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15. Una última tarea

Tipo
Novela / texto narrativo oficial
Obra
Aventuras en Aradín
Estado
NARRATIVO OFICIAL
Regla de interpretación
La voz narrativa y los diálogos pertenecen a la obra; no convertir automáticamente toda afirmación de un personaje en verdad enciclopédica del mundo.

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Texto

15
Una última tarea.
Nos sentamos en torno al rey. Yo ocupo la punta del lado
de la izquierda de Árathan, junto a Shiroge. El resto de los
Dalmas se sitúan frente a nosotros. Álerin está a la
izquierda del rey, al lado de Artis y Wíldor. Néster se sienta
a la derecha del monarca, junto a Vírsal.
— Esta es la situación— comienza hablando el rey—. La
piedra rosa está en manos de Ostírelin, que se encuentra
extrayendo la lágrima de Eneon en la Cordillera del Ojo.
Además, han secuestrado a Marsel.
— ¿El alquimista?— pregunta Álerin—. ¿El fabricante de
pociones?
— Así es— confirma Clarín—. Lo abordaron en la Gran
Llanura, junto a la grieta.
— ¿Qué sabemos de esa lágrima de Eneon?— pregunta el
monarca.
— La leyenda se remonta al final de la Gran Matanza—
relata Álerin—. Una vez los últimos hombres cayeron en la
batalla de Uur, Eneon, madre de todas las criaturas con la
consciencia de los Ersan, sintió un gran vacío por la
pérdida y voló hacia las estrellas, para vivir en Duka, la
luna menor. Durante el ascenso sobre las tierras de Aradín,
una de sus lágrimas cristalizó y en su caída formó un
meteoro que impactó en el sur, formando la Cordillera del
Ojo. Según los textos de Branar, máximo guardián de la luz
blanca, en la torre de cristal, tiene el poder de la bendición.
— Toc, toc, toc— Suena la puerta.
— ¿¡Qué ocurre!?— grita el rey.

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Un oficial entra en la sala y tras hacer una reverencia,
camina tras nosotros hasta llegar al monarca. Luego se
inclina y le susurra algo al oído.
— Que pase— dice con voz tibia.
El oficial asiente y se apresura de nuevo a la puerta. La
abre y tras ella aparece un joven soldado herido. Luce un
distintivo en su pecho: un sol amarillo sobre fondo rojo. El
joven se sitúa del otro lado de la mesa y hace una
reverencia.
— ¡Habla muchacho!— apresura Árathan—. No tenemos
todo el día.
— Su alteza, majestad— arranca el tembloroso soldado—.
Forteresma ha sido atacado, mi señor. Un ejército de al
menos tres mil dragols y mil bolgs atravesaron el Gran
Desierto del Destierro y sitiaron el fuerte. En la huida fui
herido y llegué a duras penas a Balanar. Pude ver a lo
lejos, que un enorme dragón rojo, de más de cincuenta
metros seguro, seguía a las huestes.
— ¿Cuánto hace de eso?— pregunta el rey.
— Diez u once días, señor. Vine lo más rápido que pude.
Partimos cinco desde Forteresma, pero fuimos asaltados
en el camino y solo yo logré huir gravemente herido.
— ¿Disteis parte en Balanar?— pregunta Artis al soldado.
— Sí, mi señor— contesta—. Hace dos días. Sus soldados
me escoltaron a caballo hasta aquí.
— Las patrullas de la guardia del sur llevan informando,
desde hace un tiempo, que ha habido movimiento de
dragols en las montañas del Ojo— advierte el tío del
monarca—. No han causado grandes estragos, pero
estamos en alerta. Mis soldados los han mantenido a raya,
hasta ahora, en los límites de la cordillera. Estoy aquí, en
la capital, precisamente para pedir refuerzos majestad,
ahora que la rebelión ha concluido.
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— La situación es grave, tendremos que reunir al ejército—
manifiesta preocupado el rey—. Posiblemente se dirijan
hacia Gáldoras.
— No creo que esas sean las intenciones de Ostírelin,
majestad— le corrige Álerin—. A la vista de lo que
sabemos, está extrayendo la lágrima. Las primeras
escaramuzas han sido probablemente rastreadores
buscándola. Una vez localizada, ha movilizado sus huestes
para proteger el lugar. La lágrima de Eneon, debe de ser el
material más duro que jamás haya existido, por eso
necesita un alquimista, para poder penetrar en el cristal. Lo
único que puede canalizar el poder suficiente para abrir la
lágrima, es una piedra de la creación. Por eso no necesita
el santórum… no pretende usar la Luz de Rosa, pretende
canalizar su energía con ayuda del alquimista, para extraer
el poder de la lágrima de Eneon.
— El gran dragón rojo— Se levanta Néster—. Es ni más ni
menos que Darlax, uno de los mayores destructores entre
los Siervos de Amán. Su maldad solo se equipara a su
inteligencia. Es un poderoso mago, conocedor de listas de
hechizos perdidos. Fue creado por el Erdan de la muerte,
usando el poder de la piedra de Órdor, tras el nacimiento
de los bahaluks. Por suerte Thal, Erdan de la magia,
ayudada por su esposo Krax, Erdan de la forja y los
metales, fabricaron un collar para él, que contenía una
profecía: su próxima batalla será la última batalla, pues en
ella morirá. Darlax intentó por todos los medios
arrancárselo del cuello, pero ni con ayuda del mismísimo
Amán logró quitárselo. Desde entonces vive en las
profundidades de Almerdán, temeroso de entrar en
combate, alimentado por las víctimas de las criaturas de
Amán y por los sacrificios de sus sectas. El que forme
parte de esto, desvela las intenciones de Ostírelin: usar el
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poder de la bendición de Eneon, para romper el maleficio
del collar y liberar a Darlax de la profecía.
— ¡Tenemos que evitarlo!— exclama el rey—. Un ser como
Darlax podría acabar con todo el reino.
— No solo eso— advierte Álerin—. Podría acabar con el
equilibrio y asolar todas las tierras Antípodas.
Vírsal extiende un mapa del sur de Aradín sobre la mesa.
Un poco por encima del centro está Balanar, capital de las
tierras del sur. A su oeste se encuentra Westad y bajo la
pequeña ciudad sureña, la impresionante cordillera, que
rodea un lago con forma de óvalo, llamado Rouren.
— Intentar asaltar el lago es imposible, mi señor— El
general señala el mapa—. Solo hay dos accesos por
donde meter un ejército: uno al norte, el paso de Westad; y
otro al suroeste, el paso de Gudur. Pero son dos estrechos
desfiladeros. No creo que nuestro ejército sea capaz de
atravesarlo, si es defendido por esa cantidad de huestes.
— Pero existe un acceso, por donde una pequeña
agrupación podría colarse sin ser vista— advierte Artis
señalando la zona este de la cordillera.
— ¿Una pequeña agrupación contra tres mil dragols y mil
bolgs? Jajaja— ríe con ironía Árathan—. Es imposible.
— Majestad— Me alzo de la silla—. Esta situación me
recuerda a la vivida en el castillo de Kaalbhart. Aquella vez,
Álerin propuso acertadamente enviar un señuelo, para
movilizar las tropas enemigas: el grueso de sus huestes se
desplazaría hacia el oeste del lago, si atacásemos a la vez
por ambos flancos. No con el fin de vencer, solo aguantar y
darnos tiempo a atravesar las colinas.
— Podría funcionar, mi señor— afirma Vírsal mientras ojea
el lugar—. Las tropas del Espino Rojo pueden embarcar en
Estrian y usar la flota del mar del oeste para transportarlos
dirección Gudur— El oficial señala una zona costera del
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mapa—. Desembarcando en la gran cuenca y atacando el
paso suroeste. Los Yelmos de León marcharán desde
Gáldoras. Se unirán a la Guardia del Sur en Balanar y
atacarán por el paso de Westad. En menos de una semana
estaríamos listos para el ataque, si diéramos la orden
ahora.
— Yo guiaré personalmente a mis tropas, majestad— se
ofrece Wíldor, señor del Espino Rojo.
— Yo guiaré a los Yelmos de León hasta el paso de
Westad— añade el general Vírsal.
— Yo lideraré la compañía que se adentre en la
cordillera— se ofrece Álerin el áratra—. Tengo mis cuentas
pendientes con ese Ostírelin.
— Estamos contigo— respondo a Álerin en nombre de mis
compañeros, que se levantan de sus sillas.
— Así sea— proclama el rey—. Yo hablaré con el
consejero del tesoro y que pongan todos los medios a
disposición. Se levanta la sesión.
Álerin se reúne con nosotros en el salón del trono, al
momento Artis se nos acerca.
— Álerin— llama la atención del áratra—. Será mejor que
vayamos juntos a Balanar, podemos partir cuando queráis.
Allí tengo buenos mapas y os podré enseñar más
detalladamente la ruta hasta el acceso.
— Por supuesto— el elfo asiente—. Partiremos al alba.
Usaremos lo que queda de tarde para preparar el viaje.
Nos reuniremos en la puerta de palacio a primera hora.
— De acuerdo— Artis hace una reverencia y Álerin se la
devuelve como despedida.
— Yo me encargaré del transporte y las provisiones,
vosotros descansad— nos dice el áratra—. Mañana al alba
nos reuniremos frente al palacio. Os prometo que ésta será
vuestra última tarea. Si todo sale bien, me encargaré de
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que nunca os falte de nada. Y hablo también en nombre
del rey.
Asentimos con una sonrisa y salimos de la sala.
— Vayamos a cenar algo, ¿no?— propone el eledín—.
Pero esta vez algo más normal. Mirmi, ¿no sabrás de
algún sitio donde sirvan buena carne de Fálkdir?
— Pues la verdad es que sí— Se levanta una mueca de
alegría en su rostro—, hay una buena posada cerca de la
puerta noreste, en la plaza del templo de Tísmik, se llama
El Buey con Asas. Es famosa y de buen gusto.
— ¿A qué estamos esperando?— apremia el grandullón.
Salimos de los muros del castillo por la puerta del este, que
se ubica junto a la Taberna real. Al pasar junto a ella, los
porteros nos saludan con la mano y nos adentramos en la
recta avenida. Desde lo alto, se ve con claridad al fondo de
la vía, el templo de Tísmik.
— Esta zona es muy frecuentada por comerciantes—
explico a mis compañeros el porqué de que la zona esté
tan concurrida, en las últimas horas de la tarde—. De
hecho, Tísmik, además de ser el dios del juego y el azar,
también lo es del ingenio. Es muy venerado en la capital.
Justo detrás del templo alcanzamos la taberna El Buey con
Asas como se lee en el letrero justo sobre la puerta.
— Jajaja— se ríe Shiroge al ver el dibujo de un buey, con
asas en los costados, que decora el letrero—. Ahora lo
entiendo. Si tiene alas es “alado”, si tiene asas es “asado”.
— La verdad, yo no me había percatado— reconozco.
La posada es amplia y bastante bonita. Con todo el salón
de madera de roble y bien decorado con grandes lámparas
de techo. Han restaurado barriles usados que sirven como
mesas. El ambiente es jovial y el lugar está lleno.

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Rápidamente al entrar nos reconocen, especialmente a
Shiroge, y nos ceden amablemente una mesa. Sin duda
nos hemos hecho famosos.
Después de una alegre tarde, después de cenar ternera
asada hasta que Shiroge dijera “no puedo más”, después
de bailar y cantar y de contar historias de las hazañas
vividas, al brindis de los oyentes… regresamos a casa. Me
percato de que no nos han dejado pagar absolutamente
nada.
— Pues sí ha salido barato el festín— bromeo con mis
compañeros.
Entre risas y canturreos, ascendemos la cuesta de la
avenida, de regreso a nuestros aposentos. Mañana nos
espera un viaje de dos días hasta Balanar y desde allí, nos
adentraremos en la misión más peligrosa de nuestras
vidas. Es preciso descansar.
Suenan los carros de las sirvientas y abro los ojos. Voy a
echar de menos esta cama. Me levanto y me pongo mi
ropa de viaje. Cojo mis armas y todos mis accesorios y
salgo al pasillo. Hago un pequeño bocadillo, con pan y
embutidos del carro de la camarera y me lo como mientras
bajo a las puertas del palacio.
Ya están todos, solo falta Shiroge. Después de dar los
buenos días y preparar mi caballo, aparece el eledín y por
fin podemos partir.
Tras dejar atrás los muros de la ciudad, tomamos dirección
sur hacia Balanar.
La ruta es tranquila. Llevamos en la comitiva una patrulla
de Guardias del Sur, formada por ocho soldados, los
escoltas de Artis, que disuaden cualquier peligro.
Hacemos parada a medio camino, vamos a buen ritmo.
Pasamos la noche en la casa de un noble sureño, llamado
Édesar, que nos da cobijo y comida en su gran villa.
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El segundo día transcurre con la misma tranquilidad. La vía
discurre por una zona más árida y calurosa.
Por fin al anochecer, alcanzamos una loma desde donde
se ve Balanar, a poco más de tres kilómetros. De fondo, se
aprecian las enormes cordilleras, que a pesar del calor,
aún se mantienen moteadas por la nieve, que se acumula
en sus altos picos.
Dejamos del lado derecho una desviación hacia Westad y
continuamos entre pequeñas granjas, hasta las puertas de
la muralla de madera, que rodea el centro de la ciudad,
ubicado en una pequeña colina.
Nos dan paso prioritario y accedemos por una avenida,
que asciende con suavidad y en línea recta, dirección al
castillo de granito sobre la cima.
A unos quinientos metros se abre una plaza, en cuyo
centro hay una fuente. Es abastecida a través de un
acueducto, construido en el medio de la ancha vía, del otro
lado, frente a nosotros, y que desciende desde la fortaleza
por el centro de la avenida principal.
Las casas del centro de la ciudad están pintadas de cal y
tienen los techos de madera con la visera alargada.
Nos abren el pórtico principal del castillo, situado junto a
las canaletas que llevan el agua hasta el acueducto.
Accedemos al patio interior, donde hay dos grandes pozos
de los que se extrae agua continuamente. Tiene un
sistema de cubos, conectados a un molino de viento, que
se van volcando en los conductos, que bajan hasta unas
cañerías que atraviesan los gruesos muros de piedra
abasteciendo las canaletas.
— ¡Preparad cena para nuestros invitados!— grita Artis al
servicio, al entrar en el palacete— ¡Y aposentos para todos
en el ala oeste!
Las sirvientas nos acompañan a nuestras habitaciones.
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La mía sin duda también parece muy cómoda, con todos
los elementos, pero la sala es muy sencilla y la cama algo
más pequeña que la del castillo de Gáldoras.
Tras dejar lo prescindible, bajo a la entrada y me indican
hacia el comedor. Un gran salón con una única mesa, con
capacidad para unos veinte comensales por lado y en cuya
punta dispone Artis de un lujoso sillón, acolchado con tela
aterciopelada.
Shiroge y Ghoidiel están sentados cerca del señor del
castillo y charlan con él. Yo ocupo una silla cerca de ellos y
el resto de los invitados empiezan a aparecer.
Una vez estamos todos, incluyendo algunos cortesanos y
familiares del anfitrión, comienzan a posar sobre la mesa
jarras de cerveza y botellas de vino y agua. Después
aparecen fuertes sirvientes con enormes bandejas, que
contienen un nutrido bufé variado con carnes, mariscos,
arroz, pasta, verduras y toda clase de salsas, además de
otra bandeja con repostería y fruta fresca.
Veo la cara de Shiroge, me recuerda a Éder, el mozo de la
taberna El Sauce Feliz. Puso una mueca parecida cuando
le entregué la moneda de bronce, como si tuviera un tesoro
en sus manos.
— Vayamos a mi sala de reuniones— nos ofrece Artis tras
la cena. Los miembros de la compañía nos levantamos y le
seguimos.
Nos lleva por un pasillo y subimos unas escaleras. En el
rellano hay una gran puerta, tras ella una sala con una
mesa grande y redonda en el centro. Un par de estanterías
ocupa las paredes de ambos lados y una gran terraza en
frente, separada por sutiles telares blancos, que cuelgan
del techo, permitiendo correr la fresca brisa que desciende
desde las montañas.
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Nos sentamos en torno a la mesa. Mientras, el viejo tío del
rey coge un mapa de uno de los muebles y lo coloca en el
centro. Es un dibujo preciso y muy detallado de las
cordilleras. Balanar aparece en la parte superior derecha.
— Os explicaré la ruta— Comienza a señalar en el
mapa—. La cordillera se sitúa a unos veinticinco kilómetros
de aquí. Si seguís el camino de Forteresma, durante media
jornada, alcanzaréis un sendero que se dirige hacia este
saliente montañoso. Desde ahí, veréis hacia el sur otros
dos salientes, con dos altos picos. El acceso se ubica entre
ambos. El sendero se bifurca cerca del pie de la montaña:
es probable que necesitéis toda una jornada para alcanzar
este punto. Tomad a la izquierda, hacia la vertiente sur.
Atravesad la arboleda y el arroyo hasta el siguiente
saliente y desviaos por la falda de la montaña, por la cara
sur. Veréis un angosto paso, que os llevará a un pequeño
valle, que calculo alcanzaréis al anochecer del segundo
día. Del otro lado del valle hay una puerta que da a un
túnel. La llamamos Puerta de los Primeros Hombres. Está
sellada con una pesada losa cilíndrica. Tendréis que
dedicar más de otra jornada, si lográis no perderos en el
corazón de la montaña, para alcanzar el otro lado. Desde
la vertiente oeste podréis divisar el lago y esperar el
movimiento de las tropas enemigas. A partir de ahí,
tendréis que buscar una ruta por vuestra cuenta y
encontrar al oscuro elfo.
— Han pasado dos días hasta llegar aquí— reflexiona
Álerin—. Si tardaremos al menos tres para llegar, no
disponemos de demasiado tiempo, un par de días de
margen como máximo. Lo mejor será partir mañana.
Todos asentimos. Sin duda pueden surgir contratiempos y
dada la importancia de la misión es mejor ir con margen.
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— Al alba nos reuniremos en el patio frente al palacio—
nos convoca el áratra.
— Mandaré que preparen provisiones— ofrece Artis.
Nos despedimos y salimos de la sala.
— Voy a buscar un templo— anuncio a los Dalmas—. Será
mejor tener a los Erdan de nuestro lado.
— Yo te acompaño, Mirmi— Shiroge me sorprende, no es
hombre de rezos. De hecho, desde la vez que estuvimos
en el templo de Túlmar en Estrian, no le he vuelto a ver
entrar en uno.
Nos despedimos del resto y salimos del palacete.
Bajamos hasta la plaza principal. Damos una vuelta
callejeando por el interior de la zona amurallada, que
contiene más de media docena de pozos, uno en cada una
de sus plazuelas. Es evidente que el agua es un bien
escaso en esta árida zona del reino.
Hemos visto tres posadas, la más grande El Ojo de
Balanar, se sitúa en la plaza principal; otra, El Pozo sin
Fondo, junto a la puerta oeste; y por último, una pequeña
taberna de nombre El Guardián Sediento, junto al edificio
militar en el sur, tras el castillo.
En la plazoleta frente a la última, hay un pequeño templo
dedicado a Héctoras, Erdan del combate y la guerra. Sin
duda muy oportuno dada la situación. El eledín se une a mí
en las plegarias y dejamos una suculenta ofrenda de cinco
monedas de plata, para el cuidado de su templo.
Tras las oraciones regresamos al palacete y nos vamos a
descansar.
— Toc, toc, toc— Suena la puerta de mi estancia y abro los
ojos, ya hay claridad.
— ¿Sí?— respondo a la llamada.
— Mirmi, te estamos esperando…— es el grandullón,
parece que me he quedado dormido.
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— ¡Ahora salgo!— Me levanto como un resorte y salgo de
la habitación.
Al llegar a la puerta del palacete, me percato de que toda
la comitiva está lista y esperándome. Quieren aprovechar
las horas frescas de la mañana, para recorrer el largo
camino a pie, por la árida llanura hasta las montañas.
Finalmente, Álerin da la orden y partimos dirección sur,
rodeando el castillo.
El calor de la media mañana se hace un tanto insoportable,
por el polvoriento y casi desolado camino que discurre
hacia el este de la cordillera.
— Aquí está el sendero— Señala el áratra un estrecho
paso, oculto por unos cactus y amarillentas hierbas.
Avanzamos por él durante otras cinco horas, acercándonos
al pie de la inmensa montaña, que forma un saliente en la
cordillera.
Empieza a caer la noche cuando alcanzamos la bifurcación
ya en una zona más fresca, moteada por una ligera
arboleda, que se espesa a medida que ascendemos a
zonas más elevadas.
— Busquemos refugio por aquí— propone Álerin—. Si es
cierto que las montañas han sido tomadas por las criaturas
de Amán, a partir de aquí la ruta se vuelve más peligrosa.
Asentimos y buscamos por las inmediaciones un lugar
escondido donde acampar.
— Este parece un buen lugar— Encuentra Semín un
pequeño badén rodeado de árboles.
Nos instalamos y repartimos las guardias. Yo hago la
primera junto al medio elfo. El sigiloso encapuchado se
ocupa de vigilar los alrededores. Por suerte, pasan las tres
horas sin incidencia. Álerin y Ghoidiel se quedan de
guardia y me echo a dormir.
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— Arriba, Mirmi— me susurra Shiroge, y abro los ojos—.
Es hora de continuar.
Apenas comienza a clarear el sol en el este cuando
comenzamos la marcha.
El sendero se retuerce entre las boscosas aristas al pie de
la gran montaña y desciende ligeramente, entre unos
barrancos por una zona húmeda, recorrida por un pequeño
arroyo formado por el deshielo de las cumbres.
Al ascender de la zona más baja del barranco, alcanzamos
el saliente de la siguiente montaña y abandonamos el
sendero, dirección a su falda. La rodeamos por su vertiente
sur, campo a través, y al alcanzar un resorte, vemos el
paso mencionado por Artis.
Continuamos hasta llegar al angosto desfiladero y
cruzamos por él intentando ser sigilosos. Justo del otro
lado se abre un valle y comienza a ponerse el sol.
— Esta zona es peligrosa— alerta el áratra—. Será mejor
avanzar de día, busquemos un sitio para acampar.
Ghoidiel se percata de una zona un poco elevada, a la
izquierda de nuestra posición. El entorno es boscoso y
parece un buen refugio. Repartimos de nuevo las guardias.
Esta vez me toca la última junto a Clarín.
Ghoidiel me despierta, ha llegado nuestro turno.
— Algo se aproxima— susurro al mago transcurrida una
hora, al ver una bandada de pájaros alzarse al norte de
nuestra posición, no muy lejos.
El elfo prepara uno de sus hechizos y yo despierto al resto
de la compañía. Justo se alzan, cuando vemos aparecer
un grupo de seis dragols, dirigiéndose en carga hacia
nosotros, a menos de cincuenta metros. Hay un dragol
más grande y musculado que el resto, con tres membranas
rojas sobre su cabeza y que le saca una cabeza al resto.
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— ¡Zas!— El proyectil de Clarín impacta contra el líder y lo
derriba. Un sonoro zumbido resuena a lo largo de todo el
valle. Ghoidiel lanza una flecha a otro de ellos, impacta en
su pecho y retrocede.
Los demás cargamos, incluido Álerin. Shiroge lanza un
fuerte golpe con su mandoble y raja el torso de uno de
ellos de arriba abajo. Yo golpeo con mi lanza en el cuello
de otra de las criaturas cortándole la yugular.
Semín acaba con su adversario con un fuerte golpe bien
colocado que atraviesa los pulmones del dragol.
Álerin impacta con su bastón en la cabeza de su rival y lo
deja inconsciente.
El eledín remata con presteza al herido por la flecha de la
arquera.
— No uses el proyectil más, Clarín— el áratra recrimina al
mago—. Es demasiado ruidoso y debemos pasar
desapercibidos.
Gruñidos resuenan a lo largo del valle.
— Rápido, tenemos que movernos— apremia Ghoidiel—.
Creo que vienen más.
Nos dirigimos, con la presteza que nos permite la noche,
hacia el otro lado del valle. Sin duda nos persiguen,
escucho las fuertes pisadas de bolgs tras nosotros
acercándose. Después de una hora de carrera comienza a
salir el sol, estamos muy cerca.
— Maldita sea, nos han rodeado— se percata Álerin al
llegar a un claro y se detiene.
Todos nos paramos y formamos en círculo.
Entre la arboleda aparecen tres bolgs por el este y un
grupo de ocho dragols por el oeste, todos equipados con
armamento militar.

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Clarín no duda, lanza su bola de fuego hacia el grupo de
dragols. El impacto consigue alcanzar a tres de ellos y
caen.
Álerin lanza un proyectil a uno de los bolgs, que golpea su
cabeza y muere en el acto. Ghoidiel dispara una flecha a
otro de los dragols y le alcanza justo en el corazón,
matándolo instantáneamente.
Shiroge carga contra otro bolg y yo voy a por el que queda.
El eledín golpea con fuerza a la enorme criatura en el
brazo y lo desarma. Yo consigo esquivar el ataque de
mandoble que me lanza mi adversario y contraataco con
un golpe débil, pero bien colocado, contra una de sus
piernas.
Los cuatro dragols llegan a la posición de nuestros
compañeros. Semín encara a dos de ellos. Un buen golpe
con su katana impacta de plano en la cabeza de uno de
sus adversarios, que cae inconsciente. Seguidamente
consigue repeler el ataque del otro con su escudo.
Un enemigo se abalanza contra Clarín, que lanza su rayo
in extremis, golpeándole en el abdomen, a solo un par de
metros de distancia, destruyéndole varios órganos vitales.
El último se dirige a por Ghoidiel, que hace una acrobacia
con un salto hacia atrás. Al apoyar los pies, le devuelve un
flechazo que impacta en su hombro.
Shiroge lanza un segundo ataque a su desarmado
oponente, clavando la punta de su enorme espada en el
pecho del bolg, que cae muerto a sus pies.
Mi rival logra lanzar un nuevo golpe, aunque con dificultad,
debido a su herida en el pie. Lo esquivo con soltura y tras
pasar bajo su brazo, hinco con fuerza mi lanza en su axila,
penetrando hasta el cuello y acabando con él.
Semín vuelve a la carga contra su otro adversario. Las
capacidades de combate del medio elfo han mejorado
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mucho, un gran golpe con su espada sega el cuello del
dragol, que cae ahogándose en su negra sangre.
Un segundo ataque de Ghoidiel acaba con su ya herido
oponente, con una flecha que alcanza su costado.
— Corramos a la puerta— Álerin señala la pared de la
montaña, hacia el oeste, y nos apresuramos.
Al alcanzar la base, encontramos la puerta descrita por el
señor de Balanar, con la enorme roca, de casi tres metros
y forma cilíndrica, que tapona el acceso. Shiroge la empuja
con fuerza desde un lado y comienza a rodar, abriéndose
el paso.
Una vez estamos dentro, el eledín vuelve a colocarla en su
lugar. Álerin enciende una luz mágica y vemos, del otro
lado de la puerta, un túnel cavernoso que se retuerce a
pocos metros de distancia.
— Continuemos— apremia el áratra.
Avanzamos por la cueva, que serpentea entre húmedas
paredes. Se forman estalactitas y estalagmitas en cada
uno de los frecuentes ensanches, desde donde van
saliendo algunos ramales de menor calado, que vamos
dejando a los lados, mientras avanzamos por el cavernoso
pasillo principal.
— He oído algo— alerta Semín en baja voz—. Detrás de
aquel recodo— nos indica.
Álerin baja el tono de su luz y distinguimos el tenue brillo
de antorchas. El encapuchado medio elfo se acerca
sigilosamente hasta la esquina, mientras nosotros
mantenemos la posición.
—Hay seis de esos dragols— susurra el Dalma al
regresar—, incluyendo uno de esos más grandes. Se
apostan en una plataforma detrás de una escalinata de
piedra tallada. Tras ellos hay dos accesos.
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— ¿Solo seis?— pregunta el confiado eledín—. ¡Vayamos
a por ellos!
— Clarín y Ghoidiel— llama la atención el áratra—. Salid
conmigo y lancemos los proyectiles, el resto cargad tras
nosotros.
Todos asentimos y nos acercamos agachados, sin hacer
ruido, hasta el vértice del giro. Una vez estamos listos, los
tres elfos salen juntos y disparan sus rayos y la flecha.
Tres de los enemigos sucumben sorprendidos con los
impactos.
Los demás cargamos. Decido lanzar mi lanza de precisión,
una vez enfilo a uno de ellos. El arma atraviesa el pecho
del dragol cortando músculos y tejidos, atravesándolo a la
altura del estómago.
El grandullón da un salto y alcanza la plataforma, frente al
más grande de los adversarios y le golpea con fuerza,
cortándole su reptiliana cabeza.
Semín se enfrenta al que queda, maniobra con su espada
y lanza dos rápidos golpes que lo desarman, incrustando
su katana en el pecho del enemigo, que cae muerto a sus
pies.
Miro a mi alrededor. Estamos en una caverna tallada,
donde bifurcan dos pasos rectangulares uno junto al otro
sobre la plataforma. Los elfos llegan a nuestra posición.
— ¿Y ahora, qué?— pregunta Ghoidiel.
— La ruta de la derecha asciende y la de la izquierda
desciende— se percata Semín.
— Debemos de elegir un camino— muestra Álerin su falta
de conocimiento sobre el lugar.
— Pues a la derecha— propone Clarín.
— Está bien— asiente el áratra.
Nos adentramos por la derecha, por el túnel de rampa
ascendente, que gira hacia la izquierda a pocos metros,
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para volver a girar a la derecha. Llega a una nueva
bifurcación donde la cueva se allana.
— Tomemos de nuevo a la derecha— propone Clarín—.
De ser el camino incorrecto podremos regresar volviendo
por nuestros pasos.
— Me parece bien— responde el desorientado áratra.
— Haré una marca para saber que hemos pasado por
aquí, señalando la dirección tomada— informa Semín.
El medio elfo dibuja una flecha en medio de la bifurcación
señalando a la derecha y avanzamos por ese lado. Tras
unos cien metros de nuevo el encapuchado se detiene.
— He oído el eco de una especie de gruñido— hace saber.
— Avancemos con sigilo— propone Ghoidiel.
Continuamos haciendo el menor ruido y con las armas
preparadas. Semín va el primero seguido por Shiroge, los
elfos van en retaguardia.
Tras un giro a la derecha, llegamos a un pequeño
estrecho, casi taponado por rocas y estalactitas, pero que
deja hueco suficiente para pasar. El medio elfo se asoma.
— Hay tres bolgs, uno de ellos está devorando un oso que
parece que han cazado— nos explica el encapuchado—.
Hay una puerta detrás por la que emana algo de luz
natural, parece una salida.
Me asomo tras él y me percato de que estos bolgs no
están equipados con armamento de guerra, sino con
garrotes. Parece que esa cueva es su hogar.
— Retrocedamos— propone Álerin—. Probemos por el
otro camino.
Hacemos caso a las instrucciones del líder de la compañía
y volvemos por nuestros pasos, hasta la segunda
bifurcación.
Tomamos el otro camino después de que Semín marque
con una X al lado de la flecha. No avanzamos demasiado,
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cuando me percato de que ese camino nos lleva en la
misma dirección.
— Creo que llegaremos al mismo sitio— hago saber mis
conclusiones.
La compañía se para.
— Pero la claridad que vemos puede ser la salida que
buscamos— advierte Shiroge.
— Artis dijo que tardaríamos más de un día en cruzar las
montañas— responde Clarín—. Apenas llevamos cuatro
horas por este pasadizo.
— Pero podría haber un paso del otro lado, una entrada a
una nueva cueva— argumenta Ghoidiel.
— Son solo tres bolgs y no están muy bien equipados—
responde Shiroge—. Yo propongo que acabemos con
ellos.
— De cualquier forma, sea o no sea la salida correcta,
desde fuera podremos orientarnos mejor y nos ayudará a
tomar la mejor ruta en el futuro— resalta Álerin.
— Pues adelante— Agarro mi lanza—. No tenemos tiempo
que perder.
Continuamos por el pasillo, alcanzamos un pequeño giro
que abre hacia la sala y nos preparamos. Clarín agarra sus
bolas para ahorrar poder, seguro que no quiere verse de
nuevo en la situación de la pirámide de Ankhaún. Ghoidiel
prepara su arco y Álerin se concentra para lanzar un
escudo mágico sobre mí, el eledín y el medio elfo, que
seremos la primera línea de lucha.
Salimos a la carga. La flecha de la elfa vuela hasta
impactar contra el hombro del que está en el flanco
izquierdo, por donde voy, y las bolas del mago golpean el
hombro del que está a la derecha, hacia donde se dirige
Semín. Shiroge carga contra el del medio.
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Los sorprendidos bolgs no tienen tiempo de reaccionar
cuando reciben los ataques.
El grandullón embiste con su escudo y derriba a su
oponente, preparando seguidamente su ataque con el
mandoble, que acaba con su desprotegido adversario.
Yo hago un ataque con mi lanza, que consigue impactar en
la pantorrilla de la horrible criatura, que responde con un
puñetazo que consigo detener con el escudo.
Semín golpea con su espada de frente. El golpe, aunque
bien dirigido, no logra acabar con el bolg, que agarra su
maza y ataca al medio elfo haciéndole retroceder.
El eledín acude en ayuda de Semín y se enfrenta al otro
enorme bolg. Detiene el ataque de garrote con el escudo y
asesta un mandoblazo de costado, que corta el vientre del
adversario desparramando sus oscuras entrañas.
Yo vuelvo a atacar a mi enemigo, que intenta detener mi
lanza agarrándola. Al tirar de ella, el duro acero de la hoja
corta la mano del bolg, que grita. Una nueva flecha de
Ghoidiel acierta en el ojo de la criatura de Amán, que clava
sus rodillas y se derrumba enfrente de mí.
— ¿Estáis todos bien?— pregunta el áratra.
Asentimos. El golpe recibido por el medio elfo ha sido de
refilón. No le ha causado más daño que un pequeño
moratón en el costado.
Salimos por el claro acceso, del otro lado de la sala.
Estamos a una altura considerable, muy cerca de la zona
donde se mantienen las nieves. Frente a nosotros, hacia el
oeste, hay una segunda línea de montañas que conectan
con la nuestra.
— Debe de ser el otro camino— advierte Álerin.
— Eso parece— respondo.
Nos giramos y volvemos a la sala de la pasarela, donde
luchamos con los dragols.
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Tras un descanso para comer, tomamos el camino por la
izquierda. Avanzamos por la oscura ruta, alumbrados por
la luz del áratra.
Tras un par de horas de bajada, alcanzamos el punto más
bajo, donde se abre una gran caverna con un arroyo de
aguas subterráneas. Fluye frente a nosotros con bastante
fuerza, penetrando por un hueco, entre las rocas de la
pared de enfrente, justo al lado de un acceso tallado.
— Debe de ser por ahí— se percata Ghoidiel.
Continuamos durante otras tres horas.
La gruta asciende nuevamente pero con suavidad. Tras un
último giro, me percato de los últimos rayos de sol, que
entran por un acceso al fondo.
Al salir, vemos el enorme valle en el medio de la Cordillera
del Ojo.
Nos encontramos en una repisa, en medio de la escarpada
pared de un enorme desfiladero, de más de quinientos
metros de caída.
Se oye el sonido de la cascada que salta desde el lateral,
unos doscientos metros más abajo, un poco a nuestra
derecha. Sus aguas rugen con fuerza tras una caída de
trescientos metros, alimentando una laguna de la que sale
un riachuelo, que serpentea hasta el lago de Rouren.
Hay un sendero junto a la repisa. Desciende hasta la base
de la montaña por nuestra izquierda, pegado a la pared. En
el fondo del valle, distingo dos enormes campamentos a
cada lado del lago, al norte y al sur. Sin duda son el grueso
de las huestes enemigas.
— Quedémonos aquí— propone Álerin—. La visibilidad es
buena y podremos ver los movimientos del enemigo
cuando aparezca el señuelo.
Todos asentimos y nos instalamos a la entrada de la
cavernosa gruta.
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