8
Hombres de las Montañas.
Llamamos a la pequeña puerta justo en medio del portón.
Se escucha bastante movimiento del otro lado. Una
ventanita se abre un metro a la derecha, por la que se
asoma la cara de un guardia.
— ¡Qué queréis!— dice el hombre con pocos modales.
— Somos viajeros, buscamos una posada para pasar la
noche dentro de las murallas— responde Clarín.
— Durante la noche no nos tienen permitido abrir esta
puerta, tendréis que ir hasta la puerta principal, la del
camino de Xandria. Tomad ese sendero, por él llegaréis al
lado este de la ciudad— informa el portero señalando a su
izquierda—. Además, en las cercanías, más allá del
cementerio, hay una posada llamada el Gran Descanso.
Dudo mucho que encontréis alojamiento disponible dentro
de la ciudad. Se está celebrando el gran mercado mensual
y la posada Luz del Norte está abarrotada estos días.
— Muchas gracias por la información— responde el mago,
seguidamente el guardia cierra la ventanilla.
Tomamos el sendero y vamos rodeando la muralla de unos
cinco metros de altura, que se extiende por nuestra
izquierda, y en la que, aproximadamente cada cien metros,
se eleva un puesto de vigilancia iluminado por antorchas.
Del lado de la derecha, los candiles de algunas granjas
motean la llanura que se abre en dirección sur. Al girar una
esquina de la barricada, topamos con un camino, que llega
desde dirección suroeste. Probablemente aquí termina la
ruta a pie, que acompaña al río que hemos seguido desde
los cuatro picos y que va a parar a otro portón también
cerrado.
200
El sendero sigue del otro lado, así que atravesamos la vía
y seguimos por él. Un cuarto de hora después, tras otra
esquina, se ve gente a las puertas de la muralla, donde
llega un camino más ancho, que deduzco es el de Xandria.
Entre la oscuridad, un poco más adelante a la derecha, del
otro lado del camino, se atisba un oscuro cementerio, tras
el que se ubican las luces de la posada.
Hay bastante tránsito del otro lado del portón. Gran
cantidad de transeúntes cruzan entre la media docena de
indiferentes guardias, de ropas grises, que lucen en la
solapa un círculo azul con las tres estrellas del norte y que
custodian la entrada.
— ¡Mirad allí!— Semín señala con el dedo hacia la posada.
Al girar la cabeza veo a una joven uniformada pasar por
delante de los candiles de la posada, cojea de la pierna
derecha y viene sensiblemente herida. Los guardias se
percatan también de la situación y corren a socorrerla.
— Entremos ahora, nos evitaremos suspicaces
preguntas— propone Clarín.
Asentimos y entramos en la ciudad.
Hay una poblada avenida justo delante, la mayoría de las
casas a los lados son de piedra en su base, con el tejado y
las vigas de madera de roble. Forman una hilera de unos
cien metros de largo en dirección al centro de la población,
donde se ubica una gran plaza.
Varias callejuelas radian desde ella y en el medio se alza
un humilde templo de Túlmar, Erdan de la navegación,
enfrente de una estatua de Reéjtar, Erdan del comercio. La
zona está abarrotada. Es hora de cenar y la gran taberna,
del otro lado, justo en la esquina de la avenida que conecta
la plaza y el puerto, tiene la puerta muy concurrida.
Todo el camino he ido mirando las caras de los paseantes,
hay gentes de todas las razas, pero aún no he visto al feo
201
medio elfo, cuya cara no se me borra de la mente, y su
acompañante.
— Vayamos al puerto, por aquí no están— propongo a la
compañía.
— Me parece bien, aunque dudo mucho que se dejen ver
fácilmente, saben que les estamos persiguiendo—
responde Clarín, seguramente con razón.
Cruzamos la plaza y pasamos por la avenida junto a la
posada, que abarca de esquina a esquina, hasta llegar a la
zona portuaria. Del otro lado, la taberna tiene otra entrada
iluminada con candiles, donde hay una terraza con cinco
mesas, todas ocupadas.
De frente, al otro lado de una explanada, se abre a ambos
lados un gran muelle de granito, con una quincena de
barcos atracados y que no dejan ni un solo hueco del
ajetreado embarcadero. Barcas de menor tamaño ocupan
una zona en la punta oeste.
Hay marinos en todas las pasarelas, en las que cuelgan
pequeños faroles de colores dando un aire muy festivo.
Veo dos parejas de guardias, una en cada punta del
muelle.
— Buscad sitio en la posada, yo interrogaré a los guardias,
como os he dicho, la cara del medio elfo es muy
reconocible— propongo a mis compañeros.
— ¿Tú solo?— pregunta Shiroge.
— Sí, será mejor no llamar la atención.Y tú, mi querido
amigo, eres debido a tu tamaño, demasiado llamativo— le
argumento a mi compañero eledín—. De hecho, no está de
más que busquéis algún rincón escondido en la posada.
Voy primero a los de la derecha, hacia la punta este, que
están ligeramente más cerca.
Observo a los guardias. Son jóvenes cadetes, que habrán
tenido que incluir en los turnos para cubrir las necesidades
202
del evento. Al más bajito, el uniforme le cae algo grande,
no creo que tenga más de quince años.
— Buenas noches, soldados— saludo a los muchachos.
— Buenas noches. ¿Qué quieres?— responde el mayor de
ellos, un poco a la defensiva.
— Estoy buscando a unos amigos, son dos medio elfos,
deben haber llegado esta misma tarde— Para no levantar
sospechas, miento a los muchachos—. Me da vergüenza
reconocerlo, pero uno de ellos es muy feo, con grandes
orejas, el gesto torcido y la cara llena de marcas. Además,
no tiene un solo diente recto. Tienen el pelo negro poco
arreglado y ambos llevan un pendiente de aro.
— Yo no he visto a ningún medio elfo con esa
descripción— responde el joven uniformado.
— ¡Vaya!, me urge verme con ellos, estoy dispuesto a dar
una suculenta recompensa por encontrarlos— pruebo a
tentar a los jóvenes.
— ¿Qué recompensa?— pregunta el más bajito con
codicia.
— Dos monedas de plata— Intento no pasarme, no quiero
llamar la atención. Es el sueldo de una semana que recibe
un Yelmo de León en Gáldoras, y dicen que son los mejor
pagados del reino.
— Si vemos algo se lo diré, señor— responde el
jovencísimo guardia.
Asiento y me dirijo al otro lado del muelle, siempre
pendiente por si me cruzo con alguno de esos malnacidos.
Otro joven guardia acompaña a uno de mayor edad.
— Buenas noches, señor— me comunico con el de
aspecto mayor.
— Buenas noches, caballero— responde con cortesía—.
¿En qué puedo ayudarle?
203
— Estoy buscando a un par de medio elfos, deberían
haber llegado esta tarde— repito los argumentos—. Uno es
bastante reconocible, de aspecto horrendo, casi
bufonesco, con el pelo moreno, y ambos llevan un
pendiente de aro.
— Me temo que hay mucho ajetreo. He visto algunos
medio elfos, pero ninguno que concuerde con la
descripción— contesta de nuevo el uniformado.
— Si lo vieran, estaré cenando en la posada Luz del Norte.
Estoy dispuesto a dar una recompensa, me urge verme
con ellos. Que tengan buen servicio— añado mirando a
ambos guardias y me giro para regresar hacia la taberna.
Sin duda va a ser tarea difícil dar con el par de villanos, ni
siquiera tenemos seguridad de que sigan en la ciudad.
Mañana estaré pendiente de los barcos que zarpan desde
primera hora.
Al entrar en la posada no distingo a mis compañeros, doy
una vuelta por los dos grandes salones del que está
compuesto. Uno de ellos tiene un escenario, en el que un
joven bardo humano se acomoda con cierto nerviosismo.
Veo más allá del escenario la cabeza de Shiroge, en una
desapercibida mesa contra la pared y me dirijo hacia ellos.
Más de sesenta personas de todas las razas abarrotan
solo este comedor, que sumados a los que hay en la
habitación contigua y los que beben en las puertas del
local, serán más de ciento cincuenta clientes que
ambientan la taberna con risas y sonidos de copas brindar.
Justo llego al sitio que me tienen guardado, cuando el
joven comienza a tocar.
Parece que le cuesta arrancar, por un momento se queda
bloqueado ante el ansioso y ebrio público. Clarín saca un
pequeño ukelele del saco y da un salto por el lado hasta el
204
escenario. Se coloca al lado del apabullado juglar y
comienza a tocar.
Lo cierto es que el mago es muy hábil con su instrumento.
Toca una animada música, mientras recita un viejo poema
de mar, que algunos de los asistentes conocen y replican
con sus cantos, a la vez que otros dan palmadas y
bailotean al incesante ritmo del instrumento.
El bardo coge confianza y hace sonar su clarinete
acompañando notablemente a la música. Resuena el
estribillo.
“Mi Erdan es Túlmar
Y mi barco mi tesoro
En el mar me siento libre
Por eso yo le imploro
Vivir en el mar mis sueños
Y perder en su fondo mi oro
Navegar sobre el mar libre
Y perder en su fondo mi oro”
Un atronador aplauso estalla y todo el mundo brinda y ríe.
El músico choca su mano con la de nuestro compañero
elfo en forma de saludo, y éste baja del escenario.
Parece que el bardo ha perdido el miedo escénico y puede
continuar solo. Con los primeros acordes de la nueva
melodía, regresa el mago de su actuación.
— ¡Genial Clarín, esto sí que ha sido magia!— Aplaude
Shiroge muy animado.
Todos nos reímos y estrechamos la mano del hechicero,
que sonríe con algo de rubor.
Aprovechando que la comida está servida, nos ponemos a
cenar. A pesar del bullicio de fondo, logro explicar al resto
de los Dalmas el fracaso de mi búsqueda y mis intenciones
de madrugar. No es sitio para hablar, especialmente ahora
que un grupo de bahaluks se unen, como es habitual en
205
ellos tras la cena, y empiezan a acompañar con su alegre
música. El ambiente es festivo, despreocupado, jovial… no
es bueno para nuestros intereses.
— ¡Tendremos que ir a la posada de fuera a dormir!—
vocea Clarín para hacerse oír.
— Pues no tardemos mucho, no estamos aquí de
fiesta...— No es que recrimine la actitud alegre de mis
compañeros, entiendo que después de tantos días de
fatigosa persecución y cautiverio, tengan ganas de
disfrutar. Pero no me gusta la sensación de que estamos
dando por perdida la misión, que me empuja a creer que
no recuperaremos la Luz de Rosa.
— Si queréis, quedaos vosotros a disfrutar de la velada, de
todas maneras yo soy el único que puede reconocer a los
sectarios— recapacito en seguida.
Los alegres compañeros Dalmas responden con una
sonrisa, así que me levanto y salgo entre la multitud.
Primero paso a ver a mis informantes guardias de la zona
del puerto. En la hora que he tardado en cenar, no ha
habido novedades.
Hago una pequeña parada en el templo y tras unas breves
oraciones, me dirijo sin dilación hacia la taberna El Gran
Descanso, en el camino de Xandria. Me percato de que,
poco a poco, la actividad nocturna va decayendo por las
calles de la pequeña ciudad costera.
La taberna de las afueras no está tan llena. Los últimos
comensales apuran la cena. La mitad de las ocho mesas
que hay en el comedor están ocupadas y hay ambiente de
tranquilidad. Me acerco a la barra mientras me fijo en los
huéspedes.
Hay un grupo de cuatro guardias humanos, con el símbolo
de las tres estrellas en la solapa, que toman una cerveza
en la mesa en el medio. Otra en el fondo, junto a la
206
esquina, está compuesta por cinco integrantes, tres medio
elfos y dos humanos, pero no reconozco a ninguno de los
huidos. Una pareja debate, un tanto acalorada, ocupando
la que está de fondo junto a la barra. Por último, cerca de
la puerta que da a las habitaciones, hay dos guerreros, no
tiene muy buena pinta, uno tiene un vendaje con sangre
fresca en el brazo derecho.
— Buenas noches— saludo al tabernero—. ¿Tiene una
habitación para mí y tres compañeros que están por
venir?—
— Está de suerte, aún tengo un par de habitaciones, una
de ellas con cuatro camas— contesta el hombre tras la
barra.
— ¿Qué cuesta?— pregunto mientras echo mano al
morral—. Incluya el desayuno.
— Dos monedas de bronce en total— responde—. Una de
bronce y dos de cobre por la habitación y otras ocho de
cobre por el desayuno.
— Mis compañeros son un eledín de enormes
dimensiones, acompañado por un elfo y un medio elfo.
Preguntarán por Mirmaerín— explico al posadero a la vez
que hago entrega de las dos piezas.
Se oye jaleo en el camino. A través del ventanal, veo
aparecer un numeroso grupo de personas caminando con
dificultad, que marchan hacia Dúltor.
— ¿Qué está ocurriendo?— pregunto al tabernero.
— Al parecer han atacado la ciudad vecina de Xandria,
durante toda la noche han estado llegando heridos—
contesta cabizbajo.
— ¿Quiénes son los asaltantes?— pregunto con
curiosidad.
— Un grupo de Hombres de las Montañas, al parecer—
responde de nuevo—. Según tengo entendido, son
207
humanos de estilo de vida salvaje, que habitan en el norte
de las montañas Morguel. Salvo algún encuentro
ocasional, nunca ha habido mayores problemas con ellos.
Este ataque ha tomado a todos por sorpresa.
— ¿Qué posibilidad hay de que nos ataquen aquí?—
insisto con el interrogatorio.
— No lo sé, hará poco más de dos horas, la sargento
Névula regresó herida, al parecer había acompañado a
una partida de Dalmas en busca de información. Ella fue la
única superviviente. Supongo que el capitán Gílmed está
ya al tanto de todo— añade con preocupación el tabernero.
— Gracias por la información, señor. ¿Dónde se ubica la
habitación?— me despido, a fin de cuentas, este asunto no
tiene relación alguna con mi misión.
— Por esa puerta de allí, suba las escaleras y tome el
pasillo, es la segunda puerta de la izquierda. Tiene vistas
al camino— indica con el dedo la puerta tras los dos
hombres heridos.
Sigo las indicaciones y subo a la habitación. Lo cierto es
que estoy agotado y mañana tengo que despertarme antes
del amanecer. Es hora de dormir.
Suena un lejano murmullo de un gallo y abro los ojos. He
tenido un sueño profundo y estoy un tanto desubicado. Veo
algo de claridad por la ventana de la habitación.
Miro a mi alrededor y veo que Shiroge duerme a pierna
suelta. Clarín está también tumbado, boca arriba con los
ojos entreabiertos y Semín se recuesta de lado contra la
pared.
Me levanto sin hacer ruido, cojo mis cosas y abandono el
cuarto. Es tarde, espero que ningún barco haya zarpado
aún.
No paro a desayunar, solo saludo al pasar a la joven que
se encarga de la barra. Me apresuro hacia las puertas de
208
la ciudad, esta vez contemplando el lúgubre cementerio a
mi derecha, que empieza a bañarse por las primeras luces
del alba.
Cruzo la entrada sin incidencias, avanzo fijándome en los
madrugadores transeúntes hasta llegar a la plaza. Más de
medio centenar de personas están montando un
mercadillo, cuyo pasillo central gira en torno al templo y la
estatua.
Atrocho entre los puestos y avanzo junto a la posada hasta
el puerto. Veo que hay mucho movimiento. Al mirar al
fondo, me percato de que ya dos barcos hacen maniobras
de desatraque. Corro hacia la punta del muelle, e intento
divisar a los ocupantes.
En uno de ellos, veo marinos humanos atareados con los
aparejos y las poleas para abrir las velas, maniobrando en
dirección al oeste.
Un poco más allá, el barco más madrugador toma ya
rumbo este. Al mirar al hombre del timón me percato por
las vestimentas, que es uno de los medios elfos que había
visto la noche anterior.
Me mantengo en el muelle durante tres horas más,
paseando por las pasarelas y hablando con los marinos y
los guardias. La búsqueda es absolutamente improductiva.
Un total de media docena de barcos han abandonado el
lugar y ni rastro de los Siervos de Amán. Mis peores
temores se confirman, hemos fracasado.
Me siento cabizbajo en una escalinata, cuando oigo la voz
de Shiroge.
— Anímate, Mirmi. No es el final, solo una piedra en el
camino— me dice mientras apoya su enorme brazo sobre
mi hombro.
209
— Es extraño, siento un desagradable desasosiego de
saber que no volveré a verla más— respondo refiriéndome
a la piedra.
— ¡Basta de ñoñerías!— exclama el medio elfo—. Hay que
pensar qué vamos a hacer ahora.
— Debemos enviar un mensaje a Néster, el abad. Seguro
está impaciente por tener noticias— opina Clarín—.
Vayamos a ver a Murkan, el alcalde de la ciudad, creo que
podrá ayudarnos. He oído de él que es un hombre muy
anciano, además de un fiel súbdito del rey Árathan.
— Después podíamos echar un vistazo a ese enorme
mercado, viniendo hacia acá he visto que venden de
todo— añade el eledín.
Clarín se acerca a un guardia a preguntar por el paradero
del alcalde, un minuto después regresa con noticias.
— Al parecer Mulkan está gravemente enfermo, desde
hace tres días. Me han recomendado hablar con su hijo, el
capitán de la Guardia de las Tres Estrellas— nos aclara el
mago—. Me ha indicado que hay una casa grande en la
parte oeste de la ciudad, es la residencia del alcalde,
donde además está el despacho del oficial.
Nos dirigimos hacia allá cruzando el muelle, para evitar el
trasiego de la gran plaza. Pasamos una pequeña callejuela
de viviendas y llegamos hasta una plazoleta donde
además de la mansión señalada, hay un edificio militar
junto a unas caballerizas. La puerta de la vivienda principal
está custodiada por una pareja de Guardias de las Tres
Estrellas.
— Buenos días, viajeros— nos saluda uno al vernos llegar
ante ellos—. ¿Qué desean?
— Venimos a hablar con Gílmed, el capitán. Es un asunto
importante— anuncia el mago—. Venimos de parte de
Néster, abad de la abadía de Thal, en Íshar.
210
— Voy a preguntar— responde el uniformado, que se gira y
entra en el edificio.
Un par de minutos después regresa.
— Podéis pasar— Nos abre la puerta el guardia—. Es la
primera habitación de la derecha.
Accedemos a la lujosa vivienda. Me llaman la atención las
pequeñas esculturas de fina porcelana, sobre pedestales
ornamentados, que se disponen a lo largo del pasillo.
— Toc, toc— El mago llama a la puerta.
— Adelante— una ronca voz masculina se oye del otro
lado.
Al entrar nos encontramos con un humano de unos
cincuenta años, con el pelo y la barba canosa vestido de
uniforme militar, que se sienta tras un amplio escritorio de
roble, lleno de documentos. Hay dos estanterías a los
lados de la sala y un par de asientos en el medio, de frente
al capitán.
— Buenos días, señores— saluda educadamente—. Me
comenta el guardia que están aquí por un asunto
importante y que vienen de parte de Néster. ¿Quiénes sois
y de qué se trata?
— Mi nombre es Clarín, soy miembro de la abadía, hemos
llegado hasta aquí en persecución de unos Siervos de
Amán que han robado un objeto de gran importancia.
Necesito informar al abad de la situación— explica el mago
dando el mínimo de detalles.
— ¿Qué clase de objeto?— pregunta Gílmed con mirada
curiosa.
— Se trata de una gema con gran poder, es un asunto
vital, es todo lo que puedo decirle— responde con cautela
el elfo.
211
— Está bien, enviaré un cuervo a Íshar, tardará un día en
llegar y de haber respuesta, otro más en recibirla— acepta
el oficial.
Acerca una pluma y un papel a Clarín, que empieza a
escribir sobre él.
— ¿Tenéis algo que hacer en estos dos días?— Nos mira
a todos.
— Pues no, teníamos pensado ir al mercado— contesto
esperando una propuesta.
— Estoy terminando de redactar un cartel, en el que
pretendo reclutar Dalmas para una misión muy
importante— Nos muestra el letrero.
“AVISO:
Se precisan Dalmas para una misión de reconocimiento.
Se ofrecen VEINTE monedas de ORO.
Contactar con el capitán Gílmed”
Todos leemos el cartel. Sin duda es una buena
recompensa, pero no sabemos qué peligros entraña la
misión. Veo a mis compañeros torcer el cuello,
reconociendo el atractivo de la oferta.
— He oído que unos Hombres de las Montañas han
atacado Xandria— hago saber mi información—. ¿Tiene
algo que ver?
— Parece que estás bien informado. Así es, pero no es el
destino de Xandria lo que me interesa saber— reconoce el
oficial—. Anoche, una de mis guardianas regresó herida.
La había enviado a una misión con unos Dalmas, pues
hace cinco días no tenemos noticias del castillo de
Kaalbhart, ubicado en el lago del mismo nombre, por el
paso entre las montañas Morguel. Los exploradores
acompañados por mi guardiana, alcanzaron la posada
Cruce de Montañas, que se encuentra al pie de la cadena
montañosa, cinco kilómetros después del desvío que hay,
212
a medio día de camino, en dirección a Xandria. El señor
del castillo, Farwin, es primo de mi padre y estamos muy
preocupados por él. Más aún ahora, que sabemos que los
Hombres de las Montañas han conseguido llegar hasta la
costa.
— ¿Qué sabe de esos Hombres de las Montañas?—
pregunta Shiroge.
— Son salvajes de piel muy clara y largas melenas
castañas. Cazadores que viven en una sociedad patriarcal,
cuyo líder es Túlkar, un enorme hombre de más de dos
metros y gran fuerza, según los informes. La mayoría son
más bien bajitos, de un metro setenta aproximadamente.
Rezan a Mísal, Erdan de la caza y la curtición. Visten con
pieles de oso y de lobo, que ellos mismos curten con gran
habilidad. Suelen usar hachas, pero también son
excelentes lanceros. Realmente se trata de una comunidad
muy peligrosa, que hasta ahora se habían mantenido al
margen de todo— describe el capitán con detalle.
— ¿A qué distancia se encuentra el castillo?— pregunta
Clarín.
—Habrá un día de camino a pie, pero si aceptáis, os
prestaré caballos. A buen ritmo hay cuatro horas hasta la
posada y otras tantas desde allí al castillo. Si salís ahora,
será aún de día cuando lleguéis— informa el Gílmed—.
Según la soldado herida, el grupo que les atacó ocupa la
posada, a modo de puesto de avanzadilla.
Los cuatro nos miramos los unos a los otros con gesto
afirmativo.
— Está bien— responde Shiroge—. Aceptamos. Prepare
los caballos para después del almuerzo. En un par de
horas.
Esta vez estoy con mi amigo eledín, no he desayunado y
tengo hambre, además podremos usar el tiempo para dar
213
una vuelta por el mercado. El oficial redacta un contrato
con las condiciones del trabajo y todos lo firmamos.
— ¿Podemos hablar con la guardiana que regresó
herida?— pregunta Clarín.
— No hay problema, se fue hace un rato a la posada Luz
del Norte, su nombre es Névula— asiente el capitán—.
Todos los lugareños la conocen. Preguntad a Dorin la
posadera.
Nos despedimos y salimos del edificio.
— Vayamos directamente a buscar a la chica— propone el
hechicero—. Luego iremos al mercado y cogeremos
provisiones para la misión.
Todos asentimos y le seguimos a través de la plazoleta
hasta una pequeña calle, que da del otro lado a la
abarrotada gran plaza de Dúltor.
Rodeamos el mercado por la izquierda hasta llegar a la
posada. El ajetreo a la puerta de Luz del Norte es
incesante, con dificultad entramos en la taberna.
Hay mucho movimiento también en el interior, pero
fácilmente distingo a un grupo de guardias en torno a una
mujer, morena con los ojos verdes y de porte esbelto, que
relata alguna historia que cautiva la atención de sus
acompañantes.
— Sin duda es ella— expongo a los compañeros mi
intuición.
— Seamos educados y asegurémonos— contesta Clarín
mientras se dirige a la barra.
El mago habla con la tabernera, que le señala hacia la
mesa de la joven afanada con su relato, ante la atenta
mirada de los guardias.
— Tenías razón— El elfo me guiña el ojo y nos dirigimos a
la mesa.
214
— …No me quedó más remedio que huir a pesar de las
heridas— concluye el relato mientras alza la vista al vernos
llegar.
— Buenas tardes sargento Névula— me dirijo a ella con
educación—. El capitán Gílmed nos ha asignado una
misión y nos gustaría hacerle unas preguntas.
— Pues vale— responde afirmativamente pero sin mucho
ánimo.
— Nos dirigimos hacia Kaalbhart, a ver cómo está por allí
la situación— le describo la misión—. El capitán nos ha
informado de que ha sufrido un percance en la posada
Cruce de Montañas. ¿Nos puede decir cómo están las
cosas por allí?
— Como les comentaba a mis compañeros, estuve allí
ayer mismo, junto con cuatro Dalmas: un bahaluk llamado
Mishika, un elfo de nombre Jatema y un hombre y una
mujer, Cosako y Melish se llamaban— comienza a relatar.
— ¿Melish?— interrumpe Clarín, algo poco común en él.
— ¿La conocías?— pregunta Névula.
— La verdad es que sí, era una hechicera de la abadía,
hace como un mes abandonó Íshar en busca de
aventuras— contesta con voz triste el mago—. Pero
continúa, siento la intromisión.
— El caso es que llegamos a la posada y nos percatamos
de que había sido asaltada, intentamos acercarnos con
cuidado, pero tu amiga tropezó y se quedó paralizada.
Unos Hombres de las Montañas, un total de siete, nos
atacaron y dieron al traste con nuestra estrategia. La
hechicera acabó con la vida de uno de ellos con un
proyectil de electricidad, antes de que se les echaran
encima. El resto, viéndonos superados intentamos huir,
pero solo yo logré escapar. Al menos otro de ellos quedó
gravemente herido— termina de relatar.
215
— ¿Cómo son las cercanías del lugar?— se interesa
Semín, quizás con idea de poder prever una estrategia de
asalto.
— Pues hay algo de arboleda, la vía pasa justo por delante
de la taberna, que es visible desde una pequeña loma, por
donde atraviesa el camino, como un kilómetro antes—
contesta la mujer.
— ¿Hay algo más que pueda servirnos de ayuda?—
pregunta Clarín para finalizar.
— La verdad es que sí— contesta afirmativamente,
clavando la mirada profundamente en los ojos del elfo—.
Esos Hombres de las Montañas luchan con una ferocidad,
que jamás había visto, hasta la extenuación y sin miedo.
Sed muy cautos.
Agradecemos el consejo de la sargento y salimos al
mercado.
— Si es cierto lo que dice Névula, tendremos que andarnos
con ojo— advierto a mis compañeros con un cierto tono de
acongojo.
— Son ellos los que deberían de tener cuidado— me
contesta Shiroge con seguridad.
Sin duda esos Hombres de las Montañas aún no se han
enfrentado a un tipo como el grandullón. La verdad, que el
eledín sea parte de nuestro grupo ayuda, y mucho, a
disipar el miedo.
Decidimos separarnos en el mercado. Shiroge y yo
tomamos la calle central en dirección horaria, mientras
Clarín y Semín van en la otra dirección. Nos cruzaremos
del otro lado. De haber algo interesante nos lo haremos
saber.
Transitamos por el estrecho y abarrotado paso entre las
improvisadas tiendas, de las que sobresalen muestras de
ropa y de toda clase de accesorios, que el eledín tiene que
216
ir evitando. Hay animales vivos, frutas y verduras, ropa,
bisutería, esculturas de dioses para decorar las viviendas,
incluso armas y armaduras, pero nada interesante que
mejore lo que tenemos.
— ¡Pof!— escucho un moderado estruendo a mi derecha.
Al mirar me percato de un comerciante bahaluk, que está
junto a un bidón metálico del que emana humo negro. Sin
duda es el mercader de Estrian, al que Elion le compró la
útil bomba inflamable que nos salvó del ataque de los
piratas. Me acerco al pequeño vendedor.
— Buenos días— Intento repetir el saludo que Aulas hizo a
sus camaradas en la posada El Sauce Feliz.
— Bienfenido, señorr— contesta el bahaluk, cuyas puntas
de su pelirroja melena me llegan hasta el pecho—. ¿Está
interresado en adquirrir uno de nuestrros frrascos
insendiarrios?
— La verdad es que sí, ¿qué es lo que cuestan?— No
tengo duda que merece la pena.
— Sinco monedas de plata por frrasco— contesta el
mercader.
Vaya, sin duda no son nada baratos. Veo detrás del
bahaluk que tan solo le queda media docena de frascos.
— Está bien, me llevaré uno— A pesar del elevado precio
merece la pena disponer de él.
Entrego las piezas, guardo el frasquito con la mecha en mi
mochila y seguimos avanzando por el mercadillo. Poco
después nos encontramos de frente con nuestros
compañeros, habremos tardado una media hora.
— Por ahí no hay nada que nos haya llamado la
atención— informa Clarín al llegar hasta nosotros—. ¿Qué
tal por vuestro lado?
217
— He comprado un artefacto incendiario, pero son
carísimos— le contesto—. Creo que son las últimas
existencias y le quieren sacar partido.
— Está bien. ¿Qué os parece si comemos en la posada el
Gran Descanso?— propone el mago—. Lejos de la
aglomeración nos atenderán más rápido y ya estaremos en
el camino.
— Me parece buena idea— opina Semín—. Pero
tendremos que ver si ya tienen listos nuestros caballos.
— Vayamos a comprobarlo— propongo mientras me giro
dirección a la mansión del alcalde.
Tras unos minutos llegamos hasta la puerta, los mismos
jóvenes guardias siguen allí apostados.
— Buenos días, señores— nos dice el más parlanchín—.
Ya tienen sus caballos listos, en la cuadra de allí.
El uniformado señala hacia la punta noroeste de la plaza,
donde se sitúa la gran caballeriza. Nos despedimos con un
gesto con la mano y nos dirigimos hacia allá.
Al vernos llegar, el hombre al cargo de la cuadra viene
hacia nosotros, acompañado por un mozo.
— Buenos días, señores— nos saluda—. Creo que son
ustedes los Dalmas que precisan de cuatro montas,
¿verdad?
— Así es, si están listas partiremos enseguida— respondo.
— Por supuesto— asiente—. Miles, trae a estos caballeros
los corceles que hemos preparado.
El ayudante se dirige a la puerta de uno de los establos.
Sale un par de minutos después con las riendas de cuatro
caballos en buen estado, bien alimentados y con el pelaje
brillante. Destaca por su tamaño una yegua marrón, con
una tira de pelo color blanco en su hocico.
218
— La yegua es perfecta para este hombretón, ya nos
habían informado de su tamaño— ofrece con una sonrisa
tensa el responsable de la caballeriza.
Montamos a las bestias y partimos rumbo a la posada. No
nos entretenemos demasiado. Amarramos los caballos a la
puerta y entramos con presteza.
El amable posadero está en la barra y nos hace un gesto
con la mano. El comedor está casi vacío; es un poco
pronto para almorzar.
— Buenas tardes, señores, sean de nuevo bienvenidos—
saluda el tabernero con una abierta sonrisa.
— Queríamos comer algo, partimos enseguida— anuncio
al hostelero—. También precisamos algunas provisiones,
para un par de días.
— Por supuesto. Darla, la cocinera, acaba de terminar su
rico estofado de cerdo— ofrece el hombre—. Por favor,
sentaos.
— Vaya poniendo también cuatro jarras de cerveza— pide
Shiroge la bebida.
Rápidamente nos sirven las cervezas, pocos minutos
después llega la comida, servida en unos hondos platos de
barro, además de una hogaza y una ensalada. El estofado
es de muy buena calidad, la carne está tierna, casi se
deshace, y la espesa salsa, digna para apurar el pan. Tras
la comida, abono alegremente la moneda de bronce: ocho
de cobre por la comida y dos más de propina, y salimos en
dirección sureste.
Tras algo más de dos horas avistamos la desviación. Hay
un letrero de dirección con tres flechas donde se lee a la
izquierda “Xandria”, de frente “Kaalbhart”, hacia atrás
“Dúltor”.
219
Seguimos de frente y unos minutos después alcanzamos el
alto de una loma. Desde allí, tal y como dijo la sargento
Névula, es visible la pequeña posada a lo lejos.
— Será mejor amarrar aquí los caballos— propone
Semín—. Cuando hayamos desalojado el paso volveremos
a por ellos.
— Tienes razón— coincido con el medio elfo—. Será mejor
aproximarnos sin hacer ruido.
Atamos los caballos a unos treinta metros del camino,
entre unos matorrales en medio de la arboleda y
comenzamos a acercarnos: por el margen izquierdo de la
vía vamos Shiroge y yo, mientras que nuestros
compañeros avanzan acechando por la derecha.
Alcanzamos la posada, que está sensiblemente dañada, y
nos situamos a unos veinte metros sin ser vistos.
Esperamos entre la maleza unos minutos.
Sin duda hay gente en su interior. Por la chimenea sale
humo y huele a carne asada. Se ve a uno de ellos a través
del ventanal con los cristales rotos, que da hacia el camino.
— Acércate a la puerta, voy a lanzar el artefacto
incendiario; les obligará a salir— susurro a Shiroge el
plan—. Nuestros compañeros podrán atacar por la
espalda.
Shiroge asiente y avanza unos metros. Se coloca junto a
unos arbustos, cerca de la esquina opuesta del edificio.
Veo a Clarín con sus bolas preparado, pero no diviso a
Semín. No hay tiempo que perder, extraigo el frasco de mi
mochila y prendo su mecha.
Me concentro en el lanzamiento y arrojo el recipiente hacia
el hueco de la ventana, éste choca contra el marco y
detona una explosión seguida de un fuerte fogonazo, que
incendia la fachada.
220
Se oyen gritos en el interior. Un hombre en llamas sale
espantado y se revuelca en el suelo del camino. Agarro mi
lanza.
Por la puerta, otro hombre aparece para auxiliar al primero.
Shiroge sale de su escondite y carga contra el desarmado
compañero y le propina un gran golpe de mandoble en la
mandíbula que descarna la cara del oponente y éste cae al
suelo. Seguidamente ejecuta al que está revolviéndose en
llamas.
Otro enemigo sale de la incendiada posada y carga contra
el eledín. Me apresuro para lanzarle mi lanza, pero el
ataque es fallido y ésta se clava en la pared, junto al marco
de la puerta.
El adversario está a punto de asestar un golpe sin
oposición a mi amigo, alza los brazos con su hacha sujeta
y… — ¡Zas!— las bolas del mago impactan contra la
cabeza del atacante que lo derriba. Agarro mi otra lanza y
salgo hacia la posada.
Escucho ruido en el interior. Veo a través del ventanal en
llamas a Semín, enfrentándose a dos oponentes y necesita
ayuda. Shiroge entra en el comedor, yo voy detrás de él,
Clarín viene tras de mí.
Al cruzar la puerta, observo cómo Shiroge clava su arma
en la espalda de uno de ellos que suelta un alarido. El otro
intenta devolver el ataque al grandullón, pero consigo
poner en medio mi escudo. El golpe es fuerte, pero repelo
el ataque.
Semín aprovecha para lanzarse con su katana por el flanco
del Hombre de las Montañas. Buen ataque que incrusta el
arma en el costado, afectando al hígado. Un chorro de
sangre densa cae de la herida y se derrama por el cuerpo
del último de ellos, que no vacila e intenta seguir luchando,
incluso herido de muerte y lanza un último ataque al aire.
221
Justo después clavo mi lanza en el corazón del guerrero.
Sus pupilas se contraen y exhala su aliento final.
— ¡Victoria!— jalea el hechicero.
Registramos los cuerpos de los caídos, pero no tienen
nada de valor. En la parte de atrás vemos los cadáveres
apilados de los Dalmas. Entre ellos está el cuerpo de
Melish.
Clarín se inclina ante su amiga y una lágrima cae por su
mejilla y susurra unas palabras—: “Addan amal”— Adiós,
amiga.
— Entreguemos los cuerpos a la tierra— propone el mago.
— Tardaríamos horas— le contesto.
— Tienes razón, pero al menos enterraré a mi amiga—
insiste el hechicero sensiblemente afectado.
Conseguimos encontrar un par de palas en la cuadra y nos
ponemos a cavar. Entre los cuatro tardamos algo menos
de una hora. En el último relevo Semín y Shiroge van a por
los caballos. Una vez el procedimiento funerario ha
concluido, partimos hacia el sur, dirección al lago
Kaalbhart.
Aún quedan un par de horas de luz por delante cuando
divisamos por fin el gran lago. Nos encontramos cerca de
la ladera de una montaña, al oeste de las aguas, por la que
discurre el camino.
Desde este punto la ruta desciende hacia el sureste,
dirección al lago, situado en el centro de un inmenso valle,
circundado por una enorme cadena montañosa.
A unos cincuenta metros de la orilla, el camino vira de
nuevo hacia el sur, manteniendo la distancia con la ribera.
— Mirad allí— Shiroge señala a unos juncos en el borde
del agua, junto a ellos hay una barca.
De nuevo, apartamos los caballos del camino,
escondiéndolos en la zona boscosa que envuelve la vía y
222
aprovechamos para dejarles algo de heno y agua, que
portan en las alforjas.
Comenzamos a avanzar con sigilo dirección al lago,
comprobando en todo momento que no hay nadie a la
vista. Ya cerca de la barcaza, distinguimos flechas
clavadas en su casco.
— Hay alguien a bordo— advierte Semín, el primero en
llegar—. Parece con vida.
Observamos al moribundo hombre, con una flecha clavada
en el hombro. Ha perdido mucha sangre y su pulso es muy
débil.
Saco el frasco con la mitad del brebaje e intento dárselo. Al
sentir el líquido en la boca, el herido intenta beber, seguido
de una tos. Parece que momentáneamente recupera el
sentido.
— Hay que huir, hay que huir… — repite con voz débil.
— ¿Qué ha ocurrido?— pregunta Semín.
— Hombres de las Montañas asaltaron el castillo— explica
el hombre con dificultad—. Apresaron a mi señor Farwin.
Yo conseguí huir por el pasadizo oculto en la torre
suroeste, a través del arroyo de desagüe, que da al lago
por un pequeño hueco en la fachada norte.
De nuevo el hombre pierde la consciencia. Intento
reanimarlo pero su tez se torna rígida y se corta su
respiración falleciendo entre mis brazos.
— ¿Y ahora qué?— pregunta Shiroge—. Ya tenemos la
información.
— Pero lo cierto es que estamos muy cerca, quizás
podamos acercarnos en el refugio de la noche y acceder al
castillo por el acceso oculto— opina Clarín.
— Me parece bien, pero dejemos los caballos, nos
aproximaremos en el bote— propone Semín, a lo que
asentimos.
223
El sol empieza a caer. Sacamos el cuerpo del hombre y
embarcamos. Veo que el mago toma el halcón en su mano
y le susurra algo.
— Miliki vigilará los caballos, si ocurre algo, me buscará—
El hechicero asigna la tarea al plumoso guardián.
Esperamos a que los últimos rayos empiecen a
desvanecerse en el oeste, antes de zarpar. Solo el tenue
brillo del cuarto creciente de las lunas nos acompaña.
Tras navegar con cautela junto a la orilla durante unas
ocho horas, avistamos a lo lejos las antorchas encendidas
de las torres del castillo. Decidimos apearnos a una
distancia prudencial, como a un kilómetro.
Desde allí avanzamos en silencio entre la arboleda que
rodea la orilla. Ya cerca de los muros, distinguimos el
hueco en su base del lado norte, que mira al lago.
— Vayamos de uno en uno hasta la esquina y
peguémonos contra la pared— propone Semín.
Uno tras otro nos acercamos sigilosamente entre las rocas,
que abundan entre la orilla del lago y la fortaleza con forma
cuadrada. Tiene cuatro torres redondas conectadas por
murallas de diez metros de altura. Llegamos sin problema
hasta la base de la que está orientada hacia el norte y
avanzamos pegados a la pared en línea. Semín va el
primero, seguido del eledín, que va delante de mí.
— Aquí está— susurra el encapuchado medio elfo,
mientras asoma la cabeza por la oscura alcantarilla.
Tiene una apertura de más o menos medio metro en la
zona central de las rejas.
— Yo no quepo por ahí— se percata Shiroge—. ¡Aparta!
El grandullón echa a un lado a Semín y agarra las dos
gruesas barras de hierro con sus manos, y pega un fuerte
tirón. Ante el tremendo empuje de mi compañero, las rejas
comienzan a ceder, redondeándose por la parte central,
224
ampliando el hueco otros quince centímetros por cada
lado. Seguidamente nuestro enorme compañero se
introduce en la húmeda apertura. Todos le seguimos.
Una vez dentro, Clarín realiza su hechizo y aparece de
nuevo una luz proyectada, en la palma de su mano, que
nos permite ver el lugar con claridad. Se trata de un pasillo
de paredes redondeadas, formando una cúpula, en cuyo
punto central estimo hay una altura de un par de metros,
Shiroge está ligeramente agachado, pero cabemos bien.
Por el suelo, corre un apestoso arroyo de aguas fecales,
que discurre canalizado por el centro.
Avanzamos por el túnel, de unos setenta metros que
después gira ligeramente a la derecha. Tras el giro el
acceso se abre, formando un húmedo salón circular, de
unos tres metros de altura, en cuyos laterales hay un sinfín
de pequeñas vías de agua, que se desparraman por las
paredes entre musgos. Del otro lado hay un nuevo paso,
similar al que hemos seguido hasta aquí. El olor es aún
más desagradable, así que nos apresuramos hacia el otro
pasillo, de unos setenta metros también.
En la punta hay una pared parcialmente derruida que da
otro espacio, igualmente circular, pero con el suelo de
arena, que forma varios montículos y al que se accede por
el hueco desplomado. Sin duda son los cimientos de la
torre suroeste. Observamos el espacio detenidamente y
entramos.
— Mirad aquí— susurra Semín, señalando al techo sobre
una de las elevaciones de tierra contra la pared del
fondo—. Hay un tirador.
Nos acercamos y comprobamos que es sin duda el acceso
hasta la torre, pero ignoramos qué es lo que pueda haber
detrás.
225
Clarín se pone el dedo índice en los labios, pidiendo
silencio, agarra el tirador y apaga la luz.
— Fffff— escucho el ligero roce de la trampilla, por la que
entra una sutil luz de antorcha. El mago mete la cabeza.
— Es una doble pared, oculta tras lo que parece un
armario o estantería— nos informa en baja voz—. Voy a
salir. ¿Alguien viene?
— Yo te acompaño— responde Semín.
— Yo también— Me uno.
— Yo no sé si cabré— dice cabizbajo el eledín.
— Mejor quédate en retaguardia— le contesta el elfo—. Sí
que cabes por la trampilla, pero el hueco de detrás es
bastante estrecho, podrías hacer algún ruido involuntario
que delataría nuestra posición.
Resignado, Shiroge acepta el consejo de Clarín y se queda
en la sala de los cimientos de la torre. Los demás subimos
con cautela y sin hacer ruido.
Es cierto que el espacio es bastante estrecho. Estamos
rectos contra la pared a la izquierda del hueco y casi toco
con la punta de los pies la parte trasera del mueble que
oculta el acceso secreto. Con cuidado de no chocar las
armas, nos desplazamos lateralmente hasta el borde del
hueco.
Un leve empujón del mago es suficiente para desplazar,
sobre unos raíles ocultos, el aparatoso armario, que
desliza casi en absoluto silencio.
Del otro lado nos encontramos en una sala redonda, con
unas escaleras, una salida que da al patio principal y dos
ventanas, una mira al exterior y la otra al interior. Una
antorcha sobre un soporte, a la entrada de la escalera, da
luz a la sala, aunque me percato de que el alba está a
punto de romper y el cielo empieza a clarear a través de la
ventana. Nos dispersamos por la habitación.
226
— He escuchado algo— informa Semín, demostrando la
agudeza de su oído—. Alguien baja desde la parte
superior, ocultémonos.
Clarín regresa tras el armario, mientras el medio elfo y yo
nos metemos en el oscuro hueco bajo la escalera.
Instantes después, escucho pasos que descienden las
escaleras.
— ¡Qué sueño! Estaba deseando que llegara el cambio de
guardia— se oye una somnolienta voz y veo dos Hombres
de las Montañas, ataviados con sus pieles, alcanzar la
base de la torre.
— Pues no vas a poder dormir mucho— le replica el
otro—. Está prevista la llegada del hombre de Estrian y sus
refuerzos a media mañana. Se nos ha convocado a todos
para formar aquí en el patio...— Los hombres abandonan
la sala manteniendo la conversación.
Salimos de los escondites una vez pasa el peligro.
— Será mejor que regresemos— propone Semín.
Seguidamente nos metemos tras la estantería y bajamos a
los cimientos.
— Contemplemos las opciones— dice el mago mientras
corre la trampilla y enciende de nuevo su luz.
— ¿Qué ha pasado?— pregunta con curiosidad Shiroge.
Le relato la conversación de los guardias de la torre,
resaltando la circunstancia de que ya está amaneciendo.
— Si esperan visita, lo más probable es que refuercen la
vigilancia del castillo— aprecia Clarín—. Salir de aquí de
día no va a ser fácil.
— Pues tendremos que esperar a la noche— propongo y
miro a mi amigo eledín—. Tenemos provisiones.
— Quizás sea lo más sensato— aprueba el hechicero, que
coloca el punto de luz en la pared del fondo.
227
Nos acomodamos todos en silencio. Shiroge saca algo de
comida y aprovechamos para desayunar.
— ¡Piiiirííííí!— suenan las trompetas del castillo pasada
más de una hora, en la que todos hemos estado en
silencio, mientras Semín intentaba escuchar algo, sin éxito,
a través de la trampilla.
— Están empezando a formar en el patio del castillo— nos
anuncia el medio elfo, que ha retirado su capucha para oír
mejor.
Después de quince minutos esperando ya estoy de los
nervios y voy a la escotilla.
— Ahora están distraídos, saldré a echar un vistazo—
anuncio en baja voz a mis compañeros.
— ¿Estás seguro?— pregunta el grandullón con
preocupación.
— Sé lo que hago— respondo—. Confía en mí.
Todos asienten y trepo por la trampilla hasta el doble
fondo. Tras comprobar que no hay nadie, corro sutilmente
la estantería y salgo a la sala, en la base del torreón.
Avanzo con calma pegado a la pared, a pesar de tener el
pulso acelerado. Trago saliva cuando llego a la ventana
que da al interior.
Hay más de un centenar de Hombres de las Montañas
formando en la explanada, justo delante del edificio
principal. En el medio, delante de todos ellos, hay un
guerrero mucho más grande que el resto, con una enorme
hacha enfundada y envuelto en la piel de un gigantesco
oso azul: unos animales temibles, de grandes
dimensiones, de piel gris con tono azulado y que habitan
las montañas Morguel.
— ¡Crack!— Suena el portón principal, del que apenas
diviso desde mi posición el lateral.
228
Entra un hombre de oscuras ropas, sobre una yegua de
pelo brillante y color azabache. Luce en su mano izquierda
un brillante anillo, con un zafiro azul...— Balduur— me digo
para mí mismo.
Es la primera vez que le pongo cara al despreciable y
conspirador capitán de la Guardia del Tridente. Es un
hombre apuesto, bastante grande también. Va seguido de
un pequeño ejército de unos doscientos soldados del
Tridente.
Al llegar delante de Túlkar desmonta de su caballo, ambos
son de la misma altura aproximadamente. Se dan la mano
y comienzan a conversar. El líder de los Hombres de las
Montañas ofrece a su huésped pasar al palacio.
Una pareja de guardias se aproxima hacia mí. Repto por la
pared en silencio y entro tras el doble fondo, para volver
con mis compañeros.
— Sin duda Estrian y los Hombres de las Montañas se han
aliado— señalo en baja voz.
Después de explicar los detalles de lo que he visto,
decidimos que volver a salir sería demasiado arriesgado,
pues el castillo está repleto de enemigos. Solo nos queda
esperar a la noche para escapar de allí.
— La verdad, Clarín— me dirijo al hechicero para
conversar y matar el rato—, estoy fascinado con tu magia y
tengo curiosidad. ¿Cómo funciona?
— A ver, no es algo sencillo de explicar— contesta
mientras echa mano a su saco—, pero lo intentaré. El
fundamento principal de la magia es el rezo, a través de él,
se canaliza la energía de los Ersan. Para conectar con el
poder de las consciencias supremas, primero hay que
comprender el significado de la existencia. Todo en este
mundo es Mente, la mente del creador. Un ser de luz
blanca de la que emanan las cinco energías primeras, los
229
Ersan, y que dotan a todos los seres de consciencia, desde
las rocas hasta los Erdan— El elfo extrae uno de sus libros
y me lo entrega—. Una vez entiendes el funcionamiento y
las reglas de la creación, atisbas a comprender estos
libros, que contienen los secretos que esconden dichas
reglas. A simple vista son un conjunto de símbolos
ininteligibles, sin embargo, con constancia, a través del
estudio y la meditación, un día entiendes la primera línea.
Es algo inexplicable, es como una manera de enfocar tu
mente en el vacío, para encontrar un camino. “Como es
arriba, es abajo”. Una vez desenmarañas las primeras
líneas, empiezas a comprobar los efectos de los secretos
que esconde, es el momento de practicar. Practicar la
magia, es como andar el camino, por el que avanzas
descifrando todas y cada una de las líneas de los libros de
hechizos. La palabra magia es un derivado de una
expresión élfica, “Mag ya veiten”…
— Conoce aquello que se puede— interrumpo mientras
ojeo las indescifrables páginas llenas de extraños símbolos
y jeroglíficos.
— A la hora de realizar un hechizo, para manifestarlo,
tienes que usar una parte de tu energía creadora, y no es
ilimitada, por desgracia. Si usas demasiado la magia
puedes entrar en shock. En la abadía nos enseñan a
conocer nuestros límites de poder— concluye el hechicero.
— No he entendido una sola palabra— advierte Shiroge
con cara contrariada.
— Sí que es difícil de comprender— añado. Al igual que mi
compañero, no me he enterado muy bien.
— Pues no sé explicarlo mejor— se justifica el mago con
una sonrisa.
230
— Aprovechemos para dormir— propone Semín mientras
se recuesta sobre su bolsa—. Estaremos toda la noche de
viaje.
El medio elfo tiene razón, todos nos acomodamos. Nos
turnaremos quedando uno de guardia cada tres horas, me
toca la última.
— Pssss, Mirmi, despierta— escucho la voz del grandullón,
y noto cómo me balancea por el hombro. Abro los ojos.
— Venga, que te toca guardia— Me mira con una sonrisa.
— Claro Shiroge, que descanses— contesto mientras me
levanto y estiro los brazos.
No he descansado mal del todo, a pesar de la incomodidad
de dormir sobre la arena. Miro a mis otros compañeros.
Semín duerme de lado, cerca de la pared y Clarín está en
postura de meditación, sentado con sus brazos reposando
sobre las piernas cruzadas.
— Haré una ronda— aviso en voz baja al eledín, que
contesta levantando el dedo pulgar.
Enciendo mi candil y avanzo bajo el arco del pasillo, cruzo
la sala central y llego hasta la apertura del lado norte. Me
asomo entre los doblados barrotes.
Ya empieza a notarse la oscuridad avanzar por el este, no
queda más de una hora para la puesta de sol. Regreso con
mis compañeros, luego haré otra ronda.
Tras una aburrida hora, en la que he estado haciendo
inventario de mis posesiones y afilando mis lanzas con
suavidad, regreso a la alcantarilla y compruebo que ya es
de noche.
La luz de las lunas ya casi medias, se refleja en las
tranquilas aguas del lago Kaalbhart. Duka ya se encuentra
visiblemente separada de Dalek y muestra su mitad
iluminada hacia ella.
231
Ya han pasado tres semanas desde la noche que
navegamos sobre las aguas del Lago Énder, recuerdo a la
hermosa Haleth apoyada en mi hombro y por un momento
me entristezco. Ahora empiezo a entender que la fortaleza
de un Dalma no reside en sus músculos, sino en la
resiliencia de su corazón.
Regreso a avisar de que ha llegado la hora de salir de esa
apestosa cloaca. Uno a uno despierto a mis compañeros y
con cuidado de no hacer ruido, nos dirigimos a la salida.
Semín se asoma con mucha precaución.
— Hay guardias en las torres, lo mejor será repetir la
estrategia y avanzar hasta la esquina y desde allí
pasaremos uno a uno— propone el medio elfo.
Seguimos las instrucciones del compañero que encabeza
la línea. Al llegar a la esquina hace un gesto con la mano,
como pidiendo detenernos. Se agacha y se asoma. Un
nuevo gesto de su mano nos indica que podemos
continuar y nos reunimos en su posición.
— Yo cruzaré primero y vigilaré al guardia— propone el
sigiloso Dalma—. Os haré una señal cuando no esté
mirando y cruzaréis de uno en uno.
El encapuchado comienza a avanzar sigilosamente entre
las rocas hasta situarse a la altura de la zona boscosa,
junto a la orilla.
Hace un gesto y Clarín avanza. Consigue llegar.
Es mi turno, voy maniobrando mirando a mis compañeros,
cuando me hace un brusco gesto con la palma hacia abajo.
Me agacho. Ruedo un poco buscando la cobertura de una
roca junto a mí. De nuevo me indican que puedo continuar.
Por fin llego junto a ellos.
Es turno de Shiroge, sin duda el más visible de todos. El
eledín lo está haciendo bien, escoge debidamente la
232
cobertura de las rocas, también lo logra. Sin decir nada
avanzamos por la ribera hasta la barca.
Navegando con ritmo suave sobre las sinuosas aguas, nos
alejamos del lugar.
Tras otras ocho horas, cuando empieza a romper la
claridad del alba por el este, distinguimos los juncos donde
encontramos la barca. Desembarcamos allí y ocultamos el
bote.
Clarín se concentra y aparece Miliki que revolotea a su
alrededor.
— ¡Tenemos que apresurarnos!— exclama el mago—. Un
contingente de Hombres de las Montañas se dirige hacia
aquí.
Nos apresuramos a avanzar hasta el camino, miramos a
los lados, al fondo como a un kilómetro dirección al castillo,
un grupo de no menos cien guerreros avanza hacia
nuestra posición.
— Crucemos más adelante, más allá de donde gira el
camino— propone Semín.
Acechamos entre la maleza al borde del camino y lo
rodeamos. Conseguimos atravesarlo sin ser vistos y nos
dirigimos a los caballos.
—Hay otro grupo más adelante, dirigiéndose hacia la
posada— avisa el mago—. No podremos pasar por el
camino.
— Atrochemos campo a través por la falda de la montaña,
cabalgaremos al galope hasta la parte más alta del camino
y liberaremos a los caballos—propongo a la compañía—.
La ruta campo a través será peligrosa, pero podemos
ganar tiempo y a la vez rodearlos.
— Creo que es lo mejor— asiente Clarín—.
¡Apresurémonos!
233
Salimos a toda prisa y subimos la rampa del camino hasta
el punto más alto. Abandonamos las montas y nos
adentramos en la maleza bajo la atenta mirada de Miliki.
Pasada una hora, desde la altura se distingue con claridad
la primera agrupación llegar a la posada. Hacen una
parada allí, nosotros continuamos. Transcurrida otra media
hora perdemos el contacto visual. El hechicero envía de
nuevo al halcón.
— ¿Has oído eso?— alerta Semín mientras se gira a su
derecha.
— ¡Grrr!— El gruñido de un oso resuena por ese flanco,
nos reagrupamos, con el mago en retaguardia. Un nuevo
gruñido se escucha, pero un poco más a la derecha.
— ¡Cuidado!— exclamo al ver un enorme oso azul, con
aspecto enfurecido que se abalanza frente a nosotros.
Shiroge lanza un fuerte ataque con su mandoble al animal
y éste recula. Por nuestro flanco aparece otro que se
abalanza sobre mí.
Intento colocar mi lanza y protegerme con mi escudo, pero
consigue endosarme un doloroso zarpazo en el hombro.
Semín ataca al animal, un excelente golpe contra la pata
trasera que hace que me suelte.
Clarín arroja sus bolas, pero el ataque no resulta efectivo.
La lucha del eledín y la bestia es feroz. Mi compañero tiene
la iniciativa y lanza otro fuerte golpe contra el oso, que no
encuentra la manera de hacer daño a su presa.
Por nuestro lado, debido a mi herida, mantengo actitud
defensiva, lo que me permite desviar un nuevo ataque. El
medio elfo endosa otro golpe con su katana en el animal,
esta vez perfora sus costillas hasta los pulmones. El animal
suelta un gruñido de dolor, recula, gravemente herido y
cae.
234
Shiroge sigue a lo suyo. Un nuevo golpe de mandoble
alcanza la cabeza del oso incrustándose en el cráneo y
matándolo en el acto.
— ¿Estás bien, Mirmaerín?— Clarín se interesa por mi
herida—. Déjame ver.
— Es un corte limpio, no muy profundo, aunque dejará una
bonita cicatriz— constata tras analizar mi hombro.
Saco mi bote de ungüento y le pido que me lo esparza, a lo
que el elfo accede sin problema. Veo que Miliki regresa.
— Parece que se han reunido con otro grupo, junto al
desvío de Xandria, creo que se dirigen a Dúltor— da
informe el mago.
— Pues démonos prisa, a pie desde el cruce no habrá más
de cinco o seis horas hasta la ciudad— avisa Shiroge—.
Tenemos que dar la alarma.
Aligeramos el paso y empezamos a descender la ladera
hasta la gran llanura, que separa las montañas de la
ciudad costera. Un par de horas más tarde divisamos la
ciudad.
— Estamos muy cerca— advierte el mago—. Mandaré a mi
halcón a ver dónde está el enemigo.
Miliki vuela dirección este, nosotros nos apresuramos hacia
el camino, a menos de un kilómetro de la ciudad. Estamos
en la puerta de la posada “El Gran Descanso” cuando el
pájaro regresa.
— Vayamos directamente a ver a Gílmed, en un par de
horas estarán aquí— nos advierte el hechicero con cara de
preocupación.
Nos apresuramos y rodeamos la muralla, para evitar el
saturado mercado. Tras unos diez minutos llegamos a la
plaza de la residencia del alcalde.
— Rápido, necesitamos hablar con Gílmed— apremio a los
guardias según llego—. Es urgente.
235
— Está en su despacho— informa el guardia.
Entramos en el edificio y llamamos a la puerta.
— Adelante— contesta el capitán del otro lado.
Abro la puerta y entramos en la sala, además del hijo del
alcalde, está Névula repasando una documentación con su
jefe.
— ¿Qué ocurre? ¿A qué viene tanta prisa?— nos pregunta
el capitán.
— ¡Un contingente de Hombres de las Montañas viene
hacia aquí, unos doscientos efectivos!— alerta el mago de
la gravedad de la situación.
— ¡¿Doscientos?!— pregunta exaltado el capitán—. Solo
cuento con cincuenta soldados de la Guardia de las Tres
Estrellas y una decena de cadetes entrenados.
— Tendremos que enfrentarlos con lo que tengamos, no
vienen a hacer prisioneros— aviso con tono amenazante
ante la gravedad de la situación.
— Sargento— Mira hacia Névula—. Dispón a los guardias,
ordena que todo el mundo entre en las murallas y cerrad
todas las puertas. Que los barcos desalojen a todo el que
no pueda luchar, ancianos y niños.
— A sus órdenes, mi capitán— La mujer uniformada
abandona apresuradamente la sala.
— ¿Podemos ayudar en algo?— se ofrece Shiroge.
— Únete a las defensas tras las puertas— ordena al
grandullón—. Los demás cubrid a los arqueros en las
pasarelas sobre los muros— Hace una pequeña pausa
mientras asentimos—. Pero antes de que partáis, ¿habéis
conseguido alguna información sobre Kaalbhart?
Clarín relata al oficial todo lo sucedido durante nuestra
expedición con bastante detalle.
— Está bien, primero defendamos esta ciudad— concluye
Gílmed.
236
Nos apresuramos hacia nuestras posiciones, mientras
suenan las campanas del edificio de los guardias. Al salir a
la plazuela veo que empieza a cundir el pánico y los
soldados se apresuran a dirigir a las masas.
Cruzamos por la gran plaza y me percato de que los
comerciantes recogen los puestos a toda prisa. Por la calle
junto a la taberna, se aprecia al tumulto intentando subir a
algún barco, mientras los guardias intentan organizarlos.
Llegamos ante las puertas, un grupo de treinta arqueros
preparan sus arcos y su carcaj. Nos subimos todos a la
pasarela sobre el portón, salvo Shiroge, que ayuda a reunir
hombres para apostarse tras ella. Clarín envía a Miliki, que
no tarda en regresar. Ya vienen.
Pocos minutos después les vemos aparecer tras la curva
del camino y enfilan para pasar por delante de la vacía
posada, a la que prenden fuego con antorchas. Vienen
gritando como bestias, a paso lento pero firme, las
primeras líneas traen lanzas, la retaguardia hachas y
escudos.
Avanzan frente al cementerio cuando, por fin, la línea de
temerosos arqueros, liderados por Névula, terminan de
tomar sus posiciones. Bajo nosotros, Shiroge destaca entre
los cincuenta hombres, la mitad uniformados, tras los
cuales un serio Gílmed organiza a sus soldados.
— ¡Cargad!— ordena la sargento.
El enemigo se lanza en estampida cuando están a una
distancia de cincuenta metros.
— ¡Disparad!— grita la mujer al mando.
La primera descarga hace mella sobre la primera línea de
los asaltantes, pero los que logran pasar arrojan sus lanzas
sobre la muralla acabando con algunos de nuestros
arqueros.
237
— ¡A discreción!— el grito de Névula resuena en la línea,
cuando veo una lanza impactar contra su torso, que hace
que la sargento se despeñe de la pasarela.
La segunda línea de enemigos porta escalinatas y un
enorme ariete de madera que levantan entre una decena
de hombres.
— ¡Neutralizad el ariete!— grita Clarín, mientras lanza sus
bolas que impacta en la cabeza de uno de ellos.
Una lluvia desordenada pero incesante cae sobre los
asaltantes y genera muchas bajas, pero no les hace
desistir.
Una escalinata se agarra a la muralla junto a mí, por la que
aparece la cabeza de un adversario, al que le lanzo un
ataque con mi lanza, que impacta contra su cuello y el
enemigo cae.
Semín se percata de un segundo hombre que alcanza la
pasarela y se encara con él.
— ¡Pum!— un primer golpe del enorme ariete hace que la
repisa tiemble, mientras más enemigos alcanzan nuestra
posición y empiezan a acabar con nuestros arqueros, que
huyen despavoridos. Veo que Semín acaba con su rival y
me mira.
— ¡Retrocedamos!— grita al ver que la posición está
perdida.
— ¡Pum!— un segundo golpe aún más fuerte, rompe los
cierres del portón, justo en el momento en que alcanzo la
parte baja de la muralla. Me uno a la línea de contención
que han formado en la avenida principal, junto a Shiroge y
Semín, no veo a Clarín. Una embestida de feroces
guerreros con sus hachas se abalanza sobre nosotros.
— ¡Cargad!— grita el capitán.
El cruce es brutal, secos golpes de espada y gritos de
dolor se entremezclan en la sangrienta batalla.
238
Shiroge está fuera de sí. Cubierto de sangre, va segando
vidas de salvajes, lo que sube la moral en nuestra tropa,
que empuja al mermado contingente enemigo.
Por fin veo a Clarín, ha conseguido encontrar un sitio
elevado desde donde ataca a la falange enemiga por la
espalda, lanzándoles piedras. Los aguerridos Hombres de
las Montañas luchan hasta el final, ninguno huye, ninguno
se rinde, todos mueren.
239