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El oscuro secreto de Kaalbhart.
La victoria es amarga, hemos sufrido cuantiosas bajas.
Todos los sanos nos afanamos en auxiliar a las decenas de
heridos. Se oyen los gritos de dolor de los supervivientes,
entre los cadáveres desmembrados que se esparcen por el
suelo bañado de sangre.
Tardamos una hora en organizar a los heridos, tiempo en el
que otros lugareños llegan a ayudar. Se ve que los barcos
se han mantenido a una distancia prudencial y tras la
batalla regresan a puerto. Los lamentos y llantos de las
madres y los familiares de los caídos, ensordecen todo lo
demás.
Algunos jóvenes ayudan a apartar los cuerpos. Gílmed me
llama la atención mientras intento salvar la vida del joven
muchacho que he visto un par de noches atrás. No le
abandono.
Tiene un tajo profundo en su clavícula, cuya hemorragia ha
logrado detener temporalmente con sus manos. Consigo,
usando el ungüento y presionando la herida, que deje de
sangrar el tiempo suficiente para suturarle. Durante todo el
proceso el adolescente clava sus ojos en los míos con la
mirada asustada. Por suerte creo que saldrá de esta.
Una vez realizo el aparatoso vendaje, dejo al débil cadete
al cuidado de uno de sus compañeros y me apresuro a
reunirme con el capitán, que conversa con los otros
Dalmas en la entrada de la Gran Plaza.
— Ya estamos todos— señala el oficial a mi llegada—.
Como digo, aún no he recibido respuesta de Néster. Si
queréis, en agradecimiento por vuestra inestimable
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colaboración, puedo fletar uno de los barcos de la guardia,
para que os lleve a Íshar.
— Sería de gran ayuda— contesta Clarín—. Gracias.
— Vayamos a mi despacho, os pagaré lo acordado por la
misión y daré órdenes para que preparen la nave para
mañana al alba— continúa el capitán—. Esta noche os
hospedaréis en la posada Luz del Norte. Todo corre de mi
cuenta.
Empieza a caer el sol cuando salimos de la residencia del
alcalde. Vamos directamente a la taberna, todos estamos
exhaustos. Entre la caminata, la lucha con los osos y el
intento de asalto a la ciudad, el día ha sido muy movido.
Han habilitado la sala de la taberna más cercana a la plaza
como improvisado sanatorio, con camas donde los heridos
descansan bajo los atentos cuidados de dos curanderas y
algunos familiares que dan una mano. Veo al muchacho al
que he prestado auxilio que está dormido. Lo mejor será
dejarle descansar.
Nos sentamos en la otra sala. Está casi vacía, solo un par
de ancianos beben en la barra, junto a la joven tabernera
que les observa con gesto serio.
— Buenas noches, señores— nos saluda al vernos.
— Buenos noches, señorita— contesto—. El capitán
Gílmed nos ha ofrecido alojarnos en su posada.
— ¡Por supuesto, señores!— responde la joven con cara
de admiración—. Ya me he enterado de que han
arriesgado sus vidas por protegernos. Les prepararé mis
mejores habitaciones. ¿Quieren beber o comer algo?
— Ponga cuatro cervezas— responde Semín.
— Y algo de comida— añade el hambriento eledín.
Nos sirven las cervezas y un excelente estofado de
pescado y mariscos. Por fin podemos relajarnos un rato y
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pasamos la velada haciendo chanzas sobre la aventura en
el castillo.
Un elfo de melena rubia y piel clara, vistiendo una túnica
verde, entra por la puerta que da hacia el puerto, Álerin,
seguido de una elfa morena y bastante antipática, Ghoidiel.
— ¡Álerin!— exclama Shiroge al ver aparecer al Gran
Maestre de los guardianes de la Luz de Rosa.
— Buenas noches, amigos Dalmas— nos saluda el elfo al
entrar—. Hemos recibido el mensaje. Tenéis que
contármelo todo.
Después de saludarnos, nos sentamos todos en torno a
una mesa y comienzo a relatar lo sucedido con todos los
detalles. El ataque de la serpiente de mar, el cautiverio en
los cuatro picos, la persecución de la gema rosa, la misión
en Kaalbhart y el ataque a la ciudad.
— ¡Vaya!— nos contesta Álerin, sorprendido al conocer
todos los peligros vividos hasta ahora. Incluso la arquera
parece dibujar una cara de incredulidad.
Alguien entra de nuevo por la puerta, es Gílmed, le deben
haber avisado de la llegada del elfo.
— Buenas noches, Dorin— saluda primero a la
posadera—. Me parece que es hora de cerrar.
La joven asiente al capitán y se dirige a los dos ancianos
de la barra.
— Ya habéis oído al capitán— avisa a los hombres—. Es
hora de cerrar.
El oficial se acerca a nosotros, mientras la tabernera
desaloja a los enfadados clientes.
— Mi nombre es Gílmed, capitán de la Guardia de las Tres
Estrellas— se presenta al recién llegado—. Parece que ya
ha encontrado a los aventureros que buscaba.
— Yo soy Álerin, consejero de la corte del rey Arathan VI—
contesta el elfo—. Ya me han contado lo ocurrido.
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— Como puedes ver, acabamos de sufrir un asalto por
parte de los Hombres de las Montañas— justifica el
desorden.
— ¿Qué opina el alcalde Murkan de todo esto?— se
interesa Álerin por el máximo responsable de la ciudad.
— Mi padre lleva una semana muy enfermo, está mayor y
sus fuerzas menguan— revela el oficial el estado de salud
del anciano regente.
— Lo conocí cuando era un joven teniente, siempre
demostró una gran serenidad. Como la que muestran
aquellos que saben llevar el peso de la responsabilidad—
rememora el Gran Maestre—. He de verle. Quizás pueda
hacer algo por él. En esta difícil situación, con los Hombres
de las Montañas adentrándose hacia el norte, los Guardias
del Tridente avanzando hacia Gáldoras apoyados por los
Siervos de Amán y los mares del oeste controlados por el
Almirante pirata Altamir, no sobra el consejo de un
experimentado líder como es su padre.
— Vayamos pues, señor Álerin— Acepta la ayuda Gílmed.
Les acompañamos y nos dirigimos a la residencia del
alcalde. Esta vez seguimos adelante a lo largo del pasillo
de las estatuillas, hasta llegar al fondo a una gran puerta.
Gílmed la abre con delicadeza y entramos. Hay un anciano
balbuceando, tumbado sobre una lujosa alcoba. Junto a él,
una joven con ropas de sirvienta, seca la frente del
enfermo, que respira con dificultad entre algún arranque de
tos.
— Sasha, puedes dejarnos— dice el capitán a la
muchacha, que inclina la cabeza y sale de la sala.
Álerin se acerca al moribundo anciano y se coloca junto a
la cama. Extiende los brazos mientras sujeta su bastón con
la mano derecha.
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— Murkan, soy Álerin, el áratra— usa un término que
desconozco—. Sigue mi voz, y ora conmigo, que el poder
de Mahara te dé vida.
La piedra en el bastón de Álerin comienza a brillar hacia la
figura del encamado, que alza su pecho y coge una gran
bocanada de aire.
— Hágase tu voluntad, Amán— habla el alcalde con voz
susurrante—. Pero antes de que me lleves a la oscuridad
de Órdor, la luz de la verdad será revelada. Me libero de mi
juramento y abrazo mi castigo. La piedra de la destrucción
fue escondida bajo el lago Kaalbhart, bajo custodia de mi
familia, mil años atrás, solo el señor del castillo es
conocedor del lugar donde se encuentra enterrada.
— Aaaaahhh— suelta un leve alarido y su mirada queda
fija con sus pupilas contraídas.
— ¡Padre!— El capitán agarra las manos de Murkan.
— Ya navega junto a Amán— Álerin intenta consolar al
oficial y coloca su mano en el hombro de Gílmed.
Dejamos solos al difunto y a su hijo. Sasha, que escuchaba
tras la puerta, está afectada por la noticia. Entra en la sala
al abandonarla nosotros.
— ¿Qué hacemos ahora?— pregunta Clarín al consejero.
— Supongo que mañana será el entierro del alcalde. Por
respeto, el protocolo dice que si hay una autoridad del rey,
como es mi caso, debe presidir y organizar el funeral—
explica el elfo—. Dadas las circunstancias, haremos un
homenaje a todos los caídos de esta tarde.
— ¿Y qué hay de la piedra de la destrucción?— pregunto
al consejero.
— Sin duda es un asunto urgente, tras los funerales yo
partiré a Íshar— me contesta—. Tengo otra misión para
vosotros. Habéis mencionado que sabéis de un acceso
oculto hasta el castillo y que el hombre de la barca os dijo
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que habían apresado a Farwin, señor del castillo de
Kaalbhart, ¿verdad?
— Así es— confirma Clarín.
— ¡Tenéis que rescatarle!— nos propone con mirada fija.
— Pero eso es un suicidio, todo un ejército se asienta en el
castillo,
ni
con quinientos hombres podríamos
conseguirlo— contesto ante la imposibilidad de lo que nos
pide.
— Tengo un plan— responde el Gran Maestre—. Enviaré
un cuervo a Wíldor, señor del Espino Rojo, para que lance
un ataque desde el sur por el paso de Bandur, un señuelo
para movilizar las tropas del castillo hacia el desfiladero,
que les da una gran ventaja posicional. Una vez el castillo
quede despejado podréis entrar y liberarle.
El plan parece arriesgado, pero la confianza del elfo es
total. No faltos de dudas, todos asentimos menos la elfa.
— ¿Y qué ganaremos por jugarnos el pescuezo?—
pregunta Ghoidiel.
— ¿Te parece poco, la libertad y la gloria?— contesta con
tono malhumorado Álerin.
— No veo por qué tengo que jugarme el cuello por la
libertad de otros y a cambio de nada— insiste la arquera
mostrando sus inconveniencias.
— Mañana tras el funeral nos reuniremos y aclararemos
los detalles, incluida la recompensa— resuelve el
consejero del rey—. Si no hay nada más, es tarde y hay
mucho trabajo que hacer.
— Solo una pregunta más— interrumpo la despedida de
Álerin—. ¿Qué es áratra?
— Sin duda eres un hombre observador— me contesta con
una sonrisa—. Yo soy un áratra, un custodio elfo enviado a
velar por el reino de Aradín.
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Una vez aclarada mi duda, nos dirigimos a la posada. Es
tarde, apenas un grupo de guardias se ve en la gran plaza.
Nos saludan con la mano, por lo que se ve nos hemos
hecho famosos. Subimos a nuestras habitaciones y
agotados, nos vamos a dormir.
Suena algo de lluvia en el exterior. Abro los ojos. Una
tenue claridad entra por la ventana de mi lujosa habitación
individual. Me asomo por ella, que está situada en la
primera planta de la taberna y que da hacia la gran plaza.
Hoy no hay mercado y veo con claridad el templo de
Túlmar. En una de sus columnas hay un cartel, que se
empieza a mojar con la débil precipitación. Me visto y bajo
al comedor. Más de medio salón está ocupado por
lugareños que desayunan. Mis compañeros no están.
— Señor Mirmaerín— los clientes me van saludando según
paso por su lado, a lo que respondo inclinando la cabeza
como muestra de cortesía.
Me siento en una mesa y enseguida Dorin viene a
atenderme.
— ¡Buenos días, señor Mirmaerín!—saluda la mujer con
una gran sonrisa—. ¿Qué puedo servirle?
— ¡Buenos días! Tráigame algo de pan, queso, un par de
huevos fritos y algo de beicon…— le pido el desayuno ya
que estoy hambriento—… y una jarra de leche de cabra,
endulzada con miel.
— Por supuesto— me contesta y con un alegre giro se va
hacia la barra.
— ¡Bravo! ¡Plac, plac, plac!— se oyen vítores y palmadas
tras de mí.
Al girarme me percato de que está entrando Shiroge,
aclamado por los clientes, con la tez un tanto ruborizada y
saludando con la mano. Llega hasta mi mesa.
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— ¡Menudo recibimiento!— exclama el eledín—. ¡Hace que
se me levante el apetito!
Está bien un poco de humor, especialmente esta mañana
de luto. La camarera trae mi leche.
— Señor Shiroge, ¡pero qué guapo viene usted esta
mañana!— la tabernera hace al eledín objeto de sus
atenciones—. ¿Qué le pongo para desayunar? Esos
fuertes músculos gastarán mucha energía!
— Lo que haya pedido mi compañero, pero doble ración—
responde el grandullón con su habitual elocuencia.
— ¿Sabes algo de Clarín y Semín?— me pregunta mi
compañero una vez estamos a solas.
— No, acabo de bajar. Pregúntale a tu novia cuando traiga
el desayuno— le contesto con sonrisa maliciosa.
— ¿Es guapa, verdad?— mi compañero busca complicidad
en mí.
— Sí que es bonita y muy simpática, pero te recuerdo que
eres un Dalma… No hay sitio para el amor en nuestro
estilo de vida— le contesto con cierto pesar.
— Pero lo mismo… no sé, pasar un buen rato juntos
estaría bien— El joven eledín se ruboriza.
La verdad es difícil de explicar que un hombre de su actitud
en el combate y los momentos de peligro, pueda ser tan
tímido y entrañable en los momentos de intimidad.
Terminamos justo de desayunar, cuando Clarín y Semín
entran en la sala. Les acompaña la elfa arquera, siempre
con cara seria.
— Buenos días, compañeros— saluda Clarín al llegar a la
mesa.
— Buenos días— respondemos Shiroge y yo al unísono.
— Parece que los preparativos del homenaje van bien, ya
han cavado las fosas para darles sepultura a los cuerpos—
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nos explica el mago—. Me ha pedido Álerin que os
informe, pronto lo hará público el vocero.
— Pues vayamos al cementerio— respondo—. Ya hemos
desayunado.
— ¡El homenaje a los héroes caídos tendrá lugar en media
hora!— se escucha pasar al vocero por la puerta.
Nos levantamos, al igual que la mayoría de los clientes,
mientras otros apuran sus desayunos, y salimos para
presenciar el acto fúnebre.
Se ven caras tristes y lágrimas bajo el cielo gris. Varias
hileras, con los cuarenta y dos caídos en el asedio, se
sitúan en torno al gran nicho ornamentado de Murkan,
metidos en sacos junto a las fosas donde reposarán.
Suenan trompetas cuando aparece por la parte baja del
cementerio la figura de Álerin, seguido por un grupo de
portadores, entre ellos Gílmed, que elevan sobre sus
hombros y en solemne procesión, al difunto alcalde. Un
grupo de aldeanos recorre tras ellos el sendero. Al llegar a
la tumba principal, introducen el cuerpo en la apertura
frente a la lápida donde se lee:
“Aquí yace Murkan, alcalde de Dúltor durante cincuenta
años y fiel servidor del rey. Que los Ersan no olviden su
nombre.”
— Habitantes de Dúltor— Álerin comienza con el
discurso—. Hoy es un día de luto por los caídos, pero
también es un día de esperanza. Estos hombres y mujeres
que han dado su vida por defender de la barbarie sus
hogares, los vuestros, son muestra del coraje de la sangre
de vuestro pueblo, mártires que han dado vida a un nuevo
futuro. Personalmente haré saber a su majestad el rey
Árathan lo sucedido aquí, para que glorifique sus nombres.
Para que la ciudad de Dúltor y la historia de la resistencia
de su pueblo nunca acaben en el olvido. Hoy es día de
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luto, sí, por nuestro gran alcalde Murkan, que tras una vida
dedicada al servicio de la ciudad, con lealtad al rey, nos ha
abandonado también. Pero de este dolor saldremos
reforzados, y la historia pondrá en su lugar a los valientes
que lucharon, que luchan y que lucharán por el bien y la
justicia. Que los Ersan hagan inmortales sus nombres.
Todos observamos en silencio, roto por los lamentos de los
familiares y amigos que dan su última despedida a sus
seres queridos, cómo los enterradores cubren de tierra las
fosas.
Dorin también está presente, aprovecha la oportunidad
para colocarse junto a Shiroge, le coge de la mano y se
abraza a su musculado brazo entre sollozos. El grandullón
la consuela acariciando su cabeza.
Tras el acto, todos abandonamos el lugar en silencio.
Álerin viene hacia nosotros.
— Venid a la residencia del alcalde, tenemos una misión
por organizar— nos apremia el áratra.
Juntos, el Gran Maestre y los cinco Dalmas, nos dirigimos
hacia allá. Por el camino, hombres y mujeres del pueblo no
cesan de saludarnos y estrecharnos la mano.
Especialmente a Shiroge, al que claman como héroe y que
han apodado El Matasalvajes.
Una vez en el edificio, pasamos a un salón de reuniones,
justo en frente del despacho del capitán, y nos sentamos
todos en torno a una mesa.
— Lo primero, he estado meditando acerca de la
recompensa que ha reclamado Ghoidiel. Dada la
peligrosidad de la misión, estoy dispuesto a dar un
montante de diez monedas de oro a cada uno— El
consejero mira a la arquera—. ¿Es suficiente?
— No está mal— responde secamente—. Aceptaré por ese
dinero.
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Los demás asentimos sin más.
— Bien— continúa Álerin—. Pues una vez aclarado ese
tema, planeemos la misión. Tenemos que coordinarnos
bien para que funcione. Hay que dar margen a Wíldor, que
debe organizar a sus tropas y marchar hasta el paso de
Bandur. Supongo que tres días, desde la recepción del
cuervo, son suficientes. ¿Seréis capaces de estar en el
castillo en tres días?
— Creo que la mejor manera es ir a pie, atrochando por la
falda de la montaña hasta el lago. Hemos escondido la
barca del soldado de Kaalbhart, seguramente siga allí.
Usaremos la noche, como la vez anterior, para acercarnos
al castillo y entrar en su hueco. Si no descansamos, en
veinticuatro horas estaremos listos— aclara Clarín.
— Pero deberéis descansar, no podemos arriesgarnos a
que el cansancio haga mella en vosotros y dé al traste con
la misión—responde el consejero.
— Podemos dormir por el día, en la sala de los cimientos
de la torre— propongo—. Preparad el ataque tras el
almuerzo, así usaremos el refugio de la noche para
rescatar al rehén y huir del castillo.
— Tenemos que ser muy precisos, la maniobra de ataque
es solo una distracción. En cuanto las tropas enemigas
lleguen al paso, el ejército del Espino Rojo tendrá que
recular y escapar— añade Álerin—. Se darán cuenta de
que algo sucede.
— ¿De cuánto tiempo dispondremos?— pregunta Semín.
— Hay tres horas de marcha desde el lago hasta el
estrecho del paso, pero si descubren la trampa, un grupo
de jinetes al galope podrían tardar menos de una hora en
regresar al castillo— le contesta el Gran Maestre.
— Está bien, creo que es tiempo de sobra. Esperaremos
una hora, una vez el contingente abandone el lugar, para
250
que no tengan tiempo de ser avisados. A partir de ahí,
tendremos dos horas para rescatar al prisionero. Supongo
que estará en las mazmorras en el sótano del palacio—
comienza a explicar su plan el medio elfo—. Una vez
salgamos del castillo, Clarín puede enviar a Miliki para
avisar.
— Pero hay demasiada distancia, podría no volver—
replica preocupado el mago.
— Será voluntad de los Ersan que el halcón vuelva a ser
libre, si no encuentra el camino de vuelta— dice la elfa con
poca empatía.
— Está bien— acepta cabizbajo el hechicero—. Si es la
mejor manera, así se hará.
— Enviaré ahora mismo el cuervo con toda la información
a Wíldor— sentencia Álerin—. En dos días, al amanecer,
deberéis partir. De todas maneras, os avisaré cuando
obtenga respuesta del señor del Espino Rojo.
Todos asentimos y nos despedimos.
— Shiroge y Mirmi, acompañadme; hay algo que debo
deciros— nos llama la atención el Gran Maestre.
— Claro— respondo con cierta preocupación, puede que
traiga malas noticias.
— La verdad, quiero daros las gracias por todo lo que
lleváis hecho, poniendo en riesgo vuestra vida— empieza a
hablar el áratra una vez estamos solos—. Os he traído
esto.
El consejero saca dos hermosas pulseras; tienen un cristal
de dos colores, azul y verde, engarzado en una lámina de
oro blanco y atado por unas resistentes tiras de cuero.
— Estas son las pulseras de los compañeros— nos
describe—. Se trata de unos objetos de gran valor, que
canalizan la energía de los portadores y conectan una con
otra, de forma que mejoran todas las acciones que realizan
251
de manera conjunta— El elfo nos las ofrece una a cada
uno—. Os hago entrega de ellas como agradecimiento de
mi parte y también en nombre del rey, por el desempeño
de vuestra misión.
— Muchas gracias, Álerin— respondemos ambos mientras
nos las ponemos.
— Ahora descansad estos dos días y disfrutad todo lo que
podáis— se despide el elfo.
Nos despedimos y nos dirigimos de regreso a la posada La
Luz del Norte.
Los cinco Dalmas nos reunimos en el comedor habilitado
de la taberna. Ya durante el almuerzo, ponemos en común
nuestras inquietudes sobre la peligrosa misión que nos han
asignado.
— Me preocupa que los ocupantes del castillo no caigan
en la trampa— comenta Semín.
— Pues no nos quedaría más remedio que volver sobre
nuestros pasos y abortar la misión— le contesta Clarín.
— No creo que podamos prever lo que está por pasar—
doy mi opinión con cierta despreocupación.
— Pero si se huelen la trampa, lo mismo refuerzan la
vigilancia y nos quedaríamos encerrados en esa apestosa
cloaca— señala de nuevo el medio elfo.
— Pues llevemos muchas provisiones por si acaso—
destaca Shiroge, cuya paciencia merma sustancialmente
con hambre.
— Sois una banda de cobardes— agrega Ghoidiel—.
Cuando estemos en la situación buscaremos soluciones a
los imprevistos.
— Tienes razón— reafirmo a la arquera, alabando su
valentía—. Pero una buena planificación puede ser la
diferencia entre el éxito y la muerte.
252
Terminamos la comida y nos dispersamos. Yo visitaré el
templo de Túlmar, hace varios días que no hago mis
oraciones, sin duda, es buen momento para contar con el
beneplácito de los Erdan.
Shiroge no me acompaña esta vez, percibo que sigue
interesado en su romance con Dorin, la tabernera, y se
queda en la posada bebiendo. Clarín y Semín van a ayudar
a la reconstrucción de la incendiada hospedería El Gran
Descanso.
— ¿Tú no rezas a los dioses?— pregunto a la solitaria elfa
que parece no saber muy bien qué hacer.
— No con asiduidad, la verdad— me contesta.
— Si quieres vente conmigo, ahora somos compañeros y
no está de más que nos vayamos conociendo— le ofrezco
acompañarme.
— Está bien, iré contigo— contesta con cierta desgana—.
Pero no hace falta que seamos amigos, basta con que
trabajemos juntos para llevar a cabo la misión.
La frialdad de la elfa me resulta intrigante. Le gusta ir por
su cuenta, no depender de nadie y tomar sus propias
decisiones. Para llevar a cabo nuestra tarea hará falta que
trabajemos en equipo.
El pequeño templo de granito está vacío, hay una hilera de
bancos en el centro, justo enfrente de una estatua sencilla
del Erdan, rodeada de ofrendas florales.
— Qué birria de templo— critica mi acompañante con
actitud un tanto irrespetuosa.
— No es importante el lugar del rezo; ni los ídolos que
reciben las ofrendas— le corrijo con seriedad—. Lo
importante es la voluntad sincera de adoración.
La elfa me mira con desinterés. Lo doy por perdido y ocupo
un lugar en los bancos y me concentro en mis oraciones.
253
— ¿No has terminado aún?— me mete prisa Ghoidiel tras
unos diez minutos.
— Ya termino— Intento no perder la calma con mi nueva
compañera.
Concluyo con la oración, voy al cepillo y hago mi ofrenda
arrojando dos piezas de plata en él.
— ¿Dos de plata?— pregunta la arquera con cara de
incredulidad—. Si vas a regalar tu dinero, mejor dámelo a
mí.
— Cada uno con lo suyo hace lo que le parece
adecuado— le contesto un poco enojado—. ¿No dices que
no quieres hacer amigos? ¡Pues métete en tus asuntos!
— Jajaja. ¡Qué fácil es sacarte de quicio!— se burla de mí
la impertinente Dalma.
Miro a la arquera, su actitud me tiene un poco
descolocado. Tomo una bocanada grande de aire, seguida
por un suspiro de resignación.
Volvemos a la taberna, el grandullón no está, ni tampoco
Dorin, que ha sido sustituida por un joven lugareño. Nos
sentamos en una mesa.
— ¿Fumas?— me pregunta Ghoidiel mientras saca una
pipa y una bolsa de tabaco.
— La verdad es que sí, pero mi tabaco se mojó en el
naufragio y no he podido comprar más— respondo.
— ¿Tienes pipa?— ofrece—. Es del Espino Rojo.
Asiento y saco mi pipa. La cargo con un poco de su hierba
para fumar y la enciendo. El sabor no es el mismo de la
que solía comprar en Gáldoras.
— ¿Qué van a tomar?— por fin el ajetreado tabernero nos
pide comanda.
— ¿Tienes hidromiel?— pregunta la elfa.
— Sí, señora. Una excelente hidromiel que elaboran cerca
de Xandria— contesta el camarero.
254
— ¡Pues pon dos cervezas!— se burla del joven con una
sonrisa.
— Eeeeh, por supuesto, ahora se las sirvo— responde el
descolocado joven.
Bebemos y fumamos, pero sin conversar, solo nos
observamos mutuamente intentando analizarnos.
— ¡Aaay, aaaaay, aaaaaay, por todos los Erdan!— Se oyen
los gemidos de placer de Dorin proveniente de la planta
superior.
— Parece que no eres el que mejor usa la lanza del
grupo— me comenta la elfa con actitud burlesca.
— Jajaja— me hace gracia el comentario, quizás por la
cerveza, o quizá por las hierbas de extraño sabor que la
elfa me ha dado para fumar. Lo cierto es que suelto una
llamativa carcajada, poco habitual en mí.
Después de unos minutos, entran en la sala los amantes.
Shiroge se acerca a nosotros y Dorin regresa a la barra. Se
buscan con la mirada mientras caminan cada uno a su
lugar y el eledín choca con su silla.
— Vaya, vaya, aquí vuelve el donjuán—hago la broma al
grandullón con una sonrisa.
— ¡Calla, Mirmi, no me dejes en evidencia!— responde el
sonrojado compañero.
El resto de la tarde pasa tranquila, bebemos los tres juntos
y bromeamos con el romance de nuestro amigo. La verdad
es que siento un poco de envidia, hace ya mucho que no
siento el calor de una mujer.
Al anochecer regresan Semín y Clarín, y cenamos todos
juntos. Algunos lugareños entran en la posada, además de
la tripulación de un barco mercante que acaba de atracar,
lo que llena la única sala en uso de la Luz del Norte. Hay
una lugareña que no para de mirarme. Impulsado por mi
estado de embriaguez echo valor y me acerco.
255
— Buenas noches, hermosa dama— saco a relucir mi
faceta seductora—. Puedo invitarla a un trago.
— Es un honor, señor Mirmaerín— me contesta
ruborizada. Sin duda esto de ser un héroe ayuda y mucho
con las féminas.
Uffff, qué dolor de cabeza. Siento el contacto de la piel
suave de un cuerpo desnudo abrazado al mío y abro los
ojos.
Ya es de día, la joven que conocí la noche anterior está
tumbada a mi lado dormida. No recuerdo su nombre, pero
me vienen recuerdos intermitentes de una buena velada
con ella. Aparto su brazo e intento levantarme.
— Buenos días, guapo— me susurra la chica al oído.
— Buenos días— le respondo un poco cortado.
— ¿Tienes algo que hacer? Todavía es temprano— La
joven comienza a acariciar mi pecho dirigiendo sus manos
a lugares más sensibles.
— Supongo que tengo un rato— respondo y la beso.
De nuevo fluye la pasión entre nosotros, la mujer sin duda
es puro fuego y no tarda en encenderme. Me coloco sobre
ella entre sus piernas, ella arquea su espalda y gime de
placer…
Tras el segundo asalto de apasionado sexo, nos vestimos
y bajamos a desayunar. Todos los compañeros están en
una mesa terminando su desayuno, cuando aparecemos
por la puerta. Shiroge me mira con una sonrisita cómplice.
— Voy a unirme a mis compañeros— informo a mi cariñosa
nueva amiga—. Nos veremos más tarde.
— De acuerdo— responde la joven un poco seria—. Luego
nos vemos.
Me siento a la mesa con los demás y Dorin enseguida
viene a atenderme.
— ¿Qué va a ser esta mañana?— ofrece la tabernera.
256
— Ponme lo mismo que ayer, por favor— respondo—. Una
pregunta Dorin, ¿conoces de algo a la muchacha que ha
bajado conmigo?
— La verdad es que sí, vive en una granja en las afueras—
me contesta.
— ¿Cuál es su nombre?— pregunto un tanto avergonzado.
— Lía, es hija de un terrateniente acaudalado— me da
detalles.
— Gracias, Dorin— La tabernera se dirige a la barra.
— Te recuerdo que eres un Dalma. No hay sitio para el
amor en nuestro estilo de vida…— repite mis palabras
Shiroge burlándose de mí. Todos nos reímos.
Ha pasado la jornada tranquila, después del almuerzo he
ido a dar un paseo a la enorme playa que se sitúa al oeste
de la ciudad y me he acercado al faro.
Me resulta muy relajante contemplar el inmenso mar azul
que se expande hasta donde llega la vista. Al caer el sol,
regreso, quiero visitar al muchacho al que ayudé el otro día
antes de que sea muy tarde.
Mañana emprenderemos la marcha hacia Kaalbhart y me
gustaría estar bien descansado.
Tras comprobar que el joven cadete de la Guardia de las
Tres Estrellas se recupera positivamente y recibir algún
que otro elogio, voy al comedor para cenar. Allí se
encuentran los otros Dalmas y me uno a ellos.
— Buenas noches a todos— Álerin entra por la puerta del
comedor saludando.
— Buenas noches— todos devolvemos el saludo.
— Por fin ha llegado la respuesta del Espino Rojo— nos
informa cuando llega a la mesa.
— ¿Y bien?—pregunta Clarín.
— Wíldor ya estaba al corriente de la caída del castillo de
Kaalbhart, de hecho, tiene a sus tropas listas para
257
atacarlo— explica el áratra—. Dice en su mensaje, que
tenía pensado asediar el castillo, pero que por
salvaguardar la vida del rehén seguirá el plan que le he
indicado. Sin embargo, el grueso de sus tropas se
encuentran en Fortcrass, para atacar por el amplio paso
del sureste. Ha decidido coordinar un ataque por ambos
flancos. Primero por el paso de Bandur, según la
estrategia, para que liberéis a Farwin, y después los
aplastará por su retaguardia.
— ¡Un gran plan!— opino, a fin de cuentas, el que todo un
ejército acuda a la batalla, nos dará tiempo de sobra para
completar nuestra misión.
— Mañana por la tarde iniciará la marcha con el señuelo, al
anochecer estará en el estrecho— el consejero confirma la
estrategia—. Tendréis toda la noche para actuar, pues de
madrugada llegará por retaguardia el contingente principal
de las tropas del Espino Rojo.
— Mañana partiremos antes del alba; si nos apresuramos,
podremos estar al anochecer en el castillo— asevera el
mago.
— Pues vayamos a descansar— aconsejo a mis
compañeros.
— Yo tengo planes luego con Dorin— reconoce Shiroge—.
No sabía que saldríamos tan temprano…
— Pues no te entretengas, hay que madrugar y la jornada
será larga y peligrosa— recomienda Semín.
— ¿Y por qué no vamos a caballo?— pregunta Ghoidiel—.
Hay solo unas ocho horas al galope.
— No podemos llamar la atención— corrijo a mi
compañera—. Si nuestros enemigos sospecharan algo,
puede que no caigan en la trampa, o lo que es peor, que
ejecuten al prisionero.
258
— Como queráis, pero me parece absurdo— lleva la
contraria la elfa, pero acepta el plan inicial.
— Pues si ha quedado claro, yo también me iré a
descansar— se despide Álerin—. Mañana al alba me
dirigiré a Íshar para reunirme con Néster y ponerle al
corriente de todo en persona.
Todos asentimos, acabamos la copa y nos vamos a los
dormitorios, todos salvo el eledín, que no renuncia a su
último encuentro romántico con su bonita tabernera.
— Toc, toc— suena la puerta.
— Arriba, Mirmaerín, es hora de irnos— se escucha la voz
de Semín.
Abro los ojos, todavía es de noche, pero he descansado
suficiente y no me cuesta alzarme y prepararme para el
viaje, así que con brío recojo mis cosas y salgo de la
habitación. El mago, la arquera y el medio elfo, siempre
con su capucha puesta, están en el pasillo.
— ¿Y Shiroge?— pregunto a los demás.
— Ya ha bajado, decía que tenía hambre y Dorin le ha
preparado algo de desayunar— me responde Ghoidiel con
cara de resignación.
Bajamos al comedor y allí está el eledín. Le acompaña su
enamorada, que le mira con fijación, mientras termina el
desayuno.
— Buenos días, chicos— saluda con la boca todavía llena.
— Buenos días— se adelanta la elfa a responder—. ¿Has
terminado o qué?
— Ya estoy, ya estoy…— Se empieza a levantar el
grandullón.
— Anoche Lía vino preguntando por ti— me comenta Dorin
con una sonrisilla.
— Tengo ahora cosas más importantes entre manos—
respondo con seriedad.
259
— ¡Vámonos ya!— exclama la arquera con impaciencia
mientras se dirige la primera a la puerta—. Dejaos de
chorradas.
Por fin partimos rumbo a la misión, aún es de noche
cuando tomamos el camino de Xandria. Después de un par
de kilómetros lo abandonamos y avanzamos entre
senderos por la llanura en dirección sur.
Empieza a amanecer, no hay incidentes, un par de horas
después llegamos a la vertiente norte de las montañas
Morguel, y tomamos dirección este. Más tarde, divisamos a
lo lejos, hacia el noreste, el camino y la posada donde
atacamos a los Hombres de las Montañas, parece que
todo está tranquilo.
Llegamos hasta el alto del camino donde liberamos a los
caballos y descendemos hasta las cercanías del lago. Todo
va como la seda, incluso la barca sigue escondida junto a
los juncos donde la dejamos. Ya ha pasado el sol del
mediodía y paramos a almorzar antes de zarpar.
— No me gusta, demasiado tranquilo— comenta Ghoidiel.
— Supongo que la pérdida de los efectivos en el asalto a
Dúltor les ha obligado a retrasar posiciones— responde
Clarín intentando dar confianza.
— Lo que esté por pasar, que pase, vamos a comer y que
los Ersan decidan el devenir de la misión— termina con la
conversación Shiroge, que reparte las provisiones.
— Puede que sea pronto para tomar la barca— se percata
Semín—. Si nos divisan al llegar, podemos dar la misión
por perdida.
— Tienes razón— asiente Clarín—. Hay ocho horas hasta
el castillo, pero es visible desde mucho antes. Lo ideal es
esperar al menos un par de horas.
260
— Estoy de acuerdo— doy la razón al mago tras calcular
los tiempos—. Así se hará de noche a falta de tres horas
para llegar, distancia suficiente para no ser vistos.
— Pues comamos, ocultémonos y descansemos un rato—
opina el eledín.
Tras el almuerzo buscamos un lugar donde ocultarnos y
nos acomodamos, sin perder ojo del camino y los
alrededores.
Pasa el tiempo sin incidencias, así que botamos la barca y
comenzamos el viaje por el lago. Tras cuatro horas, el sol
empieza a descender en el oeste.
— Enviaré a Miliki a echar un vistazo— rompe el silencio el
mago. Seguidamente susurra al halcón, que alza el vuelo.
Tras algo más de media hora regresa el ave.
— Las huestes abandonan el castillo— informa el
hechicero.
— Apretemos pues el paso, ya es de noche. Cuanto antes
lleguemos, más margen tendremos para afrontar
imprevistos— propone con acierto Semín, y Shiroge
aumenta el ritmo de los remos.
Llegamos al sitio aproximado donde dejamos el bote la
última vez, y decidimos repetir la estrategia. Cruzamos la
pequeña arboleda y llegamos a las rocas frente a la
fortificación. Reptamos entre ellas con sigilo, alcanzamos
sin problemas la base de la muralla norte y accedemos a la
alcantarilla.
— ¡Qué asco!— se queja la elfa.
— Tápate la nariz, es solo olor— le contesto con cierta
brusquedad.
Clarín enciende su luz y avanzamos por el redondeado
túnel hasta la sala central y luego por el otro pasillo hasta
los cimientos de la torre suroeste. Todo parece en orden.
261
Semín escucha a través de la trampilla, por si hay alguien
del otro lado.
— Todo despejado— nos informa el medio elfo—. Será
mejor que no entremos todos juntos, primero subamos dos
a comprobar la situación, luego moveremos la estantería y
los demás subirán cuando esté todo despejado.
— Buena idea— reconozco a mi compañero—. Yo te sigo.
Todos asienten y el encapuchado corre la trampilla y sube,
yo voy tras él. No se oye nadie en la sala, tal y como dijo
Semín, que desplaza la estantería sobre sus raíles y
accedemos a la habitación redonda donde la antorcha está
iluminada. Percibimos detalladamente los alrededores y
me asomo por la ventana. No se ve a nadie en la
explanada delante del palacio.
— Retiremos el mueble y demos la señal para que suban
los demás— le susurro a mi compañero.
Con ayuda de Semín movemos el mueble y todos nos
reunimos en la sala de la planta baja de la torre.
— Se ve que han dejado pocos efectivos— aprecia Clarín.
— Apresurémonos antes de que nos descubran y vayamos
al palacio— propone Shiroge.
Salimos de la torre y avanzamos rápidamente, intentando
hacer el menor ruido, hasta la entrada del palacio.
— La puerta está cerrada— comenta en voz baja Semín—.
Intentaré forzar la cerradura.
El medio elfo saca una ganzúa y la introduce en el orificio
de la llave. No le está siendo fácil, se ve que no es muy
habilidoso.
— ¡Tac!— una flecha se clava en la puerta, justo al lado del
medio elfo, antes de que pueda abrirla.
— ¡Nos han detectado!— advierte Clarín señalando a la
torre sureste justo cuando suena una trompeta.
262
Al mirar la torre veo a dos arqueros apostados en una
posición muy ventajosa, han fallado el primer disparo, por
suerte, pero el segundo arquero tiene el arma cargada y
nos apunta.
Con tremenda habilidad, Ghoidiel carga su arco y lanza
una flecha hacia los guardias, acabando con el que está a
punto de disparar, que cae dentro del recinto.
— ¡Apártate!— ordena Shiroge al encapuchado, que
obedece al instante.
El grandullón asesta una tremenda patada a la puerta que
destroza la cerradura y la abre. Entramos a refugiarnos de
los disparos de los otros guardias, de la torre suroeste, que
se preparan para atacarnos.
Dentro del palacio hay un enorme salón con diez
columnas, cinco a cada lado, que se alinean hasta un trono
sobre un pedestal. Veo tres puertas a la izquierda y un
pasillo junto a la entrada a la derecha, que da hasta unas
escaleras por donde aparecen cinco Siervos de Amán.
Portan espadas anchas y escudos y cargan contra
nosotros.
Primero la arquera lanza un ataque a uno de ellos, la
flecha atraviesa el bíceps del brazo del arma, y esta cae al
suelo.
Justo después el eledín da un tremendo golpe de
mandoble contra el escudo de otro, rompiéndolo y
haciendo que el adversario se tambalee.
Yo consigo asestar un golpe débil pero bien colocado, que
frena el ataque del que está a su lado. Uno se dirige al
indefenso mago y el otro hacia el encapuchado medio elfo.
Semín consigue parar el ataque con su escudo, pero Clarín
parece perdido. El hechicero levanta la mano, como
cuando dirige su luz proyectada, pero esta vez un proyectil
de electricidad sale de su palma y golpea el pecho del
263
enemigo que cae al suelo inconsciente como consecuencia
del shock generado por la descarga.
El medio elfo consigue responder el ataque y asesta un
buen golpe en el costado que hace que el adversario
retroceda.
Una nueva flecha pasa cerca por mi lado, arrancando la
oreja del sectario que está frente a mí. Aprovecho la
distracción para hincar mi lanza en el corazón de mi
enemigo y acabar con él.
Shiroge embiste a su adversario con el escudo y éste cae
al suelo. Un segundo ataque con el mandoble le parte la
cabeza en dos.
Semín sigue ocupado con su rival, parece que le cuesta
acabar con él y voy en su ayuda, mientras el grandullón
remata al primero que recibió el flechazo y que trataba de
huir, con un fuerte ataque por la espalda.
Yo doy un golpe por el flanco al último, que grita y pierde la
concentración, lo que es aprovechado por Semín que
alcanza al enemigo con su katana y le propina un gran
corte en el cuello. El sectario cae y se ahoga con su
sangre.
— ¡Cierra el portón!— grita Clarín a Ghoidiel que está en la
retaguardia. La elfa obedece y encaja la puerta. Clarín
coge una de las espadas de los caídos y la bloquea.
— Al menos quedan siete más fuera del palacio—aprecia
Semín.
— De momento no les va a resultar fácil entrar por esta
puerta— responde Clarín—. Apresurémonos, tenemos que
dar con Farwin.
— Bajemos aquellas escaleras, se supone que los
calabozos del castillo están en el sótano— señala el
encapuchado medio elfo, y nos dirigimos hacia allí a toda
prisa.
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Descendemos la escalera de caracol y llegamos a una
puerta. Shiroge, que va el primero, no pierde un segundo y
le da una fuerte patada que la derriba. Del otro lado, un
sorprendido carcelero no tiene tiempo a reaccionar;
primero una flecha, seguida de un golpe de mandoble,
acaban rápidamente con él.
En la sala hay una mesa y una silla, además de una puerta
en el centro, que da a un pasillo donde se apostan, a
ambos lados, ocho celdas.
— Aquí están las llaves— Saca Semín del bolsillo del
guardia un llavero, tras registrarle.
Accedemos al pasillo de las celdas, todas están vacías,
hasta llegar a la última donde se encuentra un hombre. Se
ve que ha sido cruelmente torturado. Tiene el torso
desnudo y la piel hecha jirones. Su cara está muy dañada
también, con los labios hinchados y los ojos morados, con
las escleróticas enrojecidas. Además, le han arrancado las
uñas de sus manos y algunos dientes.
— Farwin— le llama la atención Clarín, pero el hombre no
se inmuta.
Abrimos la puerta y comprobamos que, aunque muy débil,
sigue con vida. Hago lo que puedo para curar las heridas
que siguen abiertas en el cuerpo del hombre y gasto todo
el ungüento que me queda.
— Vayámonos, necesita ayuda de un sanador— les digo a
mis compañeros.
Shiroge coge al hombre con cuidado en volandas y salimos
de la apestosa mazmorra. Al subir las escaleras oímos
trompetas en el exterior.
— Subiré a la azotea— se ofrece el medio elfo—. Intentaré
ver cómo está la situación fuera.
Nos quedamos en el pasillo junto al salón del trono durante
unos minutos, todo parece calmado en el exterior.
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— ¡Son las tropas del Espino Rojo!— exclama Semín al
regresar. ¡Los Siervos de Amán huyen del lugar!
Ghoidiel quita la espada que bloquea la puerta y la abre.
La explanada está despejada. El portón principal está
entreabierto, alguien lo empuja y se abre de par en par.
Aparece un hombre moreno de unos treinta y cinco años,
con la barba perfectamente recortada, que luce un
magnífico uniforme de cuero rojo y que viene seguido de
un ejército, de unos quinientos hombres, que también
acceden al interior.
El oficial nos mira y se acerca tranquilamente hasta
nosotros.
— Así que vosotros sois los famosos Dalmas— se dirige a
nosotros con tono serio—. Yo soy Wíldor, señor del Espino
Rojo.
— Mi señor Wíldor— respondo con presteza—, este
hombre moribundo es Farwin, necesita ayuda urgente.
— Está bien, lo llevaremos a Íshar— ordena el líder—.
Subidlo a un caballo y dadle montas también a los Dalmas,
no hay tiempo que perder.
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