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4. A bordo del Incansable

Tipo
Novela / texto narrativo oficial
Obra
Aventuras en Aradín
Estado
NARRATIVO OFICIAL
Regla de interpretación
La voz narrativa y los diálogos pertenecen a la obra; no convertir automáticamente toda afirmación de un personaje en verdad enciclopédica del mundo.

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Texto

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A bordo del Incansable.
Unas dos horas han transcurrido desde que zarpamos. Por
suerte el mar está en calma, aunque los medio elfos
parece que se han mareado con el suave pero incesante
meneo y el crujir de las maderas de El Incansable.
Shiroge está bastante bien, de hecho, ha estado comiendo
tranquilamente embutidos y pan que había guardado de la
noche anterior. No es de extrañar, los de su raza tienen
una habilidad especial para la navegación, ya que los
primeros nacidos fueron engendrados del poder de la
esfera del mar, tal y como explicó Álerin. Yo he
aprovechado para revisar la herida de Elion, parece que va
muy bien, casi no tiene dolor y se mueve con aparente
normalidad. En un par de días le quitaré los puntos.
— Ya podéis salir— se oye la voz de Monier del otro lado
de la puerta de la bodega de proa.
Salimos a cubierta. Hay dos jóvenes de unos veinte años,
de reseñable parecido salvo que uno es rubio cobrizo y el
otro tiene el pelo negro mate, ambos con las camisas
remangadas luciendo su buen estado de forma. Además,
tienen dos llamativos pendientes a juego, que lleva cada
uno en una oreja distinta. Están dedicados a sus tareas, el
moreno subido en el cajón del puesto de vigía y el otro
manejando las cuerdas y los aparejos de la vela mayor.
En el fondo, en la popa, el hombre manco maneja el timón.
Y en el centro de la cubierta, frente a nosotros, se
encuentra el capitán, con el sombrero de tres picos, su
carcasa azul con los botones dorados que reposa sobre
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una camisa blanca impoluta con el cuello abierto, lleva
pantalones azules y botas negras de marino.
— Bienvenidos a bordo de El Incansable. Mi nombre es
Monier y soy su capitán. Aquel hombre, a los mandos del
timón, es Darbas el contramaestre. El joven moreno en la
cofa es Dartin, y su hermano Martin es el que iza la vela
mayor— nos presenta a su tripulación.
Uno a uno vamos diciendo nuestros nombres, tras lo cual
nos hace un gesto de reverencia inclinando ligeramente la
cabeza mientras alza sutilmente su sombrero.
— Vayamos al camarote— nos ofrece mientras se gira
hacia popa, dirección a una pequeña puerta de madera
situada del lado de estribor, bajo la cubierta del timón en la
parte trasera del barco.
En el centro del camarote hay una inmensa mesa
rectangular, repleta de mapas de costas y un sinfín de
artilugios con formas angulares, además de una lupa, una
pluma y un tintero junto a un vaso y una botella de cristal,
que contienen un líquido transparente, probablemente
alguna bebida alcohólica.
A la izquierda hay una estantería repleta de libros,
ordenados meticulosamente y muy bien encajados, con
una varilla metálica a media altura de cada repisa, para
evitar que se caigan.
A la derecha hay una puerta que probablemente dé acceso
a la habitación del capitán.
Detrás de la mesa, en el fondo de la popa, hay una estatua
en madera de Túlmar indicando con el dedo hacia la proa.
La figura es de unos cuarenta centímetros y está fijada, a
la altura de mis hombros, sobre un pedestal también de
madera.
El capitán se coloca frente a nosotros del otro lado de la
mesa y extrae un mapa.
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— Álerin me ha pedido que os lleve hasta Íshar, me ha
dicho que estáis en busca y captura por los Guardias del
Tridente. No podremos navegar por alta mar, la armada del
Tridente controla esa ruta— comienza relatando mientras
señala en el mapa un punto del mar, al suroeste de un
grupo de islas, entre Estrian y la punta del gran Faro del
Confín—. Gracias a que el Incansable es un barco
pequeño y manejable, iremos bordeando la costa,
cruzaremos el estrecho que separa las islas del Despeño
del continente por la noche, y desde allí viraremos rumbo
oeste hacia el Faro. Desde donde, ya lejos de la influencia
de Estrian, podremos tomar dirección norte sin oposición.
— ¿Cuántos días de ruta hay hasta Íshar?— pregunta
Haleth.
— Os detallo el itinerario completo. Tenemos que recoger
provisiones, nos quedan diez horas de navegación hasta el
embarcadero de Émet, un pequeño puerto con una posada
que sirve a los marchantes y contratistas como punto de
carga de mercancías, venidas en su mayoría del Espino
Rojo y las montañas Morguel. Allí pasaremos la noche,
para no levantar sospechas. Dispongo de un contrato para
transportar trigo a Íshar, por si hubiera alguna patrulla del
Tridente por allí. Al amanecer cargaremos las provisiones y
saldremos dirección norte, hacia las Islas del Despeño,
conozco la zona y tengo mapas precisos. Atravesaremos el
estrecho de noche para evitar ser vistos por los piratas que
merodean por esas islas. Una vez pasadas,
descansaremos en esta pequeña bahía— Señala de nuevo
en el mapa al norte de las islas—. Desde allí tomaremos
rumbo al oeste, llegaremos por la noche al Faro del Confín.
Podremos atracar con tranquilidad, estaremos a salvo,
pues el guardián del faro, Aras Tolman, es leal al rey
Árathan y cuenta con más de quinientos hombres que
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controlan la isla y la gran pasarela del confín. Aún así, será
mejor intentar pasar desapercibidos. A partir de ahí, si los
Ersan nos son propicios, nos llevará tres días llegar hasta
Íshar, haciendo la parada obligada en el gran templo de
Túlmar.
— ¿Qué sabe de esos piratas?— Lo ha mencionado muy
por encima y me interesa saber más.
— Son un grupo muy peligroso, liderados por Altamir, un
medio elfo, que he oído de boca de desertores, se hace
llamar a sí mismo Almirante y a su flota su Armada. La
verdad que será mejor no encontrarnos con ellos. Tienen
su base en algún lugar del archipiélago, pero suelen atacar
posiciones en altamar, barcos con mercancías más
jugosas que los pocos pescadores que se adentran por el
estrecho— me responde con seguridad—. ¿Alguna otra
pregunta?
Por un momento nos miramos los unos a los otros. Parece
que está todo claro.
— Pues bien, os instalaréis en la bodega principal,
disponemos de dos camarotes con dos camas. Durante el
trayecto podéis andar por cubierta, sin molestar a la
tripulación. Una vez lleguemos al embarcadero, será mejor
que vosotros permanezcáis en los camarotes— aconseja
señalando a mis compañeros—. Tú Mirmaerín, puedes
usar ropa de los muchachos y un sombrero, no creo que
nadie te reconozca, por si quieres desembarcar.
Asiento con la cabeza. La verdad es que prefiero bajar y
buscar algún mercader que venda alguna pomada o
brebaje curativo, el bote de ungüento está casi vacío.
Además, necesito esterilizar las agujas y conseguir vendas
e hilo de sutura.
La jornada transcurre con tranquilidad, si bien a última hora
comienza a arreciar el viento del oeste y el oleaje era algo
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más movido. Haleth y Elion no han salido de su camarote
en todo el día, mientras Shiroge ha echado una mano a los
hermanos en las tareas de navegación. Yo he estado algo
distante, he hecho mis plegarias y mis rezos, para después
pasar la tarde contemplando el mar reluciente, bañado por
la luz del sol, que se extiende por babor hasta donde la
vista alcanza. Por estribor se divisa la silueta de la costa,
de la que no nos hemos alejado más de un par de
kilómetros, sembrada de pequeñas playas a los pies de los
acantilados que marcan toda la línea de costa.
A poco de la puesta de sol, la voz de Dartin suena desde la
cofa.
— ¡El embarcadero Émet a la vista capitán, parece que no
hay ningún barco!— grita el joven mientras señala con el
dedo hacia el lado de estribor de la proa.
Miro a la zona señalada y veo, en la intersección de dos
acantilados que forman un barranco, la silueta de edificios
y lo que parece ser un embarcadero.
— ¡Arriad las velas!— ordena el Capitán—. ¡Maniobra de
atraque!
Martin, ayudado por Shiroge, comienza a recoger la vela
mayor, mientras Darbas, con su único brazo, maniobra
impecablemente rumbo a puerto. Tras quince minutos,
entramos en la zona de la pasarela flotante. No hay ningún
barco amarrado, tan solo una barcaza al frente, junto a
unas escaleras que suben al muelle. Detrás se aprecia una
amplia posada, no hay nadie en las proximidades. Mientras
los marinos amarran al Incansable, el capitán me da algo
de ropa de los muchachos y un sombrero con visera de
color azul. Me pongo la indumentaria y salimos al
embarcadero. Dejo mis armas y llevo solo mi mochila, sin
olvidar en ningún momento lo que hay oculto en el doble
fondo.
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Bajamos Monier, Darbas y yo, los hermanos se quedarán
custodiando el barco. Ya en tierra firme distingo el letrero
de la gran posada justo enfrente del embarcadero. Escrito
en el bóldor se lee “Hogar de Émet”. A la izquierda hay un
camino que rodea la taberna, detrás de la cual, se
amontonan algunas casas formando una aldea. Más a la
izquierda del muelle, corre un pequeño arroyo entre la
vegetación, que desemboca unos metros más allá,
dividiendo en dos una minúscula playa de arena fina.
La puerta de entrada es bastante ancha y da paso a un
gran salón, cuyo mobiliario está pensado para abarcar
tripulaciones enteras, con seis grandes mesas redondas a
la izquierda, que pueden dar cabida a más de diez
personas y seis pequeñas mesas de cuatro personas del
otro lado, para encuentros más privados.
Las dos zonas están separadas por unas columnas de
madera con unos bancos adheridos y mesas bajas, donde
dos señoritas de escasa indumentaria, muestran sus
encantos y nos miran de manera seductora con sonrisa de
avaricia. En el lado de las mesas grandes todo está
ordenado y limpio, completamente vacío. Hay dos mesas
que están ocupadas a la derecha. En una se sientan tres
hombres bien vestidos y con caras serias. En la otra hay
dos jóvenes aldeanos bebiendo cerveza.
Tras la barra, al fondo de la sala, un hombre de mediana
edad, pelo corto castaño y poblada barba, nos mira
atentamente, a la vez que una chica joven, de pelo castaño
también, de finos rasgos definidos y mandil de tabernera
se nos acerca.
— Buenas tardes marineros, mi nombre es Sárath.
Bienvenidos al Hogar de Émet— saluda la chica con
amabilidad—. Pueden sentarse donde más les guste.
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Nos sentamos en la zona de las mesas pequeñas, no muy
lejos de los hombres bien vestidos, dos de mediana edad y
pelo castaño, bien afeitados y otro entrado en años, con el
pelo canoso y pobre en la coronilla, con el bigote blanco
que le ocupa hasta la comisura de los labios. Beben vino
servido en copas de cristal.
— ¿Qué puedo servirles, señores?— pregunta la
muchacha, mientras coloca sus manos en la espalda.
— Tráigame un trago de destilado de ron— pide el
contramaestre.
— Yo tomaré cerveza— respondo en segundo lugar.
— A mí tráigame una jarra de agua— dice el capitán ante
mi asombro—. Sírvanos también algo de cenar. ¿Qué
tienen?
— Asado de buey de Fálkdir, acompañado de arroz con
verduras y patatas asadas— contesta la camarera.
— Pues pónganos tres raciones— asiente Monier—. Uno
de ellos sírvalo trinchado.
— Ahora se lo sirvo todo, señores— La chica nos deja una
sonrisa y se gira hacia la barra.
— ¿No bebe capitán?— le pregunto con voz comedida,
una vez estamos solos.
— Soy totalmente abstemio. Tengo a mi contramaestre que
bebe por los dos— responde el capitán mostrando una
sonrisa guasona.
— ¡Pero no se puede decir de mí que beba a manos
llenas!— bromea Darbas con mucho pudor.
— ¿Cómo lo perdiste?— me atrevo a preguntar
entendiendo, por su actitud, que no le molesta hablar del
tema.
— Era un joven marino, algo más joven que el capitán,
navegábamos rumbo norte hacia el gran templo de Túlmar
a realizar ofrenda, cuando una de esas gigantescas
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serpientes de mar trepó a la cubierta. Por supuesto, todos
tratamos de huir, hay que estar loco para enfrentarse a ese
monstruo. Medía más de diez metros, en su boca se
apilaban cientos de dientes afilados como cuchillas, sus
ojos eran negros como el carbón y lanzaban una mirada
vacía. Serpenteaba resbalando sobre su piel azul oscura
con una rapidez endiablada— relata el hombre con mirada
profunda y escalofriante—. Estaba ya en la puerta de la
bodega de proa, cuando me mordió en el brazo. Dos de
mis compañeros me agarraron y sentí un fuerte tirón y el
crujir de mis huesos. Me desperté en el sanatorio de Bárbal
una semana después. Además de mi brazo, aquel día
perdieron la vida dos compañeros— concluye con aire de
solemnidad.
— Pero aquí está, cuarenta años después, más gordo,
más cano y aún con vida— señala Monier mientras la
camarera sirve las bebidas.
—Y por eso bebo, mi capitán, para celebrarlo— Alza su
vaso al aire y se lo bebe de un trago—. ¡Póngame otro
señorita!— le dice a la tabernera con una sonrisa.
— ¿Podría ponerme a hervir con agua estas agujas?—
Levanto el pequeño tarro.
— Por supuesto, señores— responde alegremente
mientras coge el frasco de mi mano.
— La verdad, señor Monier, he desembarcado con el
propósito de conseguir algunas cosas, vendas y accesorios
para realizar primeros auxilios— le comento al capitán.
— Se ve que esos tres de ahí son comerciantes— me
contesta mientras hace un gesto señalando con la
barbilla—. Acércate y actúa con normalidad.
Hago caso de mi interlocutor y mientras viene la cena
aprovecho y me levanto para hablar con ellos.
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— Buenas noches, señores— saludo al llegar a la mesa e
inclino ligeramente la cabeza—. No quisiera molestarles—
continúo a la vez que me devuelven el saludo—. Necesito
adquirir algunos productos y me preguntaba si alguno de
ustedes conoce un comerciante por aquí.
— ¿Qué clase de productos necesita? ¿Señor?— me
pregunta el más viejo.
— Me llamo Shank, necesito vendas y accesorios de
primeros auxilios— respondo dando una falsa identidad.
— Mi nombre es Fúlkar, éstos son Cátorin y Ásmar—
contesta de nuevo—. Tienes suerte, yo soy comerciante de
accesorios y tengo de todo en mi carreta. No tenía
pensado traerlo, la verdad, estamos aquí como
marchantes, pero en el último momento decidí meterlo
todo. ¿Qué precisa exactamente?
— ¡Genial!— exclamo con controlada efusividad—.
Además de vendas, hilo de sutura, algún brebaje curativo
para recuperarse más rápido de los golpes y pomada para
cortar hemorragias que ayuden a la cicatrización.
— Vaya, estás hecho un sanador de primera— bromea
Fúlkar—. Creo que tengo todo lo que pides, comercio con
un brebaje revitalizador que elimina totalmente el dolor,
cuesta cinco monedas de bronce por dosis. También tengo
un ungüento curativo, cuesta dos monedas de bronce cada
tarro, da para aplicarlo unas diez veces por tarro.
— Pues incluya dos dosis de brebaje y un tarro— le
confirmo el pedido.
— Pues una moneda de plata por el brebaje, más dos de
bronce por el ungüento, más dos monedas de cobre por
las vendas y una por el hilo. Un total de una de plata, dos
de bronce y tres de cobre— Echa las cuentas el
comerciante.
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— Me parece adecuado, ¿le parece que hagamos la
transacción tras la cena?— El olor de buey asado hace
que me percate que la camarera se dirige a la mesa.
— Nos vemos tras la cena joven— Nos despedimos y
regreso con mis acompañantes.
— Parece que la charla ha sido fructífera— hago saber al
llegar a la mesa mientras le guiño el ojo al capitán.
— Y la cena tiene una pinta excelente— reseña Monier
mientras la tabernera sirve los platos con el asado de buey,
que tiene un aspecto magnífico, servido en un enorme
plato de barro, de unos cuarenta centímetros de diámetro,
acompañado de patatas asadas y un tarrito de cristal con
aceite de oliva aromatizado con ajo y romero.
— ¡Y del ron ya ni hablamos!— exclama el contramaestre
con aspecto de estar ya bastante alegre—. Ponme otra,
preciosa— le dice a la camarera un tanto fuera de tono.
— Las dos chicas del medio están solas. Esta noche no
tienen a nadie que les preste atención, seguro que
seguirán ahí después de la cena, ya me entendéis—
contesta la joven, con una sutileza que demuestra estar
acostumbrada a estas situaciones.
El contramaestre mira a las prostitutas junto a las
columnas.
— ¿Me da su bendición, Capitán?— pregunta Darbas a su
superior.
— Está bien— asiente Monier—. Pero te quiero de vuelta a
media noche, mañana tenemos una larga travesía.
— No lo dude— responde el contramaestre— ¿Cuándo le
he fallado yo?
Nunca había probado el buey de Fálkdir, de aclamada
reputación. Sé de una buena taberna donde lo sirven en
Gáldoras, pero en la capital estos productos tienen precios
prohibitivos. Lo cierto es que la calidad de la carne es
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excelente, tierna y sabrosa, la cena está siendo deliciosa.
Darbas come todo lo rápido que su brazo da de sí, quizás
movido por sus instintos carnales, que le apremian la
compañía de las damas.
— Yo tengo menesteres que atender, mis señores— se
despide el marinero educadamente, a la vez que se
levanta y se gira hacia las señoritas.
— Iré a hablar con Émet, necesito que me prepare las
provisiones, cinco barriles de agua dulce, además de
comida para la travesía. No te preocupes por la cena,
estás invitado— ofrece Monier después de limpiarse la
boca usando la servilleta con elegancia.
— Gracias, capitán. Yo voy a cerrar el asunto con el
comerciante— le contesto—. Nos vemos en el barco.
Nos despedimos y me dirijo a recoger los artículos que he
pedido a la mesa del viejo Fúlkar. Tras abonarle, solo me
quedan una moneda de plata, cinco de bronce y algo
suelto en piezas de cobre y estaño, escasea el dinero. Sin
embargo, me acerco a Sárath, la tabernera y le pido cuatro
raciones más de buey, dos para Shiroge y una para cada
uno de los medio elfos. Cuatro monedas de bronce por la
enorme bandeja de comida me parece más que razonable.
El aire de fuera arrecia un poco más del oeste. Camino con
la pesada carga bajo la noche estrellada, a la luz de los
tenues candiles meneados por la brisa, que iluminan la
pasarela. Al llegar al Incansable, veo al rubio de los
hermanos sentado en la barandilla, junto a la pasarela de
embarque.
— Buenas noches, señor Mirmaerín— me saluda al subir a
cubierta.
— Buenas noches, Martin ¿Qué tal la guardia?— muestro
interés. Me parecen buenos chicos, trabajadores y
dedicados a su oficio.
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— Muy bien, la verdad que está tranquila, si no fuera por
este viento— responde el joven que ya viste sus mangas
estiradas—. ¿Le ayudo?— se ofrece.
— No te preocupes, amigo, no queda ya nada, solo
ayúdame a abrir la trampilla de la bodega, si eres tan
amable— El chico asiente y se incorpora.
El muchacho abre la escotilla, frente al mástil mayor,
haciéndome un gesto con la mano para que entre. Bajo por
las escaleras que dan acceso a la bodega bajo cubierta y
que llegan a una salita junto a nuestros camarotes, en la
que están mis tres compañeros, sentados alrededor de la
mesa que hay justo en el medio.
— Ya era hora ¿qué estás de vacaciones?— se mofa
Haleth ya con mejor cara.
— ¡No os quejéis que mirad lo que os traigo!— exclamo
mientras coloco la pesada bandeja con la rica comida.
— Vaya Mirmi, ¡te has superado!— reconoce mi
compañero eledín con una sonrisa de oreja a oreja.
Mientras mis compañeros comen les doy los detalles sobre
la vacía, pero acogedora posada El Hogar de Émet, por
supuesto, sin mencionar nada de los gastos, doy por hecho
que este servicio por el reino de Aradín tendrá su
recompensa.
Después de relatar lo acontecido, me voy al camarote y
tras mis rezos me echo a dormir.
No ha salido el sol, cuando ya escucho el crujir del suelo
de la cubierta, deben ser los navegantes cargando las
provisiones en el barco. Shiroge duerme a pierna suelta, la
cena de anoche le ha debido de sentar bien.
Saco la gema envuelta de la mochila y la meto en mi
morral con extrema delicadeza. Salgo del camarote
tratando de no hacer ruido y subo a cubierta.
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Justo al salir están terminando de meter el último de los
barriles de agua, que han colocado al fondo, junto a la
pared de la bodega de proa. El clima sigue aireado y
fresco, pero se agradece la brisa del mar por la mañana.
— Buenos días, señor Mirmaerín— saludan ambos
jóvenes casi al unísono.
— Buenos días, señores. ¿Queda aún mercancía por subir
a bordo?— ofrezco mi ayuda a los hermanos.
— No se preocupe, ya está todo. Esperamos la orden del
capitán para partir— contesta Dartin.
Se abre la puerta del camarote principal, y de ella sale el
capitán colocándose el sombrero.
— Buenos días a todos. ¿Listos para partir?— pregunta
Monier a los marinos.
— Sí, mi capitán, pero Darbas aún no ha aparecido—
responde Martin mientras señala la trampilla de la bodega
principal.
En ese momento la escotilla se abre y aparece el
contramaestre apresuradamente, terminando de atarse con
dificultad el cinturón.
— Estoy listo, capitán. Partiremos a la orden— dice el
hombre mientras se coloca firme ya completamente
vestido.
— Pues zarpemos, demos brisa de mar al Incansable—
ordena el capitán—. ¡Todos a sus puestos!
Una vez nos alejamos del embarcadero, bajo a cambiar
mis atuendos y a avisar a mis compañeros para que
puedan salir. Encuentro a Shiroge en la sala de la escalera,
se acaba de levantar y está desayunando algo.
— Todo en orden, ya estamos lejos de la costa— informo a
mi compañero, a lo que responde con un gesto afirmativo
con la cabeza, mientras sigue masticando.
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— ¿Dónde están los primos?— le pregunto al eledín, que
contesta alzando los hombros.
— No sé, no los he visto— responde tras engullir su último
bocado.
Me acerco a la puerta de su camarote y llamo. No se
escucha a nadie en el interior. Es extraño que sigan
dormidos, suelen ser muy madrugadores.
— ¿Chicos, estáis ahí?— hablo a través de la puerta con
algo de nerviosismo, no se oye respuesta. Miro al otro lado
de la sala, hacia la popa, la puerta que da a los camarotes
de la tripulación está entreabierta. Me dirijo hacia ella. Hay
un pasillo con dos puertas a la izquierda, una a la derecha
y otra al fondo.
— Yaaaahh— percibo desde el otro lado el grito de lucha
de Haleth y me apresuro. Cruzo la puerta tras la que
encuentro la bodega de popa. En el medio de la cual están
los “primos” practicando, Haleth golpea un saco y Elion
lanza flechas a una improvisada diana hecha con la tapa
de un barril. Al entrar bruscamente ambos me miran con
cara de extrañeza.
— ¿Qué haces, Mirmi? ¿Ha ocurrido algo?— pregunta mi
compañera con cierta preocupación.
— No, nada… os buscaba para deciros que ya podéis salir
a cubierta— les informo.
— Uff, menos mal— suspira Elion—. Hemos venido a
entrenar para estirar algo las piernas. ¡Salgamos a tomar
aire fresco!
Sin duda los medio elfos se están habituando al barco, el
oleaje hoy es más pronunciado y los meneos del barco
más repentinos, pero se les ve totalmente coordinados y
con buen aspecto.
Salimos a la cubierta, Shiroge nos acompaña. Según el
itinerario viajaremos dirección oeste durante todo el día y la
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noche la pasaremos navegando sobre El Incansable, por el
estrecho junto a las islas del Despeño.
Después de una jornada tranquila, vemos por el lado de
babor de la proa un grupo de islas en el horizonte. Al
atardecer, negros nubarrones se aproximan por el sureste
y arrecia el viento. Lejanos destellos que rompen con
sonoros truenos hacen prever que se acerca una tormenta.
Esperemos que pase de largo. Yo y mis compañeros nos
vamos a los camarotes a descansar.
Un fuerte golpe de ola sacude la embarcación y me
despierta. Es noche cerrada y se oye la fuerte lluvia en el
exterior, así que enciendo un candil. Shiroge se alza
también de su cama, el barco se menea con bastante
contundencia.
— Salgamos a ver cómo está la situación— propongo a mi
compañero mientras me dirijo con dificultad hacia la puerta.
Al abrir veo a Haleth y Elion que acaban de salir también,
juntos subimos las escaleras.
— ¡Todos a sus puestos!— ordena el capitán a su
tripulación—. Vosotros refugiaros en la bodega de proa,
tendremos que atravesar la tormenta— nos grita al vernos
en cubierta.
Obedecemos al capitán, entramos en la bodega y cuelgo el
candil.
En pocos minutos el mar embravece aún más, sonoros
golpes de ola hacen crujir las maderas, enormes
fogonazos dan paso a los atronadores bramidos de la
tormenta. El Incansable se tambalea en un brusco vaivén.
Observo por la ventana como los barriles de agua se
sueltan de su amarre y ruedan por la cubierta, perdiéndose
en la oscuridad. La lucha del velero por mantenerse a flote
es feroz. Suena un fuerte crujido, se detiene el barco
bruscamente y se apaga el candil.
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La penumbra es absoluta, solo se rompe con el resplandor
de los rayos y los truenos, cuyo sonido ensordece el
incesante caer de la pesada lluvia, que castañea contra la
cubierta y los cristales.
— ¿Estáis todos bien?— pregunto a mis compañeros—.
¡Parece que hemos encallado!
— Bien— se oye la voz de Shiroge.
— Todo en orden— habla Haleth.
— Estoy bien— contesta Elion.
— Esperemos a que se apacigüe la tormenta— propongo.
Tras una hora cesa la tormenta y llega la calma. Salimos a
cubierta. La claridad del sol asoma bajo las nubes por el
horizonte tras la popa. Del camarote principal salen los
miembros de la tripulación, al menos estamos todos sanos
y salvos.
— Parece que hemos encallado en la playa este de la isla
Garfio— aprecia el capitán mientras señala hacia la proa.
Al girarme me percato de que hemos acabado en la punta
norte de una gran playa orientada hacia el este, y que
termina en unos acantilados a pocos metros de la punta de
la proa. A lo lejos, hacia el sur oeste, se distingue a duras
penas la punta de una colina, con un saliente en forma de
pico de loro y abundante vegetación.
— Desembarquemos y comprobemos los daños— ordena
a los marinos Monier—. Darbas, tú comprueba el estado
de las bodegas.
Martin ata un nudo a la barandilla de la cubierta de proa,
del que arroja una escalinata que usamos para bajar a la
playa. Es una zona rocosa, el barco está incrustado en la
arena y está ligeramente inclinado del lado de estribor.
— Dartin, trae las palancas y las calzas, arrójalas por la
borda, parece que tendremos que levantarlo— manda el
capitán.
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El hermano moreno obedece sin rechistar y comienza a
trepar la escalinata. Darbas aparece por la barandilla.
— Parece que hay daños en el casco, señor. El primer
cuadrante de estribor tiene una grieta de unos dos
metros— informa el contramaestre.
Tras un par de minutos, el joven tira por la borda dos
grandes palancas metálicas, seguidas de una docena
calzas de madera con forma de cuña.
Con la ayuda de Shiroge, los hermanos clavan las
palancas en la arena junto a la base del casco y colocan
junto a ellas dos troncos para que sirvan de punto de
apoyo. Al tirar de las palancas el barco se balancea hacia
babor, elevándose medio metro del suelo, dejando ver la
enorme grieta provocada por una de las rocas. El capitán
fija las calzas a la base del barco y lo estabiliza.
— Tendremos que sustituir casi todo el cuadrante— analiza
Monier la situación en voz alta—. Nos llevará todo el día,
más media jornada para que seque el alquitrán.
— ¿Hay algo que podamos hacer, capitán?— pregunta
Haleth.
— Lo cierto es que tenemos otro problema, los barriles de
agua han caído por la borda durante la tormenta.
Necesitamos agua dulce— le contesta con gesto de
preocupación—. Subamos al camarote, tengo un mapa
preciso de las islas.
Los Dalmas acompañamos al capitán, mientras los
hermanos se ponen a la tarea. Tendrán que serrar la zona
dañada, sustituir las maderas e impermeabilizarlas.
Llegamos al camarote. Anticipándose a la tormenta, Monier
ha guardado todos los mapas en un baúl bajo la mesa,
donde rebusca y extrae uno de ellos.
— Aquí está— dice mientras extiende sobre la mesa un
mapa detallado de las islas del Despeño.
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— Estamos aquí, en la isla más oriental. El archipiélago
está formado por once islas separadas por no más de
cuatro kilómetros unas de otras, ésta es llamada la isla
Mayor, está a dos kilómetros de la isla Garfio, hacia el
oeste— explica el capitán a la vez que señala en el
mapa—. Por suerte el acantilado nos oculta de la vista
desde las otras islas, esperemos que no nos detecten en
los próximos dos días. Nuestra isla tiene su punto más alto
justo aquí, en este cabo en la cara oeste, cuyo extremo
tiene una forma parecida a un garfio, de ahí su nombre.
Suelen correr manantiales por las laderas de las colinas,
puede que encontréis algún arroyo.
— Inspeccionaremos la zona, capitán— dispone Haleth
con seguridad.
— Id con cuidado, como os dije, las islas están pobladas
de feroces piratas. Se estima que Altamir cuenta con más
de quinientos hombres y una treintena de naves— advierte
el capitán—. Hay que evitar que nos descubran.
Bajamos a la playa y emprendemos la marcha, todos
llevamos nuestras armas y Shiroge carga con dos barricas
vacías atadas a su espalda.
Nos adentramos entre la exuberante vegetación y
marchamos colina arriba. Distingo un pliegue que cae
hacia el norte de la colina, un lugar perfecto para que corra
un arroyo y me dirijo hacia allí. Como se ha vuelto
costumbre cuando nos adentramos a lo desconocido, yo
lidero al grupo que camina tras mis pasos en línea,
preparados ante cualquier eventualidad. Tras más de
media hora de marcha, llegamos a lo alto de un pliegue,
hay mucha arboleda cerca de la cumbre y no se divisa el
pico desde esta posición.
— Mirad allí— Señala Shiroge hacia la zona más baja del
pliegue—. Parece que hay una laguna.
104

Mi compañero tiene razón, entre la arboleda, cerca del
acantilado, se distingue el reflejo de luz sobre una
superficie acuosa. Sin dilación nos apresuramos hacia ella.
No nos lleva más de diez minutos encontrar el lugar. Se
trata de una laguna de aguas cristalinas, de la que brota un
arroyo en dirección al acantilado. Está rodeada de
vegetación, pero a través del claro que genera, se alcanza
a ver el pico con forma de garfio. Algo me llama la
atención. Parece que hay una construcción justo al lado de
la base del saliente.
— Observad— informo a los demás—. Por lo que se ve la
isla está habitada.
Todos miran hacia la zona señalada.
— Vayamos al acantilado, desde allí tendremos mejor
visión de la zona— propone Elion, a lo que asentimos.
No hay más de doscientos metros siguiendo el pequeño
arroyo, hasta el acantilado, desde donde se precipita hacia
el mar a una altura de unos treinta metros. Apostados
contra los árboles observamos la zona con detenimiento.
Tal y como estaba señalado en el mapa, la Isla Mayor se
encuentra justo al oeste, en la que se observa una playa
en la vertiente noreste, donde hay unas ruinas de lo que
parece un antiguo embarcadero abandonado.
En el centro de la Isla Mayor hay una colina ligeramente
más alta que la Punta del Garfio, que parece, desde
nuestra posición, es el segundo punto más alto del
archipiélago, el resto del litoral está conformado por
grandes acantilados rocosos donde rompen las olas.
Un poco más al sur hay otra isla más pequeña y menos
boscosa que parece deshabitada. En la Punta del Garfio se
distingue con claridad una garita de vigía.
— Allí abajo— Señala Haleth hacia la base del acantilado
de más de sesenta metros, justo debajo del pico.
105

Se puede distinguir una pasarela de piedra a donde arriban
dos hombres en una pequeña barcaza. Un segundo bote
de similares características está amarrado en el pequeño
embarcadero. Los desconocidos se apean y se dirigen al
acantilado, donde les perdemos la vista.
— Tiene pinta de ser el relevo, esperemos— recomienda
Elion.
Mantenemos la posición. Tras unos quince minutos, dos
hombres aparecen, toman el otro bote marchándose
dirección a la isla Mayor con intención de rodearla por la
vertiente sur, hacia los acantilados.
— La base de los piratas tiene que estar por ahí— informo
a mis compañeros señalando la punta sur de la isla Mayor.
— Tomemos el agua e informemos al capitán— propone
Haleth, a lo que los demás asentimos.
Llenamos los barriles en la laguna y bajamos hacia el
barco rodeando la ladera de la colina. Al llegar veo que los
trabajos van avanzando, ya han saneado el hueco de la
grieta y los hermanos están retirando las últimas maderas
dañadas. El contramaestre indica desde el interior del
hueco, mientras Monier supervisa los trabajos. Nos
acercamos a él.
— Aquí tiene el agua, capitán.— Shiroge descarga las dos
pesadas barricas que contendrán sesenta litros cada una y
que el grandullón ha estado cargando más de una hora de
camino sin aparente esfuerzo.
— Gracias, Shiroge— le responde—. Magnífico trabajo.
— Hemos detectado movimiento en la isla, señor— informa
Haleth—. Se ve que hay un puesto de vigía justo en la
punta de la colina, junto al garfio. Hará un par de horas dos
hombres han hecho el cambio de guardia.

106

— Hay que neutralizar a esos guardias, en algún momento
distinguirán la embarcación y darán la alarma, si eso
sucede estaremos perdidos— razona Monier.
— Nosotros nos encargaremos, capitán— se ofrece
Haleth.
— Desde el acantilado, cerca del pico, hemos podido ver
unas ruinas de un embarcadero del lado noreste. Por lo
que se ve los piratas tienen su base hacia el sur—
comienza a hablar nuestro estratega Elion—. Podemos
usar la barcaza de los guardias, una vez acabemos con
ellos y acceder a la isla por allí para reconocerla y
percatarnos de los peligros. No nos llevará más que unas
pocas horas.
— Me parece adecuado, los trabajos van muy bien, por
fortuna el golpe no ha dañado la estructura del casco, si
logramos aplicar el alquitrán para el almuerzo, el sol de la
tarde y la brisa cálida que tenemos hoy, secarán
rápidamente y con ayuda de Tísmik y Túlmar podremos
abandonar la isla al Amanecer— responde el capitán—.
Intentad estar aquí antes de que anochezca— Todos
asentimos.
Tomamos algunas provisiones de comida y agua, para
seguidamente dirigirnos hacia el puesto de vigía. Con
presteza y conociendo el destino, no tardamos más de una
hora en alcanzar las inmediaciones de la cumbre.
Al rodear una gran roca nos topamos con un sendero.
Hacia la izquierda desciende serpenteando entre las rocas
en dirección acantilado, por la derecha asciende hacia el
pico situado a unos doscientos metros, junto al cual se
divisa el techo de una casita de madera.
— Subamos junto al sendero, acechando entre la
maleza— propone Elion. Y así hacemos.
107

A una distancia de cincuenta metros se distingue con
claridad el edificio. No tiene más de treinta metros
cuadrados, tiene el acceso carente de puerta, orientado
hacia nosotros, lo que nos permite ver una parte del
interior.
Un hombre pasea por la sala, se trata de un medio elfo con
atuendos de pirata, con un chaleco de cuero y sombrero de
bucanero. Tras la garita, el sendero continúa otros diez
metros hasta la base del garfio, donde otro pirata de la
misma raza, está observando de espaldas, hacia el oeste.
Porta en su mano derecha un cuerno, probablemente ese
sea el medio para avisar de cualquier eventualidad o
peligro.
— Si me acerco un poco más podría disparar una flecha al
de la punta, para evitar que dé aviso, los demás cargad
hacia el refugio y acabad con el otro— Elion propone un
plan.
— Yo te acompaño primo, si el ataque le dejara aliento
suficiente le daría tiempo a avisar y estaremos en
problemas. Rodearé la punta y me colocaré más cerca de
él, en cuanto dispares, intentaré despeñarlo por el
acantilado antes de que pueda reaccionar— se ofrece
Haleth, con la precaución que pedía el capitán—. Además,
Shiroge y Mirmi se bastan para acabar con el otro.
— Está bien— asiente Elion.
Esperamos unos minutos en posición, mientras Haleth
realiza la maniobra de aproximación, acechando con
habilidad. Elion se acerca y coge ángulo mientras carga su
arco.
— Estamos listos— susurro al eledín al ver aparecer a
nuestra compañera oculta entre la vegetación, ya muy
cerca del vigía, junto a la base del puntiagudo saliente.
108

Veo volar la flecha del arquero hacia su objetivo que le
alcanza en el hombro derecho, el cuerno se le cae, grita de
dolor en el momento en que Haleth lanza su patada, un
golpe débil pero bien colocado, que consigue su objetivo y
derriba al adversario, que cae por el acantilado mientras su
grito se desvanece en la caída.
Nosotros dos cargamos hacia la casa, por la puerta sale el
otro jovencísimo pirata armado con su sable y su escudo,
que al ver a Shiroge cargar hacia él suelta sus armas, se
arrodilla y pide clemencia.
— Por favor, me rindo, no me matéis— balbucea el
muchacho entre sollozos. Shiroge frena su ataque.
Haleth comprueba desde la punta que todo está en orden.
— ¡Me mantendré aquí haciendo guardia!— grita la medio
elfa a su primo. Elion viene hacia nosotros.
— Está bien, chico. Te dejaremos vivir, pero a cambio
tendrás que darnos información— le digo al chaval con
gesto serio.
— Claro, señor. Les diré todo lo que sepa— contesta el
joven tembloroso.
Entramos en la casa, hay una mesa con un par de sillas y
restos de una fogata en la pequeña chimenea, junto a la
cual, hay útiles de cocina vacíos y un pequeño saco. Es
todo lo que hay en la sala diáfana, con una única ventana
abierta, del lado opuesto de la entrada.
Atamos al rehén a una de las sillas y nos situamos los tres
a su alrededor.
— Supongo que eres miembro de la armada de Altamir—
empieza a hablar Elion mencionando una obviedad, quizás
con el fin de ver las reacciones del muchacho.
— Así es, señor. Me uní hace pocas semanas, estaba sin
blanca y te dan cuatro monedas de plata por alistarte—
contesta el joven acongojado.
109

— ¿Dónde se encuentra vuestra base?— pregunto.
— En la vertiente sureste de la Isla Mayor. Hay una bahía
con una playa escondida entre los acantilados, en su punta
se encuentra el acceso a una inmensa cueva donde
atracan los navíos— responde enseguida el joven.
— ¿Cuántos hombres y naves hay en la cueva?— sigo con
el interrogatorio.
— No lo sé con exactitud, al menos trescientos soldados,
en su mayoría medio elfos, aunque también hay
humanos— continúa con la cuestión—. En cuanto a los
barcos, una veintena de todas las clases, incluyendo el
enorme galeón del almirante Altamir.
— ¿De qué vigilancia dispone la isla Mayor?— pregunta
Elion.
— Hay dos puestos de vigilancia, uno en el extremo norte y
otro en el oeste, se llega a ellos por un sendero al que se
accede desde la playa, pero no sé mucho más, los que
hacen guardia allí son piratas veteranos— contesta el
asustado joven.
— Una última pregunta, ¿cada cuánto tiempo cambian las
guardias?— insiste el medio elfo.
— Después del desayuno y las cenas parten todos los
relevos, se tarda una hora en llegar hasta aquí— asevera
el pirata.
— Vayamos a ver qué opina Haleth, dejémosle aquí, no se
moverá— propongo a mis compañeros y salimos de la
sala.
La medio elfa está apostada en el vértice del acantilado. Al
vernos nos hace un gesto con la mano pidiéndonos que
nos acerquemos. Nos agachamos y vamos.
— He visto un barco acceder entre los acantilados de la
Isla Mayor, allí en la vertiente sur— Nos señala con el
110

dedo—. Si te fijas bien, en la esquina del fondo parece que
hay una gruta.
— Es cierto, la veo— confirma el arquero, ciertamente
concuerda con la declaración del rehén.
— Además, si os fijas bien allí, cerca de la cima de la isla,
un poco hacia la vertiente sur, se ve la punta de un edificio,
parece una pirámide— añade nuestra compañera.
Veo la punta con claridad, está envuelta de algunas lianas
y vegetación, más o menos en el centro del islote, la cima
cae algo hacia el noroeste. Le contamos a Haleth la
información obtenida del chico.
— Creo que deberíamos inspeccionar la isla, ahora que
sabemos que los piratas se concentran en la vertiente sur,
el plan de acceder por las ruinas de la playa en el norte
parece más seguro— propone Elion—. Además, tenemos
el visto bueno del capitán y no me apetece nada pasar el
resto de la tarde en ese barco encerrado— sentencia.
La verdad es que tengo curiosidad por saber qué esconden
las ruinas y la pirámide de la isla Mayor, aunque tengamos
ya bastante información y sea quizás correr riesgos
innecesarios, a fin de cuentas somos Dalmas, la aventura y
el riesgo forman parte del trabajo.
— De acuerdo, creo que tienes razón— manifiesto.
— ¡Adelante pues!— exclama Haleth.
— ¿Y qué vamos a hacer con él?— pregunta Shiroge
refiriéndose al joven retenido.
— Démosle agua y dejémosle ahí atado hasta que
volvamos, según dice ha desayunado hará unas tres
horas, no le pasará nada porque se quede sin almuerzo—
propongo a mis compañeros.
Todos estamos de acuerdo y procedemos con el plan. Tras
dar de beber y asegurar bien los amarres del prisionero,
descendemos por el sendero hacia el acantilado.
111

En cierto momento, la superficie lisa e inclinada del paso
se transforma en una escalinata, que serpentea entre las
escarpadas rocas hasta llegar a una plataforma de piedra
donde está amarrada la barca. No es muy grande, así que
embarcamos con cuidado de no volcarla, primero yo en
medio, después Elion en proa, luego el eledín se sienta en
la popa, y por último Haleth se sienta junto a su “primo”
para compensar. La barcaza se ha hundido bastante, pero
aguanta, el mar entre las islas está calmado. Shiroge
comienza a remar con bastante habilidad.
Transcurrida media hora, alcanzamos la parte este de la
playa y vemos a lo lejos el ruinoso embarcadero. Poco
después diferencio una pasarela de granito, está derruida
de un lado y grandes casquetes de roca se esparcen por la
arena. Veo restos de los muros de un edificio, totalmente
derruido justo al principio de la pasarela.
Atracamos en la playa, junto al inicio de la misma. Al subir
la pequeña rampa me percato de que hay una explanada
de roca, de unos treinta metros de lado y cubierta
parcialmente por la arena, justo delante del edificio.
— Investiguemos un poco— propone Elion mientras se
dirige hacia las ruinas. Nos dispersamos por la zona.
— ¡Aquí hay el principio de un camino de roca!— advierte
Shiroge desde la izquierda de la explanada y comienza a
caminar sobre la arena, como siguiendo una linde. Los
demás nos acercamos.
Al llegar al lugar no veo ningún camino, solo el rastro del
eledín en la arena.
— Déjate de bromas Shiroge, este es un lugar peligroso—
le recrimino.
— ¡Que no, Mirmi!— me contesta con seriedad— Es un
efecto visual, colócate al principio de mis pisadas.
112

Obedezco a mi compañero y me coloco justo donde
comienza el trazo de sus pies, descubriendo para mi
sorpresa, un camino de roca, sobre una ligera capa de
arena. Hay dibujos en la plataforma que simulan ondas,
haciendo un efecto óptico que la disimula, siendo difícil de
ver aún estando a un metro. Los primos se colocan detrás
de mí y seguimos a Shiroge a través del camino, dirección
este y sur este, hasta llegar al límite de la vegetación. El
grandullón se para y espera a que le alcancemos.
— Mirad ahí, ¿qué veis?— nos pregunta mientras señala al
frente entre las palmeras.
— Nada, un sinfín de troncos— respondo diciendo lo que
veo.
— Ahora colócate aquí— El eledín se aparta, dejando ver
bajo sus pies una pequeña estrella azul pintada en el
suelo.
Me coloco sobre ella y miro al frente. Me asombro al
distinguir con claridad una figura en forma de flecha,
conformada por los árboles del fondo.
— La óptica es muy utilizada por mi raza— explica
Shiroge—. De hecho, la mayor escuela de Ilusionistas de
las tierras Antípodas se encuentra en Parmos, la capital de
Eled Vulard.
Nos adentramos por el palmar en dirección a la zona
donde señala la flecha. A unos cien metros, donde se
espesa el bosque, encontramos un camino. Avanzamos
por él con cautela, sin duda se dirige al centro de la isla,
donde se sitúa la pirámide.
Transcurridos treinta minutos de marcha entre la frondosa
selva que casi parece una pared a cada lado del camino,
encontramos un cruce de senderos en forma de cruz.
Ambos lados dan a una pequeña casa con puerta de
113

madera a pocos metros. Las construcciones de granito
están enteras, pero rodeadas de enredaderas y musgos.
Un poco más adelante por el camino principal se
distinguen otras dos y otro par más justo después, para un
total de seis ramificaciones, tres a cada lado, cada una de
ellas da a un edificio de similares características.
Continuamos hacia adelante.
Después la vía principal hace un giro y va a dar a una
explanada donde se ubica la pirámide, de unos veinte
metros de altura, que se sitúa en una zona un poco más
plana. A los pies de la construcción hay un sendero, que
cruza de lado a lado justo delante de la cara frontal y que
se pierde a ambos lados en la maleza.
— Parece que está todo despejado— indico a los
demás—. Acerquémonos.
Avanzamos por la explanada hasta la pirámide e
investigamos la zona.
— Mirad la punta, parece que hay algo escrito— se percata
el eledín.
Agudizando la visión logro divisar unas marcas.
— Subid vosotros, yo y Haleth haremos guardia aquí
abajo— propone Elion.
Escalamos la escalinata, construida con bloques de granito
de unos cincuenta centímetros, no tardamos en llegar a la
cúspide. En el triángulo frontal, hay una serie de muescas
de una escritura desconocida para mí.
— ¿Entiendes lo que pone?— le pregunto a mi compañero
intuyendo que pudiera tratarse de éledar, la antigua lengua
de los eledines.
— Sí Mirmi, es el idioma de mi raza— me contesta—. Te
leo.
“Cinco Ersan tenían seis casas
114

Una ardió en llamas
Una se inundó
Una fue alborotada por el viento
Una fue devorada por la selva
Una estaba vacía
Una era la entrada”

— No sé qué quiere decir, parece una adivinanza— añade
mientras se rasca la cabeza.
— Creo que se refiere a las seis casas que vimos en el
camino viniendo hacia aquí. Vayamos a investigar—
respondo mientras comienzo la maniobra de descenso.
Informamos a los medio elfos y regresamos al camino. Una
vez allí procedemos a investigar las edificaciones: abrimos
la puerta de la primera a la derecha, o la última a la
izquierda viniendo de la playa. No hay nada en su interior,
solo un orificio en la pared, del tamaño de un huevo, que
penetra en el grueso muro de piedra. Al mirar en el interior
todo está oscuro.
— El escrito decía que una está vacía, puede que sea
ésta— reflexiono en voz alta.
Salimos y nos dirigimos a la de enfrente. Hay una mesa y
cinco sillas en el centro, nada más. Pasamos a la
siguiente, del lado opuesto. En su interior hay un macetero
con tierra construido en la pared. Luego, la de enfrente a
ésta, que contiene una mesa con unos papeles. Los ojeo
un poco, me percato de que todos están en blanco, luego
los coloco en su lugar y nos dirigimos a la última del otro
lado. Al entrar hay un charco en el centro, del techo se
derraman gotas de agua que emergen por una grieta a
intervalos espaciados. En la sexta casa hay una montañita
de madera seca en el centro. Nos paramos a pensar.
— Si aquí hay madera, es que no ha ardido. En la de
enfrente hay goteras pero aún no se ha inundado. A
115

continuación hay papeles que no han sido alborotados por
el viento. En la siguiente hay tierra, pero aún no ha brotado
la selva. La siguiente no está vacía, y la última no es la
entrada— explico a mis compañeros tras darle un par de
vueltas—. Creo que tenemos que hacer todas esas cosas:
quemar la madera, derribar el techo para inundar la casa,
airear los papeles, sembrar plantas, vaciar la sala y en la
última encontraremos la entrada— concluyo con cierta
satisfacción.
— Puede ser, pero debemos apresurarnos, nos quedan
tres o cuatro horas de sol— advierte con acierto Elion.
Sin perder un segundo ponemos en marcha el plan, casa
por casa vamos activando la situación marcada en el
acertijo, lo que nos lleva casi una hora. Por fin entramos en
la habitación del orificio. Nos alegramos al descubrir que
de él sale ahora una palanca metálica. Activo el
mecanismo tirando de ella. Se oye un chasquido, seguido
de un crujido sostenido, que es provocado por el
rozamiento de la pared que se abre junto a la palanca,
dejando ver tras ella unas escaleras que bajan a través de
un pasadizo de granito, de aristas perfectamente
angulares, que se adentra en la sinuosa oscuridad.
Enciendo mi candil.
— Ya que hemos llegado hasta aquí, tendremos que
entrar— comento a mis compañeros mientras desciendo la
escalinata.
Huele a espacio cerrado y humedad, el aire está bastante
viciado. Al final de la escalera se atisba un largo pasillo de
similares dimensiones, un metro y medio de ancho por dos
y medio de alto aproximadamente, que gira en un ángulo
de noventa grados hacia la derecha a unos cien metros.
Desde la esquina, a unos cincuenta metros, se distinguen
unos peldaños que suben. Avanzamos con cautela, todos
116

en fila y subimos la escalinata que va a dar justo al medio
de la pared de una gran sala cuadrada, con una estatua al
fondo.
— Parece que estamos en el interior de la pirámide—
aprecia Shiroge con acierto.
Me coloco en el centro de la habitación para tener mejor
perspectiva. La estatua es una obra en granito, en la que
aparece el Erdan Raldar, Dios de la ilusión y de la
Nigromancia. Lleva una túnica con un sombrero y tensa
con sus manos, a la altura de los hombros, un hilo de color
plateado.
Observo el resto de la sala, me giro a la pared de mi
izquierda, hay una inscripción con símbolos parecidos a los
de la cúpula de la pirámide.
A cada lado del acceso por el que hemos venido, hay otras
dos entradas con sendos túneles, el de la izquierda da a
unas escaleras que descienden, el de la derecha otras que
ascienden.
La otra pared contiene un mural pintado. En él aparece la
figura de un eledín moreno, de aspecto joven y atlético,
sentado en una especie de trono sobre un tesoro en el
centro de una isla. Tras él está la pirámide con el símbolo
de las tres estrellas que marcan el norte.
— Aquí pone— se apresura a leer el eledín.
“Tú ladrón,
¿Buscas mi tesoro?
Corta el hilo
Y lo encontrarás
Gánatelo y es tuyo
Si derrotas al guardián”

— Supongo que se refiere al hilo de la estatua— comenta
Elion.
117

— Parece ser, sí. No soy experto en historia de los
eledines, ¿te dice algo el dibujo de esta pared Shiroge?—
pregunto a mi compañero Dalma.
— No soy un erudito como tú, Mirmi— responde mirando el
dibujo—. Sé que de mi pueblo salieron exploradores hacia
todos los confines. En edades anteriores a los hombres, se
iban para no volver, quizás aquí escondió sus riquezas uno
de ellos. En nuestra raza se dice “Dartum art tulus”, que
significa: gánatelo y es tuyo. Viene a dar sentido al hecho
de que no podemos mantener nuestras posesiones para
siempre, ni siquiera nuestra propia vida, ya que alguien te
las acabará arrebatando, mejor que sea alguien que se lo
haya ganado.
Puede tener sentido, los primeros eledines tenían el don de
la inmortalidad. Antes de la guerra de los dioses, según la
historia de los elfos, tanto los elfos como los norteños, se
esparcieron por las tierras Antípodas.
— ¿Y qué hacemos?— pregunta Haleth.
— Creo que sería prudente investigar el resto de la
pirámide. Antes de activar nada, tenemos que ver las vías
de escape y asegurarnos que no se sumen más invitados a
la fiesta— manifiesto mi opinión.
— Tienes razón, Mirmi, ¿por dónde empezamos?—
pregunta Shiroge.
— ¡Siempre por la derecha!— exclama la medio elfa.
Subimos la escalinata del acceso a la derecha de la
entrada, de iguales características que las que nos
habíamos encontrado en el anterior pasillo.
Al llegar arriba, unos cinco metros por encima, hace un giro
de noventa grados a la derecha, y unos diez metros más
adelante, otro giro en la misma dirección, dando lugar a
otro pasillo más, de unos diez metros, al final del cual, del
118

lado de la derecha, hay otra escalera que sube, en cuya
cima se distingue el dintel de una puerta oscura.
Llegamos al rellano que se ensancha y cabemos todos. La
puerta parece de metal, muy rígida, tiene una manivela con
dos orificios uno a cada lado, la giro. La manivela gira pero
la puerta no se abre.
— Parece que estos orificios redondos son para algún tipo
de llave— señalo a mis compañeros.
— Apártate— me dice Shiroge.
Me hecho a un lado y el grandullón intenta forzarla, sus
venas se inflan en sus brazos y su cuello, y se pone rojo
como un tomate, pero la puerta no cede ni un milímetro.
— Está claro que por la fuerza no vamos a abrirla—
observa acertadamente Elion.
— ¡Volvamos, investiguemos por la izquierda!— manda
Haleth—. El tiempo se nos acaba.
Regresamos a la sala de la estatua y tomamos el otro
camino. Estas escaleras bajan y les sigue un pasillo recto,
que unos cincuenta metros más adelante llega una puerta
con una manilla. Al abrirla me percato de que la parte de
atrás está revestida de piedra y carece de tirador, además
el pasillo de granito se transforma en un túnel cavernoso
que desciende entre estalactitas. Utilizando una roca, Elion
bloquea la puerta. El túnel tiene inestables dimensiones,
aunque suficientes para seguir avanzando. Unos cincuenta
metros más adelante la cueva se ensancha, formando una
gran gruta de más de diez metros de alta y treinta de larga.
— ¡Mirad!— Señala Haleth a una de las paredes cuando
estamos en el medio de la caverna.
Hay una gran tela de araña de más de dos metros. Al
acercarme con el candil, se distinguen algunas feas arañas
peludas de unos veinte centímetros, corretear a través de
la tela. Me giro hacia mis compañeros.
119

— ¡Cuidado a vuestra espalda!— grito dando la alarma.
Hay una gigantesca araña descolgándose por la pared a
su espalda, mide más de un metro y medio desde el suelo
hasta el lomo y se apresura hacia ellos. Shiroge y Haleth
desenvainan sus espadas, Elion carga su arco.
La bestia es rapidísima, y antes de que tenga tiempo a
disparar, lanza un ataque con su aguijón al arquero que
recibe el impacto en el muslo y le provoca una herida fea y
una hemorragia. Pega un grito de dolor mientras Shiroge,
que está a su lado, atiza con su mandoble a la criatura,
que se gira.
Aprovechando el momento, Haleth ataca al monstruoso
arácnido por detrás, un gran golpe en el caparazón, que
desparrama gran cantidad de sustancia verde y viscosa. El
engendro chilla y lanza un nuevo ataque, esta vez contra
Shiroge, que detiene el aguijón con el escudo, devolviendo
con dificultad, un nuevo golpe de mandoble. La medio elfa
hinca su katana en la barriga del arácnido, que retrocede.
Yo corro a auxiliar a Elion, tiene un corte muy profundo que
no para de sangrar, mantiene débilmente la consciencia,
pero está bloqueado por el dolor. Le doy una de las
pociones, que bebe con dificultad, y comienzo a intentar
frenar la hemorragia. Mis dos compañeros terminan de dar
muerte a la gigantesca araña.
Con ayuda de Mahara, usando el ungüento consigo parar
el flujo de sangre, miro a Elion, está notablemente mejor.
— Voy a coserte, ¿te duele?— le pregunto a mi camarada.
— Estoy bien, haz lo que tengas que hacer— me contesta
con serenidad, ya con el sentido recobrado.
Comienzo a coserle mientras llegan los demás. Haleth
coge mi candil y lo alza en guardia, por si hubiera más
enemigos. Con bastante habilidad consigo suturar la herida
y le vendo con algo de presión.
120

— ¿Qué tal te encuentras?— le pregunto al paciente.
— Estoy bien, creo que puedo continuar— contesta a la
vez que se pone en pie.
— Sigamos, el tiempo se nos echa encima— nos apremia
Elion, mientras empieza a caminar cojeando levemente,
hacia el fondo de la gruta.
La parte del final de la gruta tiene un recodo que se
retuerce hacia la izquierda desde donde se abre paso una
apertura en la pared, lo suficientemente grande para
continuar por ese camino.
— Mirad ahí— Señala Shiroge con el dedo hacia la
esquina del recodo, donde una tela de araña envuelve un
cadáver—.
Echemos
un
vistazo—
Todos
nos
aproximamos.
Con el mandoble, el eledín sega la tela y el cuerpo se
desparrama a nuestros pies. No parece llevar más de un
par de horas muerto, tiene sombrero y chaleco de pirata,
del que se desliza un morral. Shiroge se agacha y lo
recoge, al abrirlo, le brilla la sonrisa.
— Vaya, tiene que haber más de veinte monedas de
plata— dice el eledín.
Haleth se arrodilla y sin miramientos registra el cuerpo.
Colgado de su cinturón lleva una preciosa daga de plata.
— Tiene que costar una fortuna— comento a mis
compañeros sobre el tesoro hallado.
— Hagamos un fondo común— propone Shiroge—. Toma
Mirmi, llévalo tú. Se te dan bien los números y no se me
escapa que te estás haciendo cargo de los gastos: la cena,
el tarro de ungüento…— Me entrega el morral.
— Estoy de acuerdo— afirma Haleth, haciéndome entrega
de la daga.
— Será mejor que la lleve Elion, él sabrá usarla mejor que
yo— digo siendo honesto.
121

— De acuerdo, pero continuemos— Marca ahora el paso
Elion, del que nadie diría acaba de ser suturado. Se ve que
el brebaje es tan efectivo como prometía Fúlkar, el
comerciante del embarcadero de Émet. Dentro de doce
horas se le pasará el efecto, veremos qué tal entonces.
Avanzamos tras el arquero por el túnel cavernoso. Unos
metros más adelante la cueva está bloqueada, aunque de
manera precipitada, pues se ve una tenue luz por algunos
huecos entre las rocas, que taponan un estrecho paso.
Shiroge aparta con cuidado algunas de las más grandes,
dejando un redondeado orificio que me permite asomar la
cabeza. Miro a través del agujero. Se ve que hay una
pequeña repisa a una cierta altura. Escucho pasos.
— ¡Encontrad a esa sabandija! ¡Robarme a mí! ¿Cómo se
le ha ocurrido? ¡Cuándo lo vea le sacaré las tripas como a
un cerdo! ¡Va a saber quién es el Almirante Altamir!— se
oye la voz del capitán pirata.
— Buscad en toda la base, en cada barco de la armada,
registradlo todo rápido, ese desgraciado no puede andar
muy lejos— ordena el mandamás.
— ¡A sus órdenes, Almirante!— Se oyen pasos a la carrera
que se alejan, mientras otros se acercan acompañado del
sonido de unas espuelas.
— Mi Almirante, el hombre de Estrian está aquí como
ordenasteis— dice una voz juvenil—. Está desarmado.
— Puedes quitarte la venda de los ojos— ofrece Altamir—.
Ahora dime quién eres y qué es eso tan importante que
tienes que decirme.
— Mi nombre es Balduur, soy el capitán de la Guardia del
Tridente— Me percato sin duda de que se trata de la voz
del hombre de la fortificación del lago Énder.

122

— ¿Y cómo un hombre de tanto rango se juega el
pescuezo para venir aquí, a mis dominios?— pregunta el
pirata.
— Una guerra civil se aproxima. Mi señor Torsen, senescal
de Estrian, ha jurado venganza al rey Árathan por el
asesinato de su querido hermano...
— Lo sé, nada tiene que ver conmigo— interrumpe Altamir.
— Árathan VI le tiene a usted como enemigo número uno,
¿verdad?— dice el conspirador.
— Es verdad que el muy estúpido está ofreciendo cada vez
más recompensa a mi cabeza, ja, ja. Creo que ya va por
veinte monedas de oro, me han comentado— responde el
almirante con tono guasón.
— Lo cierto es que mi señor necesita aliados para
enfrentarse a los Yelmos de León, para que mantenga las
rutas con las provisiones en el mar y proteja la
retaguardia— comenta el hombre de Estrian—. Ésta es la
oferta del senescal: unid vuestra armada a la poderosa
armada del Tridente, bajo su mando. A cambio le ofrece el
título de Almirante del mar del oeste, lo que incluiría un
arancel a su favor de un cinco por ciento de toda
mercancía que navegue por sus aguas, además de la
propiedad del Faro del Confín.
— Vaya, sin duda es una oferta muy suculenta— responde
con voz de asombro Altamir—. Dígale al senescal que
acepto las condiciones, en dos días estaré en Estrian.
— Por supuesto, así lo haré— responde Balduur.
— Véndale los ojos y devuélvelo a su barco— ordena el
Almirante—. Y dile a Símer que asigne una patrulla de
búsqueda del ladrón. Hay un viaje que organizar y tenemos
que partir antes del alba… Son asuntos más importantes a
los que atender, ya me encargaré de esa sanguijuela.
123

Vuelvo a sacar la cabeza del hueco, miro a mis
compañeros que están con cara de extrañeza.
— ¿Lo habéis oído?— pregunto susurrando a la compañía.
Todos asienten—. No hay salida por este lado, será mejor
que regresemos.
Volvemos por nuestros pasos a través de la gruta de la
araña, hasta la pirámide. Al llegar a la sala de la estatua
Elion se detiene.
— ¿No vamos a activarla?— nos pregunta mientras señala
el hilo plateado en las manos del petrificado Erdan—. La
verdad, ahora que hemos llegado hasta aquí, no nos
podemos ir sin conocer los tesoros que oculta esta
pirámide.
Por un instante nos miramos los unos a los otros. Es cierto
que estamos muy cerca, pero no sabemos con qué clase
de guardián nos encontraremos si cortamos ese hilo. No
creo que vayamos mal de tiempo, habrán pasado dos
horas desde que entramos en la pirámide.
— Activémosla, que los Ersan determinen si somos dignos
del tesoro— propongo con decisión.
Una sonrisa nerviosa sirve de confirmación por parte de
mis compañeros, que agarran sus armas en posición de
combate. Yo dejo el candil en el suelo y hago lo mismo.
Elion se acerca a la estatua y se coloca delante de sus
manos. Agarra la daga de plata mientras sostiene con la
otra su arco y aproxima el filo hacia el plateado cordel… Lo
corta.
Rápidamente saca una flecha y apunta sin determinar el
sitio, todos miramos por todos los lados.
— Vaya, pensé que pasaría algo. Je, je— rompe el silencio
el medio elfo tras unos segundos.
— Zaaaaasssss. Paf— Se oye un zumbido seguido de un
estruendo, las tres entradas están ahora bloqueadas.
124

— Aaaauuuuuaaaaahhh— una voz, como una especie de
lamento, resuena por las cuatro paredes. Una corriente
pasa sobre el candil que se apaga y nos sumergimos en la
más absoluta oscuridad. De la estatua surge un lánguido
resplandor que recrea una forma, como un espectro de piel
desgarrada, que se pone en pie frente a nosotros. De la
cabeza del ser se abren dos ojos brillantes de color azul
zafiro, que iluminan su esperpéntica cara de mejillas
descarnadas. Lleva en sus manos un oscuro mandoble, de
cuya hoja emana el mismo brillo que de él. Shiroge lanza
un ataque contra el ente, pero su mandoble atraviesa el
cuerpo del ser sin dañarlo. Este le responde con un ataque
que el eledín detiene a duras penas, abollando su escudo.
La flecha de Elion también le atraviesa. Haleth y yo
lanzamos un ataque simultáneo, mi lanza cruza el costado
como si de aire se tratara, el mandoble de mi compañera
surte el mismo efecto.
— Jajaja— Del oscuro ser surge una macabra y profunda
risa.
Se siente seguro porque nuestras armas no pueden
dañarlo. Parece que este es el fin. ¡Espera, la plata! Los
espectros son no vivos y la plata es protectora de los seres
del mal.
— ¡Elion, lánzale la daga!— grito a mi compañero.
El medio elfo agarra el puñal y lo arroja con todas sus
fuerzas. El arma impacta contra el torso, y se clava en su
corazón. Un estruendo tenebroso emana del ser, que se
desvanece en una negra nube, dejando caer sus brillantes
ojos en el suelo. Suena el crujido continuado de las puertas
que se vuelven a abrir y el candil se enciende solo.
— ¡Buen tiro, Elion!— exclama Haleth. Todos nos
acercamos a felicitarle.
— ¿Y ahora qué?— pregunta Shiroge.
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Me agacho a recoger los ojos del espectro y los observo
con atención, se trata de dos esferas brillantes. Su tamaño
me concuerda con los dos orificios de la puerta negra.
— ¡Creo que estas son las llaves de la puerta!— comento
al resto.
— Vayamos a comprobarlo— propone Elion.
Volvemos al pasillo de la derecha, esta vez con más brío,
avanzamos por él hasta la puerta. Cojo una de las dos
esferas y la introduzco en uno de los agujeros, encaja
perfectamente y repito la operación con el otro. Alzo la
manilla, el mecanismo se activa y se abre la puerta. Del
otro lado hay una pequeña sala con una mesita sobre la
que reposa un cofre. En la pared de la derecha hay un
armario.
Shiroge y yo vamos al cofre y los primos al armario. Me fijo
bien en el ornamentado cofre revestido de madera blanca y
con los bordes de plata, que en sí es un objeto de valor.
Compruebo que no haya ninguna trampa, no quiero sustos
de última hora. Tras percatarme que está todo en orden, lo
abro. En su interior hay un puñado de monedas, de oro y
de plata, además de algunas joyas: un collar de perlas, un
anillo de plata con una esmeralda, otro de oro y un juego
de pendientes de plata con rubíes. Además, hay otros dos
anillos que parecen de menos valor, tienen una piedra
blanca engarzada y unos símbolos grabados. Lo recojo
todo y me pongo con Shiroge a contar las monedas.
— Mirad lo que hay aquí— avisa Haleth con una gran
sonrisa.
Dentro del armario hay toda una colección de armas: un
carcaj con flechas, una lanza, una espada, un mandoble y
unas muñequeras de escamas para el combate sin armas.
Tanto las hojas de las espadas, como las puntas de las
flechas, como las escamas de las muñequeras y el asta de
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la lanza, son de un color oscuro metálico, con un reflejo
azulado, parecido al de las piedras obsidianas. Parecen de
gran calidad, obra de un gran maestro armero.
— En total, contando las veinticuatro monedas de plata del
pirata muerto, el botín ha sido de trece monedas de oro y
treinta y siete de plata, habrá que tasar las joyas— doy los
datos a la compañía.
— Las armas repartámoslas. Shiroge que se quede con el
mandoble, Elion, las flechas y la espada, Mirmi con la
lanza, y yo haré buen uso de las muñequeras— propone
Haleth.
Yo reparto tres monedas de oro a cada compañero,
cogiendo tres para mí y dejo el resto en el fondo común,
junto a las joyas. Una vez hecho el reparto, llega el
momento de volver.
Salimos de la pirámide, por la casa vacía y vemos que
empieza a anochecer. Recorremos a toda prisa el sendero,
hasta la playa del embarcadero en ruinas. Al llegar miro en
dirección a la isla del garfio. Veo una barcaza que, justo en
este momento, está a escasos metros del vértice de la
playa a no más de doscientos metros de nosotros, se
dirige, bajo las últimas luces del día a dar el relevo de la
guardia.
— ¡Maldita sea, si llegan a la isla darán la voz de alarma y
estaremos perdidos!— señalo a mis compañeros con
desesperación.
— ¡Vamos, Elion!— Haleth sale a correr por la playa a una
velocidad endiablada, Elion le sigue.
Shiroge y yo corremos tras ellos.
Al llegar al espigón, la Dalma da un gran salto acrobático
entre las piedras del borde del acantilado. Elion se detiene
y carga una flecha. El disparo del arquero pasa muy cerca
del cuerpo de nuestra compañera e impacta en el remero.
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A la vez, Haleth apoya sus pies en el vértice de la barca y
da un salto hacia el otro pirata, que se está levantando. Le
propina un rodillazo en la nariz y cae por la borda. Agarra
su katana y atraviesa el pecho del herido. Seguidamente
echa el cuerpo al mar y toma los remos. Esperamos en el
espigón la llegada de nuestra compañera, que aparece
mostrando en su bonita cara una sonrisa de satisfacción.
Con cuidado subimos a bordo de la barcaza y Shiroge
toma los remos. Se hace de noche en el trayecto, pero el
eledín es capaz de mantener perfectamente la dirección y
llegamos al pie del acantilado.
Por el camino hemos venido trazando un plan. Queda toda
la noche hasta que podamos partir, y los piratas esperan
en breve el regreso de los relevados. Si no vuelven
enviarán a alguien a investigar y estaremos perdidos. El
joven pirata que dejamos maniatado, quizás acepte un
trato, no creo que ésta sea su profesión… menos después
de un día como hoy. Vamos a intentar convencerle para
que regrese solo y diga que su compañero ha huido y que
le ha visto subir a la barca con alguien, cerca del
embarcadero en ruinas. Mañana se enrolará en uno de los
barcos, que parten antes del alba a Estrian, desde donde
podrá desertar siendo rico y libre. Eso nos daría tiempo a
escapar antes de que llegue el siguiente relevo y se den
cuenta que no hay nadie en el puesto.
Bajamos de la barca y subimos la escalinata hasta el
sendero. Llegamos a la caseta, el joven sigue allí, con la
cabeza baja, pero consciente. Se ha meado encima y
huele un poco mal, pero no parece en mal estado.
Le desato y le ofrezco agua.
— Siento haberte dejado aquí así, pero como
comprenderás, tenemos que tomar precauciones—
empiezo suavizando la situación—. Lo cierto es que no
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tenemos nada en contra tuya. De hecho, queremos
ayudarte.
— ¿Ayudarme cómo?— pregunta el joven pirata.
— Shiroge, ¿te queda algo que dar de comer al chico?—
pregunto al grandullón porque sé que, desde la noche que
fuimos a Riga, siempre guarda algo de comer. Le veo dar
bocados de vez en cuando.
— Algo queda, espera— Abre su zurrón y saca un bollo de
pan y un poco de arenque ahumado del almuerzo de ayer
y se lo pone al chico sobre la mesa.
Empieza a comer mientras le voy relatando el plan…
— Te podemos dar veinte monedas de plata, además de
este collar de perlas y estos pendientes. ¿Aceptas?—
ofrezco al muchacho tras la explicación.
— Me parece bien, acepto. Cogeré la barca y les diré que
mi compañero huyó con otro hombre al que recogió en las
ruinas y que escaparon hacia el sur— repite el joven pirata
para hacernos ver que lo ha comprendido.
— ¡Si faltas a tu palabra, te juro que te buscaré, te
encontraré y con mis propias manos te retorceré la espalda
hasta que la parta como una vara de caña!— le dice
Shiroge con tono amenazante.
— Popopodéis conconconfiar en mí— Al chico le tiembla el
habla.
— Pero eso no va a tener que pasar, el plan funcionará a la
perfección y todos saldremos ganando— doy ánimos para
quitarle presión.
— Es tarde, debemos volver, seguro que el capitán Monier
estará esperándonos— nos recuerda Haleth.
Nos despedimos del muchacho en la roca en la que nos
topamos con el sendero. Él continúa bajando hacia la
barca, nosotros nos adentramos entre la vegetación. Una
hora más tarde arribamos a la playa, donde sigue
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encallado El Incansable. Al acercarnos, Dartin, que está de
guardia, nos detecta.
— Alabado sea Túlmar. Habéis vuelto— saluda por la
barandilla— ¡Capitán, están de regreso!— grita hacia la
cubierta.
Subimos la escalinata y al llegar está allí ya Monier.
— Me alegra veros de vuelta, me teníais preocupado— nos
saluda dando la mano—. Vayamos al camarote, contadme
qué ha ocurrido— Se gira y le acompañamos.
Una vez allí le damos los detalles relativos a la misión, sin
especificar los tesoros obtenidos, si bien el capitán es un
hombre agudo y observador, seguro que ya se ha
percatado de nuestras nuevas armas.
— Lo mejor es partir lo antes posible, aunque el joven
pirata cumpla con su palabra, no significa que no puedan
mandar a alguien, o que le saquen la verdad— razona el
capitán—. Vayamos a revisar el estado del alquitrán. En
cuanto sea posible, usaremos unos troncos que tenemos
preparados y haremos rodar el navío para ponerlo a flote—
Monier se levanta, coge un candil y se dirige hacia la
puerta. Nosotros le seguimos.
Le ayudamos alumbrando con el candil, mientras él va
comprobando con sus dedos el estado de la superficie.
— Creo que aguantará— comunica el capitán una vez lo
ha revisado todo meticulosamente—. Dartin, avisa al resto
de la tripulación, zarpamos— ordena al joven marino.
En el tiempo que salen los demás, hemos colocado los
troncos debajo del barco, entre las calzas. Entre todos
sujetamos para estabilizarlo una vez quitamos los
soportes. Shiroge, que está en la proa, da un fuerte
empujón que hace que el barco recule, rodando sobre los
troncos hasta el agua. Parece que se mantiene a flote.
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Rápidamente nos lanzamos a la escalinata y subimos de
nuevo a bordo.
— ¡Todos a sus puestos!— ordena el capitán a la vez que
se dirige al timón. Los Dalmas nos quedamos en cubierta.
Con gran habilidad y de manera muy estudiada, Monier
consigue hacer reptar a El Incansable entre las aguas
bajas junto a la isla y salir al mar abierto por el estrecho.
Parece que lo hemos logrado. El contramaestre toma las
riendas del timón.
— Ya podemos ir a descansar, iremos directamente al Faro
de Confín— informa el capitán—. Tenemos una larga
jornada de navegación por delante.
Todos asentimos y agotados, nos vamos a nuestros
camarotes.

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