2 Estrian No he querido compartir con mis compañeros mis conclusiones ni mis inquietudes durante la apresurada cena. No me siento muy cómodo con la presencia de Pirnel, no porque piense que sea un mal muchacho, sino por su amistad con Síler, que lleva años trabajando con Delfos. Todo me hace pensar que hay un gran complot en torno a la visita del magistrado, pero desconozco aún demasiados detalles. Lo que tengo bastante claro es que Balduur y Delfos están involucrados en algún asunto con los Siervos de Amán y que el secuestro de Delfos no ha sido otra cosa que una distracción para encontrarse. Pero no sé quién más está involucrado y desconozco el objetivo de su conspiración. A caballo a buen ritmo, nos lleva menos de dos horas el trayecto hasta Estrian. Si bien, la almenara, encendida sobre la enorme torre de mármol blanco de más de cincuenta metros de altura, que corona la ciudad costera y sirve de faro, es visible desde hace más de una hora, desde que entramos en el paso entre dos barrancos, recubiertos de helechos y matorrales, por el que transcurre la última etapa del Gran Camino. De hecho, toda la parte de la ciudad que está dentro de las murallas, está construida con bloques de mármol, una inmensa fortaleza blanca de enormes muros de diez metros. Todo el extrarradio está formado por suburbios y barrios aledaños. Por donde transcurre el Gran Camino está bien iluminado y vemos mucha seguridad, patrullas de la Guardia del Tridente vigilan cada esquina. 40 Al llegar al enorme portón de cinco metros que da acceso a la zona amurallada, hay un dispositivo controlando la ajetreada entrada a la fortificación. Revisan las carretas de mercaderes y curiosos que han venido desde todas partes de la región para el nombramiento, que tendrá lugar pasado mañana. Un grupo de guardias nos dan el alto. — ¿Quiénes sois y por qué queréis entrar en la ciudad?— pregunta un uniformado a Elion, que lidera la compañía. — Venimos desde Gáldoras, somos escoltas de Delfos, magistrado del rey. Tenemos el encargo de encontrarnos con Erios, secretario de Delfos en la posada El Tridente y hacia allí nos dirigimos— responde adelantándose Pirnel y le enseña unos papeles. Los guardias revisan la documentación y los caballos unos instantes. — Podéis pasar— concede el hombre, a la vez que hace un gesto con la mano para que avancemos. Pequeñas callejuelas salen a cada lado de la avenida principal por la que nos adentramos y que mira de frente a la torre, situada en la punta noroeste de la zona amurallada. La ciudad es bastante llana, de casas de mármol blanco de dos y tres alturas. La zona a nuestra derecha está bien iluminada y a pesar de que hace ya unas horas que se posó el sol, hay bastantes transeúntes de todas las razas y las tabernas están llenas. Hay muchos guardias por esa zona. Sin embargo, la parte de la izquierda está más oscura y menos cuidada. En medio de la avenida se abre una inmensa plaza, en cuyo centro se extiende un gran mercado con cinco calles, en el que habrá más de un centenar de puestos, que permanecen cerrados a estas horas. Del otro lado de la 41 plaza, por donde continuamos la marcha, está la zona noble de la ciudad. Las calles aledañas son amplias y las casas lujosas y ornamentadas, de hecho, justo en medio del tramo, a la derecha, una calle muy decorosa y muy bien iluminada llega hasta las puertas de un impresionante palacio blanco de cuatro plantas y gran belleza, con guardias custodiando la entrada. Por fin llegamos a la plazoleta situada a los pies de la torre. A la izquierda, en la esquina se aprecia con claridad un letrero iluminado por antorchas donde se lee en bóldor: “El Tridente”. — Parece que hemos llegado— advierte Elion mientras descabalga cerca de los amarres, al lado de la puerta. Tras atar los caballos, entramos en la posada. El comedor es bastante amplio, revestido de madera envejecida desde el suelo hasta el techo. Hay tres enormes mesas rectangulares con bancos a la izquierda de la sala, ocupadas por grupos de Guardias del Tridente. En el centro hay otras ocho mesas redondas, todas ocupadas, menos una justo al lado de la entrada. Hay una docena de elfos entre los clientes, además de tres eledines y un grupo mixto de tres bahaluks y dos medios elfos. El resto son humanos, incluyendo al posadero y las tres taberneras que están muy ajetreadas. Ocupamos la mesa libre. — No veo a Erios por ningún lado— aprecia Shiroge con acierto. — Es bastante tarde, puede que se haya ido a descansar, mañana por la mañana seguro que aparece— responde El Rubio, mientras levanta la mano intentando llamar la atención del servicio. 42 Cansado de tener el brazo en alto y ante la indiferencia del personal, Pirnel se levanta. — Iré a la barra a pedir la bebida, ¿cervezas para todos, no?— pregunta el joven, a lo que todos asentimos. — Hay algo que quiero hablar con vosotros— comento en baja voz aprovechando la ausencia del compañero—. He descubierto que el jinete negro de las ruinas es Balduur y la voz que oímos desde la cueva, junto a él, debe de ser la de Delfos. Yo nunca le oí decir nada en los cuatro días por el Gran Camino, siempre era Erios el que se dirigía a nosotros, por eso no lo reconocimos. — Son acusaciones muy fuertes Mirmi, ¿en qué te basas para asegurarlo?— pregunta Haleth con gesto de desaprobación. — Por la descripción que Éder, el mozo del Sauce Feliz, hizo del teniente. Me habló del caballo azabache de piel brillante, idéntica a la del jinete, además, al parecer Balduur usa espuelas y luce en su mano izquierda un anillo con un zafiro azul, al igual que el encapuchado— defiendo mis conclusiones. — Pero nada de eso prueba nada, puede ser otro caballo y otro anillo. Además es muy común que los jinetes usen espuelas, se puede tratar de una desgraciada casualidad— opina Elion—. De todas maneras eso no es asunto nuestro, la primera parte de nuestra misión ha sido completada, en unos días volveremos a Gáldoras, cobraremos nuestros honorarios y se habrá acabado. Todo eso, aunque fuera cierto, es problema de otros. — Sí, estoy de acuerdo con mi primo— añade Haleth. — ¿Sabes, amigo?— se dirige a mí Shiroge mientras me mira con confianza a los ojos—. Estoy de acuerdo contigo, esto huele muy mal, y estoy de acuerdo con los medio elfos que por un lado no tenemos pruebas y por otro no es 43 nuestro asunto, pero si quieres seguir adelante e investigar, cuenta conmigo, estaré a tu lado— Noto que el grandullón se abre a mí más que nunca, quizá sea por el incidente con los lobos. — Gracias amigo, pero quizás los primos tienen razón, lo mejor será dejarlo correr de momento— concedo con resignación. Regresa Pirnel con las cervezas tras unos minutos, se ha encargado también de coger una habitación. Estamos todos agotados y tras la cena no tardamos en irnos a dormir. Ya en la habitación, echo un vistazo a la herida de Shiroge, está curando fantásticamente, mañana retiraré los puntos. ¡Qué bien sienta descansar en una cama con un mullido colchón! Me siento renovado. Abro los ojos y miro a mi alrededor. Eledín y El Rubio siguen dormidos, sin embargo, Haleth y Elion ya no están. Me levanto, me visto, cojo mi mochila y mis armas y tratando de no hacer ruido, me dispongo a salir de la habitación. — Espera Mirmi— escucho la voz ronca del grandullón—. ¿Vas a desayunar? ¡Estoy muerto de hambre!— dice mientras se sienta en el lado de la cama. — Venga, vístete. Voy cogiendo una mesa— le contesto con una sonrisa. La posada está casi vacía, apenas los bahaluks y los medio elfos están sentados desayunando en una de las tres grandes mesas del otro lado. — Buenos días, señor. Espero que haya dormido bien— oigo el suave tono femenino de la tabernera que me mira con atención desde la barra a mi derecha. — Buenos días— respondo con tono cantarín—. Mi compañero y yo queremos desayunar. 44 — ¿Su nombre es Mirmaerín, verdad?— pregunta la sirvienta mientras la observo con atónita mirada. — Sí. Así es, señora. ¿Cómo lo sabe?— le digo a la mujer con gesto de extrañeza. — Responde a la descripción que me dieron una pareja de medios elfos hace una hora, dejaron un mensaje para vos— añade mientras saca de su mandil una nota escrita en un trozo de papel doblado. Leo el documento: “Estimados compañeros, no hemos querido despertaros, parecía que necesitabais descansar. Nos han hablado de un sitio llamado Plaza del Sur, donde dicen están los mejores armeros de la ciudad. Nos vamos a acercar a echar un vistazo, volveremos en seguida. Vuestra compañera y amiga Haleth”. Tiene una bonita caligrafía; una vez me dijo mi abuelo, durante una de sus lecciones del idioma de los elfos, que la caligrafía y el manejo de la espada están estrechamente relacionados. Sin duda nuestra compañera destaca en ambas habilidades. — Está bien, ¿podría hervir estas agujas de suturar diez minutos?— pido a la tabernera mientras saco el pequeño frasco donde las llevo, a la vez que Shiroge y Pirnel entran en la sala. — Por supuesto— responde la mujer y toma el recipiente de mi mano. Nos sentamos los tres a la mesa y les enseño el papel en el tiempo que nos sirven el desayuno y me devuelven mis agujas. Poco después entra un hombre en la posada. Se trata de Erios, que viene especialmente bien vestido con ropas de seda y un sombrero aterciopelado, todo de color gris claro, con una camisa blanca de botones y las botas también grises. 45 — ¡Buenos días, compañeros! ¡Qué alegría veros sanos y salvos!— nos saluda de manera efusiva el secretario. — ¡Buenos días!— respondemos los tres. — ¿Dónde están vuestros compañeros?— pregunta el mayordomo de Delfos. — Han ido a la Plaza del Sur— responde de manera precipitada El Rubio. — Me alegro de que estéis todos bien— agradece con una sonrisa de satisfacción. — Todos no, Aulas cayó. Fuimos emboscados por una jauría de lobos durante la búsqueda del magistrado— le informo con tristeza y pesadez. — No me digas… — El gesto se le torna serio—. Es una pena, me caía bien; por desgracia, es algo que está siempre al acecho en la vida de un Dalma— añade con cierta resignación. En este momento Haleth y Elion entran en la posada, puedo distinguir que el arco que trae mi compañero no es el mismo, además su carcaj vuelve a rebosar de flechas. La empuñadura de la espada de Haleth también es distinta. — Buenos días, por lo que veo ya estamos todos. Síler y Gaulas están escoltando a Delfos en el palacio del senescal. Sentémonos— ofrece Erios mientras agarra una de las sillas en nuestra mesa. Los recién llegados le imitan. — Lo primero, me gustaría daros las gracias por arriesgar vuestras vidas buscando al magistrado, estoy seguro que si Balduur no hubiera aparecido, vosotros habríais dado con él— empieza diciendo sin aparente ánimo de acritud—. Lo segundo, quiero abonaros la parte restante del primer pago por el trabajo de escolta— añade mientras saca un morral de piel, del que extrae seis monedas de oro, entregando una a cada uno—. Esta última moneda, la 46 de Aulas, servirá para pagar los gastos de vuestra estancia en Estrian— continua a la vez que apunta el pago en un pequeño libro de cuentas que nos da a firmar—. Para finalizar, os emplazo en esta misma taberna, dentro de cuatro días al alba, para emprender el camino de regreso— concluye. Todos firmamos, asentimos y se hace un breve silencio. — Bueno, si no tenéis nada que decir, yo me voy, tengo que reunirme con el secretario del senescal para los detalles del nombramiento— añade Erios mientras se levanta—.¡Disfrutad de estos días libres!— Se despide desde la puerta justo antes de abandonar la posada. — Parece que tenemos un tiempo para conocer la ciudad— advierto a mis compañeros—. ¡Tengo ganas de visitar el templo de Túlmar! He oído maravillas acerca de su arquitectura— Me levanto de la silla. — Yo te acompaño— se ofrece Shiroge—. Pero luego podíamos ir también a esa Plaza del Sur, mi escudo está dañado, necesitaré arreglarlo o comprar uno nuevo. — Por supuesto— respondo con una sonrisa. Qué mejor manera de moverme con tranquilidad por la ciudad que con un guardaespaldas como Shiroge a mi lado. — Pero antes, vayamos a nuestro cuarto, voy a revisarte la herida, creo que ya podemos quitar los puntos— contesto a la vez que señalo hacia la puerta que da al pasillo de las habitaciones. — Yo iré a buscar a Síler, seguro que necesita ayuda con su cometido, la ciudad está a rebosar y las aglomeraciones son peligrosas— nos informa Pirnel, que también se levanta para dirigirse a la puerta. — Elion, ¿te parece que vayamos a dar una vuelta por el mercado? Es bastante grande y seguro que encontramos cosas exóticas— pregunta Haleth a su “primo”. 47 — ¡Adelante!— responde el medio elfo con euforia. Nos emplazamos a la hora de comer y abandonamos la sala. Después de quitar la sutura del grandullón y comprobar que la herida está casi al cien por cien recuperada, nos dirigimos hacia el puerto, cuya punta norte se sitúa a pocos metros de distancia de la posada, junto a la descomunal torre. Al llegar vemos un inmenso ajetreo, marinos que se mueven de un lado para otro, viajeros desembarcando de las naves, comerciantes organizando y controlando la mercancía, amén de una gran cantidad de Guardias del Tridente, pendientes de la seguridad del puerto. Del otro lado de la inmensa plataforma de mármol, de más de doscientos metros de longitud y repleta de navíos de todo tipo, avistamos en la punta sur un enorme templo con gigantescas columnas de mármol justo en lo alto de un espigón, del que nace el rompeolas que encierra el complejo portuario. — Allí está el templo— indico a Shiroge mientras señalo con el dedo. Hay un gran revuelo en la parte central del muelle, un grupo de Guardias del Tridente, forman una línea rodeada por una multitud de curiosos. — ¿Qué ocurre, Shiroge?— llamo la atención del eledín—. ¿Ves algo? — Parece que están rescatando algo o a alguien del agua— responde mi acompañante con mejor perspectiva—. Echemos un vistazo. Es admirable con la facilidad que un tipo como Shiroge se abre paso entre la multitud, su simple presencia hace que todos se aparten con resignación, en pocos segundos llegamos a la línea de guardias. 48 — Disculpe, señor. ¿Podemos saber qué ocurre?— pregunto con educación a uno de los uniformados. — Han aparecido tres jóvenes ahogados, probablemente estaban borrachos y cayeron al mar— responde el guardia con frialdad. Me fijo por encima de su hombro. Justo en este momento sacan el cuerpo de uno de los muchachos, distingo a ver sus ropas rasgadas y empapadas. Me llama la atención que tiene señales de ataduras en las muñecas, además de un tatuaje de una flor, parece una rosa, situada en su cuello sobre su hombro derecho. — Sigamos Shiroge, no es un espectáculo bonito de ver— propongo a mi compañero a la vez que me abro paso entre los curiosos. El templo de Túlmar, Erdan de la navegación y la orientación, es impresionante, nada tiene que envidiar en tamaño al gran templo de Eneon, en Gáldoras. Pero este está particularmente bien ornamentado: Un mosaico con una gran estrella dorada de cuatro puntas, que indica cada uno de los puntos cardinales, decora el suelo del peristilo, justo detrás de las ocho tremendas columnas a las que se acceden por una escalinata. A continuación, un arco de medio punto de unos cuatro metros de altura y revestido con un relieve con olas y barcos, de gran belleza, da acceso al panteón. Ya en el interior, destaca una enorme estatua de cinco metros de altura, de impresionante realismo y magnífico acabado, con la imagen del Erdan, que sostiene un bastón alzado con su mano derecha, mientras señala hacia el norte con el dedo índice de la otra, rodeado por una gran ofrenda floral. Cada una de las paredes a los lados, disponen de un inmenso rosetón ovalado de vidrio muy 49 colorido, uno alineado hacia el norte, con tonos azulados y el otro hacia el sur, con tonos amarillentos. — Voy a recitar unas oraciones y a hacer ofrenda— advierto a mi compañero, mientras me arrodillo en uno de los grandes bancos dispuestos a cada lado del templo. Tras veinte minutos de rezo y de hacer ofrenda de una moneda de plata en el cepillo, a los pies de la estatua, abandonamos el templo en dirección a la Plaza del Sur. — Túlmar es el dios más venerado en Estrian, al igual que en la mayoría de las ciudades costeras— comento a mi compañero mientras avanzamos por la abarrotada avenida frente al templo y que cruza en diagonal dirección suroeste hacia la Plaza del Sur—. No sé si lo sabes, Túlmar surgió de Balgar, Ersan del mar y es siervo de Aunas, Ersan del viento. — No lo sabía Mirmi— responde mi acompañante—. ¡Está claro que eres un erudito!— agrega mientras me da una “palmadita” en la espalda que casi me hace caer de bruces. A veces mi compañero es incapaz de controlar su enorme fuerza. Llegamos a la plaza, está llena de forjas y herrerías, además de armerías, donde se exhiben toda clase de armas terminadas. En una esquina hay una taberna en cuyo letrero en bóldor se lee “El Martillo de Krax”. Me he fijado en el símbolo sobre la puerta, es el mismo que el distintivo que la mayoría de los establecimientos tienen en el dintel: un martillo sobre una llama. Entramos en una armería que exhibe buen material en sus vitrinas. — Buenos días, señores— Nada más entrar recibimos el saludo del dependiente, un hombre entrado en años, de pelo cano y calva brillante, con un bigote llamativo en forma de punta—. ¿Puedo ayudarles en algo? 50 — Necesito un escudo, a ser posible mejor que este— responde Shiroge a la vez que muestra su escudo abollado. — Por supuesto, señor. Tenemos toda clase de escudos de tipo torreón, rectangulares, redondos, ovalados...— contesta el comerciante, mientras abre un armario a la derecha. Dentro del mueble, una docena de escudos de ese tipo están perfectamente colocados y relucientes. De entre ellos, uno me llama la atención. — Éste parece de buena calidad— digo mientras señalo uno enorme con forma rectangular—. Se ve que es acero de buena calidad. — Acero de las montañas Morguel, al norte de la llanura del Espino Rojo, fabricado por Dimir, un experimentado miembro de Los Hacedores— contesta el hombre. — ¿Los Hacedores?— pregunto con curiosidad. — Son el clan de herreros y armeros de Estrian, solo usan los mejores aceros y trabajan en magnificas forjas— responde el vendedor—. Se reconoce por su símbolo que aparece tallado en cada uno de sus trabajos— añade a la vez que señala en la esquina superior, donde está grabado el mismo distintivo que había visto en la entrada de los establecimientos. — ¿Y cuánto vale?— pregunta mi compañero. — Dos monedas de oro— responde el mercader, mientras coloca sus manos sobre su estómago entrelazando sus dedos. — ¿Dos de oro? Vaya, es el doble de lo que pagué por el mío— comenta Shiroge con gesto torcido—. ¿Y si le entrego éste?— añade intentando regatear. 51 — No puedo darle más de cinco monedas de plata por él, necesita reparación y el acero es de poca calidad— contesta el experimentado vendedor. — Yo también querría un escudo, pero más de mi tamaño, jeje— manifiesto a pesar de que mi escudo solo tiene una leve abolladura del impacto del lobo—. Quizás puede hacernos un precio especial al tratarse de dos ventas. — Bueno…— El comerciante vacila—. Supongo que podemos hacer algo en el precio si usted adquiere otro artículo. El hombre abre el armario justo al lado. Una veintena de escudos completos están igualmente bien colocados y relucientes, la calidad de los escudos parece la misma, salvo el del final a la derecha, tiene los bordes plateados y brillantes, y se ve que está hecho de un material aún mejor. — ¿Y éste?— pregunto mientas señalo el escudo. — Parece que entiendes de escudos, mi joven amigo. Ese es un escudo muy especial, ha sido fabricado por el famoso herrero eledín Gurutdar— cuenta el tendero—. Está hecho de una aleación muy ligera y poco común, es un artículo único, su precio es de tres monedas de oro y dos de plata— concluye. No dispongo de tanto dinero, apenas tengo dos monedas de oro y otras tres de plata contando la calderilla. Incluso entregando el mío, no me llega. — Si necesitas algo de dinero, Mirmi, yo puedo prestártelo, ya me lo devolverás más adelante— me susurra Shiroge al oído—. No creas que he olvidado la deuda que tengo contigo— añade con un gesto de aprobación. Sostengo el escudo en mis manos para verlo bien, la verdad que es una maravilla, es ligero, casi como si fuera de madera, pero resistente y duro como el mejor de los aceros. 52 — Está bien, ésta es mi oferta: le entregaremos nuestros dos escudos y cuatro monedas de oro a cambio de los dos suyos. ¿Qué le parece?— Hago una oferta a la baja. El comerciante se queda pensativo, echas sus cuentas y acepta a regañadientes el trato. Salimos del establecimiento bastante satisfechos, armados con nuestros nuevos y bonitos escudos. — Parece que se acerca la hora de comer— señala mi amigo mientras se frota el vientre. — Vayamos a la posada, además, no creo que pueda comprar nada más con las pocas monedas que me quedan— contesto con cierto pesar. — No te preocupes, verás como encontramos alguna manera de conseguir dinero, a fin de cuentas tenemos cuatro días libres por delante— intenta animarme mi compañero. Regresamos a la posada por la céntrica avenida que cruza la ciudad de norte a sur, en medio de la cual hay una plazoleta redonda con comercios de toda clase y en cuyo centro, hay otra estatua de Túlmar señalando hacia el mar al oeste, a una escala más pequeña que en el templo, pero bastante bien tallada en mármol, que corona una preciosa fuente. Me gustaría entrar en la tienda de alquimia, cuyo nombre aparece en el cartel escrito en idioma élfico “Pristum Thalár”, que significa El rezo de Thal, pero dada mi situación económica, no puedo permitirme ninguno de los carísimos objetos mágicos que allí se exponen y que se ven relucientes a través del escaparate. No nos queda más remedio que seguir nuestro camino. La taberna se ha vuelto a llenar, han montado unas mesas en la puerta aprovechando el cálido sol de primavera, tenemos suerte de encontrar una libre. 53 Tras un par de cervezas, vemos a Haleth y Elion aparecer rodeando la esquina de la calle que va al mercado. — ¡Buenas tardes, compañeros!— saluda Haleth con efusiva sonrisa. — Buenas tardes, chicos. ¿Qué tal las compras?— respondo mientras acercan unas sillas para sentarse con nosotros. — Muy bien, el mercado es impresionante, hay comerciantes de todos los reinos— detalla el medio elfo emocionado—. Me he comprado un par de éstas. Me muestra un pequeño recipiente redondo de cristal que contiene un líquido oscuro y una mecha en la parte superior. — Se lo he adquirido a un grupo de comerciantes bahaluks— continua relatando—. Se trata de una bomba inflamable. Al parecer, esta pequeña esfera de cristal es capaz de generar una llamarada de tres metros de diámetro. — ¡Vaya!— respondo sorprendido—. Pero si apenas contendrá unos pocos centilitros de líquido, debe ser altamente inflamable. — Así es— contesta el medio elfo—. El comerciante bahaluk hizo una prueba delante de nosotros, con una sola gota del contenido. La introdujo en una barrica metálica y acercó una antorcha… ¡Salió una llamarada de casi un metro de altura!— relata emocionado. — ¿Y tú, Haleth? ¿Has comprado algo?— pregunto a la imponente, a la par que hermosa compañera. — No…— contesta con cara de resignación—. Me gasté casi todo lo que tenía esta mañana en esta espada— Muestra una bonita espada de gran tamaño, pero de hoja muy fina y brillante de un solo filo, con una empuñadura de 54 dos manos. Distingo el sello de los Hacedores base de la hoja. — ¡Parece que estamos todos sin blanca!— advierto con una sonrisa para quitarle hierro al asunto—. Por lo menos tenemos los gastos pagados en la posada ¡bebamos y comamos! Estamos casi terminando de comer, cuando se acerca a nosotros una patrulla del Tridente y se colocan de pie junto a nuestra mesa. — Estamos buscando a Shiroge, Mirmaerín, Elion Váltor y Haleth— se dirije a nosotros uno de los guardias—. Tenemos órdenes de llevaros ante Torsen, capitán de la Guardia del Tridente y hermano del nuevo senescal Gálser. — Somos nosotros— contesto de buenas, a sabiendas que les habrán dado nuestra descripción detallada. — Terminad el almuerzo y venid a la torre con nosotros— ordena serio pero con correctas formas el militar. Terminamos de comer y acompañamos a los guardias. La inmensa torre se encuentra justo enfrente de la posada, un gran portón metálico da acceso al edificio en su base. Hay un grupo de cuatro guardias apostados a cada lado, que viéndonos en compañía de los suyos nos dejan pasar con indiferencia. Dentro hay un enorme pasillo que da, al fondo, a una gran escalera de caracol. Todas las paredes y los suelos son también de mármol pulido y brillante. Varias puertas se apostan a cada lado del pasillo, al llegar a la última, el guardia se detiene y llama. — Adelante— una voz firme y grave se oye desde el otro lado. Entramos en la sala, se trata de un gran despacho con un escritorio lleno de pergaminos y documentos de todo tipo. 55 Tras él, se sienta un hombre de tez fina y flamante uniforme que delata su alto rango. — Dejadnos— ordena el oficial a los guardias, que obedecen con presteza. — Bienvenidos, mi nombre es Torsen, soy el capitán de la guardia de Estrian— se presenta el apuesto hermano del senescal mientras se levanta para ofrecernos la mano. Ante mi atónito juicio, me percato de que en su mano izquierda lleva un anillo con un enorme zafiro azul. Uno a uno se la estrechamos a la vez que nos presentamos. Está claro que no son las manos de un guerrero, sino de un hombre de alta cuna, de piel suave y absoluta pulcritud. — Os he hecho llamar por recomendación de Delfos, el magistrado, necesito ayuda de Dalmas para una misión muy especial. Tengo a todos mis hombres ocupados vigilando la ciudad, que estos días está especialmente ajetreada debido al nombramiento de mi hermano— explica sus intenciones yendo al grano. — ¿Y en qué consiste esa misión especial?— pregunto, mirando fijamente al capitán. — Un importante ciudadano de Estrian, del que no puedo dar el nombre, ha sido asaltado por unos bandidos hace un par de días. Le han extraído un objeto de gran valor para él, una gema de color rosa que pertenece a su familia, una de las más importantes de la ciudad— relata con suma cautela de no dar ningún detalle comprometedor—. Ofrece una recompensa de veinte monedas de oro por recuperarla. — ¿Tenéis alguna idea de dónde pueden estar esos ladrones y quiénes son?— pregunta Elion muy interesado al escuchar la gran recompensa. 56 — Sí, se trata de un grupo muy sanguinario, mataron a todos los que le acompañaban, por suerte el denunciante pudo esconderse. Unos informantes, de veracidad contrastada, vieron a los sospechosos alejarse de la ciudad dirección norte, hacia a la aldea de Riga, según las averiguaciones se esconden en un torreón oculto en el bosque de Dáverton— continúa relatando mientras extiende un mapa. — Al parecer, hay un paso entre la densa vegetación unos kilómetros más allá de la posada El Encuentro, a menos de medio día de camino de aquí. El sendero se encuentra oculto en las cercanías de un inmenso olmo solitario, frente al bosque y que es visible desde el camino— concluye. — Tengo entendido que el bosque de Dáverton es peligroso, además de un laberinto de difícil acceso y orientación— señalo a mis compañeros. — Así es— asiente Torsen—. De ahí que ofrezcan tan suculenta recompensa. Por un momento nos miramos los unos a los otros. Claro que vamos a aceptar la misión, estamos casi en bancarrota y disponemos del tiempo necesario para llevarla a cabo. Aunque al ver el anillo del capitán desconfío de él, quizás ganarnos su confianza sea la manera que nos llevará a la solución del misterio de la desaparición de Delfos. — Aceptaremos veinticuatro, seis para cada uno— negocio las condiciones. — De acuerdo, me parece correcto— contesta el oficial. Seguidamente nos hace entrega del mapa—. Venid directamente cuando tengáis la gema en vuestro poder, suerte— concluye y se despide. Abandonamos el despacho y nos dirigimos a la salida en silencio. 57 — Deberíamos salir ahora— propongo a mis compañeros ya fuera de la torre—. Podríamos descansar en la posada El Encuentro y continuar desde allí al Amanecer para adentrarnos en el bosque de día. — Me parece bien, tengo ganas de un poco de acción— contesta Elion con sonrisa abierta. — ¿Acaso no te has fijado en el anillo?— me pregunta Haleth mostrando extrañeza. — Mejor hablemos fuera de la ciudad, no confío en estas paredes— respondo con gesto serio. Pedimos en la posada El Tridente que nos preparen unas provisiones, y tras unos minutos de espera partimos hacia el norte, por el camino que va hacia la aldea de Riga. Ya en la distancia, llega el momento de hablar del tema. — Tengo que admitirlo, no confío en Torsen, más después de ver el anillo de zafiro en su mano, pero creo que no es malo ganarnos su confianza además de una buena recompensa. Una vez de vuelta indagaremos más, no me extrañaría que nos haya buscado a nosotros, no por recomendación de Delfos, sino por tenernos lejos— empiezo a exponer a mis compañeros—. Creo que no es mala idea que piense que somos ajenos a todo y que todo va según sus planes, hubiera sido sospechoso que unos Dalmas rechazaran una recompensa tan sustanciosa, es por eso que no he puesto muchas pegas a la hora de aceptar— añado. — Puede que tengas razón o puede que todo sea fruto de tu imaginación, Mirmi. En cualquier caso, todo comienza por cumplir esta misión, luego ya veremos qué pasa— opina Elion con gesto despreocupado. Un par de horas después divisamos a lo lejos una pequeña posada, todavía es de día, pero decidimos parar según el plan. 58 Al llegar a la puerta del pequeño establecimiento, llamado como dijo el capitán Torsen y como se lee en el letrero encima de la puerta escrito en bóldor: “El Encuentro”, me percato de que no hay demasiado movimiento. El portón de la caballeriza está abierto, al pasar por delante, he visto que en su interior apenas dos caballos reposan tranquilamente, acostados sobre un lecho de paja. — Parece que está la cosa muy calmada por aquí— advierto a mis compañeros—. Entremos. Mis conclusiones eran acertadas, el comedor es pequeño y humilde. Las cinco mesas de madera están limpias y vacías, solo hay un hombre sentado de espaldas en la barra, que mira fijamente a la joven y bonita camarera, que limpia una jarra con cara de aburrimiento, y que al vernos entrar saca su mejor sonrisa. — Buenas tardes, viajeros. Por favor, pasad, siéntense donde más les guste— nos saluda la muchacha con amabilidad. Elegimos la mesa junto a la ventana que da al camino y nos sentamos a la vez que la joven se acerca hasta nosotros. — ¿Qué puedo servirles?— pregunta al grupo mientras nos mira uno a uno. — Sírvanos cuatro cervezas, por favor— pide con educación Elion mostrando su sonrisa a la camarera—. También queremos una habitación para pasar la noche. — ¡Por supuesto! Ahora mismo se las sirvo— contesta. Luego se gira hacia la barra. Una vez servidos, discutimos las opciones. — Es todavía bastante pronto, podíamos aprovechar para buscar el gran olmo e inspeccionar la zona, aunque no entremos en el bosque— propone Haleth delatando cierta impaciencia. 59 — No es mala idea, así mañana iremos a tiro hecho— asiente Shiroge. — Está bien, terminemos la cerveza y dejemos las provisiones en la habitación para ir más ligeros— resuelvo. — ¿Desde cuándo eres tú el jefe?— me pregunta la medio elfa con gesto serio. — Eeeh, yo…— No termino de contestar. — ¡Es broma, Mirmi!— exclama riéndose—. ¡Vaya cara has puesto! Jajaja. Los otros dos compañeros se ríen también y yo les acompaño. Es evidente que esta semana que llevamos juntos y las experiencias vividas nos han unido bastante a todos. Por primera vez siento que esto de ser un Dalma no está tan mal, especialmente cuando a pesar de las dificultades, el riesgo, el cansancio y de la mala experiencia de ver caer a un compañero, estás acompañado por tan excelentes camaradas. Después de dejar las provisiones y las cosas dispensables, salimos y avanzamos dirección a la aldea de Riga. Apenas un par de kilómetros más adelante, tal y como detalla el preciso mapa, divisamos un inmenso olmo de más de treinta metros de altura, que sin duda es el que marca la zona donde se encuentra el paso a las profundidades entre la arboleda. A primera vista el bosque es denso y compacto, la vista no permite ver más allá de un par de metros en la espesura. — Dividámonos— propone Haleth—. Elion y yo indagaremos la linde en dirección sur y vosotros dos id en dirección norte. Nos vemos aquí junto al olmo en una hora. — De acuerdo— asentimos Shiroge y yo a la vez e iniciamos la marcha. Llevamos más de media hora indagando, buscando rastros y percibiendo el lugar con bastante meticulosidad, 60 apartando matorrales y arbustos, pero nuestra búsqueda no resulta fructífera. — Será mejor que volvamos— Se da por vencido Shiroge—. Estamos ya lejos del olmo y no hemos encontrado nada. Seguro que nuestros compañeros han dado ya con el acceso. Al regresar al olmo los “primos” aún no han regresado. — ¿Crees que deberíamos ir a buscarles?— pregunto a Shiroge con cierta preocupación. — Esperemos un poco, estarán al caer— responde con calma, luego se sienta recostándose contra el tronco del enorme árbol y saca de su mochila algo envuelto en papel. Resulta que el grandullón ha traído algo de embutido y pan. — ¿Quieres?— ofrece mientras me acerca las manos, con el sabroso salami. — No, gracias Shiroge, cenaré en la posada— contesto mientras me siento a su lado. Ya estoy de los nervios, unos quince minutos después. No dejo de mirar hacia el sur de la linde, todavía sin rastro de los medio elfos. Durante la espera, una diligencia transcurre por el camino dirección a Estrian, pasan de largo. Por fin veo a lo lejos la silueta de nuestros compañeros. Al acercarse percibo que traen cara de desaprobación. — ¿Lo habéis encontrado?— pregunto según llegan. — No— responde Elion—. El bosque es denso, casi inexpugnable, hemos intentado avanzar a golpe de espada hacia lo que parecía un claro, pero nos ha llevado más de diez minutos. Al llegar nada, ni sendero, ni forma alguna de avanzar. 61 — Pues en algún lugar tiene que estar— resalto mientras rasco el lateral de mi coronilla—. Consultaré de nuevo el mapa. — Mirad, según el mapa, el camino no inicia en el bosque, sino aquí, más allá del olmo. Incluso, atraviesa el árbol— 62 Muestro a mis compañeros con el dedo sobre la línea discontinua marcada en rojo sobre el dibujo. — Es cierto— asiente Haleth—. Pero puede tratarse de un error del que lo dibujó. Puede que mi compañera tenga razón. Sin embargo, el mapa es bastante preciso en todo lo demás, incluso la distancia del camino hasta el olmo parece proporcional a la distancia de la posada, y la línea del camino, en el ligeramente ondulado terreno, también coincide con precisión. Nos paramos a pensar unos minutos, cuando se me ocurre una absurda idea. — Calculemos la distancia donde empieza la línea y busquemos allí, solo por asegurarnos— propongo mientras tomo un trozo de hilo para medir—. Mirad, está justo a un tercio de la distancia al camino dirección oeste— añado mientras comienzo a andar en esa dirección. Cuando llegamos a la zona aproximada empezamos a buscar a ver si vemos algo, sin éxito. — Parece que estabas equivocado…— reacciona la medio elfa con cierta desilusión. — Hagámoslo bien, contaré los pasos hasta el camino y luego recorreremos un tercio de esa distancia desde la base del árbol— anuncio empeñado en encontrar la solución al dilema. — Uno, dos, tres…— Regreso a la base del tronco del olmo y continúo contando sin perder la dirección, pasando por encima de arbustos y rocas, tratando de no perder el paso, ni la cuenta—… y trescientos treinta y tres—. Termino mientras poso el pie derecho en el camino. En seguida, vuelvo al árbol y comienzo a contar de nuevo. Tras ciento once pasos me encuentro justo encima de un cancho de granito, de un tamaño de un metro de diámetro 63 y que parece incrustado en el suelo. Lo observo con más detalle. — Mirad— advierto a los Dalmas—. Se trata de una losa, pero pesa muchísimo— añado mientras intento tirar de una pequeña rendija. — Apártate— me ordena Shiroge mientras acerca sus enormes y fuertes manos a la roca. Un tirón de mi amigo es suficiente para levantar la pesada losa, que esconde bajo ella una cueva que penetra en la tierra. — ¡Lo hemos encontrado!— exclama Elion con alegría. — Sí, pero se está haciendo de noche, será mejor dejar la roca como estaba para que no se note que hemos estado aquí, mañana al alba nos adentraremos en las entrañas del túnel— propone Haleth, y con razón. La tarde se nos ha ido, los últimos rayos de sol caen ya por el oeste. Regresamos a la posada, ha llegado un grupo en una carreta, parece ser la diligencia de viajeros de antes, que va desde Riga a Estrian probablemente para asistir al nombramiento, que tendrá lugar mañana. Tras la notable cena, pollo asado con una salsa agria bastante sabrosa y patatas al horno, no tardamos en irnos a descansar. Hemos decidido levantarnos antes del alba y partir, no sabemos que nos encontraremos en esa gruta, ni en el sinuoso bosque tras ella, así que será mejor disponer de las máximas horas de sol para la expedición. En la madrugada el silencio es sepulcral, apenas el zumbido lejano de las cigarras y el soplido de la suave y fresca brisa del mar, acompañan nuestras pisadas. Tras media hora llegamos de nuevo a la entrada secreta a la vez que el sol comienza a despuntar en el este. — Parece que todo está en orden, como lo dejamos— se percata Elion tras revisar la zona. 64 De nuevo, el grandullón extrae la roca de su sitio y nos adentramos en la penumbra, yo el primero y el eledín en la retaguardia, que coloca la piedra en su lugar una vez estamos dentro. Yo enciendo mi candil para poder avanzar sin peligro en la más absoluta oscuridad. La cueva es estrecha y algo bajita, lo que nos obliga, especialmente a Shiroge, a avanzar agachados. Las paredes han sido excavadas en la tierra, han colocado traviesas de metal, de cuyo óxido se puede deducir que la construcción es muy antigua. La humedad se cuela entre las raíces del olmo unos cien metros más adelante, formando un pequeño charco en el suelo y provocando un goteo constante, cuyo sonido resuena a lo largo del paso. Poco después, vislumbro algo de claridad. — Parece que llegamos al otro lado— informo a mis compañeros en el lugar donde la gruta comienza a ascender. Al llegar a la apertura hay suficiente luz y apago el candil. Me percato de que la salida está parcialmente bloqueada por unos arbustos. Intento percibir el otro lado a través de los huecos, parece que no hay nadie, así que, con cuidado, aparto la vegetación y abro un espacio, por donde salimos. Ya en el exterior, nos encontramos en un pequeño claro en medio de la densidad del bosque. Hay un sendero justo delante de la salida de la cueva. Se oye el canto de los pájaros y el seseo de serpientes, además de toda clase de ruidos provenientes de la profundidad del bosque. — Continuemos— comento a los Dalmas en baja voz mientras avanzo por el estrecho paso. Todos me siguen en fila y con la misma formación que traíamos por el túnel, Elion viene justo detrás de mí, con su arco preparado. Yo agarro mi lanza y la posiciono de frente a la marcha. 65 Después de treinta minutos avanzando por el retorcido sendero, éste se divide en dos. — Hay dos caminos— informo al resto. — ¿Qué pone en el mapa?— pregunta mi compañero medio elfo. — No pone nada, solo una línea recta— contesto—. Sin embargo, lo que llevamos de marcha no ha sido en línea recta, cosa que me parece extraña teniendo en cuenta la exactitud del mapa en todo lo demás. — Tomemos el camino de la derecha y a ver qué pasa, siempre podremos volver atrás— propone Haleth con convicción. Hago caso a mi compañera y avanzo por la derecha. Pasada otra media hora encontramos una nueva bifurcación de similares características. — ¡No tiene sentido!— exclamo mientras me detengo en el nuevo ramal. — ¿Otra vez por la derecha?— propone de nuevo la medio elfa, esta vez con más dudas. — Pensemos un poco— Intento calmarme y razonar—. Si seguimos avanzando aleatoriamente acabaremos perdidos o algo peor. ¡Miraré de nuevo el mapa! Me fijo que hay exactamente seis líneas discontinuas, en línea recta hasta la torre. — ¿Y si cada línea representa un tramo del sendero?— me pregunto en voz alta—. La forma de ir en línea recta debe de ser intercalando las direcciones, la primera la hemos tomado a la derecha, propongo ir a la izquierda— expreso a mis compañeros. — ¡Si estamos aquí es por ti, si crees que ese es el camino te seguiremos!— exclama Shiroge depositando su confianza en mí. Los “primos” asienten, así que me adentro esta vez por la izquierda. 66 Otras bifurcaciones van apareciendo posteriormente, siempre aproximadamente tras media hora de marcha, y en cada una de ellas seguimos el plan. Cuando por fin, después de haber dejado atrás cinco desvíos, la vegetación se vuelve menos densa y atisbamos una pequeña colina. En su cumbre se abre un claro, en cuyo centro se ve el torreón de piedra con el techo en forma de cono. Está en perfectas condiciones, tiene tres alturas con todas sus paredes intactas, parece que hay cuatro ventanas orientadas hacia los cuatro puntos cardinales en cada una de las plantas, salvo en la base, donde una puerta, en impecable estado, se orienta hacia nosotros, hacia el oeste. A cada uno de sus lados, ondean sobre mástiles estandartes con una estrella de cinco puntas de color rosa, sobre un fondo blanco. — Hemos llegado— susurro a mis compañeros—. Será mejor que nos ocultemos y pensemos un plan para asaltar la torre. Paso por alto de momento una sensación que me incomoda. Los bandidos suelen ocupar ruinas y grutas o disponen de bastiones encubiertos en las poblaciones. — Me acercaré sigilosamente a ver la zona— se ofrece Elion—. Ocultaos y esperadme. Nos escondemos en el bosque y esperamos al medio elfo para preparar el plan de ataque. — Está claro que no esperan visita, especialmente viendo lo complejo que resulta llegar aquí. Debemos utilizar el factor sorpresa, que tan buen resultado nos dio con los bandidos cuando volvíamos a la aldea del lago Énder— señala Elion al volver, mientras dibuja un mapa en el suelo con una vara de madera—. Parece que hay unos veinte metros desde el límite del claro hasta la puerta— continúa 67 el compañero mientras señala con la punta del palo la zona por donde llega el sendero—. No he visto ningún vigía, si nos apresuramos podríamos llegar a la puerta sin ser detectados, una vez allí, Shiroge con su enorme fuerza, puede derribarla, y vosotros tres entrar a saco, yo os cubriré con mi arco desde fuera. Una vez dentro dispersaos y dejad hueco para mis flechas. Por supuesto, siempre es arriesgado entrar de frente, pero parece una buena opción, dadas las circunstancias. Todos asentimos y comenzamos a acercarnos acechando entre la vegetación hasta el límite del bosque. El cielo se está nublando y parece que está a punto de romper a llover. Tras posicionarnos, cargamos velozmente hacia la puerta del torreón, Shiroge por delante de Haleth y de mí, con Elion preparado con su arco cargado y apuntando hacia la entrada. La embestida del eledín es brutal, un atronador golpe con su escudo desencaja completamente la puerta, que sale despedida hacia el interior de la torre. Dos hombres bien uniformados en su interior sacan sus espadas a la vez que entramos. Shiroge carga contra uno de ellos, que intenta parar el golpe de mandoble agarrando su espada con las dos manos, pero este impacta contra el brazo y lo desarma. Seguidamente, un golpe con el escudo lo hace caer de espaldas. Haleth ha cargado contra el otro, realizando una maniobra acrobática, esquiva el ataque y se coloca a su espalda, con un golpe con la mano en la nuca, lo deja inconsciente en el acto. — Demasiado fácil, se ve que son jóvenes con poca experiencia— advierto a mis compañeros mientras percibo la sala. 68 Toda la base de la torre es diáfana, hay unas escaleras que suben pegadas a la pared, a la derecha junto a la puerta. Se ve que la sala se usa de comedor, hay una pequeña chimenea con útiles de cocina en el lado opuesto a las escaleras y en el medio una mesa grande como para una decena de comensales y sus sillas. Escucho ruidos que provienen de las escaleras y Elion aparece por la puerta. Una flecha impacta contra el muslo de mi compañero recién llegado, que grita y maldice mientras retrocede. Nos colocamos en posición esperando acontecimientos, nadie baja. Haleth corre a auxiliar a su “primo”, al pasar por la puerta recibe un flechazo que le roza el hombro. Más proyectiles caen por el exterior de los muros y los medio elfos, con dificultad, consiguen entrar de nuevo en la torre. Un grupo de cuatro hombres bajan por las escaleras con escudos y espadas, Shiroge y yo les enfrentamos. Rápidamente quedan tres, mi compañero lanza un ataque contra uno de ellos y le golpea de plano con su mandoble en la cabeza, el adversario cae al suelo con el cráneo destrozado. Los otros vacilan y retroceden con cara de espanto, aprovecho para lanzar un ataque… Paf. “Hay una infinita oscuridad y siento sensación de paz. Una luz a lo lejos se aproxima, su brillo porta calidez y bienestar, emana de una especie de cristal blanco que al llegar hasta mí se descompone en cinco colores: azul, rosa, rojo, amarillo y negro, que me envuelven. — He aquí el Uno que se convierte en Todo— una voz susurrante y profunda me habla—. Esto es sólo el principio de la historia que aún está por llegar—. El brillo rosa me rodea y recuerdo quien soy”. 69 Aún con los ojos cerrados escucho la abundante lluvia y el zumbido de un rayo. Siento un enorme dolor de cabeza y me encuentro bastante mareado. Huele a sangre y a tierra mojada. — ¡Mirmi!— la agradable voz de mi compañera hace eco en mis oídos y abro los ojos. — ¿Qué ha pasado?— Me cuesta hablar y pregunto con voz débil al ver la cara de Haleth. — Recibiste un golpe muy fuerte y perdiste el conocimiento— responde por detrás Shiroge mientras limpia la sangre de su arma—. Me temí lo peor. Los cuerpos sin vida de los cuatro atacantes yacen en el suelo del torreón. Al incorporarme con cierta dificultad, veo a Elion terminando de improvisar un vendaje en su pierna. Por lo que parece solo he estado pocos minutos inconsciente. Sin duda el yelmo, que yace doblado en el suelo, me ha salvado la vida. — ¿Quiénes sois y qué queréis?— una voz se oye desde la estancia superior. — Venimos a por la gema que habéis robado por orden de Torsen, el capitán de la Guardia del Tridente— contesta Elion con firmeza—. ¡Entregaos! Nadie más tiene que morir. — Nosotros no hemos robado nada, sois vosotros los ladrones— responde la voz—. Somos los guardianes de la Luz de Rosa, juramos protegerla con la vida. — Bajad desarmado y hablaremos. Os doy mi palabra de que no os haremos nada— Empiezo a entender que hemos sido engañados. El hombre baja por las escaleras con calma y los brazos levantados. Nosotros bajamos nuestras armas como gesto de confianza. Viene también uniformado, al igual que los otros, con ropas blancas y grises con líneas de color rosa, 70 sobre la que visten un caparazón de cuero duro. Éste porta en el pecho un distintivo, una medalla con una flor rosa pintada en su centro y dos crespones también del mismo color, que dan a entender su mayor rango. Es también joven, algo mayor que sus compañeros. El oficial, al ver el cuerpo de sus camaradas, cambia de semblante mostrando gran pesar. Nos mira con un atisbo de rabia controlada en sus ojos. — Sois unos asesinos— manifiesta con resignación. — Este es un mundo cruel, según nuestra información, vosotros sois unos sanguinarios bandidos— le contesta Elion, defendiéndose de la acusación. — Pues os la han jugado bien— reconoce con gesto decaído el uniformado. — Cuéntanos quién eres y que haces aquí, a ver si nos convence tu relato— le digo mientras le ofrezco una silla en la mesa. Con cierta desconfianza acepta y nos sentamos. Comienza a hablar. 71