5 Los peligros del mar. La luz del sol entra con fuerza por el pequeño portillo del camarote. Parece que el cielo está despejado y el mar en calma. La mañana está bien avanzada, mi estómago está vacío y aprieta el hambre. Miro a mi alrededor y Shiroge no está en su cama. Me visto y salgo de la habitación. — Mmmmnnnn— Al pasar por la sala de la escalinata, escucho un débil quejido salir de la puerta de los primos. Lo cierto es que entre el estrés de la huida apresurada de las islas y la buena cara del medio elfo en todo momento… anoche se me pasó echarle un vistazo a la herida, que el aguijón de la gigantesca araña había infligido en el muslo de mi compañero. — Toc, toc— llamo a la puerta. — Adelante— la voz de Elion suena del otro lado. En el interior, veo al compañero sobre la cama con el torso apoyado en la pared, recostado sobre el almohadón. — ¿Qué tal te encuentras?— le pregunto a mi amigo. — Estoy bien Mirmi, pero la herida duele bastante— contesta—. ¿no tendrás un poco más de ese brebaje, verdad? — Me queda una dosis más, te daré media ahora, y vemos qué tal vas— Saco el pequeño frasco de mi mochila y sirvo la mitad en un vaso—. Bébetelo, voy a revisar tu pierna. Desenvuelvo el vendaje de su muslo poco a poco, una mancha roja tiñe las telas justo en el corte. La carne circundante tiene buen color y los puntos aguantan. Al forzar la marcha libre de dolor ha perdido algo de sangre, 132 pero parece que todo está en su sitio. Lavo con cuidado la zona, aplico algo de ungüento en la cicatriz. Le pongo de nuevo un vendaje limpio y algo más suelto. — Hoy pasa todo el día descansando, solo reposo. Luego te traeremos comida— le indico al herido. — Está bien amigo, me haré caso de ti— me contesta con una ligera sonrisa. Dejo al paciente descansar y subo a la cubierta. El día está totalmente despejado y luce un potente sol. Por su posición deduzco que ya es media mañana. El clima es cálido pero corre una agradable brisa, que arquea las lonas de las velas e impulsa a buen ritmo al Incansable. Veo al eledín en la cubierta de proa. Haleth habla con el capitán junto al timón. Dartin está en la cofa, mientras Martin ata unos cabos junto al mástil de la vela menor. — ¡Buenos días!— grito alzando la mano intentando saludar a todos. Me devuelven el gesto. Me dirijo a la proa a hablar con Shiroge. — ¿Qué tal amigo?— me dice el grandullón según llego. — Muy bien, he descansado genial— respondo—. ¡Pero estoy muerto de hambre! — Hay embutidos, queso, salmón ahumado y pan aquí debajo, en la bodega de proa— me indica el compañero. — Pues voy a comer algo— Le dedico una sonrisa, bajo la escalinata y me dirijo hacia allá. — ¡Barco a la vista, se dirige a nosotros por la popa!— Estoy terminando el desayuno cuando se oye la voz de Dartin desde la cofa. Salgo de la bodega y me dirijo hacia la popa, donde sigue mi compañera con Monier. Subo la escalinata y llego a la barandilla de la parte trasera del barco. A lo lejos, tras nosotros, se ve la figura de un barco. 133 El capitán saca un catalejo y lo coloca en su ojo. Observa unos segundos y comprueba la dirección del viento. Es un galeón de segunda clase, una embarcación pirata, sin duda— empieza explicándonos—. Es un barco de guerra pesado y poco maniobrable, pero muy veloz en alta mar, que puede dar cabida a más de treinta marinos— Vuelve a mirar mientras cuenta con los dedos de su otra mano—. Se aproximan a una velocidad de dos nudos, estamos a unas tres millas de ellos, eso nos da una ventaja de una hora y media, insuficiente para escapar a ningún sitio donde refugiarnos. Me parece que estamos perdidos, será mejor levantar la bandera blanca— concluye con pesadumbre el capitán. — Tendremos que pensar un plan. ¡No podemos darnos por vencidos!— digo infundiendo ánimos a Monier. Si lo que transportamos acabara en manos de Altamir, éste se lo entregaría a Torsen por un buen precio y acabaría en manos del malvado Ostírelin. — Vayamos a ver a Elion, a ver qué se le ocurre— propone Haleth a sabiendas de la excelente mente de estratega de su primo, que tan buenos resultados nos ha dado en el pasado. Nos reunimos todos en el camarote de los medio elfos y empezamos a debatir. Tras unos minutos de propuestas, llegamos a un acuerdo. — Mostraremos la bandera blanca y dejaremos que, confiados en su superioridad, se aproximen lo suficiente— resume Elion—. Yo estaré junto al timón, con mi artefacto explosivo. Cuando estén a la distancia suficiente la arrojaré hacia el mástil mayor. Los hermanos dispararán con sus arcos junto a mí y el resto defenderá la cubierta por si alguno consiguiera abordar. Darbas tomará los mandos del timón y girará repentinamente a Estribor. 134 Un breve silencio se hace en la habitación. — Adelante, hablemos con los demás y organicémoslo todo— apremia el capitán confirmando el plan. La figura del barco por el lado babor de la popa es mucho más palpable, se distingue con claridad. En lo alto del mástil mayor, la bandera negra con la calavera blanca sobre la que reposa un sombrero de tres puntas. Martin iza la bandera blanca. Todos estamos en nuestras posiciones, los jóvenes con sus arcos se ocultan en la escalinata. Todos los demás, contra la pared del camarote principal, salvo Elion, que finge llevar el timón, y Darbas, que está junto a él desarmado y con su brazo en alto. Me asomo con cuidado a la barandilla, junto a las escaleras. La punta del bajel pirata, que dobla casi en tamaño al Incansable, está muy cerca. — ¡Ahora!— grita Elion y veo volar el recipiente de cristal encendido. Impacta en la base del mástil. Los hermanos se levantan con sus arcos y descargan sus flechas y noto el brusco giro a estribor. Todos salimos a la cubierta. La maniobra ha funcionado, algunos piratas saltan por la borda encendidos en llamas, el mástil mayor está ardiendo y se desploma hacia la proa tras la explosión, aplastando a algunos más. Sin embargo, un grupo, como una decena, se balancean sobre cuerdas y consiguen abordar el barco antes de separarnos lo suficiente. Uno de ellos recibe un flechazo de mi amigo arquero y cae al mar en medio de la maniobra. Los hermanos sacan las armas para defenderse de dos de ellos que caen sobre la cubierta de la popa. Otros siete caen en la cubierta principal. 135 Lanzo una de mis viejas lanzas a uno de los atacantes, según apoya los pies junto a la barandilla. No le da tiempo a reaccionar, el fuerte golpe contra el pecho lo derriba de espaldas haciéndole caer por la borda. Otro menos. Shiroge se encara con dos cerca de las escaleras, un fuerte golpe de mandoble hace que uno se tambalee y queda aturdido. Haleth hace una maniobra y se coloca en el centro, junto al mástil mayor, y golpea a uno de los asaltantes que había roto la línea con una patada voladora. El adversario cae de espaldas contra la cubierta y pierde su arma. El capitán se enfrenta con su mosquete a otro de ellos, asestándole un profundo pinchazo en el abdomen, que le obliga a retroceder. Los piratas contraatacan. Uno de ellos me lanza un ataque con el sable, que logro desviar con mi escudo, mientras agarro mi nueva lanza. Otro propina un fuerte golpe contra el eledín, que es también es repelido por el escudo del grandullón. Uno más se dirige por el flanco hacia Haleth. Una flecha vuela desde la popa y se clava en el ojo del pirata que cae al suelo muerto. La cosa va bien y sube nuestro ánimo. El otro barco sigue en llamas, las velas del mástil mayor han propagado el fuego por toda la cubierta, los marinos se afanan en apagarlo mientras nos distanciamos más y más de ellos. Mientras, el combate continúa. Mi ataque es débil pero bien colocado. Hinco la punta en el hombro del escudo de mi adversario, y éste se cae, quedando desprotegido para un ataque franco. Haleth va en ayuda del capitán. Shiroge ha acabado con sus dos adversarios y se ha percatado que en la cubierta de popa los hermanos lo están pasando mal. Dartin ha recibido un golpe y yace junto a la barandilla. Darbas ha sacado un 136 hacha y hace lo que puede defendiendo los ataques de su agresor. Veo al grandullón subir las escaleras, después de clavar mi lanza en el corazón de mi enemigo, que cae con la mirada vacía. Haleth acaba con el rival del capitán con una fuerte patada giratoria. El eledín pilla por la espalda al contrincante del manco, con un fuerte golpe de arriba hacia abajo, parte la clavícula y clava el mandoble hasta la altura del pecho del pirata, que cae muerto en el acto. Martin termina con la vida del último de los asaltantes. Miro por la borda de babor, hacia la popa. El galeón queda atrás envuelto en llamas. Un segundo mástil se desploma, los supervivientes empiezan a abandonar el navío subidos en barcazas. — ¡Lo hemos conseguido!— grita Monier con satisfacción. — Dartin, ¿estás bien?— El hermano se agacha junto al herido que no da respuesta. Subo la escalinata para ver si hay algo que pueda hacer por él. El chico está inconsciente, pero con vida, tiene el pulso débil y la respiración un tanto alterada. Observo el fuerte golpe que ha recibido en la cabeza y que presenta una abultada inflamación. Tiene la zona enrojecida, pero no hay ningún corte. — Será mejor llevarlo al camarote, necesita descansar— le digo a Martin mientras le pongo una mano en el hombro. El joven asiente. Entre los dos lo bajamos a la bodega y lo depositamos con cuidado sobre su cama. — Vete a tus labores, hay que manejar este barco, yo me quedaré con él— ofrezco al marino. — Muchas gracias, señor Mirmaerín— El hermano rubio sale de la sala. Un par de horas después el chico recupera el conocimiento. 137 — ¿Qué ha pasado?— pregunta Dartin con voz débil. — ¡Hemos vencido!— Cierro mi libro y le contesto alzando el puño. El chico me devuelve una sonrisa y se gira para seguir descansando. Creo que saldrá de esta. Decido dejarlo descansar solo y subo a la cubierta. Haleth ha tomado el puesto en la cofa. Darbas está al timón y distingo al capitán a través de la ventana de su camarote. Martin se me acerca. No veo a Shiroge y Elion. — ¿Cómo está?— me pregunta enseguida por su hermano. — Está consciente, solo necesita descansar, se recuperará— le doy el parte, a lo que me responde con una sonrisa. — Gracias, señor— Expresa su agradecimiento sincero inclinando la cabeza. — ¿Has visto a los otros Dalmas?— le pregunto. — Están en la bodega de proa, han ido a comer— su contestación no me sorprende. Todo ha salido bien. Parece que vamos a conseguir llegar al faro, nos encontramos a poco más de cuatro horas de travesía y estamos milagrosamente todos sanos y salvos. Empieza a anochecer por proa cuando distingo a lo lejos una tenue luz suspendida sobre el mar. También se aprecia con dificultad la sombra de una estructura justo debajo. — ¡Faro a la vista!— grita Haleth desde la cofa. Al caer la noche, la luz se hace más patente. Tras treinta minutos de navegación, estamos lo suficientemente cerca para comprobar la magnitud de la construcción. Mide unos setenta metros de altura, más que la almenara de Estrian. Está rodeada por las luces de lo que parece una ciudad isleña. 138 Desde la parte noreste nace una línea de candiles, que iluminan una pasarela construida sobre rocas e islotes, hasta donde alcanza la vista y que, según tengo entendido, conecta con el litoral a unos treinta kilómetros. Se accede al puerto por la vertiente oeste de la gran isla, de unos diez kilómetros de diámetro, con forma redondeada y plana, ligeramente abombada por el centro, donde se erige el grandioso Faro del Confín. Tras las procedentes maniobras de atraque, en las que participa ayudando Shiroge, estacionamos El Incansable junto a una de las pasarelas del gran puerto. Desembarcamos los Dalmas, el capitán nos acompaña. Me percato de que está bastante vacío, apenas cinco embarcaciones de alta mar en un espacio en el que cabría fácilmente más del doble. Hay bastantes botes pesqueros del otro lado, cerca de donde se ubica otro acceso al puerto de menor tamaño. Enfrente del muelle hay una gran explanada, razonablemente concurrida, que da acceso a dos vías que salen en diagonal. El edificio del medio es una posada. Tanto en bóldor como en Élfico se lee “El Gran Faro”. Hay dos grupos de guardias apostados cerca de cada una de las avenidas. Visten ropas oscuras y cotas de malla, sobre los que lucen estandartes de fondo negro y una única estrella de doce afiladas puntas, imitando el brillo del faro y que creo recordar son conocidos como los Protectores del Faro. Nos dirigimos directamente a la posada. La sala es algo mayor que la del Hogar de Émet, pero mucho más lujosa. Seis grandes mesas de roble se extienden del lado izquierdo de la entrada, rodeadas por robustos sillones acolchados, hechos del mismo material. Tres de ellas están ocupadas. Miembros de una gran 139 tripulación de once marinos se divierten en la mesa de la esquina. Algunas mujeres ligeras de ropa, intentan despertar sus instintos carnales sentándose sobre sus rodillas y sonriéndoles con mirada seductora. Un poco más hacia el medio, cena un grupo de seis bahaluks, con aspecto de guerreros. En el fondo, contra la otra esquina, más allá de la chimenea, una patrulla de ocho guardias de igual indumentaria, charlan tranquilamente mientras beben cerveza. Hay nueve mesas más pequeñas en el lado de la derecha. Un capitán se sienta con dos acompañantes en una de ellas, cerca del principio de la barra. Un par de pescadores ocupan otra cerca de la entrada. En el medio, conversa un grupo de hombres bien vestidos, con aspecto de comerciantes. Junto a su mesa, contra la pared de la derecha, veo a tres tipos: dos medio elfos y un humano con aspecto de Dalmas, por su indumentaria. Al fondo de la barra, en la última mesa al lado de una puerta, se sienta un solitario hombre que fuma en una pipa frente a un vaso de cristal que contiene algún licor de color oscuro. Nos sentamos en una de las primeras mesas pequeñas, una joven tabernera se apresura a servirnos. — Buenas, capitán Monier. Buenas noches, señores. Sean bienvenidos a la taberna El Gran fFaro. ¿Qué les puedo servir?— nos pregunta la bonita muchacha al llegar a nuestra mesa. — Pónganos cuatro jarras de cerveza y una garrafa de agua— contesto sabiendo los gustos de mis acompañantes—. ¿Verdad, capitán? — Por favor— responde escueta y elegantemente. — Por lo que se ve no es la primera vez que viene por aquí— le dejo caer a Monier. 140 — Claro que no, he visitado este faro decenas de veces— Me mira esperando otra pregunta. — Me gustaría saber si conoce de algún tasador en la isla— Quiero reconocer algunos objetos que recogimos durante nuestra aventura por la Isla Mayor. — Este lugar es famoso por la gran cantidad de negocios que se hacen— contesta dando un rodeo—. Por supuesto que habrá tasadores, pero por desgracia no conozco personalmente a ninguno. No sé si te has fijado en los tres en la mesa del centro, yo diría que son comerciantes y de la zona. Empieza preguntándoles a ellos— aconseja. — ¡Es usted un relaciones públicas, capitán!— bromeo—. Me acercaré a echar un vistazo— anuncio en el momento en que llega la camarera con las bebidas. — ¡Espera, Mirmi! pidamos la cena y te acompaño— Me llama la atención Shiroge, asiento y agarro mi cerveza. — ¿Qué tienen de cena, señorita?— pregunta Elion con una sonrisilla. — Salmón al horno con verduras hervidas es el plato del día— le responde mirándole fijamente. La tabernera está visiblemente sonrojada. — ¿No tenéis nada de carne?— rompe la magia del momento Shiroge, creo que está cansado de comer pescado. — Podemos prepararles pollo asado con patatas al horno, señor— le contesta la muchacha cambiando el semblante a uno más serio. — ¡Yo tomaré pollo!— responde el grandullón. Nos saca a todos una sonrisa. Los demás elegimos el plato del día. Veo como antes de marcharse, la joven mira al guapo medio elfo y éste le responde guiñándole un ojo con sonrisa traviesa. La chica se sonroja de nuevo, sonríe y se aleja. 141 Termino con mi cerveza, forzando un poco para ir a la par del eledín, después nos levantamos y nos dirigimos al medio de las pequeñas mesas. Los tres hombres beben vino espumoso. Es fácil percatarse de que son gente adinerada, lucen camisas de seda y botines brillantes, llevan el pelo bien cuidado, además portan anillos y colgantes relucientes. — Buenas noches, señores. No pretendo molestarles, mi nombre es Mirmaerín y este es mi compañero Shiroge— empiezo esta vez presentándome—. Necesito encontrar un tasador, a ser posible esta noche, para valorar unos objetos que hemos adquirido. — Buenas noches, señor Mirmaerín— empieza hablando el de apariencia más joven, de pelo moreno. Yo diría que todos están entre los treinta y los cuarenta años—. Yo soy comerciante y me llamo Píndal. ¿Qué clase de objetos desean ustedes tasar? — Unas joyas, en concreto cuatro anillos— le contesto. — Dalwin es el especialista en bisutería— señala al hombre de al lado, de pelo castaño poblado de canas y barba perfilada. — Encantado, señores— nos habla el otro comerciante—. ¿Puedo ver el material? Miro hacia los lados antes de meter la mano en el morral, además de los objetos y las monedas del fondo común, la Luz de Rosa está guardada en su interior. Veo que los tres Dalmas de la esquina nos miran con cierto detenimiento. — La verdad, tengo la sospecha de que puedan tratarse de objetos de relevante valor y preferiría mostrárselos en un entorno más privado— le hago saber a Dalwin. — Lo entiendo, acompañadme— contesta y se levanta de la silla. 142 Hago un gesto a Haleth, me percato enseguida que está muy atenta a lo que sucede. Elion está distraído, mirando a la camarera y flirteando. Seguimos al comerciante hasta el fondo de la barra, donde se sienta el hombre solitario. — Buenas noches, Dartán— saluda el comerciante—. Necesito usar una de las habitaciones privadas. — No hay problema Dalwin, ya conoces la tarifa, una moneda de cobre por hora— le responde. El hombre asiente y avanza hasta la puerta junto a la barra, tras de ella llegamos a un pasillo que se abre a la derecha hasta una ventana. Hay tres puertas a la izquierda del pasillo. El comerciante abre la primera. —Pasad— nos ofrece con un gesto de su mano. En el interior hay una mesa y cuatro sillas y nos sentamos. Ahora sí, meto la mano en el morral y extraigo de él los cuatro anillos y los dispongo frente al comerciante sobre la mesa. — Sin duda has hecho bien en no mostrarlos a la ligera— dice el tasador—. Éste es un anillo de oro normal, deberá valer su peso, alrededor de una moneda de oro. El hombre saca una pequeña balanza y pesa el objeto. — Una de oro y dos de plata para ser más exacto— contrasta. Luego agarra el de plata con la esmeralda—. Este otro, es un anillo de mago. A lo largo del día, acumula la energía suficiente para lanzar un hechizo sin necesidad de gastar su reserva interior. Los hechiceros lo llaman coloquialmente sumador de hechizos. Su valor en el mercado es de cuatro monedas de oro. — Respecto a estos dos— continúa mientras coge uno de los de aparente menor valor— son objetos muy especiales, están hechos de un acero mágico que enfoca la energía del portador. Por la inscripción se reconoce que estos mejoran la capacidad ofensiva y las habilidades de lucha. 143 Estos tienen piedras blancas, pero los hay de distintos colores en función de su poder. Los que más energía otorgan son los que contienen una piedra de color negro, luego los de piedra roja, siendo los de la piedra blanca los de menor rango— sigue explicando—, aún así, son objetos difíciles de encontrar, y de gran valor. Estimo que al menos seis monedas de oro cada uno. Vaya, serían diecisiete monedas de oro en total, menuda fortuna. Da para comprar una mansión en el centro de Gáldoras. Miro a mi compañero que me devuelve la mirada sin nada que decir. — Muchas gracias, señor Dalwin. ¿Qué le doy por las molestias?— Evidentemente el trabajo no va a salir gratis. — Una moneda de cobre por la habitación y otras seis para invitar una ronda a mis compañeros y estaremos en paz— responde el comerciante—. Si deseáis vender alguno, yo estoy dispuesto a pagar el valor de la tasación menos un diez por ciento que es mi margen de venta— añade mientras le hago entrega de una moneda de bronce. — Está bien así— ofrezco sin esperar que me dé el cambio. Nos despedimos y volvemos a la mesa. Acaban de servirnos la comida y Shiroge se apresura a su asiento para empezar a cenar. — ¿Todo en orden?— pregunta Monier mientras corta un trozo del pescado. — Todo bien, ya he obtenido la respuesta que buscaba— A pesar de que me cae muy bien no le digo nada más, prefiero hablarlo a solas con mis compañeros. — ¿Sabes quién más ha obtenido la respuesta que buscaba?— pregunta el arquero de manera retórica— ¡Yo! En una hora, Marsi, como se llama la tabernera, termina de 144 trabajar. Dice que vive aquí al lado— cuenta con una sonrisa y guiñando un ojo. — Sin duda Elion, eres un auténtico ligón— señala el capitán devolviéndole la sonrisa. — Ten cuidado, primo. No olvides que aun estando lejos de Estrian hay una enorme suma ofrecida por nuestras cabezas— le recuerda Haleth. — Todo controlado— le responde el “primo” con seguridad. Después de la cena, el capitán se despide, quiere pagar, pero por supuesto no se lo permito, gesto que agradece antes de salir de la posada. Una vez estamos solos, comento a los medio elfos el resultado de la tasación. — El anillo de mago no nos sirve para nada— opina Haleth—. Los otros deberíamos repartirlos. — Pero, ¿cómo? Son solo dos anillos y nosotros somos cuatro— subraya el eledín la evidencia. — Lo echaremos a suertes, los ganadores entregarán a los perdedores, como compensación, las tres monedas de oro ya repartidas— propone Haleth—. Seguro que en este lugar disponen de dados. Haleth se levanta y va a la barra, le dice algo a Marsi, que asiente. La muchacha mira bajo la barra y le hace entrega de algo. La compañera vuelve y al llegar nos enseña un par de dados de diez caras, uno rojo y otro azul. — Los que saquen el número más alto se quedan los anillos, el rojo es el de las decenas— explica la guerrera—. ¿Quién empieza? — Yo mismo— Coge los dados Elion y los lanza—. Cuarenta y dos— Hace un gesto manifestando que no está muy contento. — Ahora me toca tirar a mí— dice Haleth y los arroja—. ¡Setenta y siete!— exclama sabiendo que eso le da muchas opciones de ganar un anillo. 145 Shiroge recoge los dados y sin decir nada los tira sacando un diecinueve. Es mi turno. Meneo los dados entre mis manos y los soplo para cargarlos de la energía de Aunas, Ersan del viento. — ¡Noventa y dos!— exclamo, quizás de una manera un poco excesiva, mientras levanto el puño. Realizamos los pagos y nos ponemos los anillos. — Voy a vender el resto y a pagar la cuenta— Advierto a los demás. — Yo me voy al Incansable, que estoy cansado— No sé si a propósito, el eledín hace un juego de palabras. — Yo voy a esperar a Marsi, está dejando el mandil. ¡No me esperéis despiertos!— informa el medio elfo con semblante sonriente. — Yo te acompaño, Mirmi— se ofrece Haleth—. Es muy pronto para irnos al barco a dormir. Asiento y me levanto, mi compañera me sigue mientras Shiroge abandona la posada y Elion se queda sentado en la puerta. Llegamos a los comerciantes y le ofrezco a Dalwin los dos anillos susurrándole al oído. — Volvamos a la sala— me dice. — ¿Conoce usted de algo a los tres de la esquina?— una vez en el pasillo Haleth interroga al comerciante. — La verdad es que no. Parecen Dalmas, han llegado hoy al Faro, poco antes que vosotros— contesta con amabilidad el hombre. Rápidamente cerramos el trato y salimos al comedor. Vemos a Elion decirle algo al oído a la muchacha que sonríe. — Los tres Dalmas no están— señala Haleth—. ¡Esto me huele mal!— Echa a correr hacia la puerta. Yo la persigo no muy convencido y salimos a la plataforma. A lo lejos distinguimos la enorme figura de Shiroge, 146 avanzando por la oscura pasarela. Muy cerca de él a su espalda, los tres Dalmas le acechan. Uno de ellos saca un arco y lo carga. — ¡Cuidado, Shiroge!— grita la medio elfa con potente voz. El eledín se gira, pero aunque logra reaccionar, no puede evitar recibir el ataque y la flecha se clava en su cadera. Haleth y yo corremos en ayuda de nuestro compañero. Veo pasar una flecha por encima de mi cabeza. Es Elion, al vernos correr habrá salido tras nosotros. El disparo de nuestro compañero impacta en la espalda de uno de los otros dos Dalmas, que lanzan su ataque contra el eledín, y cae de bruces. A pesar de estar herido, el grandullón repele el ataque del otro. La guerrera se abalanza contra el arquero humano, cuando éste trata de recargar su arco. Una gran combinación de golpes, primero con la palma de la mano, impacta en su nuez, seguido de una patada giratoria que golpea la cabeza del adversario dejándolo inconsciente en el acto. No me da tiempo a llegar, cuando Shiroge lanza un ataque feroz y lleno de rabia contra el medio elfo que queda, golpeándole en la ingle y destruyendo varios órganos vitales. El adversario cae al suelo y muere. Registramos los cuerpos, además de doce monedas de plata, encontramos una nota. “ RECOMPENSA Se ofrecen quince monedas de oro por capturar a cualquiera de estos individuos vivos o muertos: Mirmaerín: Varón humano de treinta años, calvo con ojos marrones, ciento noventa y seis centímetros. Usa lanzas. Elion Váltor: Varón medio elfo de veinticinco años, con pelo rubio y ojos azules brillantes, dos metros y ocho centímetros de altura y complexión normal. Arquero. 147 Haleth: Mujer medio elfa de veinticuatro años, con melena larga y gris y ojos verdes, de complexión enorme y dos metros doce centímetros de altura. Experta en artes marciales. Shiroge: Varón Eledín de veintiocho años, pelo negro y ojos azules, dos metros veintitrés centímetros de altura, de enorme musculatura y fuerza inusual. Son extremadamente peligrosos.” Una patrulla de protectores del Faro se acerca al trote, liderada por un hombre de mayor rango. — Hemos visto lo que ha ocurrido, ¿hay alguno vivo?— nos pregunta el oficial uniformado. — Éste respira— aprecia Haleth señalando al Dalma humano que está inconsciente—, pero creo que va a dormir un buen rato. — Está bien, nos lo llevaremos para interrogarle cuando se recupere— informa el guardia al frente—. Nosotros nos encargaremos de los cuerpos. No os preocupéis, lo he visto todo, figurará en mi informe que fueron ellos los que atacaron al eledín. Pero tendréis que pagar una tasa. Con dos monedas de plata es suficiente. Menudo robo, pero dada la situación lo mejor es dejarlo correr. Alargo la mano hacia el morral, tomo las piezas y se las entrego. — Limpiadlo todo, yo iré a redactar el informe— ordena a sus hombres el oficial mientras se gira. Miro la herida de Shiroge, la flecha ha impactado en el cinturón y no ha penetrado demasiado, le pongo algo de ungüento. Los guardias despejan los cuerpos de los medio elfos de la pasarela arrastrándolos. Con cuidado ponen al humano sobre una camilla, mientras su jefe se dirige hacia la posada. En la puerta está Marsi, la joven tabernera, observando la escena. 148 — Dadas las circunstancias lo mejor es que volvamos todos al barco— aconseja Haleth mirando hacia la posada. — Voy a hablar con ella— asiente Elion con gesto serio—. Será mejor cancelar la cita. El arquero se apresura hacia la chica mientras nosotros esperamos. Al llegar junto a ella le dice algo y ella señala hacia el otro lado del puerto, hacia unas casas. Él asiente, la abraza, la besa en los labios mientras sujeta sus mejillas y vuelve mostrando una sonrisilla. — Cambio de planes, la chica vive en aquella casita de allí— dice señalando un grupo de viviendas del otro lado del muelle—. Se ve desde el barco, bastará con decirle a Dartin que vigile desde la cofa, le he dicho que no dispongo de mucho tiempo. ¡Se ve que la acción la ha excitado!— Se alarga su sonrisa y nos reímos todos. — Está bien, Elion— asiente Haleth con una sonrisa de complicidad—. ¡Pero ten cuidado! Hace bien en advertirle, lo cierto es que si el oficial hubiera visto la carta de recompensa, dudo mucho que la cuestión se hubiera quedado en un par de monedas de plata. Sin duda, una recompensa de tal cuantía, solo por uno de nosotros, es suficiente para desatar la codicia de demasiados habitantes del reino. Esperemos no haya más cazarrecompensas tan cerca de nosotros. No muy conforme, me quedo en la cubierta de proa, vigilando el romance de mi compañero. Justo al llegar a la posición, les veo entrar en una pequeña casa casi al final del muelle. La joven me da confianza, se ve que lleva tiempo trabajando como tabernera, incluso sabía el nombre del capitán. De haber algún peligro, vendrá desde fuera de la morada. Tras una hora, en la que he estado terminando de echar cuentas sobre el fondo común, veo a Elion salir de la 149 vivienda. Percibo con detalle los alrededores, apenas una pareja de pescadores que vi cenando previamente en la posada, abandonan el lugar en dirección al medio elfo. Por si acaso, agarro mi lanza y me preparo para una posible carrera. Se cruzan sin incidencias, más allá de un leve saludo con la mano. Elion llega a la pasarela, no hay ningún peligro. Tras unos instantes, sube a bordo con cara de satisfacción. — Me voy a dormir, estoy destrozado— comenta con una sonrisa mientras me guiña el ojo. Yo bajo tras él. — ¡Espera, Elion!— le llamo la atención—. ¿Y tu pierna? — Me duele un poco, pero aguanta. Guarda lo que queda de brebaje, esta noche no tendré problemas para dormir— me contesta mientras abre la escotilla. Entro en la habitación, Shiroge está dormido. Intento no hacer ruido y me voy a la cama. Hoy ha sido una jornada muy peligrosa, dedico mis oraciones a Mahara, Ersan de la vida. Espero que nos ayude para que el camino de aquí hasta Íshar sea más propicio. Despierto y abro los ojos, siento el suave balanceo del barco, hay bastante claridad. Shiroge ha madrugado hoy también y me encuentro solo en el camarote. Me visto y salgo hacia la cubierta. Veo a los marinos en sus puestos, incluido Dartin, que parece recuperado y organiza las sogas y los aparejos del mástil menor. Me percato del eledín a través de la puerta entreabierta, en la bodega de proa. Me acerco hacia allá. Dentro de la cámara, además de Shiroge están los primos, todos desayunando. — Buenos días, chicos— saludo al entrar. — Buenos días— todos contestan y siguen comiendo. — ¿Qué tal va esa pierna?— pregunto a Elion. 150 — Está mucho mejor, parece que ya no sangra, solo siento un ligero dolor al apoyarla, pero nada que no pueda soportar— responde el resistente medio elfo. — Si quieres luego le echo un ojo y le aplico un poco más de ungüento— le ofrezco. — Claro, siéntate a desayunar y después te pones con ello. — Me acerca una silla. — No voy a desayunar ahora, la verdad estoy algo indispuesto— rechazo la oferta—. Voy a ir a ver a Monier. Quiero saber qué nos queda por delante. Salgo de la bodega y me dirijo al camarote principal. A través del ventanal junto a la puerta, percibo la figura del capitán, inclinado encima de su mesa. — Toc, toc— Llamo a la puerta. — Adelante— contesta con voz firme. — Buenos días, señor Monier— Entro en la sala mientras saludo—. ¿Qué tal ha descansado? — Me costó un poco pegar ojo, después de tantas emociones vividas durante la travesía, pero después he dormido como un bebé sobre el pecho de su madre— contesta con buena cara. — Quería preguntarle por el resto del itinerario, ¿qué peligros nos aguardan dirección norte?— pregunto sin rodeos. — A ver, esta noche llegaremos, si se mantienen las condiciones, probablemente al anochecer, al apeadero de Firel— comienza relatando Monier a la vez que va señalando en el mapa—. Es un viejo amigo totalmente de fiar, ofrece su embarcadero a viajeros y comerciantes conocidos, además de alojamiento. Mañana seguiremos rumbo norte y cruzaremos la peligrosa Fosa del Fin del Mundo. En toda esta parte del océano, ese lugar es donde se reportan más ataques de serpientes de mar, como la 151 que arrancó el brazo al bueno de Darbas— Muestra en su gesto preocupación y me mira a los ojos—. Durante este día, no quiero veros a ninguno de vosotros aparecer por la cubierta. ¡Y es una orden, no una petición!— Vuelve a agachar la mirada y bajar el tono—. Donde termina la fosa hay una bonita bahía de arena fina llamada Rocablanca. Justo aquí, muy cerca del sanatorio de Bárbal, junto al lago de Durglaak. Soltaremos anclas en sus tranquilas aguas y al día siguiente, por la tarde, llegaremos al templo de Túlmar. Haremos la ofrenda y dormiremos en la posada La Brújula y Las Estrellas. Desde allí, hay una jornada tranquila hasta Íshar. — ¿Cree que es probable que nos ataque uno de esos monstruos, capitán?— Ha conseguido infundirme temor. — Yo he cruzado ese estrecho media docena de veces en mi trayectoria como capitán, y jamás he sido atacado, pero sé de otros que no corrieron tanta suerte— responde intentando quitar hierro—. Lo importante es que todos sepamos qué hacer y todo saldrá bien. — Gracias por la información. Estamos en sus manos, capitán— Agradezco a Monier. Regreso a la bodega de proa y me pongo a mis labores de enfermería, mientras les cuento a mis compañeros la situación. No les ha gustado saber que corremos riesgo de ser atacados por esos monstruos, pero menos aún, el que el capitán haya ordenado pasar todo el día en el camarote. La jornada transcurre tranquila. El azul del cielo empieza a teñirse de un color más oscuro hacia el este, mientras el sol deja sus últimos rayos caer sobre las olas a estribor, envuelto en un colorido cielo de tonos anaranjados y rojizos. — ¡Apeadero de Firel a la vista, mi capitán!— Dartin grita desde la cofa mientras señala al noreste. Se aprecia a lo 152 lejos, en el escarpado litoral, una pequeña entrada de mar con unas edificaciones. Al acercarnos, pasados quince minutos, se ve el embarcadero, solo hay una barca y un pequeño velero amarrados. Tras la maniobra descendemos todos, salvo el contramaestre, que hará guardia para que los hermanos puedan pisar un poco tierra firme. De frente a la pasarela hay un gran caserón, sin letrero, con el portón abierto de par en par. Vamos tras Monier, que se dirige a él. En el interior hay una sala con una gran mesa alargada y rectangular, acompañada por dos banquetas que ocupan todo el lateral a cada lado de la misma. En el vértice, del otro lado, hay dos hombres bebiendo cerveza. Tras ellos hay una pequeña barra y detrás un señor mayor, de unos sesenta años, que saluda sonriendo con la mano en alto, gesto que repite el capitán mientras avanza junto a la mesa hacia él. Al llegar se dan la mano. — Vaya, pero si es el capitán Monier. Hacía un par de años que no te veía, viejo amigo— le dice cariñosamente con una sonrisa, delatando su cercana relación. — Firel, viejo zorro de mar, desde que no navegas, las sirenas están más tristes— le responde el capitán. — Y las furcias más tranquilas, jeje— contesta sin mucho pudor el tabernero—. ¿Qué te trae por estas aguas? — Transporto a estos viajeros a Íshar— Nos señala el capitán—. Estos son Haleth, Shiroge, Elion Váltor y Mirmaerín. Los dos jóvenes de detrás son Martin y Dartin, dos grumetes a los que he convertido en un par de buenos marinos de segunda— nos presenta a todos. — ¡Bienvenidos! Si venís a casa de Firel con Monier, venís a vuestra casa— reconoce con tono amable el anfitrión—. Pero sentaos, seguro que estáis hambrientos. ¡Lilia, mira quién ha venido!— grita hacia el fondo. 153 Una chica entra en el comedor por la puerta junto a la barra. Es una muchacha de menos de veinte años con la cara llena de pecas y con pelo rubio largo y ondulado, que al ver al capitán corre hacia él. — ¡Tío Monier!— La chica abraza al veterano navegante que la envuelve entre sus brazos—. ¡Qué alegría de verte! Tras un afectuoso momento de reencuentro, nos sentamos en la mesa. La propia Lilia se encarga de atendernos. — ¿Qué desean tomar los señores?— pregunta la joven con una sonrisa—. Supongo que sigues sin beber, ¿verdad, tío Monier?— El capitán asiente. Los hermanos nos acompañan y piden también cervezas. Durante la cena, compuesta de un excelente guiso de cordero y rábanos asados, brota un ambiente familiar. Una vez nos quedamos solos en la sala, Firel cierra la puerta y nos sentamos todos a la mesa. Se cuentan viejas historias del mar, nos reímos con las chanzas del pasado y disfrutamos de una soberbia velada hasta altas horas de la madrugada. El anfitrión insiste en que ocupemos la cómoda barraca con seis camas. Un tanto ebrios todos, especialmente Dartin y Martin, que no suelen beber. No sabemos decir que no. El capitán es el único que regresa al barco, dará el relevo a Darbas. — Kikirikiiiii— Suena un gallo del otro lado de la ventana de la barraca. Los primeros rayos de sol se otean a través de la ventana. Me levanto y miro a mi alrededor, el resto de mis compañeros empiezan también a alzarse, sólo los dos hermanos siguen profundamente dormidos. — ¡Arriba, dormilones!— Haleth empuja con la vaina de su espada a los dos hermanos que duermen cerca de ella. — Eh, buenos días— saluda Dartin con voz rota. Su hermano alza la cabeza también. 154 — No voy a volver a beber— se queja Martin con la cara pálida y el gesto torcido. Finalmente se incorporan y se sientan en el lateral de la cama con la cabeza agachada. — Espabilaos, salid al pozo y lavaros la cara— aconseja Shiroge—. Si el capitán os ve con esas pintas no le va a gustar nada. Los jóvenes asienten, se ponen en pie y salen de la sala. Los demás nos vestimos y nos dirigimos al comedor. Lilia está despierta y tiene muy buena cara. Termina de recoger todo lo que se quedó por el medio en la noche anterior. — Buenos días, amigos— nos saluda al percatarse de nuestra llegada. — Buenos días, Lilia. ¿Servís desayuno?— pregunta el hambriento eledín. — Por supuesto, sentaos, ahora mismo os sirvo leche de cabra, pan y embutidos para desayunar— contesta la joven con amabilidad. En lo que tarda en servir el desayuno llegan los marinos, con aspecto algo más despejado. Se sientan con nosotros a comer. — ¿Vosotros no tenéis nada que hacer?— pregunta Elion a los hermanos que se miran el uno al otro. — Comeremos algo rápido e iremos al barco, el capitán no dio instrucciones al respecto— responde Martin mientras se sirve. Tal y como dijeron, los hermanos toman rápidamente el desayuno y salen de la sala. Por la puerta del fondo entra Firel. — Buenos días, amigos. ¿Qué tal habéis descansado?— se interesa nuestro anfitrión. 155 — Todo genial, la verdad es de agradecer tan excelente hospitalidad— respondo al hombre con satisfacción—. ¿Qué le debemos por la cena, la estancia y el desayuno? — Pensé que abonaría Monier— nos indica a la vez que levanta los hombros. — Insisto— Me llevo la mano al morral. — Tratándose de ustedes dejémoslo en una moneda de plata, incluyendo el amarre— calcula a la baja Firel. — Aquí tiene— Saco dos monedas del morral y se las entrego en la mano. Nos despedimos del amable hombre del apeadero además de su preciosa hija y nos dirigimos al barco. Justo nos cruzamos en la entrada con Monier. — Buenos días, señores. Los preparativos están listos y vamos a zarpar— nos informa—. En cuanto abone los gastos del amarre y la estancia, podremos iniciar la marcha. — Ya está abonado— le respondo. — Gracias, amigos. Iré pues a despedirme de Firel y Lilia, en seguida nos vemos en el barco— agradece el capitán y entra en la casa. Nosotros vamos hacia el barco. Hoy, por orden del capitán, tendremos que pasar todo el día en los camarotes, se aproxima una aburrida jornada. Hemos zarpado sin contratiempos, jugamos a las cartas los cuatro para matar las horas, en la pequeña salita justo delante de los camarotes. A la hora de comer, Dartin nos trae el almuerzo y nos da el parte de viaje. Todo despejado, solo mar y un sol radiante. El día es especialmente caluroso, lo que hace un poco más insoportable la espera. Los minutos pasan con marcha solemne hasta que vemos caer la luz del sol por una de las escotillas. 156 — ¡Tierra a la vista, capitán! ¡Se puede ver la bahía de Rocablanca!— la voz de Dartin trae por fin buenas noticias. Haleth sube apresurada la escalinata hacia la cubierta, seguida de Elion. Shiroge y yo nos miramos y salimos tras ellos. Alcanzamos la cubierta de proa y observamos la belleza del entorno. Se distingue la cerrada playa en forma de concha. Desde sus vértices se erigen dos enormes barrancos de piedra blanca, cuyas laderas están moteadas de arbustos. Tras la arena hay una selva de cocoteros cuyo fin no alcanza la vista. — Precioso— bromea Haleth con mueca guasona mientras camina de espaldas hacia la barandilla de estribor. Tras la barandilla aparece una enorme cabeza de tono verde azulado y enormes dimensiones. — ¡Cuidado!— grito a Haleth. Un enorme monstruo con forma de gigantesca serpiente de más de diez metros sube a la cubierta, justo al lado de la medio elfa que lo mira paralizada. El engendro lanza un bocado, que abarca medio cuerpo de nuestra querida compañera, clavando sus puntiagudos dientes en su torso y comienza a engullirla. Elion se vuelve loco y lanza una flecha que rebota en la resbaladiza y dura piel del animal. El engendro le enfoca con su negra mirada mientras termina de tragar su presa. — ¡Todos a las bodegas!— grita el capitán. La criatura hace un veloz movimiento serpenteante y se planta delante de Elion. Shiroge intenta frenar el ataque con su escudo. El golpe de la serpiente lanza al eledín diez metros a la derecha, golpeando contra el mástil mayor y cayendo inconsciente en la cubierta principal, cerca del camarote del capitán. El arquero trata de maniobrar para salir de la situación, pero la serpiente le lanza un mordisco que atrapa la cintura 157 del medio elfo, suena el crujir de sus huesos y de su boca emana un grito, que se desvanece enseguida. Intento aprovechar para escapar dirigiéndome a toda prisa hacia la escalinata, estoy ya muy cerca de la puerta de la bodega de proa. — ¡Zas!—. Todo se vuelve oscuro. 158