PARTE II 6 La pérdida. Oigo el cantar de los pájaros y el sonido de unas pisadas. Siento el cuerpo entumido, que reposa boca arriba sobre un mullido colchón. Abro los ojos. La luz del sol entra por la ventana a la cabeza de mi cama. El techo es de madera y cubre una amplia sala. Intento levantarme con inesperada dificultad. Logro ver a un elfo, vestido con una túnica color verde hoja, junto a la cama de un tipo grandote, cuyos pies sobresalen de la cama. ¡Es Shiroge! De pronto, me viene a la cabeza lo sucedido a bordo de El Incansable, la horrible muerte de los primos. Sin embargo, gracias a los Ersan, parece que el eledín ha sobrevivido. — ¿Qué fue de mí?— me pregunto para adentro. Recuerdo un zumbido y nada más… Pongo más esfuerzo en levantarme. — Disculpe— llamo la atención del elfo que se ocupa de mi compañero. — Pero, ¿qué hace, señor Mirmaerín? ¡No intente levantarse por los doce Erdan! aún necesita recuperarse— me recrimina al verme. Obedezco y me dejo reposar de nuevo. — ¿Cómo se encuentra?— me pregunta el sanador mientras me toma el pulso en la muñeca—. ¿Sabe quién es? — Entumido, desubicado y con mucha sed. Como bien ha dicho, mi nombre es Mirmaerín y soy originario de Gáldoras— le contesto— ¿Y usted? — Muy bien, parece que no hay daños cerebrales, lo demás tiene solución— diagnostica con mirada seria, 159 mientras me acerca un vaso con agua—. Mi nombre es Bárbal, soy el regente de este sanatorio. — ¿Qué es lo demás?— pregunto con cierta angustia entre trago y trago. — Recibió un golpe muy fuerte. Según comenta el capitán, la serpiente le cayó encima desde la cubierta de proa del barco— relata el elfo. Me percato de quién nos ha traído hasta aquí—. Irá recuperando la movilidad en los próximos días. Quizás en dos o tres días comience a andar y moverse libremente. En una semana estará recuperado casi al cien por cien. — ¿Qué es de mi compañero?— Me intereso por el estado de Shiroge. — Está en coma, dormido en un profundo sueño, pero estable… Estoy usando todos mis conocimientos para que no cruce el umbral de Amán. Los próximos días serán cruciales— da el parte del eledín. — ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?— pregunto. — Llegasteis ayer de madrugada, traídos por el capitán Monier, el contramaestre Darbas y dos jóvenes marinos que parecen hermanos, Martin y Dartin, creo que se llaman. Lleváis aquí alrededor de un día y medio— responde el sanador—. El capitán vino a verles esta mañana, se fue escasamente hace una hora. Se hospedan en la aldea junto al lago, aquí cerca, en la posada de Amine. Le mandaré llamar si deseáis verle. — Por favor— Asiento. — Ahora descanse, hay más de una hora de camino hasta la aldea, no llegarán antes de la hora de cenar— recomienda el sanador mientras se gira y se dirige a otro paciente. 160 No he querido preguntar por nuestros enseres, no quiero despertar curiosidad en el elfo, además seguro que el capitán tiene más información. Cae la noche y no he dormido nada. Llevo todo el rato moviendo los dedos de la mano y de los pies e intentando realizar pequeñas rotaciones con mis articulaciones. Con gran esfuerzo lo voy consiguiendo, pero estoy totalmente agotado. Suena la puerta de la tranquila sala, a mi izquierda. Giro la cabeza y veo a Monier y Darbas, que se acercan con una sonrisa contenida. — ¡Cuánto me alegro de que hayas despertado!— exclama el capitán de manera comedida—. ¿Cómo te encuentras? — Algo mejor, parece que por fin empiezo a sentir mis extremidades— Reconozco mis progresos, a la vez que levanto ligeramente el brazo izquierdo. — Genial, Bárbal nos ha dicho que saldrás de ésta— me informa Darbas con una sonrisa. — ¿Qué ocurrió?— pregunto con evidente interés. — Fuimos atacados por una enorme serpiente de mar— empieza relatando el capitán—. Estabais en la proa cuando la vi salir, se comió a la medio elfa en un abrir y cerrar de ojos. Todos debisteis huir, pero Elion atacó al animal, lo que hizo que éste se enrabietara y se lanzara a por él. Shiroge intentó estúpidamente detener el ataque de la criatura, y lo lanzó de un golpe contra el mástil mayor. Por fin reaccionaste e intentaste escapar por las escaleras, tras partir en dos el cuerpo del medio elfo, la criatura se precipitó tras de ti y cayó encima tuya. Me temí lo peor, entre todos conseguimos meter al eledín en el camarote. Al venir hacia nosotros, la bestia golpeó de nuevo con la cola del dañado mástil que cayó sobre ella y se revolvió entre los cables destrozando toda la cubierta y derribando el mástil menor antes de saltar por la borda. Fuimos 161 corriendo a asistirte y vimos que, gracias a Túlmar, estabas con vida. Pero el barco era inmanejable, iba a la deriva. Cogimos todos los enseres y abandonamos el barco en el bote salvavidas. Tardamos más de dos horas en llegar a la bahía. Os trajimos hasta aquí apresuradamente, llegamos en plena madrugada y os pusimos en manos del reputado sanador Bárbal. — ¿Dónde están nuestras pertenencias?— pregunto. — Todo está ahí, junto a tu cama, en ese baúl— responde Darbas—. Nadie ha tocado nada. — ¿Dónde está el resto de la tripulación?— me intereso por los marinos que faltan. — Envié a Martin y Dartin ayer a Íshar, les llevará menos de tres días a caballo desde aquí— contesta Monier—. Les he escrito una nota informando de lo sucedido, para que se la entreguen a Néster, el abad. Espero envíe ayuda con celeridad. — ¿No habréis traído algo de comer?— Me crujen en este momento las tripas. — Claro, me ha dicho la enfermera que tienen preparado para ti un puré de calabacín y un poco de estofado de ternera con patatas y zanahorias— responde el capitán—. Ahora te lo traigo. Con la ayuda de Monier, consigo comerme toda la abundante, pero bastante insípida cena. Instantes después suenan voces y alboroto en el exterior. Han llegado un grupo de jinetes. Se oye el fuerte eco de un golpe contra el portón. El capitán saca su florete y el contramaestre su hacha, ambos miran hacia la puerta. Se oye el cruce de espadas y una lucha estalla en el pasillo principal, cada vez más cerca. Cesan los ataques y resuenan los pasos de un grupo acercarse. 162 Por la puerta aparecen fornidos guerreros, vistiendo ropas negras y el símbolo de la media luna sobre la estrella de cuatro puntas, son sin duda Siervos de Amán. Un total de ocho sectarios se dispersan por la sala. — Quiénes sois y qué queréis— gruñe Monier. — Bajad las armas, y no moriréis— ordena el medio elfo al mando, con tono amenazador—. Solo queremos al calvo y al eledín. — Juré protegerlos con mi vida— se reafirma el capitán. — Así sea— contesta el confiado líder—. Matadlos. Los demás hombres se lanzan contra los marinos, que luchan épicamente, pero el combate es muy desigual y tras una breve batalla sucumben, entre gritos y quejidos de dolor, a las espadas de los sectarios. — ¡Registradlo todo!— ordena el mandamás—. Nos llevaremos a los Dalmas a nuestra guarida. Seguro que tendrán alguna información que darnos cuando se recuperen. Simulo estar inconsciente, para evitar un interrogatorio prematuro. Los sectarios nos atan a unas camillas y nos transportan hasta el exterior. Oigo el relinchar de caballos y nos suben a una carreta cerrada. Poco después emprendemos la marcha. Durante las dos jornadas de camino he seguido forzando mi cuerpo para recuperar la movilidad. Han estado hidratándonos regularmente durante el transporte, pero me muero de hambre y me siento débil. La comitiva se detiene y se abre la puerta de la diligencia. Un grupo de hombres nos sacan y nos transportan. Abro un poco los ojos disimuladamente y veo que nos introducen en algún tipo de cueva, el clima es fresco. Tras pocos minutos, se oye el sonido metálico de dos puertas 163 que se abren. Siento como me desatan y colocan mi cuerpo sobre una dura cama de madera. Una vez me percato de que estamos solos, abro los ojos y miro a mi alrededor. Estamos en una sala cavernosa, iluminada por dos faroles de aceite que cuelgan de las escarpadas paredes. Me encuentro en el interior de lo que diría es una jaula para osos, con enormes barrotes de metal, que además de la cama, contiene una mesa sobre la que hay una garrafa con agua y un bollo de pan. A mi derecha, dentro de una celda de similares dimensiones y características, está Shiroge tumbado boca arriba sobre la cama. — Psss, psss— intento llamar la atención de mi compañero sin que me oigan—. Shiroge. — Aaauumm— El extenuado quejido del eledín me hace entender que sigue con vida, además parece que recupera la consciencia. — ¿Estás bien?— digo en baja voz. — Tengo mucha hambre— responde con voz débil. — ¿Puedes moverte?— le pregunto—. Hay pan sobre la mesa— Trato de motivarle. El grandullón empieza a moverse con dificultad, consigue sentarse al lado de la cama. Mira a los lados un tanto desconcertado. — ¿Dónde estamos, Mirmi?— Comienza a ubicarse. — Cómete el pan, te contaré todo lo que sé— Consigo incorporarme también. Le cuento a Shiroge los detalles acerca de El Incansable. Se entristece al saber de la perdida de los primos. Le lanzo mi trozo de pan, al ver que el suyo no le ha durado mucho y continúo con lo sucedido en el sanatorio y el trágico final del capitán y el contramaestre defendiéndonos. 164 — ¿Entonces tienen la gema rosa?— pregunta con preocupación. — Me temo que sí, amigo— respondo—. No sé qué habrá sido de Martin y Dartin. No digo nada, pero me temo que es a través de ellos que nos han localizado. Los Siervos de Amán sabían a lo que venían y dónde estábamos con absoluta precisión. La puerta de la sala se abre y accede uno de los siervos. — Vaya, parece que ya os vais espabilando, je, je— dice el feo medio elfo moreno, de cara alargada y grandes orejas—. Avisaré al jefe. Al girarse veo que luce uno de los llamativos pendientes de plata que llevaban los hermanos. Shiroge se levanta algo mareado, e intenta forzar la puerta sin éxito. — Malditos— gruñe con desesperación. Tras pocos minutos, de nuevo se abre la puerta. Se trata del líder que nos mira fijamente acompañado del feo y otro par de medio elfos, ambos de pelo gris. El otro pendiente cuelga de la oreja de uno de ellos. — Sacad al humano. A ver qué tiene que contarnos— ordena el medio elfo al mando. Los secuaces obedecen y abren la puerta de mi celda a la vez que me amenazan con una espada. Me atan las manos a la espalda y me sacan de la jaula. Tras la puerta hay un pasillo, como el túnel de una mina abandonada. Llegamos al final y otros dos pasillos se abren a cada lado en forma de T, me guían hacia el de la izquierda. Al fondo se abre una sala bastante grande, con una mesa alargada en el medio y una decena de camas apostadas contra las paredes de la redondeada gruta. A la izquierda, continuamos por un acceso que da hasta una puerta de madera. Entramos del otro lado a una habitación con una gran cama, una mesa con tres sillas, un armario, 165 un cofre y una jaula con un cuervo negro. Me sientan en una de las sillas. — Bueno, bueno, señor Mirmaerín— El líder conoce mi nombre—. Llevamos días en su búsqueda, pero aún me faltan dos más, ¿qué ha sido de los medio elfos? — Han muerto— respondo escuetamente. — ¿Estás seguro?— insiste el interrogador. — Los vi morir con mis propios ojos, contrastadlo con mi compañero eledín, fuimos atacados por un engendro del mar— le contesto. — Está bien, Dalma, lo de la serpiente de mar sí viene en el escrito, aunque no da detalles— El medio elfo al mando saca un documento de su bolsillo, debe de tratarse del mensaje para Néster. — Hemos encontrado esto en tu morral, además de una buena fortuna en oro y plata— Me muestra envuelta en su velo la piedra rosa—. Mi señor dio órdenes específicas acerca de la gema de color rosa y brillante, esto es realmente lo que busca, pero tengo curiosidad y antes de enviársela me gustaría saber de qué se trata. Dudo por unos instantes. — No lo sé— digo finalmente. — ¡Zas!— El feo me lanza un puñetazo en la mejilla que me parte el labio—. No nos mientas escoria. — No miento, Álerin, un consejero del rey me dio el encargo de llevarla a Íshar— Intento cambiar la historia de forma plausible—. ¿Tú crees que le va a dar detalles a un simple Dalma?— Seguidamente escupo la sangre que se me ha acumulado en la boca al hablar. — ¡Entonces no sois más que un par de desgraciados, a los que han engañado para este marrón, ja, ja!— Ríe el líder—. Por desgracia, no podréis llevar a cabo vuestra 166 tarea. De momento os mantendré con vida, aunque dudo mucho que me valgáis de algo. — Toc, toc— Suena la puerta. — Adelante— dice el medio elfo al mando. — No quiero molestaros, señor, pero el cambio de guardia de la casa del lago no ha regresado aún, hace más de cinco horas que partieron— Un sectario humano entra en la habitación y se dirige a su jefe. — Enviad una patrulla a ver qué pasa— le contesta el superior—. ¿Alguna noticia del montaraz? — A la orden— responde el subordinado—. Del montaraz no sabemos nada aún, mi señor. — De acuerdo. ¡Ahora al trabajo!— grita el jefe. — Dado que el montaraz no aparece, vosotros tres llevaréis la piedra a Almerdán, saldréis de inmediato— ordena el líder a los tres medio elfos. — ¿Qué hacemos con el prisionero?— pregunta uno de ellos. — Devolvedlo a su jaula— contesta el jefe—. Yo enviaré un cuervo al maestro informando que vais para allá. — Como mandes, Bísal— responde el medio elfo de esperpéntica cara. El secuaz me agarra y a base de empujones innecesarios me lleva hasta la celda, encerrándome primero con un fuerte empujón y soltándome las ataduras desde fuera. — Que durmáis, princesas— se mofa con una sonrisa burlona, justo antes de cerrar la puerta del fondo de la cueva. — ¿Qué ha pasado?— pregunta el débil Shiroge—. Parece que te han golpeado. — No es nada, no te preocupes— calmo a mi compañero—. Me han interrogado sobre los primos y sobre la piedra, les he dicho que de la piedra no sé nada… y la 167 verdad del destino de los medio elfos. Van a enviar la gema a Almerdán, a su amo, el oscuro elfo Ostírelin. — Se ve que hemos fracasado— se lamenta—. ¿Qué va a ser de nosotros? — No sé qué decirte, amigo. Lo cierto es que no le valemos de nada vivos, más bien lo contrario— contesto con sinceridad. Anímicamente derrotados, nos quedamos en silencio durante buen rato. La situación pinta muy mal para nosotros. Cierro los ojos y empiezo a rezar. Me duermo y despierto varias veces, hasta perder la noción del tiempo. El hambre aprieta. Han pasado con pesada lentitud varias horas, no sé cuántas. La cara de mi compañero delata devastación. Apoya su mano en su hambriento estómago. — ¡Intrusos!— se escucha una voz de alarma. El ruido de la lucha se oye proveniente del otro lado de la cueva. Cruce de espadas y gritos de dolor se suceden durante unos minutos. Luego todo se queda en calma. Percibo ligeros pasos tras la puerta. Ésta se abre. Un grupo de Dalmas armados entran en la sala, primero un eledín de estatura algo superior a la media, quizás algo más bajo que yo, y complexión robusta con fuertes brazos. Tiene el pelo y los ojos negros. Porta un mandoble y un escudo torreón ovalado. Le sigue un medio elfo, lleva una espada fina y alargada, parecida a la de Haleth, pero más pequeña y un escudo completo redondo. De estatura es casi igual que su compañero eledín, tiene cabello gris y ojos azules. Oculta su melena parcialmente bajo el gorro de su vestimenta y es de porte fornido. Tras él aparece un jovencísimo elfo, con túnica de mago de color verde oscuro y un bastón. Tiene un par de bolas 168 de acero colgadas de su cinturón. Es más o menos de mi altura, con el cabello rubio platino, casi blanco y los ojos azules. Es de complexión esbelta. Por último, una elfa, de pelo moreno y ojos marrones color miel. Su estatura rondará la media de las mujeres de su raza, alrededor de un metro ochenta y cinco. Es delgada pero muy definida en su musculatura, que marca las líneas en su ceñido vestido de cuero marrón con mangas blancas. Tiene un arco en su mano y en su espalda lleva un carcaj con flechas, una espada y un pequeño escudo. — Aquí están— advierte el eledín al entrar. — Sin duda son ellos, responden perfectamente con la descripción— agrega el mago. — ¿Quiénes sois?— pregunto en voz alta a los recién llegados. — Venimos a rescataros. Mi nombre es Biggi— responde el eledín—. El medio elfo es Semín, el joven elfo de la túnica se llama Clarín y la simpática arquera es Ghoidiel—. Noto un tono sarcástico al final. — Dejaros de presentaciones. He oído algo más adelante, parece que queda alguien con vida— apremia la elfa mientras carga su arco y apunta hacia el pasillo. — ¿No sabréis por casualidad dónde están las llaves de los candados?— pregunta el mago. — Bísal, el jefe de los sectarios las tiene— respondo—. Es un medio elfo de pelo gris y bastante alto. Su habitación está a la izquierda saliendo de este pasillo. — Vamos a por ellas, ahora venimos— dice Semín con confianza mientras me guiña un ojo. Los Dalmas se giran, veo a través de la puerta cómo avanzan en formación por el pasillo. — ¡Parece que estamos salvados!— celebro mirando a Shiroge. Pero mi compañero tiene muy mala cara. Está 169 recostado con el torso contra las rejas y me observa con la mirada perdida. — Esperemos que no tarden— me habla con dificultad. Tras unos minutos se oyen pasos. Por la esquina veo a Biggi apresurarse con las llaves en la mano, le sigue Clarín. Abre mi puerta y seguidamente la de mi compañero. Corro a ver su estado. Tiene el pulso débil pero estable. — Necesita agua y comida— apremio a los rescatadores. — Hay de todo en la habitación de ese tal Bísal— responde el elfo—. Vayamos. Entre los tres levantamos al grandullón, que consigue tenerse en pie. Camina, aunque con dificultad, apoyándose en mi hombro y el del recién llegado eledín. Vemos los cuerpos de dos Siervos de Amán tirados en la habitación grande, la puerta de la habitación de Bísal está abierta. En el interior de la dependencia, Ghoidiel y Semín se afanan por registrar la sala. Al llegar han colocado todo lo de valor en el medio de la sala, junto al cuerpo del malnacido líder, que yace en el suelo con una tremenda herida en la cabeza. Entre los tesoros apilados se incluyen mi lanza y mi escudo, el mandoble y el escudo de mi camarada eledín, el anillo de piedra blanca y nuestros morrales. Presumiblemente con todo nuestro dinero y el del fondo común. Además, hay otro juego con distintas armas de muy buena confección y brillante acero, cinco frascos de lo que parece una poción, una bolsa con oro con unas veinte monedas y un anillo de oro con un diamante junto al mío. Sentamos a Shiroge y le doy de beber. Sobre la mesa hay un pollo asado, recién servido, además de patatas asadas, embutidos, queso y una hogaza de pan. El grandullón extiende la mano y agarra un muslo del pollo, lo desgarra 170 del cuerpo y se lo lleva a la boca. Le mejora por un instante el aspecto. Me percato de que también hay un pergamino enrollado junto a la cena. — ¡Vaya tesoro!— exclama sonriente la elfa. — Sabed que parte de ese tesoro nos pertenece a mi compañero y a mí, son nuestras posesiones— reclamo lo nuestro. — ¿Y eso cómo lo sabemos?— siembra la duda la arquera. — Supongo que os habrán dado descripciones detalladas sobre nosotros, yo siempre he usado una lanza, como esa que está ahí con la punta de color obsidiana. El gran mandoble que está al lado, y que tiene el filo exactamente igual, es el arma de Shiroge. ¿Ves el escudo torreón?— sigo argumentando—. Si te fijas bien, está grabado en una de las esquinas con la marca de los hacedores de Estrian, un martillo sobre una llama. Ese otro escudo es el mío, lo adquirí también en Estrian. Esos dos morrales con dinero son los nuestros, además del anillo con la piedra blanca. — Me creo lo de las armas, e incluso, el anillo podría ser vuestro, pero el dinero no tiene dueño, ¿cómo puedes demostrar que los morrales son vuestros?— insiste la desconfiada elfa. — El de la derecha, contiene exactamente seis monedas de oro y veinticuatro de plata— le replico—. ¿Cómo podría saberlo si no fuera de mi propiedad? Ghoidiel extiende el contenido del morral señalado sobre la mesa y cuenta las monedas. — Está bien, pero del resto del tesoro no os corresponde nada— refunfuña con resignación. — Me parece justo— respondo asintiendo con la cabeza. Una vez ajustadas las cuentas, cojo el pergamino y lo desenvuelvo mientras me sirvo algo de comer. 171 “Mi señor Ostírelin. Por fin he conseguido la gema rosa que buscaba, la envío con mis tres mejores hombres hacia Almerdán, tardarán algunas semanas en cruzar todo el reino. Les he ordenado tomar la ruta por el norte, desde Dúltor y evitar la guerra que se está librando en las inmediaciones de Gáldoras. Yo me dirigiré a la capital esta misma noche, tras la cena, y esperaré órdenes en nuestro bastión. Siempre a sus pies Bísal.” — Mirad— advierto en voz alta—. Al estúpido líder no le dio tiempo a enviar la carta— Compruebo que el cuervo sigue en su jaula. — Además, nos pone sobre la pista para perseguir la Luz de Rosa— continúo—. Se dirigen a Dúltor. — Está a unos tres días de nuestra posición— reflexiona Clarín—. Déjame ver. Le entrego la nota al elfo y éste la examina. — Aquí no pone hace cuanto tiempo salieron— comenta el joven mago—. Ni tampoco quién la porta, será imposible dar con ellos. —Te equivocas— le contradigo—. Cometieron el error de comentar todo durante el interrogatorio. Sé exactamente quiénes son, tres medio elfos, dos de ellos lucen un pendiente circular en la oreja. Además, uno moreno es tan feo, que es difícil de olvidar esa cara— informo con una sonrisa. — ¡Pues vayamos tras ellos!— exclama Shiroge algo más repuesto. — ¿Pero qué tiene esa piedra, para querer perseguirla con tanto ímpetu?— expresa sus dudas la arquera elfa—. ¿Acaso es muy valiosa? 172 — Esa gema es el motivo de nuestra captura, sin ella, solo somos dos Dalmas sin valor— replico a la joven con tono serio. — Tiene razón— interrumpe Clarín—. Néster me puso en conocimiento de ello, los demás, me dijo, no hacía falta que lo supierais. La carta en mis manos, demuestra que es, sin duda, el objeto más codiciado por Ostírelin, a saber para qué malvados propósitos. Contad conmigo. — A mí me contrató Néster para ser tu escolta, donde vayas tú iré yo— Se suma el encapuchado medio elfo. — Yo también os seguiré, Shiroge— reacciona el robusto eledín—. Ésta parece una aventura para auténticos héroes. — ¡Pues yo paso de jugarme el cuello para buscar una gema de la que no sé nada, sin promesa de recompensa!— exclama la elfa—. Me ofrecieron cinco monedas de oro por localizaros y voy a regresar a por mi recompensa. — Está bien— le responde el joven hechicero—. Regresa a Íshar e informa al abad de todo. Dile que yo te envié. Te dará sin duda lo acordado. La joven asiente, coge su parte del tesoro y sale de la habitación. En la puerta, mira hacia atrás con tono serio. — Tísmik al dur— son sus últimas palabras. Se puede traducir como “Tísmik vaya contigo” y viene a significar: buena suerte. Tras dejar la sala, nos preparamos para salir sin dilación. Solo hay un problema. El grandullón está muy débil. — Por mucho que nos pese, deberíamos descansar un poco para que Shiroge recupere las fuerzas— expreso mi preocupación. — ¿Por qué no le das una de éstas?— Señala Clarín a los cuatro frascos que quedan, después de que Ghoidiel, por 173 supuesto, se llevara uno—. Son pociones de curación. Recuperará las fuerzas enseguida. Tomo uno de los frascos y se lo doy a mi compañero eledín, que se bebe todo el contenido y pone cara rara. Unos instantes después, el pálido semblante de su rostro, ya de por sí claro, recupera su tono normal. — Sabe a rayos, pero por los cinco Ersan, ¡qué bien me encuentro!— exclama con una sonrisa. — ¡Vayamos pues!— propongo con el puño en alto—. Por cierto, ¿alguien me puede decir dónde estamos? — Jajaja— La carcajada es general. Al parecer ha sido muy gracioso el cambio de actitud de decidido, a ignorante. — Estamos en los Cuatro Picos. ¿Sabes dónde es?— me pregunta Clarín. — Por supuesto, son las montañas más altas del Reino de Aradín, se encuentran en el noroeste, tras las montañas Morguel, cerca de Íshar— respondo con soltura—. Tenemos que ir hacia el norte por la gran meseta de Uur. El hechicero me mira con asombro, creo que había dado por sentado que no era más que un guerrero descerebrado, y se sorprende al ver que tengo conocimientos detallados de geografía. — Es todo un erudito— bromea Shiroge. — Ya veo— confirma el mago. — Ya tendremos tiempo de conocernos por el camino— añado queriendo zanjar el tema—. El tiempo apremia. Recogemos todos los enseres, incluida mi mochila con mis cuerdas y mis artículos para realizar primeros auxilios, con el medio frasco de brebaje que Elion no llegó a usar. Está junto al cadáver de un sectario, que tiene una flecha clavada en el ojo, y cuyo cuerpo reposa junto a una mesa, en la gran caverna principal a la que se accede por el otro pasillo. 174 Del lado opuesto, a unos cincuenta metros, la caverna se estrecha hasta llegar a la boca de la gruta. Salimos, es noche cerrada. Un camino se extiende de lado a lado justo en la entrada, de este a oeste, ya que las tres estrellas que marcan el norte, brillan justo delante de nosotros, frente a la cueva. El clima es fresco a esta altura. Algunos cascotes de nieve aún batallan por aguantar la cálida primavera, en el lado umbrío de la montaña. Poco se ve lejos de los candiles que cuelgan a cada lado de la entrada de la cueva. Las lunas están nuevas, como a mediados de cada mes. — ¿Por dónde habéis venido?— pregunto en voz alta. — Subimos por la derecha, desde el este, pero el camino es muy retorcido— señala Semín con seguridad—. Venimos desde la bahía de Rocablanca. — Entiendo pues, que deberemos ir por el otro lado, ya que vosotros venís del sur, ¿acaso habéis visto algún desvío?— razono. — Sí que vimos uno, como un par de kilómetros más abajo, giraba hacia el noroeste— responde Biggi. — Esperad— El joven mago da un paso al frente y susurra unas palabras desconocidas para mí. Seguidamente alza un brazo. Un pequeño halcón, de no más de cuarenta centímetros, desciende del cielo y se posa en el brazo de Clarín. — Este es Miliki, es mi halcón de los acantilados— nos presenta el hechicero a su emplumada mascota de color marrón pardo, pico curvo y garras afiladas. Seguidamente le mira, y se concentra en el animal, que alza el vuelo dirección oeste, perdiéndose en la oscuridad. Nos mantenemos en silencio un par de minutos. Shiroge y 175 yo nos miramos sin saber muy bien qué hacer. De repente, el pájaro aparece y revolotea en torno al mago. — Ha tardado más porque la vista de Miliki es más reducida durante la noche— se justifica el elfo al regreso del animal—. Podemos tomar el camino del oeste, la bifurcación toma sentido norte un poco más adelante— Da sus conclusiones. Confiamos en las capacidades de nuestro nuevo compañero y tomamos esa ruta. No hay tiempo que perder si queremos tener alguna oportunidad de recuperar la Luz de Rosa. 176