16 La profecía de Darlax. Asignamos las guardias. Esta vez me toca hacer la primera junto a Álerin. Una vez se han dormido los compañeros, nos sentamos fuera en la repisa a tomar un poco de aire fresco de las montañas. — ¿Quieres un poco de tabaco?— ofrece el elfo. — Sí, gracias— respondo—. La verdad es que con el estrés de la misión olvidé comprarlo en Gáldoras. Saca una bolsa y me ofrece unas hebras. Las prenso en mi pipa y la enciendo. — Tengo una curiosidad— llamo la atención del áratra—. En el consejo del rey, dijiste que tienes cuentas pendientes con Ostírelin. ¿Puedo saber de qué se trata? — La verdad es que es un largo relato, pero parece que tenemos tiempo para él— Da una calada a su pipa—. La historia se remonta a antes de la Gran Matanza. Por aquella época, existían tres reinos de los primeros hombres en Aradín. Castria, en el noroeste, era el menor. Ocupaba desde los Páramos Rocosos hasta Íshar, cuya capital era Bandur y regía por entonces un rey llamado Ólof. Delfiria, cuya capital era Bársel, ocupaba el noreste, todo el territorio por encima del río Gáldor hasta la costa, cuyo rey era Húmer. Y Silvaria, el mayor de todos, que ocupaba todos los territorios al sur y cuya reina Almoi, gobernaba desde su capital, Gudur. Yo formaba parte de la diplomacia enviada para firmar un tratado de paz entre los reinos, después de cincuenta años de luchas. Se mandó construir la ciudad de Estrian, justo en el vértice donde se encontraban los tres reinos. Serviría como sede diplomática, con representantes de los tres regentes. 403 Durante quince años hubo paz. Yo me quedé en Estrian; se me asignó el cargo de custodio del tratado, conocido como áratra. Hice buenas migas con gentes de todos los reinos durante ese periodo. Entre ellos Ásher, un elfo Dalma, que había sido contratado en varias ocasiones para intervenir en misiones de paz, con el que hice estrecha amistad. Ostírelin llegó a la ciudad en esos días. Era un joven elfo como yo, con un gran futuro, ya que provenía de una de las familias más poderosas de las Tierras Antípodas. Engañó a Ásher y su grupo para ayudarles en una misión, con el pretexto de conseguir un objeto robado a su familia. Lo cierto es que consiguió que le llevaran a la peligrosísima ciudad de los muertos. Era una antigua urbe, hoy en día devorada por el Gran Desierto del Destierro, no muy lejos de Almerdán. Allí había tenido lugar la última gran batalla entre elfos y eledines, antes del nacimiento de los primeros hombres, cinco mil años atrás. Un lugar maldecido por el mismísimo Ráldar, Erdan de la nigromancia. Lo cierto es que su propósito era recuperar el elixir de Amán, un brebaje fabricado por el Erdan de la muerte, capaz de envenenar a los hombres, convirtiéndolos en bestias salvajes. Primero manipuló a mi amigo con sus artes oscuras, convirtiéndolo en su lacayo y le ordenó engañarme. Tenía que dar el elixir a los reyes, en el concilio previsto para aquel año, y provocar de nuevo la guerra entre los reinos. Usando canales oscuros de magia, Ostírelin envenenó los pozos del reino con el elixir y los primeros hombres empezaron a ser más agresivos. Se comportaban como bestias: quemaban bosques y mataban sin pudor a cualquiera que se ponía en su camino. Tras la guerra fraticida, los reinos quedaron bajo el mando del joven Rubrem, hijo de Ólof, que comenzó a hacer campañas hacia el norte de las montañas Pirein. 404 Arrasaban con todo, ninguna de las otras razas era capaz de frenarlos. Desarrollaron una horrible tecnología para la guerra: carros blindados y armas de fuego. Tras sus pies el suelo se llenaba de sangre y ceniza. Elfos, eledines y bahaluks hicieron una alianza contra ellos. Pero no lograban detenerlos, así que sus líderes rezaron a los Erdan, que por entonces ya no vivían en las tierras Antípodas, sino en su isla, más allá de los océanos, y les pidieron ayuda. Al comprobar los Erdan el estado de su creación, acordaron actuar y comenzó la Gran Matanza, que como sabes, acabó con todos los primeros hombres y que concluiría, casi doscientos años después, en la batalla de Uur. — Pero si Rubrem fue el último rey de los primeros hombres, ¿cuántos años tenía en la última batalla?— las cuentas no me cuadran. — Doscientos treinta y seis— contesta Álerin—. Los primeros hombres tenían la longevidad de todas las razas, unos quinientos años. Salvo los elfos, que habían conservado la inmortalidad tras el sacrificio de Esiel, príncipe elfo y padre del primer medio elfo… pero esa es otra historia. — ¿Y por qué ahora los humanos vivimos sólo unos cien años?— me intereso. — Ciento doce años, tres meses, cinco días y ocho horas es el tiempo máximo que el cuerpo de un hombre puede vivir. Los Erdan quisieron redondear— responde el áratra—. Eso acordaron en su juramento. No confiaban del todo en que los hombres no volvieran a caer en desgracia y decidieron acortar sus vidas. A cambio les hicieron más fértiles. — Entiendo— asiento—. ¿Nunca has podido enfrentarte a Ostírelin? 405 — Solo pude verle los primeros días que pasó en Estrian. Una vez estalló la guerra entre los hombres, tuve que huir de Aradín— contesta el elfo—. Fui enviado de regreso tras la reunificación, cincuenta años después del nacimiento de los segundos hombres. Árathan I, ancestro del rey actual, unificó casi sin oposición los siete señoríos y firmó un tratado con todas las razas, en el cual se reconocía que él y su sangre, serían garantes de que los hombres del reino de Aradín, no volvieran a atacar fuera de sus fronteras, a cambio de recuperar todo el territorio bajo su reinado. Todo este tiempo Ostírelin ha estado oculto en Almerdán, trabajando en la sombra. Por lo que sé, Áshar sucumbió a la tortura de las oscuras artes de Ostírelin y perdió toda conexión con sus orígenes, convirtiéndose en una especie de demonio y la mano derecha del malvado mentalista. — ¡Vaya!— digo atónito—. Ahora entiendo por qué quieres verte las caras con él. El mago asiente y se queda pensativo un rato. Yo le doy vueltas en la cabeza al relato que me acaba de contar. He leído muchos libros de historia, pero en la pequeña biblioteca de mi abuelo, no había ninguno sobre el fin de los primeros hombres y el nacimiento de los nuevos. — Es hora de cambiar la guardia— advierte—. Será mejor que descansemos. Despertamos a Semín y Clarín y nos vamos a dormir. Caigo en un sueño profundo aún con el relato del elfo en mi cabeza. Escucho el canto de los pájaros y noto claridad, así que abro los ojos. Veo a todos mis compañeros, salvo Semín. Están despiertos, asomados entre las sombras, mirando los movimientos de los enemigos. No hay rastro del medio elfo. — ¿Alguna novedad?— me intereso por la situación. 406 — Mira el lago— me responde Clarín—. ¿Ves la isla? Intento agudizar mi visión en la lejanía, pues hay al menos quince kilómetros en línea recta hasta el lago. Pero distingo una mancha, pequeña, cerca de la orilla este, donde parece que han montado un campamento. — Algo veo, pero no distingo nada— respondo. — Pues sospecho que Ostírelin se encuentra allí— afirma Álerin—. Semín ha bajado a comprobar la zona, decía que era más seguro que fuera él solo. Hace una hora que partió. — Esperemos que no le ocurra nada— digo con preocupación. — Es un experto explorador, confiemos en él— contesta Clarín. Tras toda la mañana de tensa espera, regresa por fin nuestro encapuchado compañero. — He encontrado una forma de ir hasta el lago— informa al subir a la repisa—. Si bajamos pegados al riachuelo, por aquella zona boscosa, nos lleva directos hasta la isla. Habrá unas dos horas de marcha por la ribera hasta el límite del bosque, a un par de kilómetros del asentamiento. Disponen de media docena de caballos, han montado unas tiendas y un improvisado embarcadero. Desde allí, por lo que he visto, van en barca hasta la pequeña isla, a menos de medio kilómetro, donde hay otra tienda más grande. — Entre la bajada y el recorrido, unas tres horas— calcula Álerin. — Así es— afirma el medio elfo—. Pero va a ser difícil recorrer la última parte sin ser vistos. Es una llanura con algunos matorrales y piedras, pero es poca cobertura para un tipo tan grande como Shiroge. — Pues cargaremos de frente si nos descubren—responde el aludido eledín—. No nos queda más alternativa. 407 —Tendremos que tomar decisiones sobre la marcha— añade Álerin. Tras el almuerzo, pasamos la tarde observando desde nuestra posición. El nerviosismo es palpable. — ¡Tuuuruuuu!— Suenan trompetas de guerra cuando empieza a ponerse el sol. Vemos los dos campamentos que empiezan a formar: los bolgs en el norte y los dragols en el sur. Cada uno de los ejércitos se dirige hacia uno de los pasos. Los últimos rayos del sol reflejan la piel rojiza del enorme dragón, que sale de entre las montañas y se coloca en el suroeste, tras el ejército de dragols, pero sin alejarse del lago. — Es la hora— advierte Álerin—. Han detectado nuestras tropas acercarse a los pasos. — ¡Tenemos a los Ersan de nuestra parte!— exclama Semín—. El refugio de la noche nos ayudará a acercarnos sin ser vistos. Nos apresuramos a bajar de la montaña, por el escarpado sendero en el borde del barranco. No dejo de prestar atención a Darlax, aprovechando los últimos rayos de sol. Con dificultad me parece distinguir el collar plateado en su cuello. Parece que, de momento, Ostírelin no ha logrado su propósito. Estamos a tiempo. Al llegar a la base tomamos dirección al riachuelo. Una vez allí, nos adentramos en el bosque y avanzamos con sigilo, pero sin perder un minuto. En la oscuridad de la noche alcanzamos el límite boscoso y paramos a mirar la situación. Hay candiles encendidos en las tiendas junto al embarcadero. — Acechemos hasta el campamento— ordena Álerin. Nos agachamos e intentamos buscar cobertura mientras nos acercamos. Al llegar a las proximidades de las tiendas, 408 veo a solo tres guardias situados en torno a una hoguera, en el medio del campamento. Nos acercamos sigilosamente hacia ellos. — Uno se acerca— alerta Ghoidiel. El sectario camina con indiferencia hacia nuestra posición y se coloca muy cerca de Semín. Comienza a mear. El medio elfo le acecha por su espalda y usa su magnífica daga para degollarle sin hacer ruido. Quedan dos. Ghoidiel flanquea por la derecha, deslizándose tras los caballos amarrados en el lado norte y yo por la izquierda, refugiándome con una de las tiendas por la derecha. Clarín prepara sus bolas y se coloca en la esquina. Están entretenidos con la susurrante conversación y no nos ven venir. Lanzamos la ofensiva. La flecha de Ghoidiel atraviesa el cuello de uno de ellos, acabando con él. Mi lanza se clava en el corazón del otro, que muere en el acto. Seguimos con sigilo hasta el embarcadero. Del otro lado, en la isla, se ve una gran tienda. Una decena de Siervos de Amán practican algún tipo de ritual, en torno a la lágrima de Eneon, de la que emana un brillo de luz blanca. Nos apresuramos a tomar un par de barcas. Shiroge se pone a los remos de la mía, en la que también embarca Álerin. Semín lleva los remos de la otra. Alcanzamos la orilla y distingo a Marsel. Lleva un hacha en sus manos, que tiene incrustada la Luz de Rosa y se dirige hacia el centro de los siervos, cuyos rezos empiezo a oír. — “Thar Amán, Órdor fraar”— Gran Amán siervo de Órdor. Cargamos hacia los siervos, que nos detectan y paran sus rezos. Además de Marsel, veo dos figuras junto a la esfera brillante, de un metro y medio de diámetro. Uno es una 409 sombra con forma de elfo, del tamaño del grandullón, con dos brillantes ojos rojos, que es lo único que se reconoce de su negra cara. Tiene un enorme mandoble de filo reluciente, como llamas de fuego y un escudo con las puntas superiores afiladas, con un punzante saliente en el medio. El otro es un elfo de piel ceniza, más bien negruzca, y cabello moreno. Viste con una túnica negra y porta gran cantidad de joyas: pendientes brillantes de color blanco, un collar con un colgante de tono azul zafiro, además de tres anillos relucientes y una pulsera. Alarga sus brazos para coger el hacha de Marsel, que tiene los ojos en blanco y está fuera de sí. Los Siervos de Amán sacan armas y nos enfrentan. Pero son un grupo de aficionados. Shiroge mata a dos que le salen al paso y se lanza directo contra el demonio elfo. Álerin lanza un proyectil hacia Ostírelin, pero un campo de energía repele el ataque, justo en el momento en el que el malvado elfo coge el hacha. Clarín lanza un proyectil que golpea en la cabeza de otro de los siervos. Ghoidiel dispara con su arco y la flecha se clava en el cuello de otro sectario. Yo asesto un golpe con mi lanza bajo la axila de mi oponente hasta el corazón. Semín ataca con su katana, asestando un gran golpe en el pecho, que hace que el enemigo retroceda intentando tapar la hemorragia. Un enemigo ataca al medio elfo, pero el golpe es bloqueado con facilidad por mi compañero. Por mi izquierda aparece otro sectario para atacarme, como había previsto. Detengo el ataque con el escudo y maniobro para enfrentarme a él. A su espalda, veo a Shiroge llegando al encuentro del demonio. Le asesta un poderoso ataque, pero el ser lo 410 repele con el escudo. Ambos se miran y se miden las fuerzas. Clarín lanza un nuevo proyectil, cuando uno de los sectarios alcanza la retaguardia. Éste también es derribado. Ghoidiel evita el ataque de otro con un gesto acrobático. — ¡Plasss!— un fuerte estallido emana de la lágrima de Eneon, cuando Ostírelin la golpea con el hacha. El suelo se mueve. Por suerte, mi rival también pierde un poco el equilibrio. La esfera se resquebraja y de las grietas emerge una potente luz blanca que gira como un arcoíris monocromático y señala a Darlax, que se encuentra a un par de kilómetros. Un fuerte gruñido es exhalado de la boca del dragón, que se lanza a la batalla contra las tropas del Espino Rojo, dirección Gudur. Me percato de que aún tiene el collar, solo que el brillo plateado se empieza a oscurecer. Álerin llega hasta Ostírelin cuando está a punto de golpear por segunda vez. Le lanza un proyectil que hace que el mago suelte el hacha y se proteja con un escudo de energía. El impacto le hace retroceder. Shiroge vuelve a atacar a la bestia, pero parece que el combate está equilibrado, pues de nuevo el golpe es repelido. Mi contrincante se lanza sobre mí, esquivo su ataque y lo desequilibro con el escudo, para después atravesarle el corazón y correr hacia el grandullón. El eledín intenta utilizar su recurso de embestir con el escudo y luego golpear, pero el demonio le contrarresta con el suyo. Shiroge recula, pisando una de las grietas del sismo y cayendo a los pies de su enemigo, que se prepara para asestar el golpe final. 411 Arrojo mi lanza con todas mis fuerzas: por las bendiciones a Héctoras, por los cinco Ersan. Vuela la lanza en dirección a mi enemigo, que no se percata y se clava en el brazo de su arma, que se le cae. Shiroge coge su mandoble y lanza un ataque desde el suelo, que golpea al enemigo en la entrepierna y éste retrocede. Saco mi otro arma, mientras el eledín se alza y carga con furia contra el demonio. — ¡Dartum art tulus!— grita mientras clava su mandoble en el cuello, decapitándolo. Un chorro de sangre negra sale disparado de su herida mientras su cuerpo cae de rodillas y se derrumba a los pies de Shiroge. — ¡Darlax!— una fuerte voz amplificada sale de Ostírelin. Álerin lanza un rayo de fuego contra el malvado elfo y éste se envuelve en llamas. Intenta huir corriendo hacia el lago. — ¡Paf!— una flecha de Ghoidiel se incrusta en su nuca y el malvado hechicero cae muerto. — ¿Qué ha pasado?— pregunta Marsel, que vuelve en sí— ¡La lágrima de Eneon! Justo en ese momento, el cristal se resquebraja un poco más y su brillo aumenta. La noche se hace día, resplandeciendo todo el valle y las altas cumbres nevadas de la Cordillera del Ojo. Se oye un fuerte gruñido del oeste. El dragón se acerca. — ¡Hay que gastar la energía de la lágrima!— grita Marsel—. ¡Introducid vuestras armas y serán bendecidas! Introduzco la punta de mis lanzas en el hueco de la esfera, hay un brillante líquido que comienza a evaporarse. Tras de mí Shiroge introduce su mandoble, Semín su katana y su daga, Clarín su bastón y Ghoidiel su arco y la punta de sus flechas. La luz comienza a menguar. — Dalamas ur penul, dálamas Eneon— ora Álerin mientras tanto. Significa: Libera tus penas, libérate Eneon. 412 — ¡Cuidado!— grita Semín. El enorme reptil da un gran salto y se posa en la isla. Está a unos cien metros y se acerca relamiéndose. Una enorme bola de fuego sale disparada de sus fauces, en nuestra dirección. Álerin extiende sus manos y del suelo se alza un enorme muro de tierra que nos protege del impacto directo. Sin embargo, no es suficiente para evitar el inmenso calor que emana de la boca del dragón. El cuerpo me arde… por suerte el aliento de fuego se detiene al instante, pero estoy dolorido. Darlax se dirige hacia nosotros y Clarín le lanza un rayo, que golpea al inmenso animal, pero casi no se inmuta. De nuevo agarro mi lanza, cojo carrerilla hacia la monstruosa criatura de Amán y se la arrojo. El arma vuela y consigue penetrar entre las duras escamas de la bestia, impactando en su pecho. El gigantesco reptil chilla y me mira, mientras lanza sus enormes mandíbulas contra mí. Estoy totalmente indefenso, parece el fin… Siento los fuertes brazos de Shiroge agarrarme y tirar de mí, quitándome casi de entre los dientes de su boca. Pero el eledín recibe un golpe y salimos despedidos. Todos nuestros compañeros lanzan una ofensiva contra Darlax: la flecha de Ghoidiel, la daga de Semín, un rayo más de Clarín y otro de Álerin, que hacen que el dragón se revuelva y lance zarpazos por doquier. Uno impacta en el viejo Marsel, acabando con su vida. Me levanto entre la polvareda, a pocos metros de la inmensa bestia. Veo sobre mi cabeza la lanza clavada en su pecho, a no más de cinco metros de altura y miro a Shiroge, que se levanta dolorido. Una idea me pasa por la cabeza y siento vibrar mi pulsera del compañero. El grandullón me mira con confianza, suelta su escudo y echa 413 a correr hacia mí. Yo me agacho y coloco mi escudo sobre mi cuerpo. El eledín da un salto y apoya su pie en él para impulsarse. Empujo con todas mis fuerzas la inmensa masa de mi compañero, que se eleva en un poderoso salto agarrando su mandoble con las dos manos, colocándolo de plano. Estira sus brazos para golpear el asta de mi lanza, que se incrusta totalmente en la piel de Darlax, hasta su corazón. El dragón se retuerce, chilla con un sonido muy agudo y se desmorona sobre nosotros. Doy un salto para evitar que la bestia caiga sobre mí y una enorme polvareda se levanta por toda la zona. — ¡Shiroge!— grito. No veo al eledín. Corro hacia la bestia y busco por todos lados. No lo encuentro. — ¿Qué buscas?— escucho su voz tras de mí. — ¡Estás bien!— Una inmensa sensación de alegría recorre mi cuerpo. Volvemos con nuestros compañeros, junto a la lágrima de Eneon. Un tenue brillo emana del cascarón de cristal vacío. Están todos bien, salvo el pobre Marsel, cuyo cuerpo yace mutilado. El día empieza a despuntar. 414