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1. Una sencilla tarea

Tipo
Novela / texto narrativo oficial
Obra
Aventuras en Aradín
Estado
NARRATIVO OFICIAL
Regla de interpretación
La voz narrativa y los diálogos pertenecen a la obra; no convertir automáticamente toda afirmación de un personaje en verdad enciclopédica del mundo.

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Texto

PARTE I
1
Una sencilla tarea
Mi nombre es Mirmaerín, y soy, bueno… lo que en las
tierras del reino de Aradín se conoce como Dalma. Es un
derivado de “Dalama”, del idioma élfico. Significa libre o
libertad y es considerado un don de Aunas, Ersan del
viento. Viene a referirse a todo aquel que vaga por las
esquinas de las tierras Antípodas: guerreros, ladrones,
hechiceros o monjes; y que prestan sus servicios por
dinero, jugándose la vida cada día. Es por eso que viven
como si no existiera el mañana: la promiscuidad y el
fornicio se escenifica en la mayoría de las tabernas
frecuentadas por Dalmas.
La verdad, no creo estar hecho para esta vida, pero no
tuve elección. Era un niño de apenas cinco años cuando
mis padres murieron. Normalmente habría acabado en la
calle, expuesto a las garras de esclavistas o de alguna
secta, como esos Siervos de Amán, adoradores de la
muerte y de la destrucción, que proliferan a base de
promesas y sumisión… Pero tuve la fortuna de ser acogido
por mi abuelo materno, un hombre criado por elfos, muy
culto y muy estricto, que me obligaba a leer cada noche las
historias de los Erdan, me enseñó el lenguaje de los elfos y
la importancia de la oración…
Al fallecer mi abuelo hace unos años, perdí el rumbo, gasté
todo lo que tenía, casi todo lo heredado de él y me vi sin
nada, sin dinero, toqué fondo.
Hace una semana, Déler, un viejo amigo de mi abuelo que
se dedica a reclutar escoltas para transportar a miembros
de la corte, me ofreció una sencilla tarea: escoltar, junto a
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un grupo de Dalmas, a Delfos, un magistrado de la corte
del rey Árathan VI, desde Gáldoras, la capital del reino,
hasta Estrian, una importante ciudad costera, donde tras el
fallecimiento del senescal Galdrin, su hijo Gálser será
nombrado sucesor en diez días. Recibiendo como pago
por dicha tarea, tal y como dicta en el contrato, un
montante de dos monedas de oro por trayecto. Todo un
chollo…
Cogí las dos viejas lanzas, el yelmo, la hombrera y el
escudo de mi abuelo, al puro estilo de la guardia élfica de
la Torre de Cristal, y preparé mi mochila con todo lo
necesario: algo de ropa, yesca seca, pedernal, un cazo,
cuerdas con ganchos, un candil de aceite y un pequeño
morral con unas vendas, aguja e hilo de sutura, y un
ungüento curativo para las hemorragias que usaba mi
abuelo.
Han trascurrido cuatro cómodas jornadas por el Gran
Camino, llamado así por ser el más transitado del reino y
que está bien vigilado por los Yelmos de León, como se
hace llamar a los guardias del rey. Son una élite de
guerreros bien entrenados y bien equipados que, además
del inconfundible yelmo metálico con forma de cabeza de
león, lucen cotas de mallas con placas de acero y cuero de
excelente manufactura; y visten colores y estandartes
blancos y amarillos.
Hasta ahora, hemos descansado cada noche en posadas
de buena calidad, que abundan en todo el recorrido del
Gran Camino y todo se ha desarrollado sin ningún
incidente.
Ya nos encontramos apenas a tres o cuatro horas de la
ciudad de Estrian, cuando Síler da el alto. Es el líder del
grupo de escoltas, un hombre de pelo castaño, bien
afeitado y de gran estatura. Yo mido un metro noventa y
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seis y es más alto que yo. Si bien, el premio al tamaño se
lo lleva mi compañero Shiroge, de raza eledín, un joven
Dalma muy poco hablador. Es inusualmente fuerte, de
constitución enorme y más de dos metros y veinte
centímetros de altura. Muchos hombres fuertes tendrían
dificultades para blandir a dos manos su enorme
mandoble, que él maneja con soltura a una sola mano,
mientras en la otra porta un enorme escudo de tipo torreón.
— Pararemos en esta posada— dice Síler señalando la
lujosa hospedería a la izquierda del camino, justo antes del
cruce que señala hacia el lago Énder. El nombre en el
cartel de la posada “El Sauce Feliz” está escrito tanto en
bóldor, el idioma común, como en Élfico; si bien tiene una
falta en la traducción, pues en élfico “laagtur” significa
riendo o carcajada. “Blaagtur” sería el adjetivo para feliz y
hace referencia al enorme sauce que se deja ver justo
detrás del edificio, cerca del camino que va hacia el lago.
Además de Síler, Shiroge y yo mismo, la comitiva está
compuesta por: Erios, secretario y mayordomo de Delfos,
un hombre de pelo moreno, estatura media y bastante
delgado. Apenas hemos intercambiado unas palabras,
parece un hombre estresado, pero es educado y formal.
Gaulas, el guardaespaldas personal de Delfos, un hombre
serio, un guerrero experimentado y corpulento que no se
separa de él ni un momento. También de pelo castaño y
con la barba bien perfilada con la que pretende disimular,
sin éxito, la enorme cicatriz de su cara y que va desde
cerca de la oreja izquierda hasta la mandíbula. Ellos dos,
junto con Delfos, viajan en el interior de la lujosa carreta de
cuatro tiros.
También está Pirnel, apodado El Rubio, joven humano,
mano derecha del Síler. Dice de sí mismo ser un gran
arquero. Luce una melena rubia bien acicalada, todo lo
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contrario que Aulas, el bahaluk. Estos pequeños pero
robustos seres, siempre van con sus rojizas melenas y
barbas desaliñadas. Aulas supera con creces los ciento
cuarenta centímetros de altura que promedian los de su
raza y tiene un gracioso acento cuando habla bóldor. Es
rudo y de pocos modales, porta grandes hachas y un
escudo. Es evidente que su tamaño no es acorde a su
enorme fuerza.
Además, está Haleth, la medio elfa. No es muy común que
las mujeres se hagan Dalmas, lo normal es que las
féminas desamparadas vendan su cuerpo para otras
tareas más lujuriosas y de aparente menor peligro. Es una
experta en artes marciales y usa su enorme espada con
soltura. A veces la miro practicar, tiene una belleza
especial, de pelo gris mayoritario entre los de su raza y
ojos verdes. Mide más de dos metros y la verdad es que
me impone tanto, que casi no he hablado con ella.
Por último, Elion Váltor, el “primo” de Haleth y mi
compañero más cercano durante el trayecto. Un simpático
medio elfo arquero, de cabello rubio ceniza y ojos azules,
que tiene mucho éxito con las chicas de todas las razas. Él
y Haleth fueron abandonados en el templo de Eneon, poco
saben de sus orígenes. Como medio elfos, son
considerados bastardos y rechazados por eledines y elfos.
Los de su raza, son el único caso conocido de mezcla
entre las razas y todos son infértiles, hecho que Elion
agradece dada su promiscuidad.
Síler entra en la posada a anunciar la llegada y coger las
habitaciones, mientras el Rubio abre la puerta de la
carreta. Primero baja Gaulas, luego Erios, y por último, con
sus vestimentas de tela fina, sus anillos de oro, sus botas
de piel y su porte de altivez, Delfos el magistrado, siempre
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con su cabello canoso bien peinado y la barba
estrictamente recortada.
De la posada sale un hombre con aspecto de tabernero
muy cuidado, con el mandil impoluto y sonrisa forzada, que
saluda a la comitiva.
— ¡Bienvenido excelencia! Mi nombre es Guilim, soy el
dueño de esta posada, tengo listas para vos y sus
acompañantes las mejores habitaciones— saluda el
posadero con ávida mirada mientras se frota las manos e
inclina la cabeza.
— Está bien, señor Guilim, el magistrado está cansado e
irá a la habitación directamente— responde Erios.
— Acompáñenme— añade el tabernero mientras gira con
entrenada elegancia.
Elion y yo nos adelantamos, solemos echar un vistazo en
primer lugar para asegurarnos que todo está en orden.
Shiroge y Haleth entran detrás de los jefes, mientras Aulas
y Pirnel guardan los caballos y la carreta en las
caballerizas y comprueban que está todo bien en las
cuadras. El Rubio hará guardia en la carreta esta noche.
Hay un pequeño porche con tres mesas en la esquina de la
posada, junto al cruce, por donde se accede a la puerta
principal. En una de las mesas se sientan tres damas de
buena familia. Desde hace un par de días, solemos
coincidir con bastante gente que se dirige a Estrian para el
nombramiento, especialmente chicas de esta región que
están impacientes por ver en persona a Gálser, el apuesto
y soltero nuevo senescal y antiguo capitán de los Guardias
del Tridente.
El comedor es amplio y limpio, decorado con pilares de
madera de sauce, con las paredes pintadas de cal. Del
lado del camino hay tres grandes ventanas de vidrio, que
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exhiben en su centro un colorido mosaico con la forma del
árbol.
El mobiliario está compuesto por diez mesas rústicas con
cómodos sillones. Hay una chimenea de piedra al fondo,
justo al lado de la barra, tras la cual, además de dos
atareadas taberneras, hay tres inmensos barriles de
madera donde se lee el distintivo “Afghein”, la marca de
cervezas más reputada de Aradín.
Tras reconocer la situación me percato de la presencia de
un grupo de Guardias del Tridente, una patrulla de Estrian,
que visten cotas de malla, portan el estandarte de un
Tridente color blanco sobre fondo azul marino y pantalón
del mismo color, y que ocupan una de las mesas cercanas
a la puerta.
Un grupo de cinco bahaluks se sientan en otra. Son
ruidosos y de habla incomprensible. Uno de ellos viste con
elegantes ropas de seda de buena calidad y los demás
parecen escoltas o guerreros, teniendo en cuenta sus
atuendos, con armaduras de cuero duro y bien armados
con hachas.
En una de las mesas del fondo, cerca de la chimenea, hay
un guerrero fortachón con un su acompañante de buena
presencia, probablemente un mercader y su escolta.
Veo a un hombre con aspecto de granjero y a una mujer en
la barra. Y sentados en una mesa junto a la ventana del
fondo, un hombre moreno con la barba perfilada ataviado
con ropas y joyas caras, acompañado por un hombre y una
mujer de ojos rasgados, seguramente venidos de alguna
tribu del confín oriental.
Justo enfrente de la entrada, del otro lado del comedor, hay
una puerta de madera hacia la que se dirige Guilim.
Tras ella hay un hall con unas escaleras y otra puerta que
da a un pasillo con seis habitaciones a la derecha y que
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comunica con la parte trasera de la posada. Fuera del
ruido de la sala, se oye el crujir de nuestras pisadas en el
raído suelo de madera.
— La habitación del fondo es la principal, reservada para
su excelencia. Sus acompañantes pueden distribuirse en
las otras. Todas tienen dos camas y una ventana con cierre
de seguridad— señala el posadero mientras entrega las
llaves a Erios.
Una vez distribuidas las habitaciones, Delfos entra en la
suya, la del fondo, y Erios habla con nosotros.
— Habéis hecho un buen trabajo, estamos ya muy cerca y
este lugar es seguro. Tomad— Alarga el brazo y me
entrega una moneda de oro—. Delfos está muy satisfecho
y me ha pedido que os dé un adelanto para que esta noche
bebáis y os divirtáis. Gaulas y Síler harán las guardias—
continúa mientras entrega una moneda a cada uno de los
Dalmas. En este momento entra Aulas con aspecto
enojado.
— ¿Acasso no os habrréis olfidado de mí?— Su voz
asemeja a un gruñido.
— Jajaja. ¡Claro, Aulas! ¡Ahora iba a ir a dártelo!—
responde Erios mientras le entrega su moneda.
— Eso sí, recordad que al alba tenéis que estar todos listos
para partir. ¡Qué disfrutéis!— añade a la vez que abre la
puerta de la penúltima habitación.
Gaulas se queda en el pasillo haciendo guardia mientras
nosotros salimos al comedor.
Por la ventana se observa que ha parado una carreta de
transporte, de la que bajan cuatro jóvenes mujeres bien
vestidas. El cochero se dirige al establo, mientras ellas
caminan hacia la posada.
Elegimos una mesa junto a la ventana, no muy lejos de la
barra, al fondo, y pedimos unas cervezas. Las recién
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llegadas se sientan en la mesa de al lado. Una sonrisilla
pícara brota de la boca de Elion.
— ¡Creo que va a ser una gran noche!— dice exaltado
antes de beber un buen trago de su cerveza de malta.
Es excelente el estofado de jabalí a la cerveza que nos han
servido, casi no he levantado los ojos del plato desde que
me lo sirvieron, hasta que unté el último trozo de pan para
rebañarlo.
Ni siquiera me he dado cuenta que en el transcurso de la
cena la posada se ha llenado, no solo todas las mesas,
también la barra y el porche. Hay bastante jolgorio y los
bahaluks, como es costumbre en ellos, sacan
instrumentos: un timbal, un ukelele, una flauta y un
pandero, y comienzan a tocar una música con mucho
ritmo. Las jóvenes hacen un espacio y comienzan a bailar.
— Parece que se anima el cotarro…— digo a Elion. Más
bien le hablo a su silla, pues sin darme cuenta y de un
salto, ya está en el medio del grupo de chicas luciendo su
bonita sonrisa.
Haleth le acompaña y Aulas se une al grupo de bahaluks y
sus alegres cantos. Shiroge, más comedido, solo sonríe y
da palmadas mientras bebe una cerveza tras otra.
— ¿Quieres fumar? Es tabaco de la llanura del Espino
Rojo— Le ofrezco al enorme eledín mi pipa con el
magnífico tabaco.
— Está bien, Mirmi, pero a cambio tienes que probar
esto— Saca un pequeño frasco metálico y sirve un trago
en cada vaso.
— ¡Por los cinco Ersan! ¡Es como beber fuego!— Noto el
trago atravesar mi sistema digestivo, pero a medida que
baja el calor, un sabor dulce y amargo llena mi paladar.
Noto como el alcohol me está haciendo efecto enseguida.
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— ¿Qué demonios es esto?— le pregunto con lágrimas en
los ojos.
— Se llama elixir de Tísmik— contesta Shiroge—. Es una
bebida de Eled Vulard, el reino de los eledines, nuestro
amado norte. Está bueno ¿verdad?
— Sí, pero un poco fuerte para mí— respondo mientras
noto como el alcohol va subiendo.
— ¡No seas flojo y tómate otro!— Shiroge contesta con una
abierta sonrisa mientras sirve otro trago en mi vaso…
— ¡Tac, tac, tac!— Alguien golpea con fuerza la puerta de
la habitación. Siento mi cabeza embotada por una fuerte
jaqueca, la boca como si llevara días sin beber y el
estómago, como si me hubiera bebido un vaso de
avispas…
— ¡Rápido, despertad!— La alterada voz de Siler retumba
del otro lado de la puerta.
Abro los ojos y con dificultad alzo la cabeza. Mi compañero
Elion y dos de las chicas están desnudos en la cama de al
lado y también despiertan.
— ¿Qué pasa? ¿A qué viene tanto jaleo?, ¿todavía es de
noche?— balbucea el guapo medio elfo con voz ronca y el
rostro torcido.
— No sé Elion, será mejor que salgamos— respondo
mientras me visto y cojo mis armas.
Al salir están todos reunidos en el pasillo, todos menos
Delfos. Se hace evidente la cara de preocupación,
especialmente del mayordomo.
— ¡Delfos ha desaparecido, no está en su habitación!—
nos informa Erios con voz resentida.
— Puedo asegurar que no ha salido por la puerta y no he
escuchado ningún ruido. Esto es de lo más extraño, tiene
que ser obra de un hechicero— justifica Gaulas con
aspecto derrotado.
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— No adelantemos acontecimientos— responde Síler—.
Hay que investigar qué ha ocurrido, tenemos que dar con
él. Gaulas y yo interrogaremos a todo el mundo, Aulas y
Pirnel que miren en la entrada y el camino, los demás
registradlo todo, la habitación y los alrededores.
Rápidamente nos dividimos, el medio elfo y yo salimos de
la posada a ver la parte de atrás y llegamos hasta la
ventana de la habitación de Delfos. Dentro del cuarto,
Haleth y Shiroge registran cada rincón.
— Mira aquí, parece que han forzado la cerradura— dice
Elion a la vez que señala una hendidura justo en la unión
de la ventana.
— Parece muy poca cosa para abrir una ventana de
seguridad— añado—. ¿Cómo pueden haberla forzado
haciendo tan solo esta pequeña muesca?— me pregunto
en voz alta.
Miro hacia el suelo para comprobar si hay algún rastro,
mientras las primeras luces del alba aclaran el horizonte.
Lo cierto es que entre las pisadas identifico unas más
frescas, cuatro personas cuyas huellas se dirigen al
camino del lago. Al mirar a la esquina de la posada, me
percato de que un chaval asoma la cabeza por encima de
la cuadra.
— ¡Chico!— rápidamente le llamo la atención—. ¿Quién
eres y qué haces ahí?
El muchacho da un salto y se deja caer por la pared. Es un
joven de unos quince años, sin duda el mozo de cuadra
que se ha alertado al escuchar jaleo tan temprano.
— Mi nombre es Éder, señor. Soy el hijo menor de Guilim
el posadero— contesta el adolescente con voz temerosa y
entrecortada.
— ¿Cuánto tiempo llevas ahí, muchacho?— pregunta Elion
con voz firme.
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— Suelo dar una vuelta por la cuadra un par de horas
antes del amanecer, es para comprobar que los animales
están bien. Algunos clientes salen antes del amanecer—
responde apresurado.
— ¿Has visto algo extraño esta noche?— insiste el
arquero.
— Justo cuando entraba en la cuadra escuché ruido de
caballos fuera. Al asomarme al muro pude ver cuatro
jinetes cabalgando al galope en dirección al lago— explica
el chico mientras señala con el dedo la dirección en el
camino, justo a la derecha del sauce.
— ¿Pudiste distinguir algo de los jinetes?— continúo con el
interrogatorio.
— No, señor. Estaba oscuro e iban totalmente vestidos de
negro, apenas pude distinguir las siluetas bajo la luz de las
lunas— responde Éder con pesar mientras baja la cabeza.
— No te preocupes, chico, gracias por tu ayuda— le
digo—. Vuelve a tus tareas y estate por la zona por si
necesitamos preguntarte algo más.
— ¡Por supuesto, señor!— El chico, mostrando gran
agilidad, da un salto y se encarama de nuevo al muro.
— Busquemos huellas— propone Elion mientras se pone a
la tarea.
Durante unos minutos seguimos el rastro de pisadas desde
la ventana, pegadas a la pared, hasta la esquina, y que
rodean el árbol.
— Hay huellas de cuatro caballos saliendo al galope
dirección al lago. Vayamos dentro y avisemos al resto—
dice mi compañero Dalma, mientras se apresura hacia la
posada.
Pocos instantes después, ya reunidos todos en el interior
del Sauce Feliz, exponemos nuestras conclusiones. Los
demás han preguntado a todos los huéspedes y al
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personal. Nadie más sabe nada, no hay rastro de forcejeo
en la habitación y las caballerizas están en orden.
— ¡Hay que apresurarse!— apremia Erios con nerviosismo
y preocupación—. Yo me dirigiré a Estrian con Gaulas para
avisar al nuevo senescal de lo ocurrido. Siler y Pirnel se
quedarán haciendo guardia en la posada para esperar
noticias y cuidar de la carreta. Y vosotros cinco—
dirigiéndose a los demás Dalmas— coged caballos y salid
al encuentro de esos jinetes. ¡Rápido!
Con presteza nos dirigimos a la cuadra. Éder nos prepara
con celeridad las montas y nos apresuramos para salir a
todo trapo.
— ¿Qué distancia hay hasta el lago?— pregunto al joven
mozo de cuadra desde la esquina.
— Al galope no deberíais tardar más de dos horas hasta la
aldea de Énder, señor. Está junto al lago— responde el
muchacho.
Seguidamente azuzamos los caballos y salimos a toda
prisa. Las mañanas son frescas en estos primeros días de
primavera, lo que ayudará a las bestias a no fatigarse en el
trayecto.
Pasadas algo menos de dos horas, cabalgando por el buen
camino que transcurre por un abierto bosque lleno de
vegetación, alcanzamos una loma. Ya avanzada la
mañana, la luz del sol y el cielo despejado, permite divisar
el lago Énder casi en su totalidad.
La niebla matutina aún no ha levantado del todo sobre sus
aguas y una gran boina de vaporosa nube se extiende casi
por la totalidad del inmenso lago, hasta donde alcanza la
vista.
Una pequeña aldea de pescadores se ubica en la orilla, al
final de la rampa que baja justo delante de nosotros. A la
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izquierda, sobre una colina hay un pequeño faro.
Apresuramos la marcha.
En la parte más poblada de la aldea hay una decena de
edificios de piedra con los techos de madera, donde el
camino se ensancha dando lugar a una plaza que tiene el
suelo de arcilla prensada, con un abrevadero desocupado
justo en el medio y que termina en un pequeño puerto con
cuatro embarcaciones. Se ve un pescador atareado con
sus labores al final de la pasarela de madera.
Una pequeña taberna se ubica en la esquina a nuestra
derecha, junto a un almacén contiguo que abarca el resto
de la plaza y que tiene el portón abierto, dejando ver que
está lleno de aparejos y barcas en reparación. En el letrero
de la taberna se lee en bóldor “El Buen Pescador”. En la
puerta hay un hombre mayor, calvo en la coronilla, de pelo
cano, barba desaliñada y barriga prominente, con la nariz
chata y bermeja como un tomate maduro, que sostiene su
jarra con la mano derecha y canta murmurando algo
inapreciable, mientras a duras penas se sostiene de pie.
Junto a la posada hay un camino que discurre dirección
oeste junto a la orilla y justo enfrente comienza un pequeño
sendero del otro lado de la plaza, que serpentea entre las
casas colina arriba, hasta el faro. Desmontamos junto al
abrevadero.
— No hay rasstrro de caballoss porr aquí— aprecia Aulas
justo al desmontar.
— Parece que no, Aulas. Será mejor que preguntemos a
los lugareños si han visto algo— propone Haleth con
acierto.
— ¡Pero nos dividiremos!— digo en un ataque repentino e
inesperado de liderazgo—. ¡Tenemos que apresurarnos!
— ¡Bien dicho, Mirmi!— responde Haleth con su bonita
sonrisa. Es la primera vez que se refiere a mí con el
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cariñoso apodo que me puso un par de días atrás el
grandullón de Shiroge. Reconozco que no me había
gustado en ese momento, pero no tuve valor para
enfrentarlo. Lo cierto es que saliendo de los labios de
Haleth suena mucho mejor.
Los demás asienten. Aulas y Shiroge se dirigen al
pescador del fondo de la pasarela, un joven rubio de unos
treinta años. Los demás nos dirigimos a la taberna. Al
pasar junto al hombre borracho, que apesta a alcohol y
sudor, nos saluda alzando la mano y con un ruido parecido
a un gruñido que parece decir “buenas”, a lo que contesto
alzando también mi mano y, sin quitar la vista del frente,
entramos en la minúscula taberna.
El establecimiento está vacío, están las cuatro mesas
limpias y ordenadas. Una bonita tabernera joven y
atractiva, de pelo moreno caoba, ojos verdes y piel morena
de tono canela, que viste una blusa amarilla y pantalón de
cuero, nos recibe con una abierta sonrisa.
— ¡Bienvenidos, señores! Pasen. ¿Qué puedo servirles?—
saluda la camarera con voz aterciopelada.
— ¡Buenos días, hermosa damisela!— El medio elfo se
adelanta a hablar—. Mi nombre es Elion Váltor, estamos
siguiendo a cuatro peligrosos jinetes. Tienen que haber
pasado por aquí hará unas dos horas.
— Yo acabo de abrir la taberna, no he visto a nadie—
responde la chica con cara de contradicción.
— ¿Y sabe quién podría haber estado despierto a esas
horas o de alguien que pueda haber visto algo?— pregunto
con estricta educación.
— El pesado de Dan. Estaba dormido en la puerta cuando
he llegado. Ya estaba borracho, no sé si sabrá algo. Yo
también iría a hablar con el farero. Suele estar despierto
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toda la noche para controlar el faro— nos indica la
simpática tabernera dándonos alguna esperanza.
— ¿Cómo se llama el farero?— pregunta Haleth.
— Carias. Es un hombre ya mayor, ¡más de lo que
aparenta!— responde de nuevo la joven de manera
servicial.
— ¿Y el tuyo?— pregunta Elion sin poder evitar que se le
escape una leve sonrisilla seductora.
— Ánnub, para serviros— responde la chica con elegancia.
— ¡Marchemos!— digo con voz firme mientras entrego una
moneda de bronce a la tabernera, antes de dirigirnos a la
puerta—. Por las molestias.
— He oído que buscáis a cuatro jinetes, ¡hip!— Al salir de
la posada Dan nos aborda—. ¡Yo los he visto!
— ¿Y qué has visto?— pregunta Haleth con firmeza.
— Eehh, al salir de casa, al alba, vi a unos jinetes vestidos
de oscuro, ¡hip!, dirigirse a la playa al oeste, cerca del
camino de Noblin, ¡hip! Tres hombres arrastraron una
barcaza hasta el lago y subieron a bordo, mi señora, ¡hip!
—responde el viejo con cierta dificultad.
— ¿Solo tres?— insisto, para asegurarme.
— Es lo que vi, sí, señor. ¿Acaso no merezco una
recompensa por la información? ¡Hip!— agrega mientras
alza la cabeza y extiende la mano palma arriba.
Le doy un par de monedas de cobre, suficiente para un
trago. Todavía no tengo todas conmigo de que la
información sea fidedigna, tendremos que investigarlo. En
este momento regresan Aulas y Shiroge.
— El pescador es un tipo amable y educado, dice que no
ha visto nada, hace dos horas no había salido de casa.
Eso sí, parece que han visto movimiento de gente en los
últimos días cerca de unas ruinas, del otro lado del lago,
18

pero no sabe si tiene alguna relación— comenta Shiroge
según llega.
— Hablaremos con el farero, que parece suele estar
despierto toda la noche— respondo—. El borracho de la
puerta nos ha dicho que ha visto algo en la playa hacia el
oeste. Id Aulas y tú a comprobarlo, nos reuniremos aquí.
Sin más preámbulos, nos dividimos de igual manera.
Haleth, Elion y yo subimos a la pequeña colina donde se
ubica el faro. La aldea es bastante humilde y muy tranquila.
Tras pocos minutos llegamos al faro sin incidencia. Hay
unas bonitas vistas desde el alto donde se sitúa el faro, la
niebla casi ha desaparecido del todo, solo una ligera tela
de algodón flota sobre la superficie en el centro del lago.
Del otro lado de las aguas se ve un inmenso horizonte,
donde la claridad del día permite distinguir la fina silueta de
los montes del otro lado del lago.
— ¡Tac, tac!— Llamamos a la puerta, un sonido de pisadas
hacen crujir suavemente el suelo de madera y se
aproximan.
— ¿Quién es?— una voz ronca pregunta desde el otro
lado.
— Buenos días, señor Carias. Venimos de parte de Ánnub,
¿podemos hacerle unas preguntas?— contesta Haleth con
su suave voz tranquilizadora.
Suena un chasquido y el gran portón de madera antigua
comienza a abrirse, del otro lado aparece la figura de un
anciano, de pelo cano pero abundante y bastantes arrugas,
pero que mantiene la espalda firme y una buena
constitución.
— ¿Qué puedo hacer por ustedes?— pregunta el farero
mientras nos observa con fijación.
— Somos escoltas de un importante magistrado de su
majestad el rey Árathan. Venimos buscando a un grupo de
19

peligrosos jinetes que pasaron por aquí al alba. Queremos
saber si usted ha visto algo o si tiene alguna información
útil para darnos— informo al anciano con tono oficializado.
— Lo cierto que esta madrugada ha habido mucha bruma,
pero sí que me pareció ver el destello de una barcaza justo
tras el amanecer. Se dirigía al sur, dirección al viejo castillo
en ruinas— relata el farero.
¿Sabe algo más de ese castillo?— pregunta Elion con
buen olfato.
— Es una antigua fortaleza, en el pasado las llamaban las
Ruinas Prohibidas. Toda la zona más allá de la
desembocadura del río Galdor fue vetada por orden del rey
Árathan I, el unificador. Siendo yo un niño, decían los
ancianos que estaban malditas. Cuando aún era muy joven
hice una expedición sin el consentimiento de mi padre. Lo
cierto es que el sitio estaba casi en escombros. Había una
vivienda principal en un lamentable estado, pero todavía en
pie, en el interior del complejo amurallado, si se puede
decir, pues la muralla estaba derruida casi en su totalidad.
Dibujé un mapa, creo que lo tengo por aquí…— concluye
Carias mientras gira hacia un mueble en el salón tras la
puerta. Seguidamente abre el cajón de abajo y tras ojear
entre viejos papeles extrae uno y vuelve hacia la entrada.
— Aquí está. Sí, lo recuerdo. Es un mapa aproximado,
pero detalla bastante bien los elementos de la
fortificación— aclara el anciano mientras nos muestra el
dibujo realizado con tinta sobre un pergamino de piel de
oveja curtida.

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— ¿Cree que podríamos acercarnos en barco sin ser
vistos?— pregunta Haleth.
— La edificación se encuentra justo en un espigón, en un
acantilado de más de veinte metros de altura. Aunque la
torre no esté entera, posiblemente las tres primeras plantas
sean accesibles y desde allí se puede controlar más de
diez kilómetros a la redonda con nitidez. Además, la suerte
no está de vuestro lado, la niebla empieza a disiparse y el
viento ha cambiado de dirección, la noche será más cálida
y despejada. Solo veo dos opciones para acercarse sin ser
vistos. Hay un viejo sendero en desuso, algo difícil de ver.
Se accede a él tras unas ocho horas de marcha por el
camino del oeste, que va al pueblo costero de Nublin, pero
la zona es muy peligrosa. La ausencia de hombres ha
traído manadas de lobos y criaturas de Amán. Alguna vez
he visto a lo lejos la sutil figura de uno de esos gigantes y
horribles bolgs. Además, en el camino de Nublin son
21

frecuentes los ataques de bandidos, hasta el punto que la
mayoría de la gente que se dirige allí toman la alternativa
de ir a Estrian para hacer la ruta en barco. La otra opción
es acercarse en barca bordeando el lago hasta la Roca del
Tigre, un enorme cancho a siete u ocho kilómetros del
espigón, pero necesitareis un barquero que conozca la
zona. Así ahorraríais un día de marcha y pasar por la
peligrosa ruta por el camino de Nublin— concluye.
— ¿Sabe algo de esos bandidos?— pregunta Elion.
— Hará cinco años desde que ocurrieron los primeros
ataques en las inmediaciones de las montañas Némodas.
Por lo que sé, son una especie de clan, visten con ropas
blancas y negras, según relatan los que han logrado
sobrevivir a los ataques. Antes el camino hacia Nublin era
bastante transitado, pero por culpa de estos miserables la
gente prefiere hacer viaje en barco desde Estrian y,
aunque sea mucho más caro, no correr riesgos— continúa
el anciano—. Yo mismo he solicitado en varias ocasiones
ayuda al senescal, pero no hemos obtenido respuesta.
Supongo que en Estrian hay interés de que esta ruta caiga
en desuso— asevera Carias con gesto de resignación.
— Quizá esos bandidos son los que perseguimos. De ser
así, al senescal no le quedará más remedio que enviar a
sus tropas a rescatar al magistrado— expongo al anciano,
aunque con razonables dudas.
— Muchas gracias por la información, señor Carias. Nos
ha servido de gran ayuda. Le ofrezco una moneda de
bronce por el mapa y otra por la información tan valiosa
que nos ha dado ¿Qué le parece?— ofrece Haleth al farero
como gesto de cortesía.
— Muy agradecido, señora. Les deseo suerte y tengan
mucho cuidado si se acercan a las ruinas— añade el
anciano mientras se despide.
22

Al llegar a la plaza, Aulas y Shiroge nos esperan junto a la
posada. Han sacado una mesa y se han sentado bajo el
agradable sol de las últimas horas de la mañana. Están
tomando cerveza y comiendo embutidos y quesos, además
de un pan recién horneado, cuyo olor hace revolverse mis
hambrientas tripas a unos metros de la mesa.
— Tendrremos qué comerr algo, ¿no crreéis?— justifica
Aulas con los carrillos llenos, mientras parte de su
desayuno cae por su desaliñada barba.
Nos sentamos todos juntos y nos ponemos al día. Al
parecer, Dan el borracho decía la verdad. Nuestros
compañeros han encontrado rastros de una barca
arrastrada hasta el lago y pisadas de caballo saliendo en
dirección oeste. Ahora hace falta un plan y tiene que ser
rápido, la vida de Delfos está en juego. Aprovechamos el
desayuno para discutir las opciones.
— Por lo que sabemos hay dos posibles responsables: los
bandidos de las montañas Némodas o los desconocidos
que han ocupado el torreón— expongo mis conclusiones
iniciales.
— ¿Y no podrían ser los mismos?— me pregunta Shiroge.
— Por lo que ha dicho el farero, los bandidos son un clan,
usan distintivos ya que buscan ser reconocidos en sus
actos. Sin embargo, los hombres que arrastraron la barca
vestían de negro— continúo con mis conclusiones—.
Sinceramente, me da en la nariz que los bandidos no
tienen nada que ver con la desaparición de Delfos, no
salen beneficiados, sino más bien lo contrario. Los Yelmos
del León o los Guardias del Tridente serían enviados en su
busca y sería el fin para ellos. Yo opino que Delfos ha sido
llevado a las ruinas— concluyo.
No con demasiada convicción, mis compañeros dan el
visto bueno a mi hipótesis y decidimos ir a la fortaleza.
23

— Por lo que parece, la mejor alternativa es la de ir en
barca. El hombre del embarcadero, Carsen ha dicho que
se llama, quizá esté dispuesto a acercarnos a cambio de
algún dinero— señala Shiroge al terminar su comida, justo
cuando empezamos a comer los medio elfos y yo.
— Ya que has terminado, podrías acercarte a hablar con
él, ha sido amable contigo y quizás eso nos ayude a que
acepte— le propone Haleth, mientras se sirve el desayuno
en el plato.
— ¡Está bien!— contesta el grandullón mientras se levanta.
— Pregúntale cuánto se tarda hasta la Roca del Tigre. Lo
ideal es llegar de noche y acercarnos sigilosamente, la
oscuridad puede ser una gran aliada— comenta Elion.
Todos estamos de acuerdo.
— Hoy las lunas están llenas, pero siempre es mejor que ir
de día— No sé si es necesario, pero prefiero aclararlo.
Shiroge se dirige a la pasarela y nosotros apuramos el
desayuno. Podemos ver la cara de Carsen al acercarse el
enorme eledín. Casi se le ve temblar ante tan inmensa y
musculosa mole que representa más del doble de su
tamaño. Le vemos asentir, señalar al lago y asentir de
nuevo. Tras la breve conversación el grandullón regresa.
— Está dispuesto a llevarnos. Me ha pedido una moneda
de plata si me parecía bien. Le he dicho que sí, aunque
estoy casi seguro que hubiera aceptado por menos. Dice
que hay ocho horas de navegación, con el viento que
ahora viene del interior, y que no quiere volver solo
demasiado tarde. Si es posible, de salir ahora llegaremos
justo antes del anochecer— comenta Shiroge. Todos
sonreímos y asentimos.
— Vayamos pues. Descansaremos en la barca y
avanzaremos por la noche hacia las ruinas— propongo
tras mi último trago de deliciosa leche de cabra.
24

Abonamos el desayuno y los gastos a la preciosa Ánnub,
que se hará cargo de los caballos después de prepararnos
unas provisiones de pan, embutidos y agua. Nos dirigimos
a la pasarela.
El barquero nos está esperando, parece que tiene todo
listo, ha hecho hueco en la amplia barca de pesca para
que el trayecto sea lo más confortable posible.
— Buenos días, señor Carsen— saludo al llegar—. ¿Todo
listo para partir?
— Por supuesto, señores. Embarquen con cuidado y
pónganse cómodos, saldremos de inmediato— contesta el
pescador mientras ultima los preparativos para soltar
amarras.
La jornada transcurre plácidamente en las calmadas aguas
del lago, sin separarnos demasiado de la orilla oeste.
Carlsen tiene gran manejo de la embarcación y va
sorteando rocas e islotes cercanos a la orilla con soltura.
Todos aprovechamos para descansar algo. A mí me va a
costar un poco pegar ojo, Haleth se ha sentado a mi lado
en la proa y apoya su cabeza en mi hombro. Unas horas
más tarde, las lunas salen brillantes en el horizonte por
popa, mientras el sol se oculta en el oeste.
— La luna menor, Duka, está casi pegada a la izquierda de
la mayor, Dalek. De hecho, la orbita con una duración
exacta de un año. Al salir Duka por la izquierda, comienza
la primavera, cuando la eclipsa por delante es verano,
cuando se despega por la derecha es otoño y durante el
invierno se oculta detrás de ella— explico susurrando a
Haleth sin saber muy bien por qué, parece dormida. Lo
cierto es que mi corazón palpita fuerte con el olor de su
melena gris reposando sobre mi pecho. Aunque no haya
dormido, por lo menos he descansado un poco el cuerpo.
25

Poco después, justo en la puesta de sol, el patrón de la
embarcación da el aviso.
— ¡Ya casi estamos!— dice mientras señala la enorme
piedra a unos cien metros de nosotros. Ahora entiendo el
nombre, tiene la forma bastante aproximada de la cabeza
de un tigre.
Desembarcamos en la orilla de arena pocos metros antes
de la roca, pagamos a Carlsen y nos despedimos.
— Será mejor que avancemos, iremos acechando entre las
sombras para no ser detectados— advierte Elion.
El medio elfo tiene un paso rápido pero tranquilo, casi no
hace ruido al caminar y con celeridad encuentra cobijo en
las sombras. Shiroge y Aulas no son tan sutiles, uno por el
tamaño y el otro por su forma tosca de caminar.
Avanzamos con una cierta separación entre nosotros
refugiándonos entre la vegetación, que aunque no es muy
espesa, la altura de los arbustos y matorrales, junto con los
pequeños árboles que motean el terreno, nos da algo de
cobertura para ser más difícilmente divisados. Tras una
hora de camino Aulas se detiene.
— Crreo que he oído algo— susurra mientras echa mano a
su hacha.
Casi sin tiempo de reacción, un enorme lobo salta sobre
nuestro pequeño compañero.
Es una enorme bestia de unos cincuenta kilogramos de
peso que derriba al bahaluk en un instante, incrustando
sus dientes en la yugular del Dalma. Aullidos y gruñidos se
oyen desde todas direcciones.
Shiroge reacciona y de un golpe de mandoble destroza la
cadera del animal, que chilla con fuerza y cae herido de
muerte.
La sangre sale a borbotones del cuello de Aulas que
intenta apretarse con sus manos con fuerza para detener
26

la hemorragia. Un denso chorro de viscosa sangre se cuela
entre los dedos del guerrero, que termina perdiendo la
consciencia.
Sin tiempo para auxiliar a nuestro compañero, nos vemos
rodeados. Otros siete lobos, de igual tamaño y temible
presencia, aparecen gruñendo por todos los flancos.
Los medio elfos y yo nos reagrupamos, el eledín está
aislado del resto y es atacado por una bestia de frente. Un
tremendo golpe de mandoble parte al animal en dos, un
enorme chorro de sangre y vísceras de lobo cae sobre él.
Por desgracia no ha tenido tiempo de ver que otro se
acerca por detrás y apresa con sus enormes dientes el
talón de Shiroge, que grita con desesperación y no puede
evitar ser derribado. Al caer no es capaz de asir su arma y
ésta cae al suelo. Otro lobo frente a él se prepara para el
ataque definitivo. No sé de dónde, pero saco el valor para
ir en su ayuda.
El otro lobo sigue apresando y tirando de su pie, y el eledín
está totalmente indefenso. Con una maniobra acrobática,
consigo colocar mi escudo entre el feroz depredador frente
a él y su presa. Siento el fuerte impacto del animal en mi
brazo y casi me disloca el hombro. Haleth y Elion cargan
en nuestra dirección.
La joven medio elfa, con un fuerte golpe de su espada
decapita al lobo que aún tira del pie de Shiroge y consigue
liberarlo.
Elion dispara su arco con una velocidad que no había visto
en mi vida, dos lobos chillan cuando reciben sendos
certeros disparos de mi amigo y compañero. Haleth y yo
hacemos una barrera de cobertura. Los animales, ya
mermados y sin el factor sorpresa, terminan por huir.
— ¡Aulas!— grita Haleth mientras corre en su ayuda, pero
es demasiado tarde. Nuestro bravo compañero ya ha
27

recorrido el camino de Amán, yace pálido, sin pulso. Haleth
intenta reanimarlo, pero es esfuerzo es inútil, solo nos
queda despedirnos y rezar a los Ersan por la inmortalidad
de su nombre.
La herida del talón de Shiroge es bastante fea. Saco mis
útiles de primeros auxilios y consigo frenar la hemorragia.
Está algo débil, pero no ha perdido la consciencia. Tardo
unos minutos en suturar, aplicar el ungüento y vendarle el
pie. No ha habido ningún daño en los cartílagos y aunque
sea con algo de dolor, podrá seguir caminando.
— ¡Maldita sea!— grito con desesperación mientras
observo el cuerpo sin vida de nuestro pequeño
compañero—. Será mejor enterrarlo y que descansemos
unas horas mientras Shiroge se recupera.
Tras el descanso necesario, y con pesar de dejar atrás a
nuestro compañero caído, seguimos avanzando hacia las
ruinas. Dos horas más tarde, llegamos al límite de la zona
boscosa que da paso a una zona abierta y recubierta de
roca. Aún es de noche, pero se aproxima el alba.
— ¡Mirad!— dice Haleth mientras señala con su dedo el
enorme espigón y el acantilado. La tenue silueta de un
torreón semiderruido se advierte con el brillo de las lunas.
— Hay una playa que llega hasta la base del acantilado, a
unos doscientos metros del torreón. Si llegamos hasta allí,
quizás encontremos la manera de entrar sin ser vistos. No
sabemos qué nos vamos a encontrar en la ruinosa
fortaleza— nos comenta Elion mientras señala con el dedo
la playa de arena fina.
— Buena idea, primo— asiente Haleth—. Apresurémonos.
Acechando entre la maleza y las rocas junto al lago, nos
vamos aproximando con presteza pero con precaución.
— ¡Cuidado, esconderos!— susurra con vehemencia
Shiroge al llegar a la playa—. ¡Se aproxima un jinete!
28

Tras refugiarnos tras unas enormes rocas, vemos
apresurarse hacia las ruinas la silueta un jinete con ropas
oscuras a lomos de un precioso caballo de color azabache.
El lomo del equino reluce con el brillo de las lunas, al igual
que el azul del zafiro en el anillo de la mano izquierda del
encapuchado jinete.
Una vez pasado más allá de nuestra posición,
aprovechamos la distracción para apresurarnos hasta el
borde del acantilado.
No nos habíamos percatado, pero hay una pequeña cueva
en el extremo del acantilado que avanza dirección al fuerte.
Se ve que las lluvias han desprendido unas rocas junto a la
entrada. Está bastante oscura y es estrecha, pero
cabemos sin problema.
— Deberíamos investigar la cueva, puede que haya otra
salida o que encontremos alguna forma de huir si algo sale
mal— propone Elion en baja voz.
— Me parece adecuado— respondo, al igual que Shiroge y
Haleth.
Sin más preámbulos nos adentramos en la sinuosa
oscuridad. Una vez dentro, Shiroge enciende una antorcha
y avanzamos con sigilo.
El estrecho túnel tiene poco más de un metro de ancho, si
bien es lo bastante alto para que el grandullón pueda
caminar de pie. Tras recorrer más de cien metros con una
acentuada subida, el túnel se allana y se ensancha. Veo
una grieta en el techo, se ve que se han derrumbado las
paredes y escombros de piedra se amontonan.
— Quietos, he oído algo— susurra Elion mientras señala a
la grieta.
Suena una puerta y el crujir de unos pasos con espuelas
de monta. Dos voces masculinas se saludan con frialdad.
29

— ¿Por qué me habéis convocado aquí, en estas ruinas
miserables?— pregunta la primera voz.
— Habría sido peligroso reunirnos más cerca de la ciudad,
era la opción más segura— responde su interlocutor.
— ¿Y bien?— pregunta de nuevo el primero.
— Aquí tiene— Suenan unos pasos y hay un breve
silencio—. Como dijo el jefe no es ningún farol— añade la
segunda voz.
— No me lo puedo creer, ¡lo habéis encontrado!— Hay una
breve pausa y continúa la primera voz—. No te preocupes,
yo cumpliré con mi parte.
— No nos demoremos más, es hora de irse— claudica el
segundo hombre. Justo después los pasos abandonan el
lugar y se cierra la puerta.
— ¿Qué demonios ha sido eso?— pregunto a mis
compañeros.
Se miran unos a los otros sin saber bien qué responder.
Tras unos segundos Shiroge rompe el silencio.
— Subamos a comprobarlo— Y comenzamos a regresar
hacia la playa.
Los primeros rayos de sol entran de perfil por la boca de la
cueva. Salimos con cuidado y comenzamos a trepar por el
acantilado. Al llegar arriba, justo en la base del torreón,
Elión, el más ágil de todos, señala hacia el oeste, por
donde vino el jinete.
— Parece que abandonan el lugar— informa desde lo alto
del terraplén.
Un minuto después llego al borde del precipicio y consigo
divisar a lo lejos un grupo de jinetes, casi una docena,
abandonando el lugar al galope en dirección noroeste.
— Comprobemos que no queda nadie e inspeccionemos el
lugar— propongo a mis compañeros, mientras saco mi
lanza.
30

El sitio está desierto, hay pisadas frescas de caballo en el
patio interior, junto a una casa con parte de los tejados
hundidos y gran parte de las paredes derruidas. La puerta
principal, si bien raída y descuadrada, está utilizable.
Dentro hay un pasillo con dos puertas, una a cada lado. La
de la derecha está bloqueada por los escombros del otro
lado, la de la izquierda se abre sin problemas y da a un
salón donde hay una mesa y cuatro sillas, deterioradas
pero utilizables, y una chimenea hecha escombros.
— Este parece el lugar de la reunión que hemos oído—
advierte Elion mientras se agacha cerca de la chimenea.
— Comprobaré el torreón— se ofrece Shiroge mientras
sale de la sala.
— Espera, te acompaño— Sale tras de él Haleth.
— ¿No te parece un poco extraño Elion?— pregunto a mi
compañero.
— ¿A qué te refieres?— contesta con otra pregunta.
— Se supone que Delfos ha sido raptado. Sin embargo, no
hay evidencia alguna de ningún rapto, todos los jinetes que
escaparon iban libres. Me pregunto si no nos hemos
equivocado— resumo mis inquietudes sobre la misión.
— ¿Quieres decir que crees que Delfos no ha sido traído
aquí?, ¿que quizás sus raptores fueron los bandidos?—
pregunta Elion.
— Todavía no lo sé, demasiado movimiento para un lugar
deshabitado— reflexiono en voz alta—. Salgamos a ver si
han encontrado algo en la torre— propongo al medio elfo,
que sale tras de mí.
Ya fuera del edificio, vemos a nuestros compañeros salir
de la torre. Haleth trae una prenda de ropa en las manos,
parece una camisa.

31

— Mira Mirmi, hemos encontrado esto— informa Haleth
mientras señala con el dedo en la parte más alta de la
manga.
— Esto sí que no me lo esperaba…— reflexiono
sorprendido en voz alta, mientras observo atónito el
símbolo bordado en la ropa, un cuarto de luna menguante
sobre una estrella de cuatro puntas—…Siervos de Amán.

— Será mejor que regresemos a la posada, tenemos que
informar que hemos perdido el rastro de Delfos. Olvidaros
de cobrar…— propone Haleth con resignación.
Decidimos tomar el camino que siguieron los sectarios.
Debe de tratarse del camino en desuso que mencionó
32

Carias, el viejo farero. Tardaremos más de un día en llegar
a la aldea de Énder, donde dejamos los caballos.
Caminamos en silencio, con la moral por los suelos. No
sólo no hemos conseguido rescatar a Delfos, además le ha
costado la vida al bueno de Aulas. Hacemos una rápida
parada para comer y para cambiar las vendas y revisar la
herida de Shiroge. Parece que el ungüento funciona a las
mil maravillas, apenas ha pasado medio día y la herida
comienza a cicatrizar, no hay rastro de infección.
Continuamos la marcha, el camino se separa un par de
kilómetros del lago y repta por un badén. Al final del badén,
detrás de unos matorrales, nos cruzamos con un camino
más ancho. Comienza a caer la noche.
— Ese parece el camino de Nublin, aún nos quedan ocho
horas de marcha en dirección noreste— indico a mis
compañeros mi apreciación.
— Será mejor que acampemos por los alrededores,
Shiroge necesita descanso y ya hemos visto lo peligroso
que es andar por aquí de noche— añade Haleth, quizás
con la imagen en la retina de nuestro pequeño compañero
Dalma caído.
Buscamos por la zona un buen sitio para escondernos.
Elion se percata de un pequeño badén rodeado de
matorrales a unos veinte metros del camino— ¡Éste parece
el lugar perfecto!— exclama satisfecho mientras revisa el
lugar.
Decidimos descansar seis horas. Haleth y Elion se
encargarán de las guardias, tienen la virtud, heredada de
los elfos, de que con tres horas de descanso y meditación,
se recomponen como si hubieran dormido ocho horas.
Shiroge y yo acomodamos las mochilas en el centro del
gran hoyo y nos echamos a dormir.
33

— Pssss, despierta Mirmi— escucho el susurro de Elion y
una ligera presión en el hombro, así que abro los ojos.
Elion está a mi lado con el dedo índice en la boca,
indicándome estar en silencio. Shiroge se levanta a mi lado
y coge sus armas, yo hago lo mismo. Haleth está en la
parte de arriba del badén, entre los arbustos que dan hacia
el camino.
Nos acercamos reptando con el cuerpo contra el suelo
hasta su posición. Desde lo alto del terraplén, podemos ver
que hay seis humanos en el camino, visten con ropas
blancas y negras, están investigando nuestro rastro.
— ¿Qué hacemos?— pregunta Shiroge mientras agarra la
empuñadura de su mandoble.
— Tarde o temprano darán con nosotros. Aprovechemos el
factor sorpresa— propone Elion a la vez que agarra el
arco—. Vamos a darles un poco de su medicina.
¡Embosquémosles!
— No parece mala idea, si nuestro primer ataque resulta
efectivo, igualaríamos la ventaja numérica con la que
cuentan. Están a la distancia adecuada— opino con voz
susurrante.
— ¡A la de tres!— dice Elion—. Uno, dos y ¡tres!
Elion se levanta con su arco cargado mientras yo cojo
algo de carrerilla para arrojar una de mis lanzas. El
proyectil de Elion es disparado contra un bandido situado
de flanco, la flecha penetra por el costado y atraviesa los
dos pulmones del adversario que cae al suelo.
Mi lanza va dirigida contra la espalda de otro,
atravesando músculos y tejidos, destruyendo una serie
de órganos vitales y cae de bruces. Shiroge y Haleth
cargan en este momento.
Agarro mi segunda lanza y salgo detrás de ellos en
segunda línea, mientras Elion vuelve a disparar. Una
34

segunda flecha impacta contra el muslo del otro bandido
que trataba de cubrirse con su escudo y que le hace
retroceder. Shiroge llega el primero y se lanza contra el
bandido de mayor tamaño, que consigue parar su ataque
a duras penas, usando su escudo y su espada. El
bandido que está a su lado lanza una ofensiva con su
hacha contra el grandullón Shiroge, que repele el ataque
con su escudo. Haleth usa la espada para detener el
ataque de su rival, seguidamente da una patada que
impacta en el brazo que sujeta el escudo y éste se le
cae.
Desde segunda línea, lanzo un potente ataque contra el
bandido que ha atacado al eledín, provocando una fea
herida en su costado y una hemorragia. El enemigo se
dobla de ese lado y queda aturdido mientras la sangre
gotea desde su torso a lo largo de su cuerpo.
Veo pasar una nueva flecha de Elion que impacta en el
escudo del adversario. Un segundo golpe de mandoble
de Shiroge hace que el enemigo se tambalee, quedando
a merced de un nuevo ataque.
El adversario de Haleth maniobra bien y consigue dar un
tajo en el brazo de la medio elfa. La herida es leve, pero
le causa una pequeña hemorragia, a lo que nuestra
compañera responde con una increíble combinación de
artes marciales. Primero golpea con la palma de la mano
en la nariz del adversario, seguidamente una patada en
la cabeza que lo derriba y cae inconsciente.
Mi segundo ataque también resulta definitivo, consigo
impactar contra el muslo y seccionar alguna arteria, el
bandido grita con fuerza de dolor. Al extraer la punta de
la lanza, un fuerte chorro de sangre se proyecta desde la
herida, mi rival cae de rodillas, para acabar de frente
contra el suelo para morir desangrado.
35

Una última flecha de Elion impacta, esta vez sí, en el
cuello del enemigo seccionando músculos y venas y éste
se deja caer. Por último, Shiroge da un golpe de plano
contra la cabeza del adversario que lo noquea al instante.
— ¿Estás bien, Haleth?— me intereso enseguida por el
estado de mi compañera herida.
— Es un rasguño— Ella le quita importancia.
Aun así, me ofrezco a curárselo. Es cierto que no es
profunda, no necesita sutura, bastará con limpiar la herida,
aplicar el ungüento y vendarla.
Registramos los cuerpos de los bandidos. Salvo las doce
monedas de plata que encontramos en sus morrales y que
nos repartimos en partes iguales, no tienen nada de valor.
Por sus atuendos, unas llamativas ropas en blanco y
negro, lo cual encaja a la perfección con la descripción del
farero, está claro que se trata de bandidos de las montañas
Némodas. Seguidamente sacamos los cuerpos del camino.
— Ya que estamos despiertos y el sol empieza a salir, será
mejor que avancemos— propongo a mis compañeros una
vez repuestos de la batalla.
Los Ersan han sido propicios en esta jornada, hemos
hecho una pequeña parada sin incidencias y llegamos por
la tarde a la aldea junto al lago Énder.
Al alcanzar a la plaza, vemos que nuestros caballos están
atados en el abrevadero. Alguien, probablemente Ánnub,
ha dado algo de heno a las bestias y están en buen
estado, pero… hay un caballo más atado junto a los
nuestros. Miro hacia la taberna y justo por la puerta
aparece Pirnel.
— ¡Rubio! ¿Qué haces aquí?— pregunta Haleth al joven.
— Siler me ha mandado en vuestra búsqueda, acabo de
llegar, ¡Delfos ha sido rescatado sano y salvo!— nos
informa el compañero justo antes de caer en la cuenta que
36

falta uno de nosotros—. ¿Dónde está Aulas, que ha sido
de mi pequeño amigo?
— Aulas ha caído, Pirnel, fuimos emboscados por una
jauría de lobos— responde Elion con voz seria.
— No, maldita sea…— Los ojos de Pirnel se empapan al
momento y no puede resistir que se caigan algunas
lágrimas. En los días en el Gran Camino habían hecho
buenas migas, pero esto es el reino de Aradín, en estas
tierras la vida es un privilegio que puede ser arrancado en
cualquier momento.
Sin perder más tiempo, tomamos los caballos y
marchamos de regreso a la posada El Sauce Feliz. Por el
camino, Pirnel nos da detalles de la aparición de Delfos.
— Hace unas horas, apareció en la posada. Ha sido
rescatado por el nuevo teniente de la Guardia del Tridente,
un tipo grande, llamado Balduur. Por lo que ha contado,
Delfos había sido secuestrado por unos bandidos. El
teniente, acompañado por solo dos hombres, consiguió
darles caza en el camino de Nublin. Por suerte Delfos ha
salido ileso. Cuando vine a buscaros, se preparaban para
partir a Estrian— explica el joven arquero durante la
marcha.
Hay muchas cosas que no me cuadran de esa historia, no
hemos encontrado prueba alguna en el camino de una
batalla. Además, no me explico cómo ha podido ese tal
Balduur dar con él tan rápido. Pero no digo nada, no tengo
pruebas ni evidencias de nada, solo un montón de
suposiciones en un puzle que de momento no he
conseguido encajar. Por un lado me alegro de que Delfos
esté bien, eso significa que al final cobraremos nuestros
honorarios.
Al atardecer llegamos a la posada. Delfos y los demás ya
no están. Al vernos entrar, Guilim se nos acerca.
37

— Bienvenidos por fin, señores. Me alegro de verles sanos
y salvos. El asistente del magistrado, Erios, me ha pedido
que les diera un recado: quiere que se reúnan con él en la
posada El Tridente en el puerto de Estrian— nos dice el
posadero.
— Muy amable señor Guilim, partiremos después de
cenar— le contesto al hostelero.
Nos sentamos a cenar. Parece que mis compañeros están
algo más animados, a fin de cuentas, vamos a poder
completar la misión, pero yo tengo aún algunas
averiguaciones que hacer. No quiero llamar demasiado la
atención y sé exactamente de alguien observador e
inocente a quien hacerle un par de preguntas.
Aprovechando un momento de distracción y sin decir nada,
me apresuro hacia la cuadra.
— Buenas noches, amigo Éder— saludo al muchacho que
se encuentra reposando sobre una montaña de heno.
— ¡Buenas tardes, señor!— contesta el chico alterado—.
Solo estaba descansando un rato.
— No te preocupes, chaval. No diré nada a nadie, vengo
porque el otro día con las prisas, no tuve tiempo de
recompensarte por tu gran ayuda— le comento al joven.
Observo que empieza a mostrar interés—. Toma— Le
lanzo una moneda de cobre, que el joven agarra con
habilidad.
— Tengo otro par de preguntas que, lo mismo tú puedes
contestar— sugiero con tono de complicidad.
— Claro, señor. ¿Qué desea saber?— me pregunta casi
con impaciencia.
— Un hombre llamado Balduur, ha traído de vuelta al
magistrado desaparecido. ¿Le has visto?— El chico mueve
la cabeza de arriba para abajo de forma afirmativa. —
¿Qué sabes de él? —
38

— Es el nuevo teniente de la Guardia del Tridente, un
hombre muy grande, puede que no tanto como su
compañero, pero de gran tamaño también. Tiene una
preciosa yegua, color negro azabache, con el pelo muy
bien cuidado y brillante— contesta con seguridad.
— ¿Qué ropa viste? Dime algo sobre su atuendo— insisto
con las preguntas.
— Pues, traía ropas oscuras, pantalón y camisa. Tiene
unas preciosas botas con espuelas, también negras, creo
que eso es todo… ¡Bueno, no! Luce en su mano izquierda
un anillo con un enorme zafiro reluciente— añade.
— Gracias, chico. Aquí tienes, tú y yo no hemos hablado—
Le guiño el ojo mientras le entrego una moneda de bronce.
El chico me mira con una enorme sonrisa.
— Gracias, señor— me responde mientras me giro y
abandono la cuadra, ya sé todo lo que necesitaba saber.

39