PARTE III 11 Éler, siervo de Eusarg. El viaje de vuelta ha sido tranquilo, llegamos a Dúltor por la tarde. El capitán Galdin está esperándonos en la posada. Hemos decidido, con su aprobación, navegar de noche para llevar la piedra lo más rápido posible a Íshar. Shiroge se despide apresuradamente de Dorin después de la cena y nos vamos sin dilación al barco. Tras una tranquila travesía alcanzamos nuestro destino al amanecer. Sin perder un minuto subimos a la abadía. No tarda Néster en aparecer al saber que estamos de vuelta. — ¡Bienvenidos, amigos Dalmas!— nos saluda el abad a la entrada del edificio principal—. Habéis sido realmente rápidos. ¿La tenéis? — Así es— responde Clarín mientras le entrega el saco con la roca. — ¡Muy bien!— celebra Néster—. Anoche recibí un cuervo del templo de Túlmar, las investigaciones de Álerin y Mithrail han llegado a buen puerto y vienen de camino, esta noche estarán aquí. Descansad la jornada de hoy, de que lleguen nos reuniremos con ellos y veremos qué han descubierto. — ¿Qué hay de la recompensa?— pregunta enseguida Ghoidiel. — Daré orden de que os preparen las veinte monedas de oro para cada uno. Podéis recogerlas en la primera planta del edificio capitular— responde el abad. Todos asentimos y el abad regresa dentro del edificio. 293 — Yo estoy descansado— me comenta Shiroge—. ¿Quieres que vayamos a la posada a desayunar? — De acuerdo— le contesto—. Después vayamos a la tienda de alquimia, necesitaré más pociones. Mi compañero asiente. Tras recoger la recompensa, nos despedimos de los otros Dalmas y abandonamos la abadía. Entiendo por qué el grandullón prefiere comer fuera del monasterio, la comida no es muy buena allí. Todo lo contrario que en la taberna junto al camino, justo al bajar la rampa, donde nos sirven un excelente desayuno. La posada es pequeña y tranquila. Hay algunos estudiantes con sus túnicas y sus libros, que pueden permitirse gastar algún dinero en disfrutar una buena comida. Después nos dirigimos a la tienda “Mag ya ed pris” y compro otras dos pociones, Shiroge insiste en pagarlas. Luego vamos a una armería justo enfrente. El eledín puede permitirse pagarse un bonito escudo del mismo material que el mío. Pasamos el resto del día paseando por la ciudad. Comemos en la taberna junto al muelle de los pescadores, en la punta del espigón y al atardecer nos encontramos en el puerto del oeste. Veo un barco atracar y distingo en la cubierta a Álerin y Mithrail. Nos acercamos a saludar. — ¡Vaya, ya estáis de vuelta!— se sorprende el áratra—. ¿Ha ido todo bien? — La verdad es que sí, hemos llevado a cabo la misión con éxito y no hemos tenido ninguna baja— contesto con satisfacción. — Pues nosotros traemos noticias— añade Mithrail—. Vayamos a la abadía, allí os lo contaremos todo junto a Néster. 294 Regresamos a la colina y subimos a la tercera planta del edificio principal. Al llegar, el abad y Clarín nos esperan en la salita donde se ubican las escaleras. — ¡Bienvenidos!— nos recibe el anfitrión—. Entremos en la sala de reuniones. Una vez sentados a la mesa, Néster saca la piedra del saco y la coloca en el centro. — Esta es la Roca Negra, la piedra de la destrucción, la gema de Órdor— relata el abad—. Perdida tras la Gran Matanza y ahora hallada por estos valerosos Dalmas. Sin duda contiene un poder maligno sin parangón. — Según los textos que hemos estudiado sobre las piedras, ninguna puede ser destruida, pues dan el equilibrio a la existencia de todos los seres. Las de la creación pueden ser usadas, si se conocen las oraciones, pero cargan de poder a la roca negra que actúa por sí sola. Una especie de reacción de contrapeso— relata Mithrail—. Los Erdan desconfiaban de los segundos hombres y vetaron el uso de la Luz de Rosa antes de entregársela, creando un objeto: el Santórum de Yabel. Este artefacto es necesario para decodificar los rezos, que activan la Gema de la Vida. Hace mil años, las otras razas llegaron a un acuerdo y se prohibió el uso de las demás, guardándolas solo como un símbolo del derecho de libertad e independencia de cada raza. — Durante los primeros mil años de esta era, los líderes que custodiaban las piedras las usaron sin miramientos. Creemos que eso explica el nacimiento de los Hombres de las Montañas Morguel, al estar la roca negra oculta en la zona— sigue Álerin—. Del mismo modo, según los textos del Gran Templo de Túlmar, de la creación de los eledines nacieron los bolgs, del nacimiento de los elfos surgieron los 295 dragols, pues las criaturas de Amán provienen de la Gema de Órdor. — ¿Y dónde se encuentra el Santórum de Yabel?— pregunta Néster. — Fue escondido por Tísmik, Erdan del juego, el azar y el ingenio— responde Mithrail—. Solo Éler, el siervo supremo de Eusarg, Ersan de la ganadería, la comida y los animales, sabe dónde se ubica. — Si un ser del poder de Éler guarda el secreto, ¿no hay nada que temer? ¿no?— pregunto. — No podemos estar seguros de que Ostírelin sea ajeno a todo esto— responde Álerin—. Las oscuras artes de Amán son totalmente impredecibles, será mejor asegurarnos. — ¿Pero cómo?— pregunta Clarín. — Localizando a Éler y recuperando el Santórum— contesta el áratra—. Por lo que sabemos se fue a los Páramos Rocosos donde levantó un templo en honor a su señor Erdan, en las cercanías de la colina de los vientos. — Según he leído, los Páramos Rocosos son un lugar muy peligroso— advierte Clarín—. Allí habitan toda clase de criaturas de Amán, especialmente dragols; esos seres de piel escamada no permiten a nadie adentrarse en la desértica llanura. — Así es, es una tarea peligrosa, pero ya habéis demostrado con creces estar preparados para ella— responde Néster a su subordinado—. Pagaremos de nuevo a los dos Dalmas, Ghoidiel y Semín, para que os ayuden en la tarea. — Está bien— se adelanta el valiente Shiroge—. Contad con nosotros. — ¿Qué aspecto tiene Éler?— pregunto. — Por su apariencia se diría que es un eledín de gran altura, de pelo y barba gris— me contesta Álerin—. Yo lo vi 296 una vez, hace ya casi dos milenios. Solía vestir un sombrero de lana, también gris, regalo de Eusarg. — Hablaré con Galdin, el capitán, para que tenga listo su barco mañana al amanecer. Hay tres días de navegación hasta Fálkdir, la ciudad al norte de los páramos— ofrece Néster. — Así sea— responde Mithrail—. Yo hablaré con los Dalmas y llegaré a un acuerdo con ellos. Todos asentimos y abandonamos la sala. Por las ventanas se observa que ya es de noche. — Lo mejor será que cenemos y nos vayamos a descansar— propongo a mis compañeros. — Está bien, nos reuniremos al amanecer en el claustro— asiente Clarín. Tras la abundante pero insípida cena nos vamos a descansar, tal y como hemos acordado. — Toc, toc, toc— la puerta interrumpe mis oraciones antes de dormir. Al abrirla Álerin y Shiroge están del otro lado. — Buenas noches, Mirmaerín— saluda el consejero del rey—. Tengo algo para vosotros, acompañadme— Seguimos al áratra por el pasillo hasta su habitación. — Hace más de un mes que estáis al servicio de esta causa, arriesgando vuestras vidas, sufriendo todo tipo de calamidades— empieza diciendo una vez estamos dentro—. Para esta difícil tarea os he traído algo. El elfo abre un armario y saca unas telas que esconden algo de gran tamaño. Retira el envoltorio dejando ver una lanza y un mandoble. — Mirmaerín, te entrego esta lanza mágica de precisión. Sirve especialmente para ser arrojada. Su forma, su peso y el resistente acero mágico hace que los ataques sean más efectivos que con cualquier lanza normal— Me entrega el arma—. Shiroge, a ti te entrego el mandoble demoledor. 297 También de acero mágico, una aleación muy especial que hace su filo prácticamente irrompible, doblando el poder de los ataques. — Gracias— respondemos al unísono. — Estas armas son muy especiales, fabricadas antes de las edades de los hombres. Espero os sirvan para llevar a cabo esta misión con éxito— añade el áratra. Nos despedimos de Álerin y volvemos a nuestras habitaciones. Termino mis rezos y me voy a dormir. Nos espera un largo viaje hasta Fálkdir. Después de reunirnos los cinco Dalmas, nos dirigimos al puerto del este de Íshar, donde Galdin nos espera. — Buenos días, señores— nos saluda el capitán elfo—. Pueden embarcar, estamos listos para zarpar. Subimos a cubierta, el navío suelta amarras y comienza la travesía. — ¿Cúal es el itinerario, capitán?— pregunto una vez zarpamos. — Esta noche dormiremos en Dúltor, mañana en Xandria y al final del tercer día de navegación, llegaremos a Fálkdir— me contesta Galdin. Anochece el tercer día de travesía, sin incidentes. Shiroge ha tenido la oportunidad de despedirse de Dorin en Dúltor, desde entonces está algo cabizbajo. La parada en Xandria ha sido muy tranquila, siguen reconstruyendo la ciudad del ataque de los Hombres de las Montañas, pero parece que poco a poco vuelve a la normalidad. Por fin divisamos a lo lejos un pequeño faro. Por lo que se ve, Fálkdir, famoso por su carne de buey, es un pequeño pueblo de ganaderos, con enormes fincas delimitadas, que ocupan toda la llanura junto al litoral. Distingo mientras atracamos, que justo enfrente del muelle hay una posada. 298 — Gracias por el viaje, capitán— me despido de Galdin—. Espero tenga un retorno igual de tranquilo. — Ha sido un placer— contesta—. Que los Ersan os acompañen en vuestra aventura. Nos dirigimos directamente a la posada. Dormiremos aquí e intentaremos conseguir alguna información sobre el paradero de Éler. En el letrero de la taberna, sobre la puerta situada en el centro de la fachada e iluminado por lámparas de aceite, se lee en bóldor “El Ternero Saltarín”. Tiene un amplio salón, con siete mesas rústicas de madera, en torno a una enorme chimenea central, donde grandes piezas de buey se asan lentamente, a una distancia prudencial de las vivas llamas de la hoguera. Hay una mesa libre, las demás están ocupadas por vaqueros, con sombreros de copa alta y ala ancha, casi todos con chalecos de cuero de vaca, cinturones con vistosas hebillas y botas de piel con grandes espuelas. Salvo una mesa, donde hay tres hombres muy elegantes y una mujer con un bonito vestido y bisutería. Tienen aspecto de ser de ciudad. Les acompañan un medio elfo y un humano guerreros, seguramente los guardaespaldas. Nos sentamos en la mesa desocupada. — ¡Qué bien huele aquí!— Olfatea Shiroge ante el delicioso olor a carne asada que desprende la chimenea. — Cenemos algo y pidamos habitaciones— sugiere Ghoidiel. — No estaría mal informarnos un poco, quizás alguien sepa del paradero de Éler— añade Clarín. — ¡Buenas noches, forasteros! ¡Bienvenidos a la posada El Ternero Saltarín!— aparece el tabernero—. Mi nombre es Dumas ¿Qué puedo ofrecerles? 299 — Buenas noches, señor Dumas. Pónganos cinco cervezas— pide Semín. — Y algo de ese buey asado que están preparando y que tiene un magnífico olor— El eledín se relame. — Por supuesto, señores— contesta el tabernero y se dirige a la barra. Tras unos minutos, Dumas nos sirve la bebida, coge un gran plato de barro y se acerca a la chimenea. Con una afilada espada de hoja fina, va cortando trozos de la enorme pieza de carne que se está asando, a la vez que la va girando con asombrosa habilidad. De entre las brasas extrae unas patatas asadas y las sirve también en el plato. Luego lo coloca encima de la mesa con un cuenco de sal gruesa, otro con una mezcla de hierbas aromáticas y un tercero con una salsa de color naranja. — Tengan cuidado con la salsa, es extremadamente picante— nos aconseja el tabernero. — Muy amable, señor Dumas— agradece Clarín—. ¿Tiene habitaciones para esta noche? — Por supuesto, dispongo de varias habitaciones: tres individuales, dos dobles y dos para cuatro personas— nos ofrece. Nos quedamos con las dos dobles, una para Shiroge y para mí, una para Clarín y Semín, y una individual para Ghoidiel, que lleva todo el viaje un tanto callada cosa que, la verdad, es de agradecer. — Si eso es todo…— dice el posadero. — Una cosa más, si no le importa— detengo al hombre antes de que se vaya—. ¿No conocerá usted a un eledín que vive por esta zona del reino? Se llama Éler, es bastante alto, con pelo gris y barba gris, con un sombrero del mismo color. 300 — Por la descripción creo que se refieren al extraño amigo de Gaunas, el mercader— responde el tabernero—. No viene mucho por aquí, pero alguna vez lo he visto. Tiene exquisitos modales. — ¿Dónde podemos encontrar al señor Gaunas?— pregunta Semín. — Tiene un puesto en el mercado, justo detrás de la posada— contesta señalando la parte de atrás. — Muchas gracias, señor Dumas— dice el mago—. ¿Qué le debemos por todo? — Una pieza de plata por las habitaciones y cinco de bronce por la cena y la bebida— contesta el hostelero y el elfo le paga. Casi se me caen las lágrimas con el impresionante asado. Nunca he comido una carne tan jugosa, sin duda mejor que la que probé en el embarcadero de Émet, que me pareció excelente. De hecho, nadie ha dicho nada hasta terminar toda la cena. Con los estómagos llenos y cansados por la larga travesía, no tardamos en irnos a dormir. Suenan cencerros y el paso de ganado fuera de la posada, y abro los ojos. Shiroge también se ha despertado. Al asomarme a la ventana, que da a la parte trasera del hospedaje, por donde comienza a clarear el sol matutino, veo a un par de hombres a caballo, guiando una docena de reses por las puertas del mercado. — Buenos días Mirmi— me saluda mi compañero—. ¿Qué está pasando ahí fuera? — Por lo que se ve transportan el ganado al mercado— le contesto—. Son madrugadores estos vaqueros. — Bajemos a desayunar— me propone el siempre hambriento eledín. 301 Nos encontramos a nuestros compañeros en el pasillo, que también se han despertado con el ruido de los bovinos y bajamos todos juntos. En el desayuno nos sirven además de pan y embutidos, una especie de pasta oscura de buey, de un sabor intenso que solo el grandullón parece disfrutar. Una vez hemos terminado, pedimos unas provisiones a Dumas, luego salimos y nos dirigimos al mercado. Es un gran edificio cuadrado, de una sola planta, pero de más de cuarenta metros de lado, con una entrada bastante ancha en el centro, que da a un patio circundado por unas barreras de madera, en torno al cual se disponen las tiendas, casi todas de productos cárnicos. — Disculpe— pregunto a un tendero—, ¿conoce usted a Gaunas? — Claro que le conozco, señor. Tiene un puesto del otro lado, pero por lo que he visto, aún no ha llegado— responde con cortesía. Nos dirigimos hacia allí y encontramos un único puesto cerrado. Tras esperar unos minutos decidimos interrogar al de la tienda de al lado. — Es extraño— se sorprende el hombre—. Hace tres días se fue hacia el sur, por el sendero que lleva a los Páramos Rocosos, a ver a un amigo. Aunque el sitio es peligroso, Gaunas suele ir a menudo a visitarle. Debería haber vuelto. — Muchas gracias por la información— responde Clarín. — Creo que deberíamos ir para allá sin perder más tiempo— propongo al grupo—. Esto no me huele bien. Sin más dilación, salimos del mercado y nos dirigimos hacia el sur, donde encontramos un sendero. Grandes fincas valladas se extienden a cada lado, con cientos, si no miles, de cabezas de vacuno vagando libremente entre encinas y charcas. 302 Como una hora más tarde, termina la zona habitada y llegamos a un terreno bastante llano, aunque con suaves pliegues. Está sembrado de grandes rocas que se esparcen hasta el horizonte. — Parece que hemos llegado— observa Semín—. A partir de aquí será mejor que extrememos las precauciones. Seguimos avanzando siguiendo el difuminado paso. Paramos a comer y continuamos sin perder demasiado tiempo. Por la tarde divisamos a lo lejos una colina, parece que hay una figura en lo alto. — ¡Quietos!— advierte Semín al llegar a un pequeño badén, mientras señala hacia el sur—. He oído algo. De lo alto de una loma aparecen seis seres humanoides de piel escamada y tono gris, con grandes bocas. Lucen membranosas crestas en vez de cabellos, tienen constitución robusta y un metro y setenta centímetros de altura. Portan espadas anchas y escudos. — ¡Dragols!— grita Clarín mientras se concentra. Las criaturas de Amán cargan hacia nosotros desde una distancia de unos cincuenta metros. Lo mismo hacemos el eledín, el medio elfo y yo. Una flecha golpea débilmente en el hombro de uno de ellos, en el momento en que arrojo mi nueva lanza. Es cierto que es muy cómoda y el lanzamiento va con precisión, impactando en el pecho de otro, atravesando su corazón y haciéndole caer de espaldas. Un proyectil eléctrico acierta a otro, matándolo en el acto, justo cuando Shiroge y Semín llegan al encuentro de los dragols. El grandullón golpea con fuerza a una de las criaturas de Amán y le hace retroceder. El encapuchado falla con su ataque y recibe un débil golpe en el escudo por parte de su adversario. 303 Otro de los dragols me ataca mientras agarro mi otra lanza, pero consigo detener el golpe con mi escudo. Una nueva flecha de Ghoidiel impacta esta vez en el estómago, produciendo una fea herida en el enemigo. La cabeza de otro vuela por los aires segada por el mandoble de Shiroge. Un mal movimiento hace que Semín no pueda golpear a su enemigo de manera franca. Yo lanzo un nuevo ataque, la punta de mi arma se clava en el cuello del adversario. El eledín sigue a lo suyo, un golpe de su mandoble acaba con la vida del último dragol, que a pesar de estar rodeado intentaba seguir luchando. — Enviaré a Miliki a ver si hay más— informa Clarín mientras se concentra—. Parece que está todo despejado de momento, pero será mejor que avancemos con rapidez, me temo que este páramo es poroso y está lleno de cuevas que usan las criaturas. Aceleramos el paso y una hora después llegamos a los pies de la pequeña colina. En lo alto hay una enorme estatua de Thal, Erdan surgida de Aunas, Ersan del viento. — Subamos a la cima— propone Semín—. Así tendremos mejor perspectiva. No tardamos en llegar y contemplar atónitos la magnífica estatua de la Erdan de la música, la magia y la orientación. Mira hacia el sur con la mano alzada y viste unas telas que ondean en la misma dirección, simulando el viento del norte. Mide más de cinco metros de altura y está situada sobre un soporte de unos tres metros de alto por cinco de ancho. Frente a la estatua en la cara sur hay algo escrito en éledar Shiroge lo lee: —“Aunas, Ersan del viento, soplas desde el norte, arrastrando este rezo, abre tus puertas y seguiremos tu camino, 304 abre tus puertas, Aunas, Ersan del viento”. — Parece un acertijo— señala Clarín. — Soplas del norte arrastrando este rezo…— repito las palabras. — Estamos en el lado sur, quizás hay que repetirlo del otro lado— propone Ghoidiel. — Probemos— está de acuerdo Shiroge. Damos la vuelta al inmenso pedestal y nos colocamos en medio en la cara norte. El eledín recita las palabras en su idioma. — ¡Clack!— Se abre una rendija justo en frente del grandullón, que mete la mano y tira con fuerza, abriéndose un acceso hacia el interior, con unas escaleras que descienden. — Entremos— propone Clarín. La escalinata da a una sala cuadrada, de unos tres metros de lado, en cuyo centro hay un pequeño escalón cuadrado de mármol blanco. En la pared de enfrente hay otra inscripción. —“Con tu rezo mueves el viento, viento del este, viento del oeste, viento del sur, el viento abre una puerta y cierra las otras, el viento abre una puerta y otorga la bendición de Aunas”.— Lee el eledín. — Yo voy a rezar al sur— advierto a mis compañeros y me coloco sobre el escalón. — Aunas, Ersan del viento, he aquí tu humilde súbdito, tu fiel siervo, que mi rezo te acompañe y sea arrastrado por el viento— recito una vieja oración que recuerdo. 305 Una lánguida luz amarilla sale de la pared y se me acerca hasta meterse en mí. De repente me siento bien, como si estuviera protegido y con una agradable sensación de paz. — ¿Estás bien, Mirmi?— se interesa Shiroge. — Genial amigo, todos deberíais rezar— respondo. Uno a uno mis compañeros se colocan sobre el pequeño pedestal blanco. Cada uno reza a su manera, cada uno reza hacia el lado que le parece, todos sienten la bendición del Ersan. — Podríamos descansar aquí— recomienda Semín—. Se ha hecho de noche mientras orábamos y este parece un lugar seguro. Asentimos y nos instalamos en la cámara bajo la inmensa estatua. Decidimos repartir guardias, no queremos sorpresas a pesar de que el sitio parezca seguro. A mí me toca la última junto a Semín. Shiroge me despierta, las dos primeras guardias han pasado sin incidencia, es turno para mí y el medio elfo, que nos mantenemos en silencio. Él se queda al lado de la entrada, yo en el interior. — Psss, Mirmaerín— me llama la atención mi compañero. Me acerco a él sin hacer ruido. Al llegar a su posición veo que me señala hacia el norte y me asomo a la puerta. Veo a lo lejos dos enormes criaturas, de unos tres metros de altura, de piel gris oscura. Visten taparrabos y portan grandes mazas. — Bolgs— digo con cierto temor. Había oído hablar de ellos, pero nunca había visto a ninguno, están a una distancia de unos doscientos metros, y caminan en dirección perpendicular de este a oeste. — Parece que no nos han detectado— susurra Semín. — No hagamos ruido— recomiendo—. Parece que pasan de largo. 306 Por suerte, las criaturas de Amán siguen su camino sin incidencia, pero el hecho de saber que andan por ahí nos mantiene alerta el resto de la guardia. Por fin comienza a amanecer. Despertamos a nuestros compañeros y les informamos del peligro. — Si se dirigían hacia el oeste dudo mucho que nos encontremos con ellos— señala Clarín. Tras un rápido desayuno, dejamos atrás la colina de los vientos y seguimos avanzando hacia el sur. El paraje no ha cambiado mucho desde que entramos a los páramos, el terreno es ondulado y moteado de enormes rocas dispersas por todas partes. — ¡Atentos!— nos alerta Ghoidiel tras unas dos horas, al llegar a lo alto de una loma—. Hay algo allí adelante. — Enviaré a Miliki— ofrece el mago, que se concentra para comunicarse con su emplumada mascota. Tras quince minutos el halcón regresa y revolotea en torno al hechicero. — Parece que hay un caballo muerto— nos informa. — Acechemos entre las rocas y veamos de qué se trata— propone Semín. Hacemos caso al medio elfo y nos dirigimos con cuidado hacia el cuerpo del equino. Al llegar nos percatamos de que no hay peligro alrededor y percibimos el animal con más detalle. — Sin duda ha sido víctima de una emboscada— advierto al ver las heridas de arma en el cadáver del caballo negro con manchas blancas. — Hay rastros de pisadas, parecen humanas, se dirigen al este— observa Semín. — Enviaré a Miliki a investigar— De nuevo Clarín usa a su pequeño espía volador. 307 Esperamos durante un cuarto de hora. Por fin regresa el ave. — Se ve que hay una cueva habitada unos tres o cuatro kilómetros al este— da parte el mago. — Vayamos para allá, me da en la nariz que este caballo es del comerciante, Gaunas, seguramente esté en peligro— propongo a los demás. — Pero nosotros no hemos venido aquí a liberar a nadie— me contradice la arquera—. ¿Por qué arriesgarnos por un humano al que ni siquiera conocemos? — Pues, para empezar, si conseguimos liberarlo estoy seguro que nos ayudará a encontrar a Éler— defiendo mi postura—. Además, estaríamos haciendo lo correcto. — Yo estoy contigo, Mirmi— me apoya Shiroge. — Yo también estoy de acuerdo en ir a rescatarlo— concede Clarín—. Si nos acercamos lo suficiente podré ver a través de los ojos de Miliki y tendremos una gran ventaja. Semín asiente y Ghoidiel no tiene más remedio que aceptar la voluntad de la mayoría. — Está bien, pero no quiero oíros quejaros si alguno de nosotros cae innecesariamente— concede la malhumorada elfa. Avanzamos hacia el este con sigilo, buscando cobertura entre las rocas y los pliegues del terreno. Una vez nos acercamos lo suficiente, el mago se concentra en el halcón y éste echa a volar. — ¡Nooooooo!— se lamenta el hechicero. — ¿Qué ha pasado?— pregunto en voz baja. — Han matado a Miliki con una flecha— responde con rabia en sus ojos—. Se ve que son medio elfos, seguramente un grupo de bandidos. ¡Acabemos con ellos! Subimos hasta la loma justo delante de nosotros, arrastrándonos. Al llegar a lo más alto vemos una entrada 308 delimitada por rocas dispuestas formando un semicírculo. Cuatro medio elfos vigilan la entrada, tienen ballestas pesadas. — Yo me encargo de esos bastardos— Se adelanta Clarín agarrando su bastón que tiene ya los cuatro círculos plateados cargados. El hechicero se levanta y apunta hacia la entrada. Los bandidos se percatan y dirigen sus ballestas hacia el mago. Una enorme bola de fuego sale disparada de la punta del bastón impactando en medio del grupo de adversarios, desencadenando una fuerte explosión y formando una gran llamarada. Dos de ellos sobreviven, pero salen huyendo envueltos en llamas. Una flecha de Ghoidiel acaba con uno. El otro se revuelca en el suelo frente a nosotros. Semín hace una acrobacia desde el alto y clava su katana en la espalda del bandido. — Vienen más— advierte nuestro encapuchado compañero. Shiroge y yo nos ponemos a su altura, mientras la elfa carga de nuevo su arco y Clarín prepara un nuevo hechizo. De la entrada de la cueva salen otros seis enemigos, con escudos y espadas. El proyectil eléctrico del mago impacta contra la pelvis de uno de ellos, destruyendo la parte baja de su columna vertebral. La flecha de la arquera golpea en el brazo del arma de otro adversario, que retrocede. Yo arrojo de nuevo mi lanza, que impacta en la parte baja de la pierna, cortándole tanto músculos como tendones. El adversario cae al suelo. Shiroge da un fuerte golpe de mandoble contra la axila, que rompe sus costillas y destruye su costado, el enemigo cae gravemente herido. Semín conecta un buen golpe 309 contra su oponente que amputa su mano, un gran chorro de sangre sale proyectada desde el muñón. El otro bandido ataca al eledín, pero la destreza de mi compañero ha mejorado mucho y evita el ataque. Le responde con un nuevo golpe con su mandoble, esta vez en la espalda, que le produce una profunda herida y cae al suelo de bruces, donde es rematado por Semín. Ghoidiel dispara una segunda flecha, que acierta en el pecho del medio elfo, que había retrocedido. Nos acercamos al único consciente, que está herido en la pierna por mi ataque. — Me rindo— El bandido suelta su arma e intenta frenar la hemorragia de su pierna. Shiroge, Semín y yo le rodeamos, mientras Clarín y Ghoidiel controlan el acceso a la cueva. — ¿Hay más gente dentro?— pregunta el grandullón con voz amenazante. — Está Radal, el líder de la banda, junto con un rehén— responde con voz temerosa mientras se queja de su herida. — ¡Radal! ¡Sal desarmado y te perdonaremos la vida!— grita Semín. No hay respuesta. — ¿Hay alguna otra salida?— pregunto al herido, pero pierde la consciencia antes de responder. — ¡Tendremos que sacarlo por la fuerza!— El furioso mago no está dispuesto a perdonar la muerte de su mascota. Nos acercamos a la entrada de la gruta, situada en un pequeño badén. No parece que haya peligro. Semín va el primero, le sigue Clarín con su mano alzada, listo para lanzar un nuevo proyectil. Detrás voy yo y Shiroge en retaguardia, Ghoidiel se queda fuera vigilando la entrada. 310 Hay un largo túnel que se cierra en una curva a la derecha. El medio elfo se para y controla que todo está en orden. Nos hace un gesto para continuar. Llegamos a una gran caverna, con una mesa y media docena de sillas a la izquierda. Enfrente hay una hoguera con útiles de cocina. A la derecha se extiende un nuevo pasillo cavernoso, que da hasta una bifurcación en forma de T. Avanzamos con precaución hasta el ramal. — He oído algo por la derecha— se percata Semín con su agudo oído y se asoma a la esquina y continúa en esa dirección. Hay un pasillo recto a la derecha que da a una puerta. Del otro lado del ramal la cueva hace un giro a la izquierda. — Comprobemos la puerta— propone nuestro encapuchado compañero. — Yo vigilaré el pasillo— se ofrece Shiroge. El medio elfo avanza los veinte metros que le separan de la puerta, seguido por Clarín. Yo me quedo a una distancia prudencial, desde donde puedo apoyar ambos flancos, en caso de un inesperado ataque. Semín abre y entra en la sala. — Ayuda— Se oye a un hombre dentro de la habitación. — Hay un hombre atado— nos informa Clarín, que entra tras el medio elfo—. Parece que sigue con vida. — Mira aquí, Mirmi— El eledín señala a la cavernosa pared. Justo en la esquina en forma de T distingo un hueco oculto, da a un pasadizo que sube. — Echaré un vistazo— Me acerco y veo la luz del cielo en la parte de arriba, tras una boca situada a unos tres metros de altura. — Creo que ese tal Radal ha escapado— anuncio con resignación. 311 Nuestros compañeros regresan de la sala con el hombre, está semiinconsciente. Comprobamos el otro pasillo, que da hasta otra gran sala con camas, no hay nadie más. Clarín se lleva al rehén hacia fuera, mientras nosotros registramos todas las estancias. Conseguimos recaudar una buena fortuna escondida en un baúl, que sumado a lo hallado al registrar a los bandidos, hacen un total de quince monedas de oro. Además hemos encontrado un mapa que marca una ruta oculta desde el este, desde las montañas Báltor. Una vez asegurada la zona, todos nos reunimos en la entrada. Le damos una poción al hombre rescatado, que se repone de inmediato. — Gracias por liberarme— agradece una vez bebe un trago del brebaje. 312 — Eres Gaunas, ¿verdad?— pregunta directamente Clarín. — Así es. ¿Os han enviado en mi busca?— muestra extrañeza el hombre. — La verdad es que no. Hemos sabido de ti porque buscamos a Éler, nos han dicho que es amigo tuyo— informo al comerciante. — Pues sí, es amante de la buena comida, hace muchos años que le vendo carne de buey— responde. — ¿Puede decirnos dónde está?— interroga Semín. — ¡Por supuesto! Me habéis salvado la vida— contesta—. Vive cerca del templo de Eusarg, os acompañaré. — Dame un minuto — El mago se aleja un poco del acceso a la cueva. Tras merodear la zona, halla el cuerpo sin vida del pobre Miliki. — Lo enterraré— nos informa con alguna lágrima en los ojos—. No me llevará mucho. Tras una solemne despedida, Clarín introduce el cuerpo del ave en un pequeño hoyo y lo tapa. Después iniciamos la marcha hacia el templo. Tras dos horas de camino, poco después del mediodía, veo a lo lejos un edificio con columnas. — Allí está— señala Gaunas. Nos acercamos al templo. No está muy ornamentado, pero parece acogedor. Tiene una bonita alfombra verde en la entrada, que parte de la escalinata, al pie de las columnas, y penetra en el templo a través de un portón abierto. Accedemos al edificio. En el fondo se ubica una estatua de Eusarg, sentado en una silla con los brazos abiertos y con un cordero en su regazo. La sala tiene en su interior otras ocho columnas, cuatro a cada lado de la alfombra. — ¡Vaya, una inesperada visita!— Una voz profunda nos envuelve. 313 — Éler, soy Gaunas— responde el comerciante de Fálkdir—. Estos Dalmas me han salvado y me han pedido traerlos aquí. Un eledín aparece por la entrada, es algo más alto que Shiroge y de magnífica presencia. Viene acompañado por un precioso perro de caza, de tono caramelo con trazas blancas y orejas caídas de color marrón. — ¿Y qué deseáis de mí?— pregunta el semidios. — Nos envía Álerin, el áratra— responde Clarín—. La Luz de Rosa ha sido robada por los Siervos de Amán y el secreto de la roca negra ha sido desvelado. Por suerte está en poder de Néster, el abad de la abadía de Thal. Hemos sabido que existe un artefacto llamado el Santórum de Yabel, necesario para invocar el poder de la piedra de la vida. Al parecer, usted sabe dónde se encuentra— le informa—. Necesitamos dar con él antes de que lo haga el malvado Ostírelin. — Vaya, por lo que se ve corren tiempos convulsos— aprecia Éler—. Me he percatado de que el camino del norte ha sido tomado por Guardianes del Tridente, al parecer hay una guerra civil en ciernes. — Así es, de ahí la importancia de mantener a salvo las poderosas reliquias— confirmo las informaciones. — Por haber ayudado a Gaunas, os diré dónde se encuentra el Santórum, pero no puedo hacer nada más, juré no inmiscuirme en los asuntos de las tierras Antípodas— nos contesta—. Se encuentra en la pirámide de Ankhaún. En medio del Bosque Sombrío, al sureste de las Montañas Báltor. Pero la zona fue atacada, según he podido saber, por criaturas de Amán. El guardián era un elfo llamado Dardrin, bloqueó el acceso a la pirámide y creo que huyó a Bársel. Es todo lo que sé. — Pues tenemos que ir a Bársel— aprecia Shiroge. 314 — No es tan fácil, como os he dicho el camino del norte ha sido tomado por los hombres de Estrian— reconoce Éler. — Hemos encontrado esto— Le enseño el mapa de los bandidos. — Las montañas Báltor son peligrosas, están dominadas por criaturas de Amán, pero una pequeña escaramuza, como la vuestra, podría tener alguna oportunidad de atravesar el estrecho del puñal, hasta el lago de Baal, para luego dirigiros al sur desde allí— propone Éler. — Además, cruzar los páramos hasta allí también es peligroso— advierte Clarín. — Brawny os acompañará hasta los límites de los páramos— nos ofrece señalando al precioso canino—. Con él a vuestro lado, no tendréis problema. Yo acompañaré a Gaunas hasta Fálkdir. — Muchas gracias, señor Éler— respondo haciendo una reverencia. — No hay de qué, gracias a vosotros por ayudar a mi amigo— contesta humildemente. Pero será mejor que salgáis ya, tardaréis unas ocho horas hasta el límite de los Páramos Rocosos. — Así será— asiente el mago. Nos despedimos de Gaunas y Éler, y acompañados por Brawny emprendemos la marcha hacia Bársel. 315