—Abuelo, ¿por qué se hacen regalos el día de Naarveildaar, justo cuando comienza el verano? —me pregunta Mirmaerin justo antes de dormir. Ha pasado todo el día jugando en la plaza Gáldor. El rey Nethrian, todos los años, baja en persona, acompañado por su hijo Árathan, a nuestro humilde barrio, portando una barba postiza y cargado con un séquito que porta regalos y caramelos para los niños. —¡Vaya, Mirmaerín! Tengo que reconocer que eres único. La mayoría de los niños solo cogen sus regalos sin importar los motivos —le contesto—. Pues ya que lo preguntas, tengo un libro en mi biblioteca que lo narra. Se titula: Klausin, Bramir y el misterio de los niños perdidos. Poco después del nacimiento de los primeros hombres, en la época en que reinaba Árathan segundo, hijo de Árathan primero, el Unificador, una sombra invadió el reino. Llamaron a aquellos años los Años Huérfanos, ya que eran miles los niños huérfanos, hijos de los hombres caídos durante la guerra civil de los Siete Señoríos. Los templos de Eneón no daban abasto y jovencísimos muchachos desamparados estaban a merced del hambre y la muerte. Son esos tiempos duros cuando los adalides de las falsas promesas y las voces de esperanzas vanas toman fuerza; por ello hubo un enorme crecimiento de adeptos a las sectas de Amán. Primero los atraían con caramelos, les prometían regalos y les ofrecían acompañarlos usando la expresión élfica Naar veil daar, “hacia tus deseos”. Poco a poco, las calles se fueron vaciando de niños, como si una bruma invisible los arrastrara noche tras noche. Primero fueron los huérfanos, pero pronto también los hijos de familias humildes; luego los hijos de artesanos, de comerciantes, e incluso los hijos de algunos nobles comenzaron a desaparecer. Se activaron las alarmas y las noticias llegaron a oídos del rey. El monarca movilizó rápidamente a sus soldados. Registraron toda la capital, salieron partidas a todos los bosques cercanos e incluso por las estériles tierras de la Llanura Solitaria, pero no lograban encontrarlos. Según los reportes de Vlamir, consejero del rey en asuntos internos, unos dos mil niños habían desaparecido en tan solo un año. Árathan estaba frustrado. Cada vez más familias nobles le exigían una solución, pero todos los reportes de las patrullas solo aportaban rumores sin evidencia o ningún resultado. Ofreció una enorme recompensa por encontrar a los desaparecidos: cincuenta monedas de oro de las arcas del rey se entregarían a cualquiera que desvelase el misterio de las desapariciones. Fue entonces cuando un Dalma llegó a Gáldoras: Klausin, un medio elfo rastreador muy experimentado que había oído hablar de tal recompensa. Iba acompañado de un jovencísimo bahaluk llamado Bramir, a quien había conocido en el pueblo fronterizo de Surgal, y juntos comenzaron a investigar. Tras varios días tomando declaraciones a los cada vez más recelosos vecinos de la capital, indagando en las plazas ahora vacías de niños —pues los pocos que no habían desaparecido estaban recluidos en sus casas por miedo—, comprendieron que el asunto era realmente peliagudo. Finalmente, Klausin ideó un plan. Bramir era lo suficientemente joven y lo suficientemente bajo como para que, si se afeitaba bien la barba, pudiera pasar por un niño de no más de doce años, y le pidió que actuara de señuelo. Que vagara por la ciudad con ropas sucias y raídas, que pidiera en las esquinas de los templos… No fue fácil conseguir que el bahaluk aceptara esa misión. No por el peligro de ser capturado o de desaparecer por efecto de algún poder mágico, no, sino por la vergüenza que suponía para él tener que afeitarse la barba. Finalmente, el bahaluk accedió, a cambio del setenta por ciento de la recompensa, y aun así dejó claro que le estaba haciendo un favor. Afeitaron al pequeño Dalma y le dieron ropas acordes a su papel y, tras varios días de actuación por las avenidas de la ciudad, por fin el plan dio resultado. Un hombre se acercó a él, le ofreció unos caramelos, conversación, compañía y comprensión. Luego le habló de un lugar, un sitio donde los sueños se cumplen, que no podía perder la oportunidad de ir hacia sus deseos… Bramir siguió al hombre, que tenía una carreta preparada en un lugar muy estudiado en las afueras, donde no hay miradas perdidas ni encuentros casuales. Luego partieron hacia el sur. Tras tres horas de marcha, la diligencia salió del camino y entró en dirección a una loma. Tras ella, Klausin acechaba oculto, sin perderla de vista, hasta que llegaron a la entrada de una imponente cueva al otro lado de la loma. Al bajar de la carreta, el bahaluk ya estaba maniatado. El secuestrador, ya sin la máscara de hombre amable, lo empujó hacia la entrada, ante la atenta mirada de unos jovencísimos guardias que portaban en sus uniformes el emblema con el símbolo de los Siervos de Amán: la media luna sobre una estrella de cuatro puntas. La escena que Bramir encontró en el interior de la cueva era devastadora. Niños de apenas cinco años eran obligados a trabajar en la construcción de un túnel secreto. Tenían signos de latigazos en sus torsos desnudos y una mirada fija, de obediencia ciega y resignación. Cada día bebían un elixir adictivo; los obligaban a leer oscuros textos arcanos, que repetían como un murmullo cantado mientras arrastraban piedras con sus manos o picaban paredes con pesados picos. Habían montado una ciudad de chabolas insalubres con telas y troncos. Dormían apilados en habitaciones insalubres y comían pan mohoso y bebían agua con sabor a óxido que emanaba de las paredes de las profundidades. Justo antes de dormir, los obligaban a luchar entre ellos: batallas campales con puños y piedras que a menudo se saldaban con alguna muerte. Mientras tanto, los sectarios de mayor rango apostaban y reían sin pudor. Bramir ya tenía la información que necesitaba, pero iba a ser difícil salir de allí. Además, en pocos días su barba empezaría a crecer robusta y densa, y su tapadera se vendría abajo. No tardó en analizar con precisión el lugar y dar con un fallo en la seguridad: la rampa por la que sacaban las piedras tenía una escapatoria por la que podía escabullirse. Finalmente escapó y, junto a Klausin, avisaron al rey, que no tardó en enviar al ejército y liberar a los niños. Pero aquellos pobres muchachos arrugaron el corazón de los Dalmas. Demacrados, heridos y mutilados, habían perdido la sonrisa, así que con el dinero de la recompensa compraron regalos y los llevaron a los niños rescatados. Bramir se compró una barba postiza y obligó a Klausin a ponerse otra, a lo que el medio elfo no pudo negarse, y con sus barbas puestas entregaron regalos a todos los niños rescatados. Este gesto enterneció al rey, que decidió imitarles cada año, poniéndose una barba postiza y entregando regalos a los niños desamparados. Y así comenzó una tradición arraigada durante casi dos mil años, en la que, por un día, el rey, el hombre más poderoso del reino, saca una sonrisa a todos los niños de la capital. Fin. —Pues es una tradición genial —dice Mirmaerín, con una sonrisa agotada acompañada por un bostezo. —Pero si existe es para recordarnos que tenemos que tener cuidado si un extraño nos hace un regalo. Nunca se sabe qué intenciones puede tener. Ahora, a descansar. Hasta mañana.