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2. Estrian

Tipo
Novela / texto narrativo oficial
Obra
Aventuras en Aradín
Estado
NARRATIVO OFICIAL
Regla de interpretación
La voz narrativa y los diálogos pertenecen a la obra; no convertir automáticamente toda afirmación de un personaje en verdad enciclopédica del mundo.

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Texto

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Estrian
No he querido compartir con mis compañeros mis
conclusiones ni mis inquietudes durante la apresurada
cena. No me siento muy cómodo con la presencia de
Pirnel, no porque piense que sea un mal muchacho, sino
por su amistad con Síler, que lleva años trabajando con
Delfos. Todo me hace pensar que hay un gran complot en
torno a la visita del magistrado, pero desconozco aún
demasiados detalles.
Lo que tengo bastante claro es que Balduur y Delfos están
involucrados en algún asunto con los Siervos de Amán y
que el secuestro de Delfos no ha sido otra cosa que una
distracción para encontrarse. Pero no sé quién más está
involucrado y desconozco el objetivo de su conspiración.
A caballo a buen ritmo, nos lleva menos de dos horas el
trayecto hasta Estrian. Si bien, la almenara, encendida
sobre la enorme torre de mármol blanco de más de
cincuenta metros de altura, que corona la ciudad costera y
sirve de faro, es visible desde hace más de una hora,
desde que entramos en el paso entre dos barrancos,
recubiertos de helechos y matorrales, por el que transcurre
la última etapa del Gran Camino.
De hecho, toda la parte de la ciudad que está dentro de las
murallas, está construida con bloques de mármol, una
inmensa fortaleza blanca de enormes muros de diez
metros.
Todo el extrarradio está formado por suburbios y barrios
aledaños. Por donde transcurre el Gran Camino está bien
iluminado y vemos mucha seguridad, patrullas de la
Guardia del Tridente vigilan cada esquina.
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Al llegar al enorme portón de cinco metros que da acceso a
la zona amurallada, hay un dispositivo controlando la
ajetreada entrada a la fortificación. Revisan las carretas de
mercaderes y curiosos que han venido desde todas partes
de la región para el nombramiento, que tendrá lugar
pasado mañana. Un grupo de guardias nos dan el alto.
— ¿Quiénes sois y por qué queréis entrar en la ciudad?—
pregunta un uniformado a Elion, que lidera la compañía.
— Venimos desde Gáldoras, somos escoltas de Delfos,
magistrado del rey. Tenemos el encargo de encontrarnos
con Erios, secretario de Delfos en la posada El Tridente y
hacia allí nos dirigimos— responde adelantándose Pirnel y
le enseña unos papeles.
Los guardias revisan la documentación y los caballos unos
instantes.
— Podéis pasar— concede el hombre, a la vez que hace
un gesto con la mano para que avancemos.
Pequeñas callejuelas salen a cada lado de la avenida
principal por la que nos adentramos y que mira de frente a
la torre, situada en la punta noroeste de la zona
amurallada.
La ciudad es bastante llana, de casas de mármol blanco de
dos y tres alturas. La zona a nuestra derecha está bien
iluminada y a pesar de que hace ya unas horas que se
posó el sol, hay bastantes transeúntes de todas las razas y
las tabernas están llenas. Hay muchos guardias por esa
zona. Sin embargo, la parte de la izquierda está más
oscura y menos cuidada.
En medio de la avenida se abre una inmensa plaza, en
cuyo centro se extiende un gran mercado con cinco calles,
en el que habrá más de un centenar de puestos, que
permanecen cerrados a estas horas. Del otro lado de la
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plaza, por donde continuamos la marcha, está la zona
noble de la ciudad.
Las calles aledañas son amplias y las casas lujosas y
ornamentadas, de hecho, justo en medio del tramo, a la
derecha, una calle muy decorosa y muy bien iluminada
llega hasta las puertas de un impresionante palacio blanco
de cuatro plantas y gran belleza, con guardias custodiando
la entrada.
Por fin llegamos a la plazoleta situada a los pies de la torre.
A la izquierda, en la esquina se aprecia con claridad un
letrero iluminado por antorchas donde se lee en bóldor: “El
Tridente”.
— Parece que hemos llegado— advierte Elion mientras
descabalga cerca de los amarres, al lado de la puerta.
Tras atar los caballos, entramos en la posada.
El comedor es bastante amplio, revestido de madera
envejecida desde el suelo hasta el techo.
Hay tres enormes mesas rectangulares con bancos a la
izquierda de la sala, ocupadas por grupos de Guardias del
Tridente. En el centro hay otras ocho mesas redondas,
todas ocupadas, menos una justo al lado de la entrada.
Hay una docena de elfos entre los clientes, además de tres
eledines y un grupo mixto de tres bahaluks y dos medios
elfos. El resto son humanos, incluyendo al posadero y las
tres taberneras que están muy ajetreadas. Ocupamos la
mesa libre.
— No veo a Erios por ningún lado— aprecia Shiroge con
acierto.
— Es bastante tarde, puede que se haya ido a descansar,
mañana por la mañana seguro que aparece— responde El
Rubio, mientras levanta la mano intentando llamar la
atención del servicio.
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Cansado de tener el brazo en alto y ante la indiferencia del
personal, Pirnel se levanta.
— Iré a la barra a pedir la bebida, ¿cervezas para todos,
no?— pregunta el joven, a lo que todos asentimos.
— Hay algo que quiero hablar con vosotros— comento en
baja voz aprovechando la ausencia del compañero—. He
descubierto que el jinete negro de las ruinas es Balduur y
la voz que oímos desde la cueva, junto a él, debe de ser la
de Delfos. Yo nunca le oí decir nada en los cuatro días por
el Gran Camino, siempre era Erios el que se dirigía a
nosotros, por eso no lo reconocimos.
— Son acusaciones muy fuertes Mirmi, ¿en qué te basas
para asegurarlo?— pregunta Haleth con gesto de
desaprobación.
— Por la descripción que Éder, el mozo del Sauce Feliz,
hizo del teniente. Me habló del caballo azabache de piel
brillante, idéntica a la del jinete, además, al parecer
Balduur usa espuelas y luce en su mano izquierda un anillo
con un zafiro azul, al igual que el encapuchado— defiendo
mis conclusiones.
— Pero nada de eso prueba nada, puede ser otro caballo y
otro anillo. Además es muy común que los jinetes usen
espuelas, se puede tratar de una desgraciada casualidad—
opina Elion—. De todas maneras eso no es asunto
nuestro, la primera parte de nuestra misión ha sido
completada, en unos días volveremos a Gáldoras,
cobraremos nuestros honorarios y se habrá acabado. Todo
eso, aunque fuera cierto, es problema de otros.
— Sí, estoy de acuerdo con mi primo— añade Haleth.
— ¿Sabes, amigo?— se dirige a mí Shiroge mientras me
mira con confianza a los ojos—. Estoy de acuerdo contigo,
esto huele muy mal, y estoy de acuerdo con los medio
elfos que por un lado no tenemos pruebas y por otro no es
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nuestro asunto, pero si quieres seguir adelante e
investigar, cuenta conmigo, estaré a tu lado— Noto que el
grandullón se abre a mí más que nunca, quizá sea por el
incidente con los lobos.
— Gracias amigo, pero quizás los primos tienen razón, lo
mejor será dejarlo correr de momento— concedo con
resignación.
Regresa Pirnel con las cervezas tras unos minutos, se ha
encargado también de coger una habitación. Estamos
todos agotados y tras la cena no tardamos en irnos a
dormir.
Ya en la habitación, echo un vistazo a la herida de Shiroge,
está curando fantásticamente, mañana retiraré los puntos.
¡Qué bien sienta descansar en una cama con un mullido
colchón! Me siento renovado. Abro los ojos y miro a mi
alrededor. Eledín y El Rubio siguen dormidos, sin embargo,
Haleth y Elion ya no están. Me levanto, me visto, cojo mi
mochila y mis armas y tratando de no hacer ruido, me
dispongo a salir de la habitación.
— Espera Mirmi— escucho la voz ronca del grandullón—.
¿Vas a desayunar? ¡Estoy muerto de hambre!— dice
mientras se sienta en el lado de la cama.
— Venga, vístete. Voy cogiendo una mesa— le contesto
con una sonrisa.
La posada está casi vacía, apenas los bahaluks y los
medio elfos están sentados desayunando en una de las
tres grandes mesas del otro lado.
— Buenos días, señor. Espero que haya dormido bien—
oigo el suave tono femenino de la tabernera que me mira
con atención desde la barra a mi derecha.
— Buenos días— respondo con tono cantarín—. Mi
compañero y yo queremos desayunar.
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— ¿Su nombre es Mirmaerín, verdad?— pregunta la
sirvienta mientras la observo con atónita mirada.
— Sí. Así es, señora. ¿Cómo lo sabe?— le digo a la mujer
con gesto de extrañeza.
— Responde a la descripción que me dieron una pareja de
medios elfos hace una hora, dejaron un mensaje para
vos— añade mientras saca de su mandil una nota escrita
en un trozo de papel doblado.
Leo el documento:
“Estimados compañeros, no hemos querido despertaros,
parecía que necesitabais descansar. Nos han hablado de
un sitio llamado Plaza del Sur, donde dicen están los
mejores armeros de la ciudad. Nos vamos a acercar a
echar un vistazo, volveremos en seguida. Vuestra
compañera y amiga Haleth”.
Tiene una bonita caligrafía; una vez me dijo mi abuelo,
durante una de sus lecciones del idioma de los elfos, que
la caligrafía y el manejo de la espada están estrechamente
relacionados. Sin duda nuestra compañera destaca en
ambas habilidades.
— Está bien, ¿podría hervir estas agujas de suturar diez
minutos?— pido a la tabernera mientras saco el pequeño
frasco donde las llevo, a la vez que Shiroge y Pirnel entran
en la sala.
— Por supuesto— responde la mujer y toma el recipiente
de mi mano.
Nos sentamos los tres a la mesa y les enseño el papel en
el tiempo que nos sirven el desayuno y me devuelven mis
agujas. Poco después entra un hombre en la posada. Se
trata de Erios, que viene especialmente bien vestido con
ropas de seda y un sombrero aterciopelado, todo de color
gris claro, con una camisa blanca de botones y las botas
también grises.
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— ¡Buenos días, compañeros! ¡Qué alegría veros sanos y
salvos!— nos saluda de manera efusiva el secretario.
— ¡Buenos días!— respondemos los tres.
— ¿Dónde están vuestros compañeros?— pregunta el
mayordomo de Delfos.
— Han ido a la Plaza del Sur— responde de manera
precipitada El Rubio.
— Me alegro de que estéis todos bien— agradece con una
sonrisa de satisfacción.
— Todos no, Aulas cayó. Fuimos emboscados por una
jauría de lobos durante la búsqueda del magistrado— le
informo con tristeza y pesadez.
— No me digas… — El gesto se le torna serio—. Es una
pena, me caía bien; por desgracia, es algo que está
siempre al acecho en la vida de un Dalma— añade con
cierta resignación.
En este momento Haleth y Elion entran en la posada,
puedo distinguir que el arco que trae mi compañero no es
el mismo, además su carcaj vuelve a rebosar de flechas.
La empuñadura de la espada de Haleth también es
distinta.
— Buenos días, por lo que veo ya estamos todos. Síler y
Gaulas están escoltando a Delfos en el palacio del
senescal. Sentémonos— ofrece Erios mientras agarra una
de las sillas en nuestra mesa. Los recién llegados le imitan.
— Lo primero, me gustaría daros las gracias por arriesgar
vuestras vidas buscando al magistrado, estoy seguro que
si Balduur no hubiera aparecido, vosotros habríais dado
con él— empieza diciendo sin aparente ánimo de
acritud—. Lo segundo, quiero abonaros la parte restante
del primer pago por el trabajo de escolta— añade mientras
saca un morral de piel, del que extrae seis monedas de
oro, entregando una a cada uno—. Esta última moneda, la
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de Aulas, servirá para pagar los gastos de vuestra estancia
en Estrian— continua a la vez que apunta el pago en un
pequeño libro de cuentas que nos da a firmar—. Para
finalizar, os emplazo en esta misma taberna, dentro de
cuatro días al alba, para emprender el camino de
regreso— concluye.
Todos firmamos, asentimos y se hace un breve silencio.
— Bueno, si no tenéis nada que decir, yo me voy, tengo
que reunirme con el secretario del senescal para los
detalles del nombramiento— añade Erios mientras se
levanta—.¡Disfrutad de estos días libres!— Se despide
desde la puerta justo antes de abandonar la posada.
— Parece que tenemos un tiempo para conocer la
ciudad— advierto a mis compañeros—. ¡Tengo ganas de
visitar el templo de Túlmar! He oído maravillas acerca de
su arquitectura— Me levanto de la silla.
— Yo te acompaño— se ofrece Shiroge—. Pero luego
podíamos ir también a esa Plaza del Sur, mi escudo está
dañado, necesitaré arreglarlo o comprar uno nuevo.
— Por supuesto— respondo con una sonrisa. Qué mejor
manera de moverme con tranquilidad por la ciudad que con
un guardaespaldas como Shiroge a mi lado.
— Pero antes, vayamos a nuestro cuarto, voy a revisarte la
herida, creo que ya podemos quitar los puntos— contesto
a la vez que señalo hacia la puerta que da al pasillo de las
habitaciones.
— Yo iré a buscar a Síler, seguro que necesita ayuda con
su cometido, la ciudad está a rebosar y las aglomeraciones
son peligrosas— nos informa Pirnel, que también se
levanta para dirigirse a la puerta.
— Elion, ¿te parece que vayamos a dar una vuelta por el
mercado? Es bastante grande y seguro que encontramos
cosas exóticas— pregunta Haleth a su “primo”.
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— ¡Adelante!— responde el medio elfo con euforia.
Nos emplazamos a la hora de comer y abandonamos la
sala.
Después de quitar la sutura del grandullón y comprobar
que la herida está casi al cien por cien recuperada, nos
dirigimos hacia el puerto, cuya punta norte se sitúa a pocos
metros de distancia de la posada, junto a la descomunal
torre.
Al llegar vemos un inmenso ajetreo, marinos que se
mueven de un lado para otro, viajeros desembarcando de
las naves, comerciantes organizando y controlando la
mercancía, amén de una gran cantidad de Guardias del
Tridente, pendientes de la seguridad del puerto. Del otro
lado de la inmensa plataforma de mármol, de más de
doscientos metros de longitud y repleta de navíos de todo
tipo, avistamos en la punta sur un enorme templo con
gigantescas columnas de mármol justo en lo alto de un
espigón, del que nace el rompeolas que encierra el
complejo portuario.
— Allí está el templo— indico a Shiroge mientras señalo
con el dedo.
Hay un gran revuelo en la parte central del muelle, un
grupo de Guardias del Tridente, forman una línea rodeada
por una multitud de curiosos.
— ¿Qué ocurre, Shiroge?— llamo la atención del eledín—.
¿Ves algo?
— Parece que están rescatando algo o a alguien del
agua—
responde
mi
acompañante
con
mejor
perspectiva—. Echemos un vistazo.
Es admirable con la facilidad que un tipo como Shiroge se
abre paso entre la multitud, su simple presencia hace que
todos se aparten con resignación, en pocos segundos
llegamos a la línea de guardias.
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— Disculpe, señor. ¿Podemos saber qué ocurre?—
pregunto con educación a uno de los uniformados.
— Han aparecido tres jóvenes ahogados, probablemente
estaban borrachos y cayeron al mar— responde el guardia
con frialdad.
Me fijo por encima de su hombro. Justo en este momento
sacan el cuerpo de uno de los muchachos, distingo a ver
sus ropas rasgadas y empapadas. Me llama la atención
que tiene señales de ataduras en las muñecas, además de
un tatuaje de una flor, parece una rosa, situada en su
cuello sobre su hombro derecho.
— Sigamos Shiroge, no es un espectáculo bonito de ver—
propongo a mi compañero a la vez que me abro paso entre
los curiosos.
El templo de Túlmar, Erdan de la navegación y la
orientación, es impresionante, nada tiene que envidiar en
tamaño al gran templo de Eneon, en Gáldoras. Pero este
está particularmente bien ornamentado: Un mosaico con
una gran estrella dorada de cuatro puntas, que indica cada
uno de los puntos cardinales, decora el suelo del peristilo,
justo detrás de las ocho tremendas columnas a las que se
acceden por una escalinata. A continuación, un arco de
medio punto de unos cuatro metros de altura y revestido
con un relieve con olas y barcos, de gran belleza, da
acceso al panteón.
Ya en el interior, destaca una enorme estatua de cinco
metros de altura, de impresionante realismo y magnífico
acabado, con la imagen del Erdan, que sostiene un bastón
alzado con su mano derecha, mientras señala hacia el
norte con el dedo índice de la otra, rodeado por una gran
ofrenda floral. Cada una de las paredes a los lados,
disponen de un inmenso rosetón ovalado de vidrio muy
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colorido, uno alineado hacia el norte, con tonos azulados y
el otro hacia el sur, con tonos amarillentos.
— Voy a recitar unas oraciones y a hacer ofrenda—
advierto a mi compañero, mientras me arrodillo en uno de
los grandes bancos dispuestos a cada lado del templo.
Tras veinte minutos de rezo y de hacer ofrenda de una
moneda de plata en el cepillo, a los pies de la estatua,
abandonamos el templo en dirección a la Plaza del Sur.
— Túlmar es el dios más venerado en Estrian, al igual que
en la mayoría de las ciudades costeras— comento a mi
compañero mientras avanzamos por la abarrotada avenida
frente al templo y que cruza en diagonal dirección suroeste
hacia la Plaza del Sur—. No sé si lo sabes, Túlmar surgió
de Balgar, Ersan del mar y es siervo de Aunas, Ersan del
viento.
— No lo sabía Mirmi— responde mi acompañante—. ¡Está
claro que eres un erudito!— agrega mientras me da una
“palmadita” en la espalda que casi me hace caer de
bruces. A veces mi compañero es incapaz de controlar su
enorme fuerza.
Llegamos a la plaza, está llena de forjas y herrerías,
además de armerías, donde se exhiben toda clase de
armas terminadas. En una esquina hay una taberna en
cuyo letrero en bóldor se lee “El Martillo de Krax”. Me he
fijado en el símbolo sobre la puerta, es el mismo que el
distintivo que la mayoría de los establecimientos tienen en
el dintel: un martillo sobre una llama. Entramos en una
armería que exhibe buen material en sus vitrinas.
— Buenos días, señores— Nada más entrar recibimos el
saludo del dependiente, un hombre entrado en años, de
pelo cano y calva brillante, con un bigote llamativo en
forma de punta—. ¿Puedo ayudarles en algo?
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— Necesito un escudo, a ser posible mejor que este—
responde Shiroge a la vez que muestra su escudo
abollado.
— Por supuesto, señor. Tenemos toda clase de escudos de
tipo torreón, rectangulares, redondos, ovalados...—
contesta el comerciante, mientras abre un armario a la
derecha.
Dentro del mueble, una docena de escudos de ese tipo
están perfectamente colocados y relucientes. De entre
ellos, uno me llama la atención.
— Éste parece de buena calidad— digo mientras señalo
uno enorme con forma rectangular—. Se ve que es acero
de buena calidad.
— Acero de las montañas Morguel, al norte de la llanura
del Espino Rojo, fabricado por Dimir, un experimentado
miembro de Los Hacedores— contesta el hombre.
— ¿Los Hacedores?— pregunto con curiosidad.
— Son el clan de herreros y armeros de Estrian, solo usan
los mejores aceros y trabajan en magnificas forjas—
responde el vendedor—. Se reconoce por su símbolo que
aparece tallado en cada uno de sus trabajos— añade a la
vez que señala en la esquina superior, donde está grabado
el mismo distintivo que había visto en la entrada de los
establecimientos.
— ¿Y cuánto vale?— pregunta mi compañero.
— Dos monedas de oro— responde el mercader, mientras
coloca sus manos sobre su estómago entrelazando sus
dedos.
— ¿Dos de oro? Vaya, es el doble de lo que pagué por el
mío— comenta Shiroge con gesto torcido—. ¿Y si le
entrego éste?— añade intentando regatear.

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— No puedo darle más de cinco monedas de plata por él,
necesita reparación y el acero es de poca calidad—
contesta el experimentado vendedor.
— Yo también querría un escudo, pero más de mi tamaño,
jeje— manifiesto a pesar de que mi escudo solo tiene una
leve abolladura del impacto del lobo—. Quizás puede
hacernos un precio especial al tratarse de dos ventas.
— Bueno…— El comerciante vacila—. Supongo que
podemos hacer algo en el precio si usted adquiere otro
artículo.
El hombre abre el armario justo al lado. Una veintena de
escudos completos están igualmente bien colocados y
relucientes, la calidad de los escudos parece la misma,
salvo el del final a la derecha, tiene los bordes plateados y
brillantes, y se ve que está hecho de un material aún mejor.
— ¿Y éste?— pregunto mientas señalo el escudo.
— Parece que entiendes de escudos, mi joven amigo. Ese
es un escudo muy especial, ha sido fabricado por el
famoso herrero eledín Gurutdar— cuenta el tendero—.
Está hecho de una aleación muy ligera y poco común, es
un artículo único, su precio es de tres monedas de oro y
dos de plata— concluye.
No dispongo de tanto dinero, apenas tengo dos monedas
de oro y otras tres de plata contando la calderilla. Incluso
entregando el mío, no me llega.
— Si necesitas algo de dinero, Mirmi, yo puedo prestártelo,
ya me lo devolverás más adelante— me susurra Shiroge al
oído—. No creas que he olvidado la deuda que tengo
contigo— añade con un gesto de aprobación.
Sostengo el escudo en mis manos para verlo bien, la
verdad que es una maravilla, es ligero, casi como si fuera
de madera, pero resistente y duro como el mejor de los
aceros.
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— Está bien, ésta es mi oferta: le entregaremos nuestros
dos escudos y cuatro monedas de oro a cambio de los dos
suyos. ¿Qué le parece?— Hago una oferta a la baja.
El comerciante se queda pensativo, echas sus cuentas y
acepta a regañadientes el trato.
Salimos del establecimiento bastante satisfechos, armados
con nuestros nuevos y bonitos escudos.
— Parece que se acerca la hora de comer— señala mi
amigo mientras se frota el vientre.
— Vayamos a la posada, además, no creo que pueda
comprar nada más con las pocas monedas que me
quedan— contesto con cierto pesar.
— No te preocupes, verás como encontramos alguna
manera de conseguir dinero, a fin de cuentas tenemos
cuatro días libres por delante— intenta animarme mi
compañero.
Regresamos a la posada por la céntrica avenida que cruza
la ciudad de norte a sur, en medio de la cual hay una
plazoleta redonda con comercios de toda clase y en cuyo
centro, hay otra estatua de Túlmar señalando hacia el mar
al oeste, a una escala más pequeña que en el templo, pero
bastante bien tallada en mármol, que corona una preciosa
fuente.
Me gustaría entrar en la tienda de alquimia, cuyo nombre
aparece en el cartel escrito en idioma élfico “Pristum
Thalár”, que significa El rezo de Thal, pero dada mi
situación económica, no puedo permitirme ninguno de los
carísimos objetos mágicos que allí se exponen y que se
ven relucientes a través del escaparate. No nos queda más
remedio que seguir nuestro camino.
La taberna se ha vuelto a llenar, han montado unas mesas
en la puerta aprovechando el cálido sol de primavera,
tenemos suerte de encontrar una libre.
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Tras un par de cervezas, vemos a Haleth y Elion aparecer
rodeando la esquina de la calle que va al mercado.
— ¡Buenas tardes, compañeros!— saluda Haleth con
efusiva sonrisa.
— Buenas tardes, chicos. ¿Qué tal las compras?—
respondo mientras acercan unas sillas para sentarse con
nosotros.
— Muy bien, el mercado es impresionante, hay
comerciantes de todos los reinos— detalla el medio elfo
emocionado—. Me he comprado un par de éstas.
Me muestra un pequeño recipiente redondo de cristal que
contiene un líquido oscuro y una mecha en la parte
superior.
— Se lo he adquirido a un grupo de comerciantes
bahaluks— continua relatando—. Se trata de una bomba
inflamable. Al parecer, esta pequeña esfera de cristal es
capaz de generar una llamarada de tres metros de
diámetro.
— ¡Vaya!— respondo sorprendido—. Pero si apenas
contendrá unos pocos centilitros de líquido, debe ser
altamente inflamable.
— Así es— contesta el medio elfo—. El comerciante
bahaluk hizo una prueba delante de nosotros, con una sola
gota del contenido. La introdujo en una barrica metálica y
acercó una antorcha… ¡Salió una llamarada de casi un
metro de altura!— relata emocionado.
— ¿Y tú, Haleth? ¿Has comprado algo?— pregunto a la
imponente, a la par que hermosa compañera.
— No…— contesta con cara de resignación—. Me gasté
casi todo lo que tenía esta mañana en esta espada—
Muestra una bonita espada de gran tamaño, pero de hoja
muy fina y brillante de un solo filo, con una empuñadura de
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dos manos. Distingo el sello de los Hacedores base de la
hoja.
— ¡Parece que estamos todos sin blanca!— advierto con
una sonrisa para quitarle hierro al asunto—. Por lo menos
tenemos los gastos pagados en la posada ¡bebamos y
comamos!
Estamos casi terminando de comer, cuando se acerca a
nosotros una patrulla del Tridente y se colocan de pie junto
a nuestra mesa.
— Estamos buscando a Shiroge, Mirmaerín, Elion Váltor y
Haleth— se dirije a nosotros uno de los guardias—.
Tenemos órdenes de llevaros ante Torsen, capitán de la
Guardia del Tridente y hermano del nuevo senescal Gálser.
— Somos nosotros— contesto de buenas, a sabiendas que
les habrán dado nuestra descripción detallada.
— Terminad el almuerzo y venid a la torre con nosotros—
ordena serio pero con correctas formas el militar.
Terminamos de comer y acompañamos a los guardias.
La inmensa torre se encuentra justo enfrente de la posada,
un gran portón metálico da acceso al edificio en su base.
Hay un grupo de cuatro guardias apostados a cada lado,
que viéndonos en compañía de los suyos nos dejan pasar
con indiferencia.
Dentro hay un enorme pasillo que da, al fondo, a una gran
escalera de caracol. Todas las paredes y los suelos son
también de mármol pulido y brillante. Varias puertas se
apostan a cada lado del pasillo, al llegar a la última, el
guardia se detiene y llama.
— Adelante— una voz firme y grave se oye desde el otro
lado.
Entramos en la sala, se trata de un gran despacho con un
escritorio lleno de pergaminos y documentos de todo tipo.
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Tras él, se sienta un hombre de tez fina y flamante
uniforme que delata su alto rango.
— Dejadnos— ordena el oficial a los guardias, que
obedecen con presteza.
— Bienvenidos, mi nombre es Torsen, soy el capitán de la
guardia de Estrian— se presenta el apuesto hermano del
senescal mientras se levanta para ofrecernos la mano.
Ante mi atónito juicio, me percato de que en su mano
izquierda lleva un anillo con un enorme zafiro azul.
Uno a uno se la estrechamos a la vez que nos
presentamos. Está claro que no son las manos de un
guerrero, sino de un hombre de alta cuna, de piel suave y
absoluta pulcritud.
— Os he hecho llamar por recomendación de Delfos, el
magistrado, necesito ayuda de Dalmas para una misión
muy especial. Tengo a todos mis hombres ocupados
vigilando la ciudad, que estos días está especialmente
ajetreada debido al nombramiento de mi hermano—
explica sus intenciones yendo al grano.
— ¿Y en qué consiste esa misión especial?— pregunto,
mirando fijamente al capitán.
— Un importante ciudadano de Estrian, del que no puedo
dar el nombre, ha sido asaltado por unos bandidos hace un
par de días. Le han extraído un objeto de gran valor para
él, una gema de color rosa que pertenece a su familia, una
de las más importantes de la ciudad— relata con suma
cautela de no dar ningún detalle comprometedor—. Ofrece
una recompensa de veinte monedas de oro por
recuperarla.
— ¿Tenéis alguna idea de dónde pueden estar esos
ladrones y quiénes son?— pregunta Elion muy interesado
al escuchar la gran recompensa.
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— Sí, se trata de un grupo muy sanguinario, mataron a
todos los que le acompañaban, por suerte el denunciante
pudo esconderse. Unos informantes, de veracidad
contrastada, vieron a los sospechosos alejarse de la
ciudad dirección norte, hacia a la aldea de Riga, según las
averiguaciones se esconden en un torreón oculto en el
bosque de Dáverton— continúa relatando mientras
extiende un mapa.
— Al parecer, hay un paso entre la densa vegetación unos
kilómetros más allá de la posada El Encuentro, a menos de
medio día de camino de aquí. El sendero se encuentra
oculto en las cercanías de un inmenso olmo solitario, frente
al bosque y que es visible desde el camino— concluye.
— Tengo entendido que el bosque de Dáverton es
peligroso, además de un laberinto de difícil acceso y
orientación— señalo a mis compañeros.
— Así es— asiente Torsen—. De ahí que ofrezcan tan
suculenta recompensa.
Por un momento nos miramos los unos a los otros. Claro
que vamos a aceptar la misión, estamos casi en bancarrota
y disponemos del tiempo necesario para llevarla a cabo.
Aunque al ver el anillo del capitán desconfío de él, quizás
ganarnos su confianza sea la manera que nos llevará a la
solución del misterio de la desaparición de Delfos.
— Aceptaremos veinticuatro, seis para cada uno— negocio
las condiciones.
— De acuerdo, me parece correcto— contesta el oficial.
Seguidamente nos hace entrega del mapa—. Venid
directamente cuando tengáis la gema en vuestro poder,
suerte— concluye y se despide.
Abandonamos el despacho y nos dirigimos a la salida en
silencio.
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— Deberíamos salir ahora— propongo a mis compañeros
ya fuera de la torre—. Podríamos descansar en la posada
El Encuentro y continuar desde allí al Amanecer para
adentrarnos en el bosque de día.
— Me parece bien, tengo ganas de un poco de acción—
contesta Elion con sonrisa abierta.
— ¿Acaso no te has fijado en el anillo?— me pregunta
Haleth mostrando extrañeza.
— Mejor hablemos fuera de la ciudad, no confío en estas
paredes— respondo con gesto serio.
Pedimos en la posada El Tridente que nos preparen unas
provisiones, y tras unos minutos de espera partimos hacia
el norte, por el camino que va hacia la aldea de Riga. Ya
en la distancia, llega el momento de hablar del tema.
— Tengo que admitirlo, no confío en Torsen, más después
de ver el anillo de zafiro en su mano, pero creo que no es
malo ganarnos su confianza además de una buena
recompensa. Una vez de vuelta indagaremos más, no me
extrañaría que nos haya buscado a nosotros, no por
recomendación de Delfos, sino por tenernos lejos—
empiezo a exponer a mis compañeros—. Creo que no es
mala idea que piense que somos ajenos a todo y que todo
va según sus planes, hubiera sido sospechoso que unos
Dalmas rechazaran una recompensa tan sustanciosa, es
por eso que no he puesto muchas pegas a la hora de
aceptar— añado.
— Puede que tengas razón o puede que todo sea fruto de
tu imaginación, Mirmi. En cualquier caso, todo comienza
por cumplir esta misión, luego ya veremos qué pasa—
opina Elion con gesto despreocupado.
Un par de horas después divisamos a lo lejos una pequeña
posada, todavía es de día, pero decidimos parar según el
plan.
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Al llegar a la puerta del pequeño establecimiento, llamado
como dijo el capitán Torsen y como se lee en el letrero
encima de la puerta escrito en bóldor: “El Encuentro”, me
percato de que no hay demasiado movimiento.
El portón de la caballeriza está abierto, al pasar por
delante, he visto que en su interior apenas dos caballos
reposan tranquilamente, acostados sobre un lecho de paja.
— Parece que está la cosa muy calmada por aquí—
advierto a mis compañeros—. Entremos.
Mis conclusiones eran acertadas, el comedor es pequeño y
humilde. Las cinco mesas de madera están limpias y
vacías, solo hay un hombre sentado de espaldas en la
barra, que mira fijamente a la joven y bonita camarera, que
limpia una jarra con cara de aburrimiento, y que al vernos
entrar saca su mejor sonrisa.
— Buenas tardes, viajeros. Por favor, pasad, siéntense
donde más les guste— nos saluda la muchacha con
amabilidad.
Elegimos la mesa junto a la ventana que da al camino y
nos sentamos a la vez que la joven se acerca hasta
nosotros.
— ¿Qué puedo servirles?— pregunta al grupo mientras
nos mira uno a uno.
— Sírvanos cuatro cervezas, por favor— pide con
educación Elion mostrando su sonrisa a la camarera—.
También queremos una habitación para pasar la noche.
— ¡Por supuesto! Ahora mismo se las sirvo— contesta.
Luego se gira hacia la barra.
Una vez servidos, discutimos las opciones.
— Es todavía bastante pronto, podíamos aprovechar para
buscar el gran olmo e inspeccionar la zona, aunque no
entremos en el bosque— propone Haleth delatando cierta
impaciencia.
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— No es mala idea, así mañana iremos a tiro hecho—
asiente Shiroge.
— Está bien, terminemos la cerveza y dejemos las
provisiones en la habitación para ir más ligeros— resuelvo.
— ¿Desde cuándo eres tú el jefe?— me pregunta la medio
elfa con gesto serio.
— Eeeh, yo…— No termino de contestar.
— ¡Es broma, Mirmi!— exclama riéndose—. ¡Vaya cara
has puesto! Jajaja.
Los otros dos compañeros se ríen también y yo les
acompaño. Es evidente que esta semana que llevamos
juntos y las experiencias vividas nos han unido bastante a
todos. Por primera vez siento que esto de ser un Dalma no
está tan mal, especialmente cuando a pesar de las
dificultades, el riesgo, el cansancio y de la mala
experiencia de ver caer a un compañero, estás
acompañado por tan excelentes camaradas.
Después de dejar las provisiones y las cosas dispensables,
salimos y avanzamos dirección a la aldea de Riga. Apenas
un par de kilómetros más adelante, tal y como detalla el
preciso mapa, divisamos un inmenso olmo de más de
treinta metros de altura, que sin duda es el que marca la
zona donde se encuentra el paso a las profundidades entre
la arboleda. A primera vista el bosque es denso y
compacto, la vista no permite ver más allá de un par de
metros en la espesura.
— Dividámonos— propone Haleth—. Elion y yo
indagaremos la linde en dirección sur y vosotros dos id en
dirección norte. Nos vemos aquí junto al olmo en una hora.
— De acuerdo— asentimos Shiroge y yo a la vez e
iniciamos la marcha.
Llevamos más de media hora indagando, buscando rastros
y percibiendo el lugar con bastante meticulosidad,
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apartando matorrales y arbustos, pero nuestra búsqueda
no resulta fructífera.
— Será mejor que volvamos— Se da por vencido
Shiroge—. Estamos ya lejos del olmo y no hemos
encontrado nada. Seguro que nuestros compañeros han
dado ya con el acceso.
Al regresar al olmo los “primos” aún no han regresado.
— ¿Crees que deberíamos ir a buscarles?— pregunto a
Shiroge con cierta preocupación.
— Esperemos un poco, estarán al caer— responde con
calma, luego se sienta recostándose contra el tronco del
enorme árbol y saca de su mochila algo envuelto en papel.
Resulta que el grandullón ha traído algo de embutido y
pan.
— ¿Quieres?— ofrece mientras me acerca las manos, con
el sabroso salami.
— No, gracias Shiroge, cenaré en la posada— contesto
mientras me siento a su lado.
Ya estoy de los nervios, unos quince minutos después. No
dejo de mirar hacia el sur de la linde, todavía sin rastro de
los medio elfos. Durante la espera, una diligencia
transcurre por el camino dirección a Estrian, pasan de
largo. Por fin veo a lo lejos la silueta de nuestros
compañeros. Al acercarse percibo que traen cara de
desaprobación.
— ¿Lo habéis encontrado?— pregunto según llegan.
— No— responde Elion—. El bosque es denso, casi
inexpugnable, hemos intentado avanzar a golpe de espada
hacia lo que parecía un claro, pero nos ha llevado más de
diez minutos. Al llegar nada, ni sendero, ni forma alguna de
avanzar.

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— Pues en algún lugar tiene que estar— resalto mientras
rasco el lateral de mi coronilla—. Consultaré de nuevo el
mapa.

— Mirad, según el mapa, el camino no inicia en el bosque,
sino aquí, más allá del olmo. Incluso, atraviesa el árbol—
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Muestro a mis compañeros con el dedo sobre la línea
discontinua marcada en rojo sobre el dibujo.
— Es cierto— asiente Haleth—. Pero puede tratarse de un
error del que lo dibujó.
Puede que mi compañera tenga razón. Sin embargo, el
mapa es bastante preciso en todo lo demás, incluso la
distancia del camino hasta el olmo parece proporcional a la
distancia de la posada, y la línea del camino, en el
ligeramente ondulado terreno, también coincide con
precisión. Nos paramos a pensar unos minutos, cuando se
me ocurre una absurda idea.
— Calculemos la distancia donde empieza la línea y
busquemos allí, solo por asegurarnos— propongo mientras
tomo un trozo de hilo para medir—. Mirad, está justo a un
tercio de la distancia al camino dirección oeste— añado
mientras comienzo a andar en esa dirección.
Cuando llegamos a la zona aproximada empezamos a
buscar a ver si vemos algo, sin éxito.
— Parece que estabas equivocado…— reacciona la medio
elfa con cierta desilusión.
— Hagámoslo bien, contaré los pasos hasta el camino y
luego recorreremos un tercio de esa distancia desde la
base del árbol— anuncio empeñado en encontrar la
solución al dilema.
— Uno, dos, tres…— Regreso a la base del tronco del
olmo y continúo contando sin perder la dirección, pasando
por encima de arbustos y rocas, tratando de no perder el
paso, ni la cuenta—… y trescientos treinta y tres—.
Termino mientras poso el pie derecho en el camino.
En seguida, vuelvo al árbol y comienzo a contar de nuevo.
Tras ciento once pasos me encuentro justo encima de un
cancho de granito, de un tamaño de un metro de diámetro
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y que parece incrustado en el suelo. Lo observo con más
detalle.
— Mirad— advierto a los Dalmas—. Se trata de una losa,
pero pesa muchísimo— añado mientras intento tirar de una
pequeña rendija.
— Apártate— me ordena Shiroge mientras acerca sus
enormes y fuertes manos a la roca.
Un tirón de mi amigo es suficiente para levantar la pesada
losa, que esconde bajo ella una cueva que penetra en la
tierra.
— ¡Lo hemos encontrado!— exclama Elion con alegría.
— Sí, pero se está haciendo de noche, será mejor dejar la
roca como estaba para que no se note que hemos estado
aquí, mañana al alba nos adentraremos en las entrañas del
túnel— propone Haleth, y con razón. La tarde se nos ha
ido, los últimos rayos de sol caen ya por el oeste.
Regresamos a la posada, ha llegado un grupo en una
carreta, parece ser la diligencia de viajeros de antes, que
va desde Riga a Estrian probablemente para asistir al
nombramiento, que tendrá lugar mañana.
Tras la notable cena, pollo asado con una salsa agria
bastante sabrosa y patatas al horno, no tardamos en irnos
a descansar. Hemos decidido levantarnos antes del alba y
partir, no sabemos que nos encontraremos en esa gruta, ni
en el sinuoso bosque tras ella, así que será mejor disponer
de las máximas horas de sol para la expedición.
En la madrugada el silencio es sepulcral, apenas el
zumbido lejano de las cigarras y el soplido de la suave y
fresca brisa del mar, acompañan nuestras pisadas. Tras
media hora llegamos de nuevo a la entrada secreta a la
vez que el sol comienza a despuntar en el este.
— Parece que todo está en orden, como lo dejamos— se
percata Elion tras revisar la zona.
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De nuevo, el grandullón extrae la roca de su sitio y nos
adentramos en la penumbra, yo el primero y el eledín en la
retaguardia, que coloca la piedra en su lugar una vez
estamos dentro. Yo enciendo mi candil para poder avanzar
sin peligro en la más absoluta oscuridad.
La cueva es estrecha y algo bajita, lo que nos obliga,
especialmente a Shiroge, a avanzar agachados. Las
paredes han sido excavadas en la tierra, han colocado
traviesas de metal, de cuyo óxido se puede deducir que la
construcción es muy antigua. La humedad se cuela entre
las raíces del olmo unos cien metros más adelante,
formando un pequeño charco en el suelo y provocando un
goteo constante, cuyo sonido resuena a lo largo del paso.
Poco después, vislumbro algo de claridad.
— Parece que llegamos al otro lado— informo a mis
compañeros en el lugar donde la gruta comienza a
ascender.
Al llegar a la apertura hay suficiente luz y apago el candil.
Me percato de que la salida está parcialmente bloqueada
por unos arbustos. Intento percibir el otro lado a través de
los huecos, parece que no hay nadie, así que, con cuidado,
aparto la vegetación y abro un espacio, por donde salimos.
Ya en el exterior, nos encontramos en un pequeño claro en
medio de la densidad del bosque. Hay un sendero justo
delante de la salida de la cueva. Se oye el canto de los
pájaros y el seseo de serpientes, además de toda clase de
ruidos provenientes de la profundidad del bosque.
— Continuemos— comento a los Dalmas en baja voz
mientras avanzo por el estrecho paso. Todos me siguen en
fila y con la misma formación que traíamos por el túnel,
Elion viene justo detrás de mí, con su arco preparado. Yo
agarro mi lanza y la posiciono de frente a la marcha.
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Después de treinta minutos avanzando por el retorcido
sendero, éste se divide en dos.
— Hay dos caminos— informo al resto.
— ¿Qué pone en el mapa?— pregunta mi compañero
medio elfo.
— No pone nada, solo una línea recta— contesto—. Sin
embargo, lo que llevamos de marcha no ha sido en línea
recta, cosa que me parece extraña teniendo en cuenta la
exactitud del mapa en todo lo demás.
— Tomemos el camino de la derecha y a ver qué pasa,
siempre podremos volver atrás— propone Haleth con
convicción.
Hago caso a mi compañera y avanzo por la derecha.
Pasada otra media hora encontramos una nueva
bifurcación de similares características.
— ¡No tiene sentido!— exclamo mientras me detengo en el
nuevo ramal.
— ¿Otra vez por la derecha?— propone de nuevo la medio
elfa, esta vez con más dudas.
— Pensemos un poco— Intento calmarme y razonar—. Si
seguimos avanzando aleatoriamente acabaremos perdidos
o algo peor. ¡Miraré de nuevo el mapa!
Me fijo que hay exactamente seis líneas discontinuas, en
línea recta hasta la torre.
— ¿Y si cada línea representa un tramo del sendero?—
me pregunto en voz alta—. La forma de ir en línea recta
debe de ser intercalando las direcciones, la primera la
hemos tomado a la derecha, propongo ir a la izquierda—
expreso a mis compañeros.
— ¡Si estamos aquí es por ti, si crees que ese es el camino
te seguiremos!— exclama Shiroge depositando su
confianza en mí. Los “primos” asienten, así que me adentro
esta vez por la izquierda.
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Otras bifurcaciones van apareciendo posteriormente,
siempre aproximadamente tras media hora de marcha, y
en cada una de ellas seguimos el plan. Cuando por fin,
después de haber dejado atrás cinco desvíos, la
vegetación se vuelve menos densa y atisbamos una
pequeña colina. En su cumbre se abre un claro, en cuyo
centro se ve el torreón de piedra con el techo en forma de
cono.
Está en perfectas condiciones, tiene tres alturas con todas
sus paredes intactas, parece que hay cuatro ventanas
orientadas hacia los cuatro puntos cardinales en cada una
de las plantas, salvo en la base, donde una puerta, en
impecable estado, se orienta hacia nosotros, hacia el
oeste. A cada uno de sus lados, ondean sobre mástiles
estandartes con una estrella de cinco puntas de color rosa,
sobre un fondo blanco.
— Hemos llegado— susurro a mis compañeros—. Será
mejor que nos ocultemos y pensemos un plan para asaltar
la torre.
Paso por alto de momento una sensación que me
incomoda. Los bandidos suelen ocupar ruinas y grutas o
disponen de bastiones encubiertos en las poblaciones.
— Me acercaré sigilosamente a ver la zona— se ofrece
Elion—. Ocultaos y esperadme.
Nos escondemos en el bosque y esperamos al medio elfo
para preparar el plan de ataque.
— Está claro que no esperan visita, especialmente viendo
lo complejo que resulta llegar aquí. Debemos utilizar el
factor sorpresa, que tan buen resultado nos dio con los
bandidos cuando volvíamos a la aldea del lago Énder—
señala Elion al volver, mientras dibuja un mapa en el suelo
con una vara de madera—. Parece que hay unos veinte
metros desde el límite del claro hasta la puerta— continúa
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el compañero mientras señala con la punta del palo la zona
por donde llega el sendero—. No he visto ningún vigía, si
nos apresuramos podríamos llegar a la puerta sin ser
detectados, una vez allí, Shiroge con su enorme fuerza,
puede derribarla, y vosotros tres entrar a saco, yo os
cubriré con mi arco desde fuera. Una vez dentro
dispersaos y dejad hueco para mis flechas.
Por supuesto, siempre es arriesgado entrar de frente, pero
parece una buena opción, dadas las circunstancias. Todos
asentimos y comenzamos a acercarnos acechando entre la
vegetación hasta el límite del bosque. El cielo se está
nublando y parece que está a punto de romper a llover.
Tras posicionarnos, cargamos velozmente hacia la puerta
del torreón, Shiroge por delante de Haleth y de mí, con
Elion preparado con su arco cargado y apuntando hacia la
entrada.
La embestida del eledín es brutal, un atronador golpe con
su escudo desencaja completamente la puerta, que sale
despedida hacia el interior de la torre.
Dos hombres bien uniformados en su interior sacan sus
espadas a la vez que entramos. Shiroge carga contra uno
de ellos, que intenta parar el golpe de mandoble agarrando
su espada con las dos manos, pero este impacta contra el
brazo y lo desarma. Seguidamente, un golpe con el escudo
lo hace caer de espaldas.
Haleth ha cargado contra el otro, realizando una maniobra
acrobática, esquiva el ataque y se coloca a su espalda, con
un golpe con la mano en la nuca, lo deja inconsciente en el
acto.
— Demasiado fácil, se ve que son jóvenes con poca
experiencia— advierto a mis compañeros mientras percibo
la sala.
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Toda la base de la torre es diáfana, hay unas escaleras
que suben pegadas a la pared, a la derecha junto a la
puerta. Se ve que la sala se usa de comedor, hay una
pequeña chimenea con útiles de cocina en el lado opuesto
a las escaleras y en el medio una mesa grande como para
una decena de comensales y sus sillas. Escucho ruidos
que provienen de las escaleras y Elion aparece por la
puerta.
Una flecha impacta contra el muslo de mi compañero
recién llegado, que grita y maldice mientras retrocede.
Nos colocamos en posición esperando acontecimientos,
nadie baja. Haleth corre a auxiliar a su “primo”, al pasar por
la puerta recibe un flechazo que le roza el hombro. Más
proyectiles caen por el exterior de los muros y los medio
elfos, con dificultad, consiguen entrar de nuevo en la torre.
Un grupo de cuatro hombres bajan por las escaleras con
escudos y espadas, Shiroge y yo les enfrentamos.
Rápidamente quedan tres, mi compañero lanza un ataque
contra uno de ellos y le golpea de plano con su mandoble
en la cabeza, el adversario cae al suelo con el cráneo
destrozado.
Los otros vacilan y retroceden con cara de espanto,
aprovecho para lanzar un ataque… Paf.
“Hay una infinita oscuridad y siento sensación de paz. Una
luz a lo lejos se aproxima, su brillo porta calidez y
bienestar, emana de una especie de cristal blanco que al
llegar hasta mí se descompone en cinco colores: azul,
rosa, rojo, amarillo y negro, que me envuelven.
— He aquí el Uno que se convierte en Todo— una voz
susurrante y profunda me habla—. Esto es sólo el principio
de la historia que aún está por llegar—. El brillo rosa me
rodea y recuerdo quien soy”.
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Aún con los ojos cerrados escucho la abundante lluvia y el
zumbido de un rayo. Siento un enorme dolor de cabeza y
me encuentro bastante mareado. Huele a sangre y a tierra
mojada.
— ¡Mirmi!— la agradable voz de mi compañera hace eco
en mis oídos y abro los ojos.
— ¿Qué ha pasado?— Me cuesta hablar y pregunto con
voz débil al ver la cara de Haleth.
— Recibiste un golpe muy fuerte y perdiste el
conocimiento— responde por detrás Shiroge mientras
limpia la sangre de su arma—. Me temí lo peor.
Los cuerpos sin vida de los cuatro atacantes yacen en el
suelo del torreón. Al incorporarme con cierta dificultad, veo
a Elion terminando de improvisar un vendaje en su pierna.
Por lo que parece solo he estado pocos minutos
inconsciente. Sin duda el yelmo, que yace doblado en el
suelo, me ha salvado la vida.
— ¿Quiénes sois y qué queréis?— una voz se oye desde
la estancia superior.
— Venimos a por la gema que habéis robado por orden de
Torsen, el capitán de la Guardia del Tridente— contesta
Elion con firmeza—. ¡Entregaos! Nadie más tiene que
morir.
— Nosotros no hemos robado nada, sois vosotros los
ladrones— responde la voz—. Somos los guardianes de la
Luz de Rosa, juramos protegerla con la vida.
— Bajad desarmado y hablaremos. Os doy mi palabra de
que no os haremos nada— Empiezo a entender que
hemos sido engañados.
El hombre baja por las escaleras con calma y los brazos
levantados. Nosotros bajamos nuestras armas como gesto
de confianza. Viene también uniformado, al igual que los
otros, con ropas blancas y grises con líneas de color rosa,
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sobre la que visten un caparazón de cuero duro. Éste porta
en el pecho un distintivo, una medalla con una flor rosa
pintada en su centro y dos crespones también del mismo
color, que dan a entender su mayor rango. Es también
joven, algo mayor que sus compañeros.
El oficial, al ver el cuerpo de sus camaradas, cambia de
semblante mostrando gran pesar. Nos mira con un atisbo
de rabia controlada en sus ojos.
— Sois unos asesinos— manifiesta con resignación.
— Este es un mundo cruel, según nuestra información,
vosotros sois unos sanguinarios bandidos— le contesta
Elion, defendiéndose de la acusación.
— Pues os la han jugado bien— reconoce con gesto
decaído el uniformado.
— Cuéntanos quién eres y que haces aquí, a ver si nos
convence tu relato— le digo mientras le ofrezco una silla
en la mesa.
Con cierta desconfianza acepta y nos sentamos. Comienza
a hablar.

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