3 Los guardianes de la Luz de Rosa. — Mi nombre es Osher, hijo de Kartras, maestre de la orden de los guardianes de la Luz de Rosa— comienza a relatar el oficial—. Estoy al mando de los custodios, diez jóvenes miembros de la facción, todos hijos primogénitos, que vigilan la gema rosa y este torreón, desde los veinte hasta cumplir los cuarenta años. Nuestra orden lleva protegiendo este tesoro, en el anonimato, desde hace dos mil años, de generación en generación. Una vez cumplidos los cuarenta, pasamos a formar parte del consejo de la Luz de Rosa, formado por los padres y abuelos de los custodios, presidido por el Gran Maestre Álerin, un elfo asesor del rey, que tiene gran influencia en la corte. — ¿Y qué tiene de especial esa gema, para precisar de tanta protección?— pregunto a Osher con curiosidad. — La verdad, ninguno sabemos para qué sirve exactamente, pero solo hay que verla para saber que es de origen divino. A todos los custodios se nos permite verla dos veces, una al llegar a la torre y otra al abandonarla— argumenta con gesto de aparente sinceridad. — Dices que sois diez— continúa Elion con el interrogatorio—. ¿Dónde están los tres que faltan?— cuestiona el medio elfo mientras señala los cuerpos de los seis custodios en el suelo de la torre. — Salieron a por provisiones a Estrian hará una semana, no creo que tarden en regresar— contesta con seguridad. El recuerdo del joven ahogado en Estrian con la rosa tatuada me viene a la mente, todo empieza a encajar. 72 — ¿Por casualidad no tiene, al menos uno de ellos, un tatuaje con una rosa en el cuello, sobre el hombro derecho?— pregunto casi sabiendo la respuesta. — Así es, Duarel, tiene un tatuaje de esas características. ¿Cómo lo sabes?— responde el interrogado con cara de extrañeza. — Me temo que tus compañeros han sido asesinados en Estrian, tres jóvenes aparecieron, supuestamente ahogados en el puerto. Ayer por la mañana pude ver desde lejos el cuerpo de uno de ellos con el tatuaje, además tenían signos de haber sido amordazados. Me temo que es así como Torsen ha conseguido la ubicación de la torre— expongo mis conclusiones. — ¡Entonces la piedra corre peligro!— exclama Osher con preocupación—. ¡Hay que ponerla a salvo! Una sombra aparece por la puerta en el momento que centellea un relámpago en el oeste, seguido de un atronador estruendo que hace temblar las paredes de la torre. Tras el fogonazo observamos con claridad la figura de un elfo de melena rubia y piel clara. Viste una túnica verde oscura con una capucha y porta un precioso bastón blanco con un rubí en su extremo. El extraño da un paso y entra en la sala. — ¡Alto!— ordena Shiroge mientras se levanta y agarra su mandoble. — ¡Mi señor Álerin!— exclama Osher al recién llegado. —Tranquilo Dalma— dice el extraño a mi compañero con la voz tranquila, a la vez que hace un gesto bajando su mano izquierda con la palma hacia abajo—. Mi nombre es Álerin, soy el Gran Maestre de la Orden de la Luz de Rosa. He venido tan rápido como he podido, en cuanto supe que el secreto de esta torre había sido desvelado. Corremos gran peligro. 73 — ¿Puedes explicarnos qué está ocurriendo?— pregunta Haleth mientras el elfo se pone a nuestro lado. — Gálser, el nuevo senescal ha sido envenenado durante la celebración del nombramiento, han culpado a un magistrado de la corte llamado Delfos, que ha sido ejecutado. Torsen, hermano del difunto senescal, ha jurado sobre su cuerpo venganza contra el rey, a quien responsabiliza de todo. Se ha autoproclamado senescal, ha implantado el toque de queda en la ciudad y ha ordenado cerrar los caminos. Su mano derecha, Balduur, ahora capitán de la Guardia del Tridente, ha ordenado hacer levas y organizar un ejército. Se aproxima una guerra— comienza relatando Álerin—. Torsen sabe que no cuenta con suficientes hombres para invadir el reino y busca aliarse con los Siervos de Amán. Sospecho que a cambio de la piedra rosa, ansiada por Ostírelin, un elfo de piel oscura y perversas intenciones, que lidera la malvada orden del Erdan de la muerte desde hace más de dos milenios. Él es el motivo de haberla mantenido oculta hasta ahora. — Eso explica el encuentro de Balduur con los Siervos de Amán, sin duda todo encaja— confirmo a mis compañeros—. Hemos sido engañados. — ¿Y qué hacemos, mi señor?— pregunta Osher a su superior. — Lo primero es alejar lo más posible la piedra de las garras de Torsen llevándola a Íshar, para ponerla bajo la protección de Néster, abad de la abadía de Thal, y también avisar al rey en Gáldoras— reflexiona el elfo en voz alta—. Los Dalmas sois ahora los más buscados de Estrian, vosotros portaréis la piedra al norte— continúa—. Osher, tú y yo, iremos a la capital y te reunirás con el consejo, hay 74 malas noticias que dar— termina dando instrucciones al custodio. — ¿Cómo vas a dejar la piedra en manos de estos asesinos?— pregunta Osher con incredulidad. — Me temo que es nuestra única opción, primero deben de conocerla— responde Álerin con aire de misterio—. Ocúpate de los custodios caídos. — Ha llegado el momento de que la veáis. ¡Acompañadme!— exclama el Gran Maestre a la vez que nos mira fijamente al grupo de Dalmas. Subimos las escaleras, pasamos la primera planta, donde se ve un pasillo con habitaciones a los lados. La segunda está partida en dos por una pared, con una única puerta de madera en su centro que conecta con la otra mitad. De esta parte, junto a la ventana al lado de las escaleras, hay unos sillones y una mesa baja a los pies de una estantería con no menos de trescientos libros. Subimos hasta la planta superior de la torre, donde extiende un pequeño pasillo con el techo redondeado, que llega hasta una puerta cerrada con un extraño cerrojo. Álerin saca una llave dorada y brillante y la introduce en la cerradura. El candado se abre y el elfo empuja la puerta. Al cruzarla, encontramos una sala con las paredes oblicuas que forman el cono de la torre. Hay tres bancos a cada lado que dejan en medio un pasillo, en el final del cual, se ubica un altar iluminado por la tenue luz, cuyo haz hace centellear las partículas de polvo y que proviene de una pequeña ventana circular, situada justo detrás. Un velo de color negro cubre algún tipo de receptáculo, que reposa sobre la superficie de mármol, del que escapa por debajo, tenuemente entre los pliegues, una sutil luz rosada. 75 — Acercaos— nos pide el elfo tras encender las velas de la sala. Todos nos colocamos en torno al altar, de espaldas a la entrada y Álerin rodea la mesa. Con suavidad retira el velo. Debajo, observamos una urna de cristal, en su interior una gema sublime. Es del tamaño de la mitad de mi puño y brilla con un intenso color rosa. Al verla me siento tranquilo y reconfortado, atónito como cuando observas una obra de magna belleza. El Gran Maestre destapa la urna y con máximo cuidado, la toma en sus manos y avanza hacia nosotros, pasando delante de cada uno de los Dalmas. Al llegar a mi altura, se intensifica su luz. — Parece que la piedra confía en ti— advierte el Gran Maestre mientras la envuelve en el velo, ocultando totalmente su brillo y me la entrega. No tengo tiempo a reaccionar, sencillamente extiendo mis manos y sostengo el preciado objeto. Lo guardo en mi mochila en el falso fondo, donde suelo esconder el oro. — Ya que voy a custodiarla, señor Álerin, ¿me podría decir qué es exactamente esta piedra?— pregunto— La verdad, tengo gran curiosidad. — Es una larga historia, pero os la resumiré— explica el elfo—. Cuenta la leyenda que justo después de la creación de Terrac, cuando las tierras y los mares eran estables, cuando las plantas, los peces, los anfibios, los insectos, los mamíferos, las aves y todos los seres vivos abarcaron todos los rincones del mundo con enorme diversidad, los Erdan se sintieron solos, pues ellos eran los únicos capaces de pensar y crear con el poder de su mente, los únicos que poseían la consciencia de los Ersan y por esa razón rezaron a los cinco, para que hubiera otros. Todos rezaron salvo Amán. Él decía que esos nuevos seres traerían más muerte y eso era demasiado trabajo para él. 76 Las plegarias fueron oídas, y la energía de cada uno de los Ersan se concentró en una piedra de cristal de un color, que podrían ser usadas por los Erdan para dar consciencia a esos nuevos seres. Cuatro serían las piedras para la creación: La piedra de Duum, de color rojo, también llamada cristal del fuego, fue entregada a Krax, Erdan de la forja, la herrería y la canalización, y padre de los Bahaluks a los que el cristal otorgó consciencia en la segunda edad de los creados. La piedra de Aunas o gema de los vientos, de color amarillo, fue dada a Thal, Erdan de la música, la oración y la magia de esencia. Esta piedra dio consciencia a los elfos, los segundos nacidos y engendrados durante la primera edad de los creados en el vientre de Eneon, Erdan de la sabiduría y la creación, junto a los eledines, los primeros nacidos, que obtuvieron consciencia de la piedra de Balgar, conocida como la esfera del mar, que había sido entregada a Túlmar, Erdan de la navegación y la orientación. Esta en tus manos, es la piedra de Mahara, también conocida como gema de la vida, o Luz de Rosa, que fue entregada a Yabel, Erdan del amor, el arte y la belleza, que fue usada para dar consciencia a las dos generaciones de hombres: en la tercera edad de los creados, los primeros hombres, que como las demás razas, fueron engendrados por Eneon, y en nuestra edad, hace dos mil años, los segundos hombres, que fueron incubados con el molde de sus ancestros por Reéjtar, Ersan de la justicia, la organización y el comercio. Una vez las piedras fueron creadas, Amán oró finalmente a Órdor, le convenció de la necesidad de un poder que ayudase en su tarea y equilibrase las energías. Del Ersan de la noche, la oscuridad y el vacío, surgió la llamada roca negra, la piedra de la destrucción, que fue entregada al Erdan de la muerte y cuyo paradero se desconoce. Tras la gran 77 masacre, que acabó con la fracasada primera generación de hombres, los Erdan abandonaron las tierras Antípodas, e hicieron el juramento de no regresar, para que el futuro de la creación quedase en manos de las razas creadas con la consciencia de los Ersan. Entregaron las piedras a guardianes de cada una de las razas. Yabel, hizo entrega de la piedra de la vida a Denuil, fundador y primer Gran Maestre de la Orden de la Luz de Rosa— Finaliza el relato—. Ahora no hay tiempo que perder, id a Riga, a la posada El Tritón Borracho junto al puerto. Hablad con Ágast, el posadero. Es un humano de ojos claros, con el pelo y la barba blanca, de sesenta años, mide un metro setenta y cinco y está algo regordete. Decidle que vais de mi parte y os dará cobijo en un lugar seguro— nos describe—. Intentad pasar desapercibidos en todo momento. — ¿Y luego qué?— pregunta Elion. — Me pondré en contacto con un capitán de barco, un hombre de mi confianza. Su nombre es Monier, es moreno y de mediana edad, va siempre uniformado de capitán, con la clásica carcasa de doble botón y sombrero de tres puntas. Os recogerá antes del amanecer y os llevará en su barco, El Incansable, hasta Íshar— nos da las últimas instrucciones mientras abandonamos la torre. — Tened presente que habrán puesto una gran recompensa a vuestras cabezas. Id con el máximo cuidado— nos dice Álerin al separarnos al borde del sendero, mientras observo con tristeza a Osher enterrando a sus compañeros caídos mientras recita una oración. Nos adentramos por el paso. Durante el trayecto noto que a Elion le cuesta andar debido a su herida, aunque intenta disimularlo. Me da la sensación de que ese vendaje improvisado no da más de sí. 78 — Esperad— llamo la atención a mis compañeros al llegar al claro junto a la entrada de la cueva—. Paremos unos minutos ahora que ha dejado de llover, quiero echar un vistazo a la herida de Elion. — Estoy bien— reclama el compañero. — Te estoy observando y creo que no lo estás— le replico—. Solo me tomará unos minutos, hay que tener mucho cuidado con las heridas profundas, una infección y en pocas horas estás reuniéndote con Amán— El arquero asiente sin mucho ánimo. Nos acomodamos en el bosque. El medio elfo se sienta en el suelo y apoya su atlético torso contra un árbol. Comienzo a retirar el trapo que ha usado para taponarse la herida, está empapado de sangre. Veo que la herida es profunda, aunque por suerte no ha cortado ninguna arteria y el hueso está intacto. Le remango el pantalón por encima del corte, unos cinco centímetros sobre la rodilla y cojo agua para limpiar la herida. El paciente se queja mientras le aplico el ungüento que tan buenos resultados ha dado con el eledín, y suturo la herida. Mi pulso está tranquilo, las puntadas son precisas. Saco unas vendas y tapo la herida haciendo una leve presión, ya no hay hemorragia. — ¿Qué tal te encuentras?— le pregunto mientras le coloco el pantalón. — La verdad, ¡sorprendentemente mejor!— responde con una sonrisa mientras se incorpora—. Gran trabajo, señor Mirmaerín— agradece usando mi nombre completo como forma de respeto. Volvemos a entrar por la cueva, Shiroge esta vez va el primero para poder apartar la roca del otro lado. 79 — Será mejor no acercarnos al camino— advierte Haleth mientras atravesamos la húmeda gruta—. De que salgamos dirijámonos al Olmo. Salimos y seguimos las instrucciones de nuestra compañera. Al llegar junto al enorme árbol vemos a lo lejos hacia el sur, por el camino que viene de Estrian, una patrulla del Tridente que se acerca a nuestra posición. — Avancemos acechando por la linde del bosque hacia el norte y escondámonos, de que pase el peligro, continuaremos retirados a una distancia prudencial del camino— propone Elion—. Espero que nos dé tiempo a alejarnos lo suficiente sin ser vistos antes de que lleguen. Hacemos caso a la estrategia de nuestro compañero y avanzamos hacia el norte, nos movemos agachados entre los matorrales que sobresalen de la densa arboleda. Una vez estamos lo suficientemente lejos del gran olmo, nos ocultamos para observar. Se trata de una patrulla de seis guardias que se acercan a caballo y comienzan a investigar por la zona, dan vueltas durante casi una hora, sin acercarse a nuestra posición. Nosotros nos mantenemos ocultos, con las armas listas por si fuera necesario. Por suerte desisten y los soldados comienzan a regresar por donde han venido. Esperamos unos minutos a que se pierdan en la distancia y salimos de los escondites. — Será mejor que avancemos con presteza, dudo mucho que sean los últimos guardias que vengan en nuestra búsqueda— propone Haleth acertadamente. Para evitar ser vistos, avanzamos con cautela a unos doscientos metros de la vía, moviéndonos entre la vegetación, lo que provoca que vayamos más despacio. Unas horas más tarde comienza a anochecer. 80 — ¿Crees que queda mucho, Mirmi?— me pregunta Shiroge con gesto agotado. — Es difícil de saber, no creo que estemos muy lejos, subamos a aquella colina a ver si nos orientamos mejor— respondo señalando un montículo que sobresale entre los árboles, justo en frente nuestra a unos quinientos metros. Al llegar a la cima del pequeño monte, ya es noche cerrada. Intentamos divisar algo en el horizonte. — ¡Mirad allí!— exclama Elion señalando al noroeste. En la oscuridad del horizonte, ya que el cielo sigue encapotado por negros nubarrones que tapan el brillo de las lunas, se distinguen las tenues luces de farol de lo que parece una pequeña aldea. — Tiene que ser allí, no tardaremos más de un par de horas— doy mi opinión a mis compañeros. — Vayamos, tengo hambre— apremia el eledín, que no está muy conforme después de todo el día sin comer. Tras algo más de dos horas estamos muy cerca de la entrada de la aldea, en las inmediaciones del camino, no se ve mucho movimiento por la zona. Nos paramos a pensar un plan para entrar pasando desapercibidos. — Deberíamos separarnos y entrar por parejas, buscan a cuatro Dalmas, eso puede dificultar que nos reconozcan— opina Haleth, el resto asentimos. Primero avanzamos Shiroge y yo. La aldea es bastante pequeña. Humildes casas y granjas salpican los laterales de la vía y está todo tranquilo, solo se oyen ladridos esporádicos de algunos perros. Vemos a lo lejos que el final del camino llega a una zona más iluminada, parece una explanada. Al acercarnos, comienzo a escuchar el ruido de las olas chocar contra la costa y huelo la perfumada brisa marina. Tras unos minutos llegamos a la plaza. 81 Hay un grupo de casas justo en medio, al fondo se observa el extremo de un pequeño puerto con cinco embarcaciones amarradas. El edificio justo enfrente del muelle parece una posada. Al asomarme a la esquina distingo el letrero donde se lee en bóldor “El Tritón Borracho” acompañado por su traducción precisa en idioma élfico. La puerta está cerrada y las luces apagadas. — Toc, toc— Llamamos a la puerta de manera comedida. — ¡Va, va!— Se oye una voz y unos pasos acercarse a la puerta— ¿Quién es?— preguntan del otro lado. — Somos viajeros, buscamos a Ágast el posadero, venimos de parte de Álerin— contesto sin alzar mucho la voz. Suena el cerrojo y se abre la puerta. Tras ella un hombre que coincide con la descripción dada, luce un camisón de noche azul y un gracioso sombrero con la punta caída. — Pasad— ofrece el hombre mientras abre del todo la puerta y estira el brazo hacia el interior con la palma hacia arriba. — No suelo recibir a gente a estas horas, pero tratándose de amigos de Álerin, por supuesto haré una excepción— se explica el tabernero mientras vuelve a cerrar. — Dos compañeros más están por venir, señor Ágast, si no le importa esperar un momento no tardarán en llegar— informo al adormilado anfitrión, cuando vuelve a sonar la puerta. De nuevo el tabernero abre y entran los “primos”. — ¿A qué se debe la visita a estas horas intempestivas?— pregunta el posadero una vez estamos todos dentro, a la vez que cierra la puerta. — Un asunto muy importante que precisa de la máxima discreción— comienzo a relatar—. Necesitamos cobijo, un lugar oculto para pasar esta noche. Antes del alba 82 esperamos la llegada de un marinero llamado Monier, que nos llevará lejos de aquí— respondo sin dar demasiados detalles. — Vaya, parece algo serio— manifiesta el hombre con cara de intriga—. Hay una cava donde guardo el vino y licores añejos, bajo la posada, os esconderé ahí. Tengo una gran deuda con el maestro Álerin, si os ha mandado él, podéis contar con mi ayuda— agrega con amabilidad. El hombre nos guía hacia el fondo de la posada, tras una puerta hay una habitación privada, usada de almacén. El tabernero retira una mesa y la alfombra del suelo, bajo ella se ve una trampilla de madera con un tirador. Abre el acceso, por el que descienden unas escaleras de madera y bajamos por ellas. Ágast enciende un candil y podemos ver el lugar con claridad. Se trata de un pasillo de unos dos metros de ancho por unos diez de largo, a cada lado se ubican dos vinotecas con multitud de botellas, la mayoría llenas de polvo. — Voy a por unas mantas y almohadones— nos informa el tabernero—. ¿Necesitáis algo más? — No tiene por casualidad algo de comer, ¿verdad?— pregunta hambriento Shiroge. — Por supuesto. Tengo algo que sobró del asado de anoche, puré de zanahoria y algo de queso y embutidos — responde—. Os lo traigo enseguida— agrega mientras sube las escaleras. — No es el sitio más cómodo del mundo— se percata Haleth con resignación—. Espero que ese tal Monier no se retrase y que no tengamos que estar aquí encerrados durante mucho tiempo. — Serán unas horas— contesto—. Si Álerin cumple su palabra, debería de estar aquí antes del alba. 83 Nos empezamos a acomodar cuando baja de nuevo el posadero con las manos cargadas. — Aquí tenéis, mantas y almohadas para todos— Vuelve a subir y baja de nuevo—. Y algo de comida. En cuanto tenga noticias del tal Monier os avisaré— añade antes de salir cerrando tras de sí la trampilla, colocando la alfombra y la mesa, por lo que se escucha. Todos comemos algo y después le echo un vistazo a la herida de Elion, que está sorprendentemente sana y cicatrizando a gran velocidad. Le aplico algo más de ungüento, no me queda ya demasiado, por desgracia, aunque no digo nada, ya tendré ocasión de conseguir más en Íshar. Acomodamos nuestros improvisados lechos y nos echamos a dormir. — Toc toc— El sonido de la puerta, aunque tenue me despierta en la noche. Veo que Elion se aproxima sin hacer ruido a la escalera. Shiroge y Haleth también están despiertos y bajo la intensidad del candil al mínimo. Distingo voces. — ¡Es una redada!— advierte Elion en baja voz. Se oye bastante jaleo de pasos encima de nosotros, puertas que se abren y se cierran, muebles que se mueven, y gente dando órdenes, pero por suerte ninguno se ha percatado de la trampilla bajo la alfombra. — Sabed que ofrecen cincuenta monedas de oro por información que nos lleve a su captura— escucho una voz. Por un momento, una gota de sudor frío me recorre la espalda. Es una enorme cantidad de oro por solo señalar con el dedo, espero que el posadero mantenga su palabra… Tras unos instantes suena de nuevo la puerta principal que se cierra. Esperamos unos minutos en silencio y se abre la trampilla. Por suerte es Ágast que viene a informarnos. 84 — Parece que estáis en problemas, dan una enorme recompensa por vosotros, han registrado toda la posada, eran más de diez guardias— nos sigue contando el tabernero—. Parece que se han dado por vencidos, pero están pegando carteles con vuestra descripción detallada, mañana todos en la aldea sabrán quiénes sois. Esperemos que vuestro barco llegue antes del Amanecer, no creo que quede más de un par de horas. Por suerte la lealtad del posadero hacia Álerin vale más que el dinero ofrecido. Me reconforta saber que podremos estar tranquilos de momento. Aunque es cierto aquello que dijo el elfo, de que nuestra vida corría un gran peligro. — En cuanto tenga noticias del marinero os avisaré. Buenas noches— De nuevo nos quedamos solos en la cava. Me despierta el sonido de la trampilla que se abre. — Rápido, despertad, es hora de ponerse en marcha— Oigo la voz de Ágast susurrando con fuerza, que aparece del otro lado de la escalera. Cogemos nuestros enseres y salimos de la cava. En el comedor de la posada hay un hombre de mediana edad, con pelo y barba oscuros que nos mira. Por sus vestimentas queda claro de quién se trata. — Sin duda sois vosotros mi mercancía. Mi nombre es Monier, soy el capitán del Incansable— se presenta el marino—. Debemos darnos prisa y embarcar sin ser vistos. El barco está al final del muelle, yo saldré primero y os haré una señal si está todo en calma. Ya tendremos tiempo de presentaciones— ordena el hombre con evidentes dotes de mando, mientras sale a la plazuela. El capitán nos hace la señal, nos despedimos de Ágast con un gesto y en silencio nos apresuramos a cruzar hasta la 85 pasarela, donde está amarrado el barco de dos velas con el nombre “El Incansable” pintado en el casco. Subimos a cubierta, hay un hombre mayor manco del brazo izquierdo, que nos señala con el dedo una puerta que da a una pequeña bodega en la proa. Entramos agazapados y cerramos la puerta. Tras unos minutos, notamos que el barco empieza a moverse. 86