13 El Santórum de Yabel. — Pues cuéntanos dónde se encuentra la pirámide y cómo podemos acceder a ella— pide la información Clarín. — Se encuentra al este, en el centro del denso bosque Sombrío, al que se llega por un camino en desuso— relata Dardrin—. La pirámide fue construida por Tísmik, Erdan del juego, el azar y el ingenio. Tiene el acceso casi en la cúspide, que da a un salón, con cuatro estatuas de cuatro Erdan: el propio Tísmik, además de Krax, Erdan de la forja y los metales; Yabel, Erdan de la belleza y el amor; y Eneon, Erdan de la sabiduría, la creación y la alquimia. Hay un acertijo, es como un juego, pero nadie ha intentado resolverlo jamás. — ¿En qué consiste el acertijo?— pregunto. — Cada uno de los Erdan tiene un dado de oro con diez caras en su mano, salvo Tísmik, que tiene dos. Hay un espacio en el medio de las estatuas, como un cajón donde supuestamente, se lanzan los dados— explica Dardrin—. Hay una inscripción en élfico, tallada en la pared, tras el Erdan del juego. Si mal no recuerdo decía: “Del cero al nueve, no pares de sumar, suma en la suma y el juego comenzará. Solo hay un resultado que el camino abrirá, cualquier otro la muerte te traerá. Pero quien hace la trampa escribe la ley, escondiendo la respuesta en el lugar menos probable.” — ¿Y qué significa?— pregunta Ghoidiel. — No lo sé muy bien. Creo que al lanzar los dados, da algún tipo de resultado y en función del resultado se tiene 338 éxito o se fracasa— explica como puede—. Pero como he dicho, nadie los ha lanzado nunca. — ¿Y cómo se desbloquea la pirámide?— pregunta Clarín. — Esa es la tarea más sencilla. Tengo una llave que se introduce en un orificio junto a la puerta, en lo alto de la escalinata— responde el elfo—. Lo más difícil es llegar. La zona estaba controlada por dragols, cientos, sino miles. Cuando las criaturas de Amán aparecieron, solo contábamos con veinte guardias, que dieron sus vidas para darme el tiempo necesario para bloquear el acceso y huir del lugar. Sin la llave, es totalmente impenetrable. Aunque ha pasado más de un siglo desde que abandonamos el bosque y no sé en qué situación estará ahora. — Nosotros nos encargaremos— dice Shiroge con confianza—. Danos la llave y pronto tendremos el Santórum. — Está bien. Si el rey Árathan, Álerin el áratra y el mismísimo Éler confían en vosotros, yo también lo haré. Dadme un segundo— Dardrin va a una de las habitaciones. El elfo regresa y trae un pequeño cofre, de unos cuarenta centímetros, que posa sobre la mesa y lo abre. En su interior hay una especie de llave metálica, con forma de barra estriada. — Como os he dicho, tenéis que introducirla en el orificio. Luego girarla en sentido horario— nos explica el funcionamiento—. La puerta se desbloqueará y bastará con un empujón para abrirla. Clarín guarda la llave en su morral. — ¿A qué distancia se encuentra la pirámide desde aquí?— pregunta Shiroge. — Hay como un día de camino, quizás algo más— responde. 339 — Pues si hay que hacer noche de camino, propongo que salgamos ya— opina Semín. Todos asentimos y agradecemos a Dardrin su confianza. Seguidamente vamos a la posada Dulce Sirena. Almorzamos un rico potaje de pescado y pedimos que nos preparen provisiones para cuatro días. Una vez estamos listos, con el sol de la tarde a nuestras espaldas, partimos dirección este. Como dijo el guardián de la pirámide, se ve que el camino está en desuso. Tras varias horas, solo hemos encontrado algunas ruinosas casas abandonadas al pie de la vía, cuando la noche empieza a caer. — Descansemos en esa casa abandonada— propone Ghoidiel. A todos nos parece buena idea, a pesar de que está parcialmente derruida, aún conserva parte del tejado y la mayoría de las paredes. Entramos en la vivienda, viejos muebles desgastados decoran un pequeño salón con una chimenea. Ahí decidimos acampar. Tras la cena, repartimos guardias. Hago la primera con Clarín, que pasa sin incidencias. El resto de la noche también pasa tranquila. Al alba emprendemos de nuevo la marcha. Tras una jornada absolutamente apacible, por la tarde, vemos a lo lejos el denso bosque. — Parece que estamos cerca— anuncia Semín. — ¡Mirad allí!— Señala Ghoidiel el centro de la zona boscosa—. Se ve la punta de la enorme pirámide. Sin duda la vista de la arquera es excelente. Una vez dirijo la mirada a la zona señalada, logro atisbar la punta brillante de una edificación, a una distancia de al menos diez kilómetros. Avanzamos hasta las inmediaciones del bosque. 340 — ¡Quietos!— alerta Semín al llegar a la linde—. Alguien se aproxima. Retrasamos la posición unos metros y nos preparamos para lo que pueda surgir de entre la maleza. Un grupo de seis dragols aparece cargando contra nosotros. Clarín no se lo piensa y vuelve a usar su recargado bastón. La bola de fuego explota en el centro de la línea enemiga y hace saltar a cuatro de los seres de piel escamosa por los aires. La elfa dispara una flecha que retrasa a otro de ellos y Shiroge parte la reptiliana cabeza del otro en dos. Rodeamos al enemigo herido y Semín acaba con él, asestándole un fuerte golpe en el pecho con su katana. — La verdad, esperaba que fuera más difícil— opina Ghoidiel. — Todavía no ha terminado, hay que atravesar el denso bosque— corrijo a mi compañera. — Aquí hay un paso— se percata Semín—. Se ve que hace mucho que no ha sido usado, pero hay hueco suficiente entre la maleza. Aprovechamos el paso y nos adentramos en el denso bosque. Vamos despacio, sigilosamente, con las armas en posición de combate. Avanzamos durante una hora y cuando el sol empieza a caer llegamos a la explanada donde se ubica la majestuosa pirámide, de más de treinta metros de altura. Hay un grupo de ruinosas casas a cada lado de la explanada. Ha crecido la maleza en el medio y en los laterales de la triangulada estructura, pero se ve con claridad, en la cara oeste, la escalinata que asciende hasta el bloqueado acceso. 341 Sin perder un minuto subimos hasta la puerta y vemos el orificio. Está ligeramente taponado, pero Ghoidiel usa una flecha para limpiar el agujero. Clarín introduce la llave y la gira, suena un crujido. — Empujaré la puerta— informo a mis compañeros. Pero no se mueve. — Déjame a mí— Me aparta el grandullón. La fuerza de Shiroge desatasca las raíces y el polvo acumulado durante muchos años en las aristas de la puerta y ésta se abre. Veo una sala impoluta, en el interior de la pirámide. Las cuatro estatuas mencionadas se encuentran en el centro, tal y como Dardrin describió. Entramos en la penumbra y Clarín enciende su mágica luz. — Bueno, pues ya estamos aquí… ¿Ahora qué?— pregunta Ghoidiel. Observo la sala con detenimiento. Las realistas estatuas sostienen los cinco dados de oro, con los números en color negro. Detrás de Tísmik se encuentra la inscripción. La leo de nuevo, pero no se me ocurre nada. Pasan unos minutos sin que nadie proponga qué hacer. — Lancemos los dados sin más— opina Ghoidiel cansada del silencio—. Tísmik es Erdan del juego y ésta es su pirámide, tendremos que jugar. No muy convencidos, tomamos un dado cada uno y lo arrojamos al cajón situado en el medio. — 5, 4, 7, 0, 4— Marcan los dados. Los negros números cambian de color y comienzan a brillar con un tono rojo. Suena un estruendo en la sala. — ¡Cuidado!— grito al ver dos enormes bolgs que han surgido de la nada tras Semín. 342 El medio elfo intenta hacer una acrobacia, pero recibe un golpe con el inmenso garrote del bolg, que acierta en su hombro haciéndole caer. Shiroge carga a por el otro y yo arrojo mi lanza, que golpea a la enorme criatura de tres metros y horribles fauces, provocándole una profunda herida en su cadera. El bolg me mira y se lanza a por mí. Ghoidiel dispara su flecha hacia el enemigo, pero el ataque no es efectivo. El eledín se enfrenta a su rival en combate singular y lanza un fuerte golpe con su mandoble. Sin duda es un ataque contundente, pero estas criaturas de Amán no cejan en la lucha y responde al grandullón estampando su garrote contra el escudo. El otro enemigo llega a mi altura y conecta un golpe de garrote, que repelo con el escudo, pero me proyecta hacia un costado. La fuerza de estos seres es descomunal. Por fin Clarín consigue preparar su proyectil y lo dirige contra mi adversario, dando en el blanco y derribándolo. Semín se levanta, parece aún puede luchar a pesar del tremendo impacto recibido. Se lanza por la espalda del que combate con Shiroge. Un golpe bien colocado en la parte baja de la pierna, hace que el enemigo se tambalee, momento que aprovecha el eledín para incrustar su mandoble en el torso del bolg, atravesándolo de lado a lado, y éste cae sin vida. Yo consigo agarrar mi lanza, mientras el bolg se levanta e intenta atacar a Ghoidiel, que esquiva el golpe con una acrobacia. Shiroge extrae el arma del cuerpo de su enemigo, un gran chorro de negra sangre riega el suelo de la sala. Asesto un nuevo ataque contra el horrendo gigante, golpeando el brazo del arma y ésta se cae. El bolg me 343 responde con un fuerte puñetazo, que me tumba de espaldas, partiéndome el labio y arrancándome una muela. Shiroge aparece tras él y con un tremendo impacto lateral, sega la cabeza del enemigo, que al caer desaparece junto al otro, y los dados dejan de brillar. Escupo la muela llena de sangre. — ¿Estás bien, Mirmi?— me pregunta mi amigo. — ¡Maldita sea!— grito enfadado—. ¡No ha sido buena idea! Me limpio la sangre y bebo un poco de poción que me alivia el dolor. Veo que Semín hace lo mismo. De nuevo miro la inscripción. — Si sumamos los dados, el resultado es veinte, es decir, dos y cero. Si no paramos de sumar al final dos más cero es dos, y el resultado ha sido dos bolgs…— intento recapacitar. — Quien hace la trampa escribe la ley...— piensa Clarín en voz alta—. Nos está diciendo que hagamos trampa. — Entonces no hay que lanzar los dados, sino colocarlos para obtener el resultado menos probable— reflexiono. — ¿Pero cuál es?— pregunta Shiroge. — La suma máxima es cuarenta y cinco, que sería todo nueves, cuatro más cinco son nueve. Igual que tres más seis, todo lo que suma treinta y seis; dos más siete, todo lo que suma veintisiete; uno más ocho, todo lo que suma dieciocho; y todo lo que sume nueve. Ocurre igual con el ocho, diecisiete, veintiséis, treinta y cinco, y cuarenta y cuatro…— comienzo a hacer cuentas. — Entonces la respuesta es uno— propone Ghoidiel una solución—. Solo valdría lo que suma uno y lo que suma diez. 344 — Hay otra opción mejor. El acertijo dice: del cero al nueve, no pares de sumar, la solución cero tiene una única posibilidad, que todos los dados marquen cero— concluyo. — Es cierto— reconoce Clarín—. Una única posibilidad, lo menos probable. — Pues probemos— propongo haciendo un juego de palabras. De nuevo cogemos un dado cada uno, pero esta vez en vez de arrojarlos, los colocamos marcando una combinación de cinco ceros. De nuevo los números brillan, pero esta vez con luz blanca. — ¡Brum!— La pared tras la estatua de Krax se derrumba, dejando ver un pasillo con una escalera que baja. — ¡Lo conseguimos!— exclama Clarín sonriente. — No celebremos nada aún, no sabemos qué más nos vamos a encontrar por esas escaleras— desconfío. Descendemos y pocos metros más abajo llegamos a un pequeño rellano, con un giro a la izquierda, donde hay otra escalinata que baja. Después hay un largo pasillo que cruza la pirámide, de lado a lado. En el otro extremo topamos con unas nuevas escaleras. Continuamos la marcha descendiéndolas, luego viene un nuevo rellano, otro giro a la izquierda y un nuevo pasillo, que termina en un acceso, que se abre formando una sala enorme. En el fondo, sobre un altar, hay un artefacto: es como una esfera, construida con hilos metálicos dorados, dejando un espacio en su centro. — Debe de ser el Santórum— se percata Semín. Avanzamos por la sala y cuando alcanzamos el centro, una losa cae tapando el acceso y dejándonos encerrados. — Uuuuaaaaa— Un lamento tétrico recorre la sala. A cada lado, un trozo de pared se derrumba. 345 De los huecos aparecen dos seres embalsamados, de gran tamaño y mirada vacía. Sus manos son garras afiladas, y su aspecto es terrorífico. Se lanzan hacia nosotros. Una flecha de la elfa atraviesa el cuerpo de uno de los seres sin causarle ningún efecto. Este le responde con un fuerte arañazo en el hombro que hace que se le caiga el arco. Shiroge se lanza contra él. Semín y yo vamos contra el otro. Clarín se concentra para preparar uno de sus proyectiles. El momificado ser me ataca, pero consigo detener el impacto con mi escudo. Semín da un golpe con su katana, pero no consigue grandes resultados. Yo ataco con mi lanza y consigo que el ser retroceda levemente, al golpearle en la cadera. Shiroge da un fuerte golpe a su adversario y éste recula. Los poderosos ataques del eledín mantienen a raya a su rival, que no encuentra forma de acercarse hasta nuestro compañero. Por fin, Clarín lanza su proyectil contra nuestro enemigo, un golpe que impacta de lleno en el pecho, pero no lo detiene y la lucha continúa. Nuestro adversario lanza un nuevo ataque con sus garras, esta vez contra el medio elfo. El golpe impacta en el brazo del arma y ésta se cae al suelo. Gravemente herido, Semín retrocede. Ghoidiel intenta ayudarle. Shiroge sigue luchando, le asesta un nuevo y poderoso ataque contra la pierna, pero el enemigo sigue en pie. Yo vuelvo a atacar a mi rival, pero consigue evitar mi ofensiva y me devuelve un nuevo zarpazo que desvío con mi escudo. Por momentos, da la sensación de que no podemos derrotar a nuestros resistentes rivales. 346 De nuevo el grandullón se echa contra la momia. Esta vez embiste con su escudo y la derriba. Una vez en el suelo, le asesta un poderoso golpe de mandoble y el ser se desvanece. Yo sigo con mi lucha y recibo un nuevo ataque. Esta vez consigue desarmarme y estoy a su merced… Parece el final. Clarín lanza un último proyectil, que golpea de nuevo el pecho de la momia, que retrocede, salvándome de un ataque franco. El mago se desmalla. Shiroge salta contra mi rival, combinando una serie de golpes flojos, que el enemigo no logra esquivar, terminando con un poderoso ataque contra la cabeza, que hace que se desvanezca también. Se oye como la losa que bloquea el acceso vuelve a abrirse. — ¿Estáis bien?— pregunto a mis compañeros. Semín y Ghoidiel están heridos, pero están conscientes e intentan ayudarse mutuamente. Clarín no responde. — Parece que ha usado demasiado su poder— informo al ver al inconsciente mago. — Cojamos el Santórum y larguémonos de aquí— apremia el malogrado medio elfo con desesperación. Me acerco al altar. Cojo el artefacto y lo guardo en mi morral. Shiroge carga a Clarín en sus brazos y salimos de la sala con presteza. Una vez estamos junto a las estatuas, ayudo a mis compañeros a curar sus heridas. Pero el mago no responde. Es noche cerrada por lo que se ve por la puerta. — Descansemos aquí— propone Shiroge—. Si mañana no se ha recuperado, cargaré con él hasta Bársel. — Pues come algo y descansa— le pido a Shiroge—. No creas que no me doy cuenta de que estás agotado tú también. 347 El eledín asiente y tras comer algo, se echa junto al mago. Semín y Ghoidiel hacen lo mismo. Yo me quedo haciendo guardia. Estoy también agotado, ha sido un largo día, pero hay momentos en los que uno debe enfrentarse al cansancio y a sus miedos… éste es uno de esos momentos. Una vez comienza a clarear el sol a través de la puerta de la pirámide, me asomo para comprobar que no haya peligro. Despierto a mis compañeros. Clarín sigue sin responder. — Vayámonos, quedarnos aquí es peligroso— opina Ghoidiel. Todos asentimos. El grandullón se echa al mago al hombro y bajamos la escalinata de la pirámide. Cruzamos la explanada y nos adentramos por el sendero a través del denso bosque. Llegamos a la linde sin incidencias y tomamos el camino de vuelta. Paramos unos minutos para comer y continuamos con presteza hasta que se hace de nuevo de noche. — Bársel está a pocas horas— advierte Shiroge—. Aunque estemos cansados será mejor continuar. — Está bien— Estoy exhausto, pero acepto la idea de mi compañero. Seguimos en medio de la noche. Dos horas más tarde vemos las luces de la ciudad portuaria. Parece que lo vamos a conseguir. Al llegar al barrio de los pescadores, nos dirigimos directamente a casa de Dardrin. — Toc, toc, toc— El elfo abre la puerta y nos mira con cara de sorpresa. — Pasad, no os quedéis ahí— nos invita a entrar en la casa—. ¿Qué ha ocurrido? 348 — Creo que Clarín se ha sobrecargado— le explico—. Después de lanzar un hechizo se ha desmayado y no se ha despertado aún. — Por aquí— Nos indica una habitación y la abre—. Tumbadlo en la cama. Dardrin chequea al mago, le abre los párpados con la yema de los dedos y controla su pulso. — Parece que está estable, pero puede tardar un par de días en recuperarse— nos tranquiliza—. Vayamos al salón, así me contáis qué ha ocurrido. Una vez estamos sentados a la mesa, nos saca agua y algo de comer. — Lo tenemos— anuncio al anfitrión—. Conseguimos entrar en la pirámide, descifrar el enigma y derrotar a los guardianes. — Pues debéis iros lo antes posible— nos advierte—. Al parecer la guerra ha terminado. — ¿Cómo es posible?— pregunta Shiroge. — Por lo que he oído— explica el guardián—, los Siervos de Amán traicionaron a Torsen. Los Yelmos de León, ayudados por los soldados del Espino Rojo, rodearon al Ejército del Tridente en el Gran Camino, a la altura de los montes Ersan, derrotándoles totalmente en la batalla. Gáldoras es ahora el lugar más seguro. Debéis ir allí y poner el Santórum bajo la protección del rey Árathan. Os conseguiré caballos y provisiones. — ¿Y Clarín?— se preocupa Semín—. ¿Qué pasará con él? — Yo lo cuidaré. En cuanto se recupere le enviaré a la capital— se ofrece Dardrin. — Creo que es lo mejor— opino—. Si la guerra ha terminado, el camino hasta Gáldoras no será demasiado peligroso. 349 — Descansad aquí, os sacaré mantas. Aunque el salón no es muy grande, cabréis bien para pasar la noche, si apartamos la mesa— ofrece el amable elfo. Todos asentimos y nos instalamos en la pequeña sala. La verdad es que estoy molido, no tardo en sumirme en un profundo sueño. — Venga, Mirmi— escucho la voz de Shiroge—. Es hora de irse. Me levanto y cojo mis pertenencias. Tras despedirnos de Dardrin, montamos los caballos que nos tiene preparados y partimos hacia Gáldoras. Cruzamos la ciudad de Bársel y tomamos el camino hacia el oeste. Se acerca el verano y el calor es bastante intenso. El paraje se vuelve cada vez más árido, aunque hay algo de vegetación que aún soporta el caluroso clima; pequeñas arboledas se acumulan en las cuencas; ortigas, espinos, cactus, arbustos y pequeños matorrales motean el paisaje, en los alrededores del serpenteante camino. Tras una jornada tranquila, el sol empieza a caer al llegar a una loma. Vemos a lo lejos una ajetreada posada, justo al lado de un gran pozo. Una gran llanura desértica se extiende hacia el sur. Al llegar al pozo, veo a dos jóvenes humanas sacando agua. En la fachada de la posada hay cinco caballos amarrados y un mozo les da de beber. En la puerta hay un bahaluk fumando en su pipa. En el letrero se lee en bóldor y en élfico “Pozo de la Llanura”. Entramos al salón que tiene seis mesas rústicas, de las que cuatro están ocupadas: en una hay cuatro bahaluks, seguramente los compañeros del que está en la puerta. Se ve que vienen de una batalla, probablemente son mercenarios que han luchado en la guerra contra Estrian, pues un par de ellos están heridos. Dos grupos de 350 comerciantes humanos ocupan otras dos mesas. Por último, un eledín de avanzada edad se sienta solitario al fondo, junto a la puerta de las habitaciones. Saluda a Shiroge con una entrenada reverencia, gesto que devuelve el grandullón. En la barra se sientan cuatro jinetes medio elfos, de aspecto poco confiable. Beben unas cervezas, bajo la atenta mirada del tabernero y su joven ayudante, posiblemente su hijo, dado el parecido entre ambos. Ocupamos una de las mesas vacías. — Voy a saludar a mi compatriota por respeto— informa el grandullón—. No es fácil ser un eledín en tierras lejanas y llegar a esa edad. — Te acompaño— me ofrezco. Lo cierto es que nunca había visto a un eledín de aspecto anciano—. Id pidiendo bebida y cena. — Buenas noches, amigos— nos saluda el solitario norteño al llegar. — Buenas noches— Mi acompañante hace una reverencia—. Me llamo Shiroge y este es Mirmaerín, solo venimos a saludarle. — Sentaos— ofrece con amabilidad, a lo que accedemos—. Mi nombre es Marsel. — ¿Y qué hace por aquí solo, señor Marsel?— le pregunto. — Pues me dedico a hacer pociones. Durante la primavera recojo bayas en la gran Llanura Solitaria, que luego llevo a Gáldoras, donde tengo un atelier y fabrico mis excelentes brebajes de curación— responde—. ¿Y vosotros? — Nos dirigimos a la capital— me apresuro a contestar—. Hemos sabido que la guerra ha terminado y vamos de regreso a mi ciudad natal. 351 — Eso he oído— confirma el anciano eledín—. Me alegro de que las cosas vuelvan a su estado normal. — Permítame invitarle a su cerveza, señor— ofrece Shiroge. — Muy amable, mi gran amigo— contesta con una sonrisa. — No le molestamos más, señor Marsel, hemos de regresar con nuestros compañeros— me despido para no prolongar demasiado el saludo. El anciano hace una bonita reverencia y regresamos a la mesa, donde nos esperan las cervezas. Poco después nos sirven la cena, un asado de jabalí con verduras gratinadas, y comenzamos a cenar. — Esos cuatro están muy pendientes— susurra Semín, refiriéndose a los medio elfos—. Están muy callados. — Mientras se queden en su sitio no habrá problema— le resta importancia Ghoidiel. Tras la cena pedimos una habitación para los cuatro. Hemos decidido, teniendo en cuenta que llevamos un objeto tan valioso, que estaremos más seguros si todos dormimos juntos. Subimos a la habitación cuando los cinco bahaluks comienzan a tocar y a cantar, como es costumbre en ellos. Por un momento me viene a la mente el recuerdo de Aulas. No compartimos mucho tiempo con él, pero siempre me fascinó la alegría que escondía, detrás de su malhumorado aspecto y sus rudos modales. — ¡Venga, en pie!— se oye la voz de Ghoidiel—. Es hora de partir. Nos levantamos y bajamos al comedor. Una de las jóvenes que vi ayer en el pozo atiende la barra. — Buenos días, señores. ¡Qué madrugadores!— nos da los buenos días. 352 — Buenos días— contesto—. Tenemos prisa, ¿tiene algo preparado para desayunar? — Por supuesto— responde amablemente—. Siéntense, ahora mismo se lo sirvo. Tras el apresurado desayuno, no tardamos en coger las montas y tomar el camino. Durante la jornada nos adentramos levemente por la desértica Llanura Solitaria. No forzamos a las bestias, el calor es bastante intenso. Se acerca la puesta de sol cuando divisamos a lo lejos una enorme roca. Tiene un sombrajo que, por lo que se ve, se usa de zona de descanso para los viajeros. Al llegar nos percatamos de que no hay nadie, solo dos improvisadas camas de paja junto a los restos de una hoguera. La inmensa roca mide unos diez metros de alto y más de treinta de ancho, en la parte más gruesa. — Inspeccionemos la zona— propone Semín. — Buena idea— responde Shiroge—. Te acompaño. Nuestros compañeros rodean la roca por cada lado, mientras Ghoidiel y yo amarramos los caballos al pilar de madera que sostiene el techado. — ¡Mirmi, Ghoidiel!— Shiroge da una voz avisándonos y salimos corriendo hacia allá. Al girar la roca vemos al grandullón y al medio elfo en un recodo del enorme cancho, hay una sutil escalinata oculta. — Subamos, lo mismo es más seguro descansar sobre la roca— propone el eledín. Ascendemos con facilidad y llegamos a lo alto. Hay una gran vista panorámica que nos permite ver muchos kilómetros a la redonda. — ¡Mirad aquí!— señala la arquera, que está en la punta oeste de la piedra. 353 Una losa de un par de centímetros de grosor está superpuesta sobre la superficie rocosa. Shiroge se agacha y tira de ella. Resulta que la enorme piedra está hueca y hay una escalinata que desciende al interior. — Investiguemos— propone Semín. — Yo me quedaré vigilando— dice la elfa. Bajamos los tres y encontramos una sala bastante amplia, con tres grandes sillones de piedra en torno a un pedestal, cuya punta tiene forma de esfera. — Quizás éste sea el sitio más seguro— advierto a mis compañeros. — ¡Dos jinetes se aproximan por el oeste!— nos avisa Ghoidiel. Subimos a la cima de la piedra y nos agachamos para que no puedan vernos. Están aún lejos y no se distinguen muy bien a contraluz de la puesta del sol. Semín y Shiroge bajan y esconden nuestros caballos tras la roca. Una vez se aproximan a nuestra posición, me percato de que se trata de dos medio elfos: uno de ellos es moreno y muy feo, cada uno luce un pendiente de aro. Enseguida los reconozco, son los Siervos de Amán de los cuatro picos, que huyeron con la Luz de Rosa. Me asomo y le hago un gesto al grandullón pasando mi dedo pulgar por el cuello. El eledín asiente y los acecha rodeando la roca. Semín va por el otro lado, Ghoidiel prepara su arco y yo agarro mi lanza de precisión. — Parece que hay alguien por aquí— se percata uno de ellos. No tienen tiempo de inspeccionar cuando Shiroge y Semín cargan y comienza una lucha bajo el techado. Se oye un 354 fuerte golpe y un grito. Un breve cruce de espadas y la batalla termina. Bajo rápidamente a comprobar la situación. Los sectarios están en el suelo, uno se desangra con un corte en la yugular y el feo está consciente, pero paralizado de cuello para abajo. — Vaya, vaya, vaya…— digo al encontrarme al desgraciado a mis pies. — ¡Tú!— me reconoce con gesto aterrado. — Los Ersan han oído mis plegarias— le digo con maliciosa sonrisa—. ¿Qué habéis hecho con la piedra? — Se la entregamos a mi amo. Pronto inundará el reino de Aradín de una era de oscuridad— A pesar de saber que se acerca su hora, el horrible medio elfo sonríe. — ¿Qué hacéis aquí?— pregunta Semín. — No os diré nada, podéis matarme— contesta. — Tengo una idea mejor— Miro a mis compañeros—. Lo dejaremos amordazado, encerrado en el interior de la roca. — ¡No me abandonéis aquí para morir de hambre, os lo ruego!— Le cambia el gesto. — Pues cuéntame, ¿qué hacéis aquí?— interrogo. — Venimos de Gáldoras. Un líder de nuestra secta, que se hace llamar Gortras, nos ha enviado a buscar información a Bársel, a localizar a un tal Dardrin, un elfo— empieza a cantar. — ¿Dónde se encuentra ese tal Gortras?— pregunta Semín. — Nos encontramos con él en una pequeña taberna, llamada El Cerdo Peleón, al oeste de los muros del castillo— contesta de nuevo—. Traíamos un mensaje sellado para él. — No me convence— le comento al grandullón—. Sigamos con el plan. 355 Shiroge coge al paralizado sectario y lo sube hasta la apertura, dejándolo caer hasta el fondo. Lo amordazamos para que no haga ruido y lo colocamos en una de las sillas de piedra. Tras la noche lo dejamos ahí. Vivirá unos días y sentirá el horror de la inanición. Una muerte lenta y agónica le espera como venganza por su tortura. Al alba cogemos nuestros caballos y liberamos los suyos, para después partir dirección oeste. Entrego los pendientes a Ghoidiel, ella los luce mucho mejor que esos desgraciados Siervos de Amán. Tras la tranquila jornada de marcha, alcanzo a ver a lo lejos una pequeña aldea, junto a un puente sobre uno de los afluentes del río Gáldor, que cruza con el camino del norte. — Es Afghein— reconozco el lugar—. Estamos ya muy cerca. Dos pequeñas torres de vigilancia, ocupadas por Yelmos de León, se sitúan a cada lado del pequeño puente, desde donde se ve hacia el sur, una rueda que alimenta el molino de la reputada fábrica de cervezas Afghein. Un poco más adelante, en el cruce con el camino del norte, se ubica una animada posada. Del otro lado de la vía, una línea con tiendas de todo tipo se extienden en la linde. Está anocheciendo. — No quedan más de dos horas hasta Gáldoras— hago saber a mis compañeros. — Continuemos entonces— propone Shiroge—. Ya descansaremos en la capital, bajo la protección del rey. Aunque es una pena no disfrutar de una cerveza en la famosa posada de Afghein, de la que he oído tiene el mejor ambiente del reino, no hemos venido a divertirnos. Los días de marcha pesan en nuestros cansados cuerpos y será mejor concluir nuestra misión lo antes posible. 356 La ruta hasta Gáldoras es tranquila, patrullas de Yelmos de León vigilan el recorrido. Tras apenas dos horas, aprecio bajo la oscuridad de la noche, rota por los faroles, la ciudad de Gáldoras. Destaca el impresionante castillo del rey, en lo alto de la colina junto al barranco. Alcanzamos el puente sobre el río Gáldor y avanzamos hacia las puertas de la muralla exterior, donde un grupo de guardias nos da el alto. — ¿Quiénes sois y a qué venís a la ciudad?— nos interroga el líder del grupo. — Somos Dalmas al servicio del rey Árathan— contesto—. Mi nombre es Mirmaerín, estos son Shiroge, Ghoidiel y Semín. Tenemos prisa, debemos ver a su majestad urgentemente. — Ja, ja, ja— ríe el guardia—. Así que sois Dalmas del rey. — Señor— un compañero llama la atención de su oficial y le habla al oído. Le cambia el gesto. — Voy a comprobarlo— dice con otro tono. — Pues más te vale que te apresures, o me encargaré personalmente de que sirvas de cena para las bestias en el gran circo— presiona Semín a sabiendas que el compañero ha oído hablar de nosotros. — Claro, no se enfade, señor. Mis compañeros le escoltarán hasta la posada, junto al templo de Reéjtar— El oficial coge un caballo y se apresura para subir al castillo. Avanzamos por la llamada Avenida del Rey, hasta la posada junto al templo, de nombre El Buen Trato. Tras poco más de media hora de espera, el guardia regresa a toda prisa. — Acompañadles hasta el salón del rey— ordena a los demás guardias. Los Yelmos de León nos guían por la avenida principal y subimos la pequeña colina que rodea el castillo. Los 357 guardias de extramuros nos permiten el acceso y entramos a la inexpugnable fortaleza del rey. Las lujosas casas de los nobles ocupan la inmensa explanada, frente al impresionante palacio. Nos abren el enorme portón metálico y accedemos por un amplio y ornamentado pasillo, con una gran alfombra roja de costuras doradas, que bordan en su superficie la cabeza de un león y que llega a la entrada del salón del trono. Dentro se encuentra Árathan, rodeado de algunos de sus consejeros y magistrados. Al vernos entrar, el rey se levanta de su sillón con los brazos abiertos. — ¡Bienvenidos, mis valerosos Dalmas!— nos saluda Árathan, a lo que respondemos con una reverencia. 358