8 Hombres de las Montañas. Llamamos a la pequeña puerta justo en medio del portón. Se escucha bastante movimiento del otro lado. Una ventanita se abre un metro a la derecha, por la que se asoma la cara de un guardia. — ¡Qué queréis!— dice el hombre con pocos modales. — Somos viajeros, buscamos una posada para pasar la noche dentro de las murallas— responde Clarín. — Durante la noche no nos tienen permitido abrir esta puerta, tendréis que ir hasta la puerta principal, la del camino de Xandria. Tomad ese sendero, por él llegaréis al lado este de la ciudad— informa el portero señalando a su izquierda—. Además, en las cercanías, más allá del cementerio, hay una posada llamada el Gran Descanso. Dudo mucho que encontréis alojamiento disponible dentro de la ciudad. Se está celebrando el gran mercado mensual y la posada Luz del Norte está abarrotada estos días. — Muchas gracias por la información— responde el mago, seguidamente el guardia cierra la ventanilla. Tomamos el sendero y vamos rodeando la muralla de unos cinco metros de altura, que se extiende por nuestra izquierda, y en la que, aproximadamente cada cien metros, se eleva un puesto de vigilancia iluminado por antorchas. Del lado de la derecha, los candiles de algunas granjas motean la llanura que se abre en dirección sur. Al girar una esquina de la barricada, topamos con un camino, que llega desde dirección suroeste. Probablemente aquí termina la ruta a pie, que acompaña al río que hemos seguido desde los cuatro picos y que va a parar a otro portón también cerrado. 200 El sendero sigue del otro lado, así que atravesamos la vía y seguimos por él. Un cuarto de hora después, tras otra esquina, se ve gente a las puertas de la muralla, donde llega un camino más ancho, que deduzco es el de Xandria. Entre la oscuridad, un poco más adelante a la derecha, del otro lado del camino, se atisba un oscuro cementerio, tras el que se ubican las luces de la posada. Hay bastante tránsito del otro lado del portón. Gran cantidad de transeúntes cruzan entre la media docena de indiferentes guardias, de ropas grises, que lucen en la solapa un círculo azul con las tres estrellas del norte y que custodian la entrada. — ¡Mirad allí!— Semín señala con el dedo hacia la posada. Al girar la cabeza veo a una joven uniformada pasar por delante de los candiles de la posada, cojea de la pierna derecha y viene sensiblemente herida. Los guardias se percatan también de la situación y corren a socorrerla. — Entremos ahora, nos evitaremos suspicaces preguntas— propone Clarín. Asentimos y entramos en la ciudad. Hay una poblada avenida justo delante, la mayoría de las casas a los lados son de piedra en su base, con el tejado y las vigas de madera de roble. Forman una hilera de unos cien metros de largo en dirección al centro de la población, donde se ubica una gran plaza. Varias callejuelas radian desde ella y en el medio se alza un humilde templo de Túlmar, Erdan de la navegación, enfrente de una estatua de Reéjtar, Erdan del comercio. La zona está abarrotada. Es hora de cenar y la gran taberna, del otro lado, justo en la esquina de la avenida que conecta la plaza y el puerto, tiene la puerta muy concurrida. Todo el camino he ido mirando las caras de los paseantes, hay gentes de todas las razas, pero aún no he visto al feo 201 medio elfo, cuya cara no se me borra de la mente, y su acompañante. — Vayamos al puerto, por aquí no están— propongo a la compañía. — Me parece bien, aunque dudo mucho que se dejen ver fácilmente, saben que les estamos persiguiendo— responde Clarín, seguramente con razón. Cruzamos la plaza y pasamos por la avenida junto a la posada, que abarca de esquina a esquina, hasta llegar a la zona portuaria. Del otro lado, la taberna tiene otra entrada iluminada con candiles, donde hay una terraza con cinco mesas, todas ocupadas. De frente, al otro lado de una explanada, se abre a ambos lados un gran muelle de granito, con una quincena de barcos atracados y que no dejan ni un solo hueco del ajetreado embarcadero. Barcas de menor tamaño ocupan una zona en la punta oeste. Hay marinos en todas las pasarelas, en las que cuelgan pequeños faroles de colores dando un aire muy festivo. Veo dos parejas de guardias, una en cada punta del muelle. — Buscad sitio en la posada, yo interrogaré a los guardias, como os he dicho, la cara del medio elfo es muy reconocible— propongo a mis compañeros. — ¿Tú solo?— pregunta Shiroge. — Sí, será mejor no llamar la atención.Y tú, mi querido amigo, eres debido a tu tamaño, demasiado llamativo— le argumento a mi compañero eledín—. De hecho, no está de más que busquéis algún rincón escondido en la posada. Voy primero a los de la derecha, hacia la punta este, que están ligeramente más cerca. Observo a los guardias. Son jóvenes cadetes, que habrán tenido que incluir en los turnos para cubrir las necesidades 202 del evento. Al más bajito, el uniforme le cae algo grande, no creo que tenga más de quince años. — Buenas noches, soldados— saludo a los muchachos. — Buenas noches. ¿Qué quieres?— responde el mayor de ellos, un poco a la defensiva. — Estoy buscando a unos amigos, son dos medio elfos, deben haber llegado esta misma tarde— Para no levantar sospechas, miento a los muchachos—. Me da vergüenza reconocerlo, pero uno de ellos es muy feo, con grandes orejas, el gesto torcido y la cara llena de marcas. Además, no tiene un solo diente recto. Tienen el pelo negro poco arreglado y ambos llevan un pendiente de aro. — Yo no he visto a ningún medio elfo con esa descripción— responde el joven uniformado. — ¡Vaya!, me urge verme con ellos, estoy dispuesto a dar una suculenta recompensa por encontrarlos— pruebo a tentar a los jóvenes. — ¿Qué recompensa?— pregunta el más bajito con codicia. — Dos monedas de plata— Intento no pasarme, no quiero llamar la atención. Es el sueldo de una semana que recibe un Yelmo de León en Gáldoras, y dicen que son los mejor pagados del reino. — Si vemos algo se lo diré, señor— responde el jovencísimo guardia. Asiento y me dirijo al otro lado del muelle, siempre pendiente por si me cruzo con alguno de esos malnacidos. Otro joven guardia acompaña a uno de mayor edad. — Buenas noches, señor— me comunico con el de aspecto mayor. — Buenas noches, caballero— responde con cortesía—. ¿En qué puedo ayudarle? 203 — Estoy buscando a un par de medio elfos, deberían haber llegado esta tarde— repito los argumentos—. Uno es bastante reconocible, de aspecto horrendo, casi bufonesco, con el pelo moreno, y ambos llevan un pendiente de aro. — Me temo que hay mucho ajetreo. He visto algunos medio elfos, pero ninguno que concuerde con la descripción— contesta de nuevo el uniformado. — Si lo vieran, estaré cenando en la posada Luz del Norte. Estoy dispuesto a dar una recompensa, me urge verme con ellos. Que tengan buen servicio— añado mirando a ambos guardias y me giro para regresar hacia la taberna. Sin duda va a ser tarea difícil dar con el par de villanos, ni siquiera tenemos seguridad de que sigan en la ciudad. Mañana estaré pendiente de los barcos que zarpan desde primera hora. Al entrar en la posada no distingo a mis compañeros, doy una vuelta por los dos grandes salones del que está compuesto. Uno de ellos tiene un escenario, en el que un joven bardo humano se acomoda con cierto nerviosismo. Veo más allá del escenario la cabeza de Shiroge, en una desapercibida mesa contra la pared y me dirijo hacia ellos. Más de sesenta personas de todas las razas abarrotan solo este comedor, que sumados a los que hay en la habitación contigua y los que beben en las puertas del local, serán más de ciento cincuenta clientes que ambientan la taberna con risas y sonidos de copas brindar. Justo llego al sitio que me tienen guardado, cuando el joven comienza a tocar. Parece que le cuesta arrancar, por un momento se queda bloqueado ante el ansioso y ebrio público. Clarín saca un pequeño ukelele del saco y da un salto por el lado hasta el 204 escenario. Se coloca al lado del apabullado juglar y comienza a tocar. Lo cierto es que el mago es muy hábil con su instrumento. Toca una animada música, mientras recita un viejo poema de mar, que algunos de los asistentes conocen y replican con sus cantos, a la vez que otros dan palmadas y bailotean al incesante ritmo del instrumento. El bardo coge confianza y hace sonar su clarinete acompañando notablemente a la música. Resuena el estribillo. “Mi Erdan es Túlmar Y mi barco mi tesoro En el mar me siento libre Por eso yo le imploro Vivir en el mar mis sueños Y perder en su fondo mi oro Navegar sobre el mar libre Y perder en su fondo mi oro” Un atronador aplauso estalla y todo el mundo brinda y ríe. El músico choca su mano con la de nuestro compañero elfo en forma de saludo, y éste baja del escenario. Parece que el bardo ha perdido el miedo escénico y puede continuar solo. Con los primeros acordes de la nueva melodía, regresa el mago de su actuación. — ¡Genial Clarín, esto sí que ha sido magia!— Aplaude Shiroge muy animado. Todos nos reímos y estrechamos la mano del hechicero, que sonríe con algo de rubor. Aprovechando que la comida está servida, nos ponemos a cenar. A pesar del bullicio de fondo, logro explicar al resto de los Dalmas el fracaso de mi búsqueda y mis intenciones de madrugar. No es sitio para hablar, especialmente ahora que un grupo de bahaluks se unen, como es habitual en 205 ellos tras la cena, y empiezan a acompañar con su alegre música. El ambiente es festivo, despreocupado, jovial… no es bueno para nuestros intereses. — ¡Tendremos que ir a la posada de fuera a dormir!— vocea Clarín para hacerse oír. — Pues no tardemos mucho, no estamos aquí de fiesta...— No es que recrimine la actitud alegre de mis compañeros, entiendo que después de tantos días de fatigosa persecución y cautiverio, tengan ganas de disfrutar. Pero no me gusta la sensación de que estamos dando por perdida la misión, que me empuja a creer que no recuperaremos la Luz de Rosa. — Si queréis, quedaos vosotros a disfrutar de la velada, de todas maneras yo soy el único que puede reconocer a los sectarios— recapacito en seguida. Los alegres compañeros Dalmas responden con una sonrisa, así que me levanto y salgo entre la multitud. Primero paso a ver a mis informantes guardias de la zona del puerto. En la hora que he tardado en cenar, no ha habido novedades. Hago una pequeña parada en el templo y tras unas breves oraciones, me dirijo sin dilación hacia la taberna El Gran Descanso, en el camino de Xandria. Me percato de que, poco a poco, la actividad nocturna va decayendo por las calles de la pequeña ciudad costera. La taberna de las afueras no está tan llena. Los últimos comensales apuran la cena. La mitad de las ocho mesas que hay en el comedor están ocupadas y hay ambiente de tranquilidad. Me acerco a la barra mientras me fijo en los huéspedes. Hay un grupo de cuatro guardias humanos, con el símbolo de las tres estrellas en la solapa, que toman una cerveza en la mesa en el medio. Otra en el fondo, junto a la 206 esquina, está compuesta por cinco integrantes, tres medio elfos y dos humanos, pero no reconozco a ninguno de los huidos. Una pareja debate, un tanto acalorada, ocupando la que está de fondo junto a la barra. Por último, cerca de la puerta que da a las habitaciones, hay dos guerreros, no tiene muy buena pinta, uno tiene un vendaje con sangre fresca en el brazo derecho. — Buenas noches— saludo al tabernero—. ¿Tiene una habitación para mí y tres compañeros que están por venir?— — Está de suerte, aún tengo un par de habitaciones, una de ellas con cuatro camas— contesta el hombre tras la barra. — ¿Qué cuesta?— pregunto mientras echo mano al morral—. Incluya el desayuno. — Dos monedas de bronce en total— responde—. Una de bronce y dos de cobre por la habitación y otras ocho de cobre por el desayuno. — Mis compañeros son un eledín de enormes dimensiones, acompañado por un elfo y un medio elfo. Preguntarán por Mirmaerín— explico al posadero a la vez que hago entrega de las dos piezas. Se oye jaleo en el camino. A través del ventanal, veo aparecer un numeroso grupo de personas caminando con dificultad, que marchan hacia Dúltor. — ¿Qué está ocurriendo?— pregunto al tabernero. — Al parecer han atacado la ciudad vecina de Xandria, durante toda la noche han estado llegando heridos— contesta cabizbajo. — ¿Quiénes son los asaltantes?— pregunto con curiosidad. — Un grupo de Hombres de las Montañas, al parecer— responde de nuevo—. Según tengo entendido, son 207 humanos de estilo de vida salvaje, que habitan en el norte de las montañas Morguel. Salvo algún encuentro ocasional, nunca ha habido mayores problemas con ellos. Este ataque ha tomado a todos por sorpresa. — ¿Qué posibilidad hay de que nos ataquen aquí?— insisto con el interrogatorio. — No lo sé, hará poco más de dos horas, la sargento Névula regresó herida, al parecer había acompañado a una partida de Dalmas en busca de información. Ella fue la única superviviente. Supongo que el capitán Gílmed está ya al tanto de todo— añade con preocupación el tabernero. — Gracias por la información, señor. ¿Dónde se ubica la habitación?— me despido, a fin de cuentas, este asunto no tiene relación alguna con mi misión. — Por esa puerta de allí, suba las escaleras y tome el pasillo, es la segunda puerta de la izquierda. Tiene vistas al camino— indica con el dedo la puerta tras los dos hombres heridos. Sigo las indicaciones y subo a la habitación. Lo cierto es que estoy agotado y mañana tengo que despertarme antes del amanecer. Es hora de dormir. Suena un lejano murmullo de un gallo y abro los ojos. He tenido un sueño profundo y estoy un tanto desubicado. Veo algo de claridad por la ventana de la habitación. Miro a mi alrededor y veo que Shiroge duerme a pierna suelta. Clarín está también tumbado, boca arriba con los ojos entreabiertos y Semín se recuesta de lado contra la pared. Me levanto sin hacer ruido, cojo mis cosas y abandono el cuarto. Es tarde, espero que ningún barco haya zarpado aún. No paro a desayunar, solo saludo al pasar a la joven que se encarga de la barra. Me apresuro hacia las puertas de 208 la ciudad, esta vez contemplando el lúgubre cementerio a mi derecha, que empieza a bañarse por las primeras luces del alba. Cruzo la entrada sin incidencias, avanzo fijándome en los madrugadores transeúntes hasta llegar a la plaza. Más de medio centenar de personas están montando un mercadillo, cuyo pasillo central gira en torno al templo y la estatua. Atrocho entre los puestos y avanzo junto a la posada hasta el puerto. Veo que hay mucho movimiento. Al mirar al fondo, me percato de que ya dos barcos hacen maniobras de desatraque. Corro hacia la punta del muelle, e intento divisar a los ocupantes. En uno de ellos, veo marinos humanos atareados con los aparejos y las poleas para abrir las velas, maniobrando en dirección al oeste. Un poco más allá, el barco más madrugador toma ya rumbo este. Al mirar al hombre del timón me percato por las vestimentas, que es uno de los medios elfos que había visto la noche anterior. Me mantengo en el muelle durante tres horas más, paseando por las pasarelas y hablando con los marinos y los guardias. La búsqueda es absolutamente improductiva. Un total de media docena de barcos han abandonado el lugar y ni rastro de los Siervos de Amán. Mis peores temores se confirman, hemos fracasado. Me siento cabizbajo en una escalinata, cuando oigo la voz de Shiroge. — Anímate, Mirmi. No es el final, solo una piedra en el camino— me dice mientras apoya su enorme brazo sobre mi hombro. 209 — Es extraño, siento un desagradable desasosiego de saber que no volveré a verla más— respondo refiriéndome a la piedra. — ¡Basta de ñoñerías!— exclama el medio elfo—. Hay que pensar qué vamos a hacer ahora. — Debemos enviar un mensaje a Néster, el abad. Seguro está impaciente por tener noticias— opina Clarín—. Vayamos a ver a Murkan, el alcalde de la ciudad, creo que podrá ayudarnos. He oído de él que es un hombre muy anciano, además de un fiel súbdito del rey Árathan. — Después podíamos echar un vistazo a ese enorme mercado, viniendo hacia acá he visto que venden de todo— añade el eledín. Clarín se acerca a un guardia a preguntar por el paradero del alcalde, un minuto después regresa con noticias. — Al parecer Mulkan está gravemente enfermo, desde hace tres días. Me han recomendado hablar con su hijo, el capitán de la Guardia de las Tres Estrellas— nos aclara el mago—. Me ha indicado que hay una casa grande en la parte oeste de la ciudad, es la residencia del alcalde, donde además está el despacho del oficial. Nos dirigimos hacia allá cruzando el muelle, para evitar el trasiego de la gran plaza. Pasamos una pequeña callejuela de viviendas y llegamos hasta una plazoleta donde además de la mansión señalada, hay un edificio militar junto a unas caballerizas. La puerta de la vivienda principal está custodiada por una pareja de Guardias de las Tres Estrellas. — Buenos días, viajeros— nos saluda uno al vernos llegar ante ellos—. ¿Qué desean? — Venimos a hablar con Gílmed, el capitán. Es un asunto importante— anuncia el mago—. Venimos de parte de Néster, abad de la abadía de Thal, en Íshar. 210 — Voy a preguntar— responde el uniformado, que se gira y entra en el edificio. Un par de minutos después regresa. — Podéis pasar— Nos abre la puerta el guardia—. Es la primera habitación de la derecha. Accedemos a la lujosa vivienda. Me llaman la atención las pequeñas esculturas de fina porcelana, sobre pedestales ornamentados, que se disponen a lo largo del pasillo. — Toc, toc— El mago llama a la puerta. — Adelante— una ronca voz masculina se oye del otro lado. Al entrar nos encontramos con un humano de unos cincuenta años, con el pelo y la barba canosa vestido de uniforme militar, que se sienta tras un amplio escritorio de roble, lleno de documentos. Hay dos estanterías a los lados de la sala y un par de asientos en el medio, de frente al capitán. — Buenos días, señores— saluda educadamente—. Me comenta el guardia que están aquí por un asunto importante y que vienen de parte de Néster. ¿Quiénes sois y de qué se trata? — Mi nombre es Clarín, soy miembro de la abadía, hemos llegado hasta aquí en persecución de unos Siervos de Amán que han robado un objeto de gran importancia. Necesito informar al abad de la situación— explica el mago dando el mínimo de detalles. — ¿Qué clase de objeto?— pregunta Gílmed con mirada curiosa. — Se trata de una gema con gran poder, es un asunto vital, es todo lo que puedo decirle— responde con cautela el elfo. 211 — Está bien, enviaré un cuervo a Íshar, tardará un día en llegar y de haber respuesta, otro más en recibirla— acepta el oficial. Acerca una pluma y un papel a Clarín, que empieza a escribir sobre él. — ¿Tenéis algo que hacer en estos dos días?— Nos mira a todos. — Pues no, teníamos pensado ir al mercado— contesto esperando una propuesta. — Estoy terminando de redactar un cartel, en el que pretendo reclutar Dalmas para una misión muy importante— Nos muestra el letrero. “AVISO: Se precisan Dalmas para una misión de reconocimiento. Se ofrecen VEINTE monedas de ORO. Contactar con el capitán Gílmed” Todos leemos el cartel. Sin duda es una buena recompensa, pero no sabemos qué peligros entraña la misión. Veo a mis compañeros torcer el cuello, reconociendo el atractivo de la oferta. — He oído que unos Hombres de las Montañas han atacado Xandria— hago saber mi información—. ¿Tiene algo que ver? — Parece que estás bien informado. Así es, pero no es el destino de Xandria lo que me interesa saber— reconoce el oficial—. Anoche, una de mis guardianas regresó herida. La había enviado a una misión con unos Dalmas, pues hace cinco días no tenemos noticias del castillo de Kaalbhart, ubicado en el lago del mismo nombre, por el paso entre las montañas Morguel. Los exploradores acompañados por mi guardiana, alcanzaron la posada Cruce de Montañas, que se encuentra al pie de la cadena montañosa, cinco kilómetros después del desvío que hay, 212 a medio día de camino, en dirección a Xandria. El señor del castillo, Farwin, es primo de mi padre y estamos muy preocupados por él. Más aún ahora, que sabemos que los Hombres de las Montañas han conseguido llegar hasta la costa. — ¿Qué sabe de esos Hombres de las Montañas?— pregunta Shiroge. — Son salvajes de piel muy clara y largas melenas castañas. Cazadores que viven en una sociedad patriarcal, cuyo líder es Túlkar, un enorme hombre de más de dos metros y gran fuerza, según los informes. La mayoría son más bien bajitos, de un metro setenta aproximadamente. Rezan a Mísal, Erdan de la caza y la curtición. Visten con pieles de oso y de lobo, que ellos mismos curten con gran habilidad. Suelen usar hachas, pero también son excelentes lanceros. Realmente se trata de una comunidad muy peligrosa, que hasta ahora se habían mantenido al margen de todo— describe el capitán con detalle. — ¿A qué distancia se encuentra el castillo?— pregunta Clarín. —Habrá un día de camino a pie, pero si aceptáis, os prestaré caballos. A buen ritmo hay cuatro horas hasta la posada y otras tantas desde allí al castillo. Si salís ahora, será aún de día cuando lleguéis— informa el Gílmed—. Según la soldado herida, el grupo que les atacó ocupa la posada, a modo de puesto de avanzadilla. Los cuatro nos miramos los unos a los otros con gesto afirmativo. — Está bien— responde Shiroge—. Aceptamos. Prepare los caballos para después del almuerzo. En un par de horas. Esta vez estoy con mi amigo eledín, no he desayunado y tengo hambre, además podremos usar el tiempo para dar 213 una vuelta por el mercado. El oficial redacta un contrato con las condiciones del trabajo y todos lo firmamos. — ¿Podemos hablar con la guardiana que regresó herida?— pregunta Clarín. — No hay problema, se fue hace un rato a la posada Luz del Norte, su nombre es Névula— asiente el capitán—. Todos los lugareños la conocen. Preguntad a Dorin la posadera. Nos despedimos y salimos del edificio. — Vayamos directamente a buscar a la chica— propone el hechicero—. Luego iremos al mercado y cogeremos provisiones para la misión. Todos asentimos y le seguimos a través de la plazoleta hasta una pequeña calle, que da del otro lado a la abarrotada gran plaza de Dúltor. Rodeamos el mercado por la izquierda hasta llegar a la posada. El ajetreo a la puerta de Luz del Norte es incesante, con dificultad entramos en la taberna. Hay mucho movimiento también en el interior, pero fácilmente distingo a un grupo de guardias en torno a una mujer, morena con los ojos verdes y de porte esbelto, que relata alguna historia que cautiva la atención de sus acompañantes. — Sin duda es ella— expongo a los compañeros mi intuición. — Seamos educados y asegurémonos— contesta Clarín mientras se dirige a la barra. El mago habla con la tabernera, que le señala hacia la mesa de la joven afanada con su relato, ante la atenta mirada de los guardias. — Tenías razón— El elfo me guiña el ojo y nos dirigimos a la mesa. 214 — …No me quedó más remedio que huir a pesar de las heridas— concluye el relato mientras alza la vista al vernos llegar. — Buenas tardes sargento Névula— me dirijo a ella con educación—. El capitán Gílmed nos ha asignado una misión y nos gustaría hacerle unas preguntas. — Pues vale— responde afirmativamente pero sin mucho ánimo. — Nos dirigimos hacia Kaalbhart, a ver cómo está por allí la situación— le describo la misión—. El capitán nos ha informado de que ha sufrido un percance en la posada Cruce de Montañas. ¿Nos puede decir cómo están las cosas por allí? — Como les comentaba a mis compañeros, estuve allí ayer mismo, junto con cuatro Dalmas: un bahaluk llamado Mishika, un elfo de nombre Jatema y un hombre y una mujer, Cosako y Melish se llamaban— comienza a relatar. — ¿Melish?— interrumpe Clarín, algo poco común en él. — ¿La conocías?— pregunta Névula. — La verdad es que sí, era una hechicera de la abadía, hace como un mes abandonó Íshar en busca de aventuras— contesta con voz triste el mago—. Pero continúa, siento la intromisión. — El caso es que llegamos a la posada y nos percatamos de que había sido asaltada, intentamos acercarnos con cuidado, pero tu amiga tropezó y se quedó paralizada. Unos Hombres de las Montañas, un total de siete, nos atacaron y dieron al traste con nuestra estrategia. La hechicera acabó con la vida de uno de ellos con un proyectil de electricidad, antes de que se les echaran encima. El resto, viéndonos superados intentamos huir, pero solo yo logré escapar. Al menos otro de ellos quedó gravemente herido— termina de relatar. 215 — ¿Cómo son las cercanías del lugar?— se interesa Semín, quizás con idea de poder prever una estrategia de asalto. — Pues hay algo de arboleda, la vía pasa justo por delante de la taberna, que es visible desde una pequeña loma, por donde atraviesa el camino, como un kilómetro antes— contesta la mujer. — ¿Hay algo más que pueda servirnos de ayuda?— pregunta Clarín para finalizar. — La verdad es que sí— contesta afirmativamente, clavando la mirada profundamente en los ojos del elfo—. Esos Hombres de las Montañas luchan con una ferocidad, que jamás había visto, hasta la extenuación y sin miedo. Sed muy cautos. Agradecemos el consejo de la sargento y salimos al mercado. — Si es cierto lo que dice Névula, tendremos que andarnos con ojo— advierto a mis compañeros con un cierto tono de acongojo. — Son ellos los que deberían de tener cuidado— me contesta Shiroge con seguridad. Sin duda esos Hombres de las Montañas aún no se han enfrentado a un tipo como el grandullón. La verdad, que el eledín sea parte de nuestro grupo ayuda, y mucho, a disipar el miedo. Decidimos separarnos en el mercado. Shiroge y yo tomamos la calle central en dirección horaria, mientras Clarín y Semín van en la otra dirección. Nos cruzaremos del otro lado. De haber algo interesante nos lo haremos saber. Transitamos por el estrecho y abarrotado paso entre las improvisadas tiendas, de las que sobresalen muestras de ropa y de toda clase de accesorios, que el eledín tiene que 216 ir evitando. Hay animales vivos, frutas y verduras, ropa, bisutería, esculturas de dioses para decorar las viviendas, incluso armas y armaduras, pero nada interesante que mejore lo que tenemos. — ¡Pof!— escucho un moderado estruendo a mi derecha. Al mirar me percato de un comerciante bahaluk, que está junto a un bidón metálico del que emana humo negro. Sin duda es el mercader de Estrian, al que Elion le compró la útil bomba inflamable que nos salvó del ataque de los piratas. Me acerco al pequeño vendedor. — Buenos días— Intento repetir el saludo que Aulas hizo a sus camaradas en la posada El Sauce Feliz. — Bienfenido, señorr— contesta el bahaluk, cuyas puntas de su pelirroja melena me llegan hasta el pecho—. ¿Está interresado en adquirrir uno de nuestrros frrascos insendiarrios? — La verdad es que sí, ¿qué es lo que cuestan?— No tengo duda que merece la pena. — Sinco monedas de plata por frrasco— contesta el mercader. Vaya, sin duda no son nada baratos. Veo detrás del bahaluk que tan solo le queda media docena de frascos. — Está bien, me llevaré uno— A pesar del elevado precio merece la pena disponer de él. Entrego las piezas, guardo el frasquito con la mecha en mi mochila y seguimos avanzando por el mercadillo. Poco después nos encontramos de frente con nuestros compañeros, habremos tardado una media hora. — Por ahí no hay nada que nos haya llamado la atención— informa Clarín al llegar hasta nosotros—. ¿Qué tal por vuestro lado? 217 — He comprado un artefacto incendiario, pero son carísimos— le contesto—. Creo que son las últimas existencias y le quieren sacar partido. — Está bien. ¿Qué os parece si comemos en la posada el Gran Descanso?— propone el mago—. Lejos de la aglomeración nos atenderán más rápido y ya estaremos en el camino. — Me parece buena idea— opina Semín—. Pero tendremos que ver si ya tienen listos nuestros caballos. — Vayamos a comprobarlo— propongo mientras me giro dirección a la mansión del alcalde. Tras unos minutos llegamos hasta la puerta, los mismos jóvenes guardias siguen allí apostados. — Buenos días, señores— nos dice el más parlanchín—. Ya tienen sus caballos listos, en la cuadra de allí. El uniformado señala hacia la punta noroeste de la plaza, donde se sitúa la gran caballeriza. Nos despedimos con un gesto con la mano y nos dirigimos hacia allá. Al vernos llegar, el hombre al cargo de la cuadra viene hacia nosotros, acompañado por un mozo. — Buenos días, señores— nos saluda—. Creo que son ustedes los Dalmas que precisan de cuatro montas, ¿verdad? — Así es, si están listas partiremos enseguida— respondo. — Por supuesto— asiente—. Miles, trae a estos caballeros los corceles que hemos preparado. El ayudante se dirige a la puerta de uno de los establos. Sale un par de minutos después con las riendas de cuatro caballos en buen estado, bien alimentados y con el pelaje brillante. Destaca por su tamaño una yegua marrón, con una tira de pelo color blanco en su hocico. 218 — La yegua es perfecta para este hombretón, ya nos habían informado de su tamaño— ofrece con una sonrisa tensa el responsable de la caballeriza. Montamos a las bestias y partimos rumbo a la posada. No nos entretenemos demasiado. Amarramos los caballos a la puerta y entramos con presteza. El amable posadero está en la barra y nos hace un gesto con la mano. El comedor está casi vacío; es un poco pronto para almorzar. — Buenas tardes, señores, sean de nuevo bienvenidos— saluda el tabernero con una abierta sonrisa. — Queríamos comer algo, partimos enseguida— anuncio al hostelero—. También precisamos algunas provisiones, para un par de días. — Por supuesto. Darla, la cocinera, acaba de terminar su rico estofado de cerdo— ofrece el hombre—. Por favor, sentaos. — Vaya poniendo también cuatro jarras de cerveza— pide Shiroge la bebida. Rápidamente nos sirven las cervezas, pocos minutos después llega la comida, servida en unos hondos platos de barro, además de una hogaza y una ensalada. El estofado es de muy buena calidad, la carne está tierna, casi se deshace, y la espesa salsa, digna para apurar el pan. Tras la comida, abono alegremente la moneda de bronce: ocho de cobre por la comida y dos más de propina, y salimos en dirección sureste. Tras algo más de dos horas avistamos la desviación. Hay un letrero de dirección con tres flechas donde se lee a la izquierda “Xandria”, de frente “Kaalbhart”, hacia atrás “Dúltor”. 219 Seguimos de frente y unos minutos después alcanzamos el alto de una loma. Desde allí, tal y como dijo la sargento Névula, es visible la pequeña posada a lo lejos. — Será mejor amarrar aquí los caballos— propone Semín—. Cuando hayamos desalojado el paso volveremos a por ellos. — Tienes razón— coincido con el medio elfo—. Será mejor aproximarnos sin hacer ruido. Atamos los caballos a unos treinta metros del camino, entre unos matorrales en medio de la arboleda y comenzamos a acercarnos: por el margen izquierdo de la vía vamos Shiroge y yo, mientras que nuestros compañeros avanzan acechando por la derecha. Alcanzamos la posada, que está sensiblemente dañada, y nos situamos a unos veinte metros sin ser vistos. Esperamos entre la maleza unos minutos. Sin duda hay gente en su interior. Por la chimenea sale humo y huele a carne asada. Se ve a uno de ellos a través del ventanal con los cristales rotos, que da hacia el camino. — Acércate a la puerta, voy a lanzar el artefacto incendiario; les obligará a salir— susurro a Shiroge el plan—. Nuestros compañeros podrán atacar por la espalda. Shiroge asiente y avanza unos metros. Se coloca junto a unos arbustos, cerca de la esquina opuesta del edificio. Veo a Clarín con sus bolas preparado, pero no diviso a Semín. No hay tiempo que perder, extraigo el frasco de mi mochila y prendo su mecha. Me concentro en el lanzamiento y arrojo el recipiente hacia el hueco de la ventana, éste choca contra el marco y detona una explosión seguida de un fuerte fogonazo, que incendia la fachada. 220 Se oyen gritos en el interior. Un hombre en llamas sale espantado y se revuelca en el suelo del camino. Agarro mi lanza. Por la puerta, otro hombre aparece para auxiliar al primero. Shiroge sale de su escondite y carga contra el desarmado compañero y le propina un gran golpe de mandoble en la mandíbula que descarna la cara del oponente y éste cae al suelo. Seguidamente ejecuta al que está revolviéndose en llamas. Otro enemigo sale de la incendiada posada y carga contra el eledín. Me apresuro para lanzarle mi lanza, pero el ataque es fallido y ésta se clava en la pared, junto al marco de la puerta. El adversario está a punto de asestar un golpe sin oposición a mi amigo, alza los brazos con su hacha sujeta y… — ¡Zas!— las bolas del mago impactan contra la cabeza del atacante que lo derriba. Agarro mi otra lanza y salgo hacia la posada. Escucho ruido en el interior. Veo a través del ventanal en llamas a Semín, enfrentándose a dos oponentes y necesita ayuda. Shiroge entra en el comedor, yo voy detrás de él, Clarín viene tras de mí. Al cruzar la puerta, observo cómo Shiroge clava su arma en la espalda de uno de ellos que suelta un alarido. El otro intenta devolver el ataque al grandullón, pero consigo poner en medio mi escudo. El golpe es fuerte, pero repelo el ataque. Semín aprovecha para lanzarse con su katana por el flanco del Hombre de las Montañas. Buen ataque que incrusta el arma en el costado, afectando al hígado. Un chorro de sangre densa cae de la herida y se derrama por el cuerpo del último de ellos, que no vacila e intenta seguir luchando, incluso herido de muerte y lanza un último ataque al aire. 221 Justo después clavo mi lanza en el corazón del guerrero. Sus pupilas se contraen y exhala su aliento final. — ¡Victoria!— jalea el hechicero. Registramos los cuerpos de los caídos, pero no tienen nada de valor. En la parte de atrás vemos los cadáveres apilados de los Dalmas. Entre ellos está el cuerpo de Melish. Clarín se inclina ante su amiga y una lágrima cae por su mejilla y susurra unas palabras—: “Addan amal”— Adiós, amiga. — Entreguemos los cuerpos a la tierra— propone el mago. — Tardaríamos horas— le contesto. — Tienes razón, pero al menos enterraré a mi amiga— insiste el hechicero sensiblemente afectado. Conseguimos encontrar un par de palas en la cuadra y nos ponemos a cavar. Entre los cuatro tardamos algo menos de una hora. En el último relevo Semín y Shiroge van a por los caballos. Una vez el procedimiento funerario ha concluido, partimos hacia el sur, dirección al lago Kaalbhart. Aún quedan un par de horas de luz por delante cuando divisamos por fin el gran lago. Nos encontramos cerca de la ladera de una montaña, al oeste de las aguas, por la que discurre el camino. Desde este punto la ruta desciende hacia el sureste, dirección al lago, situado en el centro de un inmenso valle, circundado por una enorme cadena montañosa. A unos cincuenta metros de la orilla, el camino vira de nuevo hacia el sur, manteniendo la distancia con la ribera. — Mirad allí— Shiroge señala a unos juncos en el borde del agua, junto a ellos hay una barca. De nuevo, apartamos los caballos del camino, escondiéndolos en la zona boscosa que envuelve la vía y 222 aprovechamos para dejarles algo de heno y agua, que portan en las alforjas. Comenzamos a avanzar con sigilo dirección al lago, comprobando en todo momento que no hay nadie a la vista. Ya cerca de la barcaza, distinguimos flechas clavadas en su casco. — Hay alguien a bordo— advierte Semín, el primero en llegar—. Parece con vida. Observamos al moribundo hombre, con una flecha clavada en el hombro. Ha perdido mucha sangre y su pulso es muy débil. Saco el frasco con la mitad del brebaje e intento dárselo. Al sentir el líquido en la boca, el herido intenta beber, seguido de una tos. Parece que momentáneamente recupera el sentido. — Hay que huir, hay que huir… — repite con voz débil. — ¿Qué ha ocurrido?— pregunta Semín. — Hombres de las Montañas asaltaron el castillo— explica el hombre con dificultad—. Apresaron a mi señor Farwin. Yo conseguí huir por el pasadizo oculto en la torre suroeste, a través del arroyo de desagüe, que da al lago por un pequeño hueco en la fachada norte. De nuevo el hombre pierde la consciencia. Intento reanimarlo pero su tez se torna rígida y se corta su respiración falleciendo entre mis brazos. — ¿Y ahora qué?— pregunta Shiroge—. Ya tenemos la información. — Pero lo cierto es que estamos muy cerca, quizás podamos acercarnos en el refugio de la noche y acceder al castillo por el acceso oculto— opina Clarín. — Me parece bien, pero dejemos los caballos, nos aproximaremos en el bote— propone Semín, a lo que asentimos. 223 El sol empieza a caer. Sacamos el cuerpo del hombre y embarcamos. Veo que el mago toma el halcón en su mano y le susurra algo. — Miliki vigilará los caballos, si ocurre algo, me buscará— El hechicero asigna la tarea al plumoso guardián. Esperamos a que los últimos rayos empiecen a desvanecerse en el oeste, antes de zarpar. Solo el tenue brillo del cuarto creciente de las lunas nos acompaña. Tras navegar con cautela junto a la orilla durante unas ocho horas, avistamos a lo lejos las antorchas encendidas de las torres del castillo. Decidimos apearnos a una distancia prudencial, como a un kilómetro. Desde allí avanzamos en silencio entre la arboleda que rodea la orilla. Ya cerca de los muros, distinguimos el hueco en su base del lado norte, que mira al lago. — Vayamos de uno en uno hasta la esquina y peguémonos contra la pared— propone Semín. Uno tras otro nos acercamos sigilosamente entre las rocas, que abundan entre la orilla del lago y la fortaleza con forma cuadrada. Tiene cuatro torres redondas conectadas por murallas de diez metros de altura. Llegamos sin problema hasta la base de la que está orientada hacia el norte y avanzamos pegados a la pared en línea. Semín va el primero, seguido del eledín, que va delante de mí. — Aquí está— susurra el encapuchado medio elfo, mientras asoma la cabeza por la oscura alcantarilla. Tiene una apertura de más o menos medio metro en la zona central de las rejas. — Yo no quepo por ahí— se percata Shiroge—. ¡Aparta! El grandullón echa a un lado a Semín y agarra las dos gruesas barras de hierro con sus manos, y pega un fuerte tirón. Ante el tremendo empuje de mi compañero, las rejas comienzan a ceder, redondeándose por la parte central, 224 ampliando el hueco otros quince centímetros por cada lado. Seguidamente nuestro enorme compañero se introduce en la húmeda apertura. Todos le seguimos. Una vez dentro, Clarín realiza su hechizo y aparece de nuevo una luz proyectada, en la palma de su mano, que nos permite ver el lugar con claridad. Se trata de un pasillo de paredes redondeadas, formando una cúpula, en cuyo punto central estimo hay una altura de un par de metros, Shiroge está ligeramente agachado, pero cabemos bien. Por el suelo, corre un apestoso arroyo de aguas fecales, que discurre canalizado por el centro. Avanzamos por el túnel, de unos setenta metros que después gira ligeramente a la derecha. Tras el giro el acceso se abre, formando un húmedo salón circular, de unos tres metros de altura, en cuyos laterales hay un sinfín de pequeñas vías de agua, que se desparraman por las paredes entre musgos. Del otro lado hay un nuevo paso, similar al que hemos seguido hasta aquí. El olor es aún más desagradable, así que nos apresuramos hacia el otro pasillo, de unos setenta metros también. En la punta hay una pared parcialmente derruida que da otro espacio, igualmente circular, pero con el suelo de arena, que forma varios montículos y al que se accede por el hueco desplomado. Sin duda son los cimientos de la torre suroeste. Observamos el espacio detenidamente y entramos. — Mirad aquí— susurra Semín, señalando al techo sobre una de las elevaciones de tierra contra la pared del fondo—. Hay un tirador. Nos acercamos y comprobamos que es sin duda el acceso hasta la torre, pero ignoramos qué es lo que pueda haber detrás. 225 Clarín se pone el dedo índice en los labios, pidiendo silencio, agarra el tirador y apaga la luz. — Fffff— escucho el ligero roce de la trampilla, por la que entra una sutil luz de antorcha. El mago mete la cabeza. — Es una doble pared, oculta tras lo que parece un armario o estantería— nos informa en baja voz—. Voy a salir. ¿Alguien viene? — Yo te acompaño— responde Semín. — Yo también— Me uno. — Yo no sé si cabré— dice cabizbajo el eledín. — Mejor quédate en retaguardia— le contesta el elfo—. Sí que cabes por la trampilla, pero el hueco de detrás es bastante estrecho, podrías hacer algún ruido involuntario que delataría nuestra posición. Resignado, Shiroge acepta el consejo de Clarín y se queda en la sala de los cimientos de la torre. Los demás subimos con cautela y sin hacer ruido. Es cierto que el espacio es bastante estrecho. Estamos rectos contra la pared a la izquierda del hueco y casi toco con la punta de los pies la parte trasera del mueble que oculta el acceso secreto. Con cuidado de no chocar las armas, nos desplazamos lateralmente hasta el borde del hueco. Un leve empujón del mago es suficiente para desplazar, sobre unos raíles ocultos, el aparatoso armario, que desliza casi en absoluto silencio. Del otro lado nos encontramos en una sala redonda, con unas escaleras, una salida que da al patio principal y dos ventanas, una mira al exterior y la otra al interior. Una antorcha sobre un soporte, a la entrada de la escalera, da luz a la sala, aunque me percato de que el alba está a punto de romper y el cielo empieza a clarear a través de la ventana. Nos dispersamos por la habitación. 226 — He escuchado algo— informa Semín, demostrando la agudeza de su oído—. Alguien baja desde la parte superior, ocultémonos. Clarín regresa tras el armario, mientras el medio elfo y yo nos metemos en el oscuro hueco bajo la escalera. Instantes después, escucho pasos que descienden las escaleras. — ¡Qué sueño! Estaba deseando que llegara el cambio de guardia— se oye una somnolienta voz y veo dos Hombres de las Montañas, ataviados con sus pieles, alcanzar la base de la torre. — Pues no vas a poder dormir mucho— le replica el otro—. Está prevista la llegada del hombre de Estrian y sus refuerzos a media mañana. Se nos ha convocado a todos para formar aquí en el patio...— Los hombres abandonan la sala manteniendo la conversación. Salimos de los escondites una vez pasa el peligro. — Será mejor que regresemos— propone Semín. Seguidamente nos metemos tras la estantería y bajamos a los cimientos. — Contemplemos las opciones— dice el mago mientras corre la trampilla y enciende de nuevo su luz. — ¿Qué ha pasado?— pregunta con curiosidad Shiroge. Le relato la conversación de los guardias de la torre, resaltando la circunstancia de que ya está amaneciendo. — Si esperan visita, lo más probable es que refuercen la vigilancia del castillo— aprecia Clarín—. Salir de aquí de día no va a ser fácil. — Pues tendremos que esperar a la noche— propongo y miro a mi amigo eledín—. Tenemos provisiones. — Quizás sea lo más sensato— aprueba el hechicero, que coloca el punto de luz en la pared del fondo. 227 Nos acomodamos todos en silencio. Shiroge saca algo de comida y aprovechamos para desayunar. — ¡Piiiirííííí!— suenan las trompetas del castillo pasada más de una hora, en la que todos hemos estado en silencio, mientras Semín intentaba escuchar algo, sin éxito, a través de la trampilla. — Están empezando a formar en el patio del castillo— nos anuncia el medio elfo, que ha retirado su capucha para oír mejor. Después de quince minutos esperando ya estoy de los nervios y voy a la escotilla. — Ahora están distraídos, saldré a echar un vistazo— anuncio en baja voz a mis compañeros. — ¿Estás seguro?— pregunta el grandullón con preocupación. — Sé lo que hago— respondo—. Confía en mí. Todos asienten y trepo por la trampilla hasta el doble fondo. Tras comprobar que no hay nadie, corro sutilmente la estantería y salgo a la sala, en la base del torreón. Avanzo con calma pegado a la pared, a pesar de tener el pulso acelerado. Trago saliva cuando llego a la ventana que da al interior. Hay más de un centenar de Hombres de las Montañas formando en la explanada, justo delante del edificio principal. En el medio, delante de todos ellos, hay un guerrero mucho más grande que el resto, con una enorme hacha enfundada y envuelto en la piel de un gigantesco oso azul: unos animales temibles, de grandes dimensiones, de piel gris con tono azulado y que habitan las montañas Morguel. — ¡Crack!— Suena el portón principal, del que apenas diviso desde mi posición el lateral. 228 Entra un hombre de oscuras ropas, sobre una yegua de pelo brillante y color azabache. Luce en su mano izquierda un brillante anillo, con un zafiro azul...— Balduur— me digo para mí mismo. Es la primera vez que le pongo cara al despreciable y conspirador capitán de la Guardia del Tridente. Es un hombre apuesto, bastante grande también. Va seguido de un pequeño ejército de unos doscientos soldados del Tridente. Al llegar delante de Túlkar desmonta de su caballo, ambos son de la misma altura aproximadamente. Se dan la mano y comienzan a conversar. El líder de los Hombres de las Montañas ofrece a su huésped pasar al palacio. Una pareja de guardias se aproxima hacia mí. Repto por la pared en silencio y entro tras el doble fondo, para volver con mis compañeros. — Sin duda Estrian y los Hombres de las Montañas se han aliado— señalo en baja voz. Después de explicar los detalles de lo que he visto, decidimos que volver a salir sería demasiado arriesgado, pues el castillo está repleto de enemigos. Solo nos queda esperar a la noche para escapar de allí. — La verdad, Clarín— me dirijo al hechicero para conversar y matar el rato—, estoy fascinado con tu magia y tengo curiosidad. ¿Cómo funciona? — A ver, no es algo sencillo de explicar— contesta mientras echa mano a su saco—, pero lo intentaré. El fundamento principal de la magia es el rezo, a través de él, se canaliza la energía de los Ersan. Para conectar con el poder de las consciencias supremas, primero hay que comprender el significado de la existencia. Todo en este mundo es Mente, la mente del creador. Un ser de luz blanca de la que emanan las cinco energías primeras, los 229 Ersan, y que dotan a todos los seres de consciencia, desde las rocas hasta los Erdan— El elfo extrae uno de sus libros y me lo entrega—. Una vez entiendes el funcionamiento y las reglas de la creación, atisbas a comprender estos libros, que contienen los secretos que esconden dichas reglas. A simple vista son un conjunto de símbolos ininteligibles, sin embargo, con constancia, a través del estudio y la meditación, un día entiendes la primera línea. Es algo inexplicable, es como una manera de enfocar tu mente en el vacío, para encontrar un camino. “Como es arriba, es abajo”. Una vez desenmarañas las primeras líneas, empiezas a comprobar los efectos de los secretos que esconde, es el momento de practicar. Practicar la magia, es como andar el camino, por el que avanzas descifrando todas y cada una de las líneas de los libros de hechizos. La palabra magia es un derivado de una expresión élfica, “Mag ya veiten”… — Conoce aquello que se puede— interrumpo mientras ojeo las indescifrables páginas llenas de extraños símbolos y jeroglíficos. — A la hora de realizar un hechizo, para manifestarlo, tienes que usar una parte de tu energía creadora, y no es ilimitada, por desgracia. Si usas demasiado la magia puedes entrar en shock. En la abadía nos enseñan a conocer nuestros límites de poder— concluye el hechicero. — No he entendido una sola palabra— advierte Shiroge con cara contrariada. — Sí que es difícil de comprender— añado. Al igual que mi compañero, no me he enterado muy bien. — Pues no sé explicarlo mejor— se justifica el mago con una sonrisa. 230 — Aprovechemos para dormir— propone Semín mientras se recuesta sobre su bolsa—. Estaremos toda la noche de viaje. El medio elfo tiene razón, todos nos acomodamos. Nos turnaremos quedando uno de guardia cada tres horas, me toca la última. — Pssss, Mirmi, despierta— escucho la voz del grandullón, y noto cómo me balancea por el hombro. Abro los ojos. — Venga, que te toca guardia— Me mira con una sonrisa. — Claro Shiroge, que descanses— contesto mientras me levanto y estiro los brazos. No he descansado mal del todo, a pesar de la incomodidad de dormir sobre la arena. Miro a mis otros compañeros. Semín duerme de lado, cerca de la pared y Clarín está en postura de meditación, sentado con sus brazos reposando sobre las piernas cruzadas. — Haré una ronda— aviso en voz baja al eledín, que contesta levantando el dedo pulgar. Enciendo mi candil y avanzo bajo el arco del pasillo, cruzo la sala central y llego hasta la apertura del lado norte. Me asomo entre los doblados barrotes. Ya empieza a notarse la oscuridad avanzar por el este, no queda más de una hora para la puesta de sol. Regreso con mis compañeros, luego haré otra ronda. Tras una aburrida hora, en la que he estado haciendo inventario de mis posesiones y afilando mis lanzas con suavidad, regreso a la alcantarilla y compruebo que ya es de noche. La luz de las lunas ya casi medias, se refleja en las tranquilas aguas del lago Kaalbhart. Duka ya se encuentra visiblemente separada de Dalek y muestra su mitad iluminada hacia ella. 231 Ya han pasado tres semanas desde la noche que navegamos sobre las aguas del Lago Énder, recuerdo a la hermosa Haleth apoyada en mi hombro y por un momento me entristezco. Ahora empiezo a entender que la fortaleza de un Dalma no reside en sus músculos, sino en la resiliencia de su corazón. Regreso a avisar de que ha llegado la hora de salir de esa apestosa cloaca. Uno a uno despierto a mis compañeros y con cuidado de no hacer ruido, nos dirigimos a la salida. Semín se asoma con mucha precaución. — Hay guardias en las torres, lo mejor será repetir la estrategia y avanzar hasta la esquina y desde allí pasaremos uno a uno— propone el medio elfo. Seguimos las instrucciones del compañero que encabeza la línea. Al llegar a la esquina hace un gesto con la mano, como pidiendo detenernos. Se agacha y se asoma. Un nuevo gesto de su mano nos indica que podemos continuar y nos reunimos en su posición. — Yo cruzaré primero y vigilaré al guardia— propone el sigiloso Dalma—. Os haré una señal cuando no esté mirando y cruzaréis de uno en uno. El encapuchado comienza a avanzar sigilosamente entre las rocas hasta situarse a la altura de la zona boscosa, junto a la orilla. Hace un gesto y Clarín avanza. Consigue llegar. Es mi turno, voy maniobrando mirando a mis compañeros, cuando me hace un brusco gesto con la palma hacia abajo. Me agacho. Ruedo un poco buscando la cobertura de una roca junto a mí. De nuevo me indican que puedo continuar. Por fin llego junto a ellos. Es turno de Shiroge, sin duda el más visible de todos. El eledín lo está haciendo bien, escoge debidamente la 232 cobertura de las rocas, también lo logra. Sin decir nada avanzamos por la ribera hasta la barca. Navegando con ritmo suave sobre las sinuosas aguas, nos alejamos del lugar. Tras otras ocho horas, cuando empieza a romper la claridad del alba por el este, distinguimos los juncos donde encontramos la barca. Desembarcamos allí y ocultamos el bote. Clarín se concentra y aparece Miliki que revolotea a su alrededor. — ¡Tenemos que apresurarnos!— exclama el mago—. Un contingente de Hombres de las Montañas se dirige hacia aquí. Nos apresuramos a avanzar hasta el camino, miramos a los lados, al fondo como a un kilómetro dirección al castillo, un grupo de no menos cien guerreros avanza hacia nuestra posición. — Crucemos más adelante, más allá de donde gira el camino— propone Semín. Acechamos entre la maleza al borde del camino y lo rodeamos. Conseguimos atravesarlo sin ser vistos y nos dirigimos a los caballos. —Hay otro grupo más adelante, dirigiéndose hacia la posada— avisa el mago—. No podremos pasar por el camino. — Atrochemos campo a través por la falda de la montaña, cabalgaremos al galope hasta la parte más alta del camino y liberaremos a los caballos—propongo a la compañía—. La ruta campo a través será peligrosa, pero podemos ganar tiempo y a la vez rodearlos. — Creo que es lo mejor— asiente Clarín—. ¡Apresurémonos! 233 Salimos a toda prisa y subimos la rampa del camino hasta el punto más alto. Abandonamos las montas y nos adentramos en la maleza bajo la atenta mirada de Miliki. Pasada una hora, desde la altura se distingue con claridad la primera agrupación llegar a la posada. Hacen una parada allí, nosotros continuamos. Transcurrida otra media hora perdemos el contacto visual. El hechicero envía de nuevo al halcón. — ¿Has oído eso?— alerta Semín mientras se gira a su derecha. — ¡Grrr!— El gruñido de un oso resuena por ese flanco, nos reagrupamos, con el mago en retaguardia. Un nuevo gruñido se escucha, pero un poco más a la derecha. — ¡Cuidado!— exclamo al ver un enorme oso azul, con aspecto enfurecido que se abalanza frente a nosotros. Shiroge lanza un fuerte ataque con su mandoble al animal y éste recula. Por nuestro flanco aparece otro que se abalanza sobre mí. Intento colocar mi lanza y protegerme con mi escudo, pero consigue endosarme un doloroso zarpazo en el hombro. Semín ataca al animal, un excelente golpe contra la pata trasera que hace que me suelte. Clarín arroja sus bolas, pero el ataque no resulta efectivo. La lucha del eledín y la bestia es feroz. Mi compañero tiene la iniciativa y lanza otro fuerte golpe contra el oso, que no encuentra la manera de hacer daño a su presa. Por nuestro lado, debido a mi herida, mantengo actitud defensiva, lo que me permite desviar un nuevo ataque. El medio elfo endosa otro golpe con su katana en el animal, esta vez perfora sus costillas hasta los pulmones. El animal suelta un gruñido de dolor, recula, gravemente herido y cae. 234 Shiroge sigue a lo suyo. Un nuevo golpe de mandoble alcanza la cabeza del oso incrustándose en el cráneo y matándolo en el acto. — ¿Estás bien, Mirmaerín?— Clarín se interesa por mi herida—. Déjame ver. — Es un corte limpio, no muy profundo, aunque dejará una bonita cicatriz— constata tras analizar mi hombro. Saco mi bote de ungüento y le pido que me lo esparza, a lo que el elfo accede sin problema. Veo que Miliki regresa. — Parece que se han reunido con otro grupo, junto al desvío de Xandria, creo que se dirigen a Dúltor— da informe el mago. — Pues démonos prisa, a pie desde el cruce no habrá más de cinco o seis horas hasta la ciudad— avisa Shiroge—. Tenemos que dar la alarma. Aligeramos el paso y empezamos a descender la ladera hasta la gran llanura, que separa las montañas de la ciudad costera. Un par de horas más tarde divisamos la ciudad. — Estamos muy cerca— advierte el mago—. Mandaré a mi halcón a ver dónde está el enemigo. Miliki vuela dirección este, nosotros nos apresuramos hacia el camino, a menos de un kilómetro de la ciudad. Estamos en la puerta de la posada “El Gran Descanso” cuando el pájaro regresa. — Vayamos directamente a ver a Gílmed, en un par de horas estarán aquí— nos advierte el hechicero con cara de preocupación. Nos apresuramos y rodeamos la muralla, para evitar el saturado mercado. Tras unos diez minutos llegamos a la plaza de la residencia del alcalde. — Rápido, necesitamos hablar con Gílmed— apremio a los guardias según llego—. Es urgente. 235 — Está en su despacho— informa el guardia. Entramos en el edificio y llamamos a la puerta. — Adelante— contesta el capitán del otro lado. Abro la puerta y entramos en la sala, además del hijo del alcalde, está Névula repasando una documentación con su jefe. — ¿Qué ocurre? ¿A qué viene tanta prisa?— nos pregunta el capitán. — ¡Un contingente de Hombres de las Montañas viene hacia aquí, unos doscientos efectivos!— alerta el mago de la gravedad de la situación. — ¡¿Doscientos?!— pregunta exaltado el capitán—. Solo cuento con cincuenta soldados de la Guardia de las Tres Estrellas y una decena de cadetes entrenados. — Tendremos que enfrentarlos con lo que tengamos, no vienen a hacer prisioneros— aviso con tono amenazante ante la gravedad de la situación. — Sargento— Mira hacia Névula—. Dispón a los guardias, ordena que todo el mundo entre en las murallas y cerrad todas las puertas. Que los barcos desalojen a todo el que no pueda luchar, ancianos y niños. — A sus órdenes, mi capitán— La mujer uniformada abandona apresuradamente la sala. — ¿Podemos ayudar en algo?— se ofrece Shiroge. — Únete a las defensas tras las puertas— ordena al grandullón—. Los demás cubrid a los arqueros en las pasarelas sobre los muros— Hace una pequeña pausa mientras asentimos—. Pero antes de que partáis, ¿habéis conseguido alguna información sobre Kaalbhart? Clarín relata al oficial todo lo sucedido durante nuestra expedición con bastante detalle. — Está bien, primero defendamos esta ciudad— concluye Gílmed. 236 Nos apresuramos hacia nuestras posiciones, mientras suenan las campanas del edificio de los guardias. Al salir a la plazuela veo que empieza a cundir el pánico y los soldados se apresuran a dirigir a las masas. Cruzamos por la gran plaza y me percato de que los comerciantes recogen los puestos a toda prisa. Por la calle junto a la taberna, se aprecia al tumulto intentando subir a algún barco, mientras los guardias intentan organizarlos. Llegamos ante las puertas, un grupo de treinta arqueros preparan sus arcos y su carcaj. Nos subimos todos a la pasarela sobre el portón, salvo Shiroge, que ayuda a reunir hombres para apostarse tras ella. Clarín envía a Miliki, que no tarda en regresar. Ya vienen. Pocos minutos después les vemos aparecer tras la curva del camino y enfilan para pasar por delante de la vacía posada, a la que prenden fuego con antorchas. Vienen gritando como bestias, a paso lento pero firme, las primeras líneas traen lanzas, la retaguardia hachas y escudos. Avanzan frente al cementerio cuando, por fin, la línea de temerosos arqueros, liderados por Névula, terminan de tomar sus posiciones. Bajo nosotros, Shiroge destaca entre los cincuenta hombres, la mitad uniformados, tras los cuales un serio Gílmed organiza a sus soldados. — ¡Cargad!— ordena la sargento. El enemigo se lanza en estampida cuando están a una distancia de cincuenta metros. — ¡Disparad!— grita la mujer al mando. La primera descarga hace mella sobre la primera línea de los asaltantes, pero los que logran pasar arrojan sus lanzas sobre la muralla acabando con algunos de nuestros arqueros. 237 — ¡A discreción!— el grito de Névula resuena en la línea, cuando veo una lanza impactar contra su torso, que hace que la sargento se despeñe de la pasarela. La segunda línea de enemigos porta escalinatas y un enorme ariete de madera que levantan entre una decena de hombres. — ¡Neutralizad el ariete!— grita Clarín, mientras lanza sus bolas que impacta en la cabeza de uno de ellos. Una lluvia desordenada pero incesante cae sobre los asaltantes y genera muchas bajas, pero no les hace desistir. Una escalinata se agarra a la muralla junto a mí, por la que aparece la cabeza de un adversario, al que le lanzo un ataque con mi lanza, que impacta contra su cuello y el enemigo cae. Semín se percata de un segundo hombre que alcanza la pasarela y se encara con él. — ¡Pum!— un primer golpe del enorme ariete hace que la repisa tiemble, mientras más enemigos alcanzan nuestra posición y empiezan a acabar con nuestros arqueros, que huyen despavoridos. Veo que Semín acaba con su rival y me mira. — ¡Retrocedamos!— grita al ver que la posición está perdida. — ¡Pum!— un segundo golpe aún más fuerte, rompe los cierres del portón, justo en el momento en que alcanzo la parte baja de la muralla. Me uno a la línea de contención que han formado en la avenida principal, junto a Shiroge y Semín, no veo a Clarín. Una embestida de feroces guerreros con sus hachas se abalanza sobre nosotros. — ¡Cargad!— grita el capitán. El cruce es brutal, secos golpes de espada y gritos de dolor se entremezclan en la sangrienta batalla. 238 Shiroge está fuera de sí. Cubierto de sangre, va segando vidas de salvajes, lo que sube la moral en nuestra tropa, que empuja al mermado contingente enemigo. Por fin veo a Clarín, ha conseguido encontrar un sitio elevado desde donde ataca a la falange enemiga por la espalda, lanzándoles piedras. Los aguerridos Hombres de las Montañas luchan hasta el final, ninguno huye, ninguno se rinde, todos mueren. 239