PARTE II
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La pérdida.
Oigo el cantar de los pájaros y el sonido de unas pisadas.
Siento el cuerpo entumido, que reposa boca arriba sobre
un mullido colchón. Abro los ojos. La luz del sol entra por la
ventana a la cabeza de mi cama. El techo es de madera y
cubre una amplia sala. Intento levantarme con inesperada
dificultad. Logro ver a un elfo, vestido con una túnica color
verde hoja, junto a la cama de un tipo grandote, cuyos pies
sobresalen de la cama. ¡Es Shiroge! De pronto, me viene a
la cabeza lo sucedido a bordo de El Incansable, la horrible
muerte de los primos. Sin embargo, gracias a los Ersan,
parece que el eledín ha sobrevivido. — ¿Qué fue de mí?—
me pregunto para adentro. Recuerdo un zumbido y nada
más… Pongo más esfuerzo en levantarme.
— Disculpe— llamo la atención del elfo que se ocupa de mi
compañero.
— Pero, ¿qué hace, señor Mirmaerín? ¡No intente
levantarse por los doce Erdan! aún necesita recuperarse—
me recrimina al verme.
Obedezco y me dejo reposar de nuevo.
— ¿Cómo se encuentra?— me pregunta el sanador
mientras me toma el pulso en la muñeca—. ¿Sabe quién
es?
— Entumido, desubicado y con mucha sed. Como bien ha
dicho, mi nombre es Mirmaerín y soy originario de
Gáldoras— le contesto— ¿Y usted?
— Muy bien, parece que no hay daños cerebrales, lo
demás tiene solución— diagnostica con mirada seria,
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mientras me acerca un vaso con agua—. Mi nombre es
Bárbal, soy el regente de este sanatorio.
— ¿Qué es lo demás?— pregunto con cierta angustia
entre trago y trago.
— Recibió un golpe muy fuerte. Según comenta el capitán,
la serpiente le cayó encima desde la cubierta de proa del
barco— relata el elfo. Me percato de quién nos ha traído
hasta aquí—. Irá recuperando la movilidad en los próximos
días. Quizás en dos o tres días comience a andar y
moverse libremente. En una semana estará recuperado
casi al cien por cien.
— ¿Qué es de mi compañero?— Me intereso por el estado
de Shiroge.
— Está en coma, dormido en un profundo sueño, pero
estable… Estoy usando todos mis conocimientos para que
no cruce el umbral de Amán. Los próximos días serán
cruciales— da el parte del eledín.
— ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?— pregunto.
— Llegasteis ayer de madrugada, traídos por el capitán
Monier, el contramaestre Darbas y dos jóvenes marinos
que parecen hermanos, Martin y Dartin, creo que se
llaman. Lleváis aquí alrededor de un día y medio—
responde el sanador—. El capitán vino a verles esta
mañana, se fue escasamente hace una hora. Se hospedan
en la aldea junto al lago, aquí cerca, en la posada de
Amine. Le mandaré llamar si deseáis verle.
— Por favor— Asiento.
— Ahora descanse, hay más de una hora de camino hasta
la aldea, no llegarán antes de la hora de cenar—
recomienda el sanador mientras se gira y se dirige a otro
paciente.
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No he querido preguntar por nuestros enseres, no quiero
despertar curiosidad en el elfo, además seguro que el
capitán tiene más información.
Cae la noche y no he dormido nada. Llevo todo el rato
moviendo los dedos de la mano y de los pies e intentando
realizar pequeñas rotaciones con mis articulaciones. Con
gran esfuerzo lo voy consiguiendo, pero estoy totalmente
agotado. Suena la puerta de la tranquila sala, a mi
izquierda. Giro la cabeza y veo a Monier y Darbas, que se
acercan con una sonrisa contenida.
— ¡Cuánto me alegro de que hayas despertado!— exclama
el capitán de manera comedida—. ¿Cómo te encuentras?
— Algo mejor, parece que por fin empiezo a sentir mis
extremidades— Reconozco mis progresos, a la vez que
levanto ligeramente el brazo izquierdo.
— Genial, Bárbal nos ha dicho que saldrás de ésta— me
informa Darbas con una sonrisa.
— ¿Qué ocurrió?— pregunto con evidente interés.
— Fuimos atacados por una enorme serpiente de mar—
empieza relatando el capitán—. Estabais en la proa
cuando la vi salir, se comió a la medio elfa en un abrir y
cerrar de ojos. Todos debisteis huir, pero Elion atacó al
animal, lo que hizo que éste se enrabietara y se lanzara a
por él. Shiroge intentó estúpidamente detener el ataque de
la criatura, y lo lanzó de un golpe contra el mástil mayor.
Por fin reaccionaste e intentaste escapar por las escaleras,
tras partir en dos el cuerpo del medio elfo, la criatura se
precipitó tras de ti y cayó encima tuya. Me temí lo peor,
entre todos conseguimos meter al eledín en el camarote. Al
venir hacia nosotros, la bestia golpeó de nuevo con la cola
del dañado mástil que cayó sobre ella y se revolvió entre
los cables destrozando toda la cubierta y derribando el
mástil menor antes de saltar por la borda. Fuimos
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corriendo a asistirte y vimos que, gracias a Túlmar, estabas
con vida. Pero el barco era inmanejable, iba a la deriva.
Cogimos todos los enseres y abandonamos el barco en el
bote salvavidas. Tardamos más de dos horas en llegar a la
bahía. Os trajimos hasta aquí apresuradamente, llegamos
en plena madrugada y os pusimos en manos del reputado
sanador Bárbal.
— ¿Dónde están nuestras pertenencias?— pregunto.
— Todo está ahí, junto a tu cama, en ese baúl— responde
Darbas—. Nadie ha tocado nada.
— ¿Dónde está el resto de la tripulación?— me intereso
por los marinos que faltan.
— Envié a Martin y Dartin ayer a Íshar, les llevará menos
de tres días a caballo desde aquí— contesta Monier—. Les
he escrito una nota informando de lo sucedido, para que se
la entreguen a Néster, el abad. Espero envíe ayuda con
celeridad.
— ¿No habréis traído algo de comer?— Me crujen en este
momento las tripas.
— Claro, me ha dicho la enfermera que tienen preparado
para ti un puré de calabacín y un poco de estofado de
ternera con patatas y zanahorias— responde el capitán—.
Ahora te lo traigo.
Con la ayuda de Monier, consigo comerme toda la
abundante, pero bastante insípida cena. Instantes después
suenan voces y alboroto en el exterior. Han llegado un
grupo de jinetes. Se oye el fuerte eco de un golpe contra el
portón.
El capitán saca su florete y el contramaestre su hacha,
ambos miran hacia la puerta. Se oye el cruce de espadas y
una lucha estalla en el pasillo principal, cada vez más
cerca. Cesan los ataques y resuenan los pasos de un
grupo acercarse.
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Por la puerta aparecen fornidos guerreros, vistiendo ropas
negras y el símbolo de la media luna sobre la estrella de
cuatro puntas, son sin duda Siervos de Amán. Un total de
ocho sectarios se dispersan por la sala.
— Quiénes sois y qué queréis— gruñe Monier.
— Bajad las armas, y no moriréis— ordena el medio elfo al
mando, con tono amenazador—. Solo queremos al calvo y
al eledín.
— Juré protegerlos con mi vida— se reafirma el capitán.
— Así sea— contesta el confiado líder—. Matadlos.
Los demás hombres se lanzan contra los marinos, que
luchan épicamente, pero el combate es muy desigual y tras
una breve batalla sucumben, entre gritos y quejidos de
dolor, a las espadas de los sectarios.
— ¡Registradlo todo!— ordena el mandamás—. Nos
llevaremos a los Dalmas a nuestra guarida. Seguro que
tendrán alguna información que darnos cuando se
recuperen.
Simulo estar inconsciente, para evitar un interrogatorio
prematuro. Los sectarios nos atan a unas camillas y nos
transportan hasta el exterior.
Oigo el relinchar de caballos y nos suben a una carreta
cerrada. Poco después emprendemos la marcha.
Durante las dos jornadas de camino he seguido forzando
mi cuerpo para recuperar la movilidad. Han estado
hidratándonos regularmente durante el transporte, pero me
muero de hambre y me siento débil. La comitiva se detiene
y se abre la puerta de la diligencia. Un grupo de hombres
nos sacan y nos transportan.
Abro un poco los ojos disimuladamente y veo que nos
introducen en algún tipo de cueva, el clima es fresco. Tras
pocos minutos, se oye el sonido metálico de dos puertas
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que se abren. Siento como me desatan y colocan mi
cuerpo sobre una dura cama de madera.
Una vez me percato de que estamos solos, abro los ojos y
miro a mi alrededor. Estamos en una sala cavernosa,
iluminada por dos faroles de aceite que cuelgan de las
escarpadas paredes. Me encuentro en el interior de lo que
diría es una jaula para osos, con enormes barrotes de
metal, que además de la cama, contiene una mesa sobre
la que hay una garrafa con agua y un bollo de pan. A mi
derecha, dentro de una celda de similares dimensiones y
características, está Shiroge tumbado boca arriba sobre la
cama.
— Psss, psss— intento llamar la atención de mi
compañero sin que me oigan—. Shiroge.
— Aaauumm— El extenuado quejido del eledín me hace
entender que sigue con vida, además parece que recupera
la consciencia.
— ¿Estás bien?— digo en baja voz.
— Tengo mucha hambre— responde con voz débil.
— ¿Puedes moverte?— le pregunto—. Hay pan sobre la
mesa— Trato de motivarle.
El grandullón empieza a moverse con dificultad, consigue
sentarse al lado de la cama. Mira a los lados un tanto
desconcertado.
— ¿Dónde estamos, Mirmi?— Comienza a ubicarse.
— Cómete el pan, te contaré todo lo que sé— Consigo
incorporarme también.
Le cuento a Shiroge los detalles acerca de El Incansable.
Se entristece al saber de la perdida de los primos. Le lanzo
mi trozo de pan, al ver que el suyo no le ha durado mucho
y continúo con lo sucedido en el sanatorio y el trágico final
del capitán y el contramaestre defendiéndonos.
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— ¿Entonces tienen la gema rosa?— pregunta con
preocupación.
— Me temo que sí, amigo— respondo—. No sé qué habrá
sido de Martin y Dartin.
No digo nada, pero me temo que es a través de ellos que
nos han localizado. Los Siervos de Amán sabían a lo que
venían y dónde estábamos con absoluta precisión.
La puerta de la sala se abre y accede uno de los siervos.
— Vaya, parece que ya os vais espabilando, je, je— dice el
feo medio elfo moreno, de cara alargada y grandes
orejas—. Avisaré al jefe.
Al girarse veo que luce uno de los llamativos pendientes de
plata que llevaban los hermanos. Shiroge se levanta algo
mareado, e intenta forzar la puerta sin éxito.
— Malditos— gruñe con desesperación.
Tras pocos minutos, de nuevo se abre la puerta. Se trata
del líder que nos mira fijamente acompañado del feo y otro
par de medio elfos, ambos de pelo gris. El otro pendiente
cuelga de la oreja de uno de ellos.
— Sacad al humano. A ver qué tiene que contarnos—
ordena el medio elfo al mando.
Los secuaces obedecen y abren la puerta de mi celda a la
vez que me amenazan con una espada. Me atan las
manos a la espalda y me sacan de la jaula.
Tras la puerta hay un pasillo, como el túnel de una mina
abandonada. Llegamos al final y otros dos pasillos se
abren a cada lado en forma de T, me guían hacia el de la
izquierda. Al fondo se abre una sala bastante grande, con
una mesa alargada en el medio y una decena de camas
apostadas contra las paredes de la redondeada gruta. A la
izquierda, continuamos por un acceso que da hasta una
puerta de madera. Entramos del otro lado a una habitación
con una gran cama, una mesa con tres sillas, un armario,
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un cofre y una jaula con un cuervo negro. Me sientan en
una de las sillas.
— Bueno, bueno, señor Mirmaerín— El líder conoce mi
nombre—. Llevamos días en su búsqueda, pero aún me
faltan dos más, ¿qué ha sido de los medio elfos?
— Han muerto— respondo escuetamente.
— ¿Estás seguro?— insiste el interrogador.
— Los vi morir con mis propios ojos, contrastadlo con mi
compañero eledín, fuimos atacados por un engendro del
mar— le contesto.
— Está bien, Dalma, lo de la serpiente de mar sí viene en
el escrito, aunque no da detalles— El medio elfo al mando
saca un documento de su bolsillo, debe de tratarse del
mensaje para Néster.
— Hemos encontrado esto en tu morral, además de una
buena fortuna en oro y plata— Me muestra envuelta en su
velo la piedra rosa—. Mi señor dio órdenes específicas
acerca de la gema de color rosa y brillante, esto es
realmente lo que busca, pero tengo curiosidad y antes de
enviársela me gustaría saber de qué se trata.
Dudo por unos instantes.
— No lo sé— digo finalmente.
— ¡Zas!— El feo me lanza un puñetazo en la mejilla que
me parte el labio—. No nos mientas escoria.
— No miento, Álerin, un consejero del rey me dio el
encargo de llevarla a Íshar— Intento cambiar la historia de
forma plausible—. ¿Tú crees que le va a dar detalles a un
simple Dalma?— Seguidamente escupo la sangre que se
me ha acumulado en la boca al hablar.
— ¡Entonces no sois más que un par de desgraciados, a
los que han engañado para este marrón, ja, ja!— Ríe el
líder—. Por desgracia, no podréis llevar a cabo vuestra
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tarea. De momento os mantendré con vida, aunque dudo
mucho que me valgáis de algo.
— Toc, toc— Suena la puerta.
— Adelante— dice el medio elfo al mando.
— No quiero molestaros, señor, pero el cambio de guardia
de la casa del lago no ha regresado aún, hace más de
cinco horas que partieron— Un sectario humano entra en
la habitación y se dirige a su jefe.
— Enviad una patrulla a ver qué pasa— le contesta el
superior—. ¿Alguna noticia del montaraz?
— A la orden— responde el subordinado—. Del montaraz
no sabemos nada aún, mi señor.
— De acuerdo. ¡Ahora al trabajo!— grita el jefe.
— Dado que el montaraz no aparece, vosotros tres
llevaréis la piedra a Almerdán, saldréis de inmediato—
ordena el líder a los tres medio elfos.
— ¿Qué hacemos con el prisionero?— pregunta uno de
ellos.
— Devolvedlo a su jaula— contesta el jefe—. Yo enviaré
un cuervo al maestro informando que vais para allá.
— Como mandes, Bísal— responde el medio elfo de
esperpéntica cara.
El secuaz me agarra y a base de empujones innecesarios
me lleva hasta la celda, encerrándome primero con un
fuerte empujón y soltándome las ataduras desde fuera.
— Que durmáis, princesas— se mofa con una sonrisa
burlona, justo antes de cerrar la puerta del fondo de la
cueva.
— ¿Qué ha pasado?— pregunta el débil Shiroge—. Parece
que te han golpeado.
— No es nada, no te preocupes— calmo a mi
compañero—. Me han interrogado sobre los primos y sobre
la piedra, les he dicho que de la piedra no sé nada… y la
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verdad del destino de los medio elfos. Van a enviar la
gema a Almerdán, a su amo, el oscuro elfo Ostírelin.
— Se ve que hemos fracasado— se lamenta—. ¿Qué va a
ser de nosotros?
— No sé qué decirte, amigo. Lo cierto es que no le
valemos de nada vivos, más bien lo contrario— contesto
con sinceridad.
Anímicamente derrotados, nos quedamos en silencio
durante buen rato. La situación pinta muy mal para
nosotros. Cierro los ojos y empiezo a rezar. Me duermo y
despierto varias veces, hasta perder la noción del tiempo.
El hambre aprieta.
Han pasado con pesada lentitud varias horas, no sé
cuántas. La cara de mi compañero delata devastación.
Apoya su mano en su hambriento estómago.
— ¡Intrusos!— se escucha una voz de alarma.
El ruido de la lucha se oye proveniente del otro lado de la
cueva. Cruce de espadas y gritos de dolor se suceden
durante unos minutos. Luego todo se queda en calma.
Percibo ligeros pasos tras la puerta. Ésta se abre.
Un grupo de Dalmas armados entran en la sala, primero un
eledín de estatura algo superior a la media, quizás algo
más bajo que yo, y complexión robusta con fuertes brazos.
Tiene el pelo y los ojos negros. Porta un mandoble y un
escudo torreón ovalado.
Le sigue un medio elfo, lleva una espada fina y alargada,
parecida a la de Haleth, pero más pequeña y un escudo
completo redondo. De estatura es casi igual que su
compañero eledín, tiene cabello gris y ojos azules. Oculta
su melena parcialmente bajo el gorro de su vestimenta y es
de porte fornido.
Tras él aparece un jovencísimo elfo, con túnica de mago
de color verde oscuro y un bastón. Tiene un par de bolas
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de acero colgadas de su cinturón. Es más o menos de mi
altura, con el cabello rubio platino, casi blanco y los ojos
azules. Es de complexión esbelta.
Por último, una elfa, de pelo moreno y ojos marrones color
miel. Su estatura rondará la media de las mujeres de su
raza, alrededor de un metro ochenta y cinco. Es delgada
pero muy definida en su musculatura, que marca las líneas
en su ceñido vestido de cuero marrón con mangas
blancas. Tiene un arco en su mano y en su espalda lleva
un carcaj con flechas, una espada y un pequeño escudo.
— Aquí están— advierte el eledín al entrar.
— Sin duda son ellos, responden perfectamente con la
descripción— agrega el mago.
— ¿Quiénes sois?— pregunto en voz alta a los recién
llegados.
— Venimos a rescataros. Mi nombre es Biggi— responde
el eledín—. El medio elfo es Semín, el joven elfo de la
túnica se llama Clarín y la simpática arquera es Ghoidiel—.
Noto un tono sarcástico al final.
— Dejaros de presentaciones. He oído algo más adelante,
parece que queda alguien con vida— apremia la elfa
mientras carga su arco y apunta hacia el pasillo.
— ¿No sabréis por casualidad dónde están las llaves de
los candados?— pregunta el mago.
— Bísal, el jefe de los sectarios las tiene— respondo—. Es
un medio elfo de pelo gris y bastante alto. Su habitación
está a la izquierda saliendo de este pasillo.
— Vamos a por ellas, ahora venimos— dice Semín con
confianza mientras me guiña un ojo.
Los Dalmas se giran, veo a través de la puerta cómo
avanzan en formación por el pasillo.
— ¡Parece que estamos salvados!— celebro mirando a
Shiroge. Pero mi compañero tiene muy mala cara. Está
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recostado con el torso contra las rejas y me observa con la
mirada perdida.
— Esperemos que no tarden— me habla con dificultad.
Tras unos minutos se oyen pasos. Por la esquina veo a
Biggi apresurarse con las llaves en la mano, le sigue
Clarín. Abre mi puerta y seguidamente la de mi
compañero. Corro a ver su estado. Tiene el pulso débil
pero estable.
— Necesita agua y comida— apremio a los rescatadores.
— Hay de todo en la habitación de ese tal Bísal—
responde el elfo—. Vayamos.
Entre los tres levantamos al grandullón, que consigue
tenerse en pie. Camina, aunque con dificultad, apoyándose
en mi hombro y el del recién llegado eledín.
Vemos los cuerpos de dos Siervos de Amán tirados en la
habitación grande, la puerta de la habitación de Bísal está
abierta. En el interior de la dependencia, Ghoidiel y Semín
se afanan por registrar la sala. Al llegar han colocado todo
lo de valor en el medio de la sala, junto al cuerpo del
malnacido líder, que yace en el suelo con una tremenda
herida en la cabeza.
Entre los tesoros apilados se incluyen mi lanza y mi
escudo, el mandoble y el escudo de mi camarada eledín, el
anillo de piedra blanca y nuestros morrales.
Presumiblemente con todo nuestro dinero y el del fondo
común. Además, hay otro juego con distintas armas de
muy buena confección y brillante acero, cinco frascos de lo
que parece una poción, una bolsa con oro con unas veinte
monedas y un anillo de oro con un diamante junto al mío.
Sentamos a Shiroge y le doy de beber. Sobre la mesa hay
un pollo asado, recién servido, además de patatas asadas,
embutidos, queso y una hogaza de pan. El grandullón
extiende la mano y agarra un muslo del pollo, lo desgarra
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del cuerpo y se lo lleva a la boca. Le mejora por un instante
el aspecto. Me percato de que también hay un pergamino
enrollado junto a la cena.
— ¡Vaya tesoro!— exclama sonriente la elfa.
— Sabed que parte de ese tesoro nos pertenece a mi
compañero y a mí, son nuestras posesiones— reclamo lo
nuestro.
— ¿Y eso cómo lo sabemos?— siembra la duda la
arquera.
— Supongo que os habrán dado descripciones detalladas
sobre nosotros, yo siempre he usado una lanza, como esa
que está ahí con la punta de color obsidiana. El gran
mandoble que está al lado, y que tiene el filo exactamente
igual, es el arma de Shiroge. ¿Ves el escudo torreón?—
sigo argumentando—. Si te fijas bien, está grabado en una
de las esquinas con la marca de los hacedores de Estrian,
un martillo sobre una llama. Ese otro escudo es el mío, lo
adquirí también en Estrian. Esos dos morrales con dinero
son los nuestros, además del anillo con la piedra blanca.
— Me creo lo de las armas, e incluso, el anillo podría ser
vuestro, pero el dinero no tiene dueño, ¿cómo puedes
demostrar que los morrales son vuestros?— insiste la
desconfiada elfa.
— El de la derecha, contiene exactamente seis monedas
de oro y veinticuatro de plata— le replico—. ¿Cómo podría
saberlo si no fuera de mi propiedad?
Ghoidiel extiende el contenido del morral señalado sobre la
mesa y cuenta las monedas.
— Está bien, pero del resto del tesoro no os corresponde
nada— refunfuña con resignación.
— Me parece justo— respondo asintiendo con la cabeza.
Una vez ajustadas las cuentas, cojo el pergamino y lo
desenvuelvo mientras me sirvo algo de comer.
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“Mi señor Ostírelin. Por fin he conseguido la gema rosa
que buscaba, la envío con mis tres mejores hombres
hacia Almerdán, tardarán algunas semanas en cruzar
todo el reino. Les he ordenado tomar la ruta por el
norte, desde Dúltor y evitar la guerra que se está
librando en las inmediaciones de Gáldoras. Yo me dirigiré
a la capital esta misma noche, tras la cena, y esperaré
órdenes en nuestro bastión.
Siempre a sus pies Bísal.”
— Mirad— advierto en voz alta—. Al estúpido líder no le
dio tiempo a enviar la carta— Compruebo que el cuervo
sigue en su jaula.
— Además, nos pone sobre la pista para perseguir la Luz
de Rosa— continúo—. Se dirigen a Dúltor.
— Está a unos tres días de nuestra posición— reflexiona
Clarín—. Déjame ver.
Le entrego la nota al elfo y éste la examina.
— Aquí no pone hace cuanto tiempo salieron— comenta el
joven mago—. Ni tampoco quién la porta, será imposible
dar con ellos.
—Te equivocas— le contradigo—. Cometieron el error de
comentar todo durante el interrogatorio. Sé exactamente
quiénes son, tres medio elfos, dos de ellos lucen un
pendiente circular en la oreja. Además, uno moreno es tan
feo, que es difícil de olvidar esa cara— informo con una
sonrisa.
— ¡Pues vayamos tras ellos!— exclama Shiroge algo más
repuesto.
— ¿Pero qué tiene esa piedra, para querer perseguirla con
tanto ímpetu?— expresa sus dudas la arquera elfa—.
¿Acaso es muy valiosa?
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— Esa gema es el motivo de nuestra captura, sin ella, solo
somos dos Dalmas sin valor— replico a la joven con tono
serio.
— Tiene razón— interrumpe Clarín—. Néster me puso en
conocimiento de ello, los demás, me dijo, no hacía falta
que lo supierais. La carta en mis manos, demuestra que
es, sin duda, el objeto más codiciado por Ostírelin, a saber
para qué malvados propósitos. Contad conmigo.
— A mí me contrató Néster para ser tu escolta, donde
vayas tú iré yo— Se suma el encapuchado medio elfo.
— Yo también os seguiré, Shiroge— reacciona el robusto
eledín—. Ésta parece una aventura para auténticos
héroes.
— ¡Pues yo paso de jugarme el cuello para buscar una
gema de la que no sé nada, sin promesa de
recompensa!— exclama la elfa—. Me ofrecieron cinco
monedas de oro por localizaros y voy a regresar a por mi
recompensa.
— Está bien— le responde el joven hechicero—. Regresa
a Íshar e informa al abad de todo. Dile que yo te envié. Te
dará sin duda lo acordado.
La joven asiente, coge su parte del tesoro y sale de la
habitación. En la puerta, mira hacia atrás con tono serio.
— Tísmik al dur— son sus últimas palabras. Se puede
traducir como “Tísmik vaya contigo” y viene a significar:
buena suerte.
Tras dejar la sala, nos preparamos para salir sin dilación.
Solo hay un problema. El grandullón está muy débil.
— Por mucho que nos pese, deberíamos descansar un
poco para que Shiroge recupere las fuerzas— expreso mi
preocupación.
— ¿Por qué no le das una de éstas?— Señala Clarín a los
cuatro frascos que quedan, después de que Ghoidiel, por
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supuesto, se llevara uno—. Son pociones de curación.
Recuperará las fuerzas enseguida.
Tomo uno de los frascos y se lo doy a mi compañero
eledín, que se bebe todo el contenido y pone cara rara.
Unos instantes después, el pálido semblante de su rostro,
ya de por sí claro, recupera su tono normal.
— Sabe a rayos, pero por los cinco Ersan, ¡qué bien me
encuentro!— exclama con una sonrisa.
— ¡Vayamos pues!— propongo con el puño en alto—. Por
cierto, ¿alguien me puede decir dónde estamos?
— Jajaja— La carcajada es general. Al parecer ha sido
muy gracioso el cambio de actitud de decidido, a ignorante.
— Estamos en los Cuatro Picos. ¿Sabes dónde es?— me
pregunta Clarín.
— Por supuesto, son las montañas más altas del Reino de
Aradín, se encuentran en el noroeste, tras las montañas
Morguel, cerca de Íshar— respondo con soltura—.
Tenemos que ir hacia el norte por la gran meseta de Uur.
El hechicero me mira con asombro, creo que había dado
por sentado que no era más que un guerrero
descerebrado, y se sorprende al ver que tengo
conocimientos detallados de geografía.
— Es todo un erudito— bromea Shiroge.
— Ya veo— confirma el mago.
— Ya tendremos tiempo de conocernos por el camino—
añado queriendo zanjar el tema—. El tiempo apremia.
Recogemos todos los enseres, incluida mi mochila con mis
cuerdas y mis artículos para realizar primeros auxilios, con
el medio frasco de brebaje que Elion no llegó a usar. Está
junto al cadáver de un sectario, que tiene una flecha
clavada en el ojo, y cuyo cuerpo reposa junto a una mesa,
en la gran caverna principal a la que se accede por el otro
pasillo.
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Del lado opuesto, a unos cincuenta metros, la caverna se
estrecha hasta llegar a la boca de la gruta. Salimos, es
noche cerrada.
Un camino se extiende de lado a lado justo en la entrada,
de este a oeste, ya que las tres estrellas que marcan el
norte, brillan justo delante de nosotros, frente a la cueva. El
clima es fresco a esta altura. Algunos cascotes de nieve
aún batallan por aguantar la cálida primavera, en el lado
umbrío de la montaña.
Poco se ve lejos de los candiles que cuelgan a cada lado
de la entrada de la cueva. Las lunas están nuevas, como a
mediados de cada mes.
— ¿Por dónde habéis venido?— pregunto en voz alta.
— Subimos por la derecha, desde el este, pero el camino
es muy retorcido— señala Semín con seguridad—.
Venimos desde la bahía de Rocablanca.
— Entiendo pues, que deberemos ir por el otro lado, ya
que vosotros venís del sur, ¿acaso habéis visto algún
desvío?— razono.
— Sí que vimos uno, como un par de kilómetros más
abajo, giraba hacia el noroeste— responde Biggi.
— Esperad— El joven mago da un paso al frente y susurra
unas palabras desconocidas para mí. Seguidamente alza
un brazo. Un pequeño halcón, de no más de cuarenta
centímetros, desciende del cielo y se posa en el brazo de
Clarín.
— Este es Miliki, es mi halcón de los acantilados— nos
presenta el hechicero a su emplumada mascota de color
marrón pardo, pico curvo y garras afiladas.
Seguidamente le mira, y se concentra en el animal, que
alza el vuelo dirección oeste, perdiéndose en la oscuridad.
Nos mantenemos en silencio un par de minutos. Shiroge y
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yo nos miramos sin saber muy bien qué hacer. De repente,
el pájaro aparece y revolotea en torno al mago.
— Ha tardado más porque la vista de Miliki es más
reducida durante la noche— se justifica el elfo al regreso
del animal—. Podemos tomar el camino del oeste, la
bifurcación toma sentido norte un poco más adelante— Da
sus conclusiones.
Confiamos en las capacidades de nuestro nuevo
compañero y tomamos esa ruta. No hay tiempo que perder
si queremos tener alguna oportunidad de recuperar la Luz
de Rosa.
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