14 Gáldoras. — ¿Habéis tenido éxito en vuestra misión?— nos pregunta el regente. — Mi señor, no pretendemos ser descorteses, pero preferimos daros la información a solas— contesto al rey agachando la cabeza. — Está bien— responde—. ¡Todos fuera! — Pero, mi señor…— uno de los consejeros con llamativas vestimentas replica. — ¡Silencio, Durmael!— ordena el rey con voz firme—. ¡He dicho que todos fuera! Los allí presentes empiezan a salir de la sala. — Mi señor, hemos tenido éxito— informo al rey una vez estamos solos y extraigo el Santórum de mi morral. — ¡Qué gran noticia!— afirma con una sonrisa—. Yo custodiaré el objeto. Álerin, Néster y Wíldor vienen de camino. — Hay una cosa más, majestad— advierte Shiroge—. Tenemos razones para creer que los Siervos de Amán tienen un bastión en la ciudad. Nos cruzamos con un par de esos indeseables, al parecer su líder se hace llamar Gortras. Usan una taberna como punto de contacto, por lo que sabemos se ubica al oeste del castillo y de nombre El Cerdo Peleón. — Pues de ser así, tendremos que dar con ellos. Mañana mismo daré la orden— apremia el rey—. Haré que os den habitaciones en palacio. — Su Excelencia— Semín se adelanta a hablar—, dado que no se conocen entre ellos, podríamos ir nosotros mañana a investigar. Mirmaerín y yo podemos hacernos 359 pasar por sectarios y conseguir información. Si se enteran de que buscáis el bastión, huirán y perderemos la oportunidad. — Gran idea, joven Dalma— asiente Árathan—. Decidme qué necesitáis. — ¿Dispone su Majestad de algún buen dibujante?— pregunto. — El mejor del reino— contesta. — Haga que nos dibuje el símbolo de la luna menguante sobre la estrella de cuatro puntas, que usan los sectarios— solicito—. Suelen llevarla tatuada en el pecho izquierdo por lo que he podido comprobar. — Así sea— responde Árathan—. Venid al alba. — Gracias, alteza. Os recomendaría mantener todo en secreto— insisto—. Si esos Siervos de Amán están en la ciudad y no han sido descubiertos, es porque están bien informados. — ¿Insinúas que hay un topo en la corte?— Me mira con cara de preocupación. — Aún no lo sé, mi señor, pero creo que es innecesario correr riesgos— le doy mi opinión. A fin de cuentas, infiltrarnos puede suponer jugarnos el pescuezo. — Está bien, mi dibujante acudirá en secreto a vuestros aposentos— concede. — Gracias, Majestad— Hago una reverencia, que imitan mis compañeros. El rey se despide y ordena a unos guardias llevarnos a nuestras habitaciones, en el ala este del palacio. Es sin lugar a dudas, la estancia más lujosa que haya ocupado en mi vida: Tiene una enorme cama con colchón de plumas, además de un vestidor con ropa de calidad, un escritorio con papel y plumas, y una bañera con patas de león. 360 — Toc, toc, toc— suena la puerta y abro los ojos. Anoche me quedé dormido tan rápido, que olvidé incluso hacer mis oraciones. Me siento totalmente repuesto. — Sí— contesto—. Adelante. Un hombre moreno de impoluta apariencia, con bigote fino y alargado, que lleva caras vestimentas, hace su entrada. Porta en sus manos un pequeño maletín de madera. — Buenos días— saluda—. Mi nombre es Dalias, el rey me ha enviado para hacerle un dibujo. — Buenos días, no perdamos el tiempo, pues— respondo mientras salgo de la cama y me destapo el pecho. Me siento en una silla. El hombre abre el maletín y coje un fino pincel, con el que empieza a dibujarme el símbolo. No tarda más de diez minutos. El trabajo es magnífico, parece un tatuaje de verdad. — Deje que se seque diez o quince minutos— me aconseja—. Luego podrá vestirse. Voy a ver al medio elfo. El hombre abandona la sala y entra una joven con una bandeja. — Le traigo el desayuno, mi señor— me dice la hermosa doncella. — Muchas gracias— respondo—. Déjelo en el escritorio. Después de desayunar, me visto y salgo al pasillo. Llamo a la habitación de Shiroge, que está desayunando, y luego a la de Ghoidiel. Nos reunimos todos en la habitación de Semín. — Shiroge y Ghoidiel se adelantarán y entrarán en la posada— propone Semín un plan mientras su tinta termina de secarse—. Luego iremos nosotros directos a la barra, haremos ver los tatuajes y preguntaremos por Gortras. Si salimos acompañados enseguida, tomaros un tiempo en seguirnos. Pero será mejor que salgáis vosotros antes si veis que no hay peligro. 361 — Me parece bien— respondo. El eledín y la elfa asienten y salen de la sala. Tras veinte minutos abandonamos el palacio. Tomamos dirección oeste y salimos por el portón que cruza la muralla interior de ese lado. Sé exactamente dónde ir. Aunque la casa de mi abuelo estaba situada en extramuros, he recorrido las calles de la ciudad y conozco el emplazamiento de la pequeña taberna, si bien nunca he entrado en ella. Tras girar la segunda esquina, llegamos a la plazuela en la que se ubica El Cerdo Peleón. No hay nadie en la puerta y entramos directamente. La pequeña tasca solo tiene cuatro mesas. En una Shiroge y Ghoidiel beben una cerveza, en otra hay tres hombres que nos miran con descaro. Llegamos a la barra y hablamos con el posadero, un hombre calvo en la coronilla y de semblante poco amistoso. — Buenas— saludo con voz templada y sin demasiados modales—. Buscamos a Gortras. Bajo un poco la solapa de mi camisa para mostrar el dibujo. El hombre lo mira y mira a los que están en la mesa. — Sus amigos están ahí sentados— responde serio. Nos giramos y nos acercamos a los humanos. Sin decir nada nos sentamos y les muestro de nuevo el símbolo. — Esperad a que estemos solos— advierte uno de ellos, parece que el plan funciona. Tras unos minutos, Ghoidiel se acerca a la barra. — ¿Qué le debo?— pregunta al tabernero. — Dos monedas de bronce— contesta. — ¿Una de bronce por cerveza?— La reacción de la elfa es totalmente natural. 362 — ¡Si no le gusta, no hace falta que venga más!— responde el malhumorado hombre de la barra. Con mala cara, la arquera paga la bebida y sale de la sala con Shiroge. — ¿Qué es lo que queréis?— pregunta uno de ellos. — Nos envía Ostírelin, tenemos un mensaje para Gortras— respondo con firmeza. — Nadie nos ha avisado de que veníais— revela. — Traemos una información sensible, el amo no podía correr riesgos— responde audazmente Semín. — Está bien. ¡Seguidnos!— Los sectarios se levantan. Salimos del establecimiento y nos guían por las calles de la ciudad, dirección sur. Pasamos junto al gran templo de Eneon. Parece que nos dirigimos a extramuros, hacia la plaza Gáldor, en el barrio donde estaba la casa de mi abuelo. Jamás pensé que un bastión pudiera ubicarse en un lugar tan humilde. Justo antes de llegar a la plaza, tomamos a la izquierda, por la calle que lleva al barrio obrero. Seguimos hasta el final, hasta el último grupo de viviendas y entramos en la de la esquina más cercana a las murallas. Es una pequeña casa, de no más de cincuenta metros cuadrados, que está totalmente vacía. En el medio se agacha uno de ellos y abre una trampilla por la que baja una escalinata, que da a un largo túnel de unos doscientos metros en dirección norte y que se cuela bajo las murallas. En la otra punta hay otra trampilla por la que subimos. Vamos a dar a un espacio oculto tras una estantería, dentro de un gran edificio de paredes altas. Al desplazar el mueble, me percato de que se trata de un salón de reuniones, con una gran mesa en el centro rodeada de una decena de sillas, sin ventanas y con una única puerta. 363 — Esperad aquí— Uno de ellos sale de la habitación. No me esperaba que hubiera un acceso secreto, y me tiembla un poco el pulso. Si Shiroge y Ghoidiel no encuentran el sitio estamos perdidos. Miro a Semín, aunque intenta disimular, percibo preocupación en su mueca. — ¿Creéis que tardará mucho?— pregunta el medio elfo tras veinte minutos—. Estoy muerto de hambre. — Pues no lo sé, la verdad. El jefe suele estar atareado y no suele venir por aquí salvo que se le convoque— responde el más joven. — No os importará darnos algo de comer, ¿verdad, amigo?— me sorprenden las capacidades interpretativas de mi compañero en este momento de tensión. — Está bien, acompañadme al comedor— contesta el otro. Salimos al extremo de un pasillo, con dos puertas a cada lado y otra al fondo que está abierta. Da a un pequeño patio exterior cercado, donde dos guardias vigilan. Entramos en la primera a la derecha. Hay un pequeño comedor y una barra con una joven con cara de aburrida. — Yasmín— se dirige el sectario a la chica—. Dales algo de comer y de beber. — ¿Qué queréis beber?— pregunta la sirvienta. — Un par de cervezas valdrán— respondo. Me percato de que hay una ventana, se ve el exterior a través del cristal. Reconozco el sitio, sin duda estamos en una de las calles tras los muros, en las traseras de la posada ubicada junto al templo de Eneon. Veo pasar a Shiroge, que mira hacia adentro. No gesticulo para no llamar la atención, pero creo que se ha percatado de nuestra presencia. Solo espero que tenga paciencia y espere a que llegue el líder del bastión. 364 Yasmín nos sirve las cervezas y algo de embutidos, queso y pan para comer. — Paf, paf, paf— Se oyen golpes en una puerta. — ¡El edificio está rodeado!— suena un grito. Los dos Siervos de Amán se miran y se asoman al pasillo, nos levantamos y los seguimos. Se escuchan pasos de una multitud que entra en el edificio y el cruce de espadas en una lucha. Al asomarnos veo a Shiroge arrancar la valla del fondo y la lanza contra uno de los guardias, que cae al suelo. Una flecha de Ghoidiel cruza el pasillo y se clava en el ojo de uno de los que nos acompañan. El otro, el más joven, levanta las manos. — Me rindo— dice el asustado muchacho. Tras el eledín aparecen un grupo de Yelmos de León. La redada es un éxito, pero por desgracia se han precipitado. Hemos perdido la oportunidad de capturar a Gortras, pero al menos estamos salvados. — Registrad la vivienda— ordena Ghoidiel a los guardias. — ¿Estáis bien?— pregunta Shiroge. — Sí, pero me temo que el líder no está aquí— respondo. Reúnen a una decena de sectarios, además de cinco trabajadores, entre ellos Yasmín. Parecen ajenos a todo. Los sacan a la calle y los ponen contra la pared, mientras se realiza el registro del edificio. Ayudamos a buscar. Fuerzo la puerta y entro en la última sala a la derecha del pasillo, donde hay un despacho. Sobre el escritorio reposa una nota. “Hemos hallado la lágrima de Eneon. Estamos intentando extraerla, pero no está resultando fácil. Olvidaos de Dardrin, el Santórum ya no es necesario. Debéis encontrar a Marsel el alquimista, tiene un atelier en la capital. He dado orden a los dragols de buscarle en la Llanura Solitaria. 365 Si dais con él traedlo a la Isla del Lago Rouren , en la Cordillera del Ojo. Ostírelin”. Hay una puerta en el despacho que da a una habitación. Al registrar el armario me percato de las ropas que ahí se guardan. Sin duda, son muy parecidas a las extravagantes vestimentas del consejero del rey. Cojo las pruebas y salimos a la calle. Una veintena de Yelmos de León llevan a los presos al palacio de justicia. Nosotros nos dirigimos al castillo. Al llegar al salón del rey, allí está Árathan en su trono rodeado de sus consejeros, entre ellos Durmael el traidor. Nos inclinamos ante el monarca. — ¿Y bien?— nos pregunta. — Hemos encontrado el bastión, alteza. Se escondían en una sede de un grupo de comerciantes— contesto—. El líder no se encontraba allí, pero tenemos pruebas de su identidad, además de una nota con las órdenes de Ostírelin. Muestro la nota y las ropas encontradas. — Estas ropas estaban en la habitación principal, sin duda pertenecen a su consejero Durmael— lanzo mi acusación. El rey mira a su consejero con cara seria. — Mi señor, debe de tratarse de un error— se defiende—. Hace tres años que os sirvo con lealtad. — ¿Acaso no son estas vuestras ropas?— le interrogo. — Eso no demuestra nada. No sé cómo han llegado hasta ahí— contesta con cara asustada. — Hay más, mi señor— añado. — Entre los miembros de la secta capturados, hay un joven que le conoce. Solo necesitamos que lo reconozca— insisto—. Está retenido en el palacio de justicia. 366 — Apresad a Durmael— ordena el rey a sus guardias—. Iremos a comprobarlo. De ser cierto, será ejecutado junto con Torsen y Balduur, los traidores de Estrian. Los guardias ponen grilletes al consejero, que no para de intentar justificarse con nerviosismo. En compañía del rey, nos dirigimos hacia el edificio donde se ubica la corte de justicia, en el oeste de la ciudad, cerca de las murallas en las inmediaciones del gran coliseo. Entramos en la sala donde retienen a los reos, veo al chico y le señalo. — Yo no he hecho nada— dice el muchacho con cara de pánico. — Está bien, chico, aún puedes salvar la vida— le habla el rey—. Solo dinos lo que queremos saber. Meten en una sala al consejero, además de otros cinco sospechosos capturados en la redada. Colocan al joven sectario en el centro, que mira a los hombres frente él. — ¿Quién es Gortras?— interroga al muchacho Árathan. Con el dedo tembloroso señala a Durmael. — ¡Traidor!— le grita furioso el líder del bastión—. Haré que te saquen las tripas. — ¡Tú eres el traidor!— contesta con rabia Árathan—. Yo te hice un hombre rico, ¿y así me lo pagas? — ¡Tus días de gloria llegan a su fin! ¡Oh, gran rey de Aradín, mi amo pronto desatará la oscuridad!— le responde insolentemente. El rey da un fuerte puñetazo a Durmael, que lo derriba. — ¡Llevaos a esta escoria!— ordena el regente—. Mañana veremos si sigue siendo tan valiente, cuando vea la muerte venir. El monarca se gira hacia nosotros con gesto de aprobación. 367 — Mi señor, debemos hablar de la nota— le dice Shiroge—. Si fuera posible, en privado. — Por supuesto— contesta—. Acompañadme. Regresamos al palacio, acompañados por el monarca y el séquito real, mientras encarcelan a todos los miembros de la secta. Una vez en el salón del trono el eledín se adelanta. — Alteza, hace unos días, viniendo de camino, conocí a un eledín llamado Marsel— relata mi compañero—. Estaba en la posada Pozo de la Llanura recogiendo bayas. — Le conozco— responde el rey—. Tendremos que ir a buscarle enseguida, su vida corre peligro. — Mi señor— un guardia entra en la sala—. Hay un hechicero que desea verle, se hace llamar Clarín. — ¡Que pase!— ordena Árathan. Una sensación de alegría recorre mi cuerpo. Sé que se vale por sí mismo, pero me tranquiliza saber que está bien. Se oye el portón y veo al hechicero avanzar hacia el trono. Nos guiña el ojo al llegar a nuestra altura y hace una reverencia al rey. — Pues aprovechando que estáis todos, salid de inmediato a buscar a Marsel el alquimista— nos apremia el regente. — Majestad— contesta el mago—, ¿os referís a un eledín que frecuenta la gran Llanura Solitaria? — Así es— afirma Árathan. — Pues tengo malas noticias— Clarín pone cara de preocupación—. Al pasar por la posada Pozo de la Llanura, el tabernero estaba preocupado porque había desaparecido. Me ofrecí junto con un compañero a ir a buscarlo. Nos dirigimos al sur, a una cabaña que me habían indicado, es el lugar donde recolecta sus bayas, cerca de la Gran Grieta. Al llegar, vimos pisadas de caballo 368 y rastros de dragols que se adentraban en la llanura dirección sur. Creo que ha sido capturado. — ¡Maldita sea!— gruñe el rey—. De ser así, tenemos un gran problema, pues Ostírelin al parecer tiene un plan. Esperaremos a la llegada de Álerin y Néster. Recemos a los Erdan para que aún tengamos tiempo de detenerle. — Como ordene, majestad— asiente el mago con una reverencia. — Ahora tomaros el día de descanso. Mañana os espero en el palco del coliseo, para las ejecuciones— nos ofrece el rey—. Que le den aposentos a Clarín. Asentimos y salimos del salón del trono. Ya en el pasillo saludamos a nuestro compañero. — Vayamos a comer y a beber para celebrar el reencuentro— propone Shiroge—. Así nos pondremos al día con los detalles del viaje. Nos vamos a la lujosa posada que se ubica en la zona este, dentro de los muros del castillo. Un establecimiento frecuentado por nobles y gentes de finanzas, no es un lugar donde permitan entrar a cualquiera. En la puerta hay un par de porteros, bien vestidos y de gran tamaño. En el precioso letrero iluminado se lee en élfico y en bóldor “Taberna real”. Los hombres de la entrada nos dan el alto. — Disculpen, caballeros. ¿Pueden identificarse?— nos habla muy cordialmente uno de ellos. — Mi nombre es Clarín. Estos son mis compañeros Mirmaerín, Shiroge, Semín y Ghoidiel. Su majestad el rey nos ha ofrecido personalmente su hospitalidad en el castillo, como agradecimiento por los servicios prestados. — He oído hablar de ustedes— reconoce el otro hombre—. Es un honor que visiten nuestra taberna. Sin embargo, no 369 pueden pasar con armas de filo, ni equipamiento militar. Son normas de la casa, como comprenderán. — Lo entiendo, iremos a cambiarnos— le respondo con cierta vergüenza. Hay que admitirlo; vamos sucios, armados hasta los dientes y con aspecto peligroso. No hacemos juego con la decoración y la clientela refinada de tan excelsa taberna. Regresamos al palacio. Tras pedir que nos preparen los baños a una de las sirvientas, nos vamos a nuestras habitaciones. Acordamos no tardar más de media hora en asearnos y vestirnos con algo más elegante. Lo cierto es que un baño de agua templada y perfumada alivia la tensión de una manera indescriptible, después de días de marcha y batalla. Tras borrar con facilidad el falso tatuaje, elijo del vestidor una elegante túnica azul, con unos pliegues de seda en los brazos y que me llega hasta las rodillas, cogida con un bonito cinturón de cuero marrón, que tiene la hebilla con la forma de la boca de un león dorado, y un chaleco también marrón con botones dorados. Para mis pies, he elegido unas sandalias de tiras de cuero, también marrón oscuro; y sobre mi cabeza, un gorro de cuero marrón, con una pluma azul, sujeta por una especie de zafiro. Una vez acicalado, me miro en el espejo. ¡Vaya pintas llevo! Salgo al pasillo y la única que está lista es Ghoidiel. Luce un precioso vestido de media manga, de tela fina color verde hoja y con escote en punta, cuya falda deja ver justo bajo sus rodillas. Calza unos zapatos verdes oscuros. Un cinto de color plateado sujeta su brillante melena morena. Además, lleva 370 puestos los preciosos pendientes, que lucían los desdichados Martin y Dartin. Al mirarme se ríe. — ¡Vaya pintas!— suelta una sutil risita. Se ve que tenemos los mismos gustos, pero evidentemente no el mismo talento para vestirnos. — Tú también estás preciosa— Le guiño un ojo. Se abre la puerta de Shiroge. Viste con unos pantalones de piel oscuros, una camisa blanca con vuelos en los codos y botones negros, sobre el que luce un chaleco sin mangas, de tonos negros y grises. Tiene su melena negra bien peinada y la barba recortada casi a ras, y perfectamente perfilada. En sus pies lleva unas bonitas botas de piel de color negro. — Muy guapo— le digo al grandullón. — ¡Y vos muy elegante!— me contesta con una reverencia y una enorme sonrisa. Aparece Semín, lleva una túnica negra de medio cuerpo, con capucha y mangas cortas, anudada desde el pecho con botones de cuerda. Las puntas de su cabello gris sobresalen por los lados del cuello, del que pende un colgante de oro. Viste un pantalón gris oscuro y botas de tobillo, también negras. Sus manos están decoradas con cuatro llamativos anillos dorados, en cada una. — Si no es por los anillos… vas como siempre. Jajaja— se mofa Ghoidiel. — Tápate un poco niña, que vas muy fresca— se la devuelve con una malévola sonrisilla. Finalmente aparece Clarín, con una túnica igual pero impoluta. Muy bien peinado, con el pelo un poco más corto, unas alpargatas grises y una sonrisa en su cara. — ¿Pero cómo has tardado tanto?— le recrimina Ghoidiel—. ¡Pero si estás igual! 371 — En la intimidad, un mago hace cosas de mago— le responde con un juego de palabras que en élfico suena mejor. “Dul inm, mag dun ya mag”, que dicho al revés “Mag ya dun maginmdul” significa: la magia es lo que te hace digno. — Venga, vayámonos, que tengo hambre— apremia algo más serio Shiroge. — Pues ha sido por Clarín, si no, no os reconozco— bromea el portero al regresar a la posada. Nos hacen un gesto con la mano y entramos en el elegante salón principal de la Taberna Real. Seis mesas, con el tablero de mármol y elegantes patas de forja, ocupan el centro de la sala, rodeada por sillas, también de hierro, de líneas retorcidas, con respaldos y posaderas acolchadas, tapizadas con una tela color rojo aterciopelado. El suelo es un gran tapiz de color burdeos, decorado con figuras geométricas en las esquinas y los bordes. En el centro, justo entre las mesas, se aprecia un gran círculo de dos metros de diámetro, en el que está bordada la cabeza de un león dorado de excelente acabado. Las paredes son de color rojo estucado, con las aristas y los pilares de caoba. Hay dos hermosos tiestos con coloridas plantas, que separan la zona central de otra un poco más privada a la izquierda, que dispone de tres apartados sobre un escalón. Con mesas de pie central y taburetes de pared, todo en caoba, los cojines son de colores burdeos y dorado. Tras la zona privada se extiende un pasillo que da a la parte de atrás, donde hay otra sala un poco más pequeña con mesas y sillas de caoba. Todavía no hay demasiado ambiente, solo dos de las mesas del centro están ocupadas: En una hay dos nobles 372 con llamativos sombreros e insignias heráldicas en los chalecos. En la otra, un par de adinerados beben una infusión de té, acompañados de otro hombre, que aunque pretende disimularlo, sin duda se trata del guardaespaldas. — Bienvenidos, caballeros— nos saluda el barman tras la barra, situada justo enfrente de la entrada. — Ocuparemos uno de los reservados, si no le importa— solicita Semín. — Por supuesto, señores. Acomódense, ahora mismo les atiende una de las camareras— nos señala hacia el lugar. — Lo primero y antes de nada— habla el encapuchado nada más sentarnos—, ajustemos cuentas. El medio elfo saca una bolsa del tamaño del puño de Shiroge y la vuelca sobre la mesa, dejando caer piezas de todos los metales y el par de anillos de mejora ofensiva, un crucifijo de plata, dos rubíes y un colgante de perlas. — Esto es todo lo que he ido guardando desde que salimos de Íshar— nos dice—, descontando los pagos en tabernas y provisiones. Contamos las monedas y hay un total de veintiocho monedas de oro, cuarenta y cinco de plata y sumo otras tres de plata y dos de bronce, contando las otras. — Propongo que lo repartamos de la siguiente manera— habla Clarín—. Ghoidiel que use un anillo de piedra roja, el otro me lo quedaré yo. Entre las joyas y las piezas habrá treinta y seis monedas de oro; una por el crucifijo de plata y dos por el de perlas, más otra por los rubíes. Luego os cabrán a doce monedas de oro vosotros tres, sobrando cinco de plata y dos de bronce en otras monedas que mantendremos de fondo común para los gastos. Los anillos de piedra roja, según tengo entendido, se tasan alrededor de ese valor: doce piezas de oro. — De acuerdo— respondo. 373 — Por mí, bien— dice Semín. — Lo que digáis— afirma Shiroge. — Por mí no hay ningún problema— confirma Ghoidiel. Repartimos los fondos y llega la camarera. Es una bonita joven humana, de melena rubia y ojos pardos, que luce un top blanco y una elegante falda de tubo del mismo color, con una raja en el lado izquierdo, que deja sutilmente ver la aterciopelada piel color caramelo de su pierna, desde la pantorrilla hasta sus tobillos, donde se atan unas finas sandalias de tiras de cuero. — Bienvenidos, señores y señorita. ¿Qué van a tomar?— nos pregunta con voz dulce. — Cinco cervezas, por favor— pide Clarín. — ¿Qué tienen de cenar?— pregunta Shiroge. — Esta noche nuestro afamado cocinero Drolin está preparando un menú, con ensalada de langosta del cabo de Noblin, regada con una vinagreta de huevas de salmón y dátiles, que recomendamos acompañar con nuestro refrescante vino blanco espumoso— nos detalla la servicial sirvienta—. Después una pasta de trigo del Espino Rojo, aderezada con ragú de jabalí, aromatizado a las finas hierbas. Ideal para acompañar con una cerveza de Afghein. Para terminar, el exitoso pastel de milhojas de nata y frutos rojos con salsa de frambuesa. — Dígale al cocinero que tenemos hambre— responde el grandullón—. Ponga cinco menús. — A mí sírvame solo uno, jeje— le tomo el pelo a la camarera. — Jajajajaja— resuena la sonora carcajada de mis compañeros. — Muy bien— responde con una sonrisa—. Ahora les traigo las cervezas y un aperitivo para el enorme caballero. 374 — Bueno Clarín, cuéntanos qué ha sido de ti estos días— pregunto al mago, una vez nos han servido las cervezas, además de un platito con distintos quesos y tostas de pan crujiente para Shiroge. — Pues me desperté de noche, en casa de Dardrin. Justo acababa de llegar un sobrino suyo: un elfo de pelo rubio y ojos azules llamado Grédorin. Se ha quedado por la ciudad, pero no sé si lo veremos. Regresaba mañana con su tío— El hechicero da un trago a su cerveza y retoma la historia—. Dardrin me contó que la guerra había terminado y que vosotros os habíais adelantado, a petición suya, hasta Gáldoras. Aprovechando que había llegado su sobrino y que necesitaba algo de la capital, le pidió que me acompañara. De camino llegamos a la posada Pozo de la Llanura. Al entrar nos comentó el posadero que estaba preocupado por un cliente, que no había vuelto. También me habló de vosotros. Me dijo que habíais salido temprano dirección a la capital. Sospechaba de unos jinetes medio elfos de aspecto peligroso, que coincidieron aquella noche. — Los recuerdo, me dieron muy mala espina— interrumpe Semín. — Me contó que el desaparecido era un eledín, de aspecto anciano y excelentes modales, llamado Marsel, que tiene una choza a unas dos horas al sur, cerca de la Gran Grieta. Nos ofrecimos a ayudarle. A primera hora salimos en dirección a la grieta y alcanzamos el lugar. Seguimos unos rastros de caballos que se desplazaban hacia el sur. Cerca del cañón, vimos que se cruzaban con el rastro de una treintena de dragols. — ¡Treinta!— exclama Ghoidiel, sabedora del peligro que corrieron. — Luego regresamos al camino. Encontramos restos de una batalla en el refugio junto a la Gran Roca y decidimos 375 dormir sobre ella. Grédorín se percató de que había una losa suelta. Al apartarla descubrimos una sala. En su interior, había un medio elfo muerto, quizás pocas horas antes, ya que el cuerpo no olía. — Se trataba del feo sectario que había huido con la Luz de Rosa— le aclaro la situación. — ¡Fuisteis vosotros!— exclama—. ¿Qué ocurrió? — Termina tu historia, después te contaré la nuestra— le animo a que continúe para no perder el hilo. — Tiramos el cuerpo a la desértica llanura y nos quedamos allí a descansar. El resto del camino pasó sin incidentes. Dormimos en Afghein— Sonríe Clarín—. Por cierto, qué ambientazo, de verdad… Estaba a rebosar la posada, con músicos y bailarines. Yo me animé a tocar un rato… nos reímos un montón, estuvo muy bien. Nos levantamos tarde y por eso he aparecido a estas horas. — Pues nosotros…— le cuento toda la historia detalladamente, mientras nos sirven la cena y me percato de que se empieza a llenar la posada. — Pues me he quedado con hambre— reconoce Shiroge a la camarera cuando recoge los platos del postre. — ¿Quiere algo más?— pregunta la joven. — Póngame un par de porciones de tarta, si es tan amable— contesta el eledín—. Con eso servirá. Pasamos un par de horas de bailes, al ritmo de la animada música de Clarín. En este espacio de tiempo, varios hombres nos han reconocido, especialmente a Shiroge. Pasamos un buen rato, pero llega el momento de irnos a descansar. Mañana por la mañana serán las ejecuciones y hemos sido invitados, ni más ni menos, que al palco del rey. Sería descortés no asistir. — Toc, toc, toc. El desayuno, señor— suena la puerta y una dulce voz femenina me despierta. Siento mi cuerpo 376 flotar sobre el suave tacto de las sábanas del mullido colchón de plumas, después de un merecido descanso. Ahora entiendo qué es eso de dormir a cuerpo de rey. — Adelante— contesto mientras estiro los brazos—. Déjelo en el escritorio. La sirvienta deposita la bandeja y tras despedirse con una sutil reverencia, abandona la habitación. Después del desayuno, me reúno con los otros Dalmas y los guío por la ciudad hasta la puerta de Estrian, tras la cual se ubica la explanada del coliseo. Los carteles en los muros anuncian el evento. “ESPECTÁCULO EN EL COLISEO Por la mañana: Espectáculos circenses de malabares y doma de bestias. Al mediodía: Ejecución de los traidores Torsen, Balduur, Altamir y Durmael. Serán entregados a las fauces de las hormigas tanque. Con la presencia de S.M. el rey Árathan VI”. Accedemos por la puerta principal, donde una línea de Yelmos de León nos abre paso, saludando inclinando sutilmente la cabeza. Subimos la escalinata y accedemos al lujoso palco, con sillones acolchados y tumbonas. Las mesas están llenas de aperitivos y varias sirvientas portan las bebidas. El rey no ha llegado aún, es temprano. En la arena un grupo de malabaristas y contorsionistas intentan entretener al todavía escaso público. Faltan un par de horas para el mediodía. Nos acomodan en un lateral, cerca de la barandilla, y nos sirven de beber. 377 — Tiiiirííííí— suenan las trompetas en el coliseo, que empieza a llenarse. Todos nos levantamos y resuenan los aplausos ante la llegada del rey Árathan VI. El monarca baja la escalinata hacia su asiento, un cómodo sillón situado en el centro del palco. Al pasar por nuestro lado nos saluda con la mano, a lo que respondemos con una reverencia. Las entradas del recinto empiezan a saturarse, se espera lleno. Por culpa de la rebelión, muchos hombres de Gáldoras han muerto y sus seres queridos desean asistir, en primera persona, a la ejecución de los responsables. El rey se acerca a la barandilla y saluda a la plebe, luego alza la mano y se hace el silencio. Suena un portón que se abre en la punta a nuestra izquierda. Dos bueyes arrastran un carro con los cuatro hombres maniatados. Traen el torso desnudo, luciendo las cicatrices de la tortura vivida en las últimas horas. El monarca quiere ejemplificar y por lo que se ve ha ordenado la condena más dura. Unos verdugos encapuchados los bajan del carro y los colocan en el centro frente al palco. Apenas se tienen en pie. Los dejan maniatados, pero con las piernas libres y mirando hacia el rey, antes de salir por uno de los laterales. — ¡Torsen, hijo de Galdrin! ¡Balduur, capitán de la Guardia del Tridente! ¡Altamir, almirante pirata! ¡Y Durmael, consejero de la corte!— grita el rey—. ¡Habéis sido condenados por alta traición contra vuestro rey, por sublevación contra vuestro pueblo y por rebelión contra nuestras leyes!— Hace una pequeña pausa—. ¡Por ello os sentencio a morir en este coliseo, bajo la mirada del rey al que habéis traicionado, ante los ojos del pueblo contra el que os habéis sublevado y en cumplimiento de las leyes 378 contra las que os habéis rebelado!— Alza de nuevo la mano. El pórtico de la derecha se abre. De la oscuridad del interior aparecen dos enormes hormigas. Miden más o menos un metro y medio, desde el suelo hasta el lomo y poseen unas enormes mandíbulas de medio metro y largas patas. Se mueven a gran velocidad hacia los condenados, que intentan huir aterrados. Durmael tropieza en el medio y uno de los gigantescos insectos se abalanza contra él, partiendo su torso en dos, entre sus poderosas fauces. Se oye una fuerte exclamación del público y un atronador aplauso. Mientras la otra hormiga acorrala a Altamir contra el muro, frente a nosotros. Clava su mandíbula en el tórax del almirante, derramando sus entrañas y se las empieza a comer, mientras el pirata aún sigue con vida. Balduur trata de soltar sus amarres, cuando es enfilado por la primera. Intenta maniobrar y lanza una patada a la cabeza del imponente insecto, que la obliga a retroceder. Sin duda el capitán de Estrian es un tipo duro. Pero a su regreso es embestido y derribado. La pesada hormiga se coloca sobre él y lo decapita. Torsen corretea intentando no ser atrapado, pero se ve encerrado entre las dos. Primero la de su espalda le arranca una pierna y la otra, la mitad del torso y un brazo. — ¡Á-RA-THAN, Á-RA-THAN!— el público extasiado corea el nombre del rey. El monarca se alza y saluda a las masas, que han saciado ya su sed de sangre. Después se gira y abandona el lugar. Al pasar a nuestro lado, nos hace un gesto para que le acompañemos. Nos levantamos y nos unimos al séquito. Una vez fuera del coliseo, el rey se nos acerca. 379 — Álerin, Néster y Wíldor acaban de llegar, nos esperan en palacio— nos informa al llegar a nosotros. Todos asentimos y continuamos la marcha junto a la comitiva, a través de la ciudad, ante los vítores de los ciudadanos, entre los que nos van abriendo paso los Yelmos de León. Al llegar a la sala del trono, veo al áratra acompañado por el abad y el señor del Espino Rojo. Están a un lado del trono, algunos consejeros se sitúan del otro lado. Árathan saluda a los recién llegados, que le responden con una reverencia. — Acompañadme, solo vosotros tres y los Dalmas— ordena el rey mientras se dirige a una puerta a la derecha del trono, ubicada tras los pilares, que sujetan la inmensa cúpula ornamentada, que acapara todo el centro del imponente salón del rey. — Tío Artis, general Vírsal, venid también— Un hombre moreno con bastantes canas y flamante armadura militar, que está a un lado junto a los pilares, sigue sus pasos. Pegado a él, le acompaña un hombre mayor, casi anciano, pero de espalda erguida. Se ve que el rey ha perdido la confianza en sus consejeros, que se quedan cuchicheando junto al trono. Todos obedecemos. Del otro lado del pórtico hay una gran sala de reuniones, con una enorme mesa junto a la que se disponen una decena de sillas a cada lado, con un sillón para el rey presidiéndola. Hay estanterías con libros, pergaminos y mapas, sin duda se trata de la sala del consejo del rey. 380