9 El oscuro secreto de Kaalbhart. La victoria es amarga, hemos sufrido cuantiosas bajas. Todos los sanos nos afanamos en auxiliar a las decenas de heridos. Se oyen los gritos de dolor de los supervivientes, entre los cadáveres desmembrados que se esparcen por el suelo bañado de sangre. Tardamos una hora en organizar a los heridos, tiempo en el que otros lugareños llegan a ayudar. Se ve que los barcos se han mantenido a una distancia prudencial y tras la batalla regresan a puerto. Los lamentos y llantos de las madres y los familiares de los caídos, ensordecen todo lo demás. Algunos jóvenes ayudan a apartar los cuerpos. Gílmed me llama la atención mientras intento salvar la vida del joven muchacho que he visto un par de noches atrás. No le abandono. Tiene un tajo profundo en su clavícula, cuya hemorragia ha logrado detener temporalmente con sus manos. Consigo, usando el ungüento y presionando la herida, que deje de sangrar el tiempo suficiente para suturarle. Durante todo el proceso el adolescente clava sus ojos en los míos con la mirada asustada. Por suerte creo que saldrá de esta. Una vez realizo el aparatoso vendaje, dejo al débil cadete al cuidado de uno de sus compañeros y me apresuro a reunirme con el capitán, que conversa con los otros Dalmas en la entrada de la Gran Plaza. — Ya estamos todos— señala el oficial a mi llegada—. Como digo, aún no he recibido respuesta de Néster. Si queréis, en agradecimiento por vuestra inestimable 240 colaboración, puedo fletar uno de los barcos de la guardia, para que os lleve a Íshar. — Sería de gran ayuda— contesta Clarín—. Gracias. — Vayamos a mi despacho, os pagaré lo acordado por la misión y daré órdenes para que preparen la nave para mañana al alba— continúa el capitán—. Esta noche os hospedaréis en la posada Luz del Norte. Todo corre de mi cuenta. Empieza a caer el sol cuando salimos de la residencia del alcalde. Vamos directamente a la taberna, todos estamos exhaustos. Entre la caminata, la lucha con los osos y el intento de asalto a la ciudad, el día ha sido muy movido. Han habilitado la sala de la taberna más cercana a la plaza como improvisado sanatorio, con camas donde los heridos descansan bajo los atentos cuidados de dos curanderas y algunos familiares que dan una mano. Veo al muchacho al que he prestado auxilio que está dormido. Lo mejor será dejarle descansar. Nos sentamos en la otra sala. Está casi vacía, solo un par de ancianos beben en la barra, junto a la joven tabernera que les observa con gesto serio. — Buenas noches, señores— nos saluda al vernos. — Buenos noches, señorita— contesto—. El capitán Gílmed nos ha ofrecido alojarnos en su posada. — ¡Por supuesto, señores!— responde la joven con cara de admiración—. Ya me he enterado de que han arriesgado sus vidas por protegernos. Les prepararé mis mejores habitaciones. ¿Quieren beber o comer algo? — Ponga cuatro cervezas— responde Semín. — Y algo de comida— añade el hambriento eledín. Nos sirven las cervezas y un excelente estofado de pescado y mariscos. Por fin podemos relajarnos un rato y 241 pasamos la velada haciendo chanzas sobre la aventura en el castillo. Un elfo de melena rubia y piel clara, vistiendo una túnica verde, entra por la puerta que da hacia el puerto, Álerin, seguido de una elfa morena y bastante antipática, Ghoidiel. — ¡Álerin!— exclama Shiroge al ver aparecer al Gran Maestre de los guardianes de la Luz de Rosa. — Buenas noches, amigos Dalmas— nos saluda el elfo al entrar—. Hemos recibido el mensaje. Tenéis que contármelo todo. Después de saludarnos, nos sentamos todos en torno a una mesa y comienzo a relatar lo sucedido con todos los detalles. El ataque de la serpiente de mar, el cautiverio en los cuatro picos, la persecución de la gema rosa, la misión en Kaalbhart y el ataque a la ciudad. — ¡Vaya!— nos contesta Álerin, sorprendido al conocer todos los peligros vividos hasta ahora. Incluso la arquera parece dibujar una cara de incredulidad. Alguien entra de nuevo por la puerta, es Gílmed, le deben haber avisado de la llegada del elfo. — Buenas noches, Dorin— saluda primero a la posadera—. Me parece que es hora de cerrar. La joven asiente al capitán y se dirige a los dos ancianos de la barra. — Ya habéis oído al capitán— avisa a los hombres—. Es hora de cerrar. El oficial se acerca a nosotros, mientras la tabernera desaloja a los enfadados clientes. — Mi nombre es Gílmed, capitán de la Guardia de las Tres Estrellas— se presenta al recién llegado—. Parece que ya ha encontrado a los aventureros que buscaba. — Yo soy Álerin, consejero de la corte del rey Arathan VI— contesta el elfo—. Ya me han contado lo ocurrido. 242 — Como puedes ver, acabamos de sufrir un asalto por parte de los Hombres de las Montañas— justifica el desorden. — ¿Qué opina el alcalde Murkan de todo esto?— se interesa Álerin por el máximo responsable de la ciudad. — Mi padre lleva una semana muy enfermo, está mayor y sus fuerzas menguan— revela el oficial el estado de salud del anciano regente. — Lo conocí cuando era un joven teniente, siempre demostró una gran serenidad. Como la que muestran aquellos que saben llevar el peso de la responsabilidad— rememora el Gran Maestre—. He de verle. Quizás pueda hacer algo por él. En esta difícil situación, con los Hombres de las Montañas adentrándose hacia el norte, los Guardias del Tridente avanzando hacia Gáldoras apoyados por los Siervos de Amán y los mares del oeste controlados por el Almirante pirata Altamir, no sobra el consejo de un experimentado líder como es su padre. — Vayamos pues, señor Álerin— Acepta la ayuda Gílmed. Les acompañamos y nos dirigimos a la residencia del alcalde. Esta vez seguimos adelante a lo largo del pasillo de las estatuillas, hasta llegar al fondo a una gran puerta. Gílmed la abre con delicadeza y entramos. Hay un anciano balbuceando, tumbado sobre una lujosa alcoba. Junto a él, una joven con ropas de sirvienta, seca la frente del enfermo, que respira con dificultad entre algún arranque de tos. — Sasha, puedes dejarnos— dice el capitán a la muchacha, que inclina la cabeza y sale de la sala. Álerin se acerca al moribundo anciano y se coloca junto a la cama. Extiende los brazos mientras sujeta su bastón con la mano derecha. 243 — Murkan, soy Álerin, el áratra— usa un término que desconozco—. Sigue mi voz, y ora conmigo, que el poder de Mahara te dé vida. La piedra en el bastón de Álerin comienza a brillar hacia la figura del encamado, que alza su pecho y coge una gran bocanada de aire. — Hágase tu voluntad, Amán— habla el alcalde con voz susurrante—. Pero antes de que me lleves a la oscuridad de Órdor, la luz de la verdad será revelada. Me libero de mi juramento y abrazo mi castigo. La piedra de la destrucción fue escondida bajo el lago Kaalbhart, bajo custodia de mi familia, mil años atrás, solo el señor del castillo es conocedor del lugar donde se encuentra enterrada. — Aaaaahhh— suelta un leve alarido y su mirada queda fija con sus pupilas contraídas. — ¡Padre!— El capitán agarra las manos de Murkan. — Ya navega junto a Amán— Álerin intenta consolar al oficial y coloca su mano en el hombro de Gílmed. Dejamos solos al difunto y a su hijo. Sasha, que escuchaba tras la puerta, está afectada por la noticia. Entra en la sala al abandonarla nosotros. — ¿Qué hacemos ahora?— pregunta Clarín al consejero. — Supongo que mañana será el entierro del alcalde. Por respeto, el protocolo dice que si hay una autoridad del rey, como es mi caso, debe presidir y organizar el funeral— explica el elfo—. Dadas las circunstancias, haremos un homenaje a todos los caídos de esta tarde. — ¿Y qué hay de la piedra de la destrucción?— pregunto al consejero. — Sin duda es un asunto urgente, tras los funerales yo partiré a Íshar— me contesta—. Tengo otra misión para vosotros. Habéis mencionado que sabéis de un acceso oculto hasta el castillo y que el hombre de la barca os dijo 244 que habían apresado a Farwin, señor del castillo de Kaalbhart, ¿verdad? — Así es— confirma Clarín. — ¡Tenéis que rescatarle!— nos propone con mirada fija. — Pero eso es un suicidio, todo un ejército se asienta en el castillo, ni con quinientos hombres podríamos conseguirlo— contesto ante la imposibilidad de lo que nos pide. — Tengo un plan— responde el Gran Maestre—. Enviaré un cuervo a Wíldor, señor del Espino Rojo, para que lance un ataque desde el sur por el paso de Bandur, un señuelo para movilizar las tropas del castillo hacia el desfiladero, que les da una gran ventaja posicional. Una vez el castillo quede despejado podréis entrar y liberarle. El plan parece arriesgado, pero la confianza del elfo es total. No faltos de dudas, todos asentimos menos la elfa. — ¿Y qué ganaremos por jugarnos el pescuezo?— pregunta Ghoidiel. — ¿Te parece poco, la libertad y la gloria?— contesta con tono malhumorado Álerin. — No veo por qué tengo que jugarme el cuello por la libertad de otros y a cambio de nada— insiste la arquera mostrando sus inconveniencias. — Mañana tras el funeral nos reuniremos y aclararemos los detalles, incluida la recompensa— resuelve el consejero del rey—. Si no hay nada más, es tarde y hay mucho trabajo que hacer. — Solo una pregunta más— interrumpo la despedida de Álerin—. ¿Qué es áratra? — Sin duda eres un hombre observador— me contesta con una sonrisa—. Yo soy un áratra, un custodio elfo enviado a velar por el reino de Aradín. 245 Una vez aclarada mi duda, nos dirigimos a la posada. Es tarde, apenas un grupo de guardias se ve en la gran plaza. Nos saludan con la mano, por lo que se ve nos hemos hecho famosos. Subimos a nuestras habitaciones y agotados, nos vamos a dormir. Suena algo de lluvia en el exterior. Abro los ojos. Una tenue claridad entra por la ventana de mi lujosa habitación individual. Me asomo por ella, que está situada en la primera planta de la taberna y que da hacia la gran plaza. Hoy no hay mercado y veo con claridad el templo de Túlmar. En una de sus columnas hay un cartel, que se empieza a mojar con la débil precipitación. Me visto y bajo al comedor. Más de medio salón está ocupado por lugareños que desayunan. Mis compañeros no están. — Señor Mirmaerín— los clientes me van saludando según paso por su lado, a lo que respondo inclinando la cabeza como muestra de cortesía. Me siento en una mesa y enseguida Dorin viene a atenderme. — ¡Buenos días, señor Mirmaerín!—saluda la mujer con una gran sonrisa—. ¿Qué puedo servirle? — ¡Buenos días! Tráigame algo de pan, queso, un par de huevos fritos y algo de beicon…— le pido el desayuno ya que estoy hambriento—… y una jarra de leche de cabra, endulzada con miel. — Por supuesto— me contesta y con un alegre giro se va hacia la barra. — ¡Bravo! ¡Plac, plac, plac!— se oyen vítores y palmadas tras de mí. Al girarme me percato de que está entrando Shiroge, aclamado por los clientes, con la tez un tanto ruborizada y saludando con la mano. Llega hasta mi mesa. 246 — ¡Menudo recibimiento!— exclama el eledín—. ¡Hace que se me levante el apetito! Está bien un poco de humor, especialmente esta mañana de luto. La camarera trae mi leche. — Señor Shiroge, ¡pero qué guapo viene usted esta mañana!— la tabernera hace al eledín objeto de sus atenciones—. ¿Qué le pongo para desayunar? Esos fuertes músculos gastarán mucha energía! — Lo que haya pedido mi compañero, pero doble ración— responde el grandullón con su habitual elocuencia. — ¿Sabes algo de Clarín y Semín?— me pregunta mi compañero una vez estamos a solas. — No, acabo de bajar. Pregúntale a tu novia cuando traiga el desayuno— le contesto con sonrisa maliciosa. — ¿Es guapa, verdad?— mi compañero busca complicidad en mí. — Sí que es bonita y muy simpática, pero te recuerdo que eres un Dalma… No hay sitio para el amor en nuestro estilo de vida— le contesto con cierto pesar. — Pero lo mismo… no sé, pasar un buen rato juntos estaría bien— El joven eledín se ruboriza. La verdad es difícil de explicar que un hombre de su actitud en el combate y los momentos de peligro, pueda ser tan tímido y entrañable en los momentos de intimidad. Terminamos justo de desayunar, cuando Clarín y Semín entran en la sala. Les acompaña la elfa arquera, siempre con cara seria. — Buenos días, compañeros— saluda Clarín al llegar a la mesa. — Buenos días— respondemos Shiroge y yo al unísono. — Parece que los preparativos del homenaje van bien, ya han cavado las fosas para darles sepultura a los cuerpos— 247 nos explica el mago—. Me ha pedido Álerin que os informe, pronto lo hará público el vocero. — Pues vayamos al cementerio— respondo—. Ya hemos desayunado. — ¡El homenaje a los héroes caídos tendrá lugar en media hora!— se escucha pasar al vocero por la puerta. Nos levantamos, al igual que la mayoría de los clientes, mientras otros apuran sus desayunos, y salimos para presenciar el acto fúnebre. Se ven caras tristes y lágrimas bajo el cielo gris. Varias hileras, con los cuarenta y dos caídos en el asedio, se sitúan en torno al gran nicho ornamentado de Murkan, metidos en sacos junto a las fosas donde reposarán. Suenan trompetas cuando aparece por la parte baja del cementerio la figura de Álerin, seguido por un grupo de portadores, entre ellos Gílmed, que elevan sobre sus hombros y en solemne procesión, al difunto alcalde. Un grupo de aldeanos recorre tras ellos el sendero. Al llegar a la tumba principal, introducen el cuerpo en la apertura frente a la lápida donde se lee: “Aquí yace Murkan, alcalde de Dúltor durante cincuenta años y fiel servidor del rey. Que los Ersan no olviden su nombre.” — Habitantes de Dúltor— Álerin comienza con el discurso—. Hoy es un día de luto por los caídos, pero también es un día de esperanza. Estos hombres y mujeres que han dado su vida por defender de la barbarie sus hogares, los vuestros, son muestra del coraje de la sangre de vuestro pueblo, mártires que han dado vida a un nuevo futuro. Personalmente haré saber a su majestad el rey Árathan lo sucedido aquí, para que glorifique sus nombres. Para que la ciudad de Dúltor y la historia de la resistencia de su pueblo nunca acaben en el olvido. Hoy es día de 248 luto, sí, por nuestro gran alcalde Murkan, que tras una vida dedicada al servicio de la ciudad, con lealtad al rey, nos ha abandonado también. Pero de este dolor saldremos reforzados, y la historia pondrá en su lugar a los valientes que lucharon, que luchan y que lucharán por el bien y la justicia. Que los Ersan hagan inmortales sus nombres. Todos observamos en silencio, roto por los lamentos de los familiares y amigos que dan su última despedida a sus seres queridos, cómo los enterradores cubren de tierra las fosas. Dorin también está presente, aprovecha la oportunidad para colocarse junto a Shiroge, le coge de la mano y se abraza a su musculado brazo entre sollozos. El grandullón la consuela acariciando su cabeza. Tras el acto, todos abandonamos el lugar en silencio. Álerin viene hacia nosotros. — Venid a la residencia del alcalde, tenemos una misión por organizar— nos apremia el áratra. Juntos, el Gran Maestre y los cinco Dalmas, nos dirigimos hacia allá. Por el camino, hombres y mujeres del pueblo no cesan de saludarnos y estrecharnos la mano. Especialmente a Shiroge, al que claman como héroe y que han apodado El Matasalvajes. Una vez en el edificio, pasamos a un salón de reuniones, justo en frente del despacho del capitán, y nos sentamos todos en torno a una mesa. — Lo primero, he estado meditando acerca de la recompensa que ha reclamado Ghoidiel. Dada la peligrosidad de la misión, estoy dispuesto a dar un montante de diez monedas de oro a cada uno— El consejero mira a la arquera—. ¿Es suficiente? — No está mal— responde secamente—. Aceptaré por ese dinero. 249 Los demás asentimos sin más. — Bien— continúa Álerin—. Pues una vez aclarado ese tema, planeemos la misión. Tenemos que coordinarnos bien para que funcione. Hay que dar margen a Wíldor, que debe organizar a sus tropas y marchar hasta el paso de Bandur. Supongo que tres días, desde la recepción del cuervo, son suficientes. ¿Seréis capaces de estar en el castillo en tres días? — Creo que la mejor manera es ir a pie, atrochando por la falda de la montaña hasta el lago. Hemos escondido la barca del soldado de Kaalbhart, seguramente siga allí. Usaremos la noche, como la vez anterior, para acercarnos al castillo y entrar en su hueco. Si no descansamos, en veinticuatro horas estaremos listos— aclara Clarín. — Pero deberéis descansar, no podemos arriesgarnos a que el cansancio haga mella en vosotros y dé al traste con la misión—responde el consejero. — Podemos dormir por el día, en la sala de los cimientos de la torre— propongo—. Preparad el ataque tras el almuerzo, así usaremos el refugio de la noche para rescatar al rehén y huir del castillo. — Tenemos que ser muy precisos, la maniobra de ataque es solo una distracción. En cuanto las tropas enemigas lleguen al paso, el ejército del Espino Rojo tendrá que recular y escapar— añade Álerin—. Se darán cuenta de que algo sucede. — ¿De cuánto tiempo dispondremos?— pregunta Semín. — Hay tres horas de marcha desde el lago hasta el estrecho del paso, pero si descubren la trampa, un grupo de jinetes al galope podrían tardar menos de una hora en regresar al castillo— le contesta el Gran Maestre. — Está bien, creo que es tiempo de sobra. Esperaremos una hora, una vez el contingente abandone el lugar, para 250 que no tengan tiempo de ser avisados. A partir de ahí, tendremos dos horas para rescatar al prisionero. Supongo que estará en las mazmorras en el sótano del palacio— comienza a explicar su plan el medio elfo—. Una vez salgamos del castillo, Clarín puede enviar a Miliki para avisar. — Pero hay demasiada distancia, podría no volver— replica preocupado el mago. — Será voluntad de los Ersan que el halcón vuelva a ser libre, si no encuentra el camino de vuelta— dice la elfa con poca empatía. — Está bien— acepta cabizbajo el hechicero—. Si es la mejor manera, así se hará. — Enviaré ahora mismo el cuervo con toda la información a Wíldor— sentencia Álerin—. En dos días, al amanecer, deberéis partir. De todas maneras, os avisaré cuando obtenga respuesta del señor del Espino Rojo. Todos asentimos y nos despedimos. — Shiroge y Mirmi, acompañadme; hay algo que debo deciros— nos llama la atención el Gran Maestre. — Claro— respondo con cierta preocupación, puede que traiga malas noticias. — La verdad, quiero daros las gracias por todo lo que lleváis hecho, poniendo en riesgo vuestra vida— empieza a hablar el áratra una vez estamos solos—. Os he traído esto. El consejero saca dos hermosas pulseras; tienen un cristal de dos colores, azul y verde, engarzado en una lámina de oro blanco y atado por unas resistentes tiras de cuero. — Estas son las pulseras de los compañeros— nos describe—. Se trata de unos objetos de gran valor, que canalizan la energía de los portadores y conectan una con otra, de forma que mejoran todas las acciones que realizan 251 de manera conjunta— El elfo nos las ofrece una a cada uno—. Os hago entrega de ellas como agradecimiento de mi parte y también en nombre del rey, por el desempeño de vuestra misión. — Muchas gracias, Álerin— respondemos ambos mientras nos las ponemos. — Ahora descansad estos dos días y disfrutad todo lo que podáis— se despide el elfo. Nos despedimos y nos dirigimos de regreso a la posada La Luz del Norte. Los cinco Dalmas nos reunimos en el comedor habilitado de la taberna. Ya durante el almuerzo, ponemos en común nuestras inquietudes sobre la peligrosa misión que nos han asignado. — Me preocupa que los ocupantes del castillo no caigan en la trampa— comenta Semín. — Pues no nos quedaría más remedio que volver sobre nuestros pasos y abortar la misión— le contesta Clarín. — No creo que podamos prever lo que está por pasar— doy mi opinión con cierta despreocupación. — Pero si se huelen la trampa, lo mismo refuerzan la vigilancia y nos quedaríamos encerrados en esa apestosa cloaca— señala de nuevo el medio elfo. — Pues llevemos muchas provisiones por si acaso— destaca Shiroge, cuya paciencia merma sustancialmente con hambre. — Sois una banda de cobardes— agrega Ghoidiel—. Cuando estemos en la situación buscaremos soluciones a los imprevistos. — Tienes razón— reafirmo a la arquera, alabando su valentía—. Pero una buena planificación puede ser la diferencia entre el éxito y la muerte. 252 Terminamos la comida y nos dispersamos. Yo visitaré el templo de Túlmar, hace varios días que no hago mis oraciones, sin duda, es buen momento para contar con el beneplácito de los Erdan. Shiroge no me acompaña esta vez, percibo que sigue interesado en su romance con Dorin, la tabernera, y se queda en la posada bebiendo. Clarín y Semín van a ayudar a la reconstrucción de la incendiada hospedería El Gran Descanso. — ¿Tú no rezas a los dioses?— pregunto a la solitaria elfa que parece no saber muy bien qué hacer. — No con asiduidad, la verdad— me contesta. — Si quieres vente conmigo, ahora somos compañeros y no está de más que nos vayamos conociendo— le ofrezco acompañarme. — Está bien, iré contigo— contesta con cierta desgana—. Pero no hace falta que seamos amigos, basta con que trabajemos juntos para llevar a cabo la misión. La frialdad de la elfa me resulta intrigante. Le gusta ir por su cuenta, no depender de nadie y tomar sus propias decisiones. Para llevar a cabo nuestra tarea hará falta que trabajemos en equipo. El pequeño templo de granito está vacío, hay una hilera de bancos en el centro, justo enfrente de una estatua sencilla del Erdan, rodeada de ofrendas florales. — Qué birria de templo— critica mi acompañante con actitud un tanto irrespetuosa. — No es importante el lugar del rezo; ni los ídolos que reciben las ofrendas— le corrijo con seriedad—. Lo importante es la voluntad sincera de adoración. La elfa me mira con desinterés. Lo doy por perdido y ocupo un lugar en los bancos y me concentro en mis oraciones. 253 — ¿No has terminado aún?— me mete prisa Ghoidiel tras unos diez minutos. — Ya termino— Intento no perder la calma con mi nueva compañera. Concluyo con la oración, voy al cepillo y hago mi ofrenda arrojando dos piezas de plata en él. — ¿Dos de plata?— pregunta la arquera con cara de incredulidad—. Si vas a regalar tu dinero, mejor dámelo a mí. — Cada uno con lo suyo hace lo que le parece adecuado— le contesto un poco enojado—. ¿No dices que no quieres hacer amigos? ¡Pues métete en tus asuntos! — Jajaja. ¡Qué fácil es sacarte de quicio!— se burla de mí la impertinente Dalma. Miro a la arquera, su actitud me tiene un poco descolocado. Tomo una bocanada grande de aire, seguida por un suspiro de resignación. Volvemos a la taberna, el grandullón no está, ni tampoco Dorin, que ha sido sustituida por un joven lugareño. Nos sentamos en una mesa. — ¿Fumas?— me pregunta Ghoidiel mientras saca una pipa y una bolsa de tabaco. — La verdad es que sí, pero mi tabaco se mojó en el naufragio y no he podido comprar más— respondo. — ¿Tienes pipa?— ofrece—. Es del Espino Rojo. Asiento y saco mi pipa. La cargo con un poco de su hierba para fumar y la enciendo. El sabor no es el mismo de la que solía comprar en Gáldoras. — ¿Qué van a tomar?— por fin el ajetreado tabernero nos pide comanda. — ¿Tienes hidromiel?— pregunta la elfa. — Sí, señora. Una excelente hidromiel que elaboran cerca de Xandria— contesta el camarero. 254 — ¡Pues pon dos cervezas!— se burla del joven con una sonrisa. — Eeeeh, por supuesto, ahora se las sirvo— responde el descolocado joven. Bebemos y fumamos, pero sin conversar, solo nos observamos mutuamente intentando analizarnos. — ¡Aaay, aaaaay, aaaaaay, por todos los Erdan!— Se oyen los gemidos de placer de Dorin proveniente de la planta superior. — Parece que no eres el que mejor usa la lanza del grupo— me comenta la elfa con actitud burlesca. — Jajaja— me hace gracia el comentario, quizás por la cerveza, o quizá por las hierbas de extraño sabor que la elfa me ha dado para fumar. Lo cierto es que suelto una llamativa carcajada, poco habitual en mí. Después de unos minutos, entran en la sala los amantes. Shiroge se acerca a nosotros y Dorin regresa a la barra. Se buscan con la mirada mientras caminan cada uno a su lugar y el eledín choca con su silla. — Vaya, vaya, aquí vuelve el donjuán—hago la broma al grandullón con una sonrisa. — ¡Calla, Mirmi, no me dejes en evidencia!— responde el sonrojado compañero. El resto de la tarde pasa tranquila, bebemos los tres juntos y bromeamos con el romance de nuestro amigo. La verdad es que siento un poco de envidia, hace ya mucho que no siento el calor de una mujer. Al anochecer regresan Semín y Clarín, y cenamos todos juntos. Algunos lugareños entran en la posada, además de la tripulación de un barco mercante que acaba de atracar, lo que llena la única sala en uso de la Luz del Norte. Hay una lugareña que no para de mirarme. Impulsado por mi estado de embriaguez echo valor y me acerco. 255 — Buenas noches, hermosa dama— saco a relucir mi faceta seductora—. Puedo invitarla a un trago. — Es un honor, señor Mirmaerín— me contesta ruborizada. Sin duda esto de ser un héroe ayuda y mucho con las féminas. Uffff, qué dolor de cabeza. Siento el contacto de la piel suave de un cuerpo desnudo abrazado al mío y abro los ojos. Ya es de día, la joven que conocí la noche anterior está tumbada a mi lado dormida. No recuerdo su nombre, pero me vienen recuerdos intermitentes de una buena velada con ella. Aparto su brazo e intento levantarme. — Buenos días, guapo— me susurra la chica al oído. — Buenos días— le respondo un poco cortado. — ¿Tienes algo que hacer? Todavía es temprano— La joven comienza a acariciar mi pecho dirigiendo sus manos a lugares más sensibles. — Supongo que tengo un rato— respondo y la beso. De nuevo fluye la pasión entre nosotros, la mujer sin duda es puro fuego y no tarda en encenderme. Me coloco sobre ella entre sus piernas, ella arquea su espalda y gime de placer… Tras el segundo asalto de apasionado sexo, nos vestimos y bajamos a desayunar. Todos los compañeros están en una mesa terminando su desayuno, cuando aparecemos por la puerta. Shiroge me mira con una sonrisita cómplice. — Voy a unirme a mis compañeros— informo a mi cariñosa nueva amiga—. Nos veremos más tarde. — De acuerdo— responde la joven un poco seria—. Luego nos vemos. Me siento a la mesa con los demás y Dorin enseguida viene a atenderme. — ¿Qué va a ser esta mañana?— ofrece la tabernera. 256 — Ponme lo mismo que ayer, por favor— respondo—. Una pregunta Dorin, ¿conoces de algo a la muchacha que ha bajado conmigo? — La verdad es que sí, vive en una granja en las afueras— me contesta. — ¿Cuál es su nombre?— pregunto un tanto avergonzado. — Lía, es hija de un terrateniente acaudalado— me da detalles. — Gracias, Dorin— La tabernera se dirige a la barra. — Te recuerdo que eres un Dalma. No hay sitio para el amor en nuestro estilo de vida…— repite mis palabras Shiroge burlándose de mí. Todos nos reímos. Ha pasado la jornada tranquila, después del almuerzo he ido a dar un paseo a la enorme playa que se sitúa al oeste de la ciudad y me he acercado al faro. Me resulta muy relajante contemplar el inmenso mar azul que se expande hasta donde llega la vista. Al caer el sol, regreso, quiero visitar al muchacho al que ayudé el otro día antes de que sea muy tarde. Mañana emprenderemos la marcha hacia Kaalbhart y me gustaría estar bien descansado. Tras comprobar que el joven cadete de la Guardia de las Tres Estrellas se recupera positivamente y recibir algún que otro elogio, voy al comedor para cenar. Allí se encuentran los otros Dalmas y me uno a ellos. — Buenas noches a todos— Álerin entra por la puerta del comedor saludando. — Buenas noches— todos devolvemos el saludo. — Por fin ha llegado la respuesta del Espino Rojo— nos informa cuando llega a la mesa. — ¿Y bien?—pregunta Clarín. — Wíldor ya estaba al corriente de la caída del castillo de Kaalbhart, de hecho, tiene a sus tropas listas para 257 atacarlo— explica el áratra—. Dice en su mensaje, que tenía pensado asediar el castillo, pero que por salvaguardar la vida del rehén seguirá el plan que le he indicado. Sin embargo, el grueso de sus tropas se encuentran en Fortcrass, para atacar por el amplio paso del sureste. Ha decidido coordinar un ataque por ambos flancos. Primero por el paso de Bandur, según la estrategia, para que liberéis a Farwin, y después los aplastará por su retaguardia. — ¡Un gran plan!— opino, a fin de cuentas, el que todo un ejército acuda a la batalla, nos dará tiempo de sobra para completar nuestra misión. — Mañana por la tarde iniciará la marcha con el señuelo, al anochecer estará en el estrecho— el consejero confirma la estrategia—. Tendréis toda la noche para actuar, pues de madrugada llegará por retaguardia el contingente principal de las tropas del Espino Rojo. — Mañana partiremos antes del alba; si nos apresuramos, podremos estar al anochecer en el castillo— asevera el mago. — Pues vayamos a descansar— aconsejo a mis compañeros. — Yo tengo planes luego con Dorin— reconoce Shiroge—. No sabía que saldríamos tan temprano… — Pues no te entretengas, hay que madrugar y la jornada será larga y peligrosa— recomienda Semín. — ¿Y por qué no vamos a caballo?— pregunta Ghoidiel—. Hay solo unas ocho horas al galope. — No podemos llamar la atención— corrijo a mi compañera—. Si nuestros enemigos sospecharan algo, puede que no caigan en la trampa, o lo que es peor, que ejecuten al prisionero. 258 — Como queráis, pero me parece absurdo— lleva la contraria la elfa, pero acepta el plan inicial. — Pues si ha quedado claro, yo también me iré a descansar— se despide Álerin—. Mañana al alba me dirigiré a Íshar para reunirme con Néster y ponerle al corriente de todo en persona. Todos asentimos, acabamos la copa y nos vamos a los dormitorios, todos salvo el eledín, que no renuncia a su último encuentro romántico con su bonita tabernera. — Toc, toc— suena la puerta. — Arriba, Mirmaerín, es hora de irnos— se escucha la voz de Semín. Abro los ojos, todavía es de noche, pero he descansado suficiente y no me cuesta alzarme y prepararme para el viaje, así que con brío recojo mis cosas y salgo de la habitación. El mago, la arquera y el medio elfo, siempre con su capucha puesta, están en el pasillo. — ¿Y Shiroge?— pregunto a los demás. — Ya ha bajado, decía que tenía hambre y Dorin le ha preparado algo de desayunar— me responde Ghoidiel con cara de resignación. Bajamos al comedor y allí está el eledín. Le acompaña su enamorada, que le mira con fijación, mientras termina el desayuno. — Buenos días, chicos— saluda con la boca todavía llena. — Buenos días— se adelanta la elfa a responder—. ¿Has terminado o qué? — Ya estoy, ya estoy…— Se empieza a levantar el grandullón. — Anoche Lía vino preguntando por ti— me comenta Dorin con una sonrisilla. — Tengo ahora cosas más importantes entre manos— respondo con seriedad. 259 — ¡Vámonos ya!— exclama la arquera con impaciencia mientras se dirige la primera a la puerta—. Dejaos de chorradas. Por fin partimos rumbo a la misión, aún es de noche cuando tomamos el camino de Xandria. Después de un par de kilómetros lo abandonamos y avanzamos entre senderos por la llanura en dirección sur. Empieza a amanecer, no hay incidentes, un par de horas después llegamos a la vertiente norte de las montañas Morguel, y tomamos dirección este. Más tarde, divisamos a lo lejos, hacia el noreste, el camino y la posada donde atacamos a los Hombres de las Montañas, parece que todo está tranquilo. Llegamos hasta el alto del camino donde liberamos a los caballos y descendemos hasta las cercanías del lago. Todo va como la seda, incluso la barca sigue escondida junto a los juncos donde la dejamos. Ya ha pasado el sol del mediodía y paramos a almorzar antes de zarpar. — No me gusta, demasiado tranquilo— comenta Ghoidiel. — Supongo que la pérdida de los efectivos en el asalto a Dúltor les ha obligado a retrasar posiciones— responde Clarín intentando dar confianza. — Lo que esté por pasar, que pase, vamos a comer y que los Ersan decidan el devenir de la misión— termina con la conversación Shiroge, que reparte las provisiones. — Puede que sea pronto para tomar la barca— se percata Semín—. Si nos divisan al llegar, podemos dar la misión por perdida. — Tienes razón— asiente Clarín—. Hay ocho horas hasta el castillo, pero es visible desde mucho antes. Lo ideal es esperar al menos un par de horas. 260 — Estoy de acuerdo— doy la razón al mago tras calcular los tiempos—. Así se hará de noche a falta de tres horas para llegar, distancia suficiente para no ser vistos. — Pues comamos, ocultémonos y descansemos un rato— opina el eledín. Tras el almuerzo buscamos un lugar donde ocultarnos y nos acomodamos, sin perder ojo del camino y los alrededores. Pasa el tiempo sin incidencias, así que botamos la barca y comenzamos el viaje por el lago. Tras cuatro horas, el sol empieza a descender en el oeste. — Enviaré a Miliki a echar un vistazo— rompe el silencio el mago. Seguidamente susurra al halcón, que alza el vuelo. Tras algo más de media hora regresa el ave. — Las huestes abandonan el castillo— informa el hechicero. — Apretemos pues el paso, ya es de noche. Cuanto antes lleguemos, más margen tendremos para afrontar imprevistos— propone con acierto Semín, y Shiroge aumenta el ritmo de los remos. Llegamos al sitio aproximado donde dejamos el bote la última vez, y decidimos repetir la estrategia. Cruzamos la pequeña arboleda y llegamos a las rocas frente a la fortificación. Reptamos entre ellas con sigilo, alcanzamos sin problemas la base de la muralla norte y accedemos a la alcantarilla. — ¡Qué asco!— se queja la elfa. — Tápate la nariz, es solo olor— le contesto con cierta brusquedad. Clarín enciende su luz y avanzamos por el redondeado túnel hasta la sala central y luego por el otro pasillo hasta los cimientos de la torre suroeste. Todo parece en orden. 261 Semín escucha a través de la trampilla, por si hay alguien del otro lado. — Todo despejado— nos informa el medio elfo—. Será mejor que no entremos todos juntos, primero subamos dos a comprobar la situación, luego moveremos la estantería y los demás subirán cuando esté todo despejado. — Buena idea— reconozco a mi compañero—. Yo te sigo. Todos asienten y el encapuchado corre la trampilla y sube, yo voy tras él. No se oye nadie en la sala, tal y como dijo Semín, que desplaza la estantería sobre sus raíles y accedemos a la habitación redonda donde la antorcha está iluminada. Percibimos detalladamente los alrededores y me asomo por la ventana. No se ve a nadie en la explanada delante del palacio. — Retiremos el mueble y demos la señal para que suban los demás— le susurro a mi compañero. Con ayuda de Semín movemos el mueble y todos nos reunimos en la sala de la planta baja de la torre. — Se ve que han dejado pocos efectivos— aprecia Clarín. — Apresurémonos antes de que nos descubran y vayamos al palacio— propone Shiroge. Salimos de la torre y avanzamos rápidamente, intentando hacer el menor ruido, hasta la entrada del palacio. — La puerta está cerrada— comenta en voz baja Semín—. Intentaré forzar la cerradura. El medio elfo saca una ganzúa y la introduce en el orificio de la llave. No le está siendo fácil, se ve que no es muy habilidoso. — ¡Tac!— una flecha se clava en la puerta, justo al lado del medio elfo, antes de que pueda abrirla. — ¡Nos han detectado!— advierte Clarín señalando a la torre sureste justo cuando suena una trompeta. 262 Al mirar la torre veo a dos arqueros apostados en una posición muy ventajosa, han fallado el primer disparo, por suerte, pero el segundo arquero tiene el arma cargada y nos apunta. Con tremenda habilidad, Ghoidiel carga su arco y lanza una flecha hacia los guardias, acabando con el que está a punto de disparar, que cae dentro del recinto. — ¡Apártate!— ordena Shiroge al encapuchado, que obedece al instante. El grandullón asesta una tremenda patada a la puerta que destroza la cerradura y la abre. Entramos a refugiarnos de los disparos de los otros guardias, de la torre suroeste, que se preparan para atacarnos. Dentro del palacio hay un enorme salón con diez columnas, cinco a cada lado, que se alinean hasta un trono sobre un pedestal. Veo tres puertas a la izquierda y un pasillo junto a la entrada a la derecha, que da hasta unas escaleras por donde aparecen cinco Siervos de Amán. Portan espadas anchas y escudos y cargan contra nosotros. Primero la arquera lanza un ataque a uno de ellos, la flecha atraviesa el bíceps del brazo del arma, y esta cae al suelo. Justo después el eledín da un tremendo golpe de mandoble contra el escudo de otro, rompiéndolo y haciendo que el adversario se tambalee. Yo consigo asestar un golpe débil pero bien colocado, que frena el ataque del que está a su lado. Uno se dirige al indefenso mago y el otro hacia el encapuchado medio elfo. Semín consigue parar el ataque con su escudo, pero Clarín parece perdido. El hechicero levanta la mano, como cuando dirige su luz proyectada, pero esta vez un proyectil de electricidad sale de su palma y golpea el pecho del 263 enemigo que cae al suelo inconsciente como consecuencia del shock generado por la descarga. El medio elfo consigue responder el ataque y asesta un buen golpe en el costado que hace que el adversario retroceda. Una nueva flecha pasa cerca por mi lado, arrancando la oreja del sectario que está frente a mí. Aprovecho la distracción para hincar mi lanza en el corazón de mi enemigo y acabar con él. Shiroge embiste a su adversario con el escudo y éste cae al suelo. Un segundo ataque con el mandoble le parte la cabeza en dos. Semín sigue ocupado con su rival, parece que le cuesta acabar con él y voy en su ayuda, mientras el grandullón remata al primero que recibió el flechazo y que trataba de huir, con un fuerte ataque por la espalda. Yo doy un golpe por el flanco al último, que grita y pierde la concentración, lo que es aprovechado por Semín que alcanza al enemigo con su katana y le propina un gran corte en el cuello. El sectario cae y se ahoga con su sangre. — ¡Cierra el portón!— grita Clarín a Ghoidiel que está en la retaguardia. La elfa obedece y encaja la puerta. Clarín coge una de las espadas de los caídos y la bloquea. — Al menos quedan siete más fuera del palacio—aprecia Semín. — De momento no les va a resultar fácil entrar por esta puerta— responde Clarín—. Apresurémonos, tenemos que dar con Farwin. — Bajemos aquellas escaleras, se supone que los calabozos del castillo están en el sótano— señala el encapuchado medio elfo, y nos dirigimos hacia allí a toda prisa. 264 Descendemos la escalera de caracol y llegamos a una puerta. Shiroge, que va el primero, no pierde un segundo y le da una fuerte patada que la derriba. Del otro lado, un sorprendido carcelero no tiene tiempo a reaccionar; primero una flecha, seguida de un golpe de mandoble, acaban rápidamente con él. En la sala hay una mesa y una silla, además de una puerta en el centro, que da a un pasillo donde se apostan, a ambos lados, ocho celdas. — Aquí están las llaves— Saca Semín del bolsillo del guardia un llavero, tras registrarle. Accedemos al pasillo de las celdas, todas están vacías, hasta llegar a la última donde se encuentra un hombre. Se ve que ha sido cruelmente torturado. Tiene el torso desnudo y la piel hecha jirones. Su cara está muy dañada también, con los labios hinchados y los ojos morados, con las escleróticas enrojecidas. Además, le han arrancado las uñas de sus manos y algunos dientes. — Farwin— le llama la atención Clarín, pero el hombre no se inmuta. Abrimos la puerta y comprobamos que, aunque muy débil, sigue con vida. Hago lo que puedo para curar las heridas que siguen abiertas en el cuerpo del hombre y gasto todo el ungüento que me queda. — Vayámonos, necesita ayuda de un sanador— les digo a mis compañeros. Shiroge coge al hombre con cuidado en volandas y salimos de la apestosa mazmorra. Al subir las escaleras oímos trompetas en el exterior. — Subiré a la azotea— se ofrece el medio elfo—. Intentaré ver cómo está la situación fuera. Nos quedamos en el pasillo junto al salón del trono durante unos minutos, todo parece calmado en el exterior. 265 — ¡Son las tropas del Espino Rojo!— exclama Semín al regresar. ¡Los Siervos de Amán huyen del lugar! Ghoidiel quita la espada que bloquea la puerta y la abre. La explanada está despejada. El portón principal está entreabierto, alguien lo empuja y se abre de par en par. Aparece un hombre moreno de unos treinta y cinco años, con la barba perfectamente recortada, que luce un magnífico uniforme de cuero rojo y que viene seguido de un ejército, de unos quinientos hombres, que también acceden al interior. El oficial nos mira y se acerca tranquilamente hasta nosotros. — Así que vosotros sois los famosos Dalmas— se dirige a nosotros con tono serio—. Yo soy Wíldor, señor del Espino Rojo. — Mi señor Wíldor— respondo con presteza—, este hombre moribundo es Farwin, necesita ayuda urgente. — Está bien, lo llevaremos a Íshar— ordena el líder—. Subidlo a un caballo y dadle montas también a los Dalmas, no hay tiempo que perder. 266