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La piedra negra.
Nos ha llevado tres días de marcha, por la ruta de Bandur
hasta llegar a Íshar. Durante el camino me he ocupado de
atender al herido, cuya consciencia va y viene
continuamente.
El paraje de la manga en la que se encuentra la ciudad es
muy llamativo. Está todo sembrado de flores de distintos
colores, que ocupan la llanura que se cierra en un espigón
y que llega hasta una pequeña colina donde se emplaza la
abadía de Thal, Erdan de la oración, la música y la magia,
con la ciudad de Íshar en torno a ella, que se sitúa a los
lados de un camino principal, que rodea la monumental
fortaleza.
Hay una posada al pie del desvío, que lleva al paso de
adoquines, por donde se escala la ladera del monte hasta
la entrada, situada en medio de la inmensa muralla de más
de diez metros.
Álerin nos aguarda a las puertas del edificio principal,
acompañado de un elfo y media docena de humanos con
aspecto monacal, con hábitos grises y humildes.
Hay dos edificios dentro del recinto amurallado de la
abadía, el principal, de tres plantas, con una cúpula circular
en su centro y otro justo en frente, más alargado, pero con
solo dos plantas.
Dos torres de vigilancia sobresalen de las murallas en los
vértices norte y sur del recinto, que tiene forma
aproximadamente ovalada.
— Bienvenido a la Abadía de Thal, señor Wíldor— saluda
el elfo que acompaña al consejero y que entiendo se trata
de Néster, el conocido Abad.
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— Gracias, monseñor Néster. Traemos con nosotros a
Farwin, el señor del castillo de Kaalbhart— El líder del
Espino Rojo señala al hombre herido tras él—. Necesita
atención urgente.
Cuatro monjes humanos elevan con cuidado el machacado
cuerpo del noble y lo llevan al edificio principal.
— Hemos convocado a su majestad el rey Árathan y al
sumo sacerdote del gran templo de Túlmar, Mithrail.
Esperamos su llegada mañana para tomar la mejor
decisión, dados los últimos acontecimientos— explica
Álerin—. Por supuesto, vos también estáis invitados a
participar en la reunión.
— No faltaré— responde Wíldor—. Necesitaré aposento
para mí y mis hombres, amén de los Dalmas que han
rescatado a Farwin.
— Está todo dispuesto, vos y los Dalmas ocuparéis unas
habitaciones disponibles en el edificio principal— contesta
Néster—. Los soldados podrán disponer de otras que
están preparando en el aulario.
— Perfecto— asiente el señor del Espino Rojo.
— Pronto servirán la cena en la primera planta— ofrece el
Abad—. Estos hombres les acompañarán a sus aposentos.
Todos los Dalmas, salvo Clarín que dispone de habitación
propia en el edificio del aulario, seguimos a uno de los
clérigos. Nos guía a través de la impresionante edificación
principal, de techos altísimos y muros de ángulos
redondeados, hasta una enorme escalera al fondo, por la
que subimos.
— En la planta baja se ubican el registro y las aulas del
nivel avanzado— nos va explicando de camino el guía—.
En la primera planta están el comedor del personal
docente y la biblioteca de los estudiantes.
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Llegamos hasta la segunda planta, donde hay un largo
pasillo que la divide en dos, con una docena de
habitaciones a cada lado.
— Y estos son sus aposentos— señala el monje mientras
nos entrega las llaves—. En una hora la cena estará
servida en el comedor.
— Gracias— contesto al amable clérigo.
— Espero que disfruten de su estancia en la abadía— se
despide el hombre antes de marcharse.
La habitación no es excesivamente amplia, pero bastante
acogedora, con una cama que dispone de un blando
colchón, un pequeño escritorio con pluma y tinta, y un
armario.
Después de instalarme me dirijo al comedor. Me cruzo en
el pasillo con Shiroge y bajamos juntos a cenar. Allí nos
encontramos con Semín y Ghoidiel y nos sentamos todos
juntos. Hay una mesa principal, ocupada por Néster, Álerin,
Wíldor y otros cinco monjes que presiden el comedor.
Otras veinte personas, incluidos nosotros, ocupamos las
otras dos mesas alargadas y perpendiculares a la
presidencia.
La cena es abundante, pero bastante simple: pollo asado,
puré de patatas y verduras hervidas, además de ensaladas
y arroz blanco, que disponen en el medio de las mesas.
Tras la cena nos vamos a descansar.
— He oído que en Íshar se encuentran las mejores tiendas
de alquimia del reino— comento al grandullón en las
escaleras de regreso a la habitación—. Podríamos ir
mañana a echar un vistazo.
— Me parece buena idea— me contesta mi amigo—.
Después de desayunar bajaremos de la abadía y así
conoceremos la ciudad.
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Nos despedimos y entramos en las habitaciones para irnos
a dormir.
— ¡Toc, toc!— suena la puerta de mi habitación. Justo
acabo de tumbarme en la cama después de mis oraciones.
Me levanto y la abro. Del otro lado está Álerin.
— Buenas noches, Mirmaerín. Solo venía a comunicarte
que el abad os invita a ti y a Shiroge a formar parte de la
reunión de mañana, en la que participará su majestad el
rey— me comenta el áratra—. Tendrá lugar en la tercera
planta, después del almuerzo, si no hay contratiempos.
— Por supuesto— le respondo—. Allí estaremos.
— Que tengas buen descanso— el elfo se despide.
Cierro la puerta y vuelvo a la cama. La verdad es que
jamás me hubiera imaginado que iba a tener un encuentro
con el rey.
Abro los ojos. Después de tres días de camino hasta aquí,
realmente me hacía falta un buen descanso. Veo por la
ventana algo de claridad y me alzo.
— ¡Toc, toc!— suena la puerta—. Mirmi, ¿estás
despierto?— se oye del otro lado a Shiroge, se ve que hoy
ha madrugado.
— Sí, ahora salgo— le contesto. Me visto, cojo mis cosas y
salgo al encuentro de mi compañero eledín.
Mientras bajamos a desayunar le comento la invitación de
Álerin para participar en el encuentro con el rey.
— ¡Parece que ahora somos gente importante!— bromea
el grandullón con una sonrisa.
Tras el decepcionante desayuno bajamos a la ciudad. Al
llegar al camino que rodea la abadía tomamos a la
izquierda, a la zona más poblada, donde se ubica un
puerto, además de una zona comercial bastante
concurrida.
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— Mira ahí— Señalo a una tienda de alquimia, llamada en
élfico “Mag ya ed pris” que se traduce en bóldor como
“Magia y rezo”.
Entramos en el bonito establecimiento, regentado por un
elfo moreno y de piel clara.
— Buenos días— saludamos al entrar.
— Buenos días, señores. Pasen, por favor— nos responde
con educación—. ¿En qué puedo ayudarles?
— Estoy interesado en adquirir pociones de curación— le
contesto al comerciante.
— Pues ha venido al sitio propicio, señor— afirma el
tendero—. Dispongo de las mejores pociones curativas del
reino.
El elfo abre un mueble a sus pies, tras el mostrador, saca
unos frascos y los coloca sobre la barra.
— Esta es una poción para las hemorragias, este es un
elixir para recuperar la consciencia, esta de aquí es
revitalizadora y esta…— el vendedor hace una breve
pausa—…es una poderosa poción que recupera cualquier
daño, incluso muscular, en cuestión de segundos.
Diría que la última es idéntica a las que encontramos en la
guarida de los Siervos de Amán en los Cuatro Picos.
— ¿Qué vale esta?— le pregunto por la última.
— Una moneda de oro por dosis— responde el vendedor.
— Me llevaré dos— Vistos los efectos del brebaje, merece
la pena pagar esa fortuna.
— ¿Desean algo más?— ofrece el comerciante.
— ¿Qué más tiene que nos pueda servir?— responde
Shiroge.
— Un poco de todo— contesta el elfo—. Objetos para la
destreza en combate, para la esquiva… También tengo
algunos objetos con hechizos implantados, como estas
botas, que permiten al portador correr a una velocidad
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endiablada durante unos dos minutos, además de mejorar
la potencia de salto.
Echamos, con detenimiento, un vistazo a los artículos
disponibles. Ojalá tuviera más monedas de oro para
llevarme todo lo que me gusta, pero tengo que adaptarme
a mi economía. Tras un buen rato, en que además
tratamos de regatear con el mercader, aprovechando que
nos llevamos muchos artículos, salimos cargados del
establecimiento.
Yo he comprado una hombrera que mejora mi capacidad
ofensiva y un yelmo particularmente bonito, que además
de mejorar mi defensa en el combate, me da protección
contra la magia. Vuelvo a estar sin blanca.
Shiroge ha comprado las botas, varias pociones, un
cinturón que equilibra la energía para ser más eficiente en
la esquiva y un bonito collar con una piedra amarilla
engarzada que también mejora las capacidades defensivas
en el combate. Cuando salimos ya es casi mediodía.
— Regresemos a la abadía, tenemos una importante
reunión tras el almuerzo— le digo a mi compañero.
Al volver, veo que hay una comitiva formada por una
veintena de Yelmos de León, sin duda el rey ya ha llegado
a Íshar. Nos dirigimos al edificio principal y subimos a la
primera planta. Nos encontramos con Clarín, que está en
la entrada del comedor.
— Os estaba buscando— nos informa el mago—. La
reunión se ha adelantado, os esperan en la tercera planta,
en la sala de reuniones del abad.
Le seguimos por las escaleras hasta la tercera planta y
cruzamos un pasillo hasta una puerta negra que está
cerrada; el elfo llama.
— Adelante— se oye la voz de Néster en el interior.
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Abrimos y entramos. Hay varias personalidades sentadas
alrededor de una gran mesa ovalada. Además de Néster
están Álerin, Wíldor, Farwin, que por fin ha recuperado la
consciencia, el rey Árathan, al que he visto un par de veces
a lo lejos por las calles de Gáldoras, y otro elfo de pelo
rubio platino y piel clara, entiendo que es Mithrail, sumo
sacerdote del gran Templo de Túlmar.
— Buenas tardes— saludo un tanto retraído.
— Buenas, os esperábamos— responde Álerin—. Por
favor, sentaos.
— Bueno Farwin, ya que por fin estamos todos, cuéntanos
lo que sepas sobre la piedra negra— ordena el rey a su
subordinado.
— Es una historia muy antigua, Majestad— comienza
relatando con algo de dificultad el señor de Kaalbhart—.
Tras la gran matanza, los Erdan repartieron las cuatro
piedras de la creación entre las cuatro razas puras. La
Esfera del Mar a los eledines, la Gema de los Vientos a los
elfos, el Cristal de Fuego a los bahaluks, y a los nuevos
hombres se les entregó la piedra de la vida, la Luz de
Rosa. Amán quiso entregar la roca negra o piedra de Órdor
a sus dragols, pero los demás Erdan le engañaron. Fue
robada y escondida por Krax, justo antes del juramento de
no volver a inmiscuirse en los asuntos de las tierras
Antípodas. Solo Éler, siervo supremo de Eusarg, era
conocedor de su paradero, en el lago Kaalbhart. Poco
después, tras la unificación del reino, el rey Árathan I
otorgó a mis ancestros el dominio de esas tierras. Éler
sabía que tarde o temprano el secreto acabaría saliendo a
la luz, y para evitarlo, él mismo reveló el secreto de su
ubicación, bajo promesa de que solo el señor del castillo
podría conocer la verdad sobre lo que esconde el lago.
Para que todo cayera en el olvido, se unió al juramento de
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los Erdan de no inmiscuirse en los asuntos entre los
creados, y abandonó estas tierras. Dado que yo no tengo
heredero, decidí contar el secreto a mi primo, Murkan,
alcalde de Dúltor.
— ¿Y dónde se encuentra exactamente la roca negra?—
pregunta el rey.
— Hay una entrada bajo las aguas del lago, a unos cien
metros de la orilla frente a la muralla norte del castillo—
responde el noble herido—. Yo nunca entré, mi padre me
contó que había estado una sola vez de joven, al morir mi
abuelo y que hay una sala con una inscripción en un
idioma desconocido. Probablemente algún tipo de
maldición.
—Tenemos que recuperarla— asevera Árathan en alta
voz—. Podremos usarla y acabar de una vez por todas con
esta guerra.
— Pero, mi señor— habla Álerin—, la piedra negra no
puede ser usada, nadie sabe qué mal podría emanar de
ella.
— En la biblioteca del templo de Túlmar hay unos viejos
volúmenes que hablan de las piedras de la creación. Son
más de cien libros, seguro que habrá algo que nos pueda
servir— revela Mithrail—. Con ayuda del áratra podremos
revisar los textos.
— Majestad, las piedras de los Ersan son reliquias
antiguas, creadas para que fueran usadas por los Erdan—
añade Néster—. Por lo que sé, ninguno de nosotros tiene
poder para desatar su poder.
— ¿Y qué pretende hacer Ostírelin con la Luz de Rosa?—
pregunta el regente.
— No lo sé, mi señor— responde el abad—. Pero si se ha
tomado tantas molestias para conseguirla, seguro que
tiene un plan.
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— Estas son mis órdenes— Se alza de su silla el rey—. El
áratra viajará al templo de Túlmar con Mithrail, para
conseguir información. Enviaremos a alguien a Kaalbhart a
por la piedra de Órdor y la traeremos aquí, para que la
magia de Néster la proteja.
— Estos Dalmas han demostrado gran valor y
compromiso, Majestad— Nos señala Álerin—. Creo que no
hay nadie más indicado para esa misión.
Shiroge y yo nos miramos.
— Soy siervo de su Majestad y devoto de los Erdan, mi
señor— aclamo frente a todos—. Podéis contar conmigo.
— Y conmigo— se suma mi compañero.
— Clarín es un joven mago con gran potencial— dice
Néster—. Debería acompañarlos.
— Lo que ordenéis, excelencia— responde el hechicero.
— Hay otros dos Dalmas: una elfa, enviada de Mithrail y un
medio elfo llamado Semín, hacen buen equipo— resalta
Wíldor—. Pero pedirán una recompensa por llevar a cabo
la misión.
— Pues démosle la recompensa que piden y que los cinco
se encarguen de traer la roca negra— concluye el rey.
Todos en la sala asienten ante las órdenes del regente.
Tras concluir el cónclave, Árathan se retira el primero.
— Mañana partiréis en barco hasta Dúltor, desde allí iréis a
Kaalbhart— nos explica el plan Álerin—. Dudo que sea una
misión sencilla, tened el máximo cuidado.
— Toma, Clarín— Néster entrega un saco negro, como de
seda, al mago—. Introduce aquí la piedra, no sabemos qué
efectos puede causar el mal que contiene.
Bajamos al comedor por petición de Shiroge y
almorzamos. Yo decido ir a visitar la biblioteca tras la
comida. El eledín tiene mejores cosas que hacer, o eso
dice.
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Paso una agradable tarde entre libros, principalmente de
historia, que ocupan una pequeña estantería dentro de la
gran biblioteca, repleta de libros de magia y filosofía que
son incomprensibles para mí. Luego abandono la abadía
en busca de algún templo.
La ciudad tiene dos puertos, uno está muy cerca de la
tienda de alquimia que hemos visto esta mañana, y mira
dirección este, el otro está del lado opuesto y mira
dirección oeste.
Entre medio, en la punta del cabo, hay un par de
embarcaderos de pescadores, de uso local. Uno orientado
hacia el norte, justo en el extremo, junto al cual hay un
templo dedicado a Eneon, Erdan de la sabiduría y
creación. Se trata de un edificio humilde, cae el sol cuando
entro en su salón.
Tras las oraciones regreso a la abadía y coincido con los
otros Dalmas en la explanada, frente a la puerta del edificio
principal.
— Buenas noches, compañeros— saludo al llegar.
— Buenas, Mirmi. ¿Dónde has estado?— pregunta el
eledín.
— Este se habrá ido a rezar— responde por mí Ghoidiel,
intentando burlarse.
— Pues sí, además he dado una vuelta por la ciudad—
añado.
— Estos dos han aceptado la misión, iremos los cinco—
anuncia Clarín.
— Veinte monedas de oro por cabeza—reconoce la
arquera—. No se puede rechazar tal recompensa.
— Pues vayamos a cenar y a dormir temprano, mañana
saldremos al alba y llegaremos de noche a Dúltor—
recomiendo.
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Todos asienten y subimos al comedor. Al llegar me percato
de que ninguno de los mandamases está en el salón. La
cena no mejora el almuerzo y pronto me voy a la cama.
Me cuesta dormir. Un extraño nerviosismo me inunda y me
paso casi toda la noche en vela, dando vueltas de un lado
para el otro.
— Vamos, despierta— oigo la voz de Shiroge y abro los
ojos. Al no contestar, el eledín ha entrado en la habitación
a despertarme.
— Voy, amigo, perdona— me excuso—. He dormido fatal.
Cojo todas mis pertenencias y salimos del edificio, todavía
es de noche. Coincidimos con Mithrail y Álerin en el patio
frente al portón y bajamos juntos la pequeña colina en la
que se ubica la abadía.
— Mucha suerte, amigos. Tened máximo cuidado— se
despide el áratra al separarnos en el camino. Ellos partirán
del puerto del oeste y nosotros desde el del este.
— Nos vemos pronto— respondo todavía un poco
adormilado.
Al llegar al muelle ya se atisba algo de brillo en el este.
— Ese es nuestro barco—indica Clarín señalando un navío
de dos velas un poco mayor que El Incansable.
Caminamos por el muelle hasta la pasarela, donde el
capitán, un elfo rubio de refinados modales llamado Galdin,
nos da la bienvenida al subir a cubierta y nos asigna
camarotes.
— Son solo doce horas de ruta hasta Dúltor— nos informa
el elfo al mando.
La jornada en barco es tranquila, yo he pasado toda la
mañana en el camarote descansando, hasta la hora de
comer. Paso las pocas horas de travesía restantes en
cubierta, admirando la línea del litoral que cae a poca
distancia.
277
— ¡Dúltor a la vista!— grita el hombre de la cofa. Poco
después comienzan las maniobras de atraque.
Al desembarcar vamos directos a la posada Luz del Norte.
No lo dice, pero noto a Shiroge impaciente por encontrarse
con Dorin. Por el camino, los lugareños nos reconocen y
nos saludan sonrientes. Al llegar a la posada hay buen
ambiente, las dos salas vuelven a estar habilitadas.
— ¡Shiro!— grita la tabernera, que corre a echarse en los
brazos del eledín. Decidimos dejarlos solos en el
reencuentro y nos sentamos los demás en una mesa.
Tras unos momentos de efusivo saludo, el grandullón viene
y se sienta con nosotros. No tarda Dorin en venir a
atendernos con una enorme sonrisa. Le pedimos unas
cervezas y algo de cena, además de habitaciones. Como
hemos hablado en el barco, lo mejor será descansar bien y
coger caballos al alba para dirigirnos al castillo, ahora en
manos de los hombres del Espino Rojo.
— ¡Aquí están nuestros héroes!— Gílmed entra en la sala
mientras nos sirven la cena, ya no lleva su uniforme militar.
— Buenas noches, amigo— le contesto—. ¿Qué tal todo?
— Muy bien, la verdad— me responde sonriente—. Me han
nombrado alcalde de la ciudad. Sin duda, un gran honor.
— Enhorabuena— felicita Clarín—. Seguro que lo harás
genial.
Shiroge y Semín levantan la jarra, en forma de brindis por
la noticia. Ghoidiel lo hace un poco más tarde.
— Contádmelo todo, ya sé de lo ocurrido en el castillo de
Kaalbhart— El nuevo alcalde se sienta en nuestra mesa—.
Dorin, los señores están invitados, por supuesto.
— Como mande, alcalde Gílmed— responde la posadera.
— Conseguimos liberar a Farwin. Por suerte sobrevivirá,
pero le han torturado cruelmente y las cicatrices son de por
vida— empiezo relatando—. Luego fuimos a Íshar, nos
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hemos reunido con el rey, que nos ha enviado a Kaalbhart
de nuevo.
— ¿A por la Piedra Negra?— pregunta con curiosidad.
— Así es, pero será mejor no prodigarlo— advierte
Clarín—. Hasta que no esté en nuestras manos, esta
misión es absolutamente secreta.
— Claro, claro, lo entiendo— asiente el alcalde—. ¿Hay
algo que pueda ofreceros?
— La verdad es que necesitaremos caballos mañana al
alba— aprecia Semín.
— Contad con ellos, mañana id a las caballerizas, daré
orden de que los tengan listos y ensillados a primera
hora— nos concede.
Agradecemos el gesto y cenamos tranquilamente. Me
percato de la mirada de Lía del otro lado de la mesa, tras
cenar.
— Ve a hablar con ella— me dice el grandullón—. No te
has portado como un caballero.
Hago caso al eledín y me acerco a la chica.
— Buenas noches, Lía— saludo sonriente.
— Me dijiste que nos veríamos luego— me contesta con
cara seria—. Han pasado cinco días.
— Lo siento, la vida de un Dalma a veces es complicada—
le respondo.
— Da igual, tengo claro que solo fue un romance de una
noche— añade cabizbaja.
— Pero podemos ser amigos, creo que eres una mujer
fantástica— intento quedar bien.
— Claro, todos tenemos una gran deuda con vosotros, nos
habéis salvado, no puedo enfadarme contigo— asiente
mientras levanta la punta de sus labios formando una sutil
sonrisa.
La beso en la mejilla y vuelvo a la mesa.
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— Será mejor que nos vayamos a descansar pronto—
advierte Clarín—. No creo que la misión de mañana vaya a
ser un paseo.
— Tienes razón— reconoce Semín.
— Yo me quedaré un rato, estoy muy descansado— aclara
Shiroge sus intenciones, aunque ya eran bastante
evidentes.
Se oyen gallos cantar y abro los ojos. Ya clarea el día, no
hay tiempo que perder, así que me levanto, cojo mis cosas
y salgo al pasillo de la planta superior de la posada. Parece
que soy el primero, así que llamo a las habitaciones de mis
compañeros. Solo Shiroge no contesta, intento abrir su
habitación pero está cerrada. Una vez salen los otros
Dalmas, bajamos al comedor y está vacío, con la puerta
cerrada y las sillas apiladas sobre las mesas.
— Parece que Dorin tampoco ha llegado— advierte Clarín.
— Esperemos que no tarden en aparecer, si no tendremos
que buscar...— no termino de decir la frase, cuando suena
la puerta delantera de la posada y aparecen los
enamorados.
— Ya era hora— recrimina Ghoidiel.
— Bueno, tampoco hay tanta prisa— responde el
grandullón con cara de contradicción.
— Hay que ser puntual— se enzarza la elfa con el eledín.
— De nada sirve discutir, lo cierto es que ya estamos
todos, así que comamos algo y salgamos lo antes
posible— intercedo en la discusión.
— Ahora mismo os sirvo el desayuno— ofrece la tabernera
un poco ruborizada—. En cinco minutos estará todo listo.
Nos sentamos a esperar el desayuno en silencio. Poco
después vuelve Dorin cargada con pan, embutidos, algo de
queso y huevos cocidos, además de una jarra con leche de
cabra endulzada con miel.
280
Después del desayuno y la despedida de los tortolitos, nos
apresuramos a coger los caballos y partimos al galope por
el camino de Xandria. Al pasar por delante de la posada El
Gran Descanso, me percato de que ya está casi totalmente
reconstruida. Tras poco más de dos horas, llegamos al
cruce de Xandria y seguimos adelante hasta subir la loma
desde donde se ve la maltrecha posada Cruce de
Montañas.
— Enviaré a Miliki a echar un vistazo— informa Clarín
mientras llama a su emplumada mascota.
— Todo despejado— informa el mago una vez vuelve el
halcón.
Avanzamos por el camino otras dos horas al galope, hasta
las inmediaciones del lago y continuamos bordeándolo. Es
mediodía cuando avistamos a lo lejos el castillo. Una
patrulla del Espino Rojo se nos acerca.
— Sois vosotros— el oficial al mando nos reconoce.
— Venimos por orden del rey a una misión de máxima
importancia— anuncio a los uniformados.
— Por supuesto, os escoltaremos— responde el líder.
Nos acompañan hasta el castillo y dejamos allí los
caballos. Aprovechamos para almorzar y sin perder tiempo
nos dirigimos a la muralla norte. Tenemos aún cinco o seis
horas de sol para localizar la cueva.
Tomamos una barca y nos alejamos unos cien metros.
Percibimos con atención las profundidades de las aguas.
El claro sol en lo alto ayuda en la tarea.
— ¡Mirad ahí!— Señala con el dedo Semín—. Hay una
especie de fosa o cueva.
A unos dos metros de profundidad, se distingue un orificio
de aproximadamente un metro y medio de ancho. Nos
sumergimos, primero Ghoidiel, seguida por mí, Semín,
Shiroge y Clarín. Buceamos a través del inundado túnel
281
que llega a una sala que emerge de las aguas. Clarín
enciende su luz y se ve una plataforma de piedra, en cuya
pared del fondo se ubica un inmenso portón, con un texto
escrito en la lengua de los eledines. Junto a él hay un
pequeño saliente, como una pila semicircular de unos
treinta centímetros de diámetro.
— ¿Sabes leerlo, Shiroge?— pregunto a mi compañero
una vez estamos sobre la plataforma.
— Sí— contesta afirmativamente—. Pone: “Ofrece tu
sangre y entra ahora, pasa sin ofrenda y la darás toda”.
— Parece una amenaza— se percata Semín.
— Creo que debemos derramar nuestra sangre en la pila,
a modo de ofrenda para entrar— doy mi opinión.
— Pues no creo que haga falta— me lleva la contraria
Ghoidiel al acercarse al medio del portón—. Yo diría que
esta puerta se puede abrir.
— ¡No toques nada!— protesta Clarín—. Este recinto fue
construido por Krax, si la orden del Erdan es que
entreguemos sangre, así será.
El mago saca un pequeño cuchillo y se hace un corte en la
palma de su mano y deja caer unas gotas en la pequeña
pila, luego Semín, yo y Shiroge. La elfa sigue dudando.
Finalmente, la presión de grupo surte efecto y, aunque con
reticencias, vierte su sangre también. Después el eledín
abre el pesado portón.
Del otro lado se extiende otra sala un poco más ancha, con
una puerta en la pared de enfrente, junto a ella veo una
segunda inscripción.
— “Sigue hacia adelante o vuelve hacia atrás, todos los
caminos te llevan, ninguno te traerá, hasta matar a las
bestias, hasta acabar con el guardián”— lee directamente
el grandullón.
— Parece algún tipo de adivinanza— opina Clarín.
282
— Avancemos, quizás una vez dentro todo cobre sentido—
propongo.
Entramos por la puerta que da a un largo pasillo. Al
acceder, una fila de pequeñas luces amarillas se ilumina en
el suelo, dando visibilidad suficiente para avanzar, sin
necesidad de usar la mágica luz. Después de unos treinta
metros llegamos a otra sala rectangular, con tres pasillos
frente a nosotros y otros dos a cada lado del acceso. En el
medio de la sala, en el suelo, hay una losa de color
amarillo, con un dibujo de dos tigres de aspecto feroz.
— ¿Y ahora, qué?— pregunta Shiroge.
— Vayamos a la derecha, inspeccionemos la zona—
propone el hechicero.
No muy convencido, acepto la proposición del mago y
avanzamos por el pasillo, que gira a la izquierda tras diez
metros y se abre en otra sala, con media docena de pasos.
Volvemos a girar a la derecha, siguiendo a Clarín que
lidera la compañía. Tras un nuevo giro llegamos a otra sala
de iguales características que la primera, incluyendo la
losa amarilla y el grabado.
— Volvamos atrás— el hechicero duda.
Al volver sobre nuestros pasos alcanzamos la sala, pero
por un acceso que no corresponde al que entramos.
— Creo que estamos perdidos— advierte con resignación
la arquera.
— Pensemos un poco— propongo a mis compañeros—.
La inscripción decía que ni avanzar ni retroceder nos lleva
a la salida, que hay que matar a las bestias y al guardián.
Quizás debemos activar la losa del centro y los tigres
aparecerán.
— Tiene lógica— afirma el mago—, pero antes prepararé
un hechizo por lo que pueda pasar.
— Pues no perdamos el tiempo— apremia el grandullón.
283
Tras unos segundos, a la señal del hechicero, me sitúo
justo encima de la losa amarilla.
— Claclaclaclacla— Todas las puertas de la sala se cierran
y se apagan las luces del suelo. El techo se ilumina de
repente con un tono amarillo.
— ¡Cuidado!— grita Semín señalando a mi espalda.
Me giro y veo a dos enormes tigres que se abalanzan
sobre nosotros. Consigo interponer mi escudo y detener el
ataque de uno de ellos.
Un proyectil eléctrico lanzado por Clarín impacta en el otro
y le obliga a retroceder. Shiroge se lanza contra la bestia
que está encima mía y de un fuerte golpe de mandoble le
mutila una de las patas delanteras, el animal gruñe y cae al
suelo.
Ghoidiel lanza una flecha al otro animal, pero el veloz felino
consigue evitarla. Seguidamente Semín clava su katana en
el cuello del tigre, un gran chorro de sangre riega el suelo
de la sala y el animal cae herido de muerte.
— Tactactactactac— Se apaga el techo y desaparecen las
bestias, la puerta central se abre y se encienden las luces
del suelo por el pasillo. Esta vez tienen un tono azul.
— Ha sido muy fácil— aprecia Shiroge.
— No creo que esto haya terminado aún— doy mi opinión
a los demás—. Sigamos por el pasillo.
Avanzamos, esta vez yo lidero la compañía. El pasillo gira
a la izquierda de nuevo tras unos veinte metros, llegando a
una sala idéntica a la anterior. La losa, de color azul, tiene
dibujada la figura de dos osos también de aspecto
amenazante.
— Ya no nos queda otra que seguir enfrentando a las
bestias— reconoce con resignación Clarín—. Prepararé un
nuevo hechizo de proyectil. Me lleva algo de tiempo.
284
El mago hace un gesto una vez está preparado y Shiroge
se coloca sobre la losa. De nuevo se cierran las puertas,
todo se hace oscuro y el techo brilla con tono azulado.
Dos enormes osos aparecen delante de él, seguidamente
el mago lanza su poderoso ataque eléctrico, que golpea a
uno de ellos en el cuerpo, aunque no le impide seguir
luchando.
La elfa lanza una flecha, esta vez sí acierta en el torso del
otro animal, pero no reduce su capacidad de combate.
Uno se lanza contra el eledín, este repele el ataque con su
escudo. El otro ataca a Ghoidiel, asestándole un zarpazo
en el brazo que desgarra algunos músculos de la arquera,
que no consigue evitar la ofensiva.
Shiroge devuelve el ataque a su oponente, un fuerte golpe
que hace que se tambalee y lance un gruñido. Yo hago lo
propio, aprovechando mi posición de flanco, contra el otro
e incrusto mi daga en el costado del animal que se gira
hacia mí.
Semín lanza un ataque con su katana al que se enfrenta al
eledín. Aunque consigue golpearle, no resulta muy efectivo
y otra vez la bestia contraataca, pero Shiroge de nuevo
repele el golpe de sus garras e inserta el mandoble en el
estómago. Esta vez el animal retrocede gravemente
herido.
El otro intenta morderme con su enorme mandíbula, pero
con un buen movimiento lo esquivo y clavo mi lanza en su
nariz provocándole una fea herida. Semín asesta un nuevo
golpe, esta vez por la espalda, pero el animal aguanta.
El grandullón consigue por fin acabar con su adversario
malogrado, atravesando su corazón.
El que sigue en pie se gira, para lanzar un zarpazo contra
el medio elfo, momento que aprovecho para incrustar mi
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lanza en su cuello, rompiéndole la médula espinal. El oso
cae paralizado del cuello para abajo.
De nuevo la luz se apaga y se abre el pasillo central
iluminado por luces de color rosa. Corro a asistir a
Ghoidiel.
— ¿Estás bien?— le pregunto al llegar.
— Creo que no es muy grave— responde mientras aprieta
con su mano la zona del corte del que emana algo de
sangre.
La herida es profunda. Le doy de beber una poción
mientras le limpio la zona del corte. Rápidamente la
hemorragia se detiene y me permite coser con comodidad.
Instantes después parece recuperada.
— Por lo que se ve, cada sala tiene enemigos más
peligrosos, debemos andarnos con ojo— aprecia Semín
acertadamente.
— Sigamos, ya no hay vuelta atrás— Ahora es el eledín el
que toma la iniciativa y avanza por el nuevo pasillo.
Tras un nuevo giro, nos topamos con una tercera sala. En
la losa aparecen las figuras de dos guerreros, un elfo y un
bahaluk.
— Pensemos una estrategia— propone Semín—. Tenemos
que hacer valer nuestra superioridad numérica.
— ¿Qué propones?— le respondo a sabiendas de que es
bastante buen estratega.
— Clarín y Ghoidiel que ocupen esquinas opuestas. Frente
a cada uno de ellos nos pondremos, por un lado, Shiroge
delante del mago y por el otro Mirmaerín y yo protegiendo
a la arquera. Ellos dispararán al oponente del lado
contrario por la espalda, y nosotros nos enfrentaremos—
propone el encapuchado.
— Me parece bien— asiente Shiroge—. ¿Pero quién
activará la losa?
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— Yo lo haré y me colocaré junto a Mirmaerín
rápidamente— se ofrece el medio elfo.
— Tenéis que saber que no me queda mucha más reserva
de energía, solo podré usar el hechizo de proyectil eléctrico
una vez más— agrega Clarín mientras se concentra.
Nos colocamos en nuestras posiciones y Semín va al
centro de la sala a activar el dispositivo. Cuando se cierran
las puertas y se apagan las luces, corre a colocarse a mi
lado.
El techo se ilumina de color rosado.
Por desgracia, no le da tiempo al medio elfo a llegar hasta
mí, cuando recibe el ataque por la espalda del elfo que
acaba de aparecer, que le golpea con su enorme hacha en
la cadera, causándole un profundo corte.
El proyectil eléctrico golpea la espalda del guerrero elfo,
que cae al suelo junto a nuestro compañero. La flecha de
la arquera golpea al bahaluk por la espalda, pero no logra
acabar con él y se enfrenta en combate singular a nuestro
enorme compañero.
Primero el eledín lanza un ataque que es repelido por su
hábil adversario, lo mismo ocurre con la respuesta de su
pequeño contrincante. A pesar de la diferencia de tamaño,
el combate está igualado.
Yo logro asestar un buen golpe en el torso del enemigo
caído, acabando con su vida. La arquera lanza un segundo
ataque contra el bahaluk, pero tiene poco espacio y no
logra alcanzarle.
El eledín vuelve a dar un golpe de mandoble que
desequilibra a su adversario, seguido de una embestida
con el escudo que lo derriba.
Yo me apresuro a ayudar a Semín, la herida en su cadera
es bastante grave y pierde la consciencia. Shiroge
aprovecha la indefensión de su enemigo para ensartarlo
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por el pecho con su mandoble. La luz se apaga, se abre la
puerta central y se encienden luces rojas por el pasillo.
— ¡Semín!— grita el agotado mago.
Consigo taponar el corte. Shiroge vierte un poco de una de
sus pociones en la herida de nuestro compañero, que
detiene la hemorragia. No creo que podamos contar con
nuestro amigo durante un buen rato, pero por suerte
parece que su vida no corre peligro.
— Descansemos— propongo a mis compañeros—. Si
continuamos sin descanso todos acabaremos cayendo.
Los demás asienten.
Pasamos tres o cuatro horas descansando sin movernos
de la sala, tiempo que Shiroge usa para comer, Clarín para
meditar y recuperar su poder, Gloidiel para reparar algunas
de sus flechas y yo para asistir a nuestro compañero
herido, que por fin recupera la consciencia.
— ¿Qué ha pasado?— pregunta Semín al reponerse.
— Tu plan ha funcionado— le contesta la elfa con guasa.
Aunque lo cierto es que, de no haber usado la estrategia
del medio elfo, puede que no hubiéramos acabado con
ellos.
— ¿Esto no se acaba nunca?— dice el encapuchado, con
tono de resignación al mirar el nuevo pasillo iluminado de
rojo.
— Esperemos que este sea el último— respondo, aunque
me temo que viendo que los colores coinciden con los de
los Ersan, un total de cinco salas nos esperan, cada cual
más difícil.
Una vez repuestos avanzamos de nuevo por el pasillo.
Tras un último giro llegamos a otra de las salas. Esta vez la
losa en el centro es de color rojo y tiene una figura
demoníaca pintada.
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— Qué mal rollo— dice Ghoidiel—. ¿Qué estrategia
usamos contra un demonio?
— Rodeémosle— propone el recuperado medio elfo—.
Atacaremos todos a la vez.
— Parece arriesgado— responde la arquera—. El que
caiga de frente estará en problemas.
— Si surge un demonio en esta sala, no habrá forma de
evitar el riesgo— se justifica.
Todos aceptamos, de todas maneras, ya no hay vuelta
atrás, o llegamos al final de este terrorífico laberinto o
acabaremos nuestros días perdidos en él.
— ¿Y quién activará esta vez la losa?— pregunta Semín.
— Yo lo haré— me ofrezco en un arranque de valor—.
Retrocederé de espaldas contra el muro, protegiéndome
con mi escudo.
Todos nos colocamos en posición, cerca de las paredes
formando un círculo, me adelanto hasta la losa y subo
encima. Suenan las puertas cerrarse y me aparto
caminando hacia atrás. Las luces se apagan.
Un ser de una oscuridad más profunda que la de la propia
sala aparece en el medio y se enciende el techo de color
rojo.
Veo el brillo de la punta de la mano de Clarín a punto de
disparar su rayo. Sin embargo, es el ser el que lanza un
poderoso proyectil eléctrico contra el mago, que le hace
caer.
Ghoidiel dispara una flecha, que es poco efectiva contra el
demonio. Los demás cargamos contra él.
Semín está de frente y al ver la mirada vacía del enemigo
se queda paralizado. Shiroge le asesta un poderoso
ataque por la espalda a la vez que yo le doy un golpe
certero con mi lanza por el flanco, que atraviesa su cabeza.
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El ser demoníaco grita con fuerza y seguidamente se
desvanece.
Se abre un nuevo pasillo iluminado con luces blancas. Me
dirijo a ver el estado del hechicero, que tiene una
quemadura en su pecho y una contusión, aunque
superficial. Con dificultad, le doy de beber la última de mis
pociones. De nuevo es efectiva y el elfo se recupera
enseguida.
— ¿Otra más?— se percata la arquera mirando al nuevo
pasillo iluminado por luces blancas.
— Este es el último, mirad— advierte Semín señalando
adelante.
Del otro lado se distingue a unos diez metros otra sala. En
el centro hay una estatua de tres metros del Erdan Krax,
sosteniendo su martillo. Nos dirigimos allí. Sin duda es la
última sala, no hay ningún otro acceso, como ocurría en las
anteriores.
— ¡Mirad!— Señala Ghoidiel la punta del martillo de la
estatua—. ¡Ahí está la piedra!
Engarzada en la superficie del arma, se ve la roca, que
parece absorber la luz en torno a ella difuminando su
contorno.
— Sin duda, este es el guardián— opina Clarín—. No es
una estatua, percibo energía dentro de ella; seguro que se
trata de un gólem.
— ¿Un gólem?— pregunta Shiroge.
— Son poderosas construcciones mágicas, normalmente
usadas como guardianes— describe el mago—. Si
intentamos coger la piedra, seguramente se activará.
— Pues no nos queda más remedio— respondo con
resignación—. Se pueden matar, ¿no?
— Estos seres carecen de órganos vitales— explica el
hechicero—. La única forma de destruirlos es debilitando
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su poder, atacándole, pero tienen mucho aguante y son
muy fuertes. Además, será mejor que evite usar el
proyectil. Su cuerpo metálico podría hacer de conductor y
que afecte a alguno de vosotros.
— No hay tiempo que perder— apremia Shiroge—. Estoy
harto de este dichoso laberinto, además tengo hambre.
— Antes de activarlo rodeémoslo también— propone
Semín, a lo que todos asentimos.
Una vez estamos preparados, Shiroge se coloca delante
de la estatua del Erdan y toca la piedra negra con la punta
de su mandoble. Se oye un estruendo y un rayo penetra en
la escultura, que cobra vida.
Todos lanzamos la ofensiva. Como nos ha dicho Clarín, no
hay ataque, ni el poderoso golpe de mandoble del eledín,
que consiga detener al gólem, que le devuelve una
contraofensiva con su martillo, que impacta contra el
escudo de Shiroge y lo desplaza un par de metros a la
izquierda. Volvemos a atacar Semín y yo, la estatua se gira
y va a por el medio elfo. Las flechas de Ghoidiel y las bolas
de Clarín no son efectivas. Lanza un ataque contra el
encapuchado, que realiza una acrobacia y logra esquivar el
ataque.
De nuevo le golpeo, mientras el grandullón, con cara de
rabia y el escudo destrozado, se pone tras él,
aprovechando que centra su atención en mí, coloco mi
escudo a la espera de recibir el poderoso mazazo.
Shiroge se adelanta, coge su arma con las dos manos y
conecta un tremendo mandoblazo que desplaza a la mole
de metal y le hace caer antes de que pueda golpearme.
Una nueva lluvia de ataques le impactan mientras intenta
de nuevo levantarse. El eledín alza otra vez su arma y grita
mientras asesta un tremendo espadazo, de arriba hacia
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abajo en la cabeza del gólem, que pierde toda su energía y
se desmorona.
La roca Negra se descuelga de la maza y cae a los pies de
Clarín.
— ¡Victoria!— grita Semín.
El mago coge el saco que le había entregado Néster e
introduce la oscura piedra en él.
Un nuevo pasillo se abre justo en el medio y avanzamos
por él, hasta llegar a la plataforma junto al agua. Lo hemos
conseguido. Buceamos por el pasadizo y salimos al lago.
Es de noche y las lunas están casi llenas. Unos guardias
del Espino Rojo esperan sobre las barcas, alumbrando con
candiles y nos ayudan a salir del agua.
— Descansemos esta noche en el castillo y volvamos a
Íshar mañana— propone Clarín visiblemente agotado.
Los soldados de Wíldor nos ceden unas habitaciones
dentro del castillo y nos ofrecen comida. No tardamos en
irnos a dormir.
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