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12. Rumbo a Bársel

Tipo
Novela / texto narrativo oficial
Obra
Aventuras en Aradín
Estado
NARRATIVO OFICIAL
Regla de interpretación
La voz narrativa y los diálogos pertenecen a la obra; no convertir automáticamente toda afirmación de un personaje en verdad enciclopédica del mundo.

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Texto

12
Rumbo a Bársel.
Es un poco antes del anochecer, cuando alcanzamos el
límite de los Páramos Rocosos.
Brawny ha estado todo el camino dando vueltas por las
cercanías, controlando la situación y no hemos tenido
ningún percance. El magnífico perro nos mira con una
sonrisa y moviendo la cola.
Le doy un poco de embutido como agradecimiento por sus
servicios. Me viene a la mente el grandullón, por lo rápido
que devora la comida. Le damos unas caricias como
despedida y echa a correr de vuelta con su amo.
— La gran roca señalada en el mapa no debe de andar
muy lejos— advierte Clarín.
— Subamos a esa loma, desde allí habrá una buena vista
hacia el este— propone Semín.
Subimos a la loma, desde donde se aprecia con claridad, a
una distancia aproximada de dos kilómetros, una gran roca
solitaria en medio de la ligera arboleda, que precede a una
zona más boscosa.
— Debe de ser allí— se percata Ghoidiel.
Decidimos acercarnos directamente, ya buscaremos un
sitio para descansar por la zona. La roca de granito es
bastante grande, de más de cuatro metros y forma
bastante redondeada. Observamos por las inmediaciones.
— He oído algo— nos llama la atención Semín—. Viene
desde el este, del bosque.
— ¡Rápido, esconderos!— apremia Ghoidiel.
Demasiado tarde, de entre la arboleda aparecen cinco
Guardias del Tridente.
— ¡Alto ahí! ¡Entregaos!— grita el líder de la patrulla.
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Clarín responde lanzando uno de sus proyectiles, que le
golpea en el pecho y lo derriba. Los demás cargan contra
nosotros. Una flecha de la elfa impacta en el ojo de otro,
alcanzando su cerebro. Yo arrojo mi lanza contra el que
viene en retaguardia golpeándole en el hombro, pero el
adversario sigue luchando.
Shiroge, con un fuerte golpe de mandoble, destroza la
clavícula del pobre que se enfrenta a él. El arma se
incrusta hasta la altura del pecho, rompiendo huesos y
dañando varios órganos vitales. Semín lanza un fuerte
golpe contra el brazo, que desarma a su enemigo. Un
segundo ataque bien colocado, golpea en el cuello y le
provoca un profundo corte.
Yo consigo detener el ataque de mi rival, mientras saco mi
segunda lanza. Con un buen movimiento golpeo el costado
de mi enemigo destrozándole el riñón. Shiroge remata al
uniformado que ha sido derribado.
— No mentía Éler cuando dijo que la zona está llena de
hombres de Estrian— recuerda Clarín.
Semín registra a los cuerpos y recauda diez monedas de
plata. Los demás seguimos buscando un lugar donde
acampar.
— ¡Mirad aquí!— nos advierte Ghoidiel—. Hay una cueva
detrás de este matorral.
Nos acercamos a la elfa y vemos el hueco detrás de una
planta de romero, que está sobrepuesta tratando de ocultar
la entrada.
— Debe de ser el paso indicado en el mapa— opino—.
Entremos, seguramente dentro estaremos más seguros.
Penetramos en el túnel, que desciende en rampa hasta
una zona más ancha y enciendo mi candil. Se ve un largo
pasillo irregular, del que se descuelgan las raíces de los
árboles que están encima.
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— Descansemos aquí— propone Shiroge—. Una vez
hayamos recuperado las fuerzas nos adentraremos en la
oscuridad del pasadizo.
Cenamos y organizamos guardias para hacer noche en la
gruta. Yo haré la primera con Ghoidiel.
Pasan las tres horas sin ningún incidente y despertamos a
Semín, que hará la segunda.
— Vamos, Mirmi— escucho la voz del eledín—. Es hora de
levantarse.
Desayunamos algo y avanzamos por el sinuoso paso que
se retuerce bajo la arboleda.
Tras más de tres horas de marcha, alcanzamos el otro
lado. Me asomo por la claridad del hueco, una vez apago
mi candil.
— Hay un claro— informo a los demás—. Parece
despejado.
Apartando ligeramente la vegetación del otro lado, salgo
hasta el pequeño claro, seguido por mis compañeros.
Justo enfrente hay un sendero que se adentra en la zona
boscosa.
— Será mejor que avancemos— recomienda Clarín—. Hay
más de una jornada de camino hasta las montañas Báltor.
Sin perder tiempo, seguimos adelante con paso firme, pero
con las armas sacadas por precaución. Yo lidero la
compañía.
Pasan las horas, hemos hecho parada para almorzar y por
fin vemos a lo lejos la cordillera, cuando empieza a caer la
noche. El bosque es menos denso de este lado, las
montañas parecen más bien rocosas y con poca
vegetación en su vertiente oeste.
— Busquemos un sitio para pasar la noche— propone
Semín—. Quizás sea buena idea alejarnos un poco del
sendero.
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Nos dispersamos buscando un sitio y se hace de noche.
Nos reagrupamos todos, menos la arquera.
— ¿Dónde está Ghoidiel?— pregunto por mi compañera.
— Creo que se acerca— responde Semín señalando al
este.
Aparece la elfa entre la arboleda. Gesticula con las manos
llevándose el dedo índice a la boca, pidiendo silencio.
— Un grupo de bandidos medio elfos— nos susurra al
llegar a nuestra altura—. Están acampados más adelante,
a unos cien metros.
— ¿Qué hacemos?— pregunta Shiroge.
— Lo mejor será un ataque preventivo. Si logramos
acechar hasta tener posición de disparo, podremos
emboscarles atacando por sorpresa— propone Semín.
— ¿Cuántos son?— le pregunto a mi compañera.
— Media docena— responde—. He visto que dos de ellos
están de guardia.
— Está bien— habla de nuevo Semín—. Los rodearemos
por ambos flancos. Ghoidiel y Mirmaerín avanzarán por la
derecha. Clarín y yo por la izquierda. Shiroge atacará de
frente cuando comience la fiesta.
— Me parece buen plan— aprueba Clarín.
Todos asentimos y comenzamos con la maniobra
acechando por los lados, alumbrados por las medias lunas.
Conseguimos acercarnos sin ser detectados hasta una
distancia prudencial.
Han elegido un pequeño claro donde se ensancha el
sendero, en cada una de las puntas hay un bandido
vigilando.
Observo del otro lado. Clarín está listo, Ghoidiel carga su
arco y yo me preparo para arrojar mi lanza.
El rayo de Clarín va dirigido al más cercano de los vigías,
le impacta en la pierna y pega un grito. La arquera
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descarga contra el del lado opuesto, un disparo certero en
la cabeza que lo mata en el acto.
Yo lanzo mi arma al herido y le golpeo en el costado,
destrozándole una serie de órganos y acabando con él.
Shiroge salta en medio de los otros, que se alzan al
escuchar el grito del compañero tras el estruendoso
impacto del proyectil eléctrico. Da dos golpes de mandoble
y siega dos vidas de los indefensos bandidos al instante.
Semín sale para enfrentarse con otro. Pero el eledín no da
tregua, con su nueva arma se ha convertido en una
herramienta perfecta de muerte y acaba con él de un solo
golpe que lo destripa, cuando todos salimos al claro.
El último de los medios elfos tiembla ante la situación, pero
no refrena al grandullón, que en el arrebato del combate le
corta la cabeza.
— ¡Madre mía Shiroge!— exclama Ghoidiel con la boca
abierta.
El eledín sonríe mientras se limpia la sangre de sus
enemigos.
— Acampemos aquí— nos propone el grandullón—. Esto
ya está despejado.
Registramos a los bandidos, añadiendo diez monedas de
plata más al fondo común.
Después de cenar nos repartimos las guardias. De nuevo
me toca la primera, esta vez junto a Clarín. No hay ninguna
incidencia y me voy a dormir.
Me despierta Semín cuando los primeros rayos de sol tiñen
de azul el este.
— Es hora de continuar— Me ofrece la mano el medio elfo
para ayudarme a incorporarme.
Hay tres grupos montañosos que se abren justo frente a
nosotros, dejando dos estrechos pasos entre ellos. El
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sendero se bifurca en dos: uno sigue por la izquierda,
hacia el norte y el otro hacia el sur.
— Creo que es por la derecha— señala Clarín.
Seguimos la recomendación del mago y avanzamos un par
de horas hasta llegar al pie de la cordillera, donde se cierra
un angosto desfiladero entre las montañas. Un pequeño
arroyo fluye por él, junto a la pared de la izquierda, por la
que pequeños manantiales se derraman cada pocos
metros, abasteciéndose del agua que se filtra entre las
grietas, donde emergen hierbas con flores y bayas de color
rojo.
El sendero discurre junto al arroyo, pegado a la otra pared
escarpada. Hay espacio de poco más de tres metros de
ancho entre los altísimos muros de las montañas.
Tras una hora de marcha, el desfiladero hace un abrupto
giro a la izquierda y se oye el sonido de una cascada. Nos
acercamos a la esquina. Primero va Semín, que se asoma
entre las rocas.
— Parece que el paso está vigilado— nos susurra—. Veo a
cuatro medio elfos en una pequeña rampa, en la vertiente
a la derecha del lago que forma la catarata.
Me asomo tras de él. La cascada tiene una caída de unos
treinta metros y forma en su base una laguna, que alimenta
el arroyo que venimos siguiendo.
El paso se ensancha y hay una rampa en el lado de la
derecha, donde, como dice Semín, cuatro bandidos vigilan,
aunque parecen algo despreocupados. Veo que la rampa
sube hasta la mitad de la cascada y gira a la izquierda,
formando una repisa que pasa tras la caída de agua. Hay
dos más allí.
— Otros dos están apostados con ballestas al lado de la
catarata— informo a mis compañeros.
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— Hay que acabar con los ballesteros— advierte el medio
elfo—, si no no podremos acercarnos.
— Creo que están a una distancia suficiente para
dispararles— se ofrece Ghoidiel tras asomarse—. Yo me
encargo de uno de ellos.
— Yo puedo lanzar un proyectil al otro— Se prepara Clarín.
— Pues nosotros nos ocupamos de los de abajo— añade
con seguridad el grandullón.
Asentimos al plan. La verdad es que, visto lo visto,
apostaría a que el eledín se basta para acabar con ellos.
— Observemos un poco más y en cuanto estén distraídos
atacamos— propone Semín, que se agacha en el vértice
del giro.
— ¡Hay otros dos, ocho en total!— advierte el medio elfo—.
Han aparecido junto a la base de la cascada.
— Adelante— apremia Shiroge—. No permitamos que se
reagrupen.
Seguimos el plan acordado y los elfos salen del escondite
para atacar a los ballesteros sobre la rampa. El proyectil
del mago es certero, uno de ellos es golpeado y se
precipita desde los veinte metros de altura. Sin embargo, el
disparo de Ghoidiel no es lo suficientemente bueno y
apenas roza al otro, que le devuelve el ataque con su
ballesta. La flecha se clava en el hombro de la arquera,
que queda dolorida y se aparta.
Los demás salimos a toda prisa. Los seis bandidos cargan
contra nosotros, son seis contra tres, yo decido no arrojar
mi lanza y luchar cuerpo a cuerpo. Shiroge acaba con
facilidad con el primero de ellos, con un fuerte golpe contra
el hombro, que le produce una profunda herida.
Yo consigo acertar en mi ataque, clavando la punta de mi
lanza en la garganta de otro.
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Semín no logra su objetivo y se ve enfrentado a dos
oponentes. Uno de ellos le asesta un golpe en el brazo, por
suerte es solo un rasguño.
El ballestero está a punto de disparar al eledín. Clarín se
percata y lanza un nuevo rayo que impacta contra el
bandido, matándolo en el acto.
Shiroge acaba con su otro oponente con facilidad y corre al
auxilio de Semín, que se defiende a duras penas.
Mi otro adversario es muy hábil, más que el primero, pero
consigo repeler su ataque y le golpeo de nuevo. Nuestra
lucha está igualada.
El grandullón sigue a lo suyo, cada golpe de su mandoble
acaba con un enemigo. Esta vez con un corte en la
entrepierna, que hace que las tripas de su adversario se
desparramen.
Por fin logro asestar un buen golpe a mi rival, que se
tambalea, lo que me permite rematarle incrustando mi
arma en su pecho.
El otro contrincante de Semín intenta huir, pero Shiroge le
alcanza por la espalda, partiéndole la columna vertebral.
Corro a asistir a Ghoidiel.
— ¿Estás bien?— pregunto a la elfa al llegar a su altura.
Aún tiene la flecha clavada.
— Creo que ha tocado hueso— me contesta con cara de
dolor.
Miro la herida, es cierto que la flecha está hincada bien
profundo. Le doy un trozo de madera para morder y aplico
algo de poción. Doy un tirón fuerte, la arquera grita, pero
extraigo la flecha y vuelvo a aplicar poción. El resto se lo
doy para que beba. El brebaje es eficaz y parece que
nuestra compañera se repone mientras empiezo a suturar.
— Gracias, Mirmaerín— me dice con una sincera sonrisa,
a lo que le respondo con una reverencia.
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Ayudo a Ghoidiel a levantarse y nos reunimos con el resto
en el ensanchamiento junto a la rampa.
— Mirad aquí— Señala Semín a la derecha junto a la
cascada—. Hay una puerta oculta.
Nos acercamos a la posición del medio elfo y observamos
el lugar con detenimiento. Es cierto, la pared simula una
roca, pero en realidad es una puerta.
— Entremos— propone confiado Shiroge mientras empuja
el acceso.
En el interior hay una mesa redonda y cuatro sillas, en una
sala con las paredes talladas en la piedra, de unos tres
metros de lado. Enfrente hay un pasillo. Sobre la mesa hay
un mapa de las montañas.
Clarín recoge el mapa y avanzamos por la cueva.
Llegamos a una gran habitación con ocho camas.
Registramos el lugar.
— Aquí hay otra puerta oculta— de nuevo Semín se
percata.
Del otro lado hay un pequeño hueco con un baúl. Contiene
cinco pociones de curación, dos anillos de piedra roja de
mejora ofensiva, un crucifijo de plata y una bolsa con
veinte piezas de oro.
— Es hora de comer— aprecia el eledín—. Hagamos un
descanso aquí y después continuamos.
— Está bien— contesta Clarín—. Así podremos analizar el
mapa y encontrar la mejor ruta.
El mago y yo ojeamos el mapa con detenimiento. Los
bandidos tienen una ruta marcada, desde el lago hasta el
Gran Camino. Aunque no lleven distintivos, está claro que
todos ellos son miembros de una misma banda y éste
parece su centro de operaciones.
Se ve que hay algún tipo de paso hacia el este, que
conecta dos agrupaciones de montañas y un camino que
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desciende a un valle, marcado con el nombre de valle
Sombrío y que llega, a través de un estrecho, hasta el lago
Baal.
Hacia el norte, en el amplio centro de otro grupo
montañoso, está marcado con el nombre de Gran Valle,
donde hay señalados asentamientos de dragols. Hacia el
sur desde el lago, fluye un río dirección a Báltor.
— La ruta está clara— aprecio mientras señalo con el
dedo.
— Así es— está de acuerdo Clarín.
Tras el descanso retomamos la marcha.
Primero subimos la rampa junto a la cascada, que
asciende hasta la repisa en la que estaban los ballesteros
y que se mete tras la catarata. Del otro lado hay una
empinada cuesta, que hace un giro hacia la derecha y que
llega hasta una zona plana, donde se ubica otra laguna no
muy profunda, que alimenta la catarata. Hay un pequeño
paso de piedras en el agua y lo usamos para atravesarla.
Del otro lado el sendero gira a la izquierda, entre un
desfiladero que cae a la derecha y la escarpada ladera de
la montaña. Desde el vértice, se ve a lo lejos una pasarela
hecha de cuerdas y pedestales de madera, que cruza el
desfiladero de más de doscientos metros de longitud. No
parece muy estable.
— Será mejor que crucemos uno a uno— propone
Ghoidiel—. El puente tiene pinta de ser endeble.
Asentimos.
— Las señoritas primero— dice Semín, por la cara de la
elfa, no le ha gustado el comentario.
Cruza la arquera, tras ella el mago, después cruzo yo,
seguido del medio elfo y por último el grandullón.
Ante el enorme peso del eledín la pasarela se tambalea.
Shiroge trata de apoyarse con cuidado, pero un peldaño se
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rompe. Está a pocos metros de nosotros. Por suerte, se
agarra a las sogas que hacen de barandilla y evita caer.
Con cuidado continúa. Tras un momento de tensión, nos
alcanza del otro lado mientras suelta un gran suspiro.
Una vez en la montaña sur, seguimos el sendero durante
varias horas, hasta llegar a lo alto de una rampa que baja
dirección al boscoso valle y desde donde, a lo lejos, se ve
el brillo de las aguas del gran lago, que resplandece
parpadeante con las últimas luces del día.
— Descansemos por aquí— propone Clarín al llegar al
valle—. Calculo que nos queda aún más de un día de
marcha hasta Bársel.
Buscamos un sitio seguro entre la arboleda y repartimos
las guardias. Esta vez me toca la última. Estoy agotado de
un largo día de viaje, y tras revisar la herida de Ghoidiel,
que está sanando perfectamente, no tardo en echarme a
dormir.
— ¡Despertad!— la voz de Semín me saca de mi sueño—.
¡Peligro!
Me alzo como un resorte y agarro mis lanzas y mi escudo.
Miro a mi alrededor, veo a Semín a mi lado, con su katana
alzada en postura defensiva. Junto a él, Ghoidiel tiene su
arco preparado. Un poco más lejos, Shiroge mira hacia los
lados y Clarín se concentra.
— ¡Grrrr!— se oye un poderoso gruñido.
— Hay tres osos acechándonos— me informa el medio
elfo.
Escucho el crujir de las pisadas de los animales
rodeándonos, mientras nos reagrupamos.
Los elfos se sitúan en el centro y los demás formamos un
triángulo para cubrir los flancos. Finalmente, los
depredadores lanzan su ataque por distintos lados.
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Clarín tira su proyectil contra uno de ellos, un fuerte
impacto, pero que no detiene al oso de las montañas, que
se lanza contra el medio elfo. La arquera dispara su flecha,
que se clava en el torso del que se dirige a mí, pero
tampoco detiene a la bestia.
Shiroge lanza un ataque al que se abalanza contra él, pero
da un traspiés en la oscuridad y queda a merced del
ataque del animal, que se abalanza sobre él y le apresa,
mordiéndole en el hombro. El eledín intenta zafarse, pero
la bestia le iguala en fuerza y se mantiene agarrada a él.
Yo lanzo un ataque contra el que se me echa encima.
Consigo golpearle en la parte superior de la pata delantera,
el animal lanza un fuerte zarpazo, que golpea contra mi
escudo y me desplaza hacia la derecha.
Semín evita el ataque del suyo y responde con un fuerte
golpe de katana que obliga al oso a retroceder.
Shiroge está en apuros, Ghoidiel se percata y dispara su
flecha contra el adversario del grandullón, acertando en su
costado y ayudando a que éste logre liberarse.
Pero parece aturdido, apenas consigue levantar su escudo
y su espada para defenderse. La bestia le propina un
zarpazo que golpea el escudo. Con dificultad, el eledín
aguanta.
De nuevo lanzo un ataque contra mi adversario, con rabia
y mucha fuerza, que penetra en la clavícula del animal, que
no logra acercarse para atacarme.
Semín esquiva el zarpazo de su contrincante y devuelve un
efectivo golpe con su espalda.
Shiroge no logra reponerse, el oso le gruñe. Veo a Clarín
lanzar un hechizo hacia el eledín. Un escudo de fuerza se
coloca delante del grandullón y frena el ataque de la bestia.
De nuevo un flechazo de la elfa impacta en la pata del oso,
que no rehúye del combate.
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Un preciso ataque con mi lanza consigue penetrar entre las
costillas de mi oponente y alcanza su corazón, el animal
cae herido de muerte. Semín logra también asestar un
buen golpe que destroza la pezuña de la bestia, que
recula. Shiroge está apunto de recibir un nuevo ataque.
Arrojo mi lanza contra su enemigo y ésta se clava en el
cuello del enorme oso, que cae muerto a sus pies.
El medio elfo se abalanza contra la herida bestia a la que
se enfrenta y asesta un golpe de plano contra su cabeza
dejándola inconsciente.
Una vez no quedan enemigos, el eledín hinca la rodilla y se
sostiene apoyándose en su mandoble. Corro a asistirle.
Tiene varios cortes profundos en el hombro y cerca del
cuello, le esparzo un frasco de poción por la herida.
Shiroge grita. Clarín me ayuda a frenar la hemorragia y le
da de beber otra poción. Parece que el grandullón se
tranquiliza. Tardo más de quince minutos en suturarle, pero
finalmente la hemorragia se detiene.
— Tendremos que descansar— advierto a mis
compañeros—. Ha perdido mucha sangre y, aunque las
pociones hagan su efecto, los cortes son profundos. Está
vivo de milagro.
— Me parece bien— responde el eledín—. Pero dadme
algo de comer.
Le doy al grandullón las provisiones y me quedo junto a
Clarín, a hacer guardia y vigilar al paciente. Tras unas
horas empieza a salir el sol, Shiroge aún duerme.
— Esperemos unas horas más, necesita descansar—
propongo.
Clarín asiente. Poco después los elfos se levantan y
deciden dar una vuelta por los alrededores, no queremos
más sorpresas. Pasadas dos horas, una vez han
regresado los compañeros, Shiroge despierta.
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— ¿Qué tal estás?— le pregunto.
— Estoy bien, Mirmi. Muchas gracias— responde con
mejor cara—. Puedo continuar.
Ayudo a levantar a mi amigo y nos ponemos en marcha.
Sin duda este valle es un lugar peligroso, será mejor
darnos prisa.
Avanzamos el resto de la jornada sin incidentes y
cruzamos por el paso entre montañas, al final del valle. Del
otro lado, vemos con claridad el enorme lago y nos
acercamos.
Cae la noche cuando llegamos a la orilla. Aprovecho para
ver las heridas del grandullón. Parece que todo está bien.
Con ayuda de las pociones los músculos se van
regenerando velozmente y ya tiene plena movilidad en su
brazo.
Acampamos en una zona bastante escondida junto a la
orilla.
— Desde aquí hay menos de un día de camino hasta
Bársel— advierte Clarín—. Si partimos temprano,
llegaremos a la ciudad por la tarde.
— Pues así sea— responde Ghoidiel—. Estoy harta de
dormir a la intemperie, quiero sentir mi cuerpo reposar
sobre un mullido colchón.
Repartimos las guardias de nuevo. Dejaremos al eledín
descansar toda la noche. Yo hago la primera junto con
Ghoidiel. Transcurre sin incidentes y me tumbo para mi
necesario y merecido descanso.
— Despierta, Mirmaerín— escucho la voz de Clarín—. Hay
que continuar.
Abro los ojos, ya ha amanecido y mis compañeros recogen
sus cosas y se preparan para la marcha. Yo hago lo
mismo, pero antes le echo un vistazo al hombro de mi
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amigo. Por suerte parece que todo está en su sitio, no hay
rastro de infección.
Avanzamos junto a la orilla en dirección sur, llegando al
vértice del lago, donde un río nace, serpenteando en
dirección a Bársel. Continuamos pegados a la ribera.
Es por la tarde cuando divisamos a lo lejos, justo en la
desembocadura de las aguas, una ciudad costera.
— Bársel— indica con una sonrisa Ghoidiel—. Estamos a
menos de dos horas.
Una hora después llegamos a una zona con granjas,
donde encontramos un camino que discurre junto al río.
El terreno es bastante llano y nos permite ver la muralla de
la ciudad, en la orilla oeste, por la que marchamos. Hay un
molino medio kilómetro más al norte de la ciudad. Su rueda
conecta las dos partes del río, bajo una pasarela, en una
zona de más corriente, transmitiendo el movimiento a dos
muelas, situadas en cada una de las riberas.
Alcanzamos la muralla donde hay un gran portón, delante
de un puente que conecta las dos partes de la ciudad: en
la orilla oeste está la zona amurallada, con lujosas casas
de piedra. Sin embargo, en la orilla este hay un barrio
humilde, de casas de madera. De ese lado se ve una plaza
delante de una enorme playa, llena de barcas de
pescadores. Justo donde se forma el delta, que separa
ambos lados de la ciudad, hay una isla con un faro.
Entramos en la zona amurallada, sin ninguna objeción por
parte de los guardias que allí se apuestan. La mayoría de
los transeúntes dentro de las murallas son elfos, si bien,
hay gentes de todas las razas.
Avanzamos entre los bonitos edificios de piedra caliza
hasta una plaza, en cuyo medio se erige un templo de
Túlmar, que mira de frente a un concurrido puerto de
mercancías. Hay una gran posada en cuyo letrero se lee
330

en élfico “Istenvin” que se puede traducir como “Viento del
este”.
— Entremos en la posada— propone Ghoidiel—.
Aprovechemos que aún es de día para buscar a Dardrin.
— También podemos aprovechar para cenar, al ser
temprano nos servirán más rápido— se pronuncia Shiroge.
Accedemos a la taberna. Una decena de mesas, de fina
talla y acabado, están ocupadas en su mayoría por elfos.
De hecho, me sorprende que a pesar de ser Aradín un
reino de hombres, soy el único humano en la sala. Noto un
cierto aire de desprecio en la mirada de algunos de los allí
presentes.
El posadero, otro elfo, está atareado en la barra. Había
oído que a Bársel le dicen Puerto de Elfos, a fin de
cuentas, el mar del este conecta con Áldantur, reino de
elfos. Encontramos una mesa y la ocupamos. Una de las
camareras, una bonita medio elfa, se acerca a nosotros.
— ¿Qué van a tomar?— pregunta la joven.
— Pónganos cinco cervezas— le pido. La chica me mira
con el gesto un tanto torcido sin responder.
— Y algo de cenar— añade el eledín.
— Por supuesto— responde a mi compañero—. Esta
noche tenemos un estupendo estofado de cabrito con
patatas y zanahorias.
El grandullón asiente.
— ¿Parece que tienen algo en contra de mí por aquí,
no?— hago saber mis sensaciones al resto, una vez se
marcha la sirvienta.
— Bársel es conocido por sus grandes disputas raciales:
elfos y humanos tuvieron conflictos por estas tierras en el
pasado— explica Clarín—. Por suerte se solucionó
pacíficamente, hace más de mil años, con un tratado de
paz. El problema es que muchos de los elfos que vivían en
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aquellos tiempos, aún siguen con vida y no todos han
sabido perdonar.
— Entonces será mejor que me mantenga al margen y que
seáis Semín, Ghoidiel y tú los que investiguéis esta zona—
respondo al mago—. Yo y Shiroge nos encargaremos de
preguntar en el otro lado de la ciudad. Parece que la zona
de los pescadores es de mayoría humana.
— Quizás sea lo mejor— asiente Clarín—. De momento
cenemos y cojamos una habitación. Luego nos
dispersaremos y buscaremos a Dardrin.
Nos sirven la comida y empezamos a cenar
tranquilamente. No estoy nada a gusto con las descaradas
miradas de algunos de los clientes.
— Me siento como un pájaro enjaulado— expreso mis
sensaciones
a
mis compañeros—. Aquel elfo,
especialmente, no me ha quitado los ojos de encima desde
que llegué.
Con un gesto de barbilla, indico a una mesa justo enfrente
mía, donde un elfo rubio y de piel clara me mira con mala
cara. Shiroge se levanta y se dirige hacia allí.
Al ver al inmenso eledín acercarse a su mesa, el elfo mira
para otro lado.
— ¡Eh, tú, elfito!— le llama la atención con voz ruda—.
¿Tienes algún problema con mi amigo? Te lo digo, porque
no me gusta que me molesten mientras ceno, a veces
pierdo el juicio y si es necesario, soy capaz de comerme
hasta la carne rancia de un viejo elfo.
— Eh, no... Perdona, no quería…— intenta contestar.
— No, no perdono nada. Si vuelvo a verte mirando a mi
amigo te sacaré los ojos con mis propias manos—
amenaza—. ¿Entendido?
— Claclaclaro, seseseñor eledín. No volverá a pasar— La
de por sí clara piel del elfo palidece aún más.
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Shiroge se gira y regresa a la mesa. Observo cómo el elfo
pide la cuenta y abandona la taberna. Nadie más vuelve a
mirarme durante el resto de la cena.
Aun así, no tardo en abandonar la posada, no me gusta
estar en un lugar donde no soy bienvenido.
— Voy a la zona este a ver qué información encuentro—
informo a mis compañeros una vez termino de comer.
— ¡Vayamos!— Se levanta Shiroge.
— Nosotros haremos las averiguaciones por aquí, nos
vemos luego— contesta Clarín y se despide con la mano.
Salimos de la parte amurallada y cruzamos el puente sobre
el río.
El barrio humilde está poblado principalmente por
humanos. Tiene casas de madera y la calzada es de arena
prensada, en contraposición al suelo de blancos adoquines
que hay dentro de los muros.
— Vayamos a la plaza de la derecha— propongo a mi
compañero una vez cruzamos el puente.
En el medio de la plaza hay una gran lonja de pescado,
que está cerrando justo en este momento. No se ve ni un
solo elfo por la zona.
Me percato de que hay una posada en la esquina este,
cerca de una barbería y una tienda de accesorios de
pesca. En el letrero se lee en bóldor “Dulce Sirena”.
— No parece que vaya a estar por aquí— reconozco—.
Pero entremos en la posada, ya que hemos venido
podremos beber una cerveza tranquilos y preguntar de
todos modos.
— Está bien— contesta Shiroge—. De todas maneras, no
me gusta el ambiente del otro lado.
Accedemos a la pequeña taberna. Hay seis mesas y todas
están ocupadas por hombres y mujeres de raza humana.
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Cogemos unos taburetes y nos sentamos en la barra, justo
frente a la tabernera, una mujer de mediana edad e
indudable belleza.
— Pónganos dos cervezas— pide el eledín.
— Por supuesto, hombretón— responde la posadera con
una abierta sonrisa.
— Disculpe— llamo la atención de la mujer—, estamos
buscando a un elfo, de nombre Dardrin. ¿Le conoce?
— No vienen muchos elfos por aquí— contesta—. De
hecho, solo hay un elfo que frecuenta esta zona de la
ciudad, pero su nombre es Elas.
— Muchas gracias. ¿Qué le debo?— no creo que haya
mucha más información que sacar.
— Cuatro monedas de cobre— responde la servicial
tabernera. Le pago cinco.
Una vez terminamos la cerveza, regresamos a la zona de
los elfos y buscamos a nuestros compañeros. Justo los
vemos en los muelles, hablando con un lugareño elfo, que
parece responde con una negativa.
— Buenas noches, amigos— saludo al llegar—. ¿Algún
progreso?
— La verdad es que no— contesta Ghoidiel con
resignación—. Solo un hombre había oído hablar del
antiguo guardián de la pirámide, pero no cree que esté en
la ciudad. Al parecer salen barcos a diario hacia Milithir, la
ciudad de la torre de cristal, en el reino de los elfos. Es
posible que ya no viva aquí.
— ¿Qué tal vosotros?— pregunta Clarín.
— Solo hay un elfo que frecuenta aquella zona, pero me
han dicho que su nombre es Elas— respondo—. Me temo
que no va a ser fácil dar con el paradero de Dardrin.

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— Se está haciendo tarde— advierte el mago—. Hemos
cogido habitaciones en la posada Istenvin. Mañana
seguiremos con la búsqueda.
— Yo iré primero al templo a hacer mis oraciones—
respondo—. Luego nos vemos allí.
Entro en el bonito templo de Túlmar y hago mis rezos. Pido
a la Erdan que me oriente para encontrar al elfo y hago
una donación de tres monedas de plata, antes de regresar
a la posada. Me voy directamente a la cama.
A la mañana siguiente nos levantamos temprano y
bajamos a desayunar, no tenemos tiempo que perder.
Damos un paseo por la zona amurallada. Además de la
plaza del puerto, donde están la posada y el templo, hay
otra plaza junto a la salida oeste, llamada plaza de
Gáldoras.
Hay bastantes puestos de venta en esta parte de la ciudad,
cuya economía se centra en el comercio y el transporte. En
el centro hay un pequeño templo dedicado a Reéjtar, Erdan
de la justicia, la organización y el comercio; además de
unas enormes caballerizas, que se sitúan en el norte de la
plaza, junto a la muralla. Preguntamos a comerciantes,
preguntamos a guardias, preguntamos al sacerdote del
templo… Nadie sabe nada. Aprovechamos para hacer
unas compras, andamos cortos de pociones de curación, y
ya a mediodía, regresamos a almorzar en la posada.
— Esto es una enorme pérdida de tiempo— expresa
Ghoidiel su frustración—. Está claro que ese tipo ya no
vive aquí.
— Lo único que nos queda es preguntar a ese tal Elas, que
frecuenta la taberna Dulce Sirena— propone Clarín.
— Está bien— asiento al mago—. Si no damos con él,
tendremos que regresar a Íshar.
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Después de comer nos dirigimos de nuevo a la plaza de
los pescadores, hay mucho bullicio en la lonja. Carretas de
bueyes cargan salazones y pescado fresco sobre bloques
de hielo.
Llegamos a la taberna. También está llena, pero distingo al
único elfo de la sala con facilidad. Él también nos mira.
— Buenas tardes, señor Elas— me dirijo con educación—.
Mi nombre es Mirmaerín y estos Dalmas son mis
compañeros. Trabajamos al servicio de su Majestad el rey
Árathan VI, queríamos hacerle una pregunta si no le es
molestia.
— Buenas tardes, amigos— responde con amabilidad—.
¿De qué se trata?
— Estamos buscando a un elfo llamado Dardrin, era el
guardián de la pirámide de Ankhaún— le informo—. Es
para un asunto de vital importancia.
El hombre se queda parado sin contestar, como pensando
la respuesta, lo cual me hace sospechar.
— No tenemos intención de hacer ningún mal al señor
Dardrin. Como le digo, venimos de parte del rey y de Álerin
el áratra—insisto.
— Puede que sepa localizarlo— me contesta finalmente—,
pero necesito más información.
— Es un tema de extrema sensibilidad y no podemos
hablarlo aquí— responde Clarín—. En privado le daremos
más explicaciones.
— Está bien— afirma—. Acompáñenme a mi casa, vivo
aquí al lado.
El elfo se levanta y le seguimos.
Giramos en una calle hacia el este, tras la tienda de
accesorios y vamos hasta la última vivienda de la derecha.
Abre la puerta y nos hace un gesto para que pasemos y
entramos todos. En el interior hay un salón no muy amplio
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con cuatro sillas y una mesa, además de una nutrida
estantería, que ocupa prácticamente toda la pared de la
derecha.
— Siéntense, si así lo desean— ofrece Elas. Ghoidiel,
Semín y Clarín se sientan—. ¿Para qué precisan al señor
Dardrin?
Le revelamos parte de la información sobre la Luz de
Rosa: que está en manos de Ostírelin, lo que sabemos
sobre el Santórum de boca de Éler y lo apremiante que
resulta poner a salvo el artefacto.
— Vaya, Éler— responde el elfo—. Lo cierto es que yo soy
Dardrin. Vivo de incógnito, precisamente, para evitar que
nadie pueda hacerse con el Santórum, pues la única llave
que puede desbloquear la pirámide está en mi poder.

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