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Audiocuento 4: Naarveildaar

Categoría
audiocuento
Estado
NARRATIVO OFICIAL
Fuente
Texto original autorizado proporcionado el 12/08/2026
Regla de interpretación
Fuente narrativa: conservar el punto de vista, marco temporal y voz del relato; no convertir automáticamente cada afirmación de un personaje en verdad enciclopédica.

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Texto

—Abuelo, ¿por qué se hacen regalos el día de Naarveildaar, justo cuando comienza el
verano? —me pregunta Mirmaerin justo antes de dormir.
Ha pasado todo el día jugando en la plaza Gáldor. El rey Nethrian, todos los años, baja en
persona, acompañado por su hijo Árathan, a nuestro humilde barrio, portando una barba
postiza y cargado con un séquito que porta regalos y caramelos para los niños.
—¡Vaya, Mirmaerín! Tengo que reconocer que eres único. La mayoría de los niños solo
cogen sus regalos sin importar los motivos —le contesto—. Pues ya que lo preguntas, tengo
un libro en mi biblioteca que lo narra. Se titula: Klausin, Bramir y el misterio de los niños
perdidos.
Poco después del nacimiento de los primeros hombres, en la época en que reinaba Árathan
segundo, hijo de Árathan primero, el Unificador, una sombra invadió el reino. Llamaron a
aquellos años los Años Huérfanos, ya que eran miles los niños huérfanos, hijos de los
hombres caídos durante la guerra civil de los Siete Señoríos. Los templos de Eneón no
daban abasto y jovencísimos muchachos desamparados estaban a merced del hambre y la
muerte. Son esos tiempos duros cuando los adalides de las falsas promesas y las voces de
esperanzas vanas toman fuerza; por ello hubo un enorme crecimiento de adeptos a las
sectas de Amán.
Primero los atraían con caramelos, les prometían regalos y les ofrecían acompañarlos
usando la expresión élfica Naar veil daar, “hacia tus deseos”.
Poco a poco, las calles se fueron vaciando de niños, como si una bruma invisible los
arrastrara noche tras noche. Primero fueron los huérfanos, pero pronto también los hijos de
familias humildes; luego los hijos de artesanos, de comerciantes, e incluso los hijos de
algunos nobles comenzaron a desaparecer. Se activaron las alarmas y las noticias llegaron
a oídos del rey.
El monarca movilizó rápidamente a sus soldados. Registraron toda la capital, salieron
partidas a todos los bosques cercanos e incluso por las estériles tierras de la Llanura
Solitaria, pero no lograban encontrarlos. Según los reportes de Vlamir, consejero del rey en
asuntos internos, unos dos mil niños habían desaparecido en tan solo un año.
Árathan estaba frustrado. Cada vez más familias nobles le exigían una solución, pero todos
los reportes de las patrullas solo aportaban rumores sin evidencia o ningún resultado.
Ofreció una enorme recompensa por encontrar a los desaparecidos: cincuenta monedas de
oro de las arcas del rey se entregarían a cualquiera que desvelase el misterio de las
desapariciones.
Fue entonces cuando un Dalma llegó a Gáldoras: Klausin, un medio elfo rastreador muy
experimentado que había oído hablar de tal recompensa. Iba acompañado de un
jovencísimo bahaluk llamado Bramir, a quien había conocido en el pueblo fronterizo de
Surgal, y juntos comenzaron a investigar.
Tras varios días tomando declaraciones a los cada vez más recelosos vecinos de la capital,
indagando en las plazas ahora vacías de niños —pues los pocos que no habían

desaparecido estaban recluidos en sus casas por miedo—, comprendieron que el asunto
era realmente peliagudo.
Finalmente, Klausin ideó un plan. Bramir era lo suficientemente joven y lo suficientemente
bajo como para que, si se afeitaba bien la barba, pudiera pasar por un niño de no más de
doce años, y le pidió que actuara de señuelo. Que vagara por la ciudad con ropas sucias y
raídas, que pidiera en las esquinas de los templos…
No fue fácil conseguir que el bahaluk aceptara esa misión. No por el peligro de ser
capturado o de desaparecer por efecto de algún poder mágico, no, sino por la vergüenza
que suponía para él tener que afeitarse la barba.
Finalmente, el bahaluk accedió, a cambio del setenta por ciento de la recompensa, y aun
así dejó claro que le estaba haciendo un favor.
Afeitaron al pequeño Dalma y le dieron ropas acordes a su papel y, tras varios días de
actuación por las avenidas de la ciudad, por fin el plan dio resultado.
Un hombre se acercó a él, le ofreció unos caramelos, conversación, compañía y
comprensión. Luego le habló de un lugar, un sitio donde los sueños se cumplen, que no
podía perder la oportunidad de ir hacia sus deseos…
Bramir siguió al hombre, que tenía una carreta preparada en un lugar muy estudiado en las
afueras, donde no hay miradas perdidas ni encuentros casuales. Luego partieron hacia el
sur.
Tras tres horas de marcha, la diligencia salió del camino y entró en dirección a una loma.
Tras ella, Klausin acechaba oculto, sin perderla de vista, hasta que llegaron a la entrada de
una imponente cueva al otro lado de la loma.
Al bajar de la carreta, el bahaluk ya estaba maniatado. El secuestrador, ya sin la máscara
de hombre amable, lo empujó hacia la entrada, ante la atenta mirada de unos jovencísimos
guardias que portaban en sus uniformes el emblema con el símbolo de los Siervos de
Amán: la media luna sobre una estrella de cuatro puntas.
La escena que Bramir encontró en el interior de la cueva era devastadora. Niños de apenas
cinco años eran obligados a trabajar en la construcción de un túnel secreto. Tenían signos
de latigazos en sus torsos desnudos y una mirada fija, de obediencia ciega y resignación.
Cada día bebían un elixir adictivo; los obligaban a leer oscuros textos arcanos, que repetían
como un murmullo cantado mientras arrastraban piedras con sus manos o picaban paredes
con pesados picos.
Habían montado una ciudad de chabolas insalubres con telas y troncos. Dormían apilados
en habitaciones insalubres y comían pan mohoso y bebían agua con sabor a óxido que
emanaba de las paredes de las profundidades.
Justo antes de dormir, los obligaban a luchar entre ellos: batallas campales con puños y
piedras que a menudo se saldaban con alguna muerte. Mientras tanto, los sectarios de
mayor rango apostaban y reían sin pudor.

Bramir ya tenía la información que necesitaba, pero iba a ser difícil salir de allí. Además, en
pocos días su barba empezaría a crecer robusta y densa, y su tapadera se vendría abajo.
No tardó en analizar con precisión el lugar y dar con un fallo en la seguridad: la rampa por la
que sacaban las piedras tenía una escapatoria por la que podía escabullirse.
Finalmente escapó y, junto a Klausin, avisaron al rey, que no tardó en enviar al ejército y
liberar a los niños.
Pero aquellos pobres muchachos arrugaron el corazón de los Dalmas. Demacrados, heridos
y mutilados, habían perdido la sonrisa, así que con el dinero de la recompensa compraron
regalos y los llevaron a los niños rescatados.
Bramir se compró una barba postiza y obligó a Klausin a ponerse otra, a lo que el medio elfo
no pudo negarse, y con sus barbas puestas entregaron regalos a todos los niños
rescatados.
Este gesto enterneció al rey, que decidió imitarles cada año, poniéndose una barba postiza
y entregando regalos a los niños desamparados.
Y así comenzó una tradición arraigada durante casi dos mil años, en la que, por un día, el
rey, el hombre más poderoso del reino, saca una sonrisa a todos los niños de la capital.
Fin.
—Pues es una tradición genial —dice Mirmaerín, con una sonrisa agotada acompañada por
un bostezo.
—Pero si existe es para recordarnos que tenemos que tener cuidado si un extraño nos hace
un regalo. Nunca se sabe qué intenciones puede tener. Ahora, a descansar. Hasta mañana.