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13. El Santórum de Yabel

Tipo
Novela / texto narrativo oficial
Obra
Aventuras en Aradín
Estado
NARRATIVO OFICIAL
Regla de interpretación
La voz narrativa y los diálogos pertenecen a la obra; no convertir automáticamente toda afirmación de un personaje en verdad enciclopédica del mundo.

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Texto

13
El Santórum de Yabel.
— Pues cuéntanos dónde se encuentra la pirámide y cómo
podemos acceder a ella— pide la información Clarín.
— Se encuentra al este, en el centro del denso bosque
Sombrío, al que se llega por un camino en desuso— relata
Dardrin—. La pirámide fue construida por Tísmik, Erdan del
juego, el azar y el ingenio. Tiene el acceso casi en la
cúspide, que da a un salón, con cuatro estatuas de cuatro
Erdan: el propio Tísmik, además de Krax, Erdan de la forja
y los metales; Yabel, Erdan de la belleza y el amor; y
Eneon, Erdan de la sabiduría, la creación y la alquimia.
Hay un acertijo, es como un juego, pero nadie ha intentado
resolverlo jamás.
— ¿En qué consiste el acertijo?— pregunto.
— Cada uno de los Erdan tiene un dado de oro con diez
caras en su mano, salvo Tísmik, que tiene dos. Hay un
espacio en el medio de las estatuas, como un cajón donde
supuestamente, se lanzan los dados— explica Dardrin—.
Hay una inscripción en élfico, tallada en la pared, tras el
Erdan del juego. Si mal no recuerdo decía:
“Del cero al nueve, no pares de sumar,
suma en la suma y el juego comenzará.
Solo hay un resultado que el camino abrirá,
cualquier otro la muerte te traerá.
Pero quien hace la trampa escribe la ley,
escondiendo la respuesta en el lugar menos probable.”
— ¿Y qué significa?— pregunta Ghoidiel.
— No lo sé muy bien. Creo que al lanzar los dados, da
algún tipo de resultado y en función del resultado se tiene
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éxito o se fracasa— explica como puede—. Pero como he
dicho, nadie los ha lanzado nunca.
— ¿Y cómo se desbloquea la pirámide?— pregunta Clarín.
— Esa es la tarea más sencilla. Tengo una llave que se
introduce en un orificio junto a la puerta, en lo alto de la
escalinata— responde el elfo—. Lo más difícil es llegar. La
zona estaba controlada por dragols, cientos, sino miles.
Cuando las criaturas de Amán aparecieron, solo
contábamos con veinte guardias, que dieron sus vidas para
darme el tiempo necesario para bloquear el acceso y huir
del lugar. Sin la llave, es totalmente impenetrable. Aunque
ha pasado más de un siglo desde que abandonamos el
bosque y no sé en qué situación estará ahora.
— Nosotros nos encargaremos— dice Shiroge con
confianza—. Danos la llave y pronto tendremos el
Santórum.
— Está bien. Si el rey Árathan, Álerin el áratra y el
mismísimo Éler confían en vosotros, yo también lo haré.
Dadme un segundo— Dardrin va a una de las
habitaciones.
El elfo regresa y trae un pequeño cofre, de unos cuarenta
centímetros, que posa sobre la mesa y lo abre. En su
interior hay una especie de llave metálica, con forma de
barra estriada.
— Como os he dicho, tenéis que introducirla en el orificio.
Luego girarla en sentido horario— nos explica el
funcionamiento—. La puerta se desbloqueará y bastará
con un empujón para abrirla.
Clarín guarda la llave en su morral.
— ¿A qué distancia se encuentra la pirámide desde
aquí?— pregunta Shiroge.
— Hay como un día de camino, quizás algo más—
responde.
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— Pues si hay que hacer noche de camino, propongo que
salgamos ya— opina Semín.
Todos asentimos y agradecemos a Dardrin su confianza.
Seguidamente vamos a la posada Dulce Sirena.
Almorzamos un rico potaje de pescado y pedimos que nos
preparen provisiones para cuatro días. Una vez estamos
listos, con el sol de la tarde a nuestras espaldas, partimos
dirección este.
Como dijo el guardián de la pirámide, se ve que el camino
está en desuso. Tras varias horas, solo hemos encontrado
algunas ruinosas casas abandonadas al pie de la vía,
cuando la noche empieza a caer.
— Descansemos en esa casa abandonada— propone
Ghoidiel.
A todos nos parece buena idea, a pesar de que está
parcialmente derruida, aún conserva parte del tejado y la
mayoría de las paredes.
Entramos en la vivienda, viejos muebles desgastados
decoran un pequeño salón con una chimenea. Ahí
decidimos acampar. Tras la cena, repartimos guardias.
Hago la primera con Clarín, que pasa sin incidencias. El
resto de la noche también pasa tranquila. Al alba
emprendemos de nuevo la marcha.
Tras una jornada absolutamente apacible, por la tarde,
vemos a lo lejos el denso bosque.
— Parece que estamos cerca— anuncia Semín.
— ¡Mirad allí!— Señala Ghoidiel el centro de la zona
boscosa—. Se ve la punta de la enorme pirámide.
Sin duda la vista de la arquera es excelente. Una vez dirijo
la mirada a la zona señalada, logro atisbar la punta
brillante de una edificación, a una distancia de al menos
diez kilómetros. Avanzamos hasta las inmediaciones del
bosque.
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— ¡Quietos!— alerta Semín al llegar a la linde—. Alguien
se aproxima.
Retrasamos la posición unos metros y nos preparamos
para lo que pueda surgir de entre la maleza.
Un grupo de seis dragols aparece cargando contra
nosotros.
Clarín no se lo piensa y vuelve a usar su recargado bastón.
La bola de fuego explota en el centro de la línea enemiga y
hace saltar a cuatro de los seres de piel escamosa por los
aires.
La elfa dispara una flecha que retrasa a otro de ellos y
Shiroge parte la reptiliana cabeza del otro en dos.
Rodeamos al enemigo herido y Semín acaba con él,
asestándole un fuerte golpe en el pecho con su katana.
— La verdad, esperaba que fuera más difícil— opina
Ghoidiel.
— Todavía no ha terminado, hay que atravesar el denso
bosque— corrijo a mi compañera.
— Aquí hay un paso— se percata Semín—. Se ve que
hace mucho que no ha sido usado, pero hay hueco
suficiente entre la maleza.
Aprovechamos el paso y nos adentramos en el denso
bosque. Vamos despacio, sigilosamente, con las armas en
posición de combate.
Avanzamos durante una hora y cuando el sol empieza a
caer llegamos a la explanada donde se ubica la
majestuosa pirámide, de más de treinta metros de altura.
Hay un grupo de ruinosas casas a cada lado de la
explanada. Ha crecido la maleza en el medio y en los
laterales de la triangulada estructura, pero se ve con
claridad, en la cara oeste, la escalinata que asciende hasta
el bloqueado acceso.
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Sin perder un minuto subimos hasta la puerta y vemos el
orificio. Está ligeramente taponado, pero Ghoidiel usa una
flecha para limpiar el agujero. Clarín introduce la llave y la
gira, suena un crujido.
— Empujaré la puerta— informo a mis compañeros. Pero
no se mueve.
— Déjame a mí— Me aparta el grandullón.
La fuerza de Shiroge desatasca las raíces y el polvo
acumulado durante muchos años en las aristas de la
puerta y ésta se abre. Veo una sala impoluta, en el interior
de la pirámide. Las cuatro estatuas mencionadas se
encuentran en el centro, tal y como Dardrin describió.
Entramos en la penumbra y Clarín enciende su mágica luz.
— Bueno, pues ya estamos aquí… ¿Ahora qué?—
pregunta Ghoidiel.
Observo la sala con detenimiento. Las realistas estatuas
sostienen los cinco dados de oro, con los números en color
negro.
Detrás de Tísmik se encuentra la inscripción. La leo de
nuevo, pero no se me ocurre nada. Pasan unos minutos
sin que nadie proponga qué hacer.
— Lancemos los dados sin más— opina Ghoidiel cansada
del silencio—. Tísmik es Erdan del juego y ésta es su
pirámide, tendremos que jugar.
No muy convencidos, tomamos un dado cada uno y lo
arrojamos al cajón situado en el medio.
— 5, 4, 7, 0, 4— Marcan los dados. Los negros números
cambian de color y comienzan a brillar con un tono rojo.
Suena un estruendo en la sala.
— ¡Cuidado!— grito al ver dos enormes bolgs que han
surgido de la nada tras Semín.

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El medio elfo intenta hacer una acrobacia, pero recibe un
golpe con el inmenso garrote del bolg, que acierta en su
hombro haciéndole caer.
Shiroge carga a por el otro y yo arrojo mi lanza, que golpea
a la enorme criatura de tres metros y horribles fauces,
provocándole una profunda herida en su cadera. El bolg
me mira y se lanza a por mí.
Ghoidiel dispara su flecha hacia el enemigo, pero el ataque
no es efectivo.
El eledín se enfrenta a su rival en combate singular y lanza
un fuerte golpe con su mandoble. Sin duda es un ataque
contundente, pero estas criaturas de Amán no cejan en la
lucha y responde al grandullón estampando su garrote
contra el escudo.
El otro enemigo llega a mi altura y conecta un golpe de
garrote, que repelo con el escudo, pero me proyecta hacia
un costado. La fuerza de estos seres es descomunal.
Por fin Clarín consigue preparar su proyectil y lo dirige
contra mi adversario, dando en el blanco y derribándolo.
Semín se levanta, parece aún puede luchar a pesar del
tremendo impacto recibido. Se lanza por la espalda del que
combate con Shiroge. Un golpe bien colocado en la parte
baja de la pierna, hace que el enemigo se tambalee,
momento que aprovecha el eledín para incrustar su
mandoble en el torso del bolg, atravesándolo de lado a
lado, y éste cae sin vida.
Yo consigo agarrar mi lanza, mientras el bolg se levanta e
intenta atacar a Ghoidiel, que esquiva el golpe con una
acrobacia. Shiroge extrae el arma del cuerpo de su
enemigo, un gran chorro de negra sangre riega el suelo de
la sala.
Asesto un nuevo ataque contra el horrendo gigante,
golpeando el brazo del arma y ésta se cae. El bolg me
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responde con un fuerte puñetazo, que me tumba de
espaldas, partiéndome el labio y arrancándome una muela.
Shiroge aparece tras él y con un tremendo impacto lateral,
sega la cabeza del enemigo, que al caer desaparece junto
al otro, y los dados dejan de brillar.
Escupo la muela llena de sangre.
— ¿Estás bien, Mirmi?— me pregunta mi amigo.
— ¡Maldita sea!— grito enfadado—. ¡No ha sido buena
idea!
Me limpio la sangre y bebo un poco de poción que me
alivia el dolor. Veo que Semín hace lo mismo. De nuevo
miro la inscripción.
— Si sumamos los dados, el resultado es veinte, es decir,
dos y cero. Si no paramos de sumar al final dos más cero
es dos, y el resultado ha sido dos bolgs…— intento
recapacitar.
— Quien hace la trampa escribe la ley...— piensa Clarín en
voz alta—. Nos está diciendo que hagamos trampa.
— Entonces no hay que lanzar los dados, sino colocarlos
para obtener el resultado menos probable— reflexiono.
— ¿Pero cuál es?— pregunta Shiroge.
— La suma máxima es cuarenta y cinco, que sería todo
nueves, cuatro más cinco son nueve. Igual que tres más
seis, todo lo que suma treinta y seis; dos más siete, todo lo
que suma veintisiete; uno más ocho, todo lo que suma
dieciocho; y todo lo que sume nueve. Ocurre igual con el
ocho, diecisiete, veintiséis, treinta y cinco, y cuarenta y
cuatro…— comienzo a hacer cuentas.
— Entonces la respuesta es uno— propone Ghoidiel una
solución—. Solo valdría lo que suma uno y lo que suma
diez.

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— Hay otra opción mejor. El acertijo dice: del cero al
nueve, no pares de sumar, la solución cero tiene una única
posibilidad, que todos los dados marquen cero— concluyo.
— Es cierto— reconoce Clarín—. Una única posibilidad, lo
menos probable.
— Pues probemos— propongo haciendo un juego de
palabras.
De nuevo cogemos un dado cada uno, pero esta vez en
vez de arrojarlos, los colocamos marcando una
combinación de cinco ceros. De nuevo los números brillan,
pero esta vez con luz blanca.
— ¡Brum!— La pared tras la estatua de Krax se derrumba,
dejando ver un pasillo con una escalera que baja.
— ¡Lo conseguimos!— exclama Clarín sonriente.
— No celebremos nada aún, no sabemos qué más nos
vamos a encontrar por esas escaleras— desconfío.
Descendemos y pocos metros más abajo llegamos a un
pequeño rellano, con un giro a la izquierda, donde hay otra
escalinata que baja. Después hay un largo pasillo que
cruza la pirámide, de lado a lado. En el otro extremo
topamos con unas nuevas escaleras.
Continuamos la marcha descendiéndolas, luego viene un
nuevo rellano, otro giro a la izquierda y un nuevo pasillo,
que termina en un acceso, que se abre formando una sala
enorme.
En el fondo, sobre un altar, hay un artefacto: es como una
esfera, construida con hilos metálicos dorados, dejando un
espacio en su centro.
— Debe de ser el Santórum— se percata Semín.
Avanzamos por la sala y cuando alcanzamos el centro, una
losa cae tapando el acceso y dejándonos encerrados.
— Uuuuaaaaa— Un lamento tétrico recorre la sala. A cada
lado, un trozo de pared se derrumba.
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De los huecos aparecen dos seres embalsamados, de gran
tamaño y mirada vacía. Sus manos son garras afiladas, y
su aspecto es terrorífico. Se lanzan hacia nosotros.
Una flecha de la elfa atraviesa el cuerpo de uno de los
seres sin causarle ningún efecto. Este le responde con un
fuerte arañazo en el hombro que hace que se le caiga el
arco.
Shiroge se lanza contra él. Semín y yo vamos contra el
otro. Clarín se concentra para preparar uno de sus
proyectiles.
El momificado ser me ataca, pero consigo detener el
impacto con mi escudo. Semín da un golpe con su katana,
pero no consigue grandes resultados. Yo ataco con mi
lanza y consigo que el ser retroceda levemente, al
golpearle en la cadera.
Shiroge da un fuerte golpe a su adversario y éste recula.
Los poderosos ataques del eledín mantienen a raya a su
rival, que no encuentra forma de acercarse hasta nuestro
compañero.
Por fin, Clarín lanza su proyectil contra nuestro enemigo,
un golpe que impacta de lleno en el pecho, pero no lo
detiene y la lucha continúa.
Nuestro adversario lanza un nuevo ataque con sus garras,
esta vez contra el medio elfo. El golpe impacta en el brazo
del arma y ésta se cae al suelo. Gravemente herido, Semín
retrocede. Ghoidiel intenta ayudarle.
Shiroge sigue luchando, le asesta un nuevo y poderoso
ataque contra la pierna, pero el enemigo sigue en pie. Yo
vuelvo a atacar a mi rival, pero consigue evitar mi ofensiva
y me devuelve un nuevo zarpazo que desvío con mi
escudo.
Por momentos, da la sensación de que no podemos
derrotar a nuestros resistentes rivales.
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De nuevo el grandullón se echa contra la momia. Esta vez
embiste con su escudo y la derriba. Una vez en el suelo, le
asesta un poderoso golpe de mandoble y el ser se
desvanece.
Yo sigo con mi lucha y recibo un nuevo ataque. Esta vez
consigue desarmarme y estoy a su merced… Parece el
final.
Clarín lanza un último proyectil, que golpea de nuevo el
pecho de la momia, que retrocede, salvándome de un
ataque franco. El mago se desmalla.
Shiroge salta contra mi rival, combinando una serie de
golpes flojos, que el enemigo no logra esquivar, terminando
con un poderoso ataque contra la cabeza, que hace que se
desvanezca también. Se oye como la losa que bloquea el
acceso vuelve a abrirse.
— ¿Estáis bien?— pregunto a mis compañeros.
Semín y Ghoidiel están heridos, pero están conscientes e
intentan ayudarse mutuamente. Clarín no responde.
— Parece que ha usado demasiado su poder— informo al
ver al inconsciente mago.
— Cojamos el Santórum y larguémonos de aquí— apremia
el malogrado medio elfo con desesperación.
Me acerco al altar. Cojo el artefacto y lo guardo en mi
morral. Shiroge carga a Clarín en sus brazos y salimos de
la sala con presteza. Una vez estamos junto a las estatuas,
ayudo a mis compañeros a curar sus heridas. Pero el
mago no responde. Es noche cerrada por lo que se ve por
la puerta.
— Descansemos aquí— propone Shiroge—. Si mañana no
se ha recuperado, cargaré con él hasta Bársel.
— Pues come algo y descansa— le pido a Shiroge—. No
creas que no me doy cuenta de que estás agotado tú
también.
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El eledín asiente y tras comer algo, se echa junto al mago.
Semín y Ghoidiel hacen lo mismo. Yo me quedo haciendo
guardia.
Estoy también agotado, ha sido un largo día, pero hay
momentos en los que uno debe enfrentarse al cansancio y
a sus miedos… éste es uno de esos momentos.
Una vez comienza a clarear el sol a través de la puerta de
la pirámide, me asomo para comprobar que no haya
peligro. Despierto a mis compañeros. Clarín sigue sin
responder.
— Vayámonos, quedarnos aquí es peligroso— opina
Ghoidiel.
Todos asentimos. El grandullón se echa al mago al hombro
y bajamos la escalinata de la pirámide.
Cruzamos la explanada y nos adentramos por el sendero a
través del denso bosque. Llegamos a la linde sin
incidencias y tomamos el camino de vuelta.
Paramos unos minutos para comer y continuamos con
presteza hasta que se hace de nuevo de noche.
— Bársel está a pocas horas— advierte Shiroge—. Aunque
estemos cansados será mejor continuar.
— Está bien— Estoy exhausto, pero acepto la idea de mi
compañero.
Seguimos en medio de la noche. Dos horas más tarde
vemos las luces de la ciudad portuaria. Parece que lo
vamos a conseguir.
Al llegar al barrio de los pescadores, nos dirigimos
directamente a casa de Dardrin.
— Toc, toc, toc— El elfo abre la puerta y nos mira con cara
de sorpresa.
— Pasad, no os quedéis ahí— nos invita a entrar en la
casa—. ¿Qué ha ocurrido?
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— Creo que Clarín se ha sobrecargado— le explico—.
Después de lanzar un hechizo se ha desmayado y no se
ha despertado aún.
— Por aquí— Nos indica una habitación y la abre—.
Tumbadlo en la cama.
Dardrin chequea al mago, le abre los párpados con la
yema de los dedos y controla su pulso.
— Parece que está estable, pero puede tardar un par de
días en recuperarse— nos tranquiliza—. Vayamos al salón,
así me contáis qué ha ocurrido.
Una vez estamos sentados a la mesa, nos saca agua y
algo de comer.
— Lo tenemos— anuncio al anfitrión—. Conseguimos
entrar en la pirámide, descifrar el enigma y derrotar a los
guardianes.
— Pues debéis iros lo antes posible— nos advierte—. Al
parecer la guerra ha terminado.
— ¿Cómo es posible?— pregunta Shiroge.
— Por lo que he oído— explica el guardián—, los Siervos
de Amán traicionaron a Torsen. Los Yelmos de León,
ayudados por los soldados del Espino Rojo, rodearon al
Ejército del Tridente en el Gran Camino, a la altura de los
montes Ersan, derrotándoles totalmente en la batalla.
Gáldoras es ahora el lugar más seguro. Debéis ir allí y
poner el Santórum bajo la protección del rey Árathan. Os
conseguiré caballos y provisiones.
— ¿Y Clarín?— se preocupa Semín—. ¿Qué pasará con
él?
— Yo lo cuidaré. En cuanto se recupere le enviaré a la
capital— se ofrece Dardrin.
— Creo que es lo mejor— opino—. Si la guerra ha
terminado, el camino hasta Gáldoras no será demasiado
peligroso.
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— Descansad aquí, os sacaré mantas. Aunque el salón no
es muy grande, cabréis bien para pasar la noche, si
apartamos la mesa— ofrece el amable elfo.
Todos asentimos y nos instalamos en la pequeña sala. La
verdad es que estoy molido, no tardo en sumirme en un
profundo sueño.
— Venga, Mirmi— escucho la voz de Shiroge—. Es hora
de irse.
Me levanto y cojo mis pertenencias.
Tras despedirnos de Dardrin, montamos los caballos que
nos tiene preparados y partimos hacia Gáldoras. Cruzamos
la ciudad de Bársel y tomamos el camino hacia el oeste.
Se acerca el verano y el calor es bastante intenso. El
paraje se vuelve cada vez más árido, aunque hay algo de
vegetación que aún soporta el caluroso clima; pequeñas
arboledas se acumulan en las cuencas; ortigas, espinos,
cactus, arbustos y pequeños matorrales motean el paisaje,
en los alrededores del serpenteante camino.
Tras una jornada tranquila, el sol empieza a caer al llegar a
una loma. Vemos a lo lejos una ajetreada posada, justo al
lado de un gran pozo. Una gran llanura desértica se
extiende hacia el sur.
Al llegar al pozo, veo a dos jóvenes humanas sacando
agua. En la fachada de la posada hay cinco caballos
amarrados y un mozo les da de beber. En la puerta hay un
bahaluk fumando en su pipa. En el letrero se lee en bóldor
y en élfico “Pozo de la Llanura”.
Entramos al salón que tiene seis mesas rústicas, de las
que cuatro están ocupadas: en una hay cuatro bahaluks,
seguramente los compañeros del que está en la puerta. Se
ve que vienen de una batalla, probablemente son
mercenarios que han luchado en la guerra contra Estrian,
pues un par de ellos están heridos. Dos grupos de
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comerciantes humanos ocupan otras dos mesas. Por
último, un eledín de avanzada edad se sienta solitario al
fondo, junto a la puerta de las habitaciones.
Saluda a Shiroge con una entrenada reverencia, gesto que
devuelve el grandullón.
En la barra se sientan cuatro jinetes medio elfos, de
aspecto poco confiable. Beben unas cervezas, bajo la
atenta mirada del tabernero y su joven ayudante,
posiblemente su hijo, dado el parecido entre ambos.
Ocupamos una de las mesas vacías.
— Voy a saludar a mi compatriota por respeto— informa el
grandullón—. No es fácil ser un eledín en tierras lejanas y
llegar a esa edad.
— Te acompaño— me ofrezco. Lo cierto es que nunca
había visto a un eledín de aspecto anciano—. Id pidiendo
bebida y cena.
— Buenas noches, amigos— nos saluda el solitario
norteño al llegar.
— Buenas noches— Mi acompañante hace una
reverencia—. Me llamo Shiroge y este es Mirmaerín, solo
venimos a saludarle.
— Sentaos— ofrece con amabilidad, a lo que
accedemos—. Mi nombre es Marsel.
— ¿Y qué hace por aquí solo, señor Marsel?— le
pregunto.
— Pues me dedico a hacer pociones. Durante la primavera
recojo bayas en la gran Llanura Solitaria, que luego llevo a
Gáldoras, donde tengo un atelier y fabrico mis excelentes
brebajes de curación— responde—. ¿Y vosotros?
— Nos dirigimos a la capital— me apresuro a contestar—.
Hemos sabido que la guerra ha terminado y vamos de
regreso a mi ciudad natal.
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— Eso he oído— confirma el anciano eledín—. Me alegro
de que las cosas vuelvan a su estado normal.
— Permítame invitarle a su cerveza, señor— ofrece
Shiroge.
— Muy amable, mi gran amigo— contesta con una sonrisa.
— No le molestamos más, señor Marsel, hemos de
regresar con nuestros compañeros— me despido para no
prolongar demasiado el saludo.
El anciano hace una bonita reverencia y regresamos a la
mesa, donde nos esperan las cervezas. Poco después nos
sirven la cena, un asado de jabalí con verduras gratinadas,
y comenzamos a cenar.
— Esos cuatro están muy pendientes— susurra Semín,
refiriéndose a los medio elfos—. Están muy callados.
— Mientras se queden en su sitio no habrá problema— le
resta importancia Ghoidiel.
Tras la cena pedimos una habitación para los cuatro.
Hemos decidido, teniendo en cuenta que llevamos un
objeto tan valioso, que estaremos más seguros si todos
dormimos juntos.
Subimos a la habitación cuando los cinco bahaluks
comienzan a tocar y a cantar, como es costumbre en ellos.
Por un momento me viene a la mente el recuerdo de Aulas.
No compartimos mucho tiempo con él, pero siempre me
fascinó la alegría que escondía, detrás de su malhumorado
aspecto y sus rudos modales.
— ¡Venga, en pie!— se oye la voz de Ghoidiel—. Es hora
de partir.
Nos levantamos y bajamos al comedor. Una de las jóvenes
que vi ayer en el pozo atiende la barra.
— Buenos días, señores. ¡Qué madrugadores!— nos da
los buenos días.
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— Buenos días— contesto—. Tenemos prisa, ¿tiene algo
preparado para desayunar?
— Por supuesto— responde amablemente—. Siéntense,
ahora mismo se lo sirvo.
Tras el apresurado desayuno, no tardamos en coger las
montas y tomar el camino.
Durante la jornada nos adentramos levemente por la
desértica Llanura Solitaria. No forzamos a las bestias, el
calor es bastante intenso.
Se acerca la puesta de sol cuando divisamos a lo lejos una
enorme roca. Tiene un sombrajo que, por lo que se ve, se
usa de zona de descanso para los viajeros.
Al llegar nos percatamos de que no hay nadie, solo dos
improvisadas camas de paja junto a los restos de una
hoguera. La inmensa roca mide unos diez metros de alto y
más de treinta de ancho, en la parte más gruesa.
— Inspeccionemos la zona— propone Semín.
— Buena idea— responde Shiroge—. Te acompaño.
Nuestros compañeros rodean la roca por cada lado,
mientras Ghoidiel y yo amarramos los caballos al pilar de
madera que sostiene el techado.
— ¡Mirmi, Ghoidiel!— Shiroge da una voz avisándonos y
salimos corriendo hacia allá.
Al girar la roca vemos al grandullón y al medio elfo en un
recodo del enorme cancho, hay una sutil escalinata oculta.
— Subamos, lo mismo es más seguro descansar sobre la
roca— propone el eledín.
Ascendemos con facilidad y llegamos a lo alto. Hay una
gran vista panorámica que nos permite ver muchos
kilómetros a la redonda.
— ¡Mirad aquí!— señala la arquera, que está en la punta
oeste de la piedra.
353

Una losa de un par de centímetros de grosor está
superpuesta sobre la superficie rocosa. Shiroge se agacha
y tira de ella.
Resulta que la enorme piedra está hueca y hay una
escalinata que desciende al interior.
— Investiguemos— propone Semín.
— Yo me quedaré vigilando— dice la elfa.
Bajamos los tres y encontramos una sala bastante amplia,
con tres grandes sillones de piedra en torno a un pedestal,
cuya punta tiene forma de esfera.
— Quizás éste sea el sitio más seguro— advierto a mis
compañeros.
— ¡Dos jinetes se aproximan por el oeste!— nos avisa
Ghoidiel.
Subimos a la cima de la piedra y nos agachamos para que
no puedan vernos. Están aún lejos y no se distinguen muy
bien a contraluz de la puesta del sol.
Semín y Shiroge bajan y esconden nuestros caballos tras
la roca.
Una vez se aproximan a nuestra posición, me percato de
que se trata de dos medio elfos: uno de ellos es moreno y
muy feo, cada uno luce un pendiente de aro. Enseguida los
reconozco, son los Siervos de Amán de los cuatro picos,
que huyeron con la Luz de Rosa.
Me asomo y le hago un gesto al grandullón pasando mi
dedo pulgar por el cuello. El eledín asiente y los acecha
rodeando la roca. Semín va por el otro lado, Ghoidiel
prepara su arco y yo agarro mi lanza de precisión.
— Parece que hay alguien por aquí— se percata uno de
ellos.
No tienen tiempo de inspeccionar cuando Shiroge y Semín
cargan y comienza una lucha bajo el techado. Se oye un
354

fuerte golpe y un grito. Un breve cruce de espadas y la
batalla termina.
Bajo rápidamente a comprobar la situación. Los sectarios
están en el suelo, uno se desangra con un corte en la
yugular y el feo está consciente, pero paralizado de cuello
para abajo.
— Vaya, vaya, vaya…— digo al encontrarme al
desgraciado a mis pies.
— ¡Tú!— me reconoce con gesto aterrado.
— Los Ersan han oído mis plegarias— le digo con
maliciosa sonrisa—. ¿Qué habéis hecho con la piedra?
— Se la entregamos a mi amo. Pronto inundará el reino de
Aradín de una era de oscuridad— A pesar de saber que se
acerca su hora, el horrible medio elfo sonríe.
— ¿Qué hacéis aquí?— pregunta Semín.
— No os diré nada, podéis matarme— contesta.
— Tengo una idea mejor— Miro a mis compañeros—. Lo
dejaremos amordazado, encerrado en el interior de la roca.
— ¡No me abandonéis aquí para morir de hambre, os lo
ruego!— Le cambia el gesto.
— Pues cuéntame, ¿qué hacéis aquí?— interrogo.
— Venimos de Gáldoras. Un líder de nuestra secta, que se
hace llamar Gortras, nos ha enviado a buscar información
a Bársel, a localizar a un tal Dardrin, un elfo— empieza a
cantar.
— ¿Dónde se encuentra ese tal Gortras?— pregunta
Semín.
— Nos encontramos con él en una pequeña taberna,
llamada El Cerdo Peleón, al oeste de los muros del
castillo— contesta de nuevo—. Traíamos un mensaje
sellado para él.
— No me convence— le comento al grandullón—. Sigamos
con el plan.
355

Shiroge coge al paralizado sectario y lo sube hasta la
apertura, dejándolo caer hasta el fondo. Lo amordazamos
para que no haga ruido y lo colocamos en una de las sillas
de piedra.
Tras la noche lo dejamos ahí. Vivirá unos días y sentirá el
horror de la inanición. Una muerte lenta y agónica le
espera como venganza por su tortura.
Al alba cogemos nuestros caballos y liberamos los suyos,
para después partir dirección oeste. Entrego los pendientes
a Ghoidiel, ella los luce mucho mejor que esos
desgraciados Siervos de Amán. Tras la tranquila jornada
de marcha, alcanzo a ver a lo lejos una pequeña aldea,
junto a un puente sobre uno de los afluentes del río Gáldor,
que cruza con el camino del norte.
— Es Afghein— reconozco el lugar—. Estamos ya muy
cerca.
Dos pequeñas torres de vigilancia, ocupadas por Yelmos
de León, se sitúan a cada lado del pequeño puente, desde
donde se ve hacia el sur, una rueda que alimenta el molino
de la reputada fábrica de cervezas Afghein.
Un poco más adelante, en el cruce con el camino del norte,
se ubica una animada posada. Del otro lado de la vía, una
línea con tiendas de todo tipo se extienden en la linde. Está
anocheciendo.
— No quedan más de dos horas hasta Gáldoras— hago
saber a mis compañeros.
— Continuemos entonces— propone Shiroge—. Ya
descansaremos en la capital, bajo la protección del rey.
Aunque es una pena no disfrutar de una cerveza en la
famosa posada de Afghein, de la que he oído tiene el
mejor ambiente del reino, no hemos venido a divertirnos.
Los días de marcha pesan en nuestros cansados cuerpos
y será mejor concluir nuestra misión lo antes posible.
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La ruta hasta Gáldoras es tranquila, patrullas de Yelmos de
León vigilan el recorrido. Tras apenas dos horas, aprecio
bajo la oscuridad de la noche, rota por los faroles, la ciudad
de Gáldoras. Destaca el impresionante castillo del rey, en
lo alto de la colina junto al barranco.
Alcanzamos el puente sobre el río Gáldor y avanzamos
hacia las puertas de la muralla exterior, donde un grupo de
guardias nos da el alto.
— ¿Quiénes sois y a qué venís a la ciudad?— nos
interroga el líder del grupo.
— Somos Dalmas al servicio del rey Árathan— contesto—.
Mi nombre es Mirmaerín, estos son Shiroge, Ghoidiel y
Semín. Tenemos prisa, debemos ver a su majestad
urgentemente.
— Ja, ja, ja— ríe el guardia—. Así que sois Dalmas del rey.
— Señor— un compañero llama la atención de su oficial y
le habla al oído. Le cambia el gesto.
— Voy a comprobarlo— dice con otro tono.
— Pues más te vale que te apresures, o me encargaré
personalmente de que sirvas de cena para las bestias en el
gran circo— presiona Semín a sabiendas que el
compañero ha oído hablar de nosotros.
— Claro, no se enfade, señor. Mis compañeros le
escoltarán hasta la posada, junto al templo de Reéjtar— El
oficial coge un caballo y se apresura para subir al castillo.
Avanzamos por la llamada Avenida del Rey, hasta la
posada junto al templo, de nombre El Buen Trato. Tras
poco más de media hora de espera, el guardia regresa a
toda prisa.
— Acompañadles hasta el salón del rey— ordena a los
demás guardias.
Los Yelmos de León nos guían por la avenida principal y
subimos la pequeña colina que rodea el castillo. Los
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guardias de extramuros nos permiten el acceso y entramos
a la inexpugnable fortaleza del rey.
Las lujosas casas de los nobles ocupan la inmensa
explanada, frente al impresionante palacio. Nos abren el
enorme portón metálico y accedemos por un amplio y
ornamentado pasillo, con una gran alfombra roja de
costuras doradas, que bordan en su superficie la cabeza
de un león y que llega a la entrada del salón del trono.
Dentro se encuentra Árathan, rodeado de algunos de sus
consejeros y magistrados. Al vernos entrar, el rey se
levanta de su sillón con los brazos abiertos.
— ¡Bienvenidos, mis valerosos Dalmas!— nos saluda
Árathan, a lo que respondemos con una reverencia.

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