12 Rumbo a Bársel. Es un poco antes del anochecer, cuando alcanzamos el límite de los Páramos Rocosos. Brawny ha estado todo el camino dando vueltas por las cercanías, controlando la situación y no hemos tenido ningún percance. El magnífico perro nos mira con una sonrisa y moviendo la cola. Le doy un poco de embutido como agradecimiento por sus servicios. Me viene a la mente el grandullón, por lo rápido que devora la comida. Le damos unas caricias como despedida y echa a correr de vuelta con su amo. — La gran roca señalada en el mapa no debe de andar muy lejos— advierte Clarín. — Subamos a esa loma, desde allí habrá una buena vista hacia el este— propone Semín. Subimos a la loma, desde donde se aprecia con claridad, a una distancia aproximada de dos kilómetros, una gran roca solitaria en medio de la ligera arboleda, que precede a una zona más boscosa. — Debe de ser allí— se percata Ghoidiel. Decidimos acercarnos directamente, ya buscaremos un sitio para descansar por la zona. La roca de granito es bastante grande, de más de cuatro metros y forma bastante redondeada. Observamos por las inmediaciones. — He oído algo— nos llama la atención Semín—. Viene desde el este, del bosque. — ¡Rápido, esconderos!— apremia Ghoidiel. Demasiado tarde, de entre la arboleda aparecen cinco Guardias del Tridente. — ¡Alto ahí! ¡Entregaos!— grita el líder de la patrulla. 316 Clarín responde lanzando uno de sus proyectiles, que le golpea en el pecho y lo derriba. Los demás cargan contra nosotros. Una flecha de la elfa impacta en el ojo de otro, alcanzando su cerebro. Yo arrojo mi lanza contra el que viene en retaguardia golpeándole en el hombro, pero el adversario sigue luchando. Shiroge, con un fuerte golpe de mandoble, destroza la clavícula del pobre que se enfrenta a él. El arma se incrusta hasta la altura del pecho, rompiendo huesos y dañando varios órganos vitales. Semín lanza un fuerte golpe contra el brazo, que desarma a su enemigo. Un segundo ataque bien colocado, golpea en el cuello y le provoca un profundo corte. Yo consigo detener el ataque de mi rival, mientras saco mi segunda lanza. Con un buen movimiento golpeo el costado de mi enemigo destrozándole el riñón. Shiroge remata al uniformado que ha sido derribado. — No mentía Éler cuando dijo que la zona está llena de hombres de Estrian— recuerda Clarín. Semín registra a los cuerpos y recauda diez monedas de plata. Los demás seguimos buscando un lugar donde acampar. — ¡Mirad aquí!— nos advierte Ghoidiel—. Hay una cueva detrás de este matorral. Nos acercamos a la elfa y vemos el hueco detrás de una planta de romero, que está sobrepuesta tratando de ocultar la entrada. — Debe de ser el paso indicado en el mapa— opino—. Entremos, seguramente dentro estaremos más seguros. Penetramos en el túnel, que desciende en rampa hasta una zona más ancha y enciendo mi candil. Se ve un largo pasillo irregular, del que se descuelgan las raíces de los árboles que están encima. 317 — Descansemos aquí— propone Shiroge—. Una vez hayamos recuperado las fuerzas nos adentraremos en la oscuridad del pasadizo. Cenamos y organizamos guardias para hacer noche en la gruta. Yo haré la primera con Ghoidiel. Pasan las tres horas sin ningún incidente y despertamos a Semín, que hará la segunda. — Vamos, Mirmi— escucho la voz del eledín—. Es hora de levantarse. Desayunamos algo y avanzamos por el sinuoso paso que se retuerce bajo la arboleda. Tras más de tres horas de marcha, alcanzamos el otro lado. Me asomo por la claridad del hueco, una vez apago mi candil. — Hay un claro— informo a los demás—. Parece despejado. Apartando ligeramente la vegetación del otro lado, salgo hasta el pequeño claro, seguido por mis compañeros. Justo enfrente hay un sendero que se adentra en la zona boscosa. — Será mejor que avancemos— recomienda Clarín—. Hay más de una jornada de camino hasta las montañas Báltor. Sin perder tiempo, seguimos adelante con paso firme, pero con las armas sacadas por precaución. Yo lidero la compañía. Pasan las horas, hemos hecho parada para almorzar y por fin vemos a lo lejos la cordillera, cuando empieza a caer la noche. El bosque es menos denso de este lado, las montañas parecen más bien rocosas y con poca vegetación en su vertiente oeste. — Busquemos un sitio para pasar la noche— propone Semín—. Quizás sea buena idea alejarnos un poco del sendero. 318 Nos dispersamos buscando un sitio y se hace de noche. Nos reagrupamos todos, menos la arquera. — ¿Dónde está Ghoidiel?— pregunto por mi compañera. — Creo que se acerca— responde Semín señalando al este. Aparece la elfa entre la arboleda. Gesticula con las manos llevándose el dedo índice a la boca, pidiendo silencio. — Un grupo de bandidos medio elfos— nos susurra al llegar a nuestra altura—. Están acampados más adelante, a unos cien metros. — ¿Qué hacemos?— pregunta Shiroge. — Lo mejor será un ataque preventivo. Si logramos acechar hasta tener posición de disparo, podremos emboscarles atacando por sorpresa— propone Semín. — ¿Cuántos son?— le pregunto a mi compañera. — Media docena— responde—. He visto que dos de ellos están de guardia. — Está bien— habla de nuevo Semín—. Los rodearemos por ambos flancos. Ghoidiel y Mirmaerín avanzarán por la derecha. Clarín y yo por la izquierda. Shiroge atacará de frente cuando comience la fiesta. — Me parece buen plan— aprueba Clarín. Todos asentimos y comenzamos con la maniobra acechando por los lados, alumbrados por las medias lunas. Conseguimos acercarnos sin ser detectados hasta una distancia prudencial. Han elegido un pequeño claro donde se ensancha el sendero, en cada una de las puntas hay un bandido vigilando. Observo del otro lado. Clarín está listo, Ghoidiel carga su arco y yo me preparo para arrojar mi lanza. El rayo de Clarín va dirigido al más cercano de los vigías, le impacta en la pierna y pega un grito. La arquera 319 descarga contra el del lado opuesto, un disparo certero en la cabeza que lo mata en el acto. Yo lanzo mi arma al herido y le golpeo en el costado, destrozándole una serie de órganos y acabando con él. Shiroge salta en medio de los otros, que se alzan al escuchar el grito del compañero tras el estruendoso impacto del proyectil eléctrico. Da dos golpes de mandoble y siega dos vidas de los indefensos bandidos al instante. Semín sale para enfrentarse con otro. Pero el eledín no da tregua, con su nueva arma se ha convertido en una herramienta perfecta de muerte y acaba con él de un solo golpe que lo destripa, cuando todos salimos al claro. El último de los medios elfos tiembla ante la situación, pero no refrena al grandullón, que en el arrebato del combate le corta la cabeza. — ¡Madre mía Shiroge!— exclama Ghoidiel con la boca abierta. El eledín sonríe mientras se limpia la sangre de sus enemigos. — Acampemos aquí— nos propone el grandullón—. Esto ya está despejado. Registramos a los bandidos, añadiendo diez monedas de plata más al fondo común. Después de cenar nos repartimos las guardias. De nuevo me toca la primera, esta vez junto a Clarín. No hay ninguna incidencia y me voy a dormir. Me despierta Semín cuando los primeros rayos de sol tiñen de azul el este. — Es hora de continuar— Me ofrece la mano el medio elfo para ayudarme a incorporarme. Hay tres grupos montañosos que se abren justo frente a nosotros, dejando dos estrechos pasos entre ellos. El 320 sendero se bifurca en dos: uno sigue por la izquierda, hacia el norte y el otro hacia el sur. — Creo que es por la derecha— señala Clarín. Seguimos la recomendación del mago y avanzamos un par de horas hasta llegar al pie de la cordillera, donde se cierra un angosto desfiladero entre las montañas. Un pequeño arroyo fluye por él, junto a la pared de la izquierda, por la que pequeños manantiales se derraman cada pocos metros, abasteciéndose del agua que se filtra entre las grietas, donde emergen hierbas con flores y bayas de color rojo. El sendero discurre junto al arroyo, pegado a la otra pared escarpada. Hay espacio de poco más de tres metros de ancho entre los altísimos muros de las montañas. Tras una hora de marcha, el desfiladero hace un abrupto giro a la izquierda y se oye el sonido de una cascada. Nos acercamos a la esquina. Primero va Semín, que se asoma entre las rocas. — Parece que el paso está vigilado— nos susurra—. Veo a cuatro medio elfos en una pequeña rampa, en la vertiente a la derecha del lago que forma la catarata. Me asomo tras de él. La cascada tiene una caída de unos treinta metros y forma en su base una laguna, que alimenta el arroyo que venimos siguiendo. El paso se ensancha y hay una rampa en el lado de la derecha, donde, como dice Semín, cuatro bandidos vigilan, aunque parecen algo despreocupados. Veo que la rampa sube hasta la mitad de la cascada y gira a la izquierda, formando una repisa que pasa tras la caída de agua. Hay dos más allí. — Otros dos están apostados con ballestas al lado de la catarata— informo a mis compañeros. 321 — Hay que acabar con los ballesteros— advierte el medio elfo—, si no no podremos acercarnos. — Creo que están a una distancia suficiente para dispararles— se ofrece Ghoidiel tras asomarse—. Yo me encargo de uno de ellos. — Yo puedo lanzar un proyectil al otro— Se prepara Clarín. — Pues nosotros nos ocupamos de los de abajo— añade con seguridad el grandullón. Asentimos al plan. La verdad es que, visto lo visto, apostaría a que el eledín se basta para acabar con ellos. — Observemos un poco más y en cuanto estén distraídos atacamos— propone Semín, que se agacha en el vértice del giro. — ¡Hay otros dos, ocho en total!— advierte el medio elfo—. Han aparecido junto a la base de la cascada. — Adelante— apremia Shiroge—. No permitamos que se reagrupen. Seguimos el plan acordado y los elfos salen del escondite para atacar a los ballesteros sobre la rampa. El proyectil del mago es certero, uno de ellos es golpeado y se precipita desde los veinte metros de altura. Sin embargo, el disparo de Ghoidiel no es lo suficientemente bueno y apenas roza al otro, que le devuelve el ataque con su ballesta. La flecha se clava en el hombro de la arquera, que queda dolorida y se aparta. Los demás salimos a toda prisa. Los seis bandidos cargan contra nosotros, son seis contra tres, yo decido no arrojar mi lanza y luchar cuerpo a cuerpo. Shiroge acaba con facilidad con el primero de ellos, con un fuerte golpe contra el hombro, que le produce una profunda herida. Yo consigo acertar en mi ataque, clavando la punta de mi lanza en la garganta de otro. 322 Semín no logra su objetivo y se ve enfrentado a dos oponentes. Uno de ellos le asesta un golpe en el brazo, por suerte es solo un rasguño. El ballestero está a punto de disparar al eledín. Clarín se percata y lanza un nuevo rayo que impacta contra el bandido, matándolo en el acto. Shiroge acaba con su otro oponente con facilidad y corre al auxilio de Semín, que se defiende a duras penas. Mi otro adversario es muy hábil, más que el primero, pero consigo repeler su ataque y le golpeo de nuevo. Nuestra lucha está igualada. El grandullón sigue a lo suyo, cada golpe de su mandoble acaba con un enemigo. Esta vez con un corte en la entrepierna, que hace que las tripas de su adversario se desparramen. Por fin logro asestar un buen golpe a mi rival, que se tambalea, lo que me permite rematarle incrustando mi arma en su pecho. El otro contrincante de Semín intenta huir, pero Shiroge le alcanza por la espalda, partiéndole la columna vertebral. Corro a asistir a Ghoidiel. — ¿Estás bien?— pregunto a la elfa al llegar a su altura. Aún tiene la flecha clavada. — Creo que ha tocado hueso— me contesta con cara de dolor. Miro la herida, es cierto que la flecha está hincada bien profundo. Le doy un trozo de madera para morder y aplico algo de poción. Doy un tirón fuerte, la arquera grita, pero extraigo la flecha y vuelvo a aplicar poción. El resto se lo doy para que beba. El brebaje es eficaz y parece que nuestra compañera se repone mientras empiezo a suturar. — Gracias, Mirmaerín— me dice con una sincera sonrisa, a lo que le respondo con una reverencia. 323 Ayudo a Ghoidiel a levantarse y nos reunimos con el resto en el ensanchamiento junto a la rampa. — Mirad aquí— Señala Semín a la derecha junto a la cascada—. Hay una puerta oculta. Nos acercamos a la posición del medio elfo y observamos el lugar con detenimiento. Es cierto, la pared simula una roca, pero en realidad es una puerta. — Entremos— propone confiado Shiroge mientras empuja el acceso. En el interior hay una mesa redonda y cuatro sillas, en una sala con las paredes talladas en la piedra, de unos tres metros de lado. Enfrente hay un pasillo. Sobre la mesa hay un mapa de las montañas. Clarín recoge el mapa y avanzamos por la cueva. Llegamos a una gran habitación con ocho camas. Registramos el lugar. — Aquí hay otra puerta oculta— de nuevo Semín se percata. Del otro lado hay un pequeño hueco con un baúl. Contiene cinco pociones de curación, dos anillos de piedra roja de mejora ofensiva, un crucifijo de plata y una bolsa con veinte piezas de oro. — Es hora de comer— aprecia el eledín—. Hagamos un descanso aquí y después continuamos. — Está bien— contesta Clarín—. Así podremos analizar el mapa y encontrar la mejor ruta. El mago y yo ojeamos el mapa con detenimiento. Los bandidos tienen una ruta marcada, desde el lago hasta el Gran Camino. Aunque no lleven distintivos, está claro que todos ellos son miembros de una misma banda y éste parece su centro de operaciones. Se ve que hay algún tipo de paso hacia el este, que conecta dos agrupaciones de montañas y un camino que 324 desciende a un valle, marcado con el nombre de valle Sombrío y que llega, a través de un estrecho, hasta el lago Baal. Hacia el norte, en el amplio centro de otro grupo montañoso, está marcado con el nombre de Gran Valle, donde hay señalados asentamientos de dragols. Hacia el sur desde el lago, fluye un río dirección a Báltor. — La ruta está clara— aprecio mientras señalo con el dedo. — Así es— está de acuerdo Clarín. Tras el descanso retomamos la marcha. Primero subimos la rampa junto a la cascada, que asciende hasta la repisa en la que estaban los ballesteros y que se mete tras la catarata. Del otro lado hay una empinada cuesta, que hace un giro hacia la derecha y que llega hasta una zona plana, donde se ubica otra laguna no muy profunda, que alimenta la catarata. Hay un pequeño paso de piedras en el agua y lo usamos para atravesarla. Del otro lado el sendero gira a la izquierda, entre un desfiladero que cae a la derecha y la escarpada ladera de la montaña. Desde el vértice, se ve a lo lejos una pasarela hecha de cuerdas y pedestales de madera, que cruza el desfiladero de más de doscientos metros de longitud. No parece muy estable. — Será mejor que crucemos uno a uno— propone Ghoidiel—. El puente tiene pinta de ser endeble. Asentimos. — Las señoritas primero— dice Semín, por la cara de la elfa, no le ha gustado el comentario. Cruza la arquera, tras ella el mago, después cruzo yo, seguido del medio elfo y por último el grandullón. Ante el enorme peso del eledín la pasarela se tambalea. Shiroge trata de apoyarse con cuidado, pero un peldaño se 325 rompe. Está a pocos metros de nosotros. Por suerte, se agarra a las sogas que hacen de barandilla y evita caer. Con cuidado continúa. Tras un momento de tensión, nos alcanza del otro lado mientras suelta un gran suspiro. Una vez en la montaña sur, seguimos el sendero durante varias horas, hasta llegar a lo alto de una rampa que baja dirección al boscoso valle y desde donde, a lo lejos, se ve el brillo de las aguas del gran lago, que resplandece parpadeante con las últimas luces del día. — Descansemos por aquí— propone Clarín al llegar al valle—. Calculo que nos queda aún más de un día de marcha hasta Bársel. Buscamos un sitio seguro entre la arboleda y repartimos las guardias. Esta vez me toca la última. Estoy agotado de un largo día de viaje, y tras revisar la herida de Ghoidiel, que está sanando perfectamente, no tardo en echarme a dormir. — ¡Despertad!— la voz de Semín me saca de mi sueño—. ¡Peligro! Me alzo como un resorte y agarro mis lanzas y mi escudo. Miro a mi alrededor, veo a Semín a mi lado, con su katana alzada en postura defensiva. Junto a él, Ghoidiel tiene su arco preparado. Un poco más lejos, Shiroge mira hacia los lados y Clarín se concentra. — ¡Grrrr!— se oye un poderoso gruñido. — Hay tres osos acechándonos— me informa el medio elfo. Escucho el crujir de las pisadas de los animales rodeándonos, mientras nos reagrupamos. Los elfos se sitúan en el centro y los demás formamos un triángulo para cubrir los flancos. Finalmente, los depredadores lanzan su ataque por distintos lados. 326 Clarín tira su proyectil contra uno de ellos, un fuerte impacto, pero que no detiene al oso de las montañas, que se lanza contra el medio elfo. La arquera dispara su flecha, que se clava en el torso del que se dirige a mí, pero tampoco detiene a la bestia. Shiroge lanza un ataque al que se abalanza contra él, pero da un traspiés en la oscuridad y queda a merced del ataque del animal, que se abalanza sobre él y le apresa, mordiéndole en el hombro. El eledín intenta zafarse, pero la bestia le iguala en fuerza y se mantiene agarrada a él. Yo lanzo un ataque contra el que se me echa encima. Consigo golpearle en la parte superior de la pata delantera, el animal lanza un fuerte zarpazo, que golpea contra mi escudo y me desplaza hacia la derecha. Semín evita el ataque del suyo y responde con un fuerte golpe de katana que obliga al oso a retroceder. Shiroge está en apuros, Ghoidiel se percata y dispara su flecha contra el adversario del grandullón, acertando en su costado y ayudando a que éste logre liberarse. Pero parece aturdido, apenas consigue levantar su escudo y su espada para defenderse. La bestia le propina un zarpazo que golpea el escudo. Con dificultad, el eledín aguanta. De nuevo lanzo un ataque contra mi adversario, con rabia y mucha fuerza, que penetra en la clavícula del animal, que no logra acercarse para atacarme. Semín esquiva el zarpazo de su contrincante y devuelve un efectivo golpe con su espalda. Shiroge no logra reponerse, el oso le gruñe. Veo a Clarín lanzar un hechizo hacia el eledín. Un escudo de fuerza se coloca delante del grandullón y frena el ataque de la bestia. De nuevo un flechazo de la elfa impacta en la pata del oso, que no rehúye del combate. 327 Un preciso ataque con mi lanza consigue penetrar entre las costillas de mi oponente y alcanza su corazón, el animal cae herido de muerte. Semín logra también asestar un buen golpe que destroza la pezuña de la bestia, que recula. Shiroge está apunto de recibir un nuevo ataque. Arrojo mi lanza contra su enemigo y ésta se clava en el cuello del enorme oso, que cae muerto a sus pies. El medio elfo se abalanza contra la herida bestia a la que se enfrenta y asesta un golpe de plano contra su cabeza dejándola inconsciente. Una vez no quedan enemigos, el eledín hinca la rodilla y se sostiene apoyándose en su mandoble. Corro a asistirle. Tiene varios cortes profundos en el hombro y cerca del cuello, le esparzo un frasco de poción por la herida. Shiroge grita. Clarín me ayuda a frenar la hemorragia y le da de beber otra poción. Parece que el grandullón se tranquiliza. Tardo más de quince minutos en suturarle, pero finalmente la hemorragia se detiene. — Tendremos que descansar— advierto a mis compañeros—. Ha perdido mucha sangre y, aunque las pociones hagan su efecto, los cortes son profundos. Está vivo de milagro. — Me parece bien— responde el eledín—. Pero dadme algo de comer. Le doy al grandullón las provisiones y me quedo junto a Clarín, a hacer guardia y vigilar al paciente. Tras unas horas empieza a salir el sol, Shiroge aún duerme. — Esperemos unas horas más, necesita descansar— propongo. Clarín asiente. Poco después los elfos se levantan y deciden dar una vuelta por los alrededores, no queremos más sorpresas. Pasadas dos horas, una vez han regresado los compañeros, Shiroge despierta. 328 — ¿Qué tal estás?— le pregunto. — Estoy bien, Mirmi. Muchas gracias— responde con mejor cara—. Puedo continuar. Ayudo a levantar a mi amigo y nos ponemos en marcha. Sin duda este valle es un lugar peligroso, será mejor darnos prisa. Avanzamos el resto de la jornada sin incidentes y cruzamos por el paso entre montañas, al final del valle. Del otro lado, vemos con claridad el enorme lago y nos acercamos. Cae la noche cuando llegamos a la orilla. Aprovecho para ver las heridas del grandullón. Parece que todo está bien. Con ayuda de las pociones los músculos se van regenerando velozmente y ya tiene plena movilidad en su brazo. Acampamos en una zona bastante escondida junto a la orilla. — Desde aquí hay menos de un día de camino hasta Bársel— advierte Clarín—. Si partimos temprano, llegaremos a la ciudad por la tarde. — Pues así sea— responde Ghoidiel—. Estoy harta de dormir a la intemperie, quiero sentir mi cuerpo reposar sobre un mullido colchón. Repartimos las guardias de nuevo. Dejaremos al eledín descansar toda la noche. Yo hago la primera junto con Ghoidiel. Transcurre sin incidentes y me tumbo para mi necesario y merecido descanso. — Despierta, Mirmaerín— escucho la voz de Clarín—. Hay que continuar. Abro los ojos, ya ha amanecido y mis compañeros recogen sus cosas y se preparan para la marcha. Yo hago lo mismo, pero antes le echo un vistazo al hombro de mi 329 amigo. Por suerte parece que todo está en su sitio, no hay rastro de infección. Avanzamos junto a la orilla en dirección sur, llegando al vértice del lago, donde un río nace, serpenteando en dirección a Bársel. Continuamos pegados a la ribera. Es por la tarde cuando divisamos a lo lejos, justo en la desembocadura de las aguas, una ciudad costera. — Bársel— indica con una sonrisa Ghoidiel—. Estamos a menos de dos horas. Una hora después llegamos a una zona con granjas, donde encontramos un camino que discurre junto al río. El terreno es bastante llano y nos permite ver la muralla de la ciudad, en la orilla oeste, por la que marchamos. Hay un molino medio kilómetro más al norte de la ciudad. Su rueda conecta las dos partes del río, bajo una pasarela, en una zona de más corriente, transmitiendo el movimiento a dos muelas, situadas en cada una de las riberas. Alcanzamos la muralla donde hay un gran portón, delante de un puente que conecta las dos partes de la ciudad: en la orilla oeste está la zona amurallada, con lujosas casas de piedra. Sin embargo, en la orilla este hay un barrio humilde, de casas de madera. De ese lado se ve una plaza delante de una enorme playa, llena de barcas de pescadores. Justo donde se forma el delta, que separa ambos lados de la ciudad, hay una isla con un faro. Entramos en la zona amurallada, sin ninguna objeción por parte de los guardias que allí se apuestan. La mayoría de los transeúntes dentro de las murallas son elfos, si bien, hay gentes de todas las razas. Avanzamos entre los bonitos edificios de piedra caliza hasta una plaza, en cuyo medio se erige un templo de Túlmar, que mira de frente a un concurrido puerto de mercancías. Hay una gran posada en cuyo letrero se lee 330 en élfico “Istenvin” que se puede traducir como “Viento del este”. — Entremos en la posada— propone Ghoidiel—. Aprovechemos que aún es de día para buscar a Dardrin. — También podemos aprovechar para cenar, al ser temprano nos servirán más rápido— se pronuncia Shiroge. Accedemos a la taberna. Una decena de mesas, de fina talla y acabado, están ocupadas en su mayoría por elfos. De hecho, me sorprende que a pesar de ser Aradín un reino de hombres, soy el único humano en la sala. Noto un cierto aire de desprecio en la mirada de algunos de los allí presentes. El posadero, otro elfo, está atareado en la barra. Había oído que a Bársel le dicen Puerto de Elfos, a fin de cuentas, el mar del este conecta con Áldantur, reino de elfos. Encontramos una mesa y la ocupamos. Una de las camareras, una bonita medio elfa, se acerca a nosotros. — ¿Qué van a tomar?— pregunta la joven. — Pónganos cinco cervezas— le pido. La chica me mira con el gesto un tanto torcido sin responder. — Y algo de cenar— añade el eledín. — Por supuesto— responde a mi compañero—. Esta noche tenemos un estupendo estofado de cabrito con patatas y zanahorias. El grandullón asiente. — ¿Parece que tienen algo en contra de mí por aquí, no?— hago saber mis sensaciones al resto, una vez se marcha la sirvienta. — Bársel es conocido por sus grandes disputas raciales: elfos y humanos tuvieron conflictos por estas tierras en el pasado— explica Clarín—. Por suerte se solucionó pacíficamente, hace más de mil años, con un tratado de paz. El problema es que muchos de los elfos que vivían en 331 aquellos tiempos, aún siguen con vida y no todos han sabido perdonar. — Entonces será mejor que me mantenga al margen y que seáis Semín, Ghoidiel y tú los que investiguéis esta zona— respondo al mago—. Yo y Shiroge nos encargaremos de preguntar en el otro lado de la ciudad. Parece que la zona de los pescadores es de mayoría humana. — Quizás sea lo mejor— asiente Clarín—. De momento cenemos y cojamos una habitación. Luego nos dispersaremos y buscaremos a Dardrin. Nos sirven la comida y empezamos a cenar tranquilamente. No estoy nada a gusto con las descaradas miradas de algunos de los clientes. — Me siento como un pájaro enjaulado— expreso mis sensaciones a mis compañeros—. Aquel elfo, especialmente, no me ha quitado los ojos de encima desde que llegué. Con un gesto de barbilla, indico a una mesa justo enfrente mía, donde un elfo rubio y de piel clara me mira con mala cara. Shiroge se levanta y se dirige hacia allí. Al ver al inmenso eledín acercarse a su mesa, el elfo mira para otro lado. — ¡Eh, tú, elfito!— le llama la atención con voz ruda—. ¿Tienes algún problema con mi amigo? Te lo digo, porque no me gusta que me molesten mientras ceno, a veces pierdo el juicio y si es necesario, soy capaz de comerme hasta la carne rancia de un viejo elfo. — Eh, no... Perdona, no quería…— intenta contestar. — No, no perdono nada. Si vuelvo a verte mirando a mi amigo te sacaré los ojos con mis propias manos— amenaza—. ¿Entendido? — Claclaclaro, seseseñor eledín. No volverá a pasar— La de por sí clara piel del elfo palidece aún más. 332 Shiroge se gira y regresa a la mesa. Observo cómo el elfo pide la cuenta y abandona la taberna. Nadie más vuelve a mirarme durante el resto de la cena. Aun así, no tardo en abandonar la posada, no me gusta estar en un lugar donde no soy bienvenido. — Voy a la zona este a ver qué información encuentro— informo a mis compañeros una vez termino de comer. — ¡Vayamos!— Se levanta Shiroge. — Nosotros haremos las averiguaciones por aquí, nos vemos luego— contesta Clarín y se despide con la mano. Salimos de la parte amurallada y cruzamos el puente sobre el río. El barrio humilde está poblado principalmente por humanos. Tiene casas de madera y la calzada es de arena prensada, en contraposición al suelo de blancos adoquines que hay dentro de los muros. — Vayamos a la plaza de la derecha— propongo a mi compañero una vez cruzamos el puente. En el medio de la plaza hay una gran lonja de pescado, que está cerrando justo en este momento. No se ve ni un solo elfo por la zona. Me percato de que hay una posada en la esquina este, cerca de una barbería y una tienda de accesorios de pesca. En el letrero se lee en bóldor “Dulce Sirena”. — No parece que vaya a estar por aquí— reconozco—. Pero entremos en la posada, ya que hemos venido podremos beber una cerveza tranquilos y preguntar de todos modos. — Está bien— contesta Shiroge—. De todas maneras, no me gusta el ambiente del otro lado. Accedemos a la pequeña taberna. Hay seis mesas y todas están ocupadas por hombres y mujeres de raza humana. 333 Cogemos unos taburetes y nos sentamos en la barra, justo frente a la tabernera, una mujer de mediana edad e indudable belleza. — Pónganos dos cervezas— pide el eledín. — Por supuesto, hombretón— responde la posadera con una abierta sonrisa. — Disculpe— llamo la atención de la mujer—, estamos buscando a un elfo, de nombre Dardrin. ¿Le conoce? — No vienen muchos elfos por aquí— contesta—. De hecho, solo hay un elfo que frecuenta esta zona de la ciudad, pero su nombre es Elas. — Muchas gracias. ¿Qué le debo?— no creo que haya mucha más información que sacar. — Cuatro monedas de cobre— responde la servicial tabernera. Le pago cinco. Una vez terminamos la cerveza, regresamos a la zona de los elfos y buscamos a nuestros compañeros. Justo los vemos en los muelles, hablando con un lugareño elfo, que parece responde con una negativa. — Buenas noches, amigos— saludo al llegar—. ¿Algún progreso? — La verdad es que no— contesta Ghoidiel con resignación—. Solo un hombre había oído hablar del antiguo guardián de la pirámide, pero no cree que esté en la ciudad. Al parecer salen barcos a diario hacia Milithir, la ciudad de la torre de cristal, en el reino de los elfos. Es posible que ya no viva aquí. — ¿Qué tal vosotros?— pregunta Clarín. — Solo hay un elfo que frecuenta aquella zona, pero me han dicho que su nombre es Elas— respondo—. Me temo que no va a ser fácil dar con el paradero de Dardrin. 334 — Se está haciendo tarde— advierte el mago—. Hemos cogido habitaciones en la posada Istenvin. Mañana seguiremos con la búsqueda. — Yo iré primero al templo a hacer mis oraciones— respondo—. Luego nos vemos allí. Entro en el bonito templo de Túlmar y hago mis rezos. Pido a la Erdan que me oriente para encontrar al elfo y hago una donación de tres monedas de plata, antes de regresar a la posada. Me voy directamente a la cama. A la mañana siguiente nos levantamos temprano y bajamos a desayunar, no tenemos tiempo que perder. Damos un paseo por la zona amurallada. Además de la plaza del puerto, donde están la posada y el templo, hay otra plaza junto a la salida oeste, llamada plaza de Gáldoras. Hay bastantes puestos de venta en esta parte de la ciudad, cuya economía se centra en el comercio y el transporte. En el centro hay un pequeño templo dedicado a Reéjtar, Erdan de la justicia, la organización y el comercio; además de unas enormes caballerizas, que se sitúan en el norte de la plaza, junto a la muralla. Preguntamos a comerciantes, preguntamos a guardias, preguntamos al sacerdote del templo… Nadie sabe nada. Aprovechamos para hacer unas compras, andamos cortos de pociones de curación, y ya a mediodía, regresamos a almorzar en la posada. — Esto es una enorme pérdida de tiempo— expresa Ghoidiel su frustración—. Está claro que ese tipo ya no vive aquí. — Lo único que nos queda es preguntar a ese tal Elas, que frecuenta la taberna Dulce Sirena— propone Clarín. — Está bien— asiento al mago—. Si no damos con él, tendremos que regresar a Íshar. 335 Después de comer nos dirigimos de nuevo a la plaza de los pescadores, hay mucho bullicio en la lonja. Carretas de bueyes cargan salazones y pescado fresco sobre bloques de hielo. Llegamos a la taberna. También está llena, pero distingo al único elfo de la sala con facilidad. Él también nos mira. — Buenas tardes, señor Elas— me dirijo con educación—. Mi nombre es Mirmaerín y estos Dalmas son mis compañeros. Trabajamos al servicio de su Majestad el rey Árathan VI, queríamos hacerle una pregunta si no le es molestia. — Buenas tardes, amigos— responde con amabilidad—. ¿De qué se trata? — Estamos buscando a un elfo llamado Dardrin, era el guardián de la pirámide de Ankhaún— le informo—. Es para un asunto de vital importancia. El hombre se queda parado sin contestar, como pensando la respuesta, lo cual me hace sospechar. — No tenemos intención de hacer ningún mal al señor Dardrin. Como le digo, venimos de parte del rey y de Álerin el áratra—insisto. — Puede que sepa localizarlo— me contesta finalmente—, pero necesito más información. — Es un tema de extrema sensibilidad y no podemos hablarlo aquí— responde Clarín—. En privado le daremos más explicaciones. — Está bien— afirma—. Acompáñenme a mi casa, vivo aquí al lado. El elfo se levanta y le seguimos. Giramos en una calle hacia el este, tras la tienda de accesorios y vamos hasta la última vivienda de la derecha. Abre la puerta y nos hace un gesto para que pasemos y entramos todos. En el interior hay un salón no muy amplio 336 con cuatro sillas y una mesa, además de una nutrida estantería, que ocupa prácticamente toda la pared de la derecha. — Siéntense, si así lo desean— ofrece Elas. Ghoidiel, Semín y Clarín se sientan—. ¿Para qué precisan al señor Dardrin? Le revelamos parte de la información sobre la Luz de Rosa: que está en manos de Ostírelin, lo que sabemos sobre el Santórum de boca de Éler y lo apremiante que resulta poner a salvo el artefacto. — Vaya, Éler— responde el elfo—. Lo cierto es que yo soy Dardrin. Vivo de incógnito, precisamente, para evitar que nadie pueda hacerse con el Santórum, pues la única llave que puede desbloquear la pirámide está en mi poder. 337