4 A bordo del Incansable. Unas dos horas han transcurrido desde que zarpamos. Por suerte el mar está en calma, aunque los medio elfos parece que se han mareado con el suave pero incesante meneo y el crujir de las maderas de El Incansable. Shiroge está bastante bien, de hecho, ha estado comiendo tranquilamente embutidos y pan que había guardado de la noche anterior. No es de extrañar, los de su raza tienen una habilidad especial para la navegación, ya que los primeros nacidos fueron engendrados del poder de la esfera del mar, tal y como explicó Álerin. Yo he aprovechado para revisar la herida de Elion, parece que va muy bien, casi no tiene dolor y se mueve con aparente normalidad. En un par de días le quitaré los puntos. — Ya podéis salir— se oye la voz de Monier del otro lado de la puerta de la bodega de proa. Salimos a cubierta. Hay dos jóvenes de unos veinte años, de reseñable parecido salvo que uno es rubio cobrizo y el otro tiene el pelo negro mate, ambos con las camisas remangadas luciendo su buen estado de forma. Además, tienen dos llamativos pendientes a juego, que lleva cada uno en una oreja distinta. Están dedicados a sus tareas, el moreno subido en el cajón del puesto de vigía y el otro manejando las cuerdas y los aparejos de la vela mayor. En el fondo, en la popa, el hombre manco maneja el timón. Y en el centro de la cubierta, frente a nosotros, se encuentra el capitán, con el sombrero de tres picos, su carcasa azul con los botones dorados que reposa sobre 87 una camisa blanca impoluta con el cuello abierto, lleva pantalones azules y botas negras de marino. — Bienvenidos a bordo de El Incansable. Mi nombre es Monier y soy su capitán. Aquel hombre, a los mandos del timón, es Darbas el contramaestre. El joven moreno en la cofa es Dartin, y su hermano Martin es el que iza la vela mayor— nos presenta a su tripulación. Uno a uno vamos diciendo nuestros nombres, tras lo cual nos hace un gesto de reverencia inclinando ligeramente la cabeza mientras alza sutilmente su sombrero. — Vayamos al camarote— nos ofrece mientras se gira hacia popa, dirección a una pequeña puerta de madera situada del lado de estribor, bajo la cubierta del timón en la parte trasera del barco. En el centro del camarote hay una inmensa mesa rectangular, repleta de mapas de costas y un sinfín de artilugios con formas angulares, además de una lupa, una pluma y un tintero junto a un vaso y una botella de cristal, que contienen un líquido transparente, probablemente alguna bebida alcohólica. A la izquierda hay una estantería repleta de libros, ordenados meticulosamente y muy bien encajados, con una varilla metálica a media altura de cada repisa, para evitar que se caigan. A la derecha hay una puerta que probablemente dé acceso a la habitación del capitán. Detrás de la mesa, en el fondo de la popa, hay una estatua en madera de Túlmar indicando con el dedo hacia la proa. La figura es de unos cuarenta centímetros y está fijada, a la altura de mis hombros, sobre un pedestal también de madera. El capitán se coloca frente a nosotros del otro lado de la mesa y extrae un mapa. 88 — Álerin me ha pedido que os lleve hasta Íshar, me ha dicho que estáis en busca y captura por los Guardias del Tridente. No podremos navegar por alta mar, la armada del Tridente controla esa ruta— comienza relatando mientras señala en el mapa un punto del mar, al suroeste de un grupo de islas, entre Estrian y la punta del gran Faro del Confín—. Gracias a que el Incansable es un barco pequeño y manejable, iremos bordeando la costa, cruzaremos el estrecho que separa las islas del Despeño del continente por la noche, y desde allí viraremos rumbo oeste hacia el Faro. Desde donde, ya lejos de la influencia de Estrian, podremos tomar dirección norte sin oposición. — ¿Cuántos días de ruta hay hasta Íshar?— pregunta Haleth. — Os detallo el itinerario completo. Tenemos que recoger provisiones, nos quedan diez horas de navegación hasta el embarcadero de Émet, un pequeño puerto con una posada que sirve a los marchantes y contratistas como punto de carga de mercancías, venidas en su mayoría del Espino Rojo y las montañas Morguel. Allí pasaremos la noche, para no levantar sospechas. Dispongo de un contrato para transportar trigo a Íshar, por si hubiera alguna patrulla del Tridente por allí. Al amanecer cargaremos las provisiones y saldremos dirección norte, hacia las Islas del Despeño, conozco la zona y tengo mapas precisos. Atravesaremos el estrecho de noche para evitar ser vistos por los piratas que merodean por esas islas. Una vez pasadas, descansaremos en esta pequeña bahía— Señala de nuevo en el mapa al norte de las islas—. Desde allí tomaremos rumbo al oeste, llegaremos por la noche al Faro del Confín. Podremos atracar con tranquilidad, estaremos a salvo, pues el guardián del faro, Aras Tolman, es leal al rey Árathan y cuenta con más de quinientos hombres que 89 controlan la isla y la gran pasarela del confín. Aún así, será mejor intentar pasar desapercibidos. A partir de ahí, si los Ersan nos son propicios, nos llevará tres días llegar hasta Íshar, haciendo la parada obligada en el gran templo de Túlmar. — ¿Qué sabe de esos piratas?— Lo ha mencionado muy por encima y me interesa saber más. — Son un grupo muy peligroso, liderados por Altamir, un medio elfo, que he oído de boca de desertores, se hace llamar a sí mismo Almirante y a su flota su Armada. La verdad que será mejor no encontrarnos con ellos. Tienen su base en algún lugar del archipiélago, pero suelen atacar posiciones en altamar, barcos con mercancías más jugosas que los pocos pescadores que se adentran por el estrecho— me responde con seguridad—. ¿Alguna otra pregunta? Por un momento nos miramos los unos a los otros. Parece que está todo claro. — Pues bien, os instalaréis en la bodega principal, disponemos de dos camarotes con dos camas. Durante el trayecto podéis andar por cubierta, sin molestar a la tripulación. Una vez lleguemos al embarcadero, será mejor que vosotros permanezcáis en los camarotes— aconseja señalando a mis compañeros—. Tú Mirmaerín, puedes usar ropa de los muchachos y un sombrero, no creo que nadie te reconozca, por si quieres desembarcar. Asiento con la cabeza. La verdad es que prefiero bajar y buscar algún mercader que venda alguna pomada o brebaje curativo, el bote de ungüento está casi vacío. Además, necesito esterilizar las agujas y conseguir vendas e hilo de sutura. La jornada transcurre con tranquilidad, si bien a última hora comienza a arreciar el viento del oeste y el oleaje era algo 90 más movido. Haleth y Elion no han salido de su camarote en todo el día, mientras Shiroge ha echado una mano a los hermanos en las tareas de navegación. Yo he estado algo distante, he hecho mis plegarias y mis rezos, para después pasar la tarde contemplando el mar reluciente, bañado por la luz del sol, que se extiende por babor hasta donde la vista alcanza. Por estribor se divisa la silueta de la costa, de la que no nos hemos alejado más de un par de kilómetros, sembrada de pequeñas playas a los pies de los acantilados que marcan toda la línea de costa. A poco de la puesta de sol, la voz de Dartin suena desde la cofa. — ¡El embarcadero Émet a la vista capitán, parece que no hay ningún barco!— grita el joven mientras señala con el dedo hacia el lado de estribor de la proa. Miro a la zona señalada y veo, en la intersección de dos acantilados que forman un barranco, la silueta de edificios y lo que parece ser un embarcadero. — ¡Arriad las velas!— ordena el Capitán—. ¡Maniobra de atraque! Martin, ayudado por Shiroge, comienza a recoger la vela mayor, mientras Darbas, con su único brazo, maniobra impecablemente rumbo a puerto. Tras quince minutos, entramos en la zona de la pasarela flotante. No hay ningún barco amarrado, tan solo una barcaza al frente, junto a unas escaleras que suben al muelle. Detrás se aprecia una amplia posada, no hay nadie en las proximidades. Mientras los marinos amarran al Incansable, el capitán me da algo de ropa de los muchachos y un sombrero con visera de color azul. Me pongo la indumentaria y salimos al embarcadero. Dejo mis armas y llevo solo mi mochila, sin olvidar en ningún momento lo que hay oculto en el doble fondo. 91 Bajamos Monier, Darbas y yo, los hermanos se quedarán custodiando el barco. Ya en tierra firme distingo el letrero de la gran posada justo enfrente del embarcadero. Escrito en el bóldor se lee “Hogar de Émet”. A la izquierda hay un camino que rodea la taberna, detrás de la cual, se amontonan algunas casas formando una aldea. Más a la izquierda del muelle, corre un pequeño arroyo entre la vegetación, que desemboca unos metros más allá, dividiendo en dos una minúscula playa de arena fina. La puerta de entrada es bastante ancha y da paso a un gran salón, cuyo mobiliario está pensado para abarcar tripulaciones enteras, con seis grandes mesas redondas a la izquierda, que pueden dar cabida a más de diez personas y seis pequeñas mesas de cuatro personas del otro lado, para encuentros más privados. Las dos zonas están separadas por unas columnas de madera con unos bancos adheridos y mesas bajas, donde dos señoritas de escasa indumentaria, muestran sus encantos y nos miran de manera seductora con sonrisa de avaricia. En el lado de las mesas grandes todo está ordenado y limpio, completamente vacío. Hay dos mesas que están ocupadas a la derecha. En una se sientan tres hombres bien vestidos y con caras serias. En la otra hay dos jóvenes aldeanos bebiendo cerveza. Tras la barra, al fondo de la sala, un hombre de mediana edad, pelo corto castaño y poblada barba, nos mira atentamente, a la vez que una chica joven, de pelo castaño también, de finos rasgos definidos y mandil de tabernera se nos acerca. — Buenas tardes marineros, mi nombre es Sárath. Bienvenidos al Hogar de Émet— saluda la chica con amabilidad—. Pueden sentarse donde más les guste. 92 Nos sentamos en la zona de las mesas pequeñas, no muy lejos de los hombres bien vestidos, dos de mediana edad y pelo castaño, bien afeitados y otro entrado en años, con el pelo canoso y pobre en la coronilla, con el bigote blanco que le ocupa hasta la comisura de los labios. Beben vino servido en copas de cristal. — ¿Qué puedo servirles, señores?— pregunta la muchacha, mientras coloca sus manos en la espalda. — Tráigame un trago de destilado de ron— pide el contramaestre. — Yo tomaré cerveza— respondo en segundo lugar. — A mí tráigame una jarra de agua— dice el capitán ante mi asombro—. Sírvanos también algo de cenar. ¿Qué tienen? — Asado de buey de Fálkdir, acompañado de arroz con verduras y patatas asadas— contesta la camarera. — Pues pónganos tres raciones— asiente Monier—. Uno de ellos sírvalo trinchado. — Ahora se lo sirvo todo, señores— La chica nos deja una sonrisa y se gira hacia la barra. — ¿No bebe capitán?— le pregunto con voz comedida, una vez estamos solos. — Soy totalmente abstemio. Tengo a mi contramaestre que bebe por los dos— responde el capitán mostrando una sonrisa guasona. — ¡Pero no se puede decir de mí que beba a manos llenas!— bromea Darbas con mucho pudor. — ¿Cómo lo perdiste?— me atrevo a preguntar entendiendo, por su actitud, que no le molesta hablar del tema. — Era un joven marino, algo más joven que el capitán, navegábamos rumbo norte hacia el gran templo de Túlmar a realizar ofrenda, cuando una de esas gigantescas 93 serpientes de mar trepó a la cubierta. Por supuesto, todos tratamos de huir, hay que estar loco para enfrentarse a ese monstruo. Medía más de diez metros, en su boca se apilaban cientos de dientes afilados como cuchillas, sus ojos eran negros como el carbón y lanzaban una mirada vacía. Serpenteaba resbalando sobre su piel azul oscura con una rapidez endiablada— relata el hombre con mirada profunda y escalofriante—. Estaba ya en la puerta de la bodega de proa, cuando me mordió en el brazo. Dos de mis compañeros me agarraron y sentí un fuerte tirón y el crujir de mis huesos. Me desperté en el sanatorio de Bárbal una semana después. Además de mi brazo, aquel día perdieron la vida dos compañeros— concluye con aire de solemnidad. — Pero aquí está, cuarenta años después, más gordo, más cano y aún con vida— señala Monier mientras la camarera sirve las bebidas. —Y por eso bebo, mi capitán, para celebrarlo— Alza su vaso al aire y se lo bebe de un trago—. ¡Póngame otro señorita!— le dice a la tabernera con una sonrisa. — ¿Podría ponerme a hervir con agua estas agujas?— Levanto el pequeño tarro. — Por supuesto, señores— responde alegremente mientras coge el frasco de mi mano. — La verdad, señor Monier, he desembarcado con el propósito de conseguir algunas cosas, vendas y accesorios para realizar primeros auxilios— le comento al capitán. — Se ve que esos tres de ahí son comerciantes— me contesta mientras hace un gesto señalando con la barbilla—. Acércate y actúa con normalidad. Hago caso de mi interlocutor y mientras viene la cena aprovecho y me levanto para hablar con ellos. 94 — Buenas noches, señores— saludo al llegar a la mesa e inclino ligeramente la cabeza—. No quisiera molestarles— continúo a la vez que me devuelven el saludo—. Necesito adquirir algunos productos y me preguntaba si alguno de ustedes conoce un comerciante por aquí. — ¿Qué clase de productos necesita? ¿Señor?— me pregunta el más viejo. — Me llamo Shank, necesito vendas y accesorios de primeros auxilios— respondo dando una falsa identidad. — Mi nombre es Fúlkar, éstos son Cátorin y Ásmar— contesta de nuevo—. Tienes suerte, yo soy comerciante de accesorios y tengo de todo en mi carreta. No tenía pensado traerlo, la verdad, estamos aquí como marchantes, pero en el último momento decidí meterlo todo. ¿Qué precisa exactamente? — ¡Genial!— exclamo con controlada efusividad—. Además de vendas, hilo de sutura, algún brebaje curativo para recuperarse más rápido de los golpes y pomada para cortar hemorragias que ayuden a la cicatrización. — Vaya, estás hecho un sanador de primera— bromea Fúlkar—. Creo que tengo todo lo que pides, comercio con un brebaje revitalizador que elimina totalmente el dolor, cuesta cinco monedas de bronce por dosis. También tengo un ungüento curativo, cuesta dos monedas de bronce cada tarro, da para aplicarlo unas diez veces por tarro. — Pues incluya dos dosis de brebaje y un tarro— le confirmo el pedido. — Pues una moneda de plata por el brebaje, más dos de bronce por el ungüento, más dos monedas de cobre por las vendas y una por el hilo. Un total de una de plata, dos de bronce y tres de cobre— Echa las cuentas el comerciante. 95 — Me parece adecuado, ¿le parece que hagamos la transacción tras la cena?— El olor de buey asado hace que me percate que la camarera se dirige a la mesa. — Nos vemos tras la cena joven— Nos despedimos y regreso con mis acompañantes. — Parece que la charla ha sido fructífera— hago saber al llegar a la mesa mientras le guiño el ojo al capitán. — Y la cena tiene una pinta excelente— reseña Monier mientras la tabernera sirve los platos con el asado de buey, que tiene un aspecto magnífico, servido en un enorme plato de barro, de unos cuarenta centímetros de diámetro, acompañado de patatas asadas y un tarrito de cristal con aceite de oliva aromatizado con ajo y romero. — ¡Y del ron ya ni hablamos!— exclama el contramaestre con aspecto de estar ya bastante alegre—. Ponme otra, preciosa— le dice a la camarera un tanto fuera de tono. — Las dos chicas del medio están solas. Esta noche no tienen a nadie que les preste atención, seguro que seguirán ahí después de la cena, ya me entendéis— contesta la joven, con una sutileza que demuestra estar acostumbrada a estas situaciones. El contramaestre mira a las prostitutas junto a las columnas. — ¿Me da su bendición, Capitán?— pregunta Darbas a su superior. — Está bien— asiente Monier—. Pero te quiero de vuelta a media noche, mañana tenemos una larga travesía. — No lo dude— responde el contramaestre— ¿Cuándo le he fallado yo? Nunca había probado el buey de Fálkdir, de aclamada reputación. Sé de una buena taberna donde lo sirven en Gáldoras, pero en la capital estos productos tienen precios prohibitivos. Lo cierto es que la calidad de la carne es 96 excelente, tierna y sabrosa, la cena está siendo deliciosa. Darbas come todo lo rápido que su brazo da de sí, quizás movido por sus instintos carnales, que le apremian la compañía de las damas. — Yo tengo menesteres que atender, mis señores— se despide el marinero educadamente, a la vez que se levanta y se gira hacia las señoritas. — Iré a hablar con Émet, necesito que me prepare las provisiones, cinco barriles de agua dulce, además de comida para la travesía. No te preocupes por la cena, estás invitado— ofrece Monier después de limpiarse la boca usando la servilleta con elegancia. — Gracias, capitán. Yo voy a cerrar el asunto con el comerciante— le contesto—. Nos vemos en el barco. Nos despedimos y me dirijo a recoger los artículos que he pedido a la mesa del viejo Fúlkar. Tras abonarle, solo me quedan una moneda de plata, cinco de bronce y algo suelto en piezas de cobre y estaño, escasea el dinero. Sin embargo, me acerco a Sárath, la tabernera y le pido cuatro raciones más de buey, dos para Shiroge y una para cada uno de los medio elfos. Cuatro monedas de bronce por la enorme bandeja de comida me parece más que razonable. El aire de fuera arrecia un poco más del oeste. Camino con la pesada carga bajo la noche estrellada, a la luz de los tenues candiles meneados por la brisa, que iluminan la pasarela. Al llegar al Incansable, veo al rubio de los hermanos sentado en la barandilla, junto a la pasarela de embarque. — Buenas noches, señor Mirmaerín— me saluda al subir a cubierta. — Buenas noches, Martin ¿Qué tal la guardia?— muestro interés. Me parecen buenos chicos, trabajadores y dedicados a su oficio. 97 — Muy bien, la verdad que está tranquila, si no fuera por este viento— responde el joven que ya viste sus mangas estiradas—. ¿Le ayudo?— se ofrece. — No te preocupes, amigo, no queda ya nada, solo ayúdame a abrir la trampilla de la bodega, si eres tan amable— El chico asiente y se incorpora. El muchacho abre la escotilla, frente al mástil mayor, haciéndome un gesto con la mano para que entre. Bajo por las escaleras que dan acceso a la bodega bajo cubierta y que llegan a una salita junto a nuestros camarotes, en la que están mis tres compañeros, sentados alrededor de la mesa que hay justo en el medio. — Ya era hora ¿qué estás de vacaciones?— se mofa Haleth ya con mejor cara. — ¡No os quejéis que mirad lo que os traigo!— exclamo mientras coloco la pesada bandeja con la rica comida. — Vaya Mirmi, ¡te has superado!— reconoce mi compañero eledín con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras mis compañeros comen les doy los detalles sobre la vacía, pero acogedora posada El Hogar de Émet, por supuesto, sin mencionar nada de los gastos, doy por hecho que este servicio por el reino de Aradín tendrá su recompensa. Después de relatar lo acontecido, me voy al camarote y tras mis rezos me echo a dormir. No ha salido el sol, cuando ya escucho el crujir del suelo de la cubierta, deben ser los navegantes cargando las provisiones en el barco. Shiroge duerme a pierna suelta, la cena de anoche le ha debido de sentar bien. Saco la gema envuelta de la mochila y la meto en mi morral con extrema delicadeza. Salgo del camarote tratando de no hacer ruido y subo a cubierta. 98 Justo al salir están terminando de meter el último de los barriles de agua, que han colocado al fondo, junto a la pared de la bodega de proa. El clima sigue aireado y fresco, pero se agradece la brisa del mar por la mañana. — Buenos días, señor Mirmaerín— saludan ambos jóvenes casi al unísono. — Buenos días, señores. ¿Queda aún mercancía por subir a bordo?— ofrezco mi ayuda a los hermanos. — No se preocupe, ya está todo. Esperamos la orden del capitán para partir— contesta Dartin. Se abre la puerta del camarote principal, y de ella sale el capitán colocándose el sombrero. — Buenos días a todos. ¿Listos para partir?— pregunta Monier a los marinos. — Sí, mi capitán, pero Darbas aún no ha aparecido— responde Martin mientras señala la trampilla de la bodega principal. En ese momento la escotilla se abre y aparece el contramaestre apresuradamente, terminando de atarse con dificultad el cinturón. — Estoy listo, capitán. Partiremos a la orden— dice el hombre mientras se coloca firme ya completamente vestido. — Pues zarpemos, demos brisa de mar al Incansable— ordena el capitán—. ¡Todos a sus puestos! Una vez nos alejamos del embarcadero, bajo a cambiar mis atuendos y a avisar a mis compañeros para que puedan salir. Encuentro a Shiroge en la sala de la escalera, se acaba de levantar y está desayunando algo. — Todo en orden, ya estamos lejos de la costa— informo a mi compañero, a lo que responde con un gesto afirmativo con la cabeza, mientras sigue masticando. 99 — ¿Dónde están los primos?— le pregunto al eledín, que contesta alzando los hombros. — No sé, no los he visto— responde tras engullir su último bocado. Me acerco a la puerta de su camarote y llamo. No se escucha a nadie en el interior. Es extraño que sigan dormidos, suelen ser muy madrugadores. — ¿Chicos, estáis ahí?— hablo a través de la puerta con algo de nerviosismo, no se oye respuesta. Miro al otro lado de la sala, hacia la popa, la puerta que da a los camarotes de la tripulación está entreabierta. Me dirijo hacia ella. Hay un pasillo con dos puertas a la izquierda, una a la derecha y otra al fondo. — Yaaaahh— percibo desde el otro lado el grito de lucha de Haleth y me apresuro. Cruzo la puerta tras la que encuentro la bodega de popa. En el medio de la cual están los “primos” practicando, Haleth golpea un saco y Elion lanza flechas a una improvisada diana hecha con la tapa de un barril. Al entrar bruscamente ambos me miran con cara de extrañeza. — ¿Qué haces, Mirmi? ¿Ha ocurrido algo?— pregunta mi compañera con cierta preocupación. — No, nada… os buscaba para deciros que ya podéis salir a cubierta— les informo. — Uff, menos mal— suspira Elion—. Hemos venido a entrenar para estirar algo las piernas. ¡Salgamos a tomar aire fresco! Sin duda los medio elfos se están habituando al barco, el oleaje hoy es más pronunciado y los meneos del barco más repentinos, pero se les ve totalmente coordinados y con buen aspecto. Salimos a la cubierta, Shiroge nos acompaña. Según el itinerario viajaremos dirección oeste durante todo el día y la 100 noche la pasaremos navegando sobre El Incansable, por el estrecho junto a las islas del Despeño. Después de una jornada tranquila, vemos por el lado de babor de la proa un grupo de islas en el horizonte. Al atardecer, negros nubarrones se aproximan por el sureste y arrecia el viento. Lejanos destellos que rompen con sonoros truenos hacen prever que se acerca una tormenta. Esperemos que pase de largo. Yo y mis compañeros nos vamos a los camarotes a descansar. Un fuerte golpe de ola sacude la embarcación y me despierta. Es noche cerrada y se oye la fuerte lluvia en el exterior, así que enciendo un candil. Shiroge se alza también de su cama, el barco se menea con bastante contundencia. — Salgamos a ver cómo está la situación— propongo a mi compañero mientras me dirijo con dificultad hacia la puerta. Al abrir veo a Haleth y Elion que acaban de salir también, juntos subimos las escaleras. — ¡Todos a sus puestos!— ordena el capitán a su tripulación—. Vosotros refugiaros en la bodega de proa, tendremos que atravesar la tormenta— nos grita al vernos en cubierta. Obedecemos al capitán, entramos en la bodega y cuelgo el candil. En pocos minutos el mar embravece aún más, sonoros golpes de ola hacen crujir las maderas, enormes fogonazos dan paso a los atronadores bramidos de la tormenta. El Incansable se tambalea en un brusco vaivén. Observo por la ventana como los barriles de agua se sueltan de su amarre y ruedan por la cubierta, perdiéndose en la oscuridad. La lucha del velero por mantenerse a flote es feroz. Suena un fuerte crujido, se detiene el barco bruscamente y se apaga el candil. 101 La penumbra es absoluta, solo se rompe con el resplandor de los rayos y los truenos, cuyo sonido ensordece el incesante caer de la pesada lluvia, que castañea contra la cubierta y los cristales. — ¿Estáis todos bien?— pregunto a mis compañeros—. ¡Parece que hemos encallado! — Bien— se oye la voz de Shiroge. — Todo en orden— habla Haleth. — Estoy bien— contesta Elion. — Esperemos a que se apacigüe la tormenta— propongo. Tras una hora cesa la tormenta y llega la calma. Salimos a cubierta. La claridad del sol asoma bajo las nubes por el horizonte tras la popa. Del camarote principal salen los miembros de la tripulación, al menos estamos todos sanos y salvos. — Parece que hemos encallado en la playa este de la isla Garfio— aprecia el capitán mientras señala hacia la proa. Al girarme me percato de que hemos acabado en la punta norte de una gran playa orientada hacia el este, y que termina en unos acantilados a pocos metros de la punta de la proa. A lo lejos, hacia el sur oeste, se distingue a duras penas la punta de una colina, con un saliente en forma de pico de loro y abundante vegetación. — Desembarquemos y comprobemos los daños— ordena a los marinos Monier—. Darbas, tú comprueba el estado de las bodegas. Martin ata un nudo a la barandilla de la cubierta de proa, del que arroja una escalinata que usamos para bajar a la playa. Es una zona rocosa, el barco está incrustado en la arena y está ligeramente inclinado del lado de estribor. — Dartin, trae las palancas y las calzas, arrójalas por la borda, parece que tendremos que levantarlo— manda el capitán. 102 El hermano moreno obedece sin rechistar y comienza a trepar la escalinata. Darbas aparece por la barandilla. — Parece que hay daños en el casco, señor. El primer cuadrante de estribor tiene una grieta de unos dos metros— informa el contramaestre. Tras un par de minutos, el joven tira por la borda dos grandes palancas metálicas, seguidas de una docena calzas de madera con forma de cuña. Con la ayuda de Shiroge, los hermanos clavan las palancas en la arena junto a la base del casco y colocan junto a ellas dos troncos para que sirvan de punto de apoyo. Al tirar de las palancas el barco se balancea hacia babor, elevándose medio metro del suelo, dejando ver la enorme grieta provocada por una de las rocas. El capitán fija las calzas a la base del barco y lo estabiliza. — Tendremos que sustituir casi todo el cuadrante— analiza Monier la situación en voz alta—. Nos llevará todo el día, más media jornada para que seque el alquitrán. — ¿Hay algo que podamos hacer, capitán?— pregunta Haleth. — Lo cierto es que tenemos otro problema, los barriles de agua han caído por la borda durante la tormenta. Necesitamos agua dulce— le contesta con gesto de preocupación—. Subamos al camarote, tengo un mapa preciso de las islas. Los Dalmas acompañamos al capitán, mientras los hermanos se ponen a la tarea. Tendrán que serrar la zona dañada, sustituir las maderas e impermeabilizarlas. Llegamos al camarote. Anticipándose a la tormenta, Monier ha guardado todos los mapas en un baúl bajo la mesa, donde rebusca y extrae uno de ellos. — Aquí está— dice mientras extiende sobre la mesa un mapa detallado de las islas del Despeño. 103 — Estamos aquí, en la isla más oriental. El archipiélago está formado por once islas separadas por no más de cuatro kilómetros unas de otras, ésta es llamada la isla Mayor, está a dos kilómetros de la isla Garfio, hacia el oeste— explica el capitán a la vez que señala en el mapa—. Por suerte el acantilado nos oculta de la vista desde las otras islas, esperemos que no nos detecten en los próximos dos días. Nuestra isla tiene su punto más alto justo aquí, en este cabo en la cara oeste, cuyo extremo tiene una forma parecida a un garfio, de ahí su nombre. Suelen correr manantiales por las laderas de las colinas, puede que encontréis algún arroyo. — Inspeccionaremos la zona, capitán— dispone Haleth con seguridad. — Id con cuidado, como os dije, las islas están pobladas de feroces piratas. Se estima que Altamir cuenta con más de quinientos hombres y una treintena de naves— advierte el capitán—. Hay que evitar que nos descubran. Bajamos a la playa y emprendemos la marcha, todos llevamos nuestras armas y Shiroge carga con dos barricas vacías atadas a su espalda. Nos adentramos entre la exuberante vegetación y marchamos colina arriba. Distingo un pliegue que cae hacia el norte de la colina, un lugar perfecto para que corra un arroyo y me dirijo hacia allí. Como se ha vuelto costumbre cuando nos adentramos a lo desconocido, yo lidero al grupo que camina tras mis pasos en línea, preparados ante cualquier eventualidad. Tras más de media hora de marcha, llegamos a lo alto de un pliegue, hay mucha arboleda cerca de la cumbre y no se divisa el pico desde esta posición. — Mirad allí— Señala Shiroge hacia la zona más baja del pliegue—. Parece que hay una laguna. 104 Mi compañero tiene razón, entre la arboleda, cerca del acantilado, se distingue el reflejo de luz sobre una superficie acuosa. Sin dilación nos apresuramos hacia ella. No nos lleva más de diez minutos encontrar el lugar. Se trata de una laguna de aguas cristalinas, de la que brota un arroyo en dirección al acantilado. Está rodeada de vegetación, pero a través del claro que genera, se alcanza a ver el pico con forma de garfio. Algo me llama la atención. Parece que hay una construcción justo al lado de la base del saliente. — Observad— informo a los demás—. Por lo que se ve la isla está habitada. Todos miran hacia la zona señalada. — Vayamos al acantilado, desde allí tendremos mejor visión de la zona— propone Elion, a lo que asentimos. No hay más de doscientos metros siguiendo el pequeño arroyo, hasta el acantilado, desde donde se precipita hacia el mar a una altura de unos treinta metros. Apostados contra los árboles observamos la zona con detenimiento. Tal y como estaba señalado en el mapa, la Isla Mayor se encuentra justo al oeste, en la que se observa una playa en la vertiente noreste, donde hay unas ruinas de lo que parece un antiguo embarcadero abandonado. En el centro de la Isla Mayor hay una colina ligeramente más alta que la Punta del Garfio, que parece, desde nuestra posición, es el segundo punto más alto del archipiélago, el resto del litoral está conformado por grandes acantilados rocosos donde rompen las olas. Un poco más al sur hay otra isla más pequeña y menos boscosa que parece deshabitada. En la Punta del Garfio se distingue con claridad una garita de vigía. — Allí abajo— Señala Haleth hacia la base del acantilado de más de sesenta metros, justo debajo del pico. 105 Se puede distinguir una pasarela de piedra a donde arriban dos hombres en una pequeña barcaza. Un segundo bote de similares características está amarrado en el pequeño embarcadero. Los desconocidos se apean y se dirigen al acantilado, donde les perdemos la vista. — Tiene pinta de ser el relevo, esperemos— recomienda Elion. Mantenemos la posición. Tras unos quince minutos, dos hombres aparecen, toman el otro bote marchándose dirección a la isla Mayor con intención de rodearla por la vertiente sur, hacia los acantilados. — La base de los piratas tiene que estar por ahí— informo a mis compañeros señalando la punta sur de la isla Mayor. — Tomemos el agua e informemos al capitán— propone Haleth, a lo que los demás asentimos. Llenamos los barriles en la laguna y bajamos hacia el barco rodeando la ladera de la colina. Al llegar veo que los trabajos van avanzando, ya han saneado el hueco de la grieta y los hermanos están retirando las últimas maderas dañadas. El contramaestre indica desde el interior del hueco, mientras Monier supervisa los trabajos. Nos acercamos a él. — Aquí tiene el agua, capitán.— Shiroge descarga las dos pesadas barricas que contendrán sesenta litros cada una y que el grandullón ha estado cargando más de una hora de camino sin aparente esfuerzo. — Gracias, Shiroge— le responde—. Magnífico trabajo. — Hemos detectado movimiento en la isla, señor— informa Haleth—. Se ve que hay un puesto de vigía justo en la punta de la colina, junto al garfio. Hará un par de horas dos hombres han hecho el cambio de guardia. 106 — Hay que neutralizar a esos guardias, en algún momento distinguirán la embarcación y darán la alarma, si eso sucede estaremos perdidos— razona Monier. — Nosotros nos encargaremos, capitán— se ofrece Haleth. — Desde el acantilado, cerca del pico, hemos podido ver unas ruinas de un embarcadero del lado noreste. Por lo que se ve los piratas tienen su base hacia el sur— comienza a hablar nuestro estratega Elion—. Podemos usar la barcaza de los guardias, una vez acabemos con ellos y acceder a la isla por allí para reconocerla y percatarnos de los peligros. No nos llevará más que unas pocas horas. — Me parece adecuado, los trabajos van muy bien, por fortuna el golpe no ha dañado la estructura del casco, si logramos aplicar el alquitrán para el almuerzo, el sol de la tarde y la brisa cálida que tenemos hoy, secarán rápidamente y con ayuda de Tísmik y Túlmar podremos abandonar la isla al Amanecer— responde el capitán—. Intentad estar aquí antes de que anochezca— Todos asentimos. Tomamos algunas provisiones de comida y agua, para seguidamente dirigirnos hacia el puesto de vigía. Con presteza y conociendo el destino, no tardamos más de una hora en alcanzar las inmediaciones de la cumbre. Al rodear una gran roca nos topamos con un sendero. Hacia la izquierda desciende serpenteando entre las rocas en dirección acantilado, por la derecha asciende hacia el pico situado a unos doscientos metros, junto al cual se divisa el techo de una casita de madera. — Subamos junto al sendero, acechando entre la maleza— propone Elion. Y así hacemos. 107 A una distancia de cincuenta metros se distingue con claridad el edificio. No tiene más de treinta metros cuadrados, tiene el acceso carente de puerta, orientado hacia nosotros, lo que nos permite ver una parte del interior. Un hombre pasea por la sala, se trata de un medio elfo con atuendos de pirata, con un chaleco de cuero y sombrero de bucanero. Tras la garita, el sendero continúa otros diez metros hasta la base del garfio, donde otro pirata de la misma raza, está observando de espaldas, hacia el oeste. Porta en su mano derecha un cuerno, probablemente ese sea el medio para avisar de cualquier eventualidad o peligro. — Si me acerco un poco más podría disparar una flecha al de la punta, para evitar que dé aviso, los demás cargad hacia el refugio y acabad con el otro— Elion propone un plan. — Yo te acompaño primo, si el ataque le dejara aliento suficiente le daría tiempo a avisar y estaremos en problemas. Rodearé la punta y me colocaré más cerca de él, en cuanto dispares, intentaré despeñarlo por el acantilado antes de que pueda reaccionar— se ofrece Haleth, con la precaución que pedía el capitán—. Además, Shiroge y Mirmi se bastan para acabar con el otro. — Está bien— asiente Elion. Esperamos unos minutos en posición, mientras Haleth realiza la maniobra de aproximación, acechando con habilidad. Elion se acerca y coge ángulo mientras carga su arco. — Estamos listos— susurro al eledín al ver aparecer a nuestra compañera oculta entre la vegetación, ya muy cerca del vigía, junto a la base del puntiagudo saliente. 108 Veo volar la flecha del arquero hacia su objetivo que le alcanza en el hombro derecho, el cuerno se le cae, grita de dolor en el momento en que Haleth lanza su patada, un golpe débil pero bien colocado, que consigue su objetivo y derriba al adversario, que cae por el acantilado mientras su grito se desvanece en la caída. Nosotros dos cargamos hacia la casa, por la puerta sale el otro jovencísimo pirata armado con su sable y su escudo, que al ver a Shiroge cargar hacia él suelta sus armas, se arrodilla y pide clemencia. — Por favor, me rindo, no me matéis— balbucea el muchacho entre sollozos. Shiroge frena su ataque. Haleth comprueba desde la punta que todo está en orden. — ¡Me mantendré aquí haciendo guardia!— grita la medio elfa a su primo. Elion viene hacia nosotros. — Está bien, chico. Te dejaremos vivir, pero a cambio tendrás que darnos información— le digo al chaval con gesto serio. — Claro, señor. Les diré todo lo que sepa— contesta el joven tembloroso. Entramos en la casa, hay una mesa con un par de sillas y restos de una fogata en la pequeña chimenea, junto a la cual, hay útiles de cocina vacíos y un pequeño saco. Es todo lo que hay en la sala diáfana, con una única ventana abierta, del lado opuesto de la entrada. Atamos al rehén a una de las sillas y nos situamos los tres a su alrededor. — Supongo que eres miembro de la armada de Altamir— empieza a hablar Elion mencionando una obviedad, quizás con el fin de ver las reacciones del muchacho. — Así es, señor. Me uní hace pocas semanas, estaba sin blanca y te dan cuatro monedas de plata por alistarte— contesta el joven acongojado. 109 — ¿Dónde se encuentra vuestra base?— pregunto. — En la vertiente sureste de la Isla Mayor. Hay una bahía con una playa escondida entre los acantilados, en su punta se encuentra el acceso a una inmensa cueva donde atracan los navíos— responde enseguida el joven. — ¿Cuántos hombres y naves hay en la cueva?— sigo con el interrogatorio. — No lo sé con exactitud, al menos trescientos soldados, en su mayoría medio elfos, aunque también hay humanos— continúa con la cuestión—. En cuanto a los barcos, una veintena de todas las clases, incluyendo el enorme galeón del almirante Altamir. — ¿De qué vigilancia dispone la isla Mayor?— pregunta Elion. — Hay dos puestos de vigilancia, uno en el extremo norte y otro en el oeste, se llega a ellos por un sendero al que se accede desde la playa, pero no sé mucho más, los que hacen guardia allí son piratas veteranos— contesta el asustado joven. — Una última pregunta, ¿cada cuánto tiempo cambian las guardias?— insiste el medio elfo. — Después del desayuno y las cenas parten todos los relevos, se tarda una hora en llegar hasta aquí— asevera el pirata. — Vayamos a ver qué opina Haleth, dejémosle aquí, no se moverá— propongo a mis compañeros y salimos de la sala. La medio elfa está apostada en el vértice del acantilado. Al vernos nos hace un gesto con la mano pidiéndonos que nos acerquemos. Nos agachamos y vamos. — He visto un barco acceder entre los acantilados de la Isla Mayor, allí en la vertiente sur— Nos señala con el 110 dedo—. Si te fijas bien, en la esquina del fondo parece que hay una gruta. — Es cierto, la veo— confirma el arquero, ciertamente concuerda con la declaración del rehén. — Además, si os fijas bien allí, cerca de la cima de la isla, un poco hacia la vertiente sur, se ve la punta de un edificio, parece una pirámide— añade nuestra compañera. Veo la punta con claridad, está envuelta de algunas lianas y vegetación, más o menos en el centro del islote, la cima cae algo hacia el noroeste. Le contamos a Haleth la información obtenida del chico. — Creo que deberíamos inspeccionar la isla, ahora que sabemos que los piratas se concentran en la vertiente sur, el plan de acceder por las ruinas de la playa en el norte parece más seguro— propone Elion—. Además, tenemos el visto bueno del capitán y no me apetece nada pasar el resto de la tarde en ese barco encerrado— sentencia. La verdad es que tengo curiosidad por saber qué esconden las ruinas y la pirámide de la isla Mayor, aunque tengamos ya bastante información y sea quizás correr riesgos innecesarios, a fin de cuentas somos Dalmas, la aventura y el riesgo forman parte del trabajo. — De acuerdo, creo que tienes razón— manifiesto. — ¡Adelante pues!— exclama Haleth. — ¿Y qué vamos a hacer con él?— pregunta Shiroge refiriéndose al joven retenido. — Démosle agua y dejémosle ahí atado hasta que volvamos, según dice ha desayunado hará unas tres horas, no le pasará nada porque se quede sin almuerzo— propongo a mis compañeros. Todos estamos de acuerdo y procedemos con el plan. Tras dar de beber y asegurar bien los amarres del prisionero, descendemos por el sendero hacia el acantilado. 111 En cierto momento, la superficie lisa e inclinada del paso se transforma en una escalinata, que serpentea entre las escarpadas rocas hasta llegar a una plataforma de piedra donde está amarrada la barca. No es muy grande, así que embarcamos con cuidado de no volcarla, primero yo en medio, después Elion en proa, luego el eledín se sienta en la popa, y por último Haleth se sienta junto a su “primo” para compensar. La barcaza se ha hundido bastante, pero aguanta, el mar entre las islas está calmado. Shiroge comienza a remar con bastante habilidad. Transcurrida media hora, alcanzamos la parte este de la playa y vemos a lo lejos el ruinoso embarcadero. Poco después diferencio una pasarela de granito, está derruida de un lado y grandes casquetes de roca se esparcen por la arena. Veo restos de los muros de un edificio, totalmente derruido justo al principio de la pasarela. Atracamos en la playa, junto al inicio de la misma. Al subir la pequeña rampa me percato de que hay una explanada de roca, de unos treinta metros de lado y cubierta parcialmente por la arena, justo delante del edificio. — Investiguemos un poco— propone Elion mientras se dirige hacia las ruinas. Nos dispersamos por la zona. — ¡Aquí hay el principio de un camino de roca!— advierte Shiroge desde la izquierda de la explanada y comienza a caminar sobre la arena, como siguiendo una linde. Los demás nos acercamos. Al llegar al lugar no veo ningún camino, solo el rastro del eledín en la arena. — Déjate de bromas Shiroge, este es un lugar peligroso— le recrimino. — ¡Que no, Mirmi!— me contesta con seriedad— Es un efecto visual, colócate al principio de mis pisadas. 112 Obedezco a mi compañero y me coloco justo donde comienza el trazo de sus pies, descubriendo para mi sorpresa, un camino de roca, sobre una ligera capa de arena. Hay dibujos en la plataforma que simulan ondas, haciendo un efecto óptico que la disimula, siendo difícil de ver aún estando a un metro. Los primos se colocan detrás de mí y seguimos a Shiroge a través del camino, dirección este y sur este, hasta llegar al límite de la vegetación. El grandullón se para y espera a que le alcancemos. — Mirad ahí, ¿qué veis?— nos pregunta mientras señala al frente entre las palmeras. — Nada, un sinfín de troncos— respondo diciendo lo que veo. — Ahora colócate aquí— El eledín se aparta, dejando ver bajo sus pies una pequeña estrella azul pintada en el suelo. Me coloco sobre ella y miro al frente. Me asombro al distinguir con claridad una figura en forma de flecha, conformada por los árboles del fondo. — La óptica es muy utilizada por mi raza— explica Shiroge—. De hecho, la mayor escuela de Ilusionistas de las tierras Antípodas se encuentra en Parmos, la capital de Eled Vulard. Nos adentramos por el palmar en dirección a la zona donde señala la flecha. A unos cien metros, donde se espesa el bosque, encontramos un camino. Avanzamos por él con cautela, sin duda se dirige al centro de la isla, donde se sitúa la pirámide. Transcurridos treinta minutos de marcha entre la frondosa selva que casi parece una pared a cada lado del camino, encontramos un cruce de senderos en forma de cruz. Ambos lados dan a una pequeña casa con puerta de 113 madera a pocos metros. Las construcciones de granito están enteras, pero rodeadas de enredaderas y musgos. Un poco más adelante por el camino principal se distinguen otras dos y otro par más justo después, para un total de seis ramificaciones, tres a cada lado, cada una de ellas da a un edificio de similares características. Continuamos hacia adelante. Después la vía principal hace un giro y va a dar a una explanada donde se ubica la pirámide, de unos veinte metros de altura, que se sitúa en una zona un poco más plana. A los pies de la construcción hay un sendero, que cruza de lado a lado justo delante de la cara frontal y que se pierde a ambos lados en la maleza. — Parece que está todo despejado— indico a los demás—. Acerquémonos. Avanzamos por la explanada hasta la pirámide e investigamos la zona. — Mirad la punta, parece que hay algo escrito— se percata el eledín. Agudizando la visión logro divisar unas marcas. — Subid vosotros, yo y Haleth haremos guardia aquí abajo— propone Elion. Escalamos la escalinata, construida con bloques de granito de unos cincuenta centímetros, no tardamos en llegar a la cúspide. En el triángulo frontal, hay una serie de muescas de una escritura desconocida para mí. — ¿Entiendes lo que pone?— le pregunto a mi compañero intuyendo que pudiera tratarse de éledar, la antigua lengua de los eledines. — Sí Mirmi, es el idioma de mi raza— me contesta—. Te leo. “Cinco Ersan tenían seis casas 114 Una ardió en llamas Una se inundó Una fue alborotada por el viento Una fue devorada por la selva Una estaba vacía Una era la entrada” — No sé qué quiere decir, parece una adivinanza— añade mientras se rasca la cabeza. — Creo que se refiere a las seis casas que vimos en el camino viniendo hacia aquí. Vayamos a investigar— respondo mientras comienzo la maniobra de descenso. Informamos a los medio elfos y regresamos al camino. Una vez allí procedemos a investigar las edificaciones: abrimos la puerta de la primera a la derecha, o la última a la izquierda viniendo de la playa. No hay nada en su interior, solo un orificio en la pared, del tamaño de un huevo, que penetra en el grueso muro de piedra. Al mirar en el interior todo está oscuro. — El escrito decía que una está vacía, puede que sea ésta— reflexiono en voz alta. Salimos y nos dirigimos a la de enfrente. Hay una mesa y cinco sillas en el centro, nada más. Pasamos a la siguiente, del lado opuesto. En su interior hay un macetero con tierra construido en la pared. Luego, la de enfrente a ésta, que contiene una mesa con unos papeles. Los ojeo un poco, me percato de que todos están en blanco, luego los coloco en su lugar y nos dirigimos a la última del otro lado. Al entrar hay un charco en el centro, del techo se derraman gotas de agua que emergen por una grieta a intervalos espaciados. En la sexta casa hay una montañita de madera seca en el centro. Nos paramos a pensar. — Si aquí hay madera, es que no ha ardido. En la de enfrente hay goteras pero aún no se ha inundado. A 115 continuación hay papeles que no han sido alborotados por el viento. En la siguiente hay tierra, pero aún no ha brotado la selva. La siguiente no está vacía, y la última no es la entrada— explico a mis compañeros tras darle un par de vueltas—. Creo que tenemos que hacer todas esas cosas: quemar la madera, derribar el techo para inundar la casa, airear los papeles, sembrar plantas, vaciar la sala y en la última encontraremos la entrada— concluyo con cierta satisfacción. — Puede ser, pero debemos apresurarnos, nos quedan tres o cuatro horas de sol— advierte con acierto Elion. Sin perder un segundo ponemos en marcha el plan, casa por casa vamos activando la situación marcada en el acertijo, lo que nos lleva casi una hora. Por fin entramos en la habitación del orificio. Nos alegramos al descubrir que de él sale ahora una palanca metálica. Activo el mecanismo tirando de ella. Se oye un chasquido, seguido de un crujido sostenido, que es provocado por el rozamiento de la pared que se abre junto a la palanca, dejando ver tras ella unas escaleras que bajan a través de un pasadizo de granito, de aristas perfectamente angulares, que se adentra en la sinuosa oscuridad. Enciendo mi candil. — Ya que hemos llegado hasta aquí, tendremos que entrar— comento a mis compañeros mientras desciendo la escalinata. Huele a espacio cerrado y humedad, el aire está bastante viciado. Al final de la escalera se atisba un largo pasillo de similares dimensiones, un metro y medio de ancho por dos y medio de alto aproximadamente, que gira en un ángulo de noventa grados hacia la derecha a unos cien metros. Desde la esquina, a unos cincuenta metros, se distinguen unos peldaños que suben. Avanzamos con cautela, todos 116 en fila y subimos la escalinata que va a dar justo al medio de la pared de una gran sala cuadrada, con una estatua al fondo. — Parece que estamos en el interior de la pirámide— aprecia Shiroge con acierto. Me coloco en el centro de la habitación para tener mejor perspectiva. La estatua es una obra en granito, en la que aparece el Erdan Raldar, Dios de la ilusión y de la Nigromancia. Lleva una túnica con un sombrero y tensa con sus manos, a la altura de los hombros, un hilo de color plateado. Observo el resto de la sala, me giro a la pared de mi izquierda, hay una inscripción con símbolos parecidos a los de la cúpula de la pirámide. A cada lado del acceso por el que hemos venido, hay otras dos entradas con sendos túneles, el de la izquierda da a unas escaleras que descienden, el de la derecha otras que ascienden. La otra pared contiene un mural pintado. En él aparece la figura de un eledín moreno, de aspecto joven y atlético, sentado en una especie de trono sobre un tesoro en el centro de una isla. Tras él está la pirámide con el símbolo de las tres estrellas que marcan el norte. — Aquí pone— se apresura a leer el eledín. “Tú ladrón, ¿Buscas mi tesoro? Corta el hilo Y lo encontrarás Gánatelo y es tuyo Si derrotas al guardián” — Supongo que se refiere al hilo de la estatua— comenta Elion. 117 — Parece ser, sí. No soy experto en historia de los eledines, ¿te dice algo el dibujo de esta pared Shiroge?— pregunto a mi compañero Dalma. — No soy un erudito como tú, Mirmi— responde mirando el dibujo—. Sé que de mi pueblo salieron exploradores hacia todos los confines. En edades anteriores a los hombres, se iban para no volver, quizás aquí escondió sus riquezas uno de ellos. En nuestra raza se dice “Dartum art tulus”, que significa: gánatelo y es tuyo. Viene a dar sentido al hecho de que no podemos mantener nuestras posesiones para siempre, ni siquiera nuestra propia vida, ya que alguien te las acabará arrebatando, mejor que sea alguien que se lo haya ganado. Puede tener sentido, los primeros eledines tenían el don de la inmortalidad. Antes de la guerra de los dioses, según la historia de los elfos, tanto los elfos como los norteños, se esparcieron por las tierras Antípodas. — ¿Y qué hacemos?— pregunta Haleth. — Creo que sería prudente investigar el resto de la pirámide. Antes de activar nada, tenemos que ver las vías de escape y asegurarnos que no se sumen más invitados a la fiesta— manifiesto mi opinión. — Tienes razón, Mirmi, ¿por dónde empezamos?— pregunta Shiroge. — ¡Siempre por la derecha!— exclama la medio elfa. Subimos la escalinata del acceso a la derecha de la entrada, de iguales características que las que nos habíamos encontrado en el anterior pasillo. Al llegar arriba, unos cinco metros por encima, hace un giro de noventa grados a la derecha, y unos diez metros más adelante, otro giro en la misma dirección, dando lugar a otro pasillo más, de unos diez metros, al final del cual, del 118 lado de la derecha, hay otra escalera que sube, en cuya cima se distingue el dintel de una puerta oscura. Llegamos al rellano que se ensancha y cabemos todos. La puerta parece de metal, muy rígida, tiene una manivela con dos orificios uno a cada lado, la giro. La manivela gira pero la puerta no se abre. — Parece que estos orificios redondos son para algún tipo de llave— señalo a mis compañeros. — Apártate— me dice Shiroge. Me hecho a un lado y el grandullón intenta forzarla, sus venas se inflan en sus brazos y su cuello, y se pone rojo como un tomate, pero la puerta no cede ni un milímetro. — Está claro que por la fuerza no vamos a abrirla— observa acertadamente Elion. — ¡Volvamos, investiguemos por la izquierda!— manda Haleth—. El tiempo se nos acaba. Regresamos a la sala de la estatua y tomamos el otro camino. Estas escaleras bajan y les sigue un pasillo recto, que unos cincuenta metros más adelante llega una puerta con una manilla. Al abrirla me percato de que la parte de atrás está revestida de piedra y carece de tirador, además el pasillo de granito se transforma en un túnel cavernoso que desciende entre estalactitas. Utilizando una roca, Elion bloquea la puerta. El túnel tiene inestables dimensiones, aunque suficientes para seguir avanzando. Unos cincuenta metros más adelante la cueva se ensancha, formando una gran gruta de más de diez metros de alta y treinta de larga. — ¡Mirad!— Señala Haleth a una de las paredes cuando estamos en el medio de la caverna. Hay una gran tela de araña de más de dos metros. Al acercarme con el candil, se distinguen algunas feas arañas peludas de unos veinte centímetros, corretear a través de la tela. Me giro hacia mis compañeros. 119 — ¡Cuidado a vuestra espalda!— grito dando la alarma. Hay una gigantesca araña descolgándose por la pared a su espalda, mide más de un metro y medio desde el suelo hasta el lomo y se apresura hacia ellos. Shiroge y Haleth desenvainan sus espadas, Elion carga su arco. La bestia es rapidísima, y antes de que tenga tiempo a disparar, lanza un ataque con su aguijón al arquero que recibe el impacto en el muslo y le provoca una herida fea y una hemorragia. Pega un grito de dolor mientras Shiroge, que está a su lado, atiza con su mandoble a la criatura, que se gira. Aprovechando el momento, Haleth ataca al monstruoso arácnido por detrás, un gran golpe en el caparazón, que desparrama gran cantidad de sustancia verde y viscosa. El engendro chilla y lanza un nuevo ataque, esta vez contra Shiroge, que detiene el aguijón con el escudo, devolviendo con dificultad, un nuevo golpe de mandoble. La medio elfa hinca su katana en la barriga del arácnido, que retrocede. Yo corro a auxiliar a Elion, tiene un corte muy profundo que no para de sangrar, mantiene débilmente la consciencia, pero está bloqueado por el dolor. Le doy una de las pociones, que bebe con dificultad, y comienzo a intentar frenar la hemorragia. Mis dos compañeros terminan de dar muerte a la gigantesca araña. Con ayuda de Mahara, usando el ungüento consigo parar el flujo de sangre, miro a Elion, está notablemente mejor. — Voy a coserte, ¿te duele?— le pregunto a mi camarada. — Estoy bien, haz lo que tengas que hacer— me contesta con serenidad, ya con el sentido recobrado. Comienzo a coserle mientras llegan los demás. Haleth coge mi candil y lo alza en guardia, por si hubiera más enemigos. Con bastante habilidad consigo suturar la herida y le vendo con algo de presión. 120 — ¿Qué tal te encuentras?— le pregunto al paciente. — Estoy bien, creo que puedo continuar— contesta a la vez que se pone en pie. — Sigamos, el tiempo se nos echa encima— nos apremia Elion, mientras empieza a caminar cojeando levemente, hacia el fondo de la gruta. La parte del final de la gruta tiene un recodo que se retuerce hacia la izquierda desde donde se abre paso una apertura en la pared, lo suficientemente grande para continuar por ese camino. — Mirad ahí— Señala Shiroge con el dedo hacia la esquina del recodo, donde una tela de araña envuelve un cadáver—. Echemos un vistazo— Todos nos aproximamos. Con el mandoble, el eledín sega la tela y el cuerpo se desparrama a nuestros pies. No parece llevar más de un par de horas muerto, tiene sombrero y chaleco de pirata, del que se desliza un morral. Shiroge se agacha y lo recoge, al abrirlo, le brilla la sonrisa. — Vaya, tiene que haber más de veinte monedas de plata— dice el eledín. Haleth se arrodilla y sin miramientos registra el cuerpo. Colgado de su cinturón lleva una preciosa daga de plata. — Tiene que costar una fortuna— comento a mis compañeros sobre el tesoro hallado. — Hagamos un fondo común— propone Shiroge—. Toma Mirmi, llévalo tú. Se te dan bien los números y no se me escapa que te estás haciendo cargo de los gastos: la cena, el tarro de ungüento…— Me entrega el morral. — Estoy de acuerdo— afirma Haleth, haciéndome entrega de la daga. — Será mejor que la lleve Elion, él sabrá usarla mejor que yo— digo siendo honesto. 121 — De acuerdo, pero continuemos— Marca ahora el paso Elion, del que nadie diría acaba de ser suturado. Se ve que el brebaje es tan efectivo como prometía Fúlkar, el comerciante del embarcadero de Émet. Dentro de doce horas se le pasará el efecto, veremos qué tal entonces. Avanzamos tras el arquero por el túnel cavernoso. Unos metros más adelante la cueva está bloqueada, aunque de manera precipitada, pues se ve una tenue luz por algunos huecos entre las rocas, que taponan un estrecho paso. Shiroge aparta con cuidado algunas de las más grandes, dejando un redondeado orificio que me permite asomar la cabeza. Miro a través del agujero. Se ve que hay una pequeña repisa a una cierta altura. Escucho pasos. — ¡Encontrad a esa sabandija! ¡Robarme a mí! ¿Cómo se le ha ocurrido? ¡Cuándo lo vea le sacaré las tripas como a un cerdo! ¡Va a saber quién es el Almirante Altamir!— se oye la voz del capitán pirata. — Buscad en toda la base, en cada barco de la armada, registradlo todo rápido, ese desgraciado no puede andar muy lejos— ordena el mandamás. — ¡A sus órdenes, Almirante!— Se oyen pasos a la carrera que se alejan, mientras otros se acercan acompañado del sonido de unas espuelas. — Mi Almirante, el hombre de Estrian está aquí como ordenasteis— dice una voz juvenil—. Está desarmado. — Puedes quitarte la venda de los ojos— ofrece Altamir—. Ahora dime quién eres y qué es eso tan importante que tienes que decirme. — Mi nombre es Balduur, soy el capitán de la Guardia del Tridente— Me percato sin duda de que se trata de la voz del hombre de la fortificación del lago Énder. 122 — ¿Y cómo un hombre de tanto rango se juega el pescuezo para venir aquí, a mis dominios?— pregunta el pirata. — Una guerra civil se aproxima. Mi señor Torsen, senescal de Estrian, ha jurado venganza al rey Árathan por el asesinato de su querido hermano... — Lo sé, nada tiene que ver conmigo— interrumpe Altamir. — Árathan VI le tiene a usted como enemigo número uno, ¿verdad?— dice el conspirador. — Es verdad que el muy estúpido está ofreciendo cada vez más recompensa a mi cabeza, ja, ja. Creo que ya va por veinte monedas de oro, me han comentado— responde el almirante con tono guasón. — Lo cierto es que mi señor necesita aliados para enfrentarse a los Yelmos de León, para que mantenga las rutas con las provisiones en el mar y proteja la retaguardia— comenta el hombre de Estrian—. Ésta es la oferta del senescal: unid vuestra armada a la poderosa armada del Tridente, bajo su mando. A cambio le ofrece el título de Almirante del mar del oeste, lo que incluiría un arancel a su favor de un cinco por ciento de toda mercancía que navegue por sus aguas, además de la propiedad del Faro del Confín. — Vaya, sin duda es una oferta muy suculenta— responde con voz de asombro Altamir—. Dígale al senescal que acepto las condiciones, en dos días estaré en Estrian. — Por supuesto, así lo haré— responde Balduur. — Véndale los ojos y devuélvelo a su barco— ordena el Almirante—. Y dile a Símer que asigne una patrulla de búsqueda del ladrón. Hay un viaje que organizar y tenemos que partir antes del alba… Son asuntos más importantes a los que atender, ya me encargaré de esa sanguijuela. 123 Vuelvo a sacar la cabeza del hueco, miro a mis compañeros que están con cara de extrañeza. — ¿Lo habéis oído?— pregunto susurrando a la compañía. Todos asienten—. No hay salida por este lado, será mejor que regresemos. Volvemos por nuestros pasos a través de la gruta de la araña, hasta la pirámide. Al llegar a la sala de la estatua Elion se detiene. — ¿No vamos a activarla?— nos pregunta mientras señala el hilo plateado en las manos del petrificado Erdan—. La verdad, ahora que hemos llegado hasta aquí, no nos podemos ir sin conocer los tesoros que oculta esta pirámide. Por un instante nos miramos los unos a los otros. Es cierto que estamos muy cerca, pero no sabemos con qué clase de guardián nos encontraremos si cortamos ese hilo. No creo que vayamos mal de tiempo, habrán pasado dos horas desde que entramos en la pirámide. — Activémosla, que los Ersan determinen si somos dignos del tesoro— propongo con decisión. Una sonrisa nerviosa sirve de confirmación por parte de mis compañeros, que agarran sus armas en posición de combate. Yo dejo el candil en el suelo y hago lo mismo. Elion se acerca a la estatua y se coloca delante de sus manos. Agarra la daga de plata mientras sostiene con la otra su arco y aproxima el filo hacia el plateado cordel… Lo corta. Rápidamente saca una flecha y apunta sin determinar el sitio, todos miramos por todos los lados. — Vaya, pensé que pasaría algo. Je, je— rompe el silencio el medio elfo tras unos segundos. — Zaaaaasssss. Paf— Se oye un zumbido seguido de un estruendo, las tres entradas están ahora bloqueadas. 124 — Aaaauuuuuaaaaahhh— una voz, como una especie de lamento, resuena por las cuatro paredes. Una corriente pasa sobre el candil que se apaga y nos sumergimos en la más absoluta oscuridad. De la estatua surge un lánguido resplandor que recrea una forma, como un espectro de piel desgarrada, que se pone en pie frente a nosotros. De la cabeza del ser se abren dos ojos brillantes de color azul zafiro, que iluminan su esperpéntica cara de mejillas descarnadas. Lleva en sus manos un oscuro mandoble, de cuya hoja emana el mismo brillo que de él. Shiroge lanza un ataque contra el ente, pero su mandoble atraviesa el cuerpo del ser sin dañarlo. Este le responde con un ataque que el eledín detiene a duras penas, abollando su escudo. La flecha de Elion también le atraviesa. Haleth y yo lanzamos un ataque simultáneo, mi lanza cruza el costado como si de aire se tratara, el mandoble de mi compañera surte el mismo efecto. — Jajaja— Del oscuro ser surge una macabra y profunda risa. Se siente seguro porque nuestras armas no pueden dañarlo. Parece que este es el fin. ¡Espera, la plata! Los espectros son no vivos y la plata es protectora de los seres del mal. — ¡Elion, lánzale la daga!— grito a mi compañero. El medio elfo agarra el puñal y lo arroja con todas sus fuerzas. El arma impacta contra el torso, y se clava en su corazón. Un estruendo tenebroso emana del ser, que se desvanece en una negra nube, dejando caer sus brillantes ojos en el suelo. Suena el crujido continuado de las puertas que se vuelven a abrir y el candil se enciende solo. — ¡Buen tiro, Elion!— exclama Haleth. Todos nos acercamos a felicitarle. — ¿Y ahora qué?— pregunta Shiroge. 125 Me agacho a recoger los ojos del espectro y los observo con atención, se trata de dos esferas brillantes. Su tamaño me concuerda con los dos orificios de la puerta negra. — ¡Creo que estas son las llaves de la puerta!— comento al resto. — Vayamos a comprobarlo— propone Elion. Volvemos al pasillo de la derecha, esta vez con más brío, avanzamos por él hasta la puerta. Cojo una de las dos esferas y la introduzco en uno de los agujeros, encaja perfectamente y repito la operación con el otro. Alzo la manilla, el mecanismo se activa y se abre la puerta. Del otro lado hay una pequeña sala con una mesita sobre la que reposa un cofre. En la pared de la derecha hay un armario. Shiroge y yo vamos al cofre y los primos al armario. Me fijo bien en el ornamentado cofre revestido de madera blanca y con los bordes de plata, que en sí es un objeto de valor. Compruebo que no haya ninguna trampa, no quiero sustos de última hora. Tras percatarme que está todo en orden, lo abro. En su interior hay un puñado de monedas, de oro y de plata, además de algunas joyas: un collar de perlas, un anillo de plata con una esmeralda, otro de oro y un juego de pendientes de plata con rubíes. Además, hay otros dos anillos que parecen de menos valor, tienen una piedra blanca engarzada y unos símbolos grabados. Lo recojo todo y me pongo con Shiroge a contar las monedas. — Mirad lo que hay aquí— avisa Haleth con una gran sonrisa. Dentro del armario hay toda una colección de armas: un carcaj con flechas, una lanza, una espada, un mandoble y unas muñequeras de escamas para el combate sin armas. Tanto las hojas de las espadas, como las puntas de las flechas, como las escamas de las muñequeras y el asta de 126 la lanza, son de un color oscuro metálico, con un reflejo azulado, parecido al de las piedras obsidianas. Parecen de gran calidad, obra de un gran maestro armero. — En total, contando las veinticuatro monedas de plata del pirata muerto, el botín ha sido de trece monedas de oro y treinta y siete de plata, habrá que tasar las joyas— doy los datos a la compañía. — Las armas repartámoslas. Shiroge que se quede con el mandoble, Elion, las flechas y la espada, Mirmi con la lanza, y yo haré buen uso de las muñequeras— propone Haleth. Yo reparto tres monedas de oro a cada compañero, cogiendo tres para mí y dejo el resto en el fondo común, junto a las joyas. Una vez hecho el reparto, llega el momento de volver. Salimos de la pirámide, por la casa vacía y vemos que empieza a anochecer. Recorremos a toda prisa el sendero, hasta la playa del embarcadero en ruinas. Al llegar miro en dirección a la isla del garfio. Veo una barcaza que, justo en este momento, está a escasos metros del vértice de la playa a no más de doscientos metros de nosotros, se dirige, bajo las últimas luces del día a dar el relevo de la guardia. — ¡Maldita sea, si llegan a la isla darán la voz de alarma y estaremos perdidos!— señalo a mis compañeros con desesperación. — ¡Vamos, Elion!— Haleth sale a correr por la playa a una velocidad endiablada, Elion le sigue. Shiroge y yo corremos tras ellos. Al llegar al espigón, la Dalma da un gran salto acrobático entre las piedras del borde del acantilado. Elion se detiene y carga una flecha. El disparo del arquero pasa muy cerca del cuerpo de nuestra compañera e impacta en el remero. 127 A la vez, Haleth apoya sus pies en el vértice de la barca y da un salto hacia el otro pirata, que se está levantando. Le propina un rodillazo en la nariz y cae por la borda. Agarra su katana y atraviesa el pecho del herido. Seguidamente echa el cuerpo al mar y toma los remos. Esperamos en el espigón la llegada de nuestra compañera, que aparece mostrando en su bonita cara una sonrisa de satisfacción. Con cuidado subimos a bordo de la barcaza y Shiroge toma los remos. Se hace de noche en el trayecto, pero el eledín es capaz de mantener perfectamente la dirección y llegamos al pie del acantilado. Por el camino hemos venido trazando un plan. Queda toda la noche hasta que podamos partir, y los piratas esperan en breve el regreso de los relevados. Si no vuelven enviarán a alguien a investigar y estaremos perdidos. El joven pirata que dejamos maniatado, quizás acepte un trato, no creo que ésta sea su profesión… menos después de un día como hoy. Vamos a intentar convencerle para que regrese solo y diga que su compañero ha huido y que le ha visto subir a la barca con alguien, cerca del embarcadero en ruinas. Mañana se enrolará en uno de los barcos, que parten antes del alba a Estrian, desde donde podrá desertar siendo rico y libre. Eso nos daría tiempo a escapar antes de que llegue el siguiente relevo y se den cuenta que no hay nadie en el puesto. Bajamos de la barca y subimos la escalinata hasta el sendero. Llegamos a la caseta, el joven sigue allí, con la cabeza baja, pero consciente. Se ha meado encima y huele un poco mal, pero no parece en mal estado. Le desato y le ofrezco agua. — Siento haberte dejado aquí así, pero como comprenderás, tenemos que tomar precauciones— empiezo suavizando la situación—. Lo cierto es que no 128 tenemos nada en contra tuya. De hecho, queremos ayudarte. — ¿Ayudarme cómo?— pregunta el joven pirata. — Shiroge, ¿te queda algo que dar de comer al chico?— pregunto al grandullón porque sé que, desde la noche que fuimos a Riga, siempre guarda algo de comer. Le veo dar bocados de vez en cuando. — Algo queda, espera— Abre su zurrón y saca un bollo de pan y un poco de arenque ahumado del almuerzo de ayer y se lo pone al chico sobre la mesa. Empieza a comer mientras le voy relatando el plan… — Te podemos dar veinte monedas de plata, además de este collar de perlas y estos pendientes. ¿Aceptas?— ofrezco al muchacho tras la explicación. — Me parece bien, acepto. Cogeré la barca y les diré que mi compañero huyó con otro hombre al que recogió en las ruinas y que escaparon hacia el sur— repite el joven pirata para hacernos ver que lo ha comprendido. — ¡Si faltas a tu palabra, te juro que te buscaré, te encontraré y con mis propias manos te retorceré la espalda hasta que la parta como una vara de caña!— le dice Shiroge con tono amenazante. — Popopodéis conconconfiar en mí— Al chico le tiembla el habla. — Pero eso no va a tener que pasar, el plan funcionará a la perfección y todos saldremos ganando— doy ánimos para quitarle presión. — Es tarde, debemos volver, seguro que el capitán Monier estará esperándonos— nos recuerda Haleth. Nos despedimos del muchacho en la roca en la que nos topamos con el sendero. Él continúa bajando hacia la barca, nosotros nos adentramos entre la vegetación. Una hora más tarde arribamos a la playa, donde sigue 129 encallado El Incansable. Al acercarnos, Dartin, que está de guardia, nos detecta. — Alabado sea Túlmar. Habéis vuelto— saluda por la barandilla— ¡Capitán, están de regreso!— grita hacia la cubierta. Subimos la escalinata y al llegar está allí ya Monier. — Me alegra veros de vuelta, me teníais preocupado— nos saluda dando la mano—. Vayamos al camarote, contadme qué ha ocurrido— Se gira y le acompañamos. Una vez allí le damos los detalles relativos a la misión, sin especificar los tesoros obtenidos, si bien el capitán es un hombre agudo y observador, seguro que ya se ha percatado de nuestras nuevas armas. — Lo mejor es partir lo antes posible, aunque el joven pirata cumpla con su palabra, no significa que no puedan mandar a alguien, o que le saquen la verdad— razona el capitán—. Vayamos a revisar el estado del alquitrán. En cuanto sea posible, usaremos unos troncos que tenemos preparados y haremos rodar el navío para ponerlo a flote— Monier se levanta, coge un candil y se dirige hacia la puerta. Nosotros le seguimos. Le ayudamos alumbrando con el candil, mientras él va comprobando con sus dedos el estado de la superficie. — Creo que aguantará— comunica el capitán una vez lo ha revisado todo meticulosamente—. Dartin, avisa al resto de la tripulación, zarpamos— ordena al joven marino. En el tiempo que salen los demás, hemos colocado los troncos debajo del barco, entre las calzas. Entre todos sujetamos para estabilizarlo una vez quitamos los soportes. Shiroge, que está en la proa, da un fuerte empujón que hace que el barco recule, rodando sobre los troncos hasta el agua. Parece que se mantiene a flote. 130 Rápidamente nos lanzamos a la escalinata y subimos de nuevo a bordo. — ¡Todos a sus puestos!— ordena el capitán a la vez que se dirige al timón. Los Dalmas nos quedamos en cubierta. Con gran habilidad y de manera muy estudiada, Monier consigue hacer reptar a El Incansable entre las aguas bajas junto a la isla y salir al mar abierto por el estrecho. Parece que lo hemos logrado. El contramaestre toma las riendas del timón. — Ya podemos ir a descansar, iremos directamente al Faro de Confín— informa el capitán—. Tenemos una larga jornada de navegación por delante. Todos asentimos y agotados, nos vamos a nuestros camarotes. 131