Me llamo Sulavín, y me han dado la tarde libre en mi trabajo, ayudando en el Hogar de
Emet. Esta vieja taberna lleva más de 50 años abierta y que yo sepa jamás ha ocurrido algo
así antes… ¡No hay barcos!
Solo un pequeño velero mercante ha parado y tres miembros de la tripulación, el capitán, su
el contramaestre manco y un marino bastante observador, que intenta tapar su calva con un
ridículo sombrero de grumete.
Se sientan cerca de mí y enseguida Netty, mi compañera, viene a atenderlos…
— ¿Qué puedo servirles, señores?— pregunta la muchacha, mientras coloca sus manos en
la espalda.
— Tráigame un trago de destilado de ron— pide el contramaestre.
— Yo tomaré cerveza— responde el marino en segundo lugar.
— A mi tráigame una jarra de agua— dice el capitán—. Sírvanos también algo de cenar.
¿Qué tienen?
— Asado de buey de Fálkdir, acompañado de arroz con verduras y patatas asadas—
contesta mi compañera.
— Pues pónganos tres raciones— asiente de nuevo el hombre al mando—. Uno de ellos
sírvalo trinchado.
— Ahora se lo sirvo todo, señores— La chica deja una sonrisa y se gira hacia la barra.
Mantienen una conversación en baja voz…
— ¡Pero no se puede decir de mí que beba a manos llenas!— bromea el hombre manco con
mucho pudor.
— ¿Cómo lo perdiste?— le pregunta el calvo.
— Era un joven marino, algo más joven que el capitán, navegábamos rumbo norte hacia el
gran templo de Túlmar a realizar ofrenda, cuando una de esas gigantescas serpientes de
mar trepó a la cubierta. Por supuesto, todos tratamos de huir, hay que estar loco para
enfrentarse a ese monstruo. Medía más de diez metros, en su boca se apilaban cientos de
dientes afilados como cuchillas, sus ojos eran negros como el carbón y lanzaban una
mirada vacía. Serpentea resbalando sobre su piel azul oscura con una rapidez endiablada—
relata el hombre con mirada profunda y escalofriante—. Estaba ya en la puerta de la bodega
de proa, cuando me mordió en brazo. Dos de mis compañeros me agarraron y sentí un
fuerte tirón y el crujir de mis huesos. Me desperté en el sanatorio de Bárbal una semana
después. Además de mi brazo, aquel día perdieron la vida dos compañeros— concluye con
aire de solemnidad.
— Pero aquí está, cuarenta años después, más gordo, más cano y aún con vida— señala el
capitán mientras la camarera sirve las bebidas.
—Y por eso bebo, mi capitán, para celebrarlo— Alza su vaso al aire y se lo bebe de un
trago—. ¡Póngame otro señorita!— le dice a Netty con una sonrisa.
Vaya historia… espero no tener que vermelas con semejante criatura….