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7. La persecución

Tipo
Novela / texto narrativo oficial
Obra
Aventuras en Aradín
Estado
NARRATIVO OFICIAL
Regla de interpretación
La voz narrativa y los diálogos pertenecen a la obra; no convertir automáticamente toda afirmación de un personaje en verdad enciclopédica del mundo.

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Texto

7
La persecución.
Comenzamos la marcha bajando por el empedrado
camino. Como dijo Biggi, hay un ramal que se abre a la
derecha un par de kilómetros después y accedemos por él.
El paso se vuelve más suave, casi llano.
— ¿Y cómo habéis conseguido dar con nosotros?—
pregunto en baja voz al mago, que se sitúa en el medio
junto a mí, durante la caminata. Shiroge va en retaguardia
con Biggi y Semín por delante.
— Néster nos envió en vuestra busca al templo de Túlmar,
había recibido un cuervo con un mensaje de Álerin,
anunciando vuestra llegada. Preguntamos por vosotros a
los navegantes que venían del Faro del Confín y que
reposaban en la posada La Brújula y las Estrellas. Unos
marinos nos dijeron que habían visto un barco, de nombre
El Incansable, que iba a la deriva con la cubierta
destrozada, cerca de la bahía de Rocablanca. Por
casualidad, un navegante, un familiar del capitán del
Incansable, escuchó también el relato de los otros y se
ofreció a llevarnos hasta allí. Al llegar a la bahía, vimos
rastros de unos cuerpos arrastrados y nos apresuramos a
seguirlos a través de un pequeño sendero en el bosque.
Como una hora después llegamos a un sanatorio. Estaban
amontonando los cuerpos de hombres y mujeres
asesinados, justo delante de la puerta principal. Un elfo,
con una túnica verde y que se nos presentó como Bárbal el
sanador, nos dijo que el sanatorio había sido atacado
mientras él estaba fuera. Que justo regresaba la noche
anterior y vio a una partida de Siervos de Amán tomar
rumbo al este. Nos habló de vosotros, que erais los únicos
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pacientes que faltaban. El marino reconoció el cuerpo del
capitán y el contramaestre, entre la montaña de cadáveres.
Se quedó allí a darles la merecida sepultura en el mar,
mientras nosotros salimos a toda prisa. Habríamos llegado
antes, pero fuimos asaltados por bandidos, traicionados
por un montaraz que resultó ser un siervo de Amán, y que
conocimos mientras descansábamos en la posada Gran
Puente. Además, tuvimos que enfrentar a muchos de estos
sectarios, que custodiaban una casa cerca del lago que
hay en el valle entre los Cuatro Picos— relata el elfo con
aparente tranquilidad.
— Vaya, ha sido una misión movidita, ¡enhorabuena!—
alabo su éxito.
— ¿Qué hay de vosotros?— me devuelve la pregunta el
mago.
Le cuento la historia desde la posada El Sauce Feliz. La
desaparición de Delfos y su búsqueda. La muerte de
Aulas, nuestro compañero bahaluk, mis sospechas
confirmadas de conspiración en Estrian y el asalto a la
torre. En esta parte quizás, omitiendo la forma sanguinaria
en la que se desarrolló aquel combate. El encuentro con
Álerin y luego el viaje en El Incansable, con muchos
detalles: el naufragio, las ruinas en la isla Mayor, el ataque
de los piratas y el paso por el gran Faro del Confín.
Después, con la garganta encogida, relato el ataque de la
serpiente de mar y la muerte de mis queridos compañeros
Elion y Haleth. Por último, doy gracias al difunto capitán y a
su desdichada tripulación por llevarnos hasta el santuario y
dar su vida por protegernos.
— Gran historia. Además, no se te da nada mal relatar, se
ve que has leído mucho— manifiesta el hechicero con
gesto de aprobación.
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— Así es, recibí muy buena formación de parte de mi
abuelo materno— le contesto.
— Mirad— Señala Semín hacia adelante. En la oscuridad
se distingue un candil, al frente de un edificio con un
letrero, parece una posada junto a una granja.
Con la animada conversación, no nos hemos percatado
que llevamos al menos seis horas por el camino.
Al acercarnos empieza a despuntar el Amanecer, lo que
permite ver un embarcadero sobre una pequeña laguna
que es alimentada por las aguas de tres arroyos, que
fluyen desde las enormes montañas por el sur, y que son
evacuados por el norte, formando un río algo más
caudaloso, que repta suavemente dirección a la meseta de
Uur.
Ya en la puerta, el nombre en bóldor del letrero delata su
posición, la taberna se llama “Los Cuatro Picos” y se
encuentra al pie del embarcadero, donde se amarran tres
pequeñas barcas.
— Toc, toc— Llamamos a la puerta.
— Un momento, ahora abro— Suena una voz masculina
lejana, del otro lado.
Tras un par de minutos, se oye la cerradura y se abre la
puerta. Aparece un hombre, con cara adormilada, pero
decentemente vestido.
— Buenos días, señores. No les conozco. ¿Qué vienen a
cazar?— saluda el tosco tabernero mostrando
desconfianza.
— Somos viajeros, nos dirigimos hacia Dúltor. ¿Podemos
pasar a desayunar?— responde con amabilidad Clarín.
— No es habitual ver viajeros por estas tierras, solo
cazadores conocidos, que hacen negocios con pieles de
oso— replica el tabernero—. Se ve que hay mucho
movimiento de extraños últimamente. No me gusta.
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— ¿Por qué lo dice?— pregunta Biggi, con suspicacia.
— Ayer mismo me han robado una barca— nos relata—.
Fue después de la hora del almuerzo, cuando salí a la
pasarela solo pude distinguir tres figuras sobre ella.
— Nosotros no somos ladrones— informa Shiroge con
tono serio.
Al percibir al grandullón tras de nosotros, que nos saca una
cabeza a todos, al hombre le cambia el semblante.
— Por supuesto, señores. No lo pongo en duda—
responde con un tono más amable—. Mi nombre es Dúlmir.
Pasen, por favor, le serviré el desayuno.
Entramos en el pequeño comedor con dos mesas y una
minúscula barra que da paso a una chimenea, contra la
esquina, junto a una mesita con ollas y útiles de cocina.
— Siéntense, por favor— ofrece el anfitrión, que se dirige
al fondo, a una pequeña puerta tras la barra donde se
encuentra una alacena.
El hombre vuelve cargado con un queso y media pieza de
jamón cocido, que deposita sobre la mesa. Luego se
acerca a la chimenea, pone agua a hervir y nos trae una
jarra de leche, unos vasos y platos para todos.
Seguidamente toma una gran hogaza de pan y unos
cuchillos, colocándolo todo en el centro.
— Servíos, coceré unos huevos y freiré algo de beicon—
nos ofrece.
— No es necesario…
— Shhhh— me interrumpe Shiroge—. Este hombre sabe lo
que hace— dice con sonrisa glotona.
Tardamos algo más de media hora en desayunar. Tiempo
que, muy sutilmente, el elfo ha usado para sacarle
información al despreocupado posadero.
Por lo que dice, hay una semana a pie a paso tranquilo,
por un sinuoso camino, hasta Dúltor. En barca se tarda
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poco más de dos días. Más o menos a un día por el río, se
llega hasta una aldea llamada Arkán, poblada por
cazadores mayoritariamente. Después las aguas se
aceleran en unos peligrosos rápidos, en la bajada al Gran
Cañón de Uur, para en su parte final, recorrer las calmadas
aguas por el medio del desfiladero, hasta desembocar en
el mar, a apenas dos kilómetros de Dúltor, cerca del faro.
— ¿Nos vendería un par de barcas?— le pregunta Clarín
al tabernero.
— Sí, las vendería, pero no por menos de una moneda de
oro cada una— responde Dulmir.
— Está bien, pero al menos nos invitará al desayuno—
añade Semín—, si les parece bien a mis compañeros.
— De acuerdo— asiente el tabernero, los Dalmas hacemos
lo propio.
Tras el desayuno tomamos las barcas, Shiroge y yo vamos
en una y los demás en la otra. Los eledines se ponen a los
remos. Cruzamos la pequeña laguna de no más de
doscientos metros y llegamos a la boca del río.
La primera parte de la rivera es muy tranquila, hay una
corriente estable que nos empuja río abajo con comodidad.
Tras unas horas, distingo un caserón incrustado en la
arboleda en la orilla derecha. Veo a Miliki hacer una veloz
pasada por los alrededores. Me he fijado en el mago, lleva
un saco con libros, que consulta a menudo durante el viaje.
Por lo demás, el río discurre apacible en medio de la
vegetación. Al anochecer, diviso a lo lejos encenderse
unos candiles junto al río.
— Parece la aldea de Arkán— advierto a mi compañero—.
Desembarquemos, podemos cenar algo y buscar
información.
El eledín hace una maniobra y se acerca a la orilla
derecha, la barca de detrás nos sigue a pocos metros de
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distancia. Ya más cerca, distingo un embarcadero con un
par de botes amarrados. Nos colocamos junto a uno de
ellos.
Desde la pasarela de madera, se ve con claridad el centro
de la aldea en torno a ella. Hay una plazuela con un
abrevadero en el centro, a la izquierda una posada, en
cuyo letrero solo se lee la palabra “Taberna”, escrita en
bóldor. Se ubican otra decena de pequeñas casitas
alrededor, además de un molino un poco más abajo, donde
empiezan a acelerar las aguas del río.
Nuestros nuevos compañeros estacionan junto a nosotros
y también desembarcan.
— Vayamos a la taberna. Cenaremos algo y
descansaremos— propongo a los recién llegados.
— Además, podremos obtener información— añade Clarín,
casi como si me estuviera leyendo el pensamiento.
Accedemos por la puerta de madera que se encuentra
justo debajo del letrero iluminado por un candil. El pequeño
comedor es rústico, pero acogedor, tiene cuatro mesas de
madera, dos están ocupadas. En una, un par de jóvenes
mujeres están tomando algo. En la otra hay un señor con
cara de preocupación, tiene sus codos apoyados en la
mesa, con la cabeza reposando sobre sus manos. Tras la
barra, un hombre fortachón y de melena castaña, nos
saluda con la mano.
— Buenas tardes, viajeros— nos dice el tabernero desde
su posición—. Siéntense, ahora mismo les atiendo.
Ocupamos una mesa y echo un vistazo al resto de la sala.
Me percato de que un pequeño tablón de anuncios, junto a
la barra, contiene una nota. Logro leer, a esta distancia, la
palabra escrita en mayor tamaño: “Desaparecido”.
— ¿Qué van a tomar?— El posadero llega hasta nuestra
mesa y nos pide la comanda.
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— Yo tomaré cerveza— indico el primero, seguido de
cuatro—: ¡Yo también!
— ¿Qué tienen de cena?— pregunta Shiroge.
— Carla, mi esposa, ha preparado un excelente estofado
de venado, además de su famoso arroz con especias de
acompañamiento— nos ofrece.
— Pues ponga cena para todos— respondo al tabernero,
que asiente y se dirige de nuevo hacia la barra.
Regresa el posadero con la bebida, momento que
aprovecha Clarín para establecer conversación.
— Es muy bonita esta zona, pero se ve que no viene
mucha gente de fuera ¿verdad?— habla el mago con tono
despreocupado.
— La verdad que es un sitio tranquilo— contesta el
tabernero—. Aunque de vez en cuando sí que aparecen
viajeros como vosotros. Algunos van hacia el sur, hacia los
Cuatro Picos, por el viejo paso que lleva al camino de
Íshar. Otras veces van hacia el norte, hacia Dúltor, pero no
siempre se detienen. Esta misma tarde, vi a tres medio
elfos en una barca remar hacia los rápidos a la hora de
comer. Espero que sepan lo que hacen, no es fácil salir
airoso de ellos si no conoces los pasos.
— Hacia allí nos dirigimos, hacia Dúltor, y queremos cruzar
dichos rápidos— me meto en la conversación—. ¿Sabría
usted indicarnos la mejor manera de pasarlos?
— Para eso hablen mejor con Hernes, se los conoce como
la palma de su mano. Aunque hoy está muy abatido, su
sobrino ha desaparecido hace un par de días y se teme lo
peor— nos aconseja.
— Muchas gracias— le respondo a la vez que inclino la
cabeza como muestra de respeto.

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— Acerquémonos a hablar con él mientras nos preparan la
cena, Mirmi— me dice Shiroge—. Así podremos comer
tranquilos.
— Vayamos— Me levanto de la silla.
— Yo os acompaño— se apunta Biggi—. A fin de cuentas,
yo manejo la otra barca.
Asentimos y nos dirigimos hacia el solitario hombre de la
última mesa. Es moreno, de unos cuarenta años y aspecto
muy humilde. Apura su trago de vino.
— Buenas noches, señor Hernes. Mi nombre es Mirmaerín
y estos son mis compañeros, Shiroge y Biggi— nos
presento—. Queremos hacerle una pregunta, si no le
importa.
El hombre levanta la cabeza y nos mira con cara triste.
— ¿Qué puedo hacer por ustedes?— pregunta.
— Necesitamos cruzar los rápidos y me ha comentado el
tabernero que usted conoce la zona— dejo caer de qué va
el asunto.
— Pues sí, me dedico a pescar truchas en esa zona y la
conozco muy bien— contesta el hombre—. Claro que estoy
dispuesto a ayudarles encantado, pero a cambio, tal vez
pueden ustedes ayudarme a mí… Mi sobrino, Mirle, ha
desaparecido hace dos días, tiene solo trece años.
¿Pueden ayudarme a encontrarlo?
De verdad que me encantaría ayudar al hombre, pero por
mucho que me pese, no podemos perder ni un minuto.
— De verdad que lo siento, amigo— contesto al pescador
con gesto serio—. Pero tenemos mucha prisa,
necesitamos llegar a Dúltor lo antes posible.
— Quizás yo pueda ayudarle— Biggi se ofrece—. Denos la
información que necesitamos y yo me quedaré con usted
hasta dar con su sobrino.
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— ¿En serio, señor? ¿Haría eso por mí?— responde
Hernes con una mirada que por un instante refleja un rayo
de esperanza.
— Le diré la verdad, tenemos una importantísima misión
en ciernes y es fundamental llegar a Dúltor con celeridad—
explica en baja voz el joven eledín—. Si es necesario yo
me quedaré para que mis compañeros puedan continuar.
— Vaya, de todas maneras tendréis que esperar hasta el
Amanecer, o al menos a partir con dos horas de margen
sobre la salida del sol. Atravesar los rápidos de noche es
una locura— el pescador nos da malas noticias.
— Está bien, dígame pues, qué es lo que sabe de su
sobrino— pide información Biggi.
— Como es habitual, ayer por la mañana a primera hora,
salió de casa a recoger cebo. Lombrices que abundan en
un barrizal río arriba, un par de kilómetros al sur, hacia los
Cuatro Picos— relata Hernes—. Fui a buscarlo al ver que
no regresaba y no le encontré, ¡seguro que le ha ocurrido
algo!— El hombre se echa a llorar.
— Tranquilícese, hombre. ¿Qué más sabe? ¿Tiene algún
sospechoso?— interroga de nuevo Biggi.
— Sí, ese tal Tipeblak. Desde que se mudó aquí, hace un
mes, pasan cosas extrañas; cazadores que van al sur y no
regresan— comenta con tono de rabia—. Tiene una
mansión, como a un día de camino hacia el sur, en la
misma dirección en la que mi sobrino desapareció.
— Está bien, mañana iré a investigar la zona— planifica el
eledín.
— ¡Espera! Quizás Miliki pueda echar un vistazo,
preguntemos a Clarín— propone Shiroge con bastante
lógica. Casualmente nos están sirviendo la cena.
— ¿Quiere cenar con nosotros?— ofrezco al afligido
pescador de truchas.
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— No se preocupe, tengo el estómago cerrado—
responde.
— Siéntese con nosotros, le invito a un trago— se ve que
Shiroge quiere terminar con la conversación. El hombre
acepta.
Nos sentamos a la mesa y ponemos en común la
conversación que hemos mantenido con el pescador.
— Precisamente, durante el viaje en barca pude ver, a
través de los ojos de Miliki, a un muchacho como el que
describes, a las puertas de un caserón hacia el sur—
informa el mago. Después extrae un libro de su saco y lo
ojea—. No puedo enviar a mi halcón desde aquí
desgraciadamente, el alcance del hechizo es de diez
kilómetros, más allá el vínculo se desvanece, podría
perderse y no regresar.
— No os preocupéis, reuniré a un par de cazadores e
iremos a buscarle— propone motivado Biggi.
— No tengo dinero para pagarles— asegura el aldeano.
— No hay problema, tú explícale bien a mi compañero
Shiroge cómo cruzar los rápidos, yo me encargaré de
todo— asegura convencido el eledín.
Tras la cena, el pescador dibuja la forma de los rápidos en
un papel y empieza a explicar detalladamente.
— Os encontraréis una bifurcación al inicio de los rápidos,
tomad por la izquierda. Luego el río hace un pronunciado
giro y las aguas se calman, debéis aprovechar para
cambiar de orilla, pues tras el giro hay una fuerte caída,
que es más suave por la derecha. Manteneos de ese lado
un kilómetro, el río cambia de dirección hacia la izquierda y
se abren dos pasos. Parecería que lo correcto es
mantenerse a la derecha, pero es mejor cruzar de nuevo
sobre el caudaloso espacio delante de la bifurcación, las
aguas se aceleran bastante, pero no se forman fosetas, ni
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hay rocas en el camino. Hay un último punto peligroso,
justo donde reconectan los dos pasos anteriores. Allí se
forma un remolino, lo suficientemente grande para hundir
la barca. Tras él hay dos enormes rocas que separan el
caudal en tres partes. Tenéis que maniobrar por la derecha
del remolino, siguiendo la corriente y rodearlo para
atravesar por el medio de las rocas. Por el costado
izquierdo, si no lográis alcanzar el paso, la ruta es
accesible, si bien, más difícil. Pero evitad ir por la derecha,
el agua en principio se detiene, para precipitarse en una
catarata de unos cinco metros, casi imposible de cruzar—
nos describe Hernes.
Durante este rato, un par de cazadores han entrado en la
taberna, y Biggi les acompaña, mientras gesticula
señalando a nuestro pescador. Tras unos instantes regresa
a la mesa.
— He contratado a esos hombres para encontrar a su
sobrino, les he ofrecido cuatro monedas de oro a cambio—
le comenta el eledín a Hernes.
— Vaya, qué generoso, entiendo que vuestra misión es
realmente importante— le responde el humilde
pescador—. Vos podéis seguir con su compañía, señor
Biggi. Me encomendaré a la destreza de estos hombres.
Pero no tengo cuatro piezas de oro— añade con
resignación.
El Dalma alarga la mano y le entrega las monedas al
hombre, que le mira con cara de agradecimiento.
— “Dartum art tulus”. Primero que cumplan con su
misión— añade mientras le guiña un ojo a Shiroge.
Tras la cena, cogemos las dos habitaciones disponibles. El
grandullón repasa con Biggi el itinerario del paso por los
rápidos y nos vamos a descansar.
— Toc, toc— Suena la puerta.
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Abro los ojos y todavía es de noche.
— ¿Qué?— contesta Shiroge adormilado.
— Es hora de irse, en un par de horas habrá salido el sol—
se oye del otro lado de la puerta la voz de Semín.
Nos levantamos, nos vestimos y cogemos nuestros
enseres. Salimos de la habitación y los nuevos
compañeros están ya listos también.
— ¿Y el desayuno?— pregunta el grandullón con cara
refunfuñada.
— He preparado una bolsa con embutidos, queso y pan.
De que crucemos los rápidos, haremos una parada para
desayunar— responde el mago que se ha adelantado a las
necesidades alimentarias del enorme eledín.
— Está bien— rumia el norteño no muy conforme.
Salimos de la posada y tomamos las barcas. Enciendo el
candil y lo coloco en la proa, para iluminar el frente. Clarín
coloca su mano justo en el pico delantero de su barcaza y
murmura una especie de oración. Un punto de luz
enfocada hacia adelante surge de su mano y se adhiere a
la superficie del bote. Estamos listos para iniciar la marcha.
Tal y como me había percatado la noche anterior, las
aguas aceleran a la altura del molino, aunque de momento
de manera escalonada. Veo a mi compañero mantener la
dirección con soltura. Nos adentramos en la sinuosa rivera
a buen ritmo, seguidos de cerca por nuestros compañeros.
Tras algo menos de dos horas, el sol comienza a alzarse
tras las montañas Morguel, cuya vertiente norte se divisa a
lo lejos hacia el este, algo a la derecha de la dirección
noreste que toma el río tras un meandro. Noto que las
aguas toman brío mientras avanzamos hacia la parte
superior de un gran cañón. Se observa de frente con
claridad, como a un kilómetro, la bifurcación que mencionó
el pescador de truchas. Los hombres a los remos
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comienzan a desplazarse hacia la izquierda. Tomamos la
desviación y el caudal se vuelve más y más potente. Con
habilidad, los eledines van sorteando rocas, siguiendo las
corrientes más anchas, que reptan sobre la sensiblemente
inclinada pendiente. Poco después, el arrollador canal se
calma levemente y gira hacia la derecha. Momento que
aprovechan los remeros para cambiar de orilla.
De nuevo el caudal se acelera hasta pasar unas enormes
piedras que dividen el embravecido río por ese lado. Tras
un kilómetro de frenético descenso en línea recta, justo
antes de un brusco cambio de dirección a la izquierda, se
abren dos pasos.
El más abierto, por donde circulamos, penetra en unas
tranquilas aguas. Por la parte interior del giro, se ven saltos
de agua, envolviendo un estrecho paso. Nos cerramos
para trazar la curva por el paso interior. De nuevo las
aguas se aceleran bruscamente, pero la barca encuentra,
ayudado por las habilidosas manos de Shiroge y Biggi,
espacio suficiente para seguir adelante sin obstrucción.
Finalmente, arribamos a un punto en el que las aguas de
ambos pasos confluyen formando un potente remolino.
Tras de él, dos impresionantes rocas dividen el caudal,
dejando un estrecho hueco en su centro por donde
queremos atravesar.
Los eledines maniobran para sumarse a la corriente del
torbellino que nos empuja hacia la derecha. Shiroge
consigue mantener el bote estable, en una zona donde
continuamos girando, pero evitando ser succionados hacia
el ojo del remolino.
La salida de la derecha de las rocas pasa de largo, mi
compañero comienza a remar con fuerza hacia fuera del
potente torbellino y consigue salir de la influencia de sus
aguas.
189

Veo como Biggi intenta tras nosotros la misma maniobra.
Le está costando más, parece que, lenta pero
irremediablemente, están siendo succionados hacia el
vórtice del feroz remolino.
Rápidamente saco mis cuerdas y ato la punta a una rama
de arbusto que sobresale entre las grietas de una de las
rocas y lanzo el extremo del gancho hacia la barca de
nuestros compañeros. Por suerte, cae dentro de la
barcaza. Semín la agarra y tira con fuerza, mientras Clarín
la amarra a la proa. Una vez estabilizada la barca y
ayudándose de la cuerda, logran salir de la corriente.
— Gracias, Mirmaerín— me agradece el exhausto eledín,
al llegar a nuestra posición.
— Ahora somos compañeros, debemos ayudarnos unos a
otros si queremos sobrevivir— respondo restándole
importancia.
Continuamos por el paso del medio, de fuerte corriente,
pero muy bien canalizada, sencillo si lo comparamos con lo
que hemos dejado atrás.
A unos cien metros, está el final del escarpado canal, que
da paso a tranquilas aguas, que serpentean rumbo noreste
dirección a Dúltor. Oigo una cascada a nuestra derecha
justo al llegar a la esquina del paso.
— ¡Mirad allí!— grito señalando a la orilla junto a la
cascada—. ¡Hay una barca estampada contra las rocas!
Shiroge maniobra hacia la derecha y nos dirigimos al lugar.
Al atracar en una zona libre de corriente un poco más
abajo, amarramos las barcas y nos acercamos.
Alcanzamos un alto sobre la orilla y nos percatamos de
que un camino pasa por ahí, desciende por el acantilado
unos doscientos metros hacia arriba y continúa junto a la
ribera en la dirección de la corriente.
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Llegamos a la barca, me percato de que la proa está
gravemente dañada. Por lo que se ve que ha caído en
alguna roca. La cubierta está inundada y hay un rastro de
sangre relativamente fresca, justo al lado entre las rocas.
— Sigamos el rastro de sangre— dice Semín señalando al
camino.
Vamos tras el medio elfo atravesando el escarpado
terreno, siguiendo el incesante punteo rojo sobre la
angulada superficie rocosa, hasta llegar a la vía. Semín se
agacha.
— Por las huellas, han llevado arrastrando a un hombre,
entre dos, uno a cada lado, dirección noreste— informa el
encapuchado medio elfo.
Clarín alza su brazo y de nuevo cae en picado Miliki desde
el acantilado. Se posa sobre la mano del elfo, que le
susurra unas palabras y echa a volar dirección noreste.
Revolotea a unos quinientos metros y vuelve de nuevo
junto a su amo.
— Al parecer hay una cueva más adelante, hay un hombre
junto a la puerta— advierte el hechicero con seguridad.
— Vayamos pues, no tenemos tiempo que perder—
propone Biggi.
— ¿Y el desayuno?— pregunta Shiroge.
— Estamos aquí al lado, no nos llevará mucho— le
contesta Clarín con una sonrisa. El eledín acepta a
regañadientes. Y avanza el primero, con cara de
desaprobación.
Siguiendo el alto ritmo del paso de mi amigo, llegamos muy
pronto a divisar la apertura en la pared del acantilado. En
el umbral reposa un cuerpo aparentemente sin vida. Al
aproximarnos reconozco a uno de los medio elfos de Bísal,
yace sin vida sobre un charco de sangre. La cueva ante él,
191

es sinuosa y húmeda, un esperpéntico olor a muerte
emana de su interior.
— Es uno de ellos, se ve que lo han abandonado aquí. Por
el color de la sangre, hará unas doce horas— revelo a mis
compañeros mis conclusiones.
— Si los otros dos han seguido por el camino tardarán dos
días desde aquí. Dúltor está a un día en barca— calcula
Clarín.
— ¿Y si están dentro escondidos?— se percata Biggi de
otra opción que contemplar.
— Desayunemos mientras pensamos qué hacemos—
reclama Shiroge cansado de posponer la comida.
Todos nos sentamos sobre unas rocas, a unos metros de
la entrada de la cueva, y comemos mientras discutimos
qué hacer.
Finalmente decidimos investigar la cueva. Como dice Biggi,
mejor descartar opciones y luego continuaremos. Yendo en
barca nosotros y ellos a pie, hemos calculado que tenemos
unas horas de margen.
Tras el desayuno-almuerzo, enciendo el candil y
penetramos en la oscuridad del maloliente pasillo
cavernoso. Clarín vuelve a realizar el hechizo, ubicando
esta vez la luz en la palma de su mano, que ilumina a lo
largo de la estrecha cueva.
Avanzamos con precaución. Al adentrarnos, me percato de
que las paredes del túnel comienzan a moldearse. Se ve
que han tallado el interior de la cueva. Aumenta la
humedad y el mal olor. Pequeños charcos se forman al
final del paso, ya con forma rectangular, donde se accede
a una pequeña sala, alargada de manera horizontal, desde
la que ramifican diversos pasillos en forma de biblioteca.
Al asomarme a uno de ellos, distingo un sinfín de nichos
apostados a cada lado de las paredes, que gotean oscuras
192

lágrimas de agua ennegrecida. Es sin duda un túmulo
funerario, quizás aquí fueron a parar los caídos de alguna
batalla del pasado. Pequeñas urnas de cerámica reposan
en raídas repisas junto a las tumbas.
— Empecemos por la derecha, es mejor no separarnos—
propone el mago. Por un momento me viene a la cabeza el
recuerdo de Haleth.
Seguimos las instrucciones de Clarín y vamos hasta la
punta, a la derecha de la alargada sala. Hay en total una
decena de pasillos, si no me fallan las cuentas. Accedemos
al primero de ellos empezando desde el final. Una vez el
mago ilumina el interior del pasadizo, calculo habrá unos
cincuenta metros hasta una pared en el fondo.
Avanzamos hasta el otro lado. Consigo contar un total de
cincuenta tumbas en cada línea, eso hace quinientas
tumbas por pasillo, luego aquí deben yacer la mareante
cifra de cinco mil almas. Por un momento se me encoge el
estómago. Del otro lado del pasillo hay otra sala alargada
de similares dimensiones y que abarca la parte de atrás de
la tétrica y apestosa biblioteca de muertos. Ayudado con la
luz del mago, que ilumina hasta el final de la sala, cuento
los pasillos. En total hay nueve.
— Falta un pasillo, el del extremo de la izquierda
supongo— revelo mis conclusiones.
— Pues vayamos a ver— responde Shiroge.
Volvemos por nuestros pasos, hasta la boca del túnel por
el que hemos entrado y continuamos hacia el extremo de
la izquierda del húmedo rellano.
Al llegar, el mago dirige el foco de luz hacia el interior del
último pasillo. En éste no hay lápidas. Solo un diáfano
estrecho paso, que vira a la izquierda en su fondo.
Seguimos adelante con cuidado de no caer en ninguna
trampa.
193

Giramos al final y encontramos una sala cuadrada, de unos
cinco metros de lado. En el centro se ubica una tumba,
sobre la que reposa una gruesa losa, con inscripciones
talladas en su superficie. Hay una pequeña estatua en la
punta.
— Pues por lo que se ve aquí no están— digo lo evidente,
mientras Semín inspecciona la sala con más detalle.
— Mirad aquí— Señala un saliente de la tumba—. Se ve
que ha sido arrastrada. Tengo entendido que en estos
túmulos enterraban a los guerreros con sus tesoros.
Miro sobre la lápida. Está escrito en bóldor:
“Aquí yace Rubrem, último rey de los primeros hombres.”
Por lo poco que sé, él y todo su ejército perecieron en la
última batalla de la gran masacre, cuando los Erdan
decidieron acabar con el mal que Amán había introducido
en su sangre.
— ¡Vaya!— exclamo con asombro— ¡Pues aquí reposan
los restos de todo un rey!
— Sabed que hay conjuros y maldiciones que protegen
estos tesoros. Percibo un gran mal, del otro lado de esta
tumba— advierte el mago con cara de preocupación.
— Aunque eso sea cierto, somos Dalmas— replica
Shiroge—. No será la primera vez que me vea las caras
con un ser maligno, y esta vez tengo el arma apropiada.
— Vayamos pues— insta el valiente Biggi—. Lo que está
claro es que no tenemos tiempo que perder.
Shiroge agarra la pesada losa con sus dos manos y la
retira, con cierta dificultad, depositándola apoyada en el
lateral de la tumba. Del hueco se desprende un fuerte olor
a azufre. En el interior, entre una gran cantidad de polvo,
se distinguen relucientes objetos. Entre ellos, destaca un
bastón, con una gema roja en la punta y cuatro anillos de
plata en el mástil. Shiroge lo agarra y tira de él.
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— ¡Zummm!— Se oye un fuerte zumbido, y el suelo
empieza a temblar. Veo que el acceso a la sala se está
bloqueando, mientras cascotes de piedra caen del techo.
Un fuerte golpe derriba una losa en la pared frente a la
tumba, de donde aparece un ser, con forma humana
oscura y sombría, carente de mirada. Agarra un brillante
mandoble en su brazo derecho y en el otro tiene un gran
escudo.
Por un momento nos quedamos paralizados, mientras el
ser camina desafiante hacia nosotros y lanza un ataque
dirigido a Semín, que sigue junto a la tumba. El golpe
contra el escudo del medio elfo, lo proyecta con inmensa
fuerza contra la pared de la izquierda y cae inconsciente.
Shiroge vence el miedo y lanza un ataque, pero el ser logra
pararlo con su escudo. El mago agarra sus bolas del
cinturón.
El tumulario se lanza a por Clarín, que está totalmente
indefenso. Biggi se pone por medio y recibe el poderoso
ataque que resbala por su escudo y le amputa la pierna por
encima de la rodilla. El eledín cae al suelo en estado de
shock, mientras una cascada de densa sangre se
desparrama de la herida.
Consigo lanzar un ataque, aunque débil, que hace que
retroceda. El enemigo mira la punta de mi lanza y se dirige
hacia mí. Aparece Shiroge por el flanco y lanza un
segundo ataque, esta vez es efectivo, el enemigo se
tambalea y lanza un estruendoso gruñido. La bola del
mago golpea la cabeza del ser ya debilitado, que cae al
suelo y se disuelve en una especie de polvo negro.
Intento asistir, con ayuda de Clarín, al eledín caído,
mientras el Shiroge acude en auxilio del medio elfo. Al ver
al herido, me percato de la gravedad de la situación.
Convulsiona en el suelo, mientras intento hacer un
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torniquete. Con las manos llenas de su caliente sangre,
veo que deja de moverse. No hay nada que hacer. Los
azules ojos del mago se saturan de lágrimas e inclina la
cabeza.
— Ersan ard enar, amal— recita en baja voz. Significa en
el idioma de los elfos: Vuelve al lugar de los Ersan, amigo.
— ¡Está consciente!— grita Shiroge desde el lado de la
izquierda, donde se encuentra tendido Semín.
Me apresuro hacia allá.
— Ay...— escucho el leve quejido del medio elfo.
Shiroge se aparta y miro el brazo del escudo del
compañero, parece que no está roto, tiene un gran
moratón, justo debajo del hombro. Además, se ha
golpeado la cabeza contra la pared, lo que le ha provocado
una pequeña brecha en la frente, que no precisará sutura.
Se encuentra mareado, pero sobrevivirá.
Cojo de su saco una de las pociones que encontramos en
la guarida de los Siervos de Amán, y se la doy. De nuevo,
la bebida demuestra su eficacia, enseguida mejora. Incluso
el moratón del brazo parece recuperar en pocos instantes
parte de su tono normal.
Decidimos dejar el cuerpo del compañero caído en la
tumba del rey, una vez sacamos los tesoros.
Además del bastón encontramos una daga brillante de
doble filo, que luce una gema roja en su empuñadura
negra; dos anillos, uno que ahora reconozco sirve para
mejorar la energía en el combate, con la piedra de color
rojo; y otro parecido con una piedra amarilla. Además de
un cofre ornamentado que contiene veinte monedas de
oro.
— Es un gran tesoro, la verdad. Una pena que nos haya
sido tan costoso— aprecia el mago, una vez Shiroge
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termina de colocar, con solemnidad, la losa sobre los
restos del valeroso Biggi.
— “Dartum art tulus”— susurra el eledín.
Nos repartimos el oro en partes iguales, cinco por cabeza.
El hechicero analiza los objetos.
— Este es un objeto intermedio de mejora ofensiva, como
el que llevas, Mirmaerín, pero un poco más poderoso—
dice del anillo con la piedra roja.
— Este es un anillo que canaliza la energía para la esquiva
de ataques— reconoce el de la piedra amarilla.
— Esta es una excelente daga de asesino. Hecha de acero
mágico, tiene implantado un hechizo de ocultación en la
gema— afirma sobre la daga que lleva la piedra roja,
incrustada en la negra empuñadura.
— Esto es un bastón pararrayos. Portándolo un hechicero,
sus anillos se van recargando. Una vez los cuatro aros se
vuelven blancos está listo y puede lanzar una bola de
fuego— aclara acerca del bastón.
Nos lo repartimos de la siguiente manera: Clarín se queda
el bastón, Semín la daga, Shiroge usará el anillo de
energía de ataque y yo el de esquiva.
Una vez estamos de acuerdo y repartimos los objetos,
salimos del apestoso túmulo, donde reposarán los restos
de nuestro valiente compañero caído y nos dirigimos a
continuar nuestra misión.
Al llegar a las barcas, descubrimos que ya no están.
Miramos por todos lados, y vemos a lo lejos una de ellas a
la deriva, acercándose al margen izquierdo del río.
— ¡Maldita sea, se ve que nos la han jugado!— exclamo
con rabia.
— Iré a recuperar la otra barca, aunque apretados, seguro
que los cuatro cabemos en ella— ofrece Shiroge y se echa
a correr junto a la orilla.
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Todos le seguimos. Alrededor de un kilómetro después
llegamos a su altura. El eledín suelta todo lastre de su
cuerpo y lo apila sobre una roca.
Con el musculoso torso desnudo, se lanza a las aguas del
río y comienza a nadar los cien metros aproximadamente,
que hay en esta zona donde el caudal se ensancha. En
apenas un minuto, el grandullón ya está botando la barca y
toma los remos.
— ¡No hay tiempo que perder, como mucho nos sacan un
par de horas!— grita el eledín, que desembarca para coger
sus pertenencias.
Subimos al bote y en un abrir y cerrar de ojos, estamos en
marcha.
Ha pasado toda la jornada y el inagotable Shiroge no ha
parado de remar. A través del halcón no hemos encontrado
aún atisbo de los perseguidos. Esperamos el regreso del
ave, después de su última ronda.
— Ahí viene Miliki— aprecia Clarín señalando al frente.
El pájaro revolotea alrededor del mago y se posa en su
hombro, mientras éste se concentra.
— Hay un faro más adelante y una barca vacía sobre una
pequeña playa de arena— explica el hechicero—. Parece
que ya han llegado.
Unos treinta minutos más tarde, en el tiempo que se hace
de noche, alcanzamos la orilla donde está estacionada la
barcaza robada. Está completamente vacía.
— Aquí hay unas huellas, dirección este— observa Semín
señalando una rampa un poco más allá.
Nos apresuramos hacia ella. Desde su punta, vemos la
almenara del faro, en lo alto de una colina. Un poco más
adelante nos topamos con un pequeño camino y seguimos
por él.
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Una vez alcanzamos la loma, vemos que la vía se bifurca.
A la izquierda se dirige al faro, a unos cien metros de
nosotros, ubicado sobre un acantilado, del que se
escuchan los lejanos rugidos de las olas romper. De frente
el camino sigue hasta unas luces a lo lejos, de lo que
parece ser una pequeña ciudad portuaria, sin duda se trata
de Dúltor.
— ¡Vayamos a la ciudad!— exclama Clarín señalando con
su nuevo bastón.
Seguimos adelante y el camino pasa junto a una gran
playa de arena. Veinte minutos después atisbamos luces
de granjas y poco más adelante llegamos a un gran portón
cerrado, situado en el lateral oeste de una muralla de
madera, que rodea la ciudad.

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