PARTE I 1 Una sencilla tarea Mi nombre es Mirmaerín, y soy, bueno… lo que en las tierras del reino de Aradín se conoce como Dalma. Es un derivado de “Dalama”, del idioma élfico. Significa libre o libertad y es considerado un don de Aunas, Ersan del viento. Viene a referirse a todo aquel que vaga por las esquinas de las tierras Antípodas: guerreros, ladrones, hechiceros o monjes; y que prestan sus servicios por dinero, jugándose la vida cada día. Es por eso que viven como si no existiera el mañana: la promiscuidad y el fornicio se escenifica en la mayoría de las tabernas frecuentadas por Dalmas. La verdad, no creo estar hecho para esta vida, pero no tuve elección. Era un niño de apenas cinco años cuando mis padres murieron. Normalmente habría acabado en la calle, expuesto a las garras de esclavistas o de alguna secta, como esos Siervos de Amán, adoradores de la muerte y de la destrucción, que proliferan a base de promesas y sumisión… Pero tuve la fortuna de ser acogido por mi abuelo materno, un hombre criado por elfos, muy culto y muy estricto, que me obligaba a leer cada noche las historias de los Erdan, me enseñó el lenguaje de los elfos y la importancia de la oración… Al fallecer mi abuelo hace unos años, perdí el rumbo, gasté todo lo que tenía, casi todo lo heredado de él y me vi sin nada, sin dinero, toqué fondo. Hace una semana, Déler, un viejo amigo de mi abuelo que se dedica a reclutar escoltas para transportar a miembros de la corte, me ofreció una sencilla tarea: escoltar, junto a 4 un grupo de Dalmas, a Delfos, un magistrado de la corte del rey Árathan VI, desde Gáldoras, la capital del reino, hasta Estrian, una importante ciudad costera, donde tras el fallecimiento del senescal Galdrin, su hijo Gálser será nombrado sucesor en diez días. Recibiendo como pago por dicha tarea, tal y como dicta en el contrato, un montante de dos monedas de oro por trayecto. Todo un chollo… Cogí las dos viejas lanzas, el yelmo, la hombrera y el escudo de mi abuelo, al puro estilo de la guardia élfica de la Torre de Cristal, y preparé mi mochila con todo lo necesario: algo de ropa, yesca seca, pedernal, un cazo, cuerdas con ganchos, un candil de aceite y un pequeño morral con unas vendas, aguja e hilo de sutura, y un ungüento curativo para las hemorragias que usaba mi abuelo. Han trascurrido cuatro cómodas jornadas por el Gran Camino, llamado así por ser el más transitado del reino y que está bien vigilado por los Yelmos de León, como se hace llamar a los guardias del rey. Son una élite de guerreros bien entrenados y bien equipados que, además del inconfundible yelmo metálico con forma de cabeza de león, lucen cotas de mallas con placas de acero y cuero de excelente manufactura; y visten colores y estandartes blancos y amarillos. Hasta ahora, hemos descansado cada noche en posadas de buena calidad, que abundan en todo el recorrido del Gran Camino y todo se ha desarrollado sin ningún incidente. Ya nos encontramos apenas a tres o cuatro horas de la ciudad de Estrian, cuando Síler da el alto. Es el líder del grupo de escoltas, un hombre de pelo castaño, bien afeitado y de gran estatura. Yo mido un metro noventa y 5 seis y es más alto que yo. Si bien, el premio al tamaño se lo lleva mi compañero Shiroge, de raza eledín, un joven Dalma muy poco hablador. Es inusualmente fuerte, de constitución enorme y más de dos metros y veinte centímetros de altura. Muchos hombres fuertes tendrían dificultades para blandir a dos manos su enorme mandoble, que él maneja con soltura a una sola mano, mientras en la otra porta un enorme escudo de tipo torreón. — Pararemos en esta posada— dice Síler señalando la lujosa hospedería a la izquierda del camino, justo antes del cruce que señala hacia el lago Énder. El nombre en el cartel de la posada “El Sauce Feliz” está escrito tanto en bóldor, el idioma común, como en Élfico; si bien tiene una falta en la traducción, pues en élfico “laagtur” significa riendo o carcajada. “Blaagtur” sería el adjetivo para feliz y hace referencia al enorme sauce que se deja ver justo detrás del edificio, cerca del camino que va hacia el lago. Además de Síler, Shiroge y yo mismo, la comitiva está compuesta por: Erios, secretario y mayordomo de Delfos, un hombre de pelo moreno, estatura media y bastante delgado. Apenas hemos intercambiado unas palabras, parece un hombre estresado, pero es educado y formal. Gaulas, el guardaespaldas personal de Delfos, un hombre serio, un guerrero experimentado y corpulento que no se separa de él ni un momento. También de pelo castaño y con la barba bien perfilada con la que pretende disimular, sin éxito, la enorme cicatriz de su cara y que va desde cerca de la oreja izquierda hasta la mandíbula. Ellos dos, junto con Delfos, viajan en el interior de la lujosa carreta de cuatro tiros. También está Pirnel, apodado El Rubio, joven humano, mano derecha del Síler. Dice de sí mismo ser un gran arquero. Luce una melena rubia bien acicalada, todo lo 6 contrario que Aulas, el bahaluk. Estos pequeños pero robustos seres, siempre van con sus rojizas melenas y barbas desaliñadas. Aulas supera con creces los ciento cuarenta centímetros de altura que promedian los de su raza y tiene un gracioso acento cuando habla bóldor. Es rudo y de pocos modales, porta grandes hachas y un escudo. Es evidente que su tamaño no es acorde a su enorme fuerza. Además, está Haleth, la medio elfa. No es muy común que las mujeres se hagan Dalmas, lo normal es que las féminas desamparadas vendan su cuerpo para otras tareas más lujuriosas y de aparente menor peligro. Es una experta en artes marciales y usa su enorme espada con soltura. A veces la miro practicar, tiene una belleza especial, de pelo gris mayoritario entre los de su raza y ojos verdes. Mide más de dos metros y la verdad es que me impone tanto, que casi no he hablado con ella. Por último, Elion Váltor, el “primo” de Haleth y mi compañero más cercano durante el trayecto. Un simpático medio elfo arquero, de cabello rubio ceniza y ojos azules, que tiene mucho éxito con las chicas de todas las razas. Él y Haleth fueron abandonados en el templo de Eneon, poco saben de sus orígenes. Como medio elfos, son considerados bastardos y rechazados por eledines y elfos. Los de su raza, son el único caso conocido de mezcla entre las razas y todos son infértiles, hecho que Elion agradece dada su promiscuidad. Síler entra en la posada a anunciar la llegada y coger las habitaciones, mientras el Rubio abre la puerta de la carreta. Primero baja Gaulas, luego Erios, y por último, con sus vestimentas de tela fina, sus anillos de oro, sus botas de piel y su porte de altivez, Delfos el magistrado, siempre 7 con su cabello canoso bien peinado y la barba estrictamente recortada. De la posada sale un hombre con aspecto de tabernero muy cuidado, con el mandil impoluto y sonrisa forzada, que saluda a la comitiva. — ¡Bienvenido excelencia! Mi nombre es Guilim, soy el dueño de esta posada, tengo listas para vos y sus acompañantes las mejores habitaciones— saluda el posadero con ávida mirada mientras se frota las manos e inclina la cabeza. — Está bien, señor Guilim, el magistrado está cansado e irá a la habitación directamente— responde Erios. — Acompáñenme— añade el tabernero mientras gira con entrenada elegancia. Elion y yo nos adelantamos, solemos echar un vistazo en primer lugar para asegurarnos que todo está en orden. Shiroge y Haleth entran detrás de los jefes, mientras Aulas y Pirnel guardan los caballos y la carreta en las caballerizas y comprueban que está todo bien en las cuadras. El Rubio hará guardia en la carreta esta noche. Hay un pequeño porche con tres mesas en la esquina de la posada, junto al cruce, por donde se accede a la puerta principal. En una de las mesas se sientan tres damas de buena familia. Desde hace un par de días, solemos coincidir con bastante gente que se dirige a Estrian para el nombramiento, especialmente chicas de esta región que están impacientes por ver en persona a Gálser, el apuesto y soltero nuevo senescal y antiguo capitán de los Guardias del Tridente. El comedor es amplio y limpio, decorado con pilares de madera de sauce, con las paredes pintadas de cal. Del lado del camino hay tres grandes ventanas de vidrio, que 8 exhiben en su centro un colorido mosaico con la forma del árbol. El mobiliario está compuesto por diez mesas rústicas con cómodos sillones. Hay una chimenea de piedra al fondo, justo al lado de la barra, tras la cual, además de dos atareadas taberneras, hay tres inmensos barriles de madera donde se lee el distintivo “Afghein”, la marca de cervezas más reputada de Aradín. Tras reconocer la situación me percato de la presencia de un grupo de Guardias del Tridente, una patrulla de Estrian, que visten cotas de malla, portan el estandarte de un Tridente color blanco sobre fondo azul marino y pantalón del mismo color, y que ocupan una de las mesas cercanas a la puerta. Un grupo de cinco bahaluks se sientan en otra. Son ruidosos y de habla incomprensible. Uno de ellos viste con elegantes ropas de seda de buena calidad y los demás parecen escoltas o guerreros, teniendo en cuenta sus atuendos, con armaduras de cuero duro y bien armados con hachas. En una de las mesas del fondo, cerca de la chimenea, hay un guerrero fortachón con un su acompañante de buena presencia, probablemente un mercader y su escolta. Veo a un hombre con aspecto de granjero y a una mujer en la barra. Y sentados en una mesa junto a la ventana del fondo, un hombre moreno con la barba perfilada ataviado con ropas y joyas caras, acompañado por un hombre y una mujer de ojos rasgados, seguramente venidos de alguna tribu del confín oriental. Justo enfrente de la entrada, del otro lado del comedor, hay una puerta de madera hacia la que se dirige Guilim. Tras ella hay un hall con unas escaleras y otra puerta que da a un pasillo con seis habitaciones a la derecha y que 9 comunica con la parte trasera de la posada. Fuera del ruido de la sala, se oye el crujir de nuestras pisadas en el raído suelo de madera. — La habitación del fondo es la principal, reservada para su excelencia. Sus acompañantes pueden distribuirse en las otras. Todas tienen dos camas y una ventana con cierre de seguridad— señala el posadero mientras entrega las llaves a Erios. Una vez distribuidas las habitaciones, Delfos entra en la suya, la del fondo, y Erios habla con nosotros. — Habéis hecho un buen trabajo, estamos ya muy cerca y este lugar es seguro. Tomad— Alarga el brazo y me entrega una moneda de oro—. Delfos está muy satisfecho y me ha pedido que os dé un adelanto para que esta noche bebáis y os divirtáis. Gaulas y Síler harán las guardias— continúa mientras entrega una moneda a cada uno de los Dalmas. En este momento entra Aulas con aspecto enojado. — ¿Acasso no os habrréis olfidado de mí?— Su voz asemeja a un gruñido. — Jajaja. ¡Claro, Aulas! ¡Ahora iba a ir a dártelo!— responde Erios mientras le entrega su moneda. — Eso sí, recordad que al alba tenéis que estar todos listos para partir. ¡Qué disfrutéis!— añade a la vez que abre la puerta de la penúltima habitación. Gaulas se queda en el pasillo haciendo guardia mientras nosotros salimos al comedor. Por la ventana se observa que ha parado una carreta de transporte, de la que bajan cuatro jóvenes mujeres bien vestidas. El cochero se dirige al establo, mientras ellas caminan hacia la posada. Elegimos una mesa junto a la ventana, no muy lejos de la barra, al fondo, y pedimos unas cervezas. Las recién 10 llegadas se sientan en la mesa de al lado. Una sonrisilla pícara brota de la boca de Elion. — ¡Creo que va a ser una gran noche!— dice exaltado antes de beber un buen trago de su cerveza de malta. Es excelente el estofado de jabalí a la cerveza que nos han servido, casi no he levantado los ojos del plato desde que me lo sirvieron, hasta que unté el último trozo de pan para rebañarlo. Ni siquiera me he dado cuenta que en el transcurso de la cena la posada se ha llenado, no solo todas las mesas, también la barra y el porche. Hay bastante jolgorio y los bahaluks, como es costumbre en ellos, sacan instrumentos: un timbal, un ukelele, una flauta y un pandero, y comienzan a tocar una música con mucho ritmo. Las jóvenes hacen un espacio y comienzan a bailar. — Parece que se anima el cotarro…— digo a Elion. Más bien le hablo a su silla, pues sin darme cuenta y de un salto, ya está en el medio del grupo de chicas luciendo su bonita sonrisa. Haleth le acompaña y Aulas se une al grupo de bahaluks y sus alegres cantos. Shiroge, más comedido, solo sonríe y da palmadas mientras bebe una cerveza tras otra. — ¿Quieres fumar? Es tabaco de la llanura del Espino Rojo— Le ofrezco al enorme eledín mi pipa con el magnífico tabaco. — Está bien, Mirmi, pero a cambio tienes que probar esto— Saca un pequeño frasco metálico y sirve un trago en cada vaso. — ¡Por los cinco Ersan! ¡Es como beber fuego!— Noto el trago atravesar mi sistema digestivo, pero a medida que baja el calor, un sabor dulce y amargo llena mi paladar. Noto como el alcohol me está haciendo efecto enseguida. 11 — ¿Qué demonios es esto?— le pregunto con lágrimas en los ojos. — Se llama elixir de Tísmik— contesta Shiroge—. Es una bebida de Eled Vulard, el reino de los eledines, nuestro amado norte. Está bueno ¿verdad? — Sí, pero un poco fuerte para mí— respondo mientras noto como el alcohol va subiendo. — ¡No seas flojo y tómate otro!— Shiroge contesta con una abierta sonrisa mientras sirve otro trago en mi vaso… — ¡Tac, tac, tac!— Alguien golpea con fuerza la puerta de la habitación. Siento mi cabeza embotada por una fuerte jaqueca, la boca como si llevara días sin beber y el estómago, como si me hubiera bebido un vaso de avispas… — ¡Rápido, despertad!— La alterada voz de Siler retumba del otro lado de la puerta. Abro los ojos y con dificultad alzo la cabeza. Mi compañero Elion y dos de las chicas están desnudos en la cama de al lado y también despiertan. — ¿Qué pasa? ¿A qué viene tanto jaleo?, ¿todavía es de noche?— balbucea el guapo medio elfo con voz ronca y el rostro torcido. — No sé Elion, será mejor que salgamos— respondo mientras me visto y cojo mis armas. Al salir están todos reunidos en el pasillo, todos menos Delfos. Se hace evidente la cara de preocupación, especialmente del mayordomo. — ¡Delfos ha desaparecido, no está en su habitación!— nos informa Erios con voz resentida. — Puedo asegurar que no ha salido por la puerta y no he escuchado ningún ruido. Esto es de lo más extraño, tiene que ser obra de un hechicero— justifica Gaulas con aspecto derrotado. 12 — No adelantemos acontecimientos— responde Síler—. Hay que investigar qué ha ocurrido, tenemos que dar con él. Gaulas y yo interrogaremos a todo el mundo, Aulas y Pirnel que miren en la entrada y el camino, los demás registradlo todo, la habitación y los alrededores. Rápidamente nos dividimos, el medio elfo y yo salimos de la posada a ver la parte de atrás y llegamos hasta la ventana de la habitación de Delfos. Dentro del cuarto, Haleth y Shiroge registran cada rincón. — Mira aquí, parece que han forzado la cerradura— dice Elion a la vez que señala una hendidura justo en la unión de la ventana. — Parece muy poca cosa para abrir una ventana de seguridad— añado—. ¿Cómo pueden haberla forzado haciendo tan solo esta pequeña muesca?— me pregunto en voz alta. Miro hacia el suelo para comprobar si hay algún rastro, mientras las primeras luces del alba aclaran el horizonte. Lo cierto es que entre las pisadas identifico unas más frescas, cuatro personas cuyas huellas se dirigen al camino del lago. Al mirar a la esquina de la posada, me percato de que un chaval asoma la cabeza por encima de la cuadra. — ¡Chico!— rápidamente le llamo la atención—. ¿Quién eres y qué haces ahí? El muchacho da un salto y se deja caer por la pared. Es un joven de unos quince años, sin duda el mozo de cuadra que se ha alertado al escuchar jaleo tan temprano. — Mi nombre es Éder, señor. Soy el hijo menor de Guilim el posadero— contesta el adolescente con voz temerosa y entrecortada. — ¿Cuánto tiempo llevas ahí, muchacho?— pregunta Elion con voz firme. 13 — Suelo dar una vuelta por la cuadra un par de horas antes del amanecer, es para comprobar que los animales están bien. Algunos clientes salen antes del amanecer— responde apresurado. — ¿Has visto algo extraño esta noche?— insiste el arquero. — Justo cuando entraba en la cuadra escuché ruido de caballos fuera. Al asomarme al muro pude ver cuatro jinetes cabalgando al galope en dirección al lago— explica el chico mientras señala con el dedo la dirección en el camino, justo a la derecha del sauce. — ¿Pudiste distinguir algo de los jinetes?— continúo con el interrogatorio. — No, señor. Estaba oscuro e iban totalmente vestidos de negro, apenas pude distinguir las siluetas bajo la luz de las lunas— responde Éder con pesar mientras baja la cabeza. — No te preocupes, chico, gracias por tu ayuda— le digo—. Vuelve a tus tareas y estate por la zona por si necesitamos preguntarte algo más. — ¡Por supuesto, señor!— El chico, mostrando gran agilidad, da un salto y se encarama de nuevo al muro. — Busquemos huellas— propone Elion mientras se pone a la tarea. Durante unos minutos seguimos el rastro de pisadas desde la ventana, pegadas a la pared, hasta la esquina, y que rodean el árbol. — Hay huellas de cuatro caballos saliendo al galope dirección al lago. Vayamos dentro y avisemos al resto— dice mi compañero Dalma, mientras se apresura hacia la posada. Pocos instantes después, ya reunidos todos en el interior del Sauce Feliz, exponemos nuestras conclusiones. Los demás han preguntado a todos los huéspedes y al 14 personal. Nadie más sabe nada, no hay rastro de forcejeo en la habitación y las caballerizas están en orden. — ¡Hay que apresurarse!— apremia Erios con nerviosismo y preocupación—. Yo me dirigiré a Estrian con Gaulas para avisar al nuevo senescal de lo ocurrido. Siler y Pirnel se quedarán haciendo guardia en la posada para esperar noticias y cuidar de la carreta. Y vosotros cinco— dirigiéndose a los demás Dalmas— coged caballos y salid al encuentro de esos jinetes. ¡Rápido! Con presteza nos dirigimos a la cuadra. Éder nos prepara con celeridad las montas y nos apresuramos para salir a todo trapo. — ¿Qué distancia hay hasta el lago?— pregunto al joven mozo de cuadra desde la esquina. — Al galope no deberíais tardar más de dos horas hasta la aldea de Énder, señor. Está junto al lago— responde el muchacho. Seguidamente azuzamos los caballos y salimos a toda prisa. Las mañanas son frescas en estos primeros días de primavera, lo que ayudará a las bestias a no fatigarse en el trayecto. Pasadas algo menos de dos horas, cabalgando por el buen camino que transcurre por un abierto bosque lleno de vegetación, alcanzamos una loma. Ya avanzada la mañana, la luz del sol y el cielo despejado, permite divisar el lago Énder casi en su totalidad. La niebla matutina aún no ha levantado del todo sobre sus aguas y una gran boina de vaporosa nube se extiende casi por la totalidad del inmenso lago, hasta donde alcanza la vista. Una pequeña aldea de pescadores se ubica en la orilla, al final de la rampa que baja justo delante de nosotros. A la 15 izquierda, sobre una colina hay un pequeño faro. Apresuramos la marcha. En la parte más poblada de la aldea hay una decena de edificios de piedra con los techos de madera, donde el camino se ensancha dando lugar a una plaza que tiene el suelo de arcilla prensada, con un abrevadero desocupado justo en el medio y que termina en un pequeño puerto con cuatro embarcaciones. Se ve un pescador atareado con sus labores al final de la pasarela de madera. Una pequeña taberna se ubica en la esquina a nuestra derecha, junto a un almacén contiguo que abarca el resto de la plaza y que tiene el portón abierto, dejando ver que está lleno de aparejos y barcas en reparación. En el letrero de la taberna se lee en bóldor “El Buen Pescador”. En la puerta hay un hombre mayor, calvo en la coronilla, de pelo cano, barba desaliñada y barriga prominente, con la nariz chata y bermeja como un tomate maduro, que sostiene su jarra con la mano derecha y canta murmurando algo inapreciable, mientras a duras penas se sostiene de pie. Junto a la posada hay un camino que discurre dirección oeste junto a la orilla y justo enfrente comienza un pequeño sendero del otro lado de la plaza, que serpentea entre las casas colina arriba, hasta el faro. Desmontamos junto al abrevadero. — No hay rasstrro de caballoss porr aquí— aprecia Aulas justo al desmontar. — Parece que no, Aulas. Será mejor que preguntemos a los lugareños si han visto algo— propone Haleth con acierto. — ¡Pero nos dividiremos!— digo en un ataque repentino e inesperado de liderazgo—. ¡Tenemos que apresurarnos! — ¡Bien dicho, Mirmi!— responde Haleth con su bonita sonrisa. Es la primera vez que se refiere a mí con el 16 cariñoso apodo que me puso un par de días atrás el grandullón de Shiroge. Reconozco que no me había gustado en ese momento, pero no tuve valor para enfrentarlo. Lo cierto es que saliendo de los labios de Haleth suena mucho mejor. Los demás asienten. Aulas y Shiroge se dirigen al pescador del fondo de la pasarela, un joven rubio de unos treinta años. Los demás nos dirigimos a la taberna. Al pasar junto al hombre borracho, que apesta a alcohol y sudor, nos saluda alzando la mano y con un ruido parecido a un gruñido que parece decir “buenas”, a lo que contesto alzando también mi mano y, sin quitar la vista del frente, entramos en la minúscula taberna. El establecimiento está vacío, están las cuatro mesas limpias y ordenadas. Una bonita tabernera joven y atractiva, de pelo moreno caoba, ojos verdes y piel morena de tono canela, que viste una blusa amarilla y pantalón de cuero, nos recibe con una abierta sonrisa. — ¡Bienvenidos, señores! Pasen. ¿Qué puedo servirles?— saluda la camarera con voz aterciopelada. — ¡Buenos días, hermosa damisela!— El medio elfo se adelanta a hablar—. Mi nombre es Elion Váltor, estamos siguiendo a cuatro peligrosos jinetes. Tienen que haber pasado por aquí hará unas dos horas. — Yo acabo de abrir la taberna, no he visto a nadie— responde la chica con cara de contradicción. — ¿Y sabe quién podría haber estado despierto a esas horas o de alguien que pueda haber visto algo?— pregunto con estricta educación. — El pesado de Dan. Estaba dormido en la puerta cuando he llegado. Ya estaba borracho, no sé si sabrá algo. Yo también iría a hablar con el farero. Suele estar despierto 17 toda la noche para controlar el faro— nos indica la simpática tabernera dándonos alguna esperanza. — ¿Cómo se llama el farero?— pregunta Haleth. — Carias. Es un hombre ya mayor, ¡más de lo que aparenta!— responde de nuevo la joven de manera servicial. — ¿Y el tuyo?— pregunta Elion sin poder evitar que se le escape una leve sonrisilla seductora. — Ánnub, para serviros— responde la chica con elegancia. — ¡Marchemos!— digo con voz firme mientras entrego una moneda de bronce a la tabernera, antes de dirigirnos a la puerta—. Por las molestias. — He oído que buscáis a cuatro jinetes, ¡hip!— Al salir de la posada Dan nos aborda—. ¡Yo los he visto! — ¿Y qué has visto?— pregunta Haleth con firmeza. — Eehh, al salir de casa, al alba, vi a unos jinetes vestidos de oscuro, ¡hip!, dirigirse a la playa al oeste, cerca del camino de Noblin, ¡hip! Tres hombres arrastraron una barcaza hasta el lago y subieron a bordo, mi señora, ¡hip! —responde el viejo con cierta dificultad. — ¿Solo tres?— insisto, para asegurarme. — Es lo que vi, sí, señor. ¿Acaso no merezco una recompensa por la información? ¡Hip!— agrega mientras alza la cabeza y extiende la mano palma arriba. Le doy un par de monedas de cobre, suficiente para un trago. Todavía no tengo todas conmigo de que la información sea fidedigna, tendremos que investigarlo. En este momento regresan Aulas y Shiroge. — El pescador es un tipo amable y educado, dice que no ha visto nada, hace dos horas no había salido de casa. Eso sí, parece que han visto movimiento de gente en los últimos días cerca de unas ruinas, del otro lado del lago, 18 pero no sabe si tiene alguna relación— comenta Shiroge según llega. — Hablaremos con el farero, que parece suele estar despierto toda la noche— respondo—. El borracho de la puerta nos ha dicho que ha visto algo en la playa hacia el oeste. Id Aulas y tú a comprobarlo, nos reuniremos aquí. Sin más preámbulos, nos dividimos de igual manera. Haleth, Elion y yo subimos a la pequeña colina donde se ubica el faro. La aldea es bastante humilde y muy tranquila. Tras pocos minutos llegamos al faro sin incidencia. Hay unas bonitas vistas desde el alto donde se sitúa el faro, la niebla casi ha desaparecido del todo, solo una ligera tela de algodón flota sobre la superficie en el centro del lago. Del otro lado de las aguas se ve un inmenso horizonte, donde la claridad del día permite distinguir la fina silueta de los montes del otro lado del lago. — ¡Tac, tac!— Llamamos a la puerta, un sonido de pisadas hacen crujir suavemente el suelo de madera y se aproximan. — ¿Quién es?— una voz ronca pregunta desde el otro lado. — Buenos días, señor Carias. Venimos de parte de Ánnub, ¿podemos hacerle unas preguntas?— contesta Haleth con su suave voz tranquilizadora. Suena un chasquido y el gran portón de madera antigua comienza a abrirse, del otro lado aparece la figura de un anciano, de pelo cano pero abundante y bastantes arrugas, pero que mantiene la espalda firme y una buena constitución. — ¿Qué puedo hacer por ustedes?— pregunta el farero mientras nos observa con fijación. — Somos escoltas de un importante magistrado de su majestad el rey Árathan. Venimos buscando a un grupo de 19 peligrosos jinetes que pasaron por aquí al alba. Queremos saber si usted ha visto algo o si tiene alguna información útil para darnos— informo al anciano con tono oficializado. — Lo cierto que esta madrugada ha habido mucha bruma, pero sí que me pareció ver el destello de una barcaza justo tras el amanecer. Se dirigía al sur, dirección al viejo castillo en ruinas— relata el farero. ¿Sabe algo más de ese castillo?— pregunta Elion con buen olfato. — Es una antigua fortaleza, en el pasado las llamaban las Ruinas Prohibidas. Toda la zona más allá de la desembocadura del río Galdor fue vetada por orden del rey Árathan I, el unificador. Siendo yo un niño, decían los ancianos que estaban malditas. Cuando aún era muy joven hice una expedición sin el consentimiento de mi padre. Lo cierto es que el sitio estaba casi en escombros. Había una vivienda principal en un lamentable estado, pero todavía en pie, en el interior del complejo amurallado, si se puede decir, pues la muralla estaba derruida casi en su totalidad. Dibujé un mapa, creo que lo tengo por aquí…— concluye Carias mientras gira hacia un mueble en el salón tras la puerta. Seguidamente abre el cajón de abajo y tras ojear entre viejos papeles extrae uno y vuelve hacia la entrada. — Aquí está. Sí, lo recuerdo. Es un mapa aproximado, pero detalla bastante bien los elementos de la fortificación— aclara el anciano mientras nos muestra el dibujo realizado con tinta sobre un pergamino de piel de oveja curtida. 20 — ¿Cree que podríamos acercarnos en barco sin ser vistos?— pregunta Haleth. — La edificación se encuentra justo en un espigón, en un acantilado de más de veinte metros de altura. Aunque la torre no esté entera, posiblemente las tres primeras plantas sean accesibles y desde allí se puede controlar más de diez kilómetros a la redonda con nitidez. Además, la suerte no está de vuestro lado, la niebla empieza a disiparse y el viento ha cambiado de dirección, la noche será más cálida y despejada. Solo veo dos opciones para acercarse sin ser vistos. Hay un viejo sendero en desuso, algo difícil de ver. Se accede a él tras unas ocho horas de marcha por el camino del oeste, que va al pueblo costero de Nublin, pero la zona es muy peligrosa. La ausencia de hombres ha traído manadas de lobos y criaturas de Amán. Alguna vez he visto a lo lejos la sutil figura de uno de esos gigantes y horribles bolgs. Además, en el camino de Nublin son 21 frecuentes los ataques de bandidos, hasta el punto que la mayoría de la gente que se dirige allí toman la alternativa de ir a Estrian para hacer la ruta en barco. La otra opción es acercarse en barca bordeando el lago hasta la Roca del Tigre, un enorme cancho a siete u ocho kilómetros del espigón, pero necesitareis un barquero que conozca la zona. Así ahorraríais un día de marcha y pasar por la peligrosa ruta por el camino de Nublin— concluye. — ¿Sabe algo de esos bandidos?— pregunta Elion. — Hará cinco años desde que ocurrieron los primeros ataques en las inmediaciones de las montañas Némodas. Por lo que sé, son una especie de clan, visten con ropas blancas y negras, según relatan los que han logrado sobrevivir a los ataques. Antes el camino hacia Nublin era bastante transitado, pero por culpa de estos miserables la gente prefiere hacer viaje en barco desde Estrian y, aunque sea mucho más caro, no correr riesgos— continúa el anciano—. Yo mismo he solicitado en varias ocasiones ayuda al senescal, pero no hemos obtenido respuesta. Supongo que en Estrian hay interés de que esta ruta caiga en desuso— asevera Carias con gesto de resignación. — Quizá esos bandidos son los que perseguimos. De ser así, al senescal no le quedará más remedio que enviar a sus tropas a rescatar al magistrado— expongo al anciano, aunque con razonables dudas. — Muchas gracias por la información, señor Carias. Nos ha servido de gran ayuda. Le ofrezco una moneda de bronce por el mapa y otra por la información tan valiosa que nos ha dado ¿Qué le parece?— ofrece Haleth al farero como gesto de cortesía. — Muy agradecido, señora. Les deseo suerte y tengan mucho cuidado si se acercan a las ruinas— añade el anciano mientras se despide. 22 Al llegar a la plaza, Aulas y Shiroge nos esperan junto a la posada. Han sacado una mesa y se han sentado bajo el agradable sol de las últimas horas de la mañana. Están tomando cerveza y comiendo embutidos y quesos, además de un pan recién horneado, cuyo olor hace revolverse mis hambrientas tripas a unos metros de la mesa. — Tendrremos qué comerr algo, ¿no crreéis?— justifica Aulas con los carrillos llenos, mientras parte de su desayuno cae por su desaliñada barba. Nos sentamos todos juntos y nos ponemos al día. Al parecer, Dan el borracho decía la verdad. Nuestros compañeros han encontrado rastros de una barca arrastrada hasta el lago y pisadas de caballo saliendo en dirección oeste. Ahora hace falta un plan y tiene que ser rápido, la vida de Delfos está en juego. Aprovechamos el desayuno para discutir las opciones. — Por lo que sabemos hay dos posibles responsables: los bandidos de las montañas Némodas o los desconocidos que han ocupado el torreón— expongo mis conclusiones iniciales. — ¿Y no podrían ser los mismos?— me pregunta Shiroge. — Por lo que ha dicho el farero, los bandidos son un clan, usan distintivos ya que buscan ser reconocidos en sus actos. Sin embargo, los hombres que arrastraron la barca vestían de negro— continúo con mis conclusiones—. Sinceramente, me da en la nariz que los bandidos no tienen nada que ver con la desaparición de Delfos, no salen beneficiados, sino más bien lo contrario. Los Yelmos del León o los Guardias del Tridente serían enviados en su busca y sería el fin para ellos. Yo opino que Delfos ha sido llevado a las ruinas— concluyo. No con demasiada convicción, mis compañeros dan el visto bueno a mi hipótesis y decidimos ir a la fortaleza. 23 — Por lo que parece, la mejor alternativa es la de ir en barca. El hombre del embarcadero, Carsen ha dicho que se llama, quizá esté dispuesto a acercarnos a cambio de algún dinero— señala Shiroge al terminar su comida, justo cuando empezamos a comer los medio elfos y yo. — Ya que has terminado, podrías acercarte a hablar con él, ha sido amable contigo y quizás eso nos ayude a que acepte— le propone Haleth, mientras se sirve el desayuno en el plato. — ¡Está bien!— contesta el grandullón mientras se levanta. — Pregúntale cuánto se tarda hasta la Roca del Tigre. Lo ideal es llegar de noche y acercarnos sigilosamente, la oscuridad puede ser una gran aliada— comenta Elion. Todos estamos de acuerdo. — Hoy las lunas están llenas, pero siempre es mejor que ir de día— No sé si es necesario, pero prefiero aclararlo. Shiroge se dirige a la pasarela y nosotros apuramos el desayuno. Podemos ver la cara de Carsen al acercarse el enorme eledín. Casi se le ve temblar ante tan inmensa y musculosa mole que representa más del doble de su tamaño. Le vemos asentir, señalar al lago y asentir de nuevo. Tras la breve conversación el grandullón regresa. — Está dispuesto a llevarnos. Me ha pedido una moneda de plata si me parecía bien. Le he dicho que sí, aunque estoy casi seguro que hubiera aceptado por menos. Dice que hay ocho horas de navegación, con el viento que ahora viene del interior, y que no quiere volver solo demasiado tarde. Si es posible, de salir ahora llegaremos justo antes del anochecer— comenta Shiroge. Todos sonreímos y asentimos. — Vayamos pues. Descansaremos en la barca y avanzaremos por la noche hacia las ruinas— propongo tras mi último trago de deliciosa leche de cabra. 24 Abonamos el desayuno y los gastos a la preciosa Ánnub, que se hará cargo de los caballos después de prepararnos unas provisiones de pan, embutidos y agua. Nos dirigimos a la pasarela. El barquero nos está esperando, parece que tiene todo listo, ha hecho hueco en la amplia barca de pesca para que el trayecto sea lo más confortable posible. — Buenos días, señor Carsen— saludo al llegar—. ¿Todo listo para partir? — Por supuesto, señores. Embarquen con cuidado y pónganse cómodos, saldremos de inmediato— contesta el pescador mientras ultima los preparativos para soltar amarras. La jornada transcurre plácidamente en las calmadas aguas del lago, sin separarnos demasiado de la orilla oeste. Carlsen tiene gran manejo de la embarcación y va sorteando rocas e islotes cercanos a la orilla con soltura. Todos aprovechamos para descansar algo. A mí me va a costar un poco pegar ojo, Haleth se ha sentado a mi lado en la proa y apoya su cabeza en mi hombro. Unas horas más tarde, las lunas salen brillantes en el horizonte por popa, mientras el sol se oculta en el oeste. — La luna menor, Duka, está casi pegada a la izquierda de la mayor, Dalek. De hecho, la orbita con una duración exacta de un año. Al salir Duka por la izquierda, comienza la primavera, cuando la eclipsa por delante es verano, cuando se despega por la derecha es otoño y durante el invierno se oculta detrás de ella— explico susurrando a Haleth sin saber muy bien por qué, parece dormida. Lo cierto es que mi corazón palpita fuerte con el olor de su melena gris reposando sobre mi pecho. Aunque no haya dormido, por lo menos he descansado un poco el cuerpo. 25 Poco después, justo en la puesta de sol, el patrón de la embarcación da el aviso. — ¡Ya casi estamos!— dice mientras señala la enorme piedra a unos cien metros de nosotros. Ahora entiendo el nombre, tiene la forma bastante aproximada de la cabeza de un tigre. Desembarcamos en la orilla de arena pocos metros antes de la roca, pagamos a Carlsen y nos despedimos. — Será mejor que avancemos, iremos acechando entre las sombras para no ser detectados— advierte Elion. El medio elfo tiene un paso rápido pero tranquilo, casi no hace ruido al caminar y con celeridad encuentra cobijo en las sombras. Shiroge y Aulas no son tan sutiles, uno por el tamaño y el otro por su forma tosca de caminar. Avanzamos con una cierta separación entre nosotros refugiándonos entre la vegetación, que aunque no es muy espesa, la altura de los arbustos y matorrales, junto con los pequeños árboles que motean el terreno, nos da algo de cobertura para ser más difícilmente divisados. Tras una hora de camino Aulas se detiene. — Crreo que he oído algo— susurra mientras echa mano a su hacha. Casi sin tiempo de reacción, un enorme lobo salta sobre nuestro pequeño compañero. Es una enorme bestia de unos cincuenta kilogramos de peso que derriba al bahaluk en un instante, incrustando sus dientes en la yugular del Dalma. Aullidos y gruñidos se oyen desde todas direcciones. Shiroge reacciona y de un golpe de mandoble destroza la cadera del animal, que chilla con fuerza y cae herido de muerte. La sangre sale a borbotones del cuello de Aulas que intenta apretarse con sus manos con fuerza para detener 26 la hemorragia. Un denso chorro de viscosa sangre se cuela entre los dedos del guerrero, que termina perdiendo la consciencia. Sin tiempo para auxiliar a nuestro compañero, nos vemos rodeados. Otros siete lobos, de igual tamaño y temible presencia, aparecen gruñendo por todos los flancos. Los medio elfos y yo nos reagrupamos, el eledín está aislado del resto y es atacado por una bestia de frente. Un tremendo golpe de mandoble parte al animal en dos, un enorme chorro de sangre y vísceras de lobo cae sobre él. Por desgracia no ha tenido tiempo de ver que otro se acerca por detrás y apresa con sus enormes dientes el talón de Shiroge, que grita con desesperación y no puede evitar ser derribado. Al caer no es capaz de asir su arma y ésta cae al suelo. Otro lobo frente a él se prepara para el ataque definitivo. No sé de dónde, pero saco el valor para ir en su ayuda. El otro lobo sigue apresando y tirando de su pie, y el eledín está totalmente indefenso. Con una maniobra acrobática, consigo colocar mi escudo entre el feroz depredador frente a él y su presa. Siento el fuerte impacto del animal en mi brazo y casi me disloca el hombro. Haleth y Elion cargan en nuestra dirección. La joven medio elfa, con un fuerte golpe de su espada decapita al lobo que aún tira del pie de Shiroge y consigue liberarlo. Elion dispara su arco con una velocidad que no había visto en mi vida, dos lobos chillan cuando reciben sendos certeros disparos de mi amigo y compañero. Haleth y yo hacemos una barrera de cobertura. Los animales, ya mermados y sin el factor sorpresa, terminan por huir. — ¡Aulas!— grita Haleth mientras corre en su ayuda, pero es demasiado tarde. Nuestro bravo compañero ya ha 27 recorrido el camino de Amán, yace pálido, sin pulso. Haleth intenta reanimarlo, pero es esfuerzo es inútil, solo nos queda despedirnos y rezar a los Ersan por la inmortalidad de su nombre. La herida del talón de Shiroge es bastante fea. Saco mis útiles de primeros auxilios y consigo frenar la hemorragia. Está algo débil, pero no ha perdido la consciencia. Tardo unos minutos en suturar, aplicar el ungüento y vendarle el pie. No ha habido ningún daño en los cartílagos y aunque sea con algo de dolor, podrá seguir caminando. — ¡Maldita sea!— grito con desesperación mientras observo el cuerpo sin vida de nuestro pequeño compañero—. Será mejor enterrarlo y que descansemos unas horas mientras Shiroge se recupera. Tras el descanso necesario, y con pesar de dejar atrás a nuestro compañero caído, seguimos avanzando hacia las ruinas. Dos horas más tarde, llegamos al límite de la zona boscosa que da paso a una zona abierta y recubierta de roca. Aún es de noche, pero se aproxima el alba. — ¡Mirad!— dice Haleth mientras señala con su dedo el enorme espigón y el acantilado. La tenue silueta de un torreón semiderruido se advierte con el brillo de las lunas. — Hay una playa que llega hasta la base del acantilado, a unos doscientos metros del torreón. Si llegamos hasta allí, quizás encontremos la manera de entrar sin ser vistos. No sabemos qué nos vamos a encontrar en la ruinosa fortaleza— nos comenta Elion mientras señala con el dedo la playa de arena fina. — Buena idea, primo— asiente Haleth—. Apresurémonos. Acechando entre la maleza y las rocas junto al lago, nos vamos aproximando con presteza pero con precaución. — ¡Cuidado, esconderos!— susurra con vehemencia Shiroge al llegar a la playa—. ¡Se aproxima un jinete! 28 Tras refugiarnos tras unas enormes rocas, vemos apresurarse hacia las ruinas la silueta un jinete con ropas oscuras a lomos de un precioso caballo de color azabache. El lomo del equino reluce con el brillo de las lunas, al igual que el azul del zafiro en el anillo de la mano izquierda del encapuchado jinete. Una vez pasado más allá de nuestra posición, aprovechamos la distracción para apresurarnos hasta el borde del acantilado. No nos habíamos percatado, pero hay una pequeña cueva en el extremo del acantilado que avanza dirección al fuerte. Se ve que las lluvias han desprendido unas rocas junto a la entrada. Está bastante oscura y es estrecha, pero cabemos sin problema. — Deberíamos investigar la cueva, puede que haya otra salida o que encontremos alguna forma de huir si algo sale mal— propone Elion en baja voz. — Me parece adecuado— respondo, al igual que Shiroge y Haleth. Sin más preámbulos nos adentramos en la sinuosa oscuridad. Una vez dentro, Shiroge enciende una antorcha y avanzamos con sigilo. El estrecho túnel tiene poco más de un metro de ancho, si bien es lo bastante alto para que el grandullón pueda caminar de pie. Tras recorrer más de cien metros con una acentuada subida, el túnel se allana y se ensancha. Veo una grieta en el techo, se ve que se han derrumbado las paredes y escombros de piedra se amontonan. — Quietos, he oído algo— susurra Elion mientras señala a la grieta. Suena una puerta y el crujir de unos pasos con espuelas de monta. Dos voces masculinas se saludan con frialdad. 29 — ¿Por qué me habéis convocado aquí, en estas ruinas miserables?— pregunta la primera voz. — Habría sido peligroso reunirnos más cerca de la ciudad, era la opción más segura— responde su interlocutor. — ¿Y bien?— pregunta de nuevo el primero. — Aquí tiene— Suenan unos pasos y hay un breve silencio—. Como dijo el jefe no es ningún farol— añade la segunda voz. — No me lo puedo creer, ¡lo habéis encontrado!— Hay una breve pausa y continúa la primera voz—. No te preocupes, yo cumpliré con mi parte. — No nos demoremos más, es hora de irse— claudica el segundo hombre. Justo después los pasos abandonan el lugar y se cierra la puerta. — ¿Qué demonios ha sido eso?— pregunto a mis compañeros. Se miran unos a los otros sin saber bien qué responder. Tras unos segundos Shiroge rompe el silencio. — Subamos a comprobarlo— Y comenzamos a regresar hacia la playa. Los primeros rayos de sol entran de perfil por la boca de la cueva. Salimos con cuidado y comenzamos a trepar por el acantilado. Al llegar arriba, justo en la base del torreón, Elión, el más ágil de todos, señala hacia el oeste, por donde vino el jinete. — Parece que abandonan el lugar— informa desde lo alto del terraplén. Un minuto después llego al borde del precipicio y consigo divisar a lo lejos un grupo de jinetes, casi una docena, abandonando el lugar al galope en dirección noroeste. — Comprobemos que no queda nadie e inspeccionemos el lugar— propongo a mis compañeros, mientras saco mi lanza. 30 El sitio está desierto, hay pisadas frescas de caballo en el patio interior, junto a una casa con parte de los tejados hundidos y gran parte de las paredes derruidas. La puerta principal, si bien raída y descuadrada, está utilizable. Dentro hay un pasillo con dos puertas, una a cada lado. La de la derecha está bloqueada por los escombros del otro lado, la de la izquierda se abre sin problemas y da a un salón donde hay una mesa y cuatro sillas, deterioradas pero utilizables, y una chimenea hecha escombros. — Este parece el lugar de la reunión que hemos oído— advierte Elion mientras se agacha cerca de la chimenea. — Comprobaré el torreón— se ofrece Shiroge mientras sale de la sala. — Espera, te acompaño— Sale tras de él Haleth. — ¿No te parece un poco extraño Elion?— pregunto a mi compañero. — ¿A qué te refieres?— contesta con otra pregunta. — Se supone que Delfos ha sido raptado. Sin embargo, no hay evidencia alguna de ningún rapto, todos los jinetes que escaparon iban libres. Me pregunto si no nos hemos equivocado— resumo mis inquietudes sobre la misión. — ¿Quieres decir que crees que Delfos no ha sido traído aquí?, ¿que quizás sus raptores fueron los bandidos?— pregunta Elion. — Todavía no lo sé, demasiado movimiento para un lugar deshabitado— reflexiono en voz alta—. Salgamos a ver si han encontrado algo en la torre— propongo al medio elfo, que sale tras de mí. Ya fuera del edificio, vemos a nuestros compañeros salir de la torre. Haleth trae una prenda de ropa en las manos, parece una camisa. 31 — Mira Mirmi, hemos encontrado esto— informa Haleth mientras señala con el dedo en la parte más alta de la manga. — Esto sí que no me lo esperaba…— reflexiono sorprendido en voz alta, mientras observo atónito el símbolo bordado en la ropa, un cuarto de luna menguante sobre una estrella de cuatro puntas—…Siervos de Amán. — Será mejor que regresemos a la posada, tenemos que informar que hemos perdido el rastro de Delfos. Olvidaros de cobrar…— propone Haleth con resignación. Decidimos tomar el camino que siguieron los sectarios. Debe de tratarse del camino en desuso que mencionó 32 Carias, el viejo farero. Tardaremos más de un día en llegar a la aldea de Énder, donde dejamos los caballos. Caminamos en silencio, con la moral por los suelos. No sólo no hemos conseguido rescatar a Delfos, además le ha costado la vida al bueno de Aulas. Hacemos una rápida parada para comer y para cambiar las vendas y revisar la herida de Shiroge. Parece que el ungüento funciona a las mil maravillas, apenas ha pasado medio día y la herida comienza a cicatrizar, no hay rastro de infección. Continuamos la marcha, el camino se separa un par de kilómetros del lago y repta por un badén. Al final del badén, detrás de unos matorrales, nos cruzamos con un camino más ancho. Comienza a caer la noche. — Ese parece el camino de Nublin, aún nos quedan ocho horas de marcha en dirección noreste— indico a mis compañeros mi apreciación. — Será mejor que acampemos por los alrededores, Shiroge necesita descanso y ya hemos visto lo peligroso que es andar por aquí de noche— añade Haleth, quizás con la imagen en la retina de nuestro pequeño compañero Dalma caído. Buscamos por la zona un buen sitio para escondernos. Elion se percata de un pequeño badén rodeado de matorrales a unos veinte metros del camino— ¡Éste parece el lugar perfecto!— exclama satisfecho mientras revisa el lugar. Decidimos descansar seis horas. Haleth y Elion se encargarán de las guardias, tienen la virtud, heredada de los elfos, de que con tres horas de descanso y meditación, se recomponen como si hubieran dormido ocho horas. Shiroge y yo acomodamos las mochilas en el centro del gran hoyo y nos echamos a dormir. 33 — Pssss, despierta Mirmi— escucho el susurro de Elion y una ligera presión en el hombro, así que abro los ojos. Elion está a mi lado con el dedo índice en la boca, indicándome estar en silencio. Shiroge se levanta a mi lado y coge sus armas, yo hago lo mismo. Haleth está en la parte de arriba del badén, entre los arbustos que dan hacia el camino. Nos acercamos reptando con el cuerpo contra el suelo hasta su posición. Desde lo alto del terraplén, podemos ver que hay seis humanos en el camino, visten con ropas blancas y negras, están investigando nuestro rastro. — ¿Qué hacemos?— pregunta Shiroge mientras agarra la empuñadura de su mandoble. — Tarde o temprano darán con nosotros. Aprovechemos el factor sorpresa— propone Elion a la vez que agarra el arco—. Vamos a darles un poco de su medicina. ¡Embosquémosles! — No parece mala idea, si nuestro primer ataque resulta efectivo, igualaríamos la ventaja numérica con la que cuentan. Están a la distancia adecuada— opino con voz susurrante. — ¡A la de tres!— dice Elion—. Uno, dos y ¡tres! Elion se levanta con su arco cargado mientras yo cojo algo de carrerilla para arrojar una de mis lanzas. El proyectil de Elion es disparado contra un bandido situado de flanco, la flecha penetra por el costado y atraviesa los dos pulmones del adversario que cae al suelo. Mi lanza va dirigida contra la espalda de otro, atravesando músculos y tejidos, destruyendo una serie de órganos vitales y cae de bruces. Shiroge y Haleth cargan en este momento. Agarro mi segunda lanza y salgo detrás de ellos en segunda línea, mientras Elion vuelve a disparar. Una 34 segunda flecha impacta contra el muslo del otro bandido que trataba de cubrirse con su escudo y que le hace retroceder. Shiroge llega el primero y se lanza contra el bandido de mayor tamaño, que consigue parar su ataque a duras penas, usando su escudo y su espada. El bandido que está a su lado lanza una ofensiva con su hacha contra el grandullón Shiroge, que repele el ataque con su escudo. Haleth usa la espada para detener el ataque de su rival, seguidamente da una patada que impacta en el brazo que sujeta el escudo y éste se le cae. Desde segunda línea, lanzo un potente ataque contra el bandido que ha atacado al eledín, provocando una fea herida en su costado y una hemorragia. El enemigo se dobla de ese lado y queda aturdido mientras la sangre gotea desde su torso a lo largo de su cuerpo. Veo pasar una nueva flecha de Elion que impacta en el escudo del adversario. Un segundo golpe de mandoble de Shiroge hace que el enemigo se tambalee, quedando a merced de un nuevo ataque. El adversario de Haleth maniobra bien y consigue dar un tajo en el brazo de la medio elfa. La herida es leve, pero le causa una pequeña hemorragia, a lo que nuestra compañera responde con una increíble combinación de artes marciales. Primero golpea con la palma de la mano en la nariz del adversario, seguidamente una patada en la cabeza que lo derriba y cae inconsciente. Mi segundo ataque también resulta definitivo, consigo impactar contra el muslo y seccionar alguna arteria, el bandido grita con fuerza de dolor. Al extraer la punta de la lanza, un fuerte chorro de sangre se proyecta desde la herida, mi rival cae de rodillas, para acabar de frente contra el suelo para morir desangrado. 35 Una última flecha de Elion impacta, esta vez sí, en el cuello del enemigo seccionando músculos y venas y éste se deja caer. Por último, Shiroge da un golpe de plano contra la cabeza del adversario que lo noquea al instante. — ¿Estás bien, Haleth?— me intereso enseguida por el estado de mi compañera herida. — Es un rasguño— Ella le quita importancia. Aun así, me ofrezco a curárselo. Es cierto que no es profunda, no necesita sutura, bastará con limpiar la herida, aplicar el ungüento y vendarla. Registramos los cuerpos de los bandidos. Salvo las doce monedas de plata que encontramos en sus morrales y que nos repartimos en partes iguales, no tienen nada de valor. Por sus atuendos, unas llamativas ropas en blanco y negro, lo cual encaja a la perfección con la descripción del farero, está claro que se trata de bandidos de las montañas Némodas. Seguidamente sacamos los cuerpos del camino. — Ya que estamos despiertos y el sol empieza a salir, será mejor que avancemos— propongo a mis compañeros una vez repuestos de la batalla. Los Ersan han sido propicios en esta jornada, hemos hecho una pequeña parada sin incidencias y llegamos por la tarde a la aldea junto al lago Énder. Al alcanzar a la plaza, vemos que nuestros caballos están atados en el abrevadero. Alguien, probablemente Ánnub, ha dado algo de heno a las bestias y están en buen estado, pero… hay un caballo más atado junto a los nuestros. Miro hacia la taberna y justo por la puerta aparece Pirnel. — ¡Rubio! ¿Qué haces aquí?— pregunta Haleth al joven. — Siler me ha mandado en vuestra búsqueda, acabo de llegar, ¡Delfos ha sido rescatado sano y salvo!— nos informa el compañero justo antes de caer en la cuenta que 36 falta uno de nosotros—. ¿Dónde está Aulas, que ha sido de mi pequeño amigo? — Aulas ha caído, Pirnel, fuimos emboscados por una jauría de lobos— responde Elion con voz seria. — No, maldita sea…— Los ojos de Pirnel se empapan al momento y no puede resistir que se caigan algunas lágrimas. En los días en el Gran Camino habían hecho buenas migas, pero esto es el reino de Aradín, en estas tierras la vida es un privilegio que puede ser arrancado en cualquier momento. Sin perder más tiempo, tomamos los caballos y marchamos de regreso a la posada El Sauce Feliz. Por el camino, Pirnel nos da detalles de la aparición de Delfos. — Hace unas horas, apareció en la posada. Ha sido rescatado por el nuevo teniente de la Guardia del Tridente, un tipo grande, llamado Balduur. Por lo que ha contado, Delfos había sido secuestrado por unos bandidos. El teniente, acompañado por solo dos hombres, consiguió darles caza en el camino de Nublin. Por suerte Delfos ha salido ileso. Cuando vine a buscaros, se preparaban para partir a Estrian— explica el joven arquero durante la marcha. Hay muchas cosas que no me cuadran de esa historia, no hemos encontrado prueba alguna en el camino de una batalla. Además, no me explico cómo ha podido ese tal Balduur dar con él tan rápido. Pero no digo nada, no tengo pruebas ni evidencias de nada, solo un montón de suposiciones en un puzle que de momento no he conseguido encajar. Por un lado me alegro de que Delfos esté bien, eso significa que al final cobraremos nuestros honorarios. Al atardecer llegamos a la posada. Delfos y los demás ya no están. Al vernos entrar, Guilim se nos acerca. 37 — Bienvenidos por fin, señores. Me alegro de verles sanos y salvos. El asistente del magistrado, Erios, me ha pedido que les diera un recado: quiere que se reúnan con él en la posada El Tridente en el puerto de Estrian— nos dice el posadero. — Muy amable señor Guilim, partiremos después de cenar— le contesto al hostelero. Nos sentamos a cenar. Parece que mis compañeros están algo más animados, a fin de cuentas, vamos a poder completar la misión, pero yo tengo aún algunas averiguaciones que hacer. No quiero llamar demasiado la atención y sé exactamente de alguien observador e inocente a quien hacerle un par de preguntas. Aprovechando un momento de distracción y sin decir nada, me apresuro hacia la cuadra. — Buenas noches, amigo Éder— saludo al muchacho que se encuentra reposando sobre una montaña de heno. — ¡Buenas tardes, señor!— contesta el chico alterado—. Solo estaba descansando un rato. — No te preocupes, chaval. No diré nada a nadie, vengo porque el otro día con las prisas, no tuve tiempo de recompensarte por tu gran ayuda— le comento al joven. Observo que empieza a mostrar interés—. Toma— Le lanzo una moneda de cobre, que el joven agarra con habilidad. — Tengo otro par de preguntas que, lo mismo tú puedes contestar— sugiero con tono de complicidad. — Claro, señor. ¿Qué desea saber?— me pregunta casi con impaciencia. — Un hombre llamado Balduur, ha traído de vuelta al magistrado desaparecido. ¿Le has visto?— El chico mueve la cabeza de arriba para abajo de forma afirmativa. — ¿Qué sabes de él? — 38 — Es el nuevo teniente de la Guardia del Tridente, un hombre muy grande, puede que no tanto como su compañero, pero de gran tamaño también. Tiene una preciosa yegua, color negro azabache, con el pelo muy bien cuidado y brillante— contesta con seguridad. — ¿Qué ropa viste? Dime algo sobre su atuendo— insisto con las preguntas. — Pues, traía ropas oscuras, pantalón y camisa. Tiene unas preciosas botas con espuelas, también negras, creo que eso es todo… ¡Bueno, no! Luce en su mano izquierda un anillo con un enorme zafiro reluciente— añade. — Gracias, chico. Aquí tienes, tú y yo no hemos hablado— Le guiño el ojo mientras le entrego una moneda de bronce. El chico me mira con una enorme sonrisa. — Gracias, señor— me responde mientras me giro y abandono la cuadra, ya sé todo lo que necesitaba saber. 39