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La profecía de Darlax.
Asignamos las guardias. Esta vez me toca hacer la primera
junto a Álerin. Una vez se han dormido los compañeros,
nos sentamos fuera en la repisa a tomar un poco de aire
fresco de las montañas.
— ¿Quieres un poco de tabaco?— ofrece el elfo.
— Sí, gracias— respondo—. La verdad es que con el
estrés de la misión olvidé comprarlo en Gáldoras.
Saca una bolsa y me ofrece unas hebras. Las prenso en mi
pipa y la enciendo.
— Tengo una curiosidad— llamo la atención del áratra—.
En el consejo del rey, dijiste que tienes cuentas pendientes
con Ostírelin. ¿Puedo saber de qué se trata?
— La verdad es que es un largo relato, pero parece que
tenemos tiempo para él— Da una calada a su pipa—. La
historia se remonta a antes de la Gran Matanza. Por
aquella época, existían tres reinos de los primeros
hombres en Aradín. Castria, en el noroeste, era el menor.
Ocupaba desde los Páramos Rocosos hasta Íshar, cuya
capital era Bandur y regía por entonces un rey llamado
Ólof. Delfiria, cuya capital era Bársel, ocupaba el noreste,
todo el territorio por encima del río Gáldor hasta la costa,
cuyo rey era Húmer. Y Silvaria, el mayor de todos, que
ocupaba todos los territorios al sur y cuya reina Almoi,
gobernaba desde su capital, Gudur. Yo formaba parte de la
diplomacia enviada para firmar un tratado de paz entre los
reinos, después de cincuenta años de luchas. Se mandó
construir la ciudad de Estrian, justo en el vértice donde se
encontraban los tres reinos. Serviría como sede
diplomática, con representantes de los tres regentes.
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Durante quince años hubo paz. Yo me quedé en Estrian;
se me asignó el cargo de custodio del tratado, conocido
como áratra. Hice buenas migas con gentes de todos los
reinos durante ese periodo. Entre ellos Ásher, un elfo
Dalma, que había sido contratado en varias ocasiones para
intervenir en misiones de paz, con el que hice estrecha
amistad. Ostírelin llegó a la ciudad en esos días. Era un
joven elfo como yo, con un gran futuro, ya que provenía de
una de las familias más poderosas de las Tierras
Antípodas. Engañó a Ásher y su grupo para ayudarles en
una misión, con el pretexto de conseguir un objeto robado
a su familia. Lo cierto es que consiguió que le llevaran a la
peligrosísima ciudad de los muertos. Era una antigua urbe,
hoy en día devorada por el Gran Desierto del Destierro, no
muy lejos de Almerdán. Allí había tenido lugar la última
gran batalla entre elfos y eledines, antes del nacimiento de
los primeros hombres, cinco mil años atrás. Un lugar
maldecido por el mismísimo Ráldar, Erdan de la
nigromancia. Lo cierto es que su propósito era recuperar el
elixir de Amán, un brebaje fabricado por el Erdan de la
muerte, capaz de envenenar a los hombres,
convirtiéndolos en bestias salvajes. Primero manipuló a mi
amigo con sus artes oscuras, convirtiéndolo en su lacayo y
le ordenó engañarme. Tenía que dar el elixir a los reyes, en
el concilio previsto para aquel año, y provocar de nuevo la
guerra entre los reinos. Usando canales oscuros de magia,
Ostírelin envenenó los pozos del reino con el elixir y los
primeros hombres empezaron a ser más agresivos. Se
comportaban como bestias: quemaban bosques y mataban
sin pudor a cualquiera que se ponía en su camino. Tras la
guerra fraticida, los reinos quedaron bajo el mando del
joven Rubrem, hijo de Ólof, que comenzó a hacer
campañas hacia el norte de las montañas Pirein.
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Arrasaban con todo, ninguna de las otras razas era capaz
de frenarlos. Desarrollaron una horrible tecnología para la
guerra: carros blindados y armas de fuego. Tras sus pies el
suelo se llenaba de sangre y ceniza. Elfos, eledines y
bahaluks hicieron una alianza contra ellos. Pero no
lograban detenerlos, así que sus líderes rezaron a los
Erdan, que por entonces ya no vivían en las tierras
Antípodas, sino en su isla, más allá de los océanos, y les
pidieron ayuda. Al comprobar los Erdan el estado de su
creación, acordaron actuar y comenzó la Gran Matanza,
que como sabes, acabó con todos los primeros hombres y
que concluiría, casi doscientos años después, en la batalla
de Uur.
— Pero si Rubrem fue el último rey de los primeros
hombres, ¿cuántos años tenía en la última batalla?— las
cuentas no me cuadran.
— Doscientos treinta y seis— contesta Álerin—. Los
primeros hombres tenían la longevidad de todas las razas,
unos quinientos años. Salvo los elfos, que habían
conservado la inmortalidad tras el sacrificio de Esiel,
príncipe elfo y padre del primer medio elfo… pero esa es
otra historia.
— ¿Y por qué ahora los humanos vivimos sólo unos cien
años?— me intereso.
— Ciento doce años, tres meses, cinco días y ocho horas
es el tiempo máximo que el cuerpo de un hombre puede
vivir. Los Erdan quisieron redondear— responde el
áratra—. Eso acordaron en su juramento. No confiaban del
todo en que los hombres no volvieran a caer en desgracia
y decidieron acortar sus vidas. A cambio les hicieron más
fértiles.
— Entiendo— asiento—. ¿Nunca has podido enfrentarte a
Ostírelin?
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— Solo pude verle los primeros días que pasó en Estrian.
Una vez estalló la guerra entre los hombres, tuve que huir
de Aradín— contesta el elfo—. Fui enviado de regreso tras
la reunificación, cincuenta años después del nacimiento de
los segundos hombres. Árathan I, ancestro del rey actual,
unificó casi sin oposición los siete señoríos y firmó un
tratado con todas las razas, en el cual se reconocía que él
y su sangre, serían garantes de que los hombres del reino
de Aradín, no volvieran a atacar fuera de sus fronteras, a
cambio de recuperar todo el territorio bajo su reinado. Todo
este tiempo Ostírelin ha estado oculto en Almerdán,
trabajando en la sombra. Por lo que sé, Áshar sucumbió a
la tortura de las oscuras artes de Ostírelin y perdió toda
conexión con sus orígenes, convirtiéndose en una especie
de demonio y la mano derecha del malvado mentalista.
— ¡Vaya!— digo atónito—. Ahora entiendo por qué quieres
verte las caras con él.
El mago asiente y se queda pensativo un rato. Yo le doy
vueltas en la cabeza al relato que me acaba de contar. He
leído muchos libros de historia, pero en la pequeña
biblioteca de mi abuelo, no había ninguno sobre el fin de
los primeros hombres y el nacimiento de los nuevos.
— Es hora de cambiar la guardia— advierte—. Será mejor
que descansemos.
Despertamos a Semín y Clarín y nos vamos a dormir.
Caigo en un sueño profundo aún con el relato del elfo en
mi cabeza.
Escucho el canto de los pájaros y noto claridad, así que
abro los ojos. Veo a todos mis compañeros, salvo Semín.
Están despiertos, asomados entre las sombras, mirando
los movimientos de los enemigos. No hay rastro del medio
elfo.
— ¿Alguna novedad?— me intereso por la situación.
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— Mira el lago— me responde Clarín—. ¿Ves la isla?
Intento agudizar mi visión en la lejanía, pues hay al menos
quince kilómetros en línea recta hasta el lago. Pero
distingo una mancha, pequeña, cerca de la orilla este,
donde parece que han montado un campamento.
— Algo veo, pero no distingo nada— respondo.
— Pues sospecho que Ostírelin se encuentra allí— afirma
Álerin—. Semín ha bajado a comprobar la zona, decía que
era más seguro que fuera él solo. Hace una hora que
partió.
— Esperemos que no le ocurra nada— digo con
preocupación.
— Es un experto explorador, confiemos en él— contesta
Clarín.
Tras toda la mañana de tensa espera, regresa por fin
nuestro encapuchado compañero.
— He encontrado una forma de ir hasta el lago— informa
al subir a la repisa—. Si bajamos pegados al riachuelo, por
aquella zona boscosa, nos lleva directos hasta la isla.
Habrá unas dos horas de marcha por la ribera hasta el
límite del bosque, a un par de kilómetros del asentamiento.
Disponen de media docena de caballos, han montado unas
tiendas y un improvisado embarcadero. Desde allí, por lo
que he visto, van en barca hasta la pequeña isla, a menos
de medio kilómetro, donde hay otra tienda más grande.
— Entre la bajada y el recorrido, unas tres horas— calcula
Álerin.
— Así es— afirma el medio elfo—. Pero va a ser difícil
recorrer la última parte sin ser vistos. Es una llanura con
algunos matorrales y piedras, pero es poca cobertura para
un tipo tan grande como Shiroge.
— Pues cargaremos de frente si nos descubren—responde
el aludido eledín—. No nos queda más alternativa.
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—Tendremos que tomar decisiones sobre la marcha—
añade Álerin.
Tras el almuerzo, pasamos la tarde observando desde
nuestra posición. El nerviosismo es palpable.
— ¡Tuuuruuuu!— Suenan trompetas de guerra cuando
empieza a ponerse el sol. Vemos los dos campamentos
que empiezan a formar: los bolgs en el norte y los dragols
en el sur.
Cada uno de los ejércitos se dirige hacia uno de los pasos.
Los últimos rayos del sol reflejan la piel rojiza del enorme
dragón, que sale de entre las montañas y se coloca en el
suroeste, tras el ejército de dragols, pero sin alejarse del
lago.
— Es la hora— advierte Álerin—. Han detectado nuestras
tropas acercarse a los pasos.
— ¡Tenemos a los Ersan de nuestra parte!— exclama
Semín—. El refugio de la noche nos ayudará a acercarnos
sin ser vistos.
Nos apresuramos a bajar de la montaña, por el escarpado
sendero en el borde del barranco. No dejo de prestar
atención a Darlax, aprovechando los últimos rayos de sol.
Con dificultad me parece distinguir el collar plateado en su
cuello. Parece que, de momento, Ostírelin no ha logrado su
propósito. Estamos a tiempo.
Al llegar a la base tomamos dirección al riachuelo. Una vez
allí, nos adentramos en el bosque y avanzamos con sigilo,
pero sin perder un minuto.
En la oscuridad de la noche alcanzamos el límite boscoso
y paramos a mirar la situación. Hay candiles encendidos en
las tiendas junto al embarcadero.
— Acechemos hasta el campamento— ordena Álerin.
Nos agachamos e intentamos buscar cobertura mientras
nos acercamos. Al llegar a las proximidades de las tiendas,
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veo a solo tres guardias situados en torno a una hoguera,
en el medio del campamento. Nos acercamos
sigilosamente hacia ellos.
— Uno se acerca— alerta Ghoidiel.
El sectario camina con indiferencia hacia nuestra posición
y se coloca muy cerca de Semín. Comienza a mear.
El medio elfo le acecha por su espalda y usa su magnífica
daga para degollarle sin hacer ruido. Quedan dos.
Ghoidiel flanquea por la derecha, deslizándose tras los
caballos amarrados en el lado norte y yo por la izquierda,
refugiándome con una de las tiendas por la derecha. Clarín
prepara sus bolas y se coloca en la esquina.
Están entretenidos con la susurrante conversación y no
nos ven venir. Lanzamos la ofensiva.
La flecha de Ghoidiel atraviesa el cuello de uno de ellos,
acabando con él. Mi lanza se clava en el corazón del otro,
que muere en el acto.
Seguimos con sigilo hasta el embarcadero.
Del otro lado, en la isla, se ve una gran tienda. Una decena
de Siervos de Amán practican algún tipo de ritual, en torno
a la lágrima de Eneon, de la que emana un brillo de luz
blanca.
Nos apresuramos a tomar un par de barcas. Shiroge se
pone a los remos de la mía, en la que también embarca
Álerin. Semín lleva los remos de la otra.
Alcanzamos la orilla y distingo a Marsel. Lleva un hacha en
sus manos, que tiene incrustada la Luz de Rosa y se dirige
hacia el centro de los siervos, cuyos rezos empiezo a oír.
— “Thar Amán, Órdor fraar”— Gran Amán siervo de Órdor.
Cargamos hacia los siervos, que nos detectan y paran sus
rezos.
Además de Marsel, veo dos figuras junto a la esfera
brillante, de un metro y medio de diámetro. Uno es una
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sombra con forma de elfo, del tamaño del grandullón, con
dos brillantes ojos rojos, que es lo único que se reconoce
de su negra cara. Tiene un enorme mandoble de filo
reluciente, como llamas de fuego y un escudo con las
puntas superiores afiladas, con un punzante saliente en el
medio.
El otro es un elfo de piel ceniza, más bien negruzca, y
cabello moreno. Viste con una túnica negra y porta gran
cantidad de joyas: pendientes brillantes de color blanco, un
collar con un colgante de tono azul zafiro, además de tres
anillos relucientes y una pulsera. Alarga sus brazos para
coger el hacha de Marsel, que tiene los ojos en blanco y
está fuera de sí.
Los Siervos de Amán sacan armas y nos enfrentan. Pero
son un grupo de aficionados. Shiroge mata a dos que le
salen al paso y se lanza directo contra el demonio elfo.
Álerin lanza un proyectil hacia Ostírelin, pero un campo de
energía repele el ataque, justo en el momento en el que el
malvado elfo coge el hacha.
Clarín lanza un proyectil que golpea en la cabeza de otro
de los siervos. Ghoidiel dispara con su arco y la flecha se
clava en el cuello de otro sectario. Yo asesto un golpe con
mi lanza bajo la axila de mi oponente hasta el corazón.
Semín ataca con su katana, asestando un gran golpe en el
pecho, que hace que el enemigo retroceda intentando
tapar la hemorragia.
Un enemigo ataca al medio elfo, pero el golpe es
bloqueado con facilidad por mi compañero. Por mi
izquierda aparece otro sectario para atacarme, como había
previsto. Detengo el ataque con el escudo y maniobro para
enfrentarme a él.
A su espalda, veo a Shiroge llegando al encuentro del
demonio. Le asesta un poderoso ataque, pero el ser lo
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repele con el escudo. Ambos se miran y se miden las
fuerzas.
Clarín lanza un nuevo proyectil, cuando uno de los
sectarios alcanza la retaguardia. Éste también es
derribado. Ghoidiel evita el ataque de otro con un gesto
acrobático.
— ¡Plasss!— un fuerte estallido emana de la lágrima de
Eneon, cuando Ostírelin la golpea con el hacha. El suelo
se mueve. Por suerte, mi rival también pierde un poco el
equilibrio.
La esfera se resquebraja y de las grietas emerge una
potente luz blanca que gira como un arcoíris
monocromático y señala a Darlax, que se encuentra a un
par de kilómetros.
Un fuerte gruñido es exhalado de la boca del dragón, que
se lanza a la batalla contra las tropas del Espino Rojo,
dirección Gudur. Me percato de que aún tiene el collar, solo
que el brillo plateado se empieza a oscurecer.
Álerin llega hasta Ostírelin cuando está a punto de golpear
por segunda vez. Le lanza un proyectil que hace que el
mago suelte el hacha y se proteja con un escudo de
energía. El impacto le hace retroceder.
Shiroge vuelve a atacar a la bestia, pero parece que el
combate está equilibrado, pues de nuevo el golpe es
repelido. Mi contrincante se lanza sobre mí, esquivo su
ataque y lo desequilibro con el escudo, para después
atravesarle el corazón y correr hacia el grandullón.
El eledín intenta utilizar su recurso de embestir con el
escudo y luego golpear, pero el demonio le contrarresta
con el suyo. Shiroge recula, pisando una de las grietas del
sismo y cayendo a los pies de su enemigo, que se prepara
para asestar el golpe final.
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Arrojo mi lanza con todas mis fuerzas: por las bendiciones
a Héctoras, por los cinco Ersan. Vuela la lanza en dirección
a mi enemigo, que no se percata y se clava en el brazo de
su arma, que se le cae.
Shiroge coge su mandoble y lanza un ataque desde el
suelo, que golpea al enemigo en la entrepierna y éste
retrocede. Saco mi otro arma, mientras el eledín se alza y
carga con furia contra el demonio.
— ¡Dartum art tulus!— grita mientras clava su mandoble en
el cuello, decapitándolo. Un chorro de sangre negra sale
disparado de su herida mientras su cuerpo cae de rodillas
y se derrumba a los pies de Shiroge.
— ¡Darlax!— una fuerte voz amplificada sale de Ostírelin.
Álerin lanza un rayo de fuego contra el malvado elfo y éste
se envuelve en llamas. Intenta huir corriendo hacia el lago.
— ¡Paf!— una flecha de Ghoidiel se incrusta en su nuca y
el malvado hechicero cae muerto.
— ¿Qué ha pasado?— pregunta Marsel, que vuelve en
sí— ¡La lágrima de Eneon!
Justo en ese momento, el cristal se resquebraja un poco
más y su brillo aumenta. La noche se hace día,
resplandeciendo todo el valle y las altas cumbres nevadas
de la Cordillera del Ojo. Se oye un fuerte gruñido del oeste.
El dragón se acerca.
— ¡Hay que gastar la energía de la lágrima!— grita
Marsel—. ¡Introducid vuestras armas y serán bendecidas!
Introduzco la punta de mis lanzas en el hueco de la esfera,
hay un brillante líquido que comienza a evaporarse. Tras
de mí Shiroge introduce su mandoble, Semín su katana y
su daga, Clarín su bastón y Ghoidiel su arco y la punta de
sus flechas. La luz comienza a menguar.
— Dalamas ur penul, dálamas Eneon— ora Álerin mientras
tanto. Significa: Libera tus penas, libérate Eneon.
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— ¡Cuidado!— grita Semín.
El enorme reptil da un gran salto y se posa en la isla. Está
a unos cien metros y se acerca relamiéndose. Una enorme
bola de fuego sale disparada de sus fauces, en nuestra
dirección.
Álerin extiende sus manos y del suelo se alza un enorme
muro de tierra que nos protege del impacto directo. Sin
embargo, no es suficiente para evitar el inmenso calor que
emana de la boca del dragón.
El cuerpo me arde… por suerte el aliento de fuego se
detiene al instante, pero estoy dolorido.
Darlax se dirige hacia nosotros y Clarín le lanza un rayo,
que golpea al inmenso animal, pero casi no se inmuta.
De nuevo agarro mi lanza, cojo carrerilla hacia la
monstruosa criatura de Amán y se la arrojo. El arma vuela
y consigue penetrar entre las duras escamas de la bestia,
impactando en su pecho. El gigantesco reptil chilla y me
mira, mientras lanza sus enormes mandíbulas contra mí.
Estoy totalmente indefenso, parece el fin… Siento los
fuertes brazos de Shiroge agarrarme y tirar de mí,
quitándome casi de entre los dientes de su boca. Pero el
eledín recibe un golpe y salimos despedidos.
Todos nuestros compañeros lanzan una ofensiva contra
Darlax: la flecha de Ghoidiel, la daga de Semín, un rayo
más de Clarín y otro de Álerin, que hacen que el dragón se
revuelva y lance zarpazos por doquier. Uno impacta en el
viejo Marsel, acabando con su vida.
Me levanto entre la polvareda, a pocos metros de la
inmensa bestia. Veo sobre mi cabeza la lanza clavada en
su pecho, a no más de cinco metros de altura y miro a
Shiroge, que se levanta dolorido. Una idea me pasa por la
cabeza y siento vibrar mi pulsera del compañero. El
grandullón me mira con confianza, suelta su escudo y echa
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a correr hacia mí. Yo me agacho y coloco mi escudo sobre
mi cuerpo. El eledín da un salto y apoya su pie en él para
impulsarse. Empujo con todas mis fuerzas la inmensa
masa de mi compañero, que se eleva en un poderoso salto
agarrando su mandoble con las dos manos, colocándolo
de plano. Estira sus brazos para golpear el asta de mi
lanza, que se incrusta totalmente en la piel de Darlax,
hasta su corazón. El dragón se retuerce, chilla con un
sonido muy agudo y se desmorona sobre nosotros. Doy un
salto para evitar que la bestia caiga sobre mí y una enorme
polvareda se levanta por toda la zona.
— ¡Shiroge!— grito. No veo al eledín.
Corro hacia la bestia y busco por todos lados. No lo
encuentro.
— ¿Qué buscas?— escucho su voz tras de mí.
— ¡Estás bien!— Una inmensa sensación de alegría
recorre mi cuerpo.
Volvemos con nuestros compañeros, junto a la lágrima de
Eneon. Un tenue brillo emana del cascarón de cristal vacío.
Están todos bien, salvo el pobre Marsel, cuyo cuerpo yace
mutilado. El día empieza a despuntar.
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