CUENTOS EN ARADÍN 1. La elección de Doorlak
—Abuelo, ¿no me cuentas uno de tus cuentos para dormir? —me dice Mirmaerín mientras
le arropo.
Hace ya tres años que murieron sus padres, y lo que empezó siendo una distracción para
que pudiera dormir se ha vuelto una rutina que, reconozco, me gusta realizar. Tomo un libro
de la biblioteca, de la sección de Cuentos en Aradín.
Hoy te contaré una historia titulada:
LA ELECCIÓN DE DOORLAK
“Ocurrió hace muchos años, en la época en que los hombres levantaron sus primeras
ciudades de piedra. Había una pequeña aldea junto a un río que serpenteaba desde donde
el sol levanta hasta donde se acuesta. Su líder, Sertar, volvía de una expedición con
noticias.
—Hemos encontrado un pueblo, cinco días de marcha hacia el norte. Estaba hecho cenizas
—relataba al consejo en la reunión—. No había nadie con vida. Las casas ennegrecidas por
las llamas no eran más que escombros. Cadáveres desmembrados y calcinados se
esparcían por todos lados. Solo encontramos a este pequeño eledín —añadió, señalando
con el dedo a un niño de no más de cinco años, que se mostraba firme, con la mirada fija y
el gesto serio—. Ya que Eneon no me bendijo con un hijo, he pensado en adoptar a este
huérfano y criarlo como mío —sentenció ante el beneplácito del consejo, dando fuerza al
concepto que todos tenían de él: un hombre de naturaleza fuerte y alma compasiva.
Pasaron los años, y el pequeño Doorlak se convirtió en un joven fuerte y sano, pero no
encontraba su lugar en la aldea. Se sentía apartado y señalado por sus rasgos distintos, así
que habló con Sertar y le dijo que tenía que marcharse.
Su padre adoptivo sabía que el joven lo estaba pasando mal. No era aceptado por los otros,
que lo veían como un extranjero. Él le había cogido un gran afecto, pues puso gran empeño
en criarlo, pero reconoció que quizás convertirse en Dalma fuera algo que el chico tenía que
vivir.
—Ten, hijo mío —le dijo al todavía muchacho, y sacó de su bolsillo un pequeño morral—.
Con esto podrás conseguir muchas cosas en la ciudad.
El chico abrió la pequeña bolsa de piel y descubrió en su fondo una moneda de oro.
Tras despedirse al amanecer, Doorlak tomó rumbo al norte, en busca de sus orígenes. Al
quinto día avistó a lo lejos una población: la más grande que sus aún muy jóvenes ojos
habían visto.
Penetró por el bullicio de sus calles, perplejo por los sucios hábitos de sus habitantes: se
gritaban, deambulaban y maldecían. Avistó a lo lejos una plaza concurrida con un mercado.
Uno de los puestos estaba especialmente lleno de gente, y sintió curiosidad.
Vendían esclavos. Un hombre de aspecto tenebroso y sonrisa macabra ofrecía, cual ganado
en una feria, sus últimas adquisiciones: un joven bahaluk de aspecto fuerte, melena pelirroja
desaliñada y barba tupida; un anciano eledín de expresión serena; y una joven elfa de
cabellos morenos y semblante triste.
Doorlak sintió dentro de sí hervir la sangre por tal injusticia. Estaba dispuesto a liberar a
aquellas personas, pero el precio era una moneda de oro por cada uno, y él solo tenía una.
Para poder decidir, llegó a un acuerdo con el comerciante: podría pasar un día con cada
uno de ellos, para saber quién era el que más lo merecía.
El primer día estuvo con el joven guerrero bahaluk. Le podría enseñar a luchar, a cabalgar,
a ser fuerte. Vio que aquel pequeño ser era decidido y capaz, y aquello le gustó mucho. Al
terminar la jornada, el bahaluk le pidió que lo eligiera.
El segundo día lo pasó con el anciano eledín, un hombre sosegado de aparente
conocimiento infinito. Conocía las historias de los Erdan y los secretos de la magia. Le hizo
pensar en cosas que nunca se le habían pasado por la cabeza: sobre la vida, sobre el
tiempo, sobre la existencia de las Tierras Antípodas...
Al caer la noche, el anciano le dedicó una sonrisa y le dijo que sabía que no sería elegido.
Era ya mayor, su momento había pasado, y además añadió unas palabras:
—No te preocupes por tu elección. Se hará por sí sola.
Al tercer día se encontró con la joven elfa. El corazón del muchacho se aceleró de repente
una vez estuvo cerca de ella. No se había fijado hasta qué punto era hermosa hasta ese
momento. Su cara resplandecía, su mirada era tímida pero tierna, sus negros cabellos
ondeaban lanzando un perfume particular, embriagador. Cegados por el embrujo de Yabel,
sus cuerpos se buscaron y centelleaban sus besos llenos de pasión. No era mediodía y ya
sentía que toda su vida era de ella. Llegó la tarde y descubrió dentro de él una sensación
cálida pero aterradora: no quería vivir un segundo más sin esa joven. Al caer el sol, la chica
no le pidió nada, solo que no la olvidara.
A la mañana siguiente se reunió con el extravagante esclavista.
—¿Y bien? —preguntó curioso el comerciante...
Años después, un hombre llamado Doorlak regresó a la aldea. Se había hecho más fuerte,
se había vuelto más sabio, y todo lo había conseguido al lado de su mujer.
FIN
—¡Pues yo me hubiera quedado con el anciano! —refunfuña Mirmaerín.
—Esa fue la decisión de Doorlak. Cada uno tiene que tomar las suyas —le replico—. Ahora
a dormir, que tengas dulces sueños, mi querido nieto.