15 Una última tarea. Nos sentamos en torno al rey. Yo ocupo la punta del lado de la izquierda de Árathan, junto a Shiroge. El resto de los Dalmas se sitúan frente a nosotros. Álerin está a la izquierda del rey, al lado de Artis y Wíldor. Néster se sienta a la derecha del monarca, junto a Vírsal. — Esta es la situación— comienza hablando el rey—. La piedra rosa está en manos de Ostírelin, que se encuentra extrayendo la lágrima de Eneon en la Cordillera del Ojo. Además, han secuestrado a Marsel. — ¿El alquimista?— pregunta Álerin—. ¿El fabricante de pociones? — Así es— confirma Clarín—. Lo abordaron en la Gran Llanura, junto a la grieta. — ¿Qué sabemos de esa lágrima de Eneon?— pregunta el monarca. — La leyenda se remonta al final de la Gran Matanza— relata Álerin—. Una vez los últimos hombres cayeron en la batalla de Uur, Eneon, madre de todas las criaturas con la consciencia de los Ersan, sintió un gran vacío por la pérdida y voló hacia las estrellas, para vivir en Duka, la luna menor. Durante el ascenso sobre las tierras de Aradín, una de sus lágrimas cristalizó y en su caída formó un meteoro que impactó en el sur, formando la Cordillera del Ojo. Según los textos de Branar, máximo guardián de la luz blanca, en la torre de cristal, tiene el poder de la bendición. — Toc, toc, toc— Suena la puerta. — ¿¡Qué ocurre!?— grita el rey. 381 Un oficial entra en la sala y tras hacer una reverencia, camina tras nosotros hasta llegar al monarca. Luego se inclina y le susurra algo al oído. — Que pase— dice con voz tibia. El oficial asiente y se apresura de nuevo a la puerta. La abre y tras ella aparece un joven soldado herido. Luce un distintivo en su pecho: un sol amarillo sobre fondo rojo. El joven se sitúa del otro lado de la mesa y hace una reverencia. — ¡Habla muchacho!— apresura Árathan—. No tenemos todo el día. — Su alteza, majestad— arranca el tembloroso soldado—. Forteresma ha sido atacado, mi señor. Un ejército de al menos tres mil dragols y mil bolgs atravesaron el Gran Desierto del Destierro y sitiaron el fuerte. En la huida fui herido y llegué a duras penas a Balanar. Pude ver a lo lejos, que un enorme dragón rojo, de más de cincuenta metros seguro, seguía a las huestes. — ¿Cuánto hace de eso?— pregunta el rey. — Diez u once días, señor. Vine lo más rápido que pude. Partimos cinco desde Forteresma, pero fuimos asaltados en el camino y solo yo logré huir gravemente herido. — ¿Disteis parte en Balanar?— pregunta Artis al soldado. — Sí, mi señor— contesta—. Hace dos días. Sus soldados me escoltaron a caballo hasta aquí. — Las patrullas de la guardia del sur llevan informando, desde hace un tiempo, que ha habido movimiento de dragols en las montañas del Ojo— advierte el tío del monarca—. No han causado grandes estragos, pero estamos en alerta. Mis soldados los han mantenido a raya, hasta ahora, en los límites de la cordillera. Estoy aquí, en la capital, precisamente para pedir refuerzos majestad, ahora que la rebelión ha concluido. 382 — La situación es grave, tendremos que reunir al ejército— manifiesta preocupado el rey—. Posiblemente se dirijan hacia Gáldoras. — No creo que esas sean las intenciones de Ostírelin, majestad— le corrige Álerin—. A la vista de lo que sabemos, está extrayendo la lágrima. Las primeras escaramuzas han sido probablemente rastreadores buscándola. Una vez localizada, ha movilizado sus huestes para proteger el lugar. La lágrima de Eneon, debe de ser el material más duro que jamás haya existido, por eso necesita un alquimista, para poder penetrar en el cristal. Lo único que puede canalizar el poder suficiente para abrir la lágrima, es una piedra de la creación. Por eso no necesita el santórum… no pretende usar la Luz de Rosa, pretende canalizar su energía con ayuda del alquimista, para extraer el poder de la lágrima de Eneon. — El gran dragón rojo— Se levanta Néster—. Es ni más ni menos que Darlax, uno de los mayores destructores entre los Siervos de Amán. Su maldad solo se equipara a su inteligencia. Es un poderoso mago, conocedor de listas de hechizos perdidos. Fue creado por el Erdan de la muerte, usando el poder de la piedra de Órdor, tras el nacimiento de los bahaluks. Por suerte Thal, Erdan de la magia, ayudada por su esposo Krax, Erdan de la forja y los metales, fabricaron un collar para él, que contenía una profecía: su próxima batalla será la última batalla, pues en ella morirá. Darlax intentó por todos los medios arrancárselo del cuello, pero ni con ayuda del mismísimo Amán logró quitárselo. Desde entonces vive en las profundidades de Almerdán, temeroso de entrar en combate, alimentado por las víctimas de las criaturas de Amán y por los sacrificios de sus sectas. El que forme parte de esto, desvela las intenciones de Ostírelin: usar el 383 poder de la bendición de Eneon, para romper el maleficio del collar y liberar a Darlax de la profecía. — ¡Tenemos que evitarlo!— exclama el rey—. Un ser como Darlax podría acabar con todo el reino. — No solo eso— advierte Álerin—. Podría acabar con el equilibrio y asolar todas las tierras Antípodas. Vírsal extiende un mapa del sur de Aradín sobre la mesa. Un poco por encima del centro está Balanar, capital de las tierras del sur. A su oeste se encuentra Westad y bajo la pequeña ciudad sureña, la impresionante cordillera, que rodea un lago con forma de óvalo, llamado Rouren. — Intentar asaltar el lago es imposible, mi señor— El general señala el mapa—. Solo hay dos accesos por donde meter un ejército: uno al norte, el paso de Westad; y otro al suroeste, el paso de Gudur. Pero son dos estrechos desfiladeros. No creo que nuestro ejército sea capaz de atravesarlo, si es defendido por esa cantidad de huestes. — Pero existe un acceso, por donde una pequeña agrupación podría colarse sin ser vista— advierte Artis señalando la zona este de la cordillera. — ¿Una pequeña agrupación contra tres mil dragols y mil bolgs? Jajaja— ríe con ironía Árathan—. Es imposible. — Majestad— Me alzo de la silla—. Esta situación me recuerda a la vivida en el castillo de Kaalbhart. Aquella vez, Álerin propuso acertadamente enviar un señuelo, para movilizar las tropas enemigas: el grueso de sus huestes se desplazaría hacia el oeste del lago, si atacásemos a la vez por ambos flancos. No con el fin de vencer, solo aguantar y darnos tiempo a atravesar las colinas. — Podría funcionar, mi señor— afirma Vírsal mientras ojea el lugar—. Las tropas del Espino Rojo pueden embarcar en Estrian y usar la flota del mar del oeste para transportarlos dirección Gudur— El oficial señala una zona costera del 384 mapa—. Desembarcando en la gran cuenca y atacando el paso suroeste. Los Yelmos de León marcharán desde Gáldoras. Se unirán a la Guardia del Sur en Balanar y atacarán por el paso de Westad. En menos de una semana estaríamos listos para el ataque, si diéramos la orden ahora. — Yo guiaré personalmente a mis tropas, majestad— se ofrece Wíldor, señor del Espino Rojo. — Yo guiaré a los Yelmos de León hasta el paso de Westad— añade el general Vírsal. — Yo lideraré la compañía que se adentre en la cordillera— se ofrece Álerin el áratra—. Tengo mis cuentas pendientes con ese Ostírelin. — Estamos contigo— respondo a Álerin en nombre de mis compañeros, que se levantan de sus sillas. — Así sea— proclama el rey—. Yo hablaré con el consejero del tesoro y que pongan todos los medios a disposición. Se levanta la sesión. Álerin se reúne con nosotros en el salón del trono, al momento Artis se nos acerca. — Álerin— llama la atención del áratra—. Será mejor que vayamos juntos a Balanar, podemos partir cuando queráis. Allí tengo buenos mapas y os podré enseñar más detalladamente la ruta hasta el acceso. — Por supuesto— el elfo asiente—. Partiremos al alba. Usaremos lo que queda de tarde para preparar el viaje. Nos reuniremos en la puerta de palacio a primera hora. — De acuerdo— Artis hace una reverencia y Álerin se la devuelve como despedida. — Yo me encargaré del transporte y las provisiones, vosotros descansad— nos dice el áratra—. Mañana al alba nos reuniremos frente al palacio. Os prometo que ésta será vuestra última tarea. Si todo sale bien, me encargaré de 385 que nunca os falte de nada. Y hablo también en nombre del rey. Asentimos con una sonrisa y salimos de la sala. — Vayamos a cenar algo, ¿no?— propone el eledín—. Pero esta vez algo más normal. Mirmi, ¿no sabrás de algún sitio donde sirvan buena carne de Fálkdir? — Pues la verdad es que sí— Se levanta una mueca de alegría en su rostro—, hay una buena posada cerca de la puerta noreste, en la plaza del templo de Tísmik, se llama El Buey con Asas. Es famosa y de buen gusto. — ¿A qué estamos esperando?— apremia el grandullón. Salimos de los muros del castillo por la puerta del este, que se ubica junto a la Taberna real. Al pasar junto a ella, los porteros nos saludan con la mano y nos adentramos en la recta avenida. Desde lo alto, se ve con claridad al fondo de la vía, el templo de Tísmik. — Esta zona es muy frecuentada por comerciantes— explico a mis compañeros el porqué de que la zona esté tan concurrida, en las últimas horas de la tarde—. De hecho, Tísmik, además de ser el dios del juego y el azar, también lo es del ingenio. Es muy venerado en la capital. Justo detrás del templo alcanzamos la taberna El Buey con Asas como se lee en el letrero justo sobre la puerta. — Jajaja— se ríe Shiroge al ver el dibujo de un buey, con asas en los costados, que decora el letrero—. Ahora lo entiendo. Si tiene alas es “alado”, si tiene asas es “asado”. — La verdad, yo no me había percatado— reconozco. La posada es amplia y bastante bonita. Con todo el salón de madera de roble y bien decorado con grandes lámparas de techo. Han restaurado barriles usados que sirven como mesas. El ambiente es jovial y el lugar está lleno. 386 Rápidamente al entrar nos reconocen, especialmente a Shiroge, y nos ceden amablemente una mesa. Sin duda nos hemos hecho famosos. Después de una alegre tarde, después de cenar ternera asada hasta que Shiroge dijera “no puedo más”, después de bailar y cantar y de contar historias de las hazañas vividas, al brindis de los oyentes… regresamos a casa. Me percato de que no nos han dejado pagar absolutamente nada. — Pues sí ha salido barato el festín— bromeo con mis compañeros. Entre risas y canturreos, ascendemos la cuesta de la avenida, de regreso a nuestros aposentos. Mañana nos espera un viaje de dos días hasta Balanar y desde allí, nos adentraremos en la misión más peligrosa de nuestras vidas. Es preciso descansar. Suenan los carros de las sirvientas y abro los ojos. Voy a echar de menos esta cama. Me levanto y me pongo mi ropa de viaje. Cojo mis armas y todos mis accesorios y salgo al pasillo. Hago un pequeño bocadillo, con pan y embutidos del carro de la camarera y me lo como mientras bajo a las puertas del palacio. Ya están todos, solo falta Shiroge. Después de dar los buenos días y preparar mi caballo, aparece el eledín y por fin podemos partir. Tras dejar atrás los muros de la ciudad, tomamos dirección sur hacia Balanar. La ruta es tranquila. Llevamos en la comitiva una patrulla de Guardias del Sur, formada por ocho soldados, los escoltas de Artis, que disuaden cualquier peligro. Hacemos parada a medio camino, vamos a buen ritmo. Pasamos la noche en la casa de un noble sureño, llamado Édesar, que nos da cobijo y comida en su gran villa. 387 El segundo día transcurre con la misma tranquilidad. La vía discurre por una zona más árida y calurosa. Por fin al anochecer, alcanzamos una loma desde donde se ve Balanar, a poco más de tres kilómetros. De fondo, se aprecian las enormes cordilleras, que a pesar del calor, aún se mantienen moteadas por la nieve, que se acumula en sus altos picos. Dejamos del lado derecho una desviación hacia Westad y continuamos entre pequeñas granjas, hasta las puertas de la muralla de madera, que rodea el centro de la ciudad, ubicado en una pequeña colina. Nos dan paso prioritario y accedemos por una avenida, que asciende con suavidad y en línea recta, dirección al castillo de granito sobre la cima. A unos quinientos metros se abre una plaza, en cuyo centro hay una fuente. Es abastecida a través de un acueducto, construido en el medio de la ancha vía, del otro lado, frente a nosotros, y que desciende desde la fortaleza por el centro de la avenida principal. Las casas del centro de la ciudad están pintadas de cal y tienen los techos de madera con la visera alargada. Nos abren el pórtico principal del castillo, situado junto a las canaletas que llevan el agua hasta el acueducto. Accedemos al patio interior, donde hay dos grandes pozos de los que se extrae agua continuamente. Tiene un sistema de cubos, conectados a un molino de viento, que se van volcando en los conductos, que bajan hasta unas cañerías que atraviesan los gruesos muros de piedra abasteciendo las canaletas. — ¡Preparad cena para nuestros invitados!— grita Artis al servicio, al entrar en el palacete— ¡Y aposentos para todos en el ala oeste! Las sirvientas nos acompañan a nuestras habitaciones. 388 La mía sin duda también parece muy cómoda, con todos los elementos, pero la sala es muy sencilla y la cama algo más pequeña que la del castillo de Gáldoras. Tras dejar lo prescindible, bajo a la entrada y me indican hacia el comedor. Un gran salón con una única mesa, con capacidad para unos veinte comensales por lado y en cuya punta dispone Artis de un lujoso sillón, acolchado con tela aterciopelada. Shiroge y Ghoidiel están sentados cerca del señor del castillo y charlan con él. Yo ocupo una silla cerca de ellos y el resto de los invitados empiezan a aparecer. Una vez estamos todos, incluyendo algunos cortesanos y familiares del anfitrión, comienzan a posar sobre la mesa jarras de cerveza y botellas de vino y agua. Después aparecen fuertes sirvientes con enormes bandejas, que contienen un nutrido bufé variado con carnes, mariscos, arroz, pasta, verduras y toda clase de salsas, además de otra bandeja con repostería y fruta fresca. Veo la cara de Shiroge, me recuerda a Éder, el mozo de la taberna El Sauce Feliz. Puso una mueca parecida cuando le entregué la moneda de bronce, como si tuviera un tesoro en sus manos. — Vayamos a mi sala de reuniones— nos ofrece Artis tras la cena. Los miembros de la compañía nos levantamos y le seguimos. Nos lleva por un pasillo y subimos unas escaleras. En el rellano hay una gran puerta, tras ella una sala con una mesa grande y redonda en el centro. Un par de estanterías ocupa las paredes de ambos lados y una gran terraza en frente, separada por sutiles telares blancos, que cuelgan del techo, permitiendo correr la fresca brisa que desciende desde las montañas. 389 Nos sentamos en torno a la mesa. Mientras, el viejo tío del rey coge un mapa de uno de los muebles y lo coloca en el centro. Es un dibujo preciso y muy detallado de las cordilleras. Balanar aparece en la parte superior derecha. — Os explicaré la ruta— Comienza a señalar en el mapa—. La cordillera se sitúa a unos veinticinco kilómetros de aquí. Si seguís el camino de Forteresma, durante media jornada, alcanzaréis un sendero que se dirige hacia este saliente montañoso. Desde ahí, veréis hacia el sur otros dos salientes, con dos altos picos. El acceso se ubica entre ambos. El sendero se bifurca cerca del pie de la montaña: es probable que necesitéis toda una jornada para alcanzar este punto. Tomad a la izquierda, hacia la vertiente sur. Atravesad la arboleda y el arroyo hasta el siguiente saliente y desviaos por la falda de la montaña, por la cara sur. Veréis un angosto paso, que os llevará a un pequeño valle, que calculo alcanzaréis al anochecer del segundo día. Del otro lado del valle hay una puerta que da a un túnel. La llamamos Puerta de los Primeros Hombres. Está sellada con una pesada losa cilíndrica. Tendréis que dedicar más de otra jornada, si lográis no perderos en el corazón de la montaña, para alcanzar el otro lado. Desde la vertiente oeste podréis divisar el lago y esperar el movimiento de las tropas enemigas. A partir de ahí, tendréis que buscar una ruta por vuestra cuenta y encontrar al oscuro elfo. — Han pasado dos días hasta llegar aquí— reflexiona Álerin—. Si tardaremos al menos tres para llegar, no disponemos de demasiado tiempo, un par de días de margen como máximo. Lo mejor será partir mañana. Todos asentimos. Sin duda pueden surgir contratiempos y dada la importancia de la misión es mejor ir con margen. 390 — Al alba nos reuniremos en el patio frente al palacio— nos convoca el áratra. — Mandaré que preparen provisiones— ofrece Artis. Nos despedimos y salimos de la sala. — Voy a buscar un templo— anuncio a los Dalmas—. Será mejor tener a los Erdan de nuestro lado. — Yo te acompaño, Mirmi— Shiroge me sorprende, no es hombre de rezos. De hecho, desde la vez que estuvimos en el templo de Túlmar en Estrian, no le he vuelto a ver entrar en uno. Nos despedimos del resto y salimos del palacete. Bajamos hasta la plaza principal. Damos una vuelta callejeando por el interior de la zona amurallada, que contiene más de media docena de pozos, uno en cada una de sus plazuelas. Es evidente que el agua es un bien escaso en esta árida zona del reino. Hemos visto tres posadas, la más grande El Ojo de Balanar, se sitúa en la plaza principal; otra, El Pozo sin Fondo, junto a la puerta oeste; y por último, una pequeña taberna de nombre El Guardián Sediento, junto al edificio militar en el sur, tras el castillo. En la plazoleta frente a la última, hay un pequeño templo dedicado a Héctoras, Erdan del combate y la guerra. Sin duda muy oportuno dada la situación. El eledín se une a mí en las plegarias y dejamos una suculenta ofrenda de cinco monedas de plata, para el cuidado de su templo. Tras las oraciones regresamos al palacete y nos vamos a descansar. — Toc, toc, toc— Suena la puerta de mi estancia y abro los ojos, ya hay claridad. — ¿Sí?— respondo a la llamada. — Mirmi, te estamos esperando…— es el grandullón, parece que me he quedado dormido. 391 — ¡Ahora salgo!— Me levanto como un resorte y salgo de la habitación. Al llegar a la puerta del palacete, me percato de que toda la comitiva está lista y esperándome. Quieren aprovechar las horas frescas de la mañana, para recorrer el largo camino a pie, por la árida llanura hasta las montañas. Finalmente, Álerin da la orden y partimos dirección sur, rodeando el castillo. El calor de la media mañana se hace un tanto insoportable, por el polvoriento y casi desolado camino que discurre hacia el este de la cordillera. — Aquí está el sendero— Señala el áratra un estrecho paso, oculto por unos cactus y amarillentas hierbas. Avanzamos por él durante otras cinco horas, acercándonos al pie de la inmensa montaña, que forma un saliente en la cordillera. Empieza a caer la noche cuando alcanzamos la bifurcación ya en una zona más fresca, moteada por una ligera arboleda, que se espesa a medida que ascendemos a zonas más elevadas. — Busquemos refugio por aquí— propone Álerin—. Si es cierto que las montañas han sido tomadas por las criaturas de Amán, a partir de aquí la ruta se vuelve más peligrosa. Asentimos y buscamos por las inmediaciones un lugar escondido donde acampar. — Este parece un buen lugar— Encuentra Semín un pequeño badén rodeado de árboles. Nos instalamos y repartimos las guardias. Yo hago la primera junto al medio elfo. El sigiloso encapuchado se ocupa de vigilar los alrededores. Por suerte, pasan las tres horas sin incidencia. Álerin y Ghoidiel se quedan de guardia y me echo a dormir. 392 — Arriba, Mirmi— me susurra Shiroge, y abro los ojos—. Es hora de continuar. Apenas comienza a clarear el sol en el este cuando comenzamos la marcha. El sendero se retuerce entre las boscosas aristas al pie de la gran montaña y desciende ligeramente, entre unos barrancos por una zona húmeda, recorrida por un pequeño arroyo formado por el deshielo de las cumbres. Al ascender de la zona más baja del barranco, alcanzamos el saliente de la siguiente montaña y abandonamos el sendero, dirección a su falda. La rodeamos por su vertiente sur, campo a través, y al alcanzar un resorte, vemos el paso mencionado por Artis. Continuamos hasta llegar al angosto desfiladero y cruzamos por él intentando ser sigilosos. Justo del otro lado se abre un valle y comienza a ponerse el sol. — Esta zona es peligrosa— alerta el áratra—. Será mejor avanzar de día, busquemos un sitio para acampar. Ghoidiel se percata de una zona un poco elevada, a la izquierda de nuestra posición. El entorno es boscoso y parece un buen refugio. Repartimos de nuevo las guardias. Esta vez me toca la última junto a Clarín. Ghoidiel me despierta, ha llegado nuestro turno. — Algo se aproxima— susurro al mago transcurrida una hora, al ver una bandada de pájaros alzarse al norte de nuestra posición, no muy lejos. El elfo prepara uno de sus hechizos y yo despierto al resto de la compañía. Justo se alzan, cuando vemos aparecer un grupo de seis dragols, dirigiéndose en carga hacia nosotros, a menos de cincuenta metros. Hay un dragol más grande y musculado que el resto, con tres membranas rojas sobre su cabeza y que le saca una cabeza al resto. 393 — ¡Zas!— El proyectil de Clarín impacta contra el líder y lo derriba. Un sonoro zumbido resuena a lo largo de todo el valle. Ghoidiel lanza una flecha a otro de ellos, impacta en su pecho y retrocede. Los demás cargamos, incluido Álerin. Shiroge lanza un fuerte golpe con su mandoble y raja el torso de uno de ellos de arriba abajo. Yo golpeo con mi lanza en el cuello de otra de las criaturas cortándole la yugular. Semín acaba con su adversario con un fuerte golpe bien colocado que atraviesa los pulmones del dragol. Álerin impacta con su bastón en la cabeza de su rival y lo deja inconsciente. El eledín remata con presteza al herido por la flecha de la arquera. — No uses el proyectil más, Clarín— el áratra recrimina al mago—. Es demasiado ruidoso y debemos pasar desapercibidos. Gruñidos resuenan a lo largo del valle. — Rápido, tenemos que movernos— apremia Ghoidiel—. Creo que vienen más. Nos dirigimos, con la presteza que nos permite la noche, hacia el otro lado del valle. Sin duda nos persiguen, escucho las fuertes pisadas de bolgs tras nosotros acercándose. Después de una hora de carrera comienza a salir el sol, estamos muy cerca. — Maldita sea, nos han rodeado— se percata Álerin al llegar a un claro y se detiene. Todos nos paramos y formamos en círculo. Entre la arboleda aparecen tres bolgs por el este y un grupo de ocho dragols por el oeste, todos equipados con armamento militar. 394 Clarín no duda, lanza su bola de fuego hacia el grupo de dragols. El impacto consigue alcanzar a tres de ellos y caen. Álerin lanza un proyectil a uno de los bolgs, que golpea su cabeza y muere en el acto. Ghoidiel dispara una flecha a otro de los dragols y le alcanza justo en el corazón, matándolo instantáneamente. Shiroge carga contra otro bolg y yo voy a por el que queda. El eledín golpea con fuerza a la enorme criatura en el brazo y lo desarma. Yo consigo esquivar el ataque de mandoble que me lanza mi adversario y contraataco con un golpe débil, pero bien colocado, contra una de sus piernas. Los cuatro dragols llegan a la posición de nuestros compañeros. Semín encara a dos de ellos. Un buen golpe con su katana impacta de plano en la cabeza de uno de sus adversarios, que cae inconsciente. Seguidamente consigue repeler el ataque del otro con su escudo. Un enemigo se abalanza contra Clarín, que lanza su rayo in extremis, golpeándole en el abdomen, a solo un par de metros de distancia, destruyéndole varios órganos vitales. El último se dirige a por Ghoidiel, que hace una acrobacia con un salto hacia atrás. Al apoyar los pies, le devuelve un flechazo que impacta en su hombro. Shiroge lanza un segundo ataque a su desarmado oponente, clavando la punta de su enorme espada en el pecho del bolg, que cae muerto a sus pies. Mi rival logra lanzar un nuevo golpe, aunque con dificultad, debido a su herida en el pie. Lo esquivo con soltura y tras pasar bajo su brazo, hinco con fuerza mi lanza en su axila, penetrando hasta el cuello y acabando con él. Semín vuelve a la carga contra su otro adversario. Las capacidades de combate del medio elfo han mejorado 395 mucho, un gran golpe con su espada sega el cuello del dragol, que cae ahogándose en su negra sangre. Un segundo ataque de Ghoidiel acaba con su ya herido oponente, con una flecha que alcanza su costado. — Corramos a la puerta— Álerin señala la pared de la montaña, hacia el oeste, y nos apresuramos. Al alcanzar la base, encontramos la puerta descrita por el señor de Balanar, con la enorme roca, de casi tres metros y forma cilíndrica, que tapona el acceso. Shiroge la empuja con fuerza desde un lado y comienza a rodar, abriéndose el paso. Una vez estamos dentro, el eledín vuelve a colocarla en su lugar. Álerin enciende una luz mágica y vemos, del otro lado de la puerta, un túnel cavernoso que se retuerce a pocos metros de distancia. — Continuemos— apremia el áratra. Avanzamos por la cueva, que serpentea entre húmedas paredes. Se forman estalactitas y estalagmitas en cada uno de los frecuentes ensanches, desde donde van saliendo algunos ramales de menor calado, que vamos dejando a los lados, mientras avanzamos por el cavernoso pasillo principal. — He oído algo— alerta Semín en baja voz—. Detrás de aquel recodo— nos indica. Álerin baja el tono de su luz y distinguimos el tenue brillo de antorchas. El encapuchado medio elfo se acerca sigilosamente hasta la esquina, mientras nosotros mantenemos la posición. —Hay seis de esos dragols— susurra el Dalma al regresar—, incluyendo uno de esos más grandes. Se apostan en una plataforma detrás de una escalinata de piedra tallada. Tras ellos hay dos accesos. 396 — ¿Solo seis?— pregunta el confiado eledín—. ¡Vayamos a por ellos! — Clarín y Ghoidiel— llama la atención el áratra—. Salid conmigo y lancemos los proyectiles, el resto cargad tras nosotros. Todos asentimos y nos acercamos agachados, sin hacer ruido, hasta el vértice del giro. Una vez estamos listos, los tres elfos salen juntos y disparan sus rayos y la flecha. Tres de los enemigos sucumben sorprendidos con los impactos. Los demás cargamos. Decido lanzar mi lanza de precisión, una vez enfilo a uno de ellos. El arma atraviesa el pecho del dragol cortando músculos y tejidos, atravesándolo a la altura del estómago. El grandullón da un salto y alcanza la plataforma, frente al más grande de los adversarios y le golpea con fuerza, cortándole su reptiliana cabeza. Semín se enfrenta al que queda, maniobra con su espada y lanza dos rápidos golpes que lo desarman, incrustando su katana en el pecho del enemigo, que cae muerto a sus pies. Miro a mi alrededor. Estamos en una caverna tallada, donde bifurcan dos pasos rectangulares uno junto al otro sobre la plataforma. Los elfos llegan a nuestra posición. — ¿Y ahora, qué?— pregunta Ghoidiel. — La ruta de la derecha asciende y la de la izquierda desciende— se percata Semín. — Debemos de elegir un camino— muestra Álerin su falta de conocimiento sobre el lugar. — Pues a la derecha— propone Clarín. — Está bien— asiente el áratra. Nos adentramos por la derecha, por el túnel de rampa ascendente, que gira hacia la izquierda a pocos metros, 397 para volver a girar a la derecha. Llega a una nueva bifurcación donde la cueva se allana. — Tomemos de nuevo a la derecha— propone Clarín—. De ser el camino incorrecto podremos regresar volviendo por nuestros pasos. — Me parece bien— responde el desorientado áratra. — Haré una marca para saber que hemos pasado por aquí, señalando la dirección tomada— informa Semín. El medio elfo dibuja una flecha en medio de la bifurcación señalando a la derecha y avanzamos por ese lado. Tras unos cien metros de nuevo el encapuchado se detiene. — He oído el eco de una especie de gruñido— hace saber. — Avancemos con sigilo— propone Ghoidiel. Continuamos haciendo el menor ruido y con las armas preparadas. Semín va el primero seguido por Shiroge, los elfos van en retaguardia. Tras un giro a la derecha, llegamos a un pequeño estrecho, casi taponado por rocas y estalactitas, pero que deja hueco suficiente para pasar. El medio elfo se asoma. — Hay tres bolgs, uno de ellos está devorando un oso que parece que han cazado— nos explica el encapuchado—. Hay una puerta detrás por la que emana algo de luz natural, parece una salida. Me asomo tras él y me percato de que estos bolgs no están equipados con armamento de guerra, sino con garrotes. Parece que esa cueva es su hogar. — Retrocedamos— propone Álerin—. Probemos por el otro camino. Hacemos caso a las instrucciones del líder de la compañía y volvemos por nuestros pasos, hasta la segunda bifurcación. Tomamos el otro camino después de que Semín marque con una X al lado de la flecha. No avanzamos demasiado, 398 cuando me percato de que ese camino nos lleva en la misma dirección. — Creo que llegaremos al mismo sitio— hago saber mis conclusiones. La compañía se para. — Pero la claridad que vemos puede ser la salida que buscamos— advierte Shiroge. — Artis dijo que tardaríamos más de un día en cruzar las montañas— responde Clarín—. Apenas llevamos cuatro horas por este pasadizo. — Pero podría haber un paso del otro lado, una entrada a una nueva cueva— argumenta Ghoidiel. — Son solo tres bolgs y no están muy bien equipados— responde Shiroge—. Yo propongo que acabemos con ellos. — De cualquier forma, sea o no sea la salida correcta, desde fuera podremos orientarnos mejor y nos ayudará a tomar la mejor ruta en el futuro— resalta Álerin. — Pues adelante— Agarro mi lanza—. No tenemos tiempo que perder. Continuamos por el pasillo, alcanzamos un pequeño giro que abre hacia la sala y nos preparamos. Clarín agarra sus bolas para ahorrar poder, seguro que no quiere verse de nuevo en la situación de la pirámide de Ankhaún. Ghoidiel prepara su arco y Álerin se concentra para lanzar un escudo mágico sobre mí, el eledín y el medio elfo, que seremos la primera línea de lucha. Salimos a la carga. La flecha de la elfa vuela hasta impactar contra el hombro del que está en el flanco izquierdo, por donde voy, y las bolas del mago golpean el hombro del que está a la derecha, hacia donde se dirige Semín. Shiroge carga contra el del medio. 399 Los sorprendidos bolgs no tienen tiempo de reaccionar cuando reciben los ataques. El grandullón embiste con su escudo y derriba a su oponente, preparando seguidamente su ataque con el mandoble, que acaba con su desprotegido adversario. Yo hago un ataque con mi lanza, que consigue impactar en la pantorrilla de la horrible criatura, que responde con un puñetazo que consigo detener con el escudo. Semín golpea con su espada de frente. El golpe, aunque bien dirigido, no logra acabar con el bolg, que agarra su maza y ataca al medio elfo haciéndole retroceder. El eledín acude en ayuda de Semín y se enfrenta al otro enorme bolg. Detiene el ataque de garrote con el escudo y asesta un mandoblazo de costado, que corta el vientre del adversario desparramando sus oscuras entrañas. Yo vuelvo a atacar a mi enemigo, que intenta detener mi lanza agarrándola. Al tirar de ella, el duro acero de la hoja corta la mano del bolg, que grita. Una nueva flecha de Ghoidiel acierta en el ojo de la criatura de Amán, que clava sus rodillas y se derrumba enfrente de mí. — ¿Estáis todos bien?— pregunta el áratra. Asentimos. El golpe recibido por el medio elfo ha sido de refilón. No le ha causado más daño que un pequeño moratón en el costado. Salimos por el claro acceso, del otro lado de la sala. Estamos a una altura considerable, muy cerca de la zona donde se mantienen las nieves. Frente a nosotros, hacia el oeste, hay una segunda línea de montañas que conectan con la nuestra. — Debe de ser el otro camino— advierte Álerin. — Eso parece— respondo. Nos giramos y volvemos a la sala de la pasarela, donde luchamos con los dragols. 400 Tras un descanso para comer, tomamos el camino por la izquierda. Avanzamos por la oscura ruta, alumbrados por la luz del áratra. Tras un par de horas de bajada, alcanzamos el punto más bajo, donde se abre una gran caverna con un arroyo de aguas subterráneas. Fluye frente a nosotros con bastante fuerza, penetrando por un hueco, entre las rocas de la pared de enfrente, justo al lado de un acceso tallado. — Debe de ser por ahí— se percata Ghoidiel. Continuamos durante otras tres horas. La gruta asciende nuevamente pero con suavidad. Tras un último giro, me percato de los últimos rayos de sol, que entran por un acceso al fondo. Al salir, vemos el enorme valle en el medio de la Cordillera del Ojo. Nos encontramos en una repisa, en medio de la escarpada pared de un enorme desfiladero, de más de quinientos metros de caída. Se oye el sonido de la cascada que salta desde el lateral, unos doscientos metros más abajo, un poco a nuestra derecha. Sus aguas rugen con fuerza tras una caída de trescientos metros, alimentando una laguna de la que sale un riachuelo, que serpentea hasta el lago de Rouren. Hay un sendero junto a la repisa. Desciende hasta la base de la montaña por nuestra izquierda, pegado a la pared. En el fondo del valle, distingo dos enormes campamentos a cada lado del lago, al norte y al sur. Sin duda son el grueso de las huestes enemigas. — Quedémonos aquí— propone Álerin—. La visibilidad es buena y podremos ver los movimientos del enemigo cuando aparezca el señuelo. Todos asentimos y nos instalamos a la entrada de la cavernosa gruta. 401 402