7 La persecución. Comenzamos la marcha bajando por el empedrado camino. Como dijo Biggi, hay un ramal que se abre a la derecha un par de kilómetros después y accedemos por él. El paso se vuelve más suave, casi llano. — ¿Y cómo habéis conseguido dar con nosotros?— pregunto en baja voz al mago, que se sitúa en el medio junto a mí, durante la caminata. Shiroge va en retaguardia con Biggi y Semín por delante. — Néster nos envió en vuestra busca al templo de Túlmar, había recibido un cuervo con un mensaje de Álerin, anunciando vuestra llegada. Preguntamos por vosotros a los navegantes que venían del Faro del Confín y que reposaban en la posada La Brújula y las Estrellas. Unos marinos nos dijeron que habían visto un barco, de nombre El Incansable, que iba a la deriva con la cubierta destrozada, cerca de la bahía de Rocablanca. Por casualidad, un navegante, un familiar del capitán del Incansable, escuchó también el relato de los otros y se ofreció a llevarnos hasta allí. Al llegar a la bahía, vimos rastros de unos cuerpos arrastrados y nos apresuramos a seguirlos a través de un pequeño sendero en el bosque. Como una hora después llegamos a un sanatorio. Estaban amontonando los cuerpos de hombres y mujeres asesinados, justo delante de la puerta principal. Un elfo, con una túnica verde y que se nos presentó como Bárbal el sanador, nos dijo que el sanatorio había sido atacado mientras él estaba fuera. Que justo regresaba la noche anterior y vio a una partida de Siervos de Amán tomar rumbo al este. Nos habló de vosotros, que erais los únicos 177 pacientes que faltaban. El marino reconoció el cuerpo del capitán y el contramaestre, entre la montaña de cadáveres. Se quedó allí a darles la merecida sepultura en el mar, mientras nosotros salimos a toda prisa. Habríamos llegado antes, pero fuimos asaltados por bandidos, traicionados por un montaraz que resultó ser un siervo de Amán, y que conocimos mientras descansábamos en la posada Gran Puente. Además, tuvimos que enfrentar a muchos de estos sectarios, que custodiaban una casa cerca del lago que hay en el valle entre los Cuatro Picos— relata el elfo con aparente tranquilidad. — Vaya, ha sido una misión movidita, ¡enhorabuena!— alabo su éxito. — ¿Qué hay de vosotros?— me devuelve la pregunta el mago. Le cuento la historia desde la posada El Sauce Feliz. La desaparición de Delfos y su búsqueda. La muerte de Aulas, nuestro compañero bahaluk, mis sospechas confirmadas de conspiración en Estrian y el asalto a la torre. En esta parte quizás, omitiendo la forma sanguinaria en la que se desarrolló aquel combate. El encuentro con Álerin y luego el viaje en El Incansable, con muchos detalles: el naufragio, las ruinas en la isla Mayor, el ataque de los piratas y el paso por el gran Faro del Confín. Después, con la garganta encogida, relato el ataque de la serpiente de mar y la muerte de mis queridos compañeros Elion y Haleth. Por último, doy gracias al difunto capitán y a su desdichada tripulación por llevarnos hasta el santuario y dar su vida por protegernos. — Gran historia. Además, no se te da nada mal relatar, se ve que has leído mucho— manifiesta el hechicero con gesto de aprobación. 178 — Así es, recibí muy buena formación de parte de mi abuelo materno— le contesto. — Mirad— Señala Semín hacia adelante. En la oscuridad se distingue un candil, al frente de un edificio con un letrero, parece una posada junto a una granja. Con la animada conversación, no nos hemos percatado que llevamos al menos seis horas por el camino. Al acercarnos empieza a despuntar el Amanecer, lo que permite ver un embarcadero sobre una pequeña laguna que es alimentada por las aguas de tres arroyos, que fluyen desde las enormes montañas por el sur, y que son evacuados por el norte, formando un río algo más caudaloso, que repta suavemente dirección a la meseta de Uur. Ya en la puerta, el nombre en bóldor del letrero delata su posición, la taberna se llama “Los Cuatro Picos” y se encuentra al pie del embarcadero, donde se amarran tres pequeñas barcas. — Toc, toc— Llamamos a la puerta. — Un momento, ahora abro— Suena una voz masculina lejana, del otro lado. Tras un par de minutos, se oye la cerradura y se abre la puerta. Aparece un hombre, con cara adormilada, pero decentemente vestido. — Buenos días, señores. No les conozco. ¿Qué vienen a cazar?— saluda el tosco tabernero mostrando desconfianza. — Somos viajeros, nos dirigimos hacia Dúltor. ¿Podemos pasar a desayunar?— responde con amabilidad Clarín. — No es habitual ver viajeros por estas tierras, solo cazadores conocidos, que hacen negocios con pieles de oso— replica el tabernero—. Se ve que hay mucho movimiento de extraños últimamente. No me gusta. 179 — ¿Por qué lo dice?— pregunta Biggi, con suspicacia. — Ayer mismo me han robado una barca— nos relata—. Fue después de la hora del almuerzo, cuando salí a la pasarela solo pude distinguir tres figuras sobre ella. — Nosotros no somos ladrones— informa Shiroge con tono serio. Al percibir al grandullón tras de nosotros, que nos saca una cabeza a todos, al hombre le cambia el semblante. — Por supuesto, señores. No lo pongo en duda— responde con un tono más amable—. Mi nombre es Dúlmir. Pasen, por favor, le serviré el desayuno. Entramos en el pequeño comedor con dos mesas y una minúscula barra que da paso a una chimenea, contra la esquina, junto a una mesita con ollas y útiles de cocina. — Siéntense, por favor— ofrece el anfitrión, que se dirige al fondo, a una pequeña puerta tras la barra donde se encuentra una alacena. El hombre vuelve cargado con un queso y media pieza de jamón cocido, que deposita sobre la mesa. Luego se acerca a la chimenea, pone agua a hervir y nos trae una jarra de leche, unos vasos y platos para todos. Seguidamente toma una gran hogaza de pan y unos cuchillos, colocándolo todo en el centro. — Servíos, coceré unos huevos y freiré algo de beicon— nos ofrece. — No es necesario… — Shhhh— me interrumpe Shiroge—. Este hombre sabe lo que hace— dice con sonrisa glotona. Tardamos algo más de media hora en desayunar. Tiempo que, muy sutilmente, el elfo ha usado para sacarle información al despreocupado posadero. Por lo que dice, hay una semana a pie a paso tranquilo, por un sinuoso camino, hasta Dúltor. En barca se tarda 180 poco más de dos días. Más o menos a un día por el río, se llega hasta una aldea llamada Arkán, poblada por cazadores mayoritariamente. Después las aguas se aceleran en unos peligrosos rápidos, en la bajada al Gran Cañón de Uur, para en su parte final, recorrer las calmadas aguas por el medio del desfiladero, hasta desembocar en el mar, a apenas dos kilómetros de Dúltor, cerca del faro. — ¿Nos vendería un par de barcas?— le pregunta Clarín al tabernero. — Sí, las vendería, pero no por menos de una moneda de oro cada una— responde Dulmir. — Está bien, pero al menos nos invitará al desayuno— añade Semín—, si les parece bien a mis compañeros. — De acuerdo— asiente el tabernero, los Dalmas hacemos lo propio. Tras el desayuno tomamos las barcas, Shiroge y yo vamos en una y los demás en la otra. Los eledines se ponen a los remos. Cruzamos la pequeña laguna de no más de doscientos metros y llegamos a la boca del río. La primera parte de la rivera es muy tranquila, hay una corriente estable que nos empuja río abajo con comodidad. Tras unas horas, distingo un caserón incrustado en la arboleda en la orilla derecha. Veo a Miliki hacer una veloz pasada por los alrededores. Me he fijado en el mago, lleva un saco con libros, que consulta a menudo durante el viaje. Por lo demás, el río discurre apacible en medio de la vegetación. Al anochecer, diviso a lo lejos encenderse unos candiles junto al río. — Parece la aldea de Arkán— advierto a mi compañero—. Desembarquemos, podemos cenar algo y buscar información. El eledín hace una maniobra y se acerca a la orilla derecha, la barca de detrás nos sigue a pocos metros de 181 distancia. Ya más cerca, distingo un embarcadero con un par de botes amarrados. Nos colocamos junto a uno de ellos. Desde la pasarela de madera, se ve con claridad el centro de la aldea en torno a ella. Hay una plazuela con un abrevadero en el centro, a la izquierda una posada, en cuyo letrero solo se lee la palabra “Taberna”, escrita en bóldor. Se ubican otra decena de pequeñas casitas alrededor, además de un molino un poco más abajo, donde empiezan a acelerar las aguas del río. Nuestros nuevos compañeros estacionan junto a nosotros y también desembarcan. — Vayamos a la taberna. Cenaremos algo y descansaremos— propongo a los recién llegados. — Además, podremos obtener información— añade Clarín, casi como si me estuviera leyendo el pensamiento. Accedemos por la puerta de madera que se encuentra justo debajo del letrero iluminado por un candil. El pequeño comedor es rústico, pero acogedor, tiene cuatro mesas de madera, dos están ocupadas. En una, un par de jóvenes mujeres están tomando algo. En la otra hay un señor con cara de preocupación, tiene sus codos apoyados en la mesa, con la cabeza reposando sobre sus manos. Tras la barra, un hombre fortachón y de melena castaña, nos saluda con la mano. — Buenas tardes, viajeros— nos dice el tabernero desde su posición—. Siéntense, ahora mismo les atiendo. Ocupamos una mesa y echo un vistazo al resto de la sala. Me percato de que un pequeño tablón de anuncios, junto a la barra, contiene una nota. Logro leer, a esta distancia, la palabra escrita en mayor tamaño: “Desaparecido”. — ¿Qué van a tomar?— El posadero llega hasta nuestra mesa y nos pide la comanda. 182 — Yo tomaré cerveza— indico el primero, seguido de cuatro—: ¡Yo también! — ¿Qué tienen de cena?— pregunta Shiroge. — Carla, mi esposa, ha preparado un excelente estofado de venado, además de su famoso arroz con especias de acompañamiento— nos ofrece. — Pues ponga cena para todos— respondo al tabernero, que asiente y se dirige de nuevo hacia la barra. Regresa el posadero con la bebida, momento que aprovecha Clarín para establecer conversación. — Es muy bonita esta zona, pero se ve que no viene mucha gente de fuera ¿verdad?— habla el mago con tono despreocupado. — La verdad que es un sitio tranquilo— contesta el tabernero—. Aunque de vez en cuando sí que aparecen viajeros como vosotros. Algunos van hacia el sur, hacia los Cuatro Picos, por el viejo paso que lleva al camino de Íshar. Otras veces van hacia el norte, hacia Dúltor, pero no siempre se detienen. Esta misma tarde, vi a tres medio elfos en una barca remar hacia los rápidos a la hora de comer. Espero que sepan lo que hacen, no es fácil salir airoso de ellos si no conoces los pasos. — Hacia allí nos dirigimos, hacia Dúltor, y queremos cruzar dichos rápidos— me meto en la conversación—. ¿Sabría usted indicarnos la mejor manera de pasarlos? — Para eso hablen mejor con Hernes, se los conoce como la palma de su mano. Aunque hoy está muy abatido, su sobrino ha desaparecido hace un par de días y se teme lo peor— nos aconseja. — Muchas gracias— le respondo a la vez que inclino la cabeza como muestra de respeto. 183 — Acerquémonos a hablar con él mientras nos preparan la cena, Mirmi— me dice Shiroge—. Así podremos comer tranquilos. — Vayamos— Me levanto de la silla. — Yo os acompaño— se apunta Biggi—. A fin de cuentas, yo manejo la otra barca. Asentimos y nos dirigimos hacia el solitario hombre de la última mesa. Es moreno, de unos cuarenta años y aspecto muy humilde. Apura su trago de vino. — Buenas noches, señor Hernes. Mi nombre es Mirmaerín y estos son mis compañeros, Shiroge y Biggi— nos presento—. Queremos hacerle una pregunta, si no le importa. El hombre levanta la cabeza y nos mira con cara triste. — ¿Qué puedo hacer por ustedes?— pregunta. — Necesitamos cruzar los rápidos y me ha comentado el tabernero que usted conoce la zona— dejo caer de qué va el asunto. — Pues sí, me dedico a pescar truchas en esa zona y la conozco muy bien— contesta el hombre—. Claro que estoy dispuesto a ayudarles encantado, pero a cambio, tal vez pueden ustedes ayudarme a mí… Mi sobrino, Mirle, ha desaparecido hace dos días, tiene solo trece años. ¿Pueden ayudarme a encontrarlo? De verdad que me encantaría ayudar al hombre, pero por mucho que me pese, no podemos perder ni un minuto. — De verdad que lo siento, amigo— contesto al pescador con gesto serio—. Pero tenemos mucha prisa, necesitamos llegar a Dúltor lo antes posible. — Quizás yo pueda ayudarle— Biggi se ofrece—. Denos la información que necesitamos y yo me quedaré con usted hasta dar con su sobrino. 184 — ¿En serio, señor? ¿Haría eso por mí?— responde Hernes con una mirada que por un instante refleja un rayo de esperanza. — Le diré la verdad, tenemos una importantísima misión en ciernes y es fundamental llegar a Dúltor con celeridad— explica en baja voz el joven eledín—. Si es necesario yo me quedaré para que mis compañeros puedan continuar. — Vaya, de todas maneras tendréis que esperar hasta el Amanecer, o al menos a partir con dos horas de margen sobre la salida del sol. Atravesar los rápidos de noche es una locura— el pescador nos da malas noticias. — Está bien, dígame pues, qué es lo que sabe de su sobrino— pide información Biggi. — Como es habitual, ayer por la mañana a primera hora, salió de casa a recoger cebo. Lombrices que abundan en un barrizal río arriba, un par de kilómetros al sur, hacia los Cuatro Picos— relata Hernes—. Fui a buscarlo al ver que no regresaba y no le encontré, ¡seguro que le ha ocurrido algo!— El hombre se echa a llorar. — Tranquilícese, hombre. ¿Qué más sabe? ¿Tiene algún sospechoso?— interroga de nuevo Biggi. — Sí, ese tal Tipeblak. Desde que se mudó aquí, hace un mes, pasan cosas extrañas; cazadores que van al sur y no regresan— comenta con tono de rabia—. Tiene una mansión, como a un día de camino hacia el sur, en la misma dirección en la que mi sobrino desapareció. — Está bien, mañana iré a investigar la zona— planifica el eledín. — ¡Espera! Quizás Miliki pueda echar un vistazo, preguntemos a Clarín— propone Shiroge con bastante lógica. Casualmente nos están sirviendo la cena. — ¿Quiere cenar con nosotros?— ofrezco al afligido pescador de truchas. 185 — No se preocupe, tengo el estómago cerrado— responde. — Siéntese con nosotros, le invito a un trago— se ve que Shiroge quiere terminar con la conversación. El hombre acepta. Nos sentamos a la mesa y ponemos en común la conversación que hemos mantenido con el pescador. — Precisamente, durante el viaje en barca pude ver, a través de los ojos de Miliki, a un muchacho como el que describes, a las puertas de un caserón hacia el sur— informa el mago. Después extrae un libro de su saco y lo ojea—. No puedo enviar a mi halcón desde aquí desgraciadamente, el alcance del hechizo es de diez kilómetros, más allá el vínculo se desvanece, podría perderse y no regresar. — No os preocupéis, reuniré a un par de cazadores e iremos a buscarle— propone motivado Biggi. — No tengo dinero para pagarles— asegura el aldeano. — No hay problema, tú explícale bien a mi compañero Shiroge cómo cruzar los rápidos, yo me encargaré de todo— asegura convencido el eledín. Tras la cena, el pescador dibuja la forma de los rápidos en un papel y empieza a explicar detalladamente. — Os encontraréis una bifurcación al inicio de los rápidos, tomad por la izquierda. Luego el río hace un pronunciado giro y las aguas se calman, debéis aprovechar para cambiar de orilla, pues tras el giro hay una fuerte caída, que es más suave por la derecha. Manteneos de ese lado un kilómetro, el río cambia de dirección hacia la izquierda y se abren dos pasos. Parecería que lo correcto es mantenerse a la derecha, pero es mejor cruzar de nuevo sobre el caudaloso espacio delante de la bifurcación, las aguas se aceleran bastante, pero no se forman fosetas, ni 186 hay rocas en el camino. Hay un último punto peligroso, justo donde reconectan los dos pasos anteriores. Allí se forma un remolino, lo suficientemente grande para hundir la barca. Tras él hay dos enormes rocas que separan el caudal en tres partes. Tenéis que maniobrar por la derecha del remolino, siguiendo la corriente y rodearlo para atravesar por el medio de las rocas. Por el costado izquierdo, si no lográis alcanzar el paso, la ruta es accesible, si bien, más difícil. Pero evitad ir por la derecha, el agua en principio se detiene, para precipitarse en una catarata de unos cinco metros, casi imposible de cruzar— nos describe Hernes. Durante este rato, un par de cazadores han entrado en la taberna, y Biggi les acompaña, mientras gesticula señalando a nuestro pescador. Tras unos instantes regresa a la mesa. — He contratado a esos hombres para encontrar a su sobrino, les he ofrecido cuatro monedas de oro a cambio— le comenta el eledín a Hernes. — Vaya, qué generoso, entiendo que vuestra misión es realmente importante— le responde el humilde pescador—. Vos podéis seguir con su compañía, señor Biggi. Me encomendaré a la destreza de estos hombres. Pero no tengo cuatro piezas de oro— añade con resignación. El Dalma alarga la mano y le entrega las monedas al hombre, que le mira con cara de agradecimiento. — “Dartum art tulus”. Primero que cumplan con su misión— añade mientras le guiña un ojo a Shiroge. Tras la cena, cogemos las dos habitaciones disponibles. El grandullón repasa con Biggi el itinerario del paso por los rápidos y nos vamos a descansar. — Toc, toc— Suena la puerta. 187 Abro los ojos y todavía es de noche. — ¿Qué?— contesta Shiroge adormilado. — Es hora de irse, en un par de horas habrá salido el sol— se oye del otro lado de la puerta la voz de Semín. Nos levantamos, nos vestimos y cogemos nuestros enseres. Salimos de la habitación y los nuevos compañeros están ya listos también. — ¿Y el desayuno?— pregunta el grandullón con cara refunfuñada. — He preparado una bolsa con embutidos, queso y pan. De que crucemos los rápidos, haremos una parada para desayunar— responde el mago que se ha adelantado a las necesidades alimentarias del enorme eledín. — Está bien— rumia el norteño no muy conforme. Salimos de la posada y tomamos las barcas. Enciendo el candil y lo coloco en la proa, para iluminar el frente. Clarín coloca su mano justo en el pico delantero de su barcaza y murmura una especie de oración. Un punto de luz enfocada hacia adelante surge de su mano y se adhiere a la superficie del bote. Estamos listos para iniciar la marcha. Tal y como me había percatado la noche anterior, las aguas aceleran a la altura del molino, aunque de momento de manera escalonada. Veo a mi compañero mantener la dirección con soltura. Nos adentramos en la sinuosa rivera a buen ritmo, seguidos de cerca por nuestros compañeros. Tras algo menos de dos horas, el sol comienza a alzarse tras las montañas Morguel, cuya vertiente norte se divisa a lo lejos hacia el este, algo a la derecha de la dirección noreste que toma el río tras un meandro. Noto que las aguas toman brío mientras avanzamos hacia la parte superior de un gran cañón. Se observa de frente con claridad, como a un kilómetro, la bifurcación que mencionó el pescador de truchas. Los hombres a los remos 188 comienzan a desplazarse hacia la izquierda. Tomamos la desviación y el caudal se vuelve más y más potente. Con habilidad, los eledines van sorteando rocas, siguiendo las corrientes más anchas, que reptan sobre la sensiblemente inclinada pendiente. Poco después, el arrollador canal se calma levemente y gira hacia la derecha. Momento que aprovechan los remeros para cambiar de orilla. De nuevo el caudal se acelera hasta pasar unas enormes piedras que dividen el embravecido río por ese lado. Tras un kilómetro de frenético descenso en línea recta, justo antes de un brusco cambio de dirección a la izquierda, se abren dos pasos. El más abierto, por donde circulamos, penetra en unas tranquilas aguas. Por la parte interior del giro, se ven saltos de agua, envolviendo un estrecho paso. Nos cerramos para trazar la curva por el paso interior. De nuevo las aguas se aceleran bruscamente, pero la barca encuentra, ayudado por las habilidosas manos de Shiroge y Biggi, espacio suficiente para seguir adelante sin obstrucción. Finalmente, arribamos a un punto en el que las aguas de ambos pasos confluyen formando un potente remolino. Tras de él, dos impresionantes rocas dividen el caudal, dejando un estrecho hueco en su centro por donde queremos atravesar. Los eledines maniobran para sumarse a la corriente del torbellino que nos empuja hacia la derecha. Shiroge consigue mantener el bote estable, en una zona donde continuamos girando, pero evitando ser succionados hacia el ojo del remolino. La salida de la derecha de las rocas pasa de largo, mi compañero comienza a remar con fuerza hacia fuera del potente torbellino y consigue salir de la influencia de sus aguas. 189 Veo como Biggi intenta tras nosotros la misma maniobra. Le está costando más, parece que, lenta pero irremediablemente, están siendo succionados hacia el vórtice del feroz remolino. Rápidamente saco mis cuerdas y ato la punta a una rama de arbusto que sobresale entre las grietas de una de las rocas y lanzo el extremo del gancho hacia la barca de nuestros compañeros. Por suerte, cae dentro de la barcaza. Semín la agarra y tira con fuerza, mientras Clarín la amarra a la proa. Una vez estabilizada la barca y ayudándose de la cuerda, logran salir de la corriente. — Gracias, Mirmaerín— me agradece el exhausto eledín, al llegar a nuestra posición. — Ahora somos compañeros, debemos ayudarnos unos a otros si queremos sobrevivir— respondo restándole importancia. Continuamos por el paso del medio, de fuerte corriente, pero muy bien canalizada, sencillo si lo comparamos con lo que hemos dejado atrás. A unos cien metros, está el final del escarpado canal, que da paso a tranquilas aguas, que serpentean rumbo noreste dirección a Dúltor. Oigo una cascada a nuestra derecha justo al llegar a la esquina del paso. — ¡Mirad allí!— grito señalando a la orilla junto a la cascada—. ¡Hay una barca estampada contra las rocas! Shiroge maniobra hacia la derecha y nos dirigimos al lugar. Al atracar en una zona libre de corriente un poco más abajo, amarramos las barcas y nos acercamos. Alcanzamos un alto sobre la orilla y nos percatamos de que un camino pasa por ahí, desciende por el acantilado unos doscientos metros hacia arriba y continúa junto a la ribera en la dirección de la corriente. 190 Llegamos a la barca, me percato de que la proa está gravemente dañada. Por lo que se ve que ha caído en alguna roca. La cubierta está inundada y hay un rastro de sangre relativamente fresca, justo al lado entre las rocas. — Sigamos el rastro de sangre— dice Semín señalando al camino. Vamos tras el medio elfo atravesando el escarpado terreno, siguiendo el incesante punteo rojo sobre la angulada superficie rocosa, hasta llegar a la vía. Semín se agacha. — Por las huellas, han llevado arrastrando a un hombre, entre dos, uno a cada lado, dirección noreste— informa el encapuchado medio elfo. Clarín alza su brazo y de nuevo cae en picado Miliki desde el acantilado. Se posa sobre la mano del elfo, que le susurra unas palabras y echa a volar dirección noreste. Revolotea a unos quinientos metros y vuelve de nuevo junto a su amo. — Al parecer hay una cueva más adelante, hay un hombre junto a la puerta— advierte el hechicero con seguridad. — Vayamos pues, no tenemos tiempo que perder— propone Biggi. — ¿Y el desayuno?— pregunta Shiroge. — Estamos aquí al lado, no nos llevará mucho— le contesta Clarín con una sonrisa. El eledín acepta a regañadientes. Y avanza el primero, con cara de desaprobación. Siguiendo el alto ritmo del paso de mi amigo, llegamos muy pronto a divisar la apertura en la pared del acantilado. En el umbral reposa un cuerpo aparentemente sin vida. Al aproximarnos reconozco a uno de los medio elfos de Bísal, yace sin vida sobre un charco de sangre. La cueva ante él, 191 es sinuosa y húmeda, un esperpéntico olor a muerte emana de su interior. — Es uno de ellos, se ve que lo han abandonado aquí. Por el color de la sangre, hará unas doce horas— revelo a mis compañeros mis conclusiones. — Si los otros dos han seguido por el camino tardarán dos días desde aquí. Dúltor está a un día en barca— calcula Clarín. — ¿Y si están dentro escondidos?— se percata Biggi de otra opción que contemplar. — Desayunemos mientras pensamos qué hacemos— reclama Shiroge cansado de posponer la comida. Todos nos sentamos sobre unas rocas, a unos metros de la entrada de la cueva, y comemos mientras discutimos qué hacer. Finalmente decidimos investigar la cueva. Como dice Biggi, mejor descartar opciones y luego continuaremos. Yendo en barca nosotros y ellos a pie, hemos calculado que tenemos unas horas de margen. Tras el desayuno-almuerzo, enciendo el candil y penetramos en la oscuridad del maloliente pasillo cavernoso. Clarín vuelve a realizar el hechizo, ubicando esta vez la luz en la palma de su mano, que ilumina a lo largo de la estrecha cueva. Avanzamos con precaución. Al adentrarnos, me percato de que las paredes del túnel comienzan a moldearse. Se ve que han tallado el interior de la cueva. Aumenta la humedad y el mal olor. Pequeños charcos se forman al final del paso, ya con forma rectangular, donde se accede a una pequeña sala, alargada de manera horizontal, desde la que ramifican diversos pasillos en forma de biblioteca. Al asomarme a uno de ellos, distingo un sinfín de nichos apostados a cada lado de las paredes, que gotean oscuras 192 lágrimas de agua ennegrecida. Es sin duda un túmulo funerario, quizás aquí fueron a parar los caídos de alguna batalla del pasado. Pequeñas urnas de cerámica reposan en raídas repisas junto a las tumbas. — Empecemos por la derecha, es mejor no separarnos— propone el mago. Por un momento me viene a la cabeza el recuerdo de Haleth. Seguimos las instrucciones de Clarín y vamos hasta la punta, a la derecha de la alargada sala. Hay en total una decena de pasillos, si no me fallan las cuentas. Accedemos al primero de ellos empezando desde el final. Una vez el mago ilumina el interior del pasadizo, calculo habrá unos cincuenta metros hasta una pared en el fondo. Avanzamos hasta el otro lado. Consigo contar un total de cincuenta tumbas en cada línea, eso hace quinientas tumbas por pasillo, luego aquí deben yacer la mareante cifra de cinco mil almas. Por un momento se me encoge el estómago. Del otro lado del pasillo hay otra sala alargada de similares dimensiones y que abarca la parte de atrás de la tétrica y apestosa biblioteca de muertos. Ayudado con la luz del mago, que ilumina hasta el final de la sala, cuento los pasillos. En total hay nueve. — Falta un pasillo, el del extremo de la izquierda supongo— revelo mis conclusiones. — Pues vayamos a ver— responde Shiroge. Volvemos por nuestros pasos, hasta la boca del túnel por el que hemos entrado y continuamos hacia el extremo de la izquierda del húmedo rellano. Al llegar, el mago dirige el foco de luz hacia el interior del último pasillo. En éste no hay lápidas. Solo un diáfano estrecho paso, que vira a la izquierda en su fondo. Seguimos adelante con cuidado de no caer en ninguna trampa. 193 Giramos al final y encontramos una sala cuadrada, de unos cinco metros de lado. En el centro se ubica una tumba, sobre la que reposa una gruesa losa, con inscripciones talladas en su superficie. Hay una pequeña estatua en la punta. — Pues por lo que se ve aquí no están— digo lo evidente, mientras Semín inspecciona la sala con más detalle. — Mirad aquí— Señala un saliente de la tumba—. Se ve que ha sido arrastrada. Tengo entendido que en estos túmulos enterraban a los guerreros con sus tesoros. Miro sobre la lápida. Está escrito en bóldor: “Aquí yace Rubrem, último rey de los primeros hombres.” Por lo poco que sé, él y todo su ejército perecieron en la última batalla de la gran masacre, cuando los Erdan decidieron acabar con el mal que Amán había introducido en su sangre. — ¡Vaya!— exclamo con asombro— ¡Pues aquí reposan los restos de todo un rey! — Sabed que hay conjuros y maldiciones que protegen estos tesoros. Percibo un gran mal, del otro lado de esta tumba— advierte el mago con cara de preocupación. — Aunque eso sea cierto, somos Dalmas— replica Shiroge—. No será la primera vez que me vea las caras con un ser maligno, y esta vez tengo el arma apropiada. — Vayamos pues— insta el valiente Biggi—. Lo que está claro es que no tenemos tiempo que perder. Shiroge agarra la pesada losa con sus dos manos y la retira, con cierta dificultad, depositándola apoyada en el lateral de la tumba. Del hueco se desprende un fuerte olor a azufre. En el interior, entre una gran cantidad de polvo, se distinguen relucientes objetos. Entre ellos, destaca un bastón, con una gema roja en la punta y cuatro anillos de plata en el mástil. Shiroge lo agarra y tira de él. 194 — ¡Zummm!— Se oye un fuerte zumbido, y el suelo empieza a temblar. Veo que el acceso a la sala se está bloqueando, mientras cascotes de piedra caen del techo. Un fuerte golpe derriba una losa en la pared frente a la tumba, de donde aparece un ser, con forma humana oscura y sombría, carente de mirada. Agarra un brillante mandoble en su brazo derecho y en el otro tiene un gran escudo. Por un momento nos quedamos paralizados, mientras el ser camina desafiante hacia nosotros y lanza un ataque dirigido a Semín, que sigue junto a la tumba. El golpe contra el escudo del medio elfo, lo proyecta con inmensa fuerza contra la pared de la izquierda y cae inconsciente. Shiroge vence el miedo y lanza un ataque, pero el ser logra pararlo con su escudo. El mago agarra sus bolas del cinturón. El tumulario se lanza a por Clarín, que está totalmente indefenso. Biggi se pone por medio y recibe el poderoso ataque que resbala por su escudo y le amputa la pierna por encima de la rodilla. El eledín cae al suelo en estado de shock, mientras una cascada de densa sangre se desparrama de la herida. Consigo lanzar un ataque, aunque débil, que hace que retroceda. El enemigo mira la punta de mi lanza y se dirige hacia mí. Aparece Shiroge por el flanco y lanza un segundo ataque, esta vez es efectivo, el enemigo se tambalea y lanza un estruendoso gruñido. La bola del mago golpea la cabeza del ser ya debilitado, que cae al suelo y se disuelve en una especie de polvo negro. Intento asistir, con ayuda de Clarín, al eledín caído, mientras el Shiroge acude en auxilio del medio elfo. Al ver al herido, me percato de la gravedad de la situación. Convulsiona en el suelo, mientras intento hacer un 195 torniquete. Con las manos llenas de su caliente sangre, veo que deja de moverse. No hay nada que hacer. Los azules ojos del mago se saturan de lágrimas e inclina la cabeza. — Ersan ard enar, amal— recita en baja voz. Significa en el idioma de los elfos: Vuelve al lugar de los Ersan, amigo. — ¡Está consciente!— grita Shiroge desde el lado de la izquierda, donde se encuentra tendido Semín. Me apresuro hacia allá. — Ay...— escucho el leve quejido del medio elfo. Shiroge se aparta y miro el brazo del escudo del compañero, parece que no está roto, tiene un gran moratón, justo debajo del hombro. Además, se ha golpeado la cabeza contra la pared, lo que le ha provocado una pequeña brecha en la frente, que no precisará sutura. Se encuentra mareado, pero sobrevivirá. Cojo de su saco una de las pociones que encontramos en la guarida de los Siervos de Amán, y se la doy. De nuevo, la bebida demuestra su eficacia, enseguida mejora. Incluso el moratón del brazo parece recuperar en pocos instantes parte de su tono normal. Decidimos dejar el cuerpo del compañero caído en la tumba del rey, una vez sacamos los tesoros. Además del bastón encontramos una daga brillante de doble filo, que luce una gema roja en su empuñadura negra; dos anillos, uno que ahora reconozco sirve para mejorar la energía en el combate, con la piedra de color rojo; y otro parecido con una piedra amarilla. Además de un cofre ornamentado que contiene veinte monedas de oro. — Es un gran tesoro, la verdad. Una pena que nos haya sido tan costoso— aprecia el mago, una vez Shiroge 196 termina de colocar, con solemnidad, la losa sobre los restos del valeroso Biggi. — “Dartum art tulus”— susurra el eledín. Nos repartimos el oro en partes iguales, cinco por cabeza. El hechicero analiza los objetos. — Este es un objeto intermedio de mejora ofensiva, como el que llevas, Mirmaerín, pero un poco más poderoso— dice del anillo con la piedra roja. — Este es un anillo que canaliza la energía para la esquiva de ataques— reconoce el de la piedra amarilla. — Esta es una excelente daga de asesino. Hecha de acero mágico, tiene implantado un hechizo de ocultación en la gema— afirma sobre la daga que lleva la piedra roja, incrustada en la negra empuñadura. — Esto es un bastón pararrayos. Portándolo un hechicero, sus anillos se van recargando. Una vez los cuatro aros se vuelven blancos está listo y puede lanzar una bola de fuego— aclara acerca del bastón. Nos lo repartimos de la siguiente manera: Clarín se queda el bastón, Semín la daga, Shiroge usará el anillo de energía de ataque y yo el de esquiva. Una vez estamos de acuerdo y repartimos los objetos, salimos del apestoso túmulo, donde reposarán los restos de nuestro valiente compañero caído y nos dirigimos a continuar nuestra misión. Al llegar a las barcas, descubrimos que ya no están. Miramos por todos lados, y vemos a lo lejos una de ellas a la deriva, acercándose al margen izquierdo del río. — ¡Maldita sea, se ve que nos la han jugado!— exclamo con rabia. — Iré a recuperar la otra barca, aunque apretados, seguro que los cuatro cabemos en ella— ofrece Shiroge y se echa a correr junto a la orilla. 197 Todos le seguimos. Alrededor de un kilómetro después llegamos a su altura. El eledín suelta todo lastre de su cuerpo y lo apila sobre una roca. Con el musculoso torso desnudo, se lanza a las aguas del río y comienza a nadar los cien metros aproximadamente, que hay en esta zona donde el caudal se ensancha. En apenas un minuto, el grandullón ya está botando la barca y toma los remos. — ¡No hay tiempo que perder, como mucho nos sacan un par de horas!— grita el eledín, que desembarca para coger sus pertenencias. Subimos al bote y en un abrir y cerrar de ojos, estamos en marcha. Ha pasado toda la jornada y el inagotable Shiroge no ha parado de remar. A través del halcón no hemos encontrado aún atisbo de los perseguidos. Esperamos el regreso del ave, después de su última ronda. — Ahí viene Miliki— aprecia Clarín señalando al frente. El pájaro revolotea alrededor del mago y se posa en su hombro, mientras éste se concentra. — Hay un faro más adelante y una barca vacía sobre una pequeña playa de arena— explica el hechicero—. Parece que ya han llegado. Unos treinta minutos más tarde, en el tiempo que se hace de noche, alcanzamos la orilla donde está estacionada la barcaza robada. Está completamente vacía. — Aquí hay unas huellas, dirección este— observa Semín señalando una rampa un poco más allá. Nos apresuramos hacia ella. Desde su punta, vemos la almenara del faro, en lo alto de una colina. Un poco más adelante nos topamos con un pequeño camino y seguimos por él. 198 Una vez alcanzamos la loma, vemos que la vía se bifurca. A la izquierda se dirige al faro, a unos cien metros de nosotros, ubicado sobre un acantilado, del que se escuchan los lejanos rugidos de las olas romper. De frente el camino sigue hasta unas luces a lo lejos, de lo que parece ser una pequeña ciudad portuaria, sin duda se trata de Dúltor. — ¡Vayamos a la ciudad!— exclama Clarín señalando con su nuevo bastón. Seguimos adelante y el camino pasa junto a una gran playa de arena. Veinte minutos después atisbamos luces de granjas y poco más adelante llegamos a un gran portón cerrado, situado en el lateral oeste de una muralla de madera, que rodea la ciudad. 199