rosa, 70 sobre la que visten un caparazón de cuero duro. Éste porta en el pecho un distintivo, una medalla con una flor rosa pintada en su centro y dos crespones también del mismo color, que dan a entender su mayor rango. Es también joven, algo mayor que sus compañeros. El oficial, al ver el cuerpo de sus camaradas, cambia de semblante mostrando gran pesar. Nos mira con un atisbo de rabia controlada en sus ojos. — Sois unos asesinos— manifiesta con resignación. — Este es un mundo cruel, según nuestra información, vosotros sois unos sanguinarios bandidos— le contesta Elion, defendiéndose de la acusación. — Pues os la han jugado bien— reconoce con gesto decaído el uniformado. — Cuéntanos quién eres y que haces aquí, a ver si nos convence tu relato— le digo mientras le ofrezco una silla en la mesa. Con cierta desconfianza acepta y nos sentamos. Comienza a hablar. 71 3 Los guardianes de la Luz de Rosa. — Mi nombre es Osher, hijo de Kartras, maestre de la orden de los guardianes de la Luz de Rosa— comienza a relatar el oficial—. Estoy al mando de los custodios, diez jóvenes miembros de la facción, todos hijos primogénitos, que vigilan la gema rosa y este torreón, desde los veinte hasta cumplir los cuarenta años. Nuestra orden lleva protegiendo este tesoro, en el anonimato, desde hace dos mil años, de generación en generación. Una vez cumplidos los cuarenta, pasamos a formar parte del consejo de la Luz de Rosa, formado por los padres y abuelos de los custodios, presidido por el Gran Maestre Álerin, un elfo asesor del rey, que tiene gran influencia en la corte. — ¿Y qué tiene de especial esa gema, para precisar de tanta protección?— pregunto a Osher con curiosidad. — La verdad, ninguno sabemos para qué sirve exactamente, pero solo hay que verla para saber que es de origen divino. A todos los custodios se nos permite verla dos veces, una al llegar a la torre y otra al abandonarla— argumenta con gesto de aparente sinceridad. — Dices que sois diez— continúa Elion con el interrogatorio—. ¿Dónde están los tres que faltan?— cuestiona el medio elfo mientras señala los cuerpos de los seis custodios en el suelo de la torre. — Salieron a por provisiones a Estrian hará una semana, no creo que tarden en regresar— contesta con seguridad. El recuerdo del joven ahogado en Estrian con la rosa tatuada me viene a la mente, todo empieza a encajar. 72 — ¿Por casualidad no tiene, al menos uno de ellos, un tatuaje con una rosa en el cuello, sobre el hombro derecho?— pregunto casi sabiendo la respuesta. — Así es, Duarel, tiene un tatuaje de esas características. ¿Cómo lo sabes?— responde el interrogado con cara de extrañeza. — Me temo que tus compañeros han sido asesinados en Estrian, tres jóvenes aparecieron, supuestamente ahogados en el puerto. Ayer por la mañana pude ver desde lejos el cuerpo de uno de ellos con el tatuaje, además tenían signos de haber sido amordazados. Me temo que es así como Torsen ha conseguido la ubicación de la torre— expongo mis conclusiones. — ¡Entonces la piedra corre peligro!— exclama Osher con preocupación—. ¡Hay que ponerla a salvo! Una sombra aparece por la puerta en el momento que centellea un relámpago en el oeste, seguido de un atronador estruendo que hace temblar las paredes de la torre. Tras el fogonazo observamos con claridad la figura de un elfo de melena rubia y piel clara. Viste una túnica verde oscura con una capucha y porta un precioso bastón blanco con un rubí en su extremo. El extraño da un paso y entra en la sala. — ¡Alto!— ordena Shiroge mientras se levanta y agarra su mandoble. — ¡Mi señor Álerin!— exclama Osher al recién llegado. —Tranquilo Dalma— dice el extraño a mi compañero con la voz tranquila, a la vez que hace un gesto bajando su mano izquierda con la palma hacia abajo—. Mi nombre es Álerin, soy el Gran Maestre de la Orden de la Luz de Rosa. He venido tan rápido como he podido, en cuanto supe que el secreto de esta torre había sido desvelado. Corremos gran peligro. 73 — ¿Puedes explicarnos qué está ocurriendo?— pregunta Haleth mientras el elfo se pone a nuestro lado. — Gálser, el nuevo senescal ha sido envenenado durante la celebración del nombramiento, han culpado a un magistrado de la corte llamado Delfos, que ha sido ejecutado. Torsen, hermano del difunto senescal, ha jurado sobre su cuerpo venganza contra el rey, a quien responsabiliza de todo. Se ha autoproclamado senescal, ha implantado el toque de queda en la ciudad y ha ordenado cerrar los caminos. Su mano derecha, Balduur, ahora capitán de la Guardia del Tridente, ha ordenado hacer levas y organizar un ejército. Se aproxima una guerra— comienza relatando Álerin—. Torsen sabe que no cuenta con suficientes hombres para invadir el reino y busca aliarse con los Siervos de Amán. Sospecho que a cambio de la piedra rosa, ansiada por Ostírelin, un elfo de piel oscura y perversas intenciones, que lidera la malvada orden del Erdan de la muerte desde hace más de dos milenios. Él es el motivo de haberla mantenido oculta hasta ahora. — Eso explica el encuentro de Balduur con los Siervos de Amán, sin duda todo encaja— confirmo a mis compañeros—. Hemos sido engañados. — ¿Y qué hacemos, mi señor?— pregunta Osher a su superior. — Lo primero es alejar lo más posible la piedra de las garras de Torsen llevándola a Íshar, para ponerla bajo la protección de Néster, abad de la abadía de Thal, y también avisar al rey en Gáldoras— reflexiona el elfo en voz alta—. Los Dalmas sois ahora los más buscados de Estrian, vosotros portaréis la piedra al norte— continúa—. Osher, tú y yo, iremos a la capital y te reunirás con el consejo, hay 74 malas noticias que dar— termina dando instrucciones al custodio. — ¿Cómo vas a dejar la piedra en manos de estos asesinos?— pregunta Osher con incredulidad. — Me temo que es nuestra única opción, primero deben de conocerla— responde Álerin con aire de misterio—. Ocúpate de los custodios caídos. — Ha llegado el momento de que la veáis. ¡Acompañadme!— exclama el Gran Maestre a la vez que nos mira fijamente al grupo de Dalmas. Subimos las escaleras, pasamos la primera planta, donde se ve un pasillo con habitaciones a los lados. La segunda está partida en dos por una pared, con una única puerta de madera en su centro que conecta con la otra mitad. De esta parte, junto a la ventana al lado de las escaleras, hay unos sillones y una mesa baja a los pies de una estantería con no menos de trescientos libros. Subimos hasta la planta superior de la torre, donde extiende un pequeño pasillo con el techo redondeado, que llega hasta una puerta cerrada con un extraño cerrojo. Álerin saca una llave dorada y brillante y la introduce en la cerradura. El candado se abre y el elfo empuja la puerta. Al cruzarla, encontramos una sala con las paredes oblicuas que forman el cono de la torre. Hay tres bancos a cada lado que dejan en medio un pasillo, en el final del cual, se ubica un altar iluminado por la tenue luz, cuyo haz hace centellear las partículas de polvo y que proviene de una pequeña ventana circular, situada justo detrás. Un velo de color negro cubre algún tipo de receptáculo, que reposa sobre la superficie de mármol, del que escapa por debajo, tenuemente entre los pliegues, una sutil luz rosada. 75 — Acercaos— nos pide el elfo tras encender las velas de la sala. Todos nos colocamos en torno al altar, de espaldas a la entrada y Álerin rodea la mesa. Con suavidad retira el velo. Debajo, observamos una urna de cristal, en su interior una gema sublime. Es del tamaño de la mitad de mi puño y brilla con un intenso color rosa. Al verla me siento tranquilo y reconfortado, atónito como cuando observas una obra de magna belleza. El Gran Maestre destapa la urna y con máximo cuidado, la toma en sus manos y avanza hacia nosotros, pasando delante de cada uno de los Dalmas. Al llegar a mi altura, se intensifica su luz. — Parece que la piedra confía en ti— advierte el Gran Maestre mientras la envuelve en el velo, ocultando totalmente su brillo y me la entrega. No tengo tiempo a reaccionar, sencillamente extiendo mis manos y sostengo el preciado objeto. Lo guardo en mi mochila en el falso fondo, donde suelo esconder el oro. — Ya que voy a custodiarla, señor Álerin, ¿me podría decir qué es exactamente esta piedra?— pregunto— La verdad, tengo gran curiosidad. — Es una larga historia, pero os la resumiré— explica el elfo—. Cuenta la leyenda que justo después de la creación de Terrac, cuando las tierras y los mares eran estables, cuando las plantas, los peces, los anfibios, los insectos, los mamíferos, las aves y todos los seres vivos abarcaron todos los rincones del mundo con enorme diversidad, los Erdan se sintieron solos, pues ellos eran los únicos capaces de pensar y crear con el poder de su mente, los únicos que poseían la consciencia de los Ersan y por esa razón rezaron a los cinco, para que hubiera otros. Todos rezaron salvo Amán. Él decía que esos nuevos seres traerían más muerte y eso era demasiado trabajo para él. 76 Las plegarias fueron oídas, y la energía de cada uno de los Ersan se concentró en una piedra de cristal de un color, que podrían ser usadas por los Erdan para dar consciencia a esos nuevos seres. Cuatro serían las piedras para la creación: La piedra de Duum, de color rojo, también llamada cristal del fuego, fue entregada a Krax, Erdan de la forja, la herrería y la canalización, y padre de los Bahaluks a los que el cristal otorgó consciencia en la segunda edad de los creados. La piedra de Aunas o gema de los vientos, de color amarillo, fue dada a Thal, Erdan de la música, la oración y la magia de esencia. Esta piedra dio consciencia a los elfos, los segundos nacidos y engendrados durante la primera edad de los creados en el vientre de Eneon, Erdan de la sabiduría y la creación, junto a los eledines, los primeros nacidos, que obtuvieron consciencia de la piedra de Balgar, conocida como la esfera del mar, que había sido entregada a Túlmar, Erdan de la navegación y la orientación. Esta en tus manos, es la piedra de Mahara, también conocida como gema de la vida, o Luz de Rosa, que fue entregada a Yabel, Erdan del amor, el arte y la belleza, que fue usada para dar consciencia a las dos generaciones de hombres: en la tercera edad de los creados, los primeros hombres, que como las demás razas, fueron engendrados por Eneon, y en nuestra edad, hace dos mil años, los segundos hombres, que fueron incubados con el molde de sus ancestros por Reéjtar, Ersan de la justicia, la organización y el comercio. Una vez las piedras fueron creadas, Amán oró finalmente a Órdor, le convenció de la necesidad de un poder que ayudase en su tarea y equilibrase las energías. Del Ersan de la noche, la oscuridad y el vacío, surgió la llamada roca negra, la piedra de la destrucción, que fue entregada al Erdan de la muerte y cuyo paradero se desconoce. Tras la gran 77 masacre, que acabó con la fracasada primera generación de hombres, los Erdan abandonaron las tierras Antípodas, e hicieron el juramento de no regresar, para que el futuro de la creación quedase en manos de las razas creadas con la consciencia de los Ersan. Entregaron las piedras a guardianes de cada una de las razas. Yabel, hizo entrega de la piedra de la vida a Denuil, fundador y primer Gran Maestre de la Orden de la Luz de Rosa— Finaliza el relato—. Ahora no hay tiempo que perder, id a Riga, a la posada El Tritón Borracho junto al puerto. Hablad con Ágast, el posadero. Es un humano de ojos claros, con el pelo y la barba blanca, de sesenta años, mide un metro setenta y cinco y está algo regordete. Decidle que vais de mi parte y os dará cobijo en un lugar seguro— nos describe—. Intentad pasar desapercibidos en todo momento. — ¿Y luego qué?— pregunta Elion. — Me pondré en contacto con un capitán de barco, un hombre de mi confianza. Su nombre es Monier, es moreno y de mediana edad, va siempre uniformado de capitán, con la clásica carcasa de doble botón y sombrero de tres puntas. Os recogerá antes del amanecer y os llevará en su barco, El Incansable, hasta Íshar— nos da las últimas instrucciones mientras abandonamos la torre. — Tened presente que habrán puesto una gran recompensa a vuestras cabezas. Id con el máximo cuidado— nos dice Álerin al separarnos al borde del sendero, mientras observo con tristeza a Osher enterrando a sus compañeros caídos mientras recita una oración. Nos adentramos por el paso. Durante el trayecto noto que a Elion le cuesta andar debido a su herida, aunque intenta disimularlo. Me da la sensación de que ese vendaje improvisado no da más de sí. 78 — Esperad— llamo la atención a mis compañeros al llegar al claro junto a la entrada de la cueva—. Paremos unos minutos ahora que ha dejado de llover, quiero echar un vistazo a la herida de Elion. — Estoy bien— reclama el compañero. — Te estoy observando y creo que no lo estás— le replico—. Solo me tomará unos minutos, hay que tener mucho cuidado con las heridas profundas, una infección y en pocas horas estás reuniéndote con Amán— El arquero asiente sin mucho ánimo. Nos acomodamos en el bosque. El medio elfo se sienta en el suelo y apoya su atlético torso contra un árbol. Comienzo a retirar el trapo que ha usado para taponarse la herida, está empapado de sangre. Veo que la herida es profunda, aunque por suerte no ha cortado ninguna arteria y el hueso está intacto. Le remango el pantalón por encima del corte, unos cinco centímetros sobre la rodilla y cojo agua para limpiar la herida. El paciente se queja mientras le aplico el ungüento que tan buenos resultados ha dado con el eledín, y suturo la herida. Mi pulso está tranquilo, las puntadas son precisas. Saco unas vendas y tapo la herida haciendo una leve presión, ya no hay hemorragia. — ¿Qué tal te encuentras?— le pregunto mientras le coloco el pantalón. — La verdad, ¡sorprendentemente mejor!— responde con una sonrisa mientras se incorpora—. Gran trabajo, señor Mirmaerín— agradece usando mi nombre completo como forma de respeto. Volvemos a entrar por la cueva, Shiroge esta vez va el primero para poder apartar la roca del otro lado. 79 — Será mejor no acercarnos al camino— advierte Haleth mientras atravesamos la húmeda gruta—. De que salgamos dirijámonos al Olmo. Salimos y seguimos las instrucciones de nuestra compañera. Al llegar junto al enorme árbol vemos a lo lejos hacia el sur, por el camino que viene de Estrian, una patrulla del Tridente que se acerca a nuestra posición. — Avancemos acechando por la linde del bosque hacia el norte y escondámonos, de que pase el peligro, continuaremos retirados a una distancia prudencial del camino— propone Elion—. Espero que nos dé tiempo a alejarnos lo suficiente sin ser vistos antes de que lleguen. Hacemos caso a la estrategia de nuestro compañero y avanzamos hacia el norte, nos movemos agachados entre los matorrales que sobresalen de la densa arboleda. Una vez estamos lo suficientemente lejos del gran olmo, nos ocultamos para observar. Se trata de una patrulla de seis guardias que se acercan a caballo y comienzan a investigar por la zona, dan vueltas durante casi una hora, sin acercarse a nuestra posición. Nosotros nos mantenemos ocultos, con las armas listas por si fuera necesario. Por suerte desisten y los soldados comienzan a regresar por donde han venido. Esperamos unos minutos a que se pierdan en la distancia y salimos de los escondites. — Será mejor que avancemos con presteza, dudo mucho que sean los últimos guardias que vengan en nuestra búsqueda— propone Haleth acertadamente. Para evitar ser vistos, avanzamos con cautela a unos doscientos metros de la vía, moviéndonos entre la vegetación, lo que provoca que vayamos más despacio. Unas horas más tarde comienza a anochecer. 80 — ¿Crees que queda mucho, Mirmi?— me pregunta Shiroge con gesto agotado. — Es difícil de saber, no creo que estemos muy lejos, subamos a aquella colina a ver si nos orientamos mejor— respondo señalando un montículo que sobresale entre los árboles, justo en frente nuestra a unos quinientos metros. Al llegar a la cima del pequeño monte, ya es noche cerrada. Intentamos divisar algo en el horizonte. — ¡Mirad allí!— exclama Elion señalando al noroeste. En la oscuridad del horizonte, ya que el cielo sigue encapotado por negros nubarrones que tapan el brillo de las lunas, se distinguen las tenues luces de farol de lo que parece una pequeña aldea. — Tiene que ser allí, no tardaremos más de un par de horas— doy mi opinión a mis compañeros. — Vayamos, tengo hambre— apremia el eledín, que no está muy conforme después de todo el día sin comer. Tras algo más de dos horas estamos muy cerca de la entrada de la aldea, en las inmediaciones del camino, no se ve mucho movimiento por la zona. Nos paramos a pensar un plan para entrar pasando desapercibidos. — Deberíamos separarnos y entrar por parejas, buscan a cuatro Dalmas, eso puede dificultar que nos reconozcan— opina Haleth, el resto asentimos. Primero avanzamos Shiroge y yo. La aldea es bastante pequeña. Humildes casas y granjas salpican los laterales de la vía y está todo tranquilo, solo se oyen ladridos esporádicos de algunos perros. Vemos a lo lejos que el final del camino llega a una zona más iluminada, parece una explanada. Al acercarnos, comienzo a escuchar el ruido de las olas chocar contra la costa y huelo la perfumada brisa marina. Tras unos minutos llegamos a la plaza. 81 Hay un grupo de casas justo en medio, al fondo se observa el extremo de un pequeño puerto con cinco embarcaciones amarradas. El edificio justo enfrente del muelle parece una posada. Al asomarme a la esquina distingo el letrero donde se lee en bóldor “El Tritón Borracho” acompañado por su traducción precisa en idioma élfico. La puerta está cerrada y las luces apagadas. — Toc, toc— Llamamos a la puerta de manera comedida. — ¡Va, va!— Se oye una voz y unos pasos acercarse a la puerta— ¿Quién es?— preguntan del otro lado. — Somos viajeros, buscamos a Ágast el posadero, venimos de parte de Álerin— contesto sin alzar mucho la voz. Suena el cerrojo y se abre la puerta. Tras ella un hombre que coincide con la descripción dada, luce un camisón de noche azul y un gracioso sombrero con la punta caída. — Pasad— ofrece el hombre mientras abre del todo la puerta y estira el brazo hacia el interior con la palma hacia arriba. — No suelo recibir a gente a estas horas, pero tratándose de amigos de Álerin, por supuesto haré una excepción— se explica el tabernero mientras vuelve a cerrar. — Dos compañeros más están por venir, señor Ágast, si no le importa esperar un momento no tardarán en llegar— informo al adormilado anfitrión, cuando vuelve a sonar la puerta. De nuevo el tabernero abre y entran los “primos”. — ¿A qué se debe la visita a estas horas intempestivas?— pregunta el posadero una vez estamos todos dentro, a la vez que cierra la puerta. — Un asunto muy importante que precisa de la máxima discreción— comienzo a relatar—. Necesitamos cobijo, un lugar oculto para pasar esta noche. Antes del alba 82 esperamos la llegada de un marinero llamado Monier, que nos llevará lejos de aquí— respondo sin dar demasiados detalles. — Vaya, parece algo serio— manifiesta el hombre con cara de intriga—. Hay una cava donde guardo el vino y licores añejos, bajo la posada, os esconderé ahí. Tengo una gran deuda con el maestro Álerin, si os ha mandado él, podéis contar con mi ayuda— agrega con amabilidad. El hombre nos guía hacia el fondo de la posada, tras una puerta hay una habitación privada, usada de almacén. El tabernero retira una mesa y la alfombra del suelo, bajo ella se ve una trampilla de madera con un tirador. Abre el acceso, por el que descienden unas escaleras de madera y bajamos por ellas. Ágast enciende un candil y podemos ver el lugar con claridad. Se trata de un pasillo de unos dos metros de ancho por unos diez de largo, a cada lado se ubican dos vinotecas con multitud de botellas, la mayoría llenas de polvo. — Voy a por unas mantas y almohadones— nos informa el tabernero—. ¿Necesitáis algo más? — No tiene por casualidad algo de comer, ¿verdad?— pregunta hambriento Shiroge. — Por supuesto. Tengo algo que sobró del asado de anoche, puré de zanahoria y algo de queso y embutidos — responde—. Os lo traigo enseguida— agrega mientras sube las escaleras. — No es el sitio más cómodo del mundo— se percata Haleth con resignación—. Espero que ese tal Monier no se retrase y que no tengamos que estar aquí encerrados durante mucho tiempo. — Serán unas horas— contesto—. Si Álerin cumple su palabra, debería de estar aquí antes del alba. 83 Nos empezamos a acomodar cuando baja de nuevo el posadero con las manos cargadas. — Aquí tenéis, mantas y almohadas para todos— Vuelve a subir y baja de nuevo—. Y algo de comida. En cuanto tenga noticias del tal Monier os avisaré— añade antes de salir cerrando tras de sí la trampilla, colocando la alfombra y la mesa, por lo que se escucha. Todos comemos algo y después le echo un vistazo a la herida de Elion, que está sorprendentemente sana y cicatrizando a gran velocidad. Le aplico algo más de ungüento, no me queda ya demasiado, por desgracia, aunque no digo nada, ya tendré ocasión de conseguir más en Íshar. Acomodamos nuestros improvisados lechos y nos echamos a dormir. — Toc toc— El sonido de la puerta, aunque tenue me despierta en la noche. Veo que Elion se aproxima sin hacer ruido a la escalera. Shiroge y Haleth también están despiertos y bajo la intensidad del candil al mínimo. Distingo voces. — ¡Es una redada!— advierte Elion en baja voz. Se oye bastante jaleo de pasos encima de nosotros, puertas que se abren y se cierran, muebles que se mueven, y gente dando órdenes, pero por suerte ninguno se ha percatado de la trampilla bajo la alfombra. — Sabed que ofrecen cincuenta monedas de oro por información que nos lleve a su captura— escucho una voz. Por un momento, una gota de sudor frío me recorre la espalda. Es una enorme cantidad de oro por solo señalar con el dedo, espero que el posadero mantenga su palabra… Tras unos instantes suena de nuevo la puerta principal que se cierra. Esperamos unos minutos en silencio y se abre la trampilla. Por suerte es Ágast que viene a informarnos. 84 — Parece que estáis en problemas, dan una enorme recompensa por vosotros, han registrado toda la posada, eran más de diez guardias— nos sigue contando el tabernero—. Parece que se han dado por vencidos, pero están pegando carteles con vuestra descripción detallada, mañana todos en la aldea sabrán quiénes sois. Esperemos que vuestro barco llegue antes del Amanecer, no creo que quede más de un par de horas. Por suerte la lealtad del posadero hacia Álerin vale más que el dinero ofrecido. Me reconforta saber que podremos estar tranquilos de momento. Aunque es cierto aquello que dijo el elfo, de que nuestra vida corría un gran peligro. — En cuanto tenga noticias del marinero os avisaré. Buenas noches— De nuevo nos quedamos solos en la cava. Me despierta el sonido de la trampilla que se abre. — Rápido, despertad, es hora de ponerse en marcha— Oigo la voz de Ágast susurrando con fuerza, que aparece del otro lado de la escalera. Cogemos nuestros enseres y salimos de la cava. En el comedor de la posada hay un hombre de mediana edad, con pelo y barba oscuros que nos mira. Por sus vestimentas queda claro de quién se trata. — Sin duda sois vosotros mi mercancía. Mi nombre es Monier, soy el capitán del Incansable— se presenta el marino—. Debemos darnos prisa y embarcar sin ser vistos. El barco está al final del muelle, yo saldré primero y os haré una señal si está todo en calma. Ya tendremos tiempo de presentaciones— ordena el hombre con evidentes dotes de mando, mientras sale a la plazuela. El capitán nos hace la señal, nos despedimos de Ágast con un gesto y en silencio nos apresuramos a cruzar hasta la 85 pasarela, donde está amarrado el barco de dos velas con el nombre “El Incansable” pintado en el casco. Subimos a cubierta, hay un hombre mayor manco del brazo izquierdo, que nos señala con el dedo una puerta que da a una pequeña bodega en la proa. Entramos agazapados y cerramos la puerta. Tras unos minutos, notamos que el barco empieza a moverse. 86 4 A bordo del Incansable. Unas dos horas han transcurrido desde que zarpamos. Por suerte el mar está en calma, aunque los medio elfos parece que se han mareado con el suave pero incesante meneo y el crujir de las maderas de El Incansable. Shiroge está bastante bien, de hecho, ha estado comiendo tranquilamente embutidos y pan que había guardado de la noche anterior. No es de extrañar, los de su raza tienen una habilidad especial para la navegación, ya que los primeros nacidos fueron engendrados del poder de la esfera del mar, tal y como explicó Álerin. Yo he aprovechado para revisar la herida de Elion, parece que va muy bien, casi no tiene dolor y se mueve con aparente normalidad. En un par de días le quitaré los puntos. — Ya podéis salir— se oye la voz de Monier del otro lado de la puerta de la bodega de proa. Salimos a cubierta. Hay dos jóvenes de unos veinte años, de reseñable parecido salvo que uno es rubio cobrizo y el otro tiene el pelo negro mate, ambos con las camisas remangadas luciendo su buen estado de forma. Además, tienen dos llamativos pendientes a juego, que lleva cada uno en una oreja distinta. Están dedicados a sus tareas, el moreno subido en el cajón del puesto de vigía y el otro manejando las cuerdas y los aparejos de la vela mayor. En el fondo, en la popa, el hombre manco maneja el timón. Y en el centro de la cubierta, frente a nosotros, se encuentra el capitán, con el sombrero de tres picos, su carcasa azul con los botones dorados que reposa sobre 87 una camisa blanca impoluta con el cuello abierto, lleva pantalones azules y botas negras de marino. — Bienvenidos a bordo de El Incansable. Mi nombre es Monier y soy su capitán. Aquel hombre, a los mandos del timón, es Darbas el contramaestre. El joven moreno en la cofa es Dartin, y su hermano Martin es el que iza la vela mayor— nos presenta a su tripulación. Uno a uno vamos diciendo nuestros nombres, tras lo cual nos hace un gesto de reverencia inclinando ligeramente la cabeza mientras alza sutilmente su sombrero. — Vayamos al camarote— nos ofrece mientras se gira hacia popa, dirección a una pequeña puerta de madera situada del lado de estribor, bajo la cubierta del timón en la parte trasera del barco. En el centro del camarote hay una inmensa mesa rectangular, repleta de mapas de costas y un sinfín de artilugios con formas angulares, además de una lupa, una pluma y un tintero junto a un vaso y una botella de cristal, que contienen un líquido transparente, probablemente alguna bebida alcohólica. A la izquierda hay una estantería repleta de libros, ordenados meticulosamente y muy bien encajados, con una varilla metálica a media altura de cada repisa, para evitar que se caigan. A la derecha hay una puerta que probablemente dé acceso a la habitación del capitán. Detrás de la mesa, en el fondo de la popa, hay una estatua en madera de Túlmar indicando con el dedo hacia la proa. La figura es de unos cuarenta centímetros y está fijada, a la altura de mis hombros, sobre un pedestal también de madera. El capitán se coloca frente a nosotros del otro lado de la mesa y extrae un mapa. 88 — Álerin me ha pedido que os lleve hasta Íshar, me ha dicho que estáis en busca y captura por los Guardias del Tridente. No podremos navegar por alta mar, la armada del Tridente controla esa ruta— comienza relatando mientras señala en el mapa un punto del mar, al suroeste de un grupo de islas, entre Estrian y la punta del gran Faro del Confín—. Gracias a que el Incansable es un barco pequeño y manejable, iremos bordeando la costa, cruzaremos el estrecho que separa las islas del Despeño del continente por la noche, y desde allí viraremos rumbo oeste hacia el Faro. Desde donde, ya lejos de la influencia de Estrian, podremos tomar dirección norte sin oposición. — ¿Cuántos días de ruta hay hasta Íshar?— pregunta Haleth. — Os detallo el itinerario completo. Tenemos que recoger provisiones, nos quedan diez horas de navegación hasta el embarcadero de Émet, un pequeño puerto con una posada que sirve a los marchantes y contratistas como punto de carga de mercancías, venidas en su mayoría del Espino Rojo y las montañas Morguel. Allí pasaremos la noche, para no levantar sospechas. Dispongo de un contrato para transportar trigo a Íshar, por si hubiera alguna patrulla del Tridente por allí. Al amanecer cargaremos las provisiones y saldremos dirección norte, hacia las Islas del Despeño, conozco la zona y tengo mapas precisos. Atravesaremos el estrecho de noche para evitar ser vistos por los piratas que merodean por esas islas. Una vez pasadas, descansaremos en esta pequeña bahía— Señala de nuevo en el mapa al norte de las islas—. Desde allí tomaremos rumbo al oeste, llegaremos por la noche al Faro del Confín. Podremos atracar con tranquilidad, estaremos a salvo, pues el guardián del faro, Aras Tolman, es leal al rey Árathan y cuenta con más de quinientos hombres que 89 controlan la isla y la gran pasarela del confín. Aún así, será mejor intentar pasar desapercibidos. A partir de ahí, si los Ersan nos son propicios, nos llevará tres días llegar hasta Íshar, haciendo la parada obligada en el gran templo de Túlmar. — ¿Qué sabe de esos piratas?— Lo ha mencionado muy por encima y me interesa saber más. — Son un grupo muy peligroso, liderados por Altamir, un medio elfo, que he oído de boca de desertores, se hace llamar a sí mismo Almirante y a su flota su Armada. La verdad que será mejor no encontrarnos con ellos. Tienen su base en algún lugar del archipiélago, pero suelen atacar posiciones en altamar, barcos con mercancías más jugosas que los pocos pescadores que se adentran por el estrecho— me responde con seguridad—. ¿Alguna otra pregunta? Por un momento nos miramos los unos a los otros. Parece que está todo claro. — Pues bien, os instalaréis en la bodega principal, disponemos de dos camarotes con dos camas. Durante el trayecto podéis andar por cubierta, sin molestar a la tripulación. Una vez lleguemos al embarcadero, será mejor que vosotros permanezcáis en los camarotes— aconseja señalando a mis compañeros—. Tú Mirmaerín, puedes usar ropa de los muchachos y un sombrero, no creo que nadie te reconozca, por si quieres desembarcar. Asiento con la cabeza. La verdad es que prefiero bajar y buscar algún mercader que venda alguna pomada o brebaje curativo, el bote de ungüento está casi vacío. Además, necesito esterilizar las agujas y conseguir vendas e hilo de sutura. La jornada transcurre con tranquilidad, si bien a última hora comienza a arreciar el viento del oeste y el oleaje era algo 90 más movido. Haleth y Elion no han salido de su camarote en todo el día, mientras Shiroge ha echado una mano a los hermanos en las tareas de navegación. Yo he estado algo distante, he hecho mis plegarias y mis rezos, para después pasar la tarde contemplando el mar reluciente, bañado por la luz del sol, que se extiende por babor hasta donde la vista alcanza. Por estribor se divisa la silueta de la costa, de la que no nos hemos alejado más de un par de kilómetros, sembrada de pequeñas playas a los pies de los acantilados que marcan toda la línea de costa. A poco de la puesta de sol, la voz de Dartin suena desde la cofa. — ¡El embarcadero Émet a la vista capitán, parece que no hay ningún barco!— grita el joven mientras señala con el dedo hacia el lado de estribor de la proa. Miro a la zona señalada y veo, en la intersección de dos acantilados que forman un barranco, la silueta de edificios y lo que parece ser un embarcadero. — ¡Arriad las velas!— ordena el Capitán—. ¡Maniobra de atraque! Martin, ayudado por Shiroge, comienza a recoger la vela mayor, mientras Darbas, con su único brazo, maniobra impecablemente rumbo a puerto. Tras quince minutos, entramos en la zona de la pasarela flotante. No hay ningún barco amarrado, tan solo una barcaza al frente, junto a unas escaleras que suben al muelle. Detrás se aprecia una amplia posada, no hay nadie en las proximidades. Mientras los marinos amarran al Incansable, el capitán me da algo de ropa de los muchachos y un sombrero con visera de color azul. Me pongo la indumentaria y salimos al embarcadero. Dejo mis armas y llevo solo mi mochila, sin olvidar en ningún momento lo que hay oculto en el doble fondo. 91 Bajamos Monier, Darbas y yo, los hermanos se quedarán custodiando el barco. Ya en tierra firme distingo el letrero de la gran posada justo enfrente del embarcadero. Escrito en el bóldor se lee “Hogar de Émet”. A la izquierda hay un camino que rodea la taberna, detrás de la cual, se amontonan algunas casas formando una aldea. Más a la izquierda del muelle, corre un pequeño arroyo entre la vegetación, que desemboca unos metros más allá, dividiendo en dos una minúscula playa de arena fina. La puerta de entrada es bastante ancha y da paso a un gran salón, cuyo mobiliario está pensado para abarcar tripulaciones enteras, con seis grandes mesas redondas a la izquierda, que pueden dar cabida a más de diez personas y seis pequeñas mesas de cuatro personas del otro lado, para encuentros más privados. Las dos zonas están separadas por unas columnas de madera con unos bancos adheridos y mesas bajas, donde dos señoritas de escasa indumentaria, muestran sus encantos y nos miran de manera seductora con sonrisa de avaricia. En el lado de las mesas grandes todo está ordenado y limpio, completamente vacío. Hay dos mesas que están ocupadas a la derecha. En una se sientan tres hombres bien vestidos y con caras serias. En la otra hay dos jóvenes aldeanos bebiendo cerveza. Tras la barra, al fondo de la sala, un hombre de mediana edad, pelo corto castaño y poblada barba, nos mira atentamente, a la vez que una chica joven, de pelo castaño también, de finos rasgos definidos y mandil de tabernera se nos acerca. — Buenas tardes marineros, mi nombre es Sárath. Bienvenidos al Hogar de Émet— saluda la chica con amabilidad—. Pueden sentarse donde más les guste. 92 Nos sentamos en la zona de las mesas pequeñas, no muy lejos de los hombres bien vestidos, dos de mediana edad y pelo castaño, bien afeitados y otro entrado en años, con el pelo canoso y pobre en la coronilla, con el bigote blanco que le ocupa hasta la comisura de los labios. Beben vino servido en copas de cristal. — ¿Qué puedo servirles, señores?— pregunta la muchacha, mientras coloca sus manos en la espalda. — Tráigame un trago de destilado de ron— pide el contramaestre. — Yo tomaré cerveza— respondo en segundo lugar. — A mí tráigame una jarra de agua— dice el capitán ante mi asombro—. Sírvanos también algo de cenar. ¿Qué tienen? — Asado de buey de Fálkdir, acompañado de arroz con verduras y patatas asadas— contesta la camarera. — Pues pónganos tres raciones— asiente Monier—. Uno de ellos sírvalo trinchado. — Ahora se lo sirvo todo, señores— La chica nos deja una sonrisa y se gira hacia la barra. — ¿No bebe capitán?— le pregunto con voz comedida, una vez estamos solos. — Soy totalmente abstemio. Tengo a mi contramaestre que bebe por los dos— responde el capitán mostrando una sonrisa guasona. — ¡Pero no se puede decir de mí que beba a manos llenas!— bromea Darbas con mucho pudor. — ¿Cómo lo perdiste?— me atrevo a preguntar entendiendo, por su actitud, que no le molesta hablar del tema. — Era un joven marino, algo más joven que el capitán, navegábamos rumbo norte hacia el gran templo de Túlmar a realizar ofrenda, cuando una de esas gigantescas 93 serpientes de mar trepó a la cubierta. Por supuesto, todos tratamos de huir, hay que estar loco para enfrentarse a ese monstruo. Medía más de diez metros, en su boca se apilaban cientos de dientes afilados como cuchillas, sus ojos eran negros como el carbón y lanzaban una mirada vacía. Serpenteaba resbalando sobre su piel azul oscura con una rapidez endiablada— relata el hombre con mirada profunda y escalofriante—. Estaba ya en la puerta de la bodega de proa, cuando me mordió en el brazo. Dos de mis compañeros me agarraron y sentí un fuerte tirón y el crujir de mis huesos. Me desperté en el sanatorio de Bárbal una semana después. Además de mi brazo, aquel día perdieron la vida dos compañeros— concluye con aire de solemnidad. — Pero aquí está, cuarenta años después, más gordo, más cano y aún con vida— señala Monier mientras la camarera sirve las bebidas. —Y por eso bebo, mi capitán, para celebrarlo— Alza su vaso al aire y se lo bebe de un trago—. ¡Póngame otro señorita!— le dice a la tabernera con una sonrisa. — ¿Podría ponerme a hervir con agua estas agujas?— Levanto el pequeño tarro. — Por supuesto, señores— responde alegremente mientras coge el frasco de mi mano. — La verdad, señor Monier, he desembarcado con el propósito de conseguir algunas cosas, vendas y accesorios para realizar primeros auxilios— le comento al capitán. — Se ve que esos tres de ahí son comerciantes— me contesta mientras hace un gesto señalando con la barbilla—. Acércate y actúa con normalidad. Hago caso de mi interlocutor y mientras viene la cena aprovecho y me levanto para hablar con ellos. 94 — Buenas noches, señores— saludo al llegar a la mesa e inclino ligeramente la cabeza—. No quisiera molestarles— continúo a la vez que me devuelven el saludo—. Necesito adquirir algunos productos y me preguntaba si alguno de ustedes conoce un comerciante por aquí. — ¿Qué clase de productos necesita? ¿Señor?— me pregunta el más viejo. — Me llamo Shank, necesito vendas y accesorios de primeros auxilios— respondo dando una falsa identidad. — Mi nombre es Fúlkar, éstos son Cátorin y Ásmar— contesta de nuevo—. Tienes suerte, yo soy comerciante de accesorios y tengo de todo en mi carreta. No tenía pensado traerlo, la verdad, estamos aquí como marchantes, pero en el último momento decidí meterlo todo. ¿Qué precisa exactamente? — ¡Genial!— exclamo con controlada efusividad—. Además de vendas, hilo de sutura, algún brebaje curativo para recuperarse más rápido de los golpes y pomada para cortar hemorragias que ayuden a la cicatrización. — Vaya, estás hecho un sanador de primera— bromea Fúlkar—. Creo que tengo todo lo que pides, comercio con un brebaje revitalizador que elimina totalmente el dolor, cuesta cinco monedas de bronce por dosis. También tengo un ungüento curativo, cuesta dos monedas de bronce cada tarro, da para aplicarlo unas diez veces por tarro. — Pues incluya dos dosis de brebaje y un tarro— le confirmo el pedido. — Pues una moneda de plata por el brebaje, más dos de bronce por el ungüento, más dos monedas de cobre por las vendas y una por el hilo. Un total de una de plata, dos de bronce y tres de cobre— Echa las cuentas el comerciante. 95 — Me parece adecuado, ¿le parece que hagamos la transacción tras la cena?— El olor de buey asado hace que me percate que la camarera se dirige a la mesa. — Nos vemos tras la cena joven— Nos despedimos y regreso con mis acompañantes. — Parece que la charla ha sido fructífera— hago saber al llegar a la mesa mientras le guiño el ojo al capitán. — Y la cena tiene una pinta excelente— reseña Monier mientras la tabernera sirve los platos con el asado de buey, que tiene un aspecto magnífico, servido en un enorme plato de barro, de unos cuarenta centímetros de diámetro, acompañado de patatas asadas y un tarrito de cristal con aceite de oliva aromatizado con ajo y romero. — ¡Y del ron ya ni hablamos!— exclama el contramaestre con aspecto de estar ya bastante alegre—. Ponme otra, preciosa— le dice a la camarera un tanto fuera de tono. — Las dos chicas del medio están solas. Esta noche no tienen a nadie que les preste atención, seguro que seguirán ahí después de la cena, ya me entendéis— contesta la joven, con una sutileza que demuestra estar acostumbrada a estas situaciones. El contramaestre mira a las prostitutas junto a las columnas. — ¿Me da su bendición, Capitán?— pregunta Darbas a su superior. — Está bien— asiente Monier—. Pero te quiero de vuelta a media noche, mañana tenemos una larga travesía. — No lo dude— responde el contramaestre— ¿Cuándo le he fallado yo? Nunca había probado el buey de Fálkdir, de aclamada reputación. Sé de una buena taberna donde lo sirven en Gáldoras, pero en la capital estos productos tienen precios prohibitivos. Lo cierto es que la calidad de la carne es 96 excelente, tierna y sabrosa, la cena está siendo deliciosa. Darbas come todo lo rápido que su brazo da de sí, quizás movido por sus instintos carnales, que le apremian la compañía de las damas. — Yo tengo menesteres que atender, mis señores— se despide el marinero educadamente, a la vez que se levanta y se gira hacia las señoritas. — Iré a hablar con Émet, necesito que me prepare las provisiones, cinco barriles de agua dulce, además de comida para la travesía. No te preocupes por la cena, estás invitado— ofrece Monier después de limpiarse la boca usando la servilleta con elegancia. — Gracias, capitán. Yo voy a cerrar el asunto con el comerciante— le contesto—. Nos vemos en el barco. Nos despedimos y me dirijo a recoger los artículos que he pedido a la mesa del viejo Fúlkar. Tras abonarle, solo me quedan una moneda de plata, cinco de bronce y algo suelto en piezas de cobre y estaño, escasea el dinero. Sin embargo, me acerco a Sárath, la tabernera y le pido cuatro raciones más de buey, dos para Shiroge y una para cada uno de los medio elfos. Cuatro monedas de bronce por la enorme bandeja de comida me parece más que razonable. El aire de fuera arrecia un poco más del oeste. Camino con la pesada carga bajo la noche estrellada, a la luz de los tenues candiles meneados por la brisa, que iluminan la pasarela. Al llegar al Incansable, veo al rubio de los hermanos sentado en la barandilla, junto a la pasarela de embarque. — Buenas noches, señor Mirmaerín— me saluda al subir a cubierta. — Buenas noches, Martin ¿Qué tal la guardia?— muestro interés. Me parecen buenos chicos, trabajadores y dedicados a su oficio. 97 — Muy bien, la verdad que está tranquila, si no fuera por este viento— responde el joven que ya viste sus mangas estiradas—. ¿Le ayudo?— se ofrece. — No te preocupes, amigo, no queda ya nada, solo ayúdame a abrir la trampilla de la bodega, si eres tan amable— El chico asiente y se incorpora. El muchacho abre la escotilla, frente al mástil mayor, haciéndome un gesto con la mano para que entre. Bajo por las escaleras que dan acceso a la bodega bajo cubierta y que llegan a una salita junto a nuestros camarotes, en la que están mis tres compañeros, sentados alrededor de la mesa que hay justo en el medio. — Ya era hora ¿qué estás de vacaciones?— se mofa Haleth ya con mejor cara. — ¡No os quejéis que mirad lo que os traigo!— exclamo mientras coloco la pesada bandeja con la rica comida. — Vaya Mirmi, ¡te has superado!— reconoce mi compañero eledín con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras mis compañeros comen les doy los detalles sobre la vacía, pero acogedora posada El Hogar de Émet, por supuesto, sin mencionar nada de los gastos, doy por hecho que este servicio por el reino de Aradín tendrá su recompensa. Después de relatar lo acontecido, me voy al camarote y tras mis rezos me echo a dormir. No ha salido el sol, cuando ya escucho el crujir del suelo de la cubierta, deben ser los navegantes cargando las provisiones en el barco. Shiroge duerme a pierna suelta, la cena de anoche le ha debido de sentar bien. Saco la gema envuelta de la mochila y la meto en mi morral con extrema delicadeza. Salgo del camarote tratando de no hacer ruido y subo a cubierta. 98 Justo al salir están terminando de meter el último de los barriles de agua, que han colocado al fondo, junto a la pared de la bodega de proa. El clima sigue aireado y fresco, pero se agradece la brisa del mar por la mañana. — Buenos días, señor Mirmaerín— saludan ambos jóvenes casi al unísono. — Buenos días, señores. ¿Queda aún mercancía por subir a bordo?— ofrezco mi ayuda a los hermanos. — No se preocupe, ya está todo. Esperamos la orden del capitán para partir— contesta Dartin. Se abre la puerta del camarote principal, y de ella sale el capitán colocándose el sombrero. — Buenos días a todos. ¿Listos para partir?— pregunta Monier a los marinos. — Sí, mi capitán, pero Darbas aún no ha aparecido— responde Martin mientras señala la trampilla de la bodega principal. En ese momento la escotilla se abre y aparece el contramaestre apresuradamente, terminando de atarse con dificultad el cinturón. — Estoy listo, capitán. Partiremos a la orden— dice el hombre mientras se coloca firme ya completamente vestido. — Pues zarpemos, demos brisa de mar al Incansable— ordena el capitán—. ¡Todos a sus puestos! Una vez nos alejamos del embarcadero, bajo a cambiar mis atuendos y a avisar a mis compañeros para que puedan salir. Encuentro a Shiroge en la sala de la escalera, se acaba de levantar y está desayunando algo. — Todo en orden, ya estamos lejos de la costa— informo a mi compañero, a lo que responde con un gesto afirmativo con la cabeza, mientras sigue masticando. 99 — ¿Dónde están los primos?— le pregunto al eledín, que contesta alzando los hombros. — No sé, no los he visto— responde tras engullir su último bocado. Me acerco a la puerta de su camarote y llamo. No se escucha a nadie en el interior. Es extraño que sigan dormidos, suelen ser muy madrugadores. — ¿Chicos, estáis ahí?— hablo a través de la puerta con algo de nerviosismo, no se oye respuesta. Miro al otro lado de la sala, hacia la popa, la puerta que da a los camarotes de la tripulación está entreabierta. Me dirijo hacia ella. Hay un pasillo con dos puertas a la izquierda, una a la derecha y otra al fondo. — Yaaaahh— percibo desde el otro lado el grito de lucha de Haleth y me apresuro. Cruzo la puerta tras la que encuentro la bodega de popa. En el medio de la cual están los “primos” practicando, Haleth golpea un saco y Elion lanza flechas a una improvisada diana hecha con la tapa de un barril. Al entrar bruscamente ambos me miran con cara de extrañeza. — ¿Qué haces, Mirmi? ¿Ha ocurrido algo?— pregunta mi compañera con cierta preocupación. — No, nada… os buscaba para deciros que ya podéis salir a cubierta— les informo. — Uff, menos mal— suspira Elion—. Hemos venido a entrenar para estirar algo las piernas. ¡Salgamos a tomar aire fresco! Sin duda los medio elfos se están habituando al barco, el oleaje hoy es más pronunciado y los meneos del barco más repentinos, pero se les ve totalmente coordinados y con buen aspecto. Salimos a la cubierta, Shiroge nos acompaña. Según el itinerario viajaremos dirección oeste durante todo el día y la 100 noche la pasaremos navegando sobre El Incansable, por el estrecho junto a las islas del Despeño. Después de una jornada tranquila, vemos por el lado de babor de la proa un grupo de islas en el horizonte. Al atardecer, negros nubarrones se aproximan por el sureste y arrecia el viento. Lejanos destellos que rompen con sonoros truenos hacen prever que se acerca una tormenta. Esperemos que pase de largo. Yo y mis compañeros nos vamos a los camarotes a descansar. Un fuerte golpe de ola sacude la embarcación y me despierta. Es noche cerrada y se oye la fuerte lluvia en el exterior, así que enciendo un candil. Shiroge se alza también de su cama, el barco se menea con bastante contundencia. — Salgamos a ver cómo está la situación— propongo a mi compañero mientras me dirijo con dificultad hacia la puerta. Al abrir veo a Haleth y Elion que acaban de salir también, juntos subimos las escaleras. — ¡Todos a sus puestos!— ordena el capitán a su tripulación—. Vosotros refugiaros en la bodega de proa, tendremos que atravesar la tormenta— nos grita al vernos en cubierta. Obedecemos al capitán, entramos en la bodega y cuelgo el candil. En pocos minutos el mar embravece aún más, sonoros golpes de ola hacen crujir las maderas, enormes fogonazos dan paso a los atronadores bramidos de la tormenta. El Incansable se tambalea en un brusco vaivén. Observo por la ventana como los barriles de agua se sueltan de su amarre y ruedan por la cubierta, perdiéndose en la oscuridad. La lucha del velero por mantenerse a flote es feroz. Suena un fuerte crujido, se detiene el barco bruscamente y se apaga el candil. 101 La penumbra es absoluta, solo se rompe con el resplandor de los rayos y los truenos, cuyo sonido ensordece el incesante caer de la pesada lluvia, que castañea contra la cubierta y los cristales. — ¿Estáis todos bien?— pregunto a mis compañeros—. ¡Parece que hemos encallado! — Bien— se oye la voz de Shiroge. — Todo en orden— habla Haleth. — Estoy bien— contesta Elion. — Esperemos a que se apacigüe la tormenta— propongo. Tras una hora cesa la tormenta y llega la calma. Salimos a cubierta. La claridad del sol asoma bajo las nubes por el horizonte tras la popa. Del camarote principal salen los miembros de la tripulación, al menos estamos todos sanos y salvos. — Parece que hemos encallado en la playa este de la isla Garfio— aprecia el capitán mientras señala hacia la proa. Al girarme me percato de que hemos acabado en la punta norte de una gran playa orientada hacia el este, y que termina en unos acantilados a pocos metros de la punta de la proa. A lo lejos, hacia el sur oeste, se distingue a duras penas la punta de una colina, con un saliente en forma de pico de loro y abundante vegetación. — Desembarquemos y comprobemos los daños— ordena a los marinos Monier—. Darbas, tú comprueba el estado de las bodegas. Martin ata un nudo a la barandilla de la cubierta de proa, del que arroja una escalinata que usamos para bajar a la playa. Es una zona rocosa, el barco está incrustado en la arena y está ligeramente inclinado del lado de estribor. — Dartin, trae las palancas y las calzas, arrójalas por la borda, parece que tendremos que levantarlo— manda el capitán. 102 El hermano moreno obedece sin rechistar y comienza a trepar la escalinata. Darbas aparece por la barandilla. — Parece que hay daños en el casco, señor. El primer cuadrante de estribor tiene una grieta de unos dos metros— informa el contramaestre. Tras un par de minutos, el joven tira por la borda dos grandes palancas metálicas, seguidas de una docena calzas de madera con forma de cuña. Con la ayuda de Shiroge, los hermanos clavan las palancas en la arena junto a la base del casco y colocan junto a ellas dos troncos para que sirvan de punto de apoyo. Al tirar de las palancas el barco se balancea hacia babor, elevándose medio metro del suelo, dejando ver la enorme grieta provocada por una de las rocas. El capitán fija las calzas a la base del barco y lo estabiliza. — Tendremos que sustituir casi todo el cuadrante— analiza Monier la situación en voz alta—. Nos llevará todo el día, más media jornada para que seque el alquitrán. — ¿Hay algo que podamos hacer, capitán?— pregunta Haleth. — Lo cierto es que tenemos otro problema, los barriles de agua han caído por la borda durante la tormenta. Necesitamos agua dulce— le contesta con gesto de preocupación—. Subamos al camarote, tengo un mapa preciso de las islas. Los Dalmas acompañamos al capitán, mientras los hermanos se ponen a la tarea. Tendrán que serrar la zona dañada, sustituir las maderas e impermeabilizarlas. Llegamos al camarote. Anticipándose a la tormenta, Monier ha guardado todos los mapas en un baúl bajo la mesa, donde rebusca y extrae uno de ellos. — Aquí está— dice mientras extiende sobre la mesa un mapa detallado de las islas del Despeño. 103 — Estamos aquí, en la isla más oriental. El archipiélago está formado por once islas separadas por no más de cuatro kilómetros unas de otras, ésta es llamada la isla Mayor, está a dos kilómetros de la isla Garfio, hacia el oeste— explica el capitán a la vez que señala en el mapa—. Por suerte el acantilado nos oculta de la vista desde las otras islas, esperemos que no nos detecten en los próximos dos días. Nuestra isla tiene su punto más alto justo aquí, en este cabo en la cara oeste, cuyo extremo tiene una forma parecida a un garfio, de ahí su nombre. Suelen correr manantiales por las laderas de las colinas, puede que encontréis algún arroyo. — Inspeccionaremos la zona, capitán— dispone Haleth con seguridad. — Id con cuidado, como os dije, las islas están pobladas de feroces piratas. Se estima que Altamir cuenta con más de quinientos hombres y una treintena de naves— advierte el capitán—. Hay que evitar que nos descubran. Bajamos a la playa y emprendemos la marcha, todos llevamos nuestras armas y Shiroge carga con dos barricas vacías atadas a su espalda. Nos adentramos entre la exuberante vegetación y marchamos colina arriba. Distingo un pliegue que cae hacia el norte de la colina, un lugar perfecto para que corra un arroyo y me dirijo hacia allí. Como se ha vuelto costumbre cuando nos adentramos a lo desconocido, yo lidero al grupo que camina tras mis pasos en línea, preparados ante cualquier eventualidad. Tras más de media hora de marcha, llegamos a lo alto de un pliegue, hay mucha arboleda cerca de la cumbre y no se divisa el pico desde esta posición. — Mirad allí— Señala Shiroge hacia la zona más baja del pliegue—. Parece que hay una laguna. 104 Mi compañero tiene razón, entre la arboleda, cerca del acantilado, se distingue el reflejo de luz sobre una superficie acuosa. Sin dilación nos apresuramos hacia ella. No nos lleva más de diez minutos encontrar el lugar. Se trata de una laguna de aguas cristalinas, de la que brota un arroyo en dirección al acantilado. Está rodeada de vegetación, pero a través del claro que genera, se alcanza a ver el pico con forma de garfio. Algo me llama la atención. Parece que hay una construcción justo al lado de la base del saliente. — Observad— informo a los demás—. Por lo que se ve la isla está habitada. Todos miran hacia la zona señalada. — Vayamos al acantilado, desde allí tendremos mejor visión de la zona— propone Elion, a lo que asentimos. No hay más de doscientos metros siguiendo el pequeño arroyo, hasta el acantilado, desde donde se precipita hacia el mar a una altura de unos treinta metros. Apostados contra los árboles observamos la zona con detenimiento. Tal y como estaba señalado en el mapa, la Isla Mayor se encuentra justo al oeste, en la que se observa una playa en la vertiente noreste, donde hay unas ruinas de lo que parece un antiguo embarcadero abandonado. En el centro de la Isla Mayor hay una colina ligeramente más alta que la Punta del Garfio, que parece, desde nuestra posición, es el segundo punto más alto del archipiélago, el resto del litoral está conformado por grandes acantilados rocosos donde rompen las olas. Un poco más al sur hay otra isla más pequeña y menos boscosa que parece deshabitada. En la Punta del Garfio se distingue con claridad una garita de vigía. — Allí abajo— Señala Haleth hacia la base del acantilado de más de sesenta metros, justo debajo del pico. 105 Se puede distinguir una pasarela de piedra a donde arriban dos hombres en una pequeña barcaza. Un segundo bote de similares características está amarrado en el pequeño embarcadero. Los desconocidos se apean y se dirigen al acantilado, donde les perdemos la vista. — Tiene pinta de ser el relevo, esperemos— recomienda Elion. Mantenemos la posición. Tras unos quince minutos, dos hombres aparecen, toman el otro bote marchándose dirección a la isla Mayor con intención de rodearla por la vertiente sur, hacia los acantilados. — La base de los piratas tiene que estar por ahí— informo a mis compañeros señalando la punta sur de la isla Mayor. — Tomemos el agua e informemos al capitán— propone Haleth, a lo que los demás asentimos. Llenamos los barriles en la laguna y bajamos hacia el barco rodeando la ladera de la colina. Al llegar veo que los trabajos van avanzando, ya han saneado el hueco de la grieta y los hermanos están retirando las últimas maderas dañadas. El contramaestre indica desde el interior del hueco, mientras Monier supervisa los trabajos. Nos acercamos a él. — Aquí tiene el agua, capitán.— Shiroge descarga las dos pesadas barricas que contendrán sesenta litros cada una y que el grandullón ha estado cargando más de una hora de camino sin aparente esfuerzo. — Gracias, Shiroge— le responde—. Magnífico trabajo. — Hemos detectado movimiento en la isla, señor— informa Haleth—. Se ve que hay un puesto de vigía justo en la punta de la colina, junto al garfio. Hará un par de horas dos hombres han hecho el cambio de guardia. 106 — Hay que neutralizar a esos guardias, en algún momento distinguirán la embarcación y darán la alarma, si eso sucede estaremos perdidos— razona Monier. — Nosotros nos encargaremos, capitán— se ofrece Haleth. — Desde el acantilado, cerca del pico, hemos podido ver unas ruinas de un embarcadero del lado noreste. Por lo que se ve los piratas tienen su base hacia el sur— comienza a hablar nuestro estratega Elion—. Podemos usar la barcaza de los guardias, una vez acabemos con ellos y acceder a la isla por allí para reconocerla y percatarnos de los peligros. No nos llevará más que unas pocas horas. — Me parece adecuado, los trabajos van muy bien, por fortuna el golpe no ha dañado la estructura del casco, si logramos aplicar el alquitrán para el almuerzo, el sol de la tarde y la brisa cálida que tenemos hoy, secarán rápidamente y con ayuda de Tísmik y Túlmar podremos abandonar la isla al Amanecer— responde el capitán—. Intentad estar aquí antes de que anochezca— Todos asentimos. Tomamos algunas provisiones de comida y agua, para seguidamente dirigirnos hacia el puesto de vigía. Con presteza y conociendo el destino, no tardamos más de una hora en alcanzar las inmediaciones de la cumbre. Al rodear una gran roca nos topamos con un sendero. Hacia la izquierda desciende serpenteando entre las rocas en dirección acantilado, por la derecha asciende hacia el pico situado a unos doscientos metros, junto al cual se divisa el techo de una casita de madera. — Subamos junto al sendero, acechando entre la maleza— propone Elion. Y así hacemos. 107 A una distancia de cincuenta metros se distingue con claridad el edificio. No tiene más de treinta metros cuadrados, tiene el acceso carente de puerta, orientado hacia nosotros, lo que nos permite ver una parte del interior. Un hombre pasea por la sala, se trata de un medio elfo con atuendos de pirata, con un chaleco de cuero y sombrero de bucanero. Tras la garita, el sendero continúa otros diez metros hasta la base del garfio, donde otro pirata de la misma raza, está observando de espaldas, hacia el oeste. Porta en su mano derecha un cuerno, probablemente ese sea el medio para avisar de cualquier eventualidad o peligro. — Si me acerco un poco más podría disparar una flecha al de la punta, para evitar que dé aviso, los demás cargad hacia el refugio y acabad con el otro— Elion propone un plan. — Yo te acompaño primo, si el ataque le dejara aliento suficiente le daría tiempo a avisar y estaremos en problemas. Rodearé la punta y me colocaré más cerca de él, en cuanto dispares, intentaré despeñarlo por el acantilado antes de que pueda reaccionar— se ofrece Haleth, con la precaución que pedía el capitán—. Además, Shiroge y Mirmi se bastan para acabar con el otro. — Está bien— asiente Elion. Esperamos unos minutos en posición, mientras Haleth realiza la maniobra de aproximación, acechando con habilidad. Elion se acerca y coge ángulo mientras carga su arco. — Estamos listos— susurro al eledín al ver aparecer a nuestra compañera oculta entre la vegetación, ya muy cerca del vigía, junto a la base del puntiagudo saliente. 108 Veo volar la flecha del arquero hacia su objetivo que le alcanza en el hombro derecho, el cuerno se le cae, grita de dolor en el momento en que Haleth lanza su patada, un golpe débil pero bien colocado, que consigue su objetivo y derriba al adversario, que cae por el acantilado mientras su grito se desvanece en la caída. Nosotros dos cargamos hacia la casa, por la puerta sale el otro jovencísimo pirata armado con su sable y su escudo, que al ver a Shiroge cargar hacia él suelta sus armas, se arrodilla y pide clemencia. — Por favor, me rindo, no me matéis— balbucea el muchacho entre sollozos. Shiroge frena su ataque. Haleth comprueba desde la punta que todo está en orden. — ¡Me mantendré aquí haciendo guardia!— grita la medio elfa a su primo. Elion viene hacia nosotros. — Está bien, chico. Te dejaremos vivir, pero a cambio tendrás que darnos información— le digo al chaval con gesto serio. — Claro, señor. Les diré todo lo que sepa— contesta el joven tembloroso. Entramos en la casa, hay una mesa con un par de sillas y restos de una fogata en la pequeña chimenea, junto a la cual, hay útiles de cocina vacíos y un pequeño saco. Es todo lo que hay en la sala diáfana, con una única ventana abierta, del lado opuesto de la entrada. Atamos al rehén a una de las sillas y nos situamos los tres a su alrededor. — Supongo que eres miembro de la armada de Altamir— empieza a hablar Elion mencionando una obviedad, quizás con el fin de ver las reacciones del muchacho. — Así es, señor. Me uní hace pocas semanas, estaba sin blanca y te dan cuatro monedas de plata por alistarte— contesta el joven acongojado. 109 — ¿Dónde se encuentra vuestra base?— pregunto. — En la vertiente sureste de la Isla Mayor. Hay una bahía con una playa escondida entre los acantilados, en su punta se encuentra el acceso a una inmensa cueva donde atracan los navíos— responde enseguida el joven. — ¿Cuántos hombres y naves hay en la cueva?— sigo con el interrogatorio. — No lo sé con exactitud, al menos trescientos soldados, en su mayoría medio elfos, aunque también hay humanos— continúa con la cuestión—. En cuanto a los barcos, una veintena de todas las clases, incluyendo el enorme galeón del almirante Altamir. — ¿De qué vigilancia dispone la isla Mayor?— pregunta Elion. — Hay dos puestos de vigilancia, uno en el extremo norte y otro en el oeste, se llega a ellos por un sendero al que se accede desde la playa, pero no sé mucho más, los que hacen guardia allí son piratas veteranos— contesta el asustado joven. — Una última pregunta, ¿cada cuánto tiempo cambian las guardias?— insiste el medio elfo. — Después del desayuno y las cenas parten todos los relevos, se tarda una hora en llegar hasta aquí— asevera el pirata. — Vayamos a ver qué opina Haleth, dejémosle aquí, no se moverá— propongo a mis compañeros y salimos de la sala. La medio elfa está apostada en el vértice del acantilado. Al vernos nos hace un gesto con la mano pidiéndonos que nos acerquemos. Nos agachamos y vamos. — He visto un barco acceder entre los acantilados de la Isla Mayor, allí en la vertiente sur— Nos señala con el 110 dedo—. Si te fijas bien, en la esquina del fondo parece que hay una gruta. — Es cierto, la veo— confirma el arquero, ciertamente concuerda con la declaración del rehén. — Además, si os fijas bien allí, cerca de la cima de la isla, un poco hacia la vertiente sur, se ve la punta de un edificio, parece una pirámide— añade nuestra compañera. Veo la punta con claridad, está envuelta de algunas lianas y vegetación, más o menos en el centro del islote, la cima cae algo hacia el noroeste. Le contamos a Haleth la información obtenida del chico. — Creo que deberíamos inspeccionar la isla, ahora que sabemos que los piratas se concentran en la vertiente sur, el plan de acceder por las ruinas de la playa en el norte parece más seguro— propone Elion—. Además, tenemos el visto bueno del capitán y no me apetece nada pasar el resto de la tarde en ese barco encerrado— sentencia. La verdad es que tengo curiosidad por saber qué esconden las ruinas y la pirámide de la isla Mayor, aunque tengamos ya bastante información y sea quizás correr riesgos innecesarios, a fin de cuentas somos Dalmas, la aventura y el riesgo forman parte del trabajo. — De acuerdo, creo que tienes razón— manifiesto. — ¡Adelante pues!— exclama Haleth. — ¿Y qué vamos a hacer con él?— pregunta Shiroge refiriéndose al joven retenido. — Démosle agua y dejémosle ahí atado hasta que volvamos, según dice ha desayunado hará unas tres horas, no le pasará nada porque se quede sin almuerzo— propongo a mis compañeros. Todos estamos de acuerdo y procedemos con el plan. Tras dar de beber y asegurar bien los amarres del prisionero, descendemos por el sendero hacia el acantilado. 111 En cierto momento, la superficie lisa e inclinada del paso se transforma en una escalinata, que serpentea entre las escarpadas rocas hasta llegar a una plataforma de piedra donde está amarrada la barca. No es muy grande, así que embarcamos con cuidado de no volcarla, primero yo en medio, después Elion en proa, luego el eledín se sienta en la popa, y por último Haleth se sienta junto a su “primo” para compensar. La barcaza se ha hundido bastante, pero aguanta, el mar entre las islas está calmado. Shiroge comienza a remar con bastante habilidad. Transcurrida media hora, alcanzamos la parte este de la playa y vemos a lo lejos el ruinoso embarcadero. Poco después diferencio una pasarela de granito, está derruida de un lado y grandes casquetes de roca se esparcen por la arena. Veo restos de los muros de un edificio, totalmente derruido justo al principio de la pasarela. Atracamos en la playa, junto al inicio de la misma. Al subir la pequeña rampa me percato de que hay una explanada de roca, de unos treinta metros de lado y cubierta parcialmente por la arena, justo delante del edificio. — Investiguemos un poco— propone Elion mientras se dirige hacia las ruinas. Nos dispersamos por la zona. — ¡Aquí hay el principio de un camino de roca!— advierte Shiroge desde la izquierda de la explanada y comienza a caminar sobre la arena, como siguiendo una linde. Los demás nos acercamos. Al llegar al lugar no veo ningún camino, solo el rastro del eledín en la arena. — Déjate de bromas Shiroge, este es un lugar peligroso— le recrimino. — ¡Que no, Mirmi!— me contesta con seriedad— Es un efecto visual, colócate al principio de mis pisadas. 112 Obedezco a mi compañero y me coloco justo donde comienza el trazo de sus pies, descubriendo para mi sorpresa, un camino de roca, sobre una ligera capa de arena. Hay dibujos en la plataforma que simulan ondas, haciendo un efecto óptico que la disimula, siendo difícil de ver aún estando a un metro. Los primos se colocan detrás de mí y seguimos a Shiroge a través del camino, dirección este y sur este, hasta llegar al límite de la vegetación. El grandullón se para y espera a que le alcancemos. — Mirad ahí, ¿qué veis?— nos pregunta mientras señala al frente entre las palmeras. — Nada, un sinfín de troncos— respondo diciendo lo que veo. — Ahora colócate aquí— El eledín se aparta, dejando ver bajo sus pies una pequeña estrella azul pintada en el suelo. Me coloco sobre ella y miro al frente. Me asombro al distinguir con claridad una figura en forma de flecha, conformada por los árboles del fondo. — La óptica es muy utilizada por mi raza— explica Shiroge—. De hecho, la mayor escuela de Ilusionistas de las tierras Antípodas se encuentra en Parmos, la capital de Eled Vulard. Nos adentramos por el palmar en dirección a la zona donde señala la flecha. A unos cien metros, donde se espesa el bosque, encontramos un camino. Avanzamos por él con cautela, sin duda se dirige al centro de la isla, donde se sitúa la pirámide. Transcurridos treinta minutos de marcha entre la frondosa selva que casi parece una pared a cada lado del camino, encontramos un cruce de senderos en forma de cruz. Ambos lados dan a una pequeña casa con puerta de 113 madera a pocos metros. Las construcciones de granito están enteras, pero rodeadas de enredaderas y musgos. Un poco más adelante por el camino principal se distinguen otras dos y otro par más justo después, para un total de seis ramificaciones, tres a cada lado, cada una de ellas da a un edificio de similares características. Continuamos hacia adelante. Después la vía principal hace un giro y va a dar a una explanada donde se ubica la pirámide, de unos veinte metros de altura, que se sitúa en una zona un poco más plana. A los pies de la construcción hay un sendero, que cruza de lado a lado justo delante de la cara frontal y que se pierde a ambos lados en la maleza. — Parece que está todo despejado— indico a los demás—. Acerquémonos. Avanzamos por la explanada hasta la pirámide e investigamos la zona. — Mirad la punta, parece que hay algo escrito— se percata el eledín. Agudizando la visión logro divisar unas marcas. — Subid vosotros, yo y Haleth haremos guardia aquí abajo— propone Elion. Escalamos la escalinata, construida con bloques de granito de unos cincuenta centímetros, no tardamos en llegar a la cúspide. En el triángulo frontal, hay una serie de muescas de una escritura desconocida para mí. — ¿Entiendes lo que pone?— le pregunto a mi compañero intuyendo que pudiera tratarse de éledar, la antigua lengua de los eledines. — Sí Mirmi, es el idioma de mi raza— me contesta—. Te leo. “Cinco Ersan tenían seis casas 114 Una ardió en llamas Una se inundó Una fue alborotada por el viento Una fue devorada por la selva Una estaba vacía Una era la entrada” — No sé qué quiere decir, parece una adivinanza— añade mientras se rasca la cabeza. — Creo que se refiere a las seis casas que vimos en el camino viniendo hacia aquí. Vayamos a investigar— respondo mientras comienzo la maniobra de descenso. Informamos a los medio elfos y regresamos al camino. Una vez allí procedemos a investigar las edificaciones: abrimos la puerta de la primera a la derecha, o la última a la izquierda viniendo de la playa. No hay nada en su interior, solo un orificio en la pared, del tamaño de un huevo, que penetra en el grueso muro de piedra. Al mirar en el interior todo está oscuro. — El escrito decía que una está vacía, puede que sea ésta— reflexiono en voz alta. Salimos y nos dirigimos a la de enfrente. Hay una mesa y cinco sillas en el centro, nada más. Pasamos a la siguiente, del lado opuesto. En su interior hay un macetero con tierra construido en la pared. Luego, la de enfrente a ésta, que contiene una mesa con unos papeles. Los ojeo un poco, me percato de que todos están en blanco, luego los coloco en su lugar y nos dirigimos a la última del otro lado. Al entrar hay un charco en el centro, del techo se derraman gotas de agua que emergen por una grieta a intervalos espaciados. En la sexta casa hay una montañita de madera seca en el centro. Nos paramos a pensar. — Si aquí hay madera, es que no ha ardido. En la de enfrente hay goteras pero aún no se ha inundado. A 115 continuación hay papeles que no han sido alborotados por el viento. En la siguiente hay tierra, pero aún no ha brotado la selva. La siguiente no está vacía, y la última no es la entrada— explico a mis compañeros tras darle un par de vueltas—. Creo que tenemos que hacer todas esas cosas: quemar la madera, derribar el techo para inundar la casa, airear los papeles, sembrar plantas, vaciar la sala y en la última encontraremos la entrada— concluyo con cierta satisfacción. — Puede ser, pero debemos apresurarnos, nos quedan tres o cuatro horas de sol— advierte con acierto Elion. Sin perder un segundo ponemos en marcha el plan, casa por casa vamos activando la situación marcada en el acertijo, lo que nos lleva casi una hora. Por fin entramos en la habitación del orificio. Nos alegramos al descubrir que de él sale ahora una palanca metálica. Activo el mecanismo tirando de ella. Se oye un chasquido, seguido de un crujido sostenido, que es provocado por el rozamiento de la pared que se abre junto a la palanca, dejando ver tras ella unas escaleras que bajan a través de un pasadizo de granito, de aristas perfectamente angulares, que se adentra en la sinuosa oscuridad. Enciendo mi candil. — Ya que hemos llegado hasta aquí, tendremos que entrar— comento a mis compañeros mientras desciendo la escalinata. Huele a espacio cerrado y humedad, el aire está bastante viciado. Al final de la escalera se atisba un largo pasillo de similares dimensiones, un metro y medio de ancho por dos y medio de alto aproximadamente, que gira en un ángulo de noventa grados hacia la derecha a unos cien metros. Desde la esquina, a unos cincuenta metros, se distinguen unos peldaños que suben. Avanzamos con cautela, todos 116 en fila y subimos la escalinata que va a dar justo al medio de la pared de una gran sala cuadrada, con una estatua al fondo. — Parece que estamos en el interior de la pirámide— aprecia Shiroge con acierto. Me coloco en el centro de la habitación para tener mejor perspectiva. La estatua es una obra en granito, en la que aparece el Erdan Raldar, Dios de la ilusión y de la Nigromancia. Lleva una túnica con un sombrero y tensa con sus manos, a la altura de los hombros, un hilo de color plateado. Observo el resto de la sala, me giro a la pared de mi izquierda, hay una inscripción con símbolos parecidos a los de la cúpula de la pirámide. A cada lado del acceso por el que hemos venido, hay otras dos entradas con sendos túneles, el de la izquierda da a unas escaleras que descienden, el de la derecha otras que ascienden. La otra pared contiene un mural pintado. En él aparece la figura de un eledín moreno, de aspecto joven y atlético, sentado en una especie de trono sobre un tesoro en el centro de una isla. Tras él está la pirámide con el símbolo de las tres estrellas que marcan el norte. — Aquí pone— se apresura a leer el eledín. “Tú ladrón, ¿Buscas mi tesoro? Corta el hilo Y lo encontrarás Gánatelo y es tuyo Si derrotas al guardián” — Supongo que se refiere al hilo de la estatua— comenta Elion. 117 — Parece ser, sí. No soy experto en historia de los eledines, ¿te dice algo el dibujo de esta pared Shiroge?— pregunto a mi compañero Dalma. — No soy un erudito como tú, Mirmi— responde mirando el dibujo—. Sé que de mi pueblo salieron exploradores hacia todos los confines. En edades anteriores a los hombres, se iban para no volver, quizás aquí escondió sus riquezas uno de ellos. En nuestra raza se dice “Dartum art tulus”, que significa: gánatelo y es tuyo. Viene a dar sentido al hecho de que no podemos mantener nuestras posesiones para siempre, ni siquiera nuestra propia vida, ya que alguien te las acabará arrebatando, mejor que sea alguien que se lo haya ganado. Puede tener sentido, los primeros eledines tenían el don de la inmortalidad. Antes de la guerra de los dioses, según la historia de los elfos, tanto los elfos como los norteños, se esparcieron por las tierras Antípodas. — ¿Y qué hacemos?— pregunta Haleth. — Creo que sería prudente investigar el resto de la pirámide. Antes de activar nada, tenemos que ver las vías de escape y asegurarnos que no se sumen más invitados a la fiesta— manifiesto mi opinión. — Tienes razón, Mirmi, ¿por dónde empezamos?— pregunta Shiroge. — ¡Siempre por la derecha!— exclama la medio elfa. Subimos la escalinata del acceso a la derecha de la entrada, de iguales características que las que nos habíamos encontrado en el anterior pasillo. Al llegar arriba, unos cinco metros por encima, hace un giro de noventa grados a la derecha, y unos diez metros más adelante, otro giro en la misma dirección, dando lugar a otro pasillo más, de unos diez metros, al final del cual, del 118 lado de la derecha, hay otra escalera que sube, en cuya cima se distingue el dintel de una puerta oscura. Llegamos al rellano que se ensancha y cabemos todos. La puerta parece de metal, muy rígida, tiene una manivela con dos orificios uno a cada lado, la giro. La manivela gira pero la puerta no se abre. — Parece que estos orificios redondos son para algún tipo de llave— señalo a mis compañeros. — Apártate— me dice Shiroge. Me hecho a un lado y el grandullón intenta forzarla, sus venas se inflan en sus brazos y su cuello, y se pone rojo como un tomate, pero la puerta no cede ni un milímetro. — Está claro que por la fuerza no vamos a abrirla— observa acertadamente Elion. — ¡Volvamos, investiguemos por la izquierda!— manda Haleth—. El tiempo se nos acaba. Regresamos a la sala de la estatua y tomamos el otro camino. Estas escaleras bajan y les sigue un pasillo recto, que unos cincuenta metros más adelante llega una puerta con una manilla. Al abrirla me percato de que la parte de atrás está revestida de piedra y carece de tirador, además el pasillo de granito se transforma en un túnel cavernoso que desciende entre estalactitas. Utilizando una roca, Elion bloquea la puerta. El túnel tiene inestables dimensiones, aunque suficientes para seguir avanzando. Unos cincuenta metros más adelante la cueva se ensancha, formando una gran gruta de más de diez metros de alta y treinta de larga. — ¡Mirad!— Señala Haleth a una de las paredes cuando estamos en el medio de la caverna. Hay una gran tela de araña de más de dos metros. Al acercarme con el candil, se distinguen algunas feas arañas peludas de unos veinte centímetros, corretear a través de la tela. Me giro hacia mis compañeros. 119 — ¡Cuidado a vuestra espalda!— grito dando la alarma. Hay una gigantesca araña descolgándose por la pared a su espalda, mide más de un metro y medio desde el suelo hasta el lomo y se apresura hacia ellos. Shiroge y Haleth desenvainan sus espadas, Elion carga su arco. La bestia es rapidísima, y antes de que tenga tiempo a disparar, lanza un ataque con su aguijón al arquero que recibe el impacto en el muslo y le provoca una herida fea y una hemorragia. Pega un grito de dolor mientras Shiroge, que está a su lado, atiza con su mandoble a la criatura, que se gira. Aprovechando el momento, Haleth ataca al monstruoso arácnido por detrás, un gran golpe en el caparazón, que desparrama gran cantidad de sustancia verde y viscosa. El engendro chilla y lanza un nuevo ataque, esta vez contra Shiroge, que detiene el aguijón con el escudo, devolviendo con dificultad, un nuevo golpe de mandoble. La medio elfa hinca su katana en la barriga del arácnido, que retrocede. Yo corro a auxiliar a Elion, tiene un corte muy profundo que no para de sangrar, mantiene débilmente la consciencia, pero está bloqueado por el dolor. Le doy una de las pociones, que bebe con dificultad, y comienzo a intentar frenar la hemorragia. Mis dos compañeros terminan de dar muerte a la gigantesca araña. Con ayuda de Mahara, usando el ungüento consigo parar el flujo de sangre, miro a Elion, está notablemente mejor. — Voy a coserte, ¿te duele?— le pregunto a mi camarada. — Estoy bien, haz lo que tengas que hacer— me contesta con serenidad, ya con el sentido recobrado. Comienzo a coserle mientras llegan los demás. Haleth coge mi candil y lo alza en guardia, por si hubiera más enemigos. Con bastante habilidad consigo suturar la herida y le vendo con algo de presión. 120 — ¿Qué tal te encuentras?— le pregunto al paciente. — Estoy bien, creo que puedo continuar— contesta a la vez que se pone en pie. — Sigamos, el tiempo se nos echa encima— nos apremia Elion, mientras empieza a caminar cojeando levemente, hacia el fondo de la gruta. La parte del final de la gruta tiene un recodo que se retuerce hacia la izquierda desde donde se abre paso una apertura en la pared, lo suficientemente grande para continuar por ese camino. — Mirad ahí— Señala Shiroge con el dedo hacia la esquina del recodo, donde una tela de araña envuelve un cadáver—. Echemos un vistazo— Todos nos aproximamos. Con el mandoble, el eledín sega la tela y el cuerpo se desparrama a nuestros pies. No parece llevar más de un par de horas muerto, tiene sombrero y chaleco de pirata, del que se desliza un morral. Shiroge se agacha y lo recoge, al abrirlo, le brilla la sonrisa. — Vaya, tiene que haber más de veinte monedas de plata— dice el eledín. Haleth se arrodilla y sin miramientos registra el cuerpo. Colgado de su cinturón lleva una preciosa daga de plata. — Tiene que costar una fortuna— comento a mis compañeros sobre el tesoro hallado. — Hagamos un fondo común— propone Shiroge—. Toma Mirmi, llévalo tú. Se te dan bien los números y no se me escapa que te estás haciendo cargo de los gastos: la cena, el tarro de ungüento…— Me entrega el morral. — Estoy de acuerdo— afirma Haleth, haciéndome entrega de la daga. — Será mejor que la lleve Elion, él sabrá usarla mejor que yo— digo siendo honesto. 121 — De acuerdo, pero continuemos— Marca ahora el paso Elion, del que nadie diría acaba de ser suturado. Se ve que el brebaje es tan efectivo como prometía Fúlkar, el comerciante del embarcadero de Émet. Dentro de doce horas se le pasará el efecto, veremos qué tal entonces. Avanzamos tras el arquero por el túnel cavernoso. Unos metros más adelante la cueva está bloqueada, aunque de manera precipitada, pues se ve una tenue luz por algunos huecos entre las rocas, que taponan un estrecho paso. Shiroge aparta con cuidado algunas de las más grandes, dejando un redondeado orificio que me permite asomar la cabeza. Miro a través del agujero. Se ve que hay una pequeña repisa a una cierta altura. Escucho pasos. — ¡Encontrad a esa sabandija! ¡Robarme a mí! ¿Cómo se le ha ocurrido? ¡Cuándo lo vea le sacaré las tripas como a un cerdo! ¡Va a saber quién es el Almirante Altamir!— se oye la voz del capitán pirata. — Buscad en toda la base, en cada barco de la armada, registradlo todo rápido, ese desgraciado no puede andar muy lejos— ordena el mandamás. — ¡A sus órdenes, Almirante!— Se oyen pasos a la carrera que se alejan, mientras otros se acercan acompañado del sonido de unas espuelas. — Mi Almirante, el hombre de Estrian está aquí como ordenasteis— dice una voz juvenil—. Está desarmado. — Puedes quitarte la venda de los ojos— ofrece Altamir—. Ahora dime quién eres y qué es eso tan importante que tienes que decirme. — Mi nombre es Balduur, soy el capitán de la Guardia del Tridente— Me percato sin duda de que se trata de la voz del hombre de la fortificación del lago Énder. 122 — ¿Y cómo un hombre de tanto rango se juega el pescuezo para venir aquí, a mis dominios?— pregunta el pirata. — Una guerra civil se aproxima. Mi señor Torsen, senescal de Estrian, ha jurado venganza al rey Árathan por el asesinato de su querido hermano... — Lo sé, nada tiene que ver conmigo— interrumpe Altamir. — Árathan VI le tiene a usted como enemigo número uno, ¿verdad?— dice el conspirador. — Es verdad que el muy estúpido está ofreciendo cada vez más recompensa a mi cabeza, ja, ja. Creo que ya va por veinte monedas de oro, me han comentado— responde el almirante con tono guasón. — Lo cierto es que mi señor necesita aliados para enfrentarse a los Yelmos de León, para que mantenga las rutas con las provisiones en el mar y proteja la retaguardia— comenta el hombre de Estrian—. Ésta es la oferta del senescal: unid vuestra armada a la poderosa armada del Tridente, bajo su mando. A cambio le ofrece el título de Almirante del mar del oeste, lo que incluiría un arancel a su favor de un cinco por ciento de toda mercancía que navegue por sus aguas, además de la propiedad del Faro del Confín. — Vaya, sin duda es una oferta muy suculenta— responde con voz de asombro Altamir—. Dígale al senescal que acepto las condiciones, en dos días estaré en Estrian. — Por supuesto, así lo haré— responde Balduur. — Véndale los ojos y devuélvelo a su barco— ordena el Almirante—. Y dile a Símer que asigne una patrulla de búsqueda del ladrón. Hay un viaje que organizar y tenemos que partir antes del alba… Son asuntos más importantes a los que atender, ya me encargaré de esa sanguijuela. 123 Vuelvo a sacar la cabeza del hueco, miro a mis compañeros que están con cara de extrañeza. — ¿Lo habéis oído?— pregunto susurrando a la compañía. Todos asienten—. No hay salida por este lado, será mejor que regresemos. Volvemos por nuestros pasos a través de la gruta de la araña, hasta la pirámide. Al llegar a la sala de la estatua Elion se detiene. — ¿No vamos a activarla?— nos pregunta mientras señala el hilo plateado en las manos del petrificado Erdan—. La verdad, ahora que hemos llegado hasta aquí, no nos podemos ir sin conocer los tesoros que oculta esta pirámide. Por un instante nos miramos los unos a los otros. Es cierto que estamos muy cerca, pero no sabemos con qué clase de guardián nos encontraremos si cortamos ese hilo. No creo que vayamos mal de tiempo, habrán pasado dos horas desde que entramos en la pirámide. — Activémosla, que los Ersan determinen si somos dignos del tesoro— propongo con decisión. Una sonrisa nerviosa sirve de confirmación por parte de mis compañeros, que agarran sus armas en posición de combate. Yo dejo el candil en el suelo y hago lo mismo. Elion se acerca a la estatua y se coloca delante de sus manos. Agarra la daga de plata mientras sostiene con la otra su arco y aproxima el filo hacia el plateado cordel… Lo corta. Rápidamente saca una flecha y apunta sin determinar el sitio, todos miramos por todos los lados. — Vaya, pensé que pasaría algo. Je, je— rompe el silencio el medio elfo tras unos segundos. — Zaaaaasssss. Paf— Se oye un zumbido seguido de un estruendo, las tres entradas están ahora bloqueadas. 124 — Aaaauuuuuaaaaahhh— una voz, como una especie de lamento, resuena por las cuatro paredes. Una corriente pasa sobre el candil que se apaga y nos sumergimos en la más absoluta oscuridad. De la estatua surge un lánguido resplandor que recrea una forma, como un espectro de piel desgarrada, que se pone en pie frente a nosotros. De la cabeza del ser se abren dos ojos brillantes de color azul zafiro, que iluminan su esperpéntica cara de mejillas descarnadas. Lleva en sus manos un oscuro mandoble, de cuya hoja emana el mismo brillo que de él. Shiroge lanza un ataque contra el ente, pero su mandoble atraviesa el cuerpo del ser sin dañarlo. Este le responde con un ataque que el eledín detiene a duras penas, abollando su escudo. La flecha de Elion también le atraviesa. Haleth y yo lanzamos un ataque simultáneo, mi lanza cruza el costado como si de aire se tratara, el mandoble de mi compañera surte el mismo efecto. — Jajaja— Del oscuro ser surge una macabra y profunda risa. Se siente seguro porque nuestras armas no pueden dañarlo. Parece que este es el fin. ¡Espera, la plata! Los espectros son no vivos y la plata es protectora de los seres del mal. — ¡Elion, lánzale la daga!— grito a mi compañero. El medio elfo agarra el puñal y lo arroja con todas sus fuerzas. El arma impacta contra el torso, y se clava en su corazón. Un estruendo tenebroso emana del ser, que se desvanece en una negra nube, dejando caer sus brillantes ojos en el suelo. Suena el crujido continuado de las puertas que se vuelven a abrir y el candil se enciende solo. — ¡Buen tiro, Elion!— exclama Haleth. Todos nos acercamos a felicitarle. — ¿Y ahora qué?— pregunta Shiroge. 125 Me agacho a recoger los ojos del espectro y los observo con atención, se trata de dos esferas brillantes. Su tamaño me concuerda con los dos orificios de la puerta negra. — ¡Creo que estas son las llaves de la puerta!— comento al resto. — Vayamos a comprobarlo— propone Elion. Volvemos al pasillo de la derecha, esta vez con más brío, avanzamos por él hasta la puerta. Cojo una de las dos esferas y la introduzco en uno de los agujeros, encaja perfectamente y repito la operación con el otro. Alzo la manilla, el mecanismo se activa y se abre la puerta. Del otro lado hay una pequeña sala con una mesita sobre la que reposa un cofre. En la pared de la derecha hay un armario. Shiroge y yo vamos al cofre y los primos al armario. Me fijo bien en el ornamentado cofre revestido de madera blanca y con los bordes de plata, que en sí es un objeto de valor. Compruebo que no haya ninguna trampa, no quiero sustos de última hora. Tras percatarme que está todo en orden, lo abro. En su interior hay un puñado de monedas, de oro y de plata, además de algunas joyas: un collar de perlas, un anillo de plata con una esmeralda, otro de oro y un juego de pendientes de plata con rubíes. Además, hay otros dos anillos que parecen de menos valor, tienen una piedra blanca engarzada y unos símbolos grabados. Lo recojo todo y me pongo con Shiroge a contar las monedas. — Mirad lo que hay aquí— avisa Haleth con una gran sonrisa. Dentro del armario hay toda una colección de armas: un carcaj con flechas, una lanza, una espada, un mandoble y unas muñequeras de escamas para el combate sin armas. Tanto las hojas de las espadas, como las puntas de las flechas, como las escamas de las muñequeras y el asta de 126 la lanza, son de un color oscuro metálico, con un reflejo azulado, parecido al de las piedras obsidianas. Parecen de gran calidad, obra de un gran maestro armero. — En total, contando las veinticuatro monedas de plata del pirata muerto, el botín ha sido de trece monedas de oro y treinta y siete de plata, habrá que tasar las joyas— doy los datos a la compañía. — Las armas repartámoslas. Shiroge que se quede con el mandoble, Elion, las flechas y la espada, Mirmi con la lanza, y yo haré buen uso de las muñequeras— propone Haleth. Yo reparto tres monedas de oro a cada compañero, cogiendo tres para mí y dejo el resto en el fondo común, junto a las joyas. Una vez hecho el reparto, llega el momento de volver. Salimos de la pirámide, por la casa vacía y vemos que empieza a anochecer. Recorremos a toda prisa el sendero, hasta la playa del embarcadero en ruinas. Al llegar miro en dirección a la isla del garfio. Veo una barcaza que, justo en este momento, está a escasos metros del vértice de la playa a no más de doscientos metros de nosotros, se dirige, bajo las últimas luces del día a dar el relevo de la guardia. — ¡Maldita sea, si llegan a la isla darán la voz de alarma y estaremos perdidos!— señalo a mis compañeros con desesperación. — ¡Vamos, Elion!— Haleth sale a correr por la playa a una velocidad endiablada, Elion le sigue. Shiroge y yo corremos tras ellos. Al llegar al espigón, la Dalma da un gran salto acrobático entre las piedras del borde del acantilado. Elion se detiene y carga una flecha. El disparo del arquero pasa muy cerca del cuerpo de nuestra compañera e impacta en el remero. 127 A la vez, Haleth apoya sus pies en el vértice de la barca y da un salto hacia el otro pirata, que se está levantando. Le propina un rodillazo en la nariz y cae por la borda. Agarra su katana y atraviesa el pecho del herido. Seguidamente echa el cuerpo al mar y toma los remos. Esperamos en el espigón la llegada de nuestra compañera, que aparece mostrando en su bonita cara una sonrisa de satisfacción. Con cuidado subimos a bordo de la barcaza y Shiroge toma los remos. Se hace de noche en el trayecto, pero el eledín es capaz de mantener perfectamente la dirección y llegamos al pie del acantilado. Por el camino hemos venido trazando un plan. Queda toda la noche hasta que podamos partir, y los piratas esperan en breve el regreso de los relevados. Si no vuelven enviarán a alguien a investigar y estaremos perdidos. El joven pirata que dejamos maniatado, quizás acepte un trato, no creo que ésta sea su profesión… menos después de un día como hoy. Vamos a intentar convencerle para que regrese solo y diga que su compañero ha huido y que le ha visto subir a la barca con alguien, cerca del embarcadero en ruinas. Mañana se enrolará en uno de los barcos, que parten antes del alba a Estrian, desde donde podrá desertar siendo rico y libre. Eso nos daría tiempo a escapar antes de que llegue el siguiente relevo y se den cuenta que no hay nadie en el puesto. Bajamos de la barca y subimos la escalinata hasta el sendero. Llegamos a la caseta, el joven sigue allí, con la cabeza baja, pero consciente. Se ha meado encima y huele un poco mal, pero no parece en mal estado. Le desato y le ofrezco agua. — Siento haberte dejado aquí así, pero como comprenderás, tenemos que tomar precauciones— empiezo suavizando la situación—. Lo cierto es que no 128 tenemos nada en contra tuya. De hecho, queremos ayudarte. — ¿Ayudarme cómo?— pregunta el joven pirata. — Shiroge, ¿te queda algo que dar de comer al chico?— pregunto al grandullón porque sé que, desde la noche que fuimos a Riga, siempre guarda algo de comer. Le veo dar bocados de vez en cuando. — Algo queda, espera— Abre su zurrón y saca un bollo de pan y un poco de arenque ahumado del almuerzo de ayer y se lo pone al chico sobre la mesa. Empieza a comer mientras le voy relatando el plan… — Te podemos dar veinte monedas de plata, además de este collar de perlas y estos pendientes. ¿Aceptas?— ofrezco al muchacho tras la explicación. — Me parece bien, acepto. Cogeré la barca y les diré que mi compañero huyó con otro hombre al que recogió en las ruinas y que escaparon hacia el sur— repite el joven pirata para hacernos ver que lo ha comprendido. — ¡Si faltas a tu palabra, te juro que te buscaré, te encontraré y con mis propias manos te retorceré la espalda hasta que la parta como una vara de caña!— le dice Shiroge con tono amenazante. — Popopodéis conconconfiar en mí— Al chico le tiembla el habla. — Pero eso no va a tener que pasar, el plan funcionará a la perfección y todos saldremos ganando— doy ánimos para quitarle presión. — Es tarde, debemos volver, seguro que el capitán Monier estará esperándonos— nos recuerda Haleth. Nos despedimos del muchacho en la roca en la que nos topamos con el sendero. Él continúa bajando hacia la barca, nosotros nos adentramos entre la vegetación. Una hora más tarde arribamos a la playa, donde sigue 129 encallado El Incansable. Al acercarnos, Dartin, que está de guardia, nos detecta. — Alabado sea Túlmar. Habéis vuelto— saluda por la barandilla— ¡Capitán, están de regreso!— grita hacia la cubierta. Subimos la escalinata y al llegar está allí ya Monier. — Me alegra veros de vuelta, me teníais preocupado— nos saluda dando la mano—. Vayamos al camarote, contadme qué ha ocurrido— Se gira y le acompañamos. Una vez allí le damos los detalles relativos a la misión, sin especificar los tesoros obtenidos, si bien el capitán es un hombre agudo y observador, seguro que ya se ha percatado de nuestras nuevas armas. — Lo mejor es partir lo antes posible, aunque el joven pirata cumpla con su palabra, no significa que no puedan mandar a alguien, o que le saquen la verdad— razona el capitán—. Vayamos a revisar el estado del alquitrán. En cuanto sea posible, usaremos unos troncos que tenemos preparados y haremos rodar el navío para ponerlo a flote— Monier se levanta, coge un candil y se dirige hacia la puerta. Nosotros le seguimos. Le ayudamos alumbrando con el candil, mientras él va comprobando con sus dedos el estado de la superficie. — Creo que aguantará— comunica el capitán una vez lo ha revisado todo meticulosamente—. Dartin, avisa al resto de la tripulación, zarpamos— ordena al joven marino. En el tiempo que salen los demás, hemos colocado los troncos debajo del barco, entre las calzas. Entre todos sujetamos para estabilizarlo una vez quitamos los soportes. Shiroge, que está en la proa, da un fuerte empujón que hace que el barco recule, rodando sobre los troncos hasta el agua. Parece que se mantiene a flote. 130 Rápidamente nos lanzamos a la escalinata y subimos de nuevo a bordo. — ¡Todos a sus puestos!— ordena el capitán a la vez que se dirige al timón. Los Dalmas nos quedamos en cubierta. Con gran habilidad y de manera muy estudiada, Monier consigue hacer reptar a El Incansable entre las aguas bajas junto a la isla y salir al mar abierto por el estrecho. Parece que lo hemos logrado. El contramaestre toma las riendas del timón. — Ya podemos ir a descansar, iremos directamente al Faro de Confín— informa el capitán—. Tenemos una larga jornada de navegación por delante. Todos asentimos y agotados, nos vamos a nuestros camarotes. 131 5 Los peligros del mar. La luz del sol entra con fuerza por el pequeño portillo del camarote. Parece que el cielo está despejado y el mar en calma. La mañana está bien avanzada, mi estómago está vacío y aprieta el hambre. Miro a mi alrededor y Shiroge no está en su cama. Me visto y salgo de la habitación. — Mmmmnnnn— Al pasar por la sala de la escalinata, escucho un débil quejido salir de la puerta de los primos. Lo cierto es que entre el estrés de la huida apresurada de las islas y la buena cara del medio elfo en todo momento… anoche se me pasó echarle un vistazo a la herida, que el aguijón de la gigantesca araña había infligido en el muslo de mi compañero. — Toc, toc— llamo a la puerta. — Adelante— la voz de Elion suena del otro lado. En el interior, veo al compañero sobre la cama con el torso apoyado en la pared, recostado sobre el almohadón. — ¿Qué tal te encuentras?— le pregunto a mi amigo. — Estoy bien Mirmi, pero la herida duele bastante— contesta—. ¿no tendrás un poco más de ese brebaje, verdad? — Me queda una dosis más, te daré media ahora, y vemos qué tal vas— Saco el pequeño frasco de mi mochila y sirvo la mitad en un vaso—. Bébetelo, voy a revisar tu pierna. Desenvuelvo el vendaje de su muslo poco a poco, una mancha roja tiñe las telas justo en el corte. La carne circundante tiene buen color y los puntos aguantan. Al forzar la marcha libre de dolor ha perdido algo de sangre, 132 pero parece que todo está en su sitio. Lavo con cuidado la zona, aplico algo de ungüento en la cicatriz. Le pongo de nuevo un vendaje limpio y algo más suelto. — Hoy pasa todo el día descansando, solo reposo. Luego te traeremos comida— le indico al herido. — Está bien amigo, me haré caso de ti— me contesta con una ligera sonrisa. Dejo al paciente descansar y subo a la cubierta. El día está totalmente despejado y luce un potente sol. Por su posición deduzco que ya es media mañana. El clima es cálido pero corre una agradable brisa, que arquea las lonas de las velas e impulsa a buen ritmo al Incansable. Veo al eledín en la cubierta de proa. Haleth habla con el capitán junto al timón. Dartin está en la cofa, mientras Martin ata unos cabos junto al mástil de la vela menor. — ¡Buenos días!— grito alzando la mano intentando saludar a todos. Me devuelven el gesto. Me dirijo a la proa a hablar con Shiroge. — ¿Qué tal amigo?— me dice el grandullón según llego. — Muy bien, he descansado genial— respondo—. ¡Pero estoy muerto de hambre! — Hay embutidos, queso, salmón ahumado y pan aquí debajo, en la bodega de proa— me indica el compañero. — Pues voy a comer algo— Le dedico una sonrisa, bajo la escalinata y me dirijo hacia allá. — ¡Barco a la vista, se dirige a nosotros por la popa!— Estoy terminando el desayuno cuando se oye la voz de Dartin desde la cofa. Salgo de la bodega y me dirijo hacia la popa, donde sigue mi compañera con Monier. Subo la escalinata y llego a la barandilla de la parte trasera del barco. A lo lejos, tras nosotros, se ve la figura de un barco. 133 El capitán saca un catalejo y lo coloca en su ojo. Observa unos segundos y comprueba la dirección del viento. Es un galeón de segunda clase, una embarcación pirata, sin duda— empieza explicándonos—. Es un barco de guerra pesado y poco maniobrable, pero muy veloz en alta mar, que puede dar cabida a más de treinta marinos— Vuelve a mirar mientras cuenta con los dedos de su otra mano—. Se aproximan a una velocidad de dos nudos, estamos a unas tres millas de ellos, eso nos da una ventaja de una hora y media, insuficiente para escapar a ningún sitio donde refugiarnos. Me parece que estamos perdidos, será mejor levantar la bandera blanca— concluye con pesadumbre el capitán. — Tendremos que pensar un plan. ¡No podemos darnos por vencidos!— digo infundiendo ánimos a Monier. Si lo que transportamos acabara en manos de Altamir, éste se lo entregaría a Torsen por un buen precio y acabaría en manos del malvado Ostírelin. — Vayamos a ver a Elion, a ver qué se le ocurre— propone Haleth a sabiendas de la excelente mente de estratega de su primo, que tan buenos resultados nos ha dado en el pasado. Nos reunimos todos en el camarote de los medio elfos y empezamos a debatir. Tras unos minutos de propuestas, llegamos a un acuerdo. — Mostraremos la bandera blanca y dejaremos que, confiados en su superioridad, se aproximen lo suficiente— resume Elion—. Yo estaré junto al timón, con mi artefacto explosivo. Cuando estén a la distancia suficiente la arrojaré hacia el mástil mayor. Los hermanos dispararán con sus arcos junto a mí y el resto defenderá la cubierta por si alguno consiguiera abordar. Darbas tomará los mandos del timón y girará repentinamente a Estribor. 134 Un breve silencio se hace en la habitación. — Adelante, hablemos con los demás y organicémoslo todo— apremia el capitán confirmando el plan. La figura del barco por el lado babor de la popa es mucho más palpable, se distingue con claridad. En lo alto del mástil mayor, la bandera negra con la calavera blanca sobre la que reposa un sombrero de tres puntas. Martin iza la bandera blanca. Todos estamos en nuestras posiciones, los jóvenes con sus arcos se ocultan en la escalinata. Todos los demás, contra la pared del camarote principal, salvo Elion, que finge llevar el timón, y Darbas, que está junto a él desarmado y con su brazo en alto. Me asomo con cuidado a la barandilla, junto a las escaleras. La punta del bajel pirata, que dobla casi en tamaño al Incansable, está muy cerca. — ¡Ahora!— grita Elion y veo volar el recipiente de cristal encendido. Impacta en la base del mástil. Los hermanos se levantan con sus arcos y descargan sus flechas y noto el brusco giro a estribor. Todos salimos a la cubierta. La maniobra ha funcionado, algunos piratas saltan por la borda encendidos en llamas, el mástil mayor está ardiendo y se desploma hacia la proa tras la explosión, aplastando a algunos más. Sin embargo, un grupo, como una decena, se balancean sobre cuerdas y consiguen abordar el barco antes de separarnos lo suficiente. Uno de ellos recibe un flechazo de mi amigo arquero y cae al mar en medio de la maniobra. Los hermanos sacan las armas para defenderse de dos de ellos que caen sobre la cubierta de la popa. Otros siete caen en la cubierta principal. 135 Lanzo una de mis viejas lanzas a uno de los atacantes, según apoya los pies junto a la barandilla. No le da tiempo a reaccionar, el fuerte golpe contra el pecho lo derriba de espaldas haciéndole caer por la borda. Otro menos. Shiroge se encara con dos cerca de las escaleras, un fuerte golpe de mandoble hace que uno se tambalee y queda aturdido. Haleth hace una maniobra y se coloca en el centro, junto al mástil mayor, y golpea a uno de los asaltantes que había roto la línea con una patada voladora. El adversario cae de espaldas contra la cubierta y pierde su arma. El capitán se enfrenta con su mosquete a otro de ellos, asestándole un profundo pinchazo en el abdomen, que le obliga a retroceder. Los piratas contraatacan. Uno de ellos me lanza un ataque con el sable, que logro desviar con mi escudo, mientras agarro mi nueva lanza. Otro propina un fuerte golpe contra el eledín, que es también es repelido por el escudo del grandullón. Uno más se dirige por el flanco hacia Haleth. Una flecha vuela desde la popa y se clava en el ojo del pirata que cae al suelo muerto. La cosa va bien y sube nuestro ánimo. El otro barco sigue en llamas, las velas del mástil mayor han propagado el fuego por toda la cubierta, los marinos se afanan en apagarlo mientras nos distanciamos más y más de ellos. Mientras, el combate continúa. Mi ataque es débil pero bien colocado. Hinco la punta en el hombro del escudo de mi adversario, y éste se cae, quedando desprotegido para un ataque franco. Haleth va en ayuda del capitán. Shiroge ha acabado con sus dos adversarios y se ha percatado que en la cubierta de popa los hermanos lo están pasando mal. Dartin ha recibido un golpe y yace junto a la barandilla. Darbas ha sacado un 136 hacha y hace lo que puede defendiendo los ataques de su agresor. Veo al grandullón subir las escaleras, después de clavar mi lanza en el corazón de mi enemigo, que cae con la mirada vacía. Haleth acaba con el rival del capitán con una fuerte patada giratoria. El eledín pilla por la espalda al contrincante del manco, con un fuerte golpe de arriba hacia abajo, parte la clavícula y clava el mandoble hasta la altura del pecho del pirata, que cae muerto en el acto. Martin termina con la vida del último de los asaltantes. Miro por la borda de babor, hacia la popa. El galeón queda atrás envuelto en llamas. Un segundo mástil se desploma, los supervivientes empiezan a abandonar el navío subidos en barcazas. — ¡Lo hemos conseguido!— grita Monier con satisfacción. — Dartin, ¿estás bien?— El hermano se agacha junto al herido que no da respuesta. Subo la escalinata para ver si hay algo que pueda hacer por él. El chico está inconsciente, pero con vida, tiene el pulso débil y la respiración un tanto alterada. Observo el fuerte golpe que ha recibido en la cabeza y que presenta una abultada inflamación. Tiene la zona enrojecida, pero no hay ningún corte. — Será mejor llevarlo al camarote, necesita descansar— le digo a Martin mientras le pongo una mano en el hombro. El joven asiente. Entre los dos lo bajamos a la bodega y lo depositamos con cuidado sobre su cama. — Vete a tus labores, hay que manejar este barco, yo me quedaré con él— ofrezco al marino. — Muchas gracias, señor Mirmaerín— El hermano rubio sale de la sala. Un par de horas después el chico recupera el conocimiento. 137 — ¿Qué ha pasado?— pregunta Dartin con voz débil. — ¡Hemos vencido!— Cierro mi libro y le contesto alzando el puño. El chico me devuelve una sonrisa y se gira para seguir descansando. Creo que saldrá de esta. Decido dejarlo descansar solo y subo a la cubierta. Haleth ha tomado el puesto en la cofa. Darbas está al timón y distingo al capitán a través de la ventana de su camarote. Martin se me acerca. No veo a Shiroge y Elion. — ¿Cómo está?— me pregunta enseguida por su hermano. — Está consciente, solo necesita descansar, se recuperará— le doy el parte, a lo que me responde con una sonrisa. — Gracias, señor— Expresa su agradecimiento sincero inclinando la cabeza. — ¿Has visto a los otros Dalmas?— le pregunto. — Están en la bodega de proa, han ido a comer— su contestación no me sorprende. Todo ha salido bien. Parece que vamos a conseguir llegar al faro, nos encontramos a poco más de cuatro horas de travesía y estamos milagrosamente todos sanos y salvos. Empieza a anochecer por proa cuando distingo a lo lejos una tenue luz suspendida sobre el mar. También se aprecia con dificultad la sombra de una estructura justo debajo. — ¡Faro a la vista!— grita Haleth desde la cofa. Al caer la noche, la luz se hace más patente. Tras treinta minutos de navegación, estamos lo suficientemente cerca para comprobar la magnitud de la construcción. Mide unos setenta metros de altura, más que la almenara de Estrian. Está rodeada por las luces de lo que parece una ciudad isleña. 138 Desde la parte noreste nace una línea de candiles, que iluminan una pasarela construida sobre rocas e islotes, hasta donde alcanza la vista y que, según tengo entendido, conecta con el litoral a unos treinta kilómetros. Se accede al puerto por la vertiente oeste de la gran isla, de unos diez kilómetros de diámetro, con forma redondeada y plana, ligeramente abombada por el centro, donde se erige el grandioso Faro del Confín. Tras las procedentes maniobras de atraque, en las que participa ayudando Shiroge, estacionamos El Incansable junto a una de las pasarelas del gran puerto. Desembarcamos los Dalmas, el capitán nos acompaña. Me percato de que está bastante vacío, apenas cinco embarcaciones de alta mar en un espacio en el que cabría fácilmente más del doble. Hay bastantes botes pesqueros del otro lado, cerca de donde se ubica otro acceso al puerto de menor tamaño. Enfrente del muelle hay una gran explanada, razonablemente concurrida, que da acceso a dos vías que salen en diagonal. El edificio del medio es una posada. Tanto en bóldor como en Élfico se lee “El Gran Faro”. Hay dos grupos de guardias apostados cerca de cada una de las avenidas. Visten ropas oscuras y cotas de malla, sobre los que lucen estandartes de fondo negro y una única estrella de doce afiladas puntas, imitando el brillo del faro y que creo recordar son conocidos como los Protectores del Faro. Nos dirigimos directamente a la posada. La sala es algo mayor que la del Hogar de Émet, pero mucho más lujosa. Seis grandes mesas de roble se extienden del lado izquierdo de la entrada, rodeadas por robustos sillones acolchados, hechos del mismo material. Tres de ellas están ocupadas. Miembros de una gran 139 tripulación de once marinos se divierten en la mesa de la esquina. Algunas mujeres ligeras de ropa, intentan despertar sus instintos carnales sentándose sobre sus rodillas y sonriéndoles con mirada seductora. Un poco más hacia el medio, cena un grupo de seis bahaluks, con aspecto de guerreros. En el fondo, contra la otra esquina, más allá de la chimenea, una patrulla de ocho guardias de igual indumentaria, charlan tranquilamente mientras beben cerveza. Hay nueve mesas más pequeñas en el lado de la derecha. Un capitán se sienta con dos acompañantes en una de ellas, cerca del principio de la barra. Un par de pescadores ocupan otra cerca de la entrada. En el medio, conversa un grupo de hombres bien vestidos, con aspecto de comerciantes. Junto a su mesa, contra la pared de la derecha, veo a tres tipos: dos medio elfos y un humano con aspecto de Dalmas, por su indumentaria. Al fondo de la barra, en la última mesa al lado de una puerta, se sienta un solitario hombre que fuma en una pipa frente a un vaso de cristal que contiene algún licor de color oscuro. Nos sentamos en una de las primeras mesas pequeñas, una joven tabernera se apresura a servirnos. — Buenas, capitán Monier. Buenas noches, señores. Sean bienvenidos a la taberna El Gran fFaro. ¿Qué les puedo servir?— nos pregunta la bonita muchacha al llegar a nuestra mesa. — Pónganos cuatro jarras de cerveza y una garrafa de agua— contesto sabiendo los gustos de mis acompañantes—. ¿Verdad, capitán? — Por favor— responde escueta y elegantemente. — Por lo que se ve no es la primera vez que viene por aquí— le dejo caer a Monier. 140 — Claro que no, he visitado este faro decenas de veces— Me mira esperando otra pregunta. — Me gustaría saber si conoce de algún tasador en la isla— Quiero reconocer algunos objetos que recogimos durante nuestra aventura por la Isla Mayor. — Este lugar es famoso por la gran cantidad de negocios que se hacen— contesta dando un rodeo—. Por supuesto que habrá tasadores, pero por desgracia no conozco personalmente a ninguno. No sé si te has fijado en los tres en la mesa del centro, yo diría que son comerciantes y de la zona. Empieza preguntándoles a ellos— aconseja. — ¡Es usted un relaciones públicas, capitán!— bromeo—. Me acercaré a echar un vistazo— anuncio en el momento en que llega la camarera con las bebidas. — ¡Espera, Mirmi! pidamos la cena y te acompaño— Me llama la atención Shiroge, asiento y agarro mi cerveza. — ¿Qué tienen de cena, señorita?— pregunta Elion con una sonrisilla. — Salmón al horno con verduras hervidas es el plato del día— le responde mirándole fijamente. La tabernera está visiblemente sonrojada. — ¿No tenéis nada de carne?— rompe la magia del momento Shiroge, creo que está cansado de comer pescado. — Podemos prepararles pollo asado con patatas al horno, señor— le contesta la muchacha cambiando el semblante a uno más serio. — ¡Yo tomaré pollo!— responde el grandullón. Nos saca a todos una sonrisa. Los demás elegimos el plato del día. Veo como antes de marcharse, la joven mira al guapo medio elfo y éste le responde guiñándole un ojo con sonrisa traviesa. La chica se sonroja de nuevo, sonríe y se aleja. 141 Termino con mi cerveza, forzando un poco para ir a la par del eledín, después nos levantamos y nos dirigimos al medio de las pequeñas mesas. Los tres hombres beben vino espumoso. Es fácil percatarse de que son gente adinerada, lucen camisas de seda y botines brillantes, llevan el pelo bien cuidado, además portan anillos y colgantes relucientes. — Buenas noches, señores. No pretendo molestarles, mi nombre es Mirmaerín y este es mi compañero Shiroge— empiezo esta vez presentándome—. Necesito encontrar un tasador, a ser posible esta noche, para valorar unos objetos que hemos adquirido. — Buenas noches, señor Mirmaerín— empieza hablando el de apariencia más joven, de pelo moreno. Yo diría que todos están entre los treinta y los cuarenta años—. Yo soy comerciante y me llamo Píndal. ¿Qué clase de objetos desean ustedes tasar? — Unas joyas, en concreto cuatro anillos— le contesto. — Dalwin es el especialista en bisutería— señala al hombre de al lado, de pelo castaño poblado de canas y barba perfilada. — Encantado, señores— nos habla el otro comerciante—. ¿Puedo ver el material? Miro hacia los lados antes de meter la mano en el morral, además de los objetos y las monedas del fondo común, la Luz de Rosa está guardada en su interior. Veo que los tres Dalmas de la esquina nos miran con cierto detenimiento. — La verdad, tengo la sospecha de que puedan tratarse de objetos de relevante valor y preferiría mostrárselos en un entorno más privado— le hago saber a Dalwin. — Lo entiendo, acompañadme— contesta y se levanta de la silla. 142 Hago un gesto a Haleth, me percato enseguida que está muy atenta a lo que sucede. Elion está distraído, mirando a la camarera y flirteando. Seguimos al comerciante hasta el fondo de la barra, donde se sienta el hombre solitario. — Buenas noches, Dartán— saluda el comerciante—. Necesito usar una de las habitaciones privadas. — No hay problema Dalwin, ya conoces la tarifa, una moneda de cobre por hora— le responde. El hombre asiente y avanza hasta la puerta junto a la barra, tras de ella llegamos a un pasillo que se abre a la derecha hasta una ventana. Hay tres puertas a la izquierda del pasillo. El comerciante abre la primera. —Pasad— nos ofrece con un gesto de su mano. En el interior hay una mesa y cuatro sillas y nos sentamos. Ahora sí, meto la mano en el morral y extraigo de él los cuatro anillos y los dispongo frente al comerciante sobre la mesa. — Sin duda has hecho bien en no mostrarlos a la ligera— dice el tasador—. Éste es un anillo de oro normal, deberá valer su peso, alrededor de una moneda de oro. El hombre saca una pequeña balanza y pesa el objeto. — Una de oro y dos de plata para ser más exacto— contrasta. Luego agarra el de plata con la esmeralda—. Este otro, es un anillo de mago. A lo largo del día, acumula la energía suficiente para lanzar un hechizo sin necesidad de gastar su reserva interior. Los hechiceros lo llaman coloquialmente sumador de hechizos. Su valor en el mercado es de cuatro monedas de oro. — Respecto a estos dos— continúa mientras coge uno de los de aparente menor valor— son objetos muy especiales, están hechos de un acero mágico que enfoca la energía del portador. Por la inscripción se reconoce que estos mejoran la capacidad ofensiva y las habilidades de lucha. 143 Estos tienen piedras blancas, pero los hay de distintos colores en función de su poder. Los que más energía otorgan son los que contienen una piedra de color negro, luego los de piedra roja, siendo los de la piedra blanca los de menor rango— sigue explicando—, aún así, son objetos difíciles de encontrar, y de gran valor. Estimo que al menos seis monedas de oro cada uno. Vaya, serían diecisiete monedas de oro en total, menuda fortuna. Da para comprar una mansión en el centro de Gáldoras. Miro a mi compañero que me devuelve la mirada sin nada que decir. — Muchas gracias, señor Dalwin. ¿Qué le doy por las molestias?— Evidentemente el trabajo no va a salir gratis. — Una moneda de cobre por la habitación y otras seis para invitar una ronda a mis compañeros y estaremos en paz— responde el comerciante—. Si deseáis vender alguno, yo estoy dispuesto a pagar el valor de la tasación menos un diez por ciento que es mi margen de venta— añade mientras le hago entrega de una moneda de bronce. — Está bien así— ofrezco sin esperar que me dé el cambio. Nos despedimos y volvemos a la mesa. Acaban de servirnos la comida y Shiroge se apresura a su asiento para empezar a cenar. — ¿Todo en orden?— pregunta Monier mientras corta un trozo del pescado. — Todo bien, ya he obtenido la respuesta que buscaba— A pesar de que me cae muy bien no le digo nada más, prefiero hablarlo a solas con mis compañeros. — ¿Sabes quién más ha obtenido la respuesta que buscaba?— pregunta el arquero de manera retórica— ¡Yo! En una hora, Marsi, como se llama la tabernera, termina de 144 trabajar. Dice que vive aquí al lado— cuenta con una sonrisa y guiñando un ojo. — Sin duda Elion, eres un auténtico ligón— señala el capitán devolviéndole la sonrisa. — Ten cuidado, primo. No olvides que aun estando lejos de Estrian hay una enorme suma ofrecida por nuestras cabezas— le recuerda Haleth. — Todo controlado— le responde el “primo” con seguridad. Después de la cena, el capitán se despide, quiere pagar, pero por supuesto no se lo permito, gesto que agradece antes de salir de la posada. Una vez estamos solos, comento a los medio elfos el resultado de la tasación. — El anillo de mago no nos sirve para nada— opina Haleth—. Los otros deberíamos repartirlos. — Pero, ¿cómo? Son solo dos anillos y nosotros somos cuatro— subraya el eledín la evidencia. — Lo echaremos a suertes, los ganadores entregarán a los perdedores, como compensación, las tres monedas de oro ya repartidas— propone Haleth—. Seguro que en este lugar disponen de dados. Haleth se levanta y va a la barra, le dice algo a Marsi, que asiente. La muchacha mira bajo la barra y le hace entrega de algo. La compañera vuelve y al llegar nos enseña un par de dados de diez caras, uno rojo y otro azul. — Los que saquen el número más alto se quedan los anillos, el rojo es el de las decenas— explica la guerrera—. ¿Quién empieza? — Yo mismo— Coge los dados Elion y los lanza—. Cuarenta y dos— Hace un gesto manifestando que no está muy contento. — Ahora me toca tirar a mí— dice Haleth y los arroja—. ¡Setenta y siete!— exclama sabiendo que eso le da muchas opciones de ganar un anillo. 145 Shiroge recoge los dados y sin decir nada los tira sacando un diecinueve. Es mi turno. Meneo los dados entre mis manos y los soplo para cargarlos de la energía de Aunas, Ersan del viento. — ¡Noventa y dos!— exclamo, quizás de una manera un poco excesiva, mientras levanto el puño. Realizamos los pagos y nos ponemos los anillos. — Voy a vender el resto y a pagar la cuenta— Advierto a los demás. — Yo me voy al Incansable, que estoy cansado— No sé si a propósito, el eledín hace un juego de palabras. — Yo voy a esperar a Marsi, está dejando el mandil. ¡No me esperéis despiertos!— informa el medio elfo con semblante sonriente. — Yo te acompaño, Mirmi— se ofrece Haleth—. Es muy pronto para irnos al barco a dormir. Asiento y me levanto, mi compañera me sigue mientras Shiroge abandona la posada y Elion se queda sentado en la puerta. Llegamos a los comerciantes y le ofrezco a Dalwin los dos anillos susurrándole al oído. — Volvamos a la sala— me dice. — ¿Conoce usted de algo a los tres de la esquina?— una vez en el pasillo Haleth interroga al comerciante. — La verdad es que no. Parecen Dalmas, han llegado hoy al Faro, poco antes que vosotros— contesta con amabilidad el hombre. Rápidamente cerramos el trato y salimos al comedor. Vemos a Elion decirle algo al oído a la muchacha que sonríe. — Los tres Dalmas no están— señala Haleth—. ¡Esto me huele mal!— Echa a correr hacia la puerta. Yo la persigo no muy convencido y salimos a la plataforma. A lo lejos distinguimos la enorme figura de Shiroge, 146 avanzando por la oscura pasarela. Muy cerca de él a su espalda, los tres Dalmas le acechan. Uno de ellos saca un arco y lo carga. — ¡Cuidado, Shiroge!— grita la medio elfa con potente voz. El eledín se gira, pero aunque logra reaccionar, no puede evitar recibir el ataque y la flecha se clava en su cadera. Haleth y yo corremos en ayuda de nuestro compañero. Veo pasar una flecha por encima de mi cabeza. Es Elion, al vernos correr habrá salido tras nosotros. El disparo de nuestro compañero impacta en la espalda de uno de los otros dos Dalmas, que lanzan su ataque contra el eledín, y cae de bruces. A pesar de estar herido, el grandullón repele el ataque del otro. La guerrera se abalanza contra el arquero humano, cuando éste trata de recargar su arco. Una gran combinación de golpes, primero con la palma de la mano, impacta en su nuez, seguido de una patada giratoria que golpea la cabeza del adversario dejándolo inconsciente en el acto. No me da tiempo a llegar, cuando Shiroge lanza un ataque feroz y lleno de rabia contra el medio elfo que queda, golpeándole en la ingle y destruyendo varios órganos vitales. El adversario cae al suelo y muere. Registramos los cuerpos, además de doce monedas de plata, encontramos una nota. “ RECOMPENSA Se ofrecen quince monedas de oro por capturar a cualquiera de estos individuos vivos o muertos: Mirmaerín: Varón humano de treinta años, calvo con ojos marrones, ciento noventa y seis centímetros. Usa lanzas. Elion Váltor: Varón medio elfo de veinticinco años, con pelo rubio y ojos azules brillantes, dos metros y ocho centímetros de altura y complexión normal. Arquero. 147 Haleth: Mujer medio elfa de veinticuatro años, con melena larga y gris y ojos verdes, de complexión enorme y dos metros doce centímetros de altura. Experta en artes marciales. Shiroge: Varón Eledín de veintiocho años, pelo negro y ojos azules, dos metros veintitrés centímetros de altura, de enorme musculatura y fuerza inusual. Son extremadamente peligrosos.” Una patrulla de protectores del Faro se acerca al trote, liderada por un hombre de mayor rango. — Hemos visto lo que ha ocurrido, ¿hay alguno vivo?— nos pregunta el oficial uniformado. — Éste respira— aprecia Haleth señalando al Dalma humano que está inconsciente—, pero creo que va a dormir un buen rato. — Está bien, nos lo llevaremos para interrogarle cuando se recupere— informa el guardia al frente—. Nosotros nos encargaremos de los cuerpos. No os preocupéis, lo he visto todo, figurará en mi informe que fueron ellos los que atacaron al eledín. Pero tendréis que pagar una tasa. Con dos monedas de plata es suficiente. Menudo robo, pero dada la situación lo mejor es dejarlo correr. Alargo la mano hacia el morral, tomo las piezas y se las entrego. — Limpiadlo todo, yo iré a redactar el informe— ordena a sus hombres el oficial mientras se gira. Miro la herida de Shiroge, la flecha ha impactado en el cinturón y no ha penetrado demasiado, le pongo algo de ungüento. Los guardias despejan los cuerpos de los medio elfos de la pasarela arrastrándolos. Con cuidado ponen al humano sobre una camilla, mientras su jefe se dirige hacia la posada. En la puerta está Marsi, la joven tabernera, observando la escena. 148 — Dadas las circunstancias lo mejor es que volvamos todos al barco— aconseja Haleth mirando hacia la posada. — Voy a hablar con ella— asiente Elion con gesto serio—. Será mejor cancelar la cita. El arquero se apresura hacia la chica mientras nosotros esperamos. Al llegar junto a ella le dice algo y ella señala hacia el otro lado del puerto, hacia unas casas. Él asiente, la abraza, la besa en los labios mientras sujeta sus mejillas y vuelve mostrando una sonrisilla. — Cambio de planes, la chica vive en aquella casita de allí— dice señalando un grupo de viviendas del otro lado del muelle—. Se ve desde el barco, bastará con decirle a Dartin que vigile desde la cofa, le he dicho que no dispongo de mucho tiempo. ¡Se ve que la acción la ha excitado!— Se alarga su sonrisa y nos reímos todos. — Está bien, Elion— asiente Haleth con una sonrisa de complicidad—. ¡Pero ten cuidado! Hace bien en advertirle, lo cierto es que si el oficial hubiera visto la carta de recompensa, dudo mucho que la cuestión se hubiera quedado en un par de monedas de plata. Sin duda, una recompensa de tal cuantía, solo por uno de nosotros, es suficiente para desatar la codicia de demasiados habitantes del reino. Esperemos no haya más cazarrecompensas tan cerca de nosotros. No muy conforme, me quedo en la cubierta de proa, vigilando el romance de mi compañero. Justo al llegar a la posición, les veo entrar en una pequeña casa casi al final del muelle. La joven me da confianza, se ve que lleva tiempo trabajando como tabernera, incluso sabía el nombre del capitán. De haber algún peligro, vendrá desde fuera de la morada. Tras una hora, en la que he estado terminando de echar cuentas sobre el fondo común, veo a Elion salir de la 149 vivienda. Percibo con detalle los alrededores, apenas una pareja de pescadores que vi cenando previamente en la posada, abandonan el lugar en dirección al medio elfo. Por si acaso, agarro mi lanza y me preparo para una posible carrera. Se cruzan sin incidencias, más allá de un leve saludo con la mano. Elion llega a la pasarela, no hay ningún peligro. Tras unos instantes, sube a bordo con cara de satisfacción. — Me voy a dormir, estoy destrozado— comenta con una sonrisa mientras me guiña el ojo. Yo bajo tras él. — ¡Espera, Elion!— le llamo la atención—. ¿Y tu pierna? — Me duele un poco, pero aguanta. Guarda lo que queda de brebaje, esta noche no tendré problemas para dormir— me contesta mientras abre la escotilla. Entro en la habitación, Shiroge está dormido. Intento no hacer ruido y me voy a la cama. Hoy ha sido una jornada muy peligrosa, dedico mis oraciones a Mahara, Ersan de la vida. Espero que nos ayude para que el camino de aquí hasta Íshar sea más propicio. Despierto y abro los ojos, siento el suave balanceo del barco, hay bastante claridad. Shiroge ha madrugado hoy también y me encuentro solo en el camarote. Me visto y salgo hacia la cubierta. Veo a los marinos en sus puestos, incluido Dartin, que parece recuperado y organiza las sogas y los aparejos del mástil menor. Me percato del eledín a través de la puerta entreabierta, en la bodega de proa. Me acerco hacia allá. Dentro de la cámara, además de Shiroge están los primos, todos desayunando. — Buenos días, chicos— saludo al entrar. — Buenos días— todos contestan y siguen comiendo. — ¿Qué tal va esa pierna?— pregunto a Elion. 150 — Está mucho mejor, parece que ya no sangra, solo siento un ligero dolor al apoyarla, pero nada que no pueda soportar— responde el resistente medio elfo. — Si quieres luego le echo un ojo y le aplico un poco más de ungüento— le ofrezco. — Claro, siéntate a desayunar y después te pones con ello. — Me acerca una silla. — No voy a desayunar ahora, la verdad estoy algo indispuesto— rechazo la oferta—. Voy a ir a ver a Monier. Quiero saber qué nos queda por delante. Salgo de la bodega y me dirijo al camarote principal. A través del ventanal junto a la puerta, percibo la figura del capitán, inclinado encima de su mesa. — Toc, toc— Llamo a la puerta. — Adelante— contesta con voz firme. — Buenos días, señor Monier— Entro en la sala mientras saludo—. ¿Qué tal ha descansado? — Me costó un poco pegar ojo, después de tantas emociones vividas durante la travesía, pero después he dormido como un bebé sobre el pecho de su madre— contesta con buena cara. — Quería preguntarle por el resto del itinerario, ¿qué peligros nos aguardan dirección norte?— pregunto sin rodeos. — A ver, esta noche llegaremos, si se mantienen las condiciones, probablemente al anochecer, al apeadero de Firel— comienza relatando Monier a la vez que va señalando en el mapa—. Es un viejo amigo totalmente de fiar, ofrece su embarcadero a viajeros y comerciantes conocidos, además de alojamiento. Mañana seguiremos rumbo norte y cruzaremos la peligrosa Fosa del Fin del Mundo. En toda esta parte del océano, ese lugar es donde se reportan más ataques de serpientes de mar, como la 151 que arrancó el brazo al bueno de Darbas— Muestra en su gesto preocupación y me mira a los ojos—. Durante este día, no quiero veros a ninguno de vosotros aparecer por la cubierta. ¡Y es una orden, no una petición!— Vuelve a agachar la mirada y bajar el tono—. Donde termina la fosa hay una bonita bahía de arena fina llamada Rocablanca. Justo aquí, muy cerca del sanatorio de Bárbal, junto al lago de Durglaak. Soltaremos anclas en sus tranquilas aguas y al día siguiente, por la tarde, llegaremos al templo de Túlmar. Haremos la ofrenda y dormiremos en la posada La Brújula y Las Estrellas. Desde allí, hay una jornada tranquila hasta Íshar. — ¿Cree que es probable que nos ataque uno de esos monstruos, capitán?— Ha conseguido infundirme temor. — Yo he cruzado ese estrecho media docena de veces en mi trayectoria como capitán, y jamás he sido atacado, pero sé de otros que no corrieron tanta suerte— responde intentando quitar hierro—. Lo importante es que todos sepamos qué hacer y todo saldrá bien. — Gracias por la información. Estamos en sus manos, capitán— Agradezco a Monier. Regreso a la bodega de proa y me pongo a mis labores de enfermería, mientras les cuento a mis compañeros la situación. No les ha gustado saber que corremos riesgo de ser atacados por esos monstruos, pero menos aún, el que el capitán haya ordenado pasar todo el día en el camarote. La jornada transcurre tranquila. El azul del cielo empieza a teñirse de un color más oscuro hacia el este, mientras el sol deja sus últimos rayos caer sobre las olas a estribor, envuelto en un colorido cielo de tonos anaranjados y rojizos. — ¡Apeadero de Firel a la vista, mi capitán!— Dartin grita desde la cofa mientras señala al noreste. Se aprecia a lo 152 lejos, en el escarpado litoral, una pequeña entrada de mar con unas edificaciones. Al acercarnos, pasados quince minutos, se ve el embarcadero, solo hay una barca y un pequeño velero amarrados. Tras la maniobra descendemos todos, salvo el contramaestre, que hará guardia para que los hermanos puedan pisar un poco tierra firme. De frente a la pasarela hay un gran caserón, sin letrero, con el portón abierto de par en par. Vamos tras Monier, que se dirige a él. En el interior hay una sala con una gran mesa alargada y rectangular, acompañada por dos banquetas que ocupan todo el lateral a cada lado de la misma. En el vértice, del otro lado, hay dos hombres bebiendo cerveza. Tras ellos hay una pequeña barra y detrás un señor mayor, de unos sesenta años, que saluda sonriendo con la mano en alto, gesto que repite el capitán mientras avanza junto a la mesa hacia él. Al llegar se dan la mano. — Vaya, pero si es el capitán Monier. Hacía un par de años que no te veía, viejo amigo— le dice cariñosamente con una sonrisa, delatando su cercana relación. — Firel, viejo zorro de mar, desde que no navegas, las sirenas están más tristes— le responde el capitán. — Y las furcias más tranquilas, jeje— contesta sin mucho pudor el tabernero—. ¿Qué te trae por estas aguas? — Transporto a estos viajeros a Íshar— Nos señala el capitán—. Estos son Haleth, Shiroge, Elion Váltor y Mirmaerín. Los dos jóvenes de detrás son Martin y Dartin, dos grumetes a los que he convertido en un par de buenos marinos de segunda— nos presenta a todos. — ¡Bienvenidos! Si venís a casa de Firel con Monier, venís a vuestra casa— reconoce con tono amable el anfitrión—. Pero sentaos, seguro que estáis hambrientos. ¡Lilia, mira quién ha venido!— grita hacia el fondo. 153 Una chica entra en el comedor por la puerta junto a la barra. Es una muchacha de menos de veinte años con la cara llena de pecas y con pelo rubio largo y ondulado, que al ver al capitán corre hacia él. — ¡Tío Monier!— La chica abraza al veterano navegante que la envuelve entre sus brazos—. ¡Qué alegría de verte! Tras un afectuoso momento de reencuentro, nos sentamos en la mesa. La propia Lilia se encarga de atendernos. — ¿Qué desean tomar los señores?— pregunta la joven con una sonrisa—. Supongo que sigues sin beber, ¿verdad, tío Monier?— El capitán asiente. Los hermanos nos acompañan y piden también cervezas. Durante la cena, compuesta de un excelente guiso de cordero y rábanos asados, brota un ambiente familiar. Una vez nos quedamos solos en la sala, Firel cierra la puerta y nos sentamos todos a la mesa. Se cuentan viejas historias del mar, nos reímos con las chanzas del pasado y disfrutamos de una soberbia velada hasta altas horas de la madrugada. El anfitrión insiste en que ocupemos la cómoda barraca con seis camas. Un tanto ebrios todos, especialmente Dartin y Martin, que no suelen beber. No sabemos decir que no. El capitán es el único que regresa al barco, dará el relevo a Darbas. — Kikirikiiiii— Suena un gallo del otro lado de la ventana de la barraca. Los primeros rayos de sol se otean a través de la ventana. Me levanto y miro a mi alrededor, el resto de mis compañeros empiezan también a alzarse, sólo los dos hermanos siguen profundamente dormidos. — ¡Arriba, dormilones!— Haleth empuja con la vaina de su espada a los dos hermanos que duermen cerca de ella. — Eh, buenos días— saluda Dartin con voz rota. Su hermano alza la cabeza también. 154 — No voy a volver a beber— se queja Martin con la cara pálida y el gesto torcido. Finalmente se incorporan y se sientan en el lateral de la cama con la cabeza agachada. — Espabilaos, salid al pozo y lavaros la cara— aconseja Shiroge—. Si el capitán os ve con esas pintas no le va a gustar nada. Los jóvenes asienten, se ponen en pie y salen de la sala. Los demás nos vestimos y nos dirigimos al comedor. Lilia está despierta y tiene muy buena cara. Termina de recoger todo lo que se quedó por el medio en la noche anterior. — Buenos días, amigos— nos saluda al percatarse de nuestra llegada. — Buenos días, Lilia. ¿Servís desayuno?— pregunta el hambriento eledín. — Por supuesto, sentaos, ahora mismo os sirvo leche de cabra, pan y embutidos para desayunar— contesta la joven con amabilidad. En lo que tarda en servir el desayuno llegan los marinos, con aspecto algo más despejado. Se sientan con nosotros a comer. — ¿Vosotros no tenéis nada que hacer?— pregunta Elion a los hermanos que se miran el uno al otro. — Comeremos algo rápido e iremos al barco, el capitán no dio instrucciones al respecto— responde Martin mientras se sirve. Tal y como dijeron, los hermanos toman rápidamente el desayuno y salen de la sala. Por la puerta del fondo entra Firel. — Buenos días, amigos. ¿Qué tal habéis descansado?— se interesa nuestro anfitrión. 155 — Todo genial, la verdad es de agradecer tan excelente hospitalidad— respondo al hombre con satisfacción—. ¿Qué le debemos por la cena, la estancia y el desayuno? — Pensé que abonaría Monier— nos indica a la vez que levanta los hombros. — Insisto— Me llevo la mano al morral. — Tratándose de ustedes dejémoslo en una moneda de plata, incluyendo el amarre— calcula a la baja Firel. — Aquí tiene— Saco dos monedas del morral y se las entrego en la mano. Nos despedimos del amable hombre del apeadero además de su preciosa hija y nos dirigimos al barco. Justo nos cruzamos en la entrada con Monier. — Buenos días, señores. Los preparativos están listos y vamos a zarpar— nos informa—. En cuanto abone los gastos del amarre y la estancia, podremos iniciar la marcha. — Ya está abonado— le respondo. — Gracias, amigos. Iré pues a despedirme de Firel y Lilia, en seguida nos vemos en el barco— agradece el capitán y entra en la casa. Nosotros vamos hacia el barco. Hoy, por orden del capitán, tendremos que pasar todo el día en los camarotes, se aproxima una aburrida jornada. Hemos zarpado sin contratiempos, jugamos a las cartas los cuatro para matar las horas, en la pequeña salita justo delante de los camarotes. A la hora de comer, Dartin nos trae el almuerzo y nos da el parte de viaje. Todo despejado, solo mar y un sol radiante. El día es especialmente caluroso, lo que hace un poco más insoportable la espera. Los minutos pasan con marcha solemne hasta que vemos caer la luz del sol por una de las escotillas. 156 — ¡Tierra a la vista, capitán! ¡Se puede ver la bahía de Rocablanca!— la voz de Dartin trae por fin buenas noticias. Haleth sube apresurada la escalinata hacia la cubierta, seguida de Elion. Shiroge y yo nos miramos y salimos tras ellos. Alcanzamos la cubierta de proa y observamos la belleza del entorno. Se distingue la cerrada playa en forma de concha. Desde sus vértices se erigen dos enormes barrancos de piedra blanca, cuyas laderas están moteadas de arbustos. Tras la arena hay una selva de cocoteros cuyo fin no alcanza la vista. — Precioso— bromea Haleth con mueca guasona mientras camina de espaldas hacia la barandilla de estribor. Tras la barandilla aparece una enorme cabeza de tono verde azulado y enormes dimensiones. — ¡Cuidado!— grito a Haleth. Un enorme monstruo con forma de gigantesca serpiente de más de diez metros sube a la cubierta, justo al lado de la medio elfa que lo mira paralizada. El engendro lanza un bocado, que abarca medio cuerpo de nuestra querida compañera, clavando sus puntiagudos dientes en su torso y comienza a engullirla. Elion se vuelve loco y lanza una flecha que rebota en la resbaladiza y dura piel del animal. El engendro le enfoca con su negra mirada mientras termina de tragar su presa. — ¡Todos a las bodegas!— grita el capitán. La criatura hace un veloz movimiento serpenteante y se planta delante de Elion. Shiroge intenta frenar el ataque con su escudo. El golpe de la serpiente lanza al eledín diez metros a la derecha, golpeando contra el mástil mayor y cayendo inconsciente en la cubierta principal, cerca del camarote del capitán. El arquero trata de maniobrar para salir de la situación, pero la serpiente le lanza un mordisco que atrapa la cintura 157 del medio elfo, suena el crujir de sus huesos y de su boca emana un grito, que se desvanece enseguida. Intento aprovechar para escapar dirigiéndome a toda prisa hacia la escalinata, estoy ya muy cerca de la puerta de la bodega de proa. — ¡Zas!—. Todo se vuelve oscuro. 158 PARTE II 6 La pérdida. Oigo el cantar de los pájaros y el sonido de unas pisadas. Siento el cuerpo entumido, que reposa boca arriba sobre un mullido colchón. Abro los ojos. La luz del sol entra por la ventana a la cabeza de mi cama. El techo es de madera y cubre una amplia sala. Intento levantarme con inesperada dificultad. Logro ver a un elfo, vestido con una túnica color verde hoja, junto a la cama de un tipo grandote, cuyos pies sobresalen de la cama. ¡Es Shiroge! De pronto, me viene a la cabeza lo sucedido a bordo de El Incansable, la horrible muerte de los primos. Sin embargo, gracias a los Ersan, parece que el eledín ha sobrevivido. — ¿Qué fue de mí?— me pregunto para adentro. Recuerdo un zumbido y nada más… Pongo más esfuerzo en levantarme. — Disculpe— llamo la atención del elfo que se ocupa de mi compañero. — Pero, ¿qué hace, señor Mirmaerín? ¡No intente levantarse por los doce Erdan! aún necesita recuperarse— me recrimina al verme. Obedezco y me dejo reposar de nuevo. — ¿Cómo se encuentra?— me pregunta el sanador mientras me toma el pulso en la muñeca—. ¿Sabe quién es? — Entumido, desubicado y con mucha sed. Como bien ha dicho, mi nombre es Mirmaerín y soy originario de Gáldoras— le contesto— ¿Y usted? — Muy bien, parece que no hay daños cerebrales, lo demás tiene solución— diagnostica con mirada seria, 159 mientras me acerca un vaso con agua—. Mi nombre es Bárbal, soy el regente de este sanatorio. — ¿Qué es lo demás?— pregunto con cierta angustia entre trago y trago. — Recibió un golpe muy fuerte. Según comenta el capitán, la serpiente le cayó encima desde la cubierta de proa del barco— relata el elfo. Me percato de quién nos ha traído hasta aquí—. Irá recuperando la movilidad en los próximos días. Quizás en dos o tres días comience a andar y moverse libremente. En una semana estará recuperado casi al cien por cien. — ¿Qué es de mi compañero?— Me intereso por el estado de Shiroge. — Está en coma, dormido en un profundo sueño, pero estable… Estoy usando todos mis conocimientos para que no cruce el umbral de Amán. Los próximos días serán cruciales— da el parte del eledín. — ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?— pregunto. — Llegasteis ayer de madrugada, traídos por el capitán Monier, el contramaestre Darbas y dos jóvenes marinos que parecen hermanos, Martin y Dartin, creo que se llaman. Lleváis aquí alrededor de un día y medio— responde el sanador—. El capitán vino a verles esta mañana, se fue escasamente hace una hora. Se hospedan en la aldea junto al lago, aquí cerca, en la posada de Amine. Le mandaré llamar si deseáis verle. — Por favor— Asiento. — Ahora descanse, hay más de una hora de camino hasta la aldea, no llegarán antes de la hora de cenar— recomienda el sanador mientras se gira y se dirige a otro paciente. 160 No he querido preguntar por nuestros enseres, no quiero despertar curiosidad en el elfo, además seguro que el capitán tiene más información. Cae la noche y no he dormido nada. Llevo todo el rato moviendo los dedos de la mano y de los pies e intentando realizar pequeñas rotaciones con mis articulaciones. Con gran esfuerzo lo voy consiguiendo, pero estoy totalmente agotado. Suena la puerta de la tranquila sala, a mi izquierda. Giro la cabeza y veo a Monier y Darbas, que se acercan con una sonrisa contenida. — ¡Cuánto me alegro de que hayas despertado!— exclama el capitán de manera comedida—. ¿Cómo te encuentras? — Algo mejor, parece que por fin empiezo a sentir mis extremidades— Reconozco mis progresos, a la vez que levanto ligeramente el brazo izquierdo. — Genial, Bárbal nos ha dicho que saldrás de ésta— me informa Darbas con una sonrisa. — ¿Qué ocurrió?— pregunto con evidente interés. — Fuimos atacados por una enorme serpiente de mar— empieza relatando el capitán—. Estabais en la proa cuando la vi salir, se comió a la medio elfa en un abrir y cerrar de ojos. Todos debisteis huir, pero Elion atacó al animal, lo que hizo que éste se enrabietara y se lanzara a por él. Shiroge intentó estúpidamente detener el ataque de la criatura, y lo lanzó de un golpe contra el mástil mayor. Por fin reaccionaste e intentaste escapar por las escaleras, tras partir en dos el cuerpo del medio elfo, la criatura se precipitó tras de ti y cayó encima tuya. Me temí lo peor, entre todos conseguimos meter al eledín en el camarote. Al venir hacia nosotros, la bestia golpeó de nuevo con la cola del dañado mástil que cayó sobre ella y se revolvió entre los cables destrozando toda la cubierta y derribando el mástil menor antes de saltar por la borda. Fuimos 161 corriendo a asistirte y vimos que, gracias a Túlmar, estabas con vida. Pero el barco era inmanejable, iba a la deriva. Cogimos todos los enseres y abandonamos el barco en el bote salvavidas. Tardamos más de dos horas en llegar a la bahía. Os trajimos hasta aquí apresuradamente, llegamos en plena madrugada y os pusimos en manos del reputado sanador Bárbal. — ¿Dónde están nuestras pertenencias?— pregunto. — Todo está ahí, junto a tu cama, en ese baúl— responde Darbas—. Nadie ha tocado nada. — ¿Dónde está el resto de la tripulación?— me intereso por los marinos que faltan. — Envié a Martin y Dartin ayer a Íshar, les llevará menos de tres días a caballo desde aquí— contesta Monier—. Les he escrito una nota informando de lo sucedido, para que se la entreguen a Néster, el abad. Espero envíe ayuda con celeridad. — ¿No habréis traído algo de comer?— Me crujen en este momento las tripas. — Claro, me ha dicho la enfermera que tienen preparado para ti un puré de calabacín y un poco de estofado de ternera con patatas y zanahorias— responde el capitán—. Ahora te lo traigo. Con la ayuda de Monier, consigo comerme toda la abundante, pero bastante insípida cena. Instantes después suenan voces y alboroto en el exterior. Han llegado un grupo de jinetes. Se oye el fuerte eco de un golpe contra el portón. El capitán saca su florete y el contramaestre su hacha, ambos miran hacia la puerta. Se oye el cruce de espadas y una lucha estalla en el pasillo principal, cada vez más cerca. Cesan los ataques y resuenan los pasos de un grupo acercarse. 162 Por la puerta aparecen fornidos guerreros, vistiendo ropas negras y el símbolo de la media luna sobre la estrella de cuatro puntas, son sin duda Siervos de Amán. Un total de ocho sectarios se dispersan por la sala. — Quiénes sois y qué queréis— gruñe Monier. — Bajad las armas, y no moriréis— ordena el medio elfo al mando, con tono amenazador—. Solo queremos al calvo y al eledín. — Juré protegerlos con mi vida— se reafirma el capitán. — Así sea— contesta el confiado líder—. Matadlos. Los demás hombres se lanzan contra los marinos, que luchan épicamente, pero el combate es muy desigual y tras una breve batalla sucumben, entre gritos y quejidos de dolor, a las espadas de los sectarios. — ¡Registradlo todo!— ordena el mandamás—. Nos llevaremos a los Dalmas a nuestra guarida. Seguro que tendrán alguna información que darnos cuando se recuperen. Simulo estar inconsciente, para evitar un interrogatorio prematuro. Los sectarios nos atan a unas camillas y nos transportan hasta el exterior. Oigo el relinchar de caballos y nos suben a una carreta cerrada. Poco después emprendemos la marcha. Durante las dos jornadas de camino he seguido forzando mi cuerpo para recuperar la movilidad. Han estado hidratándonos regularmente durante el transporte, pero me muero de hambre y me siento débil. La comitiva se detiene y se abre la puerta de la diligencia. Un grupo de hombres nos sacan y nos transportan. Abro un poco los ojos disimuladamente y veo que nos introducen en algún tipo de cueva, el clima es fresco. Tras pocos minutos, se oye el sonido metálico de dos puertas 163 que se abren. Siento como me desatan y colocan mi cuerpo sobre una dura cama de madera. Una vez me percato de que estamos solos, abro los ojos y miro a mi alrededor. Estamos en una sala cavernosa, iluminada por dos faroles de aceite que cuelgan de las escarpadas paredes. Me encuentro en el interior de lo que diría es una jaula para osos, con enormes barrotes de metal, que además de la cama, contiene una mesa sobre la que hay una garrafa con agua y un bollo de pan. A mi derecha, dentro de una celda de similares dimensiones y características, está Shiroge tumbado boca arriba sobre la cama. — Psss, psss— intento llamar la atención de mi compañero sin que me oigan—. Shiroge. — Aaauumm— El extenuado quejido del eledín me hace entender que sigue con vida, además parece que recupera la consciencia. — ¿Estás bien?— digo en baja voz. — Tengo mucha hambre— responde con voz débil. — ¿Puedes moverte?— le pregunto—. Hay pan sobre la mesa— Trato de motivarle. El grandullón empieza a moverse con dificultad, consigue sentarse al lado de la cama. Mira a los lados un tanto desconcertado. — ¿Dónde estamos, Mirmi?— Comienza a ubicarse. — Cómete el pan, te contaré todo lo que sé— Consigo incorporarme también. Le cuento a Shiroge los detalles acerca de El Incansable. Se entristece al saber de la perdida de los primos. Le lanzo mi trozo de pan, al ver que el suyo no le ha durado mucho y continúo con lo sucedido en el sanatorio y el trágico final del capitán y el contramaestre defendiéndonos. 164 — ¿Entonces tienen la gema rosa?— pregunta con preocupación. — Me temo que sí, amigo— respondo—. No sé qué habrá sido de Martin y Dartin. No digo nada, pero me temo que es a través de ellos que nos han localizado. Los Siervos de Amán sabían a lo que venían y dónde estábamos con absoluta precisión. La puerta de la sala se abre y accede uno de los siervos. — Vaya, parece que ya os vais espabilando, je, je— dice el feo medio elfo moreno, de cara alargada y grandes orejas—. Avisaré al jefe. Al girarse veo que luce uno de los llamativos pendientes de plata que llevaban los hermanos. Shiroge se levanta algo mareado, e intenta forzar la puerta sin éxito. — Malditos— gruñe con desesperación. Tras pocos minutos, de nuevo se abre la puerta. Se trata del líder que nos mira fijamente acompañado del feo y otro par de medio elfos, ambos de pelo gris. El otro pendiente cuelga de la oreja de uno de ellos. — Sacad al humano. A ver qué tiene que contarnos— ordena el medio elfo al mando. Los secuaces obedecen y abren la puerta de mi celda a la vez que me amenazan con una espada. Me atan las manos a la espalda y me sacan de la jaula. Tras la puerta hay un pasillo, como el túnel de una mina abandonada. Llegamos al final y otros dos pasillos se abren a cada lado en forma de T, me guían hacia el de la izquierda. Al fondo se abre una sala bastante grande, con una mesa alargada en el medio y una decena de camas apostadas contra las paredes de la redondeada gruta. A la izquierda, continuamos por un acceso que da hasta una puerta de madera. Entramos del otro lado a una habitación con una gran cama, una mesa con tres sillas, un armario, 165 un cofre y una jaula con un cuervo negro. Me sientan en una de las sillas. — Bueno, bueno, señor Mirmaerín— El líder conoce mi nombre—. Llevamos días en su búsqueda, pero aún me faltan dos más, ¿qué ha sido de los medio elfos? — Han muerto— respondo escuetamente. — ¿Estás seguro?— insiste el interrogador. — Los vi morir con mis propios ojos, contrastadlo con mi compañero eledín, fuimos atacados por un engendro del mar— le contesto. — Está bien, Dalma, lo de la serpiente de mar sí viene en el escrito, aunque no da detalles— El medio elfo al mando saca un documento de su bolsillo, debe de tratarse del mensaje para Néster. — Hemos encontrado esto en tu morral, además de una buena fortuna en oro y plata— Me muestra envuelta en su velo la piedra rosa—. Mi señor dio órdenes específicas acerca de la gema de color rosa y brillante, esto es realmente lo que busca, pero tengo curiosidad y antes de enviársela me gustaría saber de qué se trata. Dudo por unos instantes. — No lo sé— digo finalmente. — ¡Zas!— El feo me lanza un puñetazo en la mejilla que me parte el labio—. No nos mientas escoria. — No miento, Álerin, un consejero del rey me dio el encargo de llevarla a Íshar— Intento cambiar la historia de forma plausible—. ¿Tú crees que le va a dar detalles a un simple Dalma?— Seguidamente escupo la sangre que se me ha acumulado en la boca al hablar. — ¡Entonces no sois más que un par de desgraciados, a los que han engañado para este marrón, ja, ja!— Ríe el líder—. Por desgracia, no podréis llevar a cabo vuestra 166 tarea. De momento os mantendré con vida, aunque dudo mucho que me valgáis de algo. — Toc, toc— Suena la puerta. — Adelante— dice el medio elfo al mando. — No quiero molestaros, señor, pero el cambio de guardia de la casa del lago no ha regresado aún, hace más de cinco horas que partieron— Un sectario humano entra en la habitación y se dirige a su jefe. — Enviad una patrulla a ver qué pasa— le contesta el superior—. ¿Alguna noticia del montaraz? — A la orden— responde el subordinado—. Del montaraz no sabemos nada aún, mi señor. — De acuerdo. ¡Ahora al trabajo!— grita el jefe. — Dado que el montaraz no aparece, vosotros tres llevaréis la piedra a Almerdán, saldréis de inmediato— ordena el líder a los tres medio elfos. — ¿Qué hacemos con el prisionero?— pregunta uno de ellos. — Devolvedlo a su jaula— contesta el jefe—. Yo enviaré un cuervo al maestro informando que vais para allá. — Como mandes, Bísal— responde el medio elfo de esperpéntica cara. El secuaz me agarra y a base de empujones innecesarios me lleva hasta la celda, encerrándome primero con un fuerte empujón y soltándome las ataduras desde fuera. — Que durmáis, princesas— se mofa con una sonrisa burlona, justo antes de cerrar la puerta del fondo de la cueva. — ¿Qué ha pasado?— pregunta el débil Shiroge—. Parece que te han golpeado. — No es nada, no te preocupes— calmo a mi compañero—. Me han interrogado sobre los primos y sobre la piedra, les he dicho que de la piedra no sé nada… y la 167 verdad del destino de los medio elfos. Van a enviar la gema a Almerdán, a su amo, el oscuro elfo Ostírelin. — Se ve que hemos fracasado— se lamenta—. ¿Qué va a ser de nosotros? — No sé qué decirte, amigo. Lo cierto es que no le valemos de nada vivos, más bien lo contrario— contesto con sinceridad. Anímicamente derrotados, nos quedamos en silencio durante buen rato. La situación pinta muy mal para nosotros. Cierro los ojos y empiezo a rezar. Me duermo y despierto varias veces, hasta perder la noción del tiempo. El hambre aprieta. Han pasado con pesada lentitud varias horas, no sé cuántas. La cara de mi compañero delata devastación. Apoya su mano en su hambriento estómago. — ¡Intrusos!— se escucha una voz de alarma. El ruido de la lucha se oye proveniente del otro lado de la cueva. Cruce de espadas y gritos de dolor se suceden durante unos minutos. Luego todo se queda en calma. Percibo ligeros pasos tras la puerta. Ésta se abre. Un grupo de Dalmas armados entran en la sala, primero un eledín de estatura algo superior a la media, quizás algo más bajo que yo, y complexión robusta con fuertes brazos. Tiene el pelo y los ojos negros. Porta un mandoble y un escudo torreón ovalado. Le sigue un medio elfo, lleva una espada fina y alargada, parecida a la de Haleth, pero más pequeña y un escudo completo redondo. De estatura es casi igual que su compañero eledín, tiene cabello gris y ojos azules. Oculta su melena parcialmente bajo el gorro de su vestimenta y es de porte fornido. Tras él aparece un jovencísimo elfo, con túnica de mago de color verde oscuro y un bastón. Tiene un par de bolas 168 de acero colgadas de su cinturón. Es más o menos de mi altura, con el cabello rubio platino, casi blanco y los ojos azules. Es de complexión esbelta. Por último, una elfa, de pelo moreno y ojos marrones color miel. Su estatura rondará la media de las mujeres de su raza, alrededor de un metro ochenta y cinco. Es delgada pero muy definida en su musculatura, que marca las líneas en su ceñido vestido de cuero marrón con mangas blancas. Tiene un arco en su mano y en su espalda lleva un carcaj con flechas, una espada y un pequeño escudo. — Aquí están— advierte el eledín al entrar. — Sin duda son ellos, responden perfectamente con la descripción— agrega el mago. — ¿Quiénes sois?— pregunto en voz alta a los recién llegados. — Venimos a rescataros. Mi nombre es Biggi— responde el eledín—. El medio elfo es Semín, el joven elfo de la túnica se llama Clarín y la simpática arquera es Ghoidiel—. Noto un tono sarcástico al final. — Dejaros de presentaciones. He oído algo más adelante, parece que queda alguien con vida— apremia la elfa mientras carga su arco y apunta hacia el pasillo. — ¿No sabréis por casualidad dónde están las llaves de los candados?— pregunta el mago. — Bísal, el jefe de los sectarios las tiene— respondo—. Es un medio elfo de pelo gris y bastante alto. Su habitación está a la izquierda saliendo de este pasillo. — Vamos a por ellas, ahora venimos— dice Semín con confianza mientras me guiña un ojo. Los Dalmas se giran, veo a través de la puerta cómo avanzan en formación por el pasillo. — ¡Parece que estamos salvados!— celebro mirando a Shiroge. Pero mi compañero tiene muy mala cara. Está 169 recostado con el torso contra las rejas y me observa con la mirada perdida. — Esperemos que no tarden— me habla con dificultad. Tras unos minutos se oyen pasos. Por la esquina veo a Biggi apresurarse con las llaves en la mano, le sigue Clarín. Abre mi puerta y seguidamente la de mi compañero. Corro a ver su estado. Tiene el pulso débil pero estable. — Necesita agua y comida— apremio a los rescatadores. — Hay de todo en la habitación de ese tal Bísal— responde el elfo—. Vayamos. Entre los tres levantamos al grandullón, que consigue tenerse en pie. Camina, aunque con dificultad, apoyándose en mi hombro y el del recién llegado eledín. Vemos los cuerpos de dos Siervos de Amán tirados en la habitación grande, la puerta de la habitación de Bísal está abierta. En el interior de la dependencia, Ghoidiel y Semín se afanan por registrar la sala. Al llegar han colocado todo lo de valor en el medio de la sala, junto al cuerpo del malnacido líder, que yace en el suelo con una tremenda herida en la cabeza. Entre los tesoros apilados se incluyen mi lanza y mi escudo, el mandoble y el escudo de mi camarada eledín, el anillo de piedra blanca y nuestros morrales. Presumiblemente con todo nuestro dinero y el del fondo común. Además, hay otro juego con distintas armas de muy buena confección y brillante acero, cinco frascos de lo que parece una poción, una bolsa con oro con unas veinte monedas y un anillo de oro con un diamante junto al mío. Sentamos a Shiroge y le doy de beber. Sobre la mesa hay un pollo asado, recién servido, además de patatas asadas, embutidos, queso y una hogaza de pan. El grandullón extiende la mano y agarra un muslo del pollo, lo desgarra 170 del cuerpo y se lo lleva a la boca. Le mejora por un instante el aspecto. Me percato de que también hay un pergamino enrollado junto a la cena. — ¡Vaya tesoro!— exclama sonriente la elfa. — Sabed que parte de ese tesoro nos pertenece a mi compañero y a mí, son nuestras posesiones— reclamo lo nuestro. — ¿Y eso cómo lo sabemos?— siembra la duda la arquera. — Supongo que os habrán dado descripciones detalladas sobre nosotros, yo siempre he usado una lanza, como esa que está ahí con la punta de color obsidiana. El gran mandoble que está al lado, y que tiene el filo exactamente igual, es el arma de Shiroge. ¿Ves el escudo torreón?— sigo argumentando—. Si te fijas bien, está grabado en una de las esquinas con la marca de los hacedores de Estrian, un martillo sobre una llama. Ese otro escudo es el mío, lo adquirí también en Estrian. Esos dos morrales con dinero son los nuestros, además del anillo con la piedra blanca. — Me creo lo de las armas, e incluso, el anillo podría ser vuestro, pero el dinero no tiene dueño, ¿cómo puedes demostrar que los morrales son vuestros?— insiste la desconfiada elfa. — El de la derecha, contiene exactamente seis monedas de oro y veinticuatro de plata— le replico—. ¿Cómo podría saberlo si no fuera de mi propiedad? Ghoidiel extiende el contenido del morral señalado sobre la mesa y cuenta las monedas. — Está bien, pero del resto del tesoro no os corresponde nada— refunfuña con resignación. — Me parece justo— respondo asintiendo con la cabeza. Una vez ajustadas las cuentas, cojo el pergamino y lo desenvuelvo mientras me sirvo algo de comer. 171 “Mi señor Ostírelin. Por fin he conseguido la gema rosa que buscaba, la envío con mis tres mejores hombres hacia Almerdán, tardarán algunas semanas en cruzar todo el reino. Les he ordenado tomar la ruta por el norte, desde Dúltor y evitar la guerra que se está librando en las inmediaciones de Gáldoras. Yo me dirigiré a la capital esta misma noche, tras la cena, y esperaré órdenes en nuestro bastión. Siempre a sus pies Bísal.” — Mirad— advierto en voz alta—. Al estúpido líder no le dio tiempo a enviar la carta— Compruebo que el cuervo sigue en su jaula. — Además, nos pone sobre la pista para perseguir la Luz de Rosa— continúo—. Se dirigen a Dúltor. — Está a unos tres días de nuestra posición— reflexiona Clarín—. Déjame ver. Le entrego la nota al elfo y éste la examina. — Aquí no pone hace cuanto tiempo salieron— comenta el joven mago—. Ni tampoco quién la porta, será imposible dar con ellos. —Te equivocas— le contradigo—. Cometieron el error de comentar todo durante el interrogatorio. Sé exactamente quiénes son, tres medio elfos, dos de ellos lucen un pendiente circular en la oreja. Además, uno moreno es tan feo, que es difícil de olvidar esa cara— informo con una sonrisa. — ¡Pues vayamos tras ellos!— exclama Shiroge algo más repuesto. — ¿Pero qué tiene esa piedra, para querer perseguirla con tanto ímpetu?— expresa sus dudas la arquera elfa—. ¿Acaso es muy valiosa? 172 — Esa gema es el motivo de nuestra captura, sin ella, solo somos dos Dalmas sin valor— replico a la joven con tono serio. — Tiene razón— interrumpe Clarín—. Néster me puso en conocimiento de ello, los demás, me dijo, no hacía falta que lo supierais. La carta en mis manos, demuestra que es, sin duda, el objeto más codiciado por Ostírelin, a saber para qué malvados propósitos. Contad conmigo. — A mí me contrató Néster para ser tu escolta, donde vayas tú iré yo— Se suma el encapuchado medio elfo. — Yo también os seguiré, Shiroge— reacciona el robusto eledín—. Ésta parece una aventura para auténticos héroes. — ¡Pues yo paso de jugarme el cuello para buscar una gema de la que no sé nada, sin promesa de recompensa!— exclama la elfa—. Me ofrecieron cinco monedas de oro por localizaros y voy a regresar a por mi recompensa. — Está bien— le responde el joven hechicero—. Regresa a Íshar e informa al abad de todo. Dile que yo te envié. Te dará sin duda lo acordado. La joven asiente, coge su parte del tesoro y sale de la habitación. En la puerta, mira hacia atrás con tono serio. — Tísmik al dur— son sus últimas palabras. Se puede traducir como “Tísmik vaya contigo” y viene a significar: buena suerte. Tras dejar la sala, nos preparamos para salir sin dilación. Solo hay un problema. El grandullón está muy débil. — Por mucho que nos pese, deberíamos descansar un poco para que Shiroge recupere las fuerzas— expreso mi preocupación. — ¿Por qué no le das una de éstas?— Señala Clarín a los cuatro frascos que quedan, después de que Ghoidiel, por 173 supuesto, se llevara uno—. Son pociones de curación. Recuperará las fuerzas enseguida. Tomo uno de los frascos y se lo doy a mi compañero eledín, que se bebe todo el contenido y pone cara rara. Unos instantes después, el pálido semblante de su rostro, ya de por sí claro, recupera su tono normal. — Sabe a rayos, pero por los cinco Ersan, ¡qué bien me encuentro!— exclama con una sonrisa. — ¡Vayamos pues!— propongo con el puño en alto—. Por cierto, ¿alguien me puede decir dónde estamos? — Jajaja— La carcajada es general. Al parecer ha sido muy gracioso el cambio de actitud de decidido, a ignorante. — Estamos en los Cuatro Picos. ¿Sabes dónde es?— me pregunta Clarín. — Por supuesto, son las montañas más altas del Reino de Aradín, se encuentran en el noroeste, tras las montañas Morguel, cerca de Íshar— respondo con soltura—. Tenemos que ir hacia el norte por la gran meseta de Uur. El hechicero me mira con asombro, creo que había dado por sentado que no era más que un guerrero descerebrado, y se sorprende al ver que tengo conocimientos detallados de geografía. — Es todo un erudito— bromea Shiroge. — Ya veo— confirma el mago. — Ya tendremos tiempo de conocernos por el camino— añado queriendo zanjar el tema—. El tiempo apremia. Recogemos todos los enseres, incluida mi mochila con mis cuerdas y mis artículos para realizar primeros auxilios, con el medio frasco de brebaje que Elion no llegó a usar. Está junto al cadáver de un sectario, que tiene una flecha clavada en el ojo, y cuyo cuerpo reposa junto a una mesa, en la gran caverna principal a la que se accede por el otro pasillo. 174 Del lado opuesto, a unos cincuenta metros, la caverna se estrecha hasta llegar a la boca de la gruta. Salimos, es noche cerrada. Un camino se extiende de lado a lado justo en la entrada, de este a oeste, ya que las tres estrellas que marcan el norte, brillan justo delante de nosotros, frente a la cueva. El clima es fresco a esta altura. Algunos cascotes de nieve aún batallan por aguantar la cálida primavera, en el lado umbrío de la montaña. Poco se ve lejos de los candiles que cuelgan a cada lado de la entrada de la cueva. Las lunas están nuevas, como a mediados de cada mes. — ¿Por dónde habéis venido?— pregunto en voz alta. — Subimos por la derecha, desde el este, pero el camino es muy retorcido— señala Semín con seguridad—. Venimos desde la bahía de Rocablanca. — Entiendo pues, que deberemos ir por el otro lado, ya que vosotros venís del sur, ¿acaso habéis visto algún desvío?— razono. — Sí que vimos uno, como un par de kilómetros más abajo, giraba hacia el noroeste— responde Biggi. — Esperad— El joven mago da un paso al frente y susurra unas palabras desconocidas para mí. Seguidamente alza un brazo. Un pequeño halcón, de no más de cuarenta centímetros, desciende del cielo y se posa en el brazo de Clarín. — Este es Miliki, es mi halcón de los acantilados— nos presenta el hechicero a su emplumada mascota de color marrón pardo, pico curvo y garras afiladas. Seguidamente le mira, y se concentra en el animal, que alza el vuelo dirección oeste, perdiéndose en la oscuridad. Nos mantenemos en silencio un par de minutos. Shiroge y 175 yo nos miramos sin saber muy bien qué hacer. De repente, el pájaro aparece y revolotea en torno al mago. — Ha tardado más porque la vista de Miliki es más reducida durante la noche— se justifica el elfo al regreso del animal—. Podemos tomar el camino del oeste, la bifurcación toma sentido norte un poco más adelante— Da sus conclusiones. Confiamos en las capacidades de nuestro nuevo compañero y tomamos esa ruta. No hay tiempo que perder si queremos tener alguna oportunidad de recuperar la Luz de Rosa. 176 7 La persecución. Comenzamos la marcha bajando por el empedrado camino. Como dijo Biggi, hay un ramal que se abre a la derecha un par de kilómetros después y accedemos por él. El paso se vuelve más suave, casi llano. — ¿Y cómo habéis conseguido dar con nosotros?— pregunto en baja voz al mago, que se sitúa en el medio junto a mí, durante la caminata. Shiroge va en retaguardia con Biggi y Semín por delante. — Néster nos envió en vuestra busca al templo de Túlmar, había recibido un cuervo con un mensaje de Álerin, anunciando vuestra llegada. Preguntamos por vosotros a los navegantes que venían del Faro del Confín y que reposaban en la posada La Brújula y las Estrellas. Unos marinos nos dijeron que habían visto un barco, de nombre El Incansable, que iba a la deriva con la cubierta destrozada, cerca de la bahía de Rocablanca. Por casualidad, un navegante, un familiar del capitán del Incansable, escuchó también el relato de los otros y se ofreció a llevarnos hasta allí. Al llegar a la bahía, vimos rastros de unos cuerpos arrastrados y nos apresuramos a seguirlos a través de un pequeño sendero en el bosque. Como una hora después llegamos a un sanatorio. Estaban amontonando los cuerpos de hombres y mujeres asesinados, justo delante de la puerta principal. Un elfo, con una túnica verde y que se nos presentó como Bárbal el sanador, nos dijo que el sanatorio había sido atacado mientras él estaba fuera. Que justo regresaba la noche anterior y vio a una partida de Siervos de Amán tomar rumbo al este. Nos habló de vosotros, que erais los únicos 177 pacientes que faltaban. El marino reconoció el cuerpo del capitán y el contramaestre, entre la montaña de cadáveres. Se quedó allí a darles la merecida sepultura en el mar, mientras nosotros salimos a toda prisa. Habríamos llegado antes, pero fuimos asaltados por bandidos, traicionados por un montaraz que resultó ser un siervo de Amán, y que conocimos mientras descansábamos en la posada Gran Puente. Además, tuvimos que enfrentar a muchos de estos sectarios, que custodiaban una casa cerca del lago que hay en el valle entre los Cuatro Picos— relata el elfo con aparente tranquilidad. — Vaya, ha sido una misión movidita, ¡enhorabuena!— alabo su éxito. — ¿Qué hay de vosotros?— me devuelve la pregunta el mago. Le cuento la historia desde la posada El Sauce Feliz. La desaparición de Delfos y su búsqueda. La muerte de Aulas, nuestro compañero bahaluk, mis sospechas confirmadas de conspiración en Estrian y el asalto a la torre. En esta parte quizás, omitiendo la forma sanguinaria en la que se desarrolló aquel combate. El encuentro con Álerin y luego el viaje en El Incansable, con muchos detalles: el naufragio, las ruinas en la isla Mayor, el ataque de los piratas y el paso por el gran Faro del Confín. Después, con la garganta encogida, relato el ataque de la serpiente de mar y la muerte de mis queridos compañeros Elion y Haleth. Por último, doy gracias al difunto capitán y a su desdichada tripulación por llevarnos hasta el santuario y dar su vida por protegernos. — Gran historia. Además, no se te da nada mal relatar, se ve que has leído mucho— manifiesta el hechicero con gesto de aprobación. 178 — Así es, recibí muy buena formación de parte de mi abuelo materno— le contesto. — Mirad— Señala Semín hacia adelante. En la oscuridad se distingue un candil, al frente de un edificio con un letrero, parece una posada junto a una granja. Con la animada conversación, no nos hemos percatado que llevamos al menos seis horas por el camino. Al acercarnos empieza a despuntar el Amanecer, lo que permite ver un embarcadero sobre una pequeña laguna que es alimentada por las aguas de tres arroyos, que fluyen desde las enormes montañas por el sur, y que son evacuados por el norte, formando un río algo más caudaloso, que repta suavemente dirección a la meseta de Uur. Ya en la puerta, el nombre en bóldor del letrero delata su posición, la taberna se llama “Los Cuatro Picos” y se encuentra al pie del embarcadero, donde se amarran tres pequeñas barcas. — Toc, toc— Llamamos a la puerta. — Un momento, ahora abro— Suena una voz masculina lejana, del otro lado. Tras un par de minutos, se oye la cerradura y se abre la puerta. Aparece un hombre, con cara adormilada, pero decentemente vestido. — Buenos días, señores. No les conozco. ¿Qué vienen a cazar?— saluda el tosco tabernero mostrando desconfianza. — Somos viajeros, nos dirigimos hacia Dúltor. ¿Podemos pasar a desayunar?— responde con amabilidad Clarín. — No es habitual ver viajeros por estas tierras, solo cazadores conocidos, que hacen negocios con pieles de oso— replica el tabernero—. Se ve que hay mucho movimiento de extraños últimamente. No me gusta. 179 — ¿Por qué lo dice?— pregunta Biggi, con suspicacia. — Ayer mismo me han robado una barca— nos relata—. Fue después de la hora del almuerzo, cuando salí a la pasarela solo pude distinguir tres figuras sobre ella. — Nosotros no somos ladrones— informa Shiroge con tono serio. Al percibir al grandullón tras de nosotros, que nos saca una cabeza a todos, al hombre le cambia el semblante. — Por supuesto, señores. No lo pongo en duda— responde con un tono más amable—. Mi nombre es Dúlmir. Pasen, por favor, le serviré el desayuno. Entramos en el pequeño comedor con dos mesas y una minúscula barra que da paso a una chimenea, contra la esquina, junto a una mesita con ollas y útiles de cocina. — Siéntense, por favor— ofrece el anfitrión, que se dirige al fondo, a una pequeña puerta tras la barra donde se encuentra una alacena. El hombre vuelve cargado con un queso y media pieza de jamón cocido, que deposita sobre la mesa. Luego se acerca a la chimenea, pone agua a hervir y nos trae una jarra de leche, unos vasos y platos para todos. Seguidamente toma una gran hogaza de pan y unos cuchillos, colocándolo todo en el centro. — Servíos, coceré unos huevos y freiré algo de beicon— nos ofrece. — No es necesario… — Shhhh— me interrumpe Shiroge—. Este hombre sabe lo que hace— dice con sonrisa glotona. Tardamos algo más de media hora en desayunar. Tiempo que, muy sutilmente, el elfo ha usado para sacarle información al despreocupado posadero. Por lo que dice, hay una semana a pie a paso tranquilo, por un sinuoso camino, hasta Dúltor. En barca se tarda 180 poco más de dos días. Más o menos a un día por el río, se llega hasta una aldea llamada Arkán, poblada por cazadores mayoritariamente. Después las aguas se aceleran en unos peligrosos rápidos, en la bajada al Gran Cañón de Uur, para en su parte final, recorrer las calmadas aguas por el medio del desfiladero, hasta desembocar en el mar, a apenas dos kilómetros de Dúltor, cerca del faro. — ¿Nos vendería un par de barcas?— le pregunta Clarín al tabernero. — Sí, las vendería, pero no por menos de una moneda de oro cada una— responde Dulmir. — Está bien, pero al menos nos invitará al desayuno— añade Semín—, si les parece bien a mis compañeros. — De acuerdo— asiente el tabernero, los Dalmas hacemos lo propio. Tras el desayuno tomamos las barcas, Shiroge y yo vamos en una y los demás en la otra. Los eledines se ponen a los remos. Cruzamos la pequeña laguna de no más de doscientos metros y llegamos a la boca del río. La primera parte de la rivera es muy tranquila, hay una corriente estable que nos empuja río abajo con comodidad. Tras unas horas, distingo un caserón incrustado en la arboleda en la orilla derecha. Veo a Miliki hacer una veloz pasada por los alrededores. Me he fijado en el mago, lleva un saco con libros, que consulta a menudo durante el viaje. Por lo demás, el río discurre apacible en medio de la vegetación. Al anochecer, diviso a lo lejos encenderse unos candiles junto al río. — Parece la aldea de Arkán— advierto a mi compañero—. Desembarquemos, podemos cenar algo y buscar información. El eledín hace una maniobra y se acerca a la orilla derecha, la barca de detrás nos sigue a pocos metros de 181 distancia. Ya más cerca, distingo un embarcadero con un par de botes amarrados. Nos colocamos junto a uno de ellos. Desde la pasarela de madera, se ve con claridad el centro de la aldea en torno a ella. Hay una plazuela con un abrevadero en el centro, a la izquierda una posada, en cuyo letrero solo se lee la palabra “Taberna”, escrita en bóldor. Se ubican otra decena de pequeñas casitas alrededor, además de un molino un poco más abajo, donde empiezan a acelerar las aguas del río. Nuestros nuevos compañeros estacionan junto a nosotros y también desembarcan. — Vayamos a la taberna. Cenaremos algo y descansaremos— propongo a los recién llegados. — Además, podremos obtener información— añade Clarín, casi como si me estuviera leyendo el pensamiento. Accedemos por la puerta de madera que se encuentra justo debajo del letrero iluminado por un candil. El pequeño comedor es rústico, pero acogedor, tiene cuatro mesas de madera, dos están ocupadas. En una, un par de jóvenes mujeres están tomando algo. En la otra hay un señor con cara de preocupación, tiene sus codos apoyados en la mesa, con la cabeza reposando sobre sus manos. Tras la barra, un hombre fortachón y de melena castaña, nos saluda con la mano. — Buenas tardes, viajeros— nos dice el tabernero desde su posición—. Siéntense, ahora mismo les atiendo. Ocupamos una mesa y echo un vistazo al resto de la sala. Me percato de que un pequeño tablón de anuncios, junto a la barra, contiene una nota. Logro leer, a esta distancia, la palabra escrita en mayor tamaño: “Desaparecido”. — ¿Qué van a tomar?— El posadero llega hasta nuestra mesa y nos pide la comanda. 182 — Yo tomaré cerveza— indico el primero, seguido de cuatro—: ¡Yo también! — ¿Qué tienen de cena?— pregunta Shiroge. — Carla, mi esposa, ha preparado un excelente estofado de venado, además de su famoso arroz con especias de acompañamiento— nos ofrece. — Pues ponga cena para todos— respondo al tabernero, que asiente y se dirige de nuevo hacia la barra. Regresa el posadero con la bebida, momento que aprovecha Clarín para establecer conversación. — Es muy bonita esta zona, pero se ve que no viene mucha gente de fuera ¿verdad?— habla el mago con tono despreocupado. — La verdad que es un sitio tranquilo— contesta el tabernero—. Aunque de vez en cuando sí que aparecen viajeros como vosotros. Algunos van hacia el sur, hacia los Cuatro Picos, por el viejo paso que lleva al camino de Íshar. Otras veces van hacia el norte, hacia Dúltor, pero no siempre se detienen. Esta misma tarde, vi a tres medio elfos en una barca remar hacia los rápidos a la hora de comer. Espero que sepan lo que hacen, no es fácil salir airoso de ellos si no conoces los pasos. — Hacia allí nos dirigimos, hacia Dúltor, y queremos cruzar dichos rápidos— me meto en la conversación—. ¿Sabría usted indicarnos la mejor manera de pasarlos? — Para eso hablen mejor con Hernes, se los conoce como la palma de su mano. Aunque hoy está muy abatido, su sobrino ha desaparecido hace un par de días y se teme lo peor— nos aconseja. — Muchas gracias— le respondo a la vez que inclino la cabeza como muestra de respeto. 183 — Acerquémonos a hablar con él mientras nos preparan la cena, Mirmi— me dice Shiroge—. Así podremos comer tranquilos. — Vayamos— Me levanto de la silla. — Yo os acompaño— se apunta Biggi—. A fin de cuentas, yo manejo la otra barca. Asentimos y nos dirigimos hacia el solitario hombre de la última mesa. Es moreno, de unos cuarenta años y aspecto muy humilde. Apura su trago de vino. — Buenas noches, señor Hernes. Mi nombre es Mirmaerín y estos son mis compañeros, Shiroge y Biggi— nos presento—. Queremos hacerle una pregunta, si no le importa. El hombre levanta la cabeza y nos mira con cara triste. — ¿Qué puedo hacer por ustedes?— pregunta. — Necesitamos cruzar los rápidos y me ha comentado el tabernero que usted conoce la zona— dejo caer de qué va el asunto. — Pues sí, me dedico a pescar truchas en esa zona y la conozco muy bien— contesta el hombre—. Claro que estoy dispuesto a ayudarles encantado, pero a cambio, tal vez pueden ustedes ayudarme a mí… Mi sobrino, Mirle, ha desaparecido hace dos días, tiene solo trece años. ¿Pueden ayudarme a encontrarlo? De verdad que me encantaría ayudar al hombre, pero por mucho que me pese, no podemos perder ni un minuto. — De verdad que lo siento, amigo— contesto al pescador con gesto serio—. Pero tenemos mucha prisa, necesitamos llegar a Dúltor lo antes posible. — Quizás yo pueda ayudarle— Biggi se ofrece—. Denos la información que necesitamos y yo me quedaré con usted hasta dar con su sobrino. 184 — ¿En serio, señor? ¿Haría eso por mí?— responde Hernes con una mirada que por un instante refleja un rayo de esperanza. — Le diré la verdad, tenemos una importantísima misión en ciernes y es fundamental llegar a Dúltor con celeridad— explica en baja voz el joven eledín—. Si es necesario yo me quedaré para que mis compañeros puedan continuar. — Vaya, de todas maneras tendréis que esperar hasta el Amanecer, o al menos a partir con dos horas de margen sobre la salida del sol. Atravesar los rápidos de noche es una locura— el pescador nos da malas noticias. — Está bien, dígame pues, qué es lo que sabe de su sobrino— pide información Biggi. — Como es habitual, ayer por la mañana a primera hora, salió de casa a recoger cebo. Lombrices que abundan en un barrizal río arriba, un par de kilómetros al sur, hacia los Cuatro Picos— relata Hernes—. Fui a buscarlo al ver que no regresaba y no le encontré, ¡seguro que le ha ocurrido algo!— El hombre se echa a llorar. — Tranquilícese, hombre. ¿Qué más sabe? ¿Tiene algún sospechoso?— interroga de nuevo Biggi. — Sí, ese tal Tipeblak. Desde que se mudó aquí, hace un mes, pasan cosas extrañas; cazadores que van al sur y no regresan— comenta con tono de rabia—. Tiene una mansión, como a un día de camino hacia el sur, en la misma dirección en la que mi sobrino desapareció. — Está bien, mañana iré a investigar la zona— planifica el eledín. — ¡Espera! Quizás Miliki pueda echar un vistazo, preguntemos a Clarín— propone Shiroge con bastante lógica. Casualmente nos están sirviendo la cena. — ¿Quiere cenar con nosotros?— ofrezco al afligido pescador de truchas. 185 — No se preocupe, tengo el estómago cerrado— responde. — Siéntese con nosotros, le invito a un trago— se ve que Shiroge quiere terminar con la conversación. El hombre acepta. Nos sentamos a la mesa y ponemos en común la conversación que hemos mantenido con el pescador. — Precisamente, durante el viaje en barca pude ver, a través de los ojos de Miliki, a un muchacho como el que describes, a las puertas de un caserón hacia el sur— informa el mago. Después extrae un libro de su saco y lo ojea—. No puedo enviar a mi halcón desde aquí desgraciadamente, el alcance del hechizo es de diez kilómetros, más allá el vínculo se desvanece, podría perderse y no regresar. — No os preocupéis, reuniré a un par de cazadores e iremos a buscarle— propone motivado Biggi. — No tengo dinero para pagarles— asegura el aldeano. — No hay problema, tú explícale bien a mi compañero Shiroge cómo cruzar los rápidos, yo me encargaré de todo— asegura convencido el eledín. Tras la cena, el pescador dibuja la forma de los rápidos en un papel y empieza a explicar detalladamente. — Os encontraréis una bifurcación al inicio de los rápidos, tomad por la izquierda. Luego el río hace un pronunciado giro y las aguas se calman, debéis aprovechar para cambiar de orilla, pues tras el giro hay una fuerte caída, que es más suave por la derecha. Manteneos de ese lado un kilómetro, el río cambia de dirección hacia la izquierda y se abren dos pasos. Parecería que lo correcto es mantenerse a la derecha, pero es mejor cruzar de nuevo sobre el caudaloso espacio delante de la bifurcación, las aguas se aceleran bastante, pero no se forman fosetas, ni 186 hay rocas en el camino. Hay un último punto peligroso, justo donde reconectan los dos pasos anteriores. Allí se forma un remolino, lo suficientemente grande para hundir la barca. Tras él hay dos enormes rocas que separan el caudal en tres partes. Tenéis que maniobrar por la derecha del remolino, siguiendo la corriente y rodearlo para atravesar por el medio de las rocas. Por el costado izquierdo, si no lográis alcanzar el paso, la ruta es accesible, si bien, más difícil. Pero evitad ir por la derecha, el agua en principio se detiene, para precipitarse en una catarata de unos cinco metros, casi imposible de cruzar— nos describe Hernes. Durante este rato, un par de cazadores han entrado en la taberna, y Biggi les acompaña, mientras gesticula señalando a nuestro pescador. Tras unos instantes regresa a la mesa. — He contratado a esos hombres para encontrar a su sobrino, les he ofrecido cuatro monedas de oro a cambio— le comenta el eledín a Hernes. — Vaya, qué generoso, entiendo que vuestra misión es realmente importante— le responde el humilde pescador—. Vos podéis seguir con su compañía, señor Biggi. Me encomendaré a la destreza de estos hombres. Pero no tengo cuatro piezas de oro— añade con resignación. El Dalma alarga la mano y le entrega las monedas al hombre, que le mira con cara de agradecimiento. — “Dartum art tulus”. Primero que cumplan con su misión— añade mientras le guiña un ojo a Shiroge. Tras la cena, cogemos las dos habitaciones disponibles. El grandullón repasa con Biggi el itinerario del paso por los rápidos y nos vamos a descansar. — Toc, toc— Suena la puerta. 187 Abro los ojos y todavía es de noche. — ¿Qué?— contesta Shiroge adormilado. — Es hora de irse, en un par de horas habrá salido el sol— se oye del otro lado de la puerta la voz de Semín. Nos levantamos, nos vestimos y cogemos nuestros enseres. Salimos de la habitación y los nuevos compañeros están ya listos también. — ¿Y el desayuno?— pregunta el grandullón con cara refunfuñada. — He preparado una bolsa con embutidos, queso y pan. De que crucemos los rápidos, haremos una parada para desayunar— responde el mago que se ha adelantado a las necesidades alimentarias del enorme eledín. — Está bien— rumia el norteño no muy conforme. Salimos de la posada y tomamos las barcas. Enciendo el candil y lo coloco en la proa, para iluminar el frente. Clarín coloca su mano justo en el pico delantero de su barcaza y murmura una especie de oración. Un punto de luz enfocada hacia adelante surge de su mano y se adhiere a la superficie del bote. Estamos listos para iniciar la marcha. Tal y como me había percatado la noche anterior, las aguas aceleran a la altura del molino, aunque de momento de manera escalonada. Veo a mi compañero mantener la dirección con soltura. Nos adentramos en la sinuosa rivera a buen ritmo, seguidos de cerca por nuestros compañeros. Tras algo menos de dos horas, el sol comienza a alzarse tras las montañas Morguel, cuya vertiente norte se divisa a lo lejos hacia el este, algo a la derecha de la dirección noreste que toma el río tras un meandro. Noto que las aguas toman brío mientras avanzamos hacia la parte superior de un gran cañón. Se observa de frente con claridad, como a un kilómetro, la bifurcación que mencionó el pescador de truchas. Los hombres a los remos 188 comienzan a desplazarse hacia la izquierda. Tomamos la desviación y el caudal se vuelve más y más potente. Con habilidad, los eledines van sorteando rocas, siguiendo las corrientes más anchas, que reptan sobre la sensiblemente inclinada pendiente. Poco después, el arrollador canal se calma levemente y gira hacia la derecha. Momento que aprovechan los remeros para cambiar de orilla. De nuevo el caudal se acelera hasta pasar unas enormes piedras que dividen el embravecido río por ese lado. Tras un kilómetro de frenético descenso en línea recta, justo antes de un brusco cambio de dirección a la izquierda, se abren dos pasos. El más abierto, por donde circulamos, penetra en unas tranquilas aguas. Por la parte interior del giro, se ven saltos de agua, envolviendo un estrecho paso. Nos cerramos para trazar la curva por el paso interior. De nuevo las aguas se aceleran bruscamente, pero la barca encuentra, ayudado por las habilidosas manos de Shiroge y Biggi, espacio suficiente para seguir adelante sin obstrucción. Finalmente, arribamos a un punto en el que las aguas de ambos pasos confluyen formando un potente remolino. Tras de él, dos impresionantes rocas dividen el caudal, dejando un estrecho hueco en su centro por donde queremos atravesar. Los eledines maniobran para sumarse a la corriente del torbellino que nos empuja hacia la derecha. Shiroge consigue mantener el bote estable, en una zona donde continuamos girando, pero evitando ser succionados hacia el ojo del remolino. La salida de la derecha de las rocas pasa de largo, mi compañero comienza a remar con fuerza hacia fuera del potente torbellino y consigue salir de la influencia de sus aguas. 189 Veo como Biggi intenta tras nosotros la misma maniobra. Le está costando más, parece que, lenta pero irremediablemente, están siendo succionados hacia el vórtice del feroz remolino. Rápidamente saco mis cuerdas y ato la punta a una rama de arbusto que sobresale entre las grietas de una de las rocas y lanzo el extremo del gancho hacia la barca de nuestros compañeros. Por suerte, cae dentro de la barcaza. Semín la agarra y tira con fuerza, mientras Clarín la amarra a la proa. Una vez estabilizada la barca y ayudándose de la cuerda, logran salir de la corriente. — Gracias, Mirmaerín— me agradece el exhausto eledín, al llegar a nuestra posición. — Ahora somos compañeros, debemos ayudarnos unos a otros si queremos sobrevivir— respondo restándole importancia. Continuamos por el paso del medio, de fuerte corriente, pero muy bien canalizada, sencillo si lo comparamos con lo que hemos dejado atrás. A unos cien metros, está el final del escarpado canal, que da paso a tranquilas aguas, que serpentean rumbo noreste dirección a Dúltor. Oigo una cascada a nuestra derecha justo al llegar a la esquina del paso. — ¡Mirad allí!— grito señalando a la orilla junto a la cascada—. ¡Hay una barca estampada contra las rocas! Shiroge maniobra hacia la derecha y nos dirigimos al lugar. Al atracar en una zona libre de corriente un poco más abajo, amarramos las barcas y nos acercamos. Alcanzamos un alto sobre la orilla y nos percatamos de que un camino pasa por ahí, desciende por el acantilado unos doscientos metros hacia arriba y continúa junto a la ribera en la dirección de la corriente. 190 Llegamos a la barca, me percato de que la proa está gravemente dañada. Por lo que se ve que ha caído en alguna roca. La cubierta está inundada y hay un rastro de sangre relativamente fresca, justo al lado entre las rocas. — Sigamos el rastro de sangre— dice Semín señalando al camino. Vamos tras el medio elfo atravesando el escarpado terreno, siguiendo el incesante punteo rojo sobre la angulada superficie rocosa, hasta llegar a la vía. Semín se agacha. — Por las huellas, han llevado arrastrando a un hombre, entre dos, uno a cada lado, dirección noreste— informa el encapuchado medio elfo. Clarín alza su brazo y de nuevo cae en picado Miliki desde el acantilado. Se posa sobre la mano del elfo, que le susurra unas palabras y echa a volar dirección noreste. Revolotea a unos quinientos metros y vuelve de nuevo junto a su amo. — Al parecer hay una cueva más adelante, hay un hombre junto a la puerta— advierte el hechicero con seguridad. — Vayamos pues, no tenemos tiempo que perder— propone Biggi. — ¿Y el desayuno?— pregunta Shiroge. — Estamos aquí al lado, no nos llevará mucho— le contesta Clarín con una sonrisa. El eledín acepta a regañadientes. Y avanza el primero, con cara de desaprobación. Siguiendo el alto ritmo del paso de mi amigo, llegamos muy pronto a divisar la apertura en la pared del acantilado. En el umbral reposa un cuerpo aparentemente sin vida. Al aproximarnos reconozco a uno de los medio elfos de Bísal, yace sin vida sobre un charco de sangre. La cueva ante él, 191 es sinuosa y húmeda, un esperpéntico olor a muerte emana de su interior. — Es uno de ellos, se ve que lo han abandonado aquí. Por el color de la sangre, hará unas doce horas— revelo a mis compañeros mis conclusiones. — Si los otros dos han seguido por el camino tardarán dos días desde aquí. Dúltor está a un día en barca— calcula Clarín. — ¿Y si están dentro escondidos?— se percata Biggi de otra opción que contemplar. — Desayunemos mientras pensamos qué hacemos— reclama Shiroge cansado de posponer la comida. Todos nos sentamos sobre unas rocas, a unos metros de la entrada de la cueva, y comemos mientras discutimos qué hacer. Finalmente decidimos investigar la cueva. Como dice Biggi, mejor descartar opciones y luego continuaremos. Yendo en barca nosotros y ellos a pie, hemos calculado que tenemos unas horas de margen. Tras el desayuno-almuerzo, enciendo el candil y penetramos en la oscuridad del maloliente pasillo cavernoso. Clarín vuelve a realizar el hechizo, ubicando esta vez la luz en la palma de su mano, que ilumina a lo largo de la estrecha cueva. Avanzamos con precaución. Al adentrarnos, me percato de que las paredes del túnel comienzan a moldearse. Se ve que han tallado el interior de la cueva. Aumenta la humedad y el mal olor. Pequeños charcos se forman al final del paso, ya con forma rectangular, donde se accede a una pequeña sala, alargada de manera horizontal, desde la que ramifican diversos pasillos en forma de biblioteca. Al asomarme a uno de ellos, distingo un sinfín de nichos apostados a cada lado de las paredes, que gotean oscuras 192 lágrimas de agua ennegrecida. Es sin duda un túmulo funerario, quizás aquí fueron a parar los caídos de alguna batalla del pasado. Pequeñas urnas de cerámica reposan en raídas repisas junto a las tumbas. — Empecemos por la derecha, es mejor no separarnos— propone el mago. Por un momento me viene a la cabeza el recuerdo de Haleth. Seguimos las instrucciones de Clarín y vamos hasta la punta, a la derecha de la alargada sala. Hay en total una decena de pasillos, si no me fallan las cuentas. Accedemos al primero de ellos empezando desde el final. Una vez el mago ilumina el interior del pasadizo, calculo habrá unos cincuenta metros hasta una pared en el fondo. Avanzamos hasta el otro lado. Consigo contar un total de cincuenta tumbas en cada línea, eso hace quinientas tumbas por pasillo, luego aquí deben yacer la mareante cifra de cinco mil almas. Por un momento se me encoge el estómago. Del otro lado del pasillo hay otra sala alargada de similares dimensiones y que abarca la parte de atrás de la tétrica y apestosa biblioteca de muertos. Ayudado con la luz del mago, que ilumina hasta el final de la sala, cuento los pasillos. En total hay nueve. — Falta un pasillo, el del extremo de la izquierda supongo— revelo mis conclusiones. — Pues vayamos a ver— responde Shiroge. Volvemos por nuestros pasos, hasta la boca del túnel por el que hemos entrado y continuamos hacia el extremo de la izquierda del húmedo rellano. Al llegar, el mago dirige el foco de luz hacia el interior del último pasillo. En éste no hay lápidas. Solo un diáfano estrecho paso, que vira a la izquierda en su fondo. Seguimos adelante con cuidado de no caer en ninguna trampa. 193 Giramos al final y encontramos una sala cuadrada, de unos cinco metros de lado. En el centro se ubica una tumba, sobre la que reposa una gruesa losa, con inscripciones talladas en su superficie. Hay una pequeña estatua en la punta. — Pues por lo que se ve aquí no están— digo lo evidente, mientras Semín inspecciona la sala con más detalle. — Mirad aquí— Señala un saliente de la tumba—. Se ve que ha sido arrastrada. Tengo entendido que en estos túmulos enterraban a los guerreros con sus tesoros. Miro sobre la lápida. Está escrito en bóldor: “Aquí yace Rubrem, último rey de los primeros hombres.” Por lo poco que sé, él y todo su ejército perecieron en la última batalla de la gran masacre, cuando los Erdan decidieron acabar con el mal que Amán había introducido en su sangre. — ¡Vaya!— exclamo con asombro— ¡Pues aquí reposan los restos de todo un rey! — Sabed que hay conjuros y maldiciones que protegen estos tesoros. Percibo un gran mal, del otro lado de esta tumba— advierte el mago con cara de preocupación. — Aunque eso sea cierto, somos Dalmas— replica Shiroge—. No será la primera vez que me vea las caras con un ser maligno, y esta vez tengo el arma apropiada. — Vayamos pues— insta el valiente Biggi—. Lo que está claro es que no tenemos tiempo que perder. Shiroge agarra la pesada losa con sus dos manos y la retira, con cierta dificultad, depositándola apoyada en el lateral de la tumba. Del hueco se desprende un fuerte olor a azufre. En el interior, entre una gran cantidad de polvo, se distinguen relucientes objetos. Entre ellos, destaca un bastón, con una gema roja en la punta y cuatro anillos de plata en el mástil. Shiroge lo agarra y tira de él. 194 — ¡Zummm!— Se oye un fuerte zumbido, y el suelo empieza a temblar. Veo que el acceso a la sala se está bloqueando, mientras cascotes de piedra caen del techo. Un fuerte golpe derriba una losa en la pared frente a la tumba, de donde aparece un ser, con forma humana oscura y sombría, carente de mirada. Agarra un brillante mandoble en su brazo derecho y en el otro tiene un gran escudo. Por un momento nos quedamos paralizados, mientras el ser camina desafiante hacia nosotros y lanza un ataque dirigido a Semín, que sigue junto a la tumba. El golpe contra el escudo del medio elfo, lo proyecta con inmensa fuerza contra la pared de la izquierda y cae inconsciente. Shiroge vence el miedo y lanza un ataque, pero el ser logra pararlo con su escudo. El mago agarra sus bolas del cinturón. El tumulario se lanza a por Clarín, que está totalmente indefenso. Biggi se pone por medio y recibe el poderoso ataque que resbala por su escudo y le amputa la pierna por encima de la rodilla. El eledín cae al suelo en estado de shock, mientras una cascada de densa sangre se desparrama de la herida. Consigo lanzar un ataque, aunque débil, que hace que retroceda. El enemigo mira la punta de mi lanza y se dirige hacia mí. Aparece Shiroge por el flanco y lanza un segundo ataque, esta vez es efectivo, el enemigo se tambalea y lanza un estruendoso gruñido. La bola del mago golpea la cabeza del ser ya debilitado, que cae al suelo y se disuelve en una especie de polvo negro. Intento asistir, con ayuda de Clarín, al eledín caído, mientras el Shiroge acude en auxilio del medio elfo. Al ver al herido, me percato de la gravedad de la situación. Convulsiona en el suelo, mientras intento hacer un 195 torniquete. Con las manos llenas de su caliente sangre, veo que deja de moverse. No hay nada que hacer. Los azules ojos del mago se saturan de lágrimas e inclina la cabeza. — Ersan ard enar, amal— recita en baja voz. Significa en el idioma de los elfos: Vuelve al lugar de los Ersan, amigo. — ¡Está consciente!— grita Shiroge desde el lado de la izquierda, donde se encuentra tendido Semín. Me apresuro hacia allá. — Ay...— escucho el leve quejido del medio elfo. Shiroge se aparta y miro el brazo del escudo del compañero, parece que no está roto, tiene un gran moratón, justo debajo del hombro. Además, se ha golpeado la cabeza contra la pared, lo que le ha provocado una pequeña brecha en la frente, que no precisará sutura. Se encuentra mareado, pero sobrevivirá. Cojo de su saco una de las pociones que encontramos en la guarida de los Siervos de Amán, y se la doy. De nuevo, la bebida demuestra su eficacia, enseguida mejora. Incluso el moratón del brazo parece recuperar en pocos instantes parte de su tono normal. Decidimos dejar el cuerpo del compañero caído en la tumba del rey, una vez sacamos los tesoros. Además del bastón encontramos una daga brillante de doble filo, que luce una gema roja en su empuñadura negra; dos anillos, uno que ahora reconozco sirve para mejorar la energía en el combate, con la piedra de color rojo; y otro parecido con una piedra amarilla. Además de un cofre ornamentado que contiene veinte monedas de oro. — Es un gran tesoro, la verdad. Una pena que nos haya sido tan costoso— aprecia el mago, una vez Shiroge 196 termina de colocar, con solemnidad, la losa sobre los restos del valeroso Biggi. — “Dartum art tulus”— susurra el eledín. Nos repartimos el oro en partes iguales, cinco por cabeza. El hechicero analiza los objetos. — Este es un objeto intermedio de mejora ofensiva, como el que llevas, Mirmaerín, pero un poco más poderoso— dice del anillo con la piedra roja. — Este es un anillo que canaliza la energía para la esquiva de ataques— reconoce el de la piedra amarilla. — Esta es una excelente daga de asesino. Hecha de acero mágico, tiene implantado un hechizo de ocultación en la gema— afirma sobre la daga que lleva la piedra roja, incrustada en la negra empuñadura. — Esto es un bastón pararrayos. Portándolo un hechicero, sus anillos se van recargando. Una vez los cuatro aros se vuelven blancos está listo y puede lanzar una bola de fuego— aclara acerca del bastón. Nos lo repartimos de la siguiente manera: Clarín se queda el bastón, Semín la daga, Shiroge usará el anillo de energía de ataque y yo el de esquiva. Una vez estamos de acuerdo y repartimos los objetos, salimos del apestoso túmulo, donde reposarán los restos de nuestro valiente compañero caído y nos dirigimos a continuar nuestra misión. Al llegar a las barcas, descubrimos que ya no están. Miramos por todos lados, y vemos a lo lejos una de ellas a la deriva, acercándose al margen izquierdo del río. — ¡Maldita sea, se ve que nos la han jugado!— exclamo con rabia. — Iré a recuperar la otra barca, aunque apretados, seguro que los cuatro cabemos en ella— ofrece Shiroge y se echa a correr junto a la orilla. 197 Todos le seguimos. Alrededor de un kilómetro después llegamos a su altura. El eledín suelta todo lastre de su cuerpo y lo apila sobre una roca. Con el musculoso torso desnudo, se lanza a las aguas del río y comienza a nadar los cien metros aproximadamente, que hay en esta zona donde el caudal se ensancha. En apenas un minuto, el grandullón ya está botando la barca y toma los remos. — ¡No hay tiempo que perder, como mucho nos sacan un par de horas!— grita el eledín, que desembarca para coger sus pertenencias. Subimos al bote y en un abrir y cerrar de ojos, estamos en marcha. Ha pasado toda la jornada y el inagotable Shiroge no ha parado de remar. A través del halcón no hemos encontrado aún atisbo de los perseguidos. Esperamos el regreso del ave, después de su última ronda. — Ahí viene Miliki— aprecia Clarín señalando al frente. El pájaro revolotea alrededor del mago y se posa en su hombro, mientras éste se concentra. — Hay un faro más adelante y una barca vacía sobre una pequeña playa de arena— explica el hechicero—. Parece que ya han llegado. Unos treinta minutos más tarde, en el tiempo que se hace de noche, alcanzamos la orilla donde está estacionada la barcaza robada. Está completamente vacía. — Aquí hay unas huellas, dirección este— observa Semín señalando una rampa un poco más allá. Nos apresuramos hacia ella. Desde su punta, vemos la almenara del faro, en lo alto de una colina. Un poco más adelante nos topamos con un pequeño camino y seguimos por él. 198 Una vez alcanzamos la loma, vemos que la vía se bifurca. A la izquierda se dirige al faro, a unos cien metros de nosotros, ubicado sobre un acantilado, del que se escuchan los lejanos rugidos de las olas romper. De frente el camino sigue hasta unas luces a lo lejos, de lo que parece ser una pequeña ciudad portuaria, sin duda se trata de Dúltor. — ¡Vayamos a la ciudad!— exclama Clarín señalando con su nuevo bastón. Seguimos adelante y el camino pasa junto a una gran playa de arena. Veinte minutos después atisbamos luces de granjas y poco más adelante llegamos a un gran portón cerrado, situado en el lateral oeste de una muralla de madera, que rodea la ciudad. 199 8 Hombres de las Montañas. Llamamos a la pequeña puerta justo en medio del portón. Se escucha bastante movimiento del otro lado. Una ventanita se abre un metro a la derecha, por la que se asoma la cara de un guardia. — ¡Qué queréis!— dice el hombre con pocos modales. — Somos viajeros, buscamos una posada para pasar la noche dentro de las murallas— responde Clarín. — Durante la noche no nos tienen permitido abrir esta puerta, tendréis que ir hasta la puerta principal, la del camino de Xandria. Tomad ese sendero, por él llegaréis al lado este de la ciudad— informa el portero señalando a su izquierda—. Además, en las cercanías, más allá del cementerio, hay una posada llamada el Gran Descanso. Dudo mucho que encontréis alojamiento disponible dentro de la ciudad. Se está celebrando el gran mercado mensual y la posada Luz del Norte está abarrotada estos días. — Muchas gracias por la información— responde el mago, seguidamente el guardia cierra la ventanilla. Tomamos el sendero y vamos rodeando la muralla de unos cinco metros de altura, que se extiende por nuestra izquierda, y en la que, aproximadamente cada cien metros, se eleva un puesto de vigilancia iluminado por antorchas. Del lado de la derecha, los candiles de algunas granjas motean la llanura que se abre en dirección sur. Al girar una esquina de la barricada, topamos con un camino, que llega desde dirección suroeste. Probablemente aquí termina la ruta a pie, que acompaña al río que hemos seguido desde los cuatro picos y que va a parar a otro portón también cerrado. 200 El sendero sigue del otro lado, así que atravesamos la vía y seguimos por él. Un cuarto de hora después, tras otra esquina, se ve gente a las puertas de la muralla, donde llega un camino más ancho, que deduzco es el de Xandria. Entre la oscuridad, un poco más adelante a la derecha, del otro lado del camino, se atisba un oscuro cementerio, tras el que se ubican las luces de la posada. Hay bastante tránsito del otro lado del portón. Gran cantidad de transeúntes cruzan entre la media docena de indiferentes guardias, de ropas grises, que lucen en la solapa un círculo azul con las tres estrellas del norte y que custodian la entrada. — ¡Mirad allí!— Semín señala con el dedo hacia la posada. Al girar la cabeza veo a una joven uniformada pasar por delante de los candiles de la posada, cojea de la pierna derecha y viene sensiblemente herida. Los guardias se percatan también de la situación y corren a socorrerla. — Entremos ahora, nos evitaremos suspicaces preguntas— propone Clarín. Asentimos y entramos en la ciudad. Hay una poblada avenida justo delante, la mayoría de las casas a los lados son de piedra en su base, con el tejado y las vigas de madera de roble. Forman una hilera de unos cien metros de largo en dirección al centro de la población, donde se ubica una gran plaza. Varias callejuelas radian desde ella y en el medio se alza un humilde templo de Túlmar, Erdan de la navegación, enfrente de una estatua de Reéjtar, Erdan del comercio. La zona está abarrotada. Es hora de cenar y la gran taberna, del otro lado, justo en la esquina de la avenida que conecta la plaza y el puerto, tiene la puerta muy concurrida. Todo el camino he ido mirando las caras de los paseantes, hay gentes de todas las razas, pero aún no he visto al feo 201 medio elfo, cuya cara no se me borra de la mente, y su acompañante. — Vayamos al puerto, por aquí no están— propongo a la compañía. — Me parece bien, aunque dudo mucho que se dejen ver fácilmente, saben que les estamos persiguiendo— responde Clarín, seguramente con razón. Cruzamos la plaza y pasamos por la avenida junto a la posada, que abarca de esquina a esquina, hasta llegar a la zona portuaria. Del otro lado, la taberna tiene otra entrada iluminada con candiles, donde hay una terraza con cinco mesas, todas ocupadas. De frente, al otro lado de una explanada, se abre a ambos lados un gran muelle de granito, con una quincena de barcos atracados y que no dejan ni un solo hueco del ajetreado embarcadero. Barcas de menor tamaño ocupan una zona en la punta oeste. Hay marinos en todas las pasarelas, en las que cuelgan pequeños faroles de colores dando un aire muy festivo. Veo dos parejas de guardias, una en cada punta del muelle. — Buscad sitio en la posada, yo interrogaré a los guardias, como os he dicho, la cara del medio elfo es muy reconocible— propongo a mis compañeros. — ¿Tú solo?— pregunta Shiroge. — Sí, será mejor no llamar la atención.Y tú, mi querido amigo, eres debido a tu tamaño, demasiado llamativo— le argumento a mi compañero eledín—. De hecho, no está de más que busquéis algún rincón escondido en la posada. Voy primero a los de la derecha, hacia la punta este, que están ligeramente más cerca. Observo a los guardias. Son jóvenes cadetes, que habrán tenido que incluir en los turnos para cubrir las necesidades 202 del evento. Al más bajito, el uniforme le cae algo grande, no creo que tenga más de quince años. — Buenas noches, soldados— saludo a los muchachos. — Buenas noches. ¿Qué quieres?— responde el mayor de ellos, un poco a la defensiva. — Estoy buscando a unos amigos, son dos medio elfos, deben haber llegado esta misma tarde— Para no levantar sospechas, miento a los muchachos—. Me da vergüenza reconocerlo, pero uno de ellos es muy feo, con grandes orejas, el gesto torcido y la cara llena de marcas. Además, no tiene un solo diente recto. Tienen el pelo negro poco arreglado y ambos llevan un pendiente de aro. — Yo no he visto a ningún medio elfo con esa descripción— responde el joven uniformado. — ¡Vaya!, me urge verme con ellos, estoy dispuesto a dar una suculenta recompensa por encontrarlos— pruebo a tentar a los jóvenes. — ¿Qué recompensa?— pregunta el más bajito con codicia. — Dos monedas de plata— Intento no pasarme, no quiero llamar la atención. Es el sueldo de una semana que recibe un Yelmo de León en Gáldoras, y dicen que son los mejor pagados del reino. — Si vemos algo se lo diré, señor— responde el jovencísimo guardia. Asiento y me dirijo al otro lado del muelle, siempre pendiente por si me cruzo con alguno de esos malnacidos. Otro joven guardia acompaña a uno de mayor edad. — Buenas noches, señor— me comunico con el de aspecto mayor. — Buenas noches, caballero— responde con cortesía—. ¿En qué puedo ayudarle? 203 — Estoy buscando a un par de medio elfos, deberían haber llegado esta tarde— repito los argumentos—. Uno es bastante reconocible, de aspecto horrendo, casi bufonesco, con el pelo moreno, y ambos llevan un pendiente de aro. — Me temo que hay mucho ajetreo. He visto algunos medio elfos, pero ninguno que concuerde con la descripción— contesta de nuevo el uniformado. — Si lo vieran, estaré cenando en la posada Luz del Norte. Estoy dispuesto a dar una recompensa, me urge verme con ellos. Que tengan buen servicio— añado mirando a ambos guardias y me giro para regresar hacia la taberna. Sin duda va a ser tarea difícil dar con el par de villanos, ni siquiera tenemos seguridad de que sigan en la ciudad. Mañana estaré pendiente de los barcos que zarpan desde primera hora. Al entrar en la posada no distingo a mis compañeros, doy una vuelta por los dos grandes salones del que está compuesto. Uno de ellos tiene un escenario, en el que un joven bardo humano se acomoda con cierto nerviosismo. Veo más allá del escenario la cabeza de Shiroge, en una desapercibida mesa contra la pared y me dirijo hacia ellos. Más de sesenta personas de todas las razas abarrotan solo este comedor, que sumados a los que hay en la habitación contigua y los que beben en las puertas del local, serán más de ciento cincuenta clientes que ambientan la taberna con risas y sonidos de copas brindar. Justo llego al sitio que me tienen guardado, cuando el joven comienza a tocar. Parece que le cuesta arrancar, por un momento se queda bloqueado ante el ansioso y ebrio público. Clarín saca un pequeño ukelele del saco y da un salto por el lado hasta el 204 escenario. Se coloca al lado del apabullado juglar y comienza a tocar. Lo cierto es que el mago es muy hábil con su instrumento. Toca una animada música, mientras recita un viejo poema de mar, que algunos de los asistentes conocen y replican con sus cantos, a la vez que otros dan palmadas y bailotean al incesante ritmo del instrumento. El bardo coge confianza y hace sonar su clarinete acompañando notablemente a la música. Resuena el estribillo. “Mi Erdan es Túlmar Y mi barco mi tesoro En el mar me siento libre Por eso yo le imploro Vivir en el mar mis sueños Y perder en su fondo mi oro Navegar sobre el mar libre Y perder en su fondo mi oro” Un atronador aplauso estalla y todo el mundo brinda y ríe. El músico choca su mano con la de nuestro compañero elfo en forma de saludo, y éste baja del escenario. Parece que el bardo ha perdido el miedo escénico y puede continuar solo. Con los primeros acordes de la nueva melodía, regresa el mago de su actuación. — ¡Genial Clarín, esto sí que ha sido magia!— Aplaude Shiroge muy animado. Todos nos reímos y estrechamos la mano del hechicero, que sonríe con algo de rubor. Aprovechando que la comida está servida, nos ponemos a cenar. A pesar del bullicio de fondo, logro explicar al resto de los Dalmas el fracaso de mi búsqueda y mis intenciones de madrugar. No es sitio para hablar, especialmente ahora que un grupo de bahaluks se unen, como es habitual en 205 ellos tras la cena, y empiezan a acompañar con su alegre música. El ambiente es festivo, despreocupado, jovial… no es bueno para nuestros intereses. — ¡Tendremos que ir a la posada de fuera a dormir!— vocea Clarín para hacerse oír. — Pues no tardemos mucho, no estamos aquí de fiesta...— No es que recrimine la actitud alegre de mis compañeros, entiendo que después de tantos días de fatigosa persecución y cautiverio, tengan ganas de disfrutar. Pero no me gusta la sensación de que estamos dando por perdida la misión, que me empuja a creer que no recuperaremos la Luz de Rosa. — Si queréis, quedaos vosotros a disfrutar de la velada, de todas maneras yo soy el único que puede reconocer a los sectarios— recapacito en seguida. Los alegres compañeros Dalmas responden con una sonrisa, así que me levanto y salgo entre la multitud. Primero paso a ver a mis informantes guardias de la zona del puerto. En la hora que he tardado en cenar, no ha habido novedades. Hago una pequeña parada en el templo y tras unas breves oraciones, me dirijo sin dilación hacia la taberna El Gran Descanso, en el camino de Xandria. Me percato de que, poco a poco, la actividad nocturna va decayendo por las calles de la pequeña ciudad costera. La taberna de las afueras no está tan llena. Los últimos comensales apuran la cena. La mitad de las ocho mesas que hay en el comedor están ocupadas y hay ambiente de tranquilidad. Me acerco a la barra mientras me fijo en los huéspedes. Hay un grupo de cuatro guardias humanos, con el símbolo de las tres estrellas en la solapa, que toman una cerveza en la mesa en el medio. Otra en el fondo, junto a la 206 esquina, está compuesta por cinco integrantes, tres medio elfos y dos humanos, pero no reconozco a ninguno de los huidos. Una pareja debate, un tanto acalorada, ocupando la que está de fondo junto a la barra. Por último, cerca de la puerta que da a las habitaciones, hay dos guerreros, no tiene muy buena pinta, uno tiene un vendaje con sangre fresca en el brazo derecho. — Buenas noches— saludo al tabernero—. ¿Tiene una habitación para mí y tres compañeros que están por venir?— — Está de suerte, aún tengo un par de habitaciones, una de ellas con cuatro camas— contesta el hombre tras la barra. — ¿Qué cuesta?— pregunto mientras echo mano al morral—. Incluya el desayuno. — Dos monedas de bronce en total— responde—. Una de bronce y dos de cobre por la habitación y otras ocho de cobre por el desayuno. — Mis compañeros son un eledín de enormes dimensiones, acompañado por un elfo y un medio elfo. Preguntarán por Mirmaerín— explico al posadero a la vez que hago entrega de las dos piezas. Se oye jaleo en el camino. A través del ventanal, veo aparecer un numeroso grupo de personas caminando con dificultad, que marchan hacia Dúltor. — ¿Qué está ocurriendo?— pregunto al tabernero. — Al parecer han atacado la ciudad vecina de Xandria, durante toda la noche han estado llegando heridos— contesta cabizbajo. — ¿Quiénes son los asaltantes?— pregunto con curiosidad. — Un grupo de Hombres de las Montañas, al parecer— responde de nuevo—. Según tengo entendido, son 207 humanos de estilo de vida salvaje, que habitan en el norte de las montañas Morguel. Salvo algún encuentro ocasional, nunca ha habido mayores problemas con ellos. Este ataque ha tomado a todos por sorpresa. — ¿Qué posibilidad hay de que nos ataquen aquí?— insisto con el interrogatorio. — No lo sé, hará poco más de dos horas, la sargento Névula regresó herida, al parecer había acompañado a una partida de Dalmas en busca de información. Ella fue la única superviviente. Supongo que el capitán Gílmed está ya al tanto de todo— añade con preocupación el tabernero. — Gracias por la información, señor. ¿Dónde se ubica la habitación?— me despido, a fin de cuentas, este asunto no tiene relación alguna con mi misión. — Por esa puerta de allí, suba las escaleras y tome el pasillo, es la segunda puerta de la izquierda. Tiene vistas al camino— indica con el dedo la puerta tras los dos hombres heridos. Sigo las indicaciones y subo a la habitación. Lo cierto es que estoy agotado y mañana tengo que despertarme antes del amanecer. Es hora de dormir. Suena un lejano murmullo de un gallo y abro los ojos. He tenido un sueño profundo y estoy un tanto desubicado. Veo algo de claridad por la ventana de la habitación. Miro a mi alrededor y veo que Shiroge duerme a pierna suelta. Clarín está también tumbado, boca arriba con los ojos entreabiertos y Semín se recuesta de lado contra la pared. Me levanto sin hacer ruido, cojo mis cosas y abandono el cuarto. Es tarde, espero que ningún barco haya zarpado aún. No paro a desayunar, solo saludo al pasar a la joven que se encarga de la barra. Me apresuro hacia las puertas de 208 la ciudad, esta vez contemplando el lúgubre cementerio a mi derecha, que empieza a bañarse por las primeras luces del alba. Cruzo la entrada sin incidencias, avanzo fijándome en los madrugadores transeúntes hasta llegar a la plaza. Más de medio centenar de personas están montando un mercadillo, cuyo pasillo central gira en torno al templo y la estatua. Atrocho entre los puestos y avanzo junto a la posada hasta el puerto. Veo que hay mucho movimiento. Al mirar al fondo, me percato de que ya dos barcos hacen maniobras de desatraque. Corro hacia la punta del muelle, e intento divisar a los ocupantes. En uno de ellos, veo marinos humanos atareados con los aparejos y las poleas para abrir las velas, maniobrando en dirección al oeste. Un poco más allá, el barco más madrugador toma ya rumbo este. Al mirar al hombre del timón me percato por las vestimentas, que es uno de los medios elfos que había visto la noche anterior. Me mantengo en el muelle durante tres horas más, paseando por las pasarelas y hablando con los marinos y los guardias. La búsqueda es absolutamente improductiva. Un total de media docena de barcos han abandonado el lugar y ni rastro de los Siervos de Amán. Mis peores temores se confirman, hemos fracasado. Me siento cabizbajo en una escalinata, cuando oigo la voz de Shiroge. — Anímate, Mirmi. No es el final, solo una piedra en el camino— me dice mientras apoya su enorme brazo sobre mi hombro. 209 — Es extraño, siento un desagradable desasosiego de saber que no volveré a verla más— respondo refiriéndome a la piedra. — ¡Basta de ñoñerías!— exclama el medio elfo—. Hay que pensar qué vamos a hacer ahora. — Debemos enviar un mensaje a Néster, el abad. Seguro está impaciente por tener noticias— opina Clarín—. Vayamos a ver a Murkan, el alcalde de la ciudad, creo que podrá ayudarnos. He oído de él que es un hombre muy anciano, además de un fiel súbdito del rey Árathan. — Después podíamos echar un vistazo a ese enorme mercado, viniendo hacia acá he visto que venden de todo— añade el eledín. Clarín se acerca a un guardia a preguntar por el paradero del alcalde, un minuto después regresa con noticias. — Al parecer Mulkan está gravemente enfermo, desde hace tres días. Me han recomendado hablar con su hijo, el capitán de la Guardia de las Tres Estrellas— nos aclara el mago—. Me ha indicado que hay una casa grande en la parte oeste de la ciudad, es la residencia del alcalde, donde además está el despacho del oficial. Nos dirigimos hacia allá cruzando el muelle, para evitar el trasiego de la gran plaza. Pasamos una pequeña callejuela de viviendas y llegamos hasta una plazoleta donde además de la mansión señalada, hay un edificio militar junto a unas caballerizas. La puerta de la vivienda principal está custodiada por una pareja de Guardias de las Tres Estrellas. — Buenos días, viajeros— nos saluda uno al vernos llegar ante ellos—. ¿Qué desean? — Venimos a hablar con Gílmed, el capitán. Es un asunto importante— anuncia el mago—. Venimos de parte de Néster, abad de la abadía de Thal, en Íshar. 210 — Voy a preguntar— responde el uniformado, que se gira y entra en el edificio. Un par de minutos después regresa. — Podéis pasar— Nos abre la puerta el guardia—. Es la primera habitación de la derecha. Accedemos a la lujosa vivienda. Me llaman la atención las pequeñas esculturas de fina porcelana, sobre pedestales ornamentados, que se disponen a lo largo del pasillo. — Toc, toc— El mago llama a la puerta. — Adelante— una ronca voz masculina se oye del otro lado. Al entrar nos encontramos con un humano de unos cincuenta años, con el pelo y la barba canosa vestido de uniforme militar, que se sienta tras un amplio escritorio de roble, lleno de documentos. Hay dos estanterías a los lados de la sala y un par de asientos en el medio, de frente al capitán. — Buenos días, señores— saluda educadamente—. Me comenta el guardia que están aquí por un asunto importante y que vienen de parte de Néster. ¿Quiénes sois y de qué se trata? — Mi nombre es Clarín, soy miembro de la abadía, hemos llegado hasta aquí en persecución de unos Siervos de Amán que han robado un objeto de gran importancia. Necesito informar al abad de la situación— explica el mago dando el mínimo de detalles. — ¿Qué clase de objeto?— pregunta Gílmed con mirada curiosa. — Se trata de una gema con gran poder, es un asunto vital, es todo lo que puedo decirle— responde con cautela el elfo. 211 — Está bien, enviaré un cuervo a Íshar, tardará un día en llegar y de haber respuesta, otro más en recibirla— acepta el oficial. Acerca una pluma y un papel a Clarín, que empieza a escribir sobre él. — ¿Tenéis algo que hacer en estos dos días?— Nos mira a todos. — Pues no, teníamos pensado ir al mercado— contesto esperando una propuesta. — Estoy terminando de redactar un cartel, en el que pretendo reclutar Dalmas para una misión muy importante— Nos muestra el letrero. “AVISO: Se precisan Dalmas para una misión de reconocimiento. Se ofrecen VEINTE monedas de ORO. Contactar con el capitán Gílmed” Todos leemos el cartel. Sin duda es una buena recompensa, pero no sabemos qué peligros entraña la misión. Veo a mis compañeros torcer el cuello, reconociendo el atractivo de la oferta. — He oído que unos Hombres de las Montañas han atacado Xandria— hago saber mi información—. ¿Tiene algo que ver? — Parece que estás bien informado. Así es, pero no es el destino de Xandria lo que me interesa saber— reconoce el oficial—. Anoche, una de mis guardianas regresó herida. La había enviado a una misión con unos Dalmas, pues hace cinco días no tenemos noticias del castillo de Kaalbhart, ubicado en el lago del mismo nombre, por el paso entre las montañas Morguel. Los exploradores acompañados por mi guardiana, alcanzaron la posada Cruce de Montañas, que se encuentra al pie de la cadena montañosa, cinco kilómetros después del desvío que hay, 212 a medio día de camino, en dirección a Xandria. El señor del castillo, Farwin, es primo de mi padre y estamos muy preocupados por él. Más aún ahora, que sabemos que los Hombres de las Montañas han conseguido llegar hasta la costa. — ¿Qué sabe de esos Hombres de las Montañas?— pregunta Shiroge. — Son salvajes de piel muy clara y largas melenas castañas. Cazadores que viven en una sociedad patriarcal, cuyo líder es Túlkar, un enorme hombre de más de dos metros y gran fuerza, según los informes. La mayoría son más bien bajitos, de un metro setenta aproximadamente. Rezan a Mísal, Erdan de la caza y la curtición. Visten con pieles de oso y de lobo, que ellos mismos curten con gran habilidad. Suelen usar hachas, pero también son excelentes lanceros. Realmente se trata de una comunidad muy peligrosa, que hasta ahora se habían mantenido al margen de todo— describe el capitán con detalle. — ¿A qué distancia se encuentra el castillo?— pregunta Clarín. —Habrá un día de camino a pie, pero si aceptáis, os prestaré caballos. A buen ritmo hay cuatro horas hasta la posada y otras tantas desde allí al castillo. Si salís ahora, será aún de día cuando lleguéis— informa el Gílmed—. Según la soldado herida, el grupo que les atacó ocupa la posada, a modo de puesto de avanzadilla. Los cuatro nos miramos los unos a los otros con gesto afirmativo. — Está bien— responde Shiroge—. Aceptamos. Prepare los caballos para después del almuerzo. En un par de horas. Esta vez estoy con mi amigo eledín, no he desayunado y tengo hambre, además podremos usar el tiempo para dar 213 una vuelta por el mercado. El oficial redacta un contrato con las condiciones del trabajo y todos lo firmamos. — ¿Podemos hablar con la guardiana que regresó herida?— pregunta Clarín. — No hay problema, se fue hace un rato a la posada Luz del Norte, su nombre es Névula— asiente el capitán—. Todos los lugareños la conocen. Preguntad a Dorin la posadera. Nos despedimos y salimos del edificio. — Vayamos directamente a buscar a la chica— propone el hechicero—. Luego iremos al mercado y cogeremos provisiones para la misión. Todos asentimos y le seguimos a través de la plazoleta hasta una pequeña calle, que da del otro lado a la abarrotada gran plaza de Dúltor. Rodeamos el mercado por la izquierda hasta llegar a la posada. El ajetreo a la puerta de Luz del Norte es incesante, con dificultad entramos en la taberna. Hay mucho movimiento también en el interior, pero fácilmente distingo a un grupo de guardias en torno a una mujer, morena con los ojos verdes y de porte esbelto, que relata alguna historia que cautiva la atención de sus acompañantes. — Sin duda es ella— expongo a los compañeros mi intuición. — Seamos educados y asegurémonos— contesta Clarín mientras se dirige a la barra. El mago habla con la tabernera, que le señala hacia la mesa de la joven afanada con su relato, ante la atenta mirada de los guardias. — Tenías razón— El elfo me guiña el ojo y nos dirigimos a la mesa. 214 — …No me quedó más remedio que huir a pesar de las heridas— concluye el relato mientras alza la vista al vernos llegar. — Buenas tardes sargento Névula— me dirijo a ella con educación—. El capitán Gílmed nos ha asignado una misión y nos gustaría hacerle unas preguntas. — Pues vale— responde afirmativamente pero sin mucho ánimo. — Nos dirigimos hacia Kaalbhart, a ver cómo está por allí la situación— le describo la misión—. El capitán nos ha informado de que ha sufrido un percance en la posada Cruce de Montañas. ¿Nos puede decir cómo están las cosas por allí? — Como les comentaba a mis compañeros, estuve allí ayer mismo, junto con cuatro Dalmas: un bahaluk llamado Mishika, un elfo de nombre Jatema y un hombre y una mujer, Cosako y Melish se llamaban— comienza a relatar. — ¿Melish?— interrumpe Clarín, algo poco común en él. — ¿La conocías?— pregunta Névula. — La verdad es que sí, era una hechicera de la abadía, hace como un mes abandonó Íshar en busca de aventuras— contesta con voz triste el mago—. Pero continúa, siento la intromisión. — El caso es que llegamos a la posada y nos percatamos de que había sido asaltada, intentamos acercarnos con cuidado, pero tu amiga tropezó y se quedó paralizada. Unos Hombres de las Montañas, un total de siete, nos atacaron y dieron al traste con nuestra estrategia. La hechicera acabó con la vida de uno de ellos con un proyectil de electricidad, antes de que se les echaran encima. El resto, viéndonos superados intentamos huir, pero solo yo logré escapar. Al menos otro de ellos quedó gravemente herido— termina de relatar. 215 — ¿Cómo son las cercanías del lugar?— se interesa Semín, quizás con idea de poder prever una estrategia de asalto. — Pues hay algo de arboleda, la vía pasa justo por delante de la taberna, que es visible desde una pequeña loma, por donde atraviesa el camino, como un kilómetro antes— contesta la mujer. — ¿Hay algo más que pueda servirnos de ayuda?— pregunta Clarín para finalizar. — La verdad es que sí— contesta afirmativamente, clavando la mirada profundamente en los ojos del elfo—. Esos Hombres de las Montañas luchan con una ferocidad, que jamás había visto, hasta la extenuación y sin miedo. Sed muy cautos. Agradecemos el consejo de la sargento y salimos al mercado. — Si es cierto lo que dice Névula, tendremos que andarnos con ojo— advierto a mis compañeros con un cierto tono de acongojo. — Son ellos los que deberían de tener cuidado— me contesta Shiroge con seguridad. Sin duda esos Hombres de las Montañas aún no se han enfrentado a un tipo como el grandullón. La verdad, que el eledín sea parte de nuestro grupo ayuda, y mucho, a disipar el miedo. Decidimos separarnos en el mercado. Shiroge y yo tomamos la calle central en dirección horaria, mientras Clarín y Semín van en la otra dirección. Nos cruzaremos del otro lado. De haber algo interesante nos lo haremos saber. Transitamos por el estrecho y abarrotado paso entre las improvisadas tiendas, de las que sobresalen muestras de ropa y de toda clase de accesorios, que el eledín tiene que 216 ir evitando. Hay animales vivos, frutas y verduras, ropa, bisutería, esculturas de dioses para decorar las viviendas, incluso armas y armaduras, pero nada interesante que mejore lo que tenemos. — ¡Pof!— escucho un moderado estruendo a mi derecha. Al mirar me percato de un comerciante bahaluk, que está junto a un bidón metálico del que emana humo negro. Sin duda es el mercader de Estrian, al que Elion le compró la útil bomba inflamable que nos salvó del ataque de los piratas. Me acerco al pequeño vendedor. — Buenos días— Intento repetir el saludo que Aulas hizo a sus camaradas en la posada El Sauce Feliz. — Bienfenido, señorr— contesta el bahaluk, cuyas puntas de su pelirroja melena me llegan hasta el pecho—. ¿Está interresado en adquirrir uno de nuestrros frrascos insendiarrios? — La verdad es que sí, ¿qué es lo que cuestan?— No tengo duda que merece la pena. — Sinco monedas de plata por frrasco— contesta el mercader. Vaya, sin duda no son nada baratos. Veo detrás del bahaluk que tan solo le queda media docena de frascos. — Está bien, me llevaré uno— A pesar del elevado precio merece la pena disponer de él. Entrego las piezas, guardo el frasquito con la mecha en mi mochila y seguimos avanzando por el mercadillo. Poco después nos encontramos de frente con nuestros compañeros, habremos tardado una media hora. — Por ahí no hay nada que nos haya llamado la atención— informa Clarín al llegar hasta nosotros—. ¿Qué tal por vuestro lado? 217 — He comprado un artefacto incendiario, pero son carísimos— le contesto—. Creo que son las últimas existencias y le quieren sacar partido. — Está bien. ¿Qué os parece si comemos en la posada el Gran Descanso?— propone el mago—. Lejos de la aglomeración nos atenderán más rápido y ya estaremos en el camino. — Me parece buena idea— opina Semín—. Pero tendremos que ver si ya tienen listos nuestros caballos. — Vayamos a comprobarlo— propongo mientras me giro dirección a la mansión del alcalde. Tras unos minutos llegamos hasta la puerta, los mismos jóvenes guardias siguen allí apostados. — Buenos días, señores— nos dice el más parlanchín—. Ya tienen sus caballos listos, en la cuadra de allí. El uniformado señala hacia la punta noroeste de la plaza, donde se sitúa la gran caballeriza. Nos despedimos con un gesto con la mano y nos dirigimos hacia allá. Al vernos llegar, el hombre al cargo de la cuadra viene hacia nosotros, acompañado por un mozo. — Buenos días, señores— nos saluda—. Creo que son ustedes los Dalmas que precisan de cuatro montas, ¿verdad? — Así es, si están listas partiremos enseguida— respondo. — Por supuesto— asiente—. Miles, trae a estos caballeros los corceles que hemos preparado. El ayudante se dirige a la puerta de uno de los establos. Sale un par de minutos después con las riendas de cuatro caballos en buen estado, bien alimentados y con el pelaje brillante. Destaca por su tamaño una yegua marrón, con una tira de pelo color blanco en su hocico. 218 — La yegua es perfecta para este hombretón, ya nos habían informado de su tamaño— ofrece con una sonrisa tensa el responsable de la caballeriza. Montamos a las bestias y partimos rumbo a la posada. No nos entretenemos demasiado. Amarramos los caballos a la puerta y entramos con presteza. El amable posadero está en la barra y nos hace un gesto con la mano. El comedor está casi vacío; es un poco pronto para almorzar. — Buenas tardes, señores, sean de nuevo bienvenidos— saluda el tabernero con una abierta sonrisa. — Queríamos comer algo, partimos enseguida— anuncio al hostelero—. También precisamos algunas provisiones, para un par de días. — Por supuesto. Darla, la cocinera, acaba de terminar su rico estofado de cerdo— ofrece el hombre—. Por favor, sentaos. — Vaya poniendo también cuatro jarras de cerveza— pide Shiroge la bebida. Rápidamente nos sirven las cervezas, pocos minutos después llega la comida, servida en unos hondos platos de barro, además de una hogaza y una ensalada. El estofado es de muy buena calidad, la carne está tierna, casi se deshace, y la espesa salsa, digna para apurar el pan. Tras la comida, abono alegremente la moneda de bronce: ocho de cobre por la comida y dos más de propina, y salimos en dirección sureste. Tras algo más de dos horas avistamos la desviación. Hay un letrero de dirección con tres flechas donde se lee a la izquierda “Xandria”, de frente “Kaalbhart”, hacia atrás “Dúltor”. 219 Seguimos de frente y unos minutos después alcanzamos el alto de una loma. Desde allí, tal y como dijo la sargento Névula, es visible la pequeña posada a lo lejos. — Será mejor amarrar aquí los caballos— propone Semín—. Cuando hayamos desalojado el paso volveremos a por ellos. — Tienes razón— coincido con el medio elfo—. Será mejor aproximarnos sin hacer ruido. Atamos los caballos a unos treinta metros del camino, entre unos matorrales en medio de la arboleda y comenzamos a acercarnos: por el margen izquierdo de la vía vamos Shiroge y yo, mientras que nuestros compañeros avanzan acechando por la derecha. Alcanzamos la posada, que está sensiblemente dañada, y nos situamos a unos veinte metros sin ser vistos. Esperamos entre la maleza unos minutos. Sin duda hay gente en su interior. Por la chimenea sale humo y huele a carne asada. Se ve a uno de ellos a través del ventanal con los cristales rotos, que da hacia el camino. — Acércate a la puerta, voy a lanzar el artefacto incendiario; les obligará a salir— susurro a Shiroge el plan—. Nuestros compañeros podrán atacar por la espalda. Shiroge asiente y avanza unos metros. Se coloca junto a unos arbustos, cerca de la esquina opuesta del edificio. Veo a Clarín con sus bolas preparado, pero no diviso a Semín. No hay tiempo que perder, extraigo el frasco de mi mochila y prendo su mecha. Me concentro en el lanzamiento y arrojo el recipiente hacia el hueco de la ventana, éste choca contra el marco y detona una explosión seguida de un fuerte fogonazo, que incendia la fachada. 220 Se oyen gritos en el interior. Un hombre en llamas sale espantado y se revuelca en el suelo del camino. Agarro mi lanza. Por la puerta, otro hombre aparece para auxiliar al primero. Shiroge sale de su escondite y carga contra el desarmado compañero y le propina un gran golpe de mandoble en la mandíbula que descarna la cara del oponente y éste cae al suelo. Seguidamente ejecuta al que está revolviéndose en llamas. Otro enemigo sale de la incendiada posada y carga contra el eledín. Me apresuro para lanzarle mi lanza, pero el ataque es fallido y ésta se clava en la pared, junto al marco de la puerta. El adversario está a punto de asestar un golpe sin oposición a mi amigo, alza los brazos con su hacha sujeta y… — ¡Zas!— las bolas del mago impactan contra la cabeza del atacante que lo derriba. Agarro mi otra lanza y salgo hacia la posada. Escucho ruido en el interior. Veo a través del ventanal en llamas a Semín, enfrentándose a dos oponentes y necesita ayuda. Shiroge entra en el comedor, yo voy detrás de él, Clarín viene tras de mí. Al cruzar la puerta, observo cómo Shiroge clava su arma en la espalda de uno de ellos que suelta un alarido. El otro intenta devolver el ataque al grandullón, pero consigo poner en medio mi escudo. El golpe es fuerte, pero repelo el ataque. Semín aprovecha para lanzarse con su katana por el flanco del Hombre de las Montañas. Buen ataque que incrusta el arma en el costado, afectando al hígado. Un chorro de sangre densa cae de la herida y se derrama por el cuerpo del último de ellos, que no vacila e intenta seguir luchando, incluso herido de muerte y lanza un último ataque al aire. 221 Justo después clavo mi lanza en el corazón del guerrero. Sus pupilas se contraen y exhala su aliento final. — ¡Victoria!— jalea el hechicero. Registramos los cuerpos de los caídos, pero no tienen nada de valor. En la parte de atrás vemos los cadáveres apilados de los Dalmas. Entre ellos está el cuerpo de Melish. Clarín se inclina ante su amiga y una lágrima cae por su mejilla y susurra unas palabras—: “Addan amal”— Adiós, amiga. — Entreguemos los cuerpos a la tierra— propone el mago. — Tardaríamos horas— le contesto. — Tienes razón, pero al menos enterraré a mi amiga— insiste el hechicero sensiblemente afectado. Conseguimos encontrar un par de palas en la cuadra y nos ponemos a cavar. Entre los cuatro tardamos algo menos de una hora. En el último relevo Semín y Shiroge van a por los caballos. Una vez el procedimiento funerario ha concluido, partimos hacia el sur, dirección al lago Kaalbhart. Aún quedan un par de horas de luz por delante cuando divisamos por fin el gran lago. Nos encontramos cerca de la ladera de una montaña, al oeste de las aguas, por la que discurre el camino. Desde este punto la ruta desciende hacia el sureste, dirección al lago, situado en el centro de un inmenso valle, circundado por una enorme cadena montañosa. A unos cincuenta metros de la orilla, el camino vira de nuevo hacia el sur, manteniendo la distancia con la ribera. — Mirad allí— Shiroge señala a unos juncos en el borde del agua, junto a ellos hay una barca. De nuevo, apartamos los caballos del camino, escondiéndolos en la zona boscosa que envuelve la vía y 222 aprovechamos para dejarles algo de heno y agua, que portan en las alforjas. Comenzamos a avanzar con sigilo dirección al lago, comprobando en todo momento que no hay nadie a la vista. Ya cerca de la barcaza, distinguimos flechas clavadas en su casco. — Hay alguien a bordo— advierte Semín, el primero en llegar—. Parece con vida. Observamos al moribundo hombre, con una flecha clavada en el hombro. Ha perdido mucha sangre y su pulso es muy débil. Saco el frasco con la mitad del brebaje e intento dárselo. Al sentir el líquido en la boca, el herido intenta beber, seguido de una tos. Parece que momentáneamente recupera el sentido. — Hay que huir, hay que huir… — repite con voz débil. — ¿Qué ha ocurrido?— pregunta Semín. — Hombres de las Montañas asaltaron el castillo— explica el hombre con dificultad—. Apresaron a mi señor Farwin. Yo conseguí huir por el pasadizo oculto en la torre suroeste, a través del arroyo de desagüe, que da al lago por un pequeño hueco en la fachada norte. De nuevo el hombre pierde la consciencia. Intento reanimarlo pero su tez se torna rígida y se corta su respiración falleciendo entre mis brazos. — ¿Y ahora qué?— pregunta Shiroge—. Ya tenemos la información. — Pero lo cierto es que estamos muy cerca, quizás podamos acercarnos en el refugio de la noche y acceder al castillo por el acceso oculto— opina Clarín. — Me parece bien, pero dejemos los caballos, nos aproximaremos en el bote— propone Semín, a lo que asentimos. 223 El sol empieza a caer. Sacamos el cuerpo del hombre y embarcamos. Veo que el mago toma el halcón en su mano y le susurra algo. — Miliki vigilará los caballos, si ocurre algo, me buscará— El hechicero asigna la tarea al plumoso guardián. Esperamos a que los últimos rayos empiecen a desvanecerse en el oeste, antes de zarpar. Solo el tenue brillo del cuarto creciente de las lunas nos acompaña. Tras navegar con cautela junto a la orilla durante unas ocho horas, avistamos a lo lejos las antorchas encendidas de las torres del castillo. Decidimos apearnos a una distancia prudencial, como a un kilómetro. Desde allí avanzamos en silencio entre la arboleda que rodea la orilla. Ya cerca de los muros, distinguimos el hueco en su base del lado norte, que mira al lago. — Vayamos de uno en uno hasta la esquina y peguémonos contra la pared— propone Semín. Uno tras otro nos acercamos sigilosamente entre las rocas, que abundan entre la orilla del lago y la fortaleza con forma cuadrada. Tiene cuatro torres redondas conectadas por murallas de diez metros de altura. Llegamos sin problema hasta la base de la que está orientada hacia el norte y avanzamos pegados a la pared en línea. Semín va el primero, seguido del eledín, que va delante de mí. — Aquí está— susurra el encapuchado medio elfo, mientras asoma la cabeza por la oscura alcantarilla. Tiene una apertura de más o menos medio metro en la zona central de las rejas. — Yo no quepo por ahí— se percata Shiroge—. ¡Aparta! El grandullón echa a un lado a Semín y agarra las dos gruesas barras de hierro con sus manos, y pega un fuerte tirón. Ante el tremendo empuje de mi compañero, las rejas comienzan a ceder, redondeándose por la parte central, 224 ampliando el hueco otros quince centímetros por cada lado. Seguidamente nuestro enorme compañero se introduce en la húmeda apertura. Todos le seguimos. Una vez dentro, Clarín realiza su hechizo y aparece de nuevo una luz proyectada, en la palma de su mano, que nos permite ver el lugar con claridad. Se trata de un pasillo de paredes redondeadas, formando una cúpula, en cuyo punto central estimo hay una altura de un par de metros, Shiroge está ligeramente agachado, pero cabemos bien. Por el suelo, corre un apestoso arroyo de aguas fecales, que discurre canalizado por el centro. Avanzamos por el túnel, de unos setenta metros que después gira ligeramente a la derecha. Tras el giro el acceso se abre, formando un húmedo salón circular, de unos tres metros de altura, en cuyos laterales hay un sinfín de pequeñas vías de agua, que se desparraman por las paredes entre musgos. Del otro lado hay un nuevo paso, similar al que hemos seguido hasta aquí. El olor es aún más desagradable, así que nos apresuramos hacia el otro pasillo, de unos setenta metros también. En la punta hay una pared parcialmente derruida que da otro espacio, igualmente circular, pero con el suelo de arena, que forma varios montículos y al que se accede por el hueco desplomado. Sin duda son los cimientos de la torre suroeste. Observamos el espacio detenidamente y entramos. — Mirad aquí— susurra Semín, señalando al techo sobre una de las elevaciones de tierra contra la pared del fondo—. Hay un tirador. Nos acercamos y comprobamos que es sin duda el acceso hasta la torre, pero ignoramos qué es lo que pueda haber detrás. 225 Clarín se pone el dedo índice en los labios, pidiendo silencio, agarra el tirador y apaga la luz. — Fffff— escucho el ligero roce de la trampilla, por la que entra una sutil luz de antorcha. El mago mete la cabeza. — Es una doble pared, oculta tras lo que parece un armario o estantería— nos informa en baja voz—. Voy a salir. ¿Alguien viene? — Yo te acompaño— responde Semín. — Yo también— Me uno. — Yo no sé si cabré— dice cabizbajo el eledín. — Mejor quédate en retaguardia— le contesta el elfo—. Sí que cabes por la trampilla, pero el hueco de detrás es bastante estrecho, podrías hacer algún ruido involuntario que delataría nuestra posición. Resignado, Shiroge acepta el consejo de Clarín y se queda en la sala de los cimientos de la torre. Los demás subimos con cautela y sin hacer ruido. Es cierto que el espacio es bastante estrecho. Estamos rectos contra la pared a la izquierda del hueco y casi toco con la punta de los pies la parte trasera del mueble que oculta el acceso secreto. Con cuidado de no chocar las armas, nos desplazamos lateralmente hasta el borde del hueco. Un leve empujón del mago es suficiente para desplazar, sobre unos raíles ocultos, el aparatoso armario, que desliza casi en absoluto silencio. Del otro lado nos encontramos en una sala redonda, con unas escaleras, una salida que da al patio principal y dos ventanas, una mira al exterior y la otra al interior. Una antorcha sobre un soporte, a la entrada de la escalera, da luz a la sala, aunque me percato de que el alba está a punto de romper y el cielo empieza a clarear a través de la ventana. Nos dispersamos por la habitación. 226 — He escuchado algo— informa Semín, demostrando la agudeza de su oído—. Alguien baja desde la parte superior, ocultémonos. Clarín regresa tras el armario, mientras el medio elfo y yo nos metemos en el oscuro hueco bajo la escalera. Instantes después, escucho pasos que descienden las escaleras. — ¡Qué sueño! Estaba deseando que llegara el cambio de guardia— se oye una somnolienta voz y veo dos Hombres de las Montañas, ataviados con sus pieles, alcanzar la base de la torre. — Pues no vas a poder dormir mucho— le replica el otro—. Está prevista la llegada del hombre de Estrian y sus refuerzos a media mañana. Se nos ha convocado a todos para formar aquí en el patio...— Los hombres abandonan la sala manteniendo la conversación. Salimos de los escondites una vez pasa el peligro. — Será mejor que regresemos— propone Semín. Seguidamente nos metemos tras la estantería y bajamos a los cimientos. — Contemplemos las opciones— dice el mago mientras corre la trampilla y enciende de nuevo su luz. — ¿Qué ha pasado?— pregunta con curiosidad Shiroge. Le relato la conversación de los guardias de la torre, resaltando la circunstancia de que ya está amaneciendo. — Si esperan visita, lo más probable es que refuercen la vigilancia del castillo— aprecia Clarín—. Salir de aquí de día no va a ser fácil. — Pues tendremos que esperar a la noche— propongo y miro a mi amigo eledín—. Tenemos provisiones. — Quizás sea lo más sensato— aprueba el hechicero, que coloca el punto de luz en la pared del fondo. 227 Nos acomodamos todos en silencio. Shiroge saca algo de comida y aprovechamos para desayunar. — ¡Piiiirííííí!— suenan las trompetas del castillo pasada más de una hora, en la que todos hemos estado en silencio, mientras Semín intentaba escuchar algo, sin éxito, a través de la trampilla. — Están empezando a formar en el patio del castillo— nos anuncia el medio elfo, que ha retirado su capucha para oír mejor. Después de quince minutos esperando ya estoy de los nervios y voy a la escotilla. — Ahora están distraídos, saldré a echar un vistazo— anuncio en baja voz a mis compañeros. — ¿Estás seguro?— pregunta el grandullón con preocupación. — Sé lo que hago— respondo—. Confía en mí. Todos asienten y trepo por la trampilla hasta el doble fondo. Tras comprobar que no hay nadie, corro sutilmente la estantería y salgo a la sala, en la base del torreón. Avanzo con calma pegado a la pared, a pesar de tener el pulso acelerado. Trago saliva cuando llego a la ventana que da al interior. Hay más de un centenar de Hombres de las Montañas formando en la explanada, justo delante del edificio principal. En el medio, delante de todos ellos, hay un guerrero mucho más grande que el resto, con una enorme hacha enfundada y envuelto en la piel de un gigantesco oso azul: unos animales temibles, de grandes dimensiones, de piel gris con tono azulado y que habitan las montañas Morguel. — ¡Crack!— Suena el portón principal, del que apenas diviso desde mi posición el lateral. 228 Entra un hombre de oscuras ropas, sobre una yegua de pelo brillante y color azabache. Luce en su mano izquierda un brillante anillo, con un zafiro azul...— Balduur— me digo para mí mismo. Es la primera vez que le pongo cara al despreciable y conspirador capitán de la Guardia del Tridente. Es un hombre apuesto, bastante grande también. Va seguido de un pequeño ejército de unos doscientos soldados del Tridente. Al llegar delante de Túlkar desmonta de su caballo, ambos son de la misma altura aproximadamente. Se dan la mano y comienzan a conversar. El líder de los Hombres de las Montañas ofrece a su huésped pasar al palacio. Una pareja de guardias se aproxima hacia mí. Repto por la pared en silencio y entro tras el doble fondo, para volver con mis compañeros. — Sin duda Estrian y los Hombres de las Montañas se han aliado— señalo en baja voz. Después de explicar los detalles de lo que he visto, decidimos que volver a salir sería demasiado arriesgado, pues el castillo está repleto de enemigos. Solo nos queda esperar a la noche para escapar de allí. — La verdad, Clarín— me dirijo al hechicero para conversar y matar el rato—, estoy fascinado con tu magia y tengo curiosidad. ¿Cómo funciona? — A ver, no es algo sencillo de explicar— contesta mientras echa mano a su saco—, pero lo intentaré. El fundamento principal de la magia es el rezo, a través de él, se canaliza la energía de los Ersan. Para conectar con el poder de las consciencias supremas, primero hay que comprender el significado de la existencia. Todo en este mundo es Mente, la mente del creador. Un ser de luz blanca de la que emanan las cinco energías primeras, los 229 Ersan, y que dotan a todos los seres de consciencia, desde las rocas hasta los Erdan— El elfo extrae uno de sus libros y me lo entrega—. Una vez entiendes el funcionamiento y las reglas de la creación, atisbas a comprender estos libros, que contienen los secretos que esconden dichas reglas. A simple vista son un conjunto de símbolos ininteligibles, sin embargo, con constancia, a través del estudio y la meditación, un día entiendes la primera línea. Es algo inexplicable, es como una manera de enfocar tu mente en el vacío, para encontrar un camino. “Como es arriba, es abajo”. Una vez desenmarañas las primeras líneas, empiezas a comprobar los efectos de los secretos que esconde, es el momento de practicar. Practicar la magia, es como andar el camino, por el que avanzas descifrando todas y cada una de las líneas de los libros de hechizos. La palabra magia es un derivado de una expresión élfica, “Mag ya veiten”… — Conoce aquello que se puede— interrumpo mientras ojeo las indescifrables páginas llenas de extraños símbolos y jeroglíficos. — A la hora de realizar un hechizo, para manifestarlo, tienes que usar una parte de tu energía creadora, y no es ilimitada, por desgracia. Si usas demasiado la magia puedes entrar en shock. En la abadía nos enseñan a conocer nuestros límites de poder— concluye el hechicero. — No he entendido una sola palabra— advierte Shiroge con cara contrariada. — Sí que es difícil de comprender— añado. Al igual que mi compañero, no me he enterado muy bien. — Pues no sé explicarlo mejor— se justifica el mago con una sonrisa. 230 — Aprovechemos para dormir— propone Semín mientras se recuesta sobre su bolsa—. Estaremos toda la noche de viaje. El medio elfo tiene razón, todos nos acomodamos. Nos turnaremos quedando uno de guardia cada tres horas, me toca la última. — Pssss, Mirmi, despierta— escucho la voz del grandullón, y noto cómo me balancea por el hombro. Abro los ojos. — Venga, que te toca guardia— Me mira con una sonrisa. — Claro Shiroge, que descanses— contesto mientras me levanto y estiro los brazos. No he descansado mal del todo, a pesar de la incomodidad de dormir sobre la arena. Miro a mis otros compañeros. Semín duerme de lado, cerca de la pared y Clarín está en postura de meditación, sentado con sus brazos reposando sobre las piernas cruzadas. — Haré una ronda— aviso en voz baja al eledín, que contesta levantando el dedo pulgar. Enciendo mi candil y avanzo bajo el arco del pasillo, cruzo la sala central y llego hasta la apertura del lado norte. Me asomo entre los doblados barrotes. Ya empieza a notarse la oscuridad avanzar por el este, no queda más de una hora para la puesta de sol. Regreso con mis compañeros, luego haré otra ronda. Tras una aburrida hora, en la que he estado haciendo inventario de mis posesiones y afilando mis lanzas con suavidad, regreso a la alcantarilla y compruebo que ya es de noche. La luz de las lunas ya casi medias, se refleja en las tranquilas aguas del lago Kaalbhart. Duka ya se encuentra visiblemente separada de Dalek y muestra su mitad iluminada hacia ella. 231 Ya han pasado tres semanas desde la noche que navegamos sobre las aguas del Lago Énder, recuerdo a la hermosa Haleth apoyada en mi hombro y por un momento me entristezco. Ahora empiezo a entender que la fortaleza de un Dalma no reside en sus músculos, sino en la resiliencia de su corazón. Regreso a avisar de que ha llegado la hora de salir de esa apestosa cloaca. Uno a uno despierto a mis compañeros y con cuidado de no hacer ruido, nos dirigimos a la salida. Semín se asoma con mucha precaución. — Hay guardias en las torres, lo mejor será repetir la estrategia y avanzar hasta la esquina y desde allí pasaremos uno a uno— propone el medio elfo. Seguimos las instrucciones del compañero que encabeza la línea. Al llegar a la esquina hace un gesto con la mano, como pidiendo detenernos. Se agacha y se asoma. Un nuevo gesto de su mano nos indica que podemos continuar y nos reunimos en su posición. — Yo cruzaré primero y vigilaré al guardia— propone el sigiloso Dalma—. Os haré una señal cuando no esté mirando y cruzaréis de uno en uno. El encapuchado comienza a avanzar sigilosamente entre las rocas hasta situarse a la altura de la zona boscosa, junto a la orilla. Hace un gesto y Clarín avanza. Consigue llegar. Es mi turno, voy maniobrando mirando a mis compañeros, cuando me hace un brusco gesto con la palma hacia abajo. Me agacho. Ruedo un poco buscando la cobertura de una roca junto a mí. De nuevo me indican que puedo continuar. Por fin llego junto a ellos. Es turno de Shiroge, sin duda el más visible de todos. El eledín lo está haciendo bien, escoge debidamente la 232 cobertura de las rocas, también lo logra. Sin decir nada avanzamos por la ribera hasta la barca. Navegando con ritmo suave sobre las sinuosas aguas, nos alejamos del lugar. Tras otras ocho horas, cuando empieza a romper la claridad del alba por el este, distinguimos los juncos donde encontramos la barca. Desembarcamos allí y ocultamos el bote. Clarín se concentra y aparece Miliki que revolotea a su alrededor. — ¡Tenemos que apresurarnos!— exclama el mago—. Un contingente de Hombres de las Montañas se dirige hacia aquí. Nos apresuramos a avanzar hasta el camino, miramos a los lados, al fondo como a un kilómetro dirección al castillo, un grupo de no menos cien guerreros avanza hacia nuestra posición. — Crucemos más adelante, más allá de donde gira el camino— propone Semín. Acechamos entre la maleza al borde del camino y lo rodeamos. Conseguimos atravesarlo sin ser vistos y nos dirigimos a los caballos. —Hay otro grupo más adelante, dirigiéndose hacia la posada— avisa el mago—. No podremos pasar por el camino. — Atrochemos campo a través por la falda de la montaña, cabalgaremos al galope hasta la parte más alta del camino y liberaremos a los caballos—propongo a la compañía—. La ruta campo a través será peligrosa, pero podemos ganar tiempo y a la vez rodearlos. — Creo que es lo mejor— asiente Clarín—. ¡Apresurémonos! 233 Salimos a toda prisa y subimos la rampa del camino hasta el punto más alto. Abandonamos las montas y nos adentramos en la maleza bajo la atenta mirada de Miliki. Pasada una hora, desde la altura se distingue con claridad la primera agrupación llegar a la posada. Hacen una parada allí, nosotros continuamos. Transcurrida otra media hora perdemos el contacto visual. El hechicero envía de nuevo al halcón. — ¿Has oído eso?— alerta Semín mientras se gira a su derecha. — ¡Grrr!— El gruñido de un oso resuena por ese flanco, nos reagrupamos, con el mago en retaguardia. Un nuevo gruñido se escucha, pero un poco más a la derecha. — ¡Cuidado!— exclamo al ver un enorme oso azul, con aspecto enfurecido que se abalanza frente a nosotros. Shiroge lanza un fuerte ataque con su mandoble al animal y éste recula. Por nuestro flanco aparece otro que se abalanza sobre mí. Intento colocar mi lanza y protegerme con mi escudo, pero consigue endosarme un doloroso zarpazo en el hombro. Semín ataca al animal, un excelente golpe contra la pata trasera que hace que me suelte. Clarín arroja sus bolas, pero el ataque no resulta efectivo. La lucha del eledín y la bestia es feroz. Mi compañero tiene la iniciativa y lanza otro fuerte golpe contra el oso, que no encuentra la manera de hacer daño a su presa. Por nuestro lado, debido a mi herida, mantengo actitud defensiva, lo que me permite desviar un nuevo ataque. El medio elfo endosa otro golpe con su katana en el animal, esta vez perfora sus costillas hasta los pulmones. El animal suelta un gruñido de dolor, recula, gravemente herido y cae. 234 Shiroge sigue a lo suyo. Un nuevo golpe de mandoble alcanza la cabeza del oso incrustándose en el cráneo y matándolo en el acto. — ¿Estás bien, Mirmaerín?— Clarín se interesa por mi herida—. Déjame ver. — Es un corte limpio, no muy profundo, aunque dejará una bonita cicatriz— constata tras analizar mi hombro. Saco mi bote de ungüento y le pido que me lo esparza, a lo que el elfo accede sin problema. Veo que Miliki regresa. — Parece que se han reunido con otro grupo, junto al desvío de Xandria, creo que se dirigen a Dúltor— da informe el mago. — Pues démonos prisa, a pie desde el cruce no habrá más de cinco o seis horas hasta la ciudad— avisa Shiroge—. Tenemos que dar la alarma. Aligeramos el paso y empezamos a descender la ladera hasta la gran llanura, que separa las montañas de la ciudad costera. Un par de horas más tarde divisamos la ciudad. — Estamos muy cerca— advierte el mago—. Mandaré a mi halcón a ver dónde está el enemigo. Miliki vuela dirección este, nosotros nos apresuramos hacia el camino, a menos de un kilómetro de la ciudad. Estamos en la puerta de la posada “El Gran Descanso” cuando el pájaro regresa. — Vayamos directamente a ver a Gílmed, en un par de horas estarán aquí— nos advierte el hechicero con cara de preocupación. Nos apresuramos y rodeamos la muralla, para evitar el saturado mercado. Tras unos diez minutos llegamos a la plaza de la residencia del alcalde. — Rápido, necesitamos hablar con Gílmed— apremio a los guardias según llego—. Es urgente. 235 — Está en su despacho— informa el guardia. Entramos en el edificio y llamamos a la puerta. — Adelante— contesta el capitán del otro lado. Abro la puerta y entramos en la sala, además del hijo del alcalde, está Névula repasando una documentación con su jefe. — ¿Qué ocurre? ¿A qué viene tanta prisa?— nos pregunta el capitán. — ¡Un contingente de Hombres de las Montañas viene hacia aquí, unos doscientos efectivos!— alerta el mago de la gravedad de la situación. — ¡¿Doscientos?!— pregunta exaltado el capitán—. Solo cuento con cincuenta soldados de la Guardia de las Tres Estrellas y una decena de cadetes entrenados. — Tendremos que enfrentarlos con lo que tengamos, no vienen a hacer prisioneros— aviso con tono amenazante ante la gravedad de la situación. — Sargento— Mira hacia Névula—. Dispón a los guardias, ordena que todo el mundo entre en las murallas y cerrad todas las puertas. Que los barcos desalojen a todo el que no pueda luchar, ancianos y niños. — A sus órdenes, mi capitán— La mujer uniformada abandona apresuradamente la sala. — ¿Podemos ayudar en algo?— se ofrece Shiroge. — Únete a las defensas tras las puertas— ordena al grandullón—. Los demás cubrid a los arqueros en las pasarelas sobre los muros— Hace una pequeña pausa mientras asentimos—. Pero antes de que partáis, ¿habéis conseguido alguna información sobre Kaalbhart? Clarín relata al oficial todo lo sucedido durante nuestra expedición con bastante detalle. — Está bien, primero defendamos esta ciudad— concluye Gílmed. 236 Nos apresuramos hacia nuestras posiciones, mientras suenan las campanas del edificio de los guardias. Al salir a la plazuela veo que empieza a cundir el pánico y los soldados se apresuran a dirigir a las masas. Cruzamos por la gran plaza y me percato de que los comerciantes recogen los puestos a toda prisa. Por la calle junto a la taberna, se aprecia al tumulto intentando subir a algún barco, mientras los guardias intentan organizarlos. Llegamos ante las puertas, un grupo de treinta arqueros preparan sus arcos y su carcaj. Nos subimos todos a la pasarela sobre el portón, salvo Shiroge, que ayuda a reunir hombres para apostarse tras ella. Clarín envía a Miliki, que no tarda en regresar. Ya vienen. Pocos minutos después les vemos aparecer tras la curva del camino y enfilan para pasar por delante de la vacía posada, a la que prenden fuego con antorchas. Vienen gritando como bestias, a paso lento pero firme, las primeras líneas traen lanzas, la retaguardia hachas y escudos. Avanzan frente al cementerio cuando, por fin, la línea de temerosos arqueros, liderados por Névula, terminan de tomar sus posiciones. Bajo nosotros, Shiroge destaca entre los cincuenta hombres, la mitad uniformados, tras los cuales un serio Gílmed organiza a sus soldados. — ¡Cargad!— ordena la sargento. El enemigo se lanza en estampida cuando están a una distancia de cincuenta metros. — ¡Disparad!— grita la mujer al mando. La primera descarga hace mella sobre la primera línea de los asaltantes, pero los que logran pasar arrojan sus lanzas sobre la muralla acabando con algunos de nuestros arqueros. 237 — ¡A discreción!— el grito de Névula resuena en la línea, cuando veo una lanza impactar contra su torso, que hace que la sargento se despeñe de la pasarela. La segunda línea de enemigos porta escalinatas y un enorme ariete de madera que levantan entre una decena de hombres. — ¡Neutralizad el ariete!— grita Clarín, mientras lanza sus bolas que impacta en la cabeza de uno de ellos. Una lluvia desordenada pero incesante cae sobre los asaltantes y genera muchas bajas, pero no les hace desistir. Una escalinata se agarra a la muralla junto a mí, por la que aparece la cabeza de un adversario, al que le lanzo un ataque con mi lanza, que impacta contra su cuello y el enemigo cae. Semín se percata de un segundo hombre que alcanza la pasarela y se encara con él. — ¡Pum!— un primer golpe del enorme ariete hace que la repisa tiemble, mientras más enemigos alcanzan nuestra posición y empiezan a acabar con nuestros arqueros, que huyen despavoridos. Veo que Semín acaba con su rival y me mira. — ¡Retrocedamos!— grita al ver que la posición está perdida. — ¡Pum!— un segundo golpe aún más fuerte, rompe los cierres del portón, justo en el momento en que alcanzo la parte baja de la muralla. Me uno a la línea de contención que han formado en la avenida principal, junto a Shiroge y Semín, no veo a Clarín. Una embestida de feroces guerreros con sus hachas se abalanza sobre nosotros. — ¡Cargad!— grita el capitán. El cruce es brutal, secos golpes de espada y gritos de dolor se entremezclan en la sangrienta batalla. 238 Shiroge está fuera de sí. Cubierto de sangre, va segando vidas de salvajes, lo que sube la moral en nuestra tropa, que empuja al mermado contingente enemigo. Por fin veo a Clarín, ha conseguido encontrar un sitio elevado desde donde ataca a la falange enemiga por la espalda, lanzándoles piedras. Los aguerridos Hombres de las Montañas luchan hasta el final, ninguno huye, ninguno se rinde, todos mueren. 239 9 El oscuro secreto de Kaalbhart. La victoria es amarga, hemos sufrido cuantiosas bajas. Todos los sanos nos afanamos en auxiliar a las decenas de heridos. Se oyen los gritos de dolor de los supervivientes, entre los cadáveres desmembrados que se esparcen por el suelo bañado de sangre. Tardamos una hora en organizar a los heridos, tiempo en el que otros lugareños llegan a ayudar. Se ve que los barcos se han mantenido a una distancia prudencial y tras la batalla regresan a puerto. Los lamentos y llantos de las madres y los familiares de los caídos, ensordecen todo lo demás. Algunos jóvenes ayudan a apartar los cuerpos. Gílmed me llama la atención mientras intento salvar la vida del joven muchacho que he visto un par de noches atrás. No le abandono. Tiene un tajo profundo en su clavícula, cuya hemorragia ha logrado detener temporalmente con sus manos. Consigo, usando el ungüento y presionando la herida, que deje de sangrar el tiempo suficiente para suturarle. Durante todo el proceso el adolescente clava sus ojos en los míos con la mirada asustada. Por suerte creo que saldrá de esta. Una vez realizo el aparatoso vendaje, dejo al débil cadete al cuidado de uno de sus compañeros y me apresuro a reunirme con el capitán, que conversa con los otros Dalmas en la entrada de la Gran Plaza. — Ya estamos todos— señala el oficial a mi llegada—. Como digo, aún no he recibido respuesta de Néster. Si queréis, en agradecimiento por vuestra inestimable 240 colaboración, puedo fletar uno de los barcos de la guardia, para que os lleve a Íshar. — Sería de gran ayuda— contesta Clarín—. Gracias. — Vayamos a mi despacho, os pagaré lo acordado por la misión y daré órdenes para que preparen la nave para mañana al alba— continúa el capitán—. Esta noche os hospedaréis en la posada Luz del Norte. Todo corre de mi cuenta. Empieza a caer el sol cuando salimos de la residencia del alcalde. Vamos directamente a la taberna, todos estamos exhaustos. Entre la caminata, la lucha con los osos y el intento de asalto a la ciudad, el día ha sido muy movido. Han habilitado la sala de la taberna más cercana a la plaza como improvisado sanatorio, con camas donde los heridos descansan bajo los atentos cuidados de dos curanderas y algunos familiares que dan una mano. Veo al muchacho al que he prestado auxilio que está dormido. Lo mejor será dejarle descansar. Nos sentamos en la otra sala. Está casi vacía, solo un par de ancianos beben en la barra, junto a la joven tabernera que les observa con gesto serio. — Buenas noches, señores— nos saluda al vernos. — Buenos noches, señorita— contesto—. El capitán Gílmed nos ha ofrecido alojarnos en su posada. — ¡Por supuesto, señores!— responde la joven con cara de admiración—. Ya me he enterado de que han arriesgado sus vidas por protegernos. Les prepararé mis mejores habitaciones. ¿Quieren beber o comer algo? — Ponga cuatro cervezas— responde Semín. — Y algo de comida— añade el hambriento eledín. Nos sirven las cervezas y un excelente estofado de pescado y mariscos. Por fin podemos relajarnos un rato y 241 pasamos la velada haciendo chanzas sobre la aventura en el castillo. Un elfo de melena rubia y piel clara, vistiendo una túnica verde, entra por la puerta que da hacia el puerto, Álerin, seguido de una elfa morena y bastante antipática, Ghoidiel. — ¡Álerin!— exclama Shiroge al ver aparecer al Gran Maestre de los guardianes de la Luz de Rosa. — Buenas noches, amigos Dalmas— nos saluda el elfo al entrar—. Hemos recibido el mensaje. Tenéis que contármelo todo. Después de saludarnos, nos sentamos todos en torno a una mesa y comienzo a relatar lo sucedido con todos los detalles. El ataque de la serpiente de mar, el cautiverio en los cuatro picos, la persecución de la gema rosa, la misión en Kaalbhart y el ataque a la ciudad. — ¡Vaya!— nos contesta Álerin, sorprendido al conocer todos los peligros vividos hasta ahora. Incluso la arquera parece dibujar una cara de incredulidad. Alguien entra de nuevo por la puerta, es Gílmed, le deben haber avisado de la llegada del elfo. — Buenas noches, Dorin— saluda primero a la posadera—. Me parece que es hora de cerrar. La joven asiente al capitán y se dirige a los dos ancianos de la barra. — Ya habéis oído al capitán— avisa a los hombres—. Es hora de cerrar. El oficial se acerca a nosotros, mientras la tabernera desaloja a los enfadados clientes. — Mi nombre es Gílmed, capitán de la Guardia de las Tres Estrellas— se presenta al recién llegado—. Parece que ya ha encontrado a los aventureros que buscaba. — Yo soy Álerin, consejero de la corte del rey Arathan VI— contesta el elfo—. Ya me han contado lo ocurrido. 242 — Como puedes ver, acabamos de sufrir un asalto por parte de los Hombres de las Montañas— justifica el desorden. — ¿Qué opina el alcalde Murkan de todo esto?— se interesa Álerin por el máximo responsable de la ciudad. — Mi padre lleva una semana muy enfermo, está mayor y sus fuerzas menguan— revela el oficial el estado de salud del anciano regente. — Lo conocí cuando era un joven teniente, siempre demostró una gran serenidad. Como la que muestran aquellos que saben llevar el peso de la responsabilidad— rememora el Gran Maestre—. He de verle. Quizás pueda hacer algo por él. En esta difícil situación, con los Hombres de las Montañas adentrándose hacia el norte, los Guardias del Tridente avanzando hacia Gáldoras apoyados por los Siervos de Amán y los mares del oeste controlados por el Almirante pirata Altamir, no sobra el consejo de un experimentado líder como es su padre. — Vayamos pues, señor Álerin— Acepta la ayuda Gílmed. Les acompañamos y nos dirigimos a la residencia del alcalde. Esta vez seguimos adelante a lo largo del pasillo de las estatuillas, hasta llegar al fondo a una gran puerta. Gílmed la abre con delicadeza y entramos. Hay un anciano balbuceando, tumbado sobre una lujosa alcoba. Junto a él, una joven con ropas de sirvienta, seca la frente del enfermo, que respira con dificultad entre algún arranque de tos. — Sasha, puedes dejarnos— dice el capitán a la muchacha, que inclina la cabeza y sale de la sala. Álerin se acerca al moribundo anciano y se coloca junto a la cama. Extiende los brazos mientras sujeta su bastón con la mano derecha. 243 — Murkan, soy Álerin, el áratra— usa un término que desconozco—. Sigue mi voz, y ora conmigo, que el poder de Mahara te dé vida. La piedra en el bastón de Álerin comienza a brillar hacia la figura del encamado, que alza su pecho y coge una gran bocanada de aire. — Hágase tu voluntad, Amán— habla el alcalde con voz susurrante—. Pero antes de que me lleves a la oscuridad de Órdor, la luz de la verdad será revelada. Me libero de mi juramento y abrazo mi castigo. La piedra de la destrucción fue escondida bajo el lago Kaalbhart, bajo custodia de mi familia, mil años atrás, solo el señor del castillo es conocedor del lugar donde se encuentra enterrada. — Aaaaahhh— suelta un leve alarido y su mirada queda fija con sus pupilas contraídas. — ¡Padre!— El capitán agarra las manos de Murkan. — Ya navega junto a Amán— Álerin intenta consolar al oficial y coloca su mano en el hombro de Gílmed. Dejamos solos al difunto y a su hijo. Sasha, que escuchaba tras la puerta, está afectada por la noticia. Entra en la sala al abandonarla nosotros. — ¿Qué hacemos ahora?— pregunta Clarín al consejero. — Supongo que mañana será el entierro del alcalde. Por respeto, el protocolo dice que si hay una autoridad del rey, como es mi caso, debe presidir y organizar el funeral— explica el elfo—. Dadas las circunstancias, haremos un homenaje a todos los caídos de esta tarde. — ¿Y qué hay de la piedra de la destrucción?— pregunto al consejero. — Sin duda es un asunto urgente, tras los funerales yo partiré a Íshar— me contesta—. Tengo otra misión para vosotros. Habéis mencionado que sabéis de un acceso oculto hasta el castillo y que el hombre de la barca os dijo 244 que habían apresado a Farwin, señor del castillo de Kaalbhart, ¿verdad? — Así es— confirma Clarín. — ¡Tenéis que rescatarle!— nos propone con mirada fija. — Pero eso es un suicidio, todo un ejército se asienta en el castillo, ni con quinientos hombres podríamos conseguirlo— contesto ante la imposibilidad de lo que nos pide. — Tengo un plan— responde el Gran Maestre—. Enviaré un cuervo a Wíldor, señor del Espino Rojo, para que lance un ataque desde el sur por el paso de Bandur, un señuelo para movilizar las tropas del castillo hacia el desfiladero, que les da una gran ventaja posicional. Una vez el castillo quede despejado podréis entrar y liberarle. El plan parece arriesgado, pero la confianza del elfo es total. No faltos de dudas, todos asentimos menos la elfa. — ¿Y qué ganaremos por jugarnos el pescuezo?— pregunta Ghoidiel. — ¿Te parece poco, la libertad y la gloria?— contesta con tono malhumorado Álerin. — No veo por qué tengo que jugarme el cuello por la libertad de otros y a cambio de nada— insiste la arquera mostrando sus inconveniencias. — Mañana tras el funeral nos reuniremos y aclararemos los detalles, incluida la recompensa— resuelve el consejero del rey—. Si no hay nada más, es tarde y hay mucho trabajo que hacer. — Solo una pregunta más— interrumpo la despedida de Álerin—. ¿Qué es áratra? — Sin duda eres un hombre observador— me contesta con una sonrisa—. Yo soy un áratra, un custodio elfo enviado a velar por el reino de Aradín. 245 Una vez aclarada mi duda, nos dirigimos a la posada. Es tarde, apenas un grupo de guardias se ve en la gran plaza. Nos saludan con la mano, por lo que se ve nos hemos hecho famosos. Subimos a nuestras habitaciones y agotados, nos vamos a dormir. Suena algo de lluvia en el exterior. Abro los ojos. Una tenue claridad entra por la ventana de mi lujosa habitación individual. Me asomo por ella, que está situada en la primera planta de la taberna y que da hacia la gran plaza. Hoy no hay mercado y veo con claridad el templo de Túlmar. En una de sus columnas hay un cartel, que se empieza a mojar con la débil precipitación. Me visto y bajo al comedor. Más de medio salón está ocupado por lugareños que desayunan. Mis compañeros no están. — Señor Mirmaerín— los clientes me van saludando según paso por su lado, a lo que respondo inclinando la cabeza como muestra de cortesía. Me siento en una mesa y enseguida Dorin viene a atenderme. — ¡Buenos días, señor Mirmaerín!—saluda la mujer con una gran sonrisa—. ¿Qué puedo servirle? — ¡Buenos días! Tráigame algo de pan, queso, un par de huevos fritos y algo de beicon…— le pido el desayuno ya que estoy hambriento—… y una jarra de leche de cabra, endulzada con miel. — Por supuesto— me contesta y con un alegre giro se va hacia la barra. — ¡Bravo! ¡Plac, plac, plac!— se oyen vítores y palmadas tras de mí. Al girarme me percato de que está entrando Shiroge, aclamado por los clientes, con la tez un tanto ruborizada y saludando con la mano. Llega hasta mi mesa. 246 — ¡Menudo recibimiento!— exclama el eledín—. ¡Hace que se me levante el apetito! Está bien un poco de humor, especialmente esta mañana de luto. La camarera trae mi leche. — Señor Shiroge, ¡pero qué guapo viene usted esta mañana!— la tabernera hace al eledín objeto de sus atenciones—. ¿Qué le pongo para desayunar? Esos fuertes músculos gastarán mucha energía! — Lo que haya pedido mi compañero, pero doble ración— responde el grandullón con su habitual elocuencia. — ¿Sabes algo de Clarín y Semín?— me pregunta mi compañero una vez estamos a solas. — No, acabo de bajar. Pregúntale a tu novia cuando traiga el desayuno— le contesto con sonrisa maliciosa. — ¿Es guapa, verdad?— mi compañero busca complicidad en mí. — Sí que es bonita y muy simpática, pero te recuerdo que eres un Dalma… No hay sitio para el amor en nuestro estilo de vida— le contesto con cierto pesar. — Pero lo mismo… no sé, pasar un buen rato juntos estaría bien— El joven eledín se ruboriza. La verdad es difícil de explicar que un hombre de su actitud en el combate y los momentos de peligro, pueda ser tan tímido y entrañable en los momentos de intimidad. Terminamos justo de desayunar, cuando Clarín y Semín entran en la sala. Les acompaña la elfa arquera, siempre con cara seria. — Buenos días, compañeros— saluda Clarín al llegar a la mesa. — Buenos días— respondemos Shiroge y yo al unísono. — Parece que los preparativos del homenaje van bien, ya han cavado las fosas para darles sepultura a los cuerpos— 247 nos explica el mago—. Me ha pedido Álerin que os informe, pronto lo hará público el vocero. — Pues vayamos al cementerio— respondo—. Ya hemos desayunado. — ¡El homenaje a los héroes caídos tendrá lugar en media hora!— se escucha pasar al vocero por la puerta. Nos levantamos, al igual que la mayoría de los clientes, mientras otros apuran sus desayunos, y salimos para presenciar el acto fúnebre. Se ven caras tristes y lágrimas bajo el cielo gris. Varias hileras, con los cuarenta y dos caídos en el asedio, se sitúan en torno al gran nicho ornamentado de Murkan, metidos en sacos junto a las fosas donde reposarán. Suenan trompetas cuando aparece por la parte baja del cementerio la figura de Álerin, seguido por un grupo de portadores, entre ellos Gílmed, que elevan sobre sus hombros y en solemne procesión, al difunto alcalde. Un grupo de aldeanos recorre tras ellos el sendero. Al llegar a la tumba principal, introducen el cuerpo en la apertura frente a la lápida donde se lee: “Aquí yace Murkan, alcalde de Dúltor durante cincuenta años y fiel servidor del rey. Que los Ersan no olviden su nombre.” — Habitantes de Dúltor— Álerin comienza con el discurso—. Hoy es un día de luto por los caídos, pero también es un día de esperanza. Estos hombres y mujeres que han dado su vida por defender de la barbarie sus hogares, los vuestros, son muestra del coraje de la sangre de vuestro pueblo, mártires que han dado vida a un nuevo futuro. Personalmente haré saber a su majestad el rey Árathan lo sucedido aquí, para que glorifique sus nombres. Para que la ciudad de Dúltor y la historia de la resistencia de su pueblo nunca acaben en el olvido. Hoy es día de 248 luto, sí, por nuestro gran alcalde Murkan, que tras una vida dedicada al servicio de la ciudad, con lealtad al rey, nos ha abandonado también. Pero de este dolor saldremos reforzados, y la historia pondrá en su lugar a los valientes que lucharon, que luchan y que lucharán por el bien y la justicia. Que los Ersan hagan inmortales sus nombres. Todos observamos en silencio, roto por los lamentos de los familiares y amigos que dan su última despedida a sus seres queridos, cómo los enterradores cubren de tierra las fosas. Dorin también está presente, aprovecha la oportunidad para colocarse junto a Shiroge, le coge de la mano y se abraza a su musculado brazo entre sollozos. El grandullón la consuela acariciando su cabeza. Tras el acto, todos abandonamos el lugar en silencio. Álerin viene hacia nosotros. — Venid a la residencia del alcalde, tenemos una misión por organizar— nos apremia el áratra. Juntos, el Gran Maestre y los cinco Dalmas, nos dirigimos hacia allá. Por el camino, hombres y mujeres del pueblo no cesan de saludarnos y estrecharnos la mano. Especialmente a Shiroge, al que claman como héroe y que han apodado El Matasalvajes. Una vez en el edificio, pasamos a un salón de reuniones, justo en frente del despacho del capitán, y nos sentamos todos en torno a una mesa. — Lo primero, he estado meditando acerca de la recompensa que ha reclamado Ghoidiel. Dada la peligrosidad de la misión, estoy dispuesto a dar un montante de diez monedas de oro a cada uno— El consejero mira a la arquera—. ¿Es suficiente? — No está mal— responde secamente—. Aceptaré por ese dinero. 249 Los demás asentimos sin más. — Bien— continúa Álerin—. Pues una vez aclarado ese tema, planeemos la misión. Tenemos que coordinarnos bien para que funcione. Hay que dar margen a Wíldor, que debe organizar a sus tropas y marchar hasta el paso de Bandur. Supongo que tres días, desde la recepción del cuervo, son suficientes. ¿Seréis capaces de estar en el castillo en tres días? — Creo que la mejor manera es ir a pie, atrochando por la falda de la montaña hasta el lago. Hemos escondido la barca del soldado de Kaalbhart, seguramente siga allí. Usaremos la noche, como la vez anterior, para acercarnos al castillo y entrar en su hueco. Si no descansamos, en veinticuatro horas estaremos listos— aclara Clarín. — Pero deberéis descansar, no podemos arriesgarnos a que el cansancio haga mella en vosotros y dé al traste con la misión—responde el consejero. — Podemos dormir por el día, en la sala de los cimientos de la torre— propongo—. Preparad el ataque tras el almuerzo, así usaremos el refugio de la noche para rescatar al rehén y huir del castillo. — Tenemos que ser muy precisos, la maniobra de ataque es solo una distracción. En cuanto las tropas enemigas lleguen al paso, el ejército del Espino Rojo tendrá que recular y escapar— añade Álerin—. Se darán cuenta de que algo sucede. — ¿De cuánto tiempo dispondremos?— pregunta Semín. — Hay tres horas de marcha desde el lago hasta el estrecho del paso, pero si descubren la trampa, un grupo de jinetes al galope podrían tardar menos de una hora en regresar al castillo— le contesta el Gran Maestre. — Está bien, creo que es tiempo de sobra. Esperaremos una hora, una vez el contingente abandone el lugar, para 250 que no tengan tiempo de ser avisados. A partir de ahí, tendremos dos horas para rescatar al prisionero. Supongo que estará en las mazmorras en el sótano del palacio— comienza a explicar su plan el medio elfo—. Una vez salgamos del castillo, Clarín puede enviar a Miliki para avisar. — Pero hay demasiada distancia, podría no volver— replica preocupado el mago. — Será voluntad de los Ersan que el halcón vuelva a ser libre, si no encuentra el camino de vuelta— dice la elfa con poca empatía. — Está bien— acepta cabizbajo el hechicero—. Si es la mejor manera, así se hará. — Enviaré ahora mismo el cuervo con toda la información a Wíldor— sentencia Álerin—. En dos días, al amanecer, deberéis partir. De todas maneras, os avisaré cuando obtenga respuesta del señor del Espino Rojo. Todos asentimos y nos despedimos. — Shiroge y Mirmi, acompañadme; hay algo que debo deciros— nos llama la atención el Gran Maestre. — Claro— respondo con cierta preocupación, puede que traiga malas noticias. — La verdad, quiero daros las gracias por todo lo que lleváis hecho, poniendo en riesgo vuestra vida— empieza a hablar el áratra una vez estamos solos—. Os he traído esto. El consejero saca dos hermosas pulseras; tienen un cristal de dos colores, azul y verde, engarzado en una lámina de oro blanco y atado por unas resistentes tiras de cuero. — Estas son las pulseras de los compañeros— nos describe—. Se trata de unos objetos de gran valor, que canalizan la energía de los portadores y conectan una con otra, de forma que mejoran todas las acciones que realizan 251 de manera conjunta— El elfo nos las ofrece una a cada uno—. Os hago entrega de ellas como agradecimiento de mi parte y también en nombre del rey, por el desempeño de vuestra misión. — Muchas gracias, Álerin— respondemos ambos mientras nos las ponemos. — Ahora descansad estos dos días y disfrutad todo lo que podáis— se despide el elfo. Nos despedimos y nos dirigimos de regreso a la posada La Luz del Norte. Los cinco Dalmas nos reunimos en el comedor habilitado de la taberna. Ya durante el almuerzo, ponemos en común nuestras inquietudes sobre la peligrosa misión que nos han asignado. — Me preocupa que los ocupantes del castillo no caigan en la trampa— comenta Semín. — Pues no nos quedaría más remedio que volver sobre nuestros pasos y abortar la misión— le contesta Clarín. — No creo que podamos prever lo que está por pasar— doy mi opinión con cierta despreocupación. — Pero si se huelen la trampa, lo mismo refuerzan la vigilancia y nos quedaríamos encerrados en esa apestosa cloaca— señala de nuevo el medio elfo. — Pues llevemos muchas provisiones por si acaso— destaca Shiroge, cuya paciencia merma sustancialmente con hambre. — Sois una banda de cobardes— agrega Ghoidiel—. Cuando estemos en la situación buscaremos soluciones a los imprevistos. — Tienes razón— reafirmo a la arquera, alabando su valentía—. Pero una buena planificación puede ser la diferencia entre el éxito y la muerte. 252 Terminamos la comida y nos dispersamos. Yo visitaré el templo de Túlmar, hace varios días que no hago mis oraciones, sin duda, es buen momento para contar con el beneplácito de los Erdan. Shiroge no me acompaña esta vez, percibo que sigue interesado en su romance con Dorin, la tabernera, y se queda en la posada bebiendo. Clarín y Semín van a ayudar a la reconstrucción de la incendiada hospedería El Gran Descanso. — ¿Tú no rezas a los dioses?— pregunto a la solitaria elfa que parece no saber muy bien qué hacer. — No con asiduidad, la verdad— me contesta. — Si quieres vente conmigo, ahora somos compañeros y no está de más que nos vayamos conociendo— le ofrezco acompañarme. — Está bien, iré contigo— contesta con cierta desgana—. Pero no hace falta que seamos amigos, basta con que trabajemos juntos para llevar a cabo la misión. La frialdad de la elfa me resulta intrigante. Le gusta ir por su cuenta, no depender de nadie y tomar sus propias decisiones. Para llevar a cabo nuestra tarea hará falta que trabajemos en equipo. El pequeño templo de granito está vacío, hay una hilera de bancos en el centro, justo enfrente de una estatua sencilla del Erdan, rodeada de ofrendas florales. — Qué birria de templo— critica mi acompañante con actitud un tanto irrespetuosa. — No es importante el lugar del rezo; ni los ídolos que reciben las ofrendas— le corrijo con seriedad—. Lo importante es la voluntad sincera de adoración. La elfa me mira con desinterés. Lo doy por perdido y ocupo un lugar en los bancos y me concentro en mis oraciones. 253 — ¿No has terminado aún?— me mete prisa Ghoidiel tras unos diez minutos. — Ya termino— Intento no perder la calma con mi nueva compañera. Concluyo con la oración, voy al cepillo y hago mi ofrenda arrojando dos piezas de plata en él. — ¿Dos de plata?— pregunta la arquera con cara de incredulidad—. Si vas a regalar tu dinero, mejor dámelo a mí. — Cada uno con lo suyo hace lo que le parece adecuado— le contesto un poco enojado—. ¿No dices que no quieres hacer amigos? ¡Pues métete en tus asuntos! — Jajaja. ¡Qué fácil es sacarte de quicio!— se burla de mí la impertinente Dalma. Miro a la arquera, su actitud me tiene un poco descolocado. Tomo una bocanada grande de aire, seguida por un suspiro de resignación. Volvemos a la taberna, el grandullón no está, ni tampoco Dorin, que ha sido sustituida por un joven lugareño. Nos sentamos en una mesa. — ¿Fumas?— me pregunta Ghoidiel mientras saca una pipa y una bolsa de tabaco. — La verdad es que sí, pero mi tabaco se mojó en el naufragio y no he podido comprar más— respondo. — ¿Tienes pipa?— ofrece—. Es del Espino Rojo. Asiento y saco mi pipa. La cargo con un poco de su hierba para fumar y la enciendo. El sabor no es el mismo de la que solía comprar en Gáldoras. — ¿Qué van a tomar?— por fin el ajetreado tabernero nos pide comanda. — ¿Tienes hidromiel?— pregunta la elfa. — Sí, señora. Una excelente hidromiel que elaboran cerca de Xandria— contesta el camarero. 254 — ¡Pues pon dos cervezas!— se burla del joven con una sonrisa. — Eeeeh, por supuesto, ahora se las sirvo— responde el descolocado joven. Bebemos y fumamos, pero sin conversar, solo nos observamos mutuamente intentando analizarnos. — ¡Aaay, aaaaay, aaaaaay, por todos los Erdan!— Se oyen los gemidos de placer de Dorin proveniente de la planta superior. — Parece que no eres el que mejor usa la lanza del grupo— me comenta la elfa con actitud burlesca. — Jajaja— me hace gracia el comentario, quizás por la cerveza, o quizá por las hierbas de extraño sabor que la elfa me ha dado para fumar. Lo cierto es que suelto una llamativa carcajada, poco habitual en mí. Después de unos minutos, entran en la sala los amantes. Shiroge se acerca a nosotros y Dorin regresa a la barra. Se buscan con la mirada mientras caminan cada uno a su lugar y el eledín choca con su silla. — Vaya, vaya, aquí vuelve el donjuán—hago la broma al grandullón con una sonrisa. — ¡Calla, Mirmi, no me dejes en evidencia!— responde el sonrojado compañero. El resto de la tarde pasa tranquila, bebemos los tres juntos y bromeamos con el romance de nuestro amigo. La verdad es que siento un poco de envidia, hace ya mucho que no siento el calor de una mujer. Al anochecer regresan Semín y Clarín, y cenamos todos juntos. Algunos lugareños entran en la posada, además de la tripulación de un barco mercante que acaba de atracar, lo que llena la única sala en uso de la Luz del Norte. Hay una lugareña que no para de mirarme. Impulsado por mi estado de embriaguez echo valor y me acerco. 255 — Buenas noches, hermosa dama— saco a relucir mi faceta seductora—. Puedo invitarla a un trago. — Es un honor, señor Mirmaerín— me contesta ruborizada. Sin duda esto de ser un héroe ayuda y mucho con las féminas. Uffff, qué dolor de cabeza. Siento el contacto de la piel suave de un cuerpo desnudo abrazado al mío y abro los ojos. Ya es de día, la joven que conocí la noche anterior está tumbada a mi lado dormida. No recuerdo su nombre, pero me vienen recuerdos intermitentes de una buena velada con ella. Aparto su brazo e intento levantarme. — Buenos días, guapo— me susurra la chica al oído. — Buenos días— le respondo un poco cortado. — ¿Tienes algo que hacer? Todavía es temprano— La joven comienza a acariciar mi pecho dirigiendo sus manos a lugares más sensibles. — Supongo que tengo un rato— respondo y la beso. De nuevo fluye la pasión entre nosotros, la mujer sin duda es puro fuego y no tarda en encenderme. Me coloco sobre ella entre sus piernas, ella arquea su espalda y gime de placer… Tras el segundo asalto de apasionado sexo, nos vestimos y bajamos a desayunar. Todos los compañeros están en una mesa terminando su desayuno, cuando aparecemos por la puerta. Shiroge me mira con una sonrisita cómplice. — Voy a unirme a mis compañeros— informo a mi cariñosa nueva amiga—. Nos veremos más tarde. — De acuerdo— responde la joven un poco seria—. Luego nos vemos. Me siento a la mesa con los demás y Dorin enseguida viene a atenderme. — ¿Qué va a ser esta mañana?— ofrece la tabernera. 256 — Ponme lo mismo que ayer, por favor— respondo—. Una pregunta Dorin, ¿conoces de algo a la muchacha que ha bajado conmigo? — La verdad es que sí, vive en una granja en las afueras— me contesta. — ¿Cuál es su nombre?— pregunto un tanto avergonzado. — Lía, es hija de un terrateniente acaudalado— me da detalles. — Gracias, Dorin— La tabernera se dirige a la barra. — Te recuerdo que eres un Dalma. No hay sitio para el amor en nuestro estilo de vida…— repite mis palabras Shiroge burlándose de mí. Todos nos reímos. Ha pasado la jornada tranquila, después del almuerzo he ido a dar un paseo a la enorme playa que se sitúa al oeste de la ciudad y me he acercado al faro. Me resulta muy relajante contemplar el inmenso mar azul que se expande hasta donde llega la vista. Al caer el sol, regreso, quiero visitar al muchacho al que ayudé el otro día antes de que sea muy tarde. Mañana emprenderemos la marcha hacia Kaalbhart y me gustaría estar bien descansado. Tras comprobar que el joven cadete de la Guardia de las Tres Estrellas se recupera positivamente y recibir algún que otro elogio, voy al comedor para cenar. Allí se encuentran los otros Dalmas y me uno a ellos. — Buenas noches a todos— Álerin entra por la puerta del comedor saludando. — Buenas noches— todos devolvemos el saludo. — Por fin ha llegado la respuesta del Espino Rojo— nos informa cuando llega a la mesa. — ¿Y bien?—pregunta Clarín. — Wíldor ya estaba al corriente de la caída del castillo de Kaalbhart, de hecho, tiene a sus tropas listas para 257 atacarlo— explica el áratra—. Dice en su mensaje, que tenía pensado asediar el castillo, pero que por salvaguardar la vida del rehén seguirá el plan que le he indicado. Sin embargo, el grueso de sus tropas se encuentran en Fortcrass, para atacar por el amplio paso del sureste. Ha decidido coordinar un ataque por ambos flancos. Primero por el paso de Bandur, según la estrategia, para que liberéis a Farwin, y después los aplastará por su retaguardia. — ¡Un gran plan!— opino, a fin de cuentas, el que todo un ejército acuda a la batalla, nos dará tiempo de sobra para completar nuestra misión. — Mañana por la tarde iniciará la marcha con el señuelo, al anochecer estará en el estrecho— el consejero confirma la estrategia—. Tendréis toda la noche para actuar, pues de madrugada llegará por retaguardia el contingente principal de las tropas del Espino Rojo. — Mañana partiremos antes del alba; si nos apresuramos, podremos estar al anochecer en el castillo— asevera el mago. — Pues vayamos a descansar— aconsejo a mis compañeros. — Yo tengo planes luego con Dorin— reconoce Shiroge—. No sabía que saldríamos tan temprano… — Pues no te entretengas, hay que madrugar y la jornada será larga y peligrosa— recomienda Semín. — ¿Y por qué no vamos a caballo?— pregunta Ghoidiel—. Hay solo unas ocho horas al galope. — No podemos llamar la atención— corrijo a mi compañera—. Si nuestros enemigos sospecharan algo, puede que no caigan en la trampa, o lo que es peor, que ejecuten al prisionero. 258 — Como queráis, pero me parece absurdo— lleva la contraria la elfa, pero acepta el plan inicial. — Pues si ha quedado claro, yo también me iré a descansar— se despide Álerin—. Mañana al alba me dirigiré a Íshar para reunirme con Néster y ponerle al corriente de todo en persona. Todos asentimos, acabamos la copa y nos vamos a los dormitorios, todos salvo el eledín, que no renuncia a su último encuentro romántico con su bonita tabernera. — Toc, toc— suena la puerta. — Arriba, Mirmaerín, es hora de irnos— se escucha la voz de Semín. Abro los ojos, todavía es de noche, pero he descansado suficiente y no me cuesta alzarme y prepararme para el viaje, así que con brío recojo mis cosas y salgo de la habitación. El mago, la arquera y el medio elfo, siempre con su capucha puesta, están en el pasillo. — ¿Y Shiroge?— pregunto a los demás. — Ya ha bajado, decía que tenía hambre y Dorin le ha preparado algo de desayunar— me responde Ghoidiel con cara de resignación. Bajamos al comedor y allí está el eledín. Le acompaña su enamorada, que le mira con fijación, mientras termina el desayuno. — Buenos días, chicos— saluda con la boca todavía llena. — Buenos días— se adelanta la elfa a responder—. ¿Has terminado o qué? — Ya estoy, ya estoy…— Se empieza a levantar el grandullón. — Anoche Lía vino preguntando por ti— me comenta Dorin con una sonrisilla. — Tengo ahora cosas más importantes entre manos— respondo con seriedad. 259 — ¡Vámonos ya!— exclama la arquera con impaciencia mientras se dirige la primera a la puerta—. Dejaos de chorradas. Por fin partimos rumbo a la misión, aún es de noche cuando tomamos el camino de Xandria. Después de un par de kilómetros lo abandonamos y avanzamos entre senderos por la llanura en dirección sur. Empieza a amanecer, no hay incidentes, un par de horas después llegamos a la vertiente norte de las montañas Morguel, y tomamos dirección este. Más tarde, divisamos a lo lejos, hacia el noreste, el camino y la posada donde atacamos a los Hombres de las Montañas, parece que todo está tranquilo. Llegamos hasta el alto del camino donde liberamos a los caballos y descendemos hasta las cercanías del lago. Todo va como la seda, incluso la barca sigue escondida junto a los juncos donde la dejamos. Ya ha pasado el sol del mediodía y paramos a almorzar antes de zarpar. — No me gusta, demasiado tranquilo— comenta Ghoidiel. — Supongo que la pérdida de los efectivos en el asalto a Dúltor les ha obligado a retrasar posiciones— responde Clarín intentando dar confianza. — Lo que esté por pasar, que pase, vamos a comer y que los Ersan decidan el devenir de la misión— termina con la conversación Shiroge, que reparte las provisiones. — Puede que sea pronto para tomar la barca— se percata Semín—. Si nos divisan al llegar, podemos dar la misión por perdida. — Tienes razón— asiente Clarín—. Hay ocho horas hasta el castillo, pero es visible desde mucho antes. Lo ideal es esperar al menos un par de horas. 260 — Estoy de acuerdo— doy la razón al mago tras calcular los tiempos—. Así se hará de noche a falta de tres horas para llegar, distancia suficiente para no ser vistos. — Pues comamos, ocultémonos y descansemos un rato— opina el eledín. Tras el almuerzo buscamos un lugar donde ocultarnos y nos acomodamos, sin perder ojo del camino y los alrededores. Pasa el tiempo sin incidencias, así que botamos la barca y comenzamos el viaje por el lago. Tras cuatro horas, el sol empieza a descender en el oeste. — Enviaré a Miliki a echar un vistazo— rompe el silencio el mago. Seguidamente susurra al halcón, que alza el vuelo. Tras algo más de media hora regresa el ave. — Las huestes abandonan el castillo— informa el hechicero. — Apretemos pues el paso, ya es de noche. Cuanto antes lleguemos, más margen tendremos para afrontar imprevistos— propone con acierto Semín, y Shiroge aumenta el ritmo de los remos. Llegamos al sitio aproximado donde dejamos el bote la última vez, y decidimos repetir la estrategia. Cruzamos la pequeña arboleda y llegamos a las rocas frente a la fortificación. Reptamos entre ellas con sigilo, alcanzamos sin problemas la base de la muralla norte y accedemos a la alcantarilla. — ¡Qué asco!— se queja la elfa. — Tápate la nariz, es solo olor— le contesto con cierta brusquedad. Clarín enciende su luz y avanzamos por el redondeado túnel hasta la sala central y luego por el otro pasillo hasta los cimientos de la torre suroeste. Todo parece en orden. 261 Semín escucha a través de la trampilla, por si hay alguien del otro lado. — Todo despejado— nos informa el medio elfo—. Será mejor que no entremos todos juntos, primero subamos dos a comprobar la situación, luego moveremos la estantería y los demás subirán cuando esté todo despejado. — Buena idea— reconozco a mi compañero—. Yo te sigo. Todos asienten y el encapuchado corre la trampilla y sube, yo voy tras él. No se oye nadie en la sala, tal y como dijo Semín, que desplaza la estantería sobre sus raíles y accedemos a la habitación redonda donde la antorcha está iluminada. Percibimos detalladamente los alrededores y me asomo por la ventana. No se ve a nadie en la explanada delante del palacio. — Retiremos el mueble y demos la señal para que suban los demás— le susurro a mi compañero. Con ayuda de Semín movemos el mueble y todos nos reunimos en la sala de la planta baja de la torre. — Se ve que han dejado pocos efectivos— aprecia Clarín. — Apresurémonos antes de que nos descubran y vayamos al palacio— propone Shiroge. Salimos de la torre y avanzamos rápidamente, intentando hacer el menor ruido, hasta la entrada del palacio. — La puerta está cerrada— comenta en voz baja Semín—. Intentaré forzar la cerradura. El medio elfo saca una ganzúa y la introduce en el orificio de la llave. No le está siendo fácil, se ve que no es muy habilidoso. — ¡Tac!— una flecha se clava en la puerta, justo al lado del medio elfo, antes de que pueda abrirla. — ¡Nos han detectado!— advierte Clarín señalando a la torre sureste justo cuando suena una trompeta. 262 Al mirar la torre veo a dos arqueros apostados en una posición muy ventajosa, han fallado el primer disparo, por suerte, pero el segundo arquero tiene el arma cargada y nos apunta. Con tremenda habilidad, Ghoidiel carga su arco y lanza una flecha hacia los guardias, acabando con el que está a punto de disparar, que cae dentro del recinto. — ¡Apártate!— ordena Shiroge al encapuchado, que obedece al instante. El grandullón asesta una tremenda patada a la puerta que destroza la cerradura y la abre. Entramos a refugiarnos de los disparos de los otros guardias, de la torre suroeste, que se preparan para atacarnos. Dentro del palacio hay un enorme salón con diez columnas, cinco a cada lado, que se alinean hasta un trono sobre un pedestal. Veo tres puertas a la izquierda y un pasillo junto a la entrada a la derecha, que da hasta unas escaleras por donde aparecen cinco Siervos de Amán. Portan espadas anchas y escudos y cargan contra nosotros. Primero la arquera lanza un ataque a uno de ellos, la flecha atraviesa el bíceps del brazo del arma, y esta cae al suelo. Justo después el eledín da un tremendo golpe de mandoble contra el escudo de otro, rompiéndolo y haciendo que el adversario se tambalee. Yo consigo asestar un golpe débil pero bien colocado, que frena el ataque del que está a su lado. Uno se dirige al indefenso mago y el otro hacia el encapuchado medio elfo. Semín consigue parar el ataque con su escudo, pero Clarín parece perdido. El hechicero levanta la mano, como cuando dirige su luz proyectada, pero esta vez un proyectil de electricidad sale de su palma y golpea el pecho del 263 enemigo que cae al suelo inconsciente como consecuencia del shock generado por la descarga. El medio elfo consigue responder el ataque y asesta un buen golpe en el costado que hace que el adversario retroceda. Una nueva flecha pasa cerca por mi lado, arrancando la oreja del sectario que está frente a mí. Aprovecho la distracción para hincar mi lanza en el corazón de mi enemigo y acabar con él. Shiroge embiste a su adversario con el escudo y éste cae al suelo. Un segundo ataque con el mandoble le parte la cabeza en dos. Semín sigue ocupado con su rival, parece que le cuesta acabar con él y voy en su ayuda, mientras el grandullón remata al primero que recibió el flechazo y que trataba de huir, con un fuerte ataque por la espalda. Yo doy un golpe por el flanco al último, que grita y pierde la concentración, lo que es aprovechado por Semín que alcanza al enemigo con su katana y le propina un gran corte en el cuello. El sectario cae y se ahoga con su sangre. — ¡Cierra el portón!— grita Clarín a Ghoidiel que está en la retaguardia. La elfa obedece y encaja la puerta. Clarín coge una de las espadas de los caídos y la bloquea. — Al menos quedan siete más fuera del palacio—aprecia Semín. — De momento no les va a resultar fácil entrar por esta puerta— responde Clarín—. Apresurémonos, tenemos que dar con Farwin. — Bajemos aquellas escaleras, se supone que los calabozos del castillo están en el sótano— señala el encapuchado medio elfo, y nos dirigimos hacia allí a toda prisa. 264 Descendemos la escalera de caracol y llegamos a una puerta. Shiroge, que va el primero, no pierde un segundo y le da una fuerte patada que la derriba. Del otro lado, un sorprendido carcelero no tiene tiempo a reaccionar; primero una flecha, seguida de un golpe de mandoble, acaban rápidamente con él. En la sala hay una mesa y una silla, además de una puerta en el centro, que da a un pasillo donde se apostan, a ambos lados, ocho celdas. — Aquí están las llaves— Saca Semín del bolsillo del guardia un llavero, tras registrarle. Accedemos al pasillo de las celdas, todas están vacías, hasta llegar a la última donde se encuentra un hombre. Se ve que ha sido cruelmente torturado. Tiene el torso desnudo y la piel hecha jirones. Su cara está muy dañada también, con los labios hinchados y los ojos morados, con las escleróticas enrojecidas. Además, le han arrancado las uñas de sus manos y algunos dientes. — Farwin— le llama la atención Clarín, pero el hombre no se inmuta. Abrimos la puerta y comprobamos que, aunque muy débil, sigue con vida. Hago lo que puedo para curar las heridas que siguen abiertas en el cuerpo del hombre y gasto todo el ungüento que me queda. — Vayámonos, necesita ayuda de un sanador— les digo a mis compañeros. Shiroge coge al hombre con cuidado en volandas y salimos de la apestosa mazmorra. Al subir las escaleras oímos trompetas en el exterior. — Subiré a la azotea— se ofrece el medio elfo—. Intentaré ver cómo está la situación fuera. Nos quedamos en el pasillo junto al salón del trono durante unos minutos, todo parece calmado en el exterior. 265 — ¡Son las tropas del Espino Rojo!— exclama Semín al regresar. ¡Los Siervos de Amán huyen del lugar! Ghoidiel quita la espada que bloquea la puerta y la abre. La explanada está despejada. El portón principal está entreabierto, alguien lo empuja y se abre de par en par. Aparece un hombre moreno de unos treinta y cinco años, con la barba perfectamente recortada, que luce un magnífico uniforme de cuero rojo y que viene seguido de un ejército, de unos quinientos hombres, que también acceden al interior. El oficial nos mira y se acerca tranquilamente hasta nosotros. — Así que vosotros sois los famosos Dalmas— se dirige a nosotros con tono serio—. Yo soy Wíldor, señor del Espino Rojo. — Mi señor Wíldor— respondo con presteza—, este hombre moribundo es Farwin, necesita ayuda urgente. — Está bien, lo llevaremos a Íshar— ordena el líder—. Subidlo a un caballo y dadle montas también a los Dalmas, no hay tiempo que perder. 266 10 La piedra negra. Nos ha llevado tres días de marcha, por la ruta de Bandur hasta llegar a Íshar. Durante el camino me he ocupado de atender al herido, cuya consciencia va y viene continuamente. El paraje de la manga en la que se encuentra la ciudad es muy llamativo. Está todo sembrado de flores de distintos colores, que ocupan la llanura que se cierra en un espigón y que llega hasta una pequeña colina donde se emplaza la abadía de Thal, Erdan de la oración, la música y la magia, con la ciudad de Íshar en torno a ella, que se sitúa a los lados de un camino principal, que rodea la monumental fortaleza. Hay una posada al pie del desvío, que lleva al paso de adoquines, por donde se escala la ladera del monte hasta la entrada, situada en medio de la inmensa muralla de más de diez metros. Álerin nos aguarda a las puertas del edificio principal, acompañado de un elfo y media docena de humanos con aspecto monacal, con hábitos grises y humildes. Hay dos edificios dentro del recinto amurallado de la abadía, el principal, de tres plantas, con una cúpula circular en su centro y otro justo en frente, más alargado, pero con solo dos plantas. Dos torres de vigilancia sobresalen de las murallas en los vértices norte y sur del recinto, que tiene forma aproximadamente ovalada. — Bienvenido a la Abadía de Thal, señor Wíldor— saluda el elfo que acompaña al consejero y que entiendo se trata de Néster, el conocido Abad. 267 — Gracias, monseñor Néster. Traemos con nosotros a Farwin, el señor del castillo de Kaalbhart— El líder del Espino Rojo señala al hombre herido tras él—. Necesita atención urgente. Cuatro monjes humanos elevan con cuidado el machacado cuerpo del noble y lo llevan al edificio principal. — Hemos convocado a su majestad el rey Árathan y al sumo sacerdote del gran templo de Túlmar, Mithrail. Esperamos su llegada mañana para tomar la mejor decisión, dados los últimos acontecimientos— explica Álerin—. Por supuesto, vos también estáis invitados a participar en la reunión. — No faltaré— responde Wíldor—. Necesitaré aposento para mí y mis hombres, amén de los Dalmas que han rescatado a Farwin. — Está todo dispuesto, vos y los Dalmas ocuparéis unas habitaciones disponibles en el edificio principal— contesta Néster—. Los soldados podrán disponer de otras que están preparando en el aulario. — Perfecto— asiente el señor del Espino Rojo. — Pronto servirán la cena en la primera planta— ofrece el Abad—. Estos hombres les acompañarán a sus aposentos. Todos los Dalmas, salvo Clarín que dispone de habitación propia en el edificio del aulario, seguimos a uno de los clérigos. Nos guía a través de la impresionante edificación principal, de techos altísimos y muros de ángulos redondeados, hasta una enorme escalera al fondo, por la que subimos. — En la planta baja se ubican el registro y las aulas del nivel avanzado— nos va explicando de camino el guía—. En la primera planta están el comedor del personal docente y la biblioteca de los estudiantes. 268 Llegamos hasta la segunda planta, donde hay un largo pasillo que la divide en dos, con una docena de habitaciones a cada lado. — Y estos son sus aposentos— señala el monje mientras nos entrega las llaves—. En una hora la cena estará servida en el comedor. — Gracias— contesto al amable clérigo. — Espero que disfruten de su estancia en la abadía— se despide el hombre antes de marcharse. La habitación no es excesivamente amplia, pero bastante acogedora, con una cama que dispone de un blando colchón, un pequeño escritorio con pluma y tinta, y un armario. Después de instalarme me dirijo al comedor. Me cruzo en el pasillo con Shiroge y bajamos juntos a cenar. Allí nos encontramos con Semín y Ghoidiel y nos sentamos todos juntos. Hay una mesa principal, ocupada por Néster, Álerin, Wíldor y otros cinco monjes que presiden el comedor. Otras veinte personas, incluidos nosotros, ocupamos las otras dos mesas alargadas y perpendiculares a la presidencia. La cena es abundante, pero bastante simple: pollo asado, puré de patatas y verduras hervidas, además de ensaladas y arroz blanco, que disponen en el medio de las mesas. Tras la cena nos vamos a descansar. — He oído que en Íshar se encuentran las mejores tiendas de alquimia del reino— comento al grandullón en las escaleras de regreso a la habitación—. Podríamos ir mañana a echar un vistazo. — Me parece buena idea— me contesta mi amigo—. Después de desayunar bajaremos de la abadía y así conoceremos la ciudad. 269 Nos despedimos y entramos en las habitaciones para irnos a dormir. — ¡Toc, toc!— suena la puerta de mi habitación. Justo acabo de tumbarme en la cama después de mis oraciones. Me levanto y la abro. Del otro lado está Álerin. — Buenas noches, Mirmaerín. Solo venía a comunicarte que el abad os invita a ti y a Shiroge a formar parte de la reunión de mañana, en la que participará su majestad el rey— me comenta el áratra—. Tendrá lugar en la tercera planta, después del almuerzo, si no hay contratiempos. — Por supuesto— le respondo—. Allí estaremos. — Que tengas buen descanso— el elfo se despide. Cierro la puerta y vuelvo a la cama. La verdad es que jamás me hubiera imaginado que iba a tener un encuentro con el rey. Abro los ojos. Después de tres días de camino hasta aquí, realmente me hacía falta un buen descanso. Veo por la ventana algo de claridad y me alzo. — ¡Toc, toc!— suena la puerta—. Mirmi, ¿estás despierto?— se oye del otro lado a Shiroge, se ve que hoy ha madrugado. — Sí, ahora salgo— le contesto. Me visto, cojo mis cosas y salgo al encuentro de mi compañero eledín. Mientras bajamos a desayunar le comento la invitación de Álerin para participar en el encuentro con el rey. — ¡Parece que ahora somos gente importante!— bromea el grandullón con una sonrisa. Tras el decepcionante desayuno bajamos a la ciudad. Al llegar al camino que rodea la abadía tomamos a la izquierda, a la zona más poblada, donde se ubica un puerto, además de una zona comercial bastante concurrida. 270 — Mira ahí— Señalo a una tienda de alquimia, llamada en élfico “Mag ya ed pris” que se traduce en bóldor como “Magia y rezo”. Entramos en el bonito establecimiento, regentado por un elfo moreno y de piel clara. — Buenos días— saludamos al entrar. — Buenos días, señores. Pasen, por favor— nos responde con educación—. ¿En qué puedo ayudarles? — Estoy interesado en adquirir pociones de curación— le contesto al comerciante. — Pues ha venido al sitio propicio, señor— afirma el tendero—. Dispongo de las mejores pociones curativas del reino. El elfo abre un mueble a sus pies, tras el mostrador, saca unos frascos y los coloca sobre la barra. — Esta es una poción para las hemorragias, este es un elixir para recuperar la consciencia, esta de aquí es revitalizadora y esta…— el vendedor hace una breve pausa—…es una poderosa poción que recupera cualquier daño, incluso muscular, en cuestión de segundos. Diría que la última es idéntica a las que encontramos en la guarida de los Siervos de Amán en los Cuatro Picos. — ¿Qué vale esta?— le pregunto por la última. — Una moneda de oro por dosis— responde el vendedor. — Me llevaré dos— Vistos los efectos del brebaje, merece la pena pagar esa fortuna. — ¿Desean algo más?— ofrece el comerciante. — ¿Qué más tiene que nos pueda servir?— responde Shiroge. — Un poco de todo— contesta el elfo—. Objetos para la destreza en combate, para la esquiva… También tengo algunos objetos con hechizos implantados, como estas botas, que permiten al portador correr a una velocidad 271 endiablada durante unos dos minutos, además de mejorar la potencia de salto. Echamos, con detenimiento, un vistazo a los artículos disponibles. Ojalá tuviera más monedas de oro para llevarme todo lo que me gusta, pero tengo que adaptarme a mi economía. Tras un buen rato, en que además tratamos de regatear con el mercader, aprovechando que nos llevamos muchos artículos, salimos cargados del establecimiento. Yo he comprado una hombrera que mejora mi capacidad ofensiva y un yelmo particularmente bonito, que además de mejorar mi defensa en el combate, me da protección contra la magia. Vuelvo a estar sin blanca. Shiroge ha comprado las botas, varias pociones, un cinturón que equilibra la energía para ser más eficiente en la esquiva y un bonito collar con una piedra amarilla engarzada que también mejora las capacidades defensivas en el combate. Cuando salimos ya es casi mediodía. — Regresemos a la abadía, tenemos una importante reunión tras el almuerzo— le digo a mi compañero. Al volver, veo que hay una comitiva formada por una veintena de Yelmos de León, sin duda el rey ya ha llegado a Íshar. Nos dirigimos al edificio principal y subimos a la primera planta. Nos encontramos con Clarín, que está en la entrada del comedor. — Os estaba buscando— nos informa el mago—. La reunión se ha adelantado, os esperan en la tercera planta, en la sala de reuniones del abad. Le seguimos por las escaleras hasta la tercera planta y cruzamos un pasillo hasta una puerta negra que está cerrada; el elfo llama. — Adelante— se oye la voz de Néster en el interior. 272 Abrimos y entramos. Hay varias personalidades sentadas alrededor de una gran mesa ovalada. Además de Néster están Álerin, Wíldor, Farwin, que por fin ha recuperado la consciencia, el rey Árathan, al que he visto un par de veces a lo lejos por las calles de Gáldoras, y otro elfo de pelo rubio platino y piel clara, entiendo que es Mithrail, sumo sacerdote del gran Templo de Túlmar. — Buenas tardes— saludo un tanto retraído. — Buenas, os esperábamos— responde Álerin—. Por favor, sentaos. — Bueno Farwin, ya que por fin estamos todos, cuéntanos lo que sepas sobre la piedra negra— ordena el rey a su subordinado. — Es una historia muy antigua, Majestad— comienza relatando con algo de dificultad el señor de Kaalbhart—. Tras la gran matanza, los Erdan repartieron las cuatro piedras de la creación entre las cuatro razas puras. La Esfera del Mar a los eledines, la Gema de los Vientos a los elfos, el Cristal de Fuego a los bahaluks, y a los nuevos hombres se les entregó la piedra de la vida, la Luz de Rosa. Amán quiso entregar la roca negra o piedra de Órdor a sus dragols, pero los demás Erdan le engañaron. Fue robada y escondida por Krax, justo antes del juramento de no volver a inmiscuirse en los asuntos de las tierras Antípodas. Solo Éler, siervo supremo de Eusarg, era conocedor de su paradero, en el lago Kaalbhart. Poco después, tras la unificación del reino, el rey Árathan I otorgó a mis ancestros el dominio de esas tierras. Éler sabía que tarde o temprano el secreto acabaría saliendo a la luz, y para evitarlo, él mismo reveló el secreto de su ubicación, bajo promesa de que solo el señor del castillo podría conocer la verdad sobre lo que esconde el lago. Para que todo cayera en el olvido, se unió al juramento de 273 los Erdan de no inmiscuirse en los asuntos entre los creados, y abandonó estas tierras. Dado que yo no tengo heredero, decidí contar el secreto a mi primo, Murkan, alcalde de Dúltor. — ¿Y dónde se encuentra exactamente la roca negra?— pregunta el rey. — Hay una entrada bajo las aguas del lago, a unos cien metros de la orilla frente a la muralla norte del castillo— responde el noble herido—. Yo nunca entré, mi padre me contó que había estado una sola vez de joven, al morir mi abuelo y que hay una sala con una inscripción en un idioma desconocido. Probablemente algún tipo de maldición. —Tenemos que recuperarla— asevera Árathan en alta voz—. Podremos usarla y acabar de una vez por todas con esta guerra. — Pero, mi señor— habla Álerin—, la piedra negra no puede ser usada, nadie sabe qué mal podría emanar de ella. — En la biblioteca del templo de Túlmar hay unos viejos volúmenes que hablan de las piedras de la creación. Son más de cien libros, seguro que habrá algo que nos pueda servir— revela Mithrail—. Con ayuda del áratra podremos revisar los textos. — Majestad, las piedras de los Ersan son reliquias antiguas, creadas para que fueran usadas por los Erdan— añade Néster—. Por lo que sé, ninguno de nosotros tiene poder para desatar su poder. — ¿Y qué pretende hacer Ostírelin con la Luz de Rosa?— pregunta el regente. — No lo sé, mi señor— responde el abad—. Pero si se ha tomado tantas molestias para conseguirla, seguro que tiene un plan. 274 — Estas son mis órdenes— Se alza de su silla el rey—. El áratra viajará al templo de Túlmar con Mithrail, para conseguir información. Enviaremos a alguien a Kaalbhart a por la piedra de Órdor y la traeremos aquí, para que la magia de Néster la proteja. — Estos Dalmas han demostrado gran valor y compromiso, Majestad— Nos señala Álerin—. Creo que no hay nadie más indicado para esa misión. Shiroge y yo nos miramos. — Soy siervo de su Majestad y devoto de los Erdan, mi señor— aclamo frente a todos—. Podéis contar conmigo. — Y conmigo— se suma mi compañero. — Clarín es un joven mago con gran potencial— dice Néster—. Debería acompañarlos. — Lo que ordenéis, excelencia— responde el hechicero. — Hay otros dos Dalmas: una elfa, enviada de Mithrail y un medio elfo llamado Semín, hacen buen equipo— resalta Wíldor—. Pero pedirán una recompensa por llevar a cabo la misión. — Pues démosle la recompensa que piden y que los cinco se encarguen de traer la roca negra— concluye el rey. Todos en la sala asienten ante las órdenes del regente. Tras concluir el cónclave, Árathan se retira el primero. — Mañana partiréis en barco hasta Dúltor, desde allí iréis a Kaalbhart— nos explica el plan Álerin—. Dudo que sea una misión sencilla, tened el máximo cuidado. — Toma, Clarín— Néster entrega un saco negro, como de seda, al mago—. Introduce aquí la piedra, no sabemos qué efectos puede causar el mal que contiene. Bajamos al comedor por petición de Shiroge y almorzamos. Yo decido ir a visitar la biblioteca tras la comida. El eledín tiene mejores cosas que hacer, o eso dice. 275 Paso una agradable tarde entre libros, principalmente de historia, que ocupan una pequeña estantería dentro de la gran biblioteca, repleta de libros de magia y filosofía que son incomprensibles para mí. Luego abandono la abadía en busca de algún templo. La ciudad tiene dos puertos, uno está muy cerca de la tienda de alquimia que hemos visto esta mañana, y mira dirección este, el otro está del lado opuesto y mira dirección oeste. Entre medio, en la punta del cabo, hay un par de embarcaderos de pescadores, de uso local. Uno orientado hacia el norte, justo en el extremo, junto al cual hay un templo dedicado a Eneon, Erdan de la sabiduría y creación. Se trata de un edificio humilde, cae el sol cuando entro en su salón. Tras las oraciones regreso a la abadía y coincido con los otros Dalmas en la explanada, frente a la puerta del edificio principal. — Buenas noches, compañeros— saludo al llegar. — Buenas, Mirmi. ¿Dónde has estado?— pregunta el eledín. — Este se habrá ido a rezar— responde por mí Ghoidiel, intentando burlarse. — Pues sí, además he dado una vuelta por la ciudad— añado. — Estos dos han aceptado la misión, iremos los cinco— anuncia Clarín. — Veinte monedas de oro por cabeza—reconoce la arquera—. No se puede rechazar tal recompensa. — Pues vayamos a cenar y a dormir temprano, mañana saldremos al alba y llegaremos de noche a Dúltor— recomiendo. 276 Todos asienten y subimos al comedor. Al llegar me percato de que ninguno de los mandamases está en el salón. La cena no mejora el almuerzo y pronto me voy a la cama. Me cuesta dormir. Un extraño nerviosismo me inunda y me paso casi toda la noche en vela, dando vueltas de un lado para el otro. — Vamos, despierta— oigo la voz de Shiroge y abro los ojos. Al no contestar, el eledín ha entrado en la habitación a despertarme. — Voy, amigo, perdona— me excuso—. He dormido fatal. Cojo todas mis pertenencias y salimos del edificio, todavía es de noche. Coincidimos con Mithrail y Álerin en el patio frente al portón y bajamos juntos la pequeña colina en la que se ubica la abadía. — Mucha suerte, amigos. Tened máximo cuidado— se despide el áratra al separarnos en el camino. Ellos partirán del puerto del oeste y nosotros desde el del este. — Nos vemos pronto— respondo todavía un poco adormilado. Al llegar al muelle ya se atisba algo de brillo en el este. — Ese es nuestro barco—indica Clarín señalando un navío de dos velas un poco mayor que El Incansable. Caminamos por el muelle hasta la pasarela, donde el capitán, un elfo rubio de refinados modales llamado Galdin, nos da la bienvenida al subir a cubierta y nos asigna camarotes. — Son solo doce horas de ruta hasta Dúltor— nos informa el elfo al mando. La jornada en barco es tranquila, yo he pasado toda la mañana en el camarote descansando, hasta la hora de comer. Paso las pocas horas de travesía restantes en cubierta, admirando la línea del litoral que cae a poca distancia. 277 — ¡Dúltor a la vista!— grita el hombre de la cofa. Poco después comienzan las maniobras de atraque. Al desembarcar vamos directos a la posada Luz del Norte. No lo dice, pero noto a Shiroge impaciente por encontrarse con Dorin. Por el camino, los lugareños nos reconocen y nos saludan sonrientes. Al llegar a la posada hay buen ambiente, las dos salas vuelven a estar habilitadas. — ¡Shiro!— grita la tabernera, que corre a echarse en los brazos del eledín. Decidimos dejarlos solos en el reencuentro y nos sentamos los demás en una mesa. Tras unos momentos de efusivo saludo, el grandullón viene y se sienta con nosotros. No tarda Dorin en venir a atendernos con una enorme sonrisa. Le pedimos unas cervezas y algo de cena, además de habitaciones. Como hemos hablado en el barco, lo mejor será descansar bien y coger caballos al alba para dirigirnos al castillo, ahora en manos de los hombres del Espino Rojo. — ¡Aquí están nuestros héroes!— Gílmed entra en la sala mientras nos sirven la cena, ya no lleva su uniforme militar. — Buenas noches, amigo— le contesto—. ¿Qué tal todo? — Muy bien, la verdad— me responde sonriente—. Me han nombrado alcalde de la ciudad. Sin duda, un gran honor. — Enhorabuena— felicita Clarín—. Seguro que lo harás genial. Shiroge y Semín levantan la jarra, en forma de brindis por la noticia. Ghoidiel lo hace un poco más tarde. — Contádmelo todo, ya sé de lo ocurrido en el castillo de Kaalbhart— El nuevo alcalde se sienta en nuestra mesa—. Dorin, los señores están invitados, por supuesto. — Como mande, alcalde Gílmed— responde la posadera. — Conseguimos liberar a Farwin. Por suerte sobrevivirá, pero le han torturado cruelmente y las cicatrices son de por vida— empiezo relatando—. Luego fuimos a Íshar, nos 278 hemos reunido con el rey, que nos ha enviado a Kaalbhart de nuevo. — ¿A por la Piedra Negra?— pregunta con curiosidad. — Así es, pero será mejor no prodigarlo— advierte Clarín—. Hasta que no esté en nuestras manos, esta misión es absolutamente secreta. — Claro, claro, lo entiendo— asiente el alcalde—. ¿Hay algo que pueda ofreceros? — La verdad es que necesitaremos caballos mañana al alba— aprecia Semín. — Contad con ellos, mañana id a las caballerizas, daré orden de que los tengan listos y ensillados a primera hora— nos concede. Agradecemos el gesto y cenamos tranquilamente. Me percato de la mirada de Lía del otro lado de la mesa, tras cenar. — Ve a hablar con ella— me dice el grandullón—. No te has portado como un caballero. Hago caso al eledín y me acerco a la chica. — Buenas noches, Lía— saludo sonriente. — Me dijiste que nos veríamos luego— me contesta con cara seria—. Han pasado cinco días. — Lo siento, la vida de un Dalma a veces es complicada— le respondo. — Da igual, tengo claro que solo fue un romance de una noche— añade cabizbaja. — Pero podemos ser amigos, creo que eres una mujer fantástica— intento quedar bien. — Claro, todos tenemos una gran deuda con vosotros, nos habéis salvado, no puedo enfadarme contigo— asiente mientras levanta la punta de sus labios formando una sutil sonrisa. La beso en la mejilla y vuelvo a la mesa. 279 — Será mejor que nos vayamos a descansar pronto— advierte Clarín—. No creo que la misión de mañana vaya a ser un paseo. — Tienes razón— reconoce Semín. — Yo me quedaré un rato, estoy muy descansado— aclara Shiroge sus intenciones, aunque ya eran bastante evidentes. Se oyen gallos cantar y abro los ojos. Ya clarea el día, no hay tiempo que perder, así que me levanto, cojo mis cosas y salgo al pasillo de la planta superior de la posada. Parece que soy el primero, así que llamo a las habitaciones de mis compañeros. Solo Shiroge no contesta, intento abrir su habitación pero está cerrada. Una vez salen los otros Dalmas, bajamos al comedor y está vacío, con la puerta cerrada y las sillas apiladas sobre las mesas. — Parece que Dorin tampoco ha llegado— advierte Clarín. — Esperemos que no tarden en aparecer, si no tendremos que buscar...— no termino de decir la frase, cuando suena la puerta delantera de la posada y aparecen los enamorados. — Ya era hora— recrimina Ghoidiel. — Bueno, tampoco hay tanta prisa— responde el grandullón con cara de contradicción. — Hay que ser puntual— se enzarza la elfa con el eledín. — De nada sirve discutir, lo cierto es que ya estamos todos, así que comamos algo y salgamos lo antes posible— intercedo en la discusión. — Ahora mismo os sirvo el desayuno— ofrece la tabernera un poco ruborizada—. En cinco minutos estará todo listo. Nos sentamos a esperar el desayuno en silencio. Poco después vuelve Dorin cargada con pan, embutidos, algo de queso y huevos cocidos, además de una jarra con leche de cabra endulzada con miel. 280 Después del desayuno y la despedida de los tortolitos, nos apresuramos a coger los caballos y partimos al galope por el camino de Xandria. Al pasar por delante de la posada El Gran Descanso, me percato de que ya está casi totalmente reconstruida. Tras poco más de dos horas, llegamos al cruce de Xandria y seguimos adelante hasta subir la loma desde donde se ve la maltrecha posada Cruce de Montañas. — Enviaré a Miliki a echar un vistazo— informa Clarín mientras llama a su emplumada mascota. — Todo despejado— informa el mago una vez vuelve el halcón. Avanzamos por el camino otras dos horas al galope, hasta las inmediaciones del lago y continuamos bordeándolo. Es mediodía cuando avistamos a lo lejos el castillo. Una patrulla del Espino Rojo se nos acerca. — Sois vosotros— el oficial al mando nos reconoce. — Venimos por orden del rey a una misión de máxima importancia— anuncio a los uniformados. — Por supuesto, os escoltaremos— responde el líder. Nos acompañan hasta el castillo y dejamos allí los caballos. Aprovechamos para almorzar y sin perder tiempo nos dirigimos a la muralla norte. Tenemos aún cinco o seis horas de sol para localizar la cueva. Tomamos una barca y nos alejamos unos cien metros. Percibimos con atención las profundidades de las aguas. El claro sol en lo alto ayuda en la tarea. — ¡Mirad ahí!— Señala con el dedo Semín—. Hay una especie de fosa o cueva. A unos dos metros de profundidad, se distingue un orificio de aproximadamente un metro y medio de ancho. Nos sumergimos, primero Ghoidiel, seguida por mí, Semín, Shiroge y Clarín. Buceamos a través del inundado túnel 281 que llega a una sala que emerge de las aguas. Clarín enciende su luz y se ve una plataforma de piedra, en cuya pared del fondo se ubica un inmenso portón, con un texto escrito en la lengua de los eledines. Junto a él hay un pequeño saliente, como una pila semicircular de unos treinta centímetros de diámetro. — ¿Sabes leerlo, Shiroge?— pregunto a mi compañero una vez estamos sobre la plataforma. — Sí— contesta afirmativamente—. Pone: “Ofrece tu sangre y entra ahora, pasa sin ofrenda y la darás toda”. — Parece una amenaza— se percata Semín. — Creo que debemos derramar nuestra sangre en la pila, a modo de ofrenda para entrar— doy mi opinión. — Pues no creo que haga falta— me lleva la contraria Ghoidiel al acercarse al medio del portón—. Yo diría que esta puerta se puede abrir. — ¡No toques nada!— protesta Clarín—. Este recinto fue construido por Krax, si la orden del Erdan es que entreguemos sangre, así será. El mago saca un pequeño cuchillo y se hace un corte en la palma de su mano y deja caer unas gotas en la pequeña pila, luego Semín, yo y Shiroge. La elfa sigue dudando. Finalmente, la presión de grupo surte efecto y, aunque con reticencias, vierte su sangre también. Después el eledín abre el pesado portón. Del otro lado se extiende otra sala un poco más ancha, con una puerta en la pared de enfrente, junto a ella veo una segunda inscripción. — “Sigue hacia adelante o vuelve hacia atrás, todos los caminos te llevan, ninguno te traerá, hasta matar a las bestias, hasta acabar con el guardián”— lee directamente el grandullón. — Parece algún tipo de adivinanza— opina Clarín. 282 — Avancemos, quizás una vez dentro todo cobre sentido— propongo. Entramos por la puerta que da a un largo pasillo. Al acceder, una fila de pequeñas luces amarillas se ilumina en el suelo, dando visibilidad suficiente para avanzar, sin necesidad de usar la mágica luz. Después de unos treinta metros llegamos a otra sala rectangular, con tres pasillos frente a nosotros y otros dos a cada lado del acceso. En el medio de la sala, en el suelo, hay una losa de color amarillo, con un dibujo de dos tigres de aspecto feroz. — ¿Y ahora, qué?— pregunta Shiroge. — Vayamos a la derecha, inspeccionemos la zona— propone el hechicero. No muy convencido, acepto la proposición del mago y avanzamos por el pasillo, que gira a la izquierda tras diez metros y se abre en otra sala, con media docena de pasos. Volvemos a girar a la derecha, siguiendo a Clarín que lidera la compañía. Tras un nuevo giro llegamos a otra sala de iguales características que la primera, incluyendo la losa amarilla y el grabado. — Volvamos atrás— el hechicero duda. Al volver sobre nuestros pasos alcanzamos la sala, pero por un acceso que no corresponde al que entramos. — Creo que estamos perdidos— advierte con resignación la arquera. — Pensemos un poco— propongo a mis compañeros—. La inscripción decía que ni avanzar ni retroceder nos lleva a la salida, que hay que matar a las bestias y al guardián. Quizás debemos activar la losa del centro y los tigres aparecerán. — Tiene lógica— afirma el mago—, pero antes prepararé un hechizo por lo que pueda pasar. — Pues no perdamos el tiempo— apremia el grandullón. 283 Tras unos segundos, a la señal del hechicero, me sitúo justo encima de la losa amarilla. — Claclaclaclacla— Todas las puertas de la sala se cierran y se apagan las luces del suelo. El techo se ilumina de repente con un tono amarillo. — ¡Cuidado!— grita Semín señalando a mi espalda. Me giro y veo a dos enormes tigres que se abalanzan sobre nosotros. Consigo interponer mi escudo y detener el ataque de uno de ellos. Un proyectil eléctrico lanzado por Clarín impacta en el otro y le obliga a retroceder. Shiroge se lanza contra la bestia que está encima mía y de un fuerte golpe de mandoble le mutila una de las patas delanteras, el animal gruñe y cae al suelo. Ghoidiel lanza una flecha al otro animal, pero el veloz felino consigue evitarla. Seguidamente Semín clava su katana en el cuello del tigre, un gran chorro de sangre riega el suelo de la sala y el animal cae herido de muerte. — Tactactactactac— Se apaga el techo y desaparecen las bestias, la puerta central se abre y se encienden las luces del suelo por el pasillo. Esta vez tienen un tono azul. — Ha sido muy fácil— aprecia Shiroge. — No creo que esto haya terminado aún— doy mi opinión a los demás—. Sigamos por el pasillo. Avanzamos, esta vez yo lidero la compañía. El pasillo gira a la izquierda de nuevo tras unos veinte metros, llegando a una sala idéntica a la anterior. La losa, de color azul, tiene dibujada la figura de dos osos también de aspecto amenazante. — Ya no nos queda otra que seguir enfrentando a las bestias— reconoce con resignación Clarín—. Prepararé un nuevo hechizo de proyectil. Me lleva algo de tiempo. 284 El mago hace un gesto una vez está preparado y Shiroge se coloca sobre la losa. De nuevo se cierran las puertas, todo se hace oscuro y el techo brilla con tono azulado. Dos enormes osos aparecen delante de él, seguidamente el mago lanza su poderoso ataque eléctrico, que golpea a uno de ellos en el cuerpo, aunque no le impide seguir luchando. La elfa lanza una flecha, esta vez sí acierta en el torso del otro animal, pero no reduce su capacidad de combate. Uno se lanza contra el eledín, este repele el ataque con su escudo. El otro ataca a Ghoidiel, asestándole un zarpazo en el brazo que desgarra algunos músculos de la arquera, que no consigue evitar la ofensiva. Shiroge devuelve el ataque a su oponente, un fuerte golpe que hace que se tambalee y lance un gruñido. Yo hago lo propio, aprovechando mi posición de flanco, contra el otro e incrusto mi daga en el costado del animal que se gira hacia mí. Semín lanza un ataque con su katana al que se enfrenta al eledín. Aunque consigue golpearle, no resulta muy efectivo y otra vez la bestia contraataca, pero Shiroge de nuevo repele el golpe de sus garras e inserta el mandoble en el estómago. Esta vez el animal retrocede gravemente herido. El otro intenta morderme con su enorme mandíbula, pero con un buen movimiento lo esquivo y clavo mi lanza en su nariz provocándole una fea herida. Semín asesta un nuevo golpe, esta vez por la espalda, pero el animal aguanta. El grandullón consigue por fin acabar con su adversario malogrado, atravesando su corazón. El que sigue en pie se gira, para lanzar un zarpazo contra el medio elfo, momento que aprovecho para incrustar mi 285 lanza en su cuello, rompiéndole la médula espinal. El oso cae paralizado del cuello para abajo. De nuevo la luz se apaga y se abre el pasillo central iluminado por luces de color rosa. Corro a asistir a Ghoidiel. — ¿Estás bien?— le pregunto al llegar. — Creo que no es muy grave— responde mientras aprieta con su mano la zona del corte del que emana algo de sangre. La herida es profunda. Le doy de beber una poción mientras le limpio la zona del corte. Rápidamente la hemorragia se detiene y me permite coser con comodidad. Instantes después parece recuperada. — Por lo que se ve, cada sala tiene enemigos más peligrosos, debemos andarnos con ojo— aprecia Semín acertadamente. — Sigamos, ya no hay vuelta atrás— Ahora es el eledín el que toma la iniciativa y avanza por el nuevo pasillo. Tras un nuevo giro, nos topamos con una tercera sala. En la losa aparecen las figuras de dos guerreros, un elfo y un bahaluk. — Pensemos una estrategia— propone Semín—. Tenemos que hacer valer nuestra superioridad numérica. — ¿Qué propones?— le respondo a sabiendas de que es bastante buen estratega. — Clarín y Ghoidiel que ocupen esquinas opuestas. Frente a cada uno de ellos nos pondremos, por un lado, Shiroge delante del mago y por el otro Mirmaerín y yo protegiendo a la arquera. Ellos dispararán al oponente del lado contrario por la espalda, y nosotros nos enfrentaremos— propone el encapuchado. — Me parece bien— asiente Shiroge—. ¿Pero quién activará la losa? 286 — Yo lo haré y me colocaré junto a Mirmaerín rápidamente— se ofrece el medio elfo. — Tenéis que saber que no me queda mucha más reserva de energía, solo podré usar el hechizo de proyectil eléctrico una vez más— agrega Clarín mientras se concentra. Nos colocamos en nuestras posiciones y Semín va al centro de la sala a activar el dispositivo. Cuando se cierran las puertas y se apagan las luces, corre a colocarse a mi lado. El techo se ilumina de color rosado. Por desgracia, no le da tiempo al medio elfo a llegar hasta mí, cuando recibe el ataque por la espalda del elfo que acaba de aparecer, que le golpea con su enorme hacha en la cadera, causándole un profundo corte. El proyectil eléctrico golpea la espalda del guerrero elfo, que cae al suelo junto a nuestro compañero. La flecha de la arquera golpea al bahaluk por la espalda, pero no logra acabar con él y se enfrenta en combate singular a nuestro enorme compañero. Primero el eledín lanza un ataque que es repelido por su hábil adversario, lo mismo ocurre con la respuesta de su pequeño contrincante. A pesar de la diferencia de tamaño, el combate está igualado. Yo logro asestar un buen golpe en el torso del enemigo caído, acabando con su vida. La arquera lanza un segundo ataque contra el bahaluk, pero tiene poco espacio y no logra alcanzarle. El eledín vuelve a dar un golpe de mandoble que desequilibra a su adversario, seguido de una embestida con el escudo que lo derriba. Yo me apresuro a ayudar a Semín, la herida en su cadera es bastante grave y pierde la consciencia. Shiroge aprovecha la indefensión de su enemigo para ensartarlo 287 por el pecho con su mandoble. La luz se apaga, se abre la puerta central y se encienden luces rojas por el pasillo. — ¡Semín!— grita el agotado mago. Consigo taponar el corte. Shiroge vierte un poco de una de sus pociones en la herida de nuestro compañero, que detiene la hemorragia. No creo que podamos contar con nuestro amigo durante un buen rato, pero por suerte parece que su vida no corre peligro. — Descansemos— propongo a mis compañeros—. Si continuamos sin descanso todos acabaremos cayendo. Los demás asienten. Pasamos tres o cuatro horas descansando sin movernos de la sala, tiempo que Shiroge usa para comer, Clarín para meditar y recuperar su poder, Gloidiel para reparar algunas de sus flechas y yo para asistir a nuestro compañero herido, que por fin recupera la consciencia. — ¿Qué ha pasado?— pregunta Semín al reponerse. — Tu plan ha funcionado— le contesta la elfa con guasa. Aunque lo cierto es que, de no haber usado la estrategia del medio elfo, puede que no hubiéramos acabado con ellos. — ¿Esto no se acaba nunca?— dice el encapuchado, con tono de resignación al mirar el nuevo pasillo iluminado de rojo. — Esperemos que este sea el último— respondo, aunque me temo que viendo que los colores coinciden con los de los Ersan, un total de cinco salas nos esperan, cada cual más difícil. Una vez repuestos avanzamos de nuevo por el pasillo. Tras un último giro llegamos a otra de las salas. Esta vez la losa en el centro es de color rojo y tiene una figura demoníaca pintada. 288 — Qué mal rollo— dice Ghoidiel—. ¿Qué estrategia usamos contra un demonio? — Rodeémosle— propone el recuperado medio elfo—. Atacaremos todos a la vez. — Parece arriesgado— responde la arquera—. El que caiga de frente estará en problemas. — Si surge un demonio en esta sala, no habrá forma de evitar el riesgo— se justifica. Todos aceptamos, de todas maneras, ya no hay vuelta atrás, o llegamos al final de este terrorífico laberinto o acabaremos nuestros días perdidos en él. — ¿Y quién activará esta vez la losa?— pregunta Semín. — Yo lo haré— me ofrezco en un arranque de valor—. Retrocederé de espaldas contra el muro, protegiéndome con mi escudo. Todos nos colocamos en posición, cerca de las paredes formando un círculo, me adelanto hasta la losa y subo encima. Suenan las puertas cerrarse y me aparto caminando hacia atrás. Las luces se apagan. Un ser de una oscuridad más profunda que la de la propia sala aparece en el medio y se enciende el techo de color rojo. Veo el brillo de la punta de la mano de Clarín a punto de disparar su rayo. Sin embargo, es el ser el que lanza un poderoso proyectil eléctrico contra el mago, que le hace caer. Ghoidiel dispara una flecha, que es poco efectiva contra el demonio. Los demás cargamos contra él. Semín está de frente y al ver la mirada vacía del enemigo se queda paralizado. Shiroge le asesta un poderoso ataque por la espalda a la vez que yo le doy un golpe certero con mi lanza por el flanco, que atraviesa su cabeza. 289 El ser demoníaco grita con fuerza y seguidamente se desvanece. Se abre un nuevo pasillo iluminado con luces blancas. Me dirijo a ver el estado del hechicero, que tiene una quemadura en su pecho y una contusión, aunque superficial. Con dificultad, le doy de beber la última de mis pociones. De nuevo es efectiva y el elfo se recupera enseguida. — ¿Otra más?— se percata la arquera mirando al nuevo pasillo iluminado por luces blancas. — Este es el último, mirad— advierte Semín señalando adelante. Del otro lado se distingue a unos diez metros otra sala. En el centro hay una estatua de tres metros del Erdan Krax, sosteniendo su martillo. Nos dirigimos allí. Sin duda es la última sala, no hay ningún otro acceso, como ocurría en las anteriores. — ¡Mirad!— Señala Ghoidiel la punta del martillo de la estatua—. ¡Ahí está la piedra! Engarzada en la superficie del arma, se ve la roca, que parece absorber la luz en torno a ella difuminando su contorno. — Sin duda, este es el guardián— opina Clarín—. No es una estatua, percibo energía dentro de ella; seguro que se trata de un gólem. — ¿Un gólem?— pregunta Shiroge. — Son poderosas construcciones mágicas, normalmente usadas como guardianes— describe el mago—. Si intentamos coger la piedra, seguramente se activará. — Pues no nos queda más remedio— respondo con resignación—. Se pueden matar, ¿no? — Estos seres carecen de órganos vitales— explica el hechicero—. La única forma de destruirlos es debilitando 290 su poder, atacándole, pero tienen mucho aguante y son muy fuertes. Además, será mejor que evite usar el proyectil. Su cuerpo metálico podría hacer de conductor y que afecte a alguno de vosotros. — No hay tiempo que perder— apremia Shiroge—. Estoy harto de este dichoso laberinto, además tengo hambre. — Antes de activarlo rodeémoslo también— propone Semín, a lo que todos asentimos. Una vez estamos preparados, Shiroge se coloca delante de la estatua del Erdan y toca la piedra negra con la punta de su mandoble. Se oye un estruendo y un rayo penetra en la escultura, que cobra vida. Todos lanzamos la ofensiva. Como nos ha dicho Clarín, no hay ataque, ni el poderoso golpe de mandoble del eledín, que consiga detener al gólem, que le devuelve una contraofensiva con su martillo, que impacta contra el escudo de Shiroge y lo desplaza un par de metros a la izquierda. Volvemos a atacar Semín y yo, la estatua se gira y va a por el medio elfo. Las flechas de Ghoidiel y las bolas de Clarín no son efectivas. Lanza un ataque contra el encapuchado, que realiza una acrobacia y logra esquivar el ataque. De nuevo le golpeo, mientras el grandullón, con cara de rabia y el escudo destrozado, se pone tras él, aprovechando que centra su atención en mí, coloco mi escudo a la espera de recibir el poderoso mazazo. Shiroge se adelanta, coge su arma con las dos manos y conecta un tremendo mandoblazo que desplaza a la mole de metal y le hace caer antes de que pueda golpearme. Una nueva lluvia de ataques le impactan mientras intenta de nuevo levantarse. El eledín alza otra vez su arma y grita mientras asesta un tremendo espadazo, de arriba hacia 291 abajo en la cabeza del gólem, que pierde toda su energía y se desmorona. La roca Negra se descuelga de la maza y cae a los pies de Clarín. — ¡Victoria!— grita Semín. El mago coge el saco que le había entregado Néster e introduce la oscura piedra en él. Un nuevo pasillo se abre justo en el medio y avanzamos por él, hasta llegar a la plataforma junto al agua. Lo hemos conseguido. Buceamos por el pasadizo y salimos al lago. Es de noche y las lunas están casi llenas. Unos guardias del Espino Rojo esperan sobre las barcas, alumbrando con candiles y nos ayudan a salir del agua. — Descansemos esta noche en el castillo y volvamos a Íshar mañana— propone Clarín visiblemente agotado. Los soldados de Wíldor nos ceden unas habitaciones dentro del castillo y nos ofrecen comida. No tardamos en irnos a dormir. 292 PARTE III 11 Éler, siervo de Eusarg. El viaje de vuelta ha sido tranquilo, llegamos a Dúltor por la tarde. El capitán Galdin está esperándonos en la posada. Hemos decidido, con su aprobación, navegar de noche para llevar la piedra lo más rápido posible a Íshar. Shiroge se despide apresuradamente de Dorin después de la cena y nos vamos sin dilación al barco. Tras una tranquila travesía alcanzamos nuestro destino al amanecer. Sin perder un minuto subimos a la abadía. No tarda Néster en aparecer al saber que estamos de vuelta. — ¡Bienvenidos, amigos Dalmas!— nos saluda el abad a la entrada del edificio principal—. Habéis sido realmente rápidos. ¿La tenéis? — Así es— responde Clarín mientras le entrega el saco con la roca. — ¡Muy bien!— celebra Néster—. Anoche recibí un cuervo del templo de Túlmar, las investigaciones de Álerin y Mithrail han llegado a buen puerto y vienen de camino, esta noche estarán aquí. Descansad la jornada de hoy, de que lleguen nos reuniremos con ellos y veremos qué han descubierto. — ¿Qué hay de la recompensa?— pregunta enseguida Ghoidiel. — Daré orden de que os preparen las veinte monedas de oro para cada uno. Podéis recogerlas en la primera planta del edificio capitular— responde el abad. Todos asentimos y el abad regresa dentro del edificio. 293 — Yo estoy descansado— me comenta Shiroge—. ¿Quieres que vayamos a la posada a desayunar? — De acuerdo— le contesto—. Después vayamos a la tienda de alquimia, necesitaré más pociones. Mi compañero asiente. Tras recoger la recompensa, nos despedimos de los otros Dalmas y abandonamos la abadía. Entiendo por qué el grandullón prefiere comer fuera del monasterio, la comida no es muy buena allí. Todo lo contrario que en la taberna junto al camino, justo al bajar la rampa, donde nos sirven un excelente desayuno. La posada es pequeña y tranquila. Hay algunos estudiantes con sus túnicas y sus libros, que pueden permitirse gastar algún dinero en disfrutar una buena comida. Después nos dirigimos a la tienda “Mag ya ed pris” y compro otras dos pociones, Shiroge insiste en pagarlas. Luego vamos a una armería justo enfrente. El eledín puede permitirse pagarse un bonito escudo del mismo material que el mío. Pasamos el resto del día paseando por la ciudad. Comemos en la taberna junto al muelle de los pescadores, en la punta del espigón y al atardecer nos encontramos en el puerto del oeste. Veo un barco atracar y distingo en la cubierta a Álerin y Mithrail. Nos acercamos a saludar. — ¡Vaya, ya estáis de vuelta!— se sorprende el áratra—. ¿Ha ido todo bien? — La verdad es que sí, hemos llevado a cabo la misión con éxito y no hemos tenido ninguna baja— contesto con satisfacción. — Pues nosotros traemos noticias— añade Mithrail—. Vayamos a la abadía, allí os lo contaremos todo junto a Néster. 294 Regresamos a la colina y subimos a la tercera planta del edificio principal. Al llegar, el abad y Clarín nos esperan en la salita donde se ubican las escaleras. — ¡Bienvenidos!— nos recibe el anfitrión—. Entremos en la sala de reuniones. Una vez sentados a la mesa, Néster saca la piedra del saco y la coloca en el centro. — Esta es la Roca Negra, la piedra de la destrucción, la gema de Órdor— relata el abad—. Perdida tras la Gran Matanza y ahora hallada por estos valerosos Dalmas. Sin duda contiene un poder maligno sin parangón. — Según los textos que hemos estudiado sobre las piedras, ninguna puede ser destruida, pues dan el equilibrio a la existencia de todos los seres. Las de la creación pueden ser usadas, si se conocen las oraciones, pero cargan de poder a la roca negra que actúa por sí sola. Una especie de reacción de contrapeso— relata Mithrail—. Los Erdan desconfiaban de los segundos hombres y vetaron el uso de la Luz de Rosa antes de entregársela, creando un objeto: el Santórum de Yabel. Este artefacto es necesario para decodificar los rezos, que activan la Gema de la Vida. Hace mil años, las otras razas llegaron a un acuerdo y se prohibió el uso de las demás, guardándolas solo como un símbolo del derecho de libertad e independencia de cada raza. — Durante los primeros mil años de esta era, los líderes que custodiaban las piedras las usaron sin miramientos. Creemos que eso explica el nacimiento de los Hombres de las Montañas Morguel, al estar la roca negra oculta en la zona— sigue Álerin—. Del mismo modo, según los textos del Gran Templo de Túlmar, de la creación de los eledines nacieron los bolgs, del nacimiento de los elfos surgieron los 295 dragols, pues las criaturas de Amán provienen de la Gema de Órdor. — ¿Y dónde se encuentra el Santórum de Yabel?— pregunta Néster. — Fue escondido por Tísmik, Erdan del juego, el azar y el ingenio— responde Mithrail—. Solo Éler, el siervo supremo de Eusarg, Ersan de la ganadería, la comida y los animales, sabe dónde se ubica. — Si un ser del poder de Éler guarda el secreto, ¿no hay nada que temer? ¿no?— pregunto. — No podemos estar seguros de que Ostírelin sea ajeno a todo esto— responde Álerin—. Las oscuras artes de Amán son totalmente impredecibles, será mejor asegurarnos. — ¿Pero cómo?— pregunta Clarín. — Localizando a Éler y recuperando el Santórum— contesta el áratra—. Por lo que sabemos se fue a los Páramos Rocosos donde levantó un templo en honor a su señor Erdan, en las cercanías de la colina de los vientos. — Según he leído, los Páramos Rocosos son un lugar muy peligroso— advierte Clarín—. Allí habitan toda clase de criaturas de Amán, especialmente dragols; esos seres de piel escamada no permiten a nadie adentrarse en la desértica llanura. — Así es, es una tarea peligrosa, pero ya habéis demostrado con creces estar preparados para ella— responde Néster a su subordinado—. Pagaremos de nuevo a los dos Dalmas, Ghoidiel y Semín, para que os ayuden en la tarea. — Está bien— se adelanta el valiente Shiroge—. Contad con nosotros. — ¿Qué aspecto tiene Éler?— pregunto. — Por su apariencia se diría que es un eledín de gran altura, de pelo y barba gris— me contesta Álerin—. Yo lo vi 296 una vez, hace ya casi dos milenios. Solía vestir un sombrero de lana, también gris, regalo de Eusarg. — Hablaré con Galdin, el capitán, para que tenga listo su barco mañana al amanecer. Hay tres días de navegación hasta Fálkdir, la ciudad al norte de los páramos— ofrece Néster. — Así sea— responde Mithrail—. Yo hablaré con los Dalmas y llegaré a un acuerdo con ellos. Todos asentimos y abandonamos la sala. Por las ventanas se observa que ya es de noche. — Lo mejor será que cenemos y nos vayamos a descansar— propongo a mis compañeros. — Está bien, nos reuniremos al amanecer en el claustro— asiente Clarín. Tras la abundante pero insípida cena nos vamos a descansar, tal y como hemos acordado. — Toc, toc, toc— la puerta interrumpe mis oraciones antes de dormir. Al abrirla Álerin y Shiroge están del otro lado. — Buenas noches, Mirmaerín— saluda el consejero del rey—. Tengo algo para vosotros, acompañadme— Seguimos al áratra por el pasillo hasta su habitación. — Hace más de un mes que estáis al servicio de esta causa, arriesgando vuestras vidas, sufriendo todo tipo de calamidades— empieza diciendo una vez estamos dentro—. Para esta difícil tarea os he traído algo. El elfo abre un armario y saca unas telas que esconden algo de gran tamaño. Retira el envoltorio dejando ver una lanza y un mandoble. — Mirmaerín, te entrego esta lanza mágica de precisión. Sirve especialmente para ser arrojada. Su forma, su peso y el resistente acero mágico hace que los ataques sean más efectivos que con cualquier lanza normal— Me entrega el arma—. Shiroge, a ti te entrego el mandoble demoledor. 297 También de acero mágico, una aleación muy especial que hace su filo prácticamente irrompible, doblando el poder de los ataques. — Gracias— respondemos al unísono. — Estas armas son muy especiales, fabricadas antes de las edades de los hombres. Espero os sirvan para llevar a cabo esta misión con éxito— añade el áratra. Nos despedimos de Álerin y volvemos a nuestras habitaciones. Termino mis rezos y me voy a dormir. Nos espera un largo viaje hasta Fálkdir. Después de reunirnos los cinco Dalmas, nos dirigimos al puerto del este de Íshar, donde Galdin nos espera. — Buenos días, señores— nos saluda el capitán elfo—. Pueden embarcar, estamos listos para zarpar. Subimos a cubierta, el navío suelta amarras y comienza la travesía. — ¿Cúal es el itinerario, capitán?— pregunto una vez zarpamos. — Esta noche dormiremos en Dúltor, mañana en Xandria y al final del tercer día de navegación, llegaremos a Fálkdir— me contesta Galdin. Anochece el tercer día de travesía, sin incidentes. Shiroge ha tenido la oportunidad de despedirse de Dorin en Dúltor, desde entonces está algo cabizbajo. La parada en Xandria ha sido muy tranquila, siguen reconstruyendo la ciudad del ataque de los Hombres de las Montañas, pero parece que poco a poco vuelve a la normalidad. Por fin divisamos a lo lejos un pequeño faro. Por lo que se ve, Fálkdir, famoso por su carne de buey, es un pequeño pueblo de ganaderos, con enormes fincas delimitadas, que ocupan toda la llanura junto al litoral. Distingo mientras atracamos, que justo enfrente del muelle hay una posada. 298 — Gracias por el viaje, capitán— me despido de Galdin—. Espero tenga un retorno igual de tranquilo. — Ha sido un placer— contesta—. Que los Ersan os acompañen en vuestra aventura. Nos dirigimos directamente a la posada. Dormiremos aquí e intentaremos conseguir alguna información sobre el paradero de Éler. En el letrero de la taberna, sobre la puerta situada en el centro de la fachada e iluminado por lámparas de aceite, se lee en bóldor “El Ternero Saltarín”. Tiene un amplio salón, con siete mesas rústicas de madera, en torno a una enorme chimenea central, donde grandes piezas de buey se asan lentamente, a una distancia prudencial de las vivas llamas de la hoguera. Hay una mesa libre, las demás están ocupadas por vaqueros, con sombreros de copa alta y ala ancha, casi todos con chalecos de cuero de vaca, cinturones con vistosas hebillas y botas de piel con grandes espuelas. Salvo una mesa, donde hay tres hombres muy elegantes y una mujer con un bonito vestido y bisutería. Tienen aspecto de ser de ciudad. Les acompañan un medio elfo y un humano guerreros, seguramente los guardaespaldas. Nos sentamos en la mesa desocupada. — ¡Qué bien huele aquí!— Olfatea Shiroge ante el delicioso olor a carne asada que desprende la chimenea. — Cenemos algo y pidamos habitaciones— sugiere Ghoidiel. — No estaría mal informarnos un poco, quizás alguien sepa del paradero de Éler— añade Clarín. — ¡Buenas noches, forasteros! ¡Bienvenidos a la posada El Ternero Saltarín!— aparece el tabernero—. Mi nombre es Dumas ¿Qué puedo ofrecerles? 299 — Buenas noches, señor Dumas. Pónganos cinco cervezas— pide Semín. — Y algo de ese buey asado que están preparando y que tiene un magnífico olor— El eledín se relame. — Por supuesto, señores— contesta el tabernero y se dirige a la barra. Tras unos minutos, Dumas nos sirve la bebida, coge un gran plato de barro y se acerca a la chimenea. Con una afilada espada de hoja fina, va cortando trozos de la enorme pieza de carne que se está asando, a la vez que la va girando con asombrosa habilidad. De entre las brasas extrae unas patatas asadas y las sirve también en el plato. Luego lo coloca encima de la mesa con un cuenco de sal gruesa, otro con una mezcla de hierbas aromáticas y un tercero con una salsa de color naranja. — Tengan cuidado con la salsa, es extremadamente picante— nos aconseja el tabernero. — Muy amable, señor Dumas— agradece Clarín—. ¿Tiene habitaciones para esta noche? — Por supuesto, dispongo de varias habitaciones: tres individuales, dos dobles y dos para cuatro personas— nos ofrece. Nos quedamos con las dos dobles, una para Shiroge y para mí, una para Clarín y Semín, y una individual para Ghoidiel, que lleva todo el viaje un tanto callada cosa que, la verdad, es de agradecer. — Si eso es todo…— dice el posadero. — Una cosa más, si no le importa— detengo al hombre antes de que se vaya—. ¿No conocerá usted a un eledín que vive por esta zona del reino? Se llama Éler, es bastante alto, con pelo gris y barba gris, con un sombrero del mismo color. 300 — Por la descripción creo que se refieren al extraño amigo de Gaunas, el mercader— responde el tabernero—. No viene mucho por aquí, pero alguna vez lo he visto. Tiene exquisitos modales. — ¿Dónde podemos encontrar al señor Gaunas?— pregunta Semín. — Tiene un puesto en el mercado, justo detrás de la posada— contesta señalando la parte de atrás. — Muchas gracias, señor Dumas— dice el mago—. ¿Qué le debemos por todo? — Una pieza de plata por las habitaciones y cinco de bronce por la cena y la bebida— contesta el hostelero y el elfo le paga. Casi se me caen las lágrimas con el impresionante asado. Nunca he comido una carne tan jugosa, sin duda mejor que la que probé en el embarcadero de Émet, que me pareció excelente. De hecho, nadie ha dicho nada hasta terminar toda la cena. Con los estómagos llenos y cansados por la larga travesía, no tardamos en irnos a dormir. Suenan cencerros y el paso de ganado fuera de la posada, y abro los ojos. Shiroge también se ha despertado. Al asomarme a la ventana, que da a la parte trasera del hospedaje, por donde comienza a clarear el sol matutino, veo a un par de hombres a caballo, guiando una docena de reses por las puertas del mercado. — Buenos días Mirmi— me saluda mi compañero—. ¿Qué está pasando ahí fuera? — Por lo que se ve transportan el ganado al mercado— le contesto—. Son madrugadores estos vaqueros. — Bajemos a desayunar— me propone el siempre hambriento eledín. 301 Nos encontramos a nuestros compañeros en el pasillo, que también se han despertado con el ruido de los bovinos y bajamos todos juntos. En el desayuno nos sirven además de pan y embutidos, una especie de pasta oscura de buey, de un sabor intenso que solo el grandullón parece disfrutar. Una vez hemos terminado, pedimos unas provisiones a Dumas, luego salimos y nos dirigimos al mercado. Es un gran edificio cuadrado, de una sola planta, pero de más de cuarenta metros de lado, con una entrada bastante ancha en el centro, que da a un patio circundado por unas barreras de madera, en torno al cual se disponen las tiendas, casi todas de productos cárnicos. — Disculpe— pregunto a un tendero—, ¿conoce usted a Gaunas? — Claro que le conozco, señor. Tiene un puesto del otro lado, pero por lo que he visto, aún no ha llegado— responde con cortesía. Nos dirigimos hacia allí y encontramos un único puesto cerrado. Tras esperar unos minutos decidimos interrogar al de la tienda de al lado. — Es extraño— se sorprende el hombre—. Hace tres días se fue hacia el sur, por el sendero que lleva a los Páramos Rocosos, a ver a un amigo. Aunque el sitio es peligroso, Gaunas suele ir a menudo a visitarle. Debería haber vuelto. — Muchas gracias por la información— responde Clarín. — Creo que deberíamos ir para allá sin perder más tiempo— propongo al grupo—. Esto no me huele bien. Sin más dilación, salimos del mercado y nos dirigimos hacia el sur, donde encontramos un sendero. Grandes fincas valladas se extienden a cada lado, con cientos, si no miles, de cabezas de vacuno vagando libremente entre encinas y charcas. 302 Como una hora más tarde, termina la zona habitada y llegamos a un terreno bastante llano, aunque con suaves pliegues. Está sembrado de grandes rocas que se esparcen hasta el horizonte. — Parece que hemos llegado— observa Semín—. A partir de aquí será mejor que extrememos las precauciones. Seguimos avanzando siguiendo el difuminado paso. Paramos a comer y continuamos sin perder demasiado tiempo. Por la tarde divisamos a lo lejos una colina, parece que hay una figura en lo alto. — ¡Quietos!— advierte Semín al llegar a un pequeño badén, mientras señala hacia el sur—. He oído algo. De lo alto de una loma aparecen seis seres humanoides de piel escamada y tono gris, con grandes bocas. Lucen membranosas crestas en vez de cabellos, tienen constitución robusta y un metro y setenta centímetros de altura. Portan espadas anchas y escudos. — ¡Dragols!— grita Clarín mientras se concentra. Las criaturas de Amán cargan hacia nosotros desde una distancia de unos cincuenta metros. Lo mismo hacemos el eledín, el medio elfo y yo. Una flecha golpea débilmente en el hombro de uno de ellos, en el momento en que arrojo mi nueva lanza. Es cierto que es muy cómoda y el lanzamiento va con precisión, impactando en el pecho de otro, atravesando su corazón y haciéndole caer de espaldas. Un proyectil eléctrico acierta a otro, matándolo en el acto, justo cuando Shiroge y Semín llegan al encuentro de los dragols. El grandullón golpea con fuerza a una de las criaturas de Amán y le hace retroceder. El encapuchado falla con su ataque y recibe un débil golpe en el escudo por parte de su adversario. 303 Otro de los dragols me ataca mientras agarro mi otra lanza, pero consigo detener el golpe con mi escudo. Una nueva flecha de Ghoidiel impacta esta vez en el estómago, produciendo una fea herida en el enemigo. La cabeza de otro vuela por los aires segada por el mandoble de Shiroge. Un mal movimiento hace que Semín no pueda golpear a su enemigo de manera franca. Yo lanzo un nuevo ataque, la punta de mi arma se clava en el cuello del adversario. El eledín sigue a lo suyo, un golpe de su mandoble acaba con la vida del último dragol, que a pesar de estar rodeado intentaba seguir luchando. — Enviaré a Miliki a ver si hay más— informa Clarín mientras se concentra—. Parece que está todo despejado de momento, pero será mejor que avancemos con rapidez, me temo que este páramo es poroso y está lleno de cuevas que usan las criaturas. Aceleramos el paso y una hora después llegamos a los pies de la pequeña colina. En lo alto hay una enorme estatua de Thal, Erdan surgida de Aunas, Ersan del viento. — Subamos a la cima— propone Semín—. Así tendremos mejor perspectiva. No tardamos en llegar y contemplar atónitos la magnífica estatua de la Erdan de la música, la magia y la orientación. Mira hacia el sur con la mano alzada y viste unas telas que ondean en la misma dirección, simulando el viento del norte. Mide más de cinco metros de altura y está situada sobre un soporte de unos tres metros de alto por cinco de ancho. Frente a la estatua en la cara sur hay algo escrito en éledar Shiroge lo lee: —“Aunas, Ersan del viento, soplas desde el norte, arrastrando este rezo, abre tus puertas y seguiremos tu camino, 304 abre tus puertas, Aunas, Ersan del viento”. — Parece un acertijo— señala Clarín. — Soplas del norte arrastrando este rezo…— repito las palabras. — Estamos en el lado sur, quizás hay que repetirlo del otro lado— propone Ghoidiel. — Probemos— está de acuerdo Shiroge. Damos la vuelta al inmenso pedestal y nos colocamos en medio en la cara norte. El eledín recita las palabras en su idioma. — ¡Clack!— Se abre una rendija justo en frente del grandullón, que mete la mano y tira con fuerza, abriéndose un acceso hacia el interior, con unas escaleras que descienden. — Entremos— propone Clarín. La escalinata da a una sala cuadrada, de unos tres metros de lado, en cuyo centro hay un pequeño escalón cuadrado de mármol blanco. En la pared de enfrente hay otra inscripción. —“Con tu rezo mueves el viento, viento del este, viento del oeste, viento del sur, el viento abre una puerta y cierra las otras, el viento abre una puerta y otorga la bendición de Aunas”.— Lee el eledín. — Yo voy a rezar al sur— advierto a mis compañeros y me coloco sobre el escalón. — Aunas, Ersan del viento, he aquí tu humilde súbdito, tu fiel siervo, que mi rezo te acompañe y sea arrastrado por el viento— recito una vieja oración que recuerdo. 305 Una lánguida luz amarilla sale de la pared y se me acerca hasta meterse en mí. De repente me siento bien, como si estuviera protegido y con una agradable sensación de paz. — ¿Estás bien, Mirmi?— se interesa Shiroge. — Genial amigo, todos deberíais rezar— respondo. Uno a uno mis compañeros se colocan sobre el pequeño pedestal blanco. Cada uno reza a su manera, cada uno reza hacia el lado que le parece, todos sienten la bendición del Ersan. — Podríamos descansar aquí— recomienda Semín—. Se ha hecho de noche mientras orábamos y este parece un lugar seguro. Asentimos y nos instalamos en la cámara bajo la inmensa estatua. Decidimos repartir guardias, no queremos sorpresas a pesar de que el sitio parezca seguro. A mí me toca la última junto a Semín. Shiroge me despierta, las dos primeras guardias han pasado sin incidencia, es turno para mí y el medio elfo, que nos mantenemos en silencio. Él se queda al lado de la entrada, yo en el interior. — Psss, Mirmaerín— me llama la atención mi compañero. Me acerco a él sin hacer ruido. Al llegar a su posición veo que me señala hacia el norte y me asomo a la puerta. Veo a lo lejos dos enormes criaturas, de unos tres metros de altura, de piel gris oscura. Visten taparrabos y portan grandes mazas. — Bolgs— digo con cierto temor. Había oído hablar de ellos, pero nunca había visto a ninguno, están a una distancia de unos doscientos metros, y caminan en dirección perpendicular de este a oeste. — Parece que no nos han detectado— susurra Semín. — No hagamos ruido— recomiendo—. Parece que pasan de largo. 306 Por suerte, las criaturas de Amán siguen su camino sin incidencia, pero el hecho de saber que andan por ahí nos mantiene alerta el resto de la guardia. Por fin comienza a amanecer. Despertamos a nuestros compañeros y les informamos del peligro. — Si se dirigían hacia el oeste dudo mucho que nos encontremos con ellos— señala Clarín. Tras un rápido desayuno, dejamos atrás la colina de los vientos y seguimos avanzando hacia el sur. El paraje no ha cambiado mucho desde que entramos a los páramos, el terreno es ondulado y moteado de enormes rocas dispersas por todas partes. — ¡Atentos!— nos alerta Ghoidiel tras unas dos horas, al llegar a lo alto de una loma—. Hay algo allí adelante. — Enviaré a Miliki— ofrece el mago, que se concentra para comunicarse con su emplumada mascota. Tras quince minutos el halcón regresa y revolotea en torno al hechicero. — Parece que hay un caballo muerto— nos informa. — Acechemos entre las rocas y veamos de qué se trata— propone Semín. Hacemos caso al medio elfo y nos dirigimos con cuidado hacia el cuerpo del equino. Al llegar nos percatamos de que no hay peligro alrededor y percibimos el animal con más detalle. — Sin duda ha sido víctima de una emboscada— advierto al ver las heridas de arma en el cadáver del caballo negro con manchas blancas. — Hay rastros de pisadas, parecen humanas, se dirigen al este— observa Semín. — Enviaré a Miliki a investigar— De nuevo Clarín usa a su pequeño espía volador. 307 Esperamos durante un cuarto de hora. Por fin regresa el ave. — Se ve que hay una cueva habitada unos tres o cuatro kilómetros al este— da parte el mago. — Vayamos para allá, me da en la nariz que este caballo es del comerciante, Gaunas, seguramente esté en peligro— propongo a los demás. — Pero nosotros no hemos venido aquí a liberar a nadie— me contradice la arquera—. ¿Por qué arriesgarnos por un humano al que ni siquiera conocemos? — Pues, para empezar, si conseguimos liberarlo estoy seguro que nos ayudará a encontrar a Éler— defiendo mi postura—. Además, estaríamos haciendo lo correcto. — Yo estoy contigo, Mirmi— me apoya Shiroge. — Yo también estoy de acuerdo en ir a rescatarlo— concede Clarín—. Si nos acercamos lo suficiente podré ver a través de los ojos de Miliki y tendremos una gran ventaja. Semín asiente y Ghoidiel no tiene más remedio que aceptar la voluntad de la mayoría. — Está bien, pero no quiero oíros quejaros si alguno de nosotros cae innecesariamente— concede la malhumorada elfa. Avanzamos hacia el este con sigilo, buscando cobertura entre las rocas y los pliegues del terreno. Una vez nos acercamos lo suficiente, el mago se concentra en el halcón y éste echa a volar. — ¡Nooooooo!— se lamenta el hechicero. — ¿Qué ha pasado?— pregunto en voz baja. — Han matado a Miliki con una flecha— responde con rabia en sus ojos—. Se ve que son medio elfos, seguramente un grupo de bandidos. ¡Acabemos con ellos! Subimos hasta la loma justo delante de nosotros, arrastrándonos. Al llegar a lo más alto vemos una entrada 308 delimitada por rocas dispuestas formando un semicírculo. Cuatro medio elfos vigilan la entrada, tienen ballestas pesadas. — Yo me encargo de esos bastardos— Se adelanta Clarín agarrando su bastón que tiene ya los cuatro círculos plateados cargados. El hechicero se levanta y apunta hacia la entrada. Los bandidos se percatan y dirigen sus ballestas hacia el mago. Una enorme bola de fuego sale disparada de la punta del bastón impactando en medio del grupo de adversarios, desencadenando una fuerte explosión y formando una gran llamarada. Dos de ellos sobreviven, pero salen huyendo envueltos en llamas. Una flecha de Ghoidiel acaba con uno. El otro se revuelca en el suelo frente a nosotros. Semín hace una acrobacia desde el alto y clava su katana en la espalda del bandido. — Vienen más— advierte nuestro encapuchado compañero. Shiroge y yo nos ponemos a su altura, mientras la elfa carga de nuevo su arco y Clarín prepara un nuevo hechizo. De la entrada de la cueva salen otros seis enemigos, con escudos y espadas. El proyectil eléctrico del mago impacta contra la pelvis de uno de ellos, destruyendo la parte baja de su columna vertebral. La flecha de la arquera golpea en el brazo del arma de otro adversario, que retrocede. Yo arrojo de nuevo mi lanza, que impacta en la parte baja de la pierna, cortándole tanto músculos como tendones. El adversario cae al suelo. Shiroge da un fuerte golpe de mandoble contra la axila, que rompe sus costillas y destruye su costado, el enemigo cae gravemente herido. Semín conecta un buen golpe 309 contra su oponente que amputa su mano, un gran chorro de sangre sale proyectada desde el muñón. El otro bandido ataca al eledín, pero la destreza de mi compañero ha mejorado mucho y evita el ataque. Le responde con un nuevo golpe con su mandoble, esta vez en la espalda, que le produce una profunda herida y cae al suelo de bruces, donde es rematado por Semín. Ghoidiel dispara una segunda flecha, que acierta en el pecho del medio elfo, que había retrocedido. Nos acercamos al único consciente, que está herido en la pierna por mi ataque. — Me rindo— El bandido suelta su arma e intenta frenar la hemorragia de su pierna. Shiroge, Semín y yo le rodeamos, mientras Clarín y Ghoidiel controlan el acceso a la cueva. — ¿Hay más gente dentro?— pregunta el grandullón con voz amenazante. — Está Radal, el líder de la banda, junto con un rehén— responde con voz temerosa mientras se queja de su herida. — ¡Radal! ¡Sal desarmado y te perdonaremos la vida!— grita Semín. No hay respuesta. — ¿Hay alguna otra salida?— pregunto al herido, pero pierde la consciencia antes de responder. — ¡Tendremos que sacarlo por la fuerza!— El furioso mago no está dispuesto a perdonar la muerte de su mascota. Nos acercamos a la entrada de la gruta, situada en un pequeño badén. No parece que haya peligro. Semín va el primero, le sigue Clarín con su mano alzada, listo para lanzar un nuevo proyectil. Detrás voy yo y Shiroge en retaguardia, Ghoidiel se queda fuera vigilando la entrada. 310 Hay un largo túnel que se cierra en una curva a la derecha. El medio elfo se para y controla que todo está en orden. Nos hace un gesto para continuar. Llegamos a una gran caverna, con una mesa y media docena de sillas a la izquierda. Enfrente hay una hoguera con útiles de cocina. A la derecha se extiende un nuevo pasillo cavernoso, que da hasta una bifurcación en forma de T. Avanzamos con precaución hasta el ramal. — He oído algo por la derecha— se percata Semín con su agudo oído y se asoma a la esquina y continúa en esa dirección. Hay un pasillo recto a la derecha que da a una puerta. Del otro lado del ramal la cueva hace un giro a la izquierda. — Comprobemos la puerta— propone nuestro encapuchado compañero. — Yo vigilaré el pasillo— se ofrece Shiroge. El medio elfo avanza los veinte metros que le separan de la puerta, seguido por Clarín. Yo me quedo a una distancia prudencial, desde donde puedo apoyar ambos flancos, en caso de un inesperado ataque. Semín abre y entra en la sala. — Ayuda— Se oye a un hombre dentro de la habitación. — Hay un hombre atado— nos informa Clarín, que entra tras el medio elfo—. Parece que sigue con vida. — Mira aquí, Mirmi— El eledín señala a la cavernosa pared. Justo en la esquina en forma de T distingo un hueco oculto, da a un pasadizo que sube. — Echaré un vistazo— Me acerco y veo la luz del cielo en la parte de arriba, tras una boca situada a unos tres metros de altura. — Creo que ese tal Radal ha escapado— anuncio con resignación. 311 Nuestros compañeros regresan de la sala con el hombre, está semiinconsciente. Comprobamos el otro pasillo, que da hasta otra gran sala con camas, no hay nadie más. Clarín se lleva al rehén hacia fuera, mientras nosotros registramos todas las estancias. Conseguimos recaudar una buena fortuna escondida en un baúl, que sumado a lo hallado al registrar a los bandidos, hacen un total de quince monedas de oro. Además hemos encontrado un mapa que marca una ruta oculta desde el este, desde las montañas Báltor. Una vez asegurada la zona, todos nos reunimos en la entrada. Le damos una poción al hombre rescatado, que se repone de inmediato. — Gracias por liberarme— agradece una vez bebe un trago del brebaje. 312 — Eres Gaunas, ¿verdad?— pregunta directamente Clarín. — Así es. ¿Os han enviado en mi busca?— muestra extrañeza el hombre. — La verdad es que no. Hemos sabido de ti porque buscamos a Éler, nos han dicho que es amigo tuyo— informo al comerciante. — Pues sí, es amante de la buena comida, hace muchos años que le vendo carne de buey— responde. — ¿Puede decirnos dónde está?— interroga Semín. — ¡Por supuesto! Me habéis salvado la vida— contesta—. Vive cerca del templo de Eusarg, os acompañaré. — Dame un minuto — El mago se aleja un poco del acceso a la cueva. Tras merodear la zona, halla el cuerpo sin vida del pobre Miliki. — Lo enterraré— nos informa con alguna lágrima en los ojos—. No me llevará mucho. Tras una solemne despedida, Clarín introduce el cuerpo del ave en un pequeño hoyo y lo tapa. Después iniciamos la marcha hacia el templo. Tras dos horas de camino, poco después del mediodía, veo a lo lejos un edificio con columnas. — Allí está— señala Gaunas. Nos acercamos al templo. No está muy ornamentado, pero parece acogedor. Tiene una bonita alfombra verde en la entrada, que parte de la escalinata, al pie de las columnas, y penetra en el templo a través de un portón abierto. Accedemos al edificio. En el fondo se ubica una estatua de Eusarg, sentado en una silla con los brazos abiertos y con un cordero en su regazo. La sala tiene en su interior otras ocho columnas, cuatro a cada lado de la alfombra. — ¡Vaya, una inesperada visita!— Una voz profunda nos envuelve. 313 — Éler, soy Gaunas— responde el comerciante de Fálkdir—. Estos Dalmas me han salvado y me han pedido traerlos aquí. Un eledín aparece por la entrada, es algo más alto que Shiroge y de magnífica presencia. Viene acompañado por un precioso perro de caza, de tono caramelo con trazas blancas y orejas caídas de color marrón. — ¿Y qué deseáis de mí?— pregunta el semidios. — Nos envía Álerin, el áratra— responde Clarín—. La Luz de Rosa ha sido robada por los Siervos de Amán y el secreto de la roca negra ha sido desvelado. Por suerte está en poder de Néster, el abad de la abadía de Thal. Hemos sabido que existe un artefacto llamado el Santórum de Yabel, necesario para invocar el poder de la piedra de la vida. Al parecer, usted sabe dónde se encuentra— le informa—. Necesitamos dar con él antes de que lo haga el malvado Ostírelin. — Vaya, por lo que se ve corren tiempos convulsos— aprecia Éler—. Me he percatado de que el camino del norte ha sido tomado por Guardianes del Tridente, al parecer hay una guerra civil en ciernes. — Así es, de ahí la importancia de mantener a salvo las poderosas reliquias— confirmo las informaciones. — Por haber ayudado a Gaunas, os diré dónde se encuentra el Santórum, pero no puedo hacer nada más, juré no inmiscuirme en los asuntos de las tierras Antípodas— nos contesta—. Se encuentra en la pirámide de Ankhaún. En medio del Bosque Sombrío, al sureste de las Montañas Báltor. Pero la zona fue atacada, según he podido saber, por criaturas de Amán. El guardián era un elfo llamado Dardrin, bloqueó el acceso a la pirámide y creo que huyó a Bársel. Es todo lo que sé. — Pues tenemos que ir a Bársel— aprecia Shiroge. 314 — No es tan fácil, como os he dicho el camino del norte ha sido tomado por los hombres de Estrian— reconoce Éler. — Hemos encontrado esto— Le enseño el mapa de los bandidos. — Las montañas Báltor son peligrosas, están dominadas por criaturas de Amán, pero una pequeña escaramuza, como la vuestra, podría tener alguna oportunidad de atravesar el estrecho del puñal, hasta el lago de Baal, para luego dirigiros al sur desde allí— propone Éler. — Además, cruzar los páramos hasta allí también es peligroso— advierte Clarín. — Brawny os acompañará hasta los límites de los páramos— nos ofrece señalando al precioso canino—. Con él a vuestro lado, no tendréis problema. Yo acompañaré a Gaunas hasta Fálkdir. — Muchas gracias, señor Éler— respondo haciendo una reverencia. — No hay de qué, gracias a vosotros por ayudar a mi amigo— contesta humildemente. Pero será mejor que salgáis ya, tardaréis unas ocho horas hasta el límite de los Páramos Rocosos. — Así será— asiente el mago. Nos despedimos de Gaunas y Éler, y acompañados por Brawny emprendemos la marcha hacia Bársel. 315 12 Rumbo a Bársel. Es un poco antes del anochecer, cuando alcanzamos el límite de los Páramos Rocosos. Brawny ha estado todo el camino dando vueltas por las cercanías, controlando la situación y no hemos tenido ningún percance. El magnífico perro nos mira con una sonrisa y moviendo la cola. Le doy un poco de embutido como agradecimiento por sus servicios. Me viene a la mente el grandullón, por lo rápido que devora la comida. Le damos unas caricias como despedida y echa a correr de vuelta con su amo. — La gran roca señalada en el mapa no debe de andar muy lejos— advierte Clarín. — Subamos a esa loma, desde allí habrá una buena vista hacia el este— propone Semín. Subimos a la loma, desde donde se aprecia con claridad, a una distancia aproximada de dos kilómetros, una gran roca solitaria en medio de la ligera arboleda, que precede a una zona más boscosa. — Debe de ser allí— se percata Ghoidiel. Decidimos acercarnos directamente, ya buscaremos un sitio para descansar por la zona. La roca de granito es bastante grande, de más de cuatro metros y forma bastante redondeada. Observamos por las inmediaciones. — He oído algo— nos llama la atención Semín—. Viene desde el este, del bosque. — ¡Rápido, esconderos!— apremia Ghoidiel. Demasiado tarde, de entre la arboleda aparecen cinco Guardias del Tridente. — ¡Alto ahí! ¡Entregaos!— grita el líder de la patrulla. 316 Clarín responde lanzando uno de sus proyectiles, que le golpea en el pecho y lo derriba. Los demás cargan contra nosotros. Una flecha de la elfa impacta en el ojo de otro, alcanzando su cerebro. Yo arrojo mi lanza contra el que viene en retaguardia golpeándole en el hombro, pero el adversario sigue luchando. Shiroge, con un fuerte golpe de mandoble, destroza la clavícula del pobre que se enfrenta a él. El arma se incrusta hasta la altura del pecho, rompiendo huesos y dañando varios órganos vitales. Semín lanza un fuerte golpe contra el brazo, que desarma a su enemigo. Un segundo ataque bien colocado, golpea en el cuello y le provoca un profundo corte. Yo consigo detener el ataque de mi rival, mientras saco mi segunda lanza. Con un buen movimiento golpeo el costado de mi enemigo destrozándole el riñón. Shiroge remata al uniformado que ha sido derribado. — No mentía Éler cuando dijo que la zona está llena de hombres de Estrian— recuerda Clarín. Semín registra a los cuerpos y recauda diez monedas de plata. Los demás seguimos buscando un lugar donde acampar. — ¡Mirad aquí!— nos advierte Ghoidiel—. Hay una cueva detrás de este matorral. Nos acercamos a la elfa y vemos el hueco detrás de una planta de romero, que está sobrepuesta tratando de ocultar la entrada. — Debe de ser el paso indicado en el mapa— opino—. Entremos, seguramente dentro estaremos más seguros. Penetramos en el túnel, que desciende en rampa hasta una zona más ancha y enciendo mi candil. Se ve un largo pasillo irregular, del que se descuelgan las raíces de los árboles que están encima. 317 — Descansemos aquí— propone Shiroge—. Una vez hayamos recuperado las fuerzas nos adentraremos en la oscuridad del pasadizo. Cenamos y organizamos guardias para hacer noche en la gruta. Yo haré la primera con Ghoidiel. Pasan las tres horas sin ningún incidente y despertamos a Semín, que hará la segunda. — Vamos, Mirmi— escucho la voz del eledín—. Es hora de levantarse. Desayunamos algo y avanzamos por el sinuoso paso que se retuerce bajo la arboleda. Tras más de tres horas de marcha, alcanzamos el otro lado. Me asomo por la claridad del hueco, una vez apago mi candil. — Hay un claro— informo a los demás—. Parece despejado. Apartando ligeramente la vegetación del otro lado, salgo hasta el pequeño claro, seguido por mis compañeros. Justo enfrente hay un sendero que se adentra en la zona boscosa. — Será mejor que avancemos— recomienda Clarín—. Hay más de una jornada de camino hasta las montañas Báltor. Sin perder tiempo, seguimos adelante con paso firme, pero con las armas sacadas por precaución. Yo lidero la compañía. Pasan las horas, hemos hecho parada para almorzar y por fin vemos a lo lejos la cordillera, cuando empieza a caer la noche. El bosque es menos denso de este lado, las montañas parecen más bien rocosas y con poca vegetación en su vertiente oeste. — Busquemos un sitio para pasar la noche— propone Semín—. Quizás sea buena idea alejarnos un poco del sendero. 318 Nos dispersamos buscando un sitio y se hace de noche. Nos reagrupamos todos, menos la arquera. — ¿Dónde está Ghoidiel?— pregunto por mi compañera. — Creo que se acerca— responde Semín señalando al este. Aparece la elfa entre la arboleda. Gesticula con las manos llevándose el dedo índice a la boca, pidiendo silencio. — Un grupo de bandidos medio elfos— nos susurra al llegar a nuestra altura—. Están acampados más adelante, a unos cien metros. — ¿Qué hacemos?— pregunta Shiroge. — Lo mejor será un ataque preventivo. Si logramos acechar hasta tener posición de disparo, podremos emboscarles atacando por sorpresa— propone Semín. — ¿Cuántos son?— le pregunto a mi compañera. — Media docena— responde—. He visto que dos de ellos están de guardia. — Está bien— habla de nuevo Semín—. Los rodearemos por ambos flancos. Ghoidiel y Mirmaerín avanzarán por la derecha. Clarín y yo por la izquierda. Shiroge atacará de frente cuando comience la fiesta. — Me parece buen plan— aprueba Clarín. Todos asentimos y comenzamos con la maniobra acechando por los lados, alumbrados por las medias lunas. Conseguimos acercarnos sin ser detectados hasta una distancia prudencial. Han elegido un pequeño claro donde se ensancha el sendero, en cada una de las puntas hay un bandido vigilando. Observo del otro lado. Clarín está listo, Ghoidiel carga su arco y yo me preparo para arrojar mi lanza. El rayo de Clarín va dirigido al más cercano de los vigías, le impacta en la pierna y pega un grito. La arquera 319 descarga contra el del lado opuesto, un disparo certero en la cabeza que lo mata en el acto. Yo lanzo mi arma al herido y le golpeo en el costado, destrozándole una serie de órganos y acabando con él. Shiroge salta en medio de los otros, que se alzan al escuchar el grito del compañero tras el estruendoso impacto del proyectil eléctrico. Da dos golpes de mandoble y siega dos vidas de los indefensos bandidos al instante. Semín sale para enfrentarse con otro. Pero el eledín no da tregua, con su nueva arma se ha convertido en una herramienta perfecta de muerte y acaba con él de un solo golpe que lo destripa, cuando todos salimos al claro. El último de los medios elfos tiembla ante la situación, pero no refrena al grandullón, que en el arrebato del combate le corta la cabeza. — ¡Madre mía Shiroge!— exclama Ghoidiel con la boca abierta. El eledín sonríe mientras se limpia la sangre de sus enemigos. — Acampemos aquí— nos propone el grandullón—. Esto ya está despejado. Registramos a los bandidos, añadiendo diez monedas de plata más al fondo común. Después de cenar nos repartimos las guardias. De nuevo me toca la primera, esta vez junto a Clarín. No hay ninguna incidencia y me voy a dormir. Me despierta Semín cuando los primeros rayos de sol tiñen de azul el este. — Es hora de continuar— Me ofrece la mano el medio elfo para ayudarme a incorporarme. Hay tres grupos montañosos que se abren justo frente a nosotros, dejando dos estrechos pasos entre ellos. El 320 sendero se bifurca en dos: uno sigue por la izquierda, hacia el norte y el otro hacia el sur. — Creo que es por la derecha— señala Clarín. Seguimos la recomendación del mago y avanzamos un par de horas hasta llegar al pie de la cordillera, donde se cierra un angosto desfiladero entre las montañas. Un pequeño arroyo fluye por él, junto a la pared de la izquierda, por la que pequeños manantiales se derraman cada pocos metros, abasteciéndose del agua que se filtra entre las grietas, donde emergen hierbas con flores y bayas de color rojo. El sendero discurre junto al arroyo, pegado a la otra pared escarpada. Hay espacio de poco más de tres metros de ancho entre los altísimos muros de las montañas. Tras una hora de marcha, el desfiladero hace un abrupto giro a la izquierda y se oye el sonido de una cascada. Nos acercamos a la esquina. Primero va Semín, que se asoma entre las rocas. — Parece que el paso está vigilado— nos susurra—. Veo a cuatro medio elfos en una pequeña rampa, en la vertiente a la derecha del lago que forma la catarata. Me asomo tras de él. La cascada tiene una caída de unos treinta metros y forma en su base una laguna, que alimenta el arroyo que venimos siguiendo. El paso se ensancha y hay una rampa en el lado de la derecha, donde, como dice Semín, cuatro bandidos vigilan, aunque parecen algo despreocupados. Veo que la rampa sube hasta la mitad de la cascada y gira a la izquierda, formando una repisa que pasa tras la caída de agua. Hay dos más allí. — Otros dos están apostados con ballestas al lado de la catarata— informo a mis compañeros. 321 — Hay que acabar con los ballesteros— advierte el medio elfo—, si no no podremos acercarnos. — Creo que están a una distancia suficiente para dispararles— se ofrece Ghoidiel tras asomarse—. Yo me encargo de uno de ellos. — Yo puedo lanzar un proyectil al otro— Se prepara Clarín. — Pues nosotros nos ocupamos de los de abajo— añade con seguridad el grandullón. Asentimos al plan. La verdad es que, visto lo visto, apostaría a que el eledín se basta para acabar con ellos. — Observemos un poco más y en cuanto estén distraídos atacamos— propone Semín, que se agacha en el vértice del giro. — ¡Hay otros dos, ocho en total!— advierte el medio elfo—. Han aparecido junto a la base de la cascada. — Adelante— apremia Shiroge—. No permitamos que se reagrupen. Seguimos el plan acordado y los elfos salen del escondite para atacar a los ballesteros sobre la rampa. El proyectil del mago es certero, uno de ellos es golpeado y se precipita desde los veinte metros de altura. Sin embargo, el disparo de Ghoidiel no es lo suficientemente bueno y apenas roza al otro, que le devuelve el ataque con su ballesta. La flecha se clava en el hombro de la arquera, que queda dolorida y se aparta. Los demás salimos a toda prisa. Los seis bandidos cargan contra nosotros, son seis contra tres, yo decido no arrojar mi lanza y luchar cuerpo a cuerpo. Shiroge acaba con facilidad con el primero de ellos, con un fuerte golpe contra el hombro, que le produce una profunda herida. Yo consigo acertar en mi ataque, clavando la punta de mi lanza en la garganta de otro. 322 Semín no logra su objetivo y se ve enfrentado a dos oponentes. Uno de ellos le asesta un golpe en el brazo, por suerte es solo un rasguño. El ballestero está a punto de disparar al eledín. Clarín se percata y lanza un nuevo rayo que impacta contra el bandido, matándolo en el acto. Shiroge acaba con su otro oponente con facilidad y corre al auxilio de Semín, que se defiende a duras penas. Mi otro adversario es muy hábil, más que el primero, pero consigo repeler su ataque y le golpeo de nuevo. Nuestra lucha está igualada. El grandullón sigue a lo suyo, cada golpe de su mandoble acaba con un enemigo. Esta vez con un corte en la entrepierna, que hace que las tripas de su adversario se desparramen. Por fin logro asestar un buen golpe a mi rival, que se tambalea, lo que me permite rematarle incrustando mi arma en su pecho. El otro contrincante de Semín intenta huir, pero Shiroge le alcanza por la espalda, partiéndole la columna vertebral. Corro a asistir a Ghoidiel. — ¿Estás bien?— pregunto a la elfa al llegar a su altura. Aún tiene la flecha clavada. — Creo que ha tocado hueso— me contesta con cara de dolor. Miro la herida, es cierto que la flecha está hincada bien profundo. Le doy un trozo de madera para morder y aplico algo de poción. Doy un tirón fuerte, la arquera grita, pero extraigo la flecha y vuelvo a aplicar poción. El resto se lo doy para que beba. El brebaje es eficaz y parece que nuestra compañera se repone mientras empiezo a suturar. — Gracias, Mirmaerín— me dice con una sincera sonrisa, a lo que le respondo con una reverencia. 323 Ayudo a Ghoidiel a levantarse y nos reunimos con el resto en el ensanchamiento junto a la rampa. — Mirad aquí— Señala Semín a la derecha junto a la cascada—. Hay una puerta oculta. Nos acercamos a la posición del medio elfo y observamos el lugar con detenimiento. Es cierto, la pared simula una roca, pero en realidad es una puerta. — Entremos— propone confiado Shiroge mientras empuja el acceso. En el interior hay una mesa redonda y cuatro sillas, en una sala con las paredes talladas en la piedra, de unos tres metros de lado. Enfrente hay un pasillo. Sobre la mesa hay un mapa de las montañas. Clarín recoge el mapa y avanzamos por la cueva. Llegamos a una gran habitación con ocho camas. Registramos el lugar. — Aquí hay otra puerta oculta— de nuevo Semín se percata. Del otro lado hay un pequeño hueco con un baúl. Contiene cinco pociones de curación, dos anillos de piedra roja de mejora ofensiva, un crucifijo de plata y una bolsa con veinte piezas de oro. — Es hora de comer— aprecia el eledín—. Hagamos un descanso aquí y después continuamos. — Está bien— contesta Clarín—. Así podremos analizar el mapa y encontrar la mejor ruta. El mago y yo ojeamos el mapa con detenimiento. Los bandidos tienen una ruta marcada, desde el lago hasta el Gran Camino. Aunque no lleven distintivos, está claro que todos ellos son miembros de una misma banda y éste parece su centro de operaciones. Se ve que hay algún tipo de paso hacia el este, que conecta dos agrupaciones de montañas y un camino que 324 desciende a un valle, marcado con el nombre de valle Sombrío y que llega, a través de un estrecho, hasta el lago Baal. Hacia el norte, en el amplio centro de otro grupo montañoso, está marcado con el nombre de Gran Valle, donde hay señalados asentamientos de dragols. Hacia el sur desde el lago, fluye un río dirección a Báltor. — La ruta está clara— aprecio mientras señalo con el dedo. — Así es— está de acuerdo Clarín. Tras el descanso retomamos la marcha. Primero subimos la rampa junto a la cascada, que asciende hasta la repisa en la que estaban los ballesteros y que se mete tras la catarata. Del otro lado hay una empinada cuesta, que hace un giro hacia la derecha y que llega hasta una zona plana, donde se ubica otra laguna no muy profunda, que alimenta la catarata. Hay un pequeño paso de piedras en el agua y lo usamos para atravesarla. Del otro lado el sendero gira a la izquierda, entre un desfiladero que cae a la derecha y la escarpada ladera de la montaña. Desde el vértice, se ve a lo lejos una pasarela hecha de cuerdas y pedestales de madera, que cruza el desfiladero de más de doscientos metros de longitud. No parece muy estable. — Será mejor que crucemos uno a uno— propone Ghoidiel—. El puente tiene pinta de ser endeble. Asentimos. — Las señoritas primero— dice Semín, por la cara de la elfa, no le ha gustado el comentario. Cruza la arquera, tras ella el mago, después cruzo yo, seguido del medio elfo y por último el grandullón. Ante el enorme peso del eledín la pasarela se tambalea. Shiroge trata de apoyarse con cuidado, pero un peldaño se 325 rompe. Está a pocos metros de nosotros. Por suerte, se agarra a las sogas que hacen de barandilla y evita caer. Con cuidado continúa. Tras un momento de tensión, nos alcanza del otro lado mientras suelta un gran suspiro. Una vez en la montaña sur, seguimos el sendero durante varias horas, hasta llegar a lo alto de una rampa que baja dirección al boscoso valle y desde donde, a lo lejos, se ve el brillo de las aguas del gran lago, que resplandece parpadeante con las últimas luces del día. — Descansemos por aquí— propone Clarín al llegar al valle—. Calculo que nos queda aún más de un día de marcha hasta Bársel. Buscamos un sitio seguro entre la arboleda y repartimos las guardias. Esta vez me toca la última. Estoy agotado de un largo día de viaje, y tras revisar la herida de Ghoidiel, que está sanando perfectamente, no tardo en echarme a dormir. — ¡Despertad!— la voz de Semín me saca de mi sueño—. ¡Peligro! Me alzo como un resorte y agarro mis lanzas y mi escudo. Miro a mi alrededor, veo a Semín a mi lado, con su katana alzada en postura defensiva. Junto a él, Ghoidiel tiene su arco preparado. Un poco más lejos, Shiroge mira hacia los lados y Clarín se concentra. — ¡Grrrr!— se oye un poderoso gruñido. — Hay tres osos acechándonos— me informa el medio elfo. Escucho el crujir de las pisadas de los animales rodeándonos, mientras nos reagrupamos. Los elfos se sitúan en el centro y los demás formamos un triángulo para cubrir los flancos. Finalmente, los depredadores lanzan su ataque por distintos lados. 326 Clarín tira su proyectil contra uno de ellos, un fuerte impacto, pero que no detiene al oso de las montañas, que se lanza contra el medio elfo. La arquera dispara su flecha, que se clava en el torso del que se dirige a mí, pero tampoco detiene a la bestia. Shiroge lanza un ataque al que se abalanza contra él, pero da un traspiés en la oscuridad y queda a merced del ataque del animal, que se abalanza sobre él y le apresa, mordiéndole en el hombro. El eledín intenta zafarse, pero la bestia le iguala en fuerza y se mantiene agarrada a él. Yo lanzo un ataque contra el que se me echa encima. Consigo golpearle en la parte superior de la pata delantera, el animal lanza un fuerte zarpazo, que golpea contra mi escudo y me desplaza hacia la derecha. Semín evita el ataque del suyo y responde con un fuerte golpe de katana que obliga al oso a retroceder. Shiroge está en apuros, Ghoidiel se percata y dispara su flecha contra el adversario del grandullón, acertando en su costado y ayudando a que éste logre liberarse. Pero parece aturdido, apenas consigue levantar su escudo y su espada para defenderse. La bestia le propina un zarpazo que golpea el escudo. Con dificultad, el eledín aguanta. De nuevo lanzo un ataque contra mi adversario, con rabia y mucha fuerza, que penetra en la clavícula del animal, que no logra acercarse para atacarme. Semín esquiva el zarpazo de su contrincante y devuelve un efectivo golpe con su espalda. Shiroge no logra reponerse, el oso le gruñe. Veo a Clarín lanzar un hechizo hacia el eledín. Un escudo de fuerza se coloca delante del grandullón y frena el ataque de la bestia. De nuevo un flechazo de la elfa impacta en la pata del oso, que no rehúye del combate. 327 Un preciso ataque con mi lanza consigue penetrar entre las costillas de mi oponente y alcanza su corazón, el animal cae herido de muerte. Semín logra también asestar un buen golpe que destroza la pezuña de la bestia, que recula. Shiroge está apunto de recibir un nuevo ataque. Arrojo mi lanza contra su enemigo y ésta se clava en el cuello del enorme oso, que cae muerto a sus pies. El medio elfo se abalanza contra la herida bestia a la que se enfrenta y asesta un golpe de plano contra su cabeza dejándola inconsciente. Una vez no quedan enemigos, el eledín hinca la rodilla y se sostiene apoyándose en su mandoble. Corro a asistirle. Tiene varios cortes profundos en el hombro y cerca del cuello, le esparzo un frasco de poción por la herida. Shiroge grita. Clarín me ayuda a frenar la hemorragia y le da de beber otra poción. Parece que el grandullón se tranquiliza. Tardo más de quince minutos en suturarle, pero finalmente la hemorragia se detiene. — Tendremos que descansar— advierto a mis compañeros—. Ha perdido mucha sangre y, aunque las pociones hagan su efecto, los cortes son profundos. Está vivo de milagro. — Me parece bien— responde el eledín—. Pero dadme algo de comer. Le doy al grandullón las provisiones y me quedo junto a Clarín, a hacer guardia y vigilar al paciente. Tras unas horas empieza a salir el sol, Shiroge aún duerme. — Esperemos unas horas más, necesita descansar— propongo. Clarín asiente. Poco después los elfos se levantan y deciden dar una vuelta por los alrededores, no queremos más sorpresas. Pasadas dos horas, una vez han regresado los compañeros, Shiroge despierta. 328 — ¿Qué tal estás?— le pregunto. — Estoy bien, Mirmi. Muchas gracias— responde con mejor cara—. Puedo continuar. Ayudo a levantar a mi amigo y nos ponemos en marcha. Sin duda este valle es un lugar peligroso, será mejor darnos prisa. Avanzamos el resto de la jornada sin incidentes y cruzamos por el paso entre montañas, al final del valle. Del otro lado, vemos con claridad el enorme lago y nos acercamos. Cae la noche cuando llegamos a la orilla. Aprovecho para ver las heridas del grandullón. Parece que todo está bien. Con ayuda de las pociones los músculos se van regenerando velozmente y ya tiene plena movilidad en su brazo. Acampamos en una zona bastante escondida junto a la orilla. — Desde aquí hay menos de un día de camino hasta Bársel— advierte Clarín—. Si partimos temprano, llegaremos a la ciudad por la tarde. — Pues así sea— responde Ghoidiel—. Estoy harta de dormir a la intemperie, quiero sentir mi cuerpo reposar sobre un mullido colchón. Repartimos las guardias de nuevo. Dejaremos al eledín descansar toda la noche. Yo hago la primera junto con Ghoidiel. Transcurre sin incidentes y me tumbo para mi necesario y merecido descanso. — Despierta, Mirmaerín— escucho la voz de Clarín—. Hay que continuar. Abro los ojos, ya ha amanecido y mis compañeros recogen sus cosas y se preparan para la marcha. Yo hago lo mismo, pero antes le echo un vistazo al hombro de mi 329 amigo. Por suerte parece que todo está en su sitio, no hay rastro de infección. Avanzamos junto a la orilla en dirección sur, llegando al vértice del lago, donde un río nace, serpenteando en dirección a Bársel. Continuamos pegados a la ribera. Es por la tarde cuando divisamos a lo lejos, justo en la desembocadura de las aguas, una ciudad costera. — Bársel— indica con una sonrisa Ghoidiel—. Estamos a menos de dos horas. Una hora después llegamos a una zona con granjas, donde encontramos un camino que discurre junto al río. El terreno es bastante llano y nos permite ver la muralla de la ciudad, en la orilla oeste, por la que marchamos. Hay un molino medio kilómetro más al norte de la ciudad. Su rueda conecta las dos partes del río, bajo una pasarela, en una zona de más corriente, transmitiendo el movimiento a dos muelas, situadas en cada una de las riberas. Alcanzamos la muralla donde hay un gran portón, delante de un puente que conecta las dos partes de la ciudad: en la orilla oeste está la zona amurallada, con lujosas casas de piedra. Sin embargo, en la orilla este hay un barrio humilde, de casas de madera. De ese lado se ve una plaza delante de una enorme playa, llena de barcas de pescadores. Justo donde se forma el delta, que separa ambos lados de la ciudad, hay una isla con un faro. Entramos en la zona amurallada, sin ninguna objeción por parte de los guardias que allí se apuestan. La mayoría de los transeúntes dentro de las murallas son elfos, si bien, hay gentes de todas las razas. Avanzamos entre los bonitos edificios de piedra caliza hasta una plaza, en cuyo medio se erige un templo de Túlmar, que mira de frente a un concurrido puerto de mercancías. Hay una gran posada en cuyo letrero se lee 330 en élfico “Istenvin” que se puede traducir como “Viento del este”. — Entremos en la posada— propone Ghoidiel—. Aprovechemos que aún es de día para buscar a Dardrin. — También podemos aprovechar para cenar, al ser temprano nos servirán más rápido— se pronuncia Shiroge. Accedemos a la taberna. Una decena de mesas, de fina talla y acabado, están ocupadas en su mayoría por elfos. De hecho, me sorprende que a pesar de ser Aradín un reino de hombres, soy el único humano en la sala. Noto un cierto aire de desprecio en la mirada de algunos de los allí presentes. El posadero, otro elfo, está atareado en la barra. Había oído que a Bársel le dicen Puerto de Elfos, a fin de cuentas, el mar del este conecta con Áldantur, reino de elfos. Encontramos una mesa y la ocupamos. Una de las camareras, una bonita medio elfa, se acerca a nosotros. — ¿Qué van a tomar?— pregunta la joven. — Pónganos cinco cervezas— le pido. La chica me mira con el gesto un tanto torcido sin responder. — Y algo de cenar— añade el eledín. — Por supuesto— responde a mi compañero—. Esta noche tenemos un estupendo estofado de cabrito con patatas y zanahorias. El grandullón asiente. — ¿Parece que tienen algo en contra de mí por aquí, no?— hago saber mis sensaciones al resto, una vez se marcha la sirvienta. — Bársel es conocido por sus grandes disputas raciales: elfos y humanos tuvieron conflictos por estas tierras en el pasado— explica Clarín—. Por suerte se solucionó pacíficamente, hace más de mil años, con un tratado de paz. El problema es que muchos de los elfos que vivían en 331 aquellos tiempos, aún siguen con vida y no todos han sabido perdonar. — Entonces será mejor que me mantenga al margen y que seáis Semín, Ghoidiel y tú los que investiguéis esta zona— respondo al mago—. Yo y Shiroge nos encargaremos de preguntar en el otro lado de la ciudad. Parece que la zona de los pescadores es de mayoría humana. — Quizás sea lo mejor— asiente Clarín—. De momento cenemos y cojamos una habitación. Luego nos dispersaremos y buscaremos a Dardrin. Nos sirven la comida y empezamos a cenar tranquilamente. No estoy nada a gusto con las descaradas miradas de algunos de los clientes. — Me siento como un pájaro enjaulado— expreso mis sensaciones a mis compañeros—. Aquel elfo, especialmente, no me ha quitado los ojos de encima desde que llegué. Con un gesto de barbilla, indico a una mesa justo enfrente mía, donde un elfo rubio y de piel clara me mira con mala cara. Shiroge se levanta y se dirige hacia allí. Al ver al inmenso eledín acercarse a su mesa, el elfo mira para otro lado. — ¡Eh, tú, elfito!— le llama la atención con voz ruda—. ¿Tienes algún problema con mi amigo? Te lo digo, porque no me gusta que me molesten mientras ceno, a veces pierdo el juicio y si es necesario, soy capaz de comerme hasta la carne rancia de un viejo elfo. — Eh, no... Perdona, no quería…— intenta contestar. — No, no perdono nada. Si vuelvo a verte mirando a mi amigo te sacaré los ojos con mis propias manos— amenaza—. ¿Entendido? — Claclaclaro, seseseñor eledín. No volverá a pasar— La de por sí clara piel del elfo palidece aún más. 332 Shiroge se gira y regresa a la mesa. Observo cómo el elfo pide la cuenta y abandona la taberna. Nadie más vuelve a mirarme durante el resto de la cena. Aun así, no tardo en abandonar la posada, no me gusta estar en un lugar donde no soy bienvenido. — Voy a la zona este a ver qué información encuentro— informo a mis compañeros una vez termino de comer. — ¡Vayamos!— Se levanta Shiroge. — Nosotros haremos las averiguaciones por aquí, nos vemos luego— contesta Clarín y se despide con la mano. Salimos de la parte amurallada y cruzamos el puente sobre el río. El barrio humilde está poblado principalmente por humanos. Tiene casas de madera y la calzada es de arena prensada, en contraposición al suelo de blancos adoquines que hay dentro de los muros. — Vayamos a la plaza de la derecha— propongo a mi compañero una vez cruzamos el puente. En el medio de la plaza hay una gran lonja de pescado, que está cerrando justo en este momento. No se ve ni un solo elfo por la zona. Me percato de que hay una posada en la esquina este, cerca de una barbería y una tienda de accesorios de pesca. En el letrero se lee en bóldor “Dulce Sirena”. — No parece que vaya a estar por aquí— reconozco—. Pero entremos en la posada, ya que hemos venido podremos beber una cerveza tranquilos y preguntar de todos modos. — Está bien— contesta Shiroge—. De todas maneras, no me gusta el ambiente del otro lado. Accedemos a la pequeña taberna. Hay seis mesas y todas están ocupadas por hombres y mujeres de raza humana. 333 Cogemos unos taburetes y nos sentamos en la barra, justo frente a la tabernera, una mujer de mediana edad e indudable belleza. — Pónganos dos cervezas— pide el eledín. — Por supuesto, hombretón— responde la posadera con una abierta sonrisa. — Disculpe— llamo la atención de la mujer—, estamos buscando a un elfo, de nombre Dardrin. ¿Le conoce? — No vienen muchos elfos por aquí— contesta—. De hecho, solo hay un elfo que frecuenta esta zona de la ciudad, pero su nombre es Elas. — Muchas gracias. ¿Qué le debo?— no creo que haya mucha más información que sacar. — Cuatro monedas de cobre— responde la servicial tabernera. Le pago cinco. Una vez terminamos la cerveza, regresamos a la zona de los elfos y buscamos a nuestros compañeros. Justo los vemos en los muelles, hablando con un lugareño elfo, que parece responde con una negativa. — Buenas noches, amigos— saludo al llegar—. ¿Algún progreso? — La verdad es que no— contesta Ghoidiel con resignación—. Solo un hombre había oído hablar del antiguo guardián de la pirámide, pero no cree que esté en la ciudad. Al parecer salen barcos a diario hacia Milithir, la ciudad de la torre de cristal, en el reino de los elfos. Es posible que ya no viva aquí. — ¿Qué tal vosotros?— pregunta Clarín. — Solo hay un elfo que frecuenta aquella zona, pero me han dicho que su nombre es Elas— respondo—. Me temo que no va a ser fácil dar con el paradero de Dardrin. 334 — Se está haciendo tarde— advierte el mago—. Hemos cogido habitaciones en la posada Istenvin. Mañana seguiremos con la búsqueda. — Yo iré primero al templo a hacer mis oraciones— respondo—. Luego nos vemos allí. Entro en el bonito templo de Túlmar y hago mis rezos. Pido a la Erdan que me oriente para encontrar al elfo y hago una donación de tres monedas de plata, antes de regresar a la posada. Me voy directamente a la cama. A la mañana siguiente nos levantamos temprano y bajamos a desayunar, no tenemos tiempo que perder. Damos un paseo por la zona amurallada. Además de la plaza del puerto, donde están la posada y el templo, hay otra plaza junto a la salida oeste, llamada plaza de Gáldoras. Hay bastantes puestos de venta en esta parte de la ciudad, cuya economía se centra en el comercio y el transporte. En el centro hay un pequeño templo dedicado a Reéjtar, Erdan de la justicia, la organización y el comercio; además de unas enormes caballerizas, que se sitúan en el norte de la plaza, junto a la muralla. Preguntamos a comerciantes, preguntamos a guardias, preguntamos al sacerdote del templo… Nadie sabe nada. Aprovechamos para hacer unas compras, andamos cortos de pociones de curación, y ya a mediodía, regresamos a almorzar en la posada. — Esto es una enorme pérdida de tiempo— expresa Ghoidiel su frustración—. Está claro que ese tipo ya no vive aquí. — Lo único que nos queda es preguntar a ese tal Elas, que frecuenta la taberna Dulce Sirena— propone Clarín. — Está bien— asiento al mago—. Si no damos con él, tendremos que regresar a Íshar. 335 Después de comer nos dirigimos de nuevo a la plaza de los pescadores, hay mucho bullicio en la lonja. Carretas de bueyes cargan salazones y pescado fresco sobre bloques de hielo. Llegamos a la taberna. También está llena, pero distingo al único elfo de la sala con facilidad. Él también nos mira. — Buenas tardes, señor Elas— me dirijo con educación—. Mi nombre es Mirmaerín y estos Dalmas son mis compañeros. Trabajamos al servicio de su Majestad el rey Árathan VI, queríamos hacerle una pregunta si no le es molestia. — Buenas tardes, amigos— responde con amabilidad—. ¿De qué se trata? — Estamos buscando a un elfo llamado Dardrin, era el guardián de la pirámide de Ankhaún— le informo—. Es para un asunto de vital importancia. El hombre se queda parado sin contestar, como pensando la respuesta, lo cual me hace sospechar. — No tenemos intención de hacer ningún mal al señor Dardrin. Como le digo, venimos de parte del rey y de Álerin el áratra—insisto. — Puede que sepa localizarlo— me contesta finalmente—, pero necesito más información. — Es un tema de extrema sensibilidad y no podemos hablarlo aquí— responde Clarín—. En privado le daremos más explicaciones. — Está bien— afirma—. Acompáñenme a mi casa, vivo aquí al lado. El elfo se levanta y le seguimos. Giramos en una calle hacia el este, tras la tienda de accesorios y vamos hasta la última vivienda de la derecha. Abre la puerta y nos hace un gesto para que pasemos y entramos todos. En el interior hay un salón no muy amplio 336 con cuatro sillas y una mesa, además de una nutrida estantería, que ocupa prácticamente toda la pared de la derecha. — Siéntense, si así lo desean— ofrece Elas. Ghoidiel, Semín y Clarín se sientan—. ¿Para qué precisan al señor Dardrin? Le revelamos parte de la información sobre la Luz de Rosa: que está en manos de Ostírelin, lo que sabemos sobre el Santórum de boca de Éler y lo apremiante que resulta poner a salvo el artefacto. — Vaya, Éler— responde el elfo—. Lo cierto es que yo soy Dardrin. Vivo de incógnito, precisamente, para evitar que nadie pueda hacerse con el Santórum, pues la única llave que puede desbloquear la pirámide está en mi poder. 337 13 El Santórum de Yabel. — Pues cuéntanos dónde se encuentra la pirámide y cómo podemos acceder a ella— pide la información Clarín. — Se encuentra al este, en el centro del denso bosque Sombrío, al que se llega por un camino en desuso— relata Dardrin—. La pirámide fue construida por Tísmik, Erdan del juego, el azar y el ingenio. Tiene el acceso casi en la cúspide, que da a un salón, con cuatro estatuas de cuatro Erdan: el propio Tísmik, además de Krax, Erdan de la forja y los metales; Yabel, Erdan de la belleza y el amor; y Eneon, Erdan de la sabiduría, la creación y la alquimia. Hay un acertijo, es como un juego, pero nadie ha intentado resolverlo jamás. — ¿En qué consiste el acertijo?— pregunto. — Cada uno de los Erdan tiene un dado de oro con diez caras en su mano, salvo Tísmik, que tiene dos. Hay un espacio en el medio de las estatuas, como un cajón donde supuestamente, se lanzan los dados— explica Dardrin—. Hay una inscripción en élfico, tallada en la pared, tras el Erdan del juego. Si mal no recuerdo decía: “Del cero al nueve, no pares de sumar, suma en la suma y el juego comenzará. Solo hay un resultado que el camino abrirá, cualquier otro la muerte te traerá. Pero quien hace la trampa escribe la ley, escondiendo la respuesta en el lugar menos probable.” — ¿Y qué significa?— pregunta Ghoidiel. — No lo sé muy bien. Creo que al lanzar los dados, da algún tipo de resultado y en función del resultado se tiene 338 éxito o se fracasa— explica como puede—. Pero como he dicho, nadie los ha lanzado nunca. — ¿Y cómo se desbloquea la pirámide?— pregunta Clarín. — Esa es la tarea más sencilla. Tengo una llave que se introduce en un orificio junto a la puerta, en lo alto de la escalinata— responde el elfo—. Lo más difícil es llegar. La zona estaba controlada por dragols, cientos, sino miles. Cuando las criaturas de Amán aparecieron, solo contábamos con veinte guardias, que dieron sus vidas para darme el tiempo necesario para bloquear el acceso y huir del lugar. Sin la llave, es totalmente impenetrable. Aunque ha pasado más de un siglo desde que abandonamos el bosque y no sé en qué situación estará ahora. — Nosotros nos encargaremos— dice Shiroge con confianza—. Danos la llave y pronto tendremos el Santórum. — Está bien. Si el rey Árathan, Álerin el áratra y el mismísimo Éler confían en vosotros, yo también lo haré. Dadme un segundo— Dardrin va a una de las habitaciones. El elfo regresa y trae un pequeño cofre, de unos cuarenta centímetros, que posa sobre la mesa y lo abre. En su interior hay una especie de llave metálica, con forma de barra estriada. — Como os he dicho, tenéis que introducirla en el orificio. Luego girarla en sentido horario— nos explica el funcionamiento—. La puerta se desbloqueará y bastará con un empujón para abrirla. Clarín guarda la llave en su morral. — ¿A qué distancia se encuentra la pirámide desde aquí?— pregunta Shiroge. — Hay como un día de camino, quizás algo más— responde. 339 — Pues si hay que hacer noche de camino, propongo que salgamos ya— opina Semín. Todos asentimos y agradecemos a Dardrin su confianza. Seguidamente vamos a la posada Dulce Sirena. Almorzamos un rico potaje de pescado y pedimos que nos preparen provisiones para cuatro días. Una vez estamos listos, con el sol de la tarde a nuestras espaldas, partimos dirección este. Como dijo el guardián de la pirámide, se ve que el camino está en desuso. Tras varias horas, solo hemos encontrado algunas ruinosas casas abandonadas al pie de la vía, cuando la noche empieza a caer. — Descansemos en esa casa abandonada— propone Ghoidiel. A todos nos parece buena idea, a pesar de que está parcialmente derruida, aún conserva parte del tejado y la mayoría de las paredes. Entramos en la vivienda, viejos muebles desgastados decoran un pequeño salón con una chimenea. Ahí decidimos acampar. Tras la cena, repartimos guardias. Hago la primera con Clarín, que pasa sin incidencias. El resto de la noche también pasa tranquila. Al alba emprendemos de nuevo la marcha. Tras una jornada absolutamente apacible, por la tarde, vemos a lo lejos el denso bosque. — Parece que estamos cerca— anuncia Semín. — ¡Mirad allí!— Señala Ghoidiel el centro de la zona boscosa—. Se ve la punta de la enorme pirámide. Sin duda la vista de la arquera es excelente. Una vez dirijo la mirada a la zona señalada, logro atisbar la punta brillante de una edificación, a una distancia de al menos diez kilómetros. Avanzamos hasta las inmediaciones del bosque. 340 — ¡Quietos!— alerta Semín al llegar a la linde—. Alguien se aproxima. Retrasamos la posición unos metros y nos preparamos para lo que pueda surgir de entre la maleza. Un grupo de seis dragols aparece cargando contra nosotros. Clarín no se lo piensa y vuelve a usar su recargado bastón. La bola de fuego explota en el centro de la línea enemiga y hace saltar a cuatro de los seres de piel escamosa por los aires. La elfa dispara una flecha que retrasa a otro de ellos y Shiroge parte la reptiliana cabeza del otro en dos. Rodeamos al enemigo herido y Semín acaba con él, asestándole un fuerte golpe en el pecho con su katana. — La verdad, esperaba que fuera más difícil— opina Ghoidiel. — Todavía no ha terminado, hay que atravesar el denso bosque— corrijo a mi compañera. — Aquí hay un paso— se percata Semín—. Se ve que hace mucho que no ha sido usado, pero hay hueco suficiente entre la maleza. Aprovechamos el paso y nos adentramos en el denso bosque. Vamos despacio, sigilosamente, con las armas en posición de combate. Avanzamos durante una hora y cuando el sol empieza a caer llegamos a la explanada donde se ubica la majestuosa pirámide, de más de treinta metros de altura. Hay un grupo de ruinosas casas a cada lado de la explanada. Ha crecido la maleza en el medio y en los laterales de la triangulada estructura, pero se ve con claridad, en la cara oeste, la escalinata que asciende hasta el bloqueado acceso. 341 Sin perder un minuto subimos hasta la puerta y vemos el orificio. Está ligeramente taponado, pero Ghoidiel usa una flecha para limpiar el agujero. Clarín introduce la llave y la gira, suena un crujido. — Empujaré la puerta— informo a mis compañeros. Pero no se mueve. — Déjame a mí— Me aparta el grandullón. La fuerza de Shiroge desatasca las raíces y el polvo acumulado durante muchos años en las aristas de la puerta y ésta se abre. Veo una sala impoluta, en el interior de la pirámide. Las cuatro estatuas mencionadas se encuentran en el centro, tal y como Dardrin describió. Entramos en la penumbra y Clarín enciende su mágica luz. — Bueno, pues ya estamos aquí… ¿Ahora qué?— pregunta Ghoidiel. Observo la sala con detenimiento. Las realistas estatuas sostienen los cinco dados de oro, con los números en color negro. Detrás de Tísmik se encuentra la inscripción. La leo de nuevo, pero no se me ocurre nada. Pasan unos minutos sin que nadie proponga qué hacer. — Lancemos los dados sin más— opina Ghoidiel cansada del silencio—. Tísmik es Erdan del juego y ésta es su pirámide, tendremos que jugar. No muy convencidos, tomamos un dado cada uno y lo arrojamos al cajón situado en el medio. — 5, 4, 7, 0, 4— Marcan los dados. Los negros números cambian de color y comienzan a brillar con un tono rojo. Suena un estruendo en la sala. — ¡Cuidado!— grito al ver dos enormes bolgs que han surgido de la nada tras Semín. 342 El medio elfo intenta hacer una acrobacia, pero recibe un golpe con el inmenso garrote del bolg, que acierta en su hombro haciéndole caer. Shiroge carga a por el otro y yo arrojo mi lanza, que golpea a la enorme criatura de tres metros y horribles fauces, provocándole una profunda herida en su cadera. El bolg me mira y se lanza a por mí. Ghoidiel dispara su flecha hacia el enemigo, pero el ataque no es efectivo. El eledín se enfrenta a su rival en combate singular y lanza un fuerte golpe con su mandoble. Sin duda es un ataque contundente, pero estas criaturas de Amán no cejan en la lucha y responde al grandullón estampando su garrote contra el escudo. El otro enemigo llega a mi altura y conecta un golpe de garrote, que repelo con el escudo, pero me proyecta hacia un costado. La fuerza de estos seres es descomunal. Por fin Clarín consigue preparar su proyectil y lo dirige contra mi adversario, dando en el blanco y derribándolo. Semín se levanta, parece aún puede luchar a pesar del tremendo impacto recibido. Se lanza por la espalda del que combate con Shiroge. Un golpe bien colocado en la parte baja de la pierna, hace que el enemigo se tambalee, momento que aprovecha el eledín para incrustar su mandoble en el torso del bolg, atravesándolo de lado a lado, y éste cae sin vida. Yo consigo agarrar mi lanza, mientras el bolg se levanta e intenta atacar a Ghoidiel, que esquiva el golpe con una acrobacia. Shiroge extrae el arma del cuerpo de su enemigo, un gran chorro de negra sangre riega el suelo de la sala. Asesto un nuevo ataque contra el horrendo gigante, golpeando el brazo del arma y ésta se cae. El bolg me 343 responde con un fuerte puñetazo, que me tumba de espaldas, partiéndome el labio y arrancándome una muela. Shiroge aparece tras él y con un tremendo impacto lateral, sega la cabeza del enemigo, que al caer desaparece junto al otro, y los dados dejan de brillar. Escupo la muela llena de sangre. — ¿Estás bien, Mirmi?— me pregunta mi amigo. — ¡Maldita sea!— grito enfadado—. ¡No ha sido buena idea! Me limpio la sangre y bebo un poco de poción que me alivia el dolor. Veo que Semín hace lo mismo. De nuevo miro la inscripción. — Si sumamos los dados, el resultado es veinte, es decir, dos y cero. Si no paramos de sumar al final dos más cero es dos, y el resultado ha sido dos bolgs…— intento recapacitar. — Quien hace la trampa escribe la ley...— piensa Clarín en voz alta—. Nos está diciendo que hagamos trampa. — Entonces no hay que lanzar los dados, sino colocarlos para obtener el resultado menos probable— reflexiono. — ¿Pero cuál es?— pregunta Shiroge. — La suma máxima es cuarenta y cinco, que sería todo nueves, cuatro más cinco son nueve. Igual que tres más seis, todo lo que suma treinta y seis; dos más siete, todo lo que suma veintisiete; uno más ocho, todo lo que suma dieciocho; y todo lo que sume nueve. Ocurre igual con el ocho, diecisiete, veintiséis, treinta y cinco, y cuarenta y cuatro…— comienzo a hacer cuentas. — Entonces la respuesta es uno— propone Ghoidiel una solución—. Solo valdría lo que suma uno y lo que suma diez. 344 — Hay otra opción mejor. El acertijo dice: del cero al nueve, no pares de sumar, la solución cero tiene una única posibilidad, que todos los dados marquen cero— concluyo. — Es cierto— reconoce Clarín—. Una única posibilidad, lo menos probable. — Pues probemos— propongo haciendo un juego de palabras. De nuevo cogemos un dado cada uno, pero esta vez en vez de arrojarlos, los colocamos marcando una combinación de cinco ceros. De nuevo los números brillan, pero esta vez con luz blanca. — ¡Brum!— La pared tras la estatua de Krax se derrumba, dejando ver un pasillo con una escalera que baja. — ¡Lo conseguimos!— exclama Clarín sonriente. — No celebremos nada aún, no sabemos qué más nos vamos a encontrar por esas escaleras— desconfío. Descendemos y pocos metros más abajo llegamos a un pequeño rellano, con un giro a la izquierda, donde hay otra escalinata que baja. Después hay un largo pasillo que cruza la pirámide, de lado a lado. En el otro extremo topamos con unas nuevas escaleras. Continuamos la marcha descendiéndolas, luego viene un nuevo rellano, otro giro a la izquierda y un nuevo pasillo, que termina en un acceso, que se abre formando una sala enorme. En el fondo, sobre un altar, hay un artefacto: es como una esfera, construida con hilos metálicos dorados, dejando un espacio en su centro. — Debe de ser el Santórum— se percata Semín. Avanzamos por la sala y cuando alcanzamos el centro, una losa cae tapando el acceso y dejándonos encerrados. — Uuuuaaaaa— Un lamento tétrico recorre la sala. A cada lado, un trozo de pared se derrumba. 345 De los huecos aparecen dos seres embalsamados, de gran tamaño y mirada vacía. Sus manos son garras afiladas, y su aspecto es terrorífico. Se lanzan hacia nosotros. Una flecha de la elfa atraviesa el cuerpo de uno de los seres sin causarle ningún efecto. Este le responde con un fuerte arañazo en el hombro que hace que se le caiga el arco. Shiroge se lanza contra él. Semín y yo vamos contra el otro. Clarín se concentra para preparar uno de sus proyectiles. El momificado ser me ataca, pero consigo detener el impacto con mi escudo. Semín da un golpe con su katana, pero no consigue grandes resultados. Yo ataco con mi lanza y consigo que el ser retroceda levemente, al golpearle en la cadera. Shiroge da un fuerte golpe a su adversario y éste recula. Los poderosos ataques del eledín mantienen a raya a su rival, que no encuentra forma de acercarse hasta nuestro compañero. Por fin, Clarín lanza su proyectil contra nuestro enemigo, un golpe que impacta de lleno en el pecho, pero no lo detiene y la lucha continúa. Nuestro adversario lanza un nuevo ataque con sus garras, esta vez contra el medio elfo. El golpe impacta en el brazo del arma y ésta se cae al suelo. Gravemente herido, Semín retrocede. Ghoidiel intenta ayudarle. Shiroge sigue luchando, le asesta un nuevo y poderoso ataque contra la pierna, pero el enemigo sigue en pie. Yo vuelvo a atacar a mi rival, pero consigue evitar mi ofensiva y me devuelve un nuevo zarpazo que desvío con mi escudo. Por momentos, da la sensación de que no podemos derrotar a nuestros resistentes rivales. 346 De nuevo el grandullón se echa contra la momia. Esta vez embiste con su escudo y la derriba. Una vez en el suelo, le asesta un poderoso golpe de mandoble y el ser se desvanece. Yo sigo con mi lucha y recibo un nuevo ataque. Esta vez consigue desarmarme y estoy a su merced… Parece el final. Clarín lanza un último proyectil, que golpea de nuevo el pecho de la momia, que retrocede, salvándome de un ataque franco. El mago se desmalla. Shiroge salta contra mi rival, combinando una serie de golpes flojos, que el enemigo no logra esquivar, terminando con un poderoso ataque contra la cabeza, que hace que se desvanezca también. Se oye como la losa que bloquea el acceso vuelve a abrirse. — ¿Estáis bien?— pregunto a mis compañeros. Semín y Ghoidiel están heridos, pero están conscientes e intentan ayudarse mutuamente. Clarín no responde. — Parece que ha usado demasiado su poder— informo al ver al inconsciente mago. — Cojamos el Santórum y larguémonos de aquí— apremia el malogrado medio elfo con desesperación. Me acerco al altar. Cojo el artefacto y lo guardo en mi morral. Shiroge carga a Clarín en sus brazos y salimos de la sala con presteza. Una vez estamos junto a las estatuas, ayudo a mis compañeros a curar sus heridas. Pero el mago no responde. Es noche cerrada por lo que se ve por la puerta. — Descansemos aquí— propone Shiroge—. Si mañana no se ha recuperado, cargaré con él hasta Bársel. — Pues come algo y descansa— le pido a Shiroge—. No creas que no me doy cuenta de que estás agotado tú también. 347 El eledín asiente y tras comer algo, se echa junto al mago. Semín y Ghoidiel hacen lo mismo. Yo me quedo haciendo guardia. Estoy también agotado, ha sido un largo día, pero hay momentos en los que uno debe enfrentarse al cansancio y a sus miedos… éste es uno de esos momentos. Una vez comienza a clarear el sol a través de la puerta de la pirámide, me asomo para comprobar que no haya peligro. Despierto a mis compañeros. Clarín sigue sin responder. — Vayámonos, quedarnos aquí es peligroso— opina Ghoidiel. Todos asentimos. El grandullón se echa al mago al hombro y bajamos la escalinata de la pirámide. Cruzamos la explanada y nos adentramos por el sendero a través del denso bosque. Llegamos a la linde sin incidencias y tomamos el camino de vuelta. Paramos unos minutos para comer y continuamos con presteza hasta que se hace de nuevo de noche. — Bársel está a pocas horas— advierte Shiroge—. Aunque estemos cansados será mejor continuar. — Está bien— Estoy exhausto, pero acepto la idea de mi compañero. Seguimos en medio de la noche. Dos horas más tarde vemos las luces de la ciudad portuaria. Parece que lo vamos a conseguir. Al llegar al barrio de los pescadores, nos dirigimos directamente a casa de Dardrin. — Toc, toc, toc— El elfo abre la puerta y nos mira con cara de sorpresa. — Pasad, no os quedéis ahí— nos invita a entrar en la casa—. ¿Qué ha ocurrido? 348 — Creo que Clarín se ha sobrecargado— le explico—. Después de lanzar un hechizo se ha desmayado y no se ha despertado aún. — Por aquí— Nos indica una habitación y la abre—. Tumbadlo en la cama. Dardrin chequea al mago, le abre los párpados con la yema de los dedos y controla su pulso. — Parece que está estable, pero puede tardar un par de días en recuperarse— nos tranquiliza—. Vayamos al salón, así me contáis qué ha ocurrido. Una vez estamos sentados a la mesa, nos saca agua y algo de comer. — Lo tenemos— anuncio al anfitrión—. Conseguimos entrar en la pirámide, descifrar el enigma y derrotar a los guardianes. — Pues debéis iros lo antes posible— nos advierte—. Al parecer la guerra ha terminado. — ¿Cómo es posible?— pregunta Shiroge. — Por lo que he oído— explica el guardián—, los Siervos de Amán traicionaron a Torsen. Los Yelmos de León, ayudados por los soldados del Espino Rojo, rodearon al Ejército del Tridente en el Gran Camino, a la altura de los montes Ersan, derrotándoles totalmente en la batalla. Gáldoras es ahora el lugar más seguro. Debéis ir allí y poner el Santórum bajo la protección del rey Árathan. Os conseguiré caballos y provisiones. — ¿Y Clarín?— se preocupa Semín—. ¿Qué pasará con él? — Yo lo cuidaré. En cuanto se recupere le enviaré a la capital— se ofrece Dardrin. — Creo que es lo mejor— opino—. Si la guerra ha terminado, el camino hasta Gáldoras no será demasiado peligroso. 349 — Descansad aquí, os sacaré mantas. Aunque el salón no es muy grande, cabréis bien para pasar la noche, si apartamos la mesa— ofrece el amable elfo. Todos asentimos y nos instalamos en la pequeña sala. La verdad es que estoy molido, no tardo en sumirme en un profundo sueño. — Venga, Mirmi— escucho la voz de Shiroge—. Es hora de irse. Me levanto y cojo mis pertenencias. Tras despedirnos de Dardrin, montamos los caballos que nos tiene preparados y partimos hacia Gáldoras. Cruzamos la ciudad de Bársel y tomamos el camino hacia el oeste. Se acerca el verano y el calor es bastante intenso. El paraje se vuelve cada vez más árido, aunque hay algo de vegetación que aún soporta el caluroso clima; pequeñas arboledas se acumulan en las cuencas; ortigas, espinos, cactus, arbustos y pequeños matorrales motean el paisaje, en los alrededores del serpenteante camino. Tras una jornada tranquila, el sol empieza a caer al llegar a una loma. Vemos a lo lejos una ajetreada posada, justo al lado de un gran pozo. Una gran llanura desértica se extiende hacia el sur. Al llegar al pozo, veo a dos jóvenes humanas sacando agua. En la fachada de la posada hay cinco caballos amarrados y un mozo les da de beber. En la puerta hay un bahaluk fumando en su pipa. En el letrero se lee en bóldor y en élfico “Pozo de la Llanura”. Entramos al salón que tiene seis mesas rústicas, de las que cuatro están ocupadas: en una hay cuatro bahaluks, seguramente los compañeros del que está en la puerta. Se ve que vienen de una batalla, probablemente son mercenarios que han luchado en la guerra contra Estrian, pues un par de ellos están heridos. Dos grupos de 350 comerciantes humanos ocupan otras dos mesas. Por último, un eledín de avanzada edad se sienta solitario al fondo, junto a la puerta de las habitaciones. Saluda a Shiroge con una entrenada reverencia, gesto que devuelve el grandullón. En la barra se sientan cuatro jinetes medio elfos, de aspecto poco confiable. Beben unas cervezas, bajo la atenta mirada del tabernero y su joven ayudante, posiblemente su hijo, dado el parecido entre ambos. Ocupamos una de las mesas vacías. — Voy a saludar a mi compatriota por respeto— informa el grandullón—. No es fácil ser un eledín en tierras lejanas y llegar a esa edad. — Te acompaño— me ofrezco. Lo cierto es que nunca había visto a un eledín de aspecto anciano—. Id pidiendo bebida y cena. — Buenas noches, amigos— nos saluda el solitario norteño al llegar. — Buenas noches— Mi acompañante hace una reverencia—. Me llamo Shiroge y este es Mirmaerín, solo venimos a saludarle. — Sentaos— ofrece con amabilidad, a lo que accedemos—. Mi nombre es Marsel. — ¿Y qué hace por aquí solo, señor Marsel?— le pregunto. — Pues me dedico a hacer pociones. Durante la primavera recojo bayas en la gran Llanura Solitaria, que luego llevo a Gáldoras, donde tengo un atelier y fabrico mis excelentes brebajes de curación— responde—. ¿Y vosotros? — Nos dirigimos a la capital— me apresuro a contestar—. Hemos sabido que la guerra ha terminado y vamos de regreso a mi ciudad natal. 351 — Eso he oído— confirma el anciano eledín—. Me alegro de que las cosas vuelvan a su estado normal. — Permítame invitarle a su cerveza, señor— ofrece Shiroge. — Muy amable, mi gran amigo— contesta con una sonrisa. — No le molestamos más, señor Marsel, hemos de regresar con nuestros compañeros— me despido para no prolongar demasiado el saludo. El anciano hace una bonita reverencia y regresamos a la mesa, donde nos esperan las cervezas. Poco después nos sirven la cena, un asado de jabalí con verduras gratinadas, y comenzamos a cenar. — Esos cuatro están muy pendientes— susurra Semín, refiriéndose a los medio elfos—. Están muy callados. — Mientras se queden en su sitio no habrá problema— le resta importancia Ghoidiel. Tras la cena pedimos una habitación para los cuatro. Hemos decidido, teniendo en cuenta que llevamos un objeto tan valioso, que estaremos más seguros si todos dormimos juntos. Subimos a la habitación cuando los cinco bahaluks comienzan a tocar y a cantar, como es costumbre en ellos. Por un momento me viene a la mente el recuerdo de Aulas. No compartimos mucho tiempo con él, pero siempre me fascinó la alegría que escondía, detrás de su malhumorado aspecto y sus rudos modales. — ¡Venga, en pie!— se oye la voz de Ghoidiel—. Es hora de partir. Nos levantamos y bajamos al comedor. Una de las jóvenes que vi ayer en el pozo atiende la barra. — Buenos días, señores. ¡Qué madrugadores!— nos da los buenos días. 352 — Buenos días— contesto—. Tenemos prisa, ¿tiene algo preparado para desayunar? — Por supuesto— responde amablemente—. Siéntense, ahora mismo se lo sirvo. Tras el apresurado desayuno, no tardamos en coger las montas y tomar el camino. Durante la jornada nos adentramos levemente por la desértica Llanura Solitaria. No forzamos a las bestias, el calor es bastante intenso. Se acerca la puesta de sol cuando divisamos a lo lejos una enorme roca. Tiene un sombrajo que, por lo que se ve, se usa de zona de descanso para los viajeros. Al llegar nos percatamos de que no hay nadie, solo dos improvisadas camas de paja junto a los restos de una hoguera. La inmensa roca mide unos diez metros de alto y más de treinta de ancho, en la parte más gruesa. — Inspeccionemos la zona— propone Semín. — Buena idea— responde Shiroge—. Te acompaño. Nuestros compañeros rodean la roca por cada lado, mientras Ghoidiel y yo amarramos los caballos al pilar de madera que sostiene el techado. — ¡Mirmi, Ghoidiel!— Shiroge da una voz avisándonos y salimos corriendo hacia allá. Al girar la roca vemos al grandullón y al medio elfo en un recodo del enorme cancho, hay una sutil escalinata oculta. — Subamos, lo mismo es más seguro descansar sobre la roca— propone el eledín. Ascendemos con facilidad y llegamos a lo alto. Hay una gran vista panorámica que nos permite ver muchos kilómetros a la redonda. — ¡Mirad aquí!— señala la arquera, que está en la punta oeste de la piedra. 353 Una losa de un par de centímetros de grosor está superpuesta sobre la superficie rocosa. Shiroge se agacha y tira de ella. Resulta que la enorme piedra está hueca y hay una escalinata que desciende al interior. — Investiguemos— propone Semín. — Yo me quedaré vigilando— dice la elfa. Bajamos los tres y encontramos una sala bastante amplia, con tres grandes sillones de piedra en torno a un pedestal, cuya punta tiene forma de esfera. — Quizás éste sea el sitio más seguro— advierto a mis compañeros. — ¡Dos jinetes se aproximan por el oeste!— nos avisa Ghoidiel. Subimos a la cima de la piedra y nos agachamos para que no puedan vernos. Están aún lejos y no se distinguen muy bien a contraluz de la puesta del sol. Semín y Shiroge bajan y esconden nuestros caballos tras la roca. Una vez se aproximan a nuestra posición, me percato de que se trata de dos medio elfos: uno de ellos es moreno y muy feo, cada uno luce un pendiente de aro. Enseguida los reconozco, son los Siervos de Amán de los cuatro picos, que huyeron con la Luz de Rosa. Me asomo y le hago un gesto al grandullón pasando mi dedo pulgar por el cuello. El eledín asiente y los acecha rodeando la roca. Semín va por el otro lado, Ghoidiel prepara su arco y yo agarro mi lanza de precisión. — Parece que hay alguien por aquí— se percata uno de ellos. No tienen tiempo de inspeccionar cuando Shiroge y Semín cargan y comienza una lucha bajo el techado. Se oye un 354 fuerte golpe y un grito. Un breve cruce de espadas y la batalla termina. Bajo rápidamente a comprobar la situación. Los sectarios están en el suelo, uno se desangra con un corte en la yugular y el feo está consciente, pero paralizado de cuello para abajo. — Vaya, vaya, vaya…— digo al encontrarme al desgraciado a mis pies. — ¡Tú!— me reconoce con gesto aterrado. — Los Ersan han oído mis plegarias— le digo con maliciosa sonrisa—. ¿Qué habéis hecho con la piedra? — Se la entregamos a mi amo. Pronto inundará el reino de Aradín de una era de oscuridad— A pesar de saber que se acerca su hora, el horrible medio elfo sonríe. — ¿Qué hacéis aquí?— pregunta Semín. — No os diré nada, podéis matarme— contesta. — Tengo una idea mejor— Miro a mis compañeros—. Lo dejaremos amordazado, encerrado en el interior de la roca. — ¡No me abandonéis aquí para morir de hambre, os lo ruego!— Le cambia el gesto. — Pues cuéntame, ¿qué hacéis aquí?— interrogo. — Venimos de Gáldoras. Un líder de nuestra secta, que se hace llamar Gortras, nos ha enviado a buscar información a Bársel, a localizar a un tal Dardrin, un elfo— empieza a cantar. — ¿Dónde se encuentra ese tal Gortras?— pregunta Semín. — Nos encontramos con él en una pequeña taberna, llamada El Cerdo Peleón, al oeste de los muros del castillo— contesta de nuevo—. Traíamos un mensaje sellado para él. — No me convence— le comento al grandullón—. Sigamos con el plan. 355 Shiroge coge al paralizado sectario y lo sube hasta la apertura, dejándolo caer hasta el fondo. Lo amordazamos para que no haga ruido y lo colocamos en una de las sillas de piedra. Tras la noche lo dejamos ahí. Vivirá unos días y sentirá el horror de la inanición. Una muerte lenta y agónica le espera como venganza por su tortura. Al alba cogemos nuestros caballos y liberamos los suyos, para después partir dirección oeste. Entrego los pendientes a Ghoidiel, ella los luce mucho mejor que esos desgraciados Siervos de Amán. Tras la tranquila jornada de marcha, alcanzo a ver a lo lejos una pequeña aldea, junto a un puente sobre uno de los afluentes del río Gáldor, que cruza con el camino del norte. — Es Afghein— reconozco el lugar—. Estamos ya muy cerca. Dos pequeñas torres de vigilancia, ocupadas por Yelmos de León, se sitúan a cada lado del pequeño puente, desde donde se ve hacia el sur, una rueda que alimenta el molino de la reputada fábrica de cervezas Afghein. Un poco más adelante, en el cruce con el camino del norte, se ubica una animada posada. Del otro lado de la vía, una línea con tiendas de todo tipo se extienden en la linde. Está anocheciendo. — No quedan más de dos horas hasta Gáldoras— hago saber a mis compañeros. — Continuemos entonces— propone Shiroge—. Ya descansaremos en la capital, bajo la protección del rey. Aunque es una pena no disfrutar de una cerveza en la famosa posada de Afghein, de la que he oído tiene el mejor ambiente del reino, no hemos venido a divertirnos. Los días de marcha pesan en nuestros cansados cuerpos y será mejor concluir nuestra misión lo antes posible. 356 La ruta hasta Gáldoras es tranquila, patrullas de Yelmos de León vigilan el recorrido. Tras apenas dos horas, aprecio bajo la oscuridad de la noche, rota por los faroles, la ciudad de Gáldoras. Destaca el impresionante castillo del rey, en lo alto de la colina junto al barranco. Alcanzamos el puente sobre el río Gáldor y avanzamos hacia las puertas de la muralla exterior, donde un grupo de guardias nos da el alto. — ¿Quiénes sois y a qué venís a la ciudad?— nos interroga el líder del grupo. — Somos Dalmas al servicio del rey Árathan— contesto—. Mi nombre es Mirmaerín, estos son Shiroge, Ghoidiel y Semín. Tenemos prisa, debemos ver a su majestad urgentemente. — Ja, ja, ja— ríe el guardia—. Así que sois Dalmas del rey. — Señor— un compañero llama la atención de su oficial y le habla al oído. Le cambia el gesto. — Voy a comprobarlo— dice con otro tono. — Pues más te vale que te apresures, o me encargaré personalmente de que sirvas de cena para las bestias en el gran circo— presiona Semín a sabiendas que el compañero ha oído hablar de nosotros. — Claro, no se enfade, señor. Mis compañeros le escoltarán hasta la posada, junto al templo de Reéjtar— El oficial coge un caballo y se apresura para subir al castillo. Avanzamos por la llamada Avenida del Rey, hasta la posada junto al templo, de nombre El Buen Trato. Tras poco más de media hora de espera, el guardia regresa a toda prisa. — Acompañadles hasta el salón del rey— ordena a los demás guardias. Los Yelmos de León nos guían por la avenida principal y subimos la pequeña colina que rodea el castillo. Los 357 guardias de extramuros nos permiten el acceso y entramos a la inexpugnable fortaleza del rey. Las lujosas casas de los nobles ocupan la inmensa explanada, frente al impresionante palacio. Nos abren el enorme portón metálico y accedemos por un amplio y ornamentado pasillo, con una gran alfombra roja de costuras doradas, que bordan en su superficie la cabeza de un león y que llega a la entrada del salón del trono. Dentro se encuentra Árathan, rodeado de algunos de sus consejeros y magistrados. Al vernos entrar, el rey se levanta de su sillón con los brazos abiertos. — ¡Bienvenidos, mis valerosos Dalmas!— nos saluda Árathan, a lo que respondemos con una reverencia. 358 14 Gáldoras. — ¿Habéis tenido éxito en vuestra misión?— nos pregunta el regente. — Mi señor, no pretendemos ser descorteses, pero preferimos daros la información a solas— contesto al rey agachando la cabeza. — Está bien— responde—. ¡Todos fuera! — Pero, mi señor…— uno de los consejeros con llamativas vestimentas replica. — ¡Silencio, Durmael!— ordena el rey con voz firme—. ¡He dicho que todos fuera! Los allí presentes empiezan a salir de la sala. — Mi señor, hemos tenido éxito— informo al rey una vez estamos solos y extraigo el Santórum de mi morral. — ¡Qué gran noticia!— afirma con una sonrisa—. Yo custodiaré el objeto. Álerin, Néster y Wíldor vienen de camino. — Hay una cosa más, majestad— advierte Shiroge—. Tenemos razones para creer que los Siervos de Amán tienen un bastión en la ciudad. Nos cruzamos con un par de esos indeseables, al parecer su líder se hace llamar Gortras. Usan una taberna como punto de contacto, por lo que sabemos se ubica al oeste del castillo y de nombre El Cerdo Peleón. — Pues de ser así, tendremos que dar con ellos. Mañana mismo daré la orden— apremia el rey—. Haré que os den habitaciones en palacio. — Su Excelencia— Semín se adelanta a hablar—, dado que no se conocen entre ellos, podríamos ir nosotros mañana a investigar. Mirmaerín y yo podemos hacernos 359 pasar por sectarios y conseguir información. Si se enteran de que buscáis el bastión, huirán y perderemos la oportunidad. — Gran idea, joven Dalma— asiente Árathan—. Decidme qué necesitáis. — ¿Dispone su Majestad de algún buen dibujante?— pregunto. — El mejor del reino— contesta. — Haga que nos dibuje el símbolo de la luna menguante sobre la estrella de cuatro puntas, que usan los sectarios— solicito—. Suelen llevarla tatuada en el pecho izquierdo por lo que he podido comprobar. — Así sea— responde Árathan—. Venid al alba. — Gracias, alteza. Os recomendaría mantener todo en secreto— insisto—. Si esos Siervos de Amán están en la ciudad y no han sido descubiertos, es porque están bien informados. — ¿Insinúas que hay un topo en la corte?— Me mira con cara de preocupación. — Aún no lo sé, mi señor, pero creo que es innecesario correr riesgos— le doy mi opinión. A fin de cuentas, infiltrarnos puede suponer jugarnos el pescuezo. — Está bien, mi dibujante acudirá en secreto a vuestros aposentos— concede. — Gracias, Majestad— Hago una reverencia, que imitan mis compañeros. El rey se despide y ordena a unos guardias llevarnos a nuestras habitaciones, en el ala este del palacio. Es sin lugar a dudas, la estancia más lujosa que haya ocupado en mi vida: Tiene una enorme cama con colchón de plumas, además de un vestidor con ropa de calidad, un escritorio con papel y plumas, y una bañera con patas de león. 360 — Toc, toc, toc— suena la puerta y abro los ojos. Anoche me quedé dormido tan rápido, que olvidé incluso hacer mis oraciones. Me siento totalmente repuesto. — Sí— contesto—. Adelante. Un hombre moreno de impoluta apariencia, con bigote fino y alargado, que lleva caras vestimentas, hace su entrada. Porta en sus manos un pequeño maletín de madera. — Buenos días— saluda—. Mi nombre es Dalias, el rey me ha enviado para hacerle un dibujo. — Buenos días, no perdamos el tiempo, pues— respondo mientras salgo de la cama y me destapo el pecho. Me siento en una silla. El hombre abre el maletín y coje un fino pincel, con el que empieza a dibujarme el símbolo. No tarda más de diez minutos. El trabajo es magnífico, parece un tatuaje de verdad. — Deje que se seque diez o quince minutos— me aconseja—. Luego podrá vestirse. Voy a ver al medio elfo. El hombre abandona la sala y entra una joven con una bandeja. — Le traigo el desayuno, mi señor— me dice la hermosa doncella. — Muchas gracias— respondo—. Déjelo en el escritorio. Después de desayunar, me visto y salgo al pasillo. Llamo a la habitación de Shiroge, que está desayunando, y luego a la de Ghoidiel. Nos reunimos todos en la habitación de Semín. — Shiroge y Ghoidiel se adelantarán y entrarán en la posada— propone Semín un plan mientras su tinta termina de secarse—. Luego iremos nosotros directos a la barra, haremos ver los tatuajes y preguntaremos por Gortras. Si salimos acompañados enseguida, tomaros un tiempo en seguirnos. Pero será mejor que salgáis vosotros antes si veis que no hay peligro. 361 — Me parece bien— respondo. El eledín y la elfa asienten y salen de la sala. Tras veinte minutos abandonamos el palacio. Tomamos dirección oeste y salimos por el portón que cruza la muralla interior de ese lado. Sé exactamente dónde ir. Aunque la casa de mi abuelo estaba situada en extramuros, he recorrido las calles de la ciudad y conozco el emplazamiento de la pequeña taberna, si bien nunca he entrado en ella. Tras girar la segunda esquina, llegamos a la plazuela en la que se ubica El Cerdo Peleón. No hay nadie en la puerta y entramos directamente. La pequeña tasca solo tiene cuatro mesas. En una Shiroge y Ghoidiel beben una cerveza, en otra hay tres hombres que nos miran con descaro. Llegamos a la barra y hablamos con el posadero, un hombre calvo en la coronilla y de semblante poco amistoso. — Buenas— saludo con voz templada y sin demasiados modales—. Buscamos a Gortras. Bajo un poco la solapa de mi camisa para mostrar el dibujo. El hombre lo mira y mira a los que están en la mesa. — Sus amigos están ahí sentados— responde serio. Nos giramos y nos acercamos a los humanos. Sin decir nada nos sentamos y les muestro de nuevo el símbolo. — Esperad a que estemos solos— advierte uno de ellos, parece que el plan funciona. Tras unos minutos, Ghoidiel se acerca a la barra. — ¿Qué le debo?— pregunta al tabernero. — Dos monedas de bronce— contesta. — ¿Una de bronce por cerveza?— La reacción de la elfa es totalmente natural. 362 — ¡Si no le gusta, no hace falta que venga más!— responde el malhumorado hombre de la barra. Con mala cara, la arquera paga la bebida y sale de la sala con Shiroge. — ¿Qué es lo que queréis?— pregunta uno de ellos. — Nos envía Ostírelin, tenemos un mensaje para Gortras— respondo con firmeza. — Nadie nos ha avisado de que veníais— revela. — Traemos una información sensible, el amo no podía correr riesgos— responde audazmente Semín. — Está bien. ¡Seguidnos!— Los sectarios se levantan. Salimos del establecimiento y nos guían por las calles de la ciudad, dirección sur. Pasamos junto al gran templo de Eneon. Parece que nos dirigimos a extramuros, hacia la plaza Gáldor, en el barrio donde estaba la casa de mi abuelo. Jamás pensé que un bastión pudiera ubicarse en un lugar tan humilde. Justo antes de llegar a la plaza, tomamos a la izquierda, por la calle que lleva al barrio obrero. Seguimos hasta el final, hasta el último grupo de viviendas y entramos en la de la esquina más cercana a las murallas. Es una pequeña casa, de no más de cincuenta metros cuadrados, que está totalmente vacía. En el medio se agacha uno de ellos y abre una trampilla por la que baja una escalinata, que da a un largo túnel de unos doscientos metros en dirección norte y que se cuela bajo las murallas. En la otra punta hay otra trampilla por la que subimos. Vamos a dar a un espacio oculto tras una estantería, dentro de un gran edificio de paredes altas. Al desplazar el mueble, me percato de que se trata de un salón de reuniones, con una gran mesa en el centro rodeada de una decena de sillas, sin ventanas y con una única puerta. 363 — Esperad aquí— Uno de ellos sale de la habitación. No me esperaba que hubiera un acceso secreto, y me tiembla un poco el pulso. Si Shiroge y Ghoidiel no encuentran el sitio estamos perdidos. Miro a Semín, aunque intenta disimular, percibo preocupación en su mueca. — ¿Creéis que tardará mucho?— pregunta el medio elfo tras veinte minutos—. Estoy muerto de hambre. — Pues no lo sé, la verdad. El jefe suele estar atareado y no suele venir por aquí salvo que se le convoque— responde el más joven. — No os importará darnos algo de comer, ¿verdad, amigo?— me sorprenden las capacidades interpretativas de mi compañero en este momento de tensión. — Está bien, acompañadme al comedor— contesta el otro. Salimos al extremo de un pasillo, con dos puertas a cada lado y otra al fondo que está abierta. Da a un pequeño patio exterior cercado, donde dos guardias vigilan. Entramos en la primera a la derecha. Hay un pequeño comedor y una barra con una joven con cara de aburrida. — Yasmín— se dirige el sectario a la chica—. Dales algo de comer y de beber. — ¿Qué queréis beber?— pregunta la sirvienta. — Un par de cervezas valdrán— respondo. Me percato de que hay una ventana, se ve el exterior a través del cristal. Reconozco el sitio, sin duda estamos en una de las calles tras los muros, en las traseras de la posada ubicada junto al templo de Eneon. Veo pasar a Shiroge, que mira hacia adentro. No gesticulo para no llamar la atención, pero creo que se ha percatado de nuestra presencia. Solo espero que tenga paciencia y espere a que llegue el líder del bastión. 364 Yasmín nos sirve las cervezas y algo de embutidos, queso y pan para comer. — Paf, paf, paf— Se oyen golpes en una puerta. — ¡El edificio está rodeado!— suena un grito. Los dos Siervos de Amán se miran y se asoman al pasillo, nos levantamos y los seguimos. Se escuchan pasos de una multitud que entra en el edificio y el cruce de espadas en una lucha. Al asomarnos veo a Shiroge arrancar la valla del fondo y la lanza contra uno de los guardias, que cae al suelo. Una flecha de Ghoidiel cruza el pasillo y se clava en el ojo de uno de los que nos acompañan. El otro, el más joven, levanta las manos. — Me rindo— dice el asustado muchacho. Tras el eledín aparecen un grupo de Yelmos de León. La redada es un éxito, pero por desgracia se han precipitado. Hemos perdido la oportunidad de capturar a Gortras, pero al menos estamos salvados. — Registrad la vivienda— ordena Ghoidiel a los guardias. — ¿Estáis bien?— pregunta Shiroge. — Sí, pero me temo que el líder no está aquí— respondo. Reúnen a una decena de sectarios, además de cinco trabajadores, entre ellos Yasmín. Parecen ajenos a todo. Los sacan a la calle y los ponen contra la pared, mientras se realiza el registro del edificio. Ayudamos a buscar. Fuerzo la puerta y entro en la última sala a la derecha del pasillo, donde hay un despacho. Sobre el escritorio reposa una nota. “Hemos hallado la lágrima de Eneon. Estamos intentando extraerla, pero no está resultando fácil. Olvidaos de Dardrin, el Santórum ya no es necesario. Debéis encontrar a Marsel el alquimista, tiene un atelier en la capital. He dado orden a los dragols de buscarle en la Llanura Solitaria. 365 Si dais con él traedlo a la Isla del Lago Rouren , en la Cordillera del Ojo. Ostírelin”. Hay una puerta en el despacho que da a una habitación. Al registrar el armario me percato de las ropas que ahí se guardan. Sin duda, son muy parecidas a las extravagantes vestimentas del consejero del rey. Cojo las pruebas y salimos a la calle. Una veintena de Yelmos de León llevan a los presos al palacio de justicia. Nosotros nos dirigimos al castillo. Al llegar al salón del rey, allí está Árathan en su trono rodeado de sus consejeros, entre ellos Durmael el traidor. Nos inclinamos ante el monarca. — ¿Y bien?— nos pregunta. — Hemos encontrado el bastión, alteza. Se escondían en una sede de un grupo de comerciantes— contesto—. El líder no se encontraba allí, pero tenemos pruebas de su identidad, además de una nota con las órdenes de Ostírelin. Muestro la nota y las ropas encontradas. — Estas ropas estaban en la habitación principal, sin duda pertenecen a su consejero Durmael— lanzo mi acusación. El rey mira a su consejero con cara seria. — Mi señor, debe de tratarse de un error— se defiende—. Hace tres años que os sirvo con lealtad. — ¿Acaso no son estas vuestras ropas?— le interrogo. — Eso no demuestra nada. No sé cómo han llegado hasta ahí— contesta con cara asustada. — Hay más, mi señor— añado. — Entre los miembros de la secta capturados, hay un joven que le conoce. Solo necesitamos que lo reconozca— insisto—. Está retenido en el palacio de justicia. 366 — Apresad a Durmael— ordena el rey a sus guardias—. Iremos a comprobarlo. De ser cierto, será ejecutado junto con Torsen y Balduur, los traidores de Estrian. Los guardias ponen grilletes al consejero, que no para de intentar justificarse con nerviosismo. En compañía del rey, nos dirigimos hacia el edificio donde se ubica la corte de justicia, en el oeste de la ciudad, cerca de las murallas en las inmediaciones del gran coliseo. Entramos en la sala donde retienen a los reos, veo al chico y le señalo. — Yo no he hecho nada— dice el muchacho con cara de pánico. — Está bien, chico, aún puedes salvar la vida— le habla el rey—. Solo dinos lo que queremos saber. Meten en una sala al consejero, además de otros cinco sospechosos capturados en la redada. Colocan al joven sectario en el centro, que mira a los hombres frente él. — ¿Quién es Gortras?— interroga al muchacho Árathan. Con el dedo tembloroso señala a Durmael. — ¡Traidor!— le grita furioso el líder del bastión—. Haré que te saquen las tripas. — ¡Tú eres el traidor!— contesta con rabia Árathan—. Yo te hice un hombre rico, ¿y así me lo pagas? — ¡Tus días de gloria llegan a su fin! ¡Oh, gran rey de Aradín, mi amo pronto desatará la oscuridad!— le responde insolentemente. El rey da un fuerte puñetazo a Durmael, que lo derriba. — ¡Llevaos a esta escoria!— ordena el regente—. Mañana veremos si sigue siendo tan valiente, cuando vea la muerte venir. El monarca se gira hacia nosotros con gesto de aprobación. 367 — Mi señor, debemos hablar de la nota— le dice Shiroge—. Si fuera posible, en privado. — Por supuesto— contesta—. Acompañadme. Regresamos al palacio, acompañados por el monarca y el séquito real, mientras encarcelan a todos los miembros de la secta. Una vez en el salón del trono el eledín se adelanta. — Alteza, hace unos días, viniendo de camino, conocí a un eledín llamado Marsel— relata mi compañero—. Estaba en la posada Pozo de la Llanura recogiendo bayas. — Le conozco— responde el rey—. Tendremos que ir a buscarle enseguida, su vida corre peligro. — Mi señor— un guardia entra en la sala—. Hay un hechicero que desea verle, se hace llamar Clarín. — ¡Que pase!— ordena Árathan. Una sensación de alegría recorre mi cuerpo. Sé que se vale por sí mismo, pero me tranquiliza saber que está bien. Se oye el portón y veo al hechicero avanzar hacia el trono. Nos guiña el ojo al llegar a nuestra altura y hace una reverencia al rey. — Pues aprovechando que estáis todos, salid de inmediato a buscar a Marsel el alquimista— nos apremia el regente. — Majestad— contesta el mago—, ¿os referís a un eledín que frecuenta la gran Llanura Solitaria? — Así es— afirma Árathan. — Pues tengo malas noticias— Clarín pone cara de preocupación—. Al pasar por la posada Pozo de la Llanura, el tabernero estaba preocupado porque había desaparecido. Me ofrecí junto con un compañero a ir a buscarlo. Nos dirigimos al sur, a una cabaña que me habían indicado, es el lugar donde recolecta sus bayas, cerca de la Gran Grieta. Al llegar, vimos pisadas de caballo 368 y rastros de dragols que se adentraban en la llanura dirección sur. Creo que ha sido capturado. — ¡Maldita sea!— gruñe el rey—. De ser así, tenemos un gran problema, pues Ostírelin al parecer tiene un plan. Esperaremos a la llegada de Álerin y Néster. Recemos a los Erdan para que aún tengamos tiempo de detenerle. — Como ordene, majestad— asiente el mago con una reverencia. — Ahora tomaros el día de descanso. Mañana os espero en el palco del coliseo, para las ejecuciones— nos ofrece el rey—. Que le den aposentos a Clarín. Asentimos y salimos del salón del trono. Ya en el pasillo saludamos a nuestro compañero. — Vayamos a comer y a beber para celebrar el reencuentro— propone Shiroge—. Así nos pondremos al día con los detalles del viaje. Nos vamos a la lujosa posada que se ubica en la zona este, dentro de los muros del castillo. Un establecimiento frecuentado por nobles y gentes de finanzas, no es un lugar donde permitan entrar a cualquiera. En la puerta hay un par de porteros, bien vestidos y de gran tamaño. En el precioso letrero iluminado se lee en élfico y en bóldor “Taberna real”. Los hombres de la entrada nos dan el alto. — Disculpen, caballeros. ¿Pueden identificarse?— nos habla muy cordialmente uno de ellos. — Mi nombre es Clarín. Estos son mis compañeros Mirmaerín, Shiroge, Semín y Ghoidiel. Su majestad el rey nos ha ofrecido personalmente su hospitalidad en el castillo, como agradecimiento por los servicios prestados. — He oído hablar de ustedes— reconoce el otro hombre—. Es un honor que visiten nuestra taberna. Sin embargo, no 369 pueden pasar con armas de filo, ni equipamiento militar. Son normas de la casa, como comprenderán. — Lo entiendo, iremos a cambiarnos— le respondo con cierta vergüenza. Hay que admitirlo; vamos sucios, armados hasta los dientes y con aspecto peligroso. No hacemos juego con la decoración y la clientela refinada de tan excelsa taberna. Regresamos al palacio. Tras pedir que nos preparen los baños a una de las sirvientas, nos vamos a nuestras habitaciones. Acordamos no tardar más de media hora en asearnos y vestirnos con algo más elegante. Lo cierto es que un baño de agua templada y perfumada alivia la tensión de una manera indescriptible, después de días de marcha y batalla. Tras borrar con facilidad el falso tatuaje, elijo del vestidor una elegante túnica azul, con unos pliegues de seda en los brazos y que me llega hasta las rodillas, cogida con un bonito cinturón de cuero marrón, que tiene la hebilla con la forma de la boca de un león dorado, y un chaleco también marrón con botones dorados. Para mis pies, he elegido unas sandalias de tiras de cuero, también marrón oscuro; y sobre mi cabeza, un gorro de cuero marrón, con una pluma azul, sujeta por una especie de zafiro. Una vez acicalado, me miro en el espejo. ¡Vaya pintas llevo! Salgo al pasillo y la única que está lista es Ghoidiel. Luce un precioso vestido de media manga, de tela fina color verde hoja y con escote en punta, cuya falda deja ver justo bajo sus rodillas. Calza unos zapatos verdes oscuros. Un cinto de color plateado sujeta su brillante melena morena. Además, lleva 370 puestos los preciosos pendientes, que lucían los desdichados Martin y Dartin. Al mirarme se ríe. — ¡Vaya pintas!— suelta una sutil risita. Se ve que tenemos los mismos gustos, pero evidentemente no el mismo talento para vestirnos. — Tú también estás preciosa— Le guiño un ojo. Se abre la puerta de Shiroge. Viste con unos pantalones de piel oscuros, una camisa blanca con vuelos en los codos y botones negros, sobre el que luce un chaleco sin mangas, de tonos negros y grises. Tiene su melena negra bien peinada y la barba recortada casi a ras, y perfectamente perfilada. En sus pies lleva unas bonitas botas de piel de color negro. — Muy guapo— le digo al grandullón. — ¡Y vos muy elegante!— me contesta con una reverencia y una enorme sonrisa. Aparece Semín, lleva una túnica negra de medio cuerpo, con capucha y mangas cortas, anudada desde el pecho con botones de cuerda. Las puntas de su cabello gris sobresalen por los lados del cuello, del que pende un colgante de oro. Viste un pantalón gris oscuro y botas de tobillo, también negras. Sus manos están decoradas con cuatro llamativos anillos dorados, en cada una. — Si no es por los anillos… vas como siempre. Jajaja— se mofa Ghoidiel. — Tápate un poco niña, que vas muy fresca— se la devuelve con una malévola sonrisilla. Finalmente aparece Clarín, con una túnica igual pero impoluta. Muy bien peinado, con el pelo un poco más corto, unas alpargatas grises y una sonrisa en su cara. — ¿Pero cómo has tardado tanto?— le recrimina Ghoidiel—. ¡Pero si estás igual! 371 — En la intimidad, un mago hace cosas de mago— le responde con un juego de palabras que en élfico suena mejor. “Dul inm, mag dun ya mag”, que dicho al revés “Mag ya dun maginmdul” significa: la magia es lo que te hace digno. — Venga, vayámonos, que tengo hambre— apremia algo más serio Shiroge. — Pues ha sido por Clarín, si no, no os reconozco— bromea el portero al regresar a la posada. Nos hacen un gesto con la mano y entramos en el elegante salón principal de la Taberna Real. Seis mesas, con el tablero de mármol y elegantes patas de forja, ocupan el centro de la sala, rodeada por sillas, también de hierro, de líneas retorcidas, con respaldos y posaderas acolchadas, tapizadas con una tela color rojo aterciopelado. El suelo es un gran tapiz de color burdeos, decorado con figuras geométricas en las esquinas y los bordes. En el centro, justo entre las mesas, se aprecia un gran círculo de dos metros de diámetro, en el que está bordada la cabeza de un león dorado de excelente acabado. Las paredes son de color rojo estucado, con las aristas y los pilares de caoba. Hay dos hermosos tiestos con coloridas plantas, que separan la zona central de otra un poco más privada a la izquierda, que dispone de tres apartados sobre un escalón. Con mesas de pie central y taburetes de pared, todo en caoba, los cojines son de colores burdeos y dorado. Tras la zona privada se extiende un pasillo que da a la parte de atrás, donde hay otra sala un poco más pequeña con mesas y sillas de caoba. Todavía no hay demasiado ambiente, solo dos de las mesas del centro están ocupadas: En una hay dos nobles 372 con llamativos sombreros e insignias heráldicas en los chalecos. En la otra, un par de adinerados beben una infusión de té, acompañados de otro hombre, que aunque pretende disimularlo, sin duda se trata del guardaespaldas. — Bienvenidos, caballeros— nos saluda el barman tras la barra, situada justo enfrente de la entrada. — Ocuparemos uno de los reservados, si no le importa— solicita Semín. — Por supuesto, señores. Acomódense, ahora mismo les atiende una de las camareras— nos señala hacia el lugar. — Lo primero y antes de nada— habla el encapuchado nada más sentarnos—, ajustemos cuentas. El medio elfo saca una bolsa del tamaño del puño de Shiroge y la vuelca sobre la mesa, dejando caer piezas de todos los metales y el par de anillos de mejora ofensiva, un crucifijo de plata, dos rubíes y un colgante de perlas. — Esto es todo lo que he ido guardando desde que salimos de Íshar— nos dice—, descontando los pagos en tabernas y provisiones. Contamos las monedas y hay un total de veintiocho monedas de oro, cuarenta y cinco de plata y sumo otras tres de plata y dos de bronce, contando las otras. — Propongo que lo repartamos de la siguiente manera— habla Clarín—. Ghoidiel que use un anillo de piedra roja, el otro me lo quedaré yo. Entre las joyas y las piezas habrá treinta y seis monedas de oro; una por el crucifijo de plata y dos por el de perlas, más otra por los rubíes. Luego os cabrán a doce monedas de oro vosotros tres, sobrando cinco de plata y dos de bronce en otras monedas que mantendremos de fondo común para los gastos. Los anillos de piedra roja, según tengo entendido, se tasan alrededor de ese valor: doce piezas de oro. — De acuerdo— respondo. 373 — Por mí, bien— dice Semín. — Lo que digáis— afirma Shiroge. — Por mí no hay ningún problema— confirma Ghoidiel. Repartimos los fondos y llega la camarera. Es una bonita joven humana, de melena rubia y ojos pardos, que luce un top blanco y una elegante falda de tubo del mismo color, con una raja en el lado izquierdo, que deja sutilmente ver la aterciopelada piel color caramelo de su pierna, desde la pantorrilla hasta sus tobillos, donde se atan unas finas sandalias de tiras de cuero. — Bienvenidos, señores y señorita. ¿Qué van a tomar?— nos pregunta con voz dulce. — Cinco cervezas, por favor— pide Clarín. — ¿Qué tienen de cenar?— pregunta Shiroge. — Esta noche nuestro afamado cocinero Drolin está preparando un menú, con ensalada de langosta del cabo de Noblin, regada con una vinagreta de huevas de salmón y dátiles, que recomendamos acompañar con nuestro refrescante vino blanco espumoso— nos detalla la servicial sirvienta—. Después una pasta de trigo del Espino Rojo, aderezada con ragú de jabalí, aromatizado a las finas hierbas. Ideal para acompañar con una cerveza de Afghein. Para terminar, el exitoso pastel de milhojas de nata y frutos rojos con salsa de frambuesa. — Dígale al cocinero que tenemos hambre— responde el grandullón—. Ponga cinco menús. — A mí sírvame solo uno, jeje— le tomo el pelo a la camarera. — Jajajajaja— resuena la sonora carcajada de mis compañeros. — Muy bien— responde con una sonrisa—. Ahora les traigo las cervezas y un aperitivo para el enorme caballero. 374 — Bueno Clarín, cuéntanos qué ha sido de ti estos días— pregunto al mago, una vez nos han servido las cervezas, además de un platito con distintos quesos y tostas de pan crujiente para Shiroge. — Pues me desperté de noche, en casa de Dardrin. Justo acababa de llegar un sobrino suyo: un elfo de pelo rubio y ojos azules llamado Grédorin. Se ha quedado por la ciudad, pero no sé si lo veremos. Regresaba mañana con su tío— El hechicero da un trago a su cerveza y retoma la historia—. Dardrin me contó que la guerra había terminado y que vosotros os habíais adelantado, a petición suya, hasta Gáldoras. Aprovechando que había llegado su sobrino y que necesitaba algo de la capital, le pidió que me acompañara. De camino llegamos a la posada Pozo de la Llanura. Al entrar nos comentó el posadero que estaba preocupado por un cliente, que no había vuelto. También me habló de vosotros. Me dijo que habíais salido temprano dirección a la capital. Sospechaba de unos jinetes medio elfos de aspecto peligroso, que coincidieron aquella noche. — Los recuerdo, me dieron muy mala espina— interrumpe Semín. — Me contó que el desaparecido era un eledín, de aspecto anciano y excelentes modales, llamado Marsel, que tiene una choza a unas dos horas al sur, cerca de la Gran Grieta. Nos ofrecimos a ayudarle. A primera hora salimos en dirección a la grieta y alcanzamos el lugar. Seguimos unos rastros de caballos que se desplazaban hacia el sur. Cerca del cañón, vimos que se cruzaban con el rastro de una treintena de dragols. — ¡Treinta!— exclama Ghoidiel, sabedora del peligro que corrieron. — Luego regresamos al camino. Encontramos restos de una batalla en el refugio junto a la Gran Roca y decidimos 375 dormir sobre ella. Grédorín se percató de que había una losa suelta. Al apartarla descubrimos una sala. En su interior, había un medio elfo muerto, quizás pocas horas antes, ya que el cuerpo no olía. — Se trataba del feo sectario que había huido con la Luz de Rosa— le aclaro la situación. — ¡Fuisteis vosotros!— exclama—. ¿Qué ocurrió? — Termina tu historia, después te contaré la nuestra— le animo a que continúe para no perder el hilo. — Tiramos el cuerpo a la desértica llanura y nos quedamos allí a descansar. El resto del camino pasó sin incidentes. Dormimos en Afghein— Sonríe Clarín—. Por cierto, qué ambientazo, de verdad… Estaba a rebosar la posada, con músicos y bailarines. Yo me animé a tocar un rato… nos reímos un montón, estuvo muy bien. Nos levantamos tarde y por eso he aparecido a estas horas. — Pues nosotros…— le cuento toda la historia detalladamente, mientras nos sirven la cena y me percato de que se empieza a llenar la posada. — Pues me he quedado con hambre— reconoce Shiroge a la camarera cuando recoge los platos del postre. — ¿Quiere algo más?— pregunta la joven. — Póngame un par de porciones de tarta, si es tan amable— contesta el eledín—. Con eso servirá. Pasamos un par de horas de bailes, al ritmo de la animada música de Clarín. En este espacio de tiempo, varios hombres nos han reconocido, especialmente a Shiroge. Pasamos un buen rato, pero llega el momento de irnos a descansar. Mañana por la mañana serán las ejecuciones y hemos sido invitados, ni más ni menos, que al palco del rey. Sería descortés no asistir. — Toc, toc, toc. El desayuno, señor— suena la puerta y una dulce voz femenina me despierta. Siento mi cuerpo 376 flotar sobre el suave tacto de las sábanas del mullido colchón de plumas, después de un merecido descanso. Ahora entiendo qué es eso de dormir a cuerpo de rey. — Adelante— contesto mientras estiro los brazos—. Déjelo en el escritorio. La sirvienta deposita la bandeja y tras despedirse con una sutil reverencia, abandona la habitación. Después del desayuno, me reúno con los otros Dalmas y los guío por la ciudad hasta la puerta de Estrian, tras la cual se ubica la explanada del coliseo. Los carteles en los muros anuncian el evento. “ESPECTÁCULO EN EL COLISEO Por la mañana: Espectáculos circenses de malabares y doma de bestias. Al mediodía: Ejecución de los traidores Torsen, Balduur, Altamir y Durmael. Serán entregados a las fauces de las hormigas tanque. Con la presencia de S.M. el rey Árathan VI”. Accedemos por la puerta principal, donde una línea de Yelmos de León nos abre paso, saludando inclinando sutilmente la cabeza. Subimos la escalinata y accedemos al lujoso palco, con sillones acolchados y tumbonas. Las mesas están llenas de aperitivos y varias sirvientas portan las bebidas. El rey no ha llegado aún, es temprano. En la arena un grupo de malabaristas y contorsionistas intentan entretener al todavía escaso público. Faltan un par de horas para el mediodía. Nos acomodan en un lateral, cerca de la barandilla, y nos sirven de beber. 377 — Tiiiirííííí— suenan las trompetas en el coliseo, que empieza a llenarse. Todos nos levantamos y resuenan los aplausos ante la llegada del rey Árathan VI. El monarca baja la escalinata hacia su asiento, un cómodo sillón situado en el centro del palco. Al pasar por nuestro lado nos saluda con la mano, a lo que respondemos con una reverencia. Las entradas del recinto empiezan a saturarse, se espera lleno. Por culpa de la rebelión, muchos hombres de Gáldoras han muerto y sus seres queridos desean asistir, en primera persona, a la ejecución de los responsables. El rey se acerca a la barandilla y saluda a la plebe, luego alza la mano y se hace el silencio. Suena un portón que se abre en la punta a nuestra izquierda. Dos bueyes arrastran un carro con los cuatro hombres maniatados. Traen el torso desnudo, luciendo las cicatrices de la tortura vivida en las últimas horas. El monarca quiere ejemplificar y por lo que se ve ha ordenado la condena más dura. Unos verdugos encapuchados los bajan del carro y los colocan en el centro frente al palco. Apenas se tienen en pie. Los dejan maniatados, pero con las piernas libres y mirando hacia el rey, antes de salir por uno de los laterales. — ¡Torsen, hijo de Galdrin! ¡Balduur, capitán de la Guardia del Tridente! ¡Altamir, almirante pirata! ¡Y Durmael, consejero de la corte!— grita el rey—. ¡Habéis sido condenados por alta traición contra vuestro rey, por sublevación contra vuestro pueblo y por rebelión contra nuestras leyes!— Hace una pequeña pausa—. ¡Por ello os sentencio a morir en este coliseo, bajo la mirada del rey al que habéis traicionado, ante los ojos del pueblo contra el que os habéis sublevado y en cumplimiento de las leyes 378 contra las que os habéis rebelado!— Alza de nuevo la mano. El pórtico de la derecha se abre. De la oscuridad del interior aparecen dos enormes hormigas. Miden más o menos un metro y medio, desde el suelo hasta el lomo y poseen unas enormes mandíbulas de medio metro y largas patas. Se mueven a gran velocidad hacia los condenados, que intentan huir aterrados. Durmael tropieza en el medio y uno de los gigantescos insectos se abalanza contra él, partiendo su torso en dos, entre sus poderosas fauces. Se oye una fuerte exclamación del público y un atronador aplauso. Mientras la otra hormiga acorrala a Altamir contra el muro, frente a nosotros. Clava su mandíbula en el tórax del almirante, derramando sus entrañas y se las empieza a comer, mientras el pirata aún sigue con vida. Balduur trata de soltar sus amarres, cuando es enfilado por la primera. Intenta maniobrar y lanza una patada a la cabeza del imponente insecto, que la obliga a retroceder. Sin duda el capitán de Estrian es un tipo duro. Pero a su regreso es embestido y derribado. La pesada hormiga se coloca sobre él y lo decapita. Torsen corretea intentando no ser atrapado, pero se ve encerrado entre las dos. Primero la de su espalda le arranca una pierna y la otra, la mitad del torso y un brazo. — ¡Á-RA-THAN, Á-RA-THAN!— el público extasiado corea el nombre del rey. El monarca se alza y saluda a las masas, que han saciado ya su sed de sangre. Después se gira y abandona el lugar. Al pasar a nuestro lado, nos hace un gesto para que le acompañemos. Nos levantamos y nos unimos al séquito. Una vez fuera del coliseo, el rey se nos acerca. 379 — Álerin, Néster y Wíldor acaban de llegar, nos esperan en palacio— nos informa al llegar a nosotros. Todos asentimos y continuamos la marcha junto a la comitiva, a través de la ciudad, ante los vítores de los ciudadanos, entre los que nos van abriendo paso los Yelmos de León. Al llegar a la sala del trono, veo al áratra acompañado por el abad y el señor del Espino Rojo. Están a un lado del trono, algunos consejeros se sitúan del otro lado. Árathan saluda a los recién llegados, que le responden con una reverencia. — Acompañadme, solo vosotros tres y los Dalmas— ordena el rey mientras se dirige a una puerta a la derecha del trono, ubicada tras los pilares, que sujetan la inmensa cúpula ornamentada, que acapara todo el centro del imponente salón del rey. — Tío Artis, general Vírsal, venid también— Un hombre moreno con bastantes canas y flamante armadura militar, que está a un lado junto a los pilares, sigue sus pasos. Pegado a él, le acompaña un hombre mayor, casi anciano, pero de espalda erguida. Se ve que el rey ha perdido la confianza en sus consejeros, que se quedan cuchicheando junto al trono. Todos obedecemos. Del otro lado del pórtico hay una gran sala de reuniones, con una enorme mesa junto a la que se disponen una decena de sillas a cada lado, con un sillón para el rey presidiéndola. Hay estanterías con libros, pergaminos y mapas, sin duda se trata de la sala del consejo del rey. 380 15 Una última tarea. Nos sentamos en torno al rey. Yo ocupo la punta del lado de la izquierda de Árathan, junto a Shiroge. El resto de los Dalmas se sitúan frente a nosotros. Álerin está a la izquierda del rey, al lado de Artis y Wíldor. Néster se sienta a la derecha del monarca, junto a Vírsal. — Esta es la situación— comienza hablando el rey—. La piedra rosa está en manos de Ostírelin, que se encuentra extrayendo la lágrima de Eneon en la Cordillera del Ojo. Además, han secuestrado a Marsel. — ¿El alquimista?— pregunta Álerin—. ¿El fabricante de pociones? — Así es— confirma Clarín—. Lo abordaron en la Gran Llanura, junto a la grieta. — ¿Qué sabemos de esa lágrima de Eneon?— pregunta el monarca. — La leyenda se remonta al final de la Gran Matanza— relata Álerin—. Una vez los últimos hombres cayeron en la batalla de Uur, Eneon, madre de todas las criaturas con la consciencia de los Ersan, sintió un gran vacío por la pérdida y voló hacia las estrellas, para vivir en Duka, la luna menor. Durante el ascenso sobre las tierras de Aradín, una de sus lágrimas cristalizó y en su caída formó un meteoro que impactó en el sur, formando la Cordillera del Ojo. Según los textos de Branar, máximo guardián de la luz blanca, en la torre de cristal, tiene el poder de la bendición. — Toc, toc, toc— Suena la puerta. — ¿¡Qué ocurre!?— grita el rey. 381 Un oficial entra en la sala y tras hacer una reverencia, camina tras nosotros hasta llegar al monarca. Luego se inclina y le susurra algo al oído. — Que pase— dice con voz tibia. El oficial asiente y se apresura de nuevo a la puerta. La abre y tras ella aparece un joven soldado herido. Luce un distintivo en su pecho: un sol amarillo sobre fondo rojo. El joven se sitúa del otro lado de la mesa y hace una reverencia. — ¡Habla muchacho!— apresura Árathan—. No tenemos todo el día. — Su alteza, majestad— arranca el tembloroso soldado—. Forteresma ha sido atacado, mi señor. Un ejército de al menos tres mil dragols y mil bolgs atravesaron el Gran Desierto del Destierro y sitiaron el fuerte. En la huida fui herido y llegué a duras penas a Balanar. Pude ver a lo lejos, que un enorme dragón rojo, de más de cincuenta metros seguro, seguía a las huestes. — ¿Cuánto hace de eso?— pregunta el rey. — Diez u once días, señor. Vine lo más rápido que pude. Partimos cinco desde Forteresma, pero fuimos asaltados en el camino y solo yo logré huir gravemente herido. — ¿Disteis parte en Balanar?— pregunta Artis al soldado. — Sí, mi señor— contesta—. Hace dos días. Sus soldados me escoltaron a caballo hasta aquí. — Las patrullas de la guardia del sur llevan informando, desde hace un tiempo, que ha habido movimiento de dragols en las montañas del Ojo— advierte el tío del monarca—. No han causado grandes estragos, pero estamos en alerta. Mis soldados los han mantenido a raya, hasta ahora, en los límites de la cordillera. Estoy aquí, en la capital, precisamente para pedir refuerzos majestad, ahora que la rebelión ha concluido. 382 — La situación es grave, tendremos que reunir al ejército— manifiesta preocupado el rey—. Posiblemente se dirijan hacia Gáldoras. — No creo que esas sean las intenciones de Ostírelin, majestad— le corrige Álerin—. A la vista de lo que sabemos, está extrayendo la lágrima. Las primeras escaramuzas han sido probablemente rastreadores buscándola. Una vez localizada, ha movilizado sus huestes para proteger el lugar. La lágrima de Eneon, debe de ser el material más duro que jamás haya existido, por eso necesita un alquimista, para poder penetrar en el cristal. Lo único que puede canalizar el poder suficiente para abrir la lágrima, es una piedra de la creación. Por eso no necesita el santórum… no pretende usar la Luz de Rosa, pretende canalizar su energía con ayuda del alquimista, para extraer el poder de la lágrima de Eneon. — El gran dragón rojo— Se levanta Néster—. Es ni más ni menos que Darlax, uno de los mayores destructores entre los Siervos de Amán. Su maldad solo se equipara a su inteligencia. Es un poderoso mago, conocedor de listas de hechizos perdidos. Fue creado por el Erdan de la muerte, usando el poder de la piedra de Órdor, tras el nacimiento de los bahaluks. Por suerte Thal, Erdan de la magia, ayudada por su esposo Krax, Erdan de la forja y los metales, fabricaron un collar para él, que contenía una profecía: su próxima batalla será la última batalla, pues en ella morirá. Darlax intentó por todos los medios arrancárselo del cuello, pero ni con ayuda del mismísimo Amán logró quitárselo. Desde entonces vive en las profundidades de Almerdán, temeroso de entrar en combate, alimentado por las víctimas de las criaturas de Amán y por los sacrificios de sus sectas. El que forme parte de esto, desvela las intenciones de Ostírelin: usar el 383 poder de la bendición de Eneon, para romper el maleficio del collar y liberar a Darlax de la profecía. — ¡Tenemos que evitarlo!— exclama el rey—. Un ser como Darlax podría acabar con todo el reino. — No solo eso— advierte Álerin—. Podría acabar con el equilibrio y asolar todas las tierras Antípodas. Vírsal extiende un mapa del sur de Aradín sobre la mesa. Un poco por encima del centro está Balanar, capital de las tierras del sur. A su oeste se encuentra Westad y bajo la pequeña ciudad sureña, la impresionante cordillera, que rodea un lago con forma de óvalo, llamado Rouren. — Intentar asaltar el lago es imposible, mi señor— El general señala el mapa—. Solo hay dos accesos por donde meter un ejército: uno al norte, el paso de Westad; y otro al suroeste, el paso de Gudur. Pero son dos estrechos desfiladeros. No creo que nuestro ejército sea capaz de atravesarlo, si es defendido por esa cantidad de huestes. — Pero existe un acceso, por donde una pequeña agrupación podría colarse sin ser vista— advierte Artis señalando la zona este de la cordillera. — ¿Una pequeña agrupación contra tres mil dragols y mil bolgs? Jajaja— ríe con ironía Árathan—. Es imposible. — Majestad— Me alzo de la silla—. Esta situación me recuerda a la vivida en el castillo de Kaalbhart. Aquella vez, Álerin propuso acertadamente enviar un señuelo, para movilizar las tropas enemigas: el grueso de sus huestes se desplazaría hacia el oeste del lago, si atacásemos a la vez por ambos flancos. No con el fin de vencer, solo aguantar y darnos tiempo a atravesar las colinas. — Podría funcionar, mi señor— afirma Vírsal mientras ojea el lugar—. Las tropas del Espino Rojo pueden embarcar en Estrian y usar la flota del mar del oeste para transportarlos dirección Gudur— El oficial señala una zona costera del 384 mapa—. Desembarcando en la gran cuenca y atacando el paso suroeste. Los Yelmos de León marcharán desde Gáldoras. Se unirán a la Guardia del Sur en Balanar y atacarán por el paso de Westad. En menos de una semana estaríamos listos para el ataque, si diéramos la orden ahora. — Yo guiaré personalmente a mis tropas, majestad— se ofrece Wíldor, señor del Espino Rojo. — Yo guiaré a los Yelmos de León hasta el paso de Westad— añade el general Vírsal. — Yo lideraré la compañía que se adentre en la cordillera— se ofrece Álerin el áratra—. Tengo mis cuentas pendientes con ese Ostírelin. — Estamos contigo— respondo a Álerin en nombre de mis compañeros, que se levantan de sus sillas. — Así sea— proclama el rey—. Yo hablaré con el consejero del tesoro y que pongan todos los medios a disposición. Se levanta la sesión. Álerin se reúne con nosotros en el salón del trono, al momento Artis se nos acerca. — Álerin— llama la atención del áratra—. Será mejor que vayamos juntos a Balanar, podemos partir cuando queráis. Allí tengo buenos mapas y os podré enseñar más detalladamente la ruta hasta el acceso. — Por supuesto— el elfo asiente—. Partiremos al alba. Usaremos lo que queda de tarde para preparar el viaje. Nos reuniremos en la puerta de palacio a primera hora. — De acuerdo— Artis hace una reverencia y Álerin se la devuelve como despedida. — Yo me encargaré del transporte y las provisiones, vosotros descansad— nos dice el áratra—. Mañana al alba nos reuniremos frente al palacio. Os prometo que ésta será vuestra última tarea. Si todo sale bien, me encargaré de 385 que nunca os falte de nada. Y hablo también en nombre del rey. Asentimos con una sonrisa y salimos de la sala. — Vayamos a cenar algo, ¿no?— propone el eledín—. Pero esta vez algo más normal. Mirmi, ¿no sabrás de algún sitio donde sirvan buena carne de Fálkdir? — Pues la verdad es que sí— Se levanta una mueca de alegría en su rostro—, hay una buena posada cerca de la puerta noreste, en la plaza del templo de Tísmik, se llama El Buey con Asas. Es famosa y de buen gusto. — ¿A qué estamos esperando?— apremia el grandullón. Salimos de los muros del castillo por la puerta del este, que se ubica junto a la Taberna real. Al pasar junto a ella, los porteros nos saludan con la mano y nos adentramos en la recta avenida. Desde lo alto, se ve con claridad al fondo de la vía, el templo de Tísmik. — Esta zona es muy frecuentada por comerciantes— explico a mis compañeros el porqué de que la zona esté tan concurrida, en las últimas horas de la tarde—. De hecho, Tísmik, además de ser el dios del juego y el azar, también lo es del ingenio. Es muy venerado en la capital. Justo detrás del templo alcanzamos la taberna El Buey con Asas como se lee en el letrero justo sobre la puerta. — Jajaja— se ríe Shiroge al ver el dibujo de un buey, con asas en los costados, que decora el letrero—. Ahora lo entiendo. Si tiene alas es “alado”, si tiene asas es “asado”. — La verdad, yo no me había percatado— reconozco. La posada es amplia y bastante bonita. Con todo el salón de madera de roble y bien decorado con grandes lámparas de techo. Han restaurado barriles usados que sirven como mesas. El ambiente es jovial y el lugar está lleno. 386 Rápidamente al entrar nos reconocen, especialmente a Shiroge, y nos ceden amablemente una mesa. Sin duda nos hemos hecho famosos. Después de una alegre tarde, después de cenar ternera asada hasta que Shiroge dijera “no puedo más”, después de bailar y cantar y de contar historias de las hazañas vividas, al brindis de los oyentes… regresamos a casa. Me percato de que no nos han dejado pagar absolutamente nada. — Pues sí ha salido barato el festín— bromeo con mis compañeros. Entre risas y canturreos, ascendemos la cuesta de la avenida, de regreso a nuestros aposentos. Mañana nos espera un viaje de dos días hasta Balanar y desde allí, nos adentraremos en la misión más peligrosa de nuestras vidas. Es preciso descansar. Suenan los carros de las sirvientas y abro los ojos. Voy a echar de menos esta cama. Me levanto y me pongo mi ropa de viaje. Cojo mis armas y todos mis accesorios y salgo al pasillo. Hago un pequeño bocadillo, con pan y embutidos del carro de la camarera y me lo como mientras bajo a las puertas del palacio. Ya están todos, solo falta Shiroge. Después de dar los buenos días y preparar mi caballo, aparece el eledín y por fin podemos partir. Tras dejar atrás los muros de la ciudad, tomamos dirección sur hacia Balanar. La ruta es tranquila. Llevamos en la comitiva una patrulla de Guardias del Sur, formada por ocho soldados, los escoltas de Artis, que disuaden cualquier peligro. Hacemos parada a medio camino, vamos a buen ritmo. Pasamos la noche en la casa de un noble sureño, llamado Édesar, que nos da cobijo y comida en su gran villa. 387 El segundo día transcurre con la misma tranquilidad. La vía discurre por una zona más árida y calurosa. Por fin al anochecer, alcanzamos una loma desde donde se ve Balanar, a poco más de tres kilómetros. De fondo, se aprecian las enormes cordilleras, que a pesar del calor, aún se mantienen moteadas por la nieve, que se acumula en sus altos picos. Dejamos del lado derecho una desviación hacia Westad y continuamos entre pequeñas granjas, hasta las puertas de la muralla de madera, que rodea el centro de la ciudad, ubicado en una pequeña colina. Nos dan paso prioritario y accedemos por una avenida, que asciende con suavidad y en línea recta, dirección al castillo de granito sobre la cima. A unos quinientos metros se abre una plaza, en cuyo centro hay una fuente. Es abastecida a través de un acueducto, construido en el medio de la ancha vía, del otro lado, frente a nosotros, y que desciende desde la fortaleza por el centro de la avenida principal. Las casas del centro de la ciudad están pintadas de cal y tienen los techos de madera con la visera alargada. Nos abren el pórtico principal del castillo, situado junto a las canaletas que llevan el agua hasta el acueducto. Accedemos al patio interior, donde hay dos grandes pozos de los que se extrae agua continuamente. Tiene un sistema de cubos, conectados a un molino de viento, que se van volcando en los conductos, que bajan hasta unas cañerías que atraviesan los gruesos muros de piedra abasteciendo las canaletas. — ¡Preparad cena para nuestros invitados!— grita Artis al servicio, al entrar en el palacete— ¡Y aposentos para todos en el ala oeste! Las sirvientas nos acompañan a nuestras habitaciones. 388 La mía sin duda también parece muy cómoda, con todos los elementos, pero la sala es muy sencilla y la cama algo más pequeña que la del castillo de Gáldoras. Tras dejar lo prescindible, bajo a la entrada y me indican hacia el comedor. Un gran salón con una única mesa, con capacidad para unos veinte comensales por lado y en cuya punta dispone Artis de un lujoso sillón, acolchado con tela aterciopelada. Shiroge y Ghoidiel están sentados cerca del señor del castillo y charlan con él. Yo ocupo una silla cerca de ellos y el resto de los invitados empiezan a aparecer. Una vez estamos todos, incluyendo algunos cortesanos y familiares del anfitrión, comienzan a posar sobre la mesa jarras de cerveza y botellas de vino y agua. Después aparecen fuertes sirvientes con enormes bandejas, que contienen un nutrido bufé variado con carnes, mariscos, arroz, pasta, verduras y toda clase de salsas, además de otra bandeja con repostería y fruta fresca. Veo la cara de Shiroge, me recuerda a Éder, el mozo de la taberna El Sauce Feliz. Puso una mueca parecida cuando le entregué la moneda de bronce, como si tuviera un tesoro en sus manos. — Vayamos a mi sala de reuniones— nos ofrece Artis tras la cena. Los miembros de la compañía nos levantamos y le seguimos. Nos lleva por un pasillo y subimos unas escaleras. En el rellano hay una gran puerta, tras ella una sala con una mesa grande y redonda en el centro. Un par de estanterías ocupa las paredes de ambos lados y una gran terraza en frente, separada por sutiles telares blancos, que cuelgan del techo, permitiendo correr la fresca brisa que desciende desde las montañas. 389 Nos sentamos en torno a la mesa. Mientras, el viejo tío del rey coge un mapa de uno de los muebles y lo coloca en el centro. Es un dibujo preciso y muy detallado de las cordilleras. Balanar aparece en la parte superior derecha. — Os explicaré la ruta— Comienza a señalar en el mapa—. La cordillera se sitúa a unos veinticinco kilómetros de aquí. Si seguís el camino de Forteresma, durante media jornada, alcanzaréis un sendero que se dirige hacia este saliente montañoso. Desde ahí, veréis hacia el sur otros dos salientes, con dos altos picos. El acceso se ubica entre ambos. El sendero se bifurca cerca del pie de la montaña: es probable que necesitéis toda una jornada para alcanzar este punto. Tomad a la izquierda, hacia la vertiente sur. Atravesad la arboleda y el arroyo hasta el siguiente saliente y desviaos por la falda de la montaña, por la cara sur. Veréis un angosto paso, que os llevará a un pequeño valle, que calculo alcanzaréis al anochecer del segundo día. Del otro lado del valle hay una puerta que da a un túnel. La llamamos Puerta de los Primeros Hombres. Está sellada con una pesada losa cilíndrica. Tendréis que dedicar más de otra jornada, si lográis no perderos en el corazón de la montaña, para alcanzar el otro lado. Desde la vertiente oeste podréis divisar el lago y esperar el movimiento de las tropas enemigas. A partir de ahí, tendréis que buscar una ruta por vuestra cuenta y encontrar al oscuro elfo. — Han pasado dos días hasta llegar aquí— reflexiona Álerin—. Si tardaremos al menos tres para llegar, no disponemos de demasiado tiempo, un par de días de margen como máximo. Lo mejor será partir mañana. Todos asentimos. Sin duda pueden surgir contratiempos y dada la importancia de la misión es mejor ir con margen. 390 — Al alba nos reuniremos en el patio frente al palacio— nos convoca el áratra. — Mandaré que preparen provisiones— ofrece Artis. Nos despedimos y salimos de la sala. — Voy a buscar un templo— anuncio a los Dalmas—. Será mejor tener a los Erdan de nuestro lado. — Yo te acompaño, Mirmi— Shiroge me sorprende, no es hombre de rezos. De hecho, desde la vez que estuvimos en el templo de Túlmar en Estrian, no le he vuelto a ver entrar en uno. Nos despedimos del resto y salimos del palacete. Bajamos hasta la plaza principal. Damos una vuelta callejeando por el interior de la zona amurallada, que contiene más de media docena de pozos, uno en cada una de sus plazuelas. Es evidente que el agua es un bien escaso en esta árida zona del reino. Hemos visto tres posadas, la más grande El Ojo de Balanar, se sitúa en la plaza principal; otra, El Pozo sin Fondo, junto a la puerta oeste; y por último, una pequeña taberna de nombre El Guardián Sediento, junto al edificio militar en el sur, tras el castillo. En la plazoleta frente a la última, hay un pequeño templo dedicado a Héctoras, Erdan del combate y la guerra. Sin duda muy oportuno dada la situación. El eledín se une a mí en las plegarias y dejamos una suculenta ofrenda de cinco monedas de plata, para el cuidado de su templo. Tras las oraciones regresamos al palacete y nos vamos a descansar. — Toc, toc, toc— Suena la puerta de mi estancia y abro los ojos, ya hay claridad. — ¿Sí?— respondo a la llamada. — Mirmi, te estamos esperando…— es el grandullón, parece que me he quedado dormido. 391 — ¡Ahora salgo!— Me levanto como un resorte y salgo de la habitación. Al llegar a la puerta del palacete, me percato de que toda la comitiva está lista y esperándome. Quieren aprovechar las horas frescas de la mañana, para recorrer el largo camino a pie, por la árida llanura hasta las montañas. Finalmente, Álerin da la orden y partimos dirección sur, rodeando el castillo. El calor de la media mañana se hace un tanto insoportable, por el polvoriento y casi desolado camino que discurre hacia el este de la cordillera. — Aquí está el sendero— Señala el áratra un estrecho paso, oculto por unos cactus y amarillentas hierbas. Avanzamos por él durante otras cinco horas, acercándonos al pie de la inmensa montaña, que forma un saliente en la cordillera. Empieza a caer la noche cuando alcanzamos la bifurcación ya en una zona más fresca, moteada por una ligera arboleda, que se espesa a medida que ascendemos a zonas más elevadas. — Busquemos refugio por aquí— propone Álerin—. Si es cierto que las montañas han sido tomadas por las criaturas de Amán, a partir de aquí la ruta se vuelve más peligrosa. Asentimos y buscamos por las inmediaciones un lugar escondido donde acampar. — Este parece un buen lugar— Encuentra Semín un pequeño badén rodeado de árboles. Nos instalamos y repartimos las guardias. Yo hago la primera junto al medio elfo. El sigiloso encapuchado se ocupa de vigilar los alrededores. Por suerte, pasan las tres horas sin incidencia. Álerin y Ghoidiel se quedan de guardia y me echo a dormir. 392 — Arriba, Mirmi— me susurra Shiroge, y abro los ojos—. Es hora de continuar. Apenas comienza a clarear el sol en el este cuando comenzamos la marcha. El sendero se retuerce entre las boscosas aristas al pie de la gran montaña y desciende ligeramente, entre unos barrancos por una zona húmeda, recorrida por un pequeño arroyo formado por el deshielo de las cumbres. Al ascender de la zona más baja del barranco, alcanzamos el saliente de la siguiente montaña y abandonamos el sendero, dirección a su falda. La rodeamos por su vertiente sur, campo a través, y al alcanzar un resorte, vemos el paso mencionado por Artis. Continuamos hasta llegar al angosto desfiladero y cruzamos por él intentando ser sigilosos. Justo del otro lado se abre un valle y comienza a ponerse el sol. — Esta zona es peligrosa— alerta el áratra—. Será mejor avanzar de día, busquemos un sitio para acampar. Ghoidiel se percata de una zona un poco elevada, a la izquierda de nuestra posición. El entorno es boscoso y parece un buen refugio. Repartimos de nuevo las guardias. Esta vez me toca la última junto a Clarín. Ghoidiel me despierta, ha llegado nuestro turno. — Algo se aproxima— susurro al mago transcurrida una hora, al ver una bandada de pájaros alzarse al norte de nuestra posición, no muy lejos. El elfo prepara uno de sus hechizos y yo despierto al resto de la compañía. Justo se alzan, cuando vemos aparecer un grupo de seis dragols, dirigiéndose en carga hacia nosotros, a menos de cincuenta metros. Hay un dragol más grande y musculado que el resto, con tres membranas rojas sobre su cabeza y que le saca una cabeza al resto. 393 — ¡Zas!— El proyectil de Clarín impacta contra el líder y lo derriba. Un sonoro zumbido resuena a lo largo de todo el valle. Ghoidiel lanza una flecha a otro de ellos, impacta en su pecho y retrocede. Los demás cargamos, incluido Álerin. Shiroge lanza un fuerte golpe con su mandoble y raja el torso de uno de ellos de arriba abajo. Yo golpeo con mi lanza en el cuello de otra de las criaturas cortándole la yugular. Semín acaba con su adversario con un fuerte golpe bien colocado que atraviesa los pulmones del dragol. Álerin impacta con su bastón en la cabeza de su rival y lo deja inconsciente. El eledín remata con presteza al herido por la flecha de la arquera. — No uses el proyectil más, Clarín— el áratra recrimina al mago—. Es demasiado ruidoso y debemos pasar desapercibidos. Gruñidos resuenan a lo largo del valle. — Rápido, tenemos que movernos— apremia Ghoidiel—. Creo que vienen más. Nos dirigimos, con la presteza que nos permite la noche, hacia el otro lado del valle. Sin duda nos persiguen, escucho las fuertes pisadas de bolgs tras nosotros acercándose. Después de una hora de carrera comienza a salir el sol, estamos muy cerca. — Maldita sea, nos han rodeado— se percata Álerin al llegar a un claro y se detiene. Todos nos paramos y formamos en círculo. Entre la arboleda aparecen tres bolgs por el este y un grupo de ocho dragols por el oeste, todos equipados con armamento militar. 394 Clarín no duda, lanza su bola de fuego hacia el grupo de dragols. El impacto consigue alcanzar a tres de ellos y caen. Álerin lanza un proyectil a uno de los bolgs, que golpea su cabeza y muere en el acto. Ghoidiel dispara una flecha a otro de los dragols y le alcanza justo en el corazón, matándolo instantáneamente. Shiroge carga contra otro bolg y yo voy a por el que queda. El eledín golpea con fuerza a la enorme criatura en el brazo y lo desarma. Yo consigo esquivar el ataque de mandoble que me lanza mi adversario y contraataco con un golpe débil, pero bien colocado, contra una de sus piernas. Los cuatro dragols llegan a la posición de nuestros compañeros. Semín encara a dos de ellos. Un buen golpe con su katana impacta de plano en la cabeza de uno de sus adversarios, que cae inconsciente. Seguidamente consigue repeler el ataque del otro con su escudo. Un enemigo se abalanza contra Clarín, que lanza su rayo in extremis, golpeándole en el abdomen, a solo un par de metros de distancia, destruyéndole varios órganos vitales. El último se dirige a por Ghoidiel, que hace una acrobacia con un salto hacia atrás. Al apoyar los pies, le devuelve un flechazo que impacta en su hombro. Shiroge lanza un segundo ataque a su desarmado oponente, clavando la punta de su enorme espada en el pecho del bolg, que cae muerto a sus pies. Mi rival logra lanzar un nuevo golpe, aunque con dificultad, debido a su herida en el pie. Lo esquivo con soltura y tras pasar bajo su brazo, hinco con fuerza mi lanza en su axila, penetrando hasta el cuello y acabando con él. Semín vuelve a la carga contra su otro adversario. Las capacidades de combate del medio elfo han mejorado 395 mucho, un gran golpe con su espada sega el cuello del dragol, que cae ahogándose en su negra sangre. Un segundo ataque de Ghoidiel acaba con su ya herido oponente, con una flecha que alcanza su costado. — Corramos a la puerta— Álerin señala la pared de la montaña, hacia el oeste, y nos apresuramos. Al alcanzar la base, encontramos la puerta descrita por el señor de Balanar, con la enorme roca, de casi tres metros y forma cilíndrica, que tapona el acceso. Shiroge la empuja con fuerza desde un lado y comienza a rodar, abriéndose el paso. Una vez estamos dentro, el eledín vuelve a colocarla en su lugar. Álerin enciende una luz mágica y vemos, del otro lado de la puerta, un túnel cavernoso que se retuerce a pocos metros de distancia. — Continuemos— apremia el áratra. Avanzamos por la cueva, que serpentea entre húmedas paredes. Se forman estalactitas y estalagmitas en cada uno de los frecuentes ensanches, desde donde van saliendo algunos ramales de menor calado, que vamos dejando a los lados, mientras avanzamos por el cavernoso pasillo principal. — He oído algo— alerta Semín en baja voz—. Detrás de aquel recodo— nos indica. Álerin baja el tono de su luz y distinguimos el tenue brillo de antorchas. El encapuchado medio elfo se acerca sigilosamente hasta la esquina, mientras nosotros mantenemos la posición. —Hay seis de esos dragols— susurra el Dalma al regresar—, incluyendo uno de esos más grandes. Se apostan en una plataforma detrás de una escalinata de piedra tallada. Tras ellos hay dos accesos. 396 — ¿Solo seis?— pregunta el confiado eledín—. ¡Vayamos a por ellos! — Clarín y Ghoidiel— llama la atención el áratra—. Salid conmigo y lancemos los proyectiles, el resto cargad tras nosotros. Todos asentimos y nos acercamos agachados, sin hacer ruido, hasta el vértice del giro. Una vez estamos listos, los tres elfos salen juntos y disparan sus rayos y la flecha. Tres de los enemigos sucumben sorprendidos con los impactos. Los demás cargamos. Decido lanzar mi lanza de precisión, una vez enfilo a uno de ellos. El arma atraviesa el pecho del dragol cortando músculos y tejidos, atravesándolo a la altura del estómago. El grandullón da un salto y alcanza la plataforma, frente al más grande de los adversarios y le golpea con fuerza, cortándole su reptiliana cabeza. Semín se enfrenta al que queda, maniobra con su espada y lanza dos rápidos golpes que lo desarman, incrustando su katana en el pecho del enemigo, que cae muerto a sus pies. Miro a mi alrededor. Estamos en una caverna tallada, donde bifurcan dos pasos rectangulares uno junto al otro sobre la plataforma. Los elfos llegan a nuestra posición. — ¿Y ahora, qué?— pregunta Ghoidiel. — La ruta de la derecha asciende y la de la izquierda desciende— se percata Semín. — Debemos de elegir un camino— muestra Álerin su falta de conocimiento sobre el lugar. — Pues a la derecha— propone Clarín. — Está bien— asiente el áratra. Nos adentramos por la derecha, por el túnel de rampa ascendente, que gira hacia la izquierda a pocos metros, 397 para volver a girar a la derecha. Llega a una nueva bifurcación donde la cueva se allana. — Tomemos de nuevo a la derecha— propone Clarín—. De ser el camino incorrecto podremos regresar volviendo por nuestros pasos. — Me parece bien— responde el desorientado áratra. — Haré una marca para saber que hemos pasado por aquí, señalando la dirección tomada— informa Semín. El medio elfo dibuja una flecha en medio de la bifurcación señalando a la derecha y avanzamos por ese lado. Tras unos cien metros de nuevo el encapuchado se detiene. — He oído el eco de una especie de gruñido— hace saber. — Avancemos con sigilo— propone Ghoidiel. Continuamos haciendo el menor ruido y con las armas preparadas. Semín va el primero seguido por Shiroge, los elfos van en retaguardia. Tras un giro a la derecha, llegamos a un pequeño estrecho, casi taponado por rocas y estalactitas, pero que deja hueco suficiente para pasar. El medio elfo se asoma. — Hay tres bolgs, uno de ellos está devorando un oso que parece que han cazado— nos explica el encapuchado—. Hay una puerta detrás por la que emana algo de luz natural, parece una salida. Me asomo tras él y me percato de que estos bolgs no están equipados con armamento de guerra, sino con garrotes. Parece que esa cueva es su hogar. — Retrocedamos— propone Álerin—. Probemos por el otro camino. Hacemos caso a las instrucciones del líder de la compañía y volvemos por nuestros pasos, hasta la segunda bifurcación. Tomamos el otro camino después de que Semín marque con una X al lado de la flecha. No avanzamos demasiado, 398 cuando me percato de que ese camino nos lleva en la misma dirección. — Creo que llegaremos al mismo sitio— hago saber mis conclusiones. La compañía se para. — Pero la claridad que vemos puede ser la salida que buscamos— advierte Shiroge. — Artis dijo que tardaríamos más de un día en cruzar las montañas— responde Clarín—. Apenas llevamos cuatro horas por este pasadizo. — Pero podría haber un paso del otro lado, una entrada a una nueva cueva— argumenta Ghoidiel. — Son solo tres bolgs y no están muy bien equipados— responde Shiroge—. Yo propongo que acabemos con ellos. — De cualquier forma, sea o no sea la salida correcta, desde fuera podremos orientarnos mejor y nos ayudará a tomar la mejor ruta en el futuro— resalta Álerin. — Pues adelante— Agarro mi lanza—. No tenemos tiempo que perder. Continuamos por el pasillo, alcanzamos un pequeño giro que abre hacia la sala y nos preparamos. Clarín agarra sus bolas para ahorrar poder, seguro que no quiere verse de nuevo en la situación de la pirámide de Ankhaún. Ghoidiel prepara su arco y Álerin se concentra para lanzar un escudo mágico sobre mí, el eledín y el medio elfo, que seremos la primera línea de lucha. Salimos a la carga. La flecha de la elfa vuela hasta impactar contra el hombro del que está en el flanco izquierdo, por donde voy, y las bolas del mago golpean el hombro del que está a la derecha, hacia donde se dirige Semín. Shiroge carga contra el del medio. 399 Los sorprendidos bolgs no tienen tiempo de reaccionar cuando reciben los ataques. El grandullón embiste con su escudo y derriba a su oponente, preparando seguidamente su ataque con el mandoble, que acaba con su desprotegido adversario. Yo hago un ataque con mi lanza, que consigue impactar en la pantorrilla de la horrible criatura, que responde con un puñetazo que consigo detener con el escudo. Semín golpea con su espada de frente. El golpe, aunque bien dirigido, no logra acabar con el bolg, que agarra su maza y ataca al medio elfo haciéndole retroceder. El eledín acude en ayuda de Semín y se enfrenta al otro enorme bolg. Detiene el ataque de garrote con el escudo y asesta un mandoblazo de costado, que corta el vientre del adversario desparramando sus oscuras entrañas. Yo vuelvo a atacar a mi enemigo, que intenta detener mi lanza agarrándola. Al tirar de ella, el duro acero de la hoja corta la mano del bolg, que grita. Una nueva flecha de Ghoidiel acierta en el ojo de la criatura de Amán, que clava sus rodillas y se derrumba enfrente de mí. — ¿Estáis todos bien?— pregunta el áratra. Asentimos. El golpe recibido por el medio elfo ha sido de refilón. No le ha causado más daño que un pequeño moratón en el costado. Salimos por el claro acceso, del otro lado de la sala. Estamos a una altura considerable, muy cerca de la zona donde se mantienen las nieves. Frente a nosotros, hacia el oeste, hay una segunda línea de montañas que conectan con la nuestra. — Debe de ser el otro camino— advierte Álerin. — Eso parece— respondo. Nos giramos y volvemos a la sala de la pasarela, donde luchamos con los dragols. 400 Tras un descanso para comer, tomamos el camino por la izquierda. Avanzamos por la oscura ruta, alumbrados por la luz del áratra. Tras un par de horas de bajada, alcanzamos el punto más bajo, donde se abre una gran caverna con un arroyo de aguas subterráneas. Fluye frente a nosotros con bastante fuerza, penetrando por un hueco, entre las rocas de la pared de enfrente, justo al lado de un acceso tallado. — Debe de ser por ahí— se percata Ghoidiel. Continuamos durante otras tres horas. La gruta asciende nuevamente pero con suavidad. Tras un último giro, me percato de los últimos rayos de sol, que entran por un acceso al fondo. Al salir, vemos el enorme valle en el medio de la Cordillera del Ojo. Nos encontramos en una repisa, en medio de la escarpada pared de un enorme desfiladero, de más de quinientos metros de caída. Se oye el sonido de la cascada que salta desde el lateral, unos doscientos metros más abajo, un poco a nuestra derecha. Sus aguas rugen con fuerza tras una caída de trescientos metros, alimentando una laguna de la que sale un riachuelo, que serpentea hasta el lago de Rouren. Hay un sendero junto a la repisa. Desciende hasta la base de la montaña por nuestra izquierda, pegado a la pared. En el fondo del valle, distingo dos enormes campamentos a cada lado del lago, al norte y al sur. Sin duda son el grueso de las huestes enemigas. — Quedémonos aquí— propone Álerin—. La visibilidad es buena y podremos ver los movimientos del enemigo cuando aparezca el señuelo. Todos asentimos y nos instalamos a la entrada de la cavernosa gruta. 401 402 16 La profecía de Darlax. Asignamos las guardias. Esta vez me toca hacer la primera junto a Álerin. Una vez se han dormido los compañeros, nos sentamos fuera en la repisa a tomar un poco de aire fresco de las montañas. — ¿Quieres un poco de tabaco?— ofrece el elfo. — Sí, gracias— respondo—. La verdad es que con el estrés de la misión olvidé comprarlo en Gáldoras. Saca una bolsa y me ofrece unas hebras. Las prenso en mi pipa y la enciendo. — Tengo una curiosidad— llamo la atención del áratra—. En el consejo del rey, dijiste que tienes cuentas pendientes con Ostírelin. ¿Puedo saber de qué se trata? — La verdad es que es un largo relato, pero parece que tenemos tiempo para él— Da una calada a su pipa—. La historia se remonta a antes de la Gran Matanza. Por aquella época, existían tres reinos de los primeros hombres en Aradín. Castria, en el noroeste, era el menor. Ocupaba desde los Páramos Rocosos hasta Íshar, cuya capital era Bandur y regía por entonces un rey llamado Ólof. Delfiria, cuya capital era Bársel, ocupaba el noreste, todo el territorio por encima del río Gáldor hasta la costa, cuyo rey era Húmer. Y Silvaria, el mayor de todos, que ocupaba todos los territorios al sur y cuya reina Almoi, gobernaba desde su capital, Gudur. Yo formaba parte de la diplomacia enviada para firmar un tratado de paz entre los reinos, después de cincuenta años de luchas. Se mandó construir la ciudad de Estrian, justo en el vértice donde se encontraban los tres reinos. Serviría como sede diplomática, con representantes de los tres regentes. 403 Durante quince años hubo paz. Yo me quedé en Estrian; se me asignó el cargo de custodio del tratado, conocido como áratra. Hice buenas migas con gentes de todos los reinos durante ese periodo. Entre ellos Ásher, un elfo Dalma, que había sido contratado en varias ocasiones para intervenir en misiones de paz, con el que hice estrecha amistad. Ostírelin llegó a la ciudad en esos días. Era un joven elfo como yo, con un gran futuro, ya que provenía de una de las familias más poderosas de las Tierras Antípodas. Engañó a Ásher y su grupo para ayudarles en una misión, con el pretexto de conseguir un objeto robado a su familia. Lo cierto es que consiguió que le llevaran a la peligrosísima ciudad de los muertos. Era una antigua urbe, hoy en día devorada por el Gran Desierto del Destierro, no muy lejos de Almerdán. Allí había tenido lugar la última gran batalla entre elfos y eledines, antes del nacimiento de los primeros hombres, cinco mil años atrás. Un lugar maldecido por el mismísimo Ráldar, Erdan de la nigromancia. Lo cierto es que su propósito era recuperar el elixir de Amán, un brebaje fabricado por el Erdan de la muerte, capaz de envenenar a los hombres, convirtiéndolos en bestias salvajes. Primero manipuló a mi amigo con sus artes oscuras, convirtiéndolo en su lacayo y le ordenó engañarme. Tenía que dar el elixir a los reyes, en el concilio previsto para aquel año, y provocar de nuevo la guerra entre los reinos. Usando canales oscuros de magia, Ostírelin envenenó los pozos del reino con el elixir y los primeros hombres empezaron a ser más agresivos. Se comportaban como bestias: quemaban bosques y mataban sin pudor a cualquiera que se ponía en su camino. Tras la guerra fraticida, los reinos quedaron bajo el mando del joven Rubrem, hijo de Ólof, que comenzó a hacer campañas hacia el norte de las montañas Pirein. 404 Arrasaban con todo, ninguna de las otras razas era capaz de frenarlos. Desarrollaron una horrible tecnología para la guerra: carros blindados y armas de fuego. Tras sus pies el suelo se llenaba de sangre y ceniza. Elfos, eledines y bahaluks hicieron una alianza contra ellos. Pero no lograban detenerlos, así que sus líderes rezaron a los Erdan, que por entonces ya no vivían en las tierras Antípodas, sino en su isla, más allá de los océanos, y les pidieron ayuda. Al comprobar los Erdan el estado de su creación, acordaron actuar y comenzó la Gran Matanza, que como sabes, acabó con todos los primeros hombres y que concluiría, casi doscientos años después, en la batalla de Uur. — Pero si Rubrem fue el último rey de los primeros hombres, ¿cuántos años tenía en la última batalla?— las cuentas no me cuadran. — Doscientos treinta y seis— contesta Álerin—. Los primeros hombres tenían la longevidad de todas las razas, unos quinientos años. Salvo los elfos, que habían conservado la inmortalidad tras el sacrificio de Esiel, príncipe elfo y padre del primer medio elfo… pero esa es otra historia. — ¿Y por qué ahora los humanos vivimos sólo unos cien años?— me intereso. — Ciento doce años, tres meses, cinco días y ocho horas es el tiempo máximo que el cuerpo de un hombre puede vivir. Los Erdan quisieron redondear— responde el áratra—. Eso acordaron en su juramento. No confiaban del todo en que los hombres no volvieran a caer en desgracia y decidieron acortar sus vidas. A cambio les hicieron más fértiles. — Entiendo— asiento—. ¿Nunca has podido enfrentarte a Ostírelin? 405 — Solo pude verle los primeros días que pasó en Estrian. Una vez estalló la guerra entre los hombres, tuve que huir de Aradín— contesta el elfo—. Fui enviado de regreso tras la reunificación, cincuenta años después del nacimiento de los segundos hombres. Árathan I, ancestro del rey actual, unificó casi sin oposición los siete señoríos y firmó un tratado con todas las razas, en el cual se reconocía que él y su sangre, serían garantes de que los hombres del reino de Aradín, no volvieran a atacar fuera de sus fronteras, a cambio de recuperar todo el territorio bajo su reinado. Todo este tiempo Ostírelin ha estado oculto en Almerdán, trabajando en la sombra. Por lo que sé, Áshar sucumbió a la tortura de las oscuras artes de Ostírelin y perdió toda conexión con sus orígenes, convirtiéndose en una especie de demonio y la mano derecha del malvado mentalista. — ¡Vaya!— digo atónito—. Ahora entiendo por qué quieres verte las caras con él. El mago asiente y se queda pensativo un rato. Yo le doy vueltas en la cabeza al relato que me acaba de contar. He leído muchos libros de historia, pero en la pequeña biblioteca de mi abuelo, no había ninguno sobre el fin de los primeros hombres y el nacimiento de los nuevos. — Es hora de cambiar la guardia— advierte—. Será mejor que descansemos. Despertamos a Semín y Clarín y nos vamos a dormir. Caigo en un sueño profundo aún con el relato del elfo en mi cabeza. Escucho el canto de los pájaros y noto claridad, así que abro los ojos. Veo a todos mis compañeros, salvo Semín. Están despiertos, asomados entre las sombras, mirando los movimientos de los enemigos. No hay rastro del medio elfo. — ¿Alguna novedad?— me intereso por la situación. 406 — Mira el lago— me responde Clarín—. ¿Ves la isla? Intento agudizar mi visión en la lejanía, pues hay al menos quince kilómetros en línea recta hasta el lago. Pero distingo una mancha, pequeña, cerca de la orilla este, donde parece que han montado un campamento. — Algo veo, pero no distingo nada— respondo. — Pues sospecho que Ostírelin se encuentra allí— afirma Álerin—. Semín ha bajado a comprobar la zona, decía que era más seguro que fuera él solo. Hace una hora que partió. — Esperemos que no le ocurra nada— digo con preocupación. — Es un experto explorador, confiemos en él— contesta Clarín. Tras toda la mañana de tensa espera, regresa por fin nuestro encapuchado compañero. — He encontrado una forma de ir hasta el lago— informa al subir a la repisa—. Si bajamos pegados al riachuelo, por aquella zona boscosa, nos lleva directos hasta la isla. Habrá unas dos horas de marcha por la ribera hasta el límite del bosque, a un par de kilómetros del asentamiento. Disponen de media docena de caballos, han montado unas tiendas y un improvisado embarcadero. Desde allí, por lo que he visto, van en barca hasta la pequeña isla, a menos de medio kilómetro, donde hay otra tienda más grande. — Entre la bajada y el recorrido, unas tres horas— calcula Álerin. — Así es— afirma el medio elfo—. Pero va a ser difícil recorrer la última parte sin ser vistos. Es una llanura con algunos matorrales y piedras, pero es poca cobertura para un tipo tan grande como Shiroge. — Pues cargaremos de frente si nos descubren—responde el aludido eledín—. No nos queda más alternativa. 407 —Tendremos que tomar decisiones sobre la marcha— añade Álerin. Tras el almuerzo, pasamos la tarde observando desde nuestra posición. El nerviosismo es palpable. — ¡Tuuuruuuu!— Suenan trompetas de guerra cuando empieza a ponerse el sol. Vemos los dos campamentos que empiezan a formar: los bolgs en el norte y los dragols en el sur. Cada uno de los ejércitos se dirige hacia uno de los pasos. Los últimos rayos del sol reflejan la piel rojiza del enorme dragón, que sale de entre las montañas y se coloca en el suroeste, tras el ejército de dragols, pero sin alejarse del lago. — Es la hora— advierte Álerin—. Han detectado nuestras tropas acercarse a los pasos. — ¡Tenemos a los Ersan de nuestra parte!— exclama Semín—. El refugio de la noche nos ayudará a acercarnos sin ser vistos. Nos apresuramos a bajar de la montaña, por el escarpado sendero en el borde del barranco. No dejo de prestar atención a Darlax, aprovechando los últimos rayos de sol. Con dificultad me parece distinguir el collar plateado en su cuello. Parece que, de momento, Ostírelin no ha logrado su propósito. Estamos a tiempo. Al llegar a la base tomamos dirección al riachuelo. Una vez allí, nos adentramos en el bosque y avanzamos con sigilo, pero sin perder un minuto. En la oscuridad de la noche alcanzamos el límite boscoso y paramos a mirar la situación. Hay candiles encendidos en las tiendas junto al embarcadero. — Acechemos hasta el campamento— ordena Álerin. Nos agachamos e intentamos buscar cobertura mientras nos acercamos. Al llegar a las proximidades de las tiendas, 408 veo a solo tres guardias situados en torno a una hoguera, en el medio del campamento. Nos acercamos sigilosamente hacia ellos. — Uno se acerca— alerta Ghoidiel. El sectario camina con indiferencia hacia nuestra posición y se coloca muy cerca de Semín. Comienza a mear. El medio elfo le acecha por su espalda y usa su magnífica daga para degollarle sin hacer ruido. Quedan dos. Ghoidiel flanquea por la derecha, deslizándose tras los caballos amarrados en el lado norte y yo por la izquierda, refugiándome con una de las tiendas por la derecha. Clarín prepara sus bolas y se coloca en la esquina. Están entretenidos con la susurrante conversación y no nos ven venir. Lanzamos la ofensiva. La flecha de Ghoidiel atraviesa el cuello de uno de ellos, acabando con él. Mi lanza se clava en el corazón del otro, que muere en el acto. Seguimos con sigilo hasta el embarcadero. Del otro lado, en la isla, se ve una gran tienda. Una decena de Siervos de Amán practican algún tipo de ritual, en torno a la lágrima de Eneon, de la que emana un brillo de luz blanca. Nos apresuramos a tomar un par de barcas. Shiroge se pone a los remos de la mía, en la que también embarca Álerin. Semín lleva los remos de la otra. Alcanzamos la orilla y distingo a Marsel. Lleva un hacha en sus manos, que tiene incrustada la Luz de Rosa y se dirige hacia el centro de los siervos, cuyos rezos empiezo a oír. — “Thar Amán, Órdor fraar”— Gran Amán siervo de Órdor. Cargamos hacia los siervos, que nos detectan y paran sus rezos. Además de Marsel, veo dos figuras junto a la esfera brillante, de un metro y medio de diámetro. Uno es una 409 sombra con forma de elfo, del tamaño del grandullón, con dos brillantes ojos rojos, que es lo único que se reconoce de su negra cara. Tiene un enorme mandoble de filo reluciente, como llamas de fuego y un escudo con las puntas superiores afiladas, con un punzante saliente en el medio. El otro es un elfo de piel ceniza, más bien negruzca, y cabello moreno. Viste con una túnica negra y porta gran cantidad de joyas: pendientes brillantes de color blanco, un collar con un colgante de tono azul zafiro, además de tres anillos relucientes y una pulsera. Alarga sus brazos para coger el hacha de Marsel, que tiene los ojos en blanco y está fuera de sí. Los Siervos de Amán sacan armas y nos enfrentan. Pero son un grupo de aficionados. Shiroge mata a dos que le salen al paso y se lanza directo contra el demonio elfo. Álerin lanza un proyectil hacia Ostírelin, pero un campo de energía repele el ataque, justo en el momento en el que el malvado elfo coge el hacha. Clarín lanza un proyectil que golpea en la cabeza de otro de los siervos. Ghoidiel dispara con su arco y la flecha se clava en el cuello de otro sectario. Yo asesto un golpe con mi lanza bajo la axila de mi oponente hasta el corazón. Semín ataca con su katana, asestando un gran golpe en el pecho, que hace que el enemigo retroceda intentando tapar la hemorragia. Un enemigo ataca al medio elfo, pero el golpe es bloqueado con facilidad por mi compañero. Por mi izquierda aparece otro sectario para atacarme, como había previsto. Detengo el ataque con el escudo y maniobro para enfrentarme a él. A su espalda, veo a Shiroge llegando al encuentro del demonio. Le asesta un poderoso ataque, pero el ser lo 410 repele con el escudo. Ambos se miran y se miden las fuerzas. Clarín lanza un nuevo proyectil, cuando uno de los sectarios alcanza la retaguardia. Éste también es derribado. Ghoidiel evita el ataque de otro con un gesto acrobático. — ¡Plasss!— un fuerte estallido emana de la lágrima de Eneon, cuando Ostírelin la golpea con el hacha. El suelo se mueve. Por suerte, mi rival también pierde un poco el equilibrio. La esfera se resquebraja y de las grietas emerge una potente luz blanca que gira como un arcoíris monocromático y señala a Darlax, que se encuentra a un par de kilómetros. Un fuerte gruñido es exhalado de la boca del dragón, que se lanza a la batalla contra las tropas del Espino Rojo, dirección Gudur. Me percato de que aún tiene el collar, solo que el brillo plateado se empieza a oscurecer. Álerin llega hasta Ostírelin cuando está a punto de golpear por segunda vez. Le lanza un proyectil que hace que el mago suelte el hacha y se proteja con un escudo de energía. El impacto le hace retroceder. Shiroge vuelve a atacar a la bestia, pero parece que el combate está equilibrado, pues de nuevo el golpe es repelido. Mi contrincante se lanza sobre mí, esquivo su ataque y lo desequilibro con el escudo, para después atravesarle el corazón y correr hacia el grandullón. El eledín intenta utilizar su recurso de embestir con el escudo y luego golpear, pero el demonio le contrarresta con el suyo. Shiroge recula, pisando una de las grietas del sismo y cayendo a los pies de su enemigo, que se prepara para asestar el golpe final. 411 Arrojo mi lanza con todas mis fuerzas: por las bendiciones a Héctoras, por los cinco Ersan. Vuela la lanza en dirección a mi enemigo, que no se percata y se clava en el brazo de su arma, que se le cae. Shiroge coge su mandoble y lanza un ataque desde el suelo, que golpea al enemigo en la entrepierna y éste retrocede. Saco mi otro arma, mientras el eledín se alza y carga con furia contra el demonio. — ¡Dartum art tulus!— grita mientras clava su mandoble en el cuello, decapitándolo. Un chorro de sangre negra sale disparado de su herida mientras su cuerpo cae de rodillas y se derrumba a los pies de Shiroge. — ¡Darlax!— una fuerte voz amplificada sale de Ostírelin. Álerin lanza un rayo de fuego contra el malvado elfo y éste se envuelve en llamas. Intenta huir corriendo hacia el lago. — ¡Paf!— una flecha de Ghoidiel se incrusta en su nuca y el malvado hechicero cae muerto. — ¿Qué ha pasado?— pregunta Marsel, que vuelve en sí— ¡La lágrima de Eneon! Justo en ese momento, el cristal se resquebraja un poco más y su brillo aumenta. La noche se hace día, resplandeciendo todo el valle y las altas cumbres nevadas de la Cordillera del Ojo. Se oye un fuerte gruñido del oeste. El dragón se acerca. — ¡Hay que gastar la energía de la lágrima!— grita Marsel—. ¡Introducid vuestras armas y serán bendecidas! Introduzco la punta de mis lanzas en el hueco de la esfera, hay un brillante líquido que comienza a evaporarse. Tras de mí Shiroge introduce su mandoble, Semín su katana y su daga, Clarín su bastón y Ghoidiel su arco y la punta de sus flechas. La luz comienza a menguar. — Dalamas ur penul, dálamas Eneon— ora Álerin mientras tanto. Significa: Libera tus penas, libérate Eneon. 412 — ¡Cuidado!— grita Semín. El enorme reptil da un gran salto y se posa en la isla. Está a unos cien metros y se acerca relamiéndose. Una enorme bola de fuego sale disparada de sus fauces, en nuestra dirección. Álerin extiende sus manos y del suelo se alza un enorme muro de tierra que nos protege del impacto directo. Sin embargo, no es suficiente para evitar el inmenso calor que emana de la boca del dragón. El cuerpo me arde… por suerte el aliento de fuego se detiene al instante, pero estoy dolorido. Darlax se dirige hacia nosotros y Clarín le lanza un rayo, que golpea al inmenso animal, pero casi no se inmuta. De nuevo agarro mi lanza, cojo carrerilla hacia la monstruosa criatura de Amán y se la arrojo. El arma vuela y consigue penetrar entre las duras escamas de la bestia, impactando en su pecho. El gigantesco reptil chilla y me mira, mientras lanza sus enormes mandíbulas contra mí. Estoy totalmente indefenso, parece el fin… Siento los fuertes brazos de Shiroge agarrarme y tirar de mí, quitándome casi de entre los dientes de su boca. Pero el eledín recibe un golpe y salimos despedidos. Todos nuestros compañeros lanzan una ofensiva contra Darlax: la flecha de Ghoidiel, la daga de Semín, un rayo más de Clarín y otro de Álerin, que hacen que el dragón se revuelva y lance zarpazos por doquier. Uno impacta en el viejo Marsel, acabando con su vida. Me levanto entre la polvareda, a pocos metros de la inmensa bestia. Veo sobre mi cabeza la lanza clavada en su pecho, a no más de cinco metros de altura y miro a Shiroge, que se levanta dolorido. Una idea me pasa por la cabeza y siento vibrar mi pulsera del compañero. El grandullón me mira con confianza, suelta su escudo y echa 413 a correr hacia mí. Yo me agacho y coloco mi escudo sobre mi cuerpo. El eledín da un salto y apoya su pie en él para impulsarse. Empujo con todas mis fuerzas la inmensa masa de mi compañero, que se eleva en un poderoso salto agarrando su mandoble con las dos manos, colocándolo de plano. Estira sus brazos para golpear el asta de mi lanza, que se incrusta totalmente en la piel de Darlax, hasta su corazón. El dragón se retuerce, chilla con un sonido muy agudo y se desmorona sobre nosotros. Doy un salto para evitar que la bestia caiga sobre mí y una enorme polvareda se levanta por toda la zona. — ¡Shiroge!— grito. No veo al eledín. Corro hacia la bestia y busco por todos lados. No lo encuentro. — ¿Qué buscas?— escucho su voz tras de mí. — ¡Estás bien!— Una inmensa sensación de alegría recorre mi cuerpo. Volvemos con nuestros compañeros, junto a la lágrima de Eneon. Un tenue brillo emana del cascarón de cristal vacío. Están todos bien, salvo el pobre Marsel, cuyo cuerpo yace mutilado. El día empieza a despuntar. 414 17 Regreso a Gáldoras. Nos sentamos unos momentos a reponernos. Aunque de manera más suave, aún me arde la desquebrajada piel, por los efectos del fuego del aliento del dragón. Me quito el yelmo y me acerco a la orilla del lago a refrescarme. Las frescas aguas del deshielo de la Cordillera del Ojo, alivian sensiblemente el escozor de la piel. Miro hacia atrás y veo que los demás vienen hacia mí, creo que vienen a imitarme. Tras el relajante baño, recogemos todos los objetos de valor. El hacha de mithrilo con la Luz de Rosa engarzada, que tendré que aprender a utilizar y cuyo poder no se conoce aún. El mandoble de mithrilo del elfo demonio, que al parecer, según ha dicho Álerin, inflige dolor como si te atravesara una espada incandescente y que agarra Shiroge. El collar azul de Ostírelin que resulta ser un poderoso multiplicador de poder interior para realizar hechizos, que se cuelga Clarín. Los tres anillos con hechizos, que lucía en la mano, acaban en poder de Álerin. Su maravillosa túnica con gorro luce genial en el cuerpo de Semín, a juego con la pulsera de mejora defensiva, que llevaba en su muñeca. Y un total de cuatro monedas de mithrilo, que son tan raras que mucha gente desconoce que el valor de cada una es de cien monedas de oro. Decidimos que sean para Ghoidiel. Están dentro de un pequeño baúl con joyas y bisutería, además de otras cincuenta piezas de oro, en la tienda principal. 415 Tomamos las barcas y vamos a la otra orilla. Atamos una pequeña carreta a uno de los caballos para transportarlo todo y comenzamos la marcha hacia el paso de Westad. Vemos a grupos de bolgs escapar del desfiladero y adentrarse en las montañas. Avanzamos preparados por lo que pueda ocurrir, hasta la entrada del paso, desde donde veo marchar a lo lejos, el relucir de las armaduras de los Yelmos de León acercándose. Me percato de que Vírsal lidera al ejército al llegar a nuestra altura. Escoltados por los guardias del rey, llegamos al anochecer hasta Balanar, donde el viejo Artis nos recibe con honores. Los ciudadanos se apostan a los lados de la avenida principal, lanzan flores y vitorean nuestros nombres. Tras contar la historia al señor de la capital del sur, durante la suculenta cena en el castillo, nos vamos todos a descansar. Me cuesta un poco dormir, un sinfín de sensaciones y recuerdos pasan ahora por mi mente. — Toc, toc, toc— suena la puerta. Finalmente caí en un profundo sueño y no me he enterado de nada. — ¿Sí?—respondo con voz adormecida. — Mirmi, te estamos esperando, hay que partir a Gáldoras— Shiroge me habla del otro lado. Me levanto, recojo mis cosas y salgo al pasillo. Junto al grandullón, bajo las escaleras hasta la entrada del palacio. Allí esperan todos, ya con los caballos listos e iniciamos la marcha. Al anochecer paramos de nuevo en la villa del acogedor noble Édesar. Una vez más, cuento la historia a nuestro anfitrión. Tras el descanso para dormir, esta vez salimos con hora hacia la capital. 416 Llegamos al atardecer y vamos directos a palacio a dar informe al rey. Yelmos de León nos abren paso entre la muchedumbre acumulada en todo el recorrido. Las plazas están abarrotadas, nos lanzan flores y corean nuestros nombres. Conseguimos llegar al palacio con dificultad entre el baño de masas y entramos en el salón del rey. Néster, Mithrail, Vírsal y Wíldor se sitúan a los lados del monarca. —… que se eleva en un poderoso salto, agarrando su mandoble con las dos manos, colocándolo de plano. Estira sus brazos para golpear el asta de mi lanza, que se incrusta totalmente en la escamosa piel de Darlax, hasta su corazón, majestad— termino de contarle la historia al monarca, que ha seguido expectante todo el relato. — Vaya, vaya, vaya… Shiroge y Mirmaerín, los compañeros matadragones— Sonríe el rey y aplaude efusivamente al terminar el relato—. ¡Por los cinco Ersan, sois unos héroes! — Cumplimos con nuestra tarea, majestad— responde el eledín. — Sin duda os merecéis una gran recompensa— ofrece Árathan—. ¿Qué queréis? A ver, tú, Clarín. Néster me ha hablado de ti. Sin duda pese a tu juventud, tienes un gran talento para la magia. ¿Qué puedo ofrecerte? — Pues me gustaría tener algún cargo de responsabilidad en la abadía y seguir con mis estudios, mi señor— responde el mago. —Alteza— habla el abad—, deseo regresar a Milithir, a la Torre de Cristal, mi hogar. Podría adoctrinarle y que sea mi sucesor en la abadía. Está sin duda cualificado, y aunque aún tiene mucho que aprender, siempre dispondrá de Álerin y Mithrail para aconsejarle. 417 — Pues así sea, serás el nuevo abad de la abadía de Thal y consejero real para asuntos de la magia— proclama el rey—. ¿Y tú, Semín? Nuestro hábil explorador, ¿qué le vas a pedir a tu rey? — Majestad, me gustaría trabajar al servicio de la corona— contesta tras destapar su capucha haciendo una reverencia. — Mi tío Artis está mayor y no tiene heredero directo. Serás nombrado comandante de los ejércitos del sur. Ocuparás el trono del señorío de Balanar tras la muerte de mi tío y ostentarás el cargo de consejero real en asuntos internos— concede Árathan. — ¿Mi querida elfa Ghoidiel? La arquera que mató al malvado Ostírelin. ¿Qué os puede ofrecer vuestro rey? — Ofreced lo que queráis— responde con descaro—. Parece que se le da muy bien ofrecer, mi rey. — Jajaja— ríe Árathan—. Seréis nombrada Sadarith en Bársel y almirante de la flotilla del mar del este. Además, consejera real en asuntos de relaciones exteriores y diplomacia. — ¿Sadarith?— susurro a Álerin, que está a mi lado en la línea delante del trono. — Es responsable del cumplimiento del tratado de Bársel con los elfos— me responde en baja voz—. Una larga historia. — Y tú, Shiroge, el eledín matadragones, ¿qué deseas del rey?— Le toca al grandullón. — La verdad, mi señor, seguiría muchos años más protegiendo a mis compañeros y viviendo aventuras— responde el humilde eledín. — No solo a tus compañeros, te nombraré máximo protector del reino de Aradín. Además serás nombrado nuevo senescal de Estrian, almirante de la gran flota del 418 oeste, y consejero del rey en asuntos de la guerra— aclama Árathan. — Mirmaerín, el humano matadragones y excelente narrador de historias.¿Qué puede ofrecerte tu rey? — Me conformaría, mi señor, con un lugar donde poder vivir tranquilo, leer y orar a los dioses. Con algunas tierras para poder vivir de ellas— Realmente ese era el estilo de vida de mi abuelo. — El reino tiene una gran deuda contigo. Eres el representante de la raza de los hombres, te otorgaré el título de Don, y pongo bajo tu responsabilidad el castillo de Kaalbhart y la protección de la roca negra. Además, serás Gran Consejero Real y mano derecha del rey— proclama. — ¿Y qué es ser Don, majestad?— Ignoro el significado del cargo. — Es solo la forma de distinguir a los hombres que han dado un servicio al reino y demostrado su nobleza— me aclara— Mirmaerín Don, señor del castillo de Kaalbhart. — Mirmi Don— hace la broma Shiroge. No me suena nada mal. — Pues, mi señor, hay algo más, algunas cosas pendientes por resolver— hablo de nuevo. — ¿De qué se trata?— responde el monarca. — Me comprometí con el farero del lago Énder a que haríamos algo con unos bandidos en el camino de Nublin— empiezo a ajustar cuentas—. Además, me gustaría compensar a los miembros de la guardia de la Luz de Rosa, por las víctimas de la torre. También hacer un homenaje a Aulas, Elion Váltor, Haleth, Biggi, Marsel y a la tripulación del Incansable, que fueron fundamentales para el desenlace de esta historia. Por último, sería preciso ayudar a restaurar las ciudades de Xandria y Dúltor, tras los ataques de los Hombres de las Montañas. 419 — Ahora eres mano derecha del rey, los asuntos políticos te los dejo a ti— responde Árathan. Después de los nombramientos, las celebraciones y las difíciles despedidas, me mudé a mi nuevo hogar, el castillo de Kaalbhart, donde llevo ya dos años. Desde mi cargo, como mano derecha del rey, he llevado a cabo mis promesas. Shiroge lideró una campaña contra los bandidos de las montañas Némodas y liberó la ruta hasta Nublin. Se hizo un monumento en Estrian dedicado a los guardianes de la Luz de Rosa. He dejado bajo su custodia mi hacha, la cual no he necesitado usar. Se erigió en el Gran Faro de Confín una fuente, en memoria de Monier, Darbas, Martin y Dartin: la tripulación del Incansable. Se realizó una escultura de Elion, Haleth y Aulas. La hemos ubicado en el cruce del Gran Camino con el lago Énder, el lugar más transitado del reino, junto a la posada El Sauce Feliz. Una estatuilla con el busto de Marsel se sitúa junto a la Gran Roca, en el camino de Bársel, y otra con el busto de Biggi en la Gran Plaza de Dúltor. Néster abandonó Aradín, con destino a la Torre de Cristal. Decidimos en un consejo que portara consigo la roca negra, para que estuviera bajo la protección de los elfos. Esta mañana me he despertado con dos noticias: una en forma de mensaje en un cuervo y otra en forma de bebé medio elfo, al que han abandonado a las puertas del castillo con una nota: “Para Mirmi Don. Este es el hijo de mi amor, Shiroge. Al mirarlo me acuerdo de él y no puedo dejar de llorar y continuar con mi vida. Sé que le encantaría que lo criaseis vos.” 420 Por lo que sé, Shiroge se fue a Eled Vulard hace unos meses y no ha regresado aún. La letra tiene una bonita caligrafía. La nota del cuervo venía de Íshar. “Querido Mirmi Don, señor de Kaalbhart, me gustaría pedirte un favor. He consultado la sección de historia de mi biblioteca y está muy vacía. ¿Puedes escribir la historia de nuestra campaña para llenarla un poco? Como dijo el rey, eres un excelente narrador. Un abrazo fuerte de tu compañero y amigo. Clarín, abad de la abadía de Thal.” Me he puesto enseguida a ello. Aún puedo recordar cada momento como si estuviera allí. Todos y cada uno de los compañeros, los lugares y las batallas que vivimos; que nos llevó a recorrer el reino de Aradín, hasta las garras de Darlax, el gran dragón rojo, y que empezó con una sencilla tarea. FIN 421 Epígrafe. 1. Sobre las razas. Eledines: Son altos, promedian un metro noventa de estatura, de constitución fornida y líneas faciales muy marcadas. Con orejas de pico, pero redondeadas como las de los hombres. Su piel es por lo general clara y sus ojos verdes, grises o azulados. En su mayoría tienen el cabello moreno. Son buenos navegantes y resistentes a las temperaturas extremas de frío. Pueden vivir quinientos años y su Erdan principal es Túlmar. Elfos: Son casi de la estatura de los eledines, ligeramente más bajos, con un metro ochenta y cinco centímetros de estatura promedio. Son de piel clara, con finas y largas orejas picudas. La mayoría son rubios, aunque hay casos de elfos con otro color de pelo. Los rasgos de su cara son finos, y tienen constitución esbelta. Son buenos magos, aunque también hay grandes guerreros elfos, especialmente hábiles con los arcos. Son inmortales y su Erdan principal es Thal. Bahaluks: Son bajitos, de ciento cuarenta centímetros de promedio, pero de porte robustos, resistentes y de gran constitución. Tienen el cabello pelirrojo en varias tonalidades y piel también rojiza. Con gruesas narices y grandes manos. Los hombres lucen barbas desaliñadas y las mujeres largos cabellos que decoran con rastas y trenzas. Ignoran el miedo y culturalmente es un deshonor morir de viejo, por eso son temibles guerreros. Grandes trabajadores del metal y conocedores de la alquimia, suelen ir bien equipados. Son muy resistentes al calor extremo. Pueden vivir quinientos años, pero presumen de 422 que ninguno ha vivido más de trescientos. Su Erdan Principal es Krax. Medio elfos: Tienen la altura de los elfos y la constitución de los eledines. Casi todos tienen el cabello gris y orejas finas de pico, pero más cortas que los elfos. Tienen la piel de un tono castaño claro y por lo general, son muy guapos. Son infértiles y la mayoría son abandonados y rechazados por sus padres. Son equilibrados en sus características, ágiles, fuertes y rápidos. Viven quinientos años y carecen de Ersan principal, si bien hay muchos que sirven a Amán y a Tísmik. Humanos: De estatura media de ciento setenta y cinco centímetros. Son muy fértiles. Disponen de rasgos variopintos, con toda clase de tonos de piel, cabello y color de ojos. No han conocido a ninguno de los Erdan, y aunque guardan tradiciones de otras razas, no son especialmente seguidores de ninguno en concreto. Viven un máximo de ciento doce años, tres meses, cinco días, ocho horas y trece minutos. 423 2. Las criaturas de Amán. Dragols: De estatura media de ciento sesenta centímetros. Son seres reptilianos bípedos y moderadamente inteligentes. Su piel es escamosa de tonos grises, azulados o verdosos, con una cresta membranosa sobre la cabeza. Algunos de ellos logran evolucionar, tras un largo periodo de hibernación, convirtiéndose en godragols. Sirven a Amán, Erdan de la muerte y surgieron de la energía acumulada en la roca negra, tras el nacimiento de los elfos. Pueden vivir doscientos años hasta su evolución. Godragols: De estatura media, ciento noventa centímetros. Más fuertes e inteligentes que sus originales. Tienen tres crestas rojizas sobre sus cabezas. Son excelentes guerreros, pero también pueden aprender artes oscuras de la magia. Sirven a Amán, Erdan de la muerte y pueden vivir otros doscientos años una vez se convierten en godragols. Bolgs: Enormes criaturas humanoides, como gigantes de tres metros. De fuerza desmesurada y hambre voraz. Su piel es gris y dura. Tienen aspecto horrendo, con grandes y afilados colmillos inferiores, que sobresalen de sus labios casi hasta la achatada nariz. No son muy inteligentes, pero sí hábiles guerreros. Sirven a Amán, Erdan de la muerte y surgieron de la energía concentrada en la roca negra, tras el nacimiento de los eledines. No es muy común, pero pueden vivir trescientos años. 424 3. Sobre los Dioses. Los Ersan. Son cinco Ersan, energías conscientes sin presencia corpórea, que nacen de la luz blanca que representa la Mente y el Todo. Los Ersan dan consciencia a todas las cosas en Terrac y son: Aunas: Ersan del viento. Femenino, color amarillo. Muy popular en los rezos de los elfos. Bálgar: Ersan del mar. Masculino, color azul. Rezado especialmente por los eledines. Duum: Ersan del fuego y la luz. Masculino, color rojo. Los cantos de los bahaluks suelen mencionarlo amenudo. Mahara: Ersan de la tierra y la vida. Femenino, color rosa. Amada por todas las razas. Órdor: Ersan de la oscuridad y el vacío. Neutro. Color negro. Temido por todas las razas, pues representa el olvido. Los Erdan. De estas energías divinas surgen los doce Erdan, los primeros seres corpóreos con la consciencia de los Ersan. Estos seres inmortales serán los encargados de dar forma a Terrac, participando en su historia y su destino. Son los siguientes: Krax: Surgido de Duum. Erdan de la forja y los metales. Aspecto de bahaluk de enormes dimensiones. Esposo de Thal y creador de los bahaluks. Masculino, color rojo. Amán: Surgido de Órdor. Erdan de la muerte. Aspecto de hechicero, de piel oscura y túnica negra. Creador de las criaturas malvadas. Género neutro, color negro. 425 Thal: Surgida de Aunas. Erdan de la voz, la magia y la oración. Aspecto de elfa de piel clara y brillante. Creadora de los elfos. Esposa de Krax. Femenino, color amarillo. Túlmar: Surgida de Bálgar. Erdan de la navegación. Aspecto eledína de piel rosada y cabello moreno. Creadora de los eledines. Femenino, color azul. Yabel: Surgida de Mahara. Erdan de la belleza y el amor. Aspecto de medio elfa, de pelo dorado y ojos verdes esmeralda. Esposa de Tísmik. Promulgó el nacimiento de los medio elfos. Femenino, color rosa. Mísal: Surgida de Duum y Mahara. Erdan de la caza y la curtición. Con aspecto de cazadora de eledína. Femenino, color marrón. Reéjtar: Surgido de Aunas y Duum. Erdan de la justicia, la organización y el comercio. Esposo de Eusarg. Tiene forma de elfo de gran belleza y ropa elegante. Masculino, color dorado. Raldar: Surgido de Mahara y Órdor. Erdan del frío y de la espera, del retorno a la vida y la nigromancia. Tiene aspecto de anciano, con una túnica gris y manos de niño. Masculino, color gris. Héctoras: Surgido de Duum y Órdor. Erdan del combate y de la guerra. Tiene aspecto de fuerte guerrero eledín, de cabello moreno. Masculino, color granate. Eusarg: Surgida de Mahara y Aunas. Erdan de la ganadería, la comida y los animales. Esposa de Reéjtar. Aspecto de amazona elfa. Femenina, color naranja. Tísmik: Surgido de Órdor y Bálgar. Erdan del juego, el azar y el ingenio. De aspecto medio elfo, siempre se representa con muchos complementos. Masculino, color plateado. 426 Eneon: Surgida de Bálgar y Aunas. Erdan de la sabiduría, la creación y la alquimia. Tiene aspecto de humana. Es madre de todas las razas. Femenina, color verde. 427 AGRADECIMIENTOS. Este libro está dedicado a mi madre Isabel, siempre en primer lugar, y a todos aquellos que lo han hecho posible. Jorge: Interpretando el rol de Mirmi. Manu: Como Shiroge. Víctor: Dando vida a Aulas y Semín. Félix: En la piel de Haleth y Clarín. Alberto: En el rol de Elion Váltor. Largo: Caracterizando a Ghoidiel. Y las aportaciones de los secundarios y en las tramas paralelas de David, Juli, Irene, Chema y Marina. A mis Kompadres Jorge, Largo, Sevi, Cale y Miguelón; con los que empecé a jugar al rol y que me ayudaron a descubrir el mundo de la fantasía. A mis amigos pandas de la cochera, con los que he compartido tantas horas de aventuras y tantas risas. A mi querida prima Emi, por las correcciones y su apoyo. Y a todos los que me habéis inspirado para lograrlo. Este libro tiene mucho de mí y por extensión mucho de todos vosotros. Espero que os haya gustado. Por último, un especial agradecimiento a todos los lectores que habéis dedicado vuestro tiempo a leer estas líneas y descubrir el principio de este nuevo mundo de fantasía, que va cogiendo forma y cuyas historias no han hecho más que comenzar a ser contadas. Ilustraciones de Iván Díaz Pilares Autor: Víctor P.L. Blanco. 428 Pura fantasía, un libro de aventuras, repleto de trepidante acción e intriga. Un viaje a través de un nuevo mundo, en el que los protagonistas deberán enfrentarse a todo tipo de enemigos, resolver enigmas y visitar peligrosos escenarios para llevar a cabo su importante misión. 429